Lourdes

“La Voz de San Justo”, domingo 17 de febrero de 2019

Lourdes, Fátima, San Nicolás, Luján, etc. Todo muy lindo, pero la Virgen es una sola.

Así solemos razonar los curas. Y está bien. Es una verdad teológica de claridad diamantina.

Pero… Siempre hay un “pero”.

Llega el 11 de febrero, y la devoción a la Virgen de Lourdes se lleva puesto todo. Llueva o truene, haga calor o frío.

Hay algo en Lourdes que atrae, convence y seduce.

Obviamente se pueden dar muchas explicaciones, tanto sociológicas como teológicas. Las hay muy certeras y buenas. También necesarias para comprender nuestra propia humanidad: cómo funcionamos y, sobre todo, cómo somos los seres humanos.

Pero… Siempre un “pero”.

La razón última, me permito decirlo, tiene que ver con eso que llamamos la Providencia de Dios. O, si queremos, con la picardía de Dios, que es más sabia y certera que todas las sabidurías humanas, parafraseando a San Pablo.

En Lourdes, Dios toca los corazones. Y lo hace a través de esa “hermosa señora” como la describió Bernardita antes de saber que era “la Inmaculada Concepción”.

Allí, en Lourdes, junto al río Gave, en un delicioso y humilde pueblo de los Pirineos, Dios se ha mostrado con rostro de Evangelio. Una vez más. Y los pobres, los heridos, los buscadores lo han comprendido. Algunos, de inmediato. Otros, al cabo de un largo y fatigoso camino de búsqueda.

Lourdes es el agua cristalina que, a la vez, nos habla del Bautismo y también de la vida. Es agua que cura. En ocasiones, el cuerpo enfermo. Las más de las veces, la curación más difícil: el corazón herido por el desencanto.

Lourdes es, así, atención amorosa y gratuita al que sufre. Repito: algunos -los menos- reciben la curación física. Los más: aprenden a curar el corazón haciéndose cargo de sus hermanos heridos.

Lourdes es también el Rosario, el Evangelio al alcance de las manos, los labios y los dedos. Bernardita nos cuenta que, la primera vez que ve a la Señora, solo puede rezar el Rosario cuando ésta la acompaña. Mientras la joven reza, la Señora, sin mover los labios, pero con una sonrisa, repasa las cuentas de su propio Rosario. Me gusta pensar que, cuando rezo mi Rosario, vuelve a pasar eso.

Lourdes es también penitencia. Sí, a veces los gestos penitenciales extraordinarios: un ayuno, alguna otra privación. Pero, sobre todo, es aprender a sobrellevar con paciencia las adversidades de la vida, ayudando a cargar la cruz a nuestros hermanos. Es decir: seguir a Cristo por el camino de la humildad que, las más de las veces, aparece como humillación.

¿Por qué Lourdes toca así los corazones? Solo Dios lo sabe. Lo sabe y sonríe, porque así es el amor: sorpresa, gratuidad y, sobre todo, entrega sin reservas y sin pedir nada a cambio.

El lunes, después de la procesión y Misa en la Iglesia de “La Milka”, conversando con algunos vecinos, estos comentaban también divertidos: “el año próximo le vamos a pedir a la Virgen que, por fin,“La Milka” tenga cloacas”.

Del cielo a la tierra (y más abajo también), sin escalas. Eso también es Lourdes.

Creyentes sedientos de paz

“La Voz de San Justo”, domingo 10 de febrero de 2019

“La fe lleva al creyente a ver en el otro a un hermano que debe sostener y amar. Por la fe en Dios, que ha creado el universo, las criaturas y todos los seres humanos -iguales por su misericordia-, el creyente está llamado a expresar esta fraternidad humana, protegiendo la creación y todo el universo y ayudando a todas las personas, especialmente las más necesitadas y pobres”.

