La humildad de Cristo


“¡Alégrate mucho, hija de Sión! ¡Grita de júbilo, hija de Jerusalén! Mira que tu Rey viene hacia ti; él es justo y victorioso, es humilde y está montado sobre un asno, sobre la cría de un asna.”
Zac 9,9

Dios todopoderoso y eterno, tú mostraste a los hombres el ejemplo de humildad de nuestro Salvador, que se encarnó y murió en la cruz; concédenos recibir las enseñanzas de su Pasión, para poder participar un día de su gloriosa resurrección. (Oración de la liturgia del Domingo de Ramos).

Cristo: ejemplo de humildad.

En el lenguaje cotidiano, la palabra “humildad” parece ser casi sinónimo de pobreza. Un humilde es alguien que carece de bienes.

En la oración que comentamos tiene otro sentido. Abreva en la gran tradición espiritual del cristianismo que se nutre, a su vez, de la experiencia de Dios que narran las Escrituras.

Humilde es el pobre de espíritu, que se sabe en las manos de Dios. Es, por eso, profundamente libre, abierto a esa sorpresa permanente que es la vida, porque “Sorpresa” es casi un nombre de Dios.

Donde crece la humildad florece la libertad y la entrega generosa, no el apocamiento, el temor o el complejo.

Jesús lo afirma de modo explícito: Dios les escapa a los soberbios y pagados de sí. Se da a conocer, en cambio, a los humildes de corazón.

En este sentido fuerte, “el humilde” por antonomasia es Jesús. Así precisamente lo contemplamos en Semana Santa.

Así lo vemos este Domingo de Ramos: aclamado por la multitud y, a poco andar, humillado y escarnecido. Sin embargo, en una y otra situación: majestuosamente libre. En la cruz lo dirá con sus últimas palabras que son también una oración: “En tus manos, Padre, encomiendo mi vida”.

En el humilde despojo de su pasión y cruz, resplandece con más fuerza la luz de Dios de la que es portador Jesús: el amor como el verdadero poder que redime al mundo. El amor humilde que no busca dominar ni imponer, sino hacer crecer la vida.

Las celebraciones pascuales nos introducen en esa escuela de vida.

Les deseo, de corazón, una Semana Santa con Jesús.

Yo tampoco te condeno

“Señor y Dios nuestro, te rogamos que tu gracia nos conceda participar generosamente de aquel amor que llevó a tu Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo.” (Oración de la liturgia del quinto domingo de Cuaresma).


“Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante.” (Jn 8,11)

A las puertas de la celebración anual de la Pascua, los discípulos de Jesús pedimos compartir su mismo amor que lo llevó “a entregarse a la muerte por la salvación del mundo”.

Amor. ¿Sentimentalismo? ¿Cuestión de piel? ¿Ingenuidad?

Cuando hablamos del “amor de Cristo” nos referimos a un modo de estar parado en la vida. Tiene que ver con los sentimientos, pero también con la conciencia y, sobre todo, con la libertad.

Ese es el gran trabajo del Espíritu Santo en el corazón del hombre: transformarlo para que refleje los sentimientos, las opciones y la mirada misma de Jesús.

El relato evangélico de este domingo -un verdadera pieza maestra- expresa de manera elocuente lo que significa amar según el estilo de Jesús. Se trata del relato de la mujer sorprendida en adulterio y presentada como tal a Jesús (cf. Jn 8,1-11).

Esta mujer es llevada ante Jesús, no porque hubiera preocupación por ella, su vida e integridad, sino que el interés es usarla para otros fines aviesos: ponerle una trampa a Jesús.

En esa mujer podemos reconocer todas las formas de reducir a las personas -varones o mujeres- a objetos que se manipulan, se usan y descartan por motivos e intereses egoístas.

Jesús desarma a todos. A los acusadores con su capacidad de desnudar su hipocresía. A la misma mujer con esa frase que resume todo el Evangelio: “Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí, e incorporándose, le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Alguien te ha condenado?». Ella le respondió: «Nadie, Señor.» «Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante.» (Jn 8, 9b-11).

