Este 2020, habrá Pascua

“La Voz de San Justo”, domingo 5 de marzo de 2020

Nuestras calles bulliciosas han quedado en silencio. También nuestros templos. Cuando salimos de casa, caminamos rápido, guardamos distancia, nos comunicamos con gestos.

El silencio dice muchas cosas. Cada uno sabrá como interpretarlo. El silencio tiene palabras, tal vez las más esenciales y sonoras.

Este es un silencio que no hemos buscado, sino que hemos tenido que aceptar, en parte con resignación, en parte por convicción. ¿Qué significa? ¿Qué nos dice?

Aún sin terminar de comprenderlo del todo, nos damos cuenta de que ese silencio de voces, trabajos y caminos tiene un sentido: cuidarnos, cuidar a los más expuestos, prevenir un mal que es también silencioso, y que está sacudiendo a la entera humanidad.

Pero también está asomando el miedo: ¿Qué real entidad tiene todo esto que vivimos? ¿Y el futuro? ¿Y el trabajo? ¿Y nuestra vida? ¿Cómo emergerá la humanidad de esta prueba? ¿Y nuestra Argentina?

Es una verdadera encrucijada de caminos. Comenzamos a advertir que estamos ante decisiones que implican la vida. Empezamos a intuir que, a nuestra generación se le está pidiendo sembrar pensando que otros cosecharán.

Es un desafío. Una responsabilidad. No ha madurado de a poco, sino que, con un ritmo vertiginoso, ha caído sobre nosotros, exigiéndonos decisiones rápidas, a las que no estamos habituados. Incluso más: tal vez hemos ido adormeciendo nuestra capacidad de mirar más allá de nosotros, de nuestro tiempo y de nuestras satisfacciones inmediatas.

Pero, ese tiempo ha llegado de improviso y nos está urgiendo…

Los que somos discípulos de Jesús sabemos que nuestra fe y la Pascua, que estamos a punto de celebrar, no se desentienden de esas vivencias. Más aún: es precisamente en ese humus donde la fe madura, donde la Pascua echa raíces y muestra todo su sentido y vigor.

Porque Pascua es paso de Dios por la vida. Y un paso que le roba a la muerte su poder destructor, porque hace surgir la vida desde la entraña misma de la tumba. Vence el miedo. Todos los miedos. Es luz matinal que, tenue pero firme, disipa las tinieblas más oscuras.

Pascua es Cristo en nosotros, y nosotros en Él.

No podremos estar físicamente en nuestros templos. Estaremos en familia, o tal vez solos (así muchos, de hecho, viven su fe hoy). Algunos estarán en la calle, en los hospitales como servidores o como enfermos. Pero Cristo que pasa estará allí, con cada uno de nosotros. Porque Dios está donde están los hombres, donde hay humanidad que sufre y que se entrega.

Este año celebraremos Pascua. No lo dudemos siquiera.

El último viaje de Abraham

“La Voz de San Justo”, domingo 29 de marzo de 2020

“… Dios puso a prueba a Abraham: «¡Abraham!», le dijo. El respondió: «Aquí estoy». Entonces Dios le siguió diciendo: «Toma a tu hijo único, el que tanto amas, a Isaac; ve a la región de Moria, y ofrécelo en holocausto sobre la montaña que yo te indicaré».” (Gn 22, 1-2). 

Aquel que esperó contra toda esperanza (cf. Rom 4, 18). Así caracteriza San Pablo a Abraham. Lo hemos visto, paso a paso, desde que Dios lo sacó de la seguridad y lo puso a caminar. Lo vemos en el relato de hoy. Fascinante. Una verdadera obra maestra de la literatura bíblica. 

Le había prometido una descendencia más numerosa que las estrellas y,  ahora, Dios le quita el hijo tan esperado, sepultando promesa y futuro. 

Y Abraham, nuevamente, se pone en camino. Va adelante, con el corazón apretado por lo que se le pide y sabe que no puede negar. Este será, tal vez, su último viaje. Irá hasta el final. Fogueado por la fidelidad de Dios, camina y llora por dentro, pero confía. Se repite por dentro: “Dios es fiel, lo sé, lo he experimentado”. 

