Como Francisco de Asís, testigos de la Alegría

Homilía en la Fiesta de San Francisco de Asís – catedral de San Francisco – domingo 4 de octubre de 2020

“El que vio esto lo atestigua: su testimonio es verdadero y él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean.” (Jn 19, 35).

Con estas palabras, el discípulo amado atestigua que, del costado de Jesús crucificado, abierto por la lanza, brotó sangre y agua (cf. Jn 19, 32-37). Un testigo es alguien que ha visto algo y lo cuenta. Nada más, pero tampoco, nada menos. Es testigo de un acontecimiento, cuya verdad merece ser acogida con fe. A ese acontecimiento solo se accede por el testimonio del que ha visto y oído.

Francisco de Asís es de esa calidad de testigos. Ha visto la realidad del Crucificado, con una experiencia de vida tan intensa, que se ha hecho una sola cosa con su persona: herido por Cristo en cuerpo y alma. Francisco es testimonio viviente del Crucificado.

Este año, nosotros hemos querido evocar este carácter de testigo de nuestro santo patrono. Entre otras cosas, porque nos sentimos personalmente llamados a ser, como él, testigos del Evangelio. O, en las palabras del lema que hemos repetido: “Como Francisco de Asís, testigos de la Alegría”.

“Alegría” es otro nombre del Señor Jesús. El encuentro con Cristo siempre se vive como gozo y entusiasmo. Transforma la vida, nos desinstala y provoca, nos despoja y nos hace cargar la cruz; sin embargo, en todo ello, el discípulo -como Francisco- experimenta que Jesús realmente nos da un gozo como nadie nos lo puede dar. Un gozo pleno, una alegría genuina y honda, tanto, que puede vivirse incluso en la prueba, el dolor y la incertidumbre.  “Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo.” (Aparecida 29).

La alegría es fruto de ese encuentro. Por eso, en la tradición teológica y espiritual de la Iglesia, la alegría del Evangelio siempre se la presenta como fruto maduro del amor y de la esperanza.

Del amor, porque por la amistad que nos brinda, el Señor se hace presente en nuestro corazón, imprime en nuestra alma su propio rostro y, con la fuerza de su Espíritu, nos saca fuera de nosotros mismos, poniéndonos en dirección hacia Él y hacia los hermanos.

De la esperanza, porque es la certeza de que la promesa de la bienaventuranza es cierta, pues está fundada sobre la Palabra de Dios, y le da a nuestro presente un tono de confiada espera que no se puede ocultar. Ya desde ahora podemos gozar del Sumo Bien que es la Trinidad y que será alegría plena en la bienaventuranza, como gozamos de la luz tenue del amanecer que anuncia el esplendor del mediodía.

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Nuestro lema puede ser leído desde dos perspectivas.

Como Francisco, deseamos ser testigos de la Alegría ante nuestros hermanos. Percibimos que una tristeza difusa se extiende en los corazones, al tiempo que se olvida a Dios, a Cristo y su Evangelio. Crece el apego al dinero efímero, al éxito individual y a la apariencia banal. Pero, por dentro, la corrupción de personas, instituciones e iniciativas que parecían buenas, parece carcomerlo todo. ¿No tenemos, a veces, la sensación de que nuestra sociedad sanfrancisqueña, o incluso nuestra Argentina, vive una decadencia que parece no encontrar ningún freno? Y, de forma concomitante, ¿no sentimos la urgencia de testimoniar que hay otra forma más digna y humana de vivir? ¿No es esa la experiencia de los discípulos de Jesús, “el que hace feliz”?

El lema, sin embargo, tiene que ser entendido de otra forma más radical aún: como Francisco, nosotros tenemos hambre de ese encuentro personal con Jesús Crucificado que nos marca para siempre, nos quema y enardece. Sin este encuentro de cada uno, cara a cara con Jesús, ningún testimonio hacia fuera es posible. Démonos, entonces, cuenta de la hondura de ese anhelo de ser verdadera y genuinamente testigos, porque nuestros ojos han sido iluminados por el Rostro luminoso del Crucificado y nuestros rostros quemados por su mirada de fuego.

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Aquí podemos apreciar el verdadero alcance de la misión de la Iglesia en el mundo. El genuino influjo de su presencia evangelizadora. Presencia y misión, realmente, de vértigo: acompañar a los hombres y mujeres en el camino de la vida que desemboca en la bienaventuranza eterna y que pasa ineludiblemente por esa vorágine de fuego que es Cristo y su pascua.

Una Iglesia diocesana, y, en ella, cada comunidad eclesial, está llamada a ser un espacio visible donde obra el Espíritu que brotó del costado abierto del Crucificado. Obra, vivifica y transforma. Imprime en cada uno de los bautizados-confirmados las cicatrices de Cristo, de las que nos habla Pablo en la primera lectura.

Podríamos expresarlo así: misión de cada comunidad eclesial es facilitar el encuentro de cada persona con Cristo, dejando deliberadamente espacio para que el Espíritu obre en libertad en los corazones.

La pandemia ha acelerado los procesos de secularización en la sociedad. Estamos siendo llevados al punto preciso en el que ya no será suficiente el influjo social para convertirse en discípulo de Jesús. La cadena tradicional de transmisión de la fe en la familia, por ejemplo, hace rato que se viene rompiendo. ¿La pandemia habrá acelerado estas rupturas? No podemos descartarlo, como tampoco que, hoy por hoy, muchos se sienten inquietos por la fragilidad de la vida, más abiertos al testimonio de la Alegría que nace de la fe. Tenemos que estar atentos y ser dóciles a los movimientos del Espíritu.

Como le ocurriera a Francisco, cada vez con más intensidad, estamos invitados a pronunciar nuestro “Amén” a una llamada que nos llega, humilde pero incisiva, de labios del Crucificado. Es una invitación, no una intimación. El Crucificado mira a los ojos, pronuncia su “Sígueme” y queda en silencio, esperando pacientemente nuestra respuesta.

Aquí aparece, en toda su amplitud y belleza, el lugar de los testigos. Como Francisco y tantos otros. Se trata de hombres y mujeres alcanzados por Jesucristo en el camino de la vida. Escucharon su llamada, sintieron su atracción y se dejaron llevar. Cambió para ellos el centro de gravedad. Como a Pedro en medio de la tormenta, el testigo aprende a caminar sobre las olas turbulentas, sostenido por la mirada del Señor. Quien camina así, aunque no pronuncie palabra, lo deja ver. Se hace sentir. Es testigo creíble del Invisible. Es testimonio de Aquel que es real porque vive y da vida.

La Iglesia -cada comunidad cristiana- está llamada a ser comunión de testigos del Resucitado. Podrán caducar los planes pastorales y volverse obsoletos, pero el fuego que hay en el corazón se abrirá camino para incendiar todo a su paso.

Es una gracia. No es fruto de nuestro esfuerzo. Pero es una gracia prometida y que Dios ha dado ya al mundo en Pentecostés, del costado abierto de Jesús en la cruz. Ha sido derramada en nuestros corazones y espera que nosotros simplemente nos dejemos quemar por ella. Es más: que nos apropiemos de ella, aunque lo más seguro es que ella se apropie de nosotros. Como le pasó a Francisco de Asís.

La grande y bella basílica de Santa María de los ángeles custodia, en Asís, la humilde Porciúncula en la que Francisco se abrió a la llamada del Señor. Así Nuestra Señora cuide y anime la obediencia de la fe de nuestra Iglesia diocesana y franciscana.

Amén.