Tiempo cumplido

“La Voz de San Justo”, domingo 24 de enero de 2021

“El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia” (Mc 1, 15).

El evangelista Marcos resume en esta frase toda la predicación de Jesús, lo que lo mueve y sostiene: el Padre está viniendo a hacerse cargo de su creación, de la vida y la suerte de los pobres, a sanar a los enfermos y a perdonar a los pecadores. Es el reinado de la misericordia que salva.

La conversión a la que invita no es un cambio cualquiera de vida: es abrirse de corazón a Dios para dejarlo tomar posesión de nuestra vida, de nuestra libertad y de nuestro corazón. Hay que dar fe a esta Buen Noticia, aceptándola como un anuncio que cambia la vida.

Por eso, Jesús predica y llama a su seguimiento. Recibir el Reino de Dios que se acerca es hacerse su discípulo y caminar detrás de él por el camino que él mismo va abriendo; compartiendo con él todo, hasta la entrega de la propia vida, como hará Jesús en Jerusalén.

“Señor Jesús, ¡qué bien nos hace escuchar de tus labios el anuncio del Reino, la invitación a la conversión y a la fe! Nos llamas a compartir contigo la misión de llevar esa esperanza al corazón del mundo. Como hiciste aquel día, junto al mar de Galilea, pasa también a nuestro lado, cuando cae la tarde, y renueva tu “Sígueme”. También nosotros, como Simón y Andrés, Santiago y Juan, lo dejaremos todo y te seguiremos. Por eso, Señor: ¡Llámanos! Amén.”

Este es el Cordero de Dios

“La Voz de San Justo”, domingo 17 de enero de 2021

“Al día siguiente, estaba Juan otra vez allí con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: «Este es el Cordero de Dios». Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús.” (Jn 1, 35-37). 

Así comienza el evangelio de este domingo. Así también comenzamos a caminar este nuevo año: con la Iiturgia de la Iglesia que, como Juan Bautista, nos señala a Cristo para que lo sigamos. 

Él es, al decir del Precursor, el “Cordero de Dios”. Así lo invocamos en cada Eucaristía, cuando el sacerdote, repitiendo un gesto del mismo Señor en la última cena, parte el pan para repartirlo en la comunión. Es la letanía: “Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo: ¡ten piedad de nosotros!… ¡Danos paz!”. 

En el Apocalipsis se retomará esta imagen, contemplando a los primeros mártires de la Iglesia: “Porque el Cordero que está en medio del trono será su Pastor y los conducirá hacia los manantiales de agua viva” (Ap 7, 17). 

Nos conduce un Pastor que es, a la vez, el Cordero manso e inocente, el que ha dado la vida por nosotros, el único que vence el pecado y nos da la paz. Nosotros somos sus discípulos, siguiendo sus huellas y caminando como Él lo ha hecho. 

Miremos el año 2021 que se abre a nosotros delante de nuestros pasos. No sabemos bien qué nos espera en el camino. Tenemos una sola seguridad: Jesús, Buen Pastor y Manso Cordero, nos va abriendo el camino. Es más, Él camina con nosotros y en nosotros, por su Espíritu. No hay lugar para el desaliento. Menos aún para la desesperanza. “Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal, porque tú estás conmigo” (Salmo 23, 4). 

Jesús, Buen Pastor y Manso Cordero: somos tus discípulos, vamos tras tus huellas. Sabemos que Tú vienes con nosotros, por eso, no tememos. Y, aunque el miedo nos aceche, volvemos la mirada a tu rostro, escuchamos la voz de tus testigos que, como Juan, nos invitan a seguirte, y nuestro corazón inquieto encuentra la paz. Escucha, Señor, nuestra súplica. No te importune nuestra insistencia: ¡Ven a caminar con nosotros! Amén. 

El Inocente en la fila de los pecadores

“La Voz de San Justo”, domingo 10 de enero de 2021

“En aquellos días, Jesús llegó desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán.” (Mc 1, 9).

