Bajo tu mirada, Madre, seguimos caminando

16864720_140905639763816_8240056911797706185_nCarta Pastoral 2018 del Obispo Sergio O. Buenanueva con ocasión del Año Mariano Diocesano

“En aquellos días, María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judea…” (Lc 1,39). Conocemos bien el relato evangélico al que pertenece este versículo: la Visitación de María. Es el segundo misterio gozoso del Rosario. Rezamos a menudo con él y, seguramente, nos ha inspirado muchas veces en el camino del servicio y la misión.

Sin embargo, ahora quisiera invitarlos a contemplar este misterio desde el lugar de visitados: Zacarías, Isabel y Juan, el Precursor. ¿Cómo se ven las cosas desde ahí? Como ellos, nosotros hemos sido visitados por María. Es más: lo somos ahora mismo. María no deja de recorrer los caminos de nuestra vida para acercarse a nosotros con su sonrisa, su fe, su canto de alabanza y, sobre todo, con el Niño que lleva en sus entrañas. Y, como a Isabel y a Juan, el corazón nos salta de alegría: “¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a visitarme?” (Lc 1,43).

Del relato evangélico pasemos ahora a un preciso lugar de nuestra diócesis: Villa Concepción del Tío. La visita de María se hace visible en ese espacio sagrado que custodia el Santuario de la Virgencita. Traigamos a la memoria las veces que lo hemos visitado, en la Peregrinación Juvenil, por ejemplo. Desde hace trescientos años nos acompaña su bendita imagen. El presente Año Mariano Diocesano expresa nuestra gratitud por su presencia materna.

¡Cuántas veces hemos visitado su Santuario! Pero, ¿no hemos experimentado que es Ella la que, en realidad, se ha acercado a nosotros? El Santuario hace visible un encuentro de gracia: rostros que se miran, corazones que se abren, plegarias que, del corazón, suben a los labios y se depositan entre las manos entreabiertas de María.

Y, ahora, del Santuario de la Villa pasemos a los otros lugares marianos de nuestra diócesis: Villa del Tránsito, Plaza de Mercedes, el gran santuario a María Auxiliadora en Colonia Vignaud. O, también, a las fiestas patronales de nuestras parroquias o capillas dedicadas a la Madre de Dios, con sus triduos, novenas, fiestas populares, procesiones y liturgias celebradas con honda fe. Algunas multitudinarias, otras con pequeños pero fervorosos grupos de fieles.

Demos otro paso: de nuestros santuarios, templos y fiestas marianas pasemos a la vida de cada día. Pienso en esas cosas tan concretas como una estampa o un cuadro de la Virgen en casa; el Rosario en el bolsillo o en el cuello o, sencillamente, un Ave María recitado en silencio. Así, María toca nuestra vida cotidiana y también rutinaria. Así, ella, como en Caná, nos alegra con el buen vino del Evangelio. Es madre y compañera en el camino de la fe.

*     *    *

Para preparar esta carta leí algunos escritos de teología, documentos del magisterio y estudios bíblicos. Esa lectura me aportó ideas bonitas y verdaderas. Sin embargo, a poco andar, me iba dando cuenta de que no era de eso de lo que quería escribirles. Trataré de explicarlo.

María es una persona real, presente y activa. No un personaje del pasado que nos ofrece bellos ejemplos morales. El pueblo de Dios tiene de ella una experiencia muy concreta y viva. Sabe de su maternidad en medio de las circunstancias de la vida, especialmente las más complicadas. Es entonces que, como escribía San Bernardo, el discípulo “mira a la Estrella, llama a María”.

Cuando peregrinamos a nuestros santuarios o sencillamente pasamos las cuentas del Rosario hacemos una experiencia muy concreta de la presencia de María en nuestra vida. La sentimos junto a nosotros, tomándonos de la mano para transitar el camino del discipulado. “Sin María, el Evangelio se desencarna, se desfigura y se transforma en ideología, en racionalismo espiritualista”, decía hace ya mucho tiempo el Documento de Puebla (301).

En este Año Mariano Diocesano que estamos transitando, los invito a mirar la propia experiencia personal y comunitaria de la presencia de María. ¿Quién nos enseñó a invocarla? ¿La sentimos con nosotros? ¿En qué ocasiones hemos experimentado su presencia? ¿Quizás no hemos desarrollado todavía la dimensión mariana de nuestra vida cristiana?

*     *    *

Retomando las orientaciones de nuestro Plan de Pastoral Diocesano, quisiera ofrecerles, a continuación, algunos itinerarios espirituales y pastorales a recorrer, de manera más intensa durante este Año Mariano Diocesano que estamos transitando. El núcleo del Plan de Pastoral es el encuentro con Jesucristo que pone en marcha el discipulado misionero, hace de la Iglesia una comunidad en salida, en camino de reforma y conversión pastoral y nos acerca, como María en la Visitación y en Caná, a las necesidades concretas de los pobres.

