Cielo abierto…

“La Voz de San Justo”, domingo 13 de enero de 2019


“¡Si rasgaras el cielo y descendieras…!” (Is 63,19).

“Y, mientras estaba orando, se abrió el cielo…” (Lc 3,21).

La fe bíblica nació entre nómades, caminantes que pasaban la mayor parte del tiempo deambulando por el desierto. Imaginamos sus noches, con el cielo estrellado por compañía y horizonte. También sus cantos, sus narraciones (algunas han pasado a nuestras Escrituras), sus penares e ilusiones.

Uno de ellos, Abrahám, recibió un día una promesa: si puedes contar las estrellas del cielo, así será tu descendencia. Y eso es la fe: vivir de esa promesa que abre el futuro. Y hace caminar. Y levanta de todas las caídas.

Dios es también un caminante. No está apoltronado en un lugar. El cielo estrellado es una bellísima metáfora para señalar su inmensidad, su misterio y la amplitud de su misericordia. Ese Dios inefable y caminante es amigo del hombre. Amigo que camina al lado. Se lo puede invocar y, sobre todo, contar con Él.

Hay momentos, sin embargo, en que la experiencia de Dios tiene otros tonos. Aparece lejano, ausente o sencillamente inexistente. El cielo, más que cifra de su infinitud, hace palpable la pequeñez sin sentido del ser humano, perdido en esa inmensidad.

De ahí nace la súplica que abre esta columna, y que hemos tomado del profeta Isaías: “¡Si rasgaras el cielo y descendieras, las montañas se disolverían delante de ti, como el fuego enciende un matorral, como el fuego hace hervir el agua!” (Is 63,19-64,1).

Este domingo termina el tiempo de Navidad. El evangelio, como al pasar, evoca la súplica del profeta: el cielo, finalmente, se ha rasgado. De él ha descendido el fuego que quema todo. No destruye. Enciende por dentro los corazones: es el Espíritu de Cristo, su amor apasionado, su misericordia.

Un dato para retener: Jesús ora y el cielo se abre. Hay tela para cortar aquí.

Tal vez sintamos la ausencia de Dios. Miremos el cielo y supliquemos con el profeta. Dios ya nos ha escuchado. Ha enviado a su Hijo. Caminemos con Él.

Noche de Reyes


“¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo” (Mt 2,2)

¿Qué te trajeron los Reyes? No puedo dejar de evocar la ansiedad que impedía dormir esa noche de espera. Y la magia de la mañana siguiente de regalos y sueños cumplidos, también de decepciones y algunas envidias. No sé por qué, pero, en mis recuerdos de niño, las mañanas de Reyes son siempre luminosas.

Estoy agradecido por aquellos años y cómo los Reyes estimularon la capacidad de expectativa que es innata al ser humano, que es casi la esencia de la niñez y que es la base sobre la que se asienta la esperanza cristiana.

El relato evangélico no habla de Reyes, sino de sabios de oriente, guiados por una estrella hasta el encuentro con un recién nacido, el asombro de sus padres al ver a esos extraños señores depositar regalos ante el Niño.

Sus regalos son presentes que homenajean al Niño y, en buena medida, son signo de una profunda gratitud: la estrella fue su guía que los llevó hacia la Luz que ilumina todo, Jesús, el Verbo de Dios humanizado. Son sabios en la misma medida en que son buscadores de la luz.

La gratitud comienza a despertar en sus corazones cuando descubren que la luz los ha encontrado a ello, que ese encuentro no es fruto de su esfuerzo, sino la gracia que ha puesto en marcha toda búsqueda de sus vidas. Y, de esa intensa mixtura de sentimientos, emociones y vivencias, nace el humanísimo gesto de la adoración.

La tradición de regalar a nuestros niños en Reyes evoca algo de esto. A pesar de todo, siguen viniendo niños al mundo, por eso, sigue siendo urgente buscar luz para disipar tanta tiniebla. Más por ellos que por nosotros.

