Navidad, dignidad y democracia

Enseguida explico las dos o tres ideas que quiero compartir con ustedes en esta fecha, recordando aquel 10 de diciembre de 1983 que algunos custodiamos en nuestra memoria con una mezcla de respeto y nostalgia ciudadanas.

Ahora quiero ir al hueso de lo que me moviliza. Lo formulo así: A treinta y cinco años de haber “recuperado la democracia”, ¡cómo se extraña un gran acuerdo de fondo entre todos los ciudadanos argentinos! Un acuerdo sobre valores compartidos y unos pocos caminos comunes para concretarlos.

Lo tenía que decir. Es lo que me agita más hondamente. Creo saber cuáles son las críticas a este planteo ¿ingenuo, principista e idealista? Sé también que, en tiempos electorales, cuando los leones se vuelven herbívoros y las encuestas dictan cátedra de corto plazo, este tipo de planteos suenan extraños.

Solo me queda decir: ¡viva la libertad de conciencia y de expresión! Mientras podamos, usemos de ellas… Pero, estemos alerta. Los enemigos de la libertad suelen encontrar razones para ahogarla.

* * *

Ahora a lo que quería compartir con ustedes.

Para esta conmemoración, se me ocurrió hace un tiempo releer el radiomensaje de Pío XII en la Navidad de 1944. Era la sexta y última Navidad de una Europa devastada por la guerra.

En medio de esa destrucción, el Papa Pacelli ve una señal de esperanza. Lo expresa así: “Una idea, una voluntad cada día más clara y firme surge de una falange, cada vez mayor, de nobles espíritus: hacer de esta guerra mundial, de este universal desbarajuste el punto de partida de una era nueva, para la renovación profunda, la reordenación total del mundo”.

El sabio Pontífice observa cómo, mientras los ejércitos siguen contendiendo, “los hombres de gobierno… se reúnen en coloquios y conferencias, para determinar los derechos y los deberes fundamentales sobre los que se debería reedificar una unión de los Estados, para trazar el camino hacia un porvenir mejor, más seguro, más digno de la humanidad”.

¿Solo reconstruir edificios? No, claro. La guerra dejaba heridos los cuerpos y las almas. La reconstrucción se presentaba, ante todo, como una empresa espiritual y ética. El mundo necesitaría movilizar sus energías más preciosas para esta tarea sobrehumana.

Europa, por su parte, tenía a disposición ese patrimonio espiritual inmenso que es el humanismo sobre el que había edificado sus mejores logros. Ahora había que ponerlo en juego nuevamente.

Pío XII ofrece su aportación. Abrevando en las caudalosas fuentes del humanismo cristiano, el Santo Padre reflexiona sobre la democracia. Se enfoca en dos puntos: qué tipo de ciudadanos requiere lo que hoy llamaríamos la “cultura democrática” y, por ende, qué tipo de dirigentes políticos supone la misma.

* * *

Antes de seguir, una aclaración importante: la de Pío XII no será la última palabra de la Iglesia sobre el tema. Apenas caído el Muro de Berlín, San Juan Pablo II ofrecerá, en la gran encíclica Centessimus annus, una actualización de la enseñanza católica, superando algunos límites del discurso de su sabio predecesor. ¿En qué punto? En uno fundamental: mientras que Pío XII parecía condicionar la aceptación de la democracia a que esta asumiera la visión del hombre, la justicia y el bien común del cristianismo, el Papa Wojtyla solo lo indicará como una condición para el funcionamiento correcto del sistema democrático. Este tiene, en sí mismo, su propia legitimidad porque pone en el centro la dignidad de la persona humana, sus derechos y deberes, asume el estado de derecho y la división de poderes. No es una diferencia menor.

* * *

El Papa Pacelli comienza tomando nota de un hecho: “los pueblos… se han como despertado de un prolongado letargo. Ante el Estado, ante los gobernantes han adoptado una actitud nueva, interrogativa, crítica, desconfiada”.

La experiencia vivida los ha aleccionado a exigir un sistema de gobierno que respete la dignidad de los ciudadanos. Precisamente, el no haber vigilado mejor a los poderosos y sus desbordes autoritarios es lo que ha precipitado el mundo a la guerra.

Anota entonces: “¿hay acaso que maravillarse de que la tendencia democrática inunde los pueblos y obtenga fácilmente la aprobación y el asenso de los que aspiran a colaborar más eficazmente en los destinos de los individuos y de la sociedad?”.

¿Cuáles son entonces las condiciones que hacen más sana y equilibrada a una verdadera democracia, en todas las posiblesformas en que esta se puede realizar?

Dos derechos son fundamentales, desde la perspectiva del ciudadano: dar la propia opinión y, en consecuencia, no verse obligado a obedecer sin antes haber sido oído. Aquí hay una preciosa indicación, algo así como un presupuesto antropológico ineludible para una democracia con buena salud: que el ciudadano sea sujeto con opinión propia, fundada y formada a conciencia; que la pueda manifestar y, a través de medios justos, hacerla valer para dar su contribución al bien común.