La narración es fascinante. Es cierto. Pero también provocadora. ¿Puede el Dios de la vida pedirlo todo? ¿Quiere realmente ese sacrificio? El lector sabe que se trata de una prueba. Pero, Abraham no.

A lo largo de su historia, varias veces, Israel se vio tentado de imitar la horrenda práctica de los pueblos vecinos de sacrificar ritualmente a los niños. La respuesta de la Biblia es clara: Dios abomina los sacrificios humanos. Incluso rechaza el culto meramente formal y disociado de la vida. Pide lo que le pide a Abraham: escucha y fidelidad como expresión de amistad. Solo en esa relación personal se alcanza una fe adulta. 

Fue el gran aprendizaje de Abraham. Su figura, en los primeros capítulos de la Biblia, nos dice que todos estamos invitados a la misma experiencia: elegir la vida, y caminarla, en libertad y autenticidad. 

Vivimos horas inciertas. Dios está ciertamente en medio de esta prueba. No como el que castiga o enseña haciendo sufrir, sino como el que pide cuidar y luchar por la vida de todos. 

Dios está en todos los Abraham que, en esta hora, venciendo incluso sus temores, eligen ser fieles a la vida. No quieren ser considerados héroes, sino simplemente humanos. 

Y Dios le pidió consejo a su amigo Abraham

“La Voz de San Justo”, domingo 22 de marzo de 2020

La lectura de la Biblia es fascinante. De forma especial, cautivan los añosos relatos del Génesis. Hoy vuelvo sobre uno de los más hermosos del ciclo de Abrahám. Está en el capítulo dieciocho. Narra el encuentro del patriarca con tres caminantes que lo visitan al calor del mediodía. En realidad, es el mismo Dios quien se apersona en estos misteriosos peregrinos. La hospitalidad de Abraham no se deja esperar y prepara para ellos un buen almuerzo.

Dejo para más adelante la primera parte del relato. Ahora, me centraré en lo que pasa cuando Dios se queda solo con su amigo y, de manera sorprendente, le pide consejo por algo que está por hacer.

Es la famosa escena del regateo de Abraham con Dios por la suerte de las ciudades de Sodoma y Gomorra. De paso, digamos que el pecado de estas ciudades no es de carácter sexual. Se trata de algo más grave: negar la hospitalidad a unos viajeros y, para colmo, querer aprovecharse de ellos. Un pecado de humanidad, diríamos.

“¿Dejaré que Abraham ignore lo que ahora voy a realizar…?” (Gn 18, 17), es la inquietud de Dios que, de esa delicada manera, se decide a compartir con su amigo las dudas que tiene. “¿Así que vas a exterminar al justo junto con el culpable?” (Gn 18, 23), es la primera (y humanísima) reacción de Abraham.

Y, desde ese preciso punto, comienza el delicioso regateo: que si hay solo cincuenta justos, que si cuarenta… hasta llegar a la cifra de diez. La respuesta solemne de Dios: “En atención a esos diez, respondió, no la destruiré”. Y concluye la narración: “Apenas terminó de hablar con él, el Señor se fue, y Abraham regresó a su casa.” (Gn 18, 32-33).

Pienso que Dios se fue satisfecho. Comprobó que, tanto andar con Abraham por el desierto, tanto hablarle y confidenciarse con él, había logrado su objetivo: que este caminante, pícaro y rebelde, tuviera un corazón como el suyo: compasivo, sensible, abierto a todo lo humano.

A Abraham le duele, como al mismo Dios, que los hombres se pierdan. Le duele la suerte de Sodoma y Gomorra. Ni uno ni otro gozan con la destrucción.

Dios busca amigos, compañeros de camino, hombres y mujeres con los que intercambiar su pasión por el mundo, para que la hagan suya, traduciéndola en lo concreto de sus vidas de cada día.