Esa luz, para los cristianos, tiene un Rostro radiante: el del Resucitado. Y vive en cada chico que viene a este mundo. Y resplandece con mayor fuerza si mayor es también la fragilidad y vulnerabilidad.

Cada chico es una luz que merece ser agradecida.

Soñando Argentina

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¿Nos atrevemos a soñar la Argentina de este 2019 que estamos a punto de iniciar? ¿Cómo la imagino y sueño yo?

En realidad, no sueño con una Argentina muy distinta de la que hoy tenemos.

Me explico. Claro que hay muchas cosas por superar: el deterioro espiritual y social que no logramos detener, la corrupción estructural que está a la base de la pobreza que golpea a una tercera parte de nuestro pueblo, especialmente a los niños. Nos duelen los rostros de la pobreza, pero no terminamos de decidirnos a enfrentar la enfermedad de la corrupción.

Lo que no puedo imaginarme es una Argentina sin nosotros, los argentinos reales que hoy transitamos sus caminos. Y pienso en todos, no solo en los que ven, sienten y creen como yo. Los de mi palo.

No puedo soñar una Argentina con gente que se quede afuera. Claro que algunas opiniones o puntos de vista me incomodan. Algunas también me enojan. Pero ¿es esto razón suficiente para excluir? Me resisto a pensar así, y si, por alguna razón esos sentimientos me invaden, trato de que no se apoderen de mí. Menos aún de mis decisiones o palabras.

Sueño con una Argentina en la que se discutan a fondo las ideas, los proyectos de país y los valores. Acaloradamente y con pasión. También sacándonos chispas. Pero que esa discusión no cruce la frontera del ataque descalificador del otro, buscando su exclusión o – peor aún – su eliminación.

Si, por un instante, dejáramos de colgarnos las etiquetas infamantes que solemos emplear para negarnos subjetividad: ¡Gorila! ¡Choriplanero! ¡Feminazi! ¡Antiderechos! (Y podría seguir un largo etc). Si dejáramos entrar en nuestro espacio lo que el otro siente y vive, pienso que lograríamos afianzar una de las virtudes fundamentales de la convivencia ciudadana: la reciprocidad.

¿Qué significa? Aquello que, con diversas formulaciones, encontramos en todas las grandes religiones y sistemas morales. Suena así: “Tratá a los demás como querés que los demás te traten a vos”. Eso es reciprocidad: estar dispuesto a dar al otro lo que pido para mí mismo.

Claro, todo esto supone una condición que puede resultar difícil: humildad. Sin embargo, si lográramos aprender de nuestros errores (los pasados y los actuales), tal vez, podríamos reconocer que, hoy por hoy, no hay mesías providenciales que tengan la llave del futuro. Aprenderíamos humildad. Solo una humildad compartida le da la mano a una verdadera reciprocidad.

Este sueño es potente. Al menos, para mí, como ciudadano, cristiano y obispo, me compromete en lo más profundo. A él quiero dedicarle mis energías en este año que estamos a punto de estrenar.

Este es mi sueño. Al compartirlo, deja ya de ser solo mío. Lo he puesto en las manos y el corazón de quien quiera escucharlo y hacerlo suyo.

¡Bendecido año 2019!

¿Navidad es Jesús?

Las expresiones religiosas en los espacios públicos suscitan, cada vez, más reacciones. En nuestro país, por ejemplo, después del reciente debate sobre el aborto, la cuestión de la presencia pública de las religiones ha generado un clima polémico. Campañas como la separación Iglesia-Estado o las así llamadas “apostasías colectivas” son un signo de ello.

Un significativo campo de batalla de esta polémica son las redes sociales. Entrecruzarse de opiniones, diatribas, insultos, argumentaciones “ad hominem”, chicanas, etc. Pero también, aquí y allá, ideas más o menos sensatas.

