Vigilia Pascual 2019

Homilía en la Catedral de San Francisco – 21 de abril de 2019

“¿Por qué buscan entre los muertos al Viviente? No está aquí. Ha resucitado.” (Lc 24,5)

Estamos celebrando la “madre de todas las Vigilias”.

Somos la Iglesia orante. Como María buscamos la serenidad del anochecer, aquietamos los ruidos que nos aturden y nos recogemos en oración para escuchar en silencio la Palabra y, con la hondura de un corazón virginal, rumiar el misterio de Dios, su plan de salvación.

Por eso, por segundo año consecutivo, nos hemos dado tiempo para escuchar las nueve lecturas que la liturgia de la Iglesia tiene previstas para esta noche. En medio de tantas palabras vanas y mentirosas, la Palabra resuena para decirnos la Verdad.

Los salmos con sus antífonas nos ayudan a responder con los labios, pero sobre todo con el corazón y con nuestra vida.

Escuchar, acoger en silencio, rumiar, adorar y alabar la sabiduría amorosa de nuestro Dios.

De la creación a nuestro bautismo, hasta la consumación de la historia, nuestro Dios actúa para dar vida, llevar todo a su plenitud y transformar el mundo con la majestad de su Bondad, su Verdad y su Belleza infinitas.

El Dios amor, Padre, Hijo y Espíritu Santo, comparte su vida, su alegría y su comunión.

El pecado no solo no frustra este plan, sino que provoca que la sabia providencia de Dios encuentre un remedio aún mejor.

Y ese remedio tiene un nombre: JESUCRISTO, MUERTO Y RESUCITADO.

Su tumba está vacía.

Las mujeres tienen que recordar las palabras proféticas de Jesús, y nosotros, escuchando con mayor profusión las Santas Escrituras, lo que Dios ha obrado en favor del mundo.

La tumba está vacía como signo de esperanza, especialmente para todos los heridos de la historia, los que esperan, los que lloran.

Queridos hermanos y amigos:

Es verdad que, en ocasiones, nuestra vida es alcanzada por la incertidumbre y nos amenazan la tristeza, la desilusión e incluso la desesperanza.

También nuestra Iglesia se ve hoy sacudida por el pecado de sus hijos. Es objeto de burla y desprecio, motivo de escándalo para muchos.

Nos hacemos cargo: son nuestros pecados los que más la hieren, no la hostilidad externa, por fuerte y agresiva que sea.

No acusamos a los demás, sino que, con el corazón quebrantado, nos abrimos a la acción de Dios que -lo sabemos bien- no deja desamparados a sus hijos.

Por eso: ¡abramos nuestros corazones! ¡No seamos sordos al rumor de la vida que Dios está haciendo crecer, con humildad, paciencia y mansedumbre, en el corazón de nuestro mundo y de su Iglesia!

Permítanme que les diga esta noche, la más santa y luminosa de todas, como el ángel a las mujeres: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado.” (Lc 24,5).

¡Qué el gozo de Cristo, el Viviente, reavive nuestra esperanza! ¡Con María, anunciemos a todos el gozo del Evangelio!

Mensaje Pascual 2019

El Mensaje Pascual en audio para descargar

Bastante ensimismados para darse cuenta de Quién los había alcanzado en el camino, los peregrinos de Emaús, sin embargo, sienten crecer un deseo que los sacará del encierro. Y el deseo se hace súplica: “Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba.” (Lc 24, 29).

Queridos hermanos y amigos:

En esta hora de nuestra Iglesia, de nuestra patria y de nuestra vida, también nosotros suplicamos a Jesús que no siga de largo, que entre a nuestro hogar y comparta la mesa…

Siempre que asoma la oscuridad de la noche, los fantasmas de nuestros miedos parecen cobrar vida. Y sabemos que el miedo no es buen consejero. Nos enceguece y paraliza.

Aquel Peregrino había sabido tener palabras certeras, luminosas y, sobre todo, que hacían arder por dentro, como cuando se reaviva un fuego mortecino. El solo hecho de caminar con ellos, incluso de interpelarlos por su torpeza; pero, sobre todo, de hablarles de Dios y sus planes, del Mesías y su Pascua, había hecho desvanecer todo fantasma y toda inquietud.

