Adviento

“La Voz de San Justo”, domingo 29 de noviembre de 2020

Nosotros celebramos el Adviento, pero, en realidad, el que está siempre “en Adviento” sos Vos, Señor de la historia.

Siempre viniendo. Siempre en camino. Siempre, sin detenerte; intentando, una y otra vez, alcanzarnos en el punto preciso de la vida en el que nos encontramos.

Por eso, en cada Eucaristía que nos mandaste celebrar, te aclamamos, diciendo: “Bendito el que viene… ¡Ven, Señor Jesús!”.

Es cierto, como canta el cantor popular: “Los caminos de la vida no son como yo pensaba, como los imaginaba. No son como yo creía […]”.

Son los múltiples senderos por los que nos aventuramos tus hermanos y hermanas.

Caminos que, en demasiadas ocasiones, llevan a ninguna parte, o que desembocan en medio de la nada.

Y eso, a nosotros, caminantes de la vida, nos desconcierta, nos descoloca y nos vuelve indefensos y, en ocasiones, infantiles y caprichosos.

Pero esos caminos nuestros, son los que Vos no te cansás de recorrer, para buscarnos, como aquel pastor inconsciente de tu parábola; aquel que deja las noventa y nueve ovejas, y va tras la que se extravió por esos caminos.

Este domingo, tu palabra nos llega, sugestiva, imperiosa, provocadora. Como siempre.

“Estén prevenidos, entonces, porque no saben cuándo llegará el dueño de casa, si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana. No sea que llegue de improviso y los encuentre dormidos. Y esto que les digo a ustedes, lo digo a todos: «¡Estén prevenidos!»” (Mc 13, 35-57).

Siempre viniendo. Y, como siempre, eligiendo nuestras noches para hacerte presente. Por eso, Señor que estás viniendo, no dejamos de suplicarte: en medio de esta noche en la que estamos, no dejés de sorprendernos con esa mansa Luz que sos Vos mismo.

¡No tardés en venir! ¡Te necesitamos! ¡Vení, Señor Jesús! Amén.

“El más pequeño de mis hermanos”

“La Voz de San Justo”, domingo 22 de noviembre de 2020 – Solemnidad de Cristo rey

“Así habla el Señor: ¡Aquí estoy Yo! Yo mismo voy a buscar mi rebaño y me ocuparé de él.” (Ez 34, 11).

Este domingo, con la solemnidad de Cristo rey, concluye el año litúrgico de la Iglesia católica.  Su centro es la celebración anual de la Pascua, una fiesta con fecha móvil (a diferencia de la Navidad, por ejemplo). Es más: cada domingo, al reunirse para la Eucaristía, la comunidad cristiana se reencuentra a sí misma, sumergiéndose en ese centro vital. Así, el misterio de Cristo va envolviendo y configurando el camino por la historia de la Iglesia, y en ella, el de cada discípulo.

La fiesta de Cristo rey es también un eco de la Pascua: un rey coronado de espinas. Un rey pastor que busca, cuida y se hace cargo del rebaño de su propiedad. Un rey pastor que hay que buscar entre sus ovejas más heridas. No solo se entremezcla con ellas, sino que termina haciéndose una sola cosa con ellas.

“[…] porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver […] Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt 25, 35-36. 40).

Un rey pastor que es además juez, porque, al final de nuestros días nos confrontará con la ley suprema que rige en su reino: por encima de todo, la compasión, la misericordia, la prontitud para hacernos cargo de la vida más vulnerable. Y así se decidirá nuestra suerte definitiva.

Cristo es ese rey pastor y juez que toma en serio nuestra vida, nuestras decisiones y nuestras acciones. Él ya ha ejercido su derecho a decidir: se ha identificado con sus hermanos más pequeños, con la vida más vulnerada.

En esta Argentina diezmada por diversas pandemias, ese hermano más pequeño de Cristo tiene hoy el rostro de niño por nacer, amenazado, una vez más, desde el poder.

Vencer el miedo. Multiplicar los talentos.

“La Voz de San Justo”, domingo 15 de noviembre de 2020

“Llegó luego el que había recibido un solo talento. «Señor, le dijo, sé que eres un hombre exigente: cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has esparcido. Por eso tuve miedo y fui a enterrar tu talento: ¡aquí tienes lo tuyo!»”. (Mt 25, 24-25).