Una última escaramuza ha tenido lugar en estos días navideños, pues el gobierno de la ciudad de Buenos Aires aceptó una propuesta de ACIERA, entidad que nuclea a varias Iglesias evangélicas, ha difundir por diversos medios públicos la frase: “Navidad es Jesús”.

La frase es bien conocida por los cristianos. Se usa, incluso como hashtag, desde hace varios años y con el objetivo de rescatar el perfil religioso y evangélico de la Navidad. Frente al consumo o lo que muchos juzgan una “paganización” de la fiesta del nacimiento de Cristo, resulta bueno recordar su origen y contenido religioso.

Entre las reacciones de crítica, me llamó la atención un Tuit del 23 de diciembre de la conocida escritora Claudia Piñeiro que es muy elocuente. Dice así:

“¿Hace falta explicar la diferencia entre que alguien diga “feliz navidad” a “navidad es Jesus”? De verdad? Uno es saludo, el otro propaganda religiosa”.

No voy a entrar en el fondo de la cuestión si es legítimo o no que en el espacio público se puedan dar este tipo de “propagandas religiosas”, al decir de Piñeiro. Solo apunto que no hay que confundir lo público con lo estatal; que el espacio público es de todos y todos tenemos derecho a expresarnos en él; y que el estado, en todo caso, debe regular para que nos respetemos y no se haga un uso indebido de lo que es de todos.

Quiero apuntar en otra dirección, que está también en el fondo de la cuestión. Lo formulo así: la sociedad plural configura un espacio público en el que se dan cita múltiples personas, grupos y voces. Esto nos plantea un desafío formidable como sociedad y como ciudadanos: aprender a convivir en la diferencia.

Es decir: la convivencia ciudadana supone un conjunto de virtudes: aceptación y respeto por el otro, alteridad y empatía, reciprocidad, tolerancia y trato justo, paciencia y disposición para salvar siempre la parte del otro, etc. No en última instancia, la convivencia ciudadana supone una cuota bastante alta de buen humor, que se nutre de esa capacidad tan humana de percibir y relativizar solemnes incoherencias, desproporción entre lo que se aspira, dice y obra, etc.

Entre paréntesis: el humor siempre va de la mano de la fina ironía e incluso de algunos márgenes legítimos de sátira y crítica mordaz. Límites siempre imprecisos que, en ocasiones, se precipitan hacia esa frontera del agravio gratuito. De todos modos, que existan estas expresiones agraviantes es el alto precio que tenemos que pagar por ser realmente libres. Cierro el paréntesis.

Creyentes y no creyentes, laicos y religiosos tenemos que crecer en nuestra capacidad de convivir y de aceptar que en el espacio público que compartimos no es justo que tengamos que suprimir nuestra condición de tales, por ejemplo, jugando a que los creyentes, para ser ciudadanos, tenemos que aparecer como ateos (por unos instantes, pero “de mentirita”), o al revés.

Aceptar que el espacio público que construimos cada día, en ocasiones se convierte en una plaza en la que todos hablamos a la vez, sin comprendernos del todo, pero que, también en otros momentos, se puede dar el diálogo sereno y, sobre todo, esa experiencia altamente ciudadana que nos permite, en la diferencia, reconocer que somos sujetos, semejantes y compañeros de camino.   

#NavidadEsJesús



¡Ojalá en la Misa de esta tarde se lea completo el Prólogo de San Juan!

Sugerencia: predicar poquito (no más de cinco minutos) y dejar que la Palabra haga su obra.

La Palabra tiene un aliado tan invisible como poderoso y eficaz: el Espíritu Santo.

Pienso que la tentación que amenaza más insidiosamente al cristianismo de hoy es el “moralismo”: disolver el encuentro en ética, sea la ética individualista burguesa, sea la ética del cambio social.

Navidad es todo lo contrario a ética y moralismo.

“La gracia de Dios, que es fuente de salvación para todos los hombres, se ha manifestado”, escuchábamos anoche que Pablo le escribía a Tito (Tit 2,11)

Navidad es Sorpresa, Gracia, Alegría…

Navidad es Jesús…

Nosotros descreemos de las palabras (y razones no nos faltan), pero Dios se empeña en hacernos oír su Palabra que no engaña y sobre la cual podemos edificar la vida.

