Mente que investiga, corazón que espera

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“La Voz de San Justo”, domingo 12 de agosto de 2018

“Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en el libro de los Profetas: «Todos serán instruidos por Dios». Todo el que oyó al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí.” (Jn 6,44-45).

Una mujer puede dar testimonio del alcance de estas palabras de: Edith Stein (1891-1942). Nacida en una familia judía, en 1921 pasó a la fe católica. Por su condición de judía (de la que nunca renegó), murió en las cámaras de Auschwitz, junto a su hermana Rosa, el 9 de agosto de 1942.

Su encuentro con Cristo fue precedido de un largo proceso de búsqueda. De jovencita había abandonado la fe sus mayores. Abrazó incluso el ateísmo. Poseía una admirable honestidad intelectual unida a una gran nobleza de alma. Hizo suya la causa del feminismo, tal como se daba en su tiempo. Estudió filosofía con los principales maestros de esa disciplina en la Alemania del siglo XX, doctorándose en esa disciplina con las máximas calificaciones.

El paso definitivo aconteció en agosto de 1921. Pasó una noche entera leyendo una biografía de Santa Teresa de Jesús. A medida que avanzaban las páginas, Edith no podía dejar de percibir, en el conjunto de la vida de aquella otra admirable mujer del siglo XVI, la figura de Aquel a quien Teresa le había entregado su propia existencia: Jesús. Dicen que, al terminar la ansiosa lectura, Edith exclamó: “Esta es la Verdad”.

Entre otras razones, en memoria de ese encuentro con el Jesús de Teresa, al hacerse carmelita, Edith tomó el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz.

Precisamente a ese itinerario humano y espiritual se refirió San Juan Pablo II en la homilía de su canonización: “…el amor a Cristo fue el fuego que encendió la vida de Teresa Benedicta de la Cruz. Mucho antes de darse cuenta, fue completamente conquistada por él. Al comienzo, su ideal fue la libertad. Durante mucho tiempo Edith Stein vivió la experiencia de la búsqueda. Su mente no se cansó de investigar, ni su corazón de esperar. Recorrió el camino arduo de la filosofía con ardor apasionado y, al final, fue premiada: conquistó la verdad; más bien, la Verdad la conquistó. En efecto, descubrió que la verdad tenía un nombre: Jesucristo, y desde ese momento el Verbo encarnado fue todo para ella. Al contemplar, como carmelita, ese período de su vida, escribió a una benedictina: «Quien busca la verdad, consciente o inconscientemente, busca a Dios»”.

Me quedo con estas palabras: mente que no se cansa de investigar, corazón que no se cansa esperar.

Recrear la cultura de la vida

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“La Voz de San Justo”, domingo 5 de agosto de 2018

“…el Señor preguntó a Caín: «¿Dónde está tu hermano Abel?». «No lo sé», respondió Caín. «¿Acaso yo soy el guardián de mi hermano?»” (Gn 4,9).

Jesús es la contracara de Caín. Se sabe hermano de todos los Abel. Sabe que no puede desentenderse de la suerte de nadie. Ve a los hombres con los ojos de su Padre. Por eso los considera sus hermanos.

Lleva grabada a fuego la pregunta de Dios a Caín: ¿Dónde está tu hermano? Mientras que Caín busca desembarazarse de ese “otro” que incomoda su autonomía, Jesús sabe que ese “otro” es precisamente el sentido de su libertad. Así vive y, por ese camino, lleva a sus discípulos.

En estas horas, no sabemos, a ciencia cierta, qué resultado tendrá la legalización del aborto en el Senado.

Estos meses han sido intensos. Hemos aprendido muchas cosas. Se nos han abierto los ojos a muchas realidades que parecían no tener espacio en el campo visual de nuestra mirada.

Una amiga colgó en Twitter un artículo con el título: “Una existencia insignificante”. De allí extraigo este párrafo: “Quizás si el feto pudiese sacarse una selfie y publicarla todos los días en las redes sociales creeríamos que existe, que vive y que independiente de su edad es un ser humano capaz incluso de sonreír. Pero como no se muestra nos damos permiso para dudar o interpretar su existencia.”

Se ha dicho que el concebido llega a convertirse en hijo por el deseo de su madre, y que si ésta no lo quiere podría deshacerse de él. Semejante afirmación horroriza, pero si no rozara algo de verdad no podría seducir como lo hace.

¿Cuál es esa verdad que puja por hacerse oír en esa “verdad a medias”? Que nunca podremos existir solos. Que es verdad que no hay fuerza más revolucionaria y disruptiva que la libertad personal, pero que ésta solo es plena cuando reconoce la dignidad del otro, anterior a mí y mis deseos.

El debate por el aborto deja picando esta pregunta, incómoda e imprescindible: “¿Dónde está tu hermano?”. No mira solo al niño por nacer. Nos interpela sobre todos los invisibles que esperan. Como esos seis de cada diez chicos a los que hoy, en nuestra Argentina, se les priva de algún derecho.

Sea como resultare la votación en el Senado, sigue en pie el desafío de recrear la cultura de la vida.

Jesús sigue multiplicando el pan

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“Los ojos de todos esperan en ti, y Tú les das la comida a su tiempo; abres tu mano y colmas de favores a todos los vivientes” (Salmo 144,15-16).

Las manos de Jesús multiplican el pan. Lo escuchamos este domingo, iniciando la lectura del capítulo 6 de San Juan. Lo primero en que pensé, meditando el evangelio fue: “Esto pasa hoy. Jesús sigue haciendo este milagro. No suplicamos en vano: «Padre… danos hoy nuestro pan de cada día». Las manos de Jesús siguen prodigando el pan de la vida”.

Durante los próximos cuatro fines de semana vamos a escuchar sus palabras desentrañando el sentido profundo de ese signo luminoso: con poco más que unos peces y algunos panes que un niño pone a disposición, Jesús da de comer a una multitud. Lo hace después de elevar sus ojos al cielo y, así, abrir la tierra a la mirada benevolente de su Padre.

