Navidad, dignidad y democracia

Enseguida explico las dos o tres ideas que quiero compartir con ustedes en esta fecha, recordando aquel 10 de diciembre de 1983 que algunos custodiamos en nuestra memoria con una mezcla de respeto y nostalgia ciudadanas.

Ahora quiero ir al hueso de lo que me moviliza. Lo formulo así: A treinta y cinco años de haber “recuperado la democracia”, ¡cómo se extraña un gran acuerdo de fondo entre todos los ciudadanos argentinos! Un acuerdo sobre valores compartidos y unos pocos caminos comunes para concretarlos.

Lo tenía que decir. Es lo que me agita más hondamente. Creo saber cuáles son las críticas a este planteo ¿ingenuo, principista e idealista? Sé también que, en tiempos electorales, cuando los leones se vuelven herbívoros y las encuestas dictan cátedra de corto plazo, este tipo de planteos suenan extraños.

Solo me queda decir: ¡viva la libertad de conciencia y de expresión! Mientras podamos, usemos de ellas… Pero, estemos alerta. Los enemigos de la libertad suelen encontrar razones para ahogarla.

* * *

Ahora a lo que quería compartir con ustedes.

Para esta conmemoración, se me ocurrió hace un tiempo releer el radiomensaje de Pío XII en la Navidad de 1944. Era la sexta y última Navidad de una Europa devastada por la guerra.

En medio de esa destrucción, el Papa Pacelli ve una señal de esperanza. Lo expresa así: “Una idea, una voluntad cada día más clara y firme surge de una falange, cada vez mayor, de nobles espíritus: hacer de esta guerra mundial, de este universal desbarajuste el punto de partida de una era nueva, para la renovación profunda, la reordenación total del mundo”.

El sabio Pontífice observa cómo, mientras los ejércitos siguen contendiendo, “los hombres de gobierno… se reúnen en coloquios y conferencias, para determinar los derechos y los deberes fundamentales sobre los que se debería reedificar una unión de los Estados, para trazar el camino hacia un porvenir mejor, más seguro, más digno de la humanidad”.

¿Solo reconstruir edificios? No, claro. La guerra dejaba heridos los cuerpos y las almas. La reconstrucción se presentaba, ante todo, como una empresa espiritual y ética. El mundo necesitaría movilizar sus energías más preciosas para esta tarea sobrehumana.

Europa, por su parte, tenía a disposición ese patrimonio espiritual inmenso que es el humanismo sobre el que había edificado sus mejores logros. Ahora había que ponerlo en juego nuevamente.

Pío XII ofrece su aportación. Abrevando en las caudalosas fuentes del humanismo cristiano, el Santo Padre reflexiona sobre la democracia. Se enfoca en dos puntos: qué tipo de ciudadanos requiere lo que hoy llamaríamos la “cultura democrática” y, por ende, qué tipo de dirigentes políticos supone la misma.

* * *

Antes de seguir, una aclaración importante: la de Pío XII no será la última palabra de la Iglesia sobre el tema. Apenas caído el Muro de Berlín, San Juan Pablo II ofrecerá, en la gran encíclica Centessimus annus, una actualización de la enseñanza católica, superando algunos límites del discurso de su sabio predecesor. ¿En qué punto? En uno fundamental: mientras que Pío XII parecía condicionar la aceptación de la democracia a que esta asumiera la visión del hombre, la justicia y el bien común del cristianismo, el Papa Wojtyla solo lo indicará como una condición para el funcionamiento correcto del sistema democrático. Este tiene, en sí mismo, su propia legitimidad porque pone en el centro la dignidad de la persona humana, sus derechos y deberes, asume el estado de derecho y la división de poderes. No es una diferencia menor.

* * *

El Papa Pacelli comienza tomando nota de un hecho: “los pueblos… se han como despertado de un prolongado letargo. Ante el Estado, ante los gobernantes han adoptado una actitud nueva, interrogativa, crítica, desconfiada”.

La experiencia vivida los ha aleccionado a exigir un sistema de gobierno que respete la dignidad de los ciudadanos. Precisamente, el no haber vigilado mejor a los poderosos y sus desbordes autoritarios es lo que ha precipitado el mundo a la guerra.