Un deseo grande había resucitado en sus corazones apesadumbrados. Renacía una esperanza.

¿Cómo no contar con él para la cena? Ese rito cotidiano es mucho más que alimentarse: si hay amistad, aunque sea insipiente, se transforma en encuentro que anima para seguir caminando.

¿Cumplirá el Peregrino el deseo-oración de los dos caminantes?

Sí y no. Entrará con ellos a la posada. Pero, al partir el Pan, desaparecerá ante sus ojos. Su Ausencia, sin embargo, lejos de causar tristeza, los transformará radicalmente y encenderá en ellos otro deseo: contar lo que han vivido por el camino.

¿Realmente ausente o con una Presencia más incisiva y personal?

El relato de Emaús nos hace comprender mejor lo que vivimos como discípulos: leídas con fe, las Escrituras nos hacen escuchar su voz potente y mansa; la Eucaristía compartida, nos alimenta con su amor hasta el extremo; los hermanos, especialmente los pobres, débiles y heridos, acercan a nuestra vida su rostro que vence toda indiferencia.

¡Jesús resucitado está en medio de nosotros! ¡Tenemos que decirlo a todos! ¡No lo podemos callar o esconder! ¡Hay que ponerse en camino! ¡Esta experiencia se tiene que hacer palabra, gesto, testimonio y compromiso de vida!

Jesús se sienta a nuestra mesa para avivar en nosotros el deseo de contar a los demás que Él ha vencido la muerte, está vivo y es la verdadera Esperanza del mundo.

Queridos amigos y hermanos: Les deseo, de corazón, que experimentemos el gozo de la Pascua; pero, sobre todo, que nos dejemos ganar por el impulso de querer contar lo que Dios nos ha hecho vivir: contar a Jesús, su Evangelio, su Esperanza…

La primera que ha cantado el Evangelio es María. Por eso, una vez más decimos: “Con vos, María, misioneros del Evangelio”.

21 de abril de 2019. Pascua del Señor

+ Sergio O. Buenanueva
Obispo de San Francisco

Las siete palabras de Cristo en la cruz

Homilía en la Celebración de la Pasión del Señor – Viernes Santo 2019 – Catedral de San Francisco

Cristo ya está en la cruz.

Ha proferido su último grito y ha entregado el espíritu.

Está en silencio.

Sin embargo, así, silencioso e impotente, es Palabra de Dios para el mundo.

Es Palabra definitiva, no podemos esperar otra, mucho menos suplantarla por nuestras pobres palabras.

Es definitiva, la más sonora y la más poderosa.

¿Qué nos dice?

Les propongo que sea el silencio orante el que nos permita escuchar esa Palabra que Dios sigue pronunciando para el mundo.

Si la cruz no estuviera plantada en el Calvario tendríamos derecho a la desesperación, a hundirnos en la tristeza y el desaliento.

La cruz está en pie.

Como la impresionante foto de la cruz de Notre Dame después del incendio.

Hay esperanza.

Escuchemos su mensaje.

Yo, simplemente, quisiera repasar con ustedes las siete palabras que la Palabra, Cristo crucificado, pronunció desde la cátedra de su cruz.

Ellas nos permitirán barruntar lo que Dios quiere decirnos a cada uno, a su Iglesia y al mundo.

*     *     *

“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” (Lucas, 23: 34).

Para nosotros, el perdón es una empresa imposible.

La sola mención de palabras como “perdón” y “reconciliación” nos horrorizan hasta la histeria.

Sin embargo, es Cristo el que ha introducido el perdón en el mundo.

Lo ha hecho parte de la dinámica de las relaciones humanas que, libradas a su propia fuerza, tienden a confundir justicia con venganza, verdad con difamación y calumnia.

Jesús se dirige al Padre (¿a quién si no?), pero también a vos…

Escuchalo…

*     *     *

“Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso.” (Lucas, 23: 43).

Es la respuesta a la súplica del buen ladrón: “Jesús, acordate de mí…”

Y es una respuesta que no se deja esperar.

