A 5 años de un acto de libertad

papa_benedicto_xvi_11

El artículo que sigue es otra de las reflexiones que escribí en razón de la renuncia del Papa Benedicto XVI. Lo publicó MDZ on line. Creo que sigue siendo aprovechable. 

Una decisión de conciencia

Comparto con los lectores de MDZ algunas reflexiones personales sobre la figura del Papa Benedicto XVI y su renuncia al papado.

Ante todo, aclaro mi punto de vista. Escribo desde la fe católica y desde la estima por Benedicto XVI, su pensamiento, su mirada sobre la Iglesia, el mundo contemporáneo y los grandes desafíos que hoy enfrentamos.

Este punto merece una breve digresión.

Lo que la tradición judeocristiana llama “fe” no es primariamente una cuestión intelectual, como podría ser, por ejemplo, la respuesta a la pregunta por la existencia de Dios. Con esta brevísima palabra (“fe”) se indica un modo de estar parado en la vida y de mirar la totalidad de la realidad. Es algo vital y existencial. Desde ahí se proyecta también sobre el pensamiento y la doctrina.

La fe es un acto personalísimo que compromete lo más íntimo del ser humano: la conciencia y la libertad. Pero, a la vez e indisolublemente, un “nosotros” que genera lazos, pertenencia, vínculos y relaciones. Creer y pertenecer a la comunidad de los creen son dos caras de la misma moneda. La Iglesia es precisamente eso: “congregatio fidelium” (la reunión de todos los que creen).

Desde esta posición hablo sobre el Papa y su renuncia: reflexiono sobre una figura que forma parte de mi propia identidad personal como creyente, miembro de la Iglesia y obispo.

Pero también -decía- desde la estima personal por el hombre Joseph Ratzinger/Benedicto XVI. He leído y leo con avidez sus escritos, y lo hago con sintonía interior. Me reconozco a mí mismo en buena parte de sus ideas y su modo de pensar la fe. Me ha ayudado a madurar mi forma de leer teológicamente la realidad.

Esto añade condimento a la interpretación que intento hacer de su gesto de renuncia. No es lo mismo escribir desde la sintonía interior que desde la animadversión o incluso el rechazo y el odio. El lector sabrá ponderar en qué medida este elemento pesa en mis reflexiones.

Hechas estas aclaraciones, paso a centrarme en el punto que he elegido para mi reflexión. Voy a hablar de la decisión del Papa como decisión de conciencia.

En el breve texto en latín que leyó ante los cardenales la mañana del 11 de febrero pasado, tres veces hace referencia a la conciencia. El párrafo central dice así: “Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino”.

En los párrafos siguientes añade expresiones que refuerzan esta idea central: “Soy muy consciente de que este ministerio, por su naturaleza espiritual, debe ser llevado a cabo no únicamente con obras y palabras, sino también y en no menor grado sufriendo y rezando”. Y, más adelante: “Por esto, siendo muy consciente de la seriedad de este acto, con plena libertad, declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma…”

¿Qué peso darle a estas palabras que juzgo no solo veraces, sinceras y honestas, sino también un testimonio de humanidad válido más allá del mundo católico?

Para responder a esta pregunta, traigo a colación un hecho significativo que me ha venido a la memoria al meditar sobre el gesto y palabras del Papa.

El 7 de noviembre de 1992, el entonces cardenal Ratzinger era incorporado como miembro extranjero asociado a la Academia de Ciencias Morales y Políticas del Instituto de Francia. Sucedía a Andrej Sajarov y, según la costumbre de la prestigiosa institución, el nuevo integrante debía evocar con un discurso la figura de su ilustre antecesor. La alocución de Ratzinger es bien conocida. Lleva como título: “La libertad, la justicia y el bien. Principios morales de las sociedades democráticas”.

Sajarov fue un prestigioso físico nuclear ruso, cuyas objeciones al uso militar de los descubrimientos científicos le valió el exilio en su propia patria. En 1955 había expresado su deseo de que ninguna bomba atómica de la URSS llegara a estallar sobre ciudad alguna del mundo. Recibió inmediatamente la corrección de su superior militar: los científicos deben ocuparse de perfeccionar las armas; el uso que se haga de ellas escapaba a sus competencias.

La respuesta de Sajarov fue memorable: “Ningún hombre puede rechazar su parte de responsabilidad en aquellos asuntos de los que depende la existencia de la humanidad”.

Aquí se detiene la reflexión del cardenal Ratzinger. Para el oficial ruso solo hay competencias técnicas. No hay lugar para la dimensión moral de la existencia, para la pregunta por el bien y lo que es realmente justo, más allá de todo cálculo de intereses, individuales que grupales. Sajarov, en cambio, con su actitud ponía de manifiesta la insuficiencia de este modo de mirar las cosas. Para él, la conciencia tiene que jugar un rol muy concreto en la vida pública de los pueblos. En ella se decide la suerte misma de la humanidad.

Comenta Ratzinger: “Negar el principio moral, impugnar ese órgano de conocimiento -previo a cualquier especialización- que llamamos «conciencia» significa negar al hombre”. Y concluye: “obedecer a la conciencia aun al precio del sufrimiento, continúa siendo un mensaje que no ha perdido la menor actualidad, aunque haya dejado de existir el contexto político en el que la adquirió”.

¿Qué es lo que ocurre en la conciencia, en razón de lo cual un individuo es capaz de enfrentar las situaciones más penosas y adversas, incluso la muerte violenta?

En la conciencia tiene lugar el encuentro del hombre con la verdad. Obviamente, esto nada tiene que ver con el subjetivismo individualista que concibe la conciencia como el lugar donde el sujeto se cierra obstinada y caprichosamente sobre sí mismo. La conciencia es norma de los actos en cuanto que en ella se transparenta la verdad de lo que es justo y bueno. Para el creyente, ella es la voz de Dios, que no se puede sino obedecer para ser verdaderamente libres. No, lugar de clausura sobre sí, sino de apertura interior, en varias ocasiones, fatigosa y sufrida.

Evocando la figura de Tomás Moro, Ratzinger señala que un “hombre de conciencia es el que no compra tolerancia, bienestar, éxito, reputación y aprobación pública renunciando a la verdad”.

Aquí se toca -y se comprende- uno de los puntos de fricción más fuertes entre el pensamiento católico y el moderno. Ratzinger lo ha encarnado en primera persona. Aquí esta -creo yo- uno de los servicios de más largo alcance que su pensamiento aporta a la compleja situación del mundo contemporáneo.