Así comienza la Declaración “La fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común”, firmada días pasado por el Papa Francisco y el Gran Imán de Al-Azhar, Ahmad Al-Tayyeb.

Al llegar a los Emiratos Árabes Unidos, Francisco se había presentado a sí mismo como un “creyente sediento de paz”. Iba tras las huellas de su homónimo de Asís que, ochocientos años antes, hacía un recorrido parecido para encontrarse con el Sultán Melek-el-Kamel en El Cairo.

No nos perdamos en evocaciones históricas o nombres. Vamos al hueso de la cuestión, porque nos toca a todos. Obviamente, de manera particularmente incisiva a los creyentes.

Un cuestionamiento recurrente a las religiones monoteístas es que, desde el núcleo de su fe, son fuente de violencia, intolerancia y autoritarismo. De ahí la relevancia de que estos dos importantes líderes religiosos señalen con claridad que “las religiones no incitan nunca a la guerra y no instan a sentimientos de odio, hostilidad, extremismo, ni invitan a la violencia o al derramamiento de sangre”.

Es más, con firmeza han condenado toda forma de violencia por motivos religiosos como blasfemia contra el Nombre de Dios.

Mucho más decisivo es que hayan puesto la misericordia y la compasión en el centro de la comprensión que, tanto el cristianismo como el islam, tienen de Dios.

Una genuina experiencia religiosa tiene aquí su piedra de toque, su criterio último de autenticidad: el encuentro con el Compasivo y Misericordioso solo puede despertar sentimientos similares en los creyentes.

Se puede decir de una sola vez: la fe en un Dios que es Padre de todos solo puede ser vivida como fraternidad. Todo hombre o mujer es mi hermano, pero especialmente el pobre, el vulnerable, el desprotegido y abandonado.

Esta es la verdadera fuerza humanizante de toda genuina religión.

Vignaud, Don Bosco y la luz

Las primeras noticias las recibí del párroco al que fui asignado, poco después de mi ordenación sacerdotal. Se llamaba José. Rondaba los setenta años. Había nacido en Calabria y, junto a su madre y su hermano, había emigrado a Argentina. Con una mezcla de orgullo y nostalgia, solía contarme que, de niño, había sido interno en un “gran colegio” con una “gran basílica” en medio del campo en la provincia de Córdoba. El nombre: Vignaud, a secas.

Grande fue mi sorpresa cuando, apenas designado obispo de San Francisco, vine a saber que esa gran Iglesia estaba en el territorio que se me confiaba. Que estaba a cargo de los padres salesianos y que el colegio “San José” seguía recibiendo chicos que crecían bajo la guía de Don Bosco y la mirada serena de la Auxiliadora.

Varias veces al año visito la Colonia. No puedo dejar de pensar en aquel pequeño gran cura que me ayudó a iniciarme en el ministerio. Rezo por él bajo las inmensas bóvedas del gran templo de la Pampa gringa.

Y pienso en Juan Bosco, joven sacerdote en la Italia convulsionada de fines del “ottocento”. Turín vive la unificación de Italia y una revolución industrial. Y Don Bosco sale al encuentro de los jóvenes que se pierden en los suburbios turineses. Él sabe qué hacer: cada gesto, palabra o juego surgen de su ingenio desbordante pero, más aún, de la fuente inagotable de su amor.

Ese es su método: amar a los jóvenes, hacerles sentir que son amados para que, cada uno, saque lo mejor de sí.

Creo que, cada año, al llegar la memoria de San Juan Bosco (31 de enero) digo lo mismo: “gracias por el carisma salesiano, presente en nuestra diócesis”. No lo sabría decir de otro modo, porque es lo que siento. En estos tiempos nuestros, tan distintos, pero tan desafiantes como los de Don Bosco, ese carisma sigue siendo la semilla que porta consigo los mejores frutos.