Con estas palabras, el evangelista San Marcos introduce al personaje central de su Evangelio: Jesús, el Mesías, el Hijo de Dios. Él, en persona, es la Buena Noticia de Dios que comenzará a resonar en la Galilea, después de su bautismo. Jesús se pone en la fila de los que esperan el bautismo de Juan. Él, que es el Inocente, se hace uno con los pecadores.

Una más, sin embargo, único, como lo hará saber la voz del cielo, la voz del Padre: “Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección” (Mc 1, 11).

Detengámonos aquí para contemplar este misterio que nos refiere el relato sencillo pero profundo de San Marcos: Jesús busca estar entre los pecadores, haciéndose solidario con ellos, se involucra e inmiscuye con toda la fragilidad y pobreza humanas. No tiene falsos temores ni pretensiones de pureza para mantenerse alejado. Lo veremos, paso a paso, en todo el relato de Marcos: Jesús asumirá la figura del Mesías humilde y, al llegar a Jerusalén, humillado hasta la muerte. Jesús va en búsqueda de los pobres, de los pecadores, de los desheredados.

Pero, justamente en medio de ellos, Jesús está en la más profunda comunión con su Padre, y el Padre está con Él y, por medio de Él, también en medio de la humanidad herida. Esta es la Buena Noticia que Jesús trae al mundo: trae a Dios como Padre, lleno de misericordia y ternura.

Señor Jesús, así nos gusta verte: en medio de nosotros, tus hermanos y hermanas, entre los pobres y enfermos, uno más y, sin embargo, único. Tú eres el Señor de la Vida, el Santo e Inocente que, sumergiéndote en toda la oscuridad de nuestra historia humana, llevas al corazón del mundo la fuerza creadora y sanadora del Padre. Tus hermanos y hermanas pecadores te recibimos con alegría y te pedimos: ¡Señor, ten compasión de nosotros! Amén.

El tiempo es de Cristo

“La Voz de San Justo”, domingo 3 de enero de 2021.

El Cristo Pantocrátor (“todopoderoso”) de la catedral de Monreale

“Cristo, ayer y hoy, principio y fin, alfa y omega. A Él pertenecen el tiempo y la eternidad. A Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén”

Con estas palabras, inspiradas en el Apocalipsis, el sacerdote bendice el cirio al inicio de la Vigilia pascual. Parte del sugestivo rito es escribir la cifra del año en curso, mientras dice: “A Él (a Cristo) pertenecen el tiempo y la eternidad”.

Este 2021 que recién comienza es de Cristo, luz que vence toda oscuridad; el Viviente, que viene de vencer la muerte; el Señor de la historia, como lo invocamos una y otra vez.

Y no solo el 2021. También el 2020 que pasó, con todo lo que realmente pasó… y pasamos. Y no solo del 2020, sea como fuere que lo juzguemos.

No hay fragmento del tiempo que escape de su presencia e influjo redentor. Cristo es precisamente el que redime el tiempo. Él ha estado, está y estará siempre en cada una de nuestras horas. Si oscuras y pesadas, su Presencia se vuelve más incisiva y salvadora.

Por eso, sea lo que sea lo que haya vivido, un cristiano, al concluir un año y empezar otro da gracias por lo vivido y se adentra, con confiada esperanza en el tiempo que, como un camino por desandar, se abre ante sus pasos.

“Pero cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer y sujeto a la Ley […].” (Gal 4, 4), escribe san Pablo.

¿Qué nos depara este 2021? No lo sabemos a ciencia cierta. Nadie lo sabe. Cualquier predicción es conjetura o “verso”.

En medio de tanta incertidumbre que puede descolocar al mejor plantado, el cristiano tiene una certeza: en cada una de sus horas por venir, Cristo, el Señor del tiempo, lo está esperando.

Es lo que anunciamos. Lo que compartimos.

¡Bienaventurado 2021 para todos!

