Ver para creer

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“La Voz de San Justo”, domingo 8 de abril de 2018

Le tengo un afecto especial al evangelio de este domingo (Jn 20,19-31). Es el encuentro de Jesús resucitado con el apóstol Tomás que, por estar ausente durante la primera aparición, no termina de creer lo que le cuentan los otros.

Ante la insistencia de sus amigos, Tomás redobla la apuesta: tengo que ver para creer, tocar sus llagas, meter la mano en su costado.

Lo que sigue es conocido: Jesús se aparece de nuevo a los apóstoles, Tomás incluido, e invita al incrédulo a tocar las llagas de la pasión.

Tomás confiesa la fe con una de las fórmulas más bellas del evangelio: “¡Señor mío y Dios mío!”. Jesús remata con una bienaventuranza: “¡Felices los que crean sin haber visto!”.

Mi afecto por esta escena tiene que ver con mi biografía personal: habré tenido unos 13 años y me tocó hacer de apóstol en el lavatorio de los pies, el Jueves Santo, en mi parroquia. Cuando terminó el rito, el cura nos regaló un pañuelo con el nombre de uno de los doce apóstoles a cada uno de los jóvenes que habíamos participado. A mí me tocó el de Tomás.

¿Profecía? Algo de eso hay. Lo veo hoy con mucha claridad. En ese pañuelo, con ese nombre evangélico, la Escritura se hizo Palabra para mí. Lo cierto es que mi propio camino de fe ha sido – y es todavía – como el de Tomás: una fe siempre acechada por la incredulidad.

¿Podría ser de otra manera? La fe es el acto más libre de un ser humano. Es confiarse libremente a Dios que, a su vez, nos ha dirigido con soberana libertad su Palabra. La fe es aventura de libertad. Es riesgo, desafío y provocación.

Un gran biblista, el padre Ignace De la Potterie, comenta que aquella bienaventuranza de Jesús – “Felices los que creen sin ver” – puede ser interpretada de dos maneras. La clásica: la fe no consiste en ver, sino en creer sin la evidencia de los sentidos. Pero también es posible otra interpretación: para pronunciar nuestro Amén a Cristo necesitamos tocar, de alguna forma, su humanidad resucitada.

¿Cuándo vemos y tocamos la humanidad de Cristo?

Lo hacemos toda vez que nos sumergimos en los evangelios y contemplamos su figura de Hijo y hermano. Lo hacemos también cuando celebramos los sacramentos, pues suponen una intensa actividad de los sentidos del cuerpo: escuchar, cantar, recitar las oraciones, hacer silencio.

Lo hacemos toda vez que nos encontramos con Cristo a través de su mediación más querida: los hermanos, especialmente los más heridos. Alguna vez leí esta oración: “Señor, necesito ojos nuevos para reconocerte, dado que has tomado la costumbre de viajar de incógnito y de parecer siempre… otro”.

La Iglesia reza por Pedro

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“La Voz de San Justo”, domingo 18 de marzo de 2018

“Mientras Pedro estaba bajo custodia en la prisión, la Iglesia no cesaba de orar a Dios por él” (Hch 12,5).

En su camino por la historia, la Iglesia ha tenido muchos tipos de Papas. Los ha habido santos de elevada espiritualidad, clarividentes misioneros, eximios teólogos, hábiles políticos y administradores; sufridos confesores de la fe y mártires. Y también, algunos de vidas poco edificantes.

Como aquella primera comunidad cristiana, la Iglesia nunca ha dejado de rezar por Pedro, esté o no en prisión, sea un santo consumado o, como la mayoría de nosotros, un pecador perdonado, torpe aprendiz del Evangelio.

Este 13 de marzo se han cumplido cinco años de la elección de nuestro “Pedro” actual: Francisco, el Papa venido desde el fin del mundo. Se han escuchado diversas interpretaciones sobre su figura, influencia y magisterio. Sinceramente uno queda un poco mareado con tantas palabras.

¿Me permiten otro sincericidio? Sobre todo, aquí en su patria y también dentro de la Iglesia, ¿no hay una exagerada concentración sobre su figura? ¿No deberíamos hablar más de Jesucristo que de su vicario? Me animo a decir que él piensa así. Una Iglesia autorreferencial está enferma, pues “pretende a Jesucristo dentro de sí y no lo deja salir”, decía Bergoglio antes del Cónclave. Hay que vivir una suerte de espiritualidad eclesial, inspirada en Juan, el Precursor: “Es necesario que Él crezca y que yo disminuya” (Jn 3,30). En síntesis: menos Iglesia, más Jesucristo.

De aquel 13 de marzo, hoy me ha venido a la memoria la imagen del Papa pidiendo a la multitud, reunida en la Plaza, que rezara por él. La fotografía que acompaña este artículo captura aquel instante. Unos amigos que estaban allí, aquella tarde romana, me decían que el momento fue impresionante.

En latín se dice: “Ecclesia orans”, Iglesia en oración. Solo cuando se experimenta la oración como realidad vital, se toca la verdad de la Iglesia. Como también, y más radicalmente aún, solo cuando, de la mano de los relatos evangélicos, nos asomamos a ese huracán indomable que es la oración de Jesús al Padre, llegamos a conocerle realmente a Él como Hijo, Dios con nosotros, Verbo eterno en carne humana.

La oración por Pedro – hoy por Francisco –nos da la perspectiva adecuada para apreciar su figura: los ojos certeros de la fe eclesial. Lo cual no invalida, aunque sí ubica en sus justos términos los otros enfoques: políticos, sociológicos, culturales, afectivos.

¿Por qué oramos por Pedro? Ante todo, porque Jesús mismo lo hizo: “Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder para zarandearlos como el trigo, pero yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y tú, después que hayas vuelto, confirma a tus hermanos.” (Lc 22,31-32). Rezamos por Pedro/Francisco, porque Jesús oró por él, y por sus mismas razones: para que no le falte la fe, y para que nos confirme en la fe a quienes somos sus hermanos.

Eso es precisamente lo que está haciendo hoy Francisco. Él ha sabido sumarse – con originalidad latinoamericana, argentina y porteña – al camino que viene transitando la Iglesia, de la mano de los últimos Papas, actuando el mandato profético del Concilio Vaticano II.