Pienso que, en estas horas difíciles de inesperada cuarentena, este relato nos puede iluminar. También a nosotros, Dios nos pide ayuda para atenuar el rigor de la prueba que estamos viviendo: ¡Ayudalo, quedate en casa, cuidate y, así, cuidá a los demás!

Del fideísmo al pelagianismo

Hace poco postee sobre el “fideísmo”.

Ahora sobre el “pelagianismo” que funciona así: Dios hace un poquito, yo hago un poquito. Entonces, Dios hace otro poquito, y yo vuelta a hacer otro poquito.

Las cosas -en cristiano- no funcionan así.

“El que te creó sin tí no te salvará sin tí”, dice Agustín.

Dios hace todo lo que a Él le corresponde.

Vos y yo hacemos todo lo que nos corresponde.

Él obra en su nivel de Dios, digamos.

Vos y yo obramos en nuestro nivel de creaturas.

No sé si te diste cuenta de que es el Creador (creó todo de la nada). Y, eso, hace la diferencia.

Él es la Causa Primera. Nosotros estamos en el nivel de las causas segundas. (Si esto no lo entendés, no importa. Seguí adelante).

Así nos creó y así (aunque de forma más admirable aún) nos salva.

Es una sinergia misteriosa pero real.

Dios no anula nuestra humanidad, sino que la crea, la hace posible, la sostiene y la corona con su gracia.

Es lo que vemos en Jesucristo: él no es “mitad Dios y mitad hombre” como rezó un compañero mío en primer año del seminario (entonces, éramos todos un poco herejes).

Es plenamente Dios y plenamente hombre, precisamente porque la mayor cercanía de Dios hace posible la mayor (y mejor) humanidad. Rahner, dixit.

¡Es sencillamente maravilloso! Y lleno de consecuencias para la vida real…

En criollo: cuidá tu salud y la de los tuyos con todos los medios que la razón humana (creada por Dios) está señalando como eficaces, prudenciales y efectivos para ese cuidado del que somos moralmente responsables.

Que Dios puede intervenir directamente. ¡Claro! Pero, de ordinario, no lo hace, pero no porque juegue con nosotros al gato y al ratón, sino porque respeta nuestra libertad.

Dios nos toma en serio. Te toma en serio. Me toma en serio. ¡Tómemonos en serio entonces! ¡Y cuidémonos unos a otros, pensando especialmente en los más vulnerables, que nos necesitan vivitos, sanos y con toda nuestra lucidez y capacidad de reacción activa!

Y, por favor, no tentés a Dios para que se comporte como un ídolo al servicio de tus expectativas.

“A Dios rogando… y con el mazo dando”

Abrahám: el que aprendió a contar estrellas

“La Voz de San Justo”, domingo 15 de marzo de 2020

Dejemos atrás el santuario de Luján y las multitudes, y nos reencontrémonos con nuestro amigo Abram.

Sigue caminando, con su familia y posesiones a cuestas. Camina y -al menos, así lo imagino- va tarareando alguna canción. Tal vez, podría ser: “Los caminos de la vida no son como yo pensaba, como los imaginaba, no son como yo creía…”

El que se anima a caminar la fe, sostenido por una promesa de Dios, se arriesga a esa experiencia provocadora, pero también la única que nos termina de convertir en hombres de verdad. Caminar la vida y la fe es lo que, en definitiva, nos humaniza.

Le pasó a Abram. Nos pasa también a nosotros. Aprendamos algo más de su caminar.

Ya lo vimos yendo a Egipto y terminar enredado en sus propias picardías. Hoy les propongo contemplarlo nuevamente cercano a nosotros. Incluso, más humano que hasta ahora.

Leo con ustedes Gen 15, 1-6. Vuelve a contarnos el llamado de Abram por Dios. La Biblia tiene esas cosas: algunos hechos son relatados varias veces, como si nos obligara a rumiarlos o a mirarlos desde distintos puntos de vista.