Ratzinger ha sido un infatigable defensor de la razón humana, y de su capacidad para abrirse a toda la realidad. En su memorable discurso de Ratisbona, él invitaba al fascinante mundo de la universidad del que él mismo había surgido a “abrirse a toda la amplitud de la razón”. Solo en este ejercicio nunca acabado de dejarse afectar por la realidad sin recortes, los hombres, las culturas y los pueblos pueden progresar en un diálogo verdadero.

En el discurso ante la Academia francesa, Ratzinger señala también que aquí está uno de los aportes que la Iglesia debe ofrecer a la moderna sociedad plural. Lo hace con estas palabras que cito por extenso: “Está en conformidad con la esencia de la Iglesia mantenerla separada del Estado y evitar que éste imponga la fe, que debe descansar en convicciones libres… No es propio de la Iglesia ser Estado o una parte del Estado, sino una comunidad de convicciones. Pero también es propio de ella reconocer que tiene responsabilidad en todo y no puede limitarse a sí misma. En uso de su libertad debe participar en la libertad de todos para que las fuerzas morales de la historia continúen siendo fuerzas morales del presente y para que surja con fuerza renovada aquella evidencia de los valores sin la que no es posible la libertad común”.

En su decisión de renunciar al oficio papal, Ratzinger ha sido un hombre libre, con la libertad de quien busca fatigosamente la verdad, la escucha y a ella se pliega con simplicidad. En este caso la verdad que brota de considerar la situación de un hombre que se reconoce anciano, limitado en vigor físico y espiritual. Se ha mostrado como un hombre de convicciones libres. No hay nada de heroico en todo esto, solo y simplemente humanidad.

Claro está, nada de esto es inteligible sin tocar el núcleo de la experiencia espiritual de la fe, sin señalar a Cristo como la verdad ante la que un creyente dobla la rodilla. Es lo que ha hecho el Papa Ratzinger.

Abusos sexuales en la Iglesia: romper el silencio

AudienciaProteccionMenores_LOsservatoreRomano_21092017
El Papa Francisco con la Pontificia Comisión para la protección de los menores

En su edición de noviembre, la Revista Criterio publica este artículo de mi autoría.

La crisis de los abusos sexuales ha llegado a la Iglesia en Argentina. Lo que parecía un problema doloroso pero lejano empieza a revelarse como una herida abierta, también entre nosotros. ¿Estamos preparados para vivirla evangélicamente?

Como ocurriera ya en otras latitudes, algunos casos concretos han sacudido a la opinión pública, animando a las víctimas a sacar a la luz el drama vivido. El largo proceso del Padre Grassi o las investigaciones en curso al Instituto Próvolo de Mendoza son algunos de los más clamorosos. El efecto dominó generado, según mi opinión, recién está tomando impulso.

Cuando hablo de crisis de los abusos me refiero a tres aspectos, distintos, pero vinculados entre sí: en primer lugar, al daño sufrido por las personas abusadas que intentan sobrevivir a esa experiencia (menores, discapacitados, adultos vulnerables y sus familias). En segundo lugar, a la inadecuada respuesta de los responsables de la Iglesia (obispos y superiores) que se ha mostrado no solo errada sino verdaderamente fatal. Por último, la situación de los clérigos y consagrados que se han precipitado en estos delitos y cuyo deterioro humano, espiritual y moral nos deja punzantes interrogantes.

Con distinta intensidad, estos tres aspectos han sacudido fuertemente a la sociedad generando ira, desazón, desconfianza y rechazo hacia la Iglesia. Las víctimas, y quienes les son cercanos, suelen añadir también una nota de fuerte escepticismo hacia las declaraciones de la Iglesia sobre el tema, incluidas las del mismo Papa. Obviamente, todo esto ha despertado el interés de los medios de comunicación. Su tarea de investigación y difusión, sobre todo las más rigurosas y documentadas, combinada con la valentía de las víctimas en denunciar, ha sido factor decisivo para que esta crisis tomara estado público, obligando a la Iglesia, a las autoridades civiles y a la misma sociedad, a hacerse cargo de este problema.

Pero, no tenemos que minimizar tampoco el impacto de esta crisis en la misma comunidad eclesial: en los sacerdotes, en las comunidades cristianas, en los laicos. La crisis sacude fuertemente la conciencia creyente de los católicos. ¿Podría ser para menos? Tanto sufrimiento ¿no tiene que convertirse en un grito de indignación dirigido a Dios? Superados los primeros momentos de sorpresa y desconcierto, han comenzado a surgir inevitablemente algunas preguntas incisivas: ¿cómo ha sido posible todo esto? ¿Cómo puede ser que un cura desbarranque de esta manera? ¿Qué dinámica espiritual se ha desatado en un consagrado para llegar a semejante abuso emocional, de conciencia y finalmente sexual? ¿Nadie vio ni dijo nada? ¿Qué hicieron nuestras autoridades eclesiales? ¿Y las casas de formación? ¿Cómo fue posible que perdiéramos de vista la real gravedad del problema que no está en la credibilidad y buen nombre de la Iglesia, sino en la víctima agredida y en el inmenso daño infligido?

En muchos casos, la sorpresa inicial ha devenido en sana rebeldía e indignación. Lo cual no es malo. Sobre todo, si los “indignados” son laicos. He podido observar que esa indignación suele desembocar, al menos en algunos, en un compromiso de fe más adulto. Sienten a la Iglesia como “su” Iglesia, y se descubren interpelados a dar su aporte en la lucha contra los abusos. Es, a mi modo de ver, uno de los signos más alentadores que está dejando esta crisis en las Iglesias que ya la han vivido. Podemos aprender de esta experiencia.

Es decir: ha sido fundamental que, en todo este drama, se rompiera el silencio y comenzáramos a discutir esta problemática, más honda de lo que hubiéramos imaginado. Nos ha llevado a la oración. Solo el Silencio del Dios Crucificado puede arrojar luz sobre la oscuridad de este mal. Este “romper el silencio” ante los abusos no es solo condición indispensable para que los casos salgan a la luz y se haga justicia, sino que también es un criterio de fondo para el capítulo fundamental de la prevención.

