Mente que investiga, corazón que espera

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“La Voz de San Justo”, domingo 12 de agosto de 2018

“Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en el libro de los Profetas: «Todos serán instruidos por Dios». Todo el que oyó al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí.” (Jn 6,44-45).

Una mujer puede dar testimonio del alcance de estas palabras de: Edith Stein (1891-1942). Nacida en una familia judía, en 1921 pasó a la fe católica. Por su condición de judía (de la que nunca renegó), murió en las cámaras de Auschwitz, junto a su hermana Rosa, el 9 de agosto de 1942.

Su encuentro con Cristo fue precedido de un largo proceso de búsqueda. De jovencita había abandonado la fe sus mayores. Abrazó incluso el ateísmo. Poseía una admirable honestidad intelectual unida a una gran nobleza de alma. Hizo suya la causa del feminismo, tal como se daba en su tiempo. Estudió filosofía con los principales maestros de esa disciplina en la Alemania del siglo XX, doctorándose en esa disciplina con las máximas calificaciones.

El paso definitivo aconteció en agosto de 1921. Pasó una noche entera leyendo una biografía de Santa Teresa de Jesús. A medida que avanzaban las páginas, Edith no podía dejar de percibir, en el conjunto de la vida de aquella otra admirable mujer del siglo XVI, la figura de Aquel a quien Teresa le había entregado su propia existencia: Jesús. Dicen que, al terminar la ansiosa lectura, Edith exclamó: “Esta es la Verdad”.

Entre otras razones, en memoria de ese encuentro con el Jesús de Teresa, al hacerse carmelita, Edith tomó el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz.

Precisamente a ese itinerario humano y espiritual se refirió San Juan Pablo II en la homilía de su canonización: “…el amor a Cristo fue el fuego que encendió la vida de Teresa Benedicta de la Cruz. Mucho antes de darse cuenta, fue completamente conquistada por él. Al comienzo, su ideal fue la libertad. Durante mucho tiempo Edith Stein vivió la experiencia de la búsqueda. Su mente no se cansó de investigar, ni su corazón de esperar. Recorrió el camino arduo de la filosofía con ardor apasionado y, al final, fue premiada: conquistó la verdad; más bien, la Verdad la conquistó. En efecto, descubrió que la verdad tenía un nombre: Jesucristo, y desde ese momento el Verbo encarnado fue todo para ella. Al contemplar, como carmelita, ese período de su vida, escribió a una benedictina: «Quien busca la verdad, consciente o inconscientemente, busca a Dios»”.

Me quedo con estas palabras: mente que no se cansa de investigar, corazón que no se cansa esperar.

Recrear la cultura de la vida

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“La Voz de San Justo”, domingo 5 de agosto de 2018

“…el Señor preguntó a Caín: «¿Dónde está tu hermano Abel?». «No lo sé», respondió Caín. «¿Acaso yo soy el guardián de mi hermano?»” (Gn 4,9).

Jesús es la contracara de Caín. Se sabe hermano de todos los Abel. Sabe que no puede desentenderse de la suerte de nadie. Ve a los hombres con los ojos de su Padre. Por eso los considera sus hermanos.

Lleva grabada a fuego la pregunta de Dios a Caín: ¿Dónde está tu hermano? Mientras que Caín busca desembarazarse de ese “otro” que incomoda su autonomía, Jesús sabe que ese “otro” es precisamente el sentido de su libertad. Así vive y, por ese camino, lleva a sus discípulos.

En estas horas, no sabemos, a ciencia cierta, qué resultado tendrá la legalización del aborto en el Senado.

Estos meses han sido intensos. Hemos aprendido muchas cosas. Se nos han abierto los ojos a muchas realidades que parecían no tener espacio en el campo visual de nuestra mirada.

Una amiga colgó en Twitter un artículo con el título: “Una existencia insignificante”. De allí extraigo este párrafo: “Quizás si el feto pudiese sacarse una selfie y publicarla todos los días en las redes sociales creeríamos que existe, que vive y que independiente de su edad es un ser humano capaz incluso de sonreír. Pero como no se muestra nos damos permiso para dudar o interpretar su existencia.”

Se ha dicho que el concebido llega a convertirse en hijo por el deseo de su madre, y que si ésta no lo quiere podría deshacerse de él. Semejante afirmación horroriza, pero si no rozara algo de verdad no podría seducir como lo hace.

¿Cuál es esa verdad que puja por hacerse oír en esa “verdad a medias”? Que nunca podremos existir solos. Que es verdad que no hay fuerza más revolucionaria y disruptiva que la libertad personal, pero que ésta solo es plena cuando reconoce la dignidad del otro, anterior a mí y mis deseos.

El debate por el aborto deja picando esta pregunta, incómoda e imprescindible: “¿Dónde está tu hermano?”. No mira solo al niño por nacer. Nos interpela sobre todos los invisibles que esperan. Como esos seis de cada diez chicos a los que hoy, en nuestra Argentina, se les priva de algún derecho.

Sea como resultare la votación en el Senado, sigue en pie el desafío de recrear la cultura de la vida.

Jesús sigue multiplicando el pan

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“Los ojos de todos esperan en ti, y Tú les das la comida a su tiempo; abres tu mano y colmas de favores a todos los vivientes” (Salmo 144,15-16).