Ese pan que se ofrece a todos es mucho más que pan. Es Él mismo, su vida, su entrega de amor. Es, además, la Eucaristía que, semana tras semana, nos convoca y, como una provocativa paradoja, despierta más que calma el hambre y la sed.

Jesús sigue multiplicando el pan. Y lo hace, despertando el hambre de justicia. Toca los corazones. Despierta humanidad. Su Espíritu genera buenos samaritanos. Y, así, el pan de la vida empieza a saciar el hambre del mundo.

Esta semana, visitando algunas obras de Cáritas, se me ocurrió preguntar cómo se pone en marcha el “Hogar de Cristo”. Se trata de una iniciativa para acompañar a personas con adicciones. La respuesta que recibí fue diáfana: señalándome el lugar que nos acogía, la mesa alrededor de la cual estábamos sentados y el alimento que compartíamos, me respondieron: “Así, abriendo este espacio para que se acerquen los que lo necesitan… La vida se recibe como viene”.

Vuelvo al texto del evangelio. La liturgia omite inexplicablemente los versículos 16 al 21: con su sola presencia, Jesús calma la tempestad que amenaza hacer zozobrar la barca de los discípulos. “Soy yo, no teman”, les dice (Jn 6,20).

Si Jesús está, el pan se multiplica, la vida encuentra espacio y renace la esperanza. Sin él, la oscuridad abre la puerta a la tempestad.

Creo que puedo decir que, esta semana, pude participar de la multiplicación de los panes y los peces. Con los ojos de la fe, pude ver a Jesús hacerlo de nuevo.

Vi también el rostro iluminado de los que se saciaron y, por esa experiencia, se han hecho las manos milagrosas del Señor para sus hermanos.

Carta Abierta de los Obispos de la provincia de Córdoba

WhatsApp Image 2018-07-25 at 17.55.49.jpeg“Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia”(Jn 10.10)

En 1983, a poco de haber retomado el camino de la democracia, los obispos argentinos publicaban el documento “Dios, el hombre y la conciencia”. Estábamos saliendo de un período oscuro: pocas veces en la historia joven de nuestro país se había avasallado la dignidad de la vida como entonces. Los obispos nos invitaban a reconstruir nuestra Nación a partir de sus bases morales y culturales más profundas. Proponían para ello un examen de conciencia (que en la actualidad sigue siendo necesario) para que cada uno pudiera identificar su responsabilidad y un compromiso nuevo con la dignidad de todo hombre.

Hoy vivimos en democracia. Podemos así expresarnos con libertad, e incluso peticionar a nuestros gobernantes para que tengan en cuenta los legítimos puntos de vista de los ciudadanos. Los que profesamos la fe católica, como la mayoría de los argentinos, queremos la justicia, la paz, el bien común, una vida plena y digna para todos.

Los obispos de las seis diócesis presentes en el territorio cordobés, sentimos el deber de expresarnos acerca de la propuesta de los senadores de nuestra provincia sobre la ley de interrupción voluntaria del embarazo. Dicha ley cuenta con la media sanción de Diputados, y los senadores tienen la grave responsabilidad de dar su voto sobre ella. A nadie se le oculta la importancia, complejidad y gravedad de la materia sobre la que están legislando: la dignidad de la vida, tanto del ser humano en gestación como de la madre gestante.

Por las mismas razones, nosotros, como pastores y ciudadanos, sentimos también el deber de hacerles llegar a los cordobeses nuestra valoración de algunos aspectos de esta propuesta. Con respeto y la mayor claridad posible, les hacemos llegar estas observaciones que se detienen en los aspectos éticos de la propuesta.

  1. Reconocemos, ante todo, la oportunidad de incluir expresamente la objeción de conciencia institucional. Insólitamente, la ley con media sanción, mientras admite, aun con incomprensibles restricciones, la objeción individual, prohíbe taxativamente la objeción institucional. Parece que no hubiéramos aprendido nada de los dramas vividos en el siglo XX en el mundo y en la patria. Creemos que la propuesta de los senadores cordobeses es un aporte importante en esta delicada materia, pero resulta insuficiente.
  2. El contexto hace que llegue tarde y no resuelva el tema de fondo, en sus dos vertientes: en primer lugar, cómo acompañar el drama de las mujeres que han sufrido violencia o abandono, y que viven un embarazo no querido; en segundo lugar, y es lo más decisivo, cómo legitimar la injustificable muerte de un inocente.
  3. Nos parecería desacertado el voto de los senadores aprobando el proyecto. Es más, consideramos que no expresa ni el sentir de muchos cordobeses, ni el rico cimiento jurídico a favor de la vida de nuestra Constitución Provincial.-
  4. Les compartimos que nuestra oposición al aborto no surge, en primer término, de un dogma o de razones puramente religiosas. La defensa y cuidado de la vida por parte de todos y del estado es cuestión de humanismo y racionalidad más allá de las creencias religiosas personales de cada uno.
  5. Creemos que una democracia que no respete toda vida humana se convierte visible o encubiertamente en dictadura de los que ostentan más poder porque cuando no se respeta la vida del más débil la libertad se convierte en ocasión de dominio y arbitrariedad.
  6. Cabe también recordar aquí la clara y abundante enseñanza de San Juan Pablo II en su carta Evangelium vitae (Evangelio de la vida) a la que podríamos acudir para seguir profundizando. Allí nos decía al comienzo que “Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, aun entre dificultades e incertidumbres, con la luz de la razón y no sin el influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su corazón el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término, y afirmar el derecho de cada ser humano a ver respetado totalmente este bien primario suyo. En el reconocimiento de este derecho se fundamenta la convivencia humana y la misma comunidad política” (Evangelium vitae 2).
  7. “Es cierto que en muchas ocasiones la opción del aborto tiene para la madre un carácter dramático y doloroso. La decisión de deshacerse del fruto de la concepción no se toma por razones puramente egoístas o de conveniencia. Se buscaría, con esa grave decisión, preservar algunos bienes importantes… Sin embargo, estas y otras razones semejantes, aun siendo graves y dramáticas, “jamás pueden justificar la eliminación deliberada de un ser humano inocente” (Evangelium vitae 58).
  8. El Creador ha confiado la vida del hombre a su cuidado responsable, no para que disponga de ella de modo arbitrario, sino para que la custodie con sabiduría y la administre con amorosa fidelidad.
  9. Se nos pide amar y respetar la vida de cada hombre y de cada mujer y trabajar con constancia y valor, para que se instaure finalmente en nuestro tiempo, marcado por tantos signos de muerte, una cultura nueva de la vida, fruto de la cultura de la verdad y del amor.
  10. Agradecemos a todos los que se han animado a expresar respetuosamente en este tiempo, incluidos legisladores provinciales, hombres y mujeres públicos que vale toda vida.

