El camino de Juan

“La Voz de San Justo”, domingo 24 de junio de 2018

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“Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan; vino como testigo para dar testimonio de la luz, y preparar al Señor un pueblo bien dispuesto”.

Este domingo, los católicos estamos celebrando el nacimiento de Juan Bautista. Abre esta columna el texto de la antífona de entrada de la Misa de esta fiesta, que combina dos textos evangélicos: Jn 1, 6-7 y Lc 1, 17.

Creo que ya he comentado que prefiero el título de “precursor” al de “bautista” para referirme a Juan. Y esto, por varias razones, tal vez más de índole personal.

Cuando, hace diez años, me preparaba para la ordenación episcopal, tomé los relatos evangélicos que hablan de Juan para unos días de retiro espiritual. Tengo incluso en mi habitación un pequeño icono que lo representa junto a uno de María y otro de Cristo. De tanto en tanto lo miro y le pido la gracia de que siga acompañando mi vida de seguimiento de Jesús como pastor. También yo tengo que andar mucho, preparando caminos, antes que en lugares geográficos, en los corazones.

Pienso que, no solo un obispo o un sacerdote, sino toda la Iglesia, a la hora de cumplir nuestra misión evangelizadora, nos parecemos mucho a Juan. O, al menos, deberíamos seguir sus pasos de “precursor” de Jesús.

Interrogado una vez por sus discípulos acerca de su misión en relación con la de un Jesús que comenzaba a opacarlo, Juan respondía: “Nadie puede atribuirse nada que no haya recibido del cielo. Ustedes mismos son testigos de que he dicho: «Yo no soy el Mesías, pero he sido enviado delante de él». En las bodas, el que se casa es el esposo; pero el amigo del esposo, que está allí y lo escucha, se llena de alegría al oír su voz. Por eso mi gozo es ahora perfecto. Es necesario que él crezca y que yo disminuya” (Jn 3,27-30).

Una sabia mezcla de humildad, verdad y valentía. Hay que aprender a decir, no solo con elocuencia y convicción, sino, sobre todo, con el respaldo de una vida que realmente se ha dejado llevar por ese camino: “Yo no soy el Mesías… Sólo soy un enviado que va delante”.

¿Cuántos mesianismos tóxicos, también dentro de la Iglesia? ¿Cuántas propuestas salvadoras que, en definitiva, no son sino solo proyecciones de nuestros deseos de omnipotencia? ¿Cuánto miedo a la real libertad de las personas? ¿Cuánta desconfianza en lo que Dios hace, humilde y silencioso, en la historia y en la creación que, en definitiva, han salido de sus manos creadoras?

Sí. La Iglesia, y en ella especialmente quienes somos sus pastores, hemos de aprender, una y otra vez, el camino de Juan, el Precursor. Camino hecho de humildad y verdad, de arrojo y testimonio. Camino que es realmente tal, es decir: se hace caminando, transitándolo en toda su extensión y con todos sus recovecos, a veces apacibles y luminosos, otros, más bien oscuros e intimidantes: “Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal, porque tú estás conmigo, tu vara y tu bastón me infunden confianza” (Salmo 23,4).

De labios de Jesús, el evangelio nos reporta el mejor elogio que Juan ha recibido: “Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y, sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él” (Mt 11,11).

Para nosotros estas palabras son una promesa y un aliciente para seguir caminando la fe.

Felices los que lloran, serán consolados

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Homilía en el Santuario de Nuestra Señora de la Consolata (Sampacho – Diócesis de Río Cuarto)

Agradezco la invitación que me hiciera el párroco, Padre Osvaldo, a participar de esta fiesta, como también la del obispo Adolfo a hacer la homilía.

El título con que invocamos a María en este santuario es muy hermoso: Nuestra Señora de la Consolata.

Esta advocación llegó a nuestras tierras de la mano de los inmigrantes italianos, principalmente piamonteses, que se asentaron aquí, en la “pampa gringa”. Trajeron su imagen, su nombre y, sobre todo, trajeron en sus corazones el amor y el consuelo de María. Eran hombres y mujeres que habían dejado su tierra y que rehicieron aquí sus vidas con grandes sacrificios, mucho trabajo y, no podemos olvidarlo, con una nostalgia que, una y otra vez, los llevaba más allá del mar.

Y ahí, en medio de toda esa experiencia y de esos sentimientos: María, la Señora del Consuelo y de la Paz.

María, la “Consolata”: la que ha sido alcanzada por el consuelo de Dios y, por eso, ella misma puede consolar a sus hijos y devotos.

A María le cabe pues la segunda de las bienaventuranzas que hemos escuchado en el evangelio: “Felices los que lloran, porque serán consolados”.

