Iglesia y política: el desafío de construir cultura democrática

Muchos católicos se encuentran desconcertados, o incluso enojados, por gestos recientes de algunos sectores de la Iglesia.

Interpretan que se viene dando una indebida identificación entre la Iglesia y una determinada expresión de la vida política argentina: el peronismo, hoy en la oposición.

Pienso que es una lectura parcial y, por eso, no muy justa. Ese malestar, si embargo, es comprensible y atendible.

Por eso, a esos católicos desconcertados me gustaría decirles: no se sientan culpables si no están de acuerdo con algunos gestos, palabras o decisiones de sus hermanos en la fe, incluso si son sus pastores, en una materia tan importante, compleja y contingente como lo político-social.

Por supuesto, siempre hay que verificar si y en qué medida las propias percepciones tienen fundamento o no. Y estar más dispuestos a exculpar que a inculpar.

Por otra parte, la unanimidad de la fe católica en otros temas (la objetiva malicia moral del aborto, por ejemplo), aquí no se da.

Eso significa que existe una amplia libertad de acción, especialmente valiosa para la vocación y misión de los laicos.

En este punto, y huyendo de toda forma de clericalismo, los pastores tenemos que ser muy celosos en promover la libertad de acción que es propia de los laicos.

Como enseña el Papa Francisco, estamos “llamados a formar las conciencias, pero no a pretender sustituirlas” (AL 37).

Esto que vale para la moral matrimonial resulta especialmente significativo para la vida social, económica y política: el discernimiento es el camino de los discípulos de Cristo.

Y esto implica también que los católicos podamos expresarnos libremente, especialmente sobre aquellos asuntos que son materia opinable, en los que discrepamos y que pueden ser enriquecidos con diversidad de opiniones.

Semejante diálogo y discernimiento eclesiales nos precaverá del peligro siempre latente – en el que, por desgracia, en ocasiones hemos caído – de pretender ungir con la mística religiosa del Evangelio alguna determinada expresión política.

Hoy, en la Argentina, ninguna expresión política partidaria puede reclamar para sí la franquicia de la doctrina social de la Iglesia. Y, lo más seguro, es que eso no se dé nunca. Lo cual es, por otra parte, muy bueno. Cuando la política y la religión se mezclan indebidamente, todos perdemos. Necesitamos estar atentos.

En su momento lo señaló Benedicto XVI a los católicos alemanes: aunque dramáticos, los procesos de secularización han solido dejar una Iglesia más pobre, con menos poder mundano, pero también más libre y fiel al Evangelio.

No tenemos otro camino que fatigarnos en el discernimiento para iluminar nuestra conciencia y tomar, de vez en vez, las decisiones concretas que hagan posible edificar el orden político más justo posible, aquí y ahora. Y abiertos a las nuevas realidades que nos desafían.

Esto ha sido siempre valioso. Lo es mucho más en una sociedad como la argentina que vive procesos legítimos de secularización y de pluralidad política e ideológica.

En este contexto, la palabra y los gestos de la Iglesia, especialmente de sus pastores, deben ser cuidados al extremo.

Seguimos siendo un formidable actor de la vida política argentina.

Esto conlleva riesgos y una grave responsabilidad, entre otras, cuidar la cultura democrática que nuestro pueblo ha elegido y, aún a los ponchazos, viene sosteniendo desde hace más de treinta años. Pensemos en lo que hoy está significando caer en la cuenta de la hondura de la corrupción y la incertidumbre de si estamos o no dispuestos a decir un “nunca más” a este flagelo.

Asimilar dicha cultura, sus reglas de juego, sus tiempos y, sobre todo, el gris aburrido de sus procesos irremediablemente imperfectos reclama una infinita paciencia ciudadana.

Es también un formidable desafío para los católicos argentinos, nuestras comunidades eclesiales y para quienes somos sus pastores.

Vidas que inspiran

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“La Voz de San Justo”, domingo 21 de octubre de 2018

“Ustedes saben que aquéllos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud” (Mc 10,42-45).

Son palabras de Jesús. Las volvemos a oír este domingo. ¡Ojalá las escuchemos realmente!

Son palabras que inspiran y motivan, pero también juzgan: sacan a la luz la miseria e insustancialidad de tantas caretas. Mucho más cuando se comprueba que no son mera declaración. El que las pronuncia ha vivido así.

