Adviento

“La Voz de San Justo”, domingo 29 de noviembre de 2020

Nosotros celebramos el Adviento, pero, en realidad, el que está siempre “en Adviento” sos Vos, Señor de la historia.

Siempre viniendo. Siempre en camino. Siempre, sin detenerte; intentando, una y otra vez, alcanzarnos en el punto preciso de la vida en el que nos encontramos.

Por eso, en cada Eucaristía que nos mandaste celebrar, te aclamamos, diciendo: “Bendito el que viene… ¡Ven, Señor Jesús!”.

Es cierto, como canta el cantor popular: “Los caminos de la vida no son como yo pensaba, como los imaginaba. No son como yo creía […]”.

Son los múltiples senderos por los que nos aventuramos tus hermanos y hermanas.

Caminos que, en demasiadas ocasiones, llevan a ninguna parte, o que desembocan en medio de la nada.

Y eso, a nosotros, caminantes de la vida, nos desconcierta, nos descoloca y nos vuelve indefensos y, en ocasiones, infantiles y caprichosos.

Pero esos caminos nuestros, son los que Vos no te cansás de recorrer, para buscarnos, como aquel pastor inconsciente de tu parábola; aquel que deja las noventa y nueve ovejas, y va tras la que se extravió por esos caminos.

Este domingo, tu palabra nos llega, sugestiva, imperiosa, provocadora. Como siempre.

“Estén prevenidos, entonces, porque no saben cuándo llegará el dueño de casa, si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana. No sea que llegue de improviso y los encuentre dormidos. Y esto que les digo a ustedes, lo digo a todos: «¡Estén prevenidos!»” (Mc 13, 35-57).

Siempre viniendo. Y, como siempre, eligiendo nuestras noches para hacerte presente. Por eso, Señor que estás viniendo, no dejamos de suplicarte: en medio de esta noche en la que estamos, no dejés de sorprendernos con esa mansa Luz que sos Vos mismo.

¡No tardés en venir! ¡Te necesitamos! ¡Vení, Señor Jesús! Amén.

“El más pequeño de mis hermanos”

“La Voz de San Justo”, domingo 22 de noviembre de 2020 – Solemnidad de Cristo rey

“Así habla el Señor: ¡Aquí estoy Yo! Yo mismo voy a buscar mi rebaño y me ocuparé de él.” (Ez 34, 11).

Este domingo, con la solemnidad de Cristo rey, concluye el año litúrgico de la Iglesia católica.  Su centro es la celebración anual de la Pascua, una fiesta con fecha móvil (a diferencia de la Navidad, por ejemplo). Es más: cada domingo, al reunirse para la Eucaristía, la comunidad cristiana se reencuentra a sí misma, sumergiéndose en ese centro vital. Así, el misterio de Cristo va envolviendo y configurando el camino por la historia de la Iglesia, y en ella, el de cada discípulo.

La fiesta de Cristo rey es también un eco de la Pascua: un rey coronado de espinas. Un rey pastor que busca, cuida y se hace cargo del rebaño de su propiedad. Un rey pastor que hay que buscar entre sus ovejas más heridas. No solo se entremezcla con ellas, sino que termina haciéndose una sola cosa con ellas.

“[…] porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver […] Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt 25, 35-36. 40).

Un rey pastor que es además juez, porque, al final de nuestros días nos confrontará con la ley suprema que rige en su reino: por encima de todo, la compasión, la misericordia, la prontitud para hacernos cargo de la vida más vulnerable. Y así se decidirá nuestra suerte definitiva.

Cristo es ese rey pastor y juez que toma en serio nuestra vida, nuestras decisiones y nuestras acciones. Él ya ha ejercido su derecho a decidir: se ha identificado con sus hermanos más pequeños, con la vida más vulnerada.

En esta Argentina diezmada por diversas pandemias, ese hermano más pequeño de Cristo tiene hoy el rostro de niño por nacer, amenazado, una vez más, desde el poder.

Vencer el miedo. Multiplicar los talentos.

“La Voz de San Justo”, domingo 15 de noviembre de 2020

“Llegó luego el que había recibido un solo talento. «Señor, le dijo, sé que eres un hombre exigente: cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has esparcido. Por eso tuve miedo y fui a enterrar tu talento: ¡aquí tienes lo tuyo!»”. (Mt 25, 24-25).