Aquí, Abram vive la prueba del tiempo: pasan los días, él sigue caminando, y la promesa de Dios que lo trajo hasta aquí parece no poder cumplirse. Cavila, duda y acaricia una solución humana: aunque no tiene heredero surgido de sus entrañas, podrá echar mano de la ley y hacerlo heredar a Eliezer de Damasco, un esclavo suyo.

Es cierto que Abram duda, pero lo hace delante de Dios, en la oración. Es que, ese Dios desafiante y algo esquivo, es también su amigo. O, mejor: ha llegado a convertirse, de tanto caminar juntos, en el amigo de su vida. Al Dios amigo, Abram le abre el corazón: “Tú no me has dado un descendiente, y un servidor de mi casa será mi heredero” (Gn 15, 3).

La respuesta no se deja esperar. Dios vuelve a dirigirle palabras de promesas, cargadas de lirismo y esperanza: “«No, ese no será tu heredero; tu heredero será alguien que nacerá de ti». Luego lo llevó afuera y continuó diciéndole: «Mira hacia el cielo y si puedes, cuenta las estrellas». Y añadió: «Así será tu descendencia». Abram creyó en el Señor, y el Señor se lo tuvo en cuenta para su justificación.” (Gn 15, 4-6).

La fe en Dios siempre tiene que atravesar la prueba del tiempo. Está llamada a transformarse en fidelidad. Tiene que abrirse paso por la incertidumbre, el miedo y la tentación fuerte del desaliento. No hay recetas mágicas para ello. El aprendiz de creyente debe adentrarse por los caminos de la amistad con Dios que se vuelve diálogo, oración y confianza.

Dios siempre estará ahí, amigable y desafiante, invitándonos a contar las estrellas porque solo el infinito es digno de sus promesas y de nuestra sed interior.

Siete años con Francisco, un hombre del Espíritu

13 de marzo de 2013, Francisco pide la oración del pueblo de Dios por su pastor

Este viernes 13 de marzo, el Papa Francisco cumple siete años de haber sido elegido obispo de Roma.

El número siete es muy significativo para un obispo.

La liturgia sugiere que, cuando el obispo celebra la Misa -en una parroquia, por ejemplo- junto al altar haya siete cirios encendidos.

Indican la plenitud del sacerdocio que el obispo ha recibido por la efusión del Espíritu en la ordenación episcopal.

Es una indicación preciosa. La liturgia expresa lo que la Iglesia cree y vive.

El obispo no es un funcionario o un administrativo de una empresa. Menos aún, alguien que, con estrategias mundanas, dirige a otros.

El obispo está llamado a ser un hombre del Espíritu, ejerciendo un ministerio espiritual para bien de todos.

Es lo más valioso que, hoy, puedo decir de nuestro querido Papa Francisco y del modo como está guiando a la Iglesia.

Así lo señala uno de sus biógrafos, el inglés Austen Ivereigh.

Este autor caracteriza el modo como Francisco está gobernando la Iglesia con la figura de un padre, director o acompañante espiritual.

La reforma que está animando en la Iglesia tiene que ver con ayudarnos a ser dóciles a lo que el mismo Espíritu está haciendo en la Iglesia, a los caminos que está abriendo para la Iglesia de Jesús en este tiempo, tan tormentoso y desafiante como fascinante y sediento del Evangelio.

De ahí que, en el centro de su modo de gobernar la Iglesia esté el “discernimiento del Espíritu” que nos ayuda a sentir y obedecer la voluntad de Dios.

Tenemos que dar gracias por su persona y ministerio, rezando para que siga guiando así a la Iglesia.

Pero, para ser consecuentes, más que repetir como autómatas sus dichos, consignas y frases, tenemos que dejarnos guiar nosotros también por el Espíritu para cumplir nuestra misión con plena conciencia y libertad.

Un buen padre espiritual no ocupa nuestro lugar en la respuesta que Dios espera de nosotros. Nos da pistas -como está haciendo Francisco- para que cada uno encuentre esas respuestas, y con el corazón encendido por el amor de Dios, se entregue totalmente y sin reservas a vivir el Evangelio.

Rezo por Francisco, encomendándoselo a la protección de la Virgen María, nuestra Madre.