No hay democracia con autómatas sino con ciudadanos libres, activos, responsables y conscientes. Aquí surge inevitable una cuestión: hoy por hoy, ¿qué condiciones hacen posible semejante altura espiritual y ética de los individuos? ¿Cómo ser realmente libres habida cuenta de la presión constante que lo políticamente correcto ejerce desde sus cátedras indiscutibles, en los medios, los centros de poder y de opinión?

A continuación, el Papa Pacelli enhebra un discurso en el que, con precisión de orfebre, caracteriza una condición indispensable para que la vía democrática sea posible y el Estado no degenere en totalitarismo: que el conjunto de los ciudadanos deje de ser una masa amorfa, inerte y dúctil, presa fácil de líderes tóxicos y autoritarios, y sea realmente un pueblo con vida propia.

“El pueblo – señala el Pontífice- vive de la plenitud de la vida de los hombres que lo componen, cada uno de los cuales – en su propio puesto y a su manera – es persona consciente de sus propias responsabilidades y de sus convicciones propias… En un pueblo digno de tal nombre, el ciudadano siente en sí mismo la conciencia de su personalidad, de sus deberes y de sus derechos, de su libertad unida al respeto de la libertad y de la dignidad de los demás”.

Por el contrario, cuando una democracia no cuida la calidad del ciudadano como sujeto personal, libre, activo y responsable, libertad e igualdad se deforman hasta convertirse en un triste remedo.

Pienso que, bien leídas estas reflexiones del Papa Pacelli, pueden ayudarnos a afinar nuestra mirada y, sobre todo, a tener lucidez crítica ante el emerger de formas nuevas de populismo, tanto de izquierdas como de derechas.
De los párrafos que Pío XII dedica a la descripción de las características de los hombres y mujeres que deben ejercer el poder público en las democracias, solo resalto la centralidad que da a los legisladores, miembros de los parlamentos.
La buena salud de una democracia depende, como de una condición indispensable, de la calidad de sus parlamentarios. Y esta condición, a su vez, remite a otra: la buena salud espiritual y ética de los ciudadanos que conforman un pueblo.

* * *

No me extiendo más.

Solo una anotación final.

Releyendo el Mensaje para redondear estas ideas, me percaté de esta frase, escrita al inicio del texto pontificio: “Navidad es la fiesta de la dignidad humana”.
De ahí el título de esta columna: Navidad, dignidad y democracia.

Solo eso.

Los que siembran entre lágrimas…

“La Voz de San Justo”, domingo 9 de diciembre de 2018

“Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía que soñábamos: nuestra boca se llenó de risas y nuestros labios, de canciones… Los que siembran entre lágrimas cosecharán entre canciones” (Salmo 125, 1-2.5).

Hace dos mil quinientos años que fueron escritas estas palabras. Reflejan una de las experiencias más traumáticas de los habitantes de Jerusalén: la destrucción de la ciudad, la deportación a Asiria y el regreso a la patria, al cabo de un penoso exilio.

Pienso que esa palabra (“exilio”) no tendría que existir en ningún idioma. Sin embargo, ahí está, para indicar una de las crueldades más grandes los hombres podamos infringirnos: obligar a alguien a dejar su tierra, su querencia, para marcharse lejos, tal vez con la posibilidad de que nunca se dé el retorno.

¿No hemos jugueteado irresponsablemente en Argentina con esa posibilidad? “¿No dijiste que, si ganaba las elecciones tal o cual candidato, te ibas a ir del país? Ganó, ¿por qué no te vas?” Las horas más oscuras de la historia humana – también la nuestra – suelen tener sabor de exilio. La memoria de tantos exiliados ¿no ha logrado romper nuestros odios?

Las estrofas del salmo que comentamos adquirieron una dolorosa actualidad cuando se convirtió en la oración de aquellos judíos que habían podido escapar de los campos, las cámaras y los hornos. Dejaban atrás el dolor, sus muertos y el odio. Tenían por delante la tierra prometida y un futuro que le había sido negado a millones. La alegría de la salvación no podía dejar de abrir paso a la responsabilidad de saberse sobrevivientes de semejante holocausto.

Este domingo, la liturgia de Adviento, al poner en nuestros labios las estrofas del Salmo 125, nos hace rezar todos esos exilios: los nuestros y los de toda la humanidad.

Una de las características más significativas de los salmos es su humano realismo: el orante no se oculta nada de lo que siente, de lo que lo estruja por dentro. Y, sobre todo, no se lo oculta a Dios. Incluso más: es a Él a quien le dirige, una y otra vez, su interpelación airada y al borde de la desesperación. En los salmos no hay nada de afectación, diplomacia o acartonamiento.

Los salmos nos desnudan ante la mirada del Dios de Israel, a quien Jesús invoca como Padre. Nos desnudan delante de su Rostro. También de su Silencio. Nos llevan por eso al límite de nuestra humanidad. En la cruz, experimentando como nadie el abismo de la muerte, Jesús rezará con los salmos 21 y 31.

