Mensaje de Navidad 2020

“El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz: sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado una luz […] Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado.” (Is 9, 1.5).

Cada Nochebuena escuchamos estas palabras del profeta. Cada Nochebuena experimentamos cuánta potencia de esperanza las impregna. Cada Nochebuena nos dicen algo nuevo y definitivo. Esta Nochebuena 2020 también. 

En medio de la oscuridad que reina hoy en el mundo herido por la pandemia, la voz del profeta que anuncia al Niño por nacer de la Virgen madre nos devuelve a la esperanza. 

En cada niño o niña que crece en el vientre materno resuenan los latidos del corazón del Emanuel, del Niño Dios: Jesús, el hijo de María.  

“Hay un reconocimiento básico, esencial para caminar hacia la amistad social y la fraternidad universal: percibir cuánto vale un ser humano, cuánto vale una persona, siempre y en cualquier circunstancia.” (Fratelli tutti 106).

Cada Nochebuena, el Niño que María da a luz ante la mirada absorta de José nos trae ese reconocimiento desde el corazón mismo de Dios. 

No. No somos fruto caprichoso del azar, ni estamos destinados a la nada. 

Ese Niño grita al mundo con su llanto: somos fruto del amor de un Dios que sueña con cada uno de nosotros, que está siempre de nuestro lado y que hace suyos nuestros sueños e ilusiones, tanto como nuestros sufrimientos e impotencias. 

Ese Niño nos dice, desde su fragilidad de recién nacido, que cada uno de nosotros valemos por lo que somos. Esa fragilidad es una invitación al reconocimiento, el cuidado y la ternura. 

Desde la humildad del pesebre, ese Niño nos invita a estrechar nuestros vínculos, a reconocernos como peregrinos que caminan juntos. No. No estamos solos. Somos familia. Somos comunión. 

Ese Niño nos hace hijos y hermanos. Nos devuelve la confianza en la humanidad, redimida por la gracia de Dios y encaminada hacia la Luz que no tiene fin, la bienaventuranza eterna, el cielo. 

Con María y José tomemos a Jesús en nuestros brazos. Como cada niño que nace o por nacer, el Niño del pesebre nos devuelve a la verdad de la vida: somos hermanos. 

¡Brilla la luz en medio de estas sombras! ¡Tenemos esperanza! ¡Celebremos Navidad!

    + Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

Juan, testigo de la Luz

“La Voz de San Justo”, domingo 13 de diciembre de 2020

“Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino el testigo de la luz.” (Jn 1, 6-8).

La predicación de un obispo chileno -Don Carlos González- que visitaba el seminario en 1983, me quedó profundamente grabada. Me ha marcado. Y tiene que ver con Juan bautista, tal como nos lo muestra la liturgia de este domingo.

Haciendo memoria, pienso que coincidió con la fiesta del nacimiento del Precursor: el 24 de junio. Don Carlos nos dijo -palabras más palabras menos- algo así: “Ustedes saben que se suele decir que los curas somos ‘alter Christus’ (‘otro Cristo’). Sin embargo, nos parecemos más a Juan que, interrogado por su identidad, dejó muy en claro que él no era el Mesías, sino su testigo, su precursor.”

Es una gran verdad. No que la expresión tradicional no lo sea en absoluto. Es certera. Es más, de cada bautizado se puede decir que está llamado a ser “otro Cristo”. Es verdadera, pero, como todo lo que podemos apreciar en la vida, no es toda la verdad.

Ahí entonces aparece el significado de lo que decía Don Carlos en un ya lejano 1983. Los cristianos somos básicamente hombres y mujeres alcanzados en el camino de la vida por la Luz que es Cristo.

Esa luz nos ilumina, con una potencia inigualable. Eso sí: jamás nos encandila o enceguece. Es una luz, las más de las veces, fugaz pero intensa. Su paso deja una huella imborrable, que el creyente atesora como lo más valioso que le ha pasado en la vida. De ella vive y se alimenta, no menos que con el deseo de esa Luz eterna cierra los ojos de esta vida.