En este sentido, los hechos de abuso sexual protagonizados por clérigos son la punta de una trama más enredada que es necesario desenmarañar. Sacan a la luz no solo problemas personales, sino dinámicas eclesiales deformadas que necesitamos identificar para corregir. Los abusos sexuales suponen un sistema inadecuado de relaciones que los favorece y hace posibles. No es un dato menor para la comunidad eclesial. Pensemos, por ejemplo, en la docena de fundadores de nuevos institutos religiosos que están hoy involucrados en estos aberrantes delitos, en lo que viven los miembros de esas comunidades y la deriva de sus obras. ¿No vamos a preguntarnos a fondo porqué pudieron prosperar durante tanto tiempo en la Iglesia? Es una pregunta que, sobre todo los pastores, no podemos eludir.

Si nos sobreponemos a la repulsa de pensar en un adulto violentando sexualmente a una persona vulnerable, es posible ver con mayor claridad teológica el núcleo del problema. Aquí, el comportamiento sexual transmite un mensaje a decodificar. Si toda forma de abuso sexual, protagonizada por célibes y no célibes, es básicamente un abuso de poder, lo que está en cuestión es, en definitiva, el modo de vincularnos las personas, cómo nos percibimos y que uso hacemos de la natural asimetría que se da, por ejemplo, entre un sacerdote y un joven, entre un formador y un seminarista, entre un obispo y sus fieles.

Este dato, para la conciencia eclesial, es precioso. La Iglesia es sacramento de comunión que involucra a las Personas divinas con las personas humanas. Además, el ministerio pastoral ubica al ministro ordenado en una rica trama de relaciones. La figura del pastor es esencialmente relacional y al servicio de la comunión. El servicio no es, primariamente, un imperativo moral. Es un rasgo cristológico que define la naturaleza de la Iglesia y del ministerio pastoral. ¿Cómo se ayuda entonces a un seminarista a asumir como forma de existencia personal la forma servi de Cristo? El pastor es signo sacramental de Cristo Cabeza. Pero, para ser cabeza y pastor de la comunidad debe vivir antes la condición de hermano, esposo y servidor, a imagen de Jesús. En la Iglesia, sacramento universal de salvación, lo humano es esencial: es la expresión visible del misterio de comunión. Cuenta, por tanto, la buena salud del sistema de relaciones que constituye la trama de una iglesia diocesana, de una parroquia o de un seminario.

Los obispos argentinos tenemos la problemática de los abusos en nuestra agenda desde el año 2010. Después que Benedicto XVI mandara que cada conferencia episcopal adaptara la nueva normativa canónica sobre los abusos, la Conferencia Episcopal Argentina, preparó unas Líneas Guía, aprobabas en 2013. Con el visto bueno de la Congregación de la Fe constituyen el protocolo de acción hoy en vigencia para responder a las denuncias. Estas Líneas han sido muy bien recibidas por los obispos. Dan claridad y agilidad a un proceso que antes se mostraba más oscuro y engorroso. Son, sin embargo, perfectibles. Entre otros, hoy se discuten estos puntos: sentido exacto del secreto pontificio, pronta colaboración con la justicia secular, transparencia e información a las víctimas de los procesos en curso, información a la opinión pública, etc. Un capítulo aparte es el de las penas proporcionadas a este delito. Por una parte, soy de la opinión que el recurso a la justicia secular es indispensable: el clérigo abusador debe responder ante ella. Tenemos que trabajar proactivamente para mejorar nuestra colaboración con la justicia de nuestro país. Desde un punto de vista eclesial, opino que, un solo caso de abuso afecta la idoneidad del clérigo para ejercer el ministerio. La pena adecuada no es otra que la dimisión del estado clerical. De todos modos, existe hoy una saludable discusión en la Iglesia sobre estos temas.

Recientemente se ha abierto otro capítulo en el abordaje del problema por parte de la Conferencia Episcopal Argentina. En la 113 Asamblea Plenaria del pasado mes de mayo, los obispos aprobamos la creación de un “Consejo pastoral para la protección de Menores y Adultos vulnerables”. Su finalidad fundamental es abordar la prevención de los abusos. Hemos aprovechado la experiencia de otros episcopados y de la Santa Sede en esta materia. Entre sus objetivos está la capacitación de agentes de pastoral: desde los propios obispos hasta los laicos que trabajan en parroquias y colegios católicos. El criterio básico es romper el silencio. El abuso es visto como abuso de poder que se expresa a través de comportamientos sexuales. El enfoque es sistémico, atento a todas las dimensiones de esta compleja realidad. Busca también trabajar en red con el estado y otras organizaciones civiles que se ocupan de este problema social. Busca procurar también que cada diócesis constituya una comisión similar. Las arquidiócesis de Paraná y Mendoza han dado pasos en esta materia. Habrá que observar su aprendizaje.

¿Son suficientes estos pasos? ¿Están en la buena dirección? ¿Qué camino tenemos por delante en la Iglesia argentina? ¿Qué decisiones y pasos a dar en la Conferencia Episcopal, en cada diócesis, pastores y comunidades?

Amedeo Cencini acaba de publicar una investigación que lleva el sugerente título: “¿Ha cambiado algo en la Iglesia después de los escándalos sexuales?” (Sígueme 2016). Repasa con realismo los pasos dados, pero también los numerosos escollos que todavía quedan por superar. En breve: hay declaraciones de los Papas y normas canónicas muy claras. Sin embargo, la cultura que hizo posible los abusos y su encubrimiento sigue presente en demasiadas mentalidades, tanto laicales como clericales. El trabajo por delante se presenta arduo.

Al inicio de este artículo me he preguntado si la Iglesia en Argentina estaba preparada para esta crisis. No tengo una respuesta sencilla y definitiva. Yo mismo me lo pregunto, una y otra vez. Puedo dar testimonio de la seriedad con que los obispos argentinos han asumido el tema. Me ha tocado guiar sus reflexiones en varias ocasiones, siempre con la sensación de estar provocando mucho dolor e inquietud. He podido constatar también que esta dolorosa y difícil problemática necesita tiempo para que madure la conciencia sobre las dimensiones del problema, se superen algunos enfoques parciales o errados y, sobre todo, se asuman con humildad los errores y, de esta forma, se esté en condiciones de aprender a dar una respuesta no solo eficaz sino profundamente evangélica a los desafíos que esta crisis ha sacado a la luz. Experimento en todo este proceso un fuerte sentido penitencial como camino de una Iglesia en estado de purificación. O de conversión pastoral, como señala Francisco.