Un hombre con miedo. En definitiva, no es algo tan extraño o incomprensible. El miedo es un habitual compañero de camino de cada ser humano. Y suele ser además un eficaz consejero: nos advierte que tenemos que estar atentos, no atolondrarnos y ver bien qué paso damos en la vida. 

El problema está en dejarse ganar y dominar por el miedo. Podríamos decir que todo el mensaje de la Biblia se resume en esta frase que atraviesa cada una de sus páginas: “No tengas miedo. Yo estoy con vos”. Quien así habla es el mismo Dios. 

Así también podríamos resumir el mensaje de Jesús. Su buena noticia, el Evangelio: Dios es Padre, está con nosotros. Es más: así podemos llamar al mismo Jesús: Dios con nosotros, el Emanuel. Caer en la cuenta de esa presencia buena hace que el miedo se pueda transformar en confianza para la vida. 

La parábola de este domingo es como un eco de la primera de todas las parábolas de Jesús: la del sembrador que esparce la semilla (cf. Mt 13, 1-23). Esa acción de sembrar y esparcir con generosidad muestra su verdadera naturaleza: don inagotable, siempre en crecimiento y buscando multiplicarse sin medida. 

La invitación perentoria de Jesús es a dejarse ganar por esa conciencia viva y actuar en consecuencia. No hay, por tanto, que dejarse ganar por el miedo. Por el contrario, es urgente aplicarse por entero a replicar la misma actitud divina: multiplicar los talentos recibidos. 

Es una propuesta de vida: no guardarse nada, estar siempre dispuesto a entregarlo todo, a jugarse por entero, a arriesgar para ganar.

El primero que vive así es Jesús, el Hijo. Nosotros vamos detrás, pisando sus huellas.  Su presencia disipa el miedo. 

Con la lámpara encendida

“La Voz de San Justo”, domingo 8 de noviembre de 2020

“Por eso, el Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes.” (Mt 25, 1-2). 

Seamos apocalípticos: ¡el que no ha leído el Cantar de los Cantares no entiende nada! Sin esa referencia, la Biblia será solo una colección de historias, sagas y narraciones inconexas, a lo sumo, llena de curiosidades, exageraciones y sentencias de otro tiempo. Prescindiendo de esos cantos de amor humano, Jesús y su Evangelio quedan reducidos a fría moralina, tan ilustre como prescindible. Sin el runrún del Cantar, la parábola que escuchamos este domingo (cf. Mt 25, 1-13) corre el riesgo de pasar por una historia fantástica pero intrascendente. 

Maticemos, para ser más certeros: en realidad, el que sabe de amor, de amores entiende. Eso canta el Cantar. Ese es el hilo rojo de la Biblia. Y eso es el Evangelio: la buena noticia de que estamos a la espera de un encuentro, en medio de la noche, para entrar a unas bodas que celebran (hoy, contraculturalmente) la alegría del amor. 

Somos, a la vez, invitados y comensales, pero también somos los protagonistas. En la parábola de este domingo, Jesús habla de un esposo que se hace esperar. No hay novia, sino diez muchachas con sus lámparas encendidas. Ese personaje faltante somos cada uno de nosotros. 

Y el aceite que alimenta la lámpara. Es el amor que se hace espera, escucha y decisión de vivir según esa palabra que nos ha declarado el amor. Cada uno elige: hacerse de mucho y buen aceite; o dejarse estar, esperando vaya uno a saber qué cosa. Si llevamos el símbolo del óleo hasta el final, sabemos bien que ese aceite de primerísima calidad es el Espíritu que se derrama, unge y perfuma la propia vida. Es el Espíritu del Esposo que siempre está viniendo a nosotros. 

“Las aguas torrenciales no pueden apagar el amor, ni los ríos anegarlo. Si alguien ofreciera toda su fortuna a cambio del amor, tan sólo conseguiría desprecio.” (Cantar de los cantares 8, 7). Si querés ayudar a algún amigo a comprender el cristianismo, no lo dudés: decile que empiece leyendo el Cantar de los Cantares. Ahí está todo. 

Bienaventurados

“La Voz de San Justo”, domingo 1º de noviembre de 2020

“No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes.” (Jn 14, 1-3).

Como cada año, el inicio de noviembre está marcado por dos fiestas del calendario cristiano: “Todos los santos” (1º de noviembre) y los “Fieles difuntos” (2 de noviembre). Me gusta verlas como una sola fiesta en dos jornadas de fe, oración y esperanza.