Cuando un cristiano reza con el Salmo 125, pone delante de la mirada de Dios todos sus exilios, pero con los ojos fijos en Jesús resucitado. Sabe que Dios ha cumplido todas sus promesas precisamente a través de su Hijo, muerto y resucitado.

La súplica: “¡Cambia, Señor, nuestra suerte como los torrentes del Négueb!”, ha sido escuchada. Todo orante, aún en los momentos más oscuros de su vida y en sus horas más desiertas, va a la oración sabiendo que no será defraudado. Sabe, con la sapiencia que da el corazón tocado por el Espíritu, que Dios está con él, siempre y en todo momento.

El Adviento nos invita a ir a fondo en esta experiencia espiritual.

Celebramos a la “Virgencita”

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María

Clausura del Año Mariano Diocesano: 8 de diciembre de 2018

Soñamos un mundo nuevo, mejor, más humano, menos violento. Un mundo más justo.

Es un hermoso sueño, aunque, por momentos, parece que es solo eso: un bonito sueño, pero lejano o sencillamente irrealizable.

Nos despertamos y, con algo de resignación, volvemos a eso que llamamos realidad, a pelear la vida o, al menos, a tratar de sobrevivir.

Los hombres y mujeres de fe, aunque a veces nos sentimos interiormente sacudidos por dudas y temores, sabemos que Dios está, que Él es, nos mira y no deja de hacerse presente en nuestras vidas.

Dios es real. Es Razón providente, creadora y bondadosa. Y todo lo que surge de Él es esta realidad maravillosa que nos rodea, de la que nosotros somos parte, tanto como nuestros seres más queridos y cercanos. Pero también en aquellos que, por diversas razones, nos resultan extraños, lejanos o hasta incluso adversarios.

Una mamá o un papá mira a los ojos de su hijo y, en ellos, ve reflejada la belleza del Dios amor.

Es lo que vive, en profundidad, el que se deja mirar por Dios en la oración.

Es la experiencia del hombre o mujer de fe que reserva, cada jornada de su vida, al menos un momento para elevar su alma hacia Dios en la plegaria.

¿No es un misterio tremendamente consolador que, día tras día, de cada rincón de la tierra se levanten miles de manos en oración, por momentos confiada y agradecida, otras veces ansiosa o incluso sacudida por el dolor o la impotencia?

Pienso en tantos hombres y mujeres que, al cabo de muchas batallas, caen rendidos de cansancio y solo atinan a musitar un: “¡Basta ya! ¡No puedo más! ¡Señor, sálvame!”.

Pienso también en quienes han sido vencidos por esa fuerza misteriosa que habita el corazón humano y que nos arrastra, una y otra vez, a la frustración del pecado.

Pienso en esas caídas de esos hombres y mujeres, pero también en sus resurrecciones: cómo se levantan, sostenidos por la mirada de ese Dios vivo y verdadero al que saben realmente presente en sus vidas.

Pienso hoy, con especial angustia, en quienes ven peligrar las fuentes de su trabajo y, de esa manera, amenazada la vida de sus familias. Y cómo crece la decepción por la edificación de un orden justo en la sociedad, decepción que trae aparejada una siempre peligrosa desconfianza en la democracia y en el servicio indispensable al bien común que es la política.

Pienso en la solidaridad fraterna de aquellos que, en medio de esta cultura rabiosamente individualista que ha divinizado el éxito y el bienestar personal, saben romper los muros del egoísmo, tienden la mano, no tienen miedo de perder y se animan a compartir.

Pienso también en quienes, conscientes del profundo desprecio por la ley, las normas y las pautas civilizadas de convivencia, que parece ser un demonio que, de tanto en tanto, se apodera del alma argentina y nos lleva a límites insoportables de deshumanización, cada día se empeñan en caminar el buen camino del respeto irrestricto por el estado de derecho, la igualdad de todos ante la ley y la satisfacción que trae aparejado el trabajo bien realizado y el cumplimiento de las propias obligaciones.

Esas experiencias hondamente humanas quedan transfiguradas por la fe que se hace oración de alabanza, de súplica, de penitencia y de intercesión.

Este santuario que hoy visitamos como peregrinos atesora muchas de esas plegarias.

Aquí todos nos descalzamos de nuestra altanería.

Aquí nos descubrimos pobres, mendigos y hermanos que caminan juntos, unos al lado de los otros.

Aquí nos alcanza la mirada de María, nuestra “Virgencita”.

A lo largo de este Año Mariano Diocesano que hemos celebrado, esa mirada ha llegado lejos.

No solo porque las réplicas de la bendita imagen se han multiplicado y han recorrido los caminos de nuestras familias, comunidades e instituciones.

Hemos sentido que los ojos abiertos de María, luminosos, tiernos y humanos, han penetrado con su luz nuestras vidas.

Hermanos y hermanas: al concluir este Año Mariano, no puedo sino decir un fuerte:

¡GRACIAS, MARÍA!