Un hombre con miedo. En definitiva, no es algo tan extraño o incomprensible. El miedo es un habitual compañero de camino de cada ser humano. Y suele ser además un eficaz consejero: nos advierte que tenemos que estar atentos, no atolondrarnos y ver bien qué paso damos en la vida. 

El problema está en dejarse ganar y dominar por el miedo. Podríamos decir que todo el mensaje de la Biblia se resume en esta frase que atraviesa cada una de sus páginas: “No tengas miedo. Yo estoy con vos”. Quien así habla es el mismo Dios. 

Así también podríamos resumir el mensaje de Jesús. Su buena noticia, el Evangelio: Dios es Padre, está con nosotros. Es más: así podemos llamar al mismo Jesús: Dios con nosotros, el Emanuel. Caer en la cuenta de esa presencia buena hace que el miedo se pueda transformar en confianza para la vida. 

La parábola de este domingo es como un eco de la primera de todas las parábolas de Jesús: la del sembrador que esparce la semilla (cf. Mt 13, 1-23). Esa acción de sembrar y esparcir con generosidad muestra su verdadera naturaleza: don inagotable, siempre en crecimiento y buscando multiplicarse sin medida. 

La invitación perentoria de Jesús es a dejarse ganar por esa conciencia viva y actuar en consecuencia. No hay, por tanto, que dejarse ganar por el miedo. Por el contrario, es urgente aplicarse por entero a replicar la misma actitud divina: multiplicar los talentos recibidos. 

Es una propuesta de vida: no guardarse nada, estar siempre dispuesto a entregarlo todo, a jugarse por entero, a arriesgar para ganar.

El primero que vive así es Jesús, el Hijo. Nosotros vamos detrás, pisando sus huellas.  Su presencia disipa el miedo. 

Ministerio episcopal y prevención

Entre otras cosas, la reciente difusión del Informe McCarrick vuelve a sacar a la luz que la crisis de los abusos en la Iglesia es una crisis del ministerio pastoral de los obispos.

Les comparto una reflexión en esa línea que tuve la oportunidad de realizar el pasado 31 de julio en un webinar organizado por el CEPROME de la Pontificia Universidad Católica de México.

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“Velen por ustedes, y por todo el rebaño sobre el cual el Espíritu Santo los ha constituido guardianes para apacentar a la Iglesia de Dios, que él adquirió al precio de su propia sangre” (Hch 20, 28).

Conocemos estas palabras de San Pablo. Describen el ministerio de la episcopé que hemos recibido en la ordenación. El cuidado de los más vulnerables constituye parte fundamental de nuestro ministerio como obispos. Siempre lo ha sido, pero hoy interpela con más fuerza nuestra conciencia.

Me interesa subrayar este aspecto: la buena salud del cuidado pastoral del rebaño es directamente proporcional a la buena salud de nuestro ministerio episcopal. 

La crisis de los abusos es una crisis del ministerio pastoral de los obispos. Así como el abuso sexual no es solo un problema de tal o cual clérigo, sino que revela una disfunción más o menos profunda en el modo de vivir el ministerio, así también las sistemáticas fallas en la respuesta a los abusos sacan a la luz un modo deficiente de ejercer nuestro ministerio episcopal. 

Es imprescindible confrontarnos con esta realidad, identificando los dinamismos que han dado lugar a estos fallos. En realidad, se trata de un genuino discernimiento espiritual que tiene como sujetos al obispo y al cuerpo episcopal. 

El ministerio sacramental de los obispos “es un servicio ejercitado en nombre de Cristo y tiene una índole personal y una forma colegial” (Catecismo de la Iglesia Católica 879). 

Esta afirmación tiene un trasfondo de enorme alcance. La figura de Jesús Servidor es fundamental para comprender y vivir la autoridad episcopal. Se complementa con la del buen Samaritano. Una y otra ponen la compasión en el centro de nuestro ministerio. Estamos llamados a ser hombres del Espíritu que transparentan la compasión de Cristo. La episcopé toma la forma de la compasión.

Contemplando este icono inspirador, les propongo algunas cuestiones, tanto en la dimensión personal como en la colegial del ministerio episcopal en relación con el desafío de los abusos, su prevención y el desarrollo de la cultura del buen trato. 