Ese camino es diáfano. Tiene la provocativa sencillez del Evangelio: poner a Jesús en el centro, y con Él, a los pobres, a los olvidados, a los heridos. Francisco diría: “las periferias”. Todo lo demás: o de ahí nace o hacia este centro converge.

Y alegría. Mucha alegría. La alegría del Evangelio. La alegría de Dios reflejada en el rostro de Cristo resucitado.

Rezamos por vos, Francisco. Que el Señor te proteja y la Virgen te guarde. Gracias por tu testimonio y tu servicio a la fe.

 

 

El aporte del Estado a la Iglesia

Les comparto un audio con algunas precisiones sobre el dinero que el Estado aporta a la Iglesia en Argentina. Lo he grabado para algunas radios de Córdoba que me lo solicitaron. Espero que sea de ayuda, sobre todo para aclarar algunos puntos.

 

¿Puedo intervenir como católico en un debate como el del aborto?

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Empiezo con una anécdota: siendo obispo auxiliar de Mendoza participé en un acto en el centro de la ciudad organizado por jóvenes pro-vida. Había que hablar sobre el aborto. Intervine aclarando que lo hacía como católico y como obispo. A renglón seguido, una de las locutoras sintió la necesidad de aclarar que ese acto no era para nada religioso, que hablábamos sobre un tema de interés para todos. 

Cuando los católicos intervenimos en los debates públicos ¿tenemos que tachar, disimular o poner entre paréntesis nuestra condición de creyentes? ¿Tiene espacio el punto de vista religioso en los debates de la sociedad secular? 

El último artículo de mi autoría que publicó el diario Los Andes de Mendoza antes de venir a San Francisco, aborda, en parte, estas cuestiones. Lo ofrezco a continuación sin hacerle ninguna modificación. Creo que puede ser útil ahora que parece iniciarse un tiempo de intensos y acalorados debates sobre legislación de aborto en Argentina. Espero que sea útil. 

*   *   *

El discurso religioso en el debate público

Las sociedades plurales enfrentan hoy desafíos éticos de magnitud. La pregunta por lo que es realmente bueno y justo se hace cada vez más acuciante, habida cuenta de la pluralidad de perspectivas y puntos de vista. Los interrogantes sobre aborto, eutanasia, matrimonio, derechos civiles, por mencionar solo algunos, están instalados en la agenda pública, volviéndose cada vez más agudos.

Es bueno que así ocurra. Es una señal de aquel saludable inconformismo que caracteriza a la razón humana, siempre inquieta por la realidad y la verdad de las cosas.

Por otra parte, nunca poseemos del todo y para siempre los grandes valores, verdades y principio éticos. Situaciones nuevas suscitan nuevas preguntas y nuevos desafíos. Un ejemplo reciente: los avances tecnológicos en la transmisión de la vida. No es lo mismo mejorar la producción de alimentos que donar la vida a un ser humano.

¿Qué pueden aportar las religiones a estos debates? ¿Sigue siendo satisfactorio el postulado del laicismo: la religión es algo privado, sin cabida en el debate público?

Si observamos algunas polémicas recientes (matrimonio y aborto no punible) vemos que ciudadanos con inspiración religiosa descienden a la discusión pública con profusión de argumentaciones y con diversas iniciativas, tanto para ganar la calle y la opinión pública, como para hacerse oír por los legisladores.

Los obispos católicos, por ejemplo, hemos hecho oír nuestra voz en estos temas a través de declaraciones, entrevistas, y otros medios. Los laicos, por su parte, toman iniciativas en distintos ámbitos para que el punto de vista católico sea tenido en cuenta. Y no solo los católicos: en los debates señalados, la presencia activa de grupos evangélicos ha sido también notable.

En los hechos, las religiones están firmemente presentes en el debate ciudadano. De todos modos, cabe preguntarse: ¿Lo hacen de un modo ajustado a las reglas de la democracia y al estilo de convivencia que es propio de las sociedades complejas y plurales?

En un reciente artículo publicado en un diario suizo y replicado por “L’Avvenire”, cotidiano de los obispos italianos, Jürgen Habermas ha abordado la cuestión. El título es sugestivo: “¿Cuánta religión puede soportar el estado liberal?”.

Este pensador no creyente señala con perspicacia que la secularización del estado es un proceso irreversible y una adquisición de la humanidad. Sin embargo, las religiones forman parte del entramado vital de las sociedades modernas. Para Habermas, bajo determinados presupuestos, los distintos grupos religiosos pueden ofrecer sus particulares puntos de vista sin renunciar a su carácter propio.

¿Cuáles son esos presupuestos? Habermas señala algunos, de los que destaco dos: en primer lugar, el discurso religioso debe poder ser traducido a un lenguaje racional que lo haga comprensible por el resto de los ciudadanos. En segundo lugar, las religiones deben demostrar que son capaces de conjurar el peligro de las distintas formas de integrismo o fundamentalismo que suelen albergar en su seno.

La propuesta es interesante y merece ser considerada, al menos desde el campo católico, pues tiene varios puntos de contacto tanto con la enseñanza oficial de la Iglesia como con la de algunos teólogos.

Podríamos repasar, por ejemplo, el pensamiento de Benedicto XVI. Una de sus mayores insistencias ha sido la necesidad que la fe tiene de la razón. El integrismo es precisamente una patología de la fe que no respeta la autonomía de la razón. Por el contrario, Ratzinger ha insistido en que el ordenamiento jurídico de la sociedad se ha de basar en una lectura racional de la naturaleza humana. De la misma manera, no ha dejado de señalar que la fe ofrece estímulos positivos a una razón abierta a toda la amplitud de la realidad.

Como las otras grandes tradiciones religiosas, el cristianismo ha logrado madurar una visión sapiencial del ser humano, su lugar en el cosmos y la vida virtuosa que constituye un patrimonio de humanismo, que no puede dejar de ofrecerse como aportación a la “razón ética” de los pueblos.

Aquí aparece también una de los presupuestos que Habermas señalaba: para lograr que esta visión del ser humano siga enriqueciendo el entramado de la vida social, las religiones tienen que hacer el esfuerzo de traducir sus grandes símbolos y conceptos en un lenguaje comprensible y apto para la comunicación. En la tradición cristiana este es un aspecto muy cultivado: una de las funciones de la teología cristiana es precisamente acercar el mensaje del Evangelio atendiendo a las circunstancias de cada tiempo y lugar.