Uno de los riesgos más fuertes que corremos los que desempeñamos algún rol de dirigentes es el desconectarnos de la vida real de las personas. Para un cura, por ejemplo, eso es fatal, pues nuestra misión es sembrar de Evangelio la vida concreta de las personas reales. Ni más ni menos.

Creo además que muchos nos llevan la delantera. Hombres y mujeres sencillos, silenciosos y hasta ninguneados, pero que, en el día a día de la vida, cargan sobre sí la vida de otros, especialmente de los más vulnerables.

Sean o no creyentes, han dejado entrar en sus vidas la fuerza de estas palabras de Jesús: “el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos” (Mc 10,43-44).

Este domingo te invito a escuchar estas palabras de Jesús. Te invito también a abrir tus ojos.

Es posible que, a la vuelta de la esquina o en quien menos pensabas, estas palabras sean también algo más que palabras.

Es posible que sean vida real, compromiso cotidiano y esperanza compartida.

Hay vidas que inspiran, tanto o más que las palabras.

Y, verlo con los propios ojos, en los tiempos que corren, hace mucho bien.

A propósito: ¿no viven así las madres? Feliz día a todas las mamás.

La Iglesia, los jóvenes y Jesús

“Jesus lo miró con amor…se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes” (Mc 10,21.22)

Desde Roma nos llegan noticias esperanzadoras. El Sínodo de obispos, convocado por el Papa Francisco, parece ir por buen camino. Más de doscientos participantes de todo el mundo están reflexionando sobre “los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”.

El Papa ha pedido para los plenario que, después de cinco intervenciones (que no deben superar los cuatro minutos), se hagan tres minutos de silencio.

La idea es realmente escuchar. Y a fondo. Se trata de comprender las inquietudes que los jóvenes tienen dentro. Pero también los interrogantes que tenemos los adultos que intentamos acompañarlos en el camino de la vida. Más aún: se busca reconocer, en ello, la voz de Dios y los movimientos de su Espíritu.

Los informes que cada día se van haciendo públicos dan cuenta de una franqueza muy grande a la hora de hablar, escuchar y tratar de entender qué pasa.

El evangelio de este domingo (Mc 10,17-30) nos ofrece algunas pistas interesantes para poder apreciar esta dinámica del Sínodo.

Después de exponerle a Jesús la inquietud que lo carcome por dentro (“Maestro bueno, ¿qué debo hacer para alcanzar la Vida eterna?”) y su fidelidad a la ley de Dios, un hombre es sorprendido por Jesús: “Solo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme” (Mt 10,21).

Es verdad que el texto añade que aquel hombre se fue triste “porque poseía muchos bienes” (Mc 10,22). Pero hay un detalle que merece atención. Antes de formularle su inquietante propuesta, nos dice el evangelio, que Jesús “lo miró con amor”. En realidad, la expresión es mucho más fuerte e incisiva. Da a entender esa notable capacidad de mirar dentro del corazón del hombre que es tan propia de Jesús.

Supo así comprender lo que inquietaba a aquel hombre, y adivinó que, no obstante su vida recta, había una carencia de fondo que tenía que salir a la luz. De ahí, la invitación que, aún hoy y a nosotros, nos desconcierta.

Jesús no deja indiferente a nadie. Quien comienza a advertir su misterio se ve llevado inexorablemente a revisar su vida y lo que está haciendo con ella. Quedan puestas en tela de juicio las prioridades y opciones. Emerge así la pretensión más intimidante de Jesús: ser el único que puede darle sentido a la vida. Él posee el secreto de una vida que sea realmente perdurable.

El siempre fascinante diálogo entre la Iglesia y las nuevas generaciones tiene un momento de verdad, más allá del cual no hay nada: todos delante de Jesús y su Evangelio, desnudos de pretensiones, abiertos al soplo de su Espíritu y desafiados a poner en crisis nuestras búsquedas y proyectos.

No se trata de que la Iglesia se convierta a los jóvenes, ni los jóvenes a la Iglesia. La única conversión que vale es a Jesús y al Reino que Él anuncia y realiza.

Todos bajo la mirada de Jesús.

Jesús y lo imposible

El evangelio de este domingo (Mc 10,2-16) me ha hecho recordar la película de J. A. Bayona: “Lo imposible”. Basada en un hecho real, relata la suerte de una familia golpeada por el tsunami del 26 de diciembre de 2004 en el sudeste asiático, con más de cien mil víctimas.