Vivir la fe hoy

Al calor de todo lo que estamos viviendo y pensando debido a la legalización del aborto, comparto con ustedes este hilo de Twitter. Tenemos que seguir pensando con seriedad cómo se vive la fe en un mundo secular…

(1/4) El humanismo de la fe cristiana se aleja tanto de la sacralización de la política (como pretende el integrismo) como de su demonización (la postura gnóstica). Por eso, considera como propio el principio de la sana laicidad del estado.

(2/4) Respeta la autonomía relativa del orden secular que debe regirse por la razón autorresponsable. Por eso, no pretende que las leyes de un país se basen en la revelación, sino en una interpretación racional de la condición humana.

(3/4) La Iglesia católica busca animar con el Evangelio toda realidad del mundo, las personas y las instituciones. Solo pide libertad para predicar el amor a Dios y al prójimo; y, con ese mensaje, orientar las personas hacia el cielo. Nada más religioso ni menos político.

(4/4) Y sabe que la plenitud de la historia es don escatológico de Dios. Y si los cristianos lo perdemos de vista -como suele ocurrir- la Providencia se encarga de dejarnos a la intemperie para que aprendamos, una y otra vez, lo que significa la Esperanza que no defrauda.

Conclusión del año pastoral 2020

Homilía en la Eucaristía celebrada con el Presbiterio de la diócesis en la parroquia “Cristo Rey” el 28 de diciembre de 2020.

“José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto.” (Mt 2, 14).

Los invito a contemplar la figura evangélica de san José, tal como nos la presenta este versículo del evangelio de hoy.

Con la mirada fija en este precioso icono demos gracias al Señor por el año pastoral que estamos concluyendo.

Repito el lugar común: nada ha sido como lo habíamos programado. La pandemia alteró todo, por fuera y por dentro, el tiempo y las almas. Aceleró procesos, sustrajo de nuestras manos cosas que creíamos poseer, puso en el corazón incertidumbres, miedos y nuevas esperanzas.

Tres veces, san Mateo nos dice que el Señor le reveló su designio a José, por medio de un ángel y en sueños (cf. Mt 1, 20; 2, 13.19). Añadamos que el mismo medio ¿virtual? usó para advertirle a los magos sobre las intenciones de Herodes (cf. Mt 2, 12).

José vive la incertidumbre de todas estas situaciones en que se ve envuelto. Sus planes iban en otra dirección. Sin embargo, cuando llega el momento, de la forma más inesperada, escucha, obedece y se pone a caminar en la dirección que Dios mismo le va señalando.

Creo que, desde aquí, podemos repasar el año que estamos terminando. Como les decía, demos gracias porque la historia de José se ha repetido entre nosotros. Nosotros mismos hemos sido sus protagonistas y, en medio de nuestras comunidades, tantos y tantas que, como José, han obedecido cuando sintieron que la Palabra los alcanzaba e iluminaba su camino.

Permítanme remarcar algo más: esta obediencia a la voz del Señor la hemos vivido juntos, como Iglesia diocesana: pastores, laicos y consagrados.

No hemos afrontado solos los desafíos que nos ha ido presentando el desarrollo de la pandemia. Hemos caminado juntos, con paso vacilante a veces, con mayor seguridad en otras; pero siempre, ha prevalecido la voluntad de escuchar la voluntad de Dios sobre nuestras vidas.

Gracias, entonces, a cada uno de ustedes, queridos hermanos curas. Gracias a cada comunidad cristiana, a cada agente de pastoral, a cada responsable de la vida y misión de nuestra Iglesia.

No puede dejar de mencionar aquí a catequistas, a las Caritas y a todos los que se han puesto al hombro la esperanza de sus hermanos más vulnerables en medio de las restricciones de la pandemia.

“Así se cumplió lo que había sido anunciado por el profeta Jeremías: «En Ramá se oyó una voz, hubo lágrimas y gemidos: es Raquel, que llora a sus hijos y no quiere que la consuelen, porque ya no existen»”. (Mt 2, 17-18).

Con estas palabras, san Mateo comenta la decisión criminal de Herodes de llevar adelante el infanticidio de los santos Inocentes. Es la reacción del poder cuando se ve amenazado. El temor se convierte en voluntad deliberada de matar.

