35 años de democracia

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Hace 35 años, el 30 de octubre de 1983, después de la noche oscura del terrorismo de estado, los argentinos volvíamos a elegir a nuestras autoridades. A los ponchazos, nuestra democracia republicana ha seguido caminando.

¿Qué piensa la Iglesia católica sobre la democracia?

Transcribo, a continuación, el último gran pronunciamiento del Magisterio al respecto, Es el famoso nº 46 de la gran encíclica de San Juan Pablo II, Centesimus Annus, de 1991.

46. La Iglesia aprecia el sistema de la democracia, en la medida en que asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente de manera pacífica 93. Por esto mismo, no puede favorecer la formación de grupos dirigentes restringidos que, por intereses particulares o por motivos ideológicos, usurpan el poder del Estado.

Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana. Requiere que se den las condiciones necesarias para la promoción de las personas concretas, mediante la educación y la formación en los verdaderos ideales, así como de la «subjetividad» de la sociedad mediante la creación de estructuras de participación y de corresponsabilidad. Hoy se tiende a afirmar que el agnosticismo y el relativismo escéptico son la filosofía y la actitud fundamental correspondientes a las formas políticas democráticas, y que cuantos están convencidos de conocer la verdad y se adhieren a ella con firmeza no son fiables desde el punto de vista democrático, al no aceptar que la verdad sea determinada por la mayoría o que sea variable según los diversos equilibrios políticos. A este propósito, hay que observar que, si no existe una verdad última, la cual guía y orienta la acción política, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia.

La Iglesia tampoco cierra los ojos ante el peligro del fanatismo o fundamentalismo de quienes, en nombre de una ideología con pretensiones de científica o religiosa, creen que pueden imponer a los demás hombres su concepción de la verdad y del bien. No es de esta índole la verdad cristiana. Al no ser ideológica, la fe cristiana no pretende encuadrar en un rígido esquema la cambiante realidad sociopolítica y reconoce que la vida del hombre se desarrolla en la historia en condiciones diversas y no perfectas. La Iglesia, por tanto, al ratificar constantemente la trascendente dignidad de la persona, utiliza como método propio el respeto de la libertad 94.

La libertad, no obstante, es valorizada en pleno solamente por la aceptación de la verdad. En un mundo sin verdad la libertad pierde su consistencia y el hombre queda expuesto a la violencia de las pasiones y a condicionamientos patentes o encubiertos. El cristiano vive la libertad y la sirve (cf. Jn 8, 31-32), proponiendo continuamente, en conformidad con la naturaleza misionera de su vocación, la verdad que ha conocido. En el diálogo con los demás hombres y estando atento a la parte de verdad que encuentra en la experiencia de vida y en la cultura de las personas y de las naciones, el cristiano no renuncia a afirmar todo lo que le han dado a conocer su fe y el correcto ejercicio de su razón 95.

ESI: nadie tiene la vaca atada

121752.jpgEste fin de semana, varias ciudades argentinas han visto a miles de ciudadanos manifestarse bajo el lema: “Con mis hijos no te metas”. De un tiempo a esta parte, se ha convertido en un hashtag de fuerte presencia en las redes.

El disparador ha sido la intención de introducir modificaciones a la legislación vigente en Educación Sexual Integral.

Leyendo los titulares de algunos medios podría quedar la impresión de que se trata de grupos conservadores que le dicen “no” a la educación sexual, sin matices ni distinciones.

Creo sinceramente que hay que ser más cautelosos. Incluso me permito dar un consejo a quienes se sienten escandalizados, se sorprenden de que se esté hablando de “ideología de género” y tienden a descalificar como “retrógradas”, “oscurantistas” e “hipócritas” estas manifestaciones.

El consejo es este: bajar un cambio, detenerse a escuchar, tomar un poco de distancia de los propios puntos de vista y ensayar la posibilidad de comprender a las personas con sus ideas, motivos y perspectivas.

Este es, además, un buen ejercicio democrático: escuchar al ciudadano, abrirse a la realidad en todas sus expresiones.

Es cierto que algunos rechazan incluso la actual ley de ESI. Fruto de importantes consensos, desde la Iglesia católica nos hemos manifestado a favor de ella. Sin embargo, no están tan desacertados quienes consideran que, bajo la vigencia de esta ley, ya han sido introducidos los postulados más extremos del enfoque de género, avanzando en un proceso de reingeniería social.

Este es un punto que merece atención. Desde mediados de los noventa, la palabra “género” ha empezado a sonar en diversas disposiciones oficiales (leyes, normativas, papers, etc.). Se iba enhebrando así un tejido bastante compacto de orientaciones que asumían el “enfoque de género” como pauta educativa.

Tendríamos que añadir que este proceso ha sido constante y, en buena medida, avasallador. Lo que ocurría en las disposiciones educativas de las provincias corría en paralelo con una serie de leyes del Congreso Nacional, por ejemplo: el matrimonio igualitario y la identidad de género.

“Es la ley”… Tema cerrado. La poderosa, pero también boba mano del Estado parecía direccionada por “especialistas” que dejaban, de hecho, poco espacio para la discusión.