Hasta aquí nuestro aporte. Como creyentes, invocamos a Jesucristo, el Señor de la historia, implorando las luces necesarias para los legisladores de la nación y todos los que tienen que tomar estas decisiones tan importantes para la vida y futuro de los argentinos y cordobeses.

Con afecto y respeto.

Córdoba, 26 de julio de 2018.

 

+CARLOS JOSE ÑAÑEZ, Arzobispo de Córdoba

+ADOLFO URIONA, Obispo de Rio IV

+SERGIO BUENANUEVA, Obispo de San Francisco

+SAMUEL JOFRE, Obispo de Villa María

+RICARDO ARAYA, Obispo de Cruz del Eje

+GUSTAVO ZURBRIGGEN, Obispo Prelado de Deán Funes

+RICARDO SEIRUTTI, Obispo Auxiliar de Córdoba

+PEDRO TORRES, Obispo Auxiliar de Córdoba

Corrupción, conciencia y libertad

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Vuelvo a publicar este artículo, escrito en diciembre de 2015, en razón del cambio de gobierno nacional, la frustrada transmisión del mando y el párrafo que el nuevo presidente Macri dedicó en su discurso inaugural ante el Congreso a la corrupción. Ese es el contexto.

¿Por qué lo vuelvo a publicar? Ha tomado estado público los aportes “truchos” a la campaña electoral de los partidos políticos: los que ganaron y los que no.

Vale la pena entonces que volvamos a reflexionar sobre lo que significa la corrupción, en cualquiera de sus formas, para la vida social. 

Visitando ayer el Hogar de Cristo que está empezando a caminar en nuestra diócesis, escuchando, sobre todo, los testimonios de diversas personas cuyas vidas están marcadas por la lucha contra las adicciones, no he podido dejar de sentir dolor y bronca.

La corrupción anestesia conciencias y termina siendo el ambiente que hace posible esta y otras formas de deshumanización. Necesitamos recuperar fuerza moral y energía espiritual para luchas juntos, desde abajo, contra este flagelo que nos está robando vidas. 

Aquí también: #ValeTodaVida

Corrupción, conciencia y libertad

“Obedeced, señores, sin sumisión no hay ley; sin leyes no hay patria, no hay verdadera libertad; existen sólo pasiones, desorden, anarquía, disolución, guerra y males de que Dios libre eternamente a la República Argentina; y concediéndonos vivir en paz, y en orden sobre la tierra, nos dé a todos gozar en el cielo de la bienaventuranza en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo, por quien y para quien viven todas las cosas. Amén.”

Así concluía Fray Mamerto Esquiú el famoso “Sermón de la Constitución” aquel lejano 9 de julio de 1853.  El contexto es conocido: la Constitución encontraba todavía resistencia, entre otras cosas por su versión de la libertad de culto. Muchos católicos, también Esquiú, la consideraban incompatible con su fe.

Contra lo que se esperaba, Fray Mamerto señaló con fuerza la necesidad de someterse a esta Ley fundamental a fin de reencontrar la paz social después de un largo período de guerras civiles, desencuentros y odios irracionales.

Obedecer la ley como camino para vivir en libertad. Obediencia y libertad. Desde ahí, apertura al futuro de una nación que era toda una promesa.

He leído varias veces el texto de Esquiú en estos intensos días en que nuestra democracia, todavía débil, volvió a estar asediada por el bochorno de la insensatez.

Roguemos a Dios que todo esto haya quedado definitivamente atrás, no porque demos lugar al olvido, sino todo lo contrario: porque mirando de frente nuestras miserias y mezquindades, nos levantemos de ellas aprendiendo a caminar de otra manera.

El párrafo más aplaudido del discurso del nuevo presidente en el Congreso fue el que se refirió a la corrupción. Se trata de un hondo y legítimo reclamo social.

Uno de los factores que crea las condiciones para que la corrupción se instale y se afiance en el cuerpo social es precisamente el desprecio de toda forma de norma o de ley, desde la que regula la recolección de los residuos a la obediencia escrupulosa a la Constitución nacional. Pero no es el único factor. Es necesario afinar la mirada.

Para los cristianos, la corrupción es un pecado que procede del corazón humano que desoye la voz de Dios, se deja llevar por el peso de su propio egoísmo y se compromete con el mal. Una decisión libre que rompe la comunión con Dios en el momento en que se deja vencer por la corrupción. Es un pecado de índole social.

No toda forma de pecado social es, sin embargo, corrupción. Esta se da allí donde el intercambio deshonesto entre dos sujetos termina perjudicando al interés común. Por eso, la corrupción en sentido más estricto se da en la convergencia entre lo público y lo privado, allí donde un funcionario finge cumplir su rol de velar por el bien común y, aprovechando su posición, tergiversa el sentido de una operación que debería ser para beneficio de todos, pero que termina siendo ganancia personal.

De ahí que los sistemas más corruptos se den en aquellas formas de gobierno en que la burocracia estatal invade todos los espacios, convirtiéndolos peligrosamente en coto personal de caza de funcionarios inescrupulosos. Este fenómeno se dispara en los regímenes populistas, más autoritarios o ideologizados, donde el estado se confunde con el gobierno, y los líderes políticos son mesías iluminados, los únicos que interpretan realmente las necesidades del pueblo y, en consecuencia, sus mandatos no pueden ser discutidos. Cualquier crítica es traición al pueblo.