Atropella las palabras del arrepentido, como queriendo apurar el consuelo en medio del atroz sufrimiento.

Y promete lo mejor: el Paraíso.

¿Qué seríamos si no esperáramos el Paraíso, el cielo? ¿En qué se convertiría nuestra vida? ¿En una aceleración histérica de consumo y depresión?

El Paraíso es Jesús, estar con Él, en la unidad del Espíritu y en la comunión con el Padre.

*     *     *

“Mujer, ahí tienes a tu hijo. […] Ahí tienes a tu madre.” (Juan, 19: 26-27).

Y, si de cielo hablamos, tenemos que hablar en femenino.

El cielo es la compañía de María, la alianza con ella, ese recíproco recibirse del discípulo y la madre, que funda una vida de comunión en la Iglesia.

Ese cielo comienza ya en la tierra y tiene la forma de la fe compartida, de la esperanza que echa raíces en los corazones y se hace lucha por la vida, por la dignidad de los vulnerados, consuelo de los tristes y oprimidos.

Donde se recibe a María como madre de la mano de Jesús, la Iglesia crece como comunidad misionera, solidaria y que humaniza todo lo que pasa por sus manos.

*     *     *

“¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?”(Mateo, 27: 46 y Marcos, 15: 34).

Esa palabra nos asoma al misterio más oscuro: el pecado como abismo de soledad, de infinita tristeza y del dolor que nace del corazón ensimismado.

A ese abismo se ha asomado el Redentor: ha sentido, como nadie (¡es precisamente el Hijo único, el Amado!), el silencio del Padre.

Y, desde allí, con todos los crucificados de la historia ha gritado, llamándolo (la única vez en que Jesús llama “Dios” a quien siempre invoca como “Abba”, como “Papa”, como “Padre”).

Hermano de todos los que se sienten abandonados.

Hasta allí lleva las entrañas de misericordia y compasión de su Padre.

*     *     *

“Tengo sed.”(Juan, 19: 28).

Es la sed del mismísimo Dios en la garganta seca de su Hijo agonizante.

Sed de agua a la que se responde con vinagre.

Me animo a decir que hoy, mirando nuestro mundo sediento de sangre, amargado por el ensañamiento y la violencia, Cristo tiene sed de paz, de corazones pacificados, de miradas serenas y de manos amigas.

A nosotros, que en vez de agua le dimos vinagre, Élnos dará el agua viva de su Espíritu para que la Paz de la Trinidad se abra espacio en nuestro mundo.

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“Todo está cumplido.”(Juan, 19: 30).

¿Qué se ha cumplido?

El plan de Dios, sus promesas y su sueño.

El que arrancó con la creación y pareció frustrarse por la estupidez del pecado.

Ese sueño que somos nosotros. Ese designio que llevamos inscrito con más precisión que nuestro propio ADN.

Y se ha cumplido en la cruz, pues allí el Amor más grande, cuyo nombre es Jesús Salvador, ha hecho nuevas todas las cosas.

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“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.”  (Lucas, 23: 46).

No hay sombra de desesperación o derrumbe en Jesús crucificado.

Todo en Él es confianza en el Padre.

Será Hijo hasta el final.

No puede ser otra cosa. Esa es su condición más honda.

Todo en Jesús es filial: su oración, sus palabras, su pasión, su Eucaristía, su misma muerte…

Entrega el espíritu al Padre y el Padre derramará el Espíritu sobre su cuerpo exánime y lo resucitará de entre los muertos.

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“…uno de los soldados le atravesó el costado con la lanza, y enseguida brotó sangre y agua” (Jn 19,34).

Del costado abierto de Cristo crucificado nace la Iglesia.

A la Iglesia ni la inventamos ni la reformamos nosotros.

Nace del costado de Cristo: sangre y agua, símbolos del Espíritu y de los sacramentos que derraman sobre el mundo la gracia divina.

Escuchar, acoger y obedecer son los verbos que definen el misterio de la Iglesia de Cristo.

También: orar, meditar, contemplar, servir.