En medio de esa devastación, lo imposible: los cinco miembros de una familia separada por la vorágine de las aguas se reencuentran. La escena que lo secuencia es intensa y conmueve profundamente.

77584Sin embargo, la memoria me evocó otra escena: Lucas, el hijo mayor, ha logrado hacer que su mamá herida llegue al hospital. Pero, en medio de esa situación extrema, el chico parece sobreponerse, al menos por un momento, a su propio dolor. Empieza a recorrer el lugar para que otros, igualmente perdidos y desesperados, puedan reencontrarse.

¿Por qué la memoria me ha hecho esta jugada? No lo sé bien. Creo que, al escuchar a Jesús hablar con tanta frescura del proyecto original del Creador sobre el amor humano, las escenas de “Lo imposible” le han dado plasticidad y forma al mensaje evangélico.

Esa es la potencia del amor. Ese es el sentido profundo de la atracción del hombre y la mujer. Esa es la vocación del cuerpo, la sexualidad y la libertad. Esa es, simplemente, la verdad de la humanidad, más allá de todas nuestras diferencias y fragilidades.

El relato evangélico es una perla preciosa. De las pocas veces que Jesús aborda el tema de la sexualidad. Frente a la mirada de corto alcance de sus contrincantes, Jesús no necesita decir mucho para restablecer el sentido originario del proyecto del Creador: “Pero desde el principio de la creación, «Dios los hizo varón y mujer». «Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre, y los dos no serán sino una sola carne». De manera que ya no son dos, «sino una sola carne». Que el hombre no separe lo que Dios ha unido.” (Mc 10,6-8 citando Gn 2,24-25).

Parece imposible que la fragilidad del ser humano pueda hacerse cargo del proyecto de Dios sobre el amor. No es una dificultad solo de hoy. En el amor y la sexualidad se juegan cosas fundamentales. Son tan esenciales como frágiles. Siempre estarán amenazadas por diversas formas de deshumanización.

La clave está en la explicación que Jesús les da a sus discípulos, tan desorientados como los fariseos: “Les aseguro que el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él” (Mc 10,15).

lo-imposible--644x362La figura del niño, en labios de Jesús, evoca la experiencia religiosa original: la vida se debe recibir y vivir como don gratuito, libre y gozoso de Dios. Es Él quien restaña nuestras heridas y hace posible lo imposible: el amor como don de nosotros mismos.

Los sueños de Francisco

243192258be91aa6c47201c7d54510d4Homilía del Obispo Sergio Buenanueva en la Fiesta Patronal en honor de San Francisco de Asís – 4 de octubre de 2018

“… sabemos que nuestros jóvenes serán capaces de profecía y de visión en la medida que nosotros, ya mayores o ancianos, seamos capaces de soñar y así contagiar y compartir esos sueños y esperanzas que anidan en el corazón”.

Son palabras del Santo Padre Francisco pronunciadas ayer, al inaugurar el Sínodo sobre los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional.

Hoy, orando por el Papa, rezamos también por esta XV Asamblea del Sínodo de los obispos.

Les confieso que me alegró mucho escuchar esa invitación a soñar que el Papa dirige a toda la Iglesia.

Desde hace algunos días, y pensando en esta Fiesta Patronal, venía cavilando en hablarles precisamente de algunos sueños de Francisco de Asís, nuestro patrono.

Es bueno que nos preguntemos: ¿Qué sueños tenemos? ¿Los sueños de nuestra niñez y juventud han madurado con nosotros? ¿Siguen alimentando nuestra vida o también se han devaluado? O, peor aún, ¿se han vuelto insípidos, pedestres, rutinarios?

Los sueños de nuestros mayores son la raíz de lo que es hoy San Francisco. Sueños de horizonte infinito como la “pampa gringa”, siempre amenazados por diversas formas de estrechez y exclusión.

Sueños y esperanzas crecen juntos. Y, si crecen, nos hacen madurar. La fe es la capacidad de soñar con los ojos de Dios, tal como Él mira la vida (la tuya, la mía, la de toda la humanidad, la de los pobres).

La fe cristiana en Dios, en su providencia y misericordia está en el ADN de nuestra ciudad. Sigue viva, abriendo horizontes y purificando nuestra mirada de toda forma de ceguera.