Las manos de Jesús multiplican el pan. Lo escuchamos este domingo, iniciando la lectura del capítulo 6 de San Juan. Lo primero en que pensé, meditando el evangelio fue: “Esto pasa hoy. Jesús sigue haciendo este milagro. No suplicamos en vano: «Padre… danos hoy nuestro pan de cada día». Las manos de Jesús siguen prodigando el pan de la vida”.

Durante los próximos cuatro fines de semana vamos a escuchar sus palabras desentrañando el sentido profundo de ese signo luminoso: con poco más que unos peces y algunos panes que un niño pone a disposición, Jesús da de comer a una multitud. Lo hace después de elevar sus ojos al cielo y, así, abrir la tierra a la mirada benevolente de su Padre.

Ese pan que se ofrece a todos es mucho más que pan. Es Él mismo, su vida, su entrega de amor. Es, además, la Eucaristía que, semana tras semana, nos convoca y, como una provocativa paradoja, despierta más que calma el hambre y la sed.

Jesús sigue multiplicando el pan. Y lo hace, despertando el hambre de justicia. Toca los corazones. Despierta humanidad. Su Espíritu genera buenos samaritanos. Y, así, el pan de la vida empieza a saciar el hambre del mundo.

Esta semana, visitando algunas obras de Cáritas, se me ocurrió preguntar cómo se pone en marcha el “Hogar de Cristo”. Se trata de una iniciativa para acompañar a personas con adicciones. La respuesta que recibí fue diáfana: señalándome el lugar que nos acogía, la mesa alrededor de la cual estábamos sentados y el alimento que compartíamos, me respondieron: “Así, abriendo este espacio para que se acerquen los que lo necesitan… La vida se recibe como viene”.

Vuelvo al texto del evangelio. La liturgia omite inexplicablemente los versículos 16 al 21: con su sola presencia, Jesús calma la tempestad que amenaza hacer zozobrar la barca de los discípulos. “Soy yo, no teman”, les dice (Jn 6,20).

Si Jesús está, el pan se multiplica, la vida encuentra espacio y renace la esperanza. Sin él, la oscuridad abre la puerta a la tempestad.

Creo que puedo decir que, esta semana, pude participar de la multiplicación de los panes y los peces. Con los ojos de la fe, pude ver a Jesús hacerlo de nuevo.

Vi también el rostro iluminado de los que se saciaron y, por esa experiencia, se han hecho las manos milagrosas del Señor para sus hermanos.

Corrupción, conciencia y libertad

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Vuelvo a publicar este artículo, escrito en diciembre de 2015, en razón del cambio de gobierno nacional, la frustrada transmisión del mando y el párrafo que el nuevo presidente Macri dedicó en su discurso inaugural ante el Congreso a la corrupción. Ese es el contexto.

¿Por qué lo vuelvo a publicar? Ha tomado estado público los aportes “truchos” a la campaña electoral de los partidos políticos: los que ganaron y los que no.

Vale la pena entonces que volvamos a reflexionar sobre lo que significa la corrupción, en cualquiera de sus formas, para la vida social. 

Visitando ayer el Hogar de Cristo que está empezando a caminar en nuestra diócesis, escuchando, sobre todo, los testimonios de diversas personas cuyas vidas están marcadas por la lucha contra las adicciones, no he podido dejar de sentir dolor y bronca.

La corrupción anestesia conciencias y termina siendo el ambiente que hace posible esta y otras formas de deshumanización. Necesitamos recuperar fuerza moral y energía espiritual para luchas juntos, desde abajo, contra este flagelo que nos está robando vidas. 

Aquí también: #ValeTodaVida

Corrupción, conciencia y libertad

“Obedeced, señores, sin sumisión no hay ley; sin leyes no hay patria, no hay verdadera libertad; existen sólo pasiones, desorden, anarquía, disolución, guerra y males de que Dios libre eternamente a la República Argentina; y concediéndonos vivir en paz, y en orden sobre la tierra, nos dé a todos gozar en el cielo de la bienaventuranza en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo, por quien y para quien viven todas las cosas. Amén.”

Así concluía Fray Mamerto Esquiú el famoso “Sermón de la Constitución” aquel lejano 9 de julio de 1853.  El contexto es conocido: la Constitución encontraba todavía resistencia, entre otras cosas por su versión de la libertad de culto. Muchos católicos, también Esquiú, la consideraban incompatible con su fe.

Contra lo que se esperaba, Fray Mamerto señaló con fuerza la necesidad de someterse a esta Ley fundamental a fin de reencontrar la paz social después de un largo período de guerras civiles, desencuentros y odios irracionales.

Obedecer la ley como camino para vivir en libertad. Obediencia y libertad. Desde ahí, apertura al futuro de una nación que era toda una promesa.

He leído varias veces el texto de Esquiú en estos intensos días en que nuestra democracia, todavía débil, volvió a estar asediada por el bochorno de la insensatez.

Roguemos a Dios que todo esto haya quedado definitivamente atrás, no porque demos lugar al olvido, sino todo lo contrario: porque mirando de frente nuestras miserias y mezquindades, nos levantemos de ellas aprendiendo a caminar de otra manera.

El párrafo más aplaudido del discurso del nuevo presidente en el Congreso fue el que se refirió a la corrupción. Se trata de un hondo y legítimo reclamo social.

