Ver a Dios

“La Voz de San Justo”, domingo 16 de junio de 2019

“¿Dónde podemos ver a Dios?”.

Estaba concluyendo el encuentro con los chicos de la catequesis de Las Varillas, cuando, del fondo de la Iglesia, llegó la pregunta.

Entre paréntesis: las visitas pastorales, incluso las mejor programadas y preparadas, suelen deparar este tipo de sorpresas. Es el sano humor de Dios que sabe descolocar nuestra solemnidad. Cierro paréntesis.

Respondí al instante. Y mi respuesta fue correctisima: en las páginas de las Escrituras, en la santa Eucaristía, en el rostro de los pobres…

Respuesta correcta pero insatisfactoria. Al menos para mí, para mí experiencia, para mí fe. Ya he contado en este espacio que este tipo de preguntas suele necesitar tiempo. Desatan nudos, limpian la mirada y despiertan inquietudes. Hay que quedarse rumiando con paciencia lo que generan en la mente y el corazón.

Yo había visto a Dios. Y lo había visto precisamente en esos días. Su rostro, sus manos, sus arrugas. Incluso sus lágrimas. Lo había visto y me había conmovido profundamente. Y, verlo así, desnudo, humano y majestuoso en su humildad, había despertado en mí, por una parte, admiración y gratitud; pero, por otra, vergüenza y compunción. La oración, la celebración de la Misa y también los diversos encuentros habían quedado marcados por esa experiencia.

Lo había entrevisto en el rostro, las manos, las arrugas y las lágrimas de madres y padres concretos (me reservo los detalles) que, lejos del narcisismo enfermo que nos rodea y deshumaniza, se hacen cargo de la fragilidad de sus hijos. Y, así, salvan el mundo, abriéndole a la compasión que brota del corazón de Dios.

Acabo de recordar la sabia sentencia del gran Agustín en su tratado sobre la Trinidad: “vides trinitatem si caritatem vides” (“ves a la Trinidad si contemplas el amor”). Gran verdad.

Muy oportuno para este fin de semana que celebramos el rostro trinitario del Dios Amor y es también el Día del Padre.

Con Espíritu…

“La Voz de San Justo”, domingo 9 de junio de 2019

“Entonces el Señor Dios modeló al hombre con arcilla del suelo y sopló en su nariz un aliento (espíritu) de vida. Así el hombre se convirtió en un ser viviente.” (Gn 2, 7).

Más de la mitad de los chicos argentinos son pobres. Es decir: tienen alguna necesidad básica insatisfecha. Para que nos entendamos: varios días a la semana, no pueden cenar. Por no hablar del incremento del trabajo infantil (trabajar en vez de jugar). Eso significa: el futuro -el de ellos y el de todos- está comprometido. Es gris.

Un dato más para saber dónde estamos parados. No el único, pero ciertamente uno que no podemos dejar de considerar. Pero también un dato más para saber hacia dónde tenemos que caminar.

En este contexto, las agrupaciones políticas barajan sus candidaturas y propuestas (tal vez, más candidaturas que propuestas). Está bien que lo hagan: se acercan las elecciones y tenemos que elegir.

De paso, recuerdo una idea que me suele venir a la mente en estas ocasiones (no es mía, sino que se inspira en el gran Karl Rahner). Dice así: “cuando uno elige, se elige, elige qué tipo de persona quiere ser y qué mundo quiere edificar para vivir y para los que vengan detrás”.

En este contexto también, muchos alentamos un acuerdo de fondo que, entre otras cuestiones centrales, llegue a consensos básicos sobre qué hacer con el zafarrancho económico que nuestro país arrastra desde hace décadas. No es economicismo: es realismo. Dramático y concreto: como el hambre de los chicos por la noche.

¿Cómo se logra semejante consenso en un país como el nuestro? Pero, sobre todo, ¿cómo se lo sostiene en el tiempo, a sabiendas de que implica esfuerzos, renuncias y posponer gratificaciones tan inmediatas como falsas? ¿Cómo sustraerlo del oportunismo, del ventajismo y de los intereses personales o de grupo?

Semejante empeño requiere largo aliento. Necesita espíritu (y Espíritu).

En este contexto, los cristianos celebramos la gran fiesta de Pentecostés que lleva a su culminación el tiempo pascual. Y hacemos la colecta anual de Caritas, con el lema: “Compartir transforma vidas”.