Esto supone también, como ha señalado el teólogo católico Martin Rohnheimer, la exigencia de presentar la propia posición a través de argumentos coherentes, fundados y comunicables, ofrecidos lealmente a la discusión ciudadana. La religión no pretende imponer su visión de las cosas. Acepta ser una voz más en el concierto de voces, a veces un poco caótico, de la sociedad moderna. El esfuerzo principal es así argumentar y convencer. Lo cual es siempre más exigente que la mera imposición. Es, sobre todo, más conforme con la dignidad del hombre, imagen de Dios, racional y libre.

En este sentido, fue significativa la presencia del presidente de la Conferencia Episcopal Argentina en la audiencia pública del Congreso con ocasión de la reforma del Código Civil. Arancedo expuso el aporte de los obispos argentinos, elaborado deliberadamente con este criterio: presentar nuestra posición de una manera racional y argumentada. Lo hizo además en pie de igualdad con otros actores sociales.

En los hechos, el discurso religioso, incluso cuando cumple con los requisitos arriba señalados, suele entrar en colisión con otros discursos presentes en la sociedad. Esto angustia a muchos creyentes, incluso a personas que no militan dentro de la Iglesia. Surge así la invitación a modernizarse, a adaptarse a las exigencias de la evolución de la sociedad, a no perder el tren de la historia.

Obviamente, aquí hay mucho de verdad. El cristianismo es una religión de encarnación: Dios se hizo hombre, su Verbo entró en la historia. Este movimiento de identificación con lo humano es irrenunciable para la experiencia cristiana. Pero no es el único.

Uno de los desafíos más fuertes que hoy tenemos los creyentes es mantener sólidamente unidas dos actitudes fundamentales. Por un lado, la disposición permanente a construir puentes, a dialogar con todos, a estar presente con el buen vino del Evangelio en todos los lugares donde se juega el destino del ser humano. Es una exigencia que brota del corazón mismo de nuestra fe. Somos hijos de la Iglesia y de una sociedad cada vez más polifacética.

El cristianismo es también la religión de la pascua: la humanidad purificada, elevada y transformada. Este elemento también tiene que estar activamente presente en la experiencia cristiana. Una de sus formas es precisamente el inconformismo, la crítica, su no adaptación a lo políticamente correcto, al dictado de la opinión pública y de lo que se califica rápidamente de progreso.

Cuando formula verdades incómodas, llevándolas adecuadamente al debate público, está también cumpliendo un servicio al bien común de la sociedad. Está siendo memoria profética de algunas exigencias espirituales y morales que brotan de la misma condición humana. Si dejara de hacerlo, recibiría tal vez un aplauso tan efímero como engañoso. En todo caso, no sería fiel a sí mismo.

Y de eso tiene necesidad nuestra sociedad: de personas fieles a su conciencia, capaces de mirarse de frente, de superar la barrera de los prejuicios, caricaturas y estereotipos y así confrontarse lealmente en la búsqueda nunca acabada del bien común.

A 5 años de un acto de libertad

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El artículo que sigue es otra de las reflexiones que escribí en razón de la renuncia del Papa Benedicto XVI. Lo publicó MDZ on line. Creo que sigue siendo aprovechable. 

Una decisión de conciencia

Comparto con los lectores de MDZ algunas reflexiones personales sobre la figura del Papa Benedicto XVI y su renuncia al papado.

Ante todo, aclaro mi punto de vista. Escribo desde la fe católica y desde la estima por Benedicto XVI, su pensamiento, su mirada sobre la Iglesia, el mundo contemporáneo y los grandes desafíos que hoy enfrentamos.

Este punto merece una breve digresión.

Lo que la tradición judeocristiana llama “fe” no es primariamente una cuestión intelectual, como podría ser, por ejemplo, la respuesta a la pregunta por la existencia de Dios. Con esta brevísima palabra (“fe”) se indica un modo de estar parado en la vida y de mirar la totalidad de la realidad. Es algo vital y existencial. Desde ahí se proyecta también sobre el pensamiento y la doctrina.

La fe es un acto personalísimo que compromete lo más íntimo del ser humano: la conciencia y la libertad. Pero, a la vez e indisolublemente, un “nosotros” que genera lazos, pertenencia, vínculos y relaciones. Creer y pertenecer a la comunidad de los creen son dos caras de la misma moneda. La Iglesia es precisamente eso: “congregatio fidelium” (la reunión de todos los que creen).

Desde esta posición hablo sobre el Papa y su renuncia: reflexiono sobre una figura que forma parte de mi propia identidad personal como creyente, miembro de la Iglesia y obispo.

Pero también -decía- desde la estima personal por el hombre Joseph Ratzinger/Benedicto XVI. He leído y leo con avidez sus escritos, y lo hago con sintonía interior. Me reconozco a mí mismo en buena parte de sus ideas y su modo de pensar la fe. Me ha ayudado a madurar mi forma de leer teológicamente la realidad.

Esto añade condimento a la interpretación que intento hacer de su gesto de renuncia. No es lo mismo escribir desde la sintonía interior que desde la animadversión o incluso el rechazo y el odio. El lector sabrá ponderar en qué medida este elemento pesa en mis reflexiones.

Hechas estas aclaraciones, paso a centrarme en el punto que he elegido para mi reflexión. Voy a hablar de la decisión del Papa como decisión de conciencia.

En el breve texto en latín que leyó ante los cardenales la mañana del 11 de febrero pasado, tres veces hace referencia a la conciencia. El párrafo central dice así: “Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino”.

En los párrafos siguientes añade expresiones que refuerzan esta idea central: “Soy muy consciente de que este ministerio, por su naturaleza espiritual, debe ser llevado a cabo no únicamente con obras y palabras, sino también y en no menor grado sufriendo y rezando”. Y, más adelante: “Por esto, siendo muy consciente de la seriedad de este acto, con plena libertad, declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma…”

¿Qué peso darle a estas palabras que juzgo no solo veraces, sinceras y honestas, sino también un testimonio de humanidad válido más allá del mundo católico?

Para responder a esta pregunta, traigo a colación un hecho significativo que me ha venido a la memoria al meditar sobre el gesto y palabras del Papa.

El 7 de noviembre de 1992, el entonces cardenal Ratzinger era incorporado como miembro extranjero asociado a la Academia de Ciencias Morales y Políticas del Instituto de Francia. Sucedía a Andrej Sajarov y, según la costumbre de la prestigiosa institución, el nuevo integrante debía evocar con un discurso la figura de su ilustre antecesor. La alocución de Ratzinger es bien conocida. Lleva como título: “La libertad, la justicia y el bien. Principios morales de las sociedades democráticas”.

