El aprendizaje del pastor

Homilía en la catedral de San Francisco al celebrar treinta años de la ordenación sacerdotal y doce de la episcopal.

Por momentos tengo la sensación de que la ordenación sacerdotal, treinta años atrás, fue ayer nomás. Bien me doy cuenta de que se trata solo de eso: una sensación. 

Me pregunto, sin embargo, a qué se debe. ¿Solo resistencia porque “el tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos”? Es posible. Sin embargo, hay otro factor interior que pesa mucho: un camino de vida como el sacerdotal obliga a estar siempre aprendiendo. Mucho más en los tiempos que vivimos. Es entonces más que una sensación: es un hecho, una experiencia saludable. Es como un parto: a la vez doloroso y esperanzador; cargado de incertidumbre, pero abierto al futuro. Es la pascua de Jesús que atraviesa nuestra existencia.

Valga esto para el obispo como para el presbítero. Por una coincidencia no buscada, los dos aniversarios se suceden uno a otro: el veintisiete de setiembre, el episcopal (doce años); el veintiocho, el presbiteral (treinta años ya). 

En resumen y muy sinceramente: no puedo dejar de sentirme un inexperto aprendiz de creyente llamado además, e inmerecidamente, a ser pastor: servidor de la fe de sus hermanos. En ocasiones esta experiencia me impacienta (¡hasta cuándo estar aprendiendo!); en otras, como esta, desemboca en adoración porque me lleva a escuchar el Silencio de Dios, a la rumia de su Palabra y a la contemplación de su Misterio.

Como decía días atrás, cumpliendo siete años en San Francisco: reconocerme discípulo en esta Iglesia que me enseña a vivir la fe, es fuente de un gozo muy hondo. Se lo agradezco, cada día, a nuestro buen Dios. Soy testigo del Evangelio de esa Gracia de Dios. Es alegría, gozo y consuelo para el frágil corazón humano del creyente. 

Pero, como de aprendizajes se trata, déjenme compartir dos de ellos con ustedes. Tengan a bien recibir estas confidencias de un hermano, dichas con pudor, pero también con la ansiedad de sacar fuera lo que se lleva dentro. 

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El Concilio Vaticano II, al reflexionar sobre el ministerio de los pastores, nos regaló una feliz expresión que acierta con las palabras para decir una verdad de la vida: los pastores nos santificamos en el ejercicio del ministerio (cf PO 12c y 13). 

Es una verdad vigorosa, fuerte y experimentada por mí, una y otra vez. No les estoy diciendo que yo soy santo. No lo soy, aunque solo Dios sabe cómo gravita su gracia en mí. Apunto a otra cosa. Espero poder explicarme. 

“Santidad-santificación” quieren decir dos cosas que, en realidad, son una: por una parte, unión configuradora con Cristo; por otra, plenitud de amor de caridad. Cristo y amor. Amor y Cristo. Dos caras de una misma moneda: Cristo es Ágape. 

Vivir el ministerio en su triple forma (profecía, liturgia y pastoreo) es realmente experiencia de encuentro con Cristo presente: al anunciar su Evangelio, al presidir la oración del pueblo, al acompañar a las personas y comunidades en nuestro camino al cielo. El Kyrios resucitado te atrae y te ata a su persona; te deja expuesto a su influjo electrizante. Cristo atrae y convence, contagia y enardece.

Es el Crucificado que, de infinitas maneras, nos muestra las cicatrices de su amor hasta el fin en los rostros de los hermanos, en sus luchas y caídas, en su resiliencia y paciencia, tal vez más que en sus resonantes triunfos. También en los pecados ofrecidos humildemente a la absolución sacramental. También en los reclamos a una Iglesia de la que se espera lo mejor, lo que supera todo anhelo: experimentar la belleza luminosa del Dios amor; pero que, en demasiadas ocasiones, solo logra ofrecer un rostro opaco, deslucido e incluso intimidante. 

Y es Cristo quien, por su Espíritu, suavemente atrae por su fulgor, busca convencerte de su verdad; te va dando la posibilidad de transformarte en Él, al menos por unos instantes; aunque después el pecado o tu propia tontería te instalen de nuevo en la medianía de la vida. Pero el ardor de ese fuego difícilmente se apaga: sigue ahí como rescoldo vivo que te caldea el corazón tanto como lo inquieta e incomoda. 

Es así cada encuentro, cada visita, cada momento, también los difíciles; en los espacios cuidadosamente programados o, como nos está ocurriendo en esta hora incierta, en la experiencia desarmante de no tener ya el control de nuestros tiempos, acciones y metas…

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El segundo aprendizaje del que doy gracias a Dios, y ahora comparto con ustedes, ya está presente en el anterior. Pero, ahora lo saco a la luz y lo pongo en palabras. 

Desde hace ya un tiempo largo, tal vez desde mis últimos años como formador en el Seminario, pero mucho más en este tiempo de episcopado, vengo comprendiendo que la misión apostólica de los pastores es, ante todo, “ministerio espiritual” (“en el Espíritu Santo y la justicia”, como enseña PO 13), servicio humilde y manso a lo que el Espíritu Santo obra en el corazón de las personas, de las comunidades y del mundo: el encuentro con Cristo Salvador. 

