Inmaculada Concepción de María

Homilía en el Santuario de la “Virgencita” (Villa Concepción del Tío)

Queridos peregrinos:

Bienvenidos al Santuario de la “Virgencita”. Aquí nos sentimos en familia: María es nuestra madre y podemos reencontrarnos como hermanos y hermanas. 

Los invito a sentirnos también unidos a las comunidades cristianas que, en los diversos santuarios, parroquias y templos del país, hoy se reúnen para honrar a la Purísima.

De manera especial, los invito a visitar, con nuestra imaginación, un Santuario en particular: en la gruta de Choya en Catamarca, donde hace cuatrocientos años fue hallada la querida imagen de la “Morenita”, la Virgen del Valle.

Para conmemorar este aniversario, los obispos argentinos hemos convocado un Año Mariano Nacional con el lema: “Con María, servidores de la esperanza”.

Hoy, cada diócesis de Argentina está celebrando la apertura del Año Mariano, como lo hacemos nosotros esta tarde, aquí en nuestro Santuario mayor.

Por eso, sintámonos unidos como familia grande entorno a la Pura y limpia Concepción.

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Miremos una vez más a nuestra “Virgencita” y, como cantamos en su himno, repitamos:

“Madre dulcísima de Concepción: ¡Sé nuestro amparo y protección!”

Esta oración es hermosa por su sencillez y profundidad.

Los invito a meditarla.

Ante todo, pensemos que recoge una experiencia muy real. A lo largo de la historia tres veces centenaria de esta sagrada imagen, los peregrinos y devotos de la Virgencita han sentido su presencia y, sobre todo, su intercesión maternal.

Las madres y abuelas cristianas lo saben, por eso, se lo enseñan a sus hijos y nietos: María es una presencia con la que se puede contar siempre.

En los labios de los varones, por su parte, el nombre de María adquiere un tono de especial intensidad. ¡Cuánto habla al corazón un papá arrodillado ante la Virgen!

María es una presencia que busca hacerse visible y corporal: en una medalla, un rosario o una estampa en el auto. Basta solo mirarla. O, como seguramente haremos al finalizar: el gesto de extender la mano para acariciar su imagen. Mucho más hermoso cuando un papá levanta en brazos a su hijito.

Si tuviera que formular un pedido delante de la Virgencita, pediría que cada una de nuestras familias le abra, sin miedo, la puerta de su hogar. Y le permita realizar lo que mejor sabe hacer: darnos a Cristo.

Por eso la invocamos como madre “dulcísima”.

Entendámoslo bien: la dulzura de María no es sentimentalismo meloso. Es la dulzura de la Palabra de Dios.

María ha aprendido a saborear esta dulzura, nutriendo su corazón con las Santas Escrituras, cantando los Salmos, contemplando el paso de Dios por la vida.

Pero, desde que quedó embarazada por obra del Espíritu, María comenzó a sentir la dulzura de Jesús, Hijo de Dios que se hacía hombre en ella.

La dulzura de María es la dulzura de Cristo, nuestro Hermano y Salvador.

Será especialmente elocuente en la Noche de Navidad.

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No nos cansemos entonces de repetir:

“Madre dulcísima de Concepción: ¡Sé nuestro amparo y protección!”

Esta oración es sencilla como todo lo que viene de Dios. Él se complace en los humildes y pequeños.

María lo sabe.

Por eso, cultiva el silencio que le permite percibir la brisa suave y mansa del Espíritu.

Con el hijo creciendo en su vientre, el silencio de María adquiere una profundidad especial. Una y otra vez habrá vuelto a las palabras del ángel: llena de gracia, cubierta del Espíritu, el niño será santo, será llamado Hijo del Altísimo, se sentará en el trono de David…

Y, cuando el niño nacido de su vientre comience a crecer, esas palabras despertarán nuevas preguntas y ansiedades. Toda mamá lo sabe. Imaginémosla al pie de la cruz.

La vida de María fue sencilla, pero no fácil: tuvo que aprender a caminar la fe y la esperanza.

Por eso, cuando con esta letanía suplicamos su amparo y protección, no pedimos una solución mágica para los problemas de la vida.

Suplicamos una presencia amiga que camine con nosotros, que aliente nuestra esperanza, que anime nuestra búsqueda constante de la verdad y de la justicia.