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Los evangelios nos narran los sueños de Dios, tal y como pasan por el corazón, los labios, las manos y la pasión de Jesús. Acabamos de escucharlo: “Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11,27).

Ese sueño de Dios conquistó y purificó los sueños del joven Francisco Bernardone.

Su alma inquieta y sensible de juglar soñaba con el reconocimiento, la gloria y el aplauso del mundo. Se soñó caballero y, así, marchó a la guerra. Sabemos bien lo que pasó: derrotado el ejército de Asís, el joven soñador terminó en una húmeda celda, enfermo en el cuerpo y herido en su alma. Y, por esa herida, comenzaron a colarse los sueños de Cristo.

Así, apaleado por la vida, comenzó a orar con una profundidad hasta entonces desconocida. Su verdadera conversión estaba en marcha. Eso sí, alternaba sus oraciones con fiestas juveniles, de las que era el alma. Una juventud bulliciosa lo seguía con agrado, aunque empezaba a preguntarse qué amor lo había conquistado. Porque esa era la impresión que daba: estaba enamorándose. ¡Y era verdad!

En eso andaba, cuando un día escuchó una voz que le decía: “Francisco, si deseas saber mi voluntad, tendrás que despreciar y aborrecer todo cuanto has amado y ambicionado hasta ahora. Pruébalo, y lo que ahora te parece suave y agradable se volverá insoportable y amargo, y lo que antes te horrorizaba se te volverá dulzura grande y suavidad inmensa”.

leprosComo suele ocurrir en ocasiones similares, al principio no supo bien qué hacer. Pronto le llegó la luz de la mano de un leproso que salió a su encuentro. Dejemos que él mismo nos lo cuente: “El Señor me dio de esta manera a mí, hermano Francisco, la gracia de comenzar a hacer penitencia: Cuando estaba todavía en pecados, me parecía extremadamente amargo ver leprosos; pero el Señor mismo me condujo en medio de ellos, y practiqué con ellos la misericordia. Y, al separarme de ellos, lo que me parecía amargo se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo; y después esperé un poco y dije adiós al mundo que había vivido hasta entonces”.

Solo me permito subrayar esto: el encuentro con este hermano herido en su humanidad ha sido, para Francisco, una gracia de conversión. Le ha indicado hacia dónde debía empezar a caminar. Así lo estaba esperando Cristo.

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Ahora, otro sueño: Francisco soñó con viajar a tierra de musulmanes, predicar el Evangelio y conquistar para Cristo esos pueblos.

Le costó concretarlo. Fracasó muchas veces, dejando su corazón apesadumbrado: ¿Qué quiere realmente Dios de mí? ¿No me habré engañado? Pero, la Providencia le tenía preparada la ocasión… y mucho más.

Como suele ocurrir: un sueño se concreta, no en la dirección esperada, sino que, moldeado por la realidad, abre nuevas e insospechadas perspectivas para la vida.

Es que nuestros sueños y esperanzas tienen que ser evangelizados por los sueños de nuestro Dios. Aquí también sirve aquella advertencia: “…los pensamientos de ustedes no son los míos, ni los caminos de ustedes son mis caminos” (Is 55,8).

Francisco y once compañeros partieron hacia Tierra Santa. Se fueron dispersando por el camino. El quedó solo con el hermano Iluminado. Sus sueños misioneros quedaron atrapados por la vorágine de crueldad, sangre y destrucción de la quinta Cruzada.

Los hermanos fueron así testigos de que un declamado amor a Cristo era capaz de corromperse en formas inhumanas de violencia y muerte. Dura prueba para los sueños de pureza evangélica del noble Francisco.

Con los debidos permisos, los hermanos pudieron ir al encuentro del Sultán. El sueño parecía al alcance de la mano.

Puestos ya ante la presencia del Sultán Melek-el-Kamel, y ante su pregunta si querían hacerse musulmanes, un decidido Francisco le respondió: “No nos manda nadie, ni queremos ser de los vuestros. Somos embajadores de nuestro Señor Jesucristo, y traemos de su parte este mensaje para ti y tu pueblo: que creáis en el Evangelio…”

El Sultán lo escuchaba asombrado. Lentamente le fue conquistando el corazón. No se hizo cristiano, pero ambos saldaron un sólido vínculo de estima recíproca. Al punto tal, que el Sultán dio órdenes para que los hermanos pudieran circular libremente por sus dominios y visitar, sin pagar impuesto, los lugares santos cristianos.