A nivel personal, señalo tres aspectos complementarios, a saber:

  1. El ministerio episcopal es una llamada personal del Señor siempre situada. Hoy implica escuchar su voz en las heridas de las víctimas y de los clérigos involucrados. Esta llamada y nuestra respuesta están en el centro de nuestra biografía y experiencia espirituales. 
  2. Esta llamada supone disponibilidad para un aprendizaje continuo. La docibilitas no solo no desaparece o disminuye, sino que se vuelve más intensa y exigente en la vida del obispo. En esta delicada materia estamos aprendiendo de nuestros errores, perplejidades y miedos. Por aquí pasa nuestra conversión. Es un camino genuinamente pascual.
  3. Este aprendizaje de la compasión de Cristo implica dejarnos realmente tocar por el sufrimiento de tantas vidas heridas. En este punto, el obispo ha de ser muy honesto delante de Dios y de su conciencia: no vamos a salir indemnes de este trance pascual. La cruz hace madurar aquella esperanza de la que el obispo es servidor y testigo cualificado. 

A nivel colegial, debemos tener presentes los múltiples vínculos que constituyen la identidad del obispo en la Iglesia: con el colegio episcopal y su cabeza en el seno de la conferencia episcopal, con la Iglesia diocesana que preside y con el Presbiterio con el que comparte la misión apostólica. 

Uno de los frutos que podemos recoger de este aprendizaje es una renovación de nuestro servicio a la comunión y a la fraternidad eclesial promoviendo vínculos más sanos y humanos en la Iglesia. 

El desafío aquí lo formularía así: si el abuso sexual es, ante todo, abuso de poder, un factor desencadenante de la crisis -como bien lo sabemos- es el clericalismo como deformación del ministerio ordenado en la Iglesia. La respuesta que la Iglesia está aprendiendo a dar a esta crisis, por consecuencia, es la convocación de esa rica diversidad de carismas, vocaciones y ministerios que el Espíritu Santo derrama y que son los múltiples rostros de cada Iglesia particular, de cada conferencia episcopal y de la Iglesia universal. Con un matiz que nos llena de esperanza: son rostros cada vez más laicales y femeninos. 

La fraternidad vivida en la conferencia episcopal es un ámbito fundamental para escucharnos, dejarnos interpelar por la realidad, aprender unos de otros y discernir juntos lo que Dios nos pide en esta hora. Supone, por tanto, un ejercicio muy intenso de diálogo franco, de saber disentir y expresar lo que pensamos, de posponer intereses y abrirnos al bien mayor que estamos llamados a custodiar como pastores. 

El desafío del obispo y de la conferencia episcopal es abrirse a este dinamismo, entroncar con él y promoverlo con entusiasmo. 

Con la lámpara encendida

“La Voz de San Justo”, domingo 8 de noviembre de 2020

“Por eso, el Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes.” (Mt 25, 1-2). 

Seamos apocalípticos: ¡el que no ha leído el Cantar de los Cantares no entiende nada! Sin esa referencia, la Biblia será solo una colección de historias, sagas y narraciones inconexas, a lo sumo, llena de curiosidades, exageraciones y sentencias de otro tiempo. Prescindiendo de esos cantos de amor humano, Jesús y su Evangelio quedan reducidos a fría moralina, tan ilustre como prescindible. Sin el runrún del Cantar, la parábola que escuchamos este domingo (cf. Mt 25, 1-13) corre el riesgo de pasar por una historia fantástica pero intrascendente. 

Maticemos, para ser más certeros: en realidad, el que sabe de amor, de amores entiende. Eso canta el Cantar. Ese es el hilo rojo de la Biblia. Y eso es el Evangelio: la buena noticia de que estamos a la espera de un encuentro, en medio de la noche, para entrar a unas bodas que celebran (hoy, contraculturalmente) la alegría del amor. 

Somos, a la vez, invitados y comensales, pero también somos los protagonistas. En la parábola de este domingo, Jesús habla de un esposo que se hace esperar. No hay novia, sino diez muchachas con sus lámparas encendidas. Ese personaje faltante somos cada uno de nosotros. 