Pedimos su misma entereza para cumplir la misión que el Señor nos encomienda.

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Iniciando el Año Mariano Nacional, hoy rezamos por nuestra Patria Argentina.

En estos días están asumiendo nuestras nuevas autoridades municipales, provinciales y nacionales. El mandato popular que han recibido recoge expectativas y sueños, también miedos y desencantos.

Somos un pueblo que quiere edificar su futuro en paz, desde su rica diversidad geográfica, histórica y cultural.

Argentina es una sola nación, pero con múltiples y fascinantes rostros.

Reconocemos que nos cuesta la convivencia. Somos pasionales para todo: la religión, la política o el fútbol.

Les confieso que, al ver esta mañana, el abrazo de paz entre Alberto Fernández y Mauricio Macri sentí una honda emoción.

Dos adversarios, que piensan distinto (y no tienen por qué dejar de hacerlo), se pueden dar la mano para caminar en paz.

¿Se daban cuenta lo que ese gesto despertaba en muchos compatriotas? Intuyo que sí, que saben que hay que acallar los tambores de guerra.  

Volvamos la mirada a María.

En el camino del Adviento, ella crece como signo de esperanza. Le da rostro a la humanidad nueva que Cristo, su hijo resucitado, está haciendo crecer en el mundo.  

María corresponde a la acción del Espíritu con humidad y grandeza de alma. Se ve a sí misma como servidora de la vida y de la esperanza de sus hermanos.

Tenemos todavía mucho por caminar, muchos diálogos que retomar, muchos reencuentros que animar. El camino aparece largo y empinado. Necesitamos fuerzas.

Para eso estamos juntos, unos al lado de los otros, aunque no pensemos ni soñemos lo mismo. Lo más valioso de caminar juntos es que, tarde o temprano, comprendemos que, por encima de todos, somos semejantes.

En cristiano: somos hermanos y hermanas.

Podemos darnos entre todos un promisorio abrazo de Paz.

El pesebre

“La Voz de San Justo”, domingo 8 de diciembre de 2019

Francisco se dejó llevar por lo que sentía en su corazón. Acababa de regresar de Tierra Santa, estaba cerca la Navidad y crecía en él el deseo de sentir, ver y hasta tocar la humanidad de Dios, pobre y humilde en el niño del pesebre. Fue así como, en la Navidad de 1223 y ayudado por algunos fieles, puso en marcha una tradición que llega a nuestros días: siguiendo el evangelio, dar vida a la escena del nacimiento del Señor. Lo que aconteció aquella noche en una cueva de Greccio se sigue replicando en nuestras casas, templos y lugares públicos. 

“¿Por qué el belén suscita tanto asombro y nos conmueve?”, se pregunta ahora Francisco, el papa, en una hermosa carta publicada hace días. Y responde: “En primer lugar, porque manifiesta la ternura de Dios. Él, el Creador del universo, se abaja a nuestra pequeñez. El don de la vida, siempre misterioso para nosotros, nos cautiva aún más viendo que Aquel que nació de María es la fuente y protección de cada vida. En Jesús, el Padre nos ha dado un hermano que viene a buscarnos cuando estamos desorientados y perdemos el rumbo; un amigo fiel que siempre está cerca de nosotros; nos ha dado a su Hijo que nos perdona y nos levanta del pecado.”

Armar el pesebre -este ocho de diciembre, o en la fecha que sea- es seguramente un gesto sencillo. A algunos incluso les puede parecer de poca monta. Pienso, sin embargo, que su sencillez refleja algo esencial y que está en el corazón del Evangelio: Dios se ha hecho hombre para ayudarnos a recuperar nuestra propia humanidad. En los tiempos que corren, esa sí que no es una necesidad de poca monta.

A la hora menos pensada

“La Voz de San Justo”, domingo 1° de diciembre de 2019

“Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada” (Mt 24, 44).

A la hora menos pensada. Creo no equivocarme si digo que “sorpresa” es uno de los nombres de Dios. Por eso, cuándo sea el momento de su irrupción en la vida, nadie puede preverlo, ni calcularlo, ni programarlo. Solo resta tomar en serio de las palabras de Jesús: estar atentos, preparados y en espera vigilante. Será “a la hora menos pensada”.