La presencia de los franciscanos hoy en Tierra Santa tiene aquí su origen. Francisco se cruzó con el sueño de Dios, y supo reconocerlo y hacerle espacio en su vida, al punto de hacerlo realmente suyo.

De vuelta en Europa, Francisco no podía dejar de rumiar esta experiencia y cómo sus sueños habían tomado la forma que la Providencia tenía pensado. Por eso, así describió la misión de quienes partieran a tierras musulmanas: “Y los hermanos que van, pueden conducirse espiritualmente entre ellos de dos modos. Un modo consiste en que no entablen litigios ni contiendas, sino que estén sometidos a toda humana criatura por Dios (1 Pe 2,13) y confiesen que son cristianos. El otro modo consiste en que, cuando vean que agrada al Señor, anuncien la palabra de Dios, para que crean en Dios omnipotente, Padre e Hijo y Espíritu Santo, creador de todas las cosas, y en el Hijo, redentor y salvador, y para que se bauticen y hagan cristianos, porque el que no vuelva a nacer del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios (cf. Jn 3,5)” (Regla no bulada, XVI).

¡Claro que Francisco quiere que todos conozcan el Rostro del Dios amor que le había conquistado el corazón! Pero ha llegado a comprender que el sueño de Dios para esta humanidad lacerada por el odio es que los enemigos se den la mano en señal de reconciliación. Porque Él es el Dios de la amistad, del perdón y del encuentro. Hace fiesta cuando recupera al hijo perdido y pacifica el corazón agrio del hermano resentido.

El sueño de Dios son hombres y mujeres – como Francisco y Clara – pacificados en su corazón y que, desde esa fuente de paz, pacifiquen el mundo. Mucho más, cuando la convivencia humana se ve envenenada por el odio, el resentimiento y las diversas formas de injusticia que nos deshumanizan.

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Queridos amigos y hermanos:

La Misión Ciudad ha dado pasos muy valiosos este año: nos hemos acercado a los espacios públicos donde están las personas. ¡Gracias a todos los que se han empeñado en esta Misión durante estos días! ¡Gracias también a las instituciones que nos han abierto las puertas!

Ya que la Providencia nos ha hecho el regalo de que nuestra querida ciudad lleve el nombre del Pobrecillo de Asís, ¿no podríamos soñar juntos una convivencia más vivificada por los sueños de Francisco de libertad, pobreza y fraternidad? ¿No tendríamos que ser nosotros, como comunidad eclesial, los primeros en vivirlos más intensamente? ¿Cómo ha de seguir la Misión Ciudad? ¿Qué nuevos gestos misioneros hemos de dar? Este trabajo mancomunado de las siete parroquias de la ciudad ¿no nos está reclamando profundizar los caminos de la pastoral urbana que iniciamos hace algunos años? La Iglesia es comunión en tensión misionera. ¿Cómo se han de seguir sumándose los colegios católicos, los movimientos y demás espacios eclesiales? ¿No tiene que seguir creciendo el rostro laical y joven de esta Misión Ciudad? ¿No tenemos que pensar que los nuevos desafíos están reclamando también nuevas respuestas creativas?

Soñemos entonces. Y no tengamos miedo. Los sueños de Dios se van a entrecruzar con los nuestros y nos van abrir nuevos horizontes.

Pongamos nuestros sueños en las manos de Francisco y en el corazón de la Virgencita.

Así sea.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Francisco, hermano: Paz y Bien

243192258be91aa6c47201c7d54510d4“La Voz de San Justo”, domingo 30 de septiembre de 2018

“Y los hermanos que van, pueden conducirse espiritualmente entre ellos de dos modos. Un modo consiste en que no entablen litigios ni contiendas, sino que estén sometidos a toda humana criatura por Dios (1 Pe 2,13) y confiesen que son cristianos. El otro modo consiste en que, cuando vean que agrada al Señor, anuncien la palabra de Dios, para que crean en Dios omnipotente, Padre e Hijo y Espíritu Santo, creador de todas las cosas, y en el Hijo, redentor y salvador, y para que se bauticen y hagan cristianos, porque el que no vuelva a nacer del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios (cf. Jn 3,5)” (Regla no bulada, XVI).