  1. De la mano de María sintámonos pueblo en camino. Soledad, abandono, encierro, individualismo. Estos parecen ser compañeros ineludibles de camino de las personas en los tiempos que corren. “Miremos a la estrella e invoquemos a María”. Ella tiene la habilidad de hacernos sentir familia, comunidad, pueblo reunido y en camino. Aunque el sonido suele no funcionar bien en nuestras procesiones, el hecho de caminar juntos rezando, cantando o en silencio ya es un signo de lo que somos: un pueblo de hermanos.
  2. De la mano de María, redescubrirnos “primereados” por el amor de Dios. “Conversión” es una gran palabra del Evangelio que, gracias a Dios, hoy también ilumina nuestra vida pastoral. Conversión es la respuesta adecuada al amor de Dios que primerea nuestra vida. Toda la pastoral de la Iglesia ha de alimentar esta experiencia fundamental y fundante de la vida: soy amado por el Padre con un amor incondicional. María es la mejor maestra espiritual que nos introduce en esa experiencia. ¿No es lo que vivimos en sus santuarios?
  3. Mirar a María como la más perfecta discípula de Jesús. “María, con su fe, llega a ser el primer miembro de la comunidad de los creyentes en Cristo, y también se hace colaboradora en el renacimiento espiritual de los discípulos. Del Evangelio emerge su figura de libre y fuerte, constantemente orientada al verdadero seguimiento de Cristo” (Aparecida 266). Más que multiplicar prácticas devocionales, este Año Mariano apunta a dejarnos evangelizar por María para convertirnos en discípulos misioneros de Jesús. En este año pastoral cada una de nuestras comunidades podrá plantearse cómo alentar esta experiencia. Con ayuda de la Junta Diocesana de Catequesis, nuestra diócesis está revisando el camino de la Iniciación Cristiana (anuncio, catequesis, liturgia, misión, espiritualidad). La meta es ofrecer orientaciones pastorales que nos ayuden a convertirnos en discípulos maduros de Cristo, a imagen de María.
  4. Mirar a María como la imagen más lograda de la Iglesia misionera. Algunos cuentan que, cuando los cardenales se reunieron para elegir al sucesor de Benedicto XVI, el cardenal Bergoglio dijo, citando Ap 3, 20 (“Yo estoy a la puerta y llamo…”), que Jesús ya no llama desde fuera para entrar, sino desde dentro de la Iglesia para poder salir del encierro. Sé que estamos creciendo como “Iglesia en salida”. Sin embargo, necesitamos dar pasos de conversión más audaces. Lo tenemos que conversar en nuestros consejos de pastoral, en los decanatos y otros espacios de reflexión pastoral. “María es la gran misionera, continuadora de la misión de su Hijo y formadora de misioneros” (Aparecida 269). A ella volvemos la mirada como Iglesia diocesana que quiere renovar su ardor evangelizador.
  5. Mirar a María, mujer fuerte y libre, cercana a los pobres. “Una Iglesia pobre para los pobres” es también una frase feliz y fuerte del Papa Francisco. Este es uno de los desafíos que hemos identificado en nuestro Plan de Pastoral. En el territorio de nuestra diócesis, las situaciones de pobreza extrema no tienen la dimensión que en otros lugares. Sin embargo, los rostros de la pobreza se multiplican, sin identificarse necesariamente con la carencia material. Pensemos, por ejemplo, en el mundo cada vez más vasto de las adicciones. Cada comunidad cristiana, en este Año Mariano, debería identificar con claridad aquellos lugares o situaciones de pobreza, exclusión y descarte que nos interpelan a imitar a María solidaria. Como diócesis, y con mucha esperanza, hemos iniciado el camino hacia el diaconado permanente. Es misión del diácono, a imagen de Cristo Servidor, ayudar a la comunidad a vivir el servicio hacia los más pobres.
  6. Repasar lo que los evangelios nos dicen de María. La Palabra de Dios ha de inspirar toda nuestra vida cristiana. Por eso, los invito a buscar, con diversas iniciativas, en los evangelios la figura de María, madre y virgen, discípula y misionera de Jesús. Toda renovación genuina de la Iglesia pasa necesariamente por una vuelta al Evangelio. Así, por ejemplo, lo vivió San Francisco de Asís o, más cerca de nosotros, San José Gabriel del Rosario. Es el camino que nos está proponiendo el Papa Francisco. Redescubramos la figura evangélica de María para hacer más nuestra la vocación-misión que el Señor ha soñado para cada uno. De esta forma, el Año Mariano es continuación lógica del Año Vocacional que hemos vivido en este camino de aplicación del Plan de Pastoral.

*     *    *

El lema de este Año Mariano Diocesano dice así: “Bajo tu mirada, Madre, seguimos caminando”. La mirada de María nos alcanza cada vez que peregrinamos a su Santuario (a la Villa o a cualquier otro lugar mariano de nuestra vida). Y, en la mirada de la Virgencita nosotros percibimos la mirada vivificante de Cristo resucitado. Los ojos de María nos alcanzan la mirada del Dios que ama la vida.

En esa mirada encontramos descanso para nuestra vida, pero también nos anima a seguir transitando los caminos de la fe, la misión y el servicio. Somos parte de una Iglesia peregrina y misionera que, en todas sus expresiones (parroquias, colegios, movimientos y asociaciones, consejos y encuentros pastorales) favorece la comunión, la participación y la sinodalidad para anunciar el Evangelio. Una Iglesia que no es propiedad del Obispo, del Papa o de los sacerdotes como pretende el clericalismo. Es de Cristo, y todos los bautizados, ungidos por su Espíritu y superando toda forma de individualismo, la vamos edificando cada día con el aporte de nuestro tiempo, talentos y bienes materiales. María y los santos son sus miembros más insignes. También los difuntos por quienes, cada día, ofrecemos el sacrificio eucarístico. Que la mirada de María ilumine nuestra mirada para ver a la Iglesia en toda la profunidiad gozosa de su misterio.