¿Qué significa entonces estar atentos y en vigilia? No es otra cosa que vivir, pero estando realmente presentes en lo que vivimos. Parece sencillo, pero no lo es. Mucho menos hoy que la distracción es, tal vez, nuestra forma habitual de transcurrir el tiempo. Podemos estar en un lugar con nuestro cuerpo, pero, con los ojos, la cabeza y el corazón (y el celular) viajando por otros mundos. Adictos a la distracción.

La invitación de Jesús, en este primer domingo de Adviento, es a vivir de otra forma, a tener otra actitud.  En definitiva, a hacer nuestra su modo de estar en la vida: realmente presentes donde estamos, pues es ese el lugar hacia donde Dios, el Padre, siempre está viniendo. Ahí irrumpe el Dios de las sorpresas, cuyo nombre es: “El que está llegando, el que siempre es Adviento”. 

Eso es precisamente la oración: descubrir cómo, con qué intensidad, y por dónde está pasando Dios por nuestra vida. Esa es la oración que vale la pena vivir. Cambia realmente la vida. 

El rey está crucificado

“La Voz de San Justo”, domingo 24 de noviembre de 2019

“El pueblo permanecía allí y miraba…” (Lc 23, 35). 

Jesús ya está crucificado, abandonado por todos, salvo unas pocas mujeres y uno solo de sus discípulos. 

Como suele ocurrir es situaciones similares, envalentonados ante la fragilidad de quien ya no puede defenderse, algunos dejan libre curso a los comentarios burlescos. 

Tal vez lo más repulsivo resulte, sin embargo, el silencio ominoso de la multitud. El evangelista lo anota como al pasar, pero es lapidario: “el pueblo permanecía allí y miraba…”. 

Algo que, por cierto, no sorprenderá del todo al lector asiduo de la Biblia. El apasionado amor de Dios por ese pueblo normalmente recibe una amarga respuesta de infidelidad. Se trata de un amor no correspondido y habitualmente traicionado. 

Inspirándose en los profetas, la liturgia del Viernes Santo nos hace contemplar al Crucificado, mientras resuenan unas palabras que vienen del corazón herido del mismo Dios: “Pueblo mío, ¿qué te he hecho o en que te he ofendido? ¡Respóndeme! Yo te libré de Egipto. Tú me colgaste en una cruz. Yo te saqué de Egipto, y por cuarenta años te guié en el desierto, tú hiciste una cruz para tu Salvador.”

Ese silencio del pueblo solo es roto por los insultos y burlas de sus verdugos: “Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!”. 

Jesús no quiere salvarse a sí mismo. Sería ir en contra de su naturaleza profunda. Él no está allí para salvarse a sí mismo. Esa es la ley suprema del más salvaje de los sistemas legales, la verdadera ley de la selva: me salvo yo, en todo caso a los míos… los demás, que se salven solos.

Con las manos y los pies fijos a la cruz, sin embargo, Jesús tiende la mano al último de quienes le suplican vida y salvación: el ladrón crucificado a su lado. 

Este es el diálogo entre estos dos crucificados, Jesús y el ladrón arrepentido: “Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino». Él le respondió: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso»” (Lc 23, 42-43).

A ese hombre, Jesús le dará libertad. Por eso, Jesús es rey. No porque domina con prepotencia, sino porque hace posible la libertad. Y, donde reina la libertad, actúa el Espíritu. Y allí, precisamente allí, hay vida. 

“No se dejen engañar”

“La Voz de San Justo”, domingo 17 de noviembre de 2019

“Tengan cuidado, no se dejen engañar, porque muchos se presentarán en mi Nombre, diciendo: «Soy yo», y también: «El tiempo está cerca». No los sigan. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones no se alarmen; es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin” (Lc 21, 8-9).

La tendencia a mezclar religión y política es muy fuerte. Lo hemos visto en Italia, donde un político nacionalista esgrimía un rosario en su mano para defender -según él- la identidad cristiana de la nación. Lo hacía incluso contra las enseñanzas del Papa Francisco. Lo acabamos de ver también en la nación hermana de Bolivia, cuando algunos políticos ingresaron con la Biblia al palacio presidencial, declarando que Dios volvía a ese lugar.

Expresiones extremas, pero también grotescas. Mucho más deletéreos suelen ser otros intentos más sutiles de sacralizar las propias opciones políticas, ungiéndolas como expresiones inapelables del Evangelio o de la ley divina.