“Después de haber hablado antiguamente a nuestros padres por medio de los Profetas, en muchas ocasiones y de diversas maneras, ahora, en este tiempo final, Dios nos habló por medio de su Hijo…” (Heb 1,1-2).

Cada Navidad nos permite escuchar de nuevo esa Palabra como la primera vez.

Y, cada día es Navidad…

Es posible que sea Verdad

Es posible que sea verdad.

Que ese niño que María da a luz,
humano como vos y como yo,
¡un hermano!…
que ese niño sea Emanuel:
Dios con nosotros.
Dios hecho hombre.
Un Dios humano y hermano.
Es posible que sea verdad.
 
Claro, de ser verdad,
no sería una más entre tantas verdades verdaderas.
¿Te das cuenta?
Sería, sin más, la Verdad que ilumina todo.
 
Los que creemos en Ella
la llamamos: Evangelio, la mejor, más buena y más alegre de las Noticias.
 
En esta Noche calurosa,
en el profundo Sur del mundo,
esa Verdad resuena con el llanto y la sonrisita
del Niño.
 
Es posible que sea verdad.
Que ese Evangelio sea la Verdad.
 
Amén.

Plegaria al Dios dormido

“La Voz de San Justo”, domingo 23 de diciembre de 2018


“Escucha, Pastor de Israel, tú que tienes el trono sobre los querubines, resplandece, despierta tu poder y ven a salvarnos” (Salmo 79,3).

En ocasiones, Dios parece dormir. Mientras tanto, sus creaturas viven pesadillas que les impiden conciliar un sueño reparador.

Nace así la plegaria, la súplica, la lamentación: ¿Por qué, Señor? ¿Hasta cuándo la prueba?

Jesús mismo rezó así. Los evangelios nos dicen que fueron sus últimas plegarias dirigidas a su Padre. En la cruz, lo invocará con el inicio del 21: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Por qué estás lejos de mi clamor y mis gemidos? Te invoco de día, y no respondes, de noche, y no encuentro descanso; y, sin embargo, tú eres el Santo, que reinas entre las alabanzas de Israel” (Salmo 21,2-4).

La única vez que Jesús llama “Dios” a su Padre. ¿Lo siente lejano? En todo caso, hace suya la experiencia de aquellos que, en medio de su sufrimiento, lo siente dormido o despreocupado de su suerte.

El salmo de este domingo, último de Adviento, tiene algo de esa invocación: plegaria urgente al Dios que parece dormir, al parecer despreocupado de la suerte de los suyos.

En la liturgia solo rezamos tres estrofas. Si lo leemos completo reconoceremos dos imágenes que surcan toda la Biblia: el Dios pastor y el Dios viñador. El orante, en medio del dolor, apela al Dios que nunca se desinteresa de su pueblo, sino que trabaja siempre a su favor, aunque, por momentos, no comprendamos su obrar.  

Claro que, tan a las puertas de la Navidad, esta súplica al Dios que parece dormir tiene otra referencia. El evangelio nos invita a contemplar al Emanuel (Dios con nosotros) que duerme el sueño tranquilo de los recién nacidos. Lo acuna su madre. Vela su sueño José, el varón justo.

Ese sueño no intimida, sino que enternece. Dios así entra en nuestra historia: humilde, pobre, sencillo y, sobre todo, manso y tranquilo.

Es el Pastor que, así, vela por su rebaño. Es el Viñador que sabe trabajar con paciencia la viña para obtener el mejor de los vinos.

Ese Dios Niño, Pastor y Viñador nos conquista el corazón. También si duerme y nos da la Paz.

¿Te animás a confiarle tu sueño y tus sueños?

