Ganar al hermano

“La Voz de San Justo”, domingo 6 de setiembre de 2020

“Si te escucha, habrás ganado a tu hermano […] Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos.” (Mt 18, 15.20).

Es posible que estemos viviendo el pico de la pandemia en nuestro país. Es posible. Lo que sí parece muy cierto es que vivimos un pico de agresiones, gritos y un clima generalizado de desconfianza. Cualquier dato es, casi al instante, contrastado con otro que lo desmiente o relativiza. Y así, el desconcierto y la discordia parecen predominar.

En este contexto llega la palabra de Jesús. A ella me remito. En ella me refugio. No porque quiera escapar de la realidad, sino porque solo esa Palabra me devuelve entero a la vida concreta.

¿Qué escucho este domingo? ¿Qué me dice? Dos cosas que me devuelven el ánimo: que cada prójimo es mi hermano o hermana y que, por lo mismo, vale la pena agotar todas las instancias para “ganar al hermano”. Y que, incluso en la situación extrema, seguirá siendo alguien que merece escuchar, como la primera vez, el anuncio del amor de Dios que cura todas las dolencias: como un pagano o un publicano (los preferidos del Señor).

En segundo lugar, que Jesús resucitado está en medio de quienes se reúnen en “su Nombre”. Aquí, más que hablar, hay que contemplar en silencio este misterio. Es el corazón de la experiencia cristiana. Mucho más que el moralismo que, de tanto en tanto, deforma la vida de fe, hasta el aburrimiento. Reunirse “en el Nombre de Jesús” es mucho más que hacerlo porque nos reconocemos sus seguidores (chicos buenos que hacen lo que es correcto). Esa preposición (“en”) indica una dirección de vida, una situación nueva, un clima en el que se ora y se vive: hacia Él vamos, llevados por su Espíritu; en Él estamos, también gracias a su Espíritu. Vivir esa Presencia, y vivir de esa Presencia. Es la mística cristiana que precede y funda todo compromiso ético según el Evangelio.

Pero escuchemos sus palabras completas: “También les aseguro que, si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos” (Mt 18, 19-20).

Vivir según el Evangelio es precisamente eso: en medio de la desconfianza, los gritos y la negación del otro, apostar siempre por la fraternidad que nace de estar ante el Padre de todos, “en el Nombre de Jesús”. Que los gritos no nos impidan ganarnos como hermanos.

El fuego de Jeremías

“La Voz de San Justo”, domingo 30 de agosto de 2020

“Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque él que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?” (Mt 16, 24-26).

Ya no habla en parábolas. Ahora Jesús es directo, preciso y concreto. Tanto en lo que a él se refiere –“ser condenado a muerte y resucitar al tercer día” (Mt 16, 21)- como lo que supone para los que quieran seguirlo. Todo ello simbolizado en la cruz. Intimidante. Y, sin embargo…

Jeremías según Miguel Ángel

A lo largo de la historia, incluido el presente y el futuro, hombres y mujeres de distinta condición se han sentido irresistiblemente atraídos por esa propuesta de vida. Han sentido dentro de sí, aquel “fuego abrasador” del que nos habla este domingo Jeremías: “me esforzaba por contenerlo, pero no podía” (Jer 20, 9).

Eso es lo que da el encuentro con Cristo: pide todo y da todo. Hay que animarse a perderlo todo, para ganarlo todo. Ese fuego, esa decisión y esa intensidad de amor es lo que vemos en la mujer santa que hoy recordamos: Rosa de Lima. Una mirada frívola y superficial solo ve en ella negación. Quien se anima a ir un poco más adentro, ve en esa joven un corazón sensible, enamorado y compasivo. Es verdad, nos grita la vida de Rosa (y la de tantos otros): el que pierde su vida a causa de Jesús, la gana, la multiplica, le da una belleza inigualable. De ahí ese nombre -Rosa- que, en realidad, es un apodo que acierta más que su nombre de pila: Isabel Flores de Oliva.