Sajarov fue un prestigioso físico nuclear ruso, cuyas objeciones al uso militar de los descubrimientos científicos le valió el exilio en su propia patria. En 1955 había expresado su deseo de que ninguna bomba atómica de la URSS llegara a estallar sobre ciudad alguna del mundo. Recibió inmediatamente la corrección de su superior militar: los científicos deben ocuparse de perfeccionar las armas; el uso que se haga de ellas escapaba a sus competencias.

La respuesta de Sajarov fue memorable: “Ningún hombre puede rechazar su parte de responsabilidad en aquellos asuntos de los que depende la existencia de la humanidad”.

Aquí se detiene la reflexión del cardenal Ratzinger. Para el oficial ruso solo hay competencias técnicas. No hay lugar para la dimensión moral de la existencia, para la pregunta por el bien y lo que es realmente justo, más allá de todo cálculo de intereses, individuales que grupales. Sajarov, en cambio, con su actitud ponía de manifiesta la insuficiencia de este modo de mirar las cosas. Para él, la conciencia tiene que jugar un rol muy concreto en la vida pública de los pueblos. En ella se decide la suerte misma de la humanidad.

Comenta Ratzinger: “Negar el principio moral, impugnar ese órgano de conocimiento -previo a cualquier especialización- que llamamos «conciencia» significa negar al hombre”. Y concluye: “obedecer a la conciencia aun al precio del sufrimiento, continúa siendo un mensaje que no ha perdido la menor actualidad, aunque haya dejado de existir el contexto político en el que la adquirió”.

¿Qué es lo que ocurre en la conciencia, en razón de lo cual un individuo es capaz de enfrentar las situaciones más penosas y adversas, incluso la muerte violenta?

En la conciencia tiene lugar el encuentro del hombre con la verdad. Obviamente, esto nada tiene que ver con el subjetivismo individualista que concibe la conciencia como el lugar donde el sujeto se cierra obstinada y caprichosamente sobre sí mismo. La conciencia es norma de los actos en cuanto que en ella se transparenta la verdad de lo que es justo y bueno. Para el creyente, ella es la voz de Dios, que no se puede sino obedecer para ser verdaderamente libres. No, lugar de clausura sobre sí, sino de apertura interior, en varias ocasiones, fatigosa y sufrida.

Evocando la figura de Tomás Moro, Ratzinger señala que un “hombre de conciencia es el que no compra tolerancia, bienestar, éxito, reputación y aprobación pública renunciando a la verdad”.

Aquí se toca -y se comprende- uno de los puntos de fricción más fuertes entre el pensamiento católico y el moderno. Ratzinger lo ha encarnado en primera persona. Aquí esta -creo yo- uno de los servicios de más largo alcance que su pensamiento aporta a la compleja situación del mundo contemporáneo.

Ratzinger ha sido un infatigable defensor de la razón humana, y de su capacidad para abrirse a toda la realidad. En su memorable discurso de Ratisbona, él invitaba al fascinante mundo de la universidad del que él mismo había surgido a “abrirse a toda la amplitud de la razón”. Solo en este ejercicio nunca acabado de dejarse afectar por la realidad sin recortes, los hombres, las culturas y los pueblos pueden progresar en un diálogo verdadero.

En el discurso ante la Academia francesa, Ratzinger señala también que aquí está uno de los aportes que la Iglesia debe ofrecer a la moderna sociedad plural. Lo hace con estas palabras que cito por extenso: “Está en conformidad con la esencia de la Iglesia mantenerla separada del Estado y evitar que éste imponga la fe, que debe descansar en convicciones libres… No es propio de la Iglesia ser Estado o una parte del Estado, sino una comunidad de convicciones. Pero también es propio de ella reconocer que tiene responsabilidad en todo y no puede limitarse a sí misma. En uso de su libertad debe participar en la libertad de todos para que las fuerzas morales de la historia continúen siendo fuerzas morales del presente y para que surja con fuerza renovada aquella evidencia de los valores sin la que no es posible la libertad común”.

En su decisión de renunciar al oficio papal, Ratzinger ha sido un hombre libre, con la libertad de quien busca fatigosamente la verdad, la escucha y a ella se pliega con simplicidad. En este caso la verdad que brota de considerar la situación de un hombre que se reconoce anciano, limitado en vigor físico y espiritual. Se ha mostrado como un hombre de convicciones libres. No hay nada de heroico en todo esto, solo y simplemente humanidad.

Claro está, nada de esto es inteligible sin tocar el núcleo de la experiencia espiritual de la fe, sin señalar a Cristo como la verdad ante la que un creyente dobla la rodilla. Es lo que ha hecho el Papa Ratzinger.

Abusos sexuales en la Iglesia: romper el silencio

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El Papa Francisco con la Pontificia Comisión para la protección de los menores

En su edición de noviembre, la Revista Criterio publica este artículo de mi autoría.

La crisis de los abusos sexuales ha llegado a la Iglesia en Argentina. Lo que parecía un problema doloroso pero lejano empieza a revelarse como una herida abierta, también entre nosotros. ¿Estamos preparados para vivirla evangélicamente?

Como ocurriera ya en otras latitudes, algunos casos concretos han sacudido a la opinión pública, animando a las víctimas a sacar a la luz el drama vivido. El largo proceso del Padre Grassi o las investigaciones en curso al Instituto Próvolo de Mendoza son algunos de los más clamorosos. El efecto dominó generado, según mi opinión, recién está tomando impulso.

Cuando hablo de crisis de los abusos me refiero a tres aspectos, distintos, pero vinculados entre sí: en primer lugar, al daño sufrido por las personas abusadas que intentan sobrevivir a esa experiencia (menores, discapacitados, adultos vulnerables y sus familias). En segundo lugar, a la inadecuada respuesta de los responsables de la Iglesia (obispos y superiores) que se ha mostrado no solo errada sino verdaderamente fatal. Por último, la situación de los clérigos y consagrados que se han precipitado en estos delitos y cuyo deterioro humano, espiritual y moral nos deja punzantes interrogantes.