Uno de los factores que crea las condiciones para que la corrupción se instale y se afiance en el cuerpo social es precisamente el desprecio de toda forma de norma o de ley, desde la que regula la recolección de los residuos a la obediencia escrupulosa a la Constitución nacional. Pero no es el único factor. Es necesario afinar la mirada.

Para los cristianos, la corrupción es un pecado que procede del corazón humano que desoye la voz de Dios, se deja llevar por el peso de su propio egoísmo y se compromete con el mal. Una decisión libre que rompe la comunión con Dios en el momento en que se deja vencer por la corrupción. Es un pecado de índole social.

No toda forma de pecado social es, sin embargo, corrupción. Esta se da allí donde el intercambio deshonesto entre dos sujetos termina perjudicando al interés común. Por eso, la corrupción en sentido más estricto se da en la convergencia entre lo público y lo privado, allí donde un funcionario finge cumplir su rol de velar por el bien común y, aprovechando su posición, tergiversa el sentido de una operación que debería ser para beneficio de todos, pero que termina siendo ganancia personal.

De ahí que los sistemas más corruptos se den en aquellas formas de gobierno en que la burocracia estatal invade todos los espacios, convirtiéndolos peligrosamente en coto personal de caza de funcionarios inescrupulosos. Este fenómeno se dispara en los regímenes populistas, más autoritarios o ideologizados, donde el estado se confunde con el gobierno, y los líderes políticos son mesías iluminados, los únicos que interpretan realmente las necesidades del pueblo y, en consecuencia, sus mandatos no pueden ser discutidos. Cualquier crítica es traición al pueblo.

Los funcionarios que representa a semejantes líderes tóxicos suelen hacer de la arbitrariedad su norma de acción. Así queda abierta la puerta a la corrupción, en sus formas más sutiles, pero también más grotescas.

La lucha contra la corrupción ha de involucrar a todo el cuerpo social. No es solo cuestión de leyes y procedimientos. Tiene una esencial dimensión espiritual y ética. Sin ciudadanos educados en el exquisito arte de escuchar y obedecer la voz de su propia conciencia, la batalla está perdida. La conciencia es el lugar interior de la persona en el que se hace transparente la verdad que hace libre al hombre, especialmente cuando contradice el propio interés o los propios deseos subjetivos.

Pero también supone una sociedad que encuentra en la cultura del trabajo bien hecho, el respeto por la dignidad del otro y la búsqueda del bien común sus aspiraciones más nobles. En este contexto, la obediencia a las leyes que rigen la convivencia ciudadana es percibida como un camino insoslayable para afianzar la amistad social y hacer posible las condiciones que a todos permitan una vida digna.

Todo lo cual supone y promueve también una organización que conciba a la política como servicio desinteresado al bien común, especialmente en la promoción de los menos favorecidos. En la medida en que la cultura democrática y republicana de una sociedad sea más débil, más fuerte será el fenómeno de la corrupción. Por el contrario, el funcionamiento virtuoso de las instituciones fundamentales del estado de derecho es una garantía contra la corrupción. De ahí también que, en lo que a nuestro país se refiere, la postergada reforma política sea una urgencia a gritos. El Diálogo argentino de la década pasada ofreció valiosísimos aportes que sería bueno retomar.

En la delicada articulación de estos tres niveles (persona, sociedad y comunidad política) se juega mucho del éxito de la lucha que tenemos por delante para vencer la arraigada corrupción que atraviesa todo el cuerpo de nuestra sociedad.

Termino citando por extenso unas palabras muy fuertes del papa Francisco. Las pronunció durante su visita a un barrio de Nápoles, marcado por el accionar de la mafia. Ante la pregunta de un funcionario judicial, Francisco respondió:

“El juez dijo una palabra que yo quisiera retomar, una palabra que hoy se usa mucho, el juez dijo «corrupción». Pero, díganme, si cerramos la puerta a los inmigrantes, si quitamos el trabajo y la dignidad a la gente, ¿cómo se llama esto? Se llama corrupción y todos nosotros tenemos la posibilidad de ser corruptos, ninguno de nosotros puede decir: «yo nunca seré corrupto». ¡No! Es una tentación, es un deslizarse hacia los negocios fáciles, hacia la delincuencia, hacia los delitos, hacia la explotación de las personas. ¡Cuánta corrupción hay en el mundo! Es una palabra fea, si pensamos un poco en ello. Porque algo corrupto es algo sucio. Si encontramos un animal muerto que se está echando a perder, que se ve «corrompido», es horrible y apesta. ¡La corrupción apesta! La sociedad corrupta apesta. Un cristiano que deja entrar dentro de sí la corrupción no es cristiano, apesta”.

 

Repudio y reflexión

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Acabo de mandarle un mensaje al obispo Luis Fernández de Rafaela, expresándole la solidaridad fraterna de nuestra diócesis a esa Iglesia hermana por la agresión sufrida este fin de semana.

También el repudio más firme a esa forma particularmente maliciosa de violencia simbólica. No es solo una agresión a la fe de los católicos, sino también a la convivencia ciudadana y a la cultura democrática de todos.

Para quienes somos cristianos, estos hechos son leídos, interpretados y calificados como una blasfemia. Incluso como un sacrilegio. Oramos, hacemos penitencia y suplicamos el perdón.