Pero también caminamos, animados por la fe de María, construyendo la sociedad a la que pertenecemos. María también nos ayuda a vivir con pasión nuestra misión como ciudadanos. Inspirados por el testimonio del Santo Cura Brochero y de tantos cristianos insignes, renovemos el compromiso por el bien común de nuestra Patria. Hoy, ese compromiso tiene algunos acentos particulares, entre ellos: trabajar por la cultura del encuentro, la inclusión y el cuidado de la casa común.

Bajo la mirada de la Virgencita, sigamos caminando los caminos del Evangelio.

+ Sergio O. Buenanueva

2 de febrero de 2018, Fiesta de la Presentación del Señor

 

Cuaresma 2018

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Este miércoles iniciamos la Cuaresma.

Y lo hacemos con el signo de las cenizas sobre nuestras cabezas. Lo normal: una pequeña cruz dibujada sobre la frente.

Dos frases pueden acompañar el rito de la imposición de las cenizas: “Recuerda que eres polvo, y al polvo volverás”; y: “Conviértete y cree en el Evangelio”.

Sí: somos polvo. La fragilidad es nuestra condición, como la de todo lo humano.

Pero es una fragilidad abrazada por Dios en la cruz de Jesucristo.

Ese abrazo de amor es el Evangelio al que hay convertirse y en el que hay que creer, hasta entregarle confiadamente toda nuestra vida.

¡Estamos caminando hacia la vida!

¡Caminamos desde la fragilidad hacia el abrazo de amor del Padre!

¡Démonos la mano para caminar como pueblo!

¡Estemos dispuestos también nosotros a abrazar la fragilidad de nuestros hermanos cansados, desilusionados, tristes!

¡Caminamos hacia la Pascua!

A 5 años de un acto de libertad

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El artículo que sigue es otra de las reflexiones que escribí en razón de la renuncia del Papa Benedicto XVI. Lo publicó MDZ on line. Creo que sigue siendo aprovechable. 

Una decisión de conciencia

Comparto con los lectores de MDZ algunas reflexiones personales sobre la figura del Papa Benedicto XVI y su renuncia al papado.

Ante todo, aclaro mi punto de vista. Escribo desde la fe católica y desde la estima por Benedicto XVI, su pensamiento, su mirada sobre la Iglesia, el mundo contemporáneo y los grandes desafíos que hoy enfrentamos.

Este punto merece una breve digresión.

Lo que la tradición judeocristiana llama “fe” no es primariamente una cuestión intelectual, como podría ser, por ejemplo, la respuesta a la pregunta por la existencia de Dios. Con esta brevísima palabra (“fe”) se indica un modo de estar parado en la vida y de mirar la totalidad de la realidad. Es algo vital y existencial. Desde ahí se proyecta también sobre el pensamiento y la doctrina.

La fe es un acto personalísimo que compromete lo más íntimo del ser humano: la conciencia y la libertad. Pero, a la vez e indisolublemente, un “nosotros” que genera lazos, pertenencia, vínculos y relaciones. Creer y pertenecer a la comunidad de los creen son dos caras de la misma moneda. La Iglesia es precisamente eso: “congregatio fidelium” (la reunión de todos los que creen).

Desde esta posición hablo sobre el Papa y su renuncia: reflexiono sobre una figura que forma parte de mi propia identidad personal como creyente, miembro de la Iglesia y obispo.

Pero también -decía- desde la estima personal por el hombre Joseph Ratzinger/Benedicto XVI. He leído y leo con avidez sus escritos, y lo hago con sintonía interior. Me reconozco a mí mismo en buena parte de sus ideas y su modo de pensar la fe. Me ha ayudado a madurar mi forma de leer teológicamente la realidad.

Esto añade condimento a la interpretación que intento hacer de su gesto de renuncia. No es lo mismo escribir desde la sintonía interior que desde la animadversión o incluso el rechazo y el odio. El lector sabrá ponderar en qué medida este elemento pesa en mis reflexiones.

Hechas estas aclaraciones, paso a centrarme en el punto que he elegido para mi reflexión. Voy a hablar de la decisión del Papa como decisión de conciencia.

En el breve texto en latín que leyó ante los cardenales la mañana del 11 de febrero pasado, tres veces hace referencia a la conciencia. El párrafo central dice así: “Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino”.

En los párrafos siguientes añade expresiones que refuerzan esta idea central: “Soy muy consciente de que este ministerio, por su naturaleza espiritual, debe ser llevado a cabo no únicamente con obras y palabras, sino también y en no menor grado sufriendo y rezando”. Y, más adelante: “Por esto, siendo muy consciente de la seriedad de este acto, con plena libertad, declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma…”

¿Qué peso darle a estas palabras que juzgo no solo veraces, sinceras y honestas, sino también un testimonio de humanidad válido más allá del mundo católico?

Para responder a esta pregunta, traigo a colación un hecho significativo que me ha venido a la memoria al meditar sobre el gesto y palabras del Papa.

El 7 de noviembre de 1992, el entonces cardenal Ratzinger era incorporado como miembro extranjero asociado a la Academia de Ciencias Morales y Políticas del Instituto de Francia. Sucedía a Andrej Sajarov y, según la costumbre de la prestigiosa institución, el nuevo integrante debía evocar con un discurso la figura de su ilustre antecesor. La alocución de Ratzinger es bien conocida. Lleva como título: “La libertad, la justicia y el bien. Principios morales de las sociedades democráticas”.