Si hoy nos duele nuestra Iglesia, los pecados de sus hijos que son piedra de tropiezo -escándalo- para tantos, ante el Crucificado hagamos más honda y radical nuestra escucha y obediencia, nuestra adoración y la acogida del don de su Espíritu.

Ahí está María para indicarnos el camino.

Amén.

La humildad de Cristo


“¡Alégrate mucho, hija de Sión! ¡Grita de júbilo, hija de Jerusalén! Mira que tu Rey viene hacia ti; él es justo y victorioso, es humilde y está montado sobre un asno, sobre la cría de un asna.”
Zac 9,9

Dios todopoderoso y eterno, tú mostraste a los hombres el ejemplo de humildad de nuestro Salvador, que se encarnó y murió en la cruz; concédenos recibir las enseñanzas de su Pasión, para poder participar un día de su gloriosa resurrección. (Oración de la liturgia del Domingo de Ramos).

Cristo: ejemplo de humildad.

En el lenguaje cotidiano, la palabra “humildad” parece ser casi sinónimo de pobreza. Un humilde es alguien que carece de bienes.

En la oración que comentamos tiene otro sentido. Abreva en la gran tradición espiritual del cristianismo que se nutre, a su vez, de la experiencia de Dios que narran las Escrituras.

Humilde es el pobre de espíritu, que se sabe en las manos de Dios. Es, por eso, profundamente libre, abierto a esa sorpresa permanente que es la vida, porque “Sorpresa” es casi un nombre de Dios.

Donde crece la humildad florece la libertad y la entrega generosa, no el apocamiento, el temor o el complejo.

Jesús lo afirma de modo explícito: Dios les escapa a los soberbios y pagados de sí. Se da a conocer, en cambio, a los humildes de corazón.

En este sentido fuerte, “el humilde” por antonomasia es Jesús. Así precisamente lo contemplamos en Semana Santa.

Así lo vemos este Domingo de Ramos: aclamado por la multitud y, a poco andar, humillado y escarnecido. Sin embargo, en una y otra situación: majestuosamente libre. En la cruz lo dirá con sus últimas palabras que son también una oración: “En tus manos, Padre, encomiendo mi vida”.

En el humilde despojo de su pasión y cruz, resplandece con más fuerza la luz de Dios de la que es portador Jesús: el amor como el verdadero poder que redime al mundo. El amor humilde que no busca dominar ni imponer, sino hacer crecer la vida.

Las celebraciones pascuales nos introducen en esa escuela de vida.

Les deseo, de corazón, una Semana Santa con Jesús.

Misa crismal 2019 – Año Misionero Diocesano

Homilía en la Misa Crismal, en la catedral de San Francisco, 10 de marzo de 2019

“Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación” (EG 27).

Son palabras del Papa Francisco. Es su sueño como pastor. Lo es también de nuestra Iglesia diocesana, hecho especialmente consciente en este Año Misionero.

Es, antes de nada, el sueño de Dios, el sueño de Jesús. Tenemos que hacerlo realmente nuestro.

*     *     *

Los santos Óleos que estamos a punto de bendecir, de manera particular el Crisma, tienen la potencia misionera que viene del corazón de Dios. Expresan y comunican el dinamismo del Espíritu Santo que es don y comunión, comunicación y alegría.

Misión no es lo que hacemos, sino lo que somos. Así en Jesús, el Enviado del Padre, como en nosotros, sus discípulos misioneros.

Los catecúmenos son ungidos en el pecho porque han de estar dispuestos para afrontar una lucha: con mansedumbre, resistir las asechanzas del Malo en todas sus formas y pelear el buen combate de la fe.

Los enfermos son ungidos en la frente y en las manos para que el Espíritu los conforta en su debilidad y los conforme con Cristo paciente.

En el bautismo, la confirmación y la ordenación, el Santo Crisma se desborda sobre nosotros y nos colma con el perfume del Señor para ser santos como Él es santo.

Es decir, nos infunde su mismo amor, aquel que lo impulsó a caminar, a predicar, a inventar las parábolas para relatar la bondad del Padre; a acercarse a los heridos del camino para curar, perdonar y humanizar.