Suplicamos que el Resucitado (el que viene de vencer la muerte y todas las muertes) siga soplando sobre el mundo su Aliento, su Espíritu. Y que ese Aliento entre por las rendijas de nuestras conciencias, de nuestras decisiones y de nuestros deseos.

Ese Santo Aliento trae al mundo el amor, la compasión, la ternura y la libertad de Dios. No violenta ni coacciona a nadie. Sopla, da vida y -¡gran bendición!- da libertad. Libera de toda opresión, miedo o timidez. Deshace el hielo, calma los ardores del calor y, sobre todo, transforma los corazones de piedra en corazones humanos: los hace sentir y mirar la vida desde el otro, especialmente si herido, triste o solo.

Vuelvo a la cita bíblica del inicio. Es el verso inspirado de un hermoso poema, el que canta la dignidad humana, tal como Dios la ha soñado: “Entonces el Señor Dios modeló al hombre con arcilla del suelo y sopló en su nariz un aliento de vida. Así el hombre se convirtió en un ser viviente.” (Gn 2, 7).

Orar. Adorar. Vivir

De todas las cosas por las que estoy agradecido con mis padres, que me enseñaran a orar es, de lejos, una de las que más aprecio.

Cuando un papá le enseña a rezar a su hijo, le salva la vida. Las palabras de la oración serán las que pueda memorizar y repetir un niño (también si las sigue repitiendo, aunque tenga cincuenta y largos años). Lo que realmente importa es que lo que esas palabras significan como actitud de vida.

El hombre en oración es un hombre que busca, escucha y espera. Especialmente en las noches más oscuras de su camino, se sabe fundado, orientado y esperado.

Llegado el momento, el niño que se hace adulto, se verá invitado a cruzar el umbral del templo de la vida y, con paso vacilante, internarse en el territorio fascinante y exigente del silencio contemplativo. Allí donde Dios y su propia vida se revelan como misterio de libertad y de amor. En palabras de Santa Catalina de Siena, una de las más grandes místicas cristianas: “En tu naturaleza, Deidad eterna, conoceré mi naturaleza”.  

Uno de los momentos más fuertes del pasado Encuentro de Jóvenes que hospedó San Francisco tuvo lugar en el Superdomo, convertido en espacio sagrado de escucha, silencio y adoración.

Durante una hora y media, después de una intensa jornada que alternó canto y baile, reflexión y misión por los barrios de la ciudad, más de mil seiscientos chicos (adolescentes en su mayoría) se dejaron copar por la propuesta de adoración eucarística preparada por algunos coetáneos.

¿Qué ocurrió durante ese espacio de tiempo? Podría compartir algunos datos pintorescos, añadiendo además impresiones personales. Unos y otras han vuelto con insistencia, reclamando palabras e imágenes que ayuden a comprender lo vivido. No he podido dejar de rumiar esos recuerdos.

¿Qué ha ocurrido en el corazón de cada uno de esos chicos y chicas en oración? En qué medida se han abierto y se han dejado llevar ante el Rostro de Dios, nadie lo puede decir a ciencia cierta. Solo Dios sondea los corazones, afirma con sabiduría la Biblia.

Desde esta orilla del misterio, sí me animo a decir que, una vez más y de modo muy humano, hemos abierto la puerta para ese encuentro de salvación que es el diálogo entre Dios y el hombre. Hemos entreabierto para estos jóvenes la puerta de la esperanza.

Los jóvenes, la Iglesia y un Dios que busca

“La Voz de San Justo”, domingo 26 de mayo de 2016

Muchos jóvenes pasan de la Iglesia. Es verdad. No lo vamos a ocultar. Pero también es cierto que, en la Iglesia, no dejamos de buscar a los jóvenes. En ocasiones acertamos. En otras, no tanto. Nunca, sin embargo, dejamos de intentarlo.  No podemos dejar de buscarlos.

Cuando digo que “en la Iglesia no dejamos de buscar a los jóvenes”, pienso en personas, comunidades e iniciativas muy concretas. De carne y hueso. Pienso, en primer lugar, en los mismos chicos y chicas que son Iglesia en cada rincón de nuestra diócesis: las parroquias, los colegios, los movimientos. Tengo registrados muchos de sus rostros, sus nombres, sus confidencias y sus ilusiones. Como dice el Papa: los jóvenes saben sembrar el Evangelio “en esa tierra fértil que es el corazón de otro joven”.