Sajarov fue un prestigioso físico nuclear ruso, cuyas objeciones al uso militar de los descubrimientos científicos le valió el exilio en su propia patria. En 1955 había expresado su deseo de que ninguna bomba atómica de la URSS llegara a estallar sobre ciudad alguna del mundo. Recibió inmediatamente la corrección de su superior militar: los científicos deben ocuparse de perfeccionar las armas; el uso que se haga de ellas escapaba a sus competencias.

La respuesta de Sajarov fue memorable: “Ningún hombre puede rechazar su parte de responsabilidad en aquellos asuntos de los que depende la existencia de la humanidad”.

Aquí se detiene la reflexión del cardenal Ratzinger. Para el oficial ruso solo hay competencias técnicas. No hay lugar para la dimensión moral de la existencia, para la pregunta por el bien y lo que es realmente justo, más allá de todo cálculo de intereses, individuales que grupales. Sajarov, en cambio, con su actitud ponía de manifiesta la insuficiencia de este modo de mirar las cosas. Para él, la conciencia tiene que jugar un rol muy concreto en la vida pública de los pueblos. En ella se decide la suerte misma de la humanidad.

Comenta Ratzinger: “Negar el principio moral, impugnar ese órgano de conocimiento -previo a cualquier especialización- que llamamos «conciencia» significa negar al hombre”. Y concluye: “obedecer a la conciencia aun al precio del sufrimiento, continúa siendo un mensaje que no ha perdido la menor actualidad, aunque haya dejado de existir el contexto político en el que la adquirió”.

¿Qué es lo que ocurre en la conciencia, en razón de lo cual un individuo es capaz de enfrentar las situaciones más penosas y adversas, incluso la muerte violenta?

En la conciencia tiene lugar el encuentro del hombre con la verdad. Obviamente, esto nada tiene que ver con el subjetivismo individualista que concibe la conciencia como el lugar donde el sujeto se cierra obstinada y caprichosamente sobre sí mismo. La conciencia es norma de los actos en cuanto que en ella se transparenta la verdad de lo que es justo y bueno. Para el creyente, ella es la voz de Dios, que no se puede sino obedecer para ser verdaderamente libres. No, lugar de clausura sobre sí, sino de apertura interior, en varias ocasiones, fatigosa y sufrida.

Evocando la figura de Tomás Moro, Ratzinger señala que un “hombre de conciencia es el que no compra tolerancia, bienestar, éxito, reputación y aprobación pública renunciando a la verdad”.

Aquí se toca -y se comprende- uno de los puntos de fricción más fuertes entre el pensamiento católico y el moderno. Ratzinger lo ha encarnado en primera persona. Aquí esta -creo yo- uno de los servicios de más largo alcance que su pensamiento aporta a la compleja situación del mundo contemporáneo.

Ratzinger ha sido un infatigable defensor de la razón humana, y de su capacidad para abrirse a toda la realidad. En su memorable discurso de Ratisbona, él invitaba al fascinante mundo de la universidad del que él mismo había surgido a “abrirse a toda la amplitud de la razón”. Solo en este ejercicio nunca acabado de dejarse afectar por la realidad sin recortes, los hombres, las culturas y los pueblos pueden progresar en un diálogo verdadero.

En el discurso ante la Academia francesa, Ratzinger señala también que aquí está uno de los aportes que la Iglesia debe ofrecer a la moderna sociedad plural. Lo hace con estas palabras que cito por extenso: “Está en conformidad con la esencia de la Iglesia mantenerla separada del Estado y evitar que éste imponga la fe, que debe descansar en convicciones libres… No es propio de la Iglesia ser Estado o una parte del Estado, sino una comunidad de convicciones. Pero también es propio de ella reconocer que tiene responsabilidad en todo y no puede limitarse a sí misma. En uso de su libertad debe participar en la libertad de todos para que las fuerzas morales de la historia continúen siendo fuerzas morales del presente y para que surja con fuerza renovada aquella evidencia de los valores sin la que no es posible la libertad común”.

En su decisión de renunciar al oficio papal, Ratzinger ha sido un hombre libre, con la libertad de quien busca fatigosamente la verdad, la escucha y a ella se pliega con simplicidad. En este caso la verdad que brota de considerar la situación de un hombre que se reconoce anciano, limitado en vigor físico y espiritual. Se ha mostrado como un hombre de convicciones libres. No hay nada de heroico en todo esto, solo y simplemente humanidad.

Claro está, nada de esto es inteligible sin tocar el núcleo de la experiencia espiritual de la fe, sin señalar a Cristo como la verdad ante la que un creyente dobla la rodilla. Es lo que ha hecho el Papa Ratzinger.

Hace 5 años, renunciaba Benedicto XVI

 

Lo que sigue es lo que escribí apenas me enteré de la renuncia de Benedicto XVI. Era todavía obispo auxiliar de Mendoza. No me acordaba de estas líneas. Ni siquiera tienen título. Puse el del archivo de Word.

Las vuelvo a publicar como un testimonio de aquellos hechos que, todavía hoy, merecen ser repasados en el corazón iluminado por la fe. 

Dimisión de Benedicto XVI

Al concluir la Misa de 08:00 en el Santuario de El Challao, el P. Raúl Marianetti me dio la noticia del anuncio de la dimisión del Papa.

Como todos, quedé fuertemente impresionado. En realidad, sorprendido y, aún antes de leer las palabras del Santo Padre, interiormente edificado. Eso es poco: en realidad, admirado.

Estamos en presencia de un acto de verdadera grandeza, según la medida del Evangelio.