Y el aceite que alimenta la lámpara. Es el amor que se hace espera, escucha y decisión de vivir según esa palabra que nos ha declarado el amor. Cada uno elige: hacerse de mucho y buen aceite; o dejarse estar, esperando vaya uno a saber qué cosa. Si llevamos el símbolo del óleo hasta el final, sabemos bien que ese aceite de primerísima calidad es el Espíritu que se derrama, unge y perfuma la propia vida. Es el Espíritu del Esposo que siempre está viniendo a nosotros. 

“Las aguas torrenciales no pueden apagar el amor, ni los ríos anegarlo. Si alguien ofreciera toda su fortuna a cambio del amor, tan sólo conseguiría desprecio.” (Cantar de los cantares 8, 7). Si querés ayudar a algún amigo a comprender el cristianismo, no lo dudés: decile que empiece leyendo el Cantar de los Cantares. Ahí está todo. 

La hermana muerte corporal

Homilía en la conmemoración de los fieles difuntos – catedral de San Francisco – 2 de noviembre de 2020

Es cierto que la incertidumbre económica es fuerte. Pero, no hace falta filosofar demasiado para comprender que la inseguridad material expresa -y, en ocasiones, tapa- nuestra fragilidad más fuerte: vamos a morir, voy a morir.

A diferencia de años anteriores, esta conmemoración de los difuntos tiene un rasgo muy particular: debido a la pandemia, todos, en mayor o menor medida, hemos sentido más cercana la posibilidad de la propia muerte.

No eludamos esa vivencia, pues, como muchos también lo indican, puede ser una experiencia que nos devuelva un poco de sensatez y, sobre todo, de humanidad.

Nosotros, como discípulos de Jesús, en este día, orando por el descanso eterno de todos los difuntos, volvemos la mirada al Señor, escuchamos su Palabra y nos queremos dejar iluminar por la luz de su Pascua.

Pero, como somos también, en cierto modo, hijos e hijas espirituales de San Francisco de Asís, les propongo evocar, al menos sucintamente, su experiencia cuando la muerte se le hizo cercana.

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Estamos en setiembre de 1226. Francisco sabe que el quebranto de su salud es irreversible. Lo saben, en realidad, la mayoría de quienes le son cercanos. Será uno de sus hermanos más cercanos -tal vez, Elías- quien ponga palabras al evento que se acerca, invitando a Francisco a consolar a los que deja en el mundo.

“Si es tan inminente, llámenme a los hermanos Ángel y León, para que me canten «la hermana muerte»”, habría dicho el santo.

Es así, que ambos hermanos se acercan al lecho del amado padre y, entre lágrimas, entonan el Cántico al hermano Sol, añadiendo la estrofa que Francisco había compuesto poco antes:

“Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana muerte corporal, de la cual ningún hombre viviente puede escapar. ¡Ay de los que mueran en pecado mortal! ¡Dichosos los que encontrará en tu santísima voluntad, pues la muerte segunda no les hará mal!”

Francisco había encontrado la paz a su corazón atormentado por el rumbo que tomaba la familia de los “menores” por él fundada. Había llorado y penado mucho. No controlaba la situación. Se le escapaba de las manos, por caminos que no lograba entender.

Pero, de repente, la gracia de Dios había iluminado su vida: su encuentro con el Crucificado y la certeza del abrazo cercano habían trocado esa tristeza en consuelo y en deseo irrefrenable de cantar y alabar la misericordia de Dios que, en definitiva, explicaba todo lo que había vivido y padecido.

El encuentro con Cristo lo cambia todo.

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Ahora sí, de la mano de Francisco y su cantar a la “hermana muerte corporal”, acerquémonos a la Palabra de Dios.

Les propongo meditar brevemente dos textos: uno de Pablo y, el otro, del evangelio de Juan.

“Les voy a revelar un misterio: No todos vamos a morir, pero todos seremos transformados” (1 Co 15, 51), escribe Pablo a los corintios.

¿Qué quiere decir, cuando afirma: “todos seremos transformados”?

Lo ha explicado poco antes: “se siembran cuerpos corruptibles y resucitarán incorruptibles; se siembran cuerpos humillados y resucitarán gloriosos; se siembran cuerpos débiles y resucitarán llenos de fuerza; se siembran cuerpos puramente naturales y resucitarán cuerpos espirituales.” (1 Co 15, 42-44).

