Juan, testigo de la Luz

“La Voz de San Justo”, domingo 13 de diciembre de 2020

“Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino el testigo de la luz.” (Jn 1, 6-8).

La predicación de un obispo chileno -Don Carlos González- que visitaba el seminario en 1983, me quedó profundamente grabada. Me ha marcado. Y tiene que ver con Juan bautista, tal como nos lo muestra la liturgia de este domingo.

Haciendo memoria, pienso que coincidió con la fiesta del nacimiento del Precursor: el 24 de junio. Don Carlos nos dijo -palabras más palabras menos- algo así: “Ustedes saben que se suele decir que los curas somos ‘alter Christus’ (‘otro Cristo’). Sin embargo, nos parecemos más a Juan que, interrogado por su identidad, dejó muy en claro que él no era el Mesías, sino su testigo, su precursor.”

Es una gran verdad. No que la expresión tradicional no lo sea en absoluto. Es certera. Es más, de cada bautizado se puede decir que está llamado a ser “otro Cristo”. Es verdadera, pero, como todo lo que podemos apreciar en la vida, no es toda la verdad.

Ahí entonces aparece el significado de lo que decía Don Carlos en un ya lejano 1983. Los cristianos somos básicamente hombres y mujeres alcanzados en el camino de la vida por la Luz que es Cristo.

Esa luz nos ilumina, con una potencia inigualable. Eso sí: jamás nos encandila o enceguece. Es una luz, las más de las veces, fugaz pero intensa. Su paso deja una huella imborrable, que el creyente atesora como lo más valioso que le ha pasado en la vida. De ella vive y se alimenta, no menos que con el deseo de esa Luz eterna cierra los ojos de esta vida.

Y, con toda nuestra frágil humanidad a cuestas, somos sus testigos. Sabemos que esa Luz quiere pasar a través de nosotros -de nuestras manos y palabras- para iluminar la vida de otros.

Solo somos testigos. Testigos de esa Luz. Ni más ni menos.