Por eso, las palabras de Jesús de este domingo merecen ser escuchadas con atención. Las empresas humanas tienen su dinámica propia. Dios, Señor de la historia, las ha confiado a la inteligencia y libertad humanas. Hay que ser precavidos y no apresurarse a interpretar como señales de Dios lo que es, en realidad, obra del hombre.

Es claro que Dios interviene en la historia. Lo ha hecho en la encarnación y la pascua de su Hijo Jesucristo. Esta intervención es definitiva. Es además modelo insuperable de cómo Dios, con respeto y delicadeza infinitos, inspira, sostiene y anima la libertad humana para que realice su misión de custodiar la creación. La purifica también del peso del egoísmo.

El riesgo del autoengaño es grande y nos amenaza a todos. Jesús nos ofrece una certeza: “Serán odiados por todos a causa de mi Nombre. Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza. Gracias a la constancia salvarán sus vidas” (Lc 21, 17-19).

Especialmente en las circunstancias más extremas no nos faltará la presencia del Señor y su Espíritu para que seamos fieles al Evangelio. Eso sí: es una promesa para quien se anima a entrar, aún con todos sus miedos encima, en lo vivo de la historia, buscando allí lo que es verdadero y justo. En definitiva, para quien se deja conquistar por el bien en toda su luminosa belleza.

Hacia una cultura del cuidado y la prevención

Comparto mis reflexiones e informe sobre el Congreso latinoamericano de Prevención de los abusos organizado por el CEPROME de la Pontificia Universidad de México.

¿Cómo está viviendo nuestra Iglesia latinoamericana la crisis de los abusos sexuales? ¿Qué pasos viene dando para enfrentarla? ¿Qué desafíos tiene por delante? ¿Puede ofrecer al mundo católico una contribución propia, desde la originalidad de su modo de ser Iglesia y su experiencia de comunión episcopal y pastoral?

Del 6 al 8 de noviembre de 2109, en la sede de la Pontificia Universidad Católica de México, y organizado por el CEPROME (Centro de Protección de Menores), tuvo lugar el Congreso latinoamericano de prevención de abusos sexuales.

El CEPROME ha nacido en el seno de dicha Universidad con la finalidad de promover estudios interdisciplinares sobre la problemática de los abusos y la formación de agentes pastorales en la prevención de esta compleja problemática humana, que tanto afecta a la Iglesia.

En este Congreso, participaron más de doscientas personas: obispos, presbíteros, académicos, terapeutas, laicos y laicas involucrados en la prevención. También algunas víctimas sobrevivientes de abusos cometidos por clérigos. Si bien prevalecía la presencia mexicana, éramos varios los participantes de diversos países de nuestra América.

Las jornadas fueron intensas, sea por el horario, el trabajo y las intervenciones (de primer nivel), pero, sobre todo, por la densidad del tema abordado y el modo cómo repercutía en el corazón de los participantes: el drama humano que constituye el sufrimiento de miles de personas, tanto las víctimas directas como también  las secundarias (familiares, amigos, comunidades cristianas, etc.).

El foco estuvo puesto en la prevención. Entre otras cosas, esto significa intentar comprender del modo más holístico posible la dinámica del abuso en una realidad como la de la Iglesia católica. Esta verdadera plaga social, sin embargo, se verifica en la comunidad eclesial con rasgos propios. No se trata de situaciones individuales y aisladas: este sacerdote que abusa, este obispo o superior que actúan mal. Se trata de un sistema de relaciones que aparece, hoy por hoy y por efecto de esta crisis, con numerosas fallas estructurales. Amadeo Cencini lo resumió en una frase que impactó profundamente. Al mostrar que el porcentaje de sacerdotes abusadores, si bien puede ser similar al de otros grupos, responde a una dinámica eclesial de debilitamiento espiritual. Señaló: “el escándalo de unos pocos es la consecuencia de la mediocridad de muchos”. Para pensar.

Atender, por tanto, al sistema eclesial en su conjunto, a su buena salud, tanto como a su complejidad y originalidad es un paso fundamental para cualquier proyecto preventivo que pretenda alcanzar resultados razonables.