El punto clave, desde el Evangelio, es enfocar esta crisis con la mirada de Jesús, el buen samaritano, que es la mirada de las víctimas. En algunas diócesis del país se han dado pasos en esta dirección. No es fácil, pues en esta fase de la crisis, las víctimas desconfían de nosotros, de nuestras reales intenciones y de la capacidad que tengamos de cambiar realmente. Sin embargo, hasta tanto no se dé esta apertura a las víctimas – como ya lo han experimentado otras Iglesias hermanas y los mismos Papas Benedicto y Francisco – no vamos a estar en condiciones de procurar una respuesta a fondo a este drama humano que sacude a la Iglesia. Porque la Iglesia ha sido herida: las víctimas de los clérigos abusadores son, en su inmensa mayoría, bautizados que nos fueron confiados y a quienes no supimos proteger. Como creyente y como pastor escucho aquí la llamada del Señor.

Misioneros como Brochero

Encuentro-Nacional-de-formadores-2014VIII Encuentro Nancional de Sacerdotes

Villa Cura Brochero (5 al 7 de setiembre de 2017)

“Dios está en todas partes, pero atiende en Buenos Aires”, solemos decir con un poco de humor los argentinos para referirnos al lugar dominante de la capital en la vida de nuestro país.

Sin embargo, al menos por tres días, obispos y presbíteros argentinos tomaremos otro rumbo para saber de Dios. Nuestra meta: Villa Cura Brochero, un humilde pueblo en la provincia de Córdoba, en el corazón de Argentina. Lleva el nombre de quien fuera su párroco por largos años entre los siglos XIX y XX. El pasado 16 de octubre de 2016, junto a otros seis beatos, fue canonizado por el Papa Francisco en Roma. Se trata del padre José Gabriel del Rosario Brochero, el “Santo Cura Brochero”.

Allí, en Villa Cura Brochero, cerca de seiscientos presbíteros y unos treinta obispos nos reuniremos para el VIII Encuentro Nacional de Sacerdotes. El primero después de la canonización. El tema de este año lo expresa bien el lema: “Misioneros como Brochero”. Desde este horizonte evangelizador, vamos a repasar la enseñanza de Pastores dabo vobis, la gran Exhortación de San Juan Pablo II que está cumpliendo veinticinco años. Nos guiará el arzobispo Jorge Patrón Wong, secretario de la Congregación del Clero. El jesuita Ángel Rossi, por su parte, nos ayudará a mirar la figura inspiradora de Brochero misionero.

Sin negar la importancia de los temas, el evento en sí mismo es una gracia del Espíritu. Y una gracia de encuentro.  Así, cada tres años, pastores tan diversos como lo es nuestra Argentina – por procedencia, edad, formación o mentalidad – nos damos cita para compartir la fraternidad que brota del sacramento del orden. Y como la gracia del Espíritu, que siendo invisible busca la expresividad de los sentidos, nosotros también andamos detrás de Brochero y el aroma a Evangelio de su vida.

Adquiere así un sabor casi sacramental el deambular por las calles del pueblo, solos o en grupo, buceando en la memoria de santidad que custodia cada rincón de la Villa. Visitamos la casa donde el Santo pasó sus últimos días, ciego por la lepra contraída presumiblemente por su contacto pastoral con los leprosos. Conmueve contemplar el altar donde celebraba la Misa diaria o el rincón donde cumplió su pascua, entregando su alma al Creador en la soledad de aquel caluroso 26 de enero de 1914. Cita obligada para todo peregrino es ir a rezar ante sus restos en el santuario dedicado a María (“mi Purísima”, como él la llamaba). Si el que reza es un obispo o un cura, no es extraño que esa oración sea interrumpida por algún peregrino que pide confesión o simplemente contar lo que Brochero significa para su vida o la de sus seres queridos. Eso también es una enorme gracia. Como lo es el adentrarnos en la Casa de Ejercicios que el “Señor Brochero” levantó con sus manos ayudado por todo el pueblo.

Es que a Brochero lo dominaba una pasión: que sus serranos, especialmente los más alejados o maltratados por la vida, tuvieran la experiencia del encuentro con Cristo Salvador. Eso es lo que le había pasado a él de joven seminarista con los Ejercicios de San Ignacio. No podía no compartirlo. Para eso, en definitiva, se había hecho cura: para vivir y comunicar el amor del Buen Pastor por su pueblo, al decir de San Juan Pablo II en Pastores dabo vobis. Y consagró toda su vida, energías y habilidades para que Cristo fuera conocido, amado y servido.

Tal vez, al caer la tarde e ir cerrando una intensa jornada de encuentros y vivencias, los pasos nos lleven a las serenas aguas del río Panaholma, cuyo fluir aquieta el alma y, casi de manera imperceptible, nos hace desgranar las cuentas del Rosario para entrar, una vez más, en el amor manso de Dios por los pobres y los pecadores. El hecho de estar así en Brochero es ya toda una tanda de ejercicios espirituales. Casi que podemos repetir lo de San Juan: hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él (cf. 1 Jn 4,16).

Argentina es hoy muy distinta de la que conoció San José Gabriel. Lo es también la figura histórica de la Iglesia católica, su inserción en la vida pública del país, los métodos de evangelización, los acentos doctrinales, ascéticos o espirituales. Lo son también muchas de las formas, usos y prácticas como hoy encarnamos el ministerio pastoral del cura o del obispo. Mucha agua ha corrido por el Río Panaholma y por todos los ríos del país en este siglo largo que media entre él y nosotros. Pero ¿qué fuerza de atracción tiene Brochero? ¿Qué gracia del Espíritu nos está esperando en ese corazón sacerdotal de Argentina? ¿Qué impulso de misión que tenemos que hacer nuestro? ¿Qué verdad perenne del sacerdocio de Cristo vivió Brochero y que hoy nos sigue interpelando a los pastores de esta Argentina del siglo XXI?

Estos Encuentros Sacerdotales, inspirados en San José Gabriel y bajo su patrocinio, nos están ayudando a responder a estas preguntas, no de una manera académica o ideológica, sino abriéndonos a la potencia del Espíritu que mueve los corazones, acerca a las personas, nos hace vivir la comunión y, desde dentro, nos va transfigurando para que seamos hombres libres, pastores celosos y evangelizadores valientes del pueblo al que somos enviados.

Como suele ocurrir, estos Encuentros no tienen la repercusión pública de otros eventos o noticias que protagonizamos los sacerdotes. Tienen, sí, la repercusión que cantó María en el Magníficat: son parte de una experiencia de gracia, de fidelidad y de misericordia que, de generación en generación, va entretejiendo con los hilos muchas veces invisibles y frágiles de la historia de los hombres la historia de la salvación que Dios mismo lleva adelante. Son, por eso mismo, fuente de santidad, de consuelo y de gozo. Un enorme signo de esperanza.