Y, con toda nuestra frágil humanidad a cuestas, somos sus testigos. Sabemos que esa Luz quiere pasar a través de nosotros -de nuestras manos y palabras- para iluminar la vida de otros.

Solo somos testigos. Testigos de esa Luz. Ni más ni menos.

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María

Santuario de la “Virgencita” en Villa Concepción del Tío – 8 de diciembre de 2020

“Fuiste la reina de nuestra historia, que halló su gloria junto a tu altar. Y los reflejos de tu mirada, la infiel mesnada supo amansar”.

Así cantamos en la segunda estrofa del hermoso himno a la Virgencita.

Estos versos recogen una experiencia tan antigua como nueva del pueblo de Dios: María, la Purísima, siempre está de nuestra parte; camina con nosotros, especialmente en los momentos más duros y difíciles.

El himno evoca aquel peligro que fue conjurado por la sola y humilde presencia de la “mujer chiquita”. Es el “milagro de la Virgencita”, cuyo relato popular es como el acta de fundación de nuestro pueblo. Un hecho en el que, para siempre, quedó sellado el pacto entre María y la Villa que lleva su nombre impreso en el alma antes que en los papeles.

Los ojos de los pobres y humildes lo captan al instante. Por su parte, el poeta es certero al señalar que fueron “los reflejos” de la mirada de María los que pudieron “amansar” a los violentos de entonces.

Lo hemos meditado otras veces: en los ojos de María que miran con cariño a los devotos se refleja la mirada de Cristo resucitado, el vencedor de la muerte.

Y venció la muerte no imponiendo, de manera arrogante y prepotente, su poder, sino entregando la vida en sacrificio. Manso e inocente Cordero, con su amor paciente, despojado y compasivo ha quitado el pecado del mundo.

La mansedumbre del Hijo se refleja en los ojos de la Madre que están en el centro de este Santuario, meta de nuestros caminos como peregrinos de la vida y de la fe.

Y así se nos da en el humilde Pan eucarístico que nos alimenta para la vida eterna. Y al que decimos “Amén”, como María en la Anunciación, con los labios pero, sobre todo, con nuestra propia vida.

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Es la experiencia que estamos haciendo en este tiempo de prueba por la pandemia del coronavirus. Una prueba para nosotros, para nuestra Argentina y la humanidad.

Por ello, este 8 de diciembre de 2020, nuestra celebración tiene una forma distinta a la de otros años: tal vez, menos multitudinaria, pero no menos festiva ni profunda.

La fiesta no acontece tanto en las calles como en los corazones. Es la fiesta de la fe de los devotos de la Virgencita, estén donde estén.

Sabemos que la Virgencita no nos deja. Aunque nosotros no podamos acudir a su casa, ella viene a la nuestra, golpea la puerta de nuestros corazones y pide entrar, para colmarnos de la alegría del Evangelio.

Su presencia nos serena y fortalece.

Y nos hace cantar, nuevamente con las estrofas del himno compuesto en su honor: “Por eso fieles a tus amores nuestros mayores quisieron ser. Y ahora sus hijos aquí prometen que hasta la muerte te han de querer.”

Este pacto de amor recíproco entre María y su pueblo se transmite de padres a hijos, de abuelos a nietos, de generación en generación.

Aquí, en este Santuario que es también nuestro hogar, nos sentimos familia, hermanos y hermanas.

Sabemos que esta prueba va a pasar. Sabemos que todo el esfuerzo que viene haciendo nuestro pueblo no caerá en saco roto. Sabemos que, en medio de las dificultades, la vida se abre paso, rompiendo todas las ataduras de la muerte.

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Ese saber es experiencia y convicción, pero también compromiso.

En esta hora difícil de nuestra patria Argentina, los discípulos de Cristo miramos a María, la Purísima, y renovamos nuestra voluntad de trabajar por el bien común, de apostar por la fraternidad, de recrear la amistad social.