Lo digo con otras palabras. Hermanos y hermanas: por acción silenciosa y discreta del Espíritu, nos habita el Dios amor, la Santa e indivisa Trinidad. En lo hondo de nuestro corazón están el Padre con el Hijo y el Espíritu Santo. O, parafraseando la osadía de san Juan de la Cruz: “Padre e Hijo espirando el Espíritu “. Somos templos vivos de ese Dios Trinidad que es amor y alegría, consuelo y esperanza, abismo y cobijo. 

¡Es demasiado grande el misterio que nos habita! Es comprensible que no sea nuestra experiencia inmediata, que otras cosas, buenas y santas, atraigan más nuestra atención, pues resultan más maleables a nuestras ansias de control. Pero, si no volvemos a esa fuente vital, seremos hombres y mujeres extraviados con el extravío más grande: el que acontece en el propio corazón que ya no sabe dónde está, a quién pertenece, cuál es la fuente de su vida.

Al celebrar en las comunidades el sacramento del Don del Espíritu me suelo encontrar varias veces con estas palabras del Señor: “El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él.” (Jn 14, 23). Escucharlas, una y otra vez, me desarma por dentro, poniendo en crisis las reales expectativas de cualquier acción pastoral, pero, sobre todo, lo que realmente espero de mí, de mi vida y de mis acciones. 

El ministerio pastoral del obispo -y, con él, el de los presbíteros y diáconos- es servir a esa Gracia Increada que es la Presencia de la Trinidad en el corazón de cada creyente, que toca y eleva su modo de conocer y de amar a Dios y todas las cosas. 

No se puede programar adecuadamente, menos aún controlar o disponer a voluntad, solo servir dejándose llevar por el Pneuma de Cristo, suplicado, una y otra vez: “Padre dame el Espíritu de Jesús, tu Hijo, para que pueda pastorear a tu pueblo”. 

Por eso, el pastor ha de ser, ante todo, un “hombre del Espíritu”, fogueado él mismo en la zarza ardiente del encuentro cotidiano con el Dios de fuego en su Palabra, en la Eucaristía y en la realidad humana, especialmente cuando el pastor acaricia en silencio el sufrimiento y las heridas de sus hermanos. Nuestra impotencia ante tantas situaciones dolorosas suele ser el signo visible y sufrido de la gracia poderosa de Dios. 

Por eso también, tarea primaria del obispo es orar, invitar a la oración e introducir en ella. Es tarea mística y mistagógica: llevar pacientemente de la mano al encuentro con Cristo, como quien enseña a subir al Monte Tabor para la Transfiguración, porque el obispo conoce esos senderos montañosos, porque allí habita, esa es su casa, ese es su camino cotidiano y su meta más deseada. 

Llamado a ser un “hombre del Pneuma”, el obispo es también llamado a vivir a fondo la libertad que nos trajo Cristo. La libertad del obispo no es el capricho del que se planta, berrea y termina haciendo lo que quiere. Es la libertad que se vive en la obediencia a la Voluntad de Dios, cada vez más desposeído de sí mismo, de sus seguridades y planes. Cada vez más a la intemperie. 

Tiene así forma mariana, pues, como María, aprende a vivir teologalmente de la fe, la esperanza y la caridad que lo vivifican desde dentro, aunque la sensibilidad y las emociones estén caminando por otros senderos. Más por necesidad espiritual que por devoción, el obispo ha de volverse mariano, confiándose a esa Mujer que sabe mejor que nadie de todo esto. 

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Celebro estos aniversarios en el contexto de esta pandemia. Varias veces me he preguntado qué estamos aprendiendo, como Iglesia, de esta prueba que nos toca vivir. Y de aprendizajes que tiene como sujeto a Aquel que camina sobre las aguas, haciendo sentir su presencia y su voz en medio de la tempestad. Me inquieta que estemos ansiosos por pasar, sin más, esta hora de prueba, para volver a lo de siempre. Me subleva interiormente que, como Iglesia, estemos pensando que, por “poseer” el Evangelio, tenemos a mano todas las recetas para salir adelante cuando llegue ese ente inasible que llamamos: la nueva normalidad de la postpandemia. 

Tengo la convicción -hermanos y hermanas- de que si pensamos así, nos equivocamos rotundamente. 

Estamos viviendo una hora crucial que la Providencia ha preparado para nosotros. 

Seamos humildes. Aprendamos nuevamente, o por primera vez, a vaciarnos de nuestro orgullo y autosuficiencia. Volvamos a la hora del llamado inicial. De nuevo busquemos a Jesús, el Cordero que pasa, y preguntémosle como la primera vez: “Maestro, ¿dónde vives?” (Jn 1, 38). 

Él volverá a respondernos con unas palabras que nos han marcado para siempre: «Vengan y lo verán», les dijo. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. Era alrededor de las cuatro de la tarde.” (Jn 1, 39). 

Sí, Señor, nos quedamos con vos.

Amén.