Donde unos ven un caso y una oportunidad para hacer valer su posición, Jesús ve a una persona que no puede ser rebajada al nivel de un objeto o un instrumento, sino que debe ser respetada en su dignidad humana. También si es una persona herida por sus propios yerros. Especialmente si se trata de un “pecador”. ¿No es así como Dios, a quien Jesús invoca como Padre, trata a sus hijos más alejados?

Ese es el “estilo Jesús” de acercarse a toda realidad, especialmente a la más herida: la cercanía que da el amor que hace espacio y ofrece aliento, no condena y da nuevas posibilidades.

Reconciliación

“La Voz de San Justo”, 31 de marzo de 2019

Dios nuestro, que reconcilias maravillosamente al género humano por tu Palabra hecha carne; te pedimos que el pueblo cristiano se disponga a celebrar las próximas fiestas pascuales con una fe viva y una entrega generosa. (Oración de la liturgia del cuarto domingo de Cuaresma).

Una diferencia del cristianismo respecto a otras religiones, especialmente las más primitivas, es su concepción de “reconciliación”.

Reconciliar quiere decir: volver a reunir lo que se ha separado. Como concepto religioso, evoca una ruptura culpable del hombre con Dios.

De ahí que, para volver a la amistad perdida, el pecador tenga que recorrer un camino penitencial arduo, oneroso y sufrido. A mayor sufrimiento, mejores expectativas de tener de nuevo el favor de la divinidad ofendida. Así, la reconciliación es obra del hombre que se gana, por el sufrimiento autoprovocado, el favor divino.

Nada de esto, sin embargo, encontramos en la Biblia, ya desde las Escrituras de Israel. Es más, su mensaje va en la dirección opuesta.

La imagen de un dios que, para mostrarse favorable, necesita que su criatura retorne a él mediante el dolor es, sin más, la de un ídolo salvaje. Es sadismo, la peor deformación de lo religioso. Más que amor y adoración, esta divinidad suscita indignación, repudio y repulsión.

Si Dios fuera así, gritar su “muerte” sería el más digno acto de culto.

Este domingo, la Iglesia en oración invoca al Padre de Jesucristo que nos ha reconciliado con Él por medio de su Palabra hecha carne. Nos muestra el verdadero rostro de la reconciliación cristiana.

La reconciliación es obra de Dios que, por amor, se hace cargo de restablecer el vínculo roto. Y lo hace abrazando nuestra humanidad herida, identificándose con todo ser humano sufriente o vulnerado en su dignidad.

No nos exige sufrimiento sino que Él hace suyo el ya de por sí inmenso dolor del mundo. Y, desde ese lugar, ofrece su misericordia como medicina que cura todas nuestras heridas.

La gran conversión de la vida es abandonar las imágenes equivocadas de Dios y dejar que nos alcance e ilumine el Rostro del Dios verdadero: el Padre-Madre de Jesús.

Eso es Cuaresma.

Creo en un Dios que espera peras del olmo

“La Voz de San Justo”, domingo 24 de marzo de 2019

“Padre de misericordia y origen de todo bien, que, en el ayuno, la oración y la limosna nos muestras el remedio del pecado, mira con agrado el reconocimiento de nuestra pequeñez, para que seamos aliviados por tu misericordia quienes nos humillamos interiormente” (Oración de la liturgia del tercer domingo de Cuaresma).


“Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré. Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás” (Lc 13,9).

La sabiduría popular puede ser muy popular pero no siempre es tan sabia. Ejemplo: el dicho, repetido hasta el cansancio, de que no “no hay que pedirle peras al olmo”.

Nadie va a negar que, para buena parte de las cosas de la vida, este dicho acierta. Expresa un sano realismo ante las posibilidades, normalmente limitadas que tenemos los seres humanos. Hay condicionamientos en buena medida irreversibles que aconsejan que no pidamos peras al olmo.