Anota entonces: “¿hay acaso que maravillarse de que la tendencia democrática inunde los pueblos y obtenga fácilmente la aprobación y el asenso de los que aspiran a colaborar más eficazmente en los destinos de los individuos y de la sociedad?”.

¿Cuáles son entonces las condiciones que hacen más sana y equilibrada a una verdadera democracia, en todas las posiblesformas en que esta se puede realizar?

Dos derechos son fundamentales, desde la perspectiva del ciudadano: dar la propia opinión y, en consecuencia, no verse obligado a obedecer sin antes haber sido oído. Aquí hay una preciosa indicación, algo así como un presupuesto antropológico ineludible para una democracia con buena salud: que el ciudadano sea sujeto con opinión propia, fundada y formada a conciencia; que la pueda manifestar y, a través de medios justos, hacerla valer para dar su contribución al bien común.

No hay democracia con autómatas sino con ciudadanos libres, activos, responsables y conscientes. Aquí surge inevitable una cuestión: hoy por hoy, ¿qué condiciones hacen posible semejante altura espiritual y ética de los individuos? ¿Cómo ser realmente libres habida cuenta de la presión constante que lo políticamente correcto ejerce desde sus cátedras indiscutibles, en los medios, los centros de poder y de opinión?

A continuación, el Papa Pacelli enhebra un discurso en el que, con precisión de orfebre, caracteriza una condición indispensable para que la vía democrática sea posible y el Estado no degenere en totalitarismo: que el conjunto de los ciudadanos deje de ser una masa amorfa, inerte y dúctil, presa fácil de líderes tóxicos y autoritarios, y sea realmente un pueblo con vida propia.

“El pueblo – señala el Pontífice- vive de la plenitud de la vida de los hombres que lo componen, cada uno de los cuales – en su propio puesto y a su manera – es persona consciente de sus propias responsabilidades y de sus convicciones propias… En un pueblo digno de tal nombre, el ciudadano siente en sí mismo la conciencia de su personalidad, de sus deberes y de sus derechos, de su libertad unida al respeto de la libertad y de la dignidad de los demás”.

Por el contrario, cuando una democracia no cuida la calidad del ciudadano como sujeto personal, libre, activo y responsable, libertad e igualdad se deforman hasta convertirse en un triste remedo.

Pienso que, bien leídas estas reflexiones del Papa Pacelli, pueden ayudarnos a afinar nuestra mirada y, sobre todo, a tener lucidez crítica ante el emerger de formas nuevas de populismo, tanto de izquierdas como de derechas.
De los párrafos que Pío XII dedica a la descripción de las características de los hombres y mujeres que deben ejercer el poder público en las democracias, solo resalto la centralidad que da a los legisladores, miembros de los parlamentos.
La buena salud de una democracia depende, como de una condición indispensable, de la calidad de sus parlamentarios. Y esta condición, a su vez, remite a otra: la buena salud espiritual y ética de los ciudadanos que conforman un pueblo.

* * *

No me extiendo más.

Solo una anotación final.

Releyendo el Mensaje para redondear estas ideas, me percaté de esta frase, escrita al inicio del texto pontificio: “Navidad es la fiesta de la dignidad humana”.
De ahí el título de esta columna: Navidad, dignidad y democracia.

Solo eso.

Los que siembran entre lágrimas…

“La Voz de San Justo”, domingo 9 de diciembre de 2018

“Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía que soñábamos: nuestra boca se llenó de risas y nuestros labios, de canciones… Los que siembran entre lágrimas cosecharán entre canciones” (Salmo 125, 1-2.5).

Hace dos mil quinientos años que fueron escritas estas palabras. Reflejan una de las experiencias más traumáticas de los habitantes de Jerusalén: la destrucción de la ciudad, la deportación a Asiria y el regreso a la patria, al cabo de un penoso exilio.

Pienso que esa palabra (“exilio”) no tendría que existir en ningún idioma. Sin embargo, ahí está, para indicar una de las crueldades más grandes los hombres podamos infringirnos: obligar a alguien a dejar su tierra, su querencia, para marcharse lejos, tal vez con la posibilidad de que nunca se dé el retorno.