Benedicto XVI nos ha edificado con este gesto que lo muestra, una vez más, en toda su talla humana y espiritual.

Seguramente escucharemos muchas voces, interpretaciones y valoraciones. Mientras bajaba del Santuario venía escuchando algunas interpretaciones hechas al calor de los acontecimientos. Obviamente, todos los lugares comunes que ya conocemos.

Al llegar al Arzobispado me encontré con Franzini, y al subir a mi casa con Arancibia. Los tres coincidimos en los dos términos que ya he expresado: sorpresa y admiración.

Ahora, a orar. Por Benedicto XVI, dando gracias por un pontificado enorme. Por la Iglesia, a la que nunca le faltarán los buenos pastores ni la asistencia del Espíritu. Por el futuro Papa, para que sea discípulo fiel de Jesús como sus antecesores.

No es un dato menor que este hecho histórico haya tenido lugar en la memoria de Nuestra Señora de Lourdes.

El Evangelio de hoy es aquel de la Bodas de Caná, en el que María nos dice: “Hagan todo lo que Jesús les diga”.

Benedicto XVI ha sido fiel y obediente a la palabra de su Señor.

La comunión de los santos

En el vocabulario cristiano, la palabra “comunión” posee una riqueza de significados difícil de sintetizar. No obstante, intentemos desentrañar su significado esencial.

El domingo pasado recordábamos que la principal manifestación de la Iglesia se da cuando la comunidad se reúne en torno al altar para celebrar la Eucaristía. Esa imagen nos va a ayudar ahora a comprender el sentido de la palabra “comunión”. Lo explica así San Pablo: “La copa de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan” (1Co 10,16-17).

Antes que una moral que cumplir o una serie de ideas que comprender, la experiencia cristiana es comunión con el Padre, por medio de Jesucristo, en el Espíritu Santo. Nace de la escucha de la Palabra de Dios, se realiza por la fe y se expresa en la santa Eucaristía. Por eso, una de las descripciones más antiguas de las primeras comunidades cristianas dice así: “Todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común (comunión), en la fracción del pan y en las oraciones.” (Hch 2,42).

La expresión “comunión de los santos”, en el Credo, sigue a la confesión de fe en la santa Iglesia católica. Es como una variación del mismo tema. Indica la fuente de la que mana y de la que se nutre la comunidad cristiana. Nos ayuda a comprender de qué vive la Iglesia, cuál es la fuerza que reúne a los cristianos y los impulsa a ser “Iglesia en salida”, como dice el Papa Francisco, para caracterizar a la Iglesia que es misionera por su propia naturaleza.

La referencia a “los santos” tiene un doble significado. Ante todo, es comunión en las “realidades santas”: la Palabra, el Espíritu, los sacramentos, el amor de Dios y a los pobres. Y, en segundo lugar, es comunión de aquellos que han sido santificados por el Espíritu. Por eso, algunas liturgias orientales, cuando llega el momento de las ofrendas tienen esta invitación: “Sancta sanctis” (las cosas santas a los santos”). Los bautizados (los santos) compartimos unos mismos bienes espirituales (las cosas santas) que fundamentan nuestra comunión también en todos los planos de la vida: compartimos carismas, talentos, tiempo y bienes materiales. La Iglesia es, así, una comunión de bienes que se comunican y expanden.

En este contexto, la expresión sirve para comprender también los llamados “tres estados de la Iglesia”: la Iglesia que celebra en el cielo la comunión con Dios (los ángeles, María y los santos); la Iglesia peregrina y misionera que camina la fe en la tierra; la Iglesia de los que han muerto “bajo el signo de la fe” y son purificados por el amor de Cristo para entrar en la comunión eterna. La Iglesia es comunión porque unos por otros, vivos y difuntos, santos y peregrinos, estamos unidos en el Cuerpo de Cristo. Los santos interceden por nosotros, y nosotros encomendamos a nuestros difuntos a la misericordia de Dios.

La cultura dominante parece haber erigido, como dogma central, una especie de individualismo libertario. Al yo individual y a sus deseos se sacrifica y se subordina todo. ¿Su resultado? La soledad, el aburrimiento y el sinsentido. El humanismo cristiano va en la dirección contraria: la persona humana es apertura al otro, comunión, diálogo y vínculo. Solo así logra ser ella misma.

Claro, viene del Dios amor. En la Trinidad, las personas son dándose.

Los rostros de la Iglesia

13347-el-pueblo-de-campo-santo-celebro-su-fiesta-patronal-con-el-milagrito“La Voz de San Justo”, domingo 4 de febrero de 2018

Sigamos hablando de la Iglesia, pero antes despejemos un malentendido.

El Papa es el párroco del mundo. Los obispos, sus delegados que le ayudan junto con los curas, las monjas y los “laicos comprometidos”. De tanto en tanto, este gran Párroco se sube a un avión y visita, en persona, alguno de los territorios más alejados de su inmensa parroquia.

Algunos piensan así. Es un gran error. Una distorsión de la realidad de la Iglesia. Digamos algunas palabras al respecto.

Aunque sin sacar todas las consecuencias que de aquí se derivan, el Concilio Vaticano II hizo un gran redescubrimiento. Así lo expresa el primer documento aprobado por el Concilio: “…la principal manifestación de la Iglesia se realiza en la participación plena y activa de todo el pueblo santo de Dios en las mismas celebraciones litúrgicas, particularmente en la misma Eucaristía, en una misma oración, junto al único altar donde preside el Obispo, rodeado de su presbiterio y ministros.” (Constitución sobre la Liturgia 41).