Nos desconcierta que, precisamente en medio del enorme esfuerzo de nuestro pueblo por salir delante de esta pandemia, el presidente de la Nación haya enviado al Congreso el proyecto de ley que pretende convertir en un derecho la eliminación del niño por nacer.

¿Así imaginamos el futuro? ¿Distinguiendo entre argentinos deseados y no deseados? ¿Entre vidas que merecen ser vividas y otras que no? En medio de tanta incertidumbre, ¿ese es el primer paso firme para salir adelante? ¿Qué proyecto de país expresa semejante ley, tan injusta como irracional e inoportuna?

Recordemos una vez más las sabias palabras de recientemente fallecido ex presidente de Uruguay, Tabaré Vázquez, en la carta en la que vetaba valientemente el aborto en su país. Entre otras afirmaciones sensatas y fundadas, señalaba:

“El verdadero grado de civilización de una nación se mide por cómo se protege a los más necesitados. Por eso se debe proteger más a los más débiles. Porque el criterio no es ya el valor del sujeto en función de los afectos que suscita en los demás, o de la utilidad que presta, sino el valor que resulta de su mera existencia.”

La inmensa mayoría de los argentinos no quiere esta ley. Los pobres no quieren aborto. Escúchenlo bien, señores y señoras diputados y senadores. No profundicemos el peligroso divorcio de la política de la vida real de las personas, las familias y los pueblos.

La pandemia nos está enseñando cosas muy valiosas. Entre ellas, que estamos juntos, unos al lado de los otros. Que nos necesitamos. Que nadie se salva solo, ni tiene la libertad solo para sí mismo. Que hemos de trabajar sólidamente por el futuro, apostando por la vida, especialmente la más frágil y amenazada, sin distraernos con soluciones aparentes.

En María, Dios ha comenzado a rehacer la humanidad herida. Comienza en su seno materno y culmina cuando, en la mañana de la resurrección, arranca a Jesús, su Hijo, del vientre oscuro de la muerte.

Dios Padre, por medio de su Espíritu, es el que siempre salva toda vida. Él salva las dos vidas: la de la madre y la del Hijo.

Ella misma, María Inmaculada y toda santa, es signo de esa esperanza para los pueblos, para la Iglesia, para cada uno de nosotros.

Y lo es en esta hora de incertidumbre: la prueba va a pasar, el futuro está por delante, todo el bien que tantas manos firmes y humildes (de los sanitarios, por ejemplo) están sembrando en este momento tendrá la última palabra sobre nuestra historia.

Dejémonos alcanzar por su mirada, y que ella, con sus ojos limpios amanse todo peligro, presente y futuro.

Así sea.

Juan, el precursor

“La Voz de San Justo”, domingo 6 de diciembre de 2020

“Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo” (Mc 1, 7-8).

La gente acude en masa al desierto para hacerse bautizar por Juan en el Jordán. Busca algo que Juan no les puede dar. Y él es consciente de ello. Más que nadie.

Solo puede ofrecerles un gesto. Fuerte, decidor, hasta impactante. Pero solo un gesto. Claro, con la potencia que tienen los gestos simbólicos, cuando son realizados con intensidad, poniendo en ellos alma, corazón y vida: bajar a las aguas del Jordán, dejarse sumergir en ellas y emerger con el deseo de ser nuevas personas. No de cualquier manera, sino según el Dios vivo de Israel y su justicia.

En medio del desierto, el curso del Jordán parece un espejo de lo que es la historia de ese pueblo que acude al severo profeta: aridez de tierra que se da la mano con la vitalidad que palpita en las aguas que corren.

Juan es consciente de que no puede dar lo que la gente busca en él. Y no lo oculta. Lo dice sin tapujos, casi con desarmante franqueza. Como todo lo que hay en él.

Extraña criatura Juan. Los líderes suelen ocultar sus intenciones, pero, mucho más, sus limitaciones. Tarde o temprano salen a la luz, pero, entre tanto, se busca -en ocasiones, de modo patético- cómo salir del paso.