Este modelo es el que está ahora entrando en crisis. Y es muy bueno que así ocurra y que se lo ponga en discusión desde las bases, es decir, que sean los padres, preocupados por la educación de sus hijos los que pongan el grito en el cielo. En definitiva, ¿no son los padres los responsables originarios de la educación, especialmente de la orientación moral de los hijos? Los demás que intervenimos en la educación (estado, escuela, iglesias, profesionales de la educación, etc.), ¿no tenemos un rol subsidiario?

Estamos al inicio de un auspicioso camino. Toda vez que la sociedad se moviliza hay que disponerse a caminar. Nos pasó recientemente con el aborto. Está pasando ahora con la cuestión de la educación sexual.

Una cosa es el respeto, el trato digno de las personas, especialmente de las que pertenecen a las minorías sexuales, y la efectiva superación de toda forma de discriminación injusta e incluso de violencia. Otra, muy distinta, es tener que aceptar sin más un enfoque filosófico determinado como una verdad indiscutible. Una cosa no supone la otra.

Por parte de la Iglesia católica, la semana pasada tres comisiones episcopales (Familia y laicos, Catequesis y Pastoral bíblica, y Salud) dieron a conocer un texto con el título: “Distingamos: sexo, género e ideología”.

Es, a mi modo de ver, un aporte muy valioso y que se estaba haciendo esperar. Siguiendo las reflexiones del Papa Francisco, asume cuanto de legítimo tiene la expresión “gender”, y toma distancia de lo que considera su deformación ideológica. Ofrece una indicación muy buena de por dónde tiene que ir el diálogo con otras perspectivas. Un diálogo que, sin claudicar de la propia posición, sepa discernir cuánto de verdadero hay en todo genuino reclamo humano.

De todos modos, seamos realistas. Las antropologías que proponen el enfoque de género, por lo general, tienen un punto de partida que está en las antípodas del humanismo cristiano. No es lo mismo sostener que esta realidad compleja que es la persona humana ha salido de las manos de un Dios sabio, creador y providente, que sostener que el ser humano es fruto del azar.

Una y otra visión tendrán necesariamente una comprensión muy diversa de lo que es la libertad humana y su rol en la construcción de la propia persona. El diálogo es posible, aunque el consenso sea muy difícil.

Sin embargo, y aún dejando de lado estas cuestiones filosófico-teológicas, la reacción de familias y diversos sectores ante la imposición de la ideología de género muestra que el Estado tiene que ser más cuidadoso a la hora de implementar políticas públicas en ámbito educativo. Hay que tomar nota de ello.

Es muy bueno que, en estas materias y en nuestra sociedad, nadie crea que tiene la vaca atada.

Cabalgata Brocheriana

Estamos reviviendo la gracia de la canonización del Santo Cura Brochero, acontecida hace ya dos años.

La 8ª Cabalgata Brocheriana que está pasando por los caminos de nuestra Iglesia diocesana, la inauguración del monumento al Santo y esta Eucaristía son la expresión visible de esta nueva oportunidad de gracia que se nos ofrece.

La canonización de San José Gabriel es una “gracia sustantiva” de la Providencia para los tiempos que hoy vivimos. Pasó la celebración, pero queda el impulso del Espíritu.

¡Vivamos entonces este acontecimiento con apertura interior! ¡Dejémonos llevar por el Espíritu!

Sin embargo, permítanme anotar esta observación: ¿estamos aprovechando realmente esta gracia, dejándonos interpelar por ella? ¿No corremos el riesgo de reducir la canonización del Santo Cura a mero dato folclórico, sin terminar de preguntarnos a fondo qué nos está diciendo el Señor?

José Gabriel del Rosario Brochero vivió su fe y se santificó en el ejercicio del ministerio en un momento crucial de Córdoba y de Argentina. Para apreciar lo que su figura de santidad nos ofrece tenemos que comprender el contexto vital, cultural y religioso, político y económico en que vivió su discipulado, creció como pastor y se hizo santo.

Estaban naciendo la Córdoba y la Argentina modernas, con todas sus tensiones, sus logros, sus dramas e ilusiones.

Y supo posicionarse con sabiduría evangélica y picardía criolla en ese cruce de caminos que fue el tiempo que le tocó vivir. Supo tejer encuentros, despertar ilusiones y esperanzas, poner en marcha proyectos comunes, tender puentes.

Recordémoslo: el tiempo es don de Dios. El tiempo que nos toca es regalo de Dios que lo llena con la presencia del Resucitado y su Espíritu, y, por la misma razón, provoca nuestra libertad: ¿Qué vas a hacer con el tiempo que te ha sido dado y confiado a tu libertad?

Brochero supo posicionarse libre, responsable y visiblemente en su tiempo. Vivió y encarnó el Evangelio de Jesucristo, sembrando con él la vida de sus hermanos, de la inmensa parroquia que le fue confiada y de la sociedad cordobesa y argentina de la que siempre se sintió parte.

Fue sacerdote cabal, de los pies a la cabeza, en alma y cuerpo. Y lo fue con ese dinamismo que él mismo describió cuando dijo de sí: “Estos trapos benditos que llevo encima no son los que me hacen sacerdote; si no llevo en mi pecho la caridad, ni a cristiano llego.”