Como anotan los comentaristas, en el llanto de Raquel por sus hijos muertes, el evangelista lee el llanto de Jesús por la destrucción de Jerusalén, pero también el dolor por la muerte del Mesías que, precisamente en la ciudad santa, será finalmente alcanzado por el poder.

Nosotros no podemos dejar de mirar el hoy de tantos inocentes que mueren y de las madres que los lloran.

No pienso solo en la más que probable aprobación de la inicua ley del aborto por el Senado. El aborto es un crimen abominable. Si su penalización ha fracasado, también lo ha hecho su legalización. Basta ver las cifras de los países en los que es una práctica arraigada y legal.

Dolorosamente, la geografía del sufrimiento inocente y del llanto es -y será- siempre más grande y abrumadora de lo que podemos asumir y soportar. Solo Dios puede enjugar las lágrimas de todos los ojos que lloran. Y no cualquier Dios, sino el del pesebre, la huida a Egipto y la cruz. El Dios que hace suyo, desde dentro el sufrimiento humano.

Solo Dios puede hacerlo. Nosotros, no, por más ingeniosos y obsesivos que seamos. Ha bastado esta interminable alteración de nuestras agendas para que, cayéndose las riendas de nuestras manos, nos descubramos pobres, desnudos, necesitados de ayuda, impotentes de suceso o éxito.

Pero, en esa experiencia compartida con tantos, puede que esté también nuestra salvación. Estoy convencido de que es así.

Solo cuando bajamos a la pobreza de nuestra fragilidad podemos dejarnos salvar por Dios. Solo cuando capitulamos ante su mirada de misericordia, Él puede realmente obrar en nosotros la salvación que nos ofrece en su Hijo Jesucristo.

¡Ojalá que no perdamos este gran aprendizaje que estamos haciendo! ¡Ojalá que la nueva normalidad no sea la de nuestras viejas mañas! ¡Ojalá que nos abramos a todo lo nuevo que el Espíritu está obrando en el mundo, en la Iglesia y en nosotros!

Con este espíritu, los invito a prepararnos para vivir el 2021 que tendrá, como nota característica, la celebración de los sesenta años de nuestra Iglesia diocesana.

Hoy les he entregado la Carta Pastoral. Espero que sea de utilidad para ustedes y cada comunidad cristiana.

Solo destaco este aspecto: la celebración será austera y ha de verificarse en cada comunidad cristiana. Y, si le permiten al obispo expresar un deseo: que celebrar sea vivir con renovada creatividad nuestra esencial vocación misionera. Como Brochero. Todo un desafío.

“Sesenta años -entonces- caminando juntos con espíritu mariano, franciscano y brocheriano”.

Gracias y buen descanso para todos.

Fiesta de la Sagrada Familia 2020

Homilía en la catedral de San Francisco – Domingo 27 de diciembre de 2020

Es muy probable que el próximo martes 29 de diciembre, el Senado de la Nación termine aprobando la legalización del aborto en Argentina. Es decir, que se consagre como derecho lo que hasta ahora se considera un crimen: la eliminación deliberada del niño por nacer en el vientre de su madre.

Tanto si esto ocurre como si acontece lo de 2018 será por un estrecho margen. Sin embargo, los datos que nos vienen de la realidad no dejan lugar a dudas: la inmensa mayoría de los argentinos no aprueba el aborto. Esa proporción se eleva si se consideran las actuales circunstancias de pandemia y cuarentena.

Una minoría intensa, altamente ideologizada y muy activa, con llegada capilar a los factores de poder cultural, económico y político está detrás de esta fuerte campaña a favor del aborto.

El aborto es una bandera: el santo y seña de la libertad de decidir sobre sí mismas que el feminismo más radicalizado reclama para las mujeres.

No es solo la legítima lucha por la igualdad en dignidad y derechos civiles. Tampoco la más que legítima causa contra la violencia que sufren las mujeres. Menos aún la preocupación por la pobreza creciente en Argentina y las consecuencias que esto tiene para la salud, especialmente para los más vulnerables, particularmente para los embarazos de riesgo.