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¿Hacia dónde nos lleva el dinamismo misionero del Espíritu que recibimos en los sacramentos y que Cristo resucitado continuamente exhala sobre su Iglesia?

Queridos hermanos y amigos: la respuesta nos es complicada, aunque sí de consecuencias que se proyectan en todas las dimensiones de la vida.

El Don de Dios pretende hacer de nosotros hombres y mujeres del Espíritu.

El Espíritu trae a nosotros la libertad de Dios, la que Jesús ha vivido a fondo. Nos da su mismo impulso de amor y de amistad, de mansedumbre y de misericordia. Nos colma con la alegría y la paz de Dios.

Misión no es lo que hacemos, sino lo que somos. Así en Jesús, el Enviado del Padre, como en nosotros, sus discípulos misioneros.

Añado ahora: la misión nos es dada, no es fruto de nuestro ingenio o de nuestros cálculos. No nos la autoimponemos. Viene a nosotros desde Otro. Es el “nombre nuevo” que recibimos del Padre por el Hijo en el Espíritu. Se nos revela en la oración, pronunciado con amor por los labios de Cristo. Nos es dado. Es don.

Nunca ha existido el auto bautismo. Siempre alguien tiene que sumergirnos en la fuente bautismal y ungirnos con el Crisma. El gesto visible, en la dinámica del sacramento, expresa el misterio invisible: Dios es quien nos llama y nos envía.

No podemos, por tanto, apropiarnos de la misión como si de una posesión personal se tratara. Mucho menos de la misión pastoral, empezando por el obispo.

El Evangelio es de Jesús. Nosotros solo somos sus testigos y predicadores.

La Iglesia es del Señor. Nosotros somos simples siervos que cumplimos nuestro deber.

La vida de las personas no nos pertenece. Es don de la Trinidad que nos toca cuidar y por la que, un día, tendremos que responder.

Tenemos que permanecer siempre discípulos, aprendices y oyentes; abiertos a la acción del Espíritu. Se puede decir esto de una sola vez: ORANTES, permanecer siempre orantes.

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Este es también el sentido del lema de este Año Misionero: “Con vos, María, misioneros del Evangelio”.

Una vez más es Nuestra Señora la que encarna plenamente lo que estamos llamados a vivir. Mirésmosla a ella. Ella nos enseña a ser hombres y mujeres del Espíritu.

Cada tarde hacemos nuestro su Magnificat. Con ella entramos gozosos en el misterio de nuestra pobreza, incluso de nuestras humillantes flaquezas, para dejar libre en nosotros el poder de Dios.

Por el contrario, cuando sacralizamos nuestras ideas y proyectos y, sobre todo, nuestro modo de ejercer el poder, dejándonos ganar por la arrogancia, la manipulación y la prepotencia, convertimos nuestras pobres realizaciones en un ídolo vano, cruel y miserable.

Las dificultades y crisis que hoy experimenta la Iglesia tienen aquí una de sus raíces más hondas y resistentes: confundir misión con poder, haciendo de éste un ídolo esclavizante.

La unción del Espíritu que hemos recibido del Señor nos está llamando a una profunda conversión pastoral. Es mucho más que cambio de estructuras y procedimientos. Es un rotundo cambio de nuestra cultura eclesial, ante todo del modo como, obispos y presbíteros venimos ejerciendo el ministerio pastoral.

Es, sin embargo, una operación espiritual que incumbe e involucra a todo es Pueblo de Dios. Hasta tanto cada bautizado-confirmado no se reconozca sujeto responsable del Evangelio, nuestra Iglesia seguirá patinando en el mismo sitio.

Soy Misión. Somos Misión. Cada uno y todos.

¿No está trabajando el Espíritu en esta dirección?

En unos días vamos a participar de la beatificación de cuatro mártires argentinos: un obispo, un sacerdote religioso, un presbítero secular misionero y un laico, padre de familia, catequista y comprometido servidor de los más pobres.

Por ahí va la cosa.