Juan no es así. Y en esa desarmante franqueza deja espacio a la verdad. No se agranda. Es grande, reconociendo su límite. Lo dirá el mismo Jesús: “Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él” (Mt 11, 11).

Adviento es una invitación a ponerse en camino: ir al desierto, allí donde Juan aprendió cuán desnudo, frágil e impotente es realmente el ser humano. Pero es también el lugar donde, como tantos, a lo largo de la historia, han podido comprender mejor que hay un Dios que hace lo imposible: bautiza con Espíritu, es decir, transforma realmente al hombre, regalándole gratuitamente lo que busca con pasión.

Así quiere ser buscado. Así se da a conocer. Por eso huye de los pagados de sí. Por eso, se da a conocer a los humildes… como a Juan, como a María… como a tantos que van por ese mismo camino.

Adviento

“La Voz de San Justo”, domingo 29 de noviembre de 2020

Nosotros celebramos el Adviento, pero, en realidad, el que está siempre “en Adviento” sos Vos, Señor de la historia.

Siempre viniendo. Siempre en camino. Siempre, sin detenerte; intentando, una y otra vez, alcanzarnos en el punto preciso de la vida en el que nos encontramos.

Por eso, en cada Eucaristía que nos mandaste celebrar, te aclamamos, diciendo: “Bendito el que viene… ¡Ven, Señor Jesús!”.

Es cierto, como canta el cantor popular: “Los caminos de la vida no son como yo pensaba, como los imaginaba. No son como yo creía […]”.

Son los múltiples senderos por los que nos aventuramos tus hermanos y hermanas.

Caminos que, en demasiadas ocasiones, llevan a ninguna parte, o que desembocan en medio de la nada.

Y eso, a nosotros, caminantes de la vida, nos desconcierta, nos descoloca y nos vuelve indefensos y, en ocasiones, infantiles y caprichosos.

Pero esos caminos nuestros, son los que Vos no te cansás de recorrer, para buscarnos, como aquel pastor inconsciente de tu parábola; aquel que deja las noventa y nueve ovejas, y va tras la que se extravió por esos caminos.

Este domingo, tu palabra nos llega, sugestiva, imperiosa, provocadora. Como siempre.

“Estén prevenidos, entonces, porque no saben cuándo llegará el dueño de casa, si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana. No sea que llegue de improviso y los encuentre dormidos. Y esto que les digo a ustedes, lo digo a todos: «¡Estén prevenidos!»” (Mc 13, 35-57).

Siempre viniendo. Y, como siempre, eligiendo nuestras noches para hacerte presente. Por eso, Señor que estás viniendo, no dejamos de suplicarte: en medio de esta noche en la que estamos, no dejés de sorprendernos con esa mansa Luz que sos Vos mismo.

¡No tardés en venir! ¡Te necesitamos! ¡Vení, Señor Jesús! Amén.

“El más pequeño de mis hermanos”

“La Voz de San Justo”, domingo 22 de noviembre de 2020 – Solemnidad de Cristo rey

“Así habla el Señor: ¡Aquí estoy Yo! Yo mismo voy a buscar mi rebaño y me ocuparé de él.” (Ez 34, 11).

Este domingo, con la solemnidad de Cristo rey, concluye el año litúrgico de la Iglesia católica.  Su centro es la celebración anual de la Pascua, una fiesta con fecha móvil (a diferencia de la Navidad, por ejemplo). Es más: cada domingo, al reunirse para la Eucaristía, la comunidad cristiana se reencuentra a sí misma, sumergiéndose en ese centro vital. Así, el misterio de Cristo va envolviendo y configurando el camino por la historia de la Iglesia, y en ella, el de cada discípulo.

La fiesta de Cristo rey es también un eco de la Pascua: un rey coronado de espinas. Un rey pastor que busca, cuida y se hace cargo del rebaño de su propiedad. Un rey pastor que hay que buscar entre sus ovejas más heridas. No solo se entremezcla con ellas, sino que termina haciéndose una sola cosa con ellas.

“[…] porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver […] Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt 25, 35-36. 40).