 

 

El Papa no viene (todavía). Se alarga la espera

No voy a entrar en las especulaciones sobre porqué Francisco demora su visita pastoral a Argentina. Las lecturas políticas me resultan reductivas, banales y hasta provincianas.

Él es un hombre muy libre, y está llevando adelante su ministerio universal con gran entrega y valentía apostólicas. Estoy con él. Pido para mí, y para nuestras diócesis, la misma libertad y espíritu evangelizador.

¿Sería buena su presencia en Argentina? Claro. No solo por el “reencuentro” con la Iglesia que le transmitió la fe y a la que sirvió como pastor, sino por lo más valioso que tiene para darnos como Papa: confirmarnos en la fe en Cristo, fortalecernos en la unidad y animar el espíritu misionero, sobre todo, de cercanía a los más pobres y vulnerables.

Comprendo la desazón de muchos católicos de a pie – especialmente los que sostienen la evangelización día a día – que no terminan de entender bien porqué el Papa no viene. Lo dicen con franqueza y sin segundas intenciones. Los comprendo, y también comparto esos sentimientos. Los animo – y me animo – diciendo que, como católicos argentinos, tenemos que sostenerlo con nuestra oración, el aprecio por su persona y el consuelo de ver todo lo que está haciendo en la Iglesia, por el mundo, por los pobres.

Miramos con un poco de “cristiana envidia” a nuestros hermanos latinoamericanos que reciben su visita. Se alarga la espera. El amor le tiene que dar la mano a la paciencia y a la perseverancia. El reencuentro será más fecundo.

Eso sí: mientras esperamos, dediquémonos a lo verdaderamente importante según el Evangelio: caminar, edificar y confesar a Jesucristo. Es lo que el mismo Francisco les dijo a los cardenales, en la primera Misa que celebró, el mismo día en que fue elegido.

Vivir la resurrección

44d9b6be-3498-4984-b385-0a28cebd152e

“La Voz de San Justo”, domingo 23 de abril de 2017

Las imágenes de la muerte de Emanuel Balbo en el Kempes son de terror. Lo que más me impactó fue ver gente riéndose. Sí: mientras transcurría la tragedia, algunos reían.

Emanuel murió salvajemente, mientras los cristianos celebrábamos la Pascua. Y su muerte se suma a una lista de horror que parece no terminar.

Me ha venido a la memoria, un relato de los sobrevivientes de los campos de concentración que describe crudamente el ahorcamiento de un niño de 14 años ante la mirada de sus compañeros de barraca. El anónimo comentarista anota sin miramientos: mientras Dios callaba, los verdugos reían.

¿Es así? ¿Dios calla mientras los verdugos ríen?

Quedan muchas preguntas así en el corazón, sobre todo de los que intentamos vivir como discípulos de Jesús, en esta Argentina enferma de violencia.

Desde aquí les propongo mirar la resurrección.

La resurrección de Cristo no puede ser reducida a un milagro: algo extraordinario que deja pasmados a quienes creen en ella. Es mucho más.

¿Qué significa?

Para los cristianos, la resurrección es la intervención más fuerte de Dios en la historia humana. Resucitó a Jesús, su Hijo, “por nosotros”, para que seamos libres y vivamos con la misma plenitud de vida de Jesús.

Por eso, al resucitar a Jesús, Dios ha confirmado el modo como Jesús encaró la vida. Que su persona, sus gestos, actitudes y palabras han revelado cómo Dios ve las cosas y, sobre todo, lo que sueña para la humanidad.

Jesús hizo de la cercanía y el cuidado del más débil y vulnerable la expresión más alta de los mismos sentimientos de Dios.

Al resucitar a Jesús, el Padre ha pronunciado su sí más claro y fuerte a cada hombre y mujer de este mundo, superando incluso su mismo acto creador. Es una ratificación que cada vida es digna, valiosa y merecedora de un respeto infinito.

Para la fe cristiana, antes que el Papa o los obispos, el más genuino representante de Dios en la tierra es cada ser humano, creado a imagen y semejanza de su Hijo Jesucristo.

Resucitando a Jesús, Dios se ha definido definitivamente para el hombre. Y ha dejado bien clara su intención de fondo para con nosotros: acoger, cuidar, sanar y salvar la vida. Toda vida, especialmente la más vulnerable y herida. Eso se compendia en la palabra más hermosa del diccionario cristiano: resurrección.

Haciendo así, nos obliga también a nosotros, que creemos en Cristo resucitado, a definirnos de la misma manera.

La violencia que terminó con la vida de Emanuel – como arruina la vida de tantos – solo es posible porque otros ven, aprueban y ríen. Como esos chicos – y a veces no tan chicos – que suben a las redes las peleas entre compañeros.

Es ahí donde tenemos que salvar la vida: abriendo los ojos para que vean, los oídos para que escuchen y los labios para que hablen. Que veamos la humanidad herida. Que escuchemos los gritos de auxilio de un hermano. Y que digamos en voz alta que somos seres humanos, no cosas.

No. La risa de los verdugos no tiene la última palabra.

Mientras los inocentes mueren, Dios no calla. Llora, sufre y muere con ellos. Y resucita desde la muerte. Y, haciendo esto, abre los ojos para que veamos las cosas como Él las ve, y obremos como Él obra.

Eso es vivir la resurrección.

Padre…líbranos del mal

el grito“La Voz de San Justo”, domingo 26 de marzo de 2017

Es poco decir que se trata de una petición. Es, en verdad, un grito de auxilio, nacido de las entrañas y dirigido al único que puede realmente salvar. Concluye el Padre nuestro, pero, de alguna forma, nos devuelve al inicio: nos pone, con Jesús y como él, una y otra vez, en las manos del Padre.

En cierta manera, se trata de un desarrollo de la petición anterior: Padre, cuando llegue la hora, no nos dejes caer en la tentación. ¿Qué pedimos ahora? No sucumbir al mal más grande: rechazar el reinado de Dios, abandonar en el seguimiento de Jesús y cerrarnos a su Espíritu.

Esa es, precisamente, la obra del Maligno. En palabras de Jesús: “Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino” (Mt 13,19). Es así: el mayor triunfo del Tentador es arruinar la siembra de Dios en nosotros; engañarnos con falsas promesas para que cortemos el vínculo que nos da vida; es decir: cerrar nuestro espíritu a la acción vivificante del Espíritu del Hijo que nos hace hijos e hijas del Padre. Nos hace desconfiar de Dios, de sus promesas, de sus intenciones y de sus entrañas de Padre compasivo. Mata la confianza en Dios.