Madre purísima de Concepción: nos hemos sentido bendecidos por tu presencia, una vez más.

Tú, como ya lo hicieras en el Cenáculo, has sostenido nuestro caminar vacilante con tu presencia materna y orante.

Tus inmensos ojos, bien abiertos para abarcar la vida de tus devotos, parecen prolongar su amplitud en tus hermosas manos, también ellas abiertas.

Sí, Madre, en esta bendita imagen, te vemos, a la vez, rezando y acogiendo las plegarias de tus peregrinos.

Nuestra oración, siempre pobre e incluso torpe, se hace una sola cosa con tu oración pura, transparente y sólida.

Cuando la Iglesia se reúne para adorar y celebrar el culto divino no puede sino tomar de tus labios, de tus manos y de tu corazón tu propia oración: cada tarde, la Iglesia celebra la Misericordia divina cantando el Magníficat que entonaste en la casa de Zacarías, Isabel y Juan.

Sí, también nosotros, Madre purísima, queremos engrandecer con nuestro canto al Dios de la vida que nos salva por medio de Jesucristo en la fuerza del Espíritu Santo.

Por eso, este Año Mariano que estamos clausurando dará paso a un Año Misionero Diocesano, cuyo lema será: “Con vos, María, misioneros del Evangelio”.

Los discípulos de Jesús, tras las huellas de María, su madre y la más perfecta de sus discípulos, no solo soñamos con un mundo mejor.

El Espíritu nos impulsa a ser obreros de ese mundo nuevo.

Dios está trabajando los corazones. Está recreando, con paciencia e ingenio divinos, esa nueva humanidad que ya resplandece en Jesucristo resucitado y en María elevada al cielo en cuerpo y alma.

Ese Espíritu nos lleva por todos los caminos para comunicar la alegría del Evangelio.

Nos lleva a estar junto a toda vida, especialmente la más amenazada, herida o vacilante.

En este santuario aprendemos esa sabia ley del Evangelio que nos muestra a María, imagen de la ternura de Dios, acogiendo a todos con exquisita delicadeza, ayudando a cada uno a caminar la fe, dando pasos de conversión y de renovación espiritual, sin violentar procesos ni quemar etapas, sino respetando el ritmo de cada uno.

Nuestra Iglesia diocesana ve así a María como imagen de lo que ella está llamada a ser, de cómo debe orar y misionar.

Misionar no es proselitismo. Tampoco es marketing. Mucho menos clientelismo que rebaja la dignidad de las personas.

Misionar es cantar. Solo cantar – poco importa si con buena voz – porque se tiene el corazón colmado de alegría. La que nace, espontánea y pura, de sentirse alcanzado por un amor gratuito e incondicional.

Por eso, María es la mejor y más perfecta figura misionera que tiene la Iglesia.

Ella nos enseña a cantar, a misionar, a caminar, a compartir.

A ella le confiamos el Año Misionero Diocesano que estamos a punto de comenzar.

Esperar, orar, caminar

“La Voz de San Justo”, domingo 2 de diciembre de 2018

“Estén prevenidos y oren incesantemente…” (Lc 21, 36). Con esta recomendación de Jesús comenzamos a caminar el Adviento. Por eso, voy a dedicar estas columnas semanales a los salmos de los cuatro domingos de Adviento.

Adviento es, en definitiva, tiempo fuerte de oración. Y los salmos son precisamente eso: oración.  “El Salterio – enseña el Catecismo de la Iglesia – es el libro en el que la Palabra de Dios se convierte en la oración del hombre” (nº 2587).

Afrontar la vida “en espera” es ya “ponerse en oración”. El que espera, ora o anhela orar.

Los salmos son la escuela de oración del pueblo de Israel. Como todo hebreo piadoso, Jesús ha aprendido a rezar con ellos. Por eso, los salmos están en el corazón de la oración cotidiana de la comunidad de Jesús, la Iglesia. Rezados en el Espíritu de Jesús adquieren un significado y una profundidad inigualables.

Al salmo que sigue a la primera lectura de la Misa lo llamamos “responsorial” pues nos ayuda a responder a la Palabra escuchada. En este primer domingo de Adviento rezamos con algunas estrofas del Salmo 24, intercalando la antífona: “A ti, Señor, elevo mi alma”. A continuación, las estrofas:

Muéstrame, Señor, tus caminos,
enséñame tus senderos.
Guíame por el camino de tu fidelidad;
enséñame, porque tú eres mi Dios y mi salvador.

El Señor es bondadoso y recto:
por eso muestra el camino a los extraviados;
él guía a los humildes para que obren rectamente
y enseña su camino a los pobres.

Todos los senderos del Señor son amor y fidelidad,
para los que observan los preceptos de su alianza.
El Señor da su amistad a los que lo temen
y les hace conocer su alianza.

El orante es un creyente (¿un anciano tal vez?) que se encuentra solo y un poco abatido. Sabe, sin embargo, que cuenta con la cercanía del Dios misericordioso. Esta es su experiencia religiosa más honda: el Señor le ha dado su amistad.