Lo que estamos viviendo este fin de semana con este II Encuentro Regional de Jóvenes es un ejemplo muy vivo de todo esto. Un paso vivificante de Dios por nuestras calles.

Pero me detengo en el verbo “buscar”. Es la Biblia la que nos enseña a decodificar su alcance espiritual. Para la Biblia, “buscar” es uno de los verbos cuyo sujeto es el Dios vivo. Como “crear”, “redimir”, “salvar” o “santificar”.

El Dios de la Biblia es un Dios siempre en salida, en permanente búsqueda. Busca porque ama y se estremece cuando su creación se extravía. No se cansa de recorrer todos los caminos que sean necesarios para encontrarse y hacerse amigo del ser humano. Y de todos, sin distinción ni exclusión. 

El evangelio, cuyo centro es la Persona de Jesús y su Pascua, es el relato de esa búsqueda nunca acabada, siempre en marcha en la vida y en las entrañas de cada ser humano.

Y esa búsqueda tiene un motor eficacísimo: el amor incondicional, absoluto y gratuito de Dios. Y un motivo insuperable: que cada ser humano, incluso toda la creación, sienta y viva lo que Jesús, el Hijo amado, siente y vive: “como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes” (Jn 15, 9).

Cuando la Iglesia de Jesús busca a los jóvenes, con tanteos, ensayos y errores, está dejándose mover por ese motor y ese motivo. No se permitirá nunca dejar de buscar a cada uno. Ha recibido un don inmenso que no puede guardar. Lo tiene que compartir.

“El sol del veinticinco viene asomando…”

Empezando por nosotros los católicos, nadie en Argentina, ante los enormes desafíos que tenemos y los desaguisados que supimos conseguir, puede sentirse puro, santo, incontaminado, sin algún grado de responsabilidad.

¿Nosotros? ¡Ah no! ¡Si lo hemos hecho bien! Pertenecemos a ese sector privilegiado de la humanidad que no tiene nada de que arrepentirse. Son los otros, los de antes o los de ahora, los que han echado a perder el hermoso jardín que nosotros hemos plantado.

Digámoslo en cristiano: nos falta conversión y penitencia.

Digámoslo ahora en lenguaje secular y civil: nos falta autocrítica y humildad republicana.

Forma parte de la dinámica de toda sociedad plural y democrática que se active la pirotecnia verbal en tiempos electorales. Es parte del folclore electoral.

Pero, en un punto, puede volverse insoportable si solo consiste en lanzarse piedras a la cara y no va más allá, al territorio de las ideas, de los proyectos, de las construcciones consensuadas.

Pero, somos pacientes.

No se puede crecer en cultura democrática sin paciencia. Para seguir abriendo espacios de libertad tenemos que necesariamente pagar precios. Uno de ellos es caminar la paciencia frente a nosotros mismos, nuestros yerros, nuestros aprendizajes. También la estupidez propia que es compañera inseparable de todo ser humano. Al menos es mi caso.

Pero no solo paciencia. Hay que amar la tierra que nos cobija, su historia, su presente doloroso y su futuro incierto. Hay que amar a la Patria.

Como la amaron Brochero y Angelelli (traigo agua para mi molino).

¡Viva la Patria!

Pedro

“La Voz de San Justo”, domingo 19 de mayo de 2019

“Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder para zarandearlos como el trigo, pero yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y tú, después que hayas vuelto, confirma a tus hermanos” (Lc 22,31-32).

Jesús dirige estas palabras al apóstol Pedro en la última cena. Nos las recuerda el relato de San Lucas. Las escuchamos durante el pasado Domingo de Ramos.

En estos días, junto con otros obispos de Argentina, he tenido la oportunidad de comprobar su actualidad. Hemos compartido con el obispo de Roma, sucesor de Pedro, un intenso momento de diálogo. En el fluir de las palabras y los gestos, los corazones fueron abriendo espacio al Espíritu que confirma con su paz la autenticidad del encuentro.

La plegaria que más he rezado en estos días, solo o en compañía, ha sido la Confesión de fe que llamamos: Credo Apostólico. El año pasado tuve oportunidad de comentar cada uno de sus artículos en este espacio dominical.