Le podemos pedir a María entonces que nos enseñe a llorar, a saber entrar en la aflicción, para poder experimentar, como ella, toda la fuerza del consuelo de Dios.

¿De qué llanto nos habla Jesús? ¿Por qué resulta bienaventurado el que sufre? ¿No es esta una propuesta inhumana?

Queridos hermanos y hermanas: pienso que no hay que filosofar demasiado para responder. A menos que endurezcamos nuestro corazón transformándolo en un frío bunker, bien asegurado bajo tierra, los discípulos de Jesús no podemos dejar de experimentar, como él, que se nos estrujan el corazón y las entrañas al contemplar todo el dolor y sufrimiento del mundo.

El que entra en ese misterio siempre fascinante e indescifrable que es la vida humana, en sus pasiones, sus ilusiones y sus luchas, sabe que el dolor y el sufrimiento están ahí como misteriosos mensajeros de palabras que hemos de escuchar.

La vida es vocación, llamada de Dios. Es Jesús el que nos llama y su Padre el que nos va podando para que demos fruto abundante. María y los santos nos acompañan en ese camino de vocación, de poda y de fecundidad.

La vida es vocación porque nos interpela, sobre todo desde los hermanos.

En estos meses, por ejemplo, ha sido muy duro tener que dejarnos interpelar por todos los interrogantes que despierta la triste realidad del aborto. Especialmente si intentamos, con la misma mirada compasiva de Jesús, comprender a quienes plantean el aborto como una solución viable a la maternidad vulnerable. No hemos podido dejar de sentirnos heridos por tantas historias de sufrimiento, sea que pensemos en los niños a los que se les ha negado la oportunidad maravillosa de vivir, sea que miremos a la cara el rostro de las mujeres que han vivido el lacerante drama del aborto.

¡Dejémonos interpelar por esas historias! Sólo así podremos decir, con mansedumbre, con verdad y sabiduría: no, el aborto no es una solución, sino un nuevo sufrimiento que se agrega y acrecienta la vulnerabilidad que a todos nos sacude y cuestiona. Y si puede tener algo de solución es, a la postre, una mala solución, inhumana y falaz.

María nos enseña que el consuelo de Dios está pronto para quien, con esa franqueza y arrojo, se mete por entero en el dolor y sufrimiento de sus hermanos y hermanas, del que se deja herir por las heridas de los demás, el que no rehúye sino que libre y conscientemente se deja alcanzar por el llanto de los que lloran, haciéndolo propio y, así, liberando también el propio corazón para que llore, como Jesús ante Jerusalén, todo el dolor del mundo.

El consuelo que Dios da – el que experimentó María – no es un vago sentimiento de bienestar individual ni una emoción dulzona. Lo hemos escuchado a Pablo describirlo, al irrumpir en una bendición de alabanza que ha brotado de su corazón y desde su propia experiencia de tribulación y consuelo: “Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos reconforta en todas nuestras tribulaciones, para que nosotros podamos dar a los que sufren el mismo consuelo que recibimos de Dios. Porque, así como participamos abundantemente de los sufrimientos de Cristo, también por medio de Cristo abunda nuestro consuelo” (2 Co 3,3-5).

Jesús nos promete compartir con nosotros el mismo consuelo con que el Padre lo sostuvo en su hora suprema. Es el consuelo de la pasión: del que entrega la vida, del que ama hasta el extremo, del que perdona y disculpa, del que se abre a la fuerza transfiguradora de la resurrección.

El consuelo de Jesús no viene ni antes ni después de las tribulaciones. Lo ha prometido para quien se anima a ir a fondo con su vocación y misión. Nos alcanza en medio de lo vivo de nuestra misión en el mundo, con todas sus luchas y desafíos, y en la misma medida en que nos hacemos servidores de los demás por amor.

Es el consuelo que nos confirma y pacifica: no me he escabullido ni he esquivado la vida, estoy donde tenía que estar; no obstante tantos límites y pecados, propios y ajenos, lo mío es estar junto a todo hombre o mujer que tienen la vida rota o herida. No me puedo permitir otra cosa.

Eso sí, cada discípulo tendrá que animarse a descubrir – como también María lo hizo – que camino específico Dios ha soñado para él: el ministerio sacerdotal, el amor de esposos y la familia, la profesión, el noble e imprescindible servicio público de la política, o cualquier otra forma de vocación y misión.

Que María, la Consolata, siga animándonos a abrir nuestro corazón al consuelo de Dios. Que ella nos dé, con suavidad y firmeza, su misma fe intrépida y su corajuda esperanza, que la hizo escuchar la llamada del Señor y entregarse a ella, sin vacilar ni calcular, acompañando a Jesús, aunque no siempre comprendiera bien su camino, de la visitación al pie de la cruz, en la espera del Sábado Santo a la mañana gozosa de la resurrección y al cenáculo en Pentecostés.