La buena política está al servicio de la paz

Mensaje del Santo Padre para la Jornada Mundial de oración por la Paz 2019

1. “Paz a esta casa”
Jesús, al enviar a sus discípulos en misión, les dijo: «Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros» (Lc 10,5-6).

Dar la paz está en el centro de la misión de los discípulos de Cristo. Y este ofrecimiento está dirigido a todos los hombres y mujeres que esperan la paz en medio de las tragedias y la violencia de la historia humana.[1] La “casa” mencionada por Jesús es cada familia, cada comunidad, cada país, cada continente, con sus características propias y con su historia; es sobre todo cada persona, sin distinción ni discriminación. También es nuestra “casa común”: el planeta en el que Dios nos ha colocado para vivir y al que estamos llamados a cuidar con interés.

Por tanto, este es también mi deseo al comienzo del nuevo año: “Paz a esta casa”.

2. El desafío de una buena política
La paz es como la esperanza de la que habla el poeta Charles Péguy; [2] es como una flor frágil que trata de florecer entre las piedras de la violencia. Sabemos bien que la búsqueda de poder a cualquier precio lleva al abuso y a la injusticia. La política es un vehículo fundamental para edificar la ciudadanía y la actividad del hombre, pero cuando aquellos que se dedican a ella no la viven como un servicio a la comunidad humana, puede convertirse en un instrumento de opresión, marginación e incluso de destrucción.

Dice Jesús: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9,35). Como subrayaba el Papa san Pablo VI: «Tomar en serio la política en sus diversos niveles ―local, regional, nacional y mundial― es afirmar el deber de cada persona, de toda persona, de conocer cuál es el contenido y el valor de la opción que se le presenta y según la cual se busca realizar colectivamente el bien de la ciudad, de la nación, de la humanidad».[3]

En efecto, la función y la responsabilidad política constituyen un desafío permanente para todos los que reciben el mandato de servir a su país, de proteger a cuantos viven en él y de trabajar a fin de crear las condiciones para un futuro digno y justo. La política, si se lleva a cabo en el respeto fundamental de la vida, la libertad y la dignidad de las personas, puede convertirse verdaderamente en una forma eminente de la caridad.

3. Caridad y virtudes humanas para una política al servicio de los derechos humanos y de la paz
El Papa Benedicto XVI recordaba que «todo cristiano está llamado a esta caridad, según su vocación y sus posibilidades de incidir en la pólis. […] El compromiso por el bien común, cuando está inspirado por la caridad, tiene una valencia superior al compromiso meramente secular y político. […] La acción del hombre sobre la tierra, cuando está inspirada y sustentada por la caridad, contribuye a la edificación de esa ciudad de Dios universal hacia la cual avanza la historia de la familia humana».[4] Es un programa con el que pueden estar de acuerdo todos los políticos, de cualquier procedencia cultural o religiosa que deseen trabajar juntos por el bien de la familia humana, practicando aquellas virtudes humanas que son la base de una buena acción política: la justicia, la equidad, el respeto mutuo, la sinceridad, la honestidad, la fidelidad.

A este respecto, merece la pena recordar las “bienaventuranzas del político”, propuestas por el cardenal vietnamita François-Xavier Nguyễn Vãn Thuận, fallecido en el año 2002, y que fue un fiel testigo del Evangelio:

Bienaventurado el político que tiene una alta consideración y una profunda conciencia de su papel.
Bienaventurado el político cuya persona refleja credibilidad.
Bienaventurado el político que trabaja por el bien común y no por su propio interés.
Bienaventurado el político que permanece fielmente coherente.
Bienaventurado el político que realiza la unidad.
Bienaventurado el político que está comprometido en llevar a cabo un cambio radical.
Bienaventurado el político que sabe escuchar.
Bienaventurado el político que no tiene miedo.[5]

Cada renovación de las funciones electivas, cada cita electoral, cada etapa de la vida pública es una oportunidad para volver a la fuente y a los puntos de referencia que inspiran la justicia y el derecho. Estamos convencidos de que la buena política está al servicio de la paz; respeta y promueve los derechos humanos fundamentales, que son igualmente deberes recíprocos, de modo que se cree entre las generaciones presentes y futuras un vínculo de confianza y gratitud.