Impulsado por la caridad del Buen Pastor realmente lideró un proceso espiritual que impactó en todos los niveles de la vida. Aun hoy lo podemos apreciar.

Esto nos lleva, al menos a mí, a preguntarnos: ¿Cómo nos estamos posicionando como Iglesia en el tiempo que nos toca vivir? ¿Cómo estamos buscando aparecer hoy en la vida pública de Córdoba y de Argentina?

No vale repetir, sin más, comportamientos aprendidos. La identidad de los pueblos no tiene la consistencia de la piedra inerte, sino el dinamismo de los ríos serranos que nacen en las alturas, casi de entre las piedras, y comienzan a tomar forma, a medida que bajan hacia los valles, ganando en volumen y caudal. Por lo general, su marcha es serena y cantarina. En ocasiones, se vuelven torrente impetuoso. Así es la vida que avanza, crece, se desarrolla, afronta nuevos tiempos y mira hacia el futuro.

La Iglesia misma es un organismo vivo que crece continuamente, manteniendo su identidad profunda, pero siempre abierta a la novedad del Espíritu. Gestos, estrategias, métodos o lenguajes pastorales son pensados y reinventados, una y otra vez.

“Es característico de la Iglesia ser, a la vez, humana y divina, visible y dotada de elementos invisibles, entregada a la acción y dada a la contemplación, presente en el mundo y, sin embargo, peregrina; y todo esto de suerte que en ella lo humano esté ordenado y subordinado a lo divino, lo visible a lo invisible, la acción a la contemplación y lo presente a la ciudad futura que buscamos” (SC 2).

Esta es la sapientísima enseñanza del Concilio Vaticano II, formulada hace ya más de cincuenta años.
Importa – y mucho – todo lo que, en la Iglesia, es humano, visible, concreto y actual. Así entra en la historia la gracia sobrenatural.

La estatua del Santo Cura que hemos inaugurado recién nos puede ayudar a comprender mejor la enseñanza solemne de la Iglesia. Volvamos a mirarla.

El artista ha captado a nuestro Santo en algunas de sus actitudes más características.

Ante todo, Brochero está en movimiento, caminando, en salida. Es el Brochero misionero que tanto nos admira, aunque también nos avergüenza e intimida. Pero – tenemos que decirlo – es el Brochero que no podemos dejar de contemplar, aunque su vida, como si fuera una vorágine de fuego, nos queme y hiera. Lo admiramos. Nos intimida y avergüenza, pero nos atrae y fascina.

En una mano, el Rosario de la Virgen María: el Evangelio rezado, el de los pobres, el de los contemplativos que miran las cosas con el corazón y los ojos de la Purísima.

En la otra mano, el Evangelio de Jesucristo. Es la Palabra de la que se siente pregonero. Esa Palabra que, a él primero, le ha transformado la vida, llenándola de luz, de sentido, de urgencia y de gozo. Esa Palabra que busca sembrar en el corazón noble de sus serranos. Esa Palabra que ha ido aprendiendo a memorizar porque es Cristo, Verbo de Dios, que enamora su corazón. Es la “música” que él lleva a todos lados para encender la alegría de la esperanza cristiana en los corazones.

Tiene la mirada en alto, hacia el cielo, pero también como quien sabe mirar lejos, con la santa ansiedad de quien quiere que el futuro ya comience a transformar el presente.

Caminos, escuelas, acueductos, iglesias, ejercicios espirituales, religiosas y una comunidad cristiana viva y misionera. Porque sueña el futuro de las nuevas generaciones, se empeña con lucidez y decisión en la transformación del presente.

Argentina, Córdoba y San Francisco son muy distintas a como eran en los tiempos que vieron las andanzas de nuestro Santo Cura Gaucho. Sin embargo, él inspira nuestras propias andanzas evangelizadoras.

No es la imitación exterior, sino el espíritu brocheriano – el que la Cabalgata se empeña en difundir – el que tenemos que dejar entrar en nuestras vidas.

El Evangelio no necesita operadores ni estrategias de poder. Busca y siempre encuentra corazones humildes que le ofrecen su transparencia para que, a través de sus vidas, la luz de la Buena Noticia de Jesús siga iluminando cada rincón del mundo.

El Año Mariano está entrando en su fase final. No terminará, sino que dejará paso al Año Misionero Diocesano. El Espíritu que fecundó a María la hizo a ella la más entusiasta misionera. Ese mismo impulso es el que vemos en Brochero y Antula. Es el que soñamos para nosotros y para nuestra Iglesia diocesana.

Así sea.

El rostro más lindo

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“¡Maestro, que yo pueda ver!” (Mc 10,51)

“La Voz de San Justo”, domingo 28 de octubre de 2018

“La santidad es el rostro más bello de la Iglesia” (GeE 9).

Si el Papa no lo hubiera escrito, los cristianos de a pie lo sabríamos igual. ¿No es esa nuestra experiencia cotidiana?

Porque “santidad” quiere decir, ante todo, experiencia de Dios, de su presencia, de su ser misterioso: libertad que ama, que acaricia, perdona y reconcilia.

El momento central de la Eucaristía se abre, precisamente, cuando la comunidad reunida canta el himno bíblico: “Santo, santo, santo es el Señor, Dios del universo, llenos están el cielo y la tierra de tu gloria. Hosanna en el cielo. Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en el cielo”.