El mal está presente, en sus diversas manifestaciones, en la vida de las personas, de los pueblos. Amenaza desde dentro, tanto los corazones como las estructuras sociales, culturas, políticas y económicas. Tampoco la Iglesia escapa de su influencia : ¡Qué poder corrosivo tiene la degradación espiritual y moral de los hombres de Iglesia, especialmente de sus ministros!

Dios no nos ha prometido que seremos inmunes al sufrimiento, al fracaso, a la frustración, que no experimentaremos la atracción del mal o que sus reflujos no nos alcanzarán. No nos ha prometido una vida fácil ni alienta una filosofía burguesa despreocupada y minimalista. No sabemos, por ejemplo, de cuánta salud o enfermedad gozaremos en esta vida. Y, como esto, muchas otras cosas.

Lo que sí nos ha prometido es que no nos faltará el auxilio de su Espíritu para vivir como discípulos de Jesús todo lo que nos toque vivir. Y forma parte de sus promesas – y es lo que pedimos en esta última súplica – que su Espíritu vendrá en ayuda de nuestra fragilidad cuando experimentemos la acometida del Maligno que siempre busca arrebatarnos de las manos providentes del Padre.

Enviado por Cristo resucitado desde el Padre, el Espíritu será el Abogado que nos defenderá toda vez que seamos acusados por el Tentador y toda forma de tentación maliciosa aceche con sus trampas nuestro camino de discípulos.

Esta última petición es, por el contrario, un grito de confianza en el verdadero poder que realmente merece ese nombre: el amor compasivo de Dios. A él nos entregamos, como Jesús en Getsemaní y en la cruz. En él esperamos, como María el sábado santo, pues sabemos – o, al menos, lo intuimos en nuestro corazón – que el mal no puede tener la última palabra sobre nuestra vida y sobre la entera historia humana.

¿Qué le gritamos en esta súplica? El imperativo “¡líbranos!” se queda un poco corto para expresarlo. Necesitamos un verbo más fuerte y casi violento: Padre: ¡arráncanos y arrebátanos de los brazos poderosos del mal! ¡Sólo Tú tienes esa fuerza arrebatadora!

Y Dios ha escuchado esa súplica: nos ha enviado a su Hijo. A Él miramos, su Evangelio escuchamos y su Pascua contemplamos. Jesús es el punto de apoyo de nuestra oración, especialmente en el momento de la prueba.

Por eso, los cristianos pronunciamos esta súplica mirando la cruz de Cristo. Es cierto: no somos inmunes al dolor ni a la incertidumbre. Pero la confianza que la cruz siembra en nuestros corazones transforma desde dentro ese grito de auxilio en una súplica ardiente, por nosotros y por todos los hombres y mujeres del mundo.

Con Jesús, y como Él, miramos al Padre, levantamos nuestros brazos al cielo y le dirigimos nuestra plegaria confiada, desde lo hondo de nuestra humanidad.

 

Atrevernos a decir: “Padre nuestro…”

Padre nuestro 2.png

“La Voz de San Justo”, 29 de enero de 2017

“Fieles a la recomendación del Señor, y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir: Padre nuestro…”

Con estas palabras, la liturgia invita a la asamblea a rezar la oración del Señor antes de acercarse a comulgar. ¿Por qué habla de “atrevimiento”?

Si Jesús no nos hubiera mostrado el rostro de Dios como su Padre, no podríamos invocarlo así. A lo sumo, podríamos llamarlo “Padre” en sentido amplio: “Tú que eres nuestro creador y que nos amas…”

La paternidad de Dios que Jesús nos revela es más honda. Es Padre del Hijo desde toda la eternidad. No es Padre, en primer lugar, respecto de nosotros, sino de Jesús. Lo será de nosotros, por Jesús y la fuerza de su Espíritu.

Es esta relación de paternidad-filiación lo que Jesús comparte con nosotros, comunicándonos su mismo Espíritu de Hijo. Por el bautismo y la confirmación, somos “hijos en el Hijo”, enriquecidos por la adopción filial, como nos enseña San Pablo.

Atrevernos a llamar así al Padre, implica también atrevernos a ser hijos como lo fue Jesús, dejando que su Espíritu nos moldee a su imagen y semejanza: la mente de Cristo en nosotros, sus mismos sentimientos y opciones, y la misma orientación de la vida.

Y, de la oración a la vida: atrevernos a ser y sentirnos hijos e hijas de Dios, a ser y reconocernos hermanos en la vida de cada día.

Y, para eso, hemos de tomar los evangelios y repasarlos con el corazón. Una y otra vez. Allí, en cada palabra y en la trama de cada relato, se nos revela qué significa para Jesús ser Hijo, y se nos muestra nuestra propia vocación a la filiación y a la fraternidad. Una lectio que ha de tocar lo concreto de nuestra vida.

Los relatos evangélicos nos muestran cómo vivió el Señor Jesús su condición de hijo: en el Padre y desde el Padre se sintió hermano de todos, especialmente de los más alejados, olvidados y descartados.

El mismo Jesús que se retira a orar largas noches, es el que se deja alcanzar por el sufrimiento de sus hermanos y hermanas. Es el que acaricia a los niños, señalándolos como modelos del discípulo que, con simplicidad de corazón y espíritu de conversión, busca el Reino. Es el que toca con inmensa ternura al leproso y abre los ojos del ciego; el que hace mesa común con prostitutas y demás pecadores públicos, hasta llegar a decir: “he venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido” (Lc 19,10).

Así muestra qué significa que Dios es Padre, que Él es el Hijo y qué clase de vínculos nuevos de fraternidad, justicia y misericordia supone el Reino de Dios que ha traído al mundo. Así nos muestra cómo Dios se estremece ante cada sufrimiento de sus hijos, derramando con ellos las lágrimas puras de la compasión.

A quienes se acerca a él con fe y confianza, los transforma, sanándolos y levantándolos de todos sus miedos y estrecheces. Los invita a vivir la bienaventuranza de los que, como él, son pobres de espíritu y buscadores de la justicia, trabajan por la paz y zanjan los problemas apelando a la compasión de Dios.