¿No hemos jugueteado irresponsablemente en Argentina con esa posibilidad? “¿No dijiste que, si ganaba las elecciones tal o cual candidato, te ibas a ir del país? Ganó, ¿por qué no te vas?” Las horas más oscuras de la historia humana – también la nuestra – suelen tener sabor de exilio. La memoria de tantos exiliados ¿no ha logrado romper nuestros odios?

Las estrofas del salmo que comentamos adquirieron una dolorosa actualidad cuando se convirtió en la oración de aquellos judíos que habían podido escapar de los campos, las cámaras y los hornos. Dejaban atrás el dolor, sus muertos y el odio. Tenían por delante la tierra prometida y un futuro que le había sido negado a millones. La alegría de la salvación no podía dejar de abrir paso a la responsabilidad de saberse sobrevivientes de semejante holocausto.

Este domingo, la liturgia de Adviento, al poner en nuestros labios las estrofas del Salmo 125, nos hace rezar todos esos exilios: los nuestros y los de toda la humanidad.

Una de las características más significativas de los salmos es su humano realismo: el orante no se oculta nada de lo que siente, de lo que lo estruja por dentro. Y, sobre todo, no se lo oculta a Dios. Incluso más: es a Él a quien le dirige, una y otra vez, su interpelación airada y al borde de la desesperación. En los salmos no hay nada de afectación, diplomacia o acartonamiento.

Los salmos nos desnudan ante la mirada del Dios de Israel, a quien Jesús invoca como Padre. Nos desnudan delante de su Rostro. También de su Silencio. Nos llevan por eso al límite de nuestra humanidad. En la cruz, experimentando como nadie el abismo de la muerte, Jesús rezará con los salmos 21 y 31.

Cuando un cristiano reza con el Salmo 125, pone delante de la mirada de Dios todos sus exilios, pero con los ojos fijos en Jesús resucitado. Sabe que Dios ha cumplido todas sus promesas precisamente a través de su Hijo, muerto y resucitado.

La súplica: “¡Cambia, Señor, nuestra suerte como los torrentes del Négueb!”, ha sido escuchada. Todo orante, aún en los momentos más oscuros de su vida y en sus horas más desiertas, va a la oración sabiendo que no será defraudado. Sabe, con la sapiencia que da el corazón tocado por el Espíritu, que Dios está con él, siempre y en todo momento.

El Adviento nos invita a ir a fondo en esta experiencia espiritual.

Esperar, orar, caminar

“La Voz de San Justo”, domingo 2 de diciembre de 2018

“Estén prevenidos y oren incesantemente…” (Lc 21, 36). Con esta recomendación de Jesús comenzamos a caminar el Adviento. Por eso, voy a dedicar estas columnas semanales a los salmos de los cuatro domingos de Adviento.

Adviento es, en definitiva, tiempo fuerte de oración. Y los salmos son precisamente eso: oración.  “El Salterio – enseña el Catecismo de la Iglesia – es el libro en el que la Palabra de Dios se convierte en la oración del hombre” (nº 2587).

Afrontar la vida “en espera” es ya “ponerse en oración”. El que espera, ora o anhela orar.

Los salmos son la escuela de oración del pueblo de Israel. Como todo hebreo piadoso, Jesús ha aprendido a rezar con ellos. Por eso, los salmos están en el corazón de la oración cotidiana de la comunidad de Jesús, la Iglesia. Rezados en el Espíritu de Jesús adquieren un significado y una profundidad inigualables.

Al salmo que sigue a la primera lectura de la Misa lo llamamos “responsorial” pues nos ayuda a responder a la Palabra escuchada. En este primer domingo de Adviento rezamos con algunas estrofas del Salmo 24, intercalando la antífona: “A ti, Señor, elevo mi alma”. A continuación, las estrofas:

Muéstrame, Señor, tus caminos,
enséñame tus senderos.
Guíame por el camino de tu fidelidad;
enséñame, porque tú eres mi Dios y mi salvador.