No vivieron ni murieron por una Iglesia que se mira a sí misma y busca autopreservarse, sino por una Iglesia descentrada de sí y con la mirada fija en Jesús, su Esposo y Señor.

Una Iglesia servidora al estilo de Jesús: cercana a los pobres, a los vulnerables y sufrientes; una Iglesia alegre, pero con la alegría de la Pascua del Señor, hecha de cruz y de entrega.

Animémonos a caminar juntos estos senderos que son los del Evangelio.

Yo tampoco te condeno

“Señor y Dios nuestro, te rogamos que tu gracia nos conceda participar generosamente de aquel amor que llevó a tu Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo.” (Oración de la liturgia del quinto domingo de Cuaresma).


“Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante.” (Jn 8,11)

A las puertas de la celebración anual de la Pascua, los discípulos de Jesús pedimos compartir su mismo amor que lo llevó “a entregarse a la muerte por la salvación del mundo”.

Amor. ¿Sentimentalismo? ¿Cuestión de piel? ¿Ingenuidad?

Cuando hablamos del “amor de Cristo” nos referimos a un modo de estar parado en la vida. Tiene que ver con los sentimientos, pero también con la conciencia y, sobre todo, con la libertad.

Ese es el gran trabajo del Espíritu Santo en el corazón del hombre: transformarlo para que refleje los sentimientos, las opciones y la mirada misma de Jesús.

El relato evangélico de este domingo -un verdadera pieza maestra- expresa de manera elocuente lo que significa amar según el estilo de Jesús. Se trata del relato de la mujer sorprendida en adulterio y presentada como tal a Jesús (cf. Jn 8,1-11).

Esta mujer es llevada ante Jesús, no porque hubiera preocupación por ella, su vida e integridad, sino que el interés es usarla para otros fines aviesos: ponerle una trampa a Jesús.

En esa mujer podemos reconocer todas las formas de reducir a las personas -varones o mujeres- a objetos que se manipulan, se usan y descartan por motivos e intereses egoístas.

Jesús desarma a todos. A los acusadores con su capacidad de desnudar su hipocresía. A la misma mujer con esa frase que resume todo el Evangelio: “Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí, e incorporándose, le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Alguien te ha condenado?». Ella le respondió: «Nadie, Señor.» «Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante.» (Jn 8, 9b-11).

Donde unos ven un caso y una oportunidad para hacer valer su posición, Jesús ve a una persona que no puede ser rebajada al nivel de un objeto o un instrumento, sino que debe ser respetada en su dignidad humana. También si es una persona herida por sus propios yerros. Especialmente si se trata de un “pecador”. ¿No es así como Dios, a quien Jesús invoca como Padre, trata a sus hijos más alejados?

Ese es el “estilo Jesús” de acercarse a toda realidad, especialmente a la más herida: la cercanía que da el amor que hace espacio y ofrece aliento, no condena y da nuevas posibilidades.

Reconciliación

“La Voz de San Justo”, 31 de marzo de 2019

Dios nuestro, que reconcilias maravillosamente al género humano por tu Palabra hecha carne; te pedimos que el pueblo cristiano se disponga a celebrar las próximas fiestas pascuales con una fe viva y una entrega generosa. (Oración de la liturgia del cuarto domingo de Cuaresma).

Una diferencia del cristianismo respecto a otras religiones, especialmente las más primitivas, es su concepción de “reconciliación”.

Reconciliar quiere decir: volver a reunir lo que se ha separado. Como concepto religioso, evoca una ruptura culpable del hombre con Dios.

De ahí que, para volver a la amistad perdida, el pecador tenga que recorrer un camino penitencial arduo, oneroso y sufrido. A mayor sufrimiento, mejores expectativas de tener de nuevo el favor de la divinidad ofendida. Así, la reconciliación es obra del hombre que se gana, por el sufrimiento autoprovocado, el favor divino.

Nada de esto, sin embargo, encontramos en la Biblia, ya desde las Escrituras de Israel. Es más, su mensaje va en la dirección opuesta.

La imagen de un dios que, para mostrarse favorable, necesita que su criatura retorne a él mediante el dolor es, sin más, la de un ídolo salvaje. Es sadismo, la peor deformación de lo religioso. Más que amor y adoración, esta divinidad suscita indignación, repudio y repulsión.