Y ya que estamos deshojando el calendario litúrgico: este 2 de febrero es la Virgen de la luz, la Candelaria. Evoco todas estas cosas y me descubro iluminado. Y le pido a María esa luz que brilló en la vida de Don Bosco: amor que da vida.

Así no

Si una niña de doce o menos años resulta embarazada, lo es por una acción violenta, aunque haya habido alguna forma de consentimiento de su parte. Esa es ya una situación que atenta profundamente contra la dignidad de la vida. Es un profundo fracaso de todos. Nunca debería darse una situación así: la maternidad es mucho más que un hecho biológico.

Que ni siquiera en ese caso sea moralmente lícito recurrir al aborto en cualquiera de sus formas (también la denominada: “interrupción legal del embarazo”), no significa que se tenga que exaltar esa forma de maternidad. Salvar la dignidad del niño por nacer no puede desconocer la situación dramática de esa niña grávida, de la que también hay que hacerse cargo.

La editorial de ayer del diario La Nación “Niñas madres con mayúsculas” ha merecido una justa reacción crítica.

Obviamente, unos lo hacen porque ven lícito el aborto, al que consideran un derecho de la mujer, especialmente de la niña violada.

Otros lo rechazamos por razones que nada tienen que ver con la aceptación del aborto. No se puede abordar un tema así de delicado en los términos en que el editorial lo ha hecho. La apuesta por la vida en medio de semejante situación de colapso humano y ético, reclama también un enfoque distinto, más integral y humano.

Poder mirarnos

“La Voz de San Justo”, domingo 27 de enero de 2019

Está concluyendo en Panamá la Jornada Mundial de los Jóvenes. Desde hace algunos días, el Papa Francisco se ha sumado a miles de jóvenes de todo el mundo que se han dado cita en país centroamericano.

De todas las imágenes que nos han ido llegado, una foto en blanco y negro se ha destacado por encima de todas. Es aquella en la que unos chicos levantan la silla de ruedas de Lucas Herníquez, privándose ellos de ver al Papa, pero permitiendo que las miradas de Lucas y de Francisco se cruzaran por unos segundos.

Porque la foto capta precisamente ese momento. El fotógrafo Carlos Yap cuenta como llegó a ese momento, casi milagroso, después de que su máquina se trabara dos veces. Logró, finalmente, captar la sonrisa del Papa y su saludo a Lucas.

Este domingo, los cristianos leemos el relato de la predicación de Jesús en la sinagoga de Nazaret, su pueblo (cf. Lc 1, 1-4; 4, 14-21). Como de costumbre, alguien tiene que hacer la lectura. Esta vez, es el turno del mismo Jesús. El evangelista señala: “Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él” (Lc 4,20).

Tenemos necesidad de mirarnos a los ojos. De fijar la mirada en quien nos habla. Esta necesidad humana, para quienes tenemos fe, abre otra perspectiva: en los ojos de cada ser humano que se cruza por nuestra vida podemos reconocer el brillo de los ojos de Jesús.

Tal vez, algo así pasó entre Lucas y Francisco, allí en las calles de Panamá.

Año decisivo para Francisco (y la Iglesia)

Francisco está iniciando su sexto año como obispo de Roma y en el ejercicio del “munus petrinum” como pastor de la Iglesia universal.

Algunas cartas decisivas están ya puestas sobre la mesa. Dos de ellas son clave: por un lado, el proceso de reforma eclesial, con sus líneas directrices y las resistencias que suscita; y, por el otro, la crisis de los abusos, con el nuevo impulso que ha cobrado en estos meses.

Del entrecruzarse de ambos procesos podría terminar de delinearse la figura completa del pontificado de Francisco.