Desde un punto de vista cívico, se trata de una grave ofensa a la libertad religiosa de un grupo considerable de ciudadanos. No se ofenden solo sentimientos o creencias. Se juega con la libertad, porque se lleva la provocación al extremo. Se busca deliberadamente incomodar y zaherir.

¿Constituye un delito? En cuanto blasfemia, se trata de un grave pecado que es también un delito para la ley de la Iglesia que rige la vida de los católicos. Los juristas deberán decir en qué medida, una agresión de esta naturaleza a los símbolos de una religión configura también un delito para el derecho penal y civil argentino. Si lo fuera, nos asiste el derecho de reclamar justicia.

*     *     *

Dicho esto, añado una consideración del todo personal. Es opinable por donde se la mire, pero es mi punto de vista y me siento con el deber de compartirlo. Hace mucho que vengo rumiándolo en mi interior.

Junto con la libertad de conciencia y la libertad religiosa, la libertad de expresión constituye el sólido fundamento de la vida de una democracia y su cultura de convivencia ciudadana.

Estoy convencido de que la libertad de expresión, en una sociedad plural y democrática, debe ser todo lo más amplia posible. Ninguna libertad ni derecho son absolutos. Nuestra libertad coexiste con la libertad de los demás. En la interacción de las libertades se consolida la convivencia entre las personas.

La libertad es una sola. Solo en la más amplia libertad las personas nos abrimos y nos adherimos a la verdad. La conciencia es precisamente ese lugar donde la verdad se hace transparente a nosotros, nos conquista con su luz propia y se convierte en la guía de nuestro obrar, especialmente cuando se vuelve más onerosa, contradice nuestras apetencias y nos impone la dura disciplina del deber. Solo así somos genuinamente libres.

Ahora bien, para vivir a fondo esta vocación a la libertad hay que estar dispuesto a pagar un precio muy alto, normalmente en cuotas que aparecen una y otra vez en el camino nunca acabado de edificar el bien común.

Una de esas cuotas de alto precio es tener que convivir con algunos ciudadanos que se creen con el derecho de provocar a otros en sus valores espirituales más hondos. Y que, de hecho, lo hagan con manifestaciones como esta que hoy nos ocupa.

Ha acontecido y acontecerá seguramente, como ya comenzamos a observar. No solo aquí. Acabo de ver la foto de una repudiable profanación a la catedral de Santiago de Chile, acontecida precisamente este fin de semana.

No pido censura. Reclamo el derecho de protestar, de señalar con claridad la violencia sufrida y de pedir que, llegado el caso, la justicia intervenga. Lo haga o no, los que somos discípulos de Cristo renovamos nuestra vocación a la cultura del encuentro, del amor, del perdón y la reconciliación.

Cuando los discípulos experimentaron que unos samaritanos los rechazaban, se volvieron a Jesús incitándolo a la punición: “Cuando sus discípulos Santiago y Juan vieron esto, le dijeron: Señor, ¿quieres que mandemos caer fuego del cielo para consumirlos?». Pero él se dio vuelta y los reprendió. Y se fueron a otro pueblo” (Lc 9,54-56).

Los tiempos que corren, y los que asoman, nos van a solicitar, más de una vez, entrar en esta dinámica evangélica: manifestarle al Señor nuestros sentimientos de bronca y dolor, recibiendo de él esa mirada, esa reprensión sanante y esa invitación a seguir caminando la misión.

Vamos a requerir del Espíritu ser confirmados en la fortaleza, la paciencia y la valentía de sostener nuestra adhesión al bien, viviendo a fondo la mansedumbre de Jesús, el Testigo fiel del Padre.

El amor a nuestra sufrida patria Argentina nos anima también a dar, así, nuestra contribución a secar las fuentes del odio, la violencia y el desprecio del otro que parecen seguir manando a raudales.

Aunque sean pocos los que lo hagan, su elección libre será realmente un germen nuevo para le futuro de todos.

Una palabra que toca la vida…

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Hace poco escuché a una psiquiatra española que decía que los medicamentos más vendidos en España eran los ansiolíticos. Remedios para situaciones que desbordan. Ansiedad, inquietud, disconformidad, desorientación.

¿Y por casa cómo andamos? Somos un país que parece atrapado en un intrincado laberinto del que resulta difícil salir. Se percibe un difuso malestar que atraviesa a toda la sociedad. En diversa medida, nos afecta a todos. Si me permiten la confidencia: esa ansiedad la descubro en mí mismo, en el modo como muchas veces termino mi jornada o encaro una nueva con sus riesgos, incertidumbres e interrogantes.

Encuentro un haz de luz en el evangelio de este domingo (Mc 6,30-34): “Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato”.

En los ojos de Jesús se refleja la mirada de Aquel que, al ir concluyendo cada día de su creación, especialmente después de crear al hombre a su propia imagen, “miró todo lo que había hecho, y vio que era muy bueno” (Gn 1,31). No la mirada inquisidora del juez implacable que busca culpabilizar y aterrorizar, sino la del Dios samaritano que no puede pasar indiferente ante el sufrimiento.