Perder el tiempo (y la sensatez) en tiempos de coronavirus

¿En la mano o en la boca?

Parece mentira, pero es real.

Mientras se difunde el coronavirus, algunos católicos discuten si es un sacrilegio o no comulgar en la mano.

Es estremecedor ver cómo nos dejamos llevar por estas polémicas estériles. También nosotros colamos el mosquito y nos tragamos el camello.

Es un grave defecto espiritual perder de vista lo que es esencial en nuestra fe. Porque la forma de comulgar es secundaria respecto a la consideración del don divino que supone la santa Eucaristía.

Acudamos a las normas de la Iglesia, no solo para clarificar las cosas sino para tener también paz y no pelearnos como mundanos: “lex orandi lex credendi lex intelligendi” (la ley de la oración es la ley de la fe y de la inteligencia de la fe).

La Iglesia es la que regula la forma de celebrar los sacramentos. Es el derecho litúrgico que está contenido en las normas llamadas “Praenotanda” que preceden a los respectivos ritos litúrgicos.

Las normas que regulan la recepción de la sagrada Comunión están contenidas en el nº 161 de la Ordenación General del Misal Romano, con una nota de las decisiones de la Conferencia Episcopal Argentina al respecto.

Lo más importante: la Iglesia reconoce que la forma de comulgar la elige el fiel, “según su deseo” (sic). Es un derecho del fiel cristiano.

Básicamente son dos: en la boca o en la mano. También se ha reconocido -a modo de dispensa- la comunión de rodillas.

¿Es mejor en la boca o en la mano?

La forma típica es en la boca. Si un Episcopado lo pide, también se autoriza en la mano (como ha hecho el Episcopado Argentino y tantos otros).

En todo caso, lo fundamental es la actitud de fe, de devoción y de amor por la Eucaristía.

Es Cristo que se ofrece y el fiel lo recibe como Señor y Salvador, Viático para el camino y anticipo del Cielo. Aquí hay que poner el acento. Y, desde aquí, indicar la importancia de hacer bien gesto externo de reverencia y adoración al comulgar.

Si bien se puede decir que la norma litúrgica prefiere la comunión en la boca, de ahí concluir que es un sacrilegio comulgar en la mano, es una evidente exageración.

Dígase lo mismo de quienes argumentan que solo la comunión en la mano es lo más conveniente para una fe adulta.

Suele ocurrir que, unos y otros, imponen a los demás, con más fuerza de Ley que el Decreto de Graciano, la propia interpretación personal. Los clérigos solemos llevar la delantera en esto, pero no estamos solos…

Más grotesco aún si, a quien no piensa como yo, le digo con arrogancia: “Lo que pasa es que vos no tenés fe”.

Una expresión que, desde hace un tiempo, observo que se vuelve más común en algunos ambientes.

¿Qué ciencia poseo para concluir que alguien no tiene fe? ¿Alguna revelación particular? Solo Dios juzga ese nivel de la conciencia humana.

¡En nombre de Dios no nos dejemos ganar por semejante soberbia!

Repito, porque es fundamental: es un derecho del fiel cristiano elegir el modo de comulgar.

No cerremos, donde la Iglesia deja abierto un espacio legítimo para la libertad de cada uno.

¿Puede la Iglesia, el obispo o un sacerdote prohibir una forma determinada de comunión?

Tres casos posibles para atender en una respuesta a esta pregunta:

1. Un obispo no permite en su diócesis que se comulgue en la mano, aunque la Conferencia Episcopal del país lo permita. Es posible. De hecho, ocurre. Es potestad del obispo hacerlo.

2. El sacerdote -obispo o presbítero- en una celebración particular, y por riesgo de profanación, puede prohibir la comunión en la mano. Lo establece la Iglesia en sus normas.

3. En un caso como la actual emergencia sanitaria, el obispo puede restringir este derecho por el tiempo que dure la emergencia, por ejemplo, estableciendo que solo se comulgue en la mano o en la boca.

Orar en tiempos de dengue y coronavirus

La oración de súplica también tiene su lugar en una situación de crisis sanitaria.