PS: ¿Y Simón Pedro? El pasado domingo lo escuchamos decir una verdad enorme. Hoy, dice tonterías. Pero Jesús ya ha comenzado a avivar el fuego de Jeremías en su vida. Solo necesita tiempo: seguir caminando y dejarse quemar por ese fuego que es Jesús. Mientras tanto, no le viene mal ese “Pedro, ubicate”. A él, y también a nosotros.

Las palabras de Simón, el pescador, llamado “Pedro”

“La Voz de San Justo”, domingo 23 de agosto de 2020

“Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Jesús le dijo: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo»” (Mt 16, 16-17).

Las palabras más importantes de la vida se suelen hacer esperar. Tienen que echar raíces, crecer y, finalmente, darnos su fruto maduro. Así llegamos a decir: “te amo”, “lo siento”, “creo en Dios”, “aquí estoy, contá conmigo”.

Cuando están a punto, fluyen solitas de nuestros labios, pero con el aliento que viene de lo profundo de nuestro cuerpo. Son palabras que dicen y “nos” dicen.

Las fuentes del Jordán

Eso es lo que ocurre con Simón Pedro en la escena del evangelio de este domingo. El lugar donde son pronunciadas, tal vez, ha sido de ayuda. Hay lugares que invitan a contemplar, a cantar o a rezar. Jesús ha llevado a los suyos lejos de Jerusalén. Están en las cascadas que dan origen al Jordán. El lugar es aún hoy muy bello.

Allí, precisamente, Simón Pedro logró encontrar las palabras que desde hacía tiempo andaba buscando. Desde aquella tarde, junto al lago donde transcurría su vida de pescador, cuando Jesús pasó, lo miró y lo llamó. Simón, y Andrés, su hermano, pero también Santiago y Juan, dejándolo todo lo siguieron. Desde entonces, en todos ellos venían creciendo sentimientos, intuiciones y decisiones que necesitaban encontrar las palabras justas para echar raíces y lanzar la vida hacia delante. Porque eso hacen las grandes palabras de la vida.

Solo necesitaron que Jesús hiciera la pregunta precisa: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy?”. Entonces, Simón sintió que, del inmenso mar interior de su corazón, subían, a borbotones las palabras de la respuesta: “¿Quién sos vos? El Mesías, el que está lleno del Espíritu, el que abre el futuro, el que nos da esperanza. Vos sos el Hijo del Padre”. Aquel día, Simón tomó la palabra y dijo las palabras que todos andaban buscando. Y fue declarado bienaventurado por el mismo Jesús.

Pero, ni la vida, ni la fe, ni las palabras que navegan en el corazón se detienen. El domingo próximo escucharemos a Simón Pedro decir un par de tonterías. Necesita tiempo para que esas palabras certeras dichas en las fuentes del Jordán lleguen a transformar realmente su vida. Así es la fe: un camino que nunca se detiene. Tendrá que experimentar que aún puede fallar -negará a Jesús tres veces-, pero que, por encima de todo, el amor de Jesús es siempre más fuerte.

Y, nuevamente, tendrá palabras certeras: “Jesús, Señor, vos lo sabés todo. Vos sabés que yo te amo”.

La justicia en Argentina

El presidente de la Nación ha propuesto algunas reformas en la justicia. A tal fin, ha enviado un proyecto al Senado y constituido una comisión de expertos. El primero se enfoca solo en la justicia federal penal, mientras que la segunda en el funcionamiento de la Corte Suprema, el Consejo de la Magistratura y el Ministerio público. Como era de esperar, las reacciones a favor y en contra han comenzado a expresarse. Está bien: es lo que normalmente ocurre en una democracia saludable.