Por eso, le pide tres gracias: verse libre de todos sus enemigos, alcanzar el perdón de sus pecados y ser instruido en los caminos del Señor. Esta última petición es la que retoma la liturgia de este domingo. La imagen del camino aparece cinco veces en las tres estrofas que rezamos.

El orante suplica conocer el camino, porque sabe que Dios no juega con él: es justo y recto, muestra siempre el camino a quien está extraviado.

El Adviento nos recuerda que ninguno de nosotros está hecho del todo. Pero también nos recuerda que Dios mismo está viniendo a nosotros. Está “en camino”. No es un Dios quieto, insensible o inalcanzable.

El salmo nos invita a caminar, a esperar y, por eso, a orar.

COMIPAZ: “Un fin de año con principios”

A los fines de afianzar los lazos de hermandad y responsabilidad 

con nuestros prójimos, y ratificando los valores de la vida y de la paz

como valores esenciales y trascendentes de todos los seres humanos, el COMIPAZ (Comité Interreligioso por la Paz) convoca a la firma del presente

PACTO DE RESPONSABILIDAD CIUDADANA

TOMANDO EN CONSIDERACIÓN

QUE la Constitución Argentina

establece los principios de la legalidad y de los valores democráticos y republicanos en nuestro país.

QUE hemos sido convocados desde nuestros lugares de liderazgo y representatividad social para multiplicar el llamado a trabajar por el continuo mejoramiento de nuestra sociedad,

propiciando un ambiente de confianza, respeto, encuentro y convivencia pacífica.

QUE el disenso es inherente al sistema de la democracia, y que la resolución de los conflictos debe darse a través de medios pacíficos que promuevan siempre el diálogo por sobre la confrontación violenta.

QUE es nuestro deber participar en el fortalecimiento institucional del país, a fin de garantizar la libertad y el respeto a los derechos fundamentales de sus habitantes.

QUE reconocemos que la democracia implica mucho más

que el solo acto de emitir un voto, y que se realiza cada vez que se incrementa la participación de la ciudadanía en la vida pública de su país. 

NOS COMPROMETEMOS

con el cumplimiento de la Constitución Nacional y las leyes que de ella devienen para garantizar los derechos de todos los habitantes de nuestro suelo.

NOS COMPROMETEMOS

a encauzar todo conflicto hacia el diálogo como condición para fortalecer la democracia y la vida en dignidad de todos los ciudadanos.

NOS COMPROMETEMOS

con un proceso de negociación que se caracterice por el debate y la discusión institucional de programas, ideas y resoluciones, 

evitando todo tipo de ataques y diatribas personales.

NOS COMPROMETEMOS

con un tratamiento mediático de los desacuerdos que privilegie la información y la opinión por sobre el escándalo y el escalamiento de los conflictos. 

NOS COMPROMETEMOS

con la decisión de que después de haber agotado los distintos canales de diálogo, las medidas que se adopten no alteren los derechos del resto de los ciudadanos.

NOS COMPROMETEMOS

con el fortalecimiento de la mediación como un mecanismo alternativo para la solución de los diferendos.

NOS COMPROMETEMOS

con la no violencia y la eliminación de la agresividad en cualquiera 

de sus manifestaciones, así como de cualquier tipo de discriminación

a causa de sexo, raza, edad, extracción social, ideología o religión.

NOS COMPROMETEMOS

a velar para que las condiciones que garantizan el ejercicio de los derechos y las libertades cívicas sean respetadas por todas las autoridades, exigiendo de su liderazgo estricta responsabilidad ciudadana.

NOS COMPROMETEMOS

a incentivar la participación de la ciudadanía en la discusión de los programas y proyectos que tiendan al bien común, priorizando un interés especial por aquellos que padecen situaciones de mayor debilidad.

NOS COMPROMETEMOS

a promover no solamente los derechos de los ciudadanos, 

sino fundamentalmente la responsabilidad y los deberes cívicos que nos convocan.

Córdoba, diciembre de 2018

Cristo Rey

Cristo es rey. Claro que sí.

Y lo es de un modo que no tiene comparación con ningún poder mundano. “Mi realeza no es de este mundo”, le dirá a Pilato.

Y añade: “Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”.

Pasan los siglos, se multiplican las voces, nos saturamos de información y de ruidos, pero la voz de Cristo – serena, humilde, certera, genuina – sigue encontrando oídos que la reconocen y que se dejan iluminar por ella.

Ese es el verdadero poder de Cristo.

Hasta el escéptico Pilato parece comprenderlo. Se da cuenta rápidamente de que ese hombre vilipendiado al que finalmente condenará era inocente del todo. Limpio, sin fisuras, tan diáfano como la luz del mediodía.

“Ecce Homo”, exclama, presentándolo a la multitud desfigurado y, sin embargo, con una Hermosura que sigue subyugando a las almas. “¡He aquí el Hombre!”.