No quiero aburrir a nadie con intríngulis teológicos, solo destacar este aspecto: allí donde esto ocurre (un obispo, un altar, un pueblo reunido para celebrar), allí está toda la Iglesia de Cristo. Allí, y así, la Iglesia es católica: la totalidad de lo que Dios ha querido dar al mundo se entrega y se hace visible en la humildad de la comunidad reunida, aunque ésta sea pequeña.

El Concilio redescubrió que la Iglesia de Cristo existe en un lugar concreto. Redescubrió el rostro de la Iglesia local. O, mejor: los múltiples rostros de la única Iglesia de Cristo. Allí está toda la Iglesia, aunque cada Iglesia local no es toda la Iglesia. Desde la Eucaristía, cada Iglesia ha de reconocerse en comunión con todas las Iglesias locales, presididas por el obispo de Roma.

Ni el Papa es un gran párroco, ni los obispos somos delegados suyos que repetimos como pericos sus consignas. Tampoco la Iglesia es una gran parroquia. Cada obispo es vicario de Cristo para la Iglesia que preside y tiene la misión de reunir al pueblo de Dios por la Palabra, los sacramentos y el don del Espíritu.

La Iglesia existe siempre en un lugar concreto, inserta en un espacio geográfico y cultural determinado. Y es allí, y desde allí, que ha de ponerse a la escucha de su Señor para cumplir la misión para la que es llamada y enviada: anunciar el Evangelio, especialmente a los pobres.

Profesamos la misma fe, pero cada Iglesia local tiene un rostro único que, en comunión con las demás Iglesias, conforman el rostro católico de la Iglesia de Cristo. Es la misma Iglesia, pero vive la fe con los acentos, los modos, las características de su cultura. No es lo mismo ser Iglesia en la pampa gringa o en la Patagonia, en la gran ciudad o en medio de la cordillera andina. La Iglesia asume así los diversos rostros, lenguajes y culturas de los discípulos de Cristo.

Por eso, cada Iglesia particular (una diócesis, por ejemplo), enclavada en un lugar concreto, ha de preguntarse cómo ser fiel a la misión recibida para la gente de ese lugar y en ese tiempo, con sus desafíos concretos, sean espirituales, éticos, sociales, económicos o políticos.

Ni el Papa, ni el obispo, ni el párroco somos los dueños de la Iglesia. El Señor de la Iglesia es Cristo. El “clericalismo” es un gran mal, como viene señalando con insistencia el Papa Francisco, pues reduce la Iglesia a la estatura de los curas. No. La Iglesia nace del bautismo y la eucaristía, y hace de cada bautizado un sujeto responsable de la vida eclesial, del anuncio y testimonio del Evangelio. Cada uno con una vocación propia y múltiples carismas para el bien de todos.

¿Podremos vivir esta vocación eclesial con gozo y convicción o seguiremos durmiendo la siesta?

Una, santa, católica y apostólica

“La Voz de San Justo”, domingo 28 de enero de 2018

No creemos en la Iglesia de la misma manera en que creemos en Dios. Ya lo dijimos el domingo pasado. Pero, para reconocer la Iglesia como obra de Dios, sí se requieren los ojos de la fe. Solo así se puede percibir, en la siempre imperfecta realidad humana, el misterio del Pueblo de Dios.

Según la tradición de la Iglesia, cuatro son las notas de la Iglesia de Cristo: una, santa, católica y apostólica. El Credo niceno solo menciona la santidad y la catolicidad. Vale la pena explicarlas.

Empecemos aclarando porqué hablamos de “notas”. Esta palabra castellana deriva de un verbo latino que significa “conocer”. Con esta expresión queremos indicar algunas características fundamentales que connotan a la Iglesia y que nos permiten reconocerla como obra de Cristo. A través de estas notas, la Iglesia da a cononcer su identidad más profunda.

La Iglesia de Cristo es una. Esta unidad no es fría y mortificante uniformidad. Es la unidad del Padre, el Hijo y el Espíritu: un solo Dios en tres Personas. Unidad y diversidad no se excluyen, sino que se potencian mutuamente. Esa es la unidad a la que está llamada la Iglesia. Claro, esta unidad tiene expresiones visibles: los bautizados profesamos la misma fe y celebramos los mismos sacramentos bajo la guía de los pastores. Hoy, además, esta llamada a la unidad tiene la forma del ecumenismo que es el movimiento suscitado por el Espíritu Santo para que, todos los discípulos de Cristo, separados a lo largo de la historia, nos reunamos en una unidad que reconcilie nuestras diferencias.

La Iglesia es santa. De la santidad de la Iglesia ya hablamos el pasado domingo. Me remito a aquellas reflexiones. Añado solo un punto: escribo estas líneas desde Villa Cura Brochero. Aquí se siente el perfume de la santidad de este cura cordobés, serrano entre los serranos, apóstol y ciudadano ejemplar. Vivió a fondo el amor de Cristo. Ese es el rostro de la santidad cristiana a la que estamos llamados todos en la Iglesia, santa pero que abraza a sus hijos e hijas pecadores. Los santos – canonizados o no – muestran el mejor rostro de la Iglesia.