En 2012 tuve la oportunidad de participar en el Simposio organizado por la Universidad Gregoriana con los auspicios de la Santa Sede: “Hacia la curación y renovación”. De esa fecha hasta el presente, la Iglesia misma ha ido creciendo en la conciencia de las dimensiones de esta honda crisis, pero también en los factores que están en juego a la hora de prevenir, purificar y sanear su vida eclesial. Es muy alentador.

Si bien, durante el desarrollo del Congreso, fue imposible no evocar los aspectos jurídicos y canónicos de esta problemática, al poner el acento en la prevención, y a partir de la rica experiencia que ya hay en la Iglesia en esta realidad, el discurso fue más amplio y, como dijimos, de naturaleza holística.

Desde diversas intervenciones, por ejemplo, se insistió en la necesidad de hacer un enfoque deliberadamente pastoral, es decir, propiciar una sólida mirada teológica y espiritual de esta problemática. Y, desde esta perspectiva, asumir los diversos cauces por los que debe transitar la respuesta eclesial de nuestras comunidades al problema de los abusos, tanto en los dolorosos casos dados o por darse, pero, sobre todo, en la generación de una cultura del cuidado, la prevención y una sistemática supervisión de nuestro accionar eclesial.

Esta mirada teológico espiritual supone, al menos, dos enfoques: en primer lugar, una lectura teológica de la realidad de la vulnerabilidad humana y de la acción salvadora de Cristo, acogida y sacramentalizada por la acción pastoral y reparadora de su Iglesia. Esto afecta, de lleno, al ministerio pastoral, cuya figura visible -al decir de Amadeo Cencini, uno de los expositores- debe tomar la forma de la compasión de Cristo que, como Buen Pastor y Samaritano, hace lugar en sí mismo a toda forma de fragilidad humana. Obviamente, este enfoque plantea exigencias muy fuertes a la formación espiritual, humana y pastoral de los futuros pastores y consagrados. Pero también, afecta de lleno a la vida eclesial.

De aquí surge otro enfoque, muy presente en las diversas intervenciones: la respuesta de la Iglesia a los abusos, especialmente a la hora de prevenir, debe ser de naturaleza “sinodal”. Es toda la Iglesia, en su variedad de carismas y ministerios, la que debe descubrirse sujeto activo de esta acción pastoral.

En este contexto, el ministerio de los pastores, especialmente de los obispos, adquiere un relieve particular. Por una parte, es indelegable que el obispo ha de presidir esta toma de conciencia y la misma acción preventiva de la Iglesia. Pero, por otra parte, los obispos (y, en su grado, los demás ministros: presbíteros y diáconos) hemos de estar escrupulosamente dispuestos a rendir cuentas de nuestra responsabilidad (“accountability”) y a ser transparentes con la información en esta materia. Se estuvo de acuerdo que, en estos puntos (trabajados en la cumbre de febrero en Roma) son aún hoy un punto frágil de nuestra vida eclesial.

Se trata, por tanto, de avanzar en una teología, espiritualidad y práctica pastoral centrada en el misterio del amor de Cristo Salvador, que cura el mysterium inaequitatis, presente en su Iglesia. Temas clásicos como: pecado, gracia, redención, reparación, gracia que previene y sana, etcétera, pueden ser releídos desde la experiencia que está suponiendo esta crisis eclesial. Por ejemplo: la reparación económica, incluso cuando la justicia secular reconozca la prescripción del delito, la Iglesia la hace desde la entraña de la misión pastoral que Cristo le ha confiado (un tema que mereció un interesante intercambio entre los participantes y Mons. Scicluna).

Pero también, la teología y espiritualidad tienen un rol fundamental para desarrollar una respuesta pastoral más integral, sosteniendo sólidamente a todos los que están empeñados de manera más directa en la escucha y acompañamiento de las víctimas, en el desarrollo de acciones proactivas para la prevención, no menos que en los procesos canónicos y judiciales que suponen. El estrés que supone estar involucrado en estos temas no es un dato menor para tener en cuenta.

El CEPROME de la Universidad Pontifica de México está cumpliendo un rol fundamental en la respuesta de nuestras Iglesia a esta problemática. Ofreciendo formación a agentes de toda América latina, incorporando docentes también de nuestros países, investigando y coordinando el intercambio de las prácticas preventivas ya en curso, podrá ayudarnos a ofrecer una contribución genuina, que recoja con inteligencia la rica vivencia que las Iglesias particulares de América latina tienen de comunión, de trabajo pastoral en común, de intercambio de experiencias y de recursos humanos y materiales.

