Conclusión del año pastoral 2020

Homilía en la Eucaristía celebrada con el Presbiterio de la diócesis en la parroquia “Cristo Rey” el 28 de diciembre de 2020.

“José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto.” (Mt 2, 14).

Los invito a contemplar la figura evangélica de san José, tal como nos la presenta este versículo del evangelio de hoy.

Con la mirada fija en este precioso icono demos gracias al Señor por el año pastoral que estamos concluyendo.

Repito el lugar común: nada ha sido como lo habíamos programado. La pandemia alteró todo, por fuera y por dentro, el tiempo y las almas. Aceleró procesos, sustrajo de nuestras manos cosas que creíamos poseer, puso en el corazón incertidumbres, miedos y nuevas esperanzas.

Tres veces, san Mateo nos dice que el Señor le reveló su designio a José, por medio de un ángel y en sueños (cf. Mt 1, 20; 2, 13.19). Añadamos que el mismo medio ¿virtual? usó para advertirle a los magos sobre las intenciones de Herodes (cf. Mt 2, 12).

José vive la incertidumbre de todas estas situaciones en que se ve envuelto. Sus planes iban en otra dirección. Sin embargo, cuando llega el momento, de la forma más inesperada, escucha, obedece y se pone a caminar en la dirección que Dios mismo le va señalando.

Creo que, desde aquí, podemos repasar el año que estamos terminando. Como les decía, demos gracias porque la historia de José se ha repetido entre nosotros. Nosotros mismos hemos sido sus protagonistas y, en medio de nuestras comunidades, tantos y tantas que, como José, han obedecido cuando sintieron que la Palabra los alcanzaba e iluminaba su camino.

Permítanme remarcar algo más: esta obediencia a la voz del Señor la hemos vivido juntos, como Iglesia diocesana: pastores, laicos y consagrados.

No hemos afrontado solos los desafíos que nos ha ido presentando el desarrollo de la pandemia. Hemos caminado juntos, con paso vacilante a veces, con mayor seguridad en otras; pero siempre, ha prevalecido la voluntad de escuchar la voluntad de Dios sobre nuestras vidas.

Gracias, entonces, a cada uno de ustedes, queridos hermanos curas. Gracias a cada comunidad cristiana, a cada agente de pastoral, a cada responsable de la vida y misión de nuestra Iglesia.

No puede dejar de mencionar aquí a catequistas, a las Caritas y a todos los que se han puesto al hombro la esperanza de sus hermanos más vulnerables en medio de las restricciones de la pandemia.

“Así se cumplió lo que había sido anunciado por el profeta Jeremías: «En Ramá se oyó una voz, hubo lágrimas y gemidos: es Raquel, que llora a sus hijos y no quiere que la consuelen, porque ya no existen»”. (Mt 2, 17-18).

Con estas palabras, san Mateo comenta la decisión criminal de Herodes de llevar adelante el infanticidio de los santos Inocentes. Es la reacción del poder cuando se ve amenazado. El temor se convierte en voluntad deliberada de matar.

Como anotan los comentaristas, en el llanto de Raquel por sus hijos muertes, el evangelista lee el llanto de Jesús por la destrucción de Jerusalén, pero también el dolor por la muerte del Mesías que, precisamente en la ciudad santa, será finalmente alcanzado por el poder.

Nosotros no podemos dejar de mirar el hoy de tantos inocentes que mueren y de las madres que los lloran.

No pienso solo en la más que probable aprobación de la inicua ley del aborto por el Senado. El aborto es un crimen abominable. Si su penalización ha fracasado, también lo ha hecho su legalización. Basta ver las cifras de los países en los que es una práctica arraigada y legal.

Dolorosamente, la geografía del sufrimiento inocente y del llanto es -y será- siempre más grande y abrumadora de lo que podemos asumir y soportar. Solo Dios puede enjugar las lágrimas de todos los ojos que lloran. Y no cualquier Dios, sino el del pesebre, la huida a Egipto y la cruz. El Dios que hace suyo, desde dentro el sufrimiento humano.

Solo Dios puede hacerlo. Nosotros, no, por más ingeniosos y obsesivos que seamos. Ha bastado esta interminable alteración de nuestras agendas para que, cayéndose las riendas de nuestras manos, nos descubramos pobres, desnudos, necesitados de ayuda, impotentes de suceso o éxito.

Pero, en esa experiencia compartida con tantos, puede que esté también nuestra salvación. Estoy convencido de que es así.

Solo cuando bajamos a la pobreza de nuestra fragilidad podemos dejarnos salvar por Dios. Solo cuando capitulamos ante su mirada de misericordia, Él puede realmente obrar en nosotros la salvación que nos ofrece en su Hijo Jesucristo.

¡Ojalá que no perdamos este gran aprendizaje que estamos haciendo! ¡Ojalá que la nueva normalidad no sea la de nuestras viejas mañas! ¡Ojalá que nos abramos a todo lo nuevo que el Espíritu está obrando en el mundo, en la Iglesia y en nosotros!

Con este espíritu, los invito a prepararnos para vivir el 2021 que tendrá, como nota característica, la celebración de los sesenta años de nuestra Iglesia diocesana.

Hoy les he entregado la Carta Pastoral. Espero que sea de utilidad para ustedes y cada comunidad cristiana.

Solo destaco este aspecto: la celebración será austera y ha de verificarse en cada comunidad cristiana. Y, si le permiten al obispo expresar un deseo: que celebrar sea vivir con renovada creatividad nuestra esencial vocación misionera. Como Brochero. Todo un desafío.

“Sesenta años -entonces- caminando juntos con espíritu mariano, franciscano y brocheriano”.

Gracias y buen descanso para todos.