La Cuaresma, sin embargo, se rige por una lógica diversa. La del Evangelio. Lo enseña Jesús este domingo. Pone en boca del empleado de una viña, lo que realmente siente Dios cuando mira al mundo y, sobre todo, al ser humano. Y, especialmente, cuando mira la impotencia humana, sus límites y -¿porqué no?- su inveterada estupidez.

Ante una higuera que no ha dado fruto y la sensata decisión del dueño de la viña de arrancarla, este labrador, conocedor de la tierra y de la potencialidad de la savia por momentos dormida, dice: “Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré. Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás” (Lc 13,9).

Cuaresma es ese tiempo, breve pero intenso, para abrir una pequeña puerta para que entre la luz en nuestra vida. Es lo que pedimos en la oración de este domingo: “el reconocimiento de nuestra pequeñez”.

¿Es indigno y humillante reconocer la propia pequeñez? Puede ser. No lo niego. Sobre todo, en algunos momentos.

Mirémoslo desde este punto de vista: reconocerse pequeño es aceptar que, junto a mí, hay otros… y hay Otro. Y que, con esos “otros”, puedo tejer una red de vasos comunicantes, por la que pasa la savia que nos resucita.

¿Me permiten una confesión de fe cuaresmal? Aquí va: “Creo en un Dios que espera peras del olmo. Amén”. Y, esa espera es potente…

Que Te conozca para que me conozca


“Dios todopoderoso, concédenos que, por la práctica anual de la Cuaresma, progresemos en el conocimiento del misterio de Cristo y vivamos en conformidad con él” (Oración de la liturgia del primer domingo de Cuaresma)

Nadie como Jesús ha sido tan crítico con la religiosidad reducida a práctica externa. La acusación de “hipocresía” en sus labios es un dardo de fuego que siempre da en el blanco. Hiere, inquieta y enoja. Y, por eso, salva…

Por si no lo tenemos fresco: hipocresía significa que las palabras no se ajustan a las actitudes y, sobre todo, a los actos concretos. Por el contrario, los actos contradicen los dichos.

La Cuaresma que acabamos de iniciar nos orienta: los gestos penitenciales externos (oración, ayuno y limosna) deben ser expresión de un cambio interior.

No cualquier cambio entonces, sino el que une al discípulo con Jesús, el Cristo. Y una unión que es también identificación y configuración con Él.

Es la petición que hacemos en este primer domingo de Cuaresma, arriba transcripta: conocer a Cristo y vivir según ese conocimiento de su Persona.

La oración litúrgica usa la palabra “misterio”. ¿Qué indica? Que nunca podremos sentirnos dueños de Cristo. Él siempre será más grande. Ni dueños ni -menos aún- manipuladores de su Persona o de su Evangelio para nuestros fines. Que nunca acabamos de convertirnos a Él.

La hipocresía comienza aquí: cuando alguien se siente ya hecho  y superado. Y, como lógica consecuencia, comienza a dar cabida a un ridículo sentimiento de superioridad sobre los demás. A mirarse a sí mismo con complacencia y, a los demás, con desprecio.

Cuaresma: cuarenta días para que la verdad de lo que somos aparezca más claramente ante nuestros ojos. En realidad, habría que ser más precisos: que la Verdad de Cristo nos alcance, nos posea y, así, desvele nuestra verdad.

Lo expresó con sobria elocuencia el gran San Agustín: “Que Te conozca, para que me conozca”.

En el Día de la Mujer, volvamos a Jesús y al Evangelio

“Después, Jesús recorría las ciudades y los pueblos, predicando y anunciando el Evangelio del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce y también algunas mujeres que habían sido curadas de malos espíritus y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, esposa de Cusa, intendente de Herodes, Susana y muchas otras, que los ayudaban con sus bienes” (Lc 8,1-3).