Las palabras de Jesús que abren esta columna pueden ayudarnos a contemplar esta unidad. Dichas durante la última cena, son palabras de despedida, a la vez que testamento espiritual. Son, sobre todo, su más grande y bella promesa que contiene el evangelio: estar con él, allí donde él esté.

La liturgia de este domingo 1º de noviembre lo indica con otra preciosa palabra bíblica: “bienaventurados”. La promesa de Dios es darnos su propia alegría y felicidad. Ser benditos con la bienaventuranza que viven el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Esa es la meta de nuestra vida y de la entera historia humana. Una bienaventuranza que comienza ya ahora, aunque de forma paradójica. Jesús llama bienaventurados a los pobres, a los que lloran, a lo que son perseguidos, a los que anhelan la justicia y la paz, etc.

No es un consuelo superficial. Es la experiencia más intensa que podamos tener: en medio de la fragilidad de la vida, con todas sus contradicciones y frustraciones, ser alcanzados por la fuerza del mismo Dios. Y, con esa fuerza en el corazón pelear la vida, tender puentes, jugarse por la justicia, el bien y la belleza en todas sus formas.

Jesús está llevándonos hacia la casa del Padre. Ese es el misterio más hondo de nuestra vida. La verdad más real de nuestra existencia, por encima de todas las apariencias. Ese es el misterio que envuelve la muerte de nuestros seres queridos: han partido, porque han sido tomados de la mano de Jesús y llevados por esas “oscuras quebradas” de las que habla el salmo, pero sostenidos y guiados por el Dios que siempre está del lado del que vacila, teme y sufre.

Su presencia anima, da confianza y, en definitiva, la alegría más duradera. La que llamamos bienaventuranza. Es bueno tenerlo presente en este tiempo de pandemia, de restricciones, de incertidumbres y de partidas.

El amor me lo ha explicado todo

“La Voz de San Justo”, domingo 25 de octubre de 2020

“Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con Él, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?»”  (Mt 22, 34-36).

El final está cerca, los acontecimientos se precipitan y todos los protagonistas aceleran la marcha. Les ocurre a los adversarios, cada vez más decididos y osados. Les ocurre también a los discípulos, aunque con más inercia que decisión. Pero, sobre todo, es Jesús el que, sin perder ni siquiera por un instante el señorío de sí, mira fijo hacia delante y acelera el paso.

Este domingo presenciamos su última gran disputa. No solo será la última trampa que le pongan sus enemigos. Es, además, la más desafiante. Por quien busca atraparlo en una “herejía”, pero también por la materia sobre la cual le solicitan expedirse.

Preguntan los fariseos. Y preguntan sobre la ley de Dios. Jesús no puede quedar indiferente frente a semejante desafío. Esa es precisamente su misión y su pasión. Es tal vez la última oportunidad para hacerles comprender qué Dios es Padre y no tiene otra voluntad sobre el mundo que la vida, la salvación y la bienaventuranza.

Aunque los evangelios nos trazan una imagen bastante deslucida de ellos, sin embargo, un anhelo de fondo acerca a los fariseos al mismo Jesús. Ellos y él pueden reconocerse en las palabras del Salmo: “¿Cómo un joven llevará una vida honesta? Cumpliendo tus palabras.” (Salmo 119, 9). Jesús y ellos aman con pasión la Ley de Dios. Sin embargo, a diferencia de Jesús, los fariseos corren un gran riesgo: vivir la relación con Dios con un tono vital de rigorismo, autoexigencia y falta de compasión hacia los demás. Reducen así la vida religiosa a una proeza reservada para pocos.

“Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas».” (Mt 22, 37-40).

La serena y certera respuesta de Jesús pone las cosas en su lugar: todo se resuelve en el amor; es decir, en una relación afectiva del creyente con Dios, al que hay que amar con todas las “fuerzas” que el mismo Creador ha depositado en el corazón. Frente a Dios, todos hemos de sentirnos hijos y, por eso, hermanos. La originalidad de esta respuesta es doble: todo se resuelve en el amor, y un amor que une, sin separar, a Dios y a los demás, especialmente a los más pobres y heridos.

A pocos días de responder así, Jesús pronunciará la misma palabra, pero con otro lenguaje: el de la vida entregada en la cruz.

