Noche buena 2020

Homilía en la catedral de San Francisco, jueves 24 de diciembre de 2020

“Cuando un silencio apacible envolvía todas las cosas, y la noche había llegado a la mitad de su rápida carrera, tu Palabra omnipotente se lanzó desde el cielo, desde el trono real, como un guerrero implacable, en medio del país condenado al exterminio. Empuñando como una espada afilada tu decreto irrevocable, se detuvo y sembró la muerte por todas partes: a la vez que tocaba el cielo, avanzaba sobre la tierra.” (Sab 18, 14-16).

Con estas palabras, el sabio de Israel evoca la noche más santa del pueblo: la noche en que, de esclavos se convirtieron en un pueblo de hombres y mujeres libres. 

Libres, sí, pero con una libertad orientada hacia lo que realmente humaniza al hombre: el encuentro con Dios, en la confianza y la adoración; el amor fraterno que rehace los vínculos y sana las heridas que, desde dentro, nos vuelven quejosos y oscuros. 

Es la noche del Éxodo, en la que el ángel exterminador sembró muerte en Egipto. 

Es el evento fundante del camino de fe del pueblo que, de la mano de Moisés, emprenderá en breve su marcha por el desierto, en dirección al monte donde Dios dará su Ley bajo la forma de las diez palabras que dan vida.

A lo largo de su historia, el pueblo elegido vivió muchas noches oscuras, inciertas e intimidantes. La voz del profeta evoca, en la primera lectura, una de ellas: “El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz: sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado una luz.” (Is 9, 1). 

Siempre, en medio de la noche, la Palabra poderosa de Dios ha roto el pesado ensueño del desaliento, y ha abierto el espacio a la esperanza. 

Lo único que muere cuando Dios irrumpe con su Palabra es el miedo, la desesperanza y el desaliento. 

La Palabra mata el pecado, la muerte y el mal que deshumanizan la vida. 

La Palabra vivifica, porque está llena del Espíritu. 

La Palabra consuela y sana, vivifica y resucita. 

La Palabra de Dios, cuando se hace oír en medio de la noche y del silencio, trae consigo libertad, vida y salvación. 

***

Así contemplemos ahora el misterio del pesebre.

No terminamos de creerlo ni de aceptarlo: ese Niño recién nacido, que llora y se hace encima, es el Verbo eterno del Padre que, por la potencia del Espíritu, en medio de la noche, descendió hasta iniciar su carrera humana en el vientre de María. 

Y, ahora, también en medio de la noche, es dado a luz por esa mujer, ante la mirada atónita y firme de José, el varón justo.

Tan humano. Tan frágil. Tan pobre.

Sí. Es Dios con nosotros. 

El Dios humilde y amante (porque el amor solo puede ser humilde, manso y vulnerable). 

El Dios fuerte que no teme hacerse frágil y vulnerable. 

El Dios santo que no teme todo lo que de profano hay en la existencia humana, sino que la busca con obstinación: quiere salvarla, porque la ama. En definitiva, es su creación, su obra de amor. 

El Dios sin mancha que no tiene miedo de tocar la miseria humana, e incluso ensuciarse con ella. Así la salva y la redime.

No creemos sinceramente que Dios esté ahí.

Preferimos nuestros dioses pequeñitos y patéticos, imagen y semejanza de nuestros sueños, de nuestras vanas ilusiones, de nuestros deseos de omnipotencia. 

Nosotros los creamos, les damos poder y nos dejamos intimidar por su fatuo fulgor y, así, anulados y alienados, nos doblegamos ante ellos, les damos nuestra libertad y ellos nos esclavizan y atontan. Miremos, si no, a los diosecillos de las religiones seculares: líderes populistas, fugaces mitos del deporte o del espectáculo…

Pero Dios, el verdadero y más real, está ahí, durmiendo en el pesebre, como un día estará agonizando en la cruz o yaciendo en la fría tumba que hoy está vacía. Ahí está Dios. No el que nosotros imaginamos, sino El que es, el único, el Dios amor, misericordia y compasión. 

Hermanos y hermanas: en medio de esta noche oscura que hoy envuelve a toda la humanidad, en la que las tantas miserias de los hombres han salido a la luz, volvamos la mirada hacia el pesebre. 

Seamos como los chicos que no pueden dejar de mirar, asombrados y sedientos de saber, esa Realidad maravillosa que llamamos Navidad, la Encarnación, el Niño Dios, Jesús, el Salvador.

Dejemos que nos abrace con sus manitas. Que acaricie nuestros corazones heridos. Que, con su llanto, nos hable del amor apasionado de Dios por nosotros. Que su apacible sueño nos restituya la confianza… en nosotros mismos, en los hermanos, en la vida, en Dios. 

Que su cercanía nos anime a restablecer la fraternidad, especialmente si alguna disputa la haya herido o incluso si está rota por nuestra insensatez. Ese Niño es el Primogénito entre muchos hermanos…

No sabemos cuánto más se extenderá esta noche sobre el mundo. Sabemos sí, con la certeza serena de la fe, que ese Niño que María recuesta sobre le pesebre, anunciado por el profeta en medio de la noche, es nuestra paz y nuestra luz. Es Dios con nosotros. Saber eso nos basta. 

Que María, José y el Niño Jesús hagan Navidad en nuestra diócesis, en nuestra Argentina… en tu corazón y en el de tu familia.

Amén.