“Como ovejas sin pastor”: gente que va y viene, no sabe qué camino tomar; busca a Jesús porque algo ha encontrado en él que le da confianza. La respuesta de Jesús es clara: pone el cuerpo, se detiene y se involucra, ofreciendo su palabra liberadora. Se trata de un contacto vivo, ni planificado ni artificial. Y, de ahí, surge lo nuevo: Jesús se puso a enseñar, y lo hizo largamente. Él se siente provocado a buscar en sí mismo una palabra para iluminar ese momento. Sabe que, como a los viejos profetas, se le ha confiado una palabra que lo quema por dentro. Viene del corazón de su Padre y es para el mundo, especialmente para los que no encuentran rumbo. Es más: esa Palabra es Él mismo, en persona.

Aunque el evangelio no nos dice qué estuvo enseñando Jesús, no necesitamos especular demasiado. Sabemos de sobra de qué se trata: anunciar, de todas las formas posibles, que Dios es Padre, especialmente cercano a los pobres y pecadores; que quiere que este mundo injusto cambie radicalmente, y que nos hace a través de su Hijo una propuesta de vida buena, capaz de atravesar el intimidante umbral de la muerte.

Se trata de una palabra viva, que realmente acontece, es decir, se abre paso desde la realidad y busca la verdad en medio de las situaciones complejas y difíciles de la vida. No es un relato, con sus tópicos archisabidos, que se repite como un mantra impersonal. Jesús es realmente un maestro de la comunicación: al decir se dice a sí mismo, poniendo en palabras su propia vida de Hijo amado del Padre. Por eso, toca y convierte los corazones, expulsa los demonios y devuelve humanidad a quien la ha extraviado.

Jesús no es un ansiolítico. La salvación que nos ofrece no se identifica, sin más, con una serenidad psicológica.  Pero, no estaríamos tan desacertados si afirmáramos, como hacían los primeros cristianos, que él es Médico y Medicina. En definitiva, él mismo dijo de sí y de su obra: “No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mc 2,17).

De dos en dos y libres, muy libres

de-dos-en-dos1“La Voz de San Justo”, domingo 15 de julio de 2018

La primera vez que leí la frase: “Una Iglesia libre en un Estado libre”, fue en una de las tantas entrevistas que le hicieran al entonces cardenal Joseph Ratzinger. Reflexionaba, si mal no recuerdo, sobre la presencia de la Iglesia en las modernas sociedades secularizadas y el principio de laicidad que regula los vínculos entre religión y política.

A mí me gusta hacerle un añadido personal: “una Iglesia libre, en un Estado libre, en una sociedad de hombres y mujeres libres”.

En el fragor del actual debate por la legalización del aborto, han vuelto a sonar voces que reclaman la separación de la Iglesia del Estado en Argentina. También las apelaciones al carácter laico del Estado y de cómo el Congreso no puede legislar en base a “creencias religiosas”.

Hay aquí mucha tela para cortar. Argentina, por ejemplo, no es un país confesional. No tiene una religión oficial, sino que promueve la libertad religiosa. La Constitución la reconoce como un bien público a tutelar. Estado e Iglesia son autónomos, aunque colaboran en varios frentes: educativo, social, cultural, etc. Aunque no todo es tan lineal: por diversas razones, los vínculos entre la Iglesia católica y el Estado son mucho más fluidos que con las otras religiones. En la medida en que crecen la secularización y el pluralismo religioso, se plantean aquí varios conflictos.

Soy de la opinión de que hay que seguir avanzando en la dirección del axioma arriba citado: “una Iglesia libre, en un Estado libre, en una sociedad de ciudadanos libres”. ¿Qué significa esto? No pretendo en estas breves líneas identificar los espacios que necesitan crecer en esa preciosa libertad. Quedará para otra ocasión. Inspirado por el evangelio de este domingo (cf. Mc 6,7-13), solo me gustaría señalar por dónde deberíamos transitar los católicos para vivir, a fondo y con responsabilidad, nuestra doble condición de miembros de la Iglesia y ciudadanos de nuestra república.

Jesús nos vuelve a invitar a asumir su propia forma de vida: profeta itinerante y siempre en camino; despojado de seguridades incómodas, con la única seguridad que realmente vale la pena: la que nace de saberse en las manos del Padre y cercano, sobre todo, a los más pobres y abandonados. Es una invitación a caminar, en fraternidad, con una creciente libertad que nos hace disponibles para entregar la vida en el servicio a todos.

Así como resulta incomprensible la historia de nuestro país sin el fecundo aporte del humanismo cristiano de la tradición católica, así tampoco podemos pensar que ese aporte sea algo estático y fijo. Supone una Iglesia también en camino, que busca, en cada tiempo, ser fiel al Evangelio.

Argentina necesita una Iglesia realmente libre, con una vigorosa presencia en el espacio público, sobre todo, a través de católicos que saben dar razón de su fe con claridad y exquisito respeto por los demás, especialmente si más alejados o distantes. Es decir, una Iglesia que, como lo muestra su bimilenaria tradición, es capaz de articular una palabra comprensible y amable; que edifica, también cuando pone en tela de juicio la mentalidad dominante. Por eso, una Iglesia de voz franca, nítida y directa, que echa mano de la palabra (escrita, dicha o gestual) para tender puentes y acercar corazones, no para ahondar grietas con oscuras estrategias. Una Iglesia que, mucho más en la variopinta sociedad plural, se muestra respetuosa de la libertad responsable de quienes intentan construir, cada día y con decisiones personales intransferibles, el mejor orden justo posible.