Así se entra en la conmemoración de la entrega de Cristo. Él es el “bendito que viene en nombre del Señor”. Su cuerpo entregado y sangre derramada para el perdón nos hacen comprender cómo Dios es santo y cuál es la gloria divina que colma cielos y tierra.

La mayor tristeza que se puede imaginar es, precisamente, la de quien ya no puede reconocer la gloria de Dios que resplandece en todo lo que existe. Cuando esto ocurre, todo es oscuridad, vacío, amargura.

Algunos lo perciben con extremada sensibilidad: no poder ver a Dios en sus vidas conlleva un gran sufrimiento, una fuerte nostalgia de una belleza y bondad que se anhelan pero que no se logran encontrar.

La experiencia cristiana, más como gracia que como conquista, sencillamente dice: ese anhelo se ha cumplido, la verdadera santidad ha entrado en el mundo, no estamos solos ni abandonados.

El rostro de la santidad de Dios es el rostro de Jesucristo. “Solo Tú eres Santo”, cantamos cada domingo al inicio de la Misa, invocándolo como Señor y Salvador.

Cuando el Papa Francisco escribe la frase que abre esta columna piensa en esa forma de santidad que viven los que, con paciencia, entregan su vida por los demás, cada día, levantándose, una y otra vez, de sus caídas. No es la santidad de los puros y perfectos, sino la de los que se saben siempre en camino y, por eso, se animan a caminar.

Pero también, Francisco piensa más allá. Afirma: “Pero aun fuera de la Iglesia Católica y en ámbitos muy diferentes, el Espíritu suscita «signos de su presencia, que ayudan a los mismos discípulos de Cristo»…” (ídem).

Este domingo, el evangelio nos presenta la figura de un ciego al que Jesús devuelve la vista (cf. Mc 10,46-52). Su súplica insistente conmueve: “¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!… Maestro, que yo pueda ver”.

También nosotros podemos suplicar así: poder ver el Rostro de Cristo en los rostros de tantos hombres y mujeres que viven el amor de Dios. Es una buena súplica al iniciar la semana en la que haremos conmemoración de nuestros difuntos y, al día siguiente, de todos los santos.

Sí, la santidad es el rostro más lindo de la Iglesia… y de toda la humanidad.

Iglesia y política: el desafío de construir cultura democrática

Muchos católicos se encuentran desconcertados, o incluso enojados, por gestos recientes de algunos sectores de la Iglesia.

Interpretan que se viene dando una indebida identificación entre la Iglesia y una determinada expresión de la vida política argentina: el peronismo, hoy en la oposición.

Pienso que es una lectura parcial y, por eso, no muy justa. Ese malestar, si embargo, es comprensible y atendible.

Por eso, a esos católicos desconcertados me gustaría decirles: no se sientan culpables si no están de acuerdo con algunos gestos, palabras o decisiones de sus hermanos en la fe, incluso si son sus pastores, en una materia tan importante, compleja y contingente como lo político-social.

Por supuesto, siempre hay que verificar si y en qué medida las propias percepciones tienen fundamento o no. Y estar más dispuestos a exculpar que a inculpar.

Por otra parte, la unanimidad de la fe católica en otros temas (la objetiva malicia moral del aborto, por ejemplo), aquí no se da.

Eso significa que existe una amplia libertad de acción, especialmente valiosa para la vocación y misión de los laicos.

En este punto, y huyendo de toda forma de clericalismo, los pastores tenemos que ser muy celosos en promover la libertad de acción que es propia de los laicos.

Como enseña el Papa Francisco, estamos “llamados a formar las conciencias, pero no a pretender sustituirlas” (AL 37).

Esto que vale para la moral matrimonial resulta especialmente significativo para la vida social, económica y política: el discernimiento es el camino de los discípulos de Cristo.

Y esto implica también que los católicos podamos expresarnos libremente, especialmente sobre aquellos asuntos que son materia opinable, en los que discrepamos y que pueden ser enriquecidos con diversidad de opiniones.

Semejante diálogo y discernimiento eclesiales nos precaverá del peligro siempre latente – en el que, por desgracia, en ocasiones hemos caído – de pretender ungir con la mística religiosa del Evangelio alguna determinada expresión política.

Hoy, en la Argentina, ninguna expresión política partidaria puede reclamar para sí la franquicia de la doctrina social de la Iglesia. Y, lo más seguro, es que eso no se dé nunca. Lo cual es, por otra parte, muy bueno. Cuando la política y la religión se mezclan indebidamente, todos perdemos. Necesitamos estar atentos.

En su momento lo señaló Benedicto XVI a los católicos alemanes: aunque dramáticos, los procesos de secularización han solido dejar una Iglesia más pobre, con menos poder mundano, pero también más libre y fiel al Evangelio.

No tenemos otro camino que fatigarnos en el discernimiento para iluminar nuestra conciencia y tomar, de vez en vez, las decisiones concretas que hagan posible edificar el orden político más justo posible, aquí y ahora. Y abiertos a las nuevas realidades que nos desafían.

