La voluntad de Dios

“La Voz de San Justo”, domingo 27 de setiembre de 2020

Una disputa doméstica, de las tantas que se suceden a diario, le sirve a Jesús para narrarnos una nueva parábola. Un padre, dos hijos, una viña (otra vez) y un pedido a ambos de ir a trabajar a la viña. Uno dice que no, pero finalmente obedece. El otro, al revés: dice que sí, pero no va. 

Jesús no da consejitos de moralina para sobrellevar los sinsabores de la vida cotidiana. Su interés está en otro lado. Aquí, por ejemplo, esta escena familiar le sirve para sentar una de sus enseñanzas más fuertes. Tanto, que le costará literalmente la vida: antes que los sumos sacerdotes y otras autoridades, serán las prostitutas y demás pecadores los que entren, por primeros, en el reino de Dios. 

El contexto hace ver la trascendencia de la parábola. Jesús acaba de entrar en Jerusalén. No se acallan todavía los cantos de salutación del pueblo, cuando realiza un gesto decisivo para su suerte: expulsar a los vendedores del Templo, el lugar más sagrado de la nación. Allí tiene lugar una disputa a fondo con las autoridades religiosas. En ese contexto narra la parábola.

Hay un dato que merece atención. Más que la expulsión de los vendedores, lo que ha sacado de quicio a los sacerdotes es que Jesús, después de hacer esto, ha curado a unos ciegos que se le han acercado, mientras unos niños cantan: “«¡Hosana al Hijo de David!” (Mt 21, 15). 

Jesús ama profundamente el Templo. Es la casa de “su Padre”. Es lugar de encuentro con el Dios de la vida, de oración, alabanza y súplica. Él mismo reza con los salmos que han madurado en la experiencia orante de Israel y su liturgia. Le han ayudado a reconocer a su Padre y, en definitiva, lo que Dios realmente quiere de él, de su pueblo, de la humanidad. 

De eso se trata: de la santa voluntad del Padre, aquella que está en el corazón de su oración: “Padre nuestro, que se haga tu voluntad, en la tierra como en el cielo”. 

¿Cuál es esa voluntad de Dios que quema por dentro a Jesús? Que los ciegos vean, que los pobres reciban consuelo, que los niños canten, que los pecadores -sí: las prostitutas y publicanos- se sienten a la mesa y gocen del buen vino del lagar de Dios, de sus entrañas de misericordia y perdón.

Por defender esa, la santa voluntad del Dios amor, es que Jesús será crucificado. Entonces, pero también ahora. Nosotros también crucificamos a Jesús. No lo tenemos que olvidar. Por eso, tenemos que seguir pidiendo hacer nuestro el querer de Dios para nosotros.