El Consejo pastoral de protección de menores y adultos vulnerables de la CEA está coordinando con el CEPROME la participación de agentes de pastoral de nuestro país en los diplomados que el Centro ofrece. Esperamos que esta instancia formativa se aprovechada por muchos.

El jueves 7 de noviembre, la intensa jornada de trabajo culminó con una sentida Celebración Penitencial presidida por el arzobispo de San Salvador. Escuchamos juntos la Palabra del Señor (el relato de Emaús) y, también en comunión, pedimos perdón por este pecado que es también un cruel delito que ha herido a demasiadas personas. Al concluir escuchamos el testimonio de dos víctimas (una joven y un joven mexicanos), marcados por el abuso pero que, acompañados por diversas personas, han podido crecer como sobrevivientes, reincorporándose desde esa dura vivencia, a la vida eclesial.

Nuevamente, la escucha de las víctimas fue la experiencia bisagra de todo. En esas voces escuchamos la Voz del Crucificado. Y también renació la esperanza. También el compromiso.

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco y Coordinador del Consejo pastoral de protección de menores y adultos vulnerables de la Conferencia Episcopal Argentina

¿Qué nos está pasando en América latina?

¿Qué está pasando en Bolivia, en Chile, en nuestra bella y sufrida América latina?

La crisis de la democracia es global. De la democracia y de “las democracias”, en todas sus versiones.

Parece que el agotamiento de las mediaciones políticas, el miedo al otro y la incertidumbre del futuro conjuran los peores demonios. Mención aparte merecen las diversas desigualdades que colman la medida de toda paciencia. La gente no “come vidrio”…

Uno de los factores a considerar -entre tantos- es la desconexión de las élites respecto del pueblo, de la gente común, sus necesidades e intereses concretos. Principalmente de las élites políticas. Pero también de otras formas de dirigencia, como las económicas, culturales o religiosas (los obispos católicos, por ejemplo).

En América latina esta crisis adquiere rostros peculiares, tanto como lo es su geografía, su historia y las diversas culturas que la habitan.

Tengo muy viva en la memoria del corazón la imagen colorida, festiva y creyente de los peregrinos que caminan al Santuario de la “Morenita”, la Virgen de Guadalupe. Lo viví este pasado sábado como un peregrino más.

¿Qué nos está pasando?

Con una imagen del Crucificado, roto por manifestantes encapuchados en Santiago de Chile, he posteado que, ante semejante figura, nuestro dolor de cristianos no debe ceder ni a la rabia ni al odio. Nos duele en el alma contemplar una figura ante la que muchos rezamos e incluso hemos decidido cosas importantes de nuestra vida.

Tenemos que dejarnos ganar por los únicos sentimientos posibles en el corazón de un discípulo del Crucificado. Aquellos que se compendian en la súplica que Jesús dirige al Padre desde la cruz: “Padre: perdónalos. No saben lo que hacen” (Lc 23, 24).

Esos sentimientos se viven concretamente en el amor que se ofrece, que expía, perdona y busca el corazón herido del otro para sanarlo y regalarle resurrección.

El jesuita Jorge Costadoat acaba de tuitear, reflejando lo que se vive hoy en la querida nación hermana: “En la Comunidad Enrique Alvear a la que pertenezco realizamos anoche un Conversatorio despues de la misa. Experimenté una molestia conmigo mismo por no terminar de entender lo que ocurre. Oír a los pobladores descoloca, desbarata las propias ideas, enseña. Pauperibus magisterium.”

Solo quiero apuntar aquí esta otra actitud que destaca Costadoat: ponerse a la escucha. Oír a los pobres. Escuchar, de corazón, a quienes viven en medio de la incertidumbre y, como María, hacer lugar en el corazón a lo que viven.

Al menos, en la Iglesia del Verbo encarnado, donde la Palabra de Dios y la palabra de los hermanos cuenta mucho, esta actitud de escucha es punto de partida de todo.

Aquí, en Argentina, tan habladores como somos y especialistas en todo, necesitamos mejorar nuestra cultura de convivencia con más espacios de escucha honesta y despojada, en la medida de lo posible, de todo preconcepto.