El Señor es bondadoso y recto:
por eso muestra el camino a los extraviados;
él guía a los humildes para que obren rectamente
y enseña su camino a los pobres.

Todos los senderos del Señor son amor y fidelidad,
para los que observan los preceptos de su alianza.
El Señor da su amistad a los que lo temen
y les hace conocer su alianza.

El orante es un creyente (¿un anciano tal vez?) que se encuentra solo y un poco abatido. Sabe, sin embargo, que cuenta con la cercanía del Dios misericordioso. Esta es su experiencia religiosa más honda: el Señor le ha dado su amistad.

Por eso, le pide tres gracias: verse libre de todos sus enemigos, alcanzar el perdón de sus pecados y ser instruido en los caminos del Señor. Esta última petición es la que retoma la liturgia de este domingo. La imagen del camino aparece cinco veces en las tres estrofas que rezamos.

El orante suplica conocer el camino, porque sabe que Dios no juega con él: es justo y recto, muestra siempre el camino a quien está extraviado.

El Adviento nos recuerda que ninguno de nosotros está hecho del todo. Pero también nos recuerda que Dios mismo está viniendo a nosotros. Está “en camino”. No es un Dios quieto, insensible o inalcanzable.

El salmo nos invita a caminar, a esperar y, por eso, a orar.

Cristo Rey

Cristo es rey. Claro que sí.

Y lo es de un modo que no tiene comparación con ningún poder mundano. “Mi realeza no es de este mundo”, le dirá a Pilato.

Y añade: “Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”.

Pasan los siglos, se multiplican las voces, nos saturamos de información y de ruidos, pero la voz de Cristo – serena, humilde, certera, genuina – sigue encontrando oídos que la reconocen y que se dejan iluminar por ella.

Ese es el verdadero poder de Cristo.

Hasta el escéptico Pilato parece comprenderlo. Se da cuenta rápidamente de que ese hombre vilipendiado al que finalmente condenará era inocente del todo. Limpio, sin fisuras, tan diáfano como la luz del mediodía.

“Ecce Homo”, exclama, presentándolo a la multitud desfigurado y, sin embargo, con una Hermosura que sigue subyugando a las almas. “¡He aquí el Hombre!”.

No necesita imponerse por la fuerza. No tiene ejércitos que conquisten para él los vastos territorios del mundo. No necesita estrategias ni artimañas oscuras. No sabe de manipulaciones ni maneja con maestría mundana los hilos del poder.

Cristo es rey. Claro que sí.

“Para eso he nacido y venido al mundo…”, añade el Condenado. Y precisa: “…para dar testimonio de la verdad”.

Hoy te sigue diciendo la verdad.

La que viene de Dios y que es Dios mismo. Te dice también la verdad sobre vos mismo, sobre la vida.

Jesús es todo lo que está bien.

II° Jornada de los pobres

Este año, el lema de la IIª Jornada Mundial de los pobres está tomado del Salmo 34: “Este pobre gritó, y el Señor lo escuchó” (Sal 34,7). El pobre grita, Dios lo escucha y lo libera. Estos tres verbos articulan el Mensaje del Papa Francisco. 

El salmo es oración. El salmista es un pobre que cree en Dios y ora. En su angustia, se dirige al Dios amigo de los pobres. Se ha sentido escuchado y, ahora, lo cuenta para que otros que pasan por lo mismo, encuentren una puerta a la esperanza. Ha hecho la experiencia religiosa fundamental: para Dios, él no es un número o un objeto borroso. Él es un sujeto vivo, un “tú” al que Dios se dirige con atención. Con Él puede entablar un diálogo, hablar, escuchar y sentirse acogido.

Esta experiencia fundante ha sido recogida por la reflexión cristiana en uno de sus conceptos más significativos: el hombre es persona. Esa es su dignidad y así ha de ser tratado.

Cualquier mirada a la pobreza debe hacerse cargo de esta paradoja: nunca como en estos últimos cien años, tantos seres humanos han logrado salir de la pobreza. Por otra parte, nuestro tiempo ve crecer no solo la desigualdad sino también formas aberrantes de indiferencia y de “odio al pobre”. Pensemos, por ejemplo, en el crecimiento de la xenofobia o del rechazo del inmigrante. Algunas voces así ya comienzan a hacerse sentir entre nosotros.