Dios es creador y redentor. Es Padre, como nos reveló Jesús. No se desentiende de sus hijos y su creación.

Actúa siempre, como también nos enseñó Jesús. Y lo hace para salvar: eso significa, para hacernos crecer en humanidad, vivir como sus hijos en toda circunstancia de la vida (salud o enfermedad) y, de esa forma, llevarnos al cielo, a la bienaventuranza eterna.

Dios respeta su creación. No la violenta ni, de ordinario, pasa por encima las sabias leyes que Él mismo le ha dado.

Al hombre le ha dado inteligencia para comprender las leyes de su creación y ponerlas al servicio de todos. Le ha dado también una voluntad libre para que la acción transformadora del hombre lo perfeccione, haciéndolo más bueno y virtuoso.

Por eso, oramos por quienes tienen responsabilidades de gobierno y de conocimiento para prevenir, curar y aliviar el dolor.

Ese es el modo ordinario de obrar de nuestro Dios: actúa por medio de las “causas segundas”, respetando y sosteniendo su accionar.

Pero también actúa de forma extraordinaria. También sin violentar su creación, pero de un modo que, normalmente se escapa a nuestra comprensión, interviene en el mundo.

A esos signos poderosos de su amor los llamamos milagros, porque, al experimentarlos y contemplarlos no podemos dejar de maravillarnos de su poder, su sabiduría y su misericordia.

Por eso, sus hijos nos volvemos a Él, orando con confianza, para que disponga nuestro corazón para colaborar con su obra y para que Él intervenga en nuestra vida.

Oremos, por tanto, con insistencia y la confianza de Jesús, que es la de los niños: “Pidan y se les dará…”

Es la oración confiada de los hijos que saben que Dios no dejará de estar a su lado con la gracia del Espíritu Santo.

Sí a las Mujeres. Sí a la Vida

“La Voz de San Justo”, domingo 8 de marzo de 2020, Día internacional de la Mujer.

Dejemos, por un momento, a Abrahám peregrinando su fe por los polvorientos caminos de Oriente. Hoy, vamos al Santuario de Luján, a la Eucaristía en el Día internacional de la Mujer. Allí, con María, la Iglesia argentina dice: “Sí a las Mujeres. Sí a la Vida”.

Es Cuaresma: caminamos hacia la Pascua. Cuando volvamos a cantar el Aleluya, ratificaremos de esa forma el “sí” de Dios a la vida que es la resurrección de Cristo. Un “sí” rotundo y definitivo.

En medio de la noche, cuando la oscuridad de la muerte parecía ser la palabra definitiva, el Padre sopló su Aliento sobre la fría piedra del sepulcro, y pronunció la palabra más bella del idioma divino: “¡Resucita!”. Y el Crucificado se puso de pie, transfigurado para siempre: el Viviente que da vida.

Los dos “síes” que lleva el lema (a las mujeres y a la vida) son un eco de ese “sí” fundamental de Dios al mundo, a la humanidad, a la esperanza.

Los discípulos de Jesús nos sentimos responsables de ese “sí”, de cuidarlo y hacerlo visible en cada circunstancia de la historia. Es para todos, especialmente para los pobres (que somos todos).

“Porque el Hijo de Dios, Jesucristo, el que nosotros hemos anunciado entre ustedes… no fue «sí» y «no», sino solamente «sí»” (2 Co 1, 19), enseñaba San Pablo.

Jesús es solamente “sí”. Nosotros, en cambio, cargamos demasiados “noes”. Entre ellos, los que, con actitudes, gestos y palabras, han golpeado y siguen golpeando a las mujeres.

Mientras dice “sí a las mujeres”, la Iglesia reconoce que, en su esencia más honda, ella misma es mujer. La mujer-Iglesia se reconoce en la mujer-María, como en cada una de las mujeres de las Escrituras y de las santas que reflejan lo mejor de sí misma.

Al contemplarse así, la misma Iglesia reconoce que queda todavía mucho por caminar en el reconocimiento del genio femenino. Se lo grita el Evangelio de Jesús.