En su segunda carta a los Corintios nos habla con transparente y desarmante claridad: “Por eso, no nos desanimamos: aunque nuestro hombre exterior se vaya destruyendo, nuestro hombre interior se va renovando día a día. Nuestra angustia, que es leve y pasajera, nos prepara una gloria eterna, que supera toda medida. Porque no tenemos puesta la mirada en las cosas visibles, sino en las invisibles: lo que se ve es transitorio, lo que no se ve es eterno.” (2 Co 4, 16-18).

Necesitamos ahora la palabra fuerte del Señor a la apesadumbrada Marta. Necesitamos que él nos diga a cada uno de nosotros: “Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá: y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?”. (Jn 11, 25-26).

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Sí, Señor, creemos en Vos. Creemos tu palabra de vida eterna. Creer en Vos, abrirnos en la fe a la esperanza que nos trae tu Persona, es sembrar vida eterna en nuestra pobre y frágil vida mortal.

La fe hace que esa Palabra sembrada en el terreno de nuestra vida se vaya confundiendo cada vez más con nuestra vida, haciéndose una sola cosa con ella. Y, así, nuestra propia vida se transforma en semilla que se deposita en la tierra, a la espera de la germinación y la explosión de la vida verdadera y plena.

Creemos que, en medio de la incertidumbre y del temor del presente, tu Presencia de Resucitado nos comunica el vigor que viene del Padre por el Soplo del Espíritu.

Te suplicamos, Señor Jesús, que nos hagas sentir, una y otra vez, la suavidad de tu Santo Espíritu acariciando las fiebres de nuestra humanidad enferma.

Ábrenos los ojos, para que, como Francisco, cantemos la vida que triunfa de la muerte, y, así, anhelemos que nuestra vida transcurra en el espacio de tu santa voluntad.

Con nuestros hermanos y hermanas difuntos, Señor, has comenzado a cumplir tu promesa: has venido a buscarlos para llevarlos al lugar donde Vos habitás, para sentarnos a la mesa de los santos, en la bienaventuranza eterna del cielo.

Tómanos de la mano, Señor, para que también nosotros, con María y todos los santos, asociados a nuestros hermanos y hermanas difuntos, podamos glorificar por siempre al Padre en el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

Bienaventurados

“La Voz de San Justo”, domingo 1º de noviembre de 2020

“No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes.” (Jn 14, 1-3).

Como cada año, el inicio de noviembre está marcado por dos fiestas del calendario cristiano: “Todos los santos” (1º de noviembre) y los “Fieles difuntos” (2 de noviembre). Me gusta verlas como una sola fiesta en dos jornadas de fe, oración y esperanza.

Las palabras de Jesús que abren esta columna pueden ayudarnos a contemplar esta unidad. Dichas durante la última cena, son palabras de despedida, a la vez que testamento espiritual. Son, sobre todo, su más grande y bella promesa que contiene el evangelio: estar con él, allí donde él esté.

La liturgia de este domingo 1º de noviembre lo indica con otra preciosa palabra bíblica: “bienaventurados”. La promesa de Dios es darnos su propia alegría y felicidad. Ser benditos con la bienaventuranza que viven el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Esa es la meta de nuestra vida y de la entera historia humana. Una bienaventuranza que comienza ya ahora, aunque de forma paradójica. Jesús llama bienaventurados a los pobres, a los que lloran, a lo que son perseguidos, a los que anhelan la justicia y la paz, etc.

No es un consuelo superficial. Es la experiencia más intensa que podamos tener: en medio de la fragilidad de la vida, con todas sus contradicciones y frustraciones, ser alcanzados por la fuerza del mismo Dios. Y, con esa fuerza en el corazón pelear la vida, tender puentes, jugarse por la justicia, el bien y la belleza en todas sus formas.

Jesús está llevándonos hacia la casa del Padre. Ese es el misterio más hondo de nuestra vida. La verdad más real de nuestra existencia, por encima de todas las apariencias. Ese es el misterio que envuelve la muerte de nuestros seres queridos: han partido, porque han sido tomados de la mano de Jesús y llevados por esas “oscuras quebradas” de las que habla el salmo, pero sostenidos y guiados por el Dios que siempre está del lado del que vacila, teme y sufre.

Su presencia anima, da confianza y, en definitiva, la alegría más duradera. La que llamamos bienaventuranza. Es bueno tenerlo presente en este tiempo de pandemia, de restricciones, de incertidumbres y de partidas.