Para María Magdalena, el encuentro con Jesús significó: libertad, vida y dignidad. Lo experimentó también aquella otra mujer enferma y desahuciada que tocó el manto de Jesús. El evangelista nos dice que Jesús “se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él” (Mc 5, 30).

El encuentro con Jesús cambió la vida de esas mujeres, pero también lo afectó a Él. Ellas no resultaron indiferentes para este varón singular por su porte, su mirada y sus sentimientos. Su sensibilidad le hacía comprender a fondo el corazón humano, especialmente si herido u oprimido.

Es bueno recordarlo hoy, uniéndonos a la celebración del Día de la Mujer.

Los discípulos de Jesús, varones y mujeres, volvemos al Evangelio. Allí encontramos plasmado en forma de relato, anuncio y esperanza el sueño de Dios para nuestra humanidad: “Y Dios creó al hombre a su imagen; lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer” (Gn 1, 27). Iguales en dignidad, su diversidad es una invitación a la reciprocidad.

En los pasos de Jesús, este sueño se abre camino. A varones y mujeres nos invita a seguirlo, nos incorpora a su camino como amigos y compañeros, compartiendo con nosotros su misma misión.

Y lo hace en un mundo lacerado por injusticias, discriminaciones y violencias que hieren, con particular ensañamiento, a las mujeres. Como también a los más vulnerables: los niños, los ancianos, los refugiados, y un largo etcétera.

En la raíz de toda injusticia está la voluntad de poder del que, sintiéndose impune, busca afirmarse a sí mismo reduciendo a los demás.

Jesús condenado, torturado y crucificado, hace suyo el dolor y las heridas de todas las víctimas inocentes de ese poder demoníaco. Resucitado de entre los muertos, las cicatrices de su cuerpo nos dicen que la Vida vence, cura y no deja caer en el olvido ninguna lágrima.

Como Iglesia, en esta Cuaresma y, sobre todo, en Pascua volvemos la mirada hacia Él. Hoy, más que nunca, lo hacemos con profundo dolor, vergüenza y quebranto. También entre nosotros, la mundanidad del poder como dominio ha prevalecido sobre el servicio que cuida la vida.

Acerquémonos desde aquí, con humildad y sin altanería, a las aspiraciones genuinas que animan este verdadero “signo de los tiempos” que es la lucha por la dignidad de la mujer.

Se pueden discutir palabras y conceptos. En una sociedad abierta es necesario dejar espacio para el debate y la más libre circulación de ideas y perspectivas.

Una cosa son los sistemas ideológicos con sus conceptos, símbolos y eslóganes. Ahí podemos disentir. Pero, por encima de todo, tenemos que encontrar un espacio de convergencia: el rostro concreto de las mujeres y de todos los que son víctimas de cualquier forma de injusticia o violencia.

Jesús y su Evangelio nos llevan hasta ese lugar concreto, humano y real. Volvamos pues al Evangelio. En última instancia, estamos en Cuaresma, tiempo de conversión.

Cuidar y exponer el corazón


“El hombre bueno saca el bien del tesoro de bondad que tiene en su corazón. El malo saca el mal de su maldad, porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Lc 6,45).

Las palabras importan. Y mucho.

La libertad de expresión es uno de los valores más preciosos para la vida de una sociedad, de un pueblo. Y la más amplia libertad posible. Incluso con el riesgo de rozar zonas peligrosas.

Lo vemos, por ejemplo, en las redes. A medida que van extendiendo su presencia, hasta el punto de hacer que, de manera permanente, estemos “en red”, van apareciendo también “haters”, “trolls”, “acosadores”.

¿Qué hacer?

Este domingo, el fragmento del evangelio que escuchamos los cristianos nos da algunas pistas. Podríamos decir que nos confronta con el “método Jesús”. Es sencillo, directo y, sobre todo, humanísimo.