En todo esto, ya en el debate de 2018, la difícil pero también lograda escucha recíproca logró amplios consensos.

El tema sigue en la agenda porque, nos guste o no, lo reconozcamos o no, dos visiones sobre el sentido de la vida se enfrentan en una contienda de ideas, convicciones y valores que no se puede resolver con artefactos políticos de corto alcance.

Allí donde el aborto ya es ley, la causa provida no solo no se ha desvanecido, sino que, con el correr de los años, ha ido creciendo en consistencia y en número de adherentes. Todas las legislaciones proaborto están hoy siendo cuestionadas con insistencia y perseverancia. Y, en no pocos lugares, con eficacia concreta.

En lugares como Argentina en los que todavía la legislación protege al niño por nacer, la acometida de las corrientes proaborto es también perseverante e incisiva.

En síntesis, ni su aprobación ni su rechazo serán la última palabra sobre este tema que, a nadie se le oculta, es de los más importantes que pueden convocar a una sociedad: es la respuesta de fondo a la pregunta por qué tipo de sociedad estamos edificando, en torno a qué verdades y valores dirigen la arquitectura de esa construcción y qué futuro queremos para las nuevas generaciones.

Que la prioridad sea siempre salvar las “dos vidas”, porque jamás, en ninguna circunstancia, se puede eliminar deliberadamente a un niño por nacer para conseguir algún fin, por legítimo que este sea, es un principio de civilización. Sin más.

Es el límite infranqueable para toda decisión libre de las personas. Más aún: la libertad humana solo es genuina si se apega a la verdad, tal como la realidad de las cosas la expresa, no como la perciben los deseos subjetivos.

Es verdad, como nos recordaba hace poco el Papa Francisco, que el aborto es una cuestión de ética humana. Pero no es menos cierto que, en este como en otros temas humanos decisivos, la pregunta por Dios resulta inevitable y también decisiva.

Esto es así, porque la afirmación o negación de Dios condiciona desde dentro el modo cómo nos comprendemos a nosotros mismos, cómo nos paramos en la vida y cómo afrontamos nuestras decisiones libres.

Por eso, no es un dato menor que sean las religiones, especialmente las que abrevan en el Evangelio, las que, hoy por hoy, encolumnen a los vigorosos grupos provida que crecen en cada rincón de Argentina.

No lo ocultemos, pero tampoco nos lo ocultemos a nosotros mismos.

Solo el humanismo cristiano es capaz de fundar sólidamente el sentido último de la dignidad de la vida de cada ser humano que viene a este mundo.

***

Miremos el evangelio de hoy. Concentremos la mirada en ese dato sustancioso que nos da Lucas cuando culmina el entrañable relato de la presentación de Jesús en el templo y que, en su obra, es como el pivote para el relato siguiente: nuevamente en el Templo, el ahora adolescente Jesús, en diálogo sostenido con los doctores de la Ley.

Volvamos a escucharlo: “Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él.” (Lc 2, 39-40).

Dos breves anotaciones. La primera: ningún cronista serio de la época hubiera prestado atención a lo que pasaba con esta familia atípica de la Palestina del siglo I. Los ojos del poder estaban posados en otros personajes, realmente más importantes y deslumbrantes.

Solo el paso del tiempo ha ayudado a calibrar lo que significa el crecimiento de este chico judío, las dimensiones de esa sabiduría que lo colma y el alcance real de ese favor (“gracia”) de Dios que estaba con él. Vale para esta ocasión lo que decimos de tanto en tanto: “las apariencias engañan”.

Por eso, no dejemos de preguntarnos: ¿cuánto de apariencia hay en todo este debate sobre el aborto? ¿Por dónde camina la Argentina real y por dónde la que se deja seducir por la apariencia? ¿Por dónde crece lo realmente decisivo del futuro de Argentina? No nos extrañe que nuestros dirigentes políticos no acierten en responder. El problema es que el pueblo, que los ciudadanos, no lo hagamos.