Los funcionarios que representa a semejantes líderes tóxicos suelen hacer de la arbitrariedad su norma de acción. Así queda abierta la puerta a la corrupción, en sus formas más sutiles, pero también más grotescas.

La lucha contra la corrupción ha de involucrar a todo el cuerpo social. No es solo cuestión de leyes y procedimientos. Tiene una esencial dimensión espiritual y ética. Sin ciudadanos educados en el exquisito arte de escuchar y obedecer la voz de su propia conciencia, la batalla está perdida. La conciencia es el lugar interior de la persona en el que se hace transparente la verdad que hace libre al hombre, especialmente cuando contradice el propio interés o los propios deseos subjetivos.

Pero también supone una sociedad que encuentra en la cultura del trabajo bien hecho, el respeto por la dignidad del otro y la búsqueda del bien común sus aspiraciones más nobles. En este contexto, la obediencia a las leyes que rigen la convivencia ciudadana es percibida como un camino insoslayable para afianzar la amistad social y hacer posible las condiciones que a todos permitan una vida digna.

Todo lo cual supone y promueve también una organización que conciba a la política como servicio desinteresado al bien común, especialmente en la promoción de los menos favorecidos. En la medida en que la cultura democrática y republicana de una sociedad sea más débil, más fuerte será el fenómeno de la corrupción. Por el contrario, el funcionamiento virtuoso de las instituciones fundamentales del estado de derecho es una garantía contra la corrupción. De ahí también que, en lo que a nuestro país se refiere, la postergada reforma política sea una urgencia a gritos. El Diálogo argentino de la década pasada ofreció valiosísimos aportes que sería bueno retomar.

En la delicada articulación de estos tres niveles (persona, sociedad y comunidad política) se juega mucho del éxito de la lucha que tenemos por delante para vencer la arraigada corrupción que atraviesa todo el cuerpo de nuestra sociedad.

Termino citando por extenso unas palabras muy fuertes del papa Francisco. Las pronunció durante su visita a un barrio de Nápoles, marcado por el accionar de la mafia. Ante la pregunta de un funcionario judicial, Francisco respondió:

“El juez dijo una palabra que yo quisiera retomar, una palabra que hoy se usa mucho, el juez dijo «corrupción». Pero, díganme, si cerramos la puerta a los inmigrantes, si quitamos el trabajo y la dignidad a la gente, ¿cómo se llama esto? Se llama corrupción y todos nosotros tenemos la posibilidad de ser corruptos, ninguno de nosotros puede decir: «yo nunca seré corrupto». ¡No! Es una tentación, es un deslizarse hacia los negocios fáciles, hacia la delincuencia, hacia los delitos, hacia la explotación de las personas. ¡Cuánta corrupción hay en el mundo! Es una palabra fea, si pensamos un poco en ello. Porque algo corrupto es algo sucio. Si encontramos un animal muerto que se está echando a perder, que se ve «corrompido», es horrible y apesta. ¡La corrupción apesta! La sociedad corrupta apesta. Un cristiano que deja entrar dentro de sí la corrupción no es cristiano, apesta”.

 

Repudio y reflexión

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Acabo de mandarle un mensaje al obispo Luis Fernández de Rafaela, expresándole la solidaridad fraterna de nuestra diócesis a esa Iglesia hermana por la agresión sufrida este fin de semana.

También el repudio más firme a esa forma particularmente maliciosa de violencia simbólica. No es solo una agresión a la fe de los católicos, sino también a la convivencia ciudadana y a la cultura democrática de todos.

Para quienes somos cristianos, estos hechos son leídos, interpretados y calificados como una blasfemia. Incluso como un sacrilegio. Oramos, hacemos penitencia y suplicamos el perdón.

Desde un punto de vista cívico, se trata de una grave ofensa a la libertad religiosa de un grupo considerable de ciudadanos. No se ofenden solo sentimientos o creencias. Se juega con la libertad, porque se lleva la provocación al extremo. Se busca deliberadamente incomodar y zaherir.

¿Constituye un delito? En cuanto blasfemia, se trata de un grave pecado que es también un delito para la ley de la Iglesia que rige la vida de los católicos. Los juristas deberán decir en qué medida, una agresión de esta naturaleza a los símbolos de una religión configura también un delito para el derecho penal y civil argentino. Si lo fuera, nos asiste el derecho de reclamar justicia.

*     *     *

Dicho esto, añado una consideración del todo personal. Es opinable por donde se la mire, pero es mi punto de vista y me siento con el deber de compartirlo. Hace mucho que vengo rumiándolo en mi interior.

Junto con la libertad de conciencia y la libertad religiosa, la libertad de expresión constituye el sólido fundamento de la vida de una democracia y su cultura de convivencia ciudadana.

Estoy convencido de que la libertad de expresión, en una sociedad plural y democrática, debe ser todo lo más amplia posible. Ninguna libertad ni derecho son absolutos. Nuestra libertad coexiste con la libertad de los demás. En la interacción de las libertades se consolida la convivencia entre las personas.

La libertad es una sola. Solo en la más amplia libertad las personas nos abrimos y nos adherimos a la verdad. La conciencia es precisamente ese lugar donde la verdad se hace transparente a nosotros, nos conquista con su luz propia y se convierte en la guía de nuestro obrar, especialmente cuando se vuelve más onerosa, contradice nuestras apetencias y nos impone la dura disciplina del deber. Solo así somos genuinamente libres.

Ahora bien, para vivir a fondo esta vocación a la libertad hay que estar dispuesto a pagar un precio muy alto, normalmente en cuotas que aparecen una y otra vez en el camino nunca acabado de edificar el bien común.

Una de esas cuotas de alto precio es tener que convivir con algunos ciudadanos que se creen con el derecho de provocar a otros en sus valores espirituales más hondos. Y que, de hecho, lo hagan con manifestaciones como esta que hoy nos ocupa.