Para Jesús, no hay otro camino que cuidar el corazón. Porque es allí donde Dios ha sembrado su bondad, su misma libertad, su compasión. El corazón es donde el Espíritu muestra toda su maestría y su calidad de artista. Es su campo de trabajo. El Espíritu de Dios trabaja para que seamos buenos como Dios es bueno, compasivos y misericordiosos como lo es el Padre.  

La bondad es contagiosa. Estar cerca de un hombre o una mujer buenos, casi sin darnos cuenta, nos hace también un poquito más buenos a nosotros. Pensemos, si no, en las personas buenas que hemos conocido y que han llenado de luz nuestras vidas. Su solo recuerdo es capaz de encendernos e iluminarnos.

Vale aquí lo que también escuchamos de labios de Jesús este fin de semana: “No hay árbol bueno que dé frutos malos, ni árbol malo que dé frutos buenos: cada árbol se reconoce por su fruto” (Lc 6, 43-44). 

Vuelvo a la pregunta: ¿qué hacer ante tantas sombras de agresión que oscurecen nuestra vida?

Siguiendo el hilo del mensaje de Jesús me animo a decir cuatro cosas: 1) reconocer que también en el propio corazón anidan fuerzas agresivas; 2) exponer el propio corazón ante la mirada buena de Dios, en la oración, por ejemplo; 3) tener siempre a mano palabras buenas y amables para todos (“perdón, permiso, gracias”, como dice Francisco); y 4) pero, sobre todo, exponer el corazón haciéndonos cargo del dolor, el sufrimiento y la vulnerabilidad de los demás.

¡Buen domingo!

Voces que se multiplican en un año electoral

Hemos entrado de lleno en un año electoral. Viendo el calendario de elecciones municipales, provinciales y las nacionales, asoma realmente un fuerte vértigo. Muy argentino, por otra parte.

Seguramente se irán multiplicando las voces, tanto de quienes participan en las lides electorales como de ciudadanos u organizaciones de la sociedad civil.

Es bueno que así ocurra. Vivimos en democracia y, la argentina, es una sociedad que va creciendo en pluralidad. Queremos ser una sociedad abierta y plural, con muchas voces que se den cita en el espacio público.

La libertad de expresión -y la más amplia posible- es uno de los pilares sobre los que se sostiene la vida de un pueblo libre, de una sociedad plural y la misma cultura democrática.

Seguramente también, a ese coro de voces, por momentos un poco desafinado y caótico, se sumarán también las voces de representantes de las religiones. Obviamente, las voces de los obispos católicos, sea individualmente o en grupo (por regiones o la misma Conferencia Episcopal).

Se impone una pregunta: ¿Qué derecho y competencia tenemos los obispos católicos de hacer oír nuestra voz en materia política? Podríamos extender la pregunta a otros campos como la cultura, la economía, lo social, etc.

Intento aquí algunas respuestas breves.

1. Un obispo es, ante todo, un ciudadano. Tiene el derecho de expresarse libremente sobre cualquier tema. Incluso si no es competente para ello. ¿Podemos imaginar una sociedad abierta, libre, plural y viva sin que todos los que la componemos no hagamos sentir nuestra voz?

2. Pero, además, como ciudadano tiene el derecho-deber de inmiscuirse en todo lo que hace al bien común. Es decir, como cada ciudadano argentino, un obispo puede y debe intervenir en lo que también lo afecta a él como habitante del país. Los antiguos dirían: “res nostra agitur”, que podría traducirse: eso también nos involucra a nosotros.

3. Ahora, en cuanto obispo católico, es decir, representante autorizado de una determinada confesión religiosa, ¿puede intervenir en el debate público, sobre todo en materia política? Aquí hay que empezar a matizar.