En Argentina, además, el drama de una pobreza consolidada y creciente expresa como pocos nuestra propia decadencia espiritual, ética y cultural. Humanidad en crisis.

Los discípulos de Jesús, aún con miradas distintas sobre las causas de la pobreza y los remedios más eficaces para superarlas, tenemos un sólido punto de referencia: Cristo, nuestro Señor, se identifica con los pobres y, desde ellos clama e interpela. La opción por los pobres nace del núcleo de nuestra fe en Jesucristo.

La Jornada anual de los pobres tiene una finalidad precisa: a la vez que provocar nuestra reacción contra la cultura del descarte y la indiferencia, se propone propiciar la que el Papa llama: la cultura del encuentro. Eso significa: descubrirnos hijos y hermanos, sentados a la misma mesa, no por dádiva, sino por dignidad. La dignidad de hijos e hijas de Dios.

Ninguna ideología o programa político, por legítimo que sea, puede dejar de contar con la fuerza verdaderamente revolucionaria de esa experiencia, a la vez, religiosa y humana.

Dos monedas que valen un tesoro

WEB_32e Di TO B_20181111.jpg“La Voz de San Justo”, domingo 11 de noviembre de 2018

“Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir” (Mc 12,43-44).

No hace falta tener fe para descubrir que Jesús es un observador perspicaz. Es capaz de ver lo que otros no ven. Lee con especial finura el corazón humano.

Claro, ese poder de observación nace de su exquisita sensibilidad. Los creyentes diríamos: es la perspicacia divina de sus ojos y de su corazón humanos.

La escena del evangelio de este domingo es buena muestra de ello. En contraposición a las cuantiosas donaciones de muchos, los ojos de Jesús se detienen en las dos moneditas de cobre que una pobre mujer viuda ofrenda al templo.

Esa mujer está dándolo todo… y más. Está dándose a sí misma.

Tal vez – aventuro yo, con un poco de osadía – lo que Jesús entrevé en semejante donación es algo que ya palpita en su corazón: llegado el momento, él mismo hará lo mismo. Ya no serán dos monedas, sino su propia persona, su cuerpo y su vida.

Creo que hay más: en esa pobre viuda y su pobre ofrenda, Jesús reconoce lo más real que ha traído desde al mundo: la gratuidad del amor que es la esencia misma de Dios.

Más que la justicia, el amor gratuito es el corazón de la doctrina social de la Iglesia.

Y nuestro mundo no solo lo necesita. Lo anhela como el sediento quiere agua para vivir.

Simplemente humanos

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“Con todo el corazón, con toda el alma”

“La Voz de San Justo”, domingo 4 de noviembre de 2018

“Estos son los que vienen de la gran tribulación; ellos han lavado sus vestiduras y las han blanqueado en la sangre del Cordero…” (Ap 7,14).

El culto a los santos arrancó temprano. Y lo hizo como veneración por los mártires, es decir, los que derramaron su sangre en testimonio de fidelidad a Cristo. De ahí la imagen del Apocalipsis: blanquearon sus mantos en la sangre del Cordero.

El paso del tiempo irá añadiendo otras formas de testimonio que se harán merecedoras de veneración: los que, sin llegar a la muerte, sufrieron tormentos y son confesores de la fe; los monjes del desierto, los que permanecen vírgenes, los pastores santos, etc. La misma Iglesia irá calibrando mejor los procesos por los cuales reconoce la santidad de sus hijos e hijas.

Así se irá dibujando el rostro católico de la santidad: tan rico y variado como la vida misma; y, sin embargo, con un perfil característico e inconfundible. Cada santo o santa es como una tesela de un mosaico colorido con el Rostro de Cristo.