Hacia una Iglesia misionera

“Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo…”, decía Francisco en Evangelii gaudium 27. En ese documento y los que han seguido, pero especialmente en sus gestos, hemos ido conociendo el contenido de ese sueño. Una Iglesia “en salida”, sin temor a las heridas de estar “en las periferias”; una Iglesia “pobre para los pobres”, de pastores “con olor a oveja”; una Iglesia que vive y comunica la alegría del Evangelio, compañera de camino de todos los seres humanos, cualquiera sea la situación de vida en que se encuentren; una Iglesia que cultiva el cuidado de la “casa común”…

Es la Iglesia del primer anuncio (kerygma), cuya primacía no es temporal sino teologal: es el amor primero de Dios que precede, acompaña y culmina todo anuncio de la Iglesia. Con un acento especial: la misericordia-compasión-ternura de Dios que se hace figura histórica de la Iglesia, “hospital de campaña”. Sin identificarse del todo con esto, pero formando parte del proceso, está la reforma de la Curia romana.

De un tiempo a esta parte, ha comenzado a crecer, más en las palabras que en gestos y decisiones concretos, una melodía que viene ineludiblemente de la gran profecía conciliar: la apelación a una Iglesia más sinodal. Reflejo de la comunión trinitaria, la Iglesia tiene razones, motivos y fundamento para conjugar mejor las inevitables tensiones entre el centro y las periferias, la diversidad de carismas, vocaciones y ministerios, la unidad con la pluralidad católica. Francisco parece moverse hacia esa dirección.

Este primer aspecto que señalo ha suscitado enorme entusiasmo y adhesión. Es, en definitiva, un proyecto de reforma que abreva en las fuentes del Concilio Vaticano II que contiene la llamada más potente de Dios a su Iglesia en este tiempo. Como era de esperar, algunas de las acentuaciones de Francisco al mandato de reforma del Concilio han ido suscitando también un in crescendo de críticas y resistencias.

Heridas que buscan médico y medicina

El segundo aspecto que he señalado -la crisis de los abusos sexuales- está sacudiendo fuertemente a toda la Iglesia. Tal vez convenga reconocer que, frente al marasmo espiritual y moral que esta crisis representa, se nos han caído todos los libros. Retengo que el único camino posible de resolución pase, indefectiblemente, por un muy concreto acto de humildad que nos lleve a reconocer que no hemos estado preparados para esta crisis y la insuficiencia de nuestras respuestas. El mismo Papa ha entrado por este camino. Es un punto que merece atención.

¿Tenía Bergoglio en su agenda de temas prioritarios los abusos sexuales cuando fue elegido Papa en 2013? Lo cierto es que ha tenido que hacer rápidamente un intenso aprendizaje, no exento de dificultades o errores. Lo reconocía él mismo, hace un año, volviendo de su Visita Pastoral a Chile.

Aun reconociendo lo insuficiente de la respuesta eclesial a los abusos, lo que no se puede aseverar es que exista pasividad, voluntad de ocultar o dejar pasar el tiempo sin resolver este problema.

La Iglesia es un sujeto compuesto de muchos sujetos. Esta pluralidad hace injusto un juicio absoluto. Hoy, muchos en la Iglesia -entre ellos el mismo Francisco- han tomado el toro por las astas y se han aplicado a enfrentar la crisis con decisión, energía y claridad, pero también con la paciencia que supone perseverar en una crisis que no es de solución inmediata y en la que, de seguro, habrá muchos sinsabores.

¿Qué resultado hemos de esperar de este complejo panorama? Ya no hay demasiado margen para el error. Como ha comentado el cardenal Gracias respecto del encuentro de presidentes de conferencias episcopales, previsto para febrero: será o un gran éxito o una gran desilusión, sin vuelta atrás. Me alienta observar el liderazgo del Papa y la convicción que, sobre todo, muchos laicos tienen de que esta crisis urge caminos firmes y exigentes de purificación. Sobre todo, en su capítulo más difícil: el cambio de mentalidad y un trabajo preventivo a conciencia en cada una de las Iglesias particulares.