En palabras de uno de sus discípulos: “El amor me ha explicado todas las cosas. El amor ha resuelto todo para mí. Por eso admiro el amor, allí donde se encuentre” (Karol Wojtyla).

Entre el César y Dios

“La Voz de San Justo”, domingo 18 de octubre de 2020

Algunos adversarios le plantean a Jesús una difícil cuestión de naturaleza política: “¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?” (Mt 22, 17). ¿No es indigno del pueblo de Israel reconocer así la dominación romana? Para peor, este pago tiene un sentido profundamente idolátrico, pues el emperador se presenta a sí mismo como un ser divino. Pagar ¿no sería un acto también de idolatría?

Un denario con la imagen de Tiberio César

En aquella época, la carga tributaria que pesaba sobre la gente era enorme: más del cincuenta por ciento de sus ingresos iba a parar a manos del fisco. Se vivía para trabajar y se trabajaba para vivir, dependiendo del resultado de las cosechas, por ejemplo. Y, si por una mala racha, había que endeudarse, se corría el riesgo de terminar vendido como esclavo para saldar las deudas. Cosas de otro tiempo…

La trampa está bien tramada. Es difícil escapar. Si Jesús responde que sí (como hacen los herodianos colaboracionistas del poder romano), el pueblo lo mirará con desprecio. Si responde que no, será denunciado como subversivo. Caería sobre él la dura punición de Roma. En ambos casos, sus adversarios se habrían librado de él.

La respuesta es sorprendente. Pide que le muestren la moneda del tributo. Todos la llevan consigo. Es un denario con la efigie de Tiberio César. Jesús les hace notar su hipocresía: si ya han aceptado utilizar el dinero de César, ¿a qué viene querer enredarlo con lo del impuesto? Si vivo dentro del sistema tengo que asumir todas sus consecuencias.

Pero no queda ahí la respuesta. Como siempre: va más allá. Abre una perspectiva nueva, más honda y genuina: si la imagen que lleva grabada la moneda de oro es la del César, la imagen de Dios es cada ser humano. El poder humano es siempre limitado. Es también proclive a absolutizarse y subordinar todo a sus metas. Así ocurre con el dios-dinero que suele usar los poderes del mundo para imponer su servidumbre sobre todos.

En cambio, el encuentro con el Dios vivo rompe todo ensueño idolátrico. Solo Dios, el creador que es Padre, da libertad verdadera al hombre. Por eso, el hombre tiene que ser restituido a su verdadero Señor. No es el César. Es el Dios Padre, misericordioso y compasivo que quiere que todos seamos hermanos, que la tierra sea una casa común y que la misma humanidad se vuelva una familia.

Pocos días después, Jesús mismo dará al Padre lo que es del Padre: el Hijo volverá a la casa, llevando consigo a todos los hombres, destruyendo con su sacrificio el poder del pecado y abriendo las puertas de la vida.

Carlos entró al cielo con el mejor traje de fiesta…

“La Voz de San Justo”, domingo 11 de octubre de 2020

“«Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?» El otro permaneció en silencio.” (Mt 22, 12).

No ha sido precisamente un reproche lo que ha recibido Carlos Acutis. Todo lo contrario. Este sábado 10 de octubre, al declararlo “beato” (es decir: feliz), la Iglesia ha reconocido que Carlos, en su corta e intensa vida (apenas quince años), pudo vestirse con el mejor de los trajes: el Evangelio de Jesús. Y, así vestido, ha entrado a la fiesta del cielo.

Ni la desmentida incorrupción de su cuerpo, ni tampoco la curación conseguida por su intercesión constituyen la razón de fondo para ser reconocido entre los santos y beatos del cielo. Ha sido su vida transformada por el fuego del amor de Jesús. “Mi proyecto de vida es estar siempre unido a Jesús”, había declarado con una convicción que parecía impropia de su edad (¿prejuicio de adultos aburguesados?).

Llegará el día -y yo lo espero sinceramente- en que para beatificar o canonizar a un bautizado ya no se necesite más un milagro. Que baste leer el Evangelio hecho carne en la vida de esos hombres y mujeres que, como Carlos, se han dejado llevar por el Espíritu de Jesucristo.