Estas eran las consignas de Francisco de Asís a sus hermanos que se aprestaban a viajar a tierra de musulmanes. Todavía hoy, los hermanos franciscanos, custodian los lugares santos. Y continúan obedeciendo los consejos del Hermano Francisco: no ser fuente de conflictos y predicar “cuando vean que agrada al Señor”.

Comprendámoslo bien: no se trata de estrategias políticas, ni argucias para conseguir, a la larga, inconfesados objetivos de poder. Tampoco se trata de pusilanimidad, como suelen acusar los talibanes de todos los tiempos a los que optan por la no violencia. Todo lo contrario. Es el evangelio que nace del corazón manso y paciente de Jesús. Es la mansedumbre del Dios humilde de Belén y de la Cruz.

A Dios le agrada que su Nombre sea conocido por todos. ¡Cómo no! Si es la primera petición del Padre nuestro: que su Nombre de Padre misericordioso sea conocido y alabado, especialmente por los pobres. Le agrada, por encima de todo, que su Espíritu renueve la creación y dé vida a nueva humanidad, en la que los enemigos se den la mano en señal de reconciliación. Es el Dios de la amistad, del perdón y del encuentro. Hace fiesta cuando recupera al hijo perdido y pacifica el corazón agrio del hermano resentido.

Jesús salió al encuentro de Francisco. Conquistó su corazón noble, sensible y apasionado. Y así, toda vez que se multiplicaron palabras de odio, Francisco supo decir palabras buenas, portadoras de paz para una sociedad violenta, injusta y herida. Por eso, sigue siendo tremendamente actual. Necesitamos su paciente mansedumbre y su alegre confianza en la bondad de Dios y de todas las creaturas.

Francisco, hermano, este cuatro de octubre, al celebrar tu memoria, queremos contagiarnos de tu alegre mansedumbre. Y cantar con vos: “Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sostiene y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas. Alabado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor, y sufren enfermedad y tribulación; bienaventurados los que las sufran en paz, porque de ti, Altísimo, coronados serán”.

Paz y Bien para todos.

 

Cosas que nos hacen bien

“La Voz de San Justo”, domingo 23 de septiembre de 2018

“Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: «El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado»” (Mc 9,36-37).

Con estas palabras y ese gesto, cierra Jesús una disputa entre sus discípulos: habían estado discutiendo quien de ellos era el más importante. Una disputa de poder. Obviamente, no estaban entendiendo nada de la propuesta de Jesús.

Aclaremos: Jesús no tiene una idea romántica de la niñez. Si se identifica con los niños es por otra razón: Dios está siempre del lado de los más vulnerables. Esta es la perspectiva desde la que Dios, su Padre, mira el mundo: desde el lugar de los últimos, con los ojos de los más pequeños, débiles e indefensos. Y, desde aquí, enseña a sus discípulos a posicionarse en la vida: “El que quiera ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9,35).

Escribo estas líneas mientras acompaño a las monjas del Monasterio “Abba-Padre” en sus ejercicios espirituales. Se trata de una de las nuevas formas de vida contemplativa que vienen surgiendo en la Iglesia en estas últimas décadas. El Espíritu nunca descansa. El Evangelio siempre suscita novedad. En este caso, una comunidad de mujeres orantes que busca hacer espacio, en medio de nuestro mundo y sus disputas de poder, a los sentimientos de Jesús.

La oración personal y la liturgia celebrada con sencillez y belleza, acompañada de vida fraterna, trabajo manual, estudio y hospitalidad generosa. Todo esto se resume en la palabra sagrada que da identidad a esta Fraternidad monástica: “Abba-Padre” (en realidad, es la forma coloquial como un niño hebreo llama a su padre: ¡Papá!). El Nuevo Testamento la toma de los labios de Jesús para que se transforme en plegaria y, por eso, en forma de vida. Se vive como se ora, y se ora como se vive: Delante de Dios, como hijos amados y libres. Delante de los demás, como hermanos. La vida, como un don que se recibe y se entrega en el servicio desinteresado.

Nos hace bien saber que, en medio de nuestras sierras cordobesas, una comunidad de mujeres busque vivir estos valores del Evangelio. Esa es su vocación. Esa es también su misión: ser evocación visible de lo esencial de la vida.

Nos hace bien, de tanto en tanto, darnos por allí una vuelta… o por los otros monasterios (femeninos o masculinos) que dibujan la geografía del Espíritu en nuestra tierra. Es mi experiencia, que no puedo dejar de compartir.