El proceso electoral que acabamos de vivir, extenso y extenuante, ha tenido la virtud de canalizar descontentos con los medios que una siempre imperfecta democracia pone a disposición de los ciudadanos: el voto que decide quién gobierna, quién controla y quién legisla.

Democracia imperfecta como lo somos los ciudadanos. Es el modo de vivir la libertad que nunca conquista los valores de una vez y para siempre, sino que ha de elegir, cada día, el bien posible, lo que es justo y, de esa manera, edificar el bien común.

Pero, todo esto que vivimos, nos exige a los dirigentes menos verborragia, más humildad y mejor disposición para el diálogo abierto con todos.

Una exigencia de humildad particularmente vinculante para nuestra Iglesia. O, mejor: para quienes somos sus pastores.

De la casa de Zaqueo al templo de Jerusalén

“La Voz de San Justo”, domingo 10 de noviembre de 2019

“Se le acercaron algunos saduceos, que niegan la resurrección…” (Lc 20, 27).

A Jesús le va mejor en la casa de Zaqueo que en el Templo de Jerusalén.

El Evangelio que escuchamos este domingo nos trae una de sus controversias más fuertes, precisamente en el templo y con los saduceos  (cf. Lc 20, 27-38).

Se trata de un pequeño grupo que se ha adueñado del templo de Jerusalén. Usan la religión para afirmar su poder sobre el pueblo, por quien sienten un profundo desprecio.

Son materialistas. Solo creen en lo que se puede ver, calcular y acumular. Su idea de Dios es pobre y deformada. En realidad, podemos conjeturar que jamás han tenido una experiencia religiosa profunda. Seguramente recitan muchas oraciones, pero nunca se han sentido sobrecogidos por el misterio del Dios de Israel, tan santo y trascendente como cercano y compañero de camino del creyente. 

“Porque él no es Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para él” (Lc 20,38)

Es posible  que jamás hayan vibrado con las palabras del salmo: “Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal, porque tú estás conmigo: tu vara y tu bastón me infunden confianza” (Salmo 23, 4).

Por eso se han sentido amenazados por Jesús y cómo transmite, con palabras y gestos, su experiencia de Dios.

Dios no es solo bueno. Es compasivo y busca al que anda perdido. De lejos reconoce la falsedad e hipocresía. No lo engañan las apariencias de una religiosidad externa y superficial.

Es “un Dios de vivientes” y, por eso, sabe reconocer al que, aún en medio de la fragilidad, lo busca con corazón sincero.

A diferencia de Zaqueo que se acerca a Jesús buscando luz para su vida, los saduceos lo buscan para tenderle una trampa.

Zaqueo ha empezado a vivir lo que Jesús dice a los saduceos: estamos llamados a ser “hijos de la resurrección”. Al encontrarse con Jesús ha comenzado a resucitar. 

En la casa de Zaqueo

“La Voz de San Justo”, domingo 3 de noviembre de 2019

“Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: «Se ha ido a alojar en casa de un pecador»…Y Jesús le dijo (a Zaqueo): «…este hombre es un hijo de Abraham…».” (Lc 19, 7-10).

¿Quién tiene razón? ¿Los que señalan a Zaqueo como “un pecador”? ¿O la razón está de parte de Jesús que lo llama: “hijo de Abrahám”, es decir, un justo? ¿Justo o pecador?

Estamos acostumbrados a los juicios rápidos, fulminantes e inapelables; tanto sobre personas como situaciones. Es lo más fácil. Así nos sacamos rápidamente de encima muchos problemas, sobre todo, los que derivan de tomarse en serio la complejidad de la vida.

Con Zaqueo ocurre lo que con cada uno de nosotros: somos un misterio para nosotros mismos. Lleva razón el profeta Jeremías cuando afirma: “Nada más tortuoso que el corazón humano y no tiene arreglo: ¿quién puede penetrarlo? Yo, el Señor, sondeo el corazón y examino las entrañas, para dar a cada uno según su conducta, según el fruto de sus acciones.” (Jer 17, 9-10).

Zaqueo es realmente un hombre que ha errado profundamente el camino de la vida (eso quiere decir, entre otras cosas, la palabra “pecado-pecador”). Es muy rico, pero con riquezas mal habidas: las que son fruto de la explotación de los demás y de la corrupción. Es, por eso, odiado por la gente. Y él sabe bien las dos cosas: que es un corrupto y que los demás lo desprecian.