La Iglesia es católica. Es verdad que “católica” quiere decir: universal. Sin embargo, a mí me gusta más la traducción literal de la palabra: “según la totalidad”. Está en la raíz de nuestra palabra “catolicidad”. Aunque la comunidad cristiana sea muy pequeña, débil o incluso sea perseguida, esa Iglesia es católica porque en ella Cristo resucitado está presente y ofrece a todos los hombres y pueblos la totalidad de la salvación: su Palabra, sus sacramentos, especialmente la Eucaristía, la santidad que transforma la vida.

La Iglesia es apostólica. Esta nota indica tres cosas: 1) Que la Iglesia está fundada sobre el testimonio de los apóstoles (los Doce que eligió Jesús y la primera generación cristiana); 2) Que la Iglesia no tiene otro Evangelio para predicar al mundo que el que recibió de los apóstoles; 3) Que los obispos, presbíteros y diáconos, presididos por el obispo de Roma, continúan el ministerio de los apóstoles velando para que la comunidad cristiana se mantenga fiel al Evangelio, viviendo con alegría su su esencial naturaleza misionera.

Un testimonio personal: siento la Iglesia como mi lugar en el mundo. De ella he recibido el Evangelio. Ella ha puesto en mis labios y en mi corazón los nombres de Jesús y María. Ella me regala, cada día, la Eucaristía. Todo esto es cierto. Tanto como que he aprendido a comprender que, para otros, esta experiencia resulta lejana, difícil o contradictoria. He aprendido también que solo Dios conoce los corazones y que mira a todos con infinito amor. Y que la Iglesia es, en medio del mundo, una semilla que lleva en su pequeñez la potencia del Reino de Dios que está llegando.

Creo en la Iglesia

“La Voz de San Justo”, domingo 21 de enero de 2018

“Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica…”, así comienza la última parte del Credo. Ya reflexionamos sobre el Espíritu, ahora sobre la Iglesia. Pero ¿se puede seguir todavía creyendo en la Iglesia? ¿Cómo se puede calificar de “santa” a una institución que carga con el peso de tantas miserias?

Lo acabamos de ver en la visita del Papa Francisco a Chile. La Iglesia católica tiene hoy un bajo nivel de confianza en ese país. Y esto, por diversas razones: desde profundos cambios culturales (más espíritu crítico y distancia de las instituciones) hasta el drama de los abusos sexuales del clero. Argentina, aún con diferencias, vive procesos parecidos.

La conclusión, a la que muchos arriban, parece clara: Dios sí, Iglesia no. Hoy muchos creen en Dios sin sentir la necesidad de pertenecer a la Iglesia. Creer sin pertenecer.

Una primera aclaración puede ayudar: los cristianos no creemos en la Iglesia de la misma manera en que creemos en Dios. En realidad, el acto de fe solo se puede realizar de cara a Dios. Solo Él, Verdad que no miente, es digno de fe. Solo a Él podemos decirle “amén” con todo nuestro ser.

Como ya tuvimos ocasión de decir al inicio de nuestras meditaciones sobre el Credo: la fe cristiana es mucho más que aceptar la existencia de Dios. Es reconocer que Él nos ha dirigido su Palabra, pues ha querido comunicarse con nosotros. Dios se ha hecho oír, convocando a un pueblo y confiándole la misión de ser signo visible de su amor por toda la humanidad. La palabra “Iglesia” quiere decir precisamente eso: convocación, llamada y reunión de hombres y mujeres para escuchar la Palabra de Dios, recibir su Espíritu y caminar en su presencia.

Creemos en Dios que ha creado la Iglesia como la reunión de todos los que creen. Esa es también una de las definiciones más bellas de la Iglesia: “congregatio fidelium” (la reunión de todos los que escuchan, acogen y creen en la Palabra). Así, la Iglesia entra en el campo de la fe como obra de Dios para nosotros.

Donde Dios hace oír su Palabra, allí el Espíritu reúne una comunidad unida por la fe. Para los cristianos esto acontece en torno a la persona de Jesús. Él es la Palabra que escuchamos cuando leemos las Escrituras. Es su Espíritu el que nos une en comunión fraterna, rescatándonos de la soledad y el aislamiento.

Todo lo que en la comunidad cristiana es visible (palabras y gestos, culto y normas, personas e instituciones, carismas y ministerios) está al servicio de la invisible: el Espíritu que santifica a la familia de Cristo. El rostro humano de la Iglesia, con todos sus límites, está llamado a ser expresión de la misericordia de Dios manifestada en Jesucristo.

Nuestros hermanos protestantes usan una fórmula que los católicos hemos adoptado desde el Concilio Vaticano II. En realidad, proviene de los primeros escritores cristianos: “la Iglesia está siempre en reforma”. ¿Por qué? Porque sus miembros somos imperfectos y el Evangelio siempre nos queda grande. Parafraseando al Papa Francisco: somos un pueblo de pecadores amados y perdonados.

Siempre ha sido una tentación creer que la Iglesia solo se forma con la gente pura, perfecta y santa. No. La Iglesia abraza a todos: santos y pecadores. Es santa en su cabeza, Cristo resucitado, y en sus miembros más insignes: María y los santos. Es santa porque a través de su humanidad el Espíritu sigue actuando en el mundo, ofreciéndonos la luz de la Palabra y la fuerza de los sacramentos. Pero esa santidad que viene de Dios es para que la vivamos hombres y mujeres imperfectos.

El artículo del Credo que estamos comentando podría formularse entonces así: “Creo en el Espíritu Santo que anima, inspira y constantemente provoca a la Iglesia a ser fiel al Evangelio, a imitar a Cristo pobre, manso y humilde”.