Al menos a mí, el estar aquí me ha permitido apreciar con ojos nuevos las palabras y el gesto de Jesús: «El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado» (Mc 9,37).

Por Jesús y el Evangelio

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“El que quiera seguirme…”

Viajemos en el tiempo. Lo podemos hacer con nuestra imaginación. Como cuando éramos chicos.

Vayamos a Roma. Más o menos, en los años 64 a 65. La ciudad acaba de sufrir uno de sus tantos incendios. Aún con varios de sus barrios afectados, sigue siendo “caput mundi”, la cabeza del mundo entonces conocido. Cosmopolita, orgullosa y deslumbrante, alberga más de un millón de habitantes.

En algún rincón de esa inmensa ciudad, imaginemos ahora un pequeño grupo de personas, reunidos en una casa de familia. Se entremezclan esclavos, pobres viudas, niños entredormidos, simples trabajadores con algunos miembros de familias patricias. El clima es extraño: una mezcla de miedo, unción y expectativa.

Esos hombres y mujeres han visto, por esos días, un espectáculo terrible: algunos de los suyos han sido ajusticiados públicamente. Lo cuenta el historiador Tácito: “Todo tipo de mofas se unieron a sus ejecuciones. Cubiertos con pellejos de bestias, fueron despedazados por perros y perecieron, o fueron crucificados, o condenados a la hoguera y quemados para servir de iluminación nocturna, cuando el día hubiera acabado”.

Imaginamos lo que sacude los corazones: ¿De dónde ese odio hacia nosotros? No tardan en abrirse paso las preguntas más incisivas: ¿No nos habremos equivocado? Somos discípulos de Jesús: ¿No es todo esto un engaño? ¿A qué o a quién le hemos entregado la vida? ¿Vale la pena correr estos riesgos?

A las manos de esta pequeña y asustada comunidad, sin embargo, ha llegado un breve escrito. Se rumorea que es de un tal Marcos, discípulo de Pedro. Este último, ha sido uno de los ajusticiados. Días después le ha tocado el turno a otro notable: Pablo de Tarso.

Da inicio la lectura: “Comienzo del Evangelio de Jesús, Mesías, Hijo de Dios” (Mc 1,1). Es difícil asimilar que se trata de una noticia buena de salvación (eso significa la palabra “evangelio”). Pero tampoco se puede negar que, a medida que avanza la lectura, hechos y palabras escritos despiertan esperanza.

Promediando la narración, una escena que sacude, se cruzan las miradas y da lugar a un silencio que no deja ya lugar a dudas. Comienza a hacerse luz en los corazones. Dos preguntas marcan el ritmo: “¿Quién dice la gente que soy yo?… Y ustedes, ¿quién dicen que soy Yo?” (Mc 8,27.29). El texto contiene la respuesta de Pedro: “Tú eres el Mesías” (Mc 8,29).

Aquí, la lectura tiene que interrumpirse. El lector comprende que sus oyentes están haciendo suya la confesión de fe de Pedro. Se está volviendo la confesión de fe de todos los que han oído, de todos los que creen y esperan en Jesús, el Cristo. Ha tocado la vida. Se ha convertido en “evangelio”.

Lo que sigue, es más luz todavía: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?” (Mc 8,34-37).

De eso se trata. Ahí está la respuesta: por Jesús y su Evangelio.

Efatá – Ábrete

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“La Voz de San Justo”, domingo 9 de septiembre de 2018

“Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y dijo: «Efatá», que significa: «Ábrete»” (Mc 7,34).

El hombre vivía en el silencio. No podía ni oír ni hablar. Ha encontrado una mano amiga que lo lleva junto a Jesús. Y Jesús cumple con él, uno de sus gestos sanadores más humanos: lo lleva aparte y toca con sus manos los oídos y la lengua. Solo pronuncia una palabra: “Efatá-Ábrete”, mientras suspira al cielo.

La sencillez destaca la alta calidad humana del encuentro: frente a frente, Jesús y este hombre silencioso cuyo nombre no conocemos, porque tal vez somos cada uno de nosotros.

La liturgia de la Iglesia ha incorporado este gesto al rito del bautismo, por el que nos hacemos parte de la familia de Jesús. Con él concluye la liturgia bautismal. También el sacerdote tiene que tocar los oídos y la boca del recién bautizado, mientras dice: “El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos te permita, muy pronto, escuchar su palabra y profesar la fe para la gloria y alabanza de Dios Padre”.