A lo largo de estas jornadas vividas en Roma, las palabras repetidas cada domingo en la Misa cobran nuevo vigor: “Creo en Dios Padre… en su Hijo Jesucristo… en el Espíritu Santo…”.

Y Pedro, que hoy se llama Francisco, cumple el servicio para el que ha sido llamado por Jesús: confirmar a sus hermanos y animarlos a vivir a fondo la común vocación misionera de anunciar el Evangelio.

Francisco está muy bien: ágil de cuerpo y de mente. Pero, por encima de todo, trasunta una estimulante energía espiritual, especialmente evidente cuando desgrana los graves desafíos que hoy tiene la Iglesia. No hay amargura ni acidez en sus palabras. Menos aún enojo, desazón o nostalgia.

Sigo pensando que, de entre muchos aspectos positivos, el impulso misionero centrado en el anuncio del Evangelio de la misericordia es el signo característico de este pontificado.

Y no es una cuestión más. Es el corazón de todo. Lo esencial.

María

“La Voz de San Justo”, domingo 12 de mayo de 2019

Estoy en Roma, junto a los obispos de Córdoba, Cuyo, Patagonia y el Noroeste para nuestra Visita al obispo de Roma, el Papa Francisco y sus colaboradores.

Esto me impide estar en dos fiestas marianas muy significativas para la diócesis de San Francisco: este lunes 13 de mayo, la fiesta patronal diocesana en honor a la Virgen de Fátima. Y, el domingo 19, la gran peregrinación a Colonia Vignaud, celebrando a María Auxiliadora.

¿Qué significa María para un cristiano, para la misma Iglesia?

En mi caso, la figura de María me acompaña desde que tengo memoria. Aprendí a rezar con el “Bendita sea tu pureza…”. María es presencia, compañía y, con el paso del tiempo y la madurez de la vida, un estímulo para caminar.

Es la experiencia que comparto con tantos que, como en Vignaud o Villa Concepción, se acercan con devoción a los santuarios marianos de todo el mundo. Experiencia que se repite en cada ermita, capilla o Iglesia; delante de una imagen de la Virgen, ante un icono o, sencillamente, tomando el Rosario en las manos.

En estos últimos tiempos, por diversas razones que nos es necesario explicar aquí, la experiencia cristiana de María se puede expresar en tres palabras: mujer, discípula y hermana. Las tres de hondo calado humano, a la vez que evangélico, espiritual e incluso teológico.

Es lo que ha pasado con la figura del mismo Jesús: volver a los relatos evangélicos y redescubrir a través de ellos la espesura humana del Señor. No se niega su condición divina, sino que se la contempla con mayor hondura al verla en lo concreto de esa humanísima humanidad. Solo Dios podía llegar a ser tan humano, al decir de un pensador cristiano.

Lo mismo sucede con su madre. Mujer en la más alta y lograda realización del genio femenino. Libre, intrépida, inquieta y fuerte. Tan capaz de silencio para rumiar la vida, como de osadía para intervenir cuando hace falta, se lo pidan o no. Hermana, porque de nuestra misma madera. Y discípula, pues ni una de las extraordinarias gracias que ha recibido le ha ahorrado caminar la fe, la paciencia y la entrega de sí misma.

La misma comunidad cristiana, a la vez que invoca a María como madre, la contempla como signo y estímulo para vivir a fondo el Evangelio, en las condiciones y circunstancias que la Providencia nos depara. Sin nostalgias ni miedos, sino con confianza y desbordante alegría.

Y, también así, llevar a todos el anuncio de Cristo.

Discípulos

“La Voz de San Justo”, domingo 5 de mayo de 2019

“El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: 《¡Es el Señor!》” (Jn 21).

Es usual reconocer, en el “discípulo amado”, al apóstol Juan, y en éste al autor del evangelio que lleva su nombre. Lo más plausible es que, bajo esta denominación, el cuarto evangelio nos ofrezca una figura abierta a través de la cual entrever a la comunidad en la que nació este relato.

Si leemos cuidadosamente el relato evangélico de este domingo (cf. Jn 21, 1-19), podremos escuchar la voz de aquellos primeros discípulos que, a nosotros, nos dicen: “¡Es el Señor!”.