Y que María siga bendiciendo con su misma pasión por la vida a Sampacho, a los peregrinos que acuden a su santuario, a la Iglesia diocesana de Río Cuarto, a nuestra Argentina. Amén.

 

El Reino crece solito

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“La Voz de San Justo”, domingo 17 de junio de 2018

En varios ambientes eclesiales se ha puesto de moda hablar de la “construcción del Reino de Dios”, dando por sentado que somos nosotros los genios constructores que llevan adelante la obra.

La expresión no me gusta. Es más, me despierta un instintivo rechazo. Pienso que es profundamente errada. Puede incluso transformarse en una verdadera herejía; aún más, en una genuina blasfemia.

Las dos parábolas de Jesús que escuchamos este domingo van en otra dirección (Mc 4, 26-34). Nos ayudan así a poner nuestras pretensiones arquitectónicas en su sitio. Toda vez que, en la Iglesia, hemos pretendido edificar el Reino de Dios, lo hemos terminado identificando con nuestras propias construcciones, sacralizándolas y generando ese autoritarismo clerical, a veces sutil, otras desvergonzado y grosero, pero siempre estrecho y asfixiante. Sus consecuencias resultan siempre nefastas.

De tanto en tanto, el Espíritu nos manda un Pablo, un Agustín, un Francisco o una Teresita de Lisieux que nos recuerdan: ¡muchachos, paren la mano! No se olviden que todo es gracia, y que la Gracia (otro bello nombre del Espíritu Santo) está antes, durante y en el coronamiento de todo lo que hacemos.

La parábola de la semilla echada en el campo nos habla del misterio del crecimiento. La vida crece solita. Dios actúa en silencio, discretamente y con mucho humor. No es extraño que nos desconcierte y sorprenda, descolocándonos. Se toma su tiempo, pero hace las cosas como nadie. La del grano de mostaza subraya la desproporción entre lo que sembramos y el fruto que recogemos. ¿No lo has experimentado ya en tu vida de discípulo? Mirá bien las cosas: te vas a dar cuenta de cómo, lo poquito que pusiste, pero con desinterés y generosidad, Dios lo ha transformado en un árbol frondoso.

Es saludable aprender a no enamorarse de las propias producciones. Es el aprendizaje de la libertad que siempre va de la mano de la humildad y, en ocasiones, también de las humillaciones. Nunca acabado del todo, se trata de un aprendizaje especialmente complicado cuando la misma vida nos pone al frente, nos exige definiciones y acciones. Pero esa es la aventura de servir al Reino de Dios. Además, tenemos una yapa que todo lo descoloca: Jesús, el primer servidor del Reino. Y ahí están los evangelios que nos dicen cómo lo hizo y cómo tenemos que hacerlo nosotros. Y, si por caso no supiéramos leer (o comprender, que es lo más común), ahí está su Espíritu que viene en ayuda de nuestra torpeza y debilidad: nos inspira y sugiere, ilumina la mente y fortalece la voluntad, y, si somos dóciles a sus mociones, nos regala un consuelo inigualable.

Entonces: amigo, dejá crecer solito al Reino de Dios. Vos dedicate a sembrar y, como Jesús, a sentarte a la mesa de los más frágiles, con el corazón alegre y generoso. El Padre hace el resto (con ellos y con vos, que también sos uno de ellos).

No hay democracia sin discusiones públicas

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Es muy bueno que los ciudadanos discutamos, aun acaloradamente, en el espacio público nuestros puntos de vista.

Esto fortalece la cultura democrática que, en buena medida, los argentinos tenemos sujeta con alfileres. Lo digo también por los católicos, incluso por quienes somos sus pastores.

Esta discusión pública es especialmente necesaria cuando tocamos cuestiones de fondo -como esta del aborto- que hacen a los fundamentos de la convivencia ciudadana en la sociedad. Mucho más cuando nos confrontamos personas que tenemos visiones diametralmente opuestas de la vida y, unos y otros, legítimamente tenemos “verdades no negociables” (yo no voy a negociar la dignidad humana del concebido desde el primer instante de la concepción, por ejemplo).

Esta dinámica confrontativa no nos tiene que asustar ni amilanar, como tampoco volvernos rígidos y agresivos.

Las reglas de la democracia republicana existen precisamente para que esa conversación ciudadana, fuerte, acalorada y tensionante, transcurra por carriles civilizados. Busca consensos, hasta donde son posibles.