Es una hermosa imagen de lo que significa ser discípulo de Cristo: alguien que está siempre a la escucha, porque siempre le está llegando la Palabra. Pero también, alguien que no debe apropiarse de esa palabra, sino que debe entregarla con generosidad a otros. Es evangelio: buena y gozosa noticia para compartir.

Es también una indicación de por dónde debe pasar el desvelo fundamental de la Iglesia que guarda la memoria de Jesús: acercar a los hombres al único que, con la potencia de su Espíritu, puede abrir los oídos y desatar la lengua.

Es más: la misma Iglesia tiene que reconocerse en ese hombre impedido de escuchar y de hablar. Y debe unirse al suspiro de Jesús que invoca del cielo el don de la libertad. Porque también la comunidad eclesial – y no en último lugar sus pastores – está amenazada de sordera.

De tanto en tanto, la misma Iglesia necesita ser llevada a parte por Jesús para ser curada de tantas formas de sordera o mudez. ¿No nos pasa, por ejemplo, que de tanto oírnos a nosotros mismos, terminamos confundiendo nuestros proyectos con los de Dios?

El gran aprendizaje del discípulo – y de la misma Iglesia – es siempre el mismo: aprender a escuchar la Voz de su Señor.

Creo que así hay que vivir los tiempos difíciles que nos toca atravesar.

Hablemos de Educación Pública

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Acabo de tuitear sobre Educación. Aquí los Tuits.

  1. ¿Y si hablamos un poco #EducacionPublica? Los centros educativos de gestión privada son parte de ella. Repasemos algunas cosas que dice la Iglesia al respecto. Me baso en el Compendio de la Doctrina Social 238-243. Aquí el link: http://www.vatican.va/roman_curia/pontifical_councils/justpeace/documents/rc_pc_justpeace_doc_20060526_compendio-dott-soc_sp.html#La%20tarea%20educativa …

  2. Todo ser humano tiene el derecho fundamental a una educación integral como desarrollo de la propia persona, según un proyecto de vida.

  3. El hogar es la primera escuela. Los padres, los primeros educadores: dar la vida y educar son dos caras de la misma moneda.

  4. El derecho-deber de los padres a la educación de sus hijos es esencial, originario y primario, insustituible e inalienable.

  5. El rol del estado es clave y fundamental, pero siempre subsidiario: no puede sustituir, ni reemplazar, ni usurpar la misión educativa de los padres. Está a su servicio con decididas políticas públicas. También con presupuesto suficiente.

  6. Este rol insustituible de la familia y de los padres vale, de manera especial, para la educación espiritual y moral de los hijos, es decir: los valores que dan sentido a la propia vida.

  7. Los padres son los primeros educadores de sus hijos. Pero no los únicos: la sociedad civil, el estado y también la Iglesia los ayudan, pero siempre bajo su supervisión atenta.

  8. De ahí que los vínculos entre la casa y la escuela, las familias y los educadores sean fundamentales. De ahí también que cualquier ruptura entre ellos sea funesta para todos.

  9. Este derecho-deber de los padres de educar a sus hijos y de darles orientación espiritual según sus valores es el fundamento sólido de haya centros educativos públicos de gestión privada.

  10. Los padres tienen, por tanto, el derecho de fundar y sostener instituciones educativas. El estado tiene el deber de cuidar y hacer efectiva esa libertad. También con aportes económicos adecuados y suficientes.

  11. Todo esto es particularmente importante para la educación sexual integral. El estado debe ser escrupulosamente respetuoso de los valores humanos, espirituales y éticos de los padres en este campo.

  12. En esta materia (educación y educación sexual), el respeto por el Ideario de las instituciones educativas públicas de gestión privada es un valor no negociable. En ese Ideario se expresan los valores que eligen las familias para sus hijos.

  13. En este sentido, el avance de las diversas teorías de género, sobre todo sus versiones más rígidas e ideologizadas, merece un debate ciudadano que no se está dando. Mucho por discutir, especialmente en una materia tan delicada y central para el desarrollo de las personas.

  14. Uno de los mejores frutos de la reciente discusión sobre el aborto ha sido la activa movilización de la sociedad, en todos sus niveles. Le ha marcado la agenda a la política. Como debe ser en materias tan centrales y delicadas. La educación es también una de ellas.