Los evangelios no nos hablan de Jesús con aséptica frialdad. Nos cuentan lo que dijo e hizo, pero inseparablemente son un testimonio de la fe de esos hombres y mujeres. Para ellos, Jesús es mucho más que un personaje sobre el cual informar. Es Aquel a quien le han confiado sus vidas. En algunos casos, hasta el derramamiento de la sangre. Por eso, confiesan lo que Jesús significa para ellos, dejándonos abierta la puerta para que su luz ilumine también nuestra vida.

El pasado sábado 27 de abril, fueron beatificados en La Rioja, los primeros mártires argentinos: el obispo Enrique Angelelli, los padre Carlos Murias y Gabriel Longevielle, junto con el laico Wenceslao Pedernera.

Mártir significa precisamente: “testigo”. Contemplamos sus vidas y su martirio y, de esa forma, volvemos a escuchar al discípulo amado decirnos: “¡Es el Señor!”.

Dice el evangelio que, al oír esta confesión de fe, Simón Pedro, sin pensarlo demasiado y sin nada encima, se arrojó al agua. Fue en busca de Jesús resucitado. Magnífica y gráfica descripción de la experiencia cristiana.

El “discípulo amado” sigue señalando a Jesús. Siempre hay quien, como Pedro se arroje desnudo al mar, sin importarle demasiado el qué dirán.

Una beatificación que puede sanar las heridas de Argentina

Tengo personas cercanas, incluso amigos, que no terminan de asimilar la beatificación del obispo Angelelli y sus cuatro compañeros.

Escapan al estereotipo del integrista católico que reivindica la dictadura. No se puede decir de ellos que son, al presente, lo que fueron quienes rechazaron y mataron a los mártires.

Por el contrario, son buenos cristianos y convencidos católicos. Aman de corazón a la Iglesia y forman parte de sus comunidades, asociaciones y movimientos. Intentan, como todos, llevar una vida según el Evangelio.

Tal vez tengan, como yo mismo, una sensibilidad -digamos así- más “tradicional” o “conservadora”, al menos en algunos aspectos o dimensiones de la fe. Lo cual, por cierto, no solo no es un crimen, sino que forma parte de la dinámica misma del alma católica de la Iglesia que anima el Espíritu.

A ellos les dirijo estas breves reflexiones, al calor de lo vivido ayer en La Rioja. Y, cuando hablo de calor, no me refiero al sol riojano que, acercándose el mediodía, pegaba fuerte y hacía sentir toda su potencia. Se visibilizaba así el calor interior, hecho de alegría, oración y esperanza, que nos embargaba a todos los que estábamos en esa inmensa liturgia.

Comienzo por aquí: cuando volvíamos en el auto reflexionábamos sobre el sentido de la beatificación. Recordábamos que, tanto la beatificación como la canonización, son actos litúrgicos, pues la Iglesia, a través del acto apostólico del Papa y en comunión, rinde culto a la Trinidad, inscribiendo el nombre de los bautizados en el catálogo de los bienaventurados.

Un acto de culto, de adoración y de alabanza que reconoce lo que el Dios amor ha hecho en la vida y en la historia, a través de la vida y la historia de unos hermanos. En este caso, de Wenceslao (que se llevó los mayores aplausos), Enrique, Carlos y Gabriel.

Dejo de lado la discusión teológica sobre el carácter de infalibilidad de una beatificación. Me parece, en este punto, de poca monta. Vamos: la Carta Apostólica que se proclama en la beatificación es una palabra fuerte de la Iglesia en la voz de su Pastor Universal, no del “Papa Bergoglio” como sujeto privado. Un buen católico sabe que no se puede sencillamente desoír esta palabra, para escuchar otras, tan respetables como subjetivas.

Pero quisiera comentar otra cosa. Ayer he posteado una entrevista que Carina Ternavasio -comunicadora eficaz y brocheriana- le hizo a la esposa de Wenceslao, Martha Ramona Cornejo (“Coca”).

Me impresionaron sus palabras. Fue testigo presencial de la brutalidad del asesinato de su marido, junto con sus por entonces pequeñas hijas. Refiriéndose a los asesinos de Wenceslao, Coca dice de forma sencilla, directa y muy “a lo Angelelli”: “Los he perdonado. Sé quiénes son. Los he perdonado”. Hace referencia también a las últimas palabras de su marido agonizante: “Sepan perdonar… No odien”.