La Iglesia ensaya hoy nuevos caminos evangelizadores. La pandemia nos ha puesto a repensarlo todo: qué es lo que realmente cuenta, cómo se anuncia el Evangelio, cómo se celebra realmente la fe, cómo se está cerca de los que sufren, de los caídos, etc. En definitiva, cómo se vive la fe en el hoy de este incierto presente.

Es lo que tenemos que hacer. ¡Faltaba más! Pero lo cierto es que, en medio de todos esos afanes, el santo humor de Dios nos manda este chico italiano, poniendo las cosas en su lugar. Así, de repente, empieza a conquistar los corazones con su sonrisa y alegría de vivir; incluso con sus muecas de adolescente, pateando un fútbol o entusiasmado con un videojuego. Pero, sobre todo, con la desarmante sencillez con que vive y difunde su fe cristiana, con su amor a María y a la Eucaristía, la autopista que lo llevó al cielo.

Y los pobres. El día de sus exequias, desfilaron delante de sus restos, conmovidos y agradecidos por ese “ragazzino” que tantas veces les había tendido la mano. Tal vez sin saberlo, y con ese gesto, ellos adelantaron la solemne celebración litúrgica de su beatificación y su pronta canonización.

Sonríe Carlos, y con él, María, Francisco y Clara de Asís y todos los santos. Y, como en la Misa, nosotros nos unimos a sus voces y a la alegría de una vida plena por el amor. Mucho más en este “domingo de las misiones”. Carlos es un magnífico ejemplo de lo que significa la misión: “fuego que enciende otros fuegos”, en palabras de otro cristiano con traje de fiesta: Alberto Hurtado.

¡Ojalá podamos vestir un traje de fiesta parecido al suyo para entrar a gozar del banquete de la vida que Dios nos ha preparado!

Con su amplia sonrisa, Carlos nos está diciendo que hay talles para todos. También para quienes no damos con la medida, más por defecto que por exceso.

“Fratelli tutti”… y amables

El capítulo VI de #FratelliTutti propone una audaz rehabilitación de la política para construir fraternidad. Ya he dicho que, con los capítulos segundo y séptimo, es uno de los más me ha caldeado el corazón.

Y, como de doctrina social de la Iglesia se trata, no puede dejar de hacer referencia a algunas virtudes fundamentales, sin las cuales no hay genuino desarrollo humano. Por supuesto, la virtud que campea en todo el discurso es la caridad (“virtud de todas las virtudes”, según la enseñanza clásica). Pero este capítulo termina hablando de una virtud en particular: la amabilidad. ¿Notable no?

Aquí abajo transcribo el nº 224 con el que termina concretamente este capítulo sobre “la mejor política”. Dice así:

“La amabilidad es una liberación de la crueldad que a veces penetra las relaciones humanas, de la ansiedad que no nos deja pensar en los demás, de la urgencia distraída que ignora que los otros también tienen derecho a ser felices. Hoy no suele haber ni tiempo ni energías disponibles para detenerse a tratar bien a los demás, a decir “permiso”, “perdón”, “gracias”. Pero de vez en cuando aparece el milagro de una persona amable, que deja a un lado sus ansiedades y urgencias para prestar atención, para regalar una sonrisa, para decir una palabra que estimule, para posibilitar un espacio de escucha en medio de tanta indiferencia. Este esfuerzo, vivido cada día, es capaz de crear esa convivencia sana que vence las incomprensiones y previene los conflictos. El cultivo de la amabilidad no es un detalle menor ni una actitud superficial o burguesa. Puesto que supone valoración y respeto, cuando se hace cultura en una sociedad transfigura profundamente el estilo de vida, las relaciones sociales, el modo de debatir y de confrontar ideas. Facilita la búsqueda de consensos y abre caminos donde la exasperación destruye todos los puentes.”

No hace falta ver Borgen para darse cuenta de que esto es así. La cultura latina es especialmente proclive a este tipo de actitudes. En fin, una perlita…

Artesanos de fraternidad

“Hay una «arquitectura» de la paz, donde intervienen las diversas instituciones de la sociedad, cada una desde su competencia, pero hay también una «artesanía» de la paz que nos involucra a todos.” (Fratelli tutti 231).

Este 4 de octubre, fiesta de San Francisco de Asís, el Papa Francisco ha publicado su tercera encíclica que, precisamente, toma su nombre de unas palabras de nuestro santo.