Si Dios fuera así, gritar su “muerte” sería el más digno acto de culto.

Este domingo, la Iglesia en oración invoca al Padre de Jesucristo que nos ha reconciliado con Él por medio de su Palabra hecha carne. Nos muestra el verdadero rostro de la reconciliación cristiana.

La reconciliación es obra de Dios que, por amor, se hace cargo de restablecer el vínculo roto. Y lo hace abrazando nuestra humanidad herida, identificándose con todo ser humano sufriente o vulnerado en su dignidad.

No nos exige sufrimiento sino que Él hace suyo el ya de por sí inmenso dolor del mundo. Y, desde ese lugar, ofrece su misericordia como medicina que cura todas nuestras heridas.

La gran conversión de la vida es abandonar las imágenes equivocadas de Dios y dejar que nos alcance e ilumine el Rostro del Dios verdadero: el Padre-Madre de Jesús.

Eso es Cuaresma.

Anunciación del Señor – Jornada del niño por nacer

Homilía en la catedral de San Francisco – 25 de marzo de 2019

Hemos vuelto a escuchar, una vez más, el relato evangélico del anuncio del ángel a María. Es uno de los textos más leídos en la liturgia. Y no nos cansamos de escucharlo. Nos hace mucho bien, entre otras cosas, porque le devuelve humanidad a María.

La sentimos cercana a nuestro camino como hombres y mujeres concretos, al modo como vivimos la fe, a nuestros gozos, luchas e ilusiones.

Tal vez tengamos que reconocer que, la piedad y el cariño nos han llevado a los cristianos a honrar a Nuestra Señora con títulos, formas de culto y de representación que, si nos descuidamos, al menos en algunos puntos, no terminan de manifestar el esplendor de su verdad. O, al menos, no logran ser expresivos para nuestra sensibilidad actual.

Por eso, volver a la Escritura y a lo que ella nos dice de la madre de Jesús resulta siempre tan saludable. Esos relatos siguen teniendo la frescura que les da el Espíritu. Nos hablan con una elocuencia inigualable. Lo hemos experimentado el pasado Año Mariano Diocesano.

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¿Cómo aparece María en el relato de la anunciación que acabamos de escuchar?

Como he posteado esta mañana, en la anunciación, María aparece rompiendo algunos de los estereotipos culturales que reducen el rol y la dignidad de las mujeres.

Señalo tres: en primer lugar, la que rebaja a la mujer a la condición de objeto, de posesión y de uso. En segundo lugar, la que la presenta como fuente de impureza, tentación y caída; la mira, por tanto, con sospecha, porque desconfía de su sexualidad. En tercer lugar, y como una consecuencia de lo anterior, la que la eleva por encima de la humanidad, rodeándola de un áurea edulcorada de romanticismo sensiblero.

El evangelio nos presenta a María, ante todo, como una mujer de fe. Una creyente cabal, no crédula. Es decir, como alguien que ha crecido en la tradición vigorosa de su pueblo: buscadora de Dios, lectora atenta y orante de las Santas Escrituras; adiestrada en la escucha, en el diálogo de fe con Dios, sin miedos ni complejos. Consciente de lo que vive, sabe identificar qué le pasa, qué tiene delante y qué desafíos se le abren ante la propuesta que recibe. Pregunta, inquiere y, cuando ha logrado madurar su respuesta, se entrega sin reservas.

De ella se puede decir lo que Jesús, años después, les dirá a sus discípulos: María no vuelve para atrás, su mirada está fija en el arado. Su “¡hágase!” no es reacción emocional improvisada, sino todo lo contrario: ha crecido en ella la Palabra que ilumina su vida y, en la misma proporción, su “amén” lúcido y cada vez más total y profundo.

En ese “Amén, hágase en mí”, María ha alcanzado la estatura de mujer crecientemente libre y adulta.

Así, María ha sabido ocupar su lugar en el plan de Dios, sin infantilismos, apocamientos o complejos. En ella, vocación y misión se funden hasta formar una solidísima realidad con su misma persona. Ella es la más perfecta discípula misionera de Jesús, parafraseando Aparecida.