La segunda: contemplemos a Jesús que crece. Lo que realmente lo fortalece, es la sabiduría, es decir, esa apertura del corazón que permite saborear lo que Dios sueña, piensa y hace en el mundo.

Jesús, como hombre, irá, poco a poco, aprendiendo a reconocer el designio de Dios. Un día, con el ímpetu del Espíritu, lo proclamará a todos, especialmente a los pobres, los pecadores. Y crece, porque “la gracia de Dios estaba con él”.

Queridos hermanos y hermanas: por aquí pasa lo fundamental para nosotros. Aquí, la apariencia desaparece para dar lugar a lo real, a lo más consistente y a lo que más garantía de futuro tiene: nuestras energías espirituales, morales y creativas tienen que estar concentradas en procurar crecimiento, vida y libertad para todos, especialmente para las nuevas generaciones.

Este es el núcleo que, desde dentro, sostiene a todas las personas y grupos verdaderamente provida.

A Jesús, María y José confiémosles, una y otra vez, la causa de la vida en Argentina. Para que el aborto no sea ley, y para que, en lo más profundo de los corazones, se afiance el valor de la vida que Jesucristo ha traído al mundo con su encarnación, nacimiento y, de forma particular, con su pascua.

Amén.

Un chico está creciendo en Nazaret

“La Voz de San Justo”, domingo 27 de diciembre de 2020

“Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él.” (Lc 2, 39-40).

Ningún cronista serio de la época hubiera prestado atención a lo que pasaba con esta familia atípica de la Palestina del siglo I. De hecho, así ocurrió: nadie, salvo algunos tan insignificantes como ellos. Los ojos del poder estaban posados en otros personajes, realmente más importantes y deslumbrantes. La agenda era otra.

Solo el paso del tiempo ha ayudado a calibrar lo que significa el crecimiento de este chico judío, las dimensiones de esa sabiduría que lo colma y el alcance real de ese favor (“gracia”) de Dios que estaba con él.

Vale para esta ocasión lo que decimos de tanto en tanto: “las apariencias engañan”.

Es bueno tomar nota de ello, porque solemos vivir de apariencias. Corremos el riesgo de fundar sobre ellas nuestras decisiones. Al respecto, este niño dirá más tarde: una casa edificada sobre arena no resiste los embates de la vida, se derrumba y su ruina llega a ser muy grande (cf. Mt 7, 26-27).

Este domingo, con este texto evangélico, la liturgia católica evoca a la sagrada Familia de Jesús, María y José. El clima de Navidad nos lleva derechito a ese hogar de Nazaret.

Uno de los grandes aprendizajes que parece que estamos haciendo en esta pandemia es el valor de esos vínculos que son realmente esenciales. Sin pretensión metafísica, hemos calificado de “esenciales” a aquellas cosas que hacen que la vida se abra paso en medio de límites y restricciones. Y una de ellas -y no entre las últimas- es la familia, el hogar, nuestra casa.

Un niño nace pobre en Belén. Apenas nacido, sus padres tienen que huir con él, pues el poder amenaza su existencia. Pasado el peligro, su familia se instala en Nazaret y, allí, crece como uno más. Al parecer, la insignificante historia de un chico más de todos los que vienen al mundo.

Realmente la apariencia engaña: ese Niño es el Emanuel, el Dios humanizado que rescatará a los hombres de la muerte. Es esperanza, vida y salvación. Es, sin más, lo real.

Este domingo, celebrando a la Sagrada Familia, los católicos argentinos vamos a confiarle a Jesús, María y José la “causa de la vida”. En medio de una pandemia que ha roto tantas cosas, hemos visto avanzar la incomprensible e insensata iniciativa del presidente Fernández de hacer aprobar la legalización del aborto. De su lado, todo el poder de la corrección política.

A propósito, es bueno preguntarse: ¿cuánto de apariencia hay en todo esto? ¿Por dónde camina la Argentina real y por dónde la que se deja seducir por la apariencia? ¿Por dónde crece lo realmente decisivo del futuro de Argentina?