Una justicia demasiado largamente esperada

Una mejora sustancial de la justicia es un viejo anhelo de la sociedad argentina. Fue precisamente uno de los temas de fondo que, en medio de la gran crisis 2001-2002, abordó el “Diálogo Argentino”. El documento final que recoge los principales consensos dedica un apartado entero (el nº 7) a la reforma de la Justicia. Comenzaba señalando que la “confianza pública en la Justicia es un elemento fundamental para construir una sociedad más equitativa, respetuosa de la ley, de los derechos de todos y apta para el desarrollo económico y social”.

Indicaba además que, para lograr esa confianza social en la Justicia, “es imprescindible facilitar a todos, y particularmente a los más pobres, el acceso a la justicia, desterrar la impunidad y las situaciones de privilegio; lograr su completa independencia de los otros poderes; asegurar la aplicación de la ley de modo igualitario, y mejorar su eficiencia.” Eran los grandes objetivos consensuados en aquel enorme esfuerzo de diálogo que convocó a tantas personas e instituciones argentinas. Avanzaba también algunas propuestas concretas para facilitar el acceso a este servicio esencial y la despolitización del sistema judicial. En ese sentido, lo que señalaba sobre la reforma de la justicia no podía separarse de lo propuesto para la reforma política.

Compromiso desde la fe

El “Diálogo Argentino” mostró que, en un momento crítico de fuertes tensiones, los argentinos pudimos pensar juntos el futuro común. Después, los vientos amainaron, y todo quedó archivado. Otra historia. De todas formas, este ejercicio de la memoria me permite algunas preguntas: ¿Tenemos los católicos argentinos que seguir interesándonos por la justicia secular y su complejo funcionamiento? ¿Debemos preguntar por la validez y oportunidad de esta iniciativa del presidente Alberto Fernández?

Como discípulos de Cristo, los católicos estamos llamados a tomar parte activa en la edificación de la mejor justicia posible. La fe nos aporta motivos, luces y, sobre todo, la energía inagotable de la esperanza, especialmente valiosa cuando se trata de empresas arduas. Eso sí, cada uno, según su vocación y misión propias. Los pastores no podemos abordar las cuestiones formales y técnicas. Nos compete alentar el compromiso laical, sobre todo, de quienes poseen ciencia y competencia en esta materia. La voz laical de la Iglesia, todo lo ricamente pluriforme que es, tiene que hacerse sentir en el debate público.

Consensos para una reforma verdadera

Caben pocas dudas sobre la necesidad de una verdadera reforma de la justicia en Argentina. Justamente por eso, es legítimo preguntarse por la oportunidad de la iniciativa. La emergencia sanitaria, con su alto grado de incertidumbre, nos ha puesto ante otras urgencias más primarias: la salud y la subsistencia. Es cierto que nunca tendremos escenarios ideales. Una discusión responsable nos obliga a preguntarnos si están dadas, al menos, las condiciones suficientes. Somos además una sociedad con fuertes tensiones internas. Nos cuestan el diálogo y los consensos. Y, cuando se dan, resulta difícil sostenerlos en el tiempo. En materia tan sensible lo óptimo sería el acuerdo más amplio posible. Lo cierto es que el proyecto de reforma está sobre la mesa. Las consultas deberían ser amplias, los diálogos francos y los procedimientos muy transparentes. Para culminar en un debate parlamentario de altura, acompañado por una sociedad interesada y crítica. Una victoria de un sector sobre otros sería, en esta cuestión, una derrota de todos.

Buscando alguna luz en la enseñanza social de la Iglesia, podemos repasar lo que san Juan Pablo II decía, en Centessimus annus, sobre el aprecio que la Iglesia tiene por la democracia, su núcleo ético y su modo de estructurar la sociedad en tres poderes: legislativo, ejecutivo y judicial. Al respecto señalaba: “Tal ordenamiento refleja una visión realista de la naturaleza social del hombre, la cual exige una legislación adecuada para proteger la libertad de todos. A este respecto es preferible que un poder esté equilibrado por otros poderes y otras esferas de competencia, que lo mantengan en su justo límite. Es éste el principio del «Estado de derecho», en el cual es soberana la ley y no la voluntad arbitraria de los hombres” (CA 44). En la delicada arquitectura de la democracia, la justicia es una pieza clave.