Empieza, por ejemplo, en el espacio público: la mesa de familia, el café, la plaza, los medios, etc. Tiene un momento clave cuando entra, como ocurrirá este miércoles con el aborto, en el recinto sagrado del Parlamento y los representantes del pueblo discuten, intercambian posiciones, se pelean y votan. En este caso, primero en Diputados y, si se aprueba allí, en Senadores.

¿Qué pasa si, como fruto de la votación, el juego democrático de mayorías y minorías, hace que termine sancionándose una ley que algunos (o muchos) ciudadanos no aceptan?

Doy un ejemplo personal: ¿qué pasa si el Congreso aprueba convertir el aborto en un derecho? ¿En qué situación quedo yo, que estoy en contra, frente a esa ley del Congreso de mi país?

No tengo dudas: acepto la legitimidad democrática de lo decidido por el Congreso. Seguiré cuestionando su razonabilidad y usando todos los medios que la democracia pone en mis manos para revertir esa decisión que, aún reconociendo su legitimidad, considero injusta.

Vuelvo a decir: creo que, hasta ahora, el debate sobre el aborto ha sido un ejercicio ejemplar de ciudadanía. Nos ha hecho muy bien. Hemos dado pasos importantes para fortalecer la cultura democrática de nuestro país. ¿Ha habido expresiones desubicadas o golpes bajos? Sí. Y de ambas partes. Tampoco esto debe asustarnos. Son inevitables si apostamos por una cultura de la libertad de expresión, de conciencia y por el diálogo.

Eso sí: ahora que estamos entrando en una fase decisiva, no nos dejemos ganar por la violencia, sobre todo verbal y gestual. No a las presiones indebidas sobre nuestros legisladores. Tenemos derecho a que conozcan lo que pensamos. Tienen el deber de escucharnos. Pero el respeto por sus personas y su labor parlamentaria es fundamental.

¿Adentro o afuera?

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“La multitud estaba sentada alrededor de Jesús, y le dijeron: «Tu madre y tus hermanos te buscan ahí fuera»” (Mc 3,32).

Unos adentro, otros afuera. Estos – sus familiares – lo consideran “extraviado”. Aquellos, lo escuchan como a un profeta. Sin embargo, hay que tener cuidado con creer que ya está todo dicho. Sus familiares lo quieren, aunque no terminan de entenderlo bien. Los que ahora lo escuchan con interés, pronto lo abandonarán a su suerte o incluso serán de sus más crudos detractores. Sus mismos discípulos lo dejarán solo. Entre unos y otros están sus enemigos declarados, a los que, este domingo, escuchamos escracharlo, señalándolo como jefe de los demonios.

Con Jesús suele pasar así: no deja mucho espacio para el reposo y la tranquilidad. Jesús siempre inquieta. Seguirlo es animarse a una aventura en la que, tarde o temprano, se entra en zona de riesgo. Es más, solo cuando esto acontece uno puede decir que está comenzando verdaderamente a ser su discípulo. Se lo dirá con brutal franqueza a sus seguidores y a la multitud: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará” (Mc 8,34-35).

Las etiquetas no son buenas. Solo sirven para la polémica. Pero, si uno busca realmente la verdad de la vida, es mejor dejar de lado toda forma de rigidez y abrirse a la acción siempre sorprendente del Espíritu. ¿Hacia dónde nos llevará? Cada uno de nosotros lo tiene que experimentar cada día. Una cosa sí es segura: el Espíritu trabaja en cada ser humano – esté cerca o lejos, adentro o afuera – para llevar a cabo el sueño de Dios para la humanidad. Para conocerlo, basta abrir los evangelios y dejarse conquistar por la persona de Jesús. En Él aparece con nitidez lo que Dios sueña para todos.

Y te doy otra ayuda: María. nadie como ella ha hecho este camino. También ella, en algún momento, no terminó de comprender bien a Jesús y sus opciones. ¿Te acordás la escena de Jesús perdido en el templo? Su reacción no fue cerrarse o evadirse: fue a fondo con lo que vivía, para comprender en su corazón, por dónde iba el proyecto de Dios. Por eso, le caben tan bien las palabras con las que Jesús concluye el evangelio de este domingo: “«¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?». Y dirigiendo su mirada sobre los que estaban sentados alrededor de él, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre»” (Mc 3,33-35). De eso se trata.

Día del Periodista 2018

 

Saludo del obispo Sergio Buenanueva en el Día del Periodista

San Francisco, 6 de junio de 2018

Queridos amigos y amigas periodistas:

El nombre de la Iglesia diocesana de San Francisco, les hago llegar un cordial saludo a todos ustedes al celebrar el Día del Periodista.