Batallas de otras guerras

Sin embargo, en este punto, asoma un horizonte oscuro e inquietante. Las críticas al Papa y una reviviscencia de los enfrentamientos eclesiales entre conservadores y progresistas amenazan ponen palos en la rueda de la Iglesia que juega su credibilidad y su futuro en la resolución de este problema.

Unos y otros están usando el drama de los abusos como munición gruesa para arrojarse mutuamente a la cara. Los conservadores denuestan a los progresistas por haber dejado abiertas las puertas de los seminarios a los homosexuales y al relativismo moral que ha llevado a la actual crisis. Además, el tiro por elevación alcanza a “Casa Santa Marta” y a su ilustre inquilino, el Papa. Por otra parte, los progresistas señalan a los “ultras” que su sistema eclesial de rigidez moral, esteticismo litúrgico, sobredimensión del sacerdocio generan, de por sí, una forma de vida clerical que, detrás de una pantalla de ortodoxia y firmeza, deja amplios espacios abiertos para estos derrapes sexuales.

La guerra de la Iglesia contra los abusos conoce de muchas derrotas y algunas victorias. Ahora, otras guerras generan otras batallas. Temas en sí mismos de legítima discusión son llamados en causa, mostrando una preocupante falta de imaginación y de perspectiva para encontrar nuevos y originales puntos de vista que nos lleven a soluciones superadoras. Van y vienen demasiadas recetas de corto alcance.

Como en toda polémica que se quiera enfocar desde la fe y con una correcta visión teológica, se requiera más discernimiento espiritual que ensañamiento discursivo. ¿Hay una hoja de ruta para la Iglesia en esta crisis?

Sí. Esa hoja de ruta existe. Su meta y el trazado de su curso son, hoy por hoy, más que un esbozo.

Tendremos que hablar de ello.

La alegría del amor


“La Voz de San Justo”, domingo 20 de enero de 2019








“Como un joven se casa con una virgen,
así te desposará el que te reconstruye;
y como la esposa es la alegría de su esposo,
así serás tú la alegría de tu Dios”. (Is 62,5).





Este domingo, los cristianos escuchamos el relato de las Bodas de Caná (Jn 2,1-11). Es el primero de los siete signos que encontramos en la primera parte del evangelio de San Juan. Cada uno de ellos nos muestra un aspecto de la persona de Jesús.  En esta ocasión, el símbolo de las bodas nos ayuda a comprender quién es realmente Jesús y cuál es el sentido de su misión. Lo podemos resumir en dos palabras: amor y alegría.





Pero ¿podemos seguir hablando hoy de bodas, amor y alegría? ¿No es la relación entre el varón y la mujer, más allá de la poesía romántica, una de las fuentes más arraigadas de opresión? ¿No tendríamos que romper este estereotipo rígido dejando paso a relaciones más fluidas? ¿Puede realmente el ser humano vincularse con otro de esta manera? ¿O, irremediablemente, debemos contentarnos con la soledad, tibiamente aliviada por los consuelos fugaces del “poliamor”?





Se formulan estas u otras preguntas similares. Y se buscan respuestas. Se piensa y se escribe mucho al respecto. Los seres humanos somos así: no podemos dejar de buscar respuestas a nuestros interrogantes.





Junto a las respuestas reflexivas (insustituibles, por cierto), la mayoría de las personas intentamos resolver estas cuestiones en nuestra vida concreta. Allí crecen nuestros vínculos, más allá incluso de nuestras posturas ideológicas. Es la verdad de la vida que asoma su rostro toda vez que el amor comienza a germinar en el corazón.





A esa experiencia apela el mensaje del Evangelio. Dios mismo -que es amor- ha puesto esa pasión en nuestros corazones. Si nos sumergimos en los evangelios y dejamos que la persona misma de Jesús nos hable e interpele, es posible que podamos encontrar respuestas que nos pongan en el camino correcto.