Si a este aspecto teórico, por llamarlo de alguna manera, añadimos la preocupación bien concreta por la impunidad de la corrupción, el anhelo ciudadano de una justicia independiente, efectiva y despolitizada añade nuevas y fundadas razones para estar atentos. La sospecha de que esta iniciativa busca nuevas impunidades para viejos vicios de la política merece ser atendida. Esperar que podamos solucionar otros problemas (por ejemplo, económicos o sociales), para recién entonces interesarnos de la corrupción es no comprender cómo realmente funciona la sociedad. Sin instituciones republicanas sólidas, la arbitrariedad hace cada vez más difícil erradicar el mal de la corrupción. Así, la pendiente hacia la pobreza se vuelve más empinada, como lamentablemente venimos experimentando los argentinos.

Una reforma en serio de la justicia es verdaderamente cosa de todos: “res nostra” “res publica”.

Jesús en la frontera

“La Voz de San Justo”, domingo 16 de agosto de 2020.

“Jesús partió de allí y se retiró al país de Tiro y de Sidón. Entonces una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar: «¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio»” (Mt 15, 21-22).

No está claro si Jesús entró o no en el “país de Tiro y Sidón”. Lo cierto es que buscó deliberadamente estar cerca de ese límite, más espiritual que geográfico. En la Biblia, Tiro y Sidón son, junto a Sodoma y Gomorra, dos ciudades paganas y pecadoras: estar cerca de ellas expone al verdadero creyente al riesgo de prostituirse, adorando a los dioses paganos. 

La que sí dio el paso de salir a su encuentro es esta mujer, madre angustiada de una hija que sufre. La escena es frenética. La mujer persigue a Jesús con sus gritos. Dos veces señala el texto evangélico este griterío. Sí, se trata de una oración hecha a los gritos. Nada extraño para quien conoce el camino de la oración que, por ejemplo, nos proponen los salmos. Varias veces, el orante agobiado no tiene otro recurso que el grito de dolor, incluso desesperado. En definitiva, la oración nos enseña a estar delante de Dios tal como somos, con los sentimientos que realmente nos habitan, más allá de todo formalismo.

Aquí me detengo. Les propongo una lectura más bien alegórica de la escena: reconozcámonos en esa mujer pagana que, guiada por el deseo de ver a su hijita sana, se acerca gritando a Jesús. ¿No es precisamente esa la misión de la comunidad cristiana? Esos gritos, ¿no son también nuestros? ¿O estamos al margen de toda incertidumbre y sufrimiento? ¿O, peor aún, hemos logrado aislarnos e inmunizarnos de tantas formas de sufrimiento, angustia y desesperación que nos rodean? ¿Somos acaso como los discípulos que, más por incomodidad que por real compasión, le piden a Jesús que atienda sus gritos?

Una vez más, una mujer del pueblo es la imagen elegida por el Evangelio para expresar la misión de la comunidad cristiana. Una mujer que viene del paganismo, pero que, por encima de todo, siente en sus entrañas el sufrimiento de su hija. Puede ser imagen de la Iglesia porque, antes de todo, es imagen del corazón compasivo del Padre. Jesús lo vio antes que nadie. 

Elías, Simón Pedro y María

“La Voz de San Justo”, domingo 9 de agosto de 2020

Para esta semana que se inicia les dejos tres nombres, tres historias, tres encuentros con Dios.

“Después del fuego, se oyó el rumor de una brisa suave. Al oírla, Elías se cubrió el rostro con su manto, salió y se quedó de pie a la entrada de la gruta…”, (1 Re 19, 12-13).