Quisiera decirles que valoramos mucho la labor de los hombres y mujeres de la comunicación. Desempeñan una tarea insustituible para la vida de nuestra sociedad, el buen funcionamiento de nuestra democracia y la edificación del bien común.

Les agradezco también la siempre buena disposición para informar sobre la vida de la Iglesia católica o hacer espacio a su palabra en los debates públicos. También al afrontar problemáticas delicadas y difíciles de nuestra vida eclesial y pastoral.

Permítanme compartir con ustedes unas reflexiones del Papa Francisco con ocasión de la Jornada Mundial de las comunicaciones sociales de este año. Hablando sobre la misión de un Periodismo de Paz, el Santo Padre señalaba: “Si el camino para evitar la expansión de la desinformación es la responsabilidad, quien tiene un compromiso especial es el que por su oficio tiene la responsabilidad de informar, es decir: el periodista, custodio de las noticias. Este, en el mundo contemporáneo, no realiza sólo un trabajo, sino una verdadera y propia misión. Tiene la tarea, en el frenesí de las noticias y en el torbellino de las primicias, de recordar que en el centro de la noticia no está la velocidad en darla y el impacto sobre las cifras de audiencia, sino las personas. Informar es formar, es involucrarse en la vida de las personas. Por eso la verificación de las fuentes y la custodia de la comunicación son verdaderos y propios procesos de desarrollo del bien que generan confianza y abren caminos de comunión y de paz. (…)”

Les deseo a todos ustedes un bendecido Día del Periodista.

 

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

Con Vos renovamos la historia

El pasado fin de semana tuvo lugar, en Rosario, el II Encuentro Nacional de Juventud. “Con Vos renovamos la historia” fue el lema que convocó y movilizó a miles de chicos y chicas argentinos que se dieron cita en la vecina ciudad junto al Paraná.

Comparto aquí una experiencia personal significativa. Lo he contado también ayer en la Misa de Corpus Christi.

En la noche del sábado tuvo lugar un intenso momento eucarístico: casi veinte mil personas, la mayoría jóvenes, estuvimos una hora de adoración ante el Santísimo Sacramento. Allí, en el Hipódromo de Rosario convertido en un gran espacio sagrado de oración, estaba Jesús Eucaristía, su Palabra y su Espíritu, su Presencia silenciosa y fascinante, hablándonos desde el silencio elocuente del Pan consagrado expuesto como alimento para la oración de la Iglesia joven.

Tal vez sensibilizado por esta experiencia, al día siguiente, durante la Misa de clausura del Encuentro, me conmovió profundamente el hecho de dar la comunión a los jóvenes. Mientras repetía las palabras rituales: “Cuerpo de Cristo”, no podía dejar de observar los rostros de esos chicos y su visible deseo de estar con Jesús, intuyendo cuánta promesa encierran sus vidas jóvenes. “Les estoy dando a Cristo”, me repetía interiormente. “Eso es todo lo que tengo que hacer. Esa es mi misión. Para eso soy obispo, pastor y servidor”. Con esa convicción he vuelto.

Los días de retiro compartidos esta semana con mis hermanos sacerdotes me han ayudado a rumiar un poco más esas vivencias. Pude comprender que más que estar dando nosotros a Cristo, era Él el que nos “usaba” como instrumentos suyos para colmar a esos jóvenes con su propia Vida.

Ya lo he dicho otras veces: entre Cristo y los jóvenes hay una sintonía profunda, aunque muchas veces no atinemos a dar con ella. Pero está ahí, intacta, fresca y siempre pujante.

Los jóvenes no nos piden a los adultos que nos mimeticemos con ellos. Sí que conectemos con lo más humano que tenemos dentro: la inquietud de quien se descubre siempre en camino, incompleto, buscando la verdad. El Evangelio nos enseña que, de cara a Jesús, todos, siempre e invariablemente, somos aprendices y discípulos.

La Escritura usa una imagen muy viva para describir esa actitud vital: “Como la cierva sedienta busca las corrientes de agua, así mi alma suspira por ti, mi Dios. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios viviente: ¿Cuándo iré a contemplar el rostro de Dios?” (Salmo 42,2-3). Jesús, que aprendió a orar con los salmos, también usó esa imagen para una de sus bienaventuranzas: “Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados” (Mt 5,6).

Sed de Dios, hambre de justicia. Esa inquietud habita el corazón de nuestros jóvenes. También el nuestro. Es la inquietud que nos hace humanos. ¿Lograremos compartirlas, liberando su enorme energía para la renovación de nuestra Argentina?

Cuerpo y Sangre del Señor

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Homilía en la celebración diocesana de Corpus Christi.