Por ejemplo, la vida y pasión de Jesús nos muestran que solo en la “reciprocidad” el ser humano encuentra mucho de lo que busca. Reciprocidad quiere decir: si busco amor, tengo que estar dispuesto a amar. Si quiero ser tratado con humanidad, ofrezco aquello mismo que pido para mí. En la misma medida y con la misma intensidad. No pretendo ser dominio de nadie, pero también renuncio a poseer a otro como si fuera una cosa que me pertenece y de la que dispongo a voluntad.





Claro, el evangelio añade un plus fundamental: en Jesús, Dios ha sanado y salvado la capacidad de amar de los hombres.
El encuentro con ese amor gratuito es la fuente de la alegría más grande.

Cielo abierto…

“La Voz de San Justo”, domingo 13 de enero de 2019


“¡Si rasgaras el cielo y descendieras…!” (Is 63,19).

“Y, mientras estaba orando, se abrió el cielo…” (Lc 3,21).

La fe bíblica nació entre nómades, caminantes que pasaban la mayor parte del tiempo deambulando por el desierto. Imaginamos sus noches, con el cielo estrellado por compañía y horizonte. También sus cantos, sus narraciones (algunas han pasado a nuestras Escrituras), sus penares e ilusiones.

Uno de ellos, Abrahám, recibió un día una promesa: si puedes contar las estrellas del cielo, así será tu descendencia. Y eso es la fe: vivir de esa promesa que abre el futuro. Y hace caminar. Y levanta de todas las caídas.

Dios es también un caminante. No está apoltronado en un lugar. El cielo estrellado es una bellísima metáfora para señalar su inmensidad, su misterio y la amplitud de su misericordia. Ese Dios inefable y caminante es amigo del hombre. Amigo que camina al lado. Se lo puede invocar y, sobre todo, contar con Él.

Hay momentos, sin embargo, en que la experiencia de Dios tiene otros tonos. Aparece lejano, ausente o sencillamente inexistente. El cielo, más que cifra de su infinitud, hace palpable la pequeñez sin sentido del ser humano, perdido en esa inmensidad.

De ahí nace la súplica que abre esta columna, y que hemos tomado del profeta Isaías: “¡Si rasgaras el cielo y descendieras, las montañas se disolverían delante de ti, como el fuego enciende un matorral, como el fuego hace hervir el agua!” (Is 63,19-64,1).

Este domingo termina el tiempo de Navidad. El evangelio, como al pasar, evoca la súplica del profeta: el cielo, finalmente, se ha rasgado. De él ha descendido el fuego que quema todo. No destruye. Enciende por dentro los corazones: es el Espíritu de Cristo, su amor apasionado, su misericordia.

Un dato para retener: Jesús ora y el cielo se abre. Hay tela para cortar aquí.

Tal vez sintamos la ausencia de Dios. Miremos el cielo y supliquemos con el profeta. Dios ya nos ha escuchado. Ha enviado a su Hijo. Caminemos con Él.

Noche de Reyes


“¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo” (Mt 2,2)

¿Qué te trajeron los Reyes? No puedo dejar de evocar la ansiedad que impedía dormir esa noche de espera. Y la magia de la mañana siguiente de regalos y sueños cumplidos, también de decepciones y algunas envidias. No sé por qué, pero, en mis recuerdos de niño, las mañanas de Reyes son siempre luminosas.

Estoy agradecido por aquellos años y cómo los Reyes estimularon la capacidad de expectativa que es innata al ser humano, que es casi la esencia de la niñez y que es la base sobre la que se asienta la esperanza cristiana.

El relato evangélico no habla de Reyes, sino de sabios de oriente, guiados por una estrella hasta el encuentro con un recién nacido, el asombro de sus padres al ver a esos extraños señores depositar regalos ante el Niño.

Sus regalos son presentes que homenajean al Niño y, en buena medida, son signo de una profunda gratitud: la estrella fue su guía que los llevó hacia la Luz que ilumina todo, Jesús, el Verbo de Dios humanizado. Son sabios en la misma medida en que son buscadores de la luz.