Una Iglesia, en fin, actualizada, que no tiene miedo de circular con el Evangelio por las redes, pero que tampoco teme ser calificada de anacrónica cuando dice verdades incómodas, particularmente urgentes, como ocurre hoy con el debate del aborto. El único “aggiornamento” genuino que conoce la Iglesia es el que la hace más fiel al Espíritu de Jesucristo y, por eso, más crítica con el espíritu del tiempo.

Sigo rumiando entonces eso de “una Iglesia libre, en un Estado libre, en una sociedad de hombres y mujeres libres”. Sí. Hay mucha tela para seguir cortando, pero, como dice el Evangelio: de dos en dos y con gran libertad interior.

 

Iglesia católica y laicidad

En el año 2007, siendo todavía presbítero de la arquidiócesis de Mendoza, publiqué el siguiente artículo sobre el tema de la “laicidad” según la enseñanza reciente de la Iglesia. Hoy habría que añadir algunos aspectos más. Pienso, por ejemplo, en cómo el presidente Macron de Francia se ha expresado en abril pasado sobre el rol positivo del catolicismo francés y cómo ha presentado la misión de la Iglesia en la moderna sociedad plural y secular. Yo mismo tengo hoy una distancia crítica de lo que opinaba entonces, por ejemplo sobre la legitimidad del artículo 2 de la Constitución Nacional. Sin embargo, me parece oportuno volver a publicarlo tal como lo escribí entonces, habida cuenta del camino que los católicos argentinos estamos transitando en nuestra joven y todavía inmadura democracia. Espero que sean útiles. 

***

Parecen ser tiempos tormentosos para la relación institucional Iglesia-Estado. Es bueno, entonces, reflexionar sobre cuestiones de fondo. Es el aporte que pretendo hacer con este artículo. Quisiera centrar la atención en el principio de la laicidad, tal como hoy lo comprende y expone la Iglesia católica.

1. La expresión: “sana y legítima laicidad” proviene de Pío XII (1958). El Papa Benedicto XVI ha abordado el tema en repetidas ocasiones. A fin del año pasado lo hizo ante un grupo de juristas italianos, reconociendo el deber de los cristianos de contribuir en la elaboración del concepto de laicidad. En su reciente viaje a Brasil, afirmó: “El respeto de una sana laicidad -incluso con la pluralidad de las posiciones políticas- es esencial en la tradición cristiana auténtica”. No ha sido fácil a la Iglesia arribar a semejante valoración. Compárese la encíclica “Vehementer nos” de San Pío X ante la ley de separación Iglesia-estado en Francia (1906), y la Carta de Juan Pablo II en el centenario de dicha ley (2005). Sin desconocer las profundas raíces anticatólicas que gestaron estos hechos, se ha pasado de una negación rotunda a una valoración más matizada de la laicidad, ofreciendo incluso elementos para una definición.

2. Este cambio de paradigmas ha sido obra del Concilio Vaticano II (1962-1965). Lejos de significar una ruptura, le ha permitido a la Iglesia católica una posesión más genuina y un auténtico progreso en la comprensión de su tradición. ¿En qué sentido? Ha afirmado explícitamente la autonomía y mutua cooperación Iglesia-Estado, y la legítima autonomía de la sociedad y de las realidades terrenas. Ha recordado también que la misión de la Iglesia, siendo eminentemente religiosa, tiene un alcance que llega a tocar toda la vida de la sociedad, su cultura y su organización.

A mi criterio, el fundamento doctrinal más importante que el Concilio ha ofrecido al principio de laicidad ha sido su último y más encendido debate: la cuestión de la libertad religiosa y la Declaración “Dignitatis humanae”. Allí leemos: “Esta libertad consiste en que todos los hombres han de estar inmunes de coacción, tanto por parte de individuos como de grupos sociales y de cualquier potestad humana, y esto de tal manera que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, sólo o asociado con otros, dentro de los límites debidos”. (nº 2).

Este es -en mi opinión- el núcleo de la doctrina católica sobre la “laicidad”. La dignidad del hombre como persona y de su conciencia como apertura a la verdad y a Dios, condición última para la libertad.

3. A la luz de todo esto, ¿cómo delimitar el contenido de la laicidad desde el pensamiento católico? La primera delimitación surge de preguntar por el valor de las religiones en la vida social. Si, por cualquier razón, se las considera como un elemento más o menos nocivo, la laicidad resultante tenderá a excluir cualquier referencia religiosa en la vida pública, relegándola al ámbito privado. Es el laicismo, como “hostilidad contra cualquier forma de relevancia política y cultural de la religión; en particular, contra la presencia de todo símbolo religioso en las instituciones públicas” (Benedicto XVI).

En realidad, el concepto de laicidad contiene un elemento de negación: la no-intromisión del estado en la conciencia personal y en la vida de la Iglesia; pero también, la no-intromisión de la Iglesia en ámbitos que no son de su competencia.

4. Hay además un elemento positivo en el concepto. En su carta al Episcopado francés, Juan Pablo II señala que la no intromisión del Estado en asuntos religiosos “permite que todos los componentes de la sociedad trabajen juntos al servicio de todos y de la comunidad nacional.” En un Discurso al Cuerpo diplomático añade además otra consideración: “en una sociedad pluralista, la laicidad es un lugar de comunicación entre las diversas tradiciones espirituales y la Nación”.