Con distinta intensidad, estos tres aspectos han sacudido fuertemente a la sociedad generando ira, desazón, desconfianza y rechazo hacia la Iglesia. Las víctimas, y quienes les son cercanos, suelen añadir también una nota de fuerte escepticismo hacia las declaraciones de la Iglesia sobre el tema, incluidas las del mismo Papa. Obviamente, todo esto ha despertado el interés de los medios de comunicación. Su tarea de investigación y difusión, sobre todo las más rigurosas y documentadas, combinada con la valentía de las víctimas en denunciar, ha sido factor decisivo para que esta crisis tomara estado público, obligando a la Iglesia, a las autoridades civiles y a la misma sociedad, a hacerse cargo de este problema.

Pero, no tenemos que minimizar tampoco el impacto de esta crisis en la misma comunidad eclesial: en los sacerdotes, en las comunidades cristianas, en los laicos. La crisis sacude fuertemente la conciencia creyente de los católicos. ¿Podría ser para menos? Tanto sufrimiento ¿no tiene que convertirse en un grito de indignación dirigido a Dios? Superados los primeros momentos de sorpresa y desconcierto, han comenzado a surgir inevitablemente algunas preguntas incisivas: ¿cómo ha sido posible todo esto? ¿Cómo puede ser que un cura desbarranque de esta manera? ¿Qué dinámica espiritual se ha desatado en un consagrado para llegar a semejante abuso emocional, de conciencia y finalmente sexual? ¿Nadie vio ni dijo nada? ¿Qué hicieron nuestras autoridades eclesiales? ¿Y las casas de formación? ¿Cómo fue posible que perdiéramos de vista la real gravedad del problema que no está en la credibilidad y buen nombre de la Iglesia, sino en la víctima agredida y en el inmenso daño infligido?

En muchos casos, la sorpresa inicial ha devenido en sana rebeldía e indignación. Lo cual no es malo. Sobre todo, si los “indignados” son laicos. He podido observar que esa indignación suele desembocar, al menos en algunos, en un compromiso de fe más adulto. Sienten a la Iglesia como “su” Iglesia, y se descubren interpelados a dar su aporte en la lucha contra los abusos. Es, a mi modo de ver, uno de los signos más alentadores que está dejando esta crisis en las Iglesias que ya la han vivido. Podemos aprender de esta experiencia.

Es decir: ha sido fundamental que, en todo este drama, se rompiera el silencio y comenzáramos a discutir esta problemática, más honda de lo que hubiéramos imaginado. Nos ha llevado a la oración. Solo el Silencio del Dios Crucificado puede arrojar luz sobre la oscuridad de este mal. Este “romper el silencio” ante los abusos no es solo condición indispensable para que los casos salgan a la luz y se haga justicia, sino que también es un criterio de fondo para el capítulo fundamental de la prevención.

En este sentido, los hechos de abuso sexual protagonizados por clérigos son la punta de una trama más enredada que es necesario desenmarañar. Sacan a la luz no solo problemas personales, sino dinámicas eclesiales deformadas que necesitamos identificar para corregir. Los abusos sexuales suponen un sistema inadecuado de relaciones que los favorece y hace posibles. No es un dato menor para la comunidad eclesial. Pensemos, por ejemplo, en la docena de fundadores de nuevos institutos religiosos que están hoy involucrados en estos aberrantes delitos, en lo que viven los miembros de esas comunidades y la deriva de sus obras. ¿No vamos a preguntarnos a fondo porqué pudieron prosperar durante tanto tiempo en la Iglesia? Es una pregunta que, sobre todo los pastores, no podemos eludir.

Si nos sobreponemos a la repulsa de pensar en un adulto violentando sexualmente a una persona vulnerable, es posible ver con mayor claridad teológica el núcleo del problema. Aquí, el comportamiento sexual transmite un mensaje a decodificar. Si toda forma de abuso sexual, protagonizada por célibes y no célibes, es básicamente un abuso de poder, lo que está en cuestión es, en definitiva, el modo de vincularnos las personas, cómo nos percibimos y que uso hacemos de la natural asimetría que se da, por ejemplo, entre un sacerdote y un joven, entre un formador y un seminarista, entre un obispo y sus fieles.

Este dato, para la conciencia eclesial, es precioso. La Iglesia es sacramento de comunión que involucra a las Personas divinas con las personas humanas. Además, el ministerio pastoral ubica al ministro ordenado en una rica trama de relaciones. La figura del pastor es esencialmente relacional y al servicio de la comunión. El servicio no es, primariamente, un imperativo moral. Es un rasgo cristológico que define la naturaleza de la Iglesia y del ministerio pastoral. ¿Cómo se ayuda entonces a un seminarista a asumir como forma de existencia personal la forma servi de Cristo? El pastor es signo sacramental de Cristo Cabeza. Pero, para ser cabeza y pastor de la comunidad debe vivir antes la condición de hermano, esposo y servidor, a imagen de Jesús. En la Iglesia, sacramento universal de salvación, lo humano es esencial: es la expresión visible del misterio de comunión. Cuenta, por tanto, la buena salud del sistema de relaciones que constituye la trama de una iglesia diocesana, de una parroquia o de un seminario.

Los obispos argentinos tenemos la problemática de los abusos en nuestra agenda desde el año 2010. Después que Benedicto XVI mandara que cada conferencia episcopal adaptara la nueva normativa canónica sobre los abusos, la Conferencia Episcopal Argentina, preparó unas Líneas Guía, aprobabas en 2013. Con el visto bueno de la Congregación de la Fe constituyen el protocolo de acción hoy en vigencia para responder a las denuncias. Estas Líneas han sido muy bien recibidas por los obispos. Dan claridad y agilidad a un proceso que antes se mostraba más oscuro y engorroso. Son, sin embargo, perfectibles. Entre otros, hoy se discuten estos puntos: sentido exacto del secreto pontificio, pronta colaboración con la justicia secular, transparencia e información a las víctimas de los procesos en curso, información a la opinión pública, etc. Un capítulo aparte es el de las penas proporcionadas a este delito. Por una parte, soy de la opinión que el recurso a la justicia secular es indispensable: el clérigo abusador debe responder ante ella. Tenemos que trabajar proactivamente para mejorar nuestra colaboración con la justicia de nuestro país. Desde un punto de vista eclesial, opino que, un solo caso de abuso afecta la idoneidad del clérigo para ejercer el ministerio. La pena adecuada no es otra que la dimisión del estado clerical. De todos modos, existe hoy una saludable discusión en la Iglesia sobre estos temas.