Un rey pastor que es además juez, porque, al final de nuestros días nos confrontará con la ley suprema que rige en su reino: por encima de todo, la compasión, la misericordia, la prontitud para hacernos cargo de la vida más vulnerable. Y así se decidirá nuestra suerte definitiva.

Cristo es ese rey pastor y juez que toma en serio nuestra vida, nuestras decisiones y nuestras acciones. Él ya ha ejercido su derecho a decidir: se ha identificado con sus hermanos más pequeños, con la vida más vulnerada.

En esta Argentina diezmada por diversas pandemias, ese hermano más pequeño de Cristo tiene hoy el rostro de niño por nacer, amenazado, una vez más, desde el poder.

Vencer el miedo. Multiplicar los talentos.

“La Voz de San Justo”, domingo 15 de noviembre de 2020

“Llegó luego el que había recibido un solo talento. «Señor, le dijo, sé que eres un hombre exigente: cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has esparcido. Por eso tuve miedo y fui a enterrar tu talento: ¡aquí tienes lo tuyo!»”. (Mt 25, 24-25).

Un hombre con miedo. En definitiva, no es algo tan extraño o incomprensible. El miedo es un habitual compañero de camino de cada ser humano. Y suele ser además un eficaz consejero: nos advierte que tenemos que estar atentos, no atolondrarnos y ver bien qué paso damos en la vida. 

El problema está en dejarse ganar y dominar por el miedo. Podríamos decir que todo el mensaje de la Biblia se resume en esta frase que atraviesa cada una de sus páginas: “No tengas miedo. Yo estoy con vos”. Quien así habla es el mismo Dios. 

Así también podríamos resumir el mensaje de Jesús. Su buena noticia, el Evangelio: Dios es Padre, está con nosotros. Es más: así podemos llamar al mismo Jesús: Dios con nosotros, el Emanuel. Caer en la cuenta de esa presencia buena hace que el miedo se pueda transformar en confianza para la vida. 

La parábola de este domingo es como un eco de la primera de todas las parábolas de Jesús: la del sembrador que esparce la semilla (cf. Mt 13, 1-23). Esa acción de sembrar y esparcir con generosidad muestra su verdadera naturaleza: don inagotable, siempre en crecimiento y buscando multiplicarse sin medida. 

La invitación perentoria de Jesús es a dejarse ganar por esa conciencia viva y actuar en consecuencia. No hay, por tanto, que dejarse ganar por el miedo. Por el contrario, es urgente aplicarse por entero a replicar la misma actitud divina: multiplicar los talentos recibidos. 

Es una propuesta de vida: no guardarse nada, estar siempre dispuesto a entregarlo todo, a jugarse por entero, a arriesgar para ganar.

El primero que vive así es Jesús, el Hijo. Nosotros vamos detrás, pisando sus huellas.  Su presencia disipa el miedo. 

Ministerio episcopal y prevención

Entre otras cosas, la reciente difusión del Informe McCarrick vuelve a sacar a la luz que la crisis de los abusos en la Iglesia es una crisis del ministerio pastoral de los obispos.

Les comparto una reflexión en esa línea que tuve la oportunidad de realizar el pasado 31 de julio en un webinar organizado por el CEPROME de la Pontificia Universidad Católica de México.

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“Velen por ustedes, y por todo el rebaño sobre el cual el Espíritu Santo los ha constituido guardianes para apacentar a la Iglesia de Dios, que él adquirió al precio de su propia sangre” (Hch 20, 28).

Conocemos estas palabras de San Pablo. Describen el ministerio de la episcopé que hemos recibido en la ordenación. El cuidado de los más vulnerables constituye parte fundamental de nuestro ministerio como obispos. Siempre lo ha sido, pero hoy interpela con más fuerza nuestra conciencia.

Me interesa subrayar este aspecto: la buena salud del cuidado pastoral del rebaño es directamente proporcional a la buena salud de nuestro ministerio episcopal. 