  • 3.1. La política (como la cultura, la economía, el derecho, etc.) tienen una dimensión técnica en la que los obispos no somos competentes, en cuanto tales. Sin embargo, todas estas actividades y saberes humanos tienen una dimensión ética, pues implican decisiones libres que afectan al bien de todos. Ese es la perspectiva en la que es legítima una palabra que viene desde las religiones: intervenir en esta materia en la medida en que se juegan valores humanos fundamentales. Obviamente, aquí el discurso religioso navega en una cierta generalización. Ese es su posibilidad y también su límite.
  • 3.2. El principio de la laicidad o de la autonomía del estado secular es clave. Significa que el estado es neutral en materia religiosa y que las religiones no intervienen en la gestión política. Hoy se tiende hacia una laicidad positiva, que supere aquella visión que valora a las religiones como nocivas y, por ende, busca recortar su espacio de acción. La laicidad positiva valora el aporte a la convivencia que las religiones realizan y procura que puedan hacerlo.
  • 3.3. Claro, esto impone a las religiones algunos deberes muy importantes. Un obispo católico, por ejemplo, puede intervenir en los debates públicos ofreciendo su palabra como una voz junto a otras, tratando de formular su discurso en términos comprensibles y fundados, incluso si manifiesta el trasfondo religioso de sus afirmaciones.
  • 3.4. Aquí aparece un aspecto que, en mi opinión, todavía es flojo entre nosotros. Lo formulo en positivo: tanto un laico como un pastor católico debería poder expresar que su postura ante un tema de debate tiene, además de un fundamento racional y comprensible por todos, una dimensión religiosa. Debería, por ejemplo, poder señalar, sin temor a ser interrumpido y acallado: Creo en Dios, creo en la dignidad de la vida que, para mí como para tantos otros, viene de las manos del Creador y, por eso, además de todos los argumentos racionales esgrimidos, también estoy en contra del aborto o la pena de muerte. En Argentina, hoy, este modo de intervenir es, en los hechos, impracticable.
  • 3.5. Otra matización importante: los obispos podemos -y debemos intervenir en los debates públicos- porque tenemos una palabra autorizada para decir. Es nuestra misión. En materia social, sobre todo cuando se desciende a cuestiones prácticas y más nos alejamos de los grandes principios éticos en los que reina una gran claridad, somos conscientes de que entramos en un campo altamente contingente, relativo y, por lo mismo, opinable. Es aquí donde aparece con fuerza el perfil específico de los laicos y su amplísima libertad de acción. Para nosotros, los pastores, esto significa que debemos cuidarnos de darle a nuestro discurso un tono de autoridad que no tiene. Sería una forma de clericalismo para nada sutil y siempre invasivo de la libertad y de la conciencia de las personas. Es un valor al que hoy, nuestras sociedades plurales, son justamente más sensibles.

Termino aquí, aunque hay mucho más para decir.

Me doy cuenta de que mi discurso suena principista. Bueno, gracias a la libertad de expresión, hasta un discurso así puede ser oído por quien quiera escucharlo.

Hay que seguir caminando, pensando y hablando.  

Un trato justo

“El Señor es bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia; no nos trata según nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas.” 

Esta es una estrofa del Salmo 102 con el que rezamos en la liturgia de este domingo.

Los salmos están compuestos para ser cantados, pero, en la oración personal, una forma muy provechosa es rezarlos, rumiando una frase o una palabra. Es como sacarle el jugo a esa palabra que viene del corazón de Dios. Un jugo que es, por cierto, inagotable.

Basta elegir la frase o palabra que más nos ha tocado por dentro, la que ha traído mayor consuelo o fervor a nuestro espíritu.

Este domingo, yo elijo esta frase: “El Señor… no nos trata según nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas”.

Días pasados, hice un posteo en Facebook preguntándome por qué suelen quedar vacíos los primeros bancos de nuestras iglesias durante la Misa. El intercambio que se dio fue muy bueno.

De todas las razones que se esgrimieron, una me ha quedado dando vueltas. Un par de personas señalaban que elegían quedarse atrás porque no se sentían de estar cerca del altar. Sea por la conciencia de la propia pobreza, sea por la santidad del misterio.

Es como para quedarse pensando y rumiando también estas cosas. Vale la pena.