Sábado 2 de junio de 2018

“Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomen, esto es mi Cuerpo» …” (Mc 14,22).

El gesto de Jesús estaba prescrito en el protocolo de la cena pascual: el padre de familia debía tomar el pan, partirlo mientras pronunciaba la bendición y después ofrecerlo a todos. Al hacerlo, estaba reconociendo la bendición de Dios como origen de la fraternidad y de la vida del pueblo.

Gesto simple y sencillo. Entre Jesús y esa simplicidad hay una sintonía muy profunda. Todo lo que hace y dice es simple y esencial. Como el pan.

Sin embargo, lo verdaderamente novedoso no es ese gesto sino las palabras con las que Jesús sorprende a sus convidados: “Tomen, esto es mi Cuerpo”. No estaban previstas. Son suyas en el sentido más radical y personal. Han ido creciendo en él, paso a paso, en la vida oculta de Nazaret y, después del Bautismo, en su caminar entre los pobres, enfermos y pecadores. Ahora, en el umbral de la pasión, las pronuncia concentrando en ellas su propia persona. El gesto entonces manifiesta no solo lo que Jesús dice y obra, sino lo que él mismo es: Pan vivo bajado del cielo.

Al pronunciar estas palabras inesperadas le da un sentido nuevo a toda la comida pascual: la comunión con Dios y la fraternidad entre los hombres nacen de esa entrega de Jesús que nos ha amado hasta el fin. La simplicidad y sencillez de los gestos eucarísticos expresan la fuerza más vigorosa que está actuando en la historia: el amor de Dios que hace nuevas todas las cosas y que está llevando al mundo hacia su plena consumación.

La gran bendición de Dios es la Pascua de Jesús, su pasión, muerte y glorificación. Nos reúne cada domingo en el banquete de la Eucaristía.

Ese don que genera comunión tiene la forma dramática del sacrificio martirial. Con su gesto y con sus palabras nuevas Jesús anticipa proféticamente que su cuerpo será crucificado y, así, Él mismo se ofrecerá en sacrificio para la expiación de los pecados. La comunión es concretamente reconciliación de pecadores enemistados, recuperados para la amistad por la entrega de Jesús, que pone su vida en manos de los verdugos.

El don pasa por la pasión y la muerte en cruz. Es entrega real de la propia vida: despojo, renuncia y abandono.

Aquí, al menos para mí, surge una inquietud: ¿Por qué poner así el propio cuerpo, exponiéndose al escarnio y la violencia? ¿Por qué no dejar abandonados a su suerte a quienes, en definitiva, han recusado la amistad de Dios, prefiriendo su propia gloria a la gloria del Creador? ¿Por qué este inmiscuirse tan adentro de la torturada vida de los hombres?

La Eucaristía despierta asombro, estupor y adoración porque en ella se resume y se ofrece el misterio del Dios inmenso que se ha hecho pequeño, ocupando el último lugar, poniendo el cuerpo para salvarnos.

Ese cuerpo entregado es el que ha sido glorificado por la resurrección y el que comulgamos – real, verdadero y vivificante – bajo los velos del pan eucarístico.

La respuesta a la pregunta porqué Jesús se ha expuesto de esa manera es tan simple como el gesto y las palabras sobre el pan: por amor.

El que ama lo arriesga todo, se expone y se entrega, se inmiscuye y se involucra. No puede quedar indiferente ante la suerte de quienes comparten con él el camino de la vida. Y aquí, el que ama es el Dios todopoderoso, creador y providente, el Dios amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amor tan concreto como eficaz, incisivo y transformador.

La celebración eucarística, y su feliz prolongación en la oración ante el Santísimo expuesto o ante el Sagrario, mete en el corazón del mundo esa potencia salvadora del amor de Dios, tan simple y esencial como el pan y el gesto de partirlo y repartirlo entre los hambrientos.

Es la experiencia que hemos vivido los que pudimos participar en el II Encuentro Nacional de Juventud que se realizó en Rosario, hace exactamente una semana. “Con Vos renovamos la historia” fue el lema que convocó y movilizó a miles de chicos y chicas argentinos que se dieron cita en la ciudad de Rosario, junto al Paraná.

En la noche del sábado tuvo lugar un intenso momento eucarístico: casi veinte mil personas, la mayoría jóvenes, estuvimos una hora de adoración ante el Santísimo Sacramento. Allí, en el Hipódromo de Rosario convertido en un gran espacio sagrado de oración, estaba Jesús Eucaristía, su Palabra y su Espíritu, su Presencia silenciosa y fascinante, hablándonos desde el silencio elocuente del Pan consagrado expuesto como alimento para la oración de la Iglesia joven.