La crisis de los abusos es una crisis del ministerio pastoral de los obispos. Así como el abuso sexual no es solo un problema de tal o cual clérigo, sino que revela una disfunción más o menos profunda en el modo de vivir el ministerio, así también las sistemáticas fallas en la respuesta a los abusos sacan a la luz un modo deficiente de ejercer nuestro ministerio episcopal. 

Es imprescindible confrontarnos con esta realidad, identificando los dinamismos que han dado lugar a estos fallos. En realidad, se trata de un genuino discernimiento espiritual que tiene como sujetos al obispo y al cuerpo episcopal. 

El ministerio sacramental de los obispos “es un servicio ejercitado en nombre de Cristo y tiene una índole personal y una forma colegial” (Catecismo de la Iglesia Católica 879). 

Esta afirmación tiene un trasfondo de enorme alcance. La figura de Jesús Servidor es fundamental para comprender y vivir la autoridad episcopal. Se complementa con la del buen Samaritano. Una y otra ponen la compasión en el centro de nuestro ministerio. Estamos llamados a ser hombres del Espíritu que transparentan la compasión de Cristo. La episcopé toma la forma de la compasión.

Contemplando este icono inspirador, les propongo algunas cuestiones, tanto en la dimensión personal como en la colegial del ministerio episcopal en relación con el desafío de los abusos, su prevención y el desarrollo de la cultura del buen trato. 

A nivel personal, señalo tres aspectos complementarios, a saber:

  1. El ministerio episcopal es una llamada personal del Señor siempre situada. Hoy implica escuchar su voz en las heridas de las víctimas y de los clérigos involucrados. Esta llamada y nuestra respuesta están en el centro de nuestra biografía y experiencia espirituales. 
  2. Esta llamada supone disponibilidad para un aprendizaje continuo. La docibilitas no solo no desaparece o disminuye, sino que se vuelve más intensa y exigente en la vida del obispo. En esta delicada materia estamos aprendiendo de nuestros errores, perplejidades y miedos. Por aquí pasa nuestra conversión. Es un camino genuinamente pascual.
  3. Este aprendizaje de la compasión de Cristo implica dejarnos realmente tocar por el sufrimiento de tantas vidas heridas. En este punto, el obispo ha de ser muy honesto delante de Dios y de su conciencia: no vamos a salir indemnes de este trance pascual. La cruz hace madurar aquella esperanza de la que el obispo es servidor y testigo cualificado. 

A nivel colegial, debemos tener presentes los múltiples vínculos que constituyen la identidad del obispo en la Iglesia: con el colegio episcopal y su cabeza en el seno de la conferencia episcopal, con la Iglesia diocesana que preside y con el Presbiterio con el que comparte la misión apostólica. 

Uno de los frutos que podemos recoger de este aprendizaje es una renovación de nuestro servicio a la comunión y a la fraternidad eclesial promoviendo vínculos más sanos y humanos en la Iglesia. 

El desafío aquí lo formularía así: si el abuso sexual es, ante todo, abuso de poder, un factor desencadenante de la crisis -como bien lo sabemos- es el clericalismo como deformación del ministerio ordenado en la Iglesia. La respuesta que la Iglesia está aprendiendo a dar a esta crisis, por consecuencia, es la convocación de esa rica diversidad de carismas, vocaciones y ministerios que el Espíritu Santo derrama y que son los múltiples rostros de cada Iglesia particular, de cada conferencia episcopal y de la Iglesia universal. Con un matiz que nos llena de esperanza: son rostros cada vez más laicales y femeninos. 

La fraternidad vivida en la conferencia episcopal es un ámbito fundamental para escucharnos, dejarnos interpelar por la realidad, aprender unos de otros y discernir juntos lo que Dios nos pide en esta hora. Supone, por tanto, un ejercicio muy intenso de diálogo franco, de saber disentir y expresar lo que pensamos, de posponer intereses y abrirnos al bien mayor que estamos llamados a custodiar como pastores. 

El desafío del obispo y de la conferencia episcopal es abrirse a este dinamismo, entroncar con él y promoverlo con entusiasmo. 