El amor me lo ha explicado todo

“La Voz de San Justo”, domingo 25 de octubre de 2020

“Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con Él, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?»”  (Mt 22, 34-36).

El final está cerca, los acontecimientos se precipitan y todos los protagonistas aceleran la marcha. Les ocurre a los adversarios, cada vez más decididos y osados. Les ocurre también a los discípulos, aunque con más inercia que decisión. Pero, sobre todo, es Jesús el que, sin perder ni siquiera por un instante el señorío de sí, mira fijo hacia delante y acelera el paso.

Este domingo presenciamos su última gran disputa. No solo será la última trampa que le pongan sus enemigos. Es, además, la más desafiante. Por quien busca atraparlo en una “herejía”, pero también por la materia sobre la cual le solicitan expedirse.

Preguntan los fariseos. Y preguntan sobre la ley de Dios. Jesús no puede quedar indiferente frente a semejante desafío. Esa es precisamente su misión y su pasión. Es tal vez la última oportunidad para hacerles comprender qué Dios es Padre y no tiene otra voluntad sobre el mundo que la vida, la salvación y la bienaventuranza.

Aunque los evangelios nos trazan una imagen bastante deslucida de ellos, sin embargo, un anhelo de fondo acerca a los fariseos al mismo Jesús. Ellos y él pueden reconocerse en las palabras del Salmo: “¿Cómo un joven llevará una vida honesta? Cumpliendo tus palabras.” (Salmo 119, 9). Jesús y ellos aman con pasión la Ley de Dios. Sin embargo, a diferencia de Jesús, los fariseos corren un gran riesgo: vivir la relación con Dios con un tono vital de rigorismo, autoexigencia y falta de compasión hacia los demás. Reducen así la vida religiosa a una proeza reservada para pocos.

“Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas».” (Mt 22, 37-40).

La serena y certera respuesta de Jesús pone las cosas en su lugar: todo se resuelve en el amor; es decir, en una relación afectiva del creyente con Dios, al que hay que amar con todas las “fuerzas” que el mismo Creador ha depositado en el corazón. Frente a Dios, todos hemos de sentirnos hijos y, por eso, hermanos. La originalidad de esta respuesta es doble: todo se resuelve en el amor, y un amor que une, sin separar, a Dios y a los demás, especialmente a los más pobres y heridos.

A pocos días de responder así, Jesús pronunciará la misma palabra, pero con otro lenguaje: el de la vida entregada en la cruz.

En palabras de uno de sus discípulos: “El amor me ha explicado todas las cosas. El amor ha resuelto todo para mí. Por eso admiro el amor, allí donde se encuentre” (Karol Wojtyla).

Entre el César y Dios

“La Voz de San Justo”, domingo 18 de octubre de 2020

Algunos adversarios le plantean a Jesús una difícil cuestión de naturaleza política: “¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?” (Mt 22, 17). ¿No es indigno del pueblo de Israel reconocer así la dominación romana? Para peor, este pago tiene un sentido profundamente idolátrico, pues el emperador se presenta a sí mismo como un ser divino. Pagar ¿no sería un acto también de idolatría?

Un denario con la imagen de Tiberio César

En aquella época, la carga tributaria que pesaba sobre la gente era enorme: más del cincuenta por ciento de sus ingresos iba a parar a manos del fisco. Se vivía para trabajar y se trabajaba para vivir, dependiendo del resultado de las cosechas, por ejemplo. Y, si por una mala racha, había que endeudarse, se corría el riesgo de terminar vendido como esclavo para saldar las deudas. Cosas de otro tiempo…

La trampa está bien tramada. Es difícil escapar. Si Jesús responde que sí (como hacen los herodianos colaboracionistas del poder romano), el pueblo lo mirará con desprecio. Si responde que no, será denunciado como subversivo. Caería sobre él la dura punición de Roma. En ambos casos, sus adversarios se habrían librado de él.

La respuesta es sorprendente. Pide que le muestren la moneda del tributo. Todos la llevan consigo. Es un denario con la efigie de Tiberio César. Jesús les hace notar su hipocresía: si ya han aceptado utilizar el dinero de César, ¿a qué viene querer enredarlo con lo del impuesto? Si vivo dentro del sistema tengo que asumir todas sus consecuencias.