Yo no lo dudo, por eso, digo: “Que no sea ley”.

Noche buena 2020

Homilía en la catedral de San Francisco, jueves 24 de diciembre de 2020

“Cuando un silencio apacible envolvía todas las cosas, y la noche había llegado a la mitad de su rápida carrera, tu Palabra omnipotente se lanzó desde el cielo, desde el trono real, como un guerrero implacable, en medio del país condenado al exterminio. Empuñando como una espada afilada tu decreto irrevocable, se detuvo y sembró la muerte por todas partes: a la vez que tocaba el cielo, avanzaba sobre la tierra.” (Sab 18, 14-16).

Con estas palabras, el sabio de Israel evoca la noche más santa del pueblo: la noche en que, de esclavos se convirtieron en un pueblo de hombres y mujeres libres. 

Libres, sí, pero con una libertad orientada hacia lo que realmente humaniza al hombre: el encuentro con Dios, en la confianza y la adoración; el amor fraterno que rehace los vínculos y sana las heridas que, desde dentro, nos vuelven quejosos y oscuros. 

Es la noche del Éxodo, en la que el ángel exterminador sembró muerte en Egipto. 

Es el evento fundante del camino de fe del pueblo que, de la mano de Moisés, emprenderá en breve su marcha por el desierto, en dirección al monte donde Dios dará su Ley bajo la forma de las diez palabras que dan vida.

A lo largo de su historia, el pueblo elegido vivió muchas noches oscuras, inciertas e intimidantes. La voz del profeta evoca, en la primera lectura, una de ellas: “El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz: sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado una luz.” (Is 9, 1). 

Siempre, en medio de la noche, la Palabra poderosa de Dios ha roto el pesado ensueño del desaliento, y ha abierto el espacio a la esperanza. 

Lo único que muere cuando Dios irrumpe con su Palabra es el miedo, la desesperanza y el desaliento. 

La Palabra mata el pecado, la muerte y el mal que deshumanizan la vida. 

La Palabra vivifica, porque está llena del Espíritu. 

La Palabra consuela y sana, vivifica y resucita. 

La Palabra de Dios, cuando se hace oír en medio de la noche y del silencio, trae consigo libertad, vida y salvación. 

***

Así contemplemos ahora el misterio del pesebre.

No terminamos de creerlo ni de aceptarlo: ese Niño recién nacido, que llora y se hace encima, es el Verbo eterno del Padre que, por la potencia del Espíritu, en medio de la noche, descendió hasta iniciar su carrera humana en el vientre de María. 

Y, ahora, también en medio de la noche, es dado a luz por esa mujer, ante la mirada atónita y firme de José, el varón justo.

Tan humano. Tan frágil. Tan pobre.

Sí. Es Dios con nosotros. 

El Dios humilde y amante (porque el amor solo puede ser humilde, manso y vulnerable). 

El Dios fuerte que no teme hacerse frágil y vulnerable. 

El Dios santo que no teme todo lo que de profano hay en la existencia humana, sino que la busca con obstinación: quiere salvarla, porque la ama. En definitiva, es su creación, su obra de amor. 

El Dios sin mancha que no tiene miedo de tocar la miseria humana, e incluso ensuciarse con ella. Así la salva y la redime.

No creemos sinceramente que Dios esté ahí.

Preferimos nuestros dioses pequeñitos y patéticos, imagen y semejanza de nuestros sueños, de nuestras vanas ilusiones, de nuestros deseos de omnipotencia. 

Nosotros los creamos, les damos poder y nos dejamos intimidar por su fatuo fulgor y, así, anulados y alienados, nos doblegamos ante ellos, les damos nuestra libertad y ellos nos esclavizan y atontan. Miremos, si no, a los diosecillos de las religiones seculares: líderes populistas, fugaces mitos del deporte o del espectáculo…

Pero Dios, el verdadero y más real, está ahí, durmiendo en el pesebre, como un día estará agonizando en la cruz o yaciendo en la fría tumba que hoy está vacía. Ahí está Dios. No el que nosotros imaginamos, sino El que es, el único, el Dios amor, misericordia y compasión. 