Esto ha sido siempre valioso. Lo es mucho más en una sociedad como la argentina que vive procesos legítimos de secularización y de pluralidad política e ideológica.

En este contexto, la palabra y los gestos de la Iglesia, especialmente de sus pastores, deben ser cuidados al extremo.

Seguimos siendo un formidable actor de la vida política argentina.

Esto conlleva riesgos y una grave responsabilidad, entre otras, cuidar la cultura democrática que nuestro pueblo ha elegido y, aún a los ponchazos, viene sosteniendo desde hace más de treinta años. Pensemos en lo que hoy está significando caer en la cuenta de la hondura de la corrupción y la incertidumbre de si estamos o no dispuestos a decir un “nunca más” a este flagelo.

Asimilar dicha cultura, sus reglas de juego, sus tiempos y, sobre todo, el gris aburrido de sus procesos irremediablemente imperfectos reclama una infinita paciencia ciudadana.

Es también un formidable desafío para los católicos argentinos, nuestras comunidades eclesiales y para quienes somos sus pastores.

Vidas que inspiran

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“La Voz de San Justo”, domingo 21 de octubre de 2018

“Ustedes saben que aquéllos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud” (Mc 10,42-45).

Son palabras de Jesús. Las volvemos a oír este domingo. ¡Ojalá las escuchemos realmente!

Son palabras que inspiran y motivan, pero también juzgan: sacan a la luz la miseria e insustancialidad de tantas caretas. Mucho más cuando se comprueba que no son mera declaración. El que las pronuncia ha vivido así.

Uno de los riesgos más fuertes que corremos los que desempeñamos algún rol de dirigentes es el desconectarnos de la vida real de las personas. Para un cura, por ejemplo, eso es fatal, pues nuestra misión es sembrar de Evangelio la vida concreta de las personas reales. Ni más ni menos.

Creo además que muchos nos llevan la delantera. Hombres y mujeres sencillos, silenciosos y hasta ninguneados, pero que, en el día a día de la vida, cargan sobre sí la vida de otros, especialmente de los más vulnerables.

Sean o no creyentes, han dejado entrar en sus vidas la fuerza de estas palabras de Jesús: “el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos” (Mc 10,43-44).

Este domingo te invito a escuchar estas palabras de Jesús. Te invito también a abrir tus ojos.

Es posible que, a la vuelta de la esquina o en quien menos pensabas, estas palabras sean también algo más que palabras.

Es posible que sean vida real, compromiso cotidiano y esperanza compartida.

Hay vidas que inspiran, tanto o más que las palabras.

Y, verlo con los propios ojos, en los tiempos que corren, hace mucho bien.

A propósito: ¿no viven así las madres? Feliz día a todas las mamás.

La Iglesia, los jóvenes y Jesús

“Jesus lo miró con amor…se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes” (Mc 10,21.22)

Desde Roma nos llegan noticias esperanzadoras. El Sínodo de obispos, convocado por el Papa Francisco, parece ir por buen camino. Más de doscientos participantes de todo el mundo están reflexionando sobre “los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”.

El Papa ha pedido para los plenario que, después de cinco intervenciones (que no deben superar los cuatro minutos), se hagan tres minutos de silencio.

La idea es realmente escuchar. Y a fondo. Se trata de comprender las inquietudes que los jóvenes tienen dentro. Pero también los interrogantes que tenemos los adultos que intentamos acompañarlos en el camino de la vida. Más aún: se busca reconocer, en ello, la voz de Dios y los movimientos de su Espíritu.

Los informes que cada día se van haciendo públicos dan cuenta de una franqueza muy grande a la hora de hablar, escuchar y tratar de entender qué pasa.

El evangelio de este domingo (Mc 10,17-30) nos ofrece algunas pistas interesantes para poder apreciar esta dinámica del Sínodo.

Después de exponerle a Jesús la inquietud que lo carcome por dentro (“Maestro bueno, ¿qué debo hacer para alcanzar la Vida eterna?”) y su fidelidad a la ley de Dios, un hombre es sorprendido por Jesús: “Solo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme” (Mt 10,21).

Es verdad que el texto añade que aquel hombre se fue triste “porque poseía muchos bienes” (Mc 10,22). Pero hay un detalle que merece atención. Antes de formularle su inquietante propuesta, nos dice el evangelio, que Jesús “lo miró con amor”. En realidad, la expresión es mucho más fuerte e incisiva. Da a entender esa notable capacidad de mirar dentro del corazón del hombre que es tan propia de Jesús.

Supo así comprender lo que inquietaba a aquel hombre, y adivinó que, no obstante su vida recta, había una carencia de fondo que tenía que salir a la luz. De ahí, la invitación que, aún hoy y a nosotros, nos desconcierta.

Jesús no deja indiferente a nadie. Quien comienza a advertir su misterio se ve llevado inexorablemente a revisar su vida y lo que está haciendo con ella. Quedan puestas en tela de juicio las prioridades y opciones. Emerge así la pretensión más intimidante de Jesús: ser el único que puede darle sentido a la vida. Él posee el secreto de una vida que sea realmente perdurable.

El siempre fascinante diálogo entre la Iglesia y las nuevas generaciones tiene un momento de verdad, más allá del cual no hay nada: todos delante de Jesús y su Evangelio, desnudos de pretensiones, abiertos al soplo de su Espíritu y desafiados a poner en crisis nuestras búsquedas y proyectos.