Con la lámpara encendida

“La Voz de San Justo”, domingo 8 de noviembre de 2020

“Por eso, el Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes.” (Mt 25, 1-2). 

Seamos apocalípticos: ¡el que no ha leído el Cantar de los Cantares no entiende nada! Sin esa referencia, la Biblia será solo una colección de historias, sagas y narraciones inconexas, a lo sumo, llena de curiosidades, exageraciones y sentencias de otro tiempo. Prescindiendo de esos cantos de amor humano, Jesús y su Evangelio quedan reducidos a fría moralina, tan ilustre como prescindible. Sin el runrún del Cantar, la parábola que escuchamos este domingo (cf. Mt 25, 1-13) corre el riesgo de pasar por una historia fantástica pero intrascendente. 

Maticemos, para ser más certeros: en realidad, el que sabe de amor, de amores entiende. Eso canta el Cantar. Ese es el hilo rojo de la Biblia. Y eso es el Evangelio: la buena noticia de que estamos a la espera de un encuentro, en medio de la noche, para entrar a unas bodas que celebran (hoy, contraculturalmente) la alegría del amor. 

Somos, a la vez, invitados y comensales, pero también somos los protagonistas. En la parábola de este domingo, Jesús habla de un esposo que se hace esperar. No hay novia, sino diez muchachas con sus lámparas encendidas. Ese personaje faltante somos cada uno de nosotros. 

Y el aceite que alimenta la lámpara. Es el amor que se hace espera, escucha y decisión de vivir según esa palabra que nos ha declarado el amor. Cada uno elige: hacerse de mucho y buen aceite; o dejarse estar, esperando vaya uno a saber qué cosa. Si llevamos el símbolo del óleo hasta el final, sabemos bien que ese aceite de primerísima calidad es el Espíritu que se derrama, unge y perfuma la propia vida. Es el Espíritu del Esposo que siempre está viniendo a nosotros. 

“Las aguas torrenciales no pueden apagar el amor, ni los ríos anegarlo. Si alguien ofreciera toda su fortuna a cambio del amor, tan sólo conseguiría desprecio.” (Cantar de los cantares 8, 7). Si querés ayudar a algún amigo a comprender el cristianismo, no lo dudés: decile que empiece leyendo el Cantar de los Cantares. Ahí está todo. 

La hermana muerte corporal

Homilía en la conmemoración de los fieles difuntos – catedral de San Francisco – 2 de noviembre de 2020

Es cierto que la incertidumbre económica es fuerte. Pero, no hace falta filosofar demasiado para comprender que la inseguridad material expresa -y, en ocasiones, tapa- nuestra fragilidad más fuerte: vamos a morir, voy a morir.

A diferencia de años anteriores, esta conmemoración de los difuntos tiene un rasgo muy particular: debido a la pandemia, todos, en mayor o menor medida, hemos sentido más cercana la posibilidad de la propia muerte.

No eludamos esa vivencia, pues, como muchos también lo indican, puede ser una experiencia que nos devuelva un poco de sensatez y, sobre todo, de humanidad.

Nosotros, como discípulos de Jesús, en este día, orando por el descanso eterno de todos los difuntos, volvemos la mirada al Señor, escuchamos su Palabra y nos queremos dejar iluminar por la luz de su Pascua.

Pero, como somos también, en cierto modo, hijos e hijas espirituales de San Francisco de Asís, les propongo evocar, al menos sucintamente, su experiencia cuando la muerte se le hizo cercana.

***

Estamos en setiembre de 1226. Francisco sabe que el quebranto de su salud es irreversible. Lo saben, en realidad, la mayoría de quienes le son cercanos. Será uno de sus hermanos más cercanos -tal vez, Elías- quien ponga palabras al evento que se acerca, invitando a Francisco a consolar a los que deja en el mundo.

“Si es tan inminente, llámenme a los hermanos Ángel y León, para que me canten «la hermana muerte»”, habría dicho el santo.