Ha acontecido y acontecerá seguramente, como ya comenzamos a observar. No solo aquí. Acabo de ver la foto de una repudiable profanación a la catedral de Santiago de Chile, acontecida precisamente este fin de semana.

No pido censura. Reclamo el derecho de protestar, de señalar con claridad la violencia sufrida y de pedir que, llegado el caso, la justicia intervenga. Lo haga o no, los que somos discípulos de Cristo renovamos nuestra vocación a la cultura del encuentro, del amor, del perdón y la reconciliación.

Cuando los discípulos experimentaron que unos samaritanos los rechazaban, se volvieron a Jesús incitándolo a la punición: “Cuando sus discípulos Santiago y Juan vieron esto, le dijeron: Señor, ¿quieres que mandemos caer fuego del cielo para consumirlos?». Pero él se dio vuelta y los reprendió. Y se fueron a otro pueblo” (Lc 9,54-56).

Los tiempos que corren, y los que asoman, nos van a solicitar, más de una vez, entrar en esta dinámica evangélica: manifestarle al Señor nuestros sentimientos de bronca y dolor, recibiendo de él esa mirada, esa reprensión sanante y esa invitación a seguir caminando la misión.

Vamos a requerir del Espíritu ser confirmados en la fortaleza, la paciencia y la valentía de sostener nuestra adhesión al bien, viviendo a fondo la mansedumbre de Jesús, el Testigo fiel del Padre.

El amor a nuestra sufrida patria Argentina nos anima también a dar, así, nuestra contribución a secar las fuentes del odio, la violencia y el desprecio del otro que parecen seguir manando a raudales.

Aunque sean pocos los que lo hagan, su elección libre será realmente un germen nuevo para le futuro de todos.

Una palabra que toca la vida…

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Hace poco escuché a una psiquiatra española que decía que los medicamentos más vendidos en España eran los ansiolíticos. Remedios para situaciones que desbordan. Ansiedad, inquietud, disconformidad, desorientación.

¿Y por casa cómo andamos? Somos un país que parece atrapado en un intrincado laberinto del que resulta difícil salir. Se percibe un difuso malestar que atraviesa a toda la sociedad. En diversa medida, nos afecta a todos. Si me permiten la confidencia: esa ansiedad la descubro en mí mismo, en el modo como muchas veces termino mi jornada o encaro una nueva con sus riesgos, incertidumbres e interrogantes.

Encuentro un haz de luz en el evangelio de este domingo (Mc 6,30-34): “Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato”.

En los ojos de Jesús se refleja la mirada de Aquel que, al ir concluyendo cada día de su creación, especialmente después de crear al hombre a su propia imagen, “miró todo lo que había hecho, y vio que era muy bueno” (Gn 1,31). No la mirada inquisidora del juez implacable que busca culpabilizar y aterrorizar, sino la del Dios samaritano que no puede pasar indiferente ante el sufrimiento.

“Como ovejas sin pastor”: gente que va y viene, no sabe qué camino tomar; busca a Jesús porque algo ha encontrado en él que le da confianza. La respuesta de Jesús es clara: pone el cuerpo, se detiene y se involucra, ofreciendo su palabra liberadora. Se trata de un contacto vivo, ni planificado ni artificial. Y, de ahí, surge lo nuevo: Jesús se puso a enseñar, y lo hizo largamente. Él se siente provocado a buscar en sí mismo una palabra para iluminar ese momento. Sabe que, como a los viejos profetas, se le ha confiado una palabra que lo quema por dentro. Viene del corazón de su Padre y es para el mundo, especialmente para los que no encuentran rumbo. Es más: esa Palabra es Él mismo, en persona.

Aunque el evangelio no nos dice qué estuvo enseñando Jesús, no necesitamos especular demasiado. Sabemos de sobra de qué se trata: anunciar, de todas las formas posibles, que Dios es Padre, especialmente cercano a los pobres y pecadores; que quiere que este mundo injusto cambie radicalmente, y que nos hace a través de su Hijo una propuesta de vida buena, capaz de atravesar el intimidante umbral de la muerte.

Se trata de una palabra viva, que realmente acontece, es decir, se abre paso desde la realidad y busca la verdad en medio de las situaciones complejas y difíciles de la vida. No es un relato, con sus tópicos archisabidos, que se repite como un mantra impersonal. Jesús es realmente un maestro de la comunicación: al decir se dice a sí mismo, poniendo en palabras su propia vida de Hijo amado del Padre. Por eso, toca y convierte los corazones, expulsa los demonios y devuelve humanidad a quien la ha extraviado.

Jesús no es un ansiolítico. La salvación que nos ofrece no se identifica, sin más, con una serenidad psicológica.  Pero, no estaríamos tan desacertados si afirmáramos, como hacían los primeros cristianos, que él es Médico y Medicina. En definitiva, él mismo dijo de sí y de su obra: “No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mc 2,17).

De dos en dos y libres, muy libres

de-dos-en-dos1“La Voz de San Justo”, domingo 15 de julio de 2018

La primera vez que leí la frase: “Una Iglesia libre en un Estado libre”, fue en una de las tantas entrevistas que le hicieran al entonces cardenal Joseph Ratzinger. Reflexionaba, si mal no recuerdo, sobre la presencia de la Iglesia en las modernas sociedades secularizadas y el principio de laicidad que regula los vínculos entre religión y política.

A mí me gusta hacerle un añadido personal: “una Iglesia libre, en un Estado libre, en una sociedad de hombres y mujeres libres”.

En el fragor del actual debate por la legalización del aborto, han vuelto a sonar voces que reclaman la separación de la Iglesia del Estado en Argentina. También las apelaciones al carácter laico del Estado y de cómo el Congreso no puede legislar en base a “creencias religiosas”.

Hay aquí mucha tela para cortar. Argentina, por ejemplo, no es un país confesional. No tiene una religión oficial, sino que promueve la libertad religiosa. La Constitución la reconoce como un bien público a tutelar. Estado e Iglesia son autónomos, aunque colaboran en varios frentes: educativo, social, cultural, etc. Aunque no todo es tan lineal: por diversas razones, los vínculos entre la Iglesia católica y el Estado son mucho más fluidos que con las otras religiones. En la medida en que crecen la secularización y el pluralismo religioso, se plantean aquí varios conflictos.