No se trata de que la Iglesia se convierta a los jóvenes, ni los jóvenes a la Iglesia. La única conversión que vale es a Jesús y al Reino que Él anuncia y realiza.

Todos bajo la mirada de Jesús.

Jesús y lo imposible

El evangelio de este domingo (Mc 10,2-16) me ha hecho recordar la película de J. A. Bayona: “Lo imposible”. Basada en un hecho real, relata la suerte de una familia golpeada por el tsunami del 26 de diciembre de 2004 en el sudeste asiático, con más de cien mil víctimas.

En medio de esa devastación, lo imposible: los cinco miembros de una familia separada por la vorágine de las aguas se reencuentran. La escena que lo secuencia es intensa y conmueve profundamente.

77584Sin embargo, la memoria me evocó otra escena: Lucas, el hijo mayor, ha logrado hacer que su mamá herida llegue al hospital. Pero, en medio de esa situación extrema, el chico parece sobreponerse, al menos por un momento, a su propio dolor. Empieza a recorrer el lugar para que otros, igualmente perdidos y desesperados, puedan reencontrarse.

¿Por qué la memoria me ha hecho esta jugada? No lo sé bien. Creo que, al escuchar a Jesús hablar con tanta frescura del proyecto original del Creador sobre el amor humano, las escenas de “Lo imposible” le han dado plasticidad y forma al mensaje evangélico.

Esa es la potencia del amor. Ese es el sentido profundo de la atracción del hombre y la mujer. Esa es la vocación del cuerpo, la sexualidad y la libertad. Esa es, simplemente, la verdad de la humanidad, más allá de todas nuestras diferencias y fragilidades.

El relato evangélico es una perla preciosa. De las pocas veces que Jesús aborda el tema de la sexualidad. Frente a la mirada de corto alcance de sus contrincantes, Jesús no necesita decir mucho para restablecer el sentido originario del proyecto del Creador: “Pero desde el principio de la creación, «Dios los hizo varón y mujer». «Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre, y los dos no serán sino una sola carne». De manera que ya no son dos, «sino una sola carne». Que el hombre no separe lo que Dios ha unido.” (Mc 10,6-8 citando Gn 2,24-25).

Parece imposible que la fragilidad del ser humano pueda hacerse cargo del proyecto de Dios sobre el amor. No es una dificultad solo de hoy. En el amor y la sexualidad se juegan cosas fundamentales. Son tan esenciales como frágiles. Siempre estarán amenazadas por diversas formas de deshumanización.

La clave está en la explicación que Jesús les da a sus discípulos, tan desorientados como los fariseos: “Les aseguro que el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él” (Mc 10,15).

lo-imposible--644x362La figura del niño, en labios de Jesús, evoca la experiencia religiosa original: la vida se debe recibir y vivir como don gratuito, libre y gozoso de Dios. Es Él quien restaña nuestras heridas y hace posible lo imposible: el amor como don de nosotros mismos.

Los sueños de Francisco

243192258be91aa6c47201c7d54510d4Homilía del Obispo Sergio Buenanueva en la Fiesta Patronal en honor de San Francisco de Asís – 4 de octubre de 2018

“… sabemos que nuestros jóvenes serán capaces de profecía y de visión en la medida que nosotros, ya mayores o ancianos, seamos capaces de soñar y así contagiar y compartir esos sueños y esperanzas que anidan en el corazón”.

Son palabras del Santo Padre Francisco pronunciadas ayer, al inaugurar el Sínodo sobre los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional.

Hoy, orando por el Papa, rezamos también por esta XV Asamblea del Sínodo de los obispos.

Les confieso que me alegró mucho escuchar esa invitación a soñar que el Papa dirige a toda la Iglesia.

Desde hace algunos días, y pensando en esta Fiesta Patronal, venía cavilando en hablarles precisamente de algunos sueños de Francisco de Asís, nuestro patrono.

Es bueno que nos preguntemos: ¿Qué sueños tenemos? ¿Los sueños de nuestra niñez y juventud han madurado con nosotros? ¿Siguen alimentando nuestra vida o también se han devaluado? O, peor aún, ¿se han vuelto insípidos, pedestres, rutinarios?

Los sueños de nuestros mayores son la raíz de lo que es hoy San Francisco. Sueños de horizonte infinito como la “pampa gringa”, siempre amenazados por diversas formas de estrechez y exclusión.

Sueños y esperanzas crecen juntos. Y, si crecen, nos hacen madurar. La fe es la capacidad de soñar con los ojos de Dios, tal como Él mira la vida (la tuya, la mía, la de toda la humanidad, la de los pobres).

La fe cristiana en Dios, en su providencia y misericordia está en el ADN de nuestra ciudad. Sigue viva, abriendo horizontes y purificando nuestra mirada de toda forma de ceguera.

*     *     *

Los evangelios nos narran los sueños de Dios, tal y como pasan por el corazón, los labios, las manos y la pasión de Jesús. Acabamos de escucharlo: “Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11,27).

Ese sueño de Dios conquistó y purificó los sueños del joven Francisco Bernardone.