ELÍAS. El primer profeta conocido. Es fuego puro. Hombre de soledades, no teme a ninguna criatura. Hasta que su bravura es amenazada realmente. Este domingo, la liturgia nos deja al borde de uno de sus últimos encuentros con Dios. Elías, que ha sentido el paso del huracán, del terremoto y de la tormenta, siente el paso de Dios en la brisa suave. Hay que afinar el oído, salir de la cueva y exponerse para percibir su paso fugaz.

“Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: «Señor, sálvame»”. (Mt 14, 30).

PEDRO. Es también impetuoso. Tanto como generoso, desinhibido, hasta temerario. En medio de la tormenta le pedirá a Jesús, que camina sereno sobre las olas del mar, que le permita ir hacia él, caminando sobre las olas. El miedo, sin embargo, siempre llega en la vida. Simón Pedro, el impetuoso, sabrá entonces suplicar y pedir ayuda. Será la mano de Jesús la que lo sostenga: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”.

“María dijo entonces: «Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi salvador, porque el miró con bondad la pequeñez de tu servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz…”. (Lc 1, 46-48).

MARÍA. Hacia el fin de semana -el sábado 15 de agosto- celebraremos una de las fiestas marianas más hermosas: su asunción en cuerpo y alma al cielo. Es la Pascua de Nuestra Señora. La escucharemos cantar las “maravillas que Dios hizo” en ella. Joven, embarazada y cantando. Vida que triunfa, exuberante y fresca, porque viene del Dios que ama la vida. Digámoslo sin vueltas: solo el alma de una mujer puede sentir y reconocer así la irrupción del Dios de la vida. Un anticipo de lo que vivirá otra mujer ante la tumba vacía. También de nombre “María”, no de Nazaret, sino de Magdala.

Tres nombres que encierran tres itinerarios que se entrecruzan con nuestros propios caminos. También nosotros, después de las tormentas, hemos podido reconocer el paso de Dios en las brisas suaves de los atardeceres. O, como al pescador de Galilea, en medio de la tormenta, mientras nos hundimos, hemos sentido su mano firme que nos sostiene y levanta. O, como la joven virgen de Nazaret, hemos sentido que no podíamos dejar de cantar lo que Dios va tejiendo en nuestra vida.

Tres nombres, tres encuentros, tres biografías para relatar la experiencia cristiana de Dios.

Los sentimientos de Jesús

“La Voz de San Justo”, domingo 2 de agosto de 2020

“Al atardecer, los discípulos se acercaron y le dijeron: «Este es un lugar desierto y ya se hace tarde; despide a la multitud para que vaya a las ciudades a comprarse alimentos» […] Y después de ordenar a la multitud que se sentara sobre el pasto, tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, los dio a sus discípulos, y ellos los distribuyeron entre la multitud” (Mt 14, 15.19).

El pasado domingo nos acercamos a las decisiones de Jesús. Hoy, a sus sentimientos. El evangelio de este fin de semana nos habla de ellos. O, mejor: de un sentimiento que, en Jesús es dominante: la compasión.

Jesús acaba de enterarse de la muerte violenta de Juan Bautista. Su impulso primero es irse al desierto. Busca la soledad, no el ensimismamiento. El desierto y la soledad constituyen el ámbito para un encuentro que él busca constantemente. Viven y se mueve en ese encuentro. Busca al Padre. Siente esa necesidad vital.

Sin embargo, un hecho lo hace cambiar de ruta, no de rumbo: la multitud lo busca a él. Es entonces que su deseo de encontrarse con el Rostro del Padre en el desierto da su mejor fruto: “Cuando desembarcó, Jesús vio una gran muchedumbre y, compadeciéndose de ella, curó a los enfermos” (Mt 14, 14). Jesús ve a la muchedumbre y “se le mueve todo por dentro”, diríamos nosotros. Y, de ese sentimiento, nacen dos gestos fuertes: entremezclarse con los enfermos para curarlos y, sin reparar en los límites que impone la situación, dar de comer a la multitud que lo busca.

“Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús”, escribe San Pablo a los primeros cristianos (Flp 2, 5). Han pasado dos mil años, pero sigue siendo la regla de vida fundamental para cualquiera que se reconozca discípulo de Jesús: dejar que su compasión tome por dentro todo lo que somos, deseamos y vivimos. Un proyecto nunca logrado del todo, siempre abierto y desafiante.

Esta semana volveremos a verlo realizado en una figura muy querida, sobre todo por los pobres: San Cayetano, el santo del pan y del trabajo. Él mismo se hizo pan. Él mismo se dejó transfigurar por los sentimientos de Jesús, su maestro y señor.

Las decisiones de Jesús

“La Voz de San Justo”, domingo 26 de julio de 2020

“El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo” (Mt 13, 44).

Hasta tanto aparezca la vacuna del COVID-19 y sea efectiva para la mayoría de la población mundial -además de gratuita-, tendremos que hacernos a la idea de convivir con el riesgo del contagio. Y todas sus consecuencias, entre ellas, la muerte.

Puede parecer duro, pero, bien mirado, ese ha sido y es el estado permanente del ser humano. Ser parte de la especie humana es aprender a convivir con diversos riesgos y amenazas. Y, desde ese lugar, decidir cómo encarar la propia vida.

Por eso, desde distintos puntos de vista, son muchos los que hoy están indicando la necesidad de desarrollar una “ética del riesgo”, tanto a nivel personal como social.

El evangelio de este domingo nos da algunas pistas para pensar, desde la óptica cristiana, los desafíos que implica asumir con responsabilidad este “vivir en situación de riesgo”. Hoy por hoy es la condición de toda la humanidad. Algo tal vez inédito, que esconde también una inmensa oportunidad.

Jesús cuenta tres parábolas: el tesoro encontrado en un campo, la perla fina y la red que recoge del mar toda clase de peces (cf. Mt 13, 44-52).

Con ellas cierra la enseñanza que había comenzado junto al lago, hablándole a la multitud. Ahora, vuelve a la casa con son sus discípulos. El clima es el mano a mano de la cercanía y la confidencia. Si las parábolas están dirigidas al corazón más que a la mente, es Jesús el que abre su corazón y permite asomarnos a sus decisiones más íntimas: qué lo mueve, qué lo sostiene, por qué asume una vida de riesgo continuo (que sabemos cómo terminará).

Al hablar del tesoro y la perla, Jesús nos dice que ha encontrado algo tan valioso que no puede sino ordenar toda su vida en torno a este “tesoro”. Él le llama, usando lenguaje de los salmos y los profetas: el reinado de Dios. Es su Padre que abraza a los pobres, a los heridos, a los que yerran el rumbo. Por eso, su opción más de fondo es vivir en esa tensión: buscando siempre al Padre y abrazando, como Él, a sus hermanos.

Con la última parábola -la red que recoge peces buenos y malos- vuelve sobre lo que ya dijo al hablar del trigo y la cizaña: cada uno tiene que tomar sus propias decisiones, pero el juicio sobre los demás hay que dejárselo a Dios. Él sabe calibrar, mejor que nosotros, lo que hay en cada corazón.

Este mensaje puede ayudarnos. Si miramos a Jesús, tal como nos lo pintan los evangelios, vemos a alguien que es, ante todo, libre y que, incluso en medio de las contradicciones, vive una intensa (y envidiable) alegría. Tal vez por eso, cuando cuenta la parábola del tesoro, no puede sino apostillar: “…y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo”.

Lo cierto es que, a lo largo de la historia, Jesús no deja de compartir esa alegría con los que se animan a mirar la vida como él y de su mano. Nos comparte su mismo Espíritu. Es una posibilidad abierta.

La resiliencia de Jesús… y un poco más

“La Voz de San Justo”, domingo 19 de julio de 2020

“Después les dijo esta otra parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa»”. (Mt 13, 33).