Conozco bien ese sentimiento. Lo experimento varias veces: inadecuación, vergüenza, estupor. El padre Jean Lafrance (conocido autor espiritual) señalaba que el don de ciencia del Espíritu Santo precisamente nos hace comprender la infinita distancia que hay entre Dios y la creatura. Pero también que, a través del don de consejo, el Espíritu nos mueve a entregarnos sin reservas a ese Dios tres veces santo que es, por encima de todo, compasión y misericordia.

Vuelvo a rumiar el versículo del salmo: “El Señor es bondadoso y compasivo… no nos trata según nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas”.

Todo lo que Jesús dijo e hizo apunta a meternos dentro del corazón, grabándolo a fuego, esta verdad genuinamente evangélica, y a vivir en consecuencia.

Lo escucharemos de sus labios este domingo: “Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso” (Lc 6,36).

También para rumiar.

Más derecho. Más justicia. Más Evangelio

El Papa Francisco, el cardenal Cupich y la Dra. Linda Ghisoti

El abuso sexual es un crimen. El abusador es un delincuente.

Como tal, el delito del abuso afecta el orden público de la sociedad. Es una grave injusticia. Lesiona la dignidad de la persona. De ahí que reclame la intervención de la justicia, con sus tiempos, procedimientos y sanciones proporcionadas al delito con sus atenuantes y agravantes.

Reconocer sin ambages la naturaleza criminal del abuso sexual a personas vulnerables, cometido por clérigos, ha sido un paso clave para la Iglesia. Un verdadero punto de no retorno. De aquí se siguen consecuencias precisas; seguramente onerosas, pero saludables para todos. Entre otras, una que merece ser destacada: el primado de la justicia secular a la hora de esclarecer este delito atribuido a un clérigo (diácono, presbítero u obispo).

No que la Iglesia no pueda intervenir con sus procedimientos, tal como lo prescriben las normas canónicas. Si el delito ha sido cometido por un ministro sagrado, la Iglesia tiene el deber y el derecho de establecer las consecuencias de estos actos criminales para el ejercicio del ministerio. Una institución del significado y la magnitud de la Iglesia puede y debe controlarse a sí misma en este delicado punto. Pero no puede sola. Está inserta en la sociedad y forma parte de un entramado concreto de relaciones.

Aun con expresiones maximalistas, tienen razón las víctimas que reclaman que los líderes de la Iglesia no solo colaboremos con la justicia, sino que realmente nos subordinemos al ordenamiento penal de la sociedad a la que pertenecemos, en la que ejercemos nuestro ministerio y a la que, en última instancia, servimos desde el Evangelio.

¿Es esta una observación fríamente jurídica? ¿No tenemos que propiciar una lectura propiamente creyente de esta crisis?

Con una mirada intimista y espiritualista se ha repetido en ocasiones: “menos derecho y más evangelio”. Ya Benedicto XVI decía que ese desprecio del derecho, especialmente el penal, era un de las causas por las que la plaga de los abusos se ha difundido en la Iglesia.

Aquí pretendo dar una vuelta de tuerca más. No solo los obispos tenemos que aplicar las sabias normas canónicas de la Iglesia, especialmente las del capítulo penal de nuestro Código, sino que, atendiendo a este reconocimiento de la naturaleza delictiva del abuso de las personas, el recurso a la justicia secular es un paso ineludible. En estos términos se ha expresado, en su intervención de este viernes 22 de febrero, el cardenal Gracias:

El abuso sexual de menores y otras personas vulnerables no solo viola la ley divina y eclesiástica, sino que también es un comportamiento criminal público. La Iglesia no vive solo en un mundo aislado creado por ella. La Iglesia vive en el mundo y con el mundo. Aquellos que son culpables de un comportamiento criminal, en justicia tienen la obligación de rendir cuentas ante las autoridades civiles por dicho comportamiento. Aunque la Iglesia no es un agente del Estado, reconoce la autoridad legítima de la ley civil y del Estado. Por lo tanto, la Iglesia coopera con las autoridades civiles en estos asuntos para hacer justicia a los sobrevivientes y al orden civil.