Laicidad significa autonomía del estado de la esfera religiosa, no de la ley moral. Por el contrario, la formación de las personas, la vida en sociedad y la misma democracia requieren un sólido fundamento humano, ético y espiritual. El estado es laico. La sociedad, en cambio, es rica en expresiones espirituales y de fe en Dios. Esto es clave. Laicidad significa hacer lugar a esta riqueza. Es el desafío de “vivir juntos” en una casa común, hombres y mujeres diversos

5. ¿Cómo se realiza en concreto este espacio de encuentro entre la Nación y las tradiciones espirituales de la sociedad? Señalo tres aspectos: 1) el derecho-deber de la Iglesia de hacer oír su voz en los grandes debates éticos (la vida, la familia, la educación, la justicia, el bien común), apelando a la razón y a lo que es propio de la condición humana; proponiendo -no imponiendo- su visión del hombre; 2) la tarea de la formación de la conciencia de sus fieles, especialmente de los laicos en la vida pública para servir al bien común; y, lo más importante, 3) su propia y específica misión evangelizadora, pues ésta tiene un alcance que toca toda la vida de las personas; no se puede minimizar el alcance social que tienen gestos religiosos tan sencillos como enseñar a rezar el Padre nuestro o el Ave María; a cumplir los Diez mandamientos; o la opción preferencial por los pobres a imagen de Cristo que se hizo pobre. Este ha sido, es y será el aporte de más largo alcance que la Iglesia realice a la sociedad.

Así, todos los credos requieren que se reconozca explícitamente su libertad para organizarse de acuerdo a sus propios principios, y a desarrollar todas las actividades propias espirituales, culturales, educativas y caritativas y, así, aportar a la vida ciudadana.

6. ¿Tiene la Iglesia católica preferencia por la forma del estado confesional, por encima de otros modos de organizar la relación religión, estado y nación? ¿Busca que la fe católica sea religión de estado? A la luz de lo expuesto, creo que la doctrina del Concilio Vaticano II busca asegurar algunos principios y valores fundamentales: libertad, autonomía y cooperación Iglesia-Estado, por una parte; libertad religiosa y de conciencia para todos los ciudadanos, por otra. La determinación de una forma concreta es una decisión que no compete directamente a la Iglesia. Ella reconoce aquí un límite objetivo a sus competencias específicas. No posee título alguno para expresar preferencia por un sistema u otro (cf. la encíclica “Centesimus annus” de Juan Pablo II, nº 47). Es también doctrina de la Iglesia católica que, “en virtud de sus vínculos sociales y culturales con una Nación, una comunidad religiosa pueda recibir un especial reconocimiento por parte del Estado: este reconocimiento no debe, en modo alguno, generar una discriminación de orden civil o social a otros grupos religiosos” (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, nº 423). En este marco se encuadra -a mi criterio- la legitimidad del artículo 2º de la Constitución Nacional: “El Gobierno federal sostiene el culto católico apostólico romano”.

En suma: muchos aspectos concretos de la relación religión-sociedad, Iglesia-Estado quedan sujetos a un juicio prudencial que tenga en cuenta el ideal señalado (libertad de conciencia; autonomía y cooperacón Iglesia-Estado) y las diversas circunstancias de lugar y tiempo, así como la historia, cultura y genio concretos de cada pueblo. De hecho, la Iglesia ha existido y existe en estados laicos o confesionales, concordatarios, ateos o francamente hostiles. La conveniencia de un modelo concreto es de libre discusión pública. La Iglesia puede hacer oír su voz, sin pretender zanjar la cuestión. Solo pide libertad efectiva para realizar su misión.

Tú sígueme

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Jesús salva a Pedro (Mt 14,22-33)

Según narra el cuarto evangelio, las últimas palabras que Pedro escucha de Jesús resucitado son: “Tú sígueme” (cf. Jn 21,22). Fueron también las primeras. Según San Marcos, los dos hermanos pescadores, Simón y Andrés, recibieron de Jesús una llamada perentoria: “Síganme, y yo los haré pescadores de hombres”. Y anota el evangelista: “Inmediatamente, ellos dejaron sus redes y lo siguieron” (Mc 1,17-18).

Simón Pedro es y permanecerá para siempre seguidor y discípulo, un caminante que va detrás de Jesús, apurando el paso, de tanto en tanto, para darle alcance. Ese camino ha sido fascinante, pero también tortuoso y, por momentos, muy difícil. No hay que olvidar una escena evangélica fuerte: estamos en medio de la pasión, Simón acaba de negarlo por tercera vez y su rostro se cruza con la mirada de Jesús: “El Señor, dándose vuelta, miró a Pedro. Este recordó las palabras que el Señor le había dicho: «Hoy, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces». Y saliendo afuera, lloró amargamente” (Lc 22,61-62).