4. Los vicios de la política
En la política, desgraciadamente, junto a las virtudes no faltan los vicios, debidos tanto a la ineptitud personal como a distorsiones en el ambiente y en las instituciones. Es evidente para todos que los vicios de la vida política restan credibilidad a los sistemas en los que ella se ejercita, así como a la autoridad, a las decisiones y a las acciones de las personas que se dedican a ella. Estos vicios, que socavan el ideal de una democracia auténtica, son la vergüenza de la vida pública y ponen en peligro la paz social: la corrupción —en sus múltiples formas de apropiación indebida de bienes públicos o de aprovechamiento de las personas—, la negación del derecho, el incumplimiento de las normas comunitarias, el enriquecimiento ilegal, la justificación del poder mediante la fuerza o con el pretexto arbitrario de la “razón de Estado”, la tendencia a perpetuarse en el poder, la xenofobia y el racismo, el rechazo al cuidado de la Tierra, la explotación ilimitada de los recursos naturales por un beneficio inmediato, el desprecio de los que se han visto obligados a ir al exilio.

5. La buena política promueve la participación de los jóvenes y la confianza en el otro
Cuando el ejercicio del poder político apunta únicamente a proteger los intereses de ciertos individuos privilegiados, el futuro está en peligro y los jóvenes pueden sentirse tentados por la desconfianza, porque se ven condenados a quedar al margen de la sociedad, sin la posibilidad de participar en un proyecto para el futuro. En cambio, cuando la política se traduce, concretamente, en un estímulo de los jóvenes talentos y de las vocaciones que quieren realizarse, la paz se propaga en las conciencias y sobre los rostros. Se llega a una confianza dinámica, que significa “yo confío en ti y creo contigo” en la posibilidad de trabajar juntos por el bien común. La política favorece la paz si se realiza, por lo tanto, reconociendo los carismas y las capacidades de cada persona. «¿Hay acaso algo más bello que una mano tendida? Esta ha sido querida por Dios para dar y recibir. Dios no la ha querido para que mate (cf. Gn 4,1ss) o haga sufrir, sino para que cuide y ayude a vivir. Junto con el corazón y la mente, también la mano puede hacerse un instrumento de diálogo».[6]

Cada uno puede aportar su propia piedra para la construcción de la casa común. La auténtica vida política, fundada en el derecho y en un diálogo leal entre los protagonistas, se renueva con la convicción de que cada mujer, cada hombre y cada generación encierran en sí mismos una promesa que puede liberar nuevas energías relacionales, intelectuales, culturales y espirituales. Una confianza de ese tipo nunca es fácil de realizar porque las relaciones humanas son complejas. En particular, vivimos en estos tiempos en un clima de desconfianza que echa sus raíces en el miedo al otro o al extraño, en la ansiedad de perder beneficios personales y, lamentablemente, se manifiesta también a nivel político, a través de actitudes de clausura o nacionalismos que ponen en cuestión la fraternidad que tanto necesita nuestro mundo globalizado. Hoy más que nunca, nuestras sociedades necesitan “artesanos de la paz” que puedan ser auténticos mensajeros y testigos de Dios Padre que quiere el bien y la felicidad de la familia humana.

6. No a la guerra ni a la estrategia del miedo
Cien años después del fin de la Primera Guerra Mundial, y con el recuerdo de los jóvenes caídos durante aquellos combates y las poblaciones civiles devastadas, conocemos mejor que nunca la terrible enseñanza de las guerras fratricidas, es decir que la paz jamás puede reducirse al simple equilibrio de la fuerza y el miedo. Mantener al otro bajo amenaza significa reducirlo al estado de objeto y negarle la dignidad. Es la razón por la que reafirmamos que el incremento de la intimidación, así como la proliferación incontrolada de las armas son contrarios a la moral y a la búsqueda de una verdadera concordia. El terror ejercido sobre las personas más vulnerables contribuye al exilio de poblaciones enteras en busca de una tierra de paz. No son aceptables los discursos políticos que tienden a culpabilizar a los migrantes de todos los males y a privar a los pobres de la esperanza. En cambio, cabe subrayar que la paz se basa en el respeto de cada persona, independientemente de su historia, en el respeto del derecho y del bien común, de la creación que nos ha sido confiada y de la riqueza moral transmitida por las generaciones pasadas.