El evangelio de este domingo (cf. Mc 12,28b-34) nos ayuda a desvelar el misterio de la santidad cristiana: el santo es alguien que ha hecho experiencia del verdadero Dios, el Padre de Jesucristo, el que resucita los muertos. Lo ha escuchado y, así, ha dejado entrar la fuerza de su Espíritu en su vida. Y, dócil a su impulso, lo ha amado “con todo el corazón y con toda el alma, con todo su espíritu y con todas sus fuerzas”.

Y, en esa experiencia, el santo es un hombre o una mujer que ha logrado encontrar la mejor versión de sí mismo. Es un testigo de humanidad lograda. De ahí la permanente fascinación de su persona, incluso sobre quienes son escépticos con la religión o con la Iglesia. Los ídolos nos deforman, el encuentro con el Dios vivo nos humaniza.

Ese encuentro lo ha colmado y lo ha hecho profundamente libre. Por eso, el añadido que hace Jesús al mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas resulta la medida concreta de esa libertad: “y a tu prójimo como a vos mismo”. Es lo que realmente acredita que ha conocido realmente a Dios, no un sucedáneo, un placebo o, peor aún, un ídolo.

El verdadero culto a Dios está en el amor al prójimo. El encuentro con Dios ha liberado el corazón y las manos para buscar, de forma concreta y original, el bien del otro, especialmente del menos favorecido.

El rostro de la santidad cristiana es el del servicio hasta el fin o, como escribe con acierto el Papa Francisco: “Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad «de la puerta de al lado», de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, «la clase media de la santidad»” (GeE 7).

¿Los santos? Simplemente humanos.

35 años de democracia

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Hace 35 años, el 30 de octubre de 1983, después de la noche oscura del terrorismo de estado, los argentinos volvíamos a elegir a nuestras autoridades. A los ponchazos, nuestra democracia republicana ha seguido caminando.

¿Qué piensa la Iglesia católica sobre la democracia?

Transcribo, a continuación, el último gran pronunciamiento del Magisterio al respecto, Es el famoso nº 46 de la gran encíclica de San Juan Pablo II, Centesimus Annus, de 1991.

46. La Iglesia aprecia el sistema de la democracia, en la medida en que asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente de manera pacífica 93. Por esto mismo, no puede favorecer la formación de grupos dirigentes restringidos que, por intereses particulares o por motivos ideológicos, usurpan el poder del Estado.

Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana. Requiere que se den las condiciones necesarias para la promoción de las personas concretas, mediante la educación y la formación en los verdaderos ideales, así como de la «subjetividad» de la sociedad mediante la creación de estructuras de participación y de corresponsabilidad. Hoy se tiende a afirmar que el agnosticismo y el relativismo escéptico son la filosofía y la actitud fundamental correspondientes a las formas políticas democráticas, y que cuantos están convencidos de conocer la verdad y se adhieren a ella con firmeza no son fiables desde el punto de vista democrático, al no aceptar que la verdad sea determinada por la mayoría o que sea variable según los diversos equilibrios políticos. A este propósito, hay que observar que, si no existe una verdad última, la cual guía y orienta la acción política, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia.

La Iglesia tampoco cierra los ojos ante el peligro del fanatismo o fundamentalismo de quienes, en nombre de una ideología con pretensiones de científica o religiosa, creen que pueden imponer a los demás hombres su concepción de la verdad y del bien. No es de esta índole la verdad cristiana. Al no ser ideológica, la fe cristiana no pretende encuadrar en un rígido esquema la cambiante realidad sociopolítica y reconoce que la vida del hombre se desarrolla en la historia en condiciones diversas y no perfectas. La Iglesia, por tanto, al ratificar constantemente la trascendente dignidad de la persona, utiliza como método propio el respeto de la libertad 94.

La libertad, no obstante, es valorizada en pleno solamente por la aceptación de la verdad. En un mundo sin verdad la libertad pierde su consistencia y el hombre queda expuesto a la violencia de las pasiones y a condicionamientos patentes o encubiertos. El cristiano vive la libertad y la sirve (cf. Jn 8, 31-32), proponiendo continuamente, en conformidad con la naturaleza misionera de su vocación, la verdad que ha conocido. En el diálogo con los demás hombres y estando atento a la parte de verdad que encuentra en la experiencia de vida y en la cultura de las personas y de las naciones, el cristiano no renuncia a afirmar todo lo que le han dado a conocer su fe y el correcto ejercicio de su razón 95.