Nadie como él supo tratar a las mujeres que se le acercaron con sus pesares e ilusiones. Las miró a los ojos y las reconoció como sujetos. Ni las usó ni las victimizó. Tampoco las redujo a un colectivo uniforme y monolítico, sino que supo captar la originalidad de cada una… como hizo con cada persona. Las hizo sus amigas, compañeras y discípulas, en igualdad con los discípulos varones. En la mañana de su resurrección, les confió la Buena Noticia de la ternura de Dios que vence la muerte.

Este domingo nos reunimos para cantar el “sí” de Dios a la vida, a cada hombre y mujer de este mundo. Será un gozo. Tiene que ser un fuerte compromiso. No puede quedar solo en palabras.

El otro viaje de Abrahám

“La Voz de San Justo”, domingo 1º de marzo de 2020

“Entonces hubo hambre en aquella región, y Abram bajó a Egipto para establecerse allí por un tiempo, porque el hambre acosaba al país.” (Gn 12, 10).

Bella metáfora la del camino. Camino es la vida. Como la fe. Peregrinamos sostenidos por una promesa. Si ella se desvanece, nuestras fuerzas, siempre al límite, menguan hasta dejarnos inermes.

Abrahám es un peregrino, con una meta precisa: tierra y descendencia, prometidas por Dios. Su vida se confunde con su fe. Porque, en la experiencia del Dios de la Biblia, creer, vivir y caminar son intercambiables.

Una palabra irrumpe, inesperada, en la sedentaria vida de Abrahám. Lo vuelve caminante. Es una orden perentoria. La pronuncia el Dios amigo que se hace también compañero de camino. De paso, añadamos: como la fe y la vida, la amistad es también una peregrinación…

La cita con que abrimos esta columna nos habla de otro viaje de Abrahám. No el de la fe, sino el de la desconfianza. Apenas diez versículos. Contienen una bella enseñanza sobre la fe como camino.

El punto de partida es una aguda experiencia humana: hambre y lo que desata en el corazón. La promesa comienza a estar en crisis. En el horizonte aparece la riqueza opulenta de Egipto. Allí sí que hay posibilidad de ser colmados. Abrahám entonces se desvía del camino trazado por Dios.

Comienzan entonces los problemas. Abrahám está casado con una hermosa mujer. ¿Y si los egipcios posan sus ojos en ella? Seguramente matarán a Abrahám para quedarse con la bella. Y, en medio del camino desviado, un ingenioso artilugio: “Por favor, di que eres mi hermana. Así yo seré bien tratado en atención a ti, y gracias a ti, salvaré mi vida” (Gn 12, 13).

Por supuesto, al principio, todo parece ir sobre rieles: los egipcios toman a la “hermana” de Abrahám y, en recompensa, lo colman de bienes. Pero, como decían nuestras abuelas: la mentira tiene patas cortas. “Pero el Señor infligió grandes males al Faraón y su gente, por causa de Sarai, la esposa de Abrahám” (Gn 12, 17). Al enojo del faraón sigue la expulsión de Abrahám. Un modo poco elegante, pero efectivo de retornar al sendero.

Una vez más, Dios interviene y es el que realmente salva a su amigo, más allá de todo cálculo.

Este primer domingo de Cuaresma, nuevamente el hambre protagoniza una historia bíblica. Jesús, en el desierto, comienza a sentir los efectos de sus cuarenta días de ayuno. El tentador aprovecha la debilidad. Pero Jesús hará lo que Abrahám tuvo que aprender a vivir. Al tentador que lo invita a convertir piedras en panes, Jesús responde, citando la misma Escritura: “El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4, 4 y Dt 8, 3).

La fe siempre crece en la prueba. Es un camino siempre bajo acecho. ¿Debilidad o fortaleza? La Biblia nos enseña a ir hasta el fondo de la prueba, porque precisamente allí, Dios nos espera.

Tenemos que seguir rumiando esta desconcertante (y fascinante) experiencia espiritual.