Asimismo, nuestro pensamiento se dirige de modo particular a los niños que viven en las zonas de conflicto, y a todos los que se esfuerzan para que sus vidas y sus derechos sean protegidos. En el mundo, uno de cada seis niños sufre a causa de la violencia de la guerra y de sus consecuencias, e incluso es reclutado para convertirse en soldado o rehén de grupos armados. El testimonio de cuantos se comprometen en la defensa de la dignidad y el respeto de los niños es sumamente precioso para el futuro de la humanidad.

7. Un gran proyecto de paz
Celebramos en estos días los setenta años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que fue adoptada después del segundo conflicto mundial. Recordamos a este respecto la observación del Papa san Juan XXIII: «Cuando en un hombre surge la conciencia de los propios derechos, es necesario que aflore también la de las propias obligaciones; de forma que aquel que posee determinados derechos tiene asimismo, como expresión de su dignidad, la obligación de exigirlos, mientras los demás tienen el deber de reconocerlos y respetarlos».[7]

La paz, en efecto, es fruto de un gran proyecto político que se funda en la responsabilidad recíproca y la interdependencia de los seres humanos, pero es también un desafío que exige ser acogido día tras día. La paz es una conversión del corazón y del alma, y es fácil reconocer tres dimensiones inseparables de esta paz interior y comunitaria:

– la paz con nosotros mismos, rechazando la intransigencia, la ira, la impaciencia y ―como aconsejaba san Francisco de Sales― teniendo “un poco de dulzura consigo mismo”, para ofrecer “un poco de dulzura a los demás”;

– la paz con el otro: el familiar, el amigo, el extranjero, el pobre, el que sufre…; atreviéndose al encuentro y escuchando el mensaje que lleva consigo;

– la paz con la creación, redescubriendo la grandeza del don de Dios y la parte de responsabilidad que corresponde a cada uno de nosotros, como habitantes del mundo, ciudadanos y artífices del futuro.

La política de la paz ―que conoce bien y se hace cargo de las fragilidades humanas― puede recurrir siempre al espíritu del Magníficat que María, Madre de Cristo salvador y Reina de la paz, canta en nombre de todos los hombres: «Su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes; […] acordándose de la misericordia como lo había prometido a nuestros padres en favor de Abrahán y su descendencia por siempre» (Lc 1,50-55).

Vaticano, 8 de diciembre de 2018

FRANCISCO

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[1] Cf. Lc 2,14: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad».
[2]
 Cf. Le Porche du mystère de la deuxième vertu, París 1986.
[3]
 Carta ap. Octogesima adveniens (14 mayo 1971), 46.
[4]
 Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 7.
[5]
 Cf. Discurso en la exposición-congreso “Civitas” de Padua: “30giorni” (2002), 5.
[6]
 Benedicto XVI, Discurso a las Autoridades de Benín (Cotonou, 19 noviembre 2011).
[7]
 Carta enc. Pacem in terris (11 abril 1963), 44.

Relaciones humanas en “modo Jesús”

Seguramente, Jesús habrá escuchado varias veces lo que parecía ser lo “normal” en su entorno: “la mujer es inferior al varón en todo”.

Propiedad de su padre primero y de su marido después, la mujer era prácticamente nada fuera de la familia. Cuidar la casa, dar descendencia, ser discretas. Ese es su lugar en el mundo.