Recientemente se ha abierto otro capítulo en el abordaje del problema por parte de la Conferencia Episcopal Argentina. En la 113 Asamblea Plenaria del pasado mes de mayo, los obispos aprobamos la creación de un “Consejo pastoral para la protección de Menores y Adultos vulnerables”. Su finalidad fundamental es abordar la prevención de los abusos. Hemos aprovechado la experiencia de otros episcopados y de la Santa Sede en esta materia. Entre sus objetivos está la capacitación de agentes de pastoral: desde los propios obispos hasta los laicos que trabajan en parroquias y colegios católicos. El criterio básico es romper el silencio. El abuso es visto como abuso de poder que se expresa a través de comportamientos sexuales. El enfoque es sistémico, atento a todas las dimensiones de esta compleja realidad. Busca también trabajar en red con el estado y otras organizaciones civiles que se ocupan de este problema social. Busca procurar también que cada diócesis constituya una comisión similar. Las arquidiócesis de Paraná y Mendoza han dado pasos en esta materia. Habrá que observar su aprendizaje.

¿Son suficientes estos pasos? ¿Están en la buena dirección? ¿Qué camino tenemos por delante en la Iglesia argentina? ¿Qué decisiones y pasos a dar en la Conferencia Episcopal, en cada diócesis, pastores y comunidades?

Amedeo Cencini acaba de publicar una investigación que lleva el sugerente título: “¿Ha cambiado algo en la Iglesia después de los escándalos sexuales?” (Sígueme 2016). Repasa con realismo los pasos dados, pero también los numerosos escollos que todavía quedan por superar. En breve: hay declaraciones de los Papas y normas canónicas muy claras. Sin embargo, la cultura que hizo posible los abusos y su encubrimiento sigue presente en demasiadas mentalidades, tanto laicales como clericales. El trabajo por delante se presenta arduo.

Al inicio de este artículo me he preguntado si la Iglesia en Argentina estaba preparada para esta crisis. No tengo una respuesta sencilla y definitiva. Yo mismo me lo pregunto, una y otra vez. Puedo dar testimonio de la seriedad con que los obispos argentinos han asumido el tema. Me ha tocado guiar sus reflexiones en varias ocasiones, siempre con la sensación de estar provocando mucho dolor e inquietud. He podido constatar también que esta dolorosa y difícil problemática necesita tiempo para que madure la conciencia sobre las dimensiones del problema, se superen algunos enfoques parciales o errados y, sobre todo, se asuman con humildad los errores y, de esta forma, se esté en condiciones de aprender a dar una respuesta no solo eficaz sino profundamente evangélica a los desafíos que esta crisis ha sacado a la luz. Experimento en todo este proceso un fuerte sentido penitencial como camino de una Iglesia en estado de purificación. O de conversión pastoral, como señala Francisco.

El punto clave, desde el Evangelio, es enfocar esta crisis con la mirada de Jesús, el buen samaritano, que es la mirada de las víctimas. En algunas diócesis del país se han dado pasos en esta dirección. No es fácil, pues en esta fase de la crisis, las víctimas desconfían de nosotros, de nuestras reales intenciones y de la capacidad que tengamos de cambiar realmente. Sin embargo, hasta tanto no se dé esta apertura a las víctimas – como ya lo han experimentado otras Iglesias hermanas y los mismos Papas Benedicto y Francisco – no vamos a estar en condiciones de procurar una respuesta a fondo a este drama humano que sacude a la Iglesia. Porque la Iglesia ha sido herida: las víctimas de los clérigos abusadores son, en su inmensa mayoría, bautizados que nos fueron confiados y a quienes no supimos proteger. Como creyente y como pastor escucho aquí la llamada del Señor.

Misioneros como Brochero

Encuentro-Nacional-de-formadores-2014VIII Encuentro Nancional de Sacerdotes

Villa Cura Brochero (5 al 7 de setiembre de 2017)

“Dios está en todas partes, pero atiende en Buenos Aires”, solemos decir con un poco de humor los argentinos para referirnos al lugar dominante de la capital en la vida de nuestro país.

Sin embargo, al menos por tres días, obispos y presbíteros argentinos tomaremos otro rumbo para saber de Dios. Nuestra meta: Villa Cura Brochero, un humilde pueblo en la provincia de Córdoba, en el corazón de Argentina. Lleva el nombre de quien fuera su párroco por largos años entre los siglos XIX y XX. El pasado 16 de octubre de 2016, junto a otros seis beatos, fue canonizado por el Papa Francisco en Roma. Se trata del padre José Gabriel del Rosario Brochero, el “Santo Cura Brochero”.

Allí, en Villa Cura Brochero, cerca de seiscientos presbíteros y unos treinta obispos nos reuniremos para el VIII Encuentro Nacional de Sacerdotes. El primero después de la canonización. El tema de este año lo expresa bien el lema: “Misioneros como Brochero”. Desde este horizonte evangelizador, vamos a repasar la enseñanza de Pastores dabo vobis, la gran Exhortación de San Juan Pablo II que está cumpliendo veinticinco años. Nos guiará el arzobispo Jorge Patrón Wong, secretario de la Congregación del Clero. El jesuita Ángel Rossi, por su parte, nos ayudará a mirar la figura inspiradora de Brochero misionero.

Sin negar la importancia de los temas, el evento en sí mismo es una gracia del Espíritu. Y una gracia de encuentro.  Así, cada tres años, pastores tan diversos como lo es nuestra Argentina – por procedencia, edad, formación o mentalidad – nos damos cita para compartir la fraternidad que brota del sacramento del orden. Y como la gracia del Espíritu, que siendo invisible busca la expresividad de los sentidos, nosotros también andamos detrás de Brochero y el aroma a Evangelio de su vida.

Adquiere así un sabor casi sacramental el deambular por las calles del pueblo, solos o en grupo, buceando en la memoria de santidad que custodia cada rincón de la Villa. Visitamos la casa donde el Santo pasó sus últimos días, ciego por la lepra contraída presumiblemente por su contacto pastoral con los leprosos. Conmueve contemplar el altar donde celebraba la Misa diaria o el rincón donde cumplió su pascua, entregando su alma al Creador en la soledad de aquel caluroso 26 de enero de 1914. Cita obligada para todo peregrino es ir a rezar ante sus restos en el santuario dedicado a María (“mi Purísima”, como él la llamaba). Si el que reza es un obispo o un cura, no es extraño que esa oración sea interrumpida por algún peregrino que pide confesión o simplemente contar lo que Brochero significa para su vida o la de sus seres queridos. Eso también es una enorme gracia. Como lo es el adentrarnos en la Casa de Ejercicios que el “Señor Brochero” levantó con sus manos ayudado por todo el pueblo.