Jesús vive su filiación en el don de sí, por amor y hasta la entrega total, en su pasión, muerte y resurrección. En su costado abierto y en sus manos y pies traspasados mostrará el amor luminoso del Padre que lo ha resucitado de entre los muertos, confirmándolo como Hijo suyo muy amado.

Hoy, que vivimos una crisis profunda de los vínculos humanos, atrevernos a llamar Padre a Dios, significa animarnos a encarnar también en nuestra vida la misma opción de Jesús: ser, hasta el final, hijo y hermano. Sin dudas, el que se atreva a vivir así conocerá, como Jesús, la sombra de la cruz. Pero también su fecundidad.

Un mundo que excluye a Dios es un mundo sin Padre y, por eso, sin hermanos. Es un mundo injusto, donde pocos tienen mucho, y la mayoría, casi nada. Un mundo donde prevalece la prepotencia del más fuerte y la arrogancia de los que tienen en corazón enceguecido por el egoísmo. Un mundo vacío, triste y sombrío, donde cada persona se resigna a su propia soledad, con el riesgo de ver en el otro, más que a un semejante a quien respetar, a un potencial adversario o enemigo a quien humillar y, llegado el caso, también eliminar.

Atrevernos a llamar “Padre” a Dios es romper este malhadado círculo de muerte. Esa es la verdadera revolución que, por otra parte, tanto anhelamos.

Cada vez que, reunidos en torno al altar, rezamos el Padre nuestro, somos desafiados a este atrevimiento según el Evangelio.

¡Atrevámonos! Allí está la vida verdadera.

Sobre menores abusados por clérigos

Comparto un artículo de la Dra. Alicia Zanotti de Savanti del Equipo Jeremías, dependiente de la Comisión Episcopal de Ministerios. Hoy lo publica AICA

Dada la inquietud originada por las denuncias de abusos sexuales a menores por parte de sacerdotes y religiosos y el reclamo consecuente de incluir los aportes de las ciencias psicológicas para una mejor selección de los candidatos al sacerdocio, deseo informar que desde hace más de 10 años, en nuestro país, un extenso número de psicólogos y psicoterapeutas, colaboramos con las autoridades eclesiásticas en distintas instancias de la formación inicial y permanente

Hoy los seminarios de casi todas las diócesis del país cuentan con un equipo de psicólogos que colaboran con los rectores y formadores para la admisión de candidatos al sacerdocio siguiendo los lineamientos de la exhortación apostólica Pastores Dabo Vobis (1992) de Juan Pablo II, que reconoce que la dimensión humana es el fundamento de toda la formación sacerdotal y pide centrarse en los aspectos afectivo-sexuales de la misma. A partir de esta invitación se han realizado encuentros nacionales de clero diocesano desde 2011 para profundizar la aplicación del documento de la Congregación para la Educación Católica: «Orientaciones para el uso de las competencias de la psicología en la admisión y en la formación de los candidatos al sacerdocio». Roma. 13/6/2008.

Con el apoyo de la Comisión Episcopal de Ministerios (CEMIN) a través del recientemente aprobado grupo Jeremías, integrado por laicos y consagrados al servicio de la formación sacerdotal, se han realizado ya 5 encuentros nacionales de psicólogos y formadores de seminarios diocesanos para revisar y aunar criterios y lenguajes. Estas tareas se complementan con la atención personal que distintos profesionales de la psicología brindamos a consagrados que solicitan ser ayudados desde esta perspectiva, con el conocimiento y la aprobación de sus obispos. 

Lamentablemente, la mayoría de las dolorosas e inaceptables situaciones de abusos remiten mayoritariamente a presbíteros y religiosos formados en un contextos eclesial diferente, que no asumía la formación para el celibato desde una connotación positiva de la sexualidad en todos sus ámbitos. Esta actitud condicionó mecanismos de represión de la misma y una negación a considerar su importancia como aspecto sustancial del desarrollo personal y por tanto a reconocer y distinguir sus expresiones sanas y patológicas.

La presencia de pedófilos dentro de sus integrantes ha sido posible al amparo de esta ignorancia. Los hechos que tomaron estado público internacionalmente y en nuestro medio, llevaron a la toma de conciencia de esta grave distorsión en la formación. Hoy la mayoría de los formadores asume que la acción e la Gracia no prescinde de los mecanismos biopsíquicos sino que se vehiculiza a través de los mismos; de allí la necesidad de no obstaculizar su dinamismo. Para el encuentro de 2017 solicitaron una profundización de este tema para la cual se invitó un especialista chileno que complementará con su propia experiencia en el tema. 

Actualmente, contamos con una extensa bibliografía sobre psicoespiritualidad, siempre en revisión y en búsqueda de nuevos caminos de integración.

Tenemos la esperanza de que a la luz de tanto dolor, de la valentía de quienes lo han hecho saber exponiéndose a sí mismos en la denuncia y de la clara posición tomada por las autoridades eclesiásticas, la vocación sacerdotal pueda seguir brindando pastores entregados, comprometidos y sanos como tantos que hoy siguen dando su vida por su Fe a pesar de las dificultades. 

Alicia Zanotti de Savanti

Médica psicoterapeuta, integrante de Jeremías. 

e-mail: azsavanti@gmail.com Buenos Aires, enero de 2017

​Consejos de Jesús sobre la oración

wp-1484266678159.png

“La Voz de San Justo” – domingo 15 de enero de 2017

A partir de este domingo, quisiera compartir con ustedes algunas sencillas reflexiones sobre la principal oración cristiana: el Padrenuestro. 

La oración no es lo más importante de la vida cristiana. Ese lugar lo ocupa, sin dudas, el amor a Dios y a los demás. Pero, sin oración no hay vida cristiana.

Un cristiano que no ora está en “situación de riesgo”, decía San Juan Pablo II: el riesgo de dejar que el ambiente secularizado disuelva su fe. Vivirá un cristianismo más bien externo, social. Le faltará la savia del encuentro personal, cara a cara, con ese fuego transformante que es el Dios vivo. ¿No es esto lo que nos está pasando ahora? ¿La crisis de fe que vivimos no es, entre muchas razones, una crisis de oración?

Según el relato de San Lucas, viéndolo a Jesús mismo en oración, sus discípulos le dijeron: “Señor, enséñanos a orar…”.

Jesús en oración: aquí ya está todo. La oración cristiana, tan variada en sus formas, es siempre eso: entrar en la oración de Jesús al Padre. Es la oración del Señor, la que expresa en palabras sus sentimientos filiales más hondos: confianza, inmediatez e intimidad, alegría, entrega a fondo, dejarse llevar…

San Pablo dirá que los cristianos hemos recibido el mismo Espíritu del Hijo que clama en nosotros “Abbá-Padre”.