Tal vez sensibilizado por esta experiencia, al día siguiente, durante la Misa de clausura del Encuentro, me conmovió profundamente el hecho de dar la comunión a los jóvenes. Mientras repetía las palabras rituales: “Cuerpo de Cristo”, no podía dejar de observar los rostros de esos chicos y su visible deseo de estar con Jesús, intuyendo cuánta promesa encierran sus vidas jóvenes. “Les estoy dando a Cristo”, me repetía interiormente. “Eso es todo lo que tengo que hacer. Esa es mi misión. Para eso soy obispo, pastor y servidor”. Con esa convicción he vuelto.

Los días de retiro compartidos esta semana con mis hermanos sacerdotes me han ayudado a rumiar un poco más esas vivencias. Pude comprender que más que estar dando nosotros a Cristo, era Él el que nos “usaba” como instrumentos suyos para colmar a esos jóvenes con su propia Vida.

Cristo, el Evangelio y los jóvenes. Una sintonía que se convierte en sinfonía de voces cantando la vida. Abramos los oídos para escucharla y sumarnos a ese canto de esperanza. Una Iglesia o una sociedad que ya no tienen ni interés ni tiempo para escuchar realmente a los jóvenes – lo que viven, sienten, piensan y sueñan – se condenan a una parálisis permanente.

Evoqué el II Encuentro Nacional de Juventud. Quisiera evocar ahora otra oleada joven que hoy recorre nuestro país, del interior hacia la gran capital.

Cuando la cultura burguesa, aburrida y nihilista, solo sabe pedir aborto y muerte, de miles de voces nace un grito que es toda una promesa: “Vale toda Vida”, “Salvemos las dos Vidas”, “Votemos Vida”. Se lo intenta ningunear, pero inunda las redes, se expresa alegremente en las calles y toma también la forma de una argumentación racional sólida y fundada, que desmonta cifras mentirosas, mitos y prejuicios.

Los jóvenes provida son miles y también sacuden nuestra comodidad. No se conforman solo con un no al aborto. Piden una sociedad más amable con la vida. Reclaman por un sistema de salud que atienda a todos, especialmente a los más vulnerables. Piden que dejemos de especular, privilegiando el empleo y la producción a la renta o la especulación financiera. Claman por un sistema educativo público, sea de gestión privada o estatal, que movilice sus enormes energías espirituales y éticas para renovar la realidad, haciendo posible que cada uno madure un proyecto personal de vida solidario y transformador.

Escuchemos a los jóvenes. Abramos espacios creativos para escucharlos y escucharnos. Nadie en Argentina tiene la verdad absoluta sobre nada. Eso sí: muchos – individuos e instituciones, oficialismo y oposición, dirigentes sociales y religiosos – cargamos a cuestas con graves yerros, espesas cegueras y oscuros compromisos con el mal. No podemos seguir perdiendo oportunidades.

Los que somos discípulos de Jesús y buscamos alimentarnos de su Pascua dejémonos conmover y convertir por su entrega de amor, exponiendo también nuestros cuerpos, empeñando nuestra libertad y aguzando nuestro ingenio para edificar una patria de hermanos.

Jesús eucaristía, Señor de la vida y de la creación, con Vos renovamos la historia. Amén.

 

Un Dios joven

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Dios uno y trino es amor, compasión y ternura

Días pasados, viendo una película norteamericana, me picaron las palabras de una de sus protagonistas: “Somos jóvenes neoyorquinos del siglo XXI. No creemos en Dios ni en nada”. La trama del film versaba sobre chicos y chicas en búsqueda casi desesperada de sí mismos y, de manera especial, de vínculos significativos.

No es cierto que no creyeran en nada. De hecho, esa fuerte afirmación (“No creemos en Dios ni en nada”) se daba en el marco de un diálogo de dos amigos aprendiendo a creer el uno en el otro. La fe, en su núcleo más íntimo, es precisamente eso: arriesgarse al salto mortal de confiar y dejarse llevar por esa confianza.

Y esto le pasa no solo a los jóvenes. Pienso que todos los que navegamos en el mar de este tiempo experimentamos las mismas zozobras y búsquedas. Me doy cuenta de que, en ocasiones, basta que uno solo abra el juego para que inmediatamente los corazones desnuden las inquietudes que nos habitan. Todos estamos amenazados por el abismo de la increencia, pero anhelamos creer y confiarnos.

Ahí, en esas vivencias humanas, está Dios. No cualquier divinidad, sino aquel misterio fascinante que nos ha salido al paso en Jesús de Nazaret, mostrándonos su rostro. Es el Dios uno y trino que estamos celebrando este domingo. Los viejos filósofos decían que pocas cosas son tan frágiles como las relaciones. Basta que uno de los dos términos vinculados se modifique para que la relación se venga abajo. No es así en Dios. Jesús nos ha mostrado, con sus palabras, pero mucho más con su misma vida de hijo y hermano, que Dios es relación, y que esa relación tiene la más sólida consistencia.