Su alma inquieta y sensible de juglar soñaba con el reconocimiento, la gloria y el aplauso del mundo. Se soñó caballero y, así, marchó a la guerra. Sabemos bien lo que pasó: derrotado el ejército de Asís, el joven soñador terminó en una húmeda celda, enfermo en el cuerpo y herido en su alma. Y, por esa herida, comenzaron a colarse los sueños de Cristo.

Así, apaleado por la vida, comenzó a orar con una profundidad hasta entonces desconocida. Su verdadera conversión estaba en marcha. Eso sí, alternaba sus oraciones con fiestas juveniles, de las que era el alma. Una juventud bulliciosa lo seguía con agrado, aunque empezaba a preguntarse qué amor lo había conquistado. Porque esa era la impresión que daba: estaba enamorándose. ¡Y era verdad!

En eso andaba, cuando un día escuchó una voz que le decía: “Francisco, si deseas saber mi voluntad, tendrás que despreciar y aborrecer todo cuanto has amado y ambicionado hasta ahora. Pruébalo, y lo que ahora te parece suave y agradable se volverá insoportable y amargo, y lo que antes te horrorizaba se te volverá dulzura grande y suavidad inmensa”.

leprosComo suele ocurrir en ocasiones similares, al principio no supo bien qué hacer. Pronto le llegó la luz de la mano de un leproso que salió a su encuentro. Dejemos que él mismo nos lo cuente: “El Señor me dio de esta manera a mí, hermano Francisco, la gracia de comenzar a hacer penitencia: Cuando estaba todavía en pecados, me parecía extremadamente amargo ver leprosos; pero el Señor mismo me condujo en medio de ellos, y practiqué con ellos la misericordia. Y, al separarme de ellos, lo que me parecía amargo se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo; y después esperé un poco y dije adiós al mundo que había vivido hasta entonces”.

Solo me permito subrayar esto: el encuentro con este hermano herido en su humanidad ha sido, para Francisco, una gracia de conversión. Le ha indicado hacia dónde debía empezar a caminar. Así lo estaba esperando Cristo.

*     *     *

Ahora, otro sueño: Francisco soñó con viajar a tierra de musulmanes, predicar el Evangelio y conquistar para Cristo esos pueblos.

Le costó concretarlo. Fracasó muchas veces, dejando su corazón apesadumbrado: ¿Qué quiere realmente Dios de mí? ¿No me habré engañado? Pero, la Providencia le tenía preparada la ocasión… y mucho más.

Como suele ocurrir: un sueño se concreta, no en la dirección esperada, sino que, moldeado por la realidad, abre nuevas e insospechadas perspectivas para la vida.

Es que nuestros sueños y esperanzas tienen que ser evangelizados por los sueños de nuestro Dios. Aquí también sirve aquella advertencia: “…los pensamientos de ustedes no son los míos, ni los caminos de ustedes son mis caminos” (Is 55,8).

Francisco y once compañeros partieron hacia Tierra Santa. Se fueron dispersando por el camino. El quedó solo con el hermano Iluminado. Sus sueños misioneros quedaron atrapados por la vorágine de crueldad, sangre y destrucción de la quinta Cruzada.

Los hermanos fueron así testigos de que un declamado amor a Cristo era capaz de corromperse en formas inhumanas de violencia y muerte. Dura prueba para los sueños de pureza evangélica del noble Francisco.

Con los debidos permisos, los hermanos pudieron ir al encuentro del Sultán. El sueño parecía al alcance de la mano.

Puestos ya ante la presencia del Sultán Melek-el-Kamel, y ante su pregunta si querían hacerse musulmanes, un decidido Francisco le respondió: “No nos manda nadie, ni queremos ser de los vuestros. Somos embajadores de nuestro Señor Jesucristo, y traemos de su parte este mensaje para ti y tu pueblo: que creáis en el Evangelio…”

El Sultán lo escuchaba asombrado. Lentamente le fue conquistando el corazón. No se hizo cristiano, pero ambos saldaron un sólido vínculo de estima recíproca. Al punto tal, que el Sultán dio órdenes para que los hermanos pudieran circular libremente por sus dominios y visitar, sin pagar impuesto, los lugares santos cristianos.

La presencia de los franciscanos hoy en Tierra Santa tiene aquí su origen. Francisco se cruzó con el sueño de Dios, y supo reconocerlo y hacerle espacio en su vida, al punto de hacerlo realmente suyo.

De vuelta en Europa, Francisco no podía dejar de rumiar esta experiencia y cómo sus sueños habían tomado la forma que la Providencia tenía pensado. Por eso, así describió la misión de quienes partieran a tierras musulmanas: “Y los hermanos que van, pueden conducirse espiritualmente entre ellos de dos modos. Un modo consiste en que no entablen litigios ni contiendas, sino que estén sometidos a toda humana criatura por Dios (1 Pe 2,13) y confiesen que son cristianos. El otro modo consiste en que, cuando vean que agrada al Señor, anuncien la palabra de Dios, para que crean en Dios omnipotente, Padre e Hijo y Espíritu Santo, creador de todas las cosas, y en el Hijo, redentor y salvador, y para que se bauticen y hagan cristianos, porque el que no vuelva a nacer del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios (cf. Jn 3,5)” (Regla no bulada, XVI).