Esta mañana, he leído la homilía del beato Angelelli en la Misa de exequias de los beatos Carlos y Gabriel. Es larga, sustanciosa y muy honda. Evangélica, sin glosa. Termina con palabras de perdón. Apela a la conciencia humana y cristiana de quienes mataron a los dos sacerdotes. No deja de señalar con fuerza la gravedad y malicia de esa muestra inaudita de violencia. Pero tampoco deja de invitar a todos al gesto cristiano fuerte del perdón.

¿Tengo que aclarar que, cuando un cristiano habla de perdón en este contexto, no está diciendo que no haya que esclarecer los hechos, sancionar justamente a los culpables y resarcir, en la medida de lo posible, tanto daño causado?

Si es necesario, lo aclaro una vez más: especialmente cuando se trata de delitos aberrantes de lesa humanidad y de terrorismo de estado (el más objetivamente malo), la acción de la justicia es imprescindible en el sentido expuesto: verdad, memoria y justicia. Nada que objetar.

Pero…

Argentina tiene un cuerpo herido. Por las heridas de entonces, y las de ahora. Esta beatificación es para mí -no puedo dejar de decirlo- un rayo de luz que nos dice por dónde caminar. Y es un mensaje del Evangelio, del mismo Dios que ama la vida y resucita de la muerte.

Argentina, y nuestra misma Iglesia, necesitan gestos evangélicos de perdón, nacidos de corazones pacificados y que hagan circular por el cuerpo entumecido de la Patria el vigor sanante de ese Perdón que viene, no de la decisión heroica o interesada de nadie, sino del mismo corazón de Dios, manifestado en Jesús Crucificado.

Gestos así no se pueden imponer por decreto ni por cartas pastorales. Nacen de corazones humanos que, tal vez al cabo de una larga y dolorosa lucha y por caminos que solo Dios conoce, se abren a la gracia siempre vivificante del Espíritu.

Argentina vive, cada día, de gestos de este calibre espiritual. Si no fuera así, hace rato que hubiéramos estallado en mil pedazos. Solo que, en ocasiones, hay que expresarlo sin timidez y confiar esa palabra también a la potencia del Espíritu que obra en los corazones.

Menos revanchismo, más fraternidad.

Argentina necesita curar sus heridas.

Una de las medicinas que ofrece curación de raíz es precisamente el perdón a imagen de Jesús, de Wenceslao, de Enrique y tantos otros.

¡Gracias a la Trinidad Santísima por el testimonio de estos hijos de la Iglesia!

¡La paz con ustedes!

“La Voz de San Justo”, domingo 28 de abril de 2019

“Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»” (Jn 20, 19).

El lugar es el mismo, pero la actitud ya no es igual. En el cenáculo, Jesús había reunido a los suyos para la cena de despedida, les había lavado los pies, partiendo para ellos el pan y compartiendo la copa. Era muy consciente de lo que se le venía encima. Sus palabras aquella noche eran graves, pero abrían el futuro a la esperanza.

Ahora, en cambio, los discípulos buscan el mismo lugar, pero los puede el miedo, tal vez la vergüenza; en todo caso, la ilusión de que las puertas cerradas los protejan.

Puertas cerradas como autodefensa. No da resultado en la vida de nadie. Mucho menos en la experiencia de fe. Jesús lo sabe, pues conoce el corazón humano. Por eso no necesita romper las puertas. Irrumpe desde dentro, sin forzar ni imponerse. Solo busca hacerse reconocer. Su sola presencia, percibida por la fe, dará la anhelada paz. Su paz y su alegría. Esas son las llaves para salir de cualquier encierro.

Así comienza cada Misa, con el saludo del sacerdote que desea la paz en nombre de Jesús. Y lo que hacemos ritualmente en la Misa es lo que pasa en nuestra vida, cuando aceptamos ser discípulos de Jesús y su Evangelio.

Es lo que Jesús está haciendo ahora mismo con su Iglesia: nosotros buscamos encerrarnos, pero Él nos comunica su Espíritu y, así, nos saca afuera, a la intemperie: “Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes». Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió «Reciban al Espíritu Santo…».” (Jn 20, 21-22).

Esa es la vida de la Iglesia cristiana. Lo fue al inicio. Lo sigue siendo ahora.