Es así, que ambos hermanos se acercan al lecho del amado padre y, entre lágrimas, entonan el Cántico al hermano Sol, añadiendo la estrofa que Francisco había compuesto poco antes:

“Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana muerte corporal, de la cual ningún hombre viviente puede escapar. ¡Ay de los que mueran en pecado mortal! ¡Dichosos los que encontrará en tu santísima voluntad, pues la muerte segunda no les hará mal!”

Francisco había encontrado la paz a su corazón atormentado por el rumbo que tomaba la familia de los “menores” por él fundada. Había llorado y penado mucho. No controlaba la situación. Se le escapaba de las manos, por caminos que no lograba entender.

Pero, de repente, la gracia de Dios había iluminado su vida: su encuentro con el Crucificado y la certeza del abrazo cercano habían trocado esa tristeza en consuelo y en deseo irrefrenable de cantar y alabar la misericordia de Dios que, en definitiva, explicaba todo lo que había vivido y padecido.

El encuentro con Cristo lo cambia todo.

***

Ahora sí, de la mano de Francisco y su cantar a la “hermana muerte corporal”, acerquémonos a la Palabra de Dios.

Les propongo meditar brevemente dos textos: uno de Pablo y, el otro, del evangelio de Juan.

“Les voy a revelar un misterio: No todos vamos a morir, pero todos seremos transformados” (1 Co 15, 51), escribe Pablo a los corintios.

¿Qué quiere decir, cuando afirma: “todos seremos transformados”?

Lo ha explicado poco antes: “se siembran cuerpos corruptibles y resucitarán incorruptibles; se siembran cuerpos humillados y resucitarán gloriosos; se siembran cuerpos débiles y resucitarán llenos de fuerza; se siembran cuerpos puramente naturales y resucitarán cuerpos espirituales.” (1 Co 15, 42-44).

En su segunda carta a los Corintios nos habla con transparente y desarmante claridad: “Por eso, no nos desanimamos: aunque nuestro hombre exterior se vaya destruyendo, nuestro hombre interior se va renovando día a día. Nuestra angustia, que es leve y pasajera, nos prepara una gloria eterna, que supera toda medida. Porque no tenemos puesta la mirada en las cosas visibles, sino en las invisibles: lo que se ve es transitorio, lo que no se ve es eterno.” (2 Co 4, 16-18).

Necesitamos ahora la palabra fuerte del Señor a la apesadumbrada Marta. Necesitamos que él nos diga a cada uno de nosotros: “Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá: y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?”. (Jn 11, 25-26).

***

Sí, Señor, creemos en Vos. Creemos tu palabra de vida eterna. Creer en Vos, abrirnos en la fe a la esperanza que nos trae tu Persona, es sembrar vida eterna en nuestra pobre y frágil vida mortal.

La fe hace que esa Palabra sembrada en el terreno de nuestra vida se vaya confundiendo cada vez más con nuestra vida, haciéndose una sola cosa con ella. Y, así, nuestra propia vida se transforma en semilla que se deposita en la tierra, a la espera de la germinación y la explosión de la vida verdadera y plena.

Creemos que, en medio de la incertidumbre y del temor del presente, tu Presencia de Resucitado nos comunica el vigor que viene del Padre por el Soplo del Espíritu.

Te suplicamos, Señor Jesús, que nos hagas sentir, una y otra vez, la suavidad de tu Santo Espíritu acariciando las fiebres de nuestra humanidad enferma.

Ábrenos los ojos, para que, como Francisco, cantemos la vida que triunfa de la muerte, y, así, anhelemos que nuestra vida transcurra en el espacio de tu santa voluntad.

Con nuestros hermanos y hermanas difuntos, Señor, has comenzado a cumplir tu promesa: has venido a buscarlos para llevarlos al lugar donde Vos habitás, para sentarnos a la mesa de los santos, en la bienaventuranza eterna del cielo.

Tómanos de la mano, Señor, para que también nosotros, con María y todos los santos, asociados a nuestros hermanos y hermanas difuntos, podamos glorificar por siempre al Padre en el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.