No estoy hablando de la Biblia, sino del contexto cultural en el que crece Jesús. Aunque predomina en las Escrituras una visión masculina (hoy dirían algunos: “patriarcal”), varios de sus relatos claves tienen como protagonistas a mujeres por las que pasa el hilo rojo de la historia de la salvación. Con esa tradición entronca Jesús.

Lo primero que nos admira, a leer los relatos evangélicos, es la naturalidad con que Jesús se sale de los estereotipos. Su trato con las mujeres sí que es normal. Las incluye entre sus seguidores. A algunas las ha rescatado incluso de la marginación. “Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios”, les dice sin anestesia a algunas autoridades religiosas que lo interpelan (cf. Mt 21, 31).

Es más. Contra la doble moral que privilegia al varón, señalando hipócritamente que la mujer es peligrosa fuente de tentación, Jesús da vuelta el enfoque machista: “Ustedes han oído que se dijo: «No cometerás adulterio». Pero yo les digo: El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón” (Mt 5, 27-28).

Jesús es un adulto que trata como adultos a todos los que se acercan a él. En una sociedad donde la mujer no tiene subjetividad (como una “cosa” que se posee y usa), Jesús muestra que, para Dios su Padre, la realidad es distinta. Trata a las mujeres como sujetos en pie de igualdad con el varón.

Podríamos releer varios pasajes evangélicos. Solo anoto uno: “Lo acompañaban los Doce y también algunas mujeres que habían sido curadas de malos espíritus y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, esposa de Cusa, intendente de Herodes, Susana y muchas otras, que los ayudaban con sus bienes” (Lc 8, 1-3).

¿Qué significan aquí este poder curativo de Jesús? No pensemos en “El exorcista”, ni en nada raro o paranormal. Jesús ha sido, para esas mujeres, un varón que las ha reconocido en lo que son: sujetos con dignidad humana. No ha generado dependencias tóxicas ni humillantes. Ha hecho lugar a una reciprocidad en la que crecen, por igual, la libertad, la identidad y la colaboración.

Ese es su “poder divino”: humanizar.

*     *     *

La sociedad argentina está impactada. Comienzan a salir a la luz casos de varones que, aprovechando su posición dominante, han sometido a mujeres a diversas y aberrantes formas de abuso. Historias que nos sacuden.

¿Está en marcha un cambio cultural irreversible y superador? Pregunta abierta. La conciencia y libertad de cada uno están convocadas a responder.

Por cierto, el “modo Jesús” de relación nos interpela. Ante todo, a quienes somos sus discípulos e intentamos vivir de acuerdo con su Evangelio en la Iglesia. Pone en crisis nuestra mentalidad y nuestras formas de tratarnos y de vincularnos. Entre otras consecuencias, hacia esos replanteos de fondo nos está llevando la grave crisis de los abusos en la misma Iglesia: abusos de poder, de conciencia y sexuales.

Para Jesús, cualquier forma de autoridad es servicio y se vive en el desapego de sí, la entrega generosa de la propia vida y, sobre todo, desde la perspectiva de los más débiles. Para Jesús, y en el surco del proyecto originario del Creador, los seres humanos estamos llamados a cuidarnos unos a otros. Somos responsables los unos de los otros. Cualquier asimetría que pueda darse entre las personas (de rol, de edad, etc.), debe ser vivida desde ese enfoque fraterno.

Este “modo Jesús” de vivir las relaciones humanas pone el dedo en la llaga. Es una crítica a fondo de la cultura que hace posibles los abusos: el persistente machismo, diversas formas de narcisismo, la deshumanización y banalización de la sexualidad, la erotización precoz de niños y adolescentes, la manipulación de las personas.

Para quienes tenemos fe en Dios, esta capacidad de humanizar de Jesús manifiesta que Él realmente viene de Dios y es Dios. Un Dios que se ha hecho hombre y que nos salva humanizando y sanando nuestros vínculos.

El Espíritu de Jesús nos alienta para recorrer ese camino. ¿No sentimos su fuerza en todo esto?