Es que a Brochero lo dominaba una pasión: que sus serranos, especialmente los más alejados o maltratados por la vida, tuvieran la experiencia del encuentro con Cristo Salvador. Eso es lo que le había pasado a él de joven seminarista con los Ejercicios de San Ignacio. No podía no compartirlo. Para eso, en definitiva, se había hecho cura: para vivir y comunicar el amor del Buen Pastor por su pueblo, al decir de San Juan Pablo II en Pastores dabo vobis. Y consagró toda su vida, energías y habilidades para que Cristo fuera conocido, amado y servido.

Tal vez, al caer la tarde e ir cerrando una intensa jornada de encuentros y vivencias, los pasos nos lleven a las serenas aguas del río Panaholma, cuyo fluir aquieta el alma y, casi de manera imperceptible, nos hace desgranar las cuentas del Rosario para entrar, una vez más, en el amor manso de Dios por los pobres y los pecadores. El hecho de estar así en Brochero es ya toda una tanda de ejercicios espirituales. Casi que podemos repetir lo de San Juan: hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él (cf. 1 Jn 4,16).

Argentina es hoy muy distinta de la que conoció San José Gabriel. Lo es también la figura histórica de la Iglesia católica, su inserción en la vida pública del país, los métodos de evangelización, los acentos doctrinales, ascéticos o espirituales. Lo son también muchas de las formas, usos y prácticas como hoy encarnamos el ministerio pastoral del cura o del obispo. Mucha agua ha corrido por el Río Panaholma y por todos los ríos del país en este siglo largo que media entre él y nosotros. Pero ¿qué fuerza de atracción tiene Brochero? ¿Qué gracia del Espíritu nos está esperando en ese corazón sacerdotal de Argentina? ¿Qué impulso de misión que tenemos que hacer nuestro? ¿Qué verdad perenne del sacerdocio de Cristo vivió Brochero y que hoy nos sigue interpelando a los pastores de esta Argentina del siglo XXI?

Estos Encuentros Sacerdotales, inspirados en San José Gabriel y bajo su patrocinio, nos están ayudando a responder a estas preguntas, no de una manera académica o ideológica, sino abriéndonos a la potencia del Espíritu que mueve los corazones, acerca a las personas, nos hace vivir la comunión y, desde dentro, nos va transfigurando para que seamos hombres libres, pastores celosos y evangelizadores valientes del pueblo al que somos enviados.

Como suele ocurrir, estos Encuentros no tienen la repercusión pública de otros eventos o noticias que protagonizamos los sacerdotes. Tienen, sí, la repercusión que cantó María en el Magníficat: son parte de una experiencia de gracia, de fidelidad y de misericordia que, de generación en generación, va entretejiendo con los hilos muchas veces invisibles y frágiles de la historia de los hombres la historia de la salvación que Dios mismo lleva adelante. Son, por eso mismo, fuente de santidad, de consuelo y de gozo. Un enorme signo de esperanza.

 

 

El Papa no viene (todavía). Se alarga la espera

No voy a entrar en las especulaciones sobre porqué Francisco demora su visita pastoral a Argentina. Las lecturas políticas me resultan reductivas, banales y hasta provincianas.

Él es un hombre muy libre, y está llevando adelante su ministerio universal con gran entrega y valentía apostólicas. Estoy con él. Pido para mí, y para nuestras diócesis, la misma libertad y espíritu evangelizador.

¿Sería buena su presencia en Argentina? Claro. No solo por el “reencuentro” con la Iglesia que le transmitió la fe y a la que sirvió como pastor, sino por lo más valioso que tiene para darnos como Papa: confirmarnos en la fe en Cristo, fortalecernos en la unidad y animar el espíritu misionero, sobre todo, de cercanía a los más pobres y vulnerables.

Comprendo la desazón de muchos católicos de a pie – especialmente los que sostienen la evangelización día a día – que no terminan de entender bien porqué el Papa no viene. Lo dicen con franqueza y sin segundas intenciones. Los comprendo, y también comparto esos sentimientos. Los animo – y me animo – diciendo que, como católicos argentinos, tenemos que sostenerlo con nuestra oración, el aprecio por su persona y el consuelo de ver todo lo que está haciendo en la Iglesia, por el mundo, por los pobres.

Miramos con un poco de “cristiana envidia” a nuestros hermanos latinoamericanos que reciben su visita. Se alarga la espera. El amor le tiene que dar la mano a la paciencia y a la perseverancia. El reencuentro será más fecundo.

Eso sí: mientras esperamos, dediquémonos a lo verdaderamente importante según el Evangelio: caminar, edificar y confesar a Jesucristo. Es lo que el mismo Francisco les dijo a los cardenales, en la primera Misa que celebró, el mismo día en que fue elegido.

Vivir la resurrección

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“La Voz de San Justo”, domingo 23 de abril de 2017

Las imágenes de la muerte de Emanuel Balbo en el Kempes son de terror. Lo que más me impactó fue ver gente riéndose. Sí: mientras transcurría la tragedia, algunos reían.

Emanuel murió salvajemente, mientras los cristianos celebrábamos la Pascua. Y su muerte se suma a una lista de horror que parece no terminar.

Me ha venido a la memoria, un relato de los sobrevivientes de los campos de concentración que describe crudamente el ahorcamiento de un niño de 14 años ante la mirada de sus compañeros de barraca. El anónimo comentarista anota sin miramientos: mientras Dios callaba, los verdugos reían.

¿Es así? ¿Dios calla mientras los verdugos ríen?

Quedan muchas preguntas así en el corazón, sobre todo de los que intentamos vivir como discípulos de Jesús, en esta Argentina enferma de violencia.

Desde aquí les propongo mirar la resurrección.

La resurrección de Cristo no puede ser reducida a un milagro: algo extraordinario que deja pasmados a quienes creen en ella. Es mucho más.

¿Qué significa?