ESI: nadie tiene la vaca atada

121752.jpgEste fin de semana, varias ciudades argentinas han visto a miles de ciudadanos manifestarse bajo el lema: “Con mis hijos no te metas”. De un tiempo a esta parte, se ha convertido en un hashtag de fuerte presencia en las redes.

El disparador ha sido la intención de introducir modificaciones a la legislación vigente en Educación Sexual Integral.

Leyendo los titulares de algunos medios podría quedar la impresión de que se trata de grupos conservadores que le dicen “no” a la educación sexual, sin matices ni distinciones.

Creo sinceramente que hay que ser más cautelosos. Incluso me permito dar un consejo a quienes se sienten escandalizados, se sorprenden de que se esté hablando de “ideología de género” y tienden a descalificar como “retrógradas”, “oscurantistas” e “hipócritas” estas manifestaciones.

El consejo es este: bajar un cambio, detenerse a escuchar, tomar un poco de distancia de los propios puntos de vista y ensayar la posibilidad de comprender a las personas con sus ideas, motivos y perspectivas.

Este es, además, un buen ejercicio democrático: escuchar al ciudadano, abrirse a la realidad en todas sus expresiones.

Es cierto que algunos rechazan incluso la actual ley de ESI. Fruto de importantes consensos, desde la Iglesia católica nos hemos manifestado a favor de ella. Sin embargo, no están tan desacertados quienes consideran que, bajo la vigencia de esta ley, ya han sido introducidos los postulados más extremos del enfoque de género, avanzando en un proceso de reingeniería social.

Este es un punto que merece atención. Desde mediados de los noventa, la palabra “género” ha empezado a sonar en diversas disposiciones oficiales (leyes, normativas, papers, etc.). Se iba enhebrando así un tejido bastante compacto de orientaciones que asumían el “enfoque de género” como pauta educativa.

Tendríamos que añadir que este proceso ha sido constante y, en buena medida, avasallador. Lo que ocurría en las disposiciones educativas de las provincias corría en paralelo con una serie de leyes del Congreso Nacional, por ejemplo: el matrimonio igualitario y la identidad de género.

“Es la ley”… Tema cerrado. La poderosa, pero también boba mano del Estado parecía direccionada por “especialistas” que dejaban, de hecho, poco espacio para la discusión.

Este modelo es el que está ahora entrando en crisis. Y es muy bueno que así ocurra y que se lo ponga en discusión desde las bases, es decir, que sean los padres, preocupados por la educación de sus hijos los que pongan el grito en el cielo. En definitiva, ¿no son los padres los responsables originarios de la educación, especialmente de la orientación moral de los hijos? Los demás que intervenimos en la educación (estado, escuela, iglesias, profesionales de la educación, etc.), ¿no tenemos un rol subsidiario?

Estamos al inicio de un auspicioso camino. Toda vez que la sociedad se moviliza hay que disponerse a caminar. Nos pasó recientemente con el aborto. Está pasando ahora con la cuestión de la educación sexual.

Una cosa es el respeto, el trato digno de las personas, especialmente de las que pertenecen a las minorías sexuales, y la efectiva superación de toda forma de discriminación injusta e incluso de violencia. Otra, muy distinta, es tener que aceptar sin más un enfoque filosófico determinado como una verdad indiscutible. Una cosa no supone la otra.

Por parte de la Iglesia católica, la semana pasada tres comisiones episcopales (Familia y laicos, Catequesis y Pastoral bíblica, y Salud) dieron a conocer un texto con el título: “Distingamos: sexo, género e ideología”.

Es, a mi modo de ver, un aporte muy valioso y que se estaba haciendo esperar. Siguiendo las reflexiones del Papa Francisco, asume cuanto de legítimo tiene la expresión “gender”, y toma distancia de lo que considera su deformación ideológica. Ofrece una indicación muy buena de por dónde tiene que ir el diálogo con otras perspectivas. Un diálogo que, sin claudicar de la propia posición, sepa discernir cuánto de verdadero hay en todo genuino reclamo humano.

