“Con María, siempre”

Homilía en la 31ª Peregrinación Juvenil al Santuario de la “Virgencita” – Domingo 6 de setiembre de 2020 – 23º del tiempo ordinario

Las imágenes corresponden a la Peregrinación del año 2016

“Con María, siempre”.

Cada año, por esta fecha, jóvenes de distintas comunidades de nuestra diócesis se ponen en camino hacia este Santuario.

Esto ocurre desde hace ya treinta y un años.

Los motiva el caminar juntos, la meta a alcanzar y esta alegría de ser peregrinos.

Destaco, sobre todo, ese momento culminante que es entrar juntos al Santuario.

Pero, claro, no podemos olvidar a quien hace posible toda esa experiencia: María, nuestra Virgencita.

Este año, la situación extraordinaria que vivimos desde marzo nos ha obligado a una Peregrinación virtual. Vivámosla con una fe y una alegría también extraordinarias. Que la ausencia física no sea obstáculo, sino aliciente para una vivencia más honda de la peregrinación y el encuentro. Que la virtualidad quede transformada por nuestra fe de peregrinos y nuestro amor de devotos de la Virgencita.

Para ello, los invito a dejarnos evangelizar por la Palabra de Dios, especialmente por lo que Jesús nos dice en el Evangelio de este domingo.

Lo repaso con ustedes.

Todo comienza cuando los discípulos le acercan a Jesús esta inquietud: “¿Quién es el más grande en el Reino de los Cielos?” (Mt 18, 1).

El Señor hace y dice entonces algo fuerte: “Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: «Les aseguro que, si ustedes no cambian o no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos. Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, será el más grande en el Reino de los Cielos. El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí mismo.” (Mt 18, 2-5).

Estar así delante de Dios: como un niño pequeño.

Llegar a ser así: como un niño pequeño.

Como el mismo Jesús, pues, en el fondo, lo más importante que nos dice el Evangelio es que Jesús es y permanece, delante del Padre, como un niño pequeño.

Solo entonces comprendemos lo que nos dice el Evangelio de este domingo, leído bajo la atenta mirada de la Virgencita: hacernos cargo del hermano, especialmente si vemos que se lo ve extraviado por los caminos del pecado. Hacernos cargo, no dejar que nos gane la indiferencia, agotar toda instancia para que recuperarlo como hermano.

¿Y qué hacemos si, con todo y nuestro esfuerzo, no hay cambio? “Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano”, señala el Señor (Mt 18, 17).

¿Qué significa esto? ¿Finalmente, en algún punto, es posible desentenderse? No. Un pagano o un publicano son personas a las que, de manera especialmente intensa, hay que buscar para hablarles al corazón de la misericordia del Padre.

También para eso necesitamos hacernos como niños, despojados de pretensiones y vanidades, humildes y mansos… En definitiva, para dejarnos invadir por lo que siente el Padre ante un hijo o hija extraviados. Como aquel pastor del que habla Jesús y que arriesga el rebaño por buscar a la oveja perdida.

Esa lección la aprendemos en este Santuario: aquí, María siempre recibe y acoge, sin condiciones ni reclamos. Es una madre que sencillamente ama, pues sabe que el amor es capaz, tarde o temprano, de arrancar a sus hijos de los abrazos seductores del pecado.

Pero, ese hacernos cargo los unos de los otros, es, ante todo, una responsabilidad de hermanos que rezan y caminan juntos. Por eso, extrañamos la Pere y anhelamos volver a peregrinar la ruta de la fe que va de El Tío a la Villa. Son apenas siete kilómetros, pero esa distancia se hace más honda en el corazón de los que peregrinamos la fe.

Seamos muchos o pocos. No importa, sabemos que ese caminar juntos, una vez al año, expresa visiblemente una realidad más profunda que vivimos cada día: estamos juntos en el camino de la vida, de la fe, del hacer más humano este mundo, tantas veces, cruel, injusto y deshumanizado.

Porque el Señor está en medio de quienes se reúnen “en su Nombre”, y así rezan, buscan y caminan.

¿Cómo saldremos de este tiempo duro que estamos viviendo?

Pidámosle a María que nos vuelva a decir el Evangelio de la fraternidad, de la pequeñez, de la humildad y -como escucharemos el domingo próximo- del perdón ofrecido de corazón.

Queridos jóvenes, queridos hermanos y hermanas: de la mano de María, más que estar preocupados en grandezas que nos separan unos de otros, busquemos hacernos como niños para entrar a gozar, ya desde ahora, de la vida plena del Reino de Dios.

Con María, siempre.

Así sea.