En este Año Misionero Diocesano, lógica continuación del Año Mariano, nos volvemos a ella para reavivar o, si es el caso, conocer nuestra vocación y misión como discípulos misioneros de Jesús y su Evangelio.

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Uno de los signos de los tiempos más fuertes que hoy caracterizan el caminar de la humanidad es precisamente la lucha de las mujeres por lograr su emancipación y el reconocimiento de su dignidad de personas.

Es cierto que el feminismo tiene muchos rostros y que algunas de sus expresiones resultan difícilmente compatibles con el humanismo cristiano. Sin embargo, no podemos dejar de reconocer la sintonía de su lucha de fondo por la dignidad de la mujer con el Evangelio de Jesucristo que predica la Iglesia.

Siempre será una ardua tarea de la fe cristiana discernir la verdad, el bien y la justicia presentes en toda lucha humana de las formas ideológicas con que se expresan (conceptos, eslóganes, símbolos). Mientras adherimos a todo lo que es justo en aquellas, necesitamos ser críticos con estas, tomando incluso distancia o rechazándolas, en todo o en parte, cuando resulten una interpretación equivocada de la realidad.

En definitiva, el terreno común donde todos nos tenemos que poder encontrar es la vida concreta de hombres y mujeres, especialmente si heridos y vulnerados en sus derechos.

En este humus del humanismo cristiano es en el que ha germinado la convicción que no hay vidas más dignas que otras y que siempre salvar toda vida humana es el norte para seguir.

Cada año, al celebrar la Encarnación del Hijo de Dios en María por obra del Espíritu Santo, los ojos de la fe contemplan este misterio con la mirada de nuestra Señora. Esa vida que ella siente que comienza a crecer en su cuerpo nos habla de la dignidad de todo “niño por nacer”.

Como la de tantos (se cuentan por millones), la vida de este niño y de su madre estarán amenazadas desde el comienzo. Involucrarse con la dignidad de esas dos vidas será la misión de José el artesano. A la destreza de sus manos se unirán su alma noble y su corazón decidido al servicio del designio salvador de Dios.

Hoy, ante los inmensos desafíos que tenemos como sociedad, necesitamos esa nobleza y ese valor para luchar por la dignidad de toda vida: la de los niños por nacer, la de las niñas y niños violentados por diversas formas de abuso, las de varones y mujeres sumergidos en la pobreza, la de quienes no aciertan con encontrar una luz de esperanza para sus vidas.

No vivimos en un mundo ideal. Las cosas nunca son como quisiéramos. La realidad siempre es dura, más limitada y frágil de lo que estamos dispuestos a aceptar. Nos desafía a empresas arduas para alcanzar el bien posible, aquí y ahora, con los recursos que tenemos, pocos o muchos. No es raro que, en ocasiones, nos enfrentemos a decisiones complejas y difíciles.

En buena medida, toda causa justa -como ocurre con la causa de la dignidad de la mujer- nos ha ayudado a ver cuánto de nuestras estructuras, esquemas y criterios necesitan ser purificados para que ayuden al desarrollo integral del ser humano, creado a imagen de Dios pero también confiado a la potencia creadora de la cultura.

Los discípulos de Jesús, varones y mujeres, sabemos que la plena realización de la humanidad está viniendo a nosotros. Está en el Futuro (con mayúsculas), el que ya ha comenzado a afirmarse en la historia cuando Jesús fue resucitado de entre los muertos. Por eso, no tenemos miedo a ningún cambio ni transformación que resulte en una verdadera humanización de nuestra vida. Tampoco a sumarnos a toda causa justa por el ser humano y su dignidad.

Miramos a Cristo, pues en Él encontramos la medida de todo lo que es auténticamente humano. De su Espíritu recibimos el auxilio necesario para emprender, cada día, la tarea nunca acabada de edificar una sociedad más justa.

Al celebrar la “Jornada del Niño por Nacer”, reafirmemos nuestro compromiso con la Vida.

Amén.