Este 29 de junio, celebrando la fiesta de los apóstoles Pedro y Pablo, los católicos nos hemos acordado del sucesor del apóstol, el obispo de Roma: el Papa Francisco. Hemos rezado por él, por su persona y su ministerio. Su misión es ejercer, en la Iglesia, el “munus petrinum”. Se suele traducir esta expresión latina como: “el oficio de Pedro”. Pero, como suele ocurrir con las traducciones, “oficio” no termina de expresar toda la riqueza de la palabra “munus”. Es más, puede incluso dar una imagen errada, pues, entre nosotros, “oficio” suena a oficina, frialdad y formalidad. En cambio: “munus” hace referencia a una misión que se lleva con el corazón y que sella la propia persona y marca así toda la vida.

Esa misión es ser testigo de lo que implica seguir a Jesús resucitado, recorriendo su camino en los múltiples y complejos caminos de nuestro tiempo. Y, al hacer eso, servir a la unidad y comunión de todos los bautizados y de las iglesias esparcidas por el mundo.

Como señalaba San Juan Pablo II: el camino de la Iglesia es el hombre concreto. Nosotros, los discípulos de Jesús miramos hacia Roma, al obispo que se sienta en la cátedra de Pedro y Pablo. Con nuestros ojos ansiosos buscamos que, una vez más, Pedro nos muestre qué significa seguir a Jesús, el Señor, por los caminos que transitan los hombres y mujeres de hoy.

El Papa Francisco vive intensamente este ministerio. Este viernes, concelebrando con los nuevos cardenales y arzobispos, ha dicho con fuerza en su homilía: “No son pocas las veces que sentimos la tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor. Jesús toca la miseria humana, invitándonos a estar con él y a tocar la carne sufriente de los demás. Confesar la fe con nuestros labios y con nuestro corazón exige —como le exigió a Pedro— identificar los «secreteos» del maligno. Aprender a discernir y descubrir esos cobertizos personales o comunitarios que nos mantienen a distancia del nudo de la tormenta humana; que nos impiden entrar en contacto con la existencia concreta de los otros y nos privan, en definitiva, de conocer la fuerza revolucionaria de la ternura de Dios”.

Pedro sigue yendo detrás de Jesús, con arrojo y pasión. Nosotros caminamos con él y también oramos para que siga cumpliendo su misión.

El camino de Juan

“La Voz de San Justo”, domingo 24 de junio de 2018

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“Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan; vino como testigo para dar testimonio de la luz, y preparar al Señor un pueblo bien dispuesto”.

Este domingo, los católicos estamos celebrando el nacimiento de Juan Bautista. Abre esta columna el texto de la antífona de entrada de la Misa de esta fiesta, que combina dos textos evangélicos: Jn 1, 6-7 y Lc 1, 17.

Creo que ya he comentado que prefiero el título de “precursor” al de “bautista” para referirme a Juan. Y esto, por varias razones, tal vez más de índole personal.

Cuando, hace diez años, me preparaba para la ordenación episcopal, tomé los relatos evangélicos que hablan de Juan para unos días de retiro espiritual. Tengo incluso en mi habitación un pequeño icono que lo representa junto a uno de María y otro de Cristo. De tanto en tanto lo miro y le pido la gracia de que siga acompañando mi vida de seguimiento de Jesús como pastor. También yo tengo que andar mucho, preparando caminos, antes que en lugares geográficos, en los corazones.

Pienso que, no solo un obispo o un sacerdote, sino toda la Iglesia, a la hora de cumplir nuestra misión evangelizadora, nos parecemos mucho a Juan. O, al menos, deberíamos seguir sus pasos de “precursor” de Jesús.

Interrogado una vez por sus discípulos acerca de su misión en relación con la de un Jesús que comenzaba a opacarlo, Juan respondía: “Nadie puede atribuirse nada que no haya recibido del cielo. Ustedes mismos son testigos de que he dicho: «Yo no soy el Mesías, pero he sido enviado delante de él». En las bodas, el que se casa es el esposo; pero el amigo del esposo, que está allí y lo escucha, se llena de alegría al oír su voz. Por eso mi gozo es ahora perfecto. Es necesario que él crezca y que yo disminuya” (Jn 3,27-30).

Una sabia mezcla de humildad, verdad y valentía. Hay que aprender a decir, no solo con elocuencia y convicción, sino, sobre todo, con el respaldo de una vida que realmente se ha dejado llevar por ese camino: “Yo no soy el Mesías… Sólo soy un enviado que va delante”.

¿Cuántos mesianismos tóxicos, también dentro de la Iglesia? ¿Cuántas propuestas salvadoras que, en definitiva, no son sino solo proyecciones de nuestros deseos de omnipotencia? ¿Cuánto miedo a la real libertad de las personas? ¿Cuánta desconfianza en lo que Dios hace, humilde y silencioso, en la historia y en la creación que, en definitiva, han salido de sus manos creadoras?

Sí. La Iglesia, y en ella especialmente quienes somos sus pastores, hemos de aprender, una y otra vez, el camino de Juan, el Precursor. Camino hecho de humildad y verdad, de arrojo y testimonio. Camino que es realmente tal, es decir: se hace caminando, transitándolo en toda su extensión y con todos sus recovecos, a veces apacibles y luminosos, otros, más bien oscuros e intimidantes: “Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal, porque tú estás conmigo, tu vara y tu bastón me infunden confianza” (Salmo 23,4).

De labios de Jesús, el evangelio nos reporta el mejor elogio que Juan ha recibido: “Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y, sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él” (Mt 11,11).

Para nosotros estas palabras son una promesa y un aliciente para seguir caminando la fe.