Y lo ha mostrado de la forma más cabal, viviendo como hermano de todos, pero especialmente, poniéndose en el espacio que habitan los últimos y ninguneados. Abrazando a los niños, curando a los leprosos, proclamando bienaventurados a los pobres y sufridos, pero, sobre todo, rehaciendo la vida de los pecadores, Jesús le ha dado visibilidad humana al misterio más inefable, aquel que confesamos cuando decimos: Creo en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, un solo Dios en tres Personas. O, más escuetamente: Dios es amor.

Cuando se publiquen estas líneas estará terminando en Rosario el segundo Encuentro Nacional de Jóvenes. Tiene como lema: “Con Vos renovamos la historia”. Ahí hay una trampa. En ese “con Vos” convergen dos sujetos: Cristo, en primer lugar, pero también cada chico y chica, cada joven. Eso hace Jesús: abre su vida para compartirla con sus hermanos y, así, liberar la fuerza transformadora del amor de Dios. Argentina tiene enorme necesidad de esa vitalidad, de esa energía, a la vez, divina y humana.

¿O no necesitamos, con urgencia, dar vida a otro modo de relacionarnos, de trabajar juntos, de vivir incluso nuestras diferencias?

Viento, fuego y vida

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La Iglesia invoca al Espíritu Santo como “Señor y vivificador”. Es Dios que nos santifica y nos da vida. Nos vivifica haciéndonos santos.

Santidad, en el lenguaje cristiano, quiere decir, en primer lugar: unión y configuración con Cristo; pero también que esa amistad con Cristo se expresa con una vida entregada, a semejanza de la suya. El Espíritu hace posible aquel inalcanzable “ámense como Yo los he amado”.

Los santos – Brochero o Madre Teresa, por ejemplo – son hombres o mujeres que, en las circunstancias concretas de su tiempo, se dejaron colmar por el Espíritu. A través de ellos, el amor de Cristo ha tocado y transformado el mundo. Los santos vivieron a fondo, dejaron huella.

Este domingo, los cristianos estamos celebrando la fiesta de Pentecostés. Con el don del Espíritu, la Pascua alcanza su culmen. Cristo murió y resucitó para santificar el mundo con su Espíritu. Podríamos decir también: para llenar el mundo de santos y santas.

El relato de Pentecostés en los Hechos de los Apóstoles (Hch 2,1-11) nos habla del Espíritu y su obra en el mundo con tres imágenes: el viento, el fuego y las lenguas.

El Espíritu es como el viento. Es decir: es fuerza, energía, vitalidad siempre en movimiento. Es también respiración, aliento, hálito de vida.

El Espíritu es como el fuego, pues la vitalidad que nos da es la misma de Dios: el amor apasionado que es entrega, que nos hace salir de nosotros mismos, nos pone en búsqueda del bien del otro y nos hace experimentar el gozo en el servicio.

El Espíritu es el que permite que hombres y mujeres que hablan diversas lenguas puedan entenderse: abre las mentes, acerca a las personas y rompe las barreras que impiden la cercanía. Si es el caso, hace madurar el perdón y dispone los corazones para la reconciliación. Respeta la diversidad, armonizando las diferencias en la unidad y la comunión.

Cristo resucitado sigue comunicando al mundo su Espíritu, su aliento de vida, para colmarlo con la santidad del Dios amor, uno y trino. Lo repito: Dios quiere colmar el mundo de santos y santas, que hacen presente la potencia transformadora de la santidad de Cristo. Con los santos Dios transforma el mundo.

Semanas atrás, el Papa Francisco nos ha ofrecido un precioso texto sobre el llamado a la santidad en el mundo de hoy. Ha repasado, una a una las bienaventuranzas de Jesús, calificándolas “como el carnet de identidad del cristiano” (GeE 63). Ha señalado también el gran texto evangélico de Mateo 25 (“…tuve hambre y me dieron de comer, etc”), como referencia fundamental de la santidad cristiana. “No podemos plantearnos – ha dicho – un ideal de santidad que ignore la injusticia de este mundo, donde unos festejan, gastan alegremente y reducen su vida a las novedades del consumo, al mismo tiempo que otros solo miran desde afuera mientras su vida pasa y se acaba miserablemente” (GeE 101).

La santidad cristiana siempre tendrá el rostro de la misericordia y de la lucha por la justicia. Esa es la obra del Espíritu que nos ha sido dado en Pentecostés.