De ahí la importancia del Padrenuestro.

La estructura del Padrenuestro es muy sencilla: después de la invocación inicial, vienen tres deseos y cuatro peticiones. Los iremos comentando en su conjunto, y uno a uno.

En la Biblia tenemos dos versiones del Padrenuestro: la de San Mateo (Mt 6,9-13), que es la que rezamos habitualmente en la liturgia y en la piedad personal; y la de San Lucas (Lc 11,1-4), más breve y concisa. Aquí comentaremos la de San Mateo.

Antes de comentar propiamente la oración del Señor echemos un vistazo a los dos consejos de Jesús según San Mateo (cf. Mt 6,5-8): hay que orar en lo secreto y no hablar mucho.

En lo secreto, porque la oración es encuentro de un hijo con su Padre. El lugar físico es lo de menos. El lugar interior es la conciencia: allí Dios mora y habla.

Y, por eso, no hablar mucho. Solo dejarse mirar por Dios. No necesitamos fingir lo que no somos. Bastan pocas palabras.

En la conciencia descubro que mi libertad se juega en la obediencia a una verdad que me habita y me trasciende, que yo no produzco y que sin embargo define mi vida. Un indicio de la dignidad de todo ser humano.

Orar como Jesús, en su Espíritu y con las palabras que el ha puesto en nuestros labios es una experiencia de increíble autenticidad y libertad interior. ¿Hacemos la prueba?

El camino de Efraín. Pobreza-trabajo-educación

 

efrainArtículo publicado por DyN el 4 de enero de 2016

Para muestra, bien vale un botón. El reciente conflicto del CONICET sobre el valor de las investigaciones en ciencias sociales y humanidades, con el que cerramos un duro 2016 en Argentina, es -a mi criterio- precisamente eso: una muestra de cómo estamos, pero también de hacia dónde podemos ir como sociedad.

Me quedaron algunos interrogantes: ¿qué interés real tenemos los ciudadanos argentinos por la educación? ¿Qué valor le damos? ¿Vemos la conexión que la educación tiene con nuestra calidad de vida? ¿Percibimos lo que implica para la deuda social de pobreza y exclusión que pesa sobre todos los argentinos?

El 2016, al menos para mí, quedará en la memoria como el año en el que se nos hizo patente la cifra de nuestro fracaso como pueblo y sociedad: uno de cada tres argentinos vive en la pobreza. A este dato se le suman las cifras del desempleo, tanto las que ofrece el Observatorio de la UCA como el mismo INDEC.

Parece existir un consenso bastante amplio de que una de las claves para salir del pozo es la cuestión del trabajo y el empleo. Pueden diferir los acentos -¡bienvenidos a la sociedad plural!- entre quienes apuestan por una presencia más activa del estado, a quienes promueven el valor de la iniciativa privada.

Desde el punto de vista católico, no podemos estar en desacuerdo. Desde sus inicios, el humanismo de la doctrina social de la Iglesia ha destacado la centralidad del trabajo digno, como un eje fundamental de la cuestión social.

“Una cosa es tener pan para comer en casa y otra es llevarlo a casa como fruto del trabajo. Y esto es lo que confiere dignidad. Cuando pedimos trabajo estamos pidiendo poder sentir dignidad; y en esta celebración de San Cayetano pedimos esa dignidad que nos confiere el trabajo; poder llevar el pan a casa”, escribía el Papa Francisco el pasado 7 de agosto.

Me detengo en esta frase: “Cuando pedimos trabajo estamos pidiendo poder sentir dignidad”.

Que una persona -un adolescente que está terminando el secundario, por ejemplo- sienta que su dignidad se expresa cuando el pan que lleva a su casa (o el celular o las zapatillas que se compra) son el fruto de su esfuerzo (y no de una dádiva o de una avivada), es un logro humano que no se da por el solo hecho de ofrecer una suma de dinero, sino que tiene detrás un complejo y decisivo proceso educativo. Proceso que no puede improvisarse ni darse por descontado para siempre.

Vale la pena recordar aquí que la palabra “educación” quiere decir: saca a la luz lo que hay dentro. En este caso, el proceso educativo tiene como meta ayudar a una persona a sacar a la luz sus potencialidades más hondas. Para eso se le ofrecen saberes, valores y experiencias. Educar es enseñar a vivir.

Vuelvo al lenguaje del Bergoglio: buena parte de esos argentinos pobres son, hoy por hoy, descartados y excluidos, fuertemente condicionados para sumarse al exigente mundo laboral de la sociedad del conocimiento. La mera multiplicación de subsidios o la facilitación de recursos tecnológicos no producen, por sí mismas, el desarrollo humano integral al que se supone todos aspiramos.

¿Qué hacer entonces para que un chico argentino sienta que en el trabajo perseverante y bien hecho se juega su dignidad, y su futuro como ser humano?

Bueno, un camino es ayudarle a comprender que, antes de que llegue el tiempo de incorporarse al mundo del trabajo, su dignidad se juega en el modo cómo asuma su propia educación. La educación es al niño y al adolescente, lo que el trabajo es al adulto: la palestra donde aprende a vivir y a humanizarse.

Si miramos bien, este interrogante vale no solo para los sectores descartados. Todos estamos incluidos en este desafío.

Este fin de año 2016 nos ofreció también una imagen de lo que implica este camino de dignidad: la foto de Efraín, el chico qom, con su abuelo y el maestro, unidos por la emoción de haber logrado un objetivo, aparentemente simple, pero de alto impacto: Efraín terminaba la primaria, sacando a la luz lo mejor de la condición humana. Ese aprendizaje es para la vida.

En esa foto aparece también otro factor clave y, hoy por hoy, poco políticamente correcto: el valor de la familia que es el espacio vincular en el que se acompaña a los que se abren a la vida. Abuelo y nieto caminaron por años varios kilómetros: ¿cuánto aprendieron en ese sacrificio compartido? ¿Qué les ha quedado a ambos para la vida? Ni se puede poner en palabra y, menos aún, contabilizarlo en números. ¿Se reconoce todavía que la familia es una realidad previa y superior al estado y que merece una atención prioritaria, pues en ella se está jugando realmente el futuro?

Ojalá este “electoral año 2017” no nos distraiga de las cosas que son verdaderamente importantes para el futuro de nuestro país. Ojalá todos podamos recorrer el camino de Efraín.

Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco