Iglesia y política: el desafío de construir cultura democrática

Muchos católicos se encuentran desconcertados, o incluso enojados, por gestos recientes de algunos sectores de la Iglesia.

Interpretan que se viene dando una indebida identificación entre la Iglesia y una determinada expresión de la vida política argentina: el peronismo, hoy en la oposición.

Pienso que es una lectura parcial y, por eso, no muy justa. Ese malestar, si embargo, es comprensible y atendible.

Por eso, a esos católicos desconcertados me gustaría decirles: no se sientan culpables si no están de acuerdo con algunos gestos, palabras o decisiones de sus hermanos en la fe, incluso si son sus pastores, en una materia tan importante, compleja y contingente como lo político-social.

Por supuesto, siempre hay que verificar si y en qué medida las propias percepciones tienen fundamento o no. Y estar más dispuestos a exculpar que a inculpar.

Por otra parte, la unanimidad de la fe católica en otros temas (la objetiva malicia moral del aborto, por ejemplo), aquí no se da.

Eso significa que existe una amplia libertad de acción, especialmente valiosa para la vocación y misión de los laicos.

En este punto, y huyendo de toda forma de clericalismo, los pastores tenemos que ser muy celosos en promover la libertad de acción que es propia de los laicos.

Como enseña el Papa Francisco, estamos “llamados a formar las conciencias, pero no a pretender sustituirlas” (AL 37).

Esto que vale para la moral matrimonial resulta especialmente significativo para la vida social, económica y política: el discernimiento es el camino de los discípulos de Cristo.

Y esto implica también que los católicos podamos expresarnos libremente, especialmente sobre aquellos asuntos que son materia opinable, en los que discrepamos y que pueden ser enriquecidos con diversidad de opiniones.

Semejante diálogo y discernimiento eclesiales nos precaverá del peligro siempre latente – en el que, por desgracia, en ocasiones hemos caído – de pretender ungir con la mística religiosa del Evangelio alguna determinada expresión política.

Hoy, en la Argentina, ninguna expresión política partidaria puede reclamar para sí la franquicia de la doctrina social de la Iglesia. Y, lo más seguro, es que eso no se dé nunca. Lo cual es, por otra parte, muy bueno. Cuando la política y la religión se mezclan indebidamente, todos perdemos. Necesitamos estar atentos.

En su momento lo señaló Benedicto XVI a los católicos alemanes: aunque dramáticos, los procesos de secularización han solido dejar una Iglesia más pobre, con menos poder mundano, pero también más libre y fiel al Evangelio.

No tenemos otro camino que fatigarnos en el discernimiento para iluminar nuestra conciencia y tomar, de vez en vez, las decisiones concretas que hagan posible edificar el orden político más justo posible, aquí y ahora. Y abiertos a las nuevas realidades que nos desafían.

Esto ha sido siempre valioso. Lo es mucho más en una sociedad como la argentina que vive procesos legítimos de secularización y de pluralidad política e ideológica.

En este contexto, la palabra y los gestos de la Iglesia, especialmente de sus pastores, deben ser cuidados al extremo.

Seguimos siendo un formidable actor de la vida política argentina.

Esto conlleva riesgos y una grave responsabilidad, entre otras, cuidar la cultura democrática que nuestro pueblo ha elegido y, aún a los ponchazos, viene sosteniendo desde hace más de treinta años. Pensemos en lo que hoy está significando caer en la cuenta de la hondura de la corrupción y la incertidumbre de si estamos o no dispuestos a decir un “nunca más” a este flagelo.

Asimilar dicha cultura, sus reglas de juego, sus tiempos y, sobre todo, el gris aburrido de sus procesos irremediablemente imperfectos reclama una infinita paciencia ciudadana.

Es también un formidable desafío para los católicos argentinos, nuestras comunidades eclesiales y para quienes somos sus pastores.

Vidas que inspiran

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“La Voz de San Justo”, domingo 21 de octubre de 2018

“Ustedes saben que aquéllos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud” (Mc 10,42-45).

Son palabras de Jesús. Las volvemos a oír este domingo. ¡Ojalá las escuchemos realmente!

Son palabras que inspiran y motivan, pero también juzgan: sacan a la luz la miseria e insustancialidad de tantas caretas. Mucho más cuando se comprueba que no son mera declaración. El que las pronuncia ha vivido así.

Uno de los riesgos más fuertes que corremos los que desempeñamos algún rol de dirigentes es el desconectarnos de la vida real de las personas. Para un cura, por ejemplo, eso es fatal, pues nuestra misión es sembrar de Evangelio la vida concreta de las personas reales. Ni más ni menos.

Creo además que muchos nos llevan la delantera. Hombres y mujeres sencillos, silenciosos y hasta ninguneados, pero que, en el día a día de la vida, cargan sobre sí la vida de otros, especialmente de los más vulnerables.

Sean o no creyentes, han dejado entrar en sus vidas la fuerza de estas palabras de Jesús: “el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos” (Mc 10,43-44).

Este domingo te invito a escuchar estas palabras de Jesús. Te invito también a abrir tus ojos.

Es posible que, a la vuelta de la esquina o en quien menos pensabas, estas palabras sean también algo más que palabras.

Es posible que sean vida real, compromiso cotidiano y esperanza compartida.

Hay vidas que inspiran, tanto o más que las palabras.

Y, verlo con los propios ojos, en los tiempos que corren, hace mucho bien.

A propósito: ¿no viven así las madres? Feliz día a todas las mamás.

La Iglesia, los jóvenes y Jesús

“Jesus lo miró con amor…se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes” (Mc 10,21.22)

Desde Roma nos llegan noticias esperanzadoras. El Sínodo de obispos, convocado por el Papa Francisco, parece ir por buen camino. Más de doscientos participantes de todo el mundo están reflexionando sobre “los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”.

El Papa ha pedido para los plenario que, después de cinco intervenciones (que no deben superar los cuatro minutos), se hagan tres minutos de silencio.

La idea es realmente escuchar. Y a fondo. Se trata de comprender las inquietudes que los jóvenes tienen dentro. Pero también los interrogantes que tenemos los adultos que intentamos acompañarlos en el camino de la vida. Más aún: se busca reconocer, en ello, la voz de Dios y los movimientos de su Espíritu.

Los informes que cada día se van haciendo públicos dan cuenta de una franqueza muy grande a la hora de hablar, escuchar y tratar de entender qué pasa.

El evangelio de este domingo (Mc 10,17-30) nos ofrece algunas pistas interesantes para poder apreciar esta dinámica del Sínodo.

Después de exponerle a Jesús la inquietud que lo carcome por dentro (“Maestro bueno, ¿qué debo hacer para alcanzar la Vida eterna?”) y su fidelidad a la ley de Dios, un hombre es sorprendido por Jesús: “Solo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme” (Mt 10,21).

Es verdad que el texto añade que aquel hombre se fue triste “porque poseía muchos bienes” (Mc 10,22). Pero hay un detalle que merece atención. Antes de formularle su inquietante propuesta, nos dice el evangelio, que Jesús “lo miró con amor”. En realidad, la expresión es mucho más fuerte e incisiva. Da a entender esa notable capacidad de mirar dentro del corazón del hombre que es tan propia de Jesús.

Supo así comprender lo que inquietaba a aquel hombre, y adivinó que, no obstante su vida recta, había una carencia de fondo que tenía que salir a la luz. De ahí, la invitación que, aún hoy y a nosotros, nos desconcierta.

Jesús no deja indiferente a nadie. Quien comienza a advertir su misterio se ve llevado inexorablemente a revisar su vida y lo que está haciendo con ella. Quedan puestas en tela de juicio las prioridades y opciones. Emerge así la pretensión más intimidante de Jesús: ser el único que puede darle sentido a la vida. Él posee el secreto de una vida que sea realmente perdurable.

El siempre fascinante diálogo entre la Iglesia y las nuevas generaciones tiene un momento de verdad, más allá del cual no hay nada: todos delante de Jesús y su Evangelio, desnudos de pretensiones, abiertos al soplo de su Espíritu y desafiados a poner en crisis nuestras búsquedas y proyectos.

No se trata de que la Iglesia se convierta a los jóvenes, ni los jóvenes a la Iglesia. La única conversión que vale es a Jesús y al Reino que Él anuncia y realiza.

Todos bajo la mirada de Jesús.

Jesús y lo imposible

El evangelio de este domingo (Mc 10,2-16) me ha hecho recordar la película de J. A. Bayona: “Lo imposible”. Basada en un hecho real, relata la suerte de una familia golpeada por el tsunami del 26 de diciembre de 2004 en el sudeste asiático, con más de cien mil víctimas.

En medio de esa devastación, lo imposible: los cinco miembros de una familia separada por la vorágine de las aguas se reencuentran. La escena que lo secuencia es intensa y conmueve profundamente.

77584Sin embargo, la memoria me evocó otra escena: Lucas, el hijo mayor, ha logrado hacer que su mamá herida llegue al hospital. Pero, en medio de esa situación extrema, el chico parece sobreponerse, al menos por un momento, a su propio dolor. Empieza a recorrer el lugar para que otros, igualmente perdidos y desesperados, puedan reencontrarse.

¿Por qué la memoria me ha hecho esta jugada? No lo sé bien. Creo que, al escuchar a Jesús hablar con tanta frescura del proyecto original del Creador sobre el amor humano, las escenas de “Lo imposible” le han dado plasticidad y forma al mensaje evangélico.

Esa es la potencia del amor. Ese es el sentido profundo de la atracción del hombre y la mujer. Esa es la vocación del cuerpo, la sexualidad y la libertad. Esa es, simplemente, la verdad de la humanidad, más allá de todas nuestras diferencias y fragilidades.

El relato evangélico es una perla preciosa. De las pocas veces que Jesús aborda el tema de la sexualidad. Frente a la mirada de corto alcance de sus contrincantes, Jesús no necesita decir mucho para restablecer el sentido originario del proyecto del Creador: “Pero desde el principio de la creación, «Dios los hizo varón y mujer». «Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre, y los dos no serán sino una sola carne». De manera que ya no son dos, «sino una sola carne». Que el hombre no separe lo que Dios ha unido.” (Mc 10,6-8 citando Gn 2,24-25).

Parece imposible que la fragilidad del ser humano pueda hacerse cargo del proyecto de Dios sobre el amor. No es una dificultad solo de hoy. En el amor y la sexualidad se juegan cosas fundamentales. Son tan esenciales como frágiles. Siempre estarán amenazadas por diversas formas de deshumanización.

La clave está en la explicación que Jesús les da a sus discípulos, tan desorientados como los fariseos: “Les aseguro que el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él” (Mc 10,15).

lo-imposible--644x362La figura del niño, en labios de Jesús, evoca la experiencia religiosa original: la vida se debe recibir y vivir como don gratuito, libre y gozoso de Dios. Es Él quien restaña nuestras heridas y hace posible lo imposible: el amor como don de nosotros mismos.

Francisco, hermano: Paz y Bien

243192258be91aa6c47201c7d54510d4“La Voz de San Justo”, domingo 30 de septiembre de 2018

“Y los hermanos que van, pueden conducirse espiritualmente entre ellos de dos modos. Un modo consiste en que no entablen litigios ni contiendas, sino que estén sometidos a toda humana criatura por Dios (1 Pe 2,13) y confiesen que son cristianos. El otro modo consiste en que, cuando vean que agrada al Señor, anuncien la palabra de Dios, para que crean en Dios omnipotente, Padre e Hijo y Espíritu Santo, creador de todas las cosas, y en el Hijo, redentor y salvador, y para que se bauticen y hagan cristianos, porque el que no vuelva a nacer del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios (cf. Jn 3,5)” (Regla no bulada, XVI).

Estas eran las consignas de Francisco de Asís a sus hermanos que se aprestaban a viajar a tierra de musulmanes. Todavía hoy, los hermanos franciscanos, custodian los lugares santos. Y continúan obedeciendo los consejos del Hermano Francisco: no ser fuente de conflictos y predicar “cuando vean que agrada al Señor”.

Comprendámoslo bien: no se trata de estrategias políticas, ni argucias para conseguir, a la larga, inconfesados objetivos de poder. Tampoco se trata de pusilanimidad, como suelen acusar los talibanes de todos los tiempos a los que optan por la no violencia. Todo lo contrario. Es el evangelio que nace del corazón manso y paciente de Jesús. Es la mansedumbre del Dios humilde de Belén y de la Cruz.

A Dios le agrada que su Nombre sea conocido por todos. ¡Cómo no! Si es la primera petición del Padre nuestro: que su Nombre de Padre misericordioso sea conocido y alabado, especialmente por los pobres. Le agrada, por encima de todo, que su Espíritu renueve la creación y dé vida a nueva humanidad, en la que los enemigos se den la mano en señal de reconciliación. Es el Dios de la amistad, del perdón y del encuentro. Hace fiesta cuando recupera al hijo perdido y pacifica el corazón agrio del hermano resentido.

Jesús salió al encuentro de Francisco. Conquistó su corazón noble, sensible y apasionado. Y así, toda vez que se multiplicaron palabras de odio, Francisco supo decir palabras buenas, portadoras de paz para una sociedad violenta, injusta y herida. Por eso, sigue siendo tremendamente actual. Necesitamos su paciente mansedumbre y su alegre confianza en la bondad de Dios y de todas las creaturas.

Francisco, hermano, este cuatro de octubre, al celebrar tu memoria, queremos contagiarnos de tu alegre mansedumbre. Y cantar con vos: “Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sostiene y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas. Alabado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor, y sufren enfermedad y tribulación; bienaventurados los que las sufran en paz, porque de ti, Altísimo, coronados serán”.

Paz y Bien para todos.

 

Cosas que nos hacen bien

“La Voz de San Justo”, domingo 23 de septiembre de 2018

“Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: «El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado»” (Mc 9,36-37).

Con estas palabras y ese gesto, cierra Jesús una disputa entre sus discípulos: habían estado discutiendo quien de ellos era el más importante. Una disputa de poder. Obviamente, no estaban entendiendo nada de la propuesta de Jesús.

Aclaremos: Jesús no tiene una idea romántica de la niñez. Si se identifica con los niños es por otra razón: Dios está siempre del lado de los más vulnerables. Esta es la perspectiva desde la que Dios, su Padre, mira el mundo: desde el lugar de los últimos, con los ojos de los más pequeños, débiles e indefensos. Y, desde aquí, enseña a sus discípulos a posicionarse en la vida: “El que quiera ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9,35).

Escribo estas líneas mientras acompaño a las monjas del Monasterio “Abba-Padre” en sus ejercicios espirituales. Se trata de una de las nuevas formas de vida contemplativa que vienen surgiendo en la Iglesia en estas últimas décadas. El Espíritu nunca descansa. El Evangelio siempre suscita novedad. En este caso, una comunidad de mujeres orantes que busca hacer espacio, en medio de nuestro mundo y sus disputas de poder, a los sentimientos de Jesús.

La oración personal y la liturgia celebrada con sencillez y belleza, acompañada de vida fraterna, trabajo manual, estudio y hospitalidad generosa. Todo esto se resume en la palabra sagrada que da identidad a esta Fraternidad monástica: “Abba-Padre” (en realidad, es la forma coloquial como un niño hebreo llama a su padre: ¡Papá!). El Nuevo Testamento la toma de los labios de Jesús para que se transforme en plegaria y, por eso, en forma de vida. Se vive como se ora, y se ora como se vive: Delante de Dios, como hijos amados y libres. Delante de los demás, como hermanos. La vida, como un don que se recibe y se entrega en el servicio desinteresado.

Nos hace bien saber que, en medio de nuestras sierras cordobesas, una comunidad de mujeres busque vivir estos valores del Evangelio. Esa es su vocación. Esa es también su misión: ser evocación visible de lo esencial de la vida.

Nos hace bien, de tanto en tanto, darnos por allí una vuelta… o por los otros monasterios (femeninos o masculinos) que dibujan la geografía del Espíritu en nuestra tierra. Es mi experiencia, que no puedo dejar de compartir.

Al menos a mí, el estar aquí me ha permitido apreciar con ojos nuevos las palabras y el gesto de Jesús: «El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado» (Mc 9,37).

Por Jesús y el Evangelio

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“El que quiera seguirme…”

Viajemos en el tiempo. Lo podemos hacer con nuestra imaginación. Como cuando éramos chicos.

Vayamos a Roma. Más o menos, en los años 64 a 65. La ciudad acaba de sufrir uno de sus tantos incendios. Aún con varios de sus barrios afectados, sigue siendo “caput mundi”, la cabeza del mundo entonces conocido. Cosmopolita, orgullosa y deslumbrante, alberga más de un millón de habitantes.

En algún rincón de esa inmensa ciudad, imaginemos ahora un pequeño grupo de personas, reunidos en una casa de familia. Se entremezclan esclavos, pobres viudas, niños entredormidos, simples trabajadores con algunos miembros de familias patricias. El clima es extraño: una mezcla de miedo, unción y expectativa.

Esos hombres y mujeres han visto, por esos días, un espectáculo terrible: algunos de los suyos han sido ajusticiados públicamente. Lo cuenta el historiador Tácito: “Todo tipo de mofas se unieron a sus ejecuciones. Cubiertos con pellejos de bestias, fueron despedazados por perros y perecieron, o fueron crucificados, o condenados a la hoguera y quemados para servir de iluminación nocturna, cuando el día hubiera acabado”.

Imaginamos lo que sacude los corazones: ¿De dónde ese odio hacia nosotros? No tardan en abrirse paso las preguntas más incisivas: ¿No nos habremos equivocado? Somos discípulos de Jesús: ¿No es todo esto un engaño? ¿A qué o a quién le hemos entregado la vida? ¿Vale la pena correr estos riesgos?

A las manos de esta pequeña y asustada comunidad, sin embargo, ha llegado un breve escrito. Se rumorea que es de un tal Marcos, discípulo de Pedro. Este último, ha sido uno de los ajusticiados. Días después le ha tocado el turno a otro notable: Pablo de Tarso.

Da inicio la lectura: “Comienzo del Evangelio de Jesús, Mesías, Hijo de Dios” (Mc 1,1). Es difícil asimilar que se trata de una noticia buena de salvación (eso significa la palabra “evangelio”). Pero tampoco se puede negar que, a medida que avanza la lectura, hechos y palabras escritos despiertan esperanza.

Promediando la narración, una escena que sacude, se cruzan las miradas y da lugar a un silencio que no deja ya lugar a dudas. Comienza a hacerse luz en los corazones. Dos preguntas marcan el ritmo: “¿Quién dice la gente que soy yo?… Y ustedes, ¿quién dicen que soy Yo?” (Mc 8,27.29). El texto contiene la respuesta de Pedro: “Tú eres el Mesías” (Mc 8,29).

Aquí, la lectura tiene que interrumpirse. El lector comprende que sus oyentes están haciendo suya la confesión de fe de Pedro. Se está volviendo la confesión de fe de todos los que han oído, de todos los que creen y esperan en Jesús, el Cristo. Ha tocado la vida. Se ha convertido en “evangelio”.

Lo que sigue, es más luz todavía: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?” (Mc 8,34-37).

De eso se trata. Ahí está la respuesta: por Jesús y su Evangelio.

Efatá – Ábrete

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“La Voz de San Justo”, domingo 9 de septiembre de 2018

“Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y dijo: «Efatá», que significa: «Ábrete»” (Mc 7,34).

El hombre vivía en el silencio. No podía ni oír ni hablar. Ha encontrado una mano amiga que lo lleva junto a Jesús. Y Jesús cumple con él, uno de sus gestos sanadores más humanos: lo lleva aparte y toca con sus manos los oídos y la lengua. Solo pronuncia una palabra: “Efatá-Ábrete”, mientras suspira al cielo.

La sencillez destaca la alta calidad humana del encuentro: frente a frente, Jesús y este hombre silencioso cuyo nombre no conocemos, porque tal vez somos cada uno de nosotros.

La liturgia de la Iglesia ha incorporado este gesto al rito del bautismo, por el que nos hacemos parte de la familia de Jesús. Con él concluye la liturgia bautismal. También el sacerdote tiene que tocar los oídos y la boca del recién bautizado, mientras dice: “El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos te permita, muy pronto, escuchar su palabra y profesar la fe para la gloria y alabanza de Dios Padre”.

Es una hermosa imagen de lo que significa ser discípulo de Cristo: alguien que está siempre a la escucha, porque siempre le está llegando la Palabra. Pero también, alguien que no debe apropiarse de esa palabra, sino que debe entregarla con generosidad a otros. Es evangelio: buena y gozosa noticia para compartir.

Es también una indicación de por dónde debe pasar el desvelo fundamental de la Iglesia que guarda la memoria de Jesús: acercar a los hombres al único que, con la potencia de su Espíritu, puede abrir los oídos y desatar la lengua.

Es más: la misma Iglesia tiene que reconocerse en ese hombre impedido de escuchar y de hablar. Y debe unirse al suspiro de Jesús que invoca del cielo el don de la libertad. Porque también la comunidad eclesial – y no en último lugar sus pastores – está amenazada de sordera.

De tanto en tanto, la misma Iglesia necesita ser llevada a parte por Jesús para ser curada de tantas formas de sordera o mudez. ¿No nos pasa, por ejemplo, que de tanto oírnos a nosotros mismos, terminamos confundiendo nuestros proyectos con los de Dios?

El gran aprendizaje del discípulo – y de la misma Iglesia – es siempre el mismo: aprender a escuchar la Voz de su Señor.

Creo que así hay que vivir los tiempos difíciles que nos toca atravesar.

Hablemos de Educación Pública

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Acabo de tuitear sobre Educación. Aquí los Tuits.

  1. ¿Y si hablamos un poco #EducacionPublica? Los centros educativos de gestión privada son parte de ella. Repasemos algunas cosas que dice la Iglesia al respecto. Me baso en el Compendio de la Doctrina Social 238-243. Aquí el link: http://www.vatican.va/roman_curia/pontifical_councils/justpeace/documents/rc_pc_justpeace_doc_20060526_compendio-dott-soc_sp.html#La%20tarea%20educativa …

  2. Todo ser humano tiene el derecho fundamental a una educación integral como desarrollo de la propia persona, según un proyecto de vida.

  3. El hogar es la primera escuela. Los padres, los primeros educadores: dar la vida y educar son dos caras de la misma moneda.

  4. El derecho-deber de los padres a la educación de sus hijos es esencial, originario y primario, insustituible e inalienable.

  5. El rol del estado es clave y fundamental, pero siempre subsidiario: no puede sustituir, ni reemplazar, ni usurpar la misión educativa de los padres. Está a su servicio con decididas políticas públicas. También con presupuesto suficiente.

  6. Este rol insustituible de la familia y de los padres vale, de manera especial, para la educación espiritual y moral de los hijos, es decir: los valores que dan sentido a la propia vida.

  7. Los padres son los primeros educadores de sus hijos. Pero no los únicos: la sociedad civil, el estado y también la Iglesia los ayudan, pero siempre bajo su supervisión atenta.

  8. De ahí que los vínculos entre la casa y la escuela, las familias y los educadores sean fundamentales. De ahí también que cualquier ruptura entre ellos sea funesta para todos.

  9. Este derecho-deber de los padres de educar a sus hijos y de darles orientación espiritual según sus valores es el fundamento sólido de haya centros educativos públicos de gestión privada.

  10. Los padres tienen, por tanto, el derecho de fundar y sostener instituciones educativas. El estado tiene el deber de cuidar y hacer efectiva esa libertad. También con aportes económicos adecuados y suficientes.

  11. Todo esto es particularmente importante para la educación sexual integral. El estado debe ser escrupulosamente respetuoso de los valores humanos, espirituales y éticos de los padres en este campo.

  12. En esta materia (educación y educación sexual), el respeto por el Ideario de las instituciones educativas públicas de gestión privada es un valor no negociable. En ese Ideario se expresan los valores que eligen las familias para sus hijos.

  13. En este sentido, el avance de las diversas teorías de género, sobre todo sus versiones más rígidas e ideologizadas, merece un debate ciudadano que no se está dando. Mucho por discutir, especialmente en una materia tan delicada y central para el desarrollo de las personas.

  14. Uno de los mejores frutos de la reciente discusión sobre el aborto ha sido la activa movilización de la sociedad, en todos sus niveles. Le ha marcado la agenda a la política. Como debe ser en materias tan centrales y delicadas. La educación es también una de ellas.

Sí a la Educación Sexual Integral

images (6)¿Sabés lo que ha dicho el Papa Francisco (y con él, toda la Iglesia) sobre la Educación Sexual?

NOSOTROS SÍ HABLAMOS DE LA EDUCACIÓN SEXUAL INTEGRAL… y desde hace mucho.

Aquí te transcribo los hermosos números que le dedica en la Exhortación “Amoris laetitia”:

Sí a la educación sexual

280. El Concilio Vaticano II planteaba la necesidad de «una positiva y prudente educación sexual» que llegue a los niños y adolescentes «conforme avanza su edad» y «teniendo en cuenta el progreso de la psicología, la pedagogía y la didáctica»[301]. Deberíamos preguntarnos si nuestras instituciones educativas han asumido este desafío. Es difícil pensar la educación sexual en una época en que la sexualidad tiende a banalizarse y a empobrecerse. Sólo podría entenderse en el marco de una educación para el amor, para la donación mutua. De esa manera, el lenguaje de la sexualidad no se ve tristemente empobrecido, sino iluminado. El impulso sexual puede ser cultivado en un camino de autoconocimiento y en el desarrollo de una capacidad de autodominio, que pueden ayudar a sacar a la luz capacidades preciosas de gozo y de encuentro amoroso.

281. La educación sexual brinda información, pero sin olvidar que los niños y los jóvenes no han alcanzado una madurez plena. La información debe llegar en el momento apropiado y de una manera adecuada a la etapa que viven. No sirve saturarlos de datos sin el desarrollo de un sentido crítico ante una invasión de propuestas, ante la pornografía descontrolada y la sobrecarga de estímulos que pueden mutilar la sexualidad. Los jóvenes deben poder advertir que están bombardeados por mensajes que no buscan su bien y su maduración. Hace falta ayudarles a reconocer y a buscar las influencias positivas, al mismo tiempo que toman distancia de todo lo que desfigura su capacidad de amar. Igualmente, debemos aceptar que «la necesidad de un lenguaje nuevo y más adecuado se presenta especialmente en el tiempo de presentar a los niños y adolescentes el tema de la sexualidad»[302].

282. Una educación sexual que cuide un sano pudor tiene un valor inmenso, aunque hoy algunos consideren que es una cuestión de otras épocas. Es una defensa natural de la persona que resguarda su interioridad y evita ser convertida en un puro objeto. Sin el pudor, podemos reducir el afecto y la sexualidad a obsesiones que nos concentran sólo en la genitalidad, en morbosidades que desfiguran nuestra capacidad de amar y en diversas formas de violencia sexual que nos llevan a ser tratados de modo inhumano o a dañar a otros.

283. Con frecuencia la educación sexual se concentra en la invitación a «cuidarse», procurando un «sexo seguro». Esta expresión transmite una actitud negativa hacia la finalidad procreativa natural de la sexualidad, como si un posible hijo fuera un enemigo del cual hay que protegerse. Así se promueve la agresividad narcisista en lugar de la acogida. Es irresponsable toda invitación a los adolescentes a que jueguen con sus cuerpos y deseos, como si tuvieran la madurez, los valores, el compromiso mutuo y los objetivos propios del matrimonio. De ese modo se los alienta alegremente a utilizar a otra persona como objeto de búsquedas compensatorias de carencias o de grandes límites. Es importante más bien enseñarles un camino en torno a las diversas expresiones del amor, al cuidado mutuo, a la ternura respetuosa, a la comunicación rica de sentido. Porque todo eso prepara para un don de sí íntegro y generoso que se expresará, luego de un compromiso público, en la entrega de los cuerpos. La unión sexual en el matrimonio aparecerá así como signo de un compromiso totalizante, enriquecido por todo el camino previo.

284. No hay que engañar a los jóvenes llevándoles a confundir los planos: la atracción «crea, por un momento, la ilusión de la “unión”, pero, sin amor, tal unión deja a los desconocidos tan separados como antes»[303]. El lenguaje del cuerpo requiere el paciente aprendizaje que permite interpretar y educar los propios deseos para entregarse de verdad. Cuando se pretende entregar todo de golpe es posible que no se entregue nada. Una cosa es comprender las fragilidades de la edad o sus confusiones, y otra es alentar a los adolescentes a prolongar la inmadurez de su forma de amar. Pero ¿quién habla hoy de estas cosas? ¿Quién es capaz de tomarse en serio a los jóvenes? ¿Quién les ayuda a prepararse en serio para un amor grande y generoso? Se toma demasiado a la ligera la educación sexual.

285. La educación sexual debería incluir también el respeto y la valoración de la diferencia, que muestra a cada uno la posibilidad de superar el encierro en los propios límites para abrirse a la aceptación del otro. Más allá de las comprensibles dificultades que cada uno pueda vivir, hay que ayudar a aceptar el propio cuerpo tal como ha sido creado, porque «una lógica de dominio sobre el propio cuerpo se transforma en una lógica a veces sutil de dominio sobre la creación […] También la valoración del propio cuerpo en su femineidad o masculinidad es necesaria para reconocerse a sí mismo en el encuentro con el diferente. De este modo es posible aceptar gozosamente el don específico del otro o de la otra, obra del Dios creador, y enriquecerse recíprocamente»[304]. Sólo perdiéndole el miedo a la diferencia, uno puede terminar de liberarse de la inmanencia del propio ser y del embeleso por sí mismo. La educación sexual debe ayudar a aceptar el propio cuerpo, de manera que la persona no pretenda «cancelar la diferencia sexual porque ya no sabe confrontarse con la misma»[305].

286. Tampoco se puede ignorar que en la configuración del propio modo de ser, femenino o masculino, no confluyen sólo factores biológicos o genéticos, sino múltiples elementos que tienen que ver con el temperamento, la historia familiar, la cultura, las experiencias vividas, la formación recibida, las influencias de amigos, familiares y personas admiradas, y otras circunstancias concretas que exigen un esfuerzo de adaptación. Es verdad que no podemos separar lo que es masculino y femenino de la obra creada por Dios, que es anterior a todas nuestras decisiones y experiencias, donde hay elementos biológicos que es imposible ignorar. Pero también es verdad que lo masculino y lo femenino no son algo rígido. Por eso es posible, por ejemplo, que el modo de ser masculino del esposo pueda adaptarse de manera flexible a la situación laboral de la esposa. Asumir tareas domésticas o algunos aspectos de la crianza de los hijos no lo vuelven menos masculino ni significan un fracaso, una claudicación o una vergüenza. Hay que ayudar a los niños a aceptar con normalidad estos sanos «intercambios», que no quitan dignidad alguna a la figura paterna. La rigidez se convierte en una sobreactuación de lo masculino o femenino, y no educa a los niños y jóvenes para la reciprocidad encarnada en las condiciones reales del matrimonio. Esa rigidez, a su vez, puede impedir el desarrollo de las capacidades de cada uno, hasta el punto de llevar a considerar como poco masculino dedicarse al arte o a la danza y poco femenino desarrollar alguna tarea de conducción. Esto gracias a Dios ha cambiado, pero en algunos lugares ciertas concepciones inadecuadas siguen condicionando la legítima libertad y mutilando el auténtico desarrollo de la identidad concreta de los hijos o de sus potencialidades.