Hermanos y hermanas: en medio de esta noche oscura que hoy envuelve a toda la humanidad, en la que las tantas miserias de los hombres han salido a la luz, volvamos la mirada hacia el pesebre. 

Seamos como los chicos que no pueden dejar de mirar, asombrados y sedientos de saber, esa Realidad maravillosa que llamamos Navidad, la Encarnación, el Niño Dios, Jesús, el Salvador.

Dejemos que nos abrace con sus manitas. Que acaricie nuestros corazones heridos. Que, con su llanto, nos hable del amor apasionado de Dios por nosotros. Que su apacible sueño nos restituya la confianza… en nosotros mismos, en los hermanos, en la vida, en Dios. 

Que su cercanía nos anime a restablecer la fraternidad, especialmente si alguna disputa la haya herido o incluso si está rota por nuestra insensatez. Ese Niño es el Primogénito entre muchos hermanos…

No sabemos cuánto más se extenderá esta noche sobre el mundo. Sabemos sí, con la certeza serena de la fe, que ese Niño que María recuesta sobre le pesebre, anunciado por el profeta en medio de la noche, es nuestra paz y nuestra luz. Es Dios con nosotros. Saber eso nos basta. 

Que María, José y el Niño Jesús hagan Navidad en nuestra diócesis, en nuestra Argentina… en tu corazón y en el de tu familia.

Amén. 

Navidad y la ventanita de Tabaré Vázquez

“La Voz de San Justo”, domingo 20 de diciembre de 2020

“María dijo al Ángel: «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?». El Ángel le respondió: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. […] María dijo entonces: «Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho». Y el Ángel se alejó.” (Lc 1, 34-38).

“A veces creo que hay Dios, a veces creo que no hay Dios. Que somos una ventanita que se abre a la vida y salimos al escenario. Pero muchas veces quiero, desearía, que hubiera un Dios. Pero hasta ahí puedo llegar”.

Son palabras del expresidente de Uruguay, Tabaré Vázquez, poco antes de morir. Como hombre de fe, se las agradezco sinceramente. Me ha hecho mucho bien leerlas y rumiarlas. He vuelto a pensar en ellas leyendo el evangelio de este último domingo de Adviento: la anunciación a María (cf. Lc 1, 26-38).

Entre creyentes y no creyentes hay, no obstante todo, puntos de contacto. Al menos, uno. En palabras del joven Ratzinger: aquel “quizás sea cierto” que, para unos, es nostalgia de una presencia (como para Tabaré); y, para otros (como para quien esto escribe), sospecha de un abismo que atrae y da vértigo.

La Navidad que tenemos por delante nos ofrece, una vez más, la experiencia cristiana en su más pura expresión: la nostalgia no queda defraudada y el deseo, sin extinguirse, siente que la plenitud es don gratuito y salvador.

Pero también, la experiencia del abismo se hace más intensa. El Niño que, según el relato evangélico, María concibe cuando la alcanza la sombra protectora del Espíritu, es precisamente el que ha dado el paso más atrevido: Dios se ha abajado, se ha hecho hombre, asumiendo la figura de un servidor.

Dios: uno de nosotros, tan débil, frágil y vulnerable. Como cada uno de nosotros.

El Dios amor es -como siempre lo es el amor verdadero- el Dios humilde que se ofrece, sin imponerse ni abrumar. Todo lo contrario: su fragilidad lo expone a la libertad que puede arrodillarse (como los pastores y los magos) o intentar imponerse con furia.

La Navidad está a las puertas. Es la Navidad bajo “distanciamiento social obligatorio”. Pero es Navidad: Dios colma cualquier distancia, se dispone a nacer allí donde le dan albergue. También en el alma de cada uno de nosotros.

Usando la imagen de Tabaré: Él ha abierto una ventanita y ha entrado en escena… pero para no dejarla nunca más.