No necesita imponerse por la fuerza. No tiene ejércitos que conquisten para él los vastos territorios del mundo. No necesita estrategias ni artimañas oscuras. No sabe de manipulaciones ni maneja con maestría mundana los hilos del poder.

Cristo es rey. Claro que sí.

“Para eso he nacido y venido al mundo…”, añade el Condenado. Y precisa: “…para dar testimonio de la verdad”.

Hoy te sigue diciendo la verdad.

La que viene de Dios y que es Dios mismo. Te dice también la verdad sobre vos mismo, sobre la vida.

Jesús es todo lo que está bien.

II° Jornada de los pobres

Este año, el lema de la IIª Jornada Mundial de los pobres está tomado del Salmo 34: “Este pobre gritó, y el Señor lo escuchó” (Sal 34,7). El pobre grita, Dios lo escucha y lo libera. Estos tres verbos articulan el Mensaje del Papa Francisco. 

El salmo es oración. El salmista es un pobre que cree en Dios y ora. En su angustia, se dirige al Dios amigo de los pobres. Se ha sentido escuchado y, ahora, lo cuenta para que otros que pasan por lo mismo, encuentren una puerta a la esperanza. Ha hecho la experiencia religiosa fundamental: para Dios, él no es un número o un objeto borroso. Él es un sujeto vivo, un “tú” al que Dios se dirige con atención. Con Él puede entablar un diálogo, hablar, escuchar y sentirse acogido.

Esta experiencia fundante ha sido recogida por la reflexión cristiana en uno de sus conceptos más significativos: el hombre es persona. Esa es su dignidad y así ha de ser tratado.

Cualquier mirada a la pobreza debe hacerse cargo de esta paradoja: nunca como en estos últimos cien años, tantos seres humanos han logrado salir de la pobreza. Por otra parte, nuestro tiempo ve crecer no solo la desigualdad sino también formas aberrantes de indiferencia y de “odio al pobre”. Pensemos, por ejemplo, en el crecimiento de la xenofobia o del rechazo del inmigrante. Algunas voces así ya comienzan a hacerse sentir entre nosotros.

En Argentina, además, el drama de una pobreza consolidada y creciente expresa como pocos nuestra propia decadencia espiritual, ética y cultural. Humanidad en crisis.

Los discípulos de Jesús, aún con miradas distintas sobre las causas de la pobreza y los remedios más eficaces para superarlas, tenemos un sólido punto de referencia: Cristo, nuestro Señor, se identifica con los pobres y, desde ellos clama e interpela. La opción por los pobres nace del núcleo de nuestra fe en Jesucristo.

La Jornada anual de los pobres tiene una finalidad precisa: a la vez que provocar nuestra reacción contra la cultura del descarte y la indiferencia, se propone propiciar la que el Papa llama: la cultura del encuentro. Eso significa: descubrirnos hijos y hermanos, sentados a la misma mesa, no por dádiva, sino por dignidad. La dignidad de hijos e hijas de Dios.

Ninguna ideología o programa político, por legítimo que sea, puede dejar de contar con la fuerza verdaderamente revolucionaria de esa experiencia, a la vez, religiosa y humana.

Una Iglesia misionera, pobre y solidaria

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https://youtu.be/-2Uyk7G7PeM

 

Carta Pastoral del Obispo Sergio O. Buenanueva

San Francisco, 11 de noviembre de 2018

A los fieles católicos de la Diócesis de San Francisco.

Queridos hermanos y amigos:

¡Paz y Bien para todos!

Los obispos argentinos acabamos de concluir nuestra última reunión del año: la 116ª Asamblea Plenaria.

Como siempre, hemos abordado varios temas de la vida de nuestra Iglesia y de nuestro querido país.

Quiero decirles, ante todo, que ha sido un momento muy intenso de fraternidad, oración y discernimiento. Le doy gracias a Dios por ello.

Entre los muchos temas que hemos abordado, uno ha concitado la atención de los medios de comunicación, incluso antes de que empezáramos. Se trata del diálogo que venimos teniendo, desde la Conferencia Episcopal, con el Gobierno sobre los aportes del Estado Nacional al sostenimiento de la Iglesia que, cada año, forman parte del Presupuesto que aprueba el Congreso de la Nación.

Este año que se termina, como pocas veces, ha visto un fuerte debate sobre la legitimidad de esos fondos que el Estado destina a la Iglesia Católica.

En nuestra Asamblea, reservamos un tiempo generoso a este tema. Ante todo, para informarnos del estado actual del diálogo con el Gobierno. Abierto el intercambio, avanzamos en varios puntos, para terminar, tomando algunas decisiones importantes.

De esto quiero hablarles.

Ante todo, decirles que el diálogo que tuvimos los obispos ha sido muy bueno. Tuvimos que darnos tiempo, no solo para informarnos, sino también para ahondar una mirada evangélica sobre este tema.

En definitiva, de lo que se trata, es de discernir qué quiere el Señor de su Iglesia, aquí en Argentina con nuestra historia, logros, defectos y dificultades.