De Francisco de Asís, Francisco de Roma no toma solo el nombre y algunas palabras, sino, sobre todo, su pasión por la fraternidad. Y una fraternidad bien concreta: la que expresa la parábola del buen samaritano (cf. Lc 10, 25-37): dos extraños se vuelven hermanos, porque uno se hace cargo del otro, malherido al borde del camino. Es el texto evangélico que inspira esta enseñanza del Papa y, tal vez, el icono del perfil de su entero pontificado.

El mensaje de la encíclica es potente. Parte de un diagnóstico sombrío, pero sabe encontrar las ventanas que abre la esperanza. Una de ellas es la que se expresa en la cita de la encíclica que abre estas breves reflexiones.

En un mundo oscurecido por densos nubarrones, hay hombres y mujeres que, desde abajo, abren el futuro con sus gestos cotidianos de humanidad, cargados de amor, de cercanía y compasión. Siguen desandando el camino del buen samaritano. Son los artesanos de la paz que, como hábiles orfebres aplican sus manos a la obra nunca acabada de construir fraternidad entre personas, familias, pueblos y naciones. Entre otras cosas que ha hecho emerger, la pandemia ha puesto en evidencia su presencia y valor insustituibles.

Fratelli tutti es una “encíclica social”, como bien aclara el Santo Padre desde el inicio. Es un dato importante, que nos ofrece un preciso criterio de lectura e interpretación.

Este importante documento papal forma parte de ese cuerpo siempre en crecimiento que es la doctrina social de la Iglesia. Abreva en el Evangelio y proyecta su luz sobre esa realidad que designamos con la palabra “social”. Es el rico y complejo mundo que constituye el “nosotros” de las relaciones humanas. Se enfoca en la dimensión moral de la actividad política, económica y social que entraña la convivencia en la sociedad. Es decir, en qué medida, tanto la actividad humana en esos campos, como las ciencias que las estudian, ayudan a edificar un orden social libre, justo y orientado a que cada persona alcance su propia perfección.

Esta carta del Papa Francisco es un nuevo hito en ese camino que arrancó en 1891 con la publicación de la encíclica Rerum novarum de León XIII. Se trata de un cuerpo en permanente crecimiento que inspirándose en el humanismo cristiano busca iluminar las conciencias para que maduren las decisiones responsables que vayan concretando la civilización del amor, atentos a las cambiantes circunstancias de lugar y tiempo en que los cristianos vivimos nuestra fe. A diferencia de las ideologías, la doctrina social de la Iglesia es un cuerpo abierto de principios, criterios y orientaciones que deben ser asumidos como estímulos para la propia misión evangelizadora.

Esto significa que, más que repetir sin mayor esfuerzo, las palabras del Papa Francisco, tenemos que proseguir el discernimiento de la realidad de nuestro mundo. A los obispos nos atañe, de manera especial, esta tarea. Pero, no solo a nosotros. Es una empresa para la Iglesia toda, como la fraternidad de Jesús en medio del mundo. Interpela, de manera especialmente aguda, a los laicos. No solo a los que sienten el llamado de la construcción política de la sociedad, sino a cada bautizado que, desde su lugar en el mundo, busca vivir según las bienaventuranzas.

¿Qué desafíos plantea Fratelli tutti a los católicos de Argentina? ¿Por dónde debe proseguir el discernimiento evangélico de la realidad social que nos toca vivir? ¿Qué significa, para nosotros, vivir la fraternidad, rehabilitar la política, construir la paz, trabajar por la reconciliación y el perdón? ¿Qué caminos están abriendo los buenos samaritanos que, desde abajo y silenciosamente, cargan sobre sí a los hermanos heridos en el hoy de nuestra Patria? ¿Cómo promover el diálogo social en una sociedad fragmentada y, por momentos, dominada por el odio que excluye? ¿Podremos nosotros integrar las aspiraciones legítimas que laten en las corrientes populistas y liberales que, desde largo tiempo, se debaten en Argentina?

Ser artesanos de la paz, la fraternidad y la amistad social supone esa actitud proactiva que brota del corazón humano y que la gracia de Cristo redime, purifica y eleva.

Tomemos todo el tiempo necesario para leer esta potente enseñanza de Francisco. Dejémonos interpelar por sus preguntas e incisivas propuestas. Discutamos con amplitud y sin prejuicios, pero, sobre todo, dejémonos transformar por la fraternidad del buen samaritano que es Cristo.