¡Claro que Francisco quiere que todos conozcan el Rostro del Dios amor que le había conquistado el corazón! Pero ha llegado a comprender que el sueño de Dios para esta humanidad lacerada por el odio es que los enemigos se den la mano en señal de reconciliación. Porque Él es el Dios de la amistad, del perdón y del encuentro. Hace fiesta cuando recupera al hijo perdido y pacifica el corazón agrio del hermano resentido.

El sueño de Dios son hombres y mujeres – como Francisco y Clara – pacificados en su corazón y que, desde esa fuente de paz, pacifiquen el mundo. Mucho más, cuando la convivencia humana se ve envenenada por el odio, el resentimiento y las diversas formas de injusticia que nos deshumanizan.

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Queridos amigos y hermanos:

La Misión Ciudad ha dado pasos muy valiosos este año: nos hemos acercado a los espacios públicos donde están las personas. ¡Gracias a todos los que se han empeñado en esta Misión durante estos días! ¡Gracias también a las instituciones que nos han abierto las puertas!

Ya que la Providencia nos ha hecho el regalo de que nuestra querida ciudad lleve el nombre del Pobrecillo de Asís, ¿no podríamos soñar juntos una convivencia más vivificada por los sueños de Francisco de libertad, pobreza y fraternidad? ¿No tendríamos que ser nosotros, como comunidad eclesial, los primeros en vivirlos más intensamente? ¿Cómo ha de seguir la Misión Ciudad? ¿Qué nuevos gestos misioneros hemos de dar? Este trabajo mancomunado de las siete parroquias de la ciudad ¿no nos está reclamando profundizar los caminos de la pastoral urbana que iniciamos hace algunos años? La Iglesia es comunión en tensión misionera. ¿Cómo se han de seguir sumándose los colegios católicos, los movimientos y demás espacios eclesiales? ¿No tiene que seguir creciendo el rostro laical y joven de esta Misión Ciudad? ¿No tenemos que pensar que los nuevos desafíos están reclamando también nuevas respuestas creativas?

Soñemos entonces. Y no tengamos miedo. Los sueños de Dios se van a entrecruzar con los nuestros y nos van abrir nuevos horizontes.

Pongamos nuestros sueños en las manos de Francisco y en el corazón de la Virgencita.

Así sea.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Francisco, hermano: Paz y Bien

243192258be91aa6c47201c7d54510d4“La Voz de San Justo”, domingo 30 de septiembre de 2018

“Y los hermanos que van, pueden conducirse espiritualmente entre ellos de dos modos. Un modo consiste en que no entablen litigios ni contiendas, sino que estén sometidos a toda humana criatura por Dios (1 Pe 2,13) y confiesen que son cristianos. El otro modo consiste en que, cuando vean que agrada al Señor, anuncien la palabra de Dios, para que crean en Dios omnipotente, Padre e Hijo y Espíritu Santo, creador de todas las cosas, y en el Hijo, redentor y salvador, y para que se bauticen y hagan cristianos, porque el que no vuelva a nacer del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios (cf. Jn 3,5)” (Regla no bulada, XVI).

Estas eran las consignas de Francisco de Asís a sus hermanos que se aprestaban a viajar a tierra de musulmanes. Todavía hoy, los hermanos franciscanos, custodian los lugares santos. Y continúan obedeciendo los consejos del Hermano Francisco: no ser fuente de conflictos y predicar “cuando vean que agrada al Señor”.

Comprendámoslo bien: no se trata de estrategias políticas, ni argucias para conseguir, a la larga, inconfesados objetivos de poder. Tampoco se trata de pusilanimidad, como suelen acusar los talibanes de todos los tiempos a los que optan por la no violencia. Todo lo contrario. Es el evangelio que nace del corazón manso y paciente de Jesús. Es la mansedumbre del Dios humilde de Belén y de la Cruz.

A Dios le agrada que su Nombre sea conocido por todos. ¡Cómo no! Si es la primera petición del Padre nuestro: que su Nombre de Padre misericordioso sea conocido y alabado, especialmente por los pobres. Le agrada, por encima de todo, que su Espíritu renueve la creación y dé vida a nueva humanidad, en la que los enemigos se den la mano en señal de reconciliación. Es el Dios de la amistad, del perdón y del encuentro. Hace fiesta cuando recupera al hijo perdido y pacifica el corazón agrio del hermano resentido.

Jesús salió al encuentro de Francisco. Conquistó su corazón noble, sensible y apasionado. Y así, toda vez que se multiplicaron palabras de odio, Francisco supo decir palabras buenas, portadoras de paz para una sociedad violenta, injusta y herida. Por eso, sigue siendo tremendamente actual. Necesitamos su paciente mansedumbre y su alegre confianza en la bondad de Dios y de todas las creaturas.

Francisco, hermano, este cuatro de octubre, al celebrar tu memoria, queremos contagiarnos de tu alegre mansedumbre. Y cantar con vos: “Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sostiene y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas. Alabado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor, y sufren enfermedad y tribulación; bienaventurados los que las sufran en paz, porque de ti, Altísimo, coronados serán”.

Paz y Bien para todos.