Soy de la opinión de que hay que seguir avanzando en la dirección del axioma arriba citado: “una Iglesia libre, en un Estado libre, en una sociedad de ciudadanos libres”. ¿Qué significa esto? No pretendo en estas breves líneas identificar los espacios que necesitan crecer en esa preciosa libertad. Quedará para otra ocasión. Inspirado por el evangelio de este domingo (cf. Mc 6,7-13), solo me gustaría señalar por dónde deberíamos transitar los católicos para vivir, a fondo y con responsabilidad, nuestra doble condición de miembros de la Iglesia y ciudadanos de nuestra república.

Jesús nos vuelve a invitar a asumir su propia forma de vida: profeta itinerante y siempre en camino; despojado de seguridades incómodas, con la única seguridad que realmente vale la pena: la que nace de saberse en las manos del Padre y cercano, sobre todo, a los más pobres y abandonados. Es una invitación a caminar, en fraternidad, con una creciente libertad que nos hace disponibles para entregar la vida en el servicio a todos.

Así como resulta incomprensible la historia de nuestro país sin el fecundo aporte del humanismo cristiano de la tradición católica, así tampoco podemos pensar que ese aporte sea algo estático y fijo. Supone una Iglesia también en camino, que busca, en cada tiempo, ser fiel al Evangelio.

Argentina necesita una Iglesia realmente libre, con una vigorosa presencia en el espacio público, sobre todo, a través de católicos que saben dar razón de su fe con claridad y exquisito respeto por los demás, especialmente si más alejados o distantes. Es decir, una Iglesia que, como lo muestra su bimilenaria tradición, es capaz de articular una palabra comprensible y amable; que edifica, también cuando pone en tela de juicio la mentalidad dominante. Por eso, una Iglesia de voz franca, nítida y directa, que echa mano de la palabra (escrita, dicha o gestual) para tender puentes y acercar corazones, no para ahondar grietas con oscuras estrategias. Una Iglesia que, mucho más en la variopinta sociedad plural, se muestra respetuosa de la libertad responsable de quienes intentan construir, cada día y con decisiones personales intransferibles, el mejor orden justo posible.

Una Iglesia, en fin, actualizada, que no tiene miedo de circular con el Evangelio por las redes, pero que tampoco teme ser calificada de anacrónica cuando dice verdades incómodas, particularmente urgentes, como ocurre hoy con el debate del aborto. El único “aggiornamento” genuino que conoce la Iglesia es el que la hace más fiel al Espíritu de Jesucristo y, por eso, más crítica con el espíritu del tiempo.

Sigo rumiando entonces eso de “una Iglesia libre, en un Estado libre, en una sociedad de hombres y mujeres libres”. Sí. Hay mucha tela para seguir cortando, pero, como dice el Evangelio: de dos en dos y con gran libertad interior.

 

Benedicto XVI nos habla de San Benito

benedictCIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 9 abril 2008 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención de Benedicto XVI en la audiencia general de este miércoles dedicada a san Benito de Nursia, fundador del monaquismo en occidente, patrono de este pontificado.

* * *

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy quisiera hablar de san Benito, fundador del monaquismo occidental, y patrono de mi pontificado. Comienzo citando una frase de san Gregorio Magno, que al escribir sobre san Benito dice: «Este hombre de Dios que brilló sobre esta tierra con tantos milagros no resplandeció menos por la elocuencia con la que supo exponer su doctrina» (Diálogos II, 36). El gran Papa escribió estas palabras en el año 592; el santo monje había muerto 50 años antes y todavía estaba vivo en la memoria de la gente y sobre todo en la floreciente orden religiosa que fundó. San Benito de Nursia, con su vida y su obra, ejerció una influencia fundamental en el desarrollo de la civilización y de la cultura europea.

La fuente más importante sobre su vida es el segundo libro de los Diálogos de san Gregorio Magno. No es una biografía en el sentido clásico. Según las ideas de su época, quiso ilustrar mediante el ejemplo de un hombre concreto –precisamente san Benito– la ascensión a las cumbres de la contemplación, que puede realizar quien se abandona en Dios. Por tanto, nos ofrece un modelo de vida humana como ascensión hacia la cumbre de la perfección. San Gregorio Magno narra también, en este libro de los Diálogos, muchos milagros realizados por el santo, y también en este caso no quiere simplemente contar algo extraño, sino demostrar cómo Dios, advirtiendo, ayudando e incluso castigando, interviene en las situaciones concretas de la vida del ser humano. Quiere demostrar que Dios no es una lejana hipótesis situada en el origen del mundo, sino que está presente en la vida del hombre, de cada hombre.

Esta perspectiva del «biógrafo» se explica también a la luz del contexto general de su tiempo: entre los siglos V y VI, el mundo estaba trastornado por una tremenda crisis de valores y de instituciones, provocada por el derrumbamiento del Imperio Romano, por la invasión de los nuevos pueblos y por la decadencia de las costumbres. Al presentar a san Benito como «astro luminoso», Gregorio quería indicar en esta tremenda situación, precisamente aquí, en esta ciudad de Roma, la salida de la «noche oscura de la historia» (Cf. Juan Pablo II, Insegnamenti, II/1, 1979, p. 1158). De hecho, la obra del santo, y de manera particular su Regla, ofrecieron una auténtica levadura espiritual, que cambió con el pasar de los siglos, mucho más allá de los confines de su patria y de su época, el rostro de Europa, suscitando tras la caída de la unidad política creada por el Imperio Romano una nueva unidad espiritual y cultural, la de la fe cristiana compartida por los pueblos del continente. De este modo nació la realidad que nosotros llamamos «Europa».