Pero… como su colega del domingo pasado (publicano como él, es decir, un corrupto recaudador de impuestos), algo más se mueve dentro suyo, que no lo deja en paz, lo inquieta y lo hace un buscador.

Aquel, buscaba a Dios desde su conciencia lúcida de pecado. Zaqueo también, solo que ahora se siente irrefrenablemente impulsado a buscar a ese hombre -Jesús de Nazaret- del que ha oído que es realmente especial.

Jesús ve en lo hondo del corazón la verdad más profunda de Zaqueo. Por eso, lo llama como lo llama. Y lo rescata. Para eso está: para buscar lo perdido.

Zaqueo soy yo… Somos cada uno.

El deseo del cielo

Solemnidad de Todos los Santos

El Oficio de Lecturas de hoy nos propone esta espléndida reflexión de San Bernardo.

Nos invita a desear la compañía de los santos y bienaventurados; pero, sobre todo, que, como a ellos, también a nosotros se nos manifieste Cristo el Señor.

Es el deseo del cielo.

De los Sermones de san Bernardo, abad

APRESURÉMONOS HACIA LOS HERMANOS QUE NOS ESPERAN

(Sermón 2; Opera omnia, edición cisterciense, 5 [1968], 364-368 )

¿De qué sirven a los santos nuestras alabanzas, nuestra glorificación, esta misma solemnidad que celebramos? ¿De qué les sirven los honores terrenos, si reciben del Padre celestial los honores que les había prometido verazmente el Hijo? ¿De qué les sirven nuestros elogios? Los santos no necesitan de nuestros honores, ni les añade nada nuestra devoción. Es que la veneración de su memoria redunda en provecho nuestro, no suyo. Por lo que a mí respecta, confieso que, al pensar en ellos, se enciende en mí un fuerte deseo.

El primer deseo que promueve o aumenta en nosotros el recuerdo de los santos es el de gozar de su compañía, tan deseable, y de llegar a ser conciudadanos y compañeros de los espíritus bienaventurados, de convivir con la asamblea de los patriarcas, con el grupo de los profetas, con el senado de los apóstoles, con el ejército incontable de los mártires, con la asociación de los confesores, con el coro de las vírgenes, para resumir, el de asociamos y alegramos juntos en la comunión de todos los santos.

Nos espera la Iglesia de los primogénitos, y nosotros permanecemos indiferentes; desean los santos nuestra compañía, y nosotros no hacemos caso; nos esperan los justos, y nosotros no prestamos atención.

Despertémonos, por fin, hermanos; resucitemos con Cristo, busquemos las cosas de arriba, pongamos nuestro corazón en las cosas del cielo. Deseemos a los que nos desean, apresurémonos hacia los que nos esperan, entremos a su presencia con el deseo de nuestra alma. Hemos de desear no sólo la compañía, sino también la felicidad de que gozan los santos, ambicionando ansiosamente la gloria que poseen aquellos cuya presencia deseamos. Y esta ambición no es mala, ni incluye peligro alguno el anhelo de compartir su gloria.

El segundo deseo que enciende en nosotros la conmemoración de los santos es que, como a ellos, también a nosotros se nos manifieste Cristo, que es nuestra vida, y que nos manifestemos también nosotros con él, revestidos de gloria. Entretanto, aquel que es nuestra cabeza se nos representa no tal como es, sino tal como se hizo por nosotros, no coronado de gloria, sino rodeado de las espinas de nuestros pecados. Teniendo a aquel que es nuestra cabeza coronado de espinas, nosotros, miembros suyos, debemos avergonzarnos de nuestros refinamientos y de buscar cualquier púrpura que sea de honor y no de irrisión. Llegará un día en que vendrá Cristo, y entonces ya no se anunciará su muerte, para recordarnos que también nosotros estamos muertos y nuestra vida está oculta con el. Se manifestará la cabeza gloriosa y, junto con él, brillarán glorificados sus miembros, cuando transfigurará nuestro pobre cuerpo en un cuerpo glorioso semejante a la cabeza, que es él.

Deseemos, pues, esta gloria con un afán seguro y total. Mas, para que nos sea permitido esperar esta gloria y aspirar a tan gran felicidad, debemos desear también en gran manera la intercesión de los santos, para que ella nos obtenga lo que supera nuestras fuerzas.