El Espíritu, artífice de una nueva humanidad

El segundo relato de la creación del Génesis nos presenta la bella imagen de un Dios alfarero que, con manos de artista, modela al hombre de la arcilla de la tierra.

Ya hemos dicho que estas páginas de la Biblia no ofrecen información científica. Con lenguaje simbólico expresan algunas grandes verdades religiosas profundamente humanas. En este caso, que el hombre es obra de la sabiduría de Dios. No solo de su inteligencia sino también de su amor creador. Cada ser humano existe como fruto de esa inteligencia amorosa, sabia y providente de Dios.

El relato añade un dato crucial: solo cuando Dios sopla “en su nariz el aliento de vida”, el hombre llega a ser un “ser viviente” (cf. Gn 2,7). Sin el aliento de Dios el hombre está incompleto. Es significativo que, a renglón seguido y alcanzando su culminación, el mismo relato nos muestre la creación de la mujer, el único complemento adecuado para el varón. Sin espíritu y sin mujer, el hombre no puede vivir adecuadamente su condición humana.

Aquí, la palabra “aliento (“espíritu”) indica la apertura del hombre a Dios. Por su espíritu, el ser humano está abierto a su Creador, lo adora, alaba y escucha. Pero, por lo mismo, se dona a sí mismo a sus semejantes. Por el contrario, cuando se cierra sobre sí mismo, se condena a su frustración.

Cuando los evangelios nos presentan a Jesús como el que, colmado del Espíritu, lo comunica al mundo, nos están diciendo que, en Él, la creación ha llegado a su plenitud. Él es hombre nuevo, el que Dios soñó desde el principio, y a cuya imagen crea a cada ser humano. Los evangelios lo muestran con una cercanía única con su Padre, pero también con una exquisita capacidad de sintonía con las personas, especialmente con los más frágiles, los niños, los enfermos y pecadores. No vive para sí mismo, sino para los demás.

Algunos autores cristiaños enseñan que las dos manos con las que el Padre crea y redime al hombre son precisamente su Verbo y su Espíritu. Concebido por obra del Espíritu y nacido de María, Jesús es el Verbo de Dios que se ha hecho igual a nosotros para mostrarnos qué significa ser realmente hombre. Él es el modelo supremo al que todo hombre ha de aspirar y hacia el cual lo conduce el Espíritu.

Jesús nos ha mostrado que solo en el amor, como don sincero y total de sí mismo, el hombre alcanza su plena estatura. El Espíritu Santo al unirnos en comunión con Jesús nos configura con Él y nos comunica sus sentimientos y actitudes, que se compendian en el amor. “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado”, enseña San Pablo en su carta a los romanos (Rom5,5).

Cuando los cristianos confesamos: “creo en el Espíritu Santo”, no solo afirmamos que Él es la tercera Persona de la Trinidad, uno con el Padre y el Hijo, sino que también confesamos su obra en nosotros: el Espíritu es el que está creando y animando, en cada uno, el proyecto de hombre que se ha manifestado en Jesucristo. El Espíritu es el artífice de una nueva humanidad, que arranca al hombre de su soledad, abriéndolo a Dios y a sus semejantes.

Francisco, el Papa de todos

Declaración de la Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Argentina

Los argentinos tenemos un enorme privilegio, hace ya casi cinco años un hermano nuestro ha sido elegido Papa, es decir, la máxima autoridad de la Iglesia en el mundo; para los cristianos, vicario de Cristo en la tierra. Desde aquel momento nuestro querido Papa Francisco adquirió en todos los países un prestigio y un apoyo crecientes, y hoy es en un referente global incuestionable para la inmensa mayoría de los cristianos y personas de buena voluntad.

En nuestro país, gran parte de los medios de comunicación han puesto más la atención en hechos menores e incluso han identificado al Papa con determinadas figuras políticas o sociales. Algunos de ellos han sido claros afirmando que no representan ni pretenden representar al Papa ni a la Iglesia. Sin embargo, esta constante asociación ha generado muchas confusiones y justificado lamentables tergiversaciones de su figura y sus palabras que llegan incluso a la injuria y la difamación.

La inmensa mayoría del pueblo argentino ama al Papa Francisco, no se deja confundir por quienes pretenden utilizarlo, sea pretendiendo representarlo, sea atribuyéndole posiciones imaginarias en función de sus propios intereses sectoriales. El pueblo sencillo quiere escuchar las enseñanzas del Santo Padre, y lo reconoce por su lenguaje claro y llano.

Acompañar a los movimientos populares en su lucha por la tierra, techo y trabajo es una tarea que la Iglesia ha realizado siempre y que el propio Papa promueve abiertamente, invitándonos a prestar nuestras voces a las causas de los más débiles y excluidos. Esto no implica de ninguna manera que se le atribuyan a él sus posiciones o acciones, sean estas correctas o erróneas.

Por ello, en vísperas a su próxima visita a los pueblos hermanos de Chile y Perú, queremos reiterar que el Papa Francisco se expresa en sus gestos y palabras de padre y pastor, y a través de los voceros formalmente designados por él. Nadie ha hablado ni puede hablar en nombre del Papa. Su aporte a la realidad de nuestro país hay que encontrarlo en su abundante magisterio y en sus actitudes como pastor, no en interpretaciones tendenciosas y parciales que sólo agrandan la división entre los argentinos.

Deseamos ardientemente que el Papa Francisco sea valorado y escuchado como él se merece y como nos lo merecemos todos los argentinos.

Que la Virgen de Luján nos ayude a construir como hermanos nuestra Patria.+