Paz, pan y trabajo

Homilía en la Fiesta de San Cayetano

Como cada año, nos acercamos a San Cayetano para suplicar paz, pan y trabajo.

¡Cuánto encierran estas tres palabras!

Breves pero repletas de significado: indican tres necesidades vitales para los seres humanos.

Lo sentimos, de manera especialmente intensa, en este tiempo de emergencia sanitaria.

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PAZ para los corazones, las familias, los pueblos, la humanidad. Que no prevalezcan los violentos ni la violencia domine nuestros corazones. Que la justicia rija realmente los vínculos entre las personas, pero también el perdón, la benevolencia, la capacidad de sentir como propios dolores y alegrías de todos…

PAN para alimentar los cuerpos, las almas y el espíritu. El alimento que nos fortalece, especialmente necesario para los niños que están creciendo. El pan de la educación, de la amistad, de la sana diversión, de una vida realmente plena. El pan de la Palabra de Dios y de la Eucaristía…

TRABAJO para experimentar que somos hombres y mujeres que damos lo mejor de nosotros mismos, sacrificándonos cada día, para edificar nuestra sociedad y contribuir al bien común de nuestro pueblo…

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Pero hemos venido a PEDIR. ¿Qué significa pedir a Dios: paz, pan y trabajo? ¿Es comodidad o infantilismo? ¿Es magia, vagancia, pretensión de vivir de arriba?

No. Es oración de súplica. Jesús nos invitó a pedir a Dios que es Padre: Pidan y se les dará…

La oración de súplica nos pone en camino para conectarnos con Dios, con su modo de ver la vida, con sus sueños y, sobre todo, con su voluntad.

Toda oración de súplica es un eco de aquel gran deseo de Jesús que rezamos en el Padre nuestro: “… que se haga tu voluntad en la tierra como en el cielo”.

Lo primero que buscamos cuando oramos es hacernos más disponibles y dóciles a la voluntad de Dios.

Es nuestro Padre el que quiere y aprecia la paz, el pan y el trabajo, porque sabe que hacen más digna la vida de sus hijos.

Por supuesto que, siendo omnipotente, sabio y bueno, Dios sabe mover los hilos de la historia para colmarnos de sus beneficios. Es Providente, como bien enseñaba San Cayetano.

¿De qué nos provee? De vida, inteligencia y libertad, de iniciativa, de garra para pelear la vida, de amigos y de gente buena que nos estimula a crecer; y, sobre todo, nos colma con el don del Espíritu Santo para que seamos activos constructores de aquello que venimos a suplicar aquí.

Es decir: constructores de la paz en la justicia, multiplicadores del pan y promotores del trabajo digno para todos.

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Estamos viviendo, con toda la humanidad, una hora de prueba. De repente, nos hemos visto sacudidos por la amenaza del coronavirus que nos ha golpeado duramente.

Es inmenso el esfuerzo que nuestro pueblo viene haciendo desde que comenzó esta cuarentena que parece nunca terminar. Personas, familias, trabajadores, empresario y también los servidores públicos. De manera especial, aquí tenemos presentes a los agentes sanitarios que ya están empezando a sentir el impacto de esta pandemia.

Como hijos e hijas de Dios, aquí, delante de San Cayetano, suplicamos al buen Dios que nos siga asistiendo para que podamos vivir con fortaleza interior este enorme esfuerzo para cuidar la vida de todos, especialmente de los más vulnerables.

Supliquemos también aprender de esta experiencia, porque tenemos por delante un esfuerzo aún mayor: reconstruir nuestra vida, los vínculos, las fuentes de trabajo, la convivencia.

En Argentina, esa empresa supone lograr un consenso de fondo entre todos los que nos sentimos parte de esta bella y sufrida Nación. Sin deponer actitudes mezquinas, enfrentamientos estériles y chicanas infantiles, no podremos soñar con un futuro mejor para nosotros y, sobre todo, para las nuevas generaciones.

Necesitamos una sociedad con ciudadanos libres, creativos, emprendedores, responsables.

Necesitamos un estado al servicio de la sociedad, no al revés.

Necesitamos instituciones sólidas, porque sin ellas es imposible superar la deuda social de la pobreza.

Necesitamos dirigentes probos, honestos y, sobre todo, desinteresados en el servicio al interés común. Necesitamos enamorarnos menos de nuestros líderes, perdiendo ridículamente el juicio y la sensatez, que exigirles eficiencia, seriedad, responsabilidad, humildad y desinterés.

La fuerza que nuestro pueblo necesita para esta empresa viene de Dios. Y el buen Dios la siembra en el corazón de cada uno: es la solidaridad, es el sentido de la dignidad y la esperanza.

Sin esa fuerza, ni el estado, ni las organizaciones humanas, ni ningún programa podrá ir más allá de los buenos propósitos.

Estamos aquí, para nutrirnos del Espíritu que, con sus siete dones, santificó a San Cayetano transformándolo en un discípulo misionero de Jesús, modelo y protector de su pueblo.

San Cayetano: ruega por nosotros.