Por su parte, el cardenal Cupich ha hecho, entre otras, esta sugerente propuesta: “La denuncia de un delito no debe verse obstaculizada por el secreto oficial o por normas de confidencialidad”. La apelación al “secreto pontificio” no puede interponerse como una barrera para la insoslayable acción de la justicia secular. Un punto verdaderamente crucial que merece reformas. Han sido explícitamente sugeridas en el Summit de Roma por la Dra. Linda Ghisoni, subsecretaria del Dicasterio para la Vida y los Laicos:

Será preciso revisar la normativa actual sobre el secreto pontificio de modo que éste tutele los valores que quiere proteger -la dignidad de las personas implicadas, la buena fama de cada uno, el bien de la Iglesia- y, al mismo tiempo, consienta el desarrollo de un clima de mayor transparencia y confianza, evitando la idea de que el secreto se utiliza para esconder los problemas en vez de para proteger los bienes en juego.

Lo que quiero hacer notar aquí es que este reconocimiento de la consistencia propia de la justicia del Estado, la Iglesia lo hace desde el núcleo mismo de su fe en Dios creador y redentor, pero también desde la conciencia que tiene de su propia naturaleza sacramental. Es lo que dice el cardenal Gracias: “La Iglesia no vive solo en un mundo aislado creado por ella. La Iglesia vive en el mundo y con el mundo”.

La real consistencia del mundo, su autonomía y la de sus instituciones (entre ellas: el estado y la justicia) no solo expresan la bondad de la creación, sino también la conciencia de que este mundo, marcado por la desobediencia del pecado, es también espacio de acción de la gracia del Espíritu Santo. Estamos escuchando su voz en la rebeldía de las víctimas, en la acción perseverante de los que investigan estos abusos; pero también en la reacción de muchos bautizados que, un poco por todas partes, están diciendo “basta” a los abusos y al manejo errado de los líderes eclesiales. Los pastores deberíamos ser dóciles a este llamado. ¿No nos recordó el Concilio que la Iglesia también aprende del mundo?

La Iglesia tiene conciencia de ser la visibilidad social en el mundo de la gracia invisible. Su modo de estar inserta en la sociedad no resulta indiferente para su misión salvífica. La Iglesia es canal de la gracia escuchando la Palabra, celebrando los sacramentos y también a través de la humillación penitencial que supone entrar en esta purificación y quebranto del corazón.

Mirémoslo desde otra perspectiva. Una de las víctimas señalaba en Roma, por estos días, que la iniciativa de este Encuentro convocado por el Papa no podría haberse realizado de no haber mediado el empeño perseverante de las víctimas-sobrevivientes para romper el silencio, hacerse oír e insistir en que se estaba gestionando de forma inadecuada esta crisis.

Yo añado que, sin el moderno estado secular, con su autonomía y la independencia de su sistema judicial respecto del poder eclesiástico; sin la acción investigativa de la prensa, como bien lo reconoció el Papa Francisco; sin una opinión pública que no deja pasar estos hechos, aun contando con una mirada sesgada; sin nada de esto, seguramente, en la Iglesia, no hubiéramos enfrentado esta crisis, y el sufrimiento seguiría destruyendo vidas.

Llegará la hora en que se verá más claro que, en todo este doloroso camino de penitencia, es Dios mismo el que está purificando a la Iglesia de los ídolos de poder y engreimiento que nos hemos construido. Tal vez esto lo vean con más nitidez generaciones posteriores. A nosotros, sin embargo, nos toca ser dóciles ahora al Espíritu. Cada uno de nosotros tiene que preguntarse qué espera Cristo de él, qué lugar irremplazable lo invita a ocupar en esta misión, qué cuota de penitencia reparadora está llamado a ofrecer, porque “cuando un miembro sufre, todos los demás sufren con él” (1 Co 12,26).