Pero no queda ahí la respuesta. Como siempre: va más allá. Abre una perspectiva nueva, más honda y genuina: si la imagen que lleva grabada la moneda de oro es la del César, la imagen de Dios es cada ser humano. El poder humano es siempre limitado. Es también proclive a absolutizarse y subordinar todo a sus metas. Así ocurre con el dios-dinero que suele usar los poderes del mundo para imponer su servidumbre sobre todos.

En cambio, el encuentro con el Dios vivo rompe todo ensueño idolátrico. Solo Dios, el creador que es Padre, da libertad verdadera al hombre. Por eso, el hombre tiene que ser restituido a su verdadero Señor. No es el César. Es el Dios Padre, misericordioso y compasivo que quiere que todos seamos hermanos, que la tierra sea una casa común y que la misma humanidad se vuelva una familia.

Pocos días después, Jesús mismo dará al Padre lo que es del Padre: el Hijo volverá a la casa, llevando consigo a todos los hombres, destruyendo con su sacrificio el poder del pecado y abriendo las puertas de la vida.

Carlos entró al cielo con el mejor traje de fiesta…

“La Voz de San Justo”, domingo 11 de octubre de 2020

“«Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?» El otro permaneció en silencio.” (Mt 22, 12).

No ha sido precisamente un reproche lo que ha recibido Carlos Acutis. Todo lo contrario. Este sábado 10 de octubre, al declararlo “beato” (es decir: feliz), la Iglesia ha reconocido que Carlos, en su corta e intensa vida (apenas quince años), pudo vestirse con el mejor de los trajes: el Evangelio de Jesús. Y, así vestido, ha entrado a la fiesta del cielo.

Ni la desmentida incorrupción de su cuerpo, ni tampoco la curación conseguida por su intercesión constituyen la razón de fondo para ser reconocido entre los santos y beatos del cielo. Ha sido su vida transformada por el fuego del amor de Jesús. “Mi proyecto de vida es estar siempre unido a Jesús”, había declarado con una convicción que parecía impropia de su edad (¿prejuicio de adultos aburguesados?).

Llegará el día -y yo lo espero sinceramente- en que para beatificar o canonizar a un bautizado ya no se necesite más un milagro. Que baste leer el Evangelio hecho carne en la vida de esos hombres y mujeres que, como Carlos, se han dejado llevar por el Espíritu de Jesucristo.

La Iglesia ensaya hoy nuevos caminos evangelizadores. La pandemia nos ha puesto a repensarlo todo: qué es lo que realmente cuenta, cómo se anuncia el Evangelio, cómo se celebra realmente la fe, cómo se está cerca de los que sufren, de los caídos, etc. En definitiva, cómo se vive la fe en el hoy de este incierto presente.

Es lo que tenemos que hacer. ¡Faltaba más! Pero lo cierto es que, en medio de todos esos afanes, el santo humor de Dios nos manda este chico italiano, poniendo las cosas en su lugar. Así, de repente, empieza a conquistar los corazones con su sonrisa y alegría de vivir; incluso con sus muecas de adolescente, pateando un fútbol o entusiasmado con un videojuego. Pero, sobre todo, con la desarmante sencillez con que vive y difunde su fe cristiana, con su amor a María y a la Eucaristía, la autopista que lo llevó al cielo.

Y los pobres. El día de sus exequias, desfilaron delante de sus restos, conmovidos y agradecidos por ese “ragazzino” que tantas veces les había tendido la mano. Tal vez sin saberlo, y con ese gesto, ellos adelantaron la solemne celebración litúrgica de su beatificación y su pronta canonización.

Sonríe Carlos, y con él, María, Francisco y Clara de Asís y todos los santos. Y, como en la Misa, nosotros nos unimos a sus voces y a la alegría de una vida plena por el amor. Mucho más en este “domingo de las misiones”. Carlos es un magnífico ejemplo de lo que significa la misión: “fuego que enciende otros fuegos”, en palabras de otro cristiano con traje de fiesta: Alberto Hurtado.

¡Ojalá podamos vestir un traje de fiesta parecido al suyo para entrar a gozar del banquete de la vida que Dios nos ha preparado!

Con su amplia sonrisa, Carlos nos está diciendo que hay talles para todos. También para quienes no damos con la medida, más por defecto que por exceso.