Para los cristianos, la resurrección es la intervención más fuerte de Dios en la historia humana. Resucitó a Jesús, su Hijo, “por nosotros”, para que seamos libres y vivamos con la misma plenitud de vida de Jesús.

Por eso, al resucitar a Jesús, Dios ha confirmado el modo como Jesús encaró la vida. Que su persona, sus gestos, actitudes y palabras han revelado cómo Dios ve las cosas y, sobre todo, lo que sueña para la humanidad.

Jesús hizo de la cercanía y el cuidado del más débil y vulnerable la expresión más alta de los mismos sentimientos de Dios.

Al resucitar a Jesús, el Padre ha pronunciado su sí más claro y fuerte a cada hombre y mujer de este mundo, superando incluso su mismo acto creador. Es una ratificación que cada vida es digna, valiosa y merecedora de un respeto infinito.

Para la fe cristiana, antes que el Papa o los obispos, el más genuino representante de Dios en la tierra es cada ser humano, creado a imagen y semejanza de su Hijo Jesucristo.

Resucitando a Jesús, Dios se ha definido definitivamente para el hombre. Y ha dejado bien clara su intención de fondo para con nosotros: acoger, cuidar, sanar y salvar la vida. Toda vida, especialmente la más vulnerable y herida. Eso se compendia en la palabra más hermosa del diccionario cristiano: resurrección.

Haciendo así, nos obliga también a nosotros, que creemos en Cristo resucitado, a definirnos de la misma manera.

La violencia que terminó con la vida de Emanuel – como arruina la vida de tantos – solo es posible porque otros ven, aprueban y ríen. Como esos chicos – y a veces no tan chicos – que suben a las redes las peleas entre compañeros.

Es ahí donde tenemos que salvar la vida: abriendo los ojos para que vean, los oídos para que escuchen y los labios para que hablen. Que veamos la humanidad herida. Que escuchemos los gritos de auxilio de un hermano. Y que digamos en voz alta que somos seres humanos, no cosas.

No. La risa de los verdugos no tiene la última palabra.

Mientras los inocentes mueren, Dios no calla. Llora, sufre y muere con ellos. Y resucita desde la muerte. Y, haciendo esto, abre los ojos para que veamos las cosas como Él las ve, y obremos como Él obra.

Eso es vivir la resurrección.

Padre…líbranos del mal

el grito“La Voz de San Justo”, domingo 26 de marzo de 2017

Es poco decir que se trata de una petición. Es, en verdad, un grito de auxilio, nacido de las entrañas y dirigido al único que puede realmente salvar. Concluye el Padre nuestro, pero, de alguna forma, nos devuelve al inicio: nos pone, con Jesús y como él, una y otra vez, en las manos del Padre.

En cierta manera, se trata de un desarrollo de la petición anterior: Padre, cuando llegue la hora, no nos dejes caer en la tentación. ¿Qué pedimos ahora? No sucumbir al mal más grande: rechazar el reinado de Dios, abandonar en el seguimiento de Jesús y cerrarnos a su Espíritu.

Esa es, precisamente, la obra del Maligno. En palabras de Jesús: “Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino” (Mt 13,19). Es así: el mayor triunfo del Tentador es arruinar la siembra de Dios en nosotros; engañarnos con falsas promesas para que cortemos el vínculo que nos da vida; es decir: cerrar nuestro espíritu a la acción vivificante del Espíritu del Hijo que nos hace hijos e hijas del Padre. Nos hace desconfiar de Dios, de sus promesas, de sus intenciones y de sus entrañas de Padre compasivo. Mata la confianza en Dios.

El mal está presente, en sus diversas manifestaciones, en la vida de las personas, de los pueblos. Amenaza desde dentro, tanto los corazones como las estructuras sociales, culturas, políticas y económicas. Tampoco la Iglesia escapa de su influencia : ¡Qué poder corrosivo tiene la degradación espiritual y moral de los hombres de Iglesia, especialmente de sus ministros!

Dios no nos ha prometido que seremos inmunes al sufrimiento, al fracaso, a la frustración, que no experimentaremos la atracción del mal o que sus reflujos no nos alcanzarán. No nos ha prometido una vida fácil ni alienta una filosofía burguesa despreocupada y minimalista. No sabemos, por ejemplo, de cuánta salud o enfermedad gozaremos en esta vida. Y, como esto, muchas otras cosas.

Lo que sí nos ha prometido es que no nos faltará el auxilio de su Espíritu para vivir como discípulos de Jesús todo lo que nos toque vivir. Y forma parte de sus promesas – y es lo que pedimos en esta última súplica – que su Espíritu vendrá en ayuda de nuestra fragilidad cuando experimentemos la acometida del Maligno que siempre busca arrebatarnos de las manos providentes del Padre.

Enviado por Cristo resucitado desde el Padre, el Espíritu será el Abogado que nos defenderá toda vez que seamos acusados por el Tentador y toda forma de tentación maliciosa aceche con sus trampas nuestro camino de discípulos.

Esta última petición es, por el contrario, un grito de confianza en el verdadero poder que realmente merece ese nombre: el amor compasivo de Dios. A él nos entregamos, como Jesús en Getsemaní y en la cruz. En él esperamos, como María el sábado santo, pues sabemos – o, al menos, lo intuimos en nuestro corazón – que el mal no puede tener la última palabra sobre nuestra vida y sobre la entera historia humana.

¿Qué le gritamos en esta súplica? El imperativo “¡líbranos!” se queda un poco corto para expresarlo. Necesitamos un verbo más fuerte y casi violento: Padre: ¡arráncanos y arrebátanos de los brazos poderosos del mal! ¡Sólo Tú tienes esa fuerza arrebatadora!

Y Dios ha escuchado esa súplica: nos ha enviado a su Hijo. A Él miramos, su Evangelio escuchamos y su Pascua contemplamos. Jesús es el punto de apoyo de nuestra oración, especialmente en el momento de la prueba.

Por eso, los cristianos pronunciamos esta súplica mirando la cruz de Cristo. Es cierto: no somos inmunes al dolor ni a la incertidumbre. Pero la confianza que la cruz siembra en nuestros corazones transforma desde dentro ese grito de auxilio en una súplica ardiente, por nosotros y por todos los hombres y mujeres del mundo.

Con Jesús, y como Él, miramos al Padre, levantamos nuestros brazos al cielo y le dirigimos nuestra plegaria confiada, desde lo hondo de nuestra humanidad.