De todos modos, seamos realistas. Las antropologías que proponen el enfoque de género, por lo general, tienen un punto de partida que está en las antípodas del humanismo cristiano. No es lo mismo sostener que esta realidad compleja que es la persona humana ha salido de las manos de un Dios sabio, creador y providente, que sostener que el ser humano es fruto del azar.

Una y otra visión tendrán necesariamente una comprensión muy diversa de lo que es la libertad humana y su rol en la construcción de la propia persona. El diálogo es posible, aunque el consenso sea muy difícil.

Sin embargo, y aún dejando de lado estas cuestiones filosófico-teológicas, la reacción de familias y diversos sectores ante la imposición de la ideología de género muestra que el Estado tiene que ser más cuidadoso a la hora de implementar políticas públicas en ámbito educativo. Hay que tomar nota de ello.

Es muy bueno que, en estas materias y en nuestra sociedad, nadie crea que tiene la vaca atada.

El rostro más lindo

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“¡Maestro, que yo pueda ver!” (Mc 10,51)

“La Voz de San Justo”, domingo 28 de octubre de 2018

“La santidad es el rostro más bello de la Iglesia” (GeE 9).

Si el Papa no lo hubiera escrito, los cristianos de a pie lo sabríamos igual. ¿No es esa nuestra experiencia cotidiana?

Porque “santidad” quiere decir, ante todo, experiencia de Dios, de su presencia, de su ser misterioso: libertad que ama, que acaricia, perdona y reconcilia.

El momento central de la Eucaristía se abre, precisamente, cuando la comunidad reunida canta el himno bíblico: “Santo, santo, santo es el Señor, Dios del universo, llenos están el cielo y la tierra de tu gloria. Hosanna en el cielo. Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en el cielo”.

Así se entra en la conmemoración de la entrega de Cristo. Él es el “bendito que viene en nombre del Señor”. Su cuerpo entregado y sangre derramada para el perdón nos hacen comprender cómo Dios es santo y cuál es la gloria divina que colma cielos y tierra.

La mayor tristeza que se puede imaginar es, precisamente, la de quien ya no puede reconocer la gloria de Dios que resplandece en todo lo que existe. Cuando esto ocurre, todo es oscuridad, vacío, amargura.

Algunos lo perciben con extremada sensibilidad: no poder ver a Dios en sus vidas conlleva un gran sufrimiento, una fuerte nostalgia de una belleza y bondad que se anhelan pero que no se logran encontrar.

La experiencia cristiana, más como gracia que como conquista, sencillamente dice: ese anhelo se ha cumplido, la verdadera santidad ha entrado en el mundo, no estamos solos ni abandonados.

El rostro de la santidad de Dios es el rostro de Jesucristo. “Solo Tú eres Santo”, cantamos cada domingo al inicio de la Misa, invocándolo como Señor y Salvador.

Cuando el Papa Francisco escribe la frase que abre esta columna piensa en esa forma de santidad que viven los que, con paciencia, entregan su vida por los demás, cada día, levantándose, una y otra vez, de sus caídas. No es la santidad de los puros y perfectos, sino la de los que se saben siempre en camino y, por eso, se animan a caminar.

Pero también, Francisco piensa más allá. Afirma: “Pero aun fuera de la Iglesia Católica y en ámbitos muy diferentes, el Espíritu suscita «signos de su presencia, que ayudan a los mismos discípulos de Cristo»…” (ídem).

Este domingo, el evangelio nos presenta la figura de un ciego al que Jesús devuelve la vista (cf. Mc 10,46-52). Su súplica insistente conmueve: “¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!… Maestro, que yo pueda ver”.

También nosotros podemos suplicar así: poder ver el Rostro de Cristo en los rostros de tantos hombres y mujeres que viven el amor de Dios. Es una buena súplica al iniciar la semana en la que haremos conmemoración de nuestros difuntos y, al día siguiente, de todos los santos.

Sí, la santidad es el rostro más lindo de la Iglesia… y de toda la humanidad.