Esto ha sido realmente muy consolador: hemos escuchado al Señor que nos invita a la confianza, audacia y valentía del Evangelio. Nos sentimos gozosamente llamados a ser una Iglesia misionera, pobre y para los pobres. Nos hemos visto cálidamente urgidos a vivir a fondo la solidaridad, el compartir bienes, talentos, carismas.

Todo esto nos ha hecho mucho bien. Aquí, incorporo una reflexión muy personal. El único escrito que ha salido de nuestra Asamblea es la declaración: “Pascua riojana, alegría de toda la Iglesia”.

Es nuestra lectura creyente y de pastores de esa gracia que Dios nos está haciendo con la próxima beatificación de los cuatro mártires riojanos: el obispo Enrique Angelelli, los sacerdotes Carlos Murias y Gabriel Longeville y el laico Wenceslao Pedernera.

Pienso que esa palabra fuerte de Dios que es siempre la entrega de los mártires, escuchada y rubricada solemnemente por la Iglesia, nos está indicando el camino a seguir.

Los mártires son siempre, en la diversidad de circunstancias concretas de su ofrenda sacrificial, testigos de la libertad de Cristo frente a los poderes del mundo. Ellos llevan hasta sus últimas consecuencias la potencia transformadora del primer mandamiento: solo Dios es el Señor, lo amarás con todo el corazón y sobre todas las cosas… Y al prójimo, como a vos mismo.

Estimulados por este ejemplo, hemos tomado algunas decisiones importantes, a saber:

  1. Ante todo, dar nuestra aprobación para que prosigan los diálogos con el Gobierno en orden a una progresiva disminución – hasta su desaparición – de este aporte del Estado a la Iglesia (el Presupuesto de Culto). El Gobierno nacional, por su parte se ha comprometido a desarrollar algunos instrumentos para facilitar que los fieles católicos puedan seguir aportando al sostenimiento de la Iglesia.
  2. Crear una Comisión Episcopal para pensar mejor, y de manera más integral, el sostenimiento de la obra evangelizadora de la Iglesia en Argentina, atenta, especialmente, a desarrollar los instrumentos aptos para reemplazar el aporte del Estado que irá disminuyendo.
  3. En orden a esto, crear ya mismo un Fondo Solidario que vaya recogiendo el aporte de todos para suplir los recursos que hasta ahora han ido viniendo del Presupuesto de Culto. Algunas diócesis ya han declarado estar en condiciones de iniciar la formación de este Fondo. Otras nos iremos sumando en breve. Cada una según sus posibilidades.

Llegados a este punto surgen algunas preguntas importantes.

El Estado dejará esta forma – bastante anacrónica, por cierto – de aportar a la misión de la Iglesia. Podemos, sin embargo, preguntarnos: el Estado, en cualquiera de sus niveles, ¿puede desentenderse sin más de las actividades religiosas de los ciudadanos? La respuesta es clara: no, no puede. Es su deber interesarse activa y concretamente de todo lo que es un  interés legítimo de los ciudadanos, sea en áreas culturales, artísticas, solidarias o deportivas. También en las religiosas. El Estado debe cuidar y promover los valores espirituales y éticos de los ciudadanos, pues, por sí mismo, no los puede generar, menos aún imponer.

Por eso no hablamos de una “renuncia”. Esta podría ser un gesto clamoroso pero, a la larga, injusto y nocivo. Los ciudadanos tenemos que ayudar al Estado a cumplir su misión de servicio a la sociedad y ciudadanos reales del país.

En segundo lugar, la pregunta que nos atañe a nosotros, los católicos. Más en concreto: a nosotros, católicos de la diócesis de San Francisco que vivimos nuestra fe y edificamos nuestras comunidades cristianas en una zona próspera de Córdoba y de Argentina. La formulo así: ¿No tendríamos que intensificar nuestra solidaridad, compartiendo con más generosidad lo que Dios nos ha regalado: recursos, carismas, tiempo y talentos?

El “genio piamontés” también se siente en nuestras parroquias y comunidades: por lo general, con finanzas ordenadas, sin lujos ni excesos, pero con necesidades básicamente satisfechas.

Obviamente, siempre tendremos que estar atentos a no dejarnos tomar por la “idolatría del dinero’, olvidando la cultura del trabajo, la responsabilidad social por el bien común y el valor de la producción por encima de la renta y la especulación; valores que hemos legado de nuestros mayores.

El Estado podrá seguir ayudando o no, lo cierto es que nuestra Iglesia seguirá dando lo mejor de sí al servicio del Evangelio y, de manera especial, de los más pobres. Como la viuda pobre y sus dos moneditas de cobre del Evangelio de este domingo.

Nosotros no podemos desentendernos de nuestros hermanos más necesitados. No podemos encerrarnos en nuestro bienestar. La vida de las Iglesias hermanas es también nuestra preocupación. Ya tenemos la formidable experiencia de “Más por Menos”. ¿No tendríamos que potenciarla? ¿Cómo contribuirá nuestra Iglesia diocesana al Fondo Solidario de la CEA?