La gratitud comienza a despertar en sus corazones cuando descubren que la luz los ha encontrado a ello, que ese encuentro no es fruto de su esfuerzo, sino la gracia que ha puesto en marcha toda búsqueda de sus vidas. Y, de esa intensa mixtura de sentimientos, emociones y vivencias, nace el humanísimo gesto de la adoración.

La tradición de regalar a nuestros niños en Reyes evoca algo de esto. A pesar de todo, siguen viniendo niños al mundo, por eso, sigue siendo urgente buscar luz para disipar tanta tiniebla. Más por ellos que por nosotros.

Esa luz, para los cristianos, tiene un Rostro radiante: el del Resucitado. Y vive en cada chico que viene a este mundo. Y resplandece con mayor fuerza si mayor es también la fragilidad y vulnerabilidad.

Cada chico es una luz que merece ser agradecida.

Soñando Argentina

descarga-3-4

¿Nos atrevemos a soñar la Argentina de este 2019 que estamos a punto de iniciar? ¿Cómo la imagino y sueño yo?

En realidad, no sueño con una Argentina muy distinta de la que hoy tenemos.

Me explico. Claro que hay muchas cosas por superar: el deterioro espiritual y social que no logramos detener, la corrupción estructural que está a la base de la pobreza que golpea a una tercera parte de nuestro pueblo, especialmente a los niños. Nos duelen los rostros de la pobreza, pero no terminamos de decidirnos a enfrentar la enfermedad de la corrupción.

Lo que no puedo imaginarme es una Argentina sin nosotros, los argentinos reales que hoy transitamos sus caminos. Y pienso en todos, no solo en los que ven, sienten y creen como yo. Los de mi palo.

No puedo soñar una Argentina con gente que se quede afuera. Claro que algunas opiniones o puntos de vista me incomodan. Algunas también me enojan. Pero ¿es esto razón suficiente para excluir? Me resisto a pensar así, y si, por alguna razón esos sentimientos me invaden, trato de que no se apoderen de mí. Menos aún de mis decisiones o palabras.

Sueño con una Argentina en la que se discutan a fondo las ideas, los proyectos de país y los valores. Acaloradamente y con pasión. También sacándonos chispas. Pero que esa discusión no cruce la frontera del ataque descalificador del otro, buscando su exclusión o – peor aún – su eliminación.

Si, por un instante, dejáramos de colgarnos las etiquetas infamantes que solemos emplear para negarnos subjetividad: ¡Gorila! ¡Choriplanero! ¡Feminazi! ¡Antiderechos! (Y podría seguir un largo etc). Si dejáramos entrar en nuestro espacio lo que el otro siente y vive, pienso que lograríamos afianzar una de las virtudes fundamentales de la convivencia ciudadana: la reciprocidad.

¿Qué significa? Aquello que, con diversas formulaciones, encontramos en todas las grandes religiones y sistemas morales. Suena así: “Tratá a los demás como querés que los demás te traten a vos”. Eso es reciprocidad: estar dispuesto a dar al otro lo que pido para mí mismo.

Claro, todo esto supone una condición que puede resultar difícil: humildad. Sin embargo, si lográramos aprender de nuestros errores (los pasados y los actuales), tal vez, podríamos reconocer que, hoy por hoy, no hay mesías providenciales que tengan la llave del futuro. Aprenderíamos humildad. Solo una humildad compartida le da la mano a una verdadera reciprocidad.

Este sueño es potente. Al menos, para mí, como ciudadano, cristiano y obispo, me compromete en lo más profundo. A él quiero dedicarle mis energías en este año que estamos a punto de estrenar.

Este es mi sueño. Al compartirlo, deja ya de ser solo mío. Lo he puesto en las manos y el corazón de quien quiera escucharlo y hacerlo suyo.

¡Bendecido año 2019!