El amor me lo ha explicado todo

“La Voz de San Justo”, domingo 25 de octubre de 2020

“Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con Él, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?»”  (Mt 22, 34-36).

El final está cerca, los acontecimientos se precipitan y todos los protagonistas aceleran la marcha. Les ocurre a los adversarios, cada vez más decididos y osados. Les ocurre también a los discípulos, aunque con más inercia que decisión. Pero, sobre todo, es Jesús el que, sin perder ni siquiera por un instante el señorío de sí, mira fijo hacia delante y acelera el paso.

Este domingo presenciamos su última gran disputa. No solo será la última trampa que le pongan sus enemigos. Es, además, la más desafiante. Por quien busca atraparlo en una “herejía”, pero también por la materia sobre la cual le solicitan expedirse.

Preguntan los fariseos. Y preguntan sobre la ley de Dios. Jesús no puede quedar indiferente frente a semejante desafío. Esa es precisamente su misión y su pasión. Es tal vez la última oportunidad para hacerles comprender qué Dios es Padre y no tiene otra voluntad sobre el mundo que la vida, la salvación y la bienaventuranza.

Aunque los evangelios nos trazan una imagen bastante deslucida de ellos, sin embargo, un anhelo de fondo acerca a los fariseos al mismo Jesús. Ellos y él pueden reconocerse en las palabras del Salmo: “¿Cómo un joven llevará una vida honesta? Cumpliendo tus palabras.” (Salmo 119, 9). Jesús y ellos aman con pasión la Ley de Dios. Sin embargo, a diferencia de Jesús, los fariseos corren un gran riesgo: vivir la relación con Dios con un tono vital de rigorismo, autoexigencia y falta de compasión hacia los demás. Reducen así la vida religiosa a una proeza reservada para pocos.

“Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas».” (Mt 22, 37-40).

La serena y certera respuesta de Jesús pone las cosas en su lugar: todo se resuelve en el amor; es decir, en una relación afectiva del creyente con Dios, al que hay que amar con todas las “fuerzas” que el mismo Creador ha depositado en el corazón. Frente a Dios, todos hemos de sentirnos hijos y, por eso, hermanos. La originalidad de esta respuesta es doble: todo se resuelve en el amor, y un amor que une, sin separar, a Dios y a los demás, especialmente a los más pobres y heridos.

A pocos días de responder así, Jesús pronunciará la misma palabra, pero con otro lenguaje: el de la vida entregada en la cruz.

En palabras de uno de sus discípulos: “El amor me ha explicado todas las cosas. El amor ha resuelto todo para mí. Por eso admiro el amor, allí donde se encuentre” (Karol Wojtyla).