La motivación que tenemos los cristianos para compartir nuestras vidas y bienes es la más alta: el amor de Cristo. Así lo hemos expresado también en nuestro Plan de Pastoral. Hemos aprendido a dar pasos en comunión y participación. Este capítulo reclama también un camino común de discernimiento y acción.

Gracias por su atención. Les confío estás reflexiones salidas del corazón. Ojalá puedan aprovechar y compartir lo que estas palabras del obispo suscitan en ustedes.

Le pido a la Virgen y a San Francisco que nos sigan bendiciones,

Firma 2

 

 

 

 

+ Sergio Buenanueva

Obispo de San Francisco

 

 

 

 

Dos monedas que valen un tesoro

WEB_32e Di TO B_20181111.jpg“La Voz de San Justo”, domingo 11 de noviembre de 2018

“Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir” (Mc 12,43-44).

No hace falta tener fe para descubrir que Jesús es un observador perspicaz. Es capaz de ver lo que otros no ven. Lee con especial finura el corazón humano.

Claro, ese poder de observación nace de su exquisita sensibilidad. Los creyentes diríamos: es la perspicacia divina de sus ojos y de su corazón humanos.

La escena del evangelio de este domingo es buena muestra de ello. En contraposición a las cuantiosas donaciones de muchos, los ojos de Jesús se detienen en las dos moneditas de cobre que una pobre mujer viuda ofrenda al templo.

Esa mujer está dándolo todo… y más. Está dándose a sí misma.

Tal vez – aventuro yo, con un poco de osadía – lo que Jesús entrevé en semejante donación es algo que ya palpita en su corazón: llegado el momento, él mismo hará lo mismo. Ya no serán dos monedas, sino su propia persona, su cuerpo y su vida.

Creo que hay más: en esa pobre viuda y su pobre ofrenda, Jesús reconoce lo más real que ha traído desde al mundo: la gratuidad del amor que es la esencia misma de Dios.

Más que la justicia, el amor gratuito es el corazón de la doctrina social de la Iglesia.

Y nuestro mundo no solo lo necesita. Lo anhela como el sediento quiere agua para vivir.

Simplemente humanos

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“Con todo el corazón, con toda el alma”

“La Voz de San Justo”, domingo 4 de noviembre de 2018

“Estos son los que vienen de la gran tribulación; ellos han lavado sus vestiduras y las han blanqueado en la sangre del Cordero…” (Ap 7,14).

El culto a los santos arrancó temprano. Y lo hizo como veneración por los mártires, es decir, los que derramaron su sangre en testimonio de fidelidad a Cristo. De ahí la imagen del Apocalipsis: blanquearon sus mantos en la sangre del Cordero.

El paso del tiempo irá añadiendo otras formas de testimonio que se harán merecedoras de veneración: los que, sin llegar a la muerte, sufrieron tormentos y son confesores de la fe; los monjes del desierto, los que permanecen vírgenes, los pastores santos, etc. La misma Iglesia irá calibrando mejor los procesos por los cuales reconoce la santidad de sus hijos e hijas.

Así se irá dibujando el rostro católico de la santidad: tan rico y variado como la vida misma; y, sin embargo, con un perfil característico e inconfundible. Cada santo o santa es como una tesela de un mosaico colorido con el Rostro de Cristo.

El evangelio de este domingo (cf. Mc 12,28b-34) nos ayuda a desvelar el misterio de la santidad cristiana: el santo es alguien que ha hecho experiencia del verdadero Dios, el Padre de Jesucristo, el que resucita los muertos. Lo ha escuchado y, así, ha dejado entrar la fuerza de su Espíritu en su vida. Y, dócil a su impulso, lo ha amado “con todo el corazón y con toda el alma, con todo su espíritu y con todas sus fuerzas”.

Y, en esa experiencia, el santo es un hombre o una mujer que ha logrado encontrar la mejor versión de sí mismo. Es un testigo de humanidad lograda. De ahí la permanente fascinación de su persona, incluso sobre quienes son escépticos con la religión o con la Iglesia. Los ídolos nos deforman, el encuentro con el Dios vivo nos humaniza.

Ese encuentro lo ha colmado y lo ha hecho profundamente libre. Por eso, el añadido que hace Jesús al mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas resulta la medida concreta de esa libertad: “y a tu prójimo como a vos mismo”. Es lo que realmente acredita que ha conocido realmente a Dios, no un sucedáneo, un placebo o, peor aún, un ídolo.

El verdadero culto a Dios está en el amor al prójimo. El encuentro con Dios ha liberado el corazón y las manos para buscar, de forma concreta y original, el bien del otro, especialmente del menos favorecido.

El rostro de la santidad cristiana es el del servicio hasta el fin o, como escribe con acierto el Papa Francisco: “Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad «de la puerta de al lado», de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, «la clase media de la santidad»” (GeE 7).

¿Los santos? Simplemente humanos.