El nacimiento de san Benito es fechado alrededor del año 480. Procedía, según dice san Gregorio, «ex provincia Nursiae», de la región de Nursia. Sus padres, acomodados, le enviaron a estudiar a Roma. Él, sin embargo, no se quedó mucho tiempo en la ciudad eterna. Como explicación totalmente creíble, Gregorio menciona el hecho de que el joven Benito estaba disgustado por el estilo de muchos de sus compañeros de estudios, que vivían de manera disoluta, y no quería caer en los mismos errores. Sólo quería agradar a Dios: «soli Deo placere desiderans» (II Diálogo, Prólogo 1).

De este modo, antes de concluir sus estudios, Benito dejó Roma y se retiró en la soledad de los montes que se encuentran al Este de esta ciudad. Después de una primera permanencia en el pueblo de Effide (hoy Affile), en el que se asoció durante un cierto período de tiempo a una «comunidad religiosa» de monjes, se hizo eremita en la cercana Subiaco. Allí vivió durante tres años completamente solo, en una gruta, que a partir del Alta Edad Media constituye el «corazón» de un monasterio benedictino llamado «Sacro Speco» («gruta sagrada»). El período que pasó en Subiaco, período de soledad con Dios, fue para Benito un momento de maduración. Allí debía soportar y superar las tres tentaciones fundamentales que todo ser humano: la tentación de autoafirmarse y el deseo de ponerse a sí mismo en el centro; la tentación de la sensualidad; y, por último, la tentación de la ira y de la venganza.

Benito estaba convencido de que sólo después de haber vencido estas tentaciones habría podido dirigir a los demás una palabra útil para sus situaciones de necesidad. De este modo, tras pacificar su alma, era capaz de controlar plenamente los impulsos de su ego para ser creador de paz a su alrededor. Sólo entonces decidió fundar sus primeros monasterios en el valle de Anio, cerca de Subiaco.

En el año 529, Benito dejó Subiaco para asentarse en Montecasino. Algunos han explicado que esta mudanza fue una manera de huir de las intrigas de un eclesiástico local envidioso. Pero esta explicación se ha revelado poco convincente, pues su muerte improvisa no llevó a Benito a regresar (II Diálogos 8). En realidad, tomó esta decisión pues entró en una nueva fase de su maduración interior y de su experiencia monástica. Según Gregorio Magno, el éxodo del remoto valle de Anio hacia el Monte Casio –lugar elevado que domina la llanura circunstante, visible desde lejos–, tiene un carácter simbólico: la vida monástica en el escondimiento tiene una razón de ser, pero un monasterio tiene también una finalidad pública en la vida de la Iglesia y de la sociedad: tiene que dar visibilidad a la fe como fuerza de vida. De hecho, cuando el 21 de marzo de 547 Benito concluyó su vida terrena, dejó con su Regla y con la familia benedictina que fundó un patrimonio que ha dado frutos a través de los siglos y que los sigue dando en todo el mundo.

En todo el segundo libro de los Diálogos, Gregorio nos muestra cómo la vida de san Benito estaba sumergida en una atmósfera de oración, fundamento de su existencia. Sin oración no hay experiencia de Dios. Pero la espiritualidad de Benito no era una interioridad alejada de la realidad. En la inquietud y en el caos de su época, vivía bajo la mirada de Dios y precisamente de este modo no perdió de vista nunca los deberes de la vida cotidiana ni al hombre con sus necesidades concretas.

Al contemplar a Dios comprendió la realidad del hombre y su misión. En la Reglacalifica la vida monástica de «escuela del servicio del Señor» (Prólogo 45) y pide a sus monjes que «nada se anteponga a la Obra de Dios» (43,3), es decir, al Oficio Divino o Liturgia de las Horas. Subraya sin embargo que la oración es, en primer lugar, un acto de escucha (Prólogo 9-11), que después debe traducirse en la acción concreta. «El Señor espera que respondamos diariamente con obras a sus santos consejos», afirma (Prólogo 35). De este modo, la vida del monje se convierte en una armonía fecunda entre acción y contemplación «para que en todo sea Dios glorificado» (57, 9). En contraste con una autorrealización fácil y egocéntrica, hoy exaltada con frecuencia, el primer e irrenunciable compromiso del discípulo de san Benito es la sincera búsqueda de Dios (58, 7) sobre el camino trazado por Cristo, humilde y obediente (5,13), el amor al que no debe anteponer nada (4, 21; 72, 11), y precisamente de este modo, en el servicio al otro, se convierte en hombre de servicio y de paz. En el ejercicio de la obediencia vivida con una fe animada por el amor (5,2), el monje conquista la humildad (5,1), a la que dedica todo un capítulo de la Regla (7). De este modo, el hombre se conforma cada vez más con Cristo y alcanza la auténtica autorrealización como criatura a imagen y semejanza de Dios.

A la obediencia del discípulo le tiene que corresponder la sabiduría del abad, que en el monasterio «hace las veces de Cristo» (2, 2; 63, 13). Su figura, descrita sobre todo en el segundo capítulo de la Regla con un perfil de belleza espiritual y de compromiso exigente, puede considerarse como un autorretrato de Benito, pues –como escribe Gregorio Magno– «el santo no podía de ninguna manera enseñar algo diferente de lo que vivía» (Diálogos II, 36). El abad tiene que ser al mismo tiempo un padre tierno y también un maestro severo (2, 24), un verdadero educador. Inflexible contra los vicios, sin embargo está llamado sobre todo a imitar la ternura del Buen Pastor (27,8), a «servir más que a mandar» (64, 8), a «enseñar todo lo bueno y lo santo más con obras que con palabras» (2,12). Para ser capaz de decidir con responsabilidad, el abad también tiene que escuchar «el consejo de los hermanos» (3,2), porque «muchas veces el Señor revela al más joven lo que es mejor» (3,3). ¡Esta actitud hace sorprendentemente moderna una Regla escrita hace casi quince siglos! Un hombre de responsabilidad pública, al igual que en los ámbitos privados, debe ser siempre un hombre que sabe escuchar y que sabe aprender de lo que escucha.

Benedicto califica a la Regla como «mínima», delineada para la «iniciación» (73, 8); en realidad, sin embargo, ofrece indicaciones útiles no sólo para los monjes, sino también para todos los que buscan una guía en su camino hacia Dios. Por su moderación, su humanidad y su sobrio discernimiento entre lo esencial y lo secundario en la vida espiritual, ha podido mantener su fuerza iluminadora hasta hoy. Pablo VI, al proclamar el 24 de octubre de 1964 a san Benito patrono de Europa pretendía reconocer la obra maravillosa desempeñada por el santo a través de la Regla para la formación de la civilización y de la cultura europea. Hoy Europa, que acaba de salir de un siglo profundamente herido por dos guerras mundiales y por el derrumbe de las grandes ideologías que se han revelado como trágicas utopías, se encuentra en búsqueda de la propia identidad. Para crear una unidad nueva y duradera, ciertamente son importantes los instrumentos políticos, económicos y jurídicos, pero es necesario también suscitar una renovación ética y espiritual que se inspire en las raíces cristianas del continente, de lo contrario no se puede reconstruir Europa. Sin esta savia vital, el hombre queda expuesto al peligro de sucumbir a la antigua tentación de querer redimirse por sí mismo, utopía que de diferentes maneras, en la Europa del siglo XX, ha causado, como ha revelado el Papa Juan Pablo II «un regreso sin precedentes en la atormentada historia de la humanidad» (Insegnamenti, XIII/1, 1990, p. 58). Al buscar el verdadero progreso, escuchemos también hoy la Reglade san Benito como una luz para nuestro camino. El gran monje sigue siendo un verdadero maestro del que podemos aprender el arte de vivir el verdadero humanismo.

[Al final de la audiencia, el Papa saludo a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo:]

Queridos hermanos y hermanas:

San Benito de Nursia, padre del monacato occidental, ejerció un influjo fundamental en el desarrollo de la civilización y cultura europea. La fuente más importante para conocer su biografía es el segundo libro de los Diálogos, escrito por San Gregorio Magno, y en el que se presenta a San Benito como astro luminoso frente a la crisis de valores e instituciones que se vivía en su tiempo. San Benito nació en torno al año cuatrocientos ochenta en una familia acomodada. Estudió en Roma y, queriendo solamente agradar a Dios, marchó a Effide, en donde se asoció a una comunidad de monjes. Vivió luego durante tres años como eremita en Subiaco y de allí se estableció en Montecasino. Antes de morir, en marzo del año quinientos cuarenta y siete, escribió una Regla para la familia monástica que fundó, en la que se contienen indicaciones útiles no sólo para sus monjes, sino para todos los que buscan una guía en su camino hacia Dios. En mil novecientos sesenta y cuatro, Pablo Sexto proclamó a san Benito Patrón de Europa.

Saludo cordialmente a los fieles de lengua española, en particular, a los miembros del Curso de actualización sacerdotal del Pontificio Colegio Español de Roma, al grupo de Lleida con su Obispo, Monseñor Javier Salinas, a la Institución “Padre Rubinos” de A Coruña, y a los demás peregrinos venidos de España, Argentina, Ecuador y otros países latinoamericanos. Os exhorto a que, siguiendo las huellas de San Benito, no antepongáis nada al amor de Cristo. Muchas gracias.

[Traducción del original italiano por Jesús Colina.


© Copyright 2008 – Libreria Editrice Vaticana]

Jesús no pudo

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“La Voz de San Justo”, domingo 8 de julio de 2018

“No pudo hacer allí ningún milagro…” (Mc 6,5).

Nunca me había detenido en esa frase del evangelio. Sobre todo, en ese inquietante: “no pudo”. No lo había pensado: hay cosas que Jesús no pudo hacer. Él también chocó con el límite humano. En este caso, uno muy concreto: la falta de confianza de sus propios paisanos.

Lo normal, en una predicación, suele ser cargar las tintas sobre estos incrédulos y su desconfianza. Me parece, sin embargo, mucho más interesante rumiar esta impotencia de Jesús. ¿Qué nos dice? ¿Qué nos revela de Dios y de nosotros mismos? Todo en Jesús – su persona, sus gestos y palabras – habla. Todo en él es revelación: del rostro genuino de Dios y de la verdadera vocación del hombre.

¿Qué nos dice entonces esta impotencia de Jesús ante la falta de fe de su pueblo? Cada uno puede sacar sus propias conclusiones. Yo comparto las mías. No son tampoco exhaustivas. Tal vez, ni siquiera, las más importantes. Pero, para eso escribo: para compartir lo que el Evangelio hace resonar en mí. Aquí va lo mío entonces.

Ante todo, creo que ese “no pudo hacer allí ningún milagro” nos habla de que Dios no tiene miedo de embarrarse con el límite humano. No teme entrar en lo vivo, complejo y oscuro de toda situación humana. Nos habla también de ese misterio que es la libertad que puede cerrarle la puerta a su Creador y Salvador. Misterio, a la vez, pavoroso y fascinante. Pienso que la impotencia de Jesús evangeliza nuestros propios límites, salvándonos de esa ilusoria y fatal pretensión de ser omnipotentes.

La historia – nos cuenta el evangelio – no acabó allí ni así. Algo pudo hacer: unos pocos milagros. ¿No era tanta la cerrazón como parecía? ¿O es que Jesús sabe, con su sabiduría divina, tocar el corazón humano y abrirlo al don de Dios? Me inclino por esta última alternativa, pues es la que comprende la fe. Esa impotencia de Jesús ha corrido el velo y nos ha permitido entrever la verdadera naturaleza de Dios y de su poder: amor que no teme abrazar la fragilidad humana y siempre – siempre – abre puertas.

“Jesús recorría las poblaciones de los alrededores, enseñando a la gente” (Mc 6,6). Jesús, entonces, siguió su camino. Esa dura experiencia no lo derribó ni lo hizo quedarse rumiando el fracaso. Es más: Jesús radicalizó su entrega, abrazó con más fuerza su misión. Llegó a la impotencia extrema de la cruz y, bebiendo ese amargo cáliz hasta el final, dejó abierta la puerta para que irrumpiera la vida y la alegría.