Jesús sigue hablando en parábolas. Es su modo de afrontar -con ingenio y creatividad – la creciente hostilidad que su mensaje despierta. En estos tiempos en que se ha puesto de moda la palabra “resiliencia”, el evangelio nos ofrece una guía espléndida para aprender, de la mano de Jesús, a levantarnos y rehacernos.

Claro: Jesús es mucho más que un prestigioso gurú de la resiliencia. Cuando nos habla en parábolas sobre el reinado de Dios, su palabra viene de las profundidades de la Trinidad. Sus parábolas son eco del misterio eterno del Dios amor. Es el Hijo que nos muestra el rostro del Padre. Y lo hace con la potencia del Espíritu.

Por eso, cuando nos habla de que no hay que apurarse para arrancar la cizaña que crece junto con el trigo, está tratándonos de enseñar la paciencia del amor del Padre. Precisamente así, Dios trata a la humanidad: sabe esperar que el corazón madure para acoger la semilla que Él mismo siembra en el mundo.

Este domingo también lo escuchamos hablarnos del Reino de Dios con dos ejemplos deliciosos: una pequeña semilla de mostaza que se convierte en un gran arbusto. Y una mujer que pone levadura en la masa para el pan. También aquí, la desproporción entre la pequeñez y el resultado final, nos hablan del modo cómo Dios obra.

Jesús nos habla del reinado de Dios que ya está presente en el mundo. Viene y está. Y, desde dentro, como la semilla en la tierra o la levadura en la masa, transforma, levanta, cobija y alegra el corazón.

A condición de que, también como la semilla o la levadura, se esté dispuesto a morir para vivir. Y, en esto, Jesús toma la delantera. Ya lo recordamos el pasado domingo: grano de trigo que cae en tierra y se pierde para dar vida.

Estas hermosas parábolas nos hablan del Reino de Dios, pero, inseparablemente de Jesús y su pascua. Él es -como bien lo enseñó un autor antiguo- el mismo Reino de Dios en persona.

Grieta, diálogo y consenso en el hoy de Argentina

Al menos desde la gran crisis de 2001, la Argentina clama por un consenso amplio que nos permita recuperar rumbo como sociedad. 

Soy de los que piensan que, de funcionar las instituciones de la República, el diálogo que desemboca en semejante consenso debería darse en el Parlamento nacional. En definitiva, para eso sirven las instituciones: para dar cauce a la vitalidad de un pueblo. 

Es lo que pienso, aunque, cada vez más, lo vivo como un sueño que se aleja mientras me despierto y eso que llamamos “realidad” comienza a tomar formas con las primeras luces del día. 

La actual emergencia sanitaria, por ejemplo, ha sido una oportunidad para intentar ese camino. 

Parece una paradoja, pero precisamente situaciones críticas (o límite, si se quiere) suelen ser propicias para esos saltos cualitativos en los que, impulso y rumbo se alimentan recíprocamente. 

Condiciones no faltan, sobre todo en la Argentina profunda que ha vuelto a emerger en este extraño tiempo que nos está tocando vivir. Desde mi puesto de observación como obispo católico lo veo cada día. 

El esfuerzo de nuestro pueblo en estos meses es admirable. Claro que el miedo ha jugado su papel. Pero no hay solo miedo en el corazón de las personas. Otras fuerzas también humanísimas se debaten en nosotros, pujan por salir y, en distinta medida, nos mueven y animan. Si al miedo o a la incertidumbre los miramos de frente, hasta pueden darnos la mano y ayudarnos a caminar.

Tampoco nos faltará espíritu para lo que se avisora como futuro.

Solo que hay una condición para aquel salto que parece cada vez más frágil e imposible: la renuncia de los “halcones” de cada sector social a revolotear sobre las presas que parecen debatirse en sus últimas fuerzas.

Los “halcones” deberían realmente dar un paso al costado. Ante todo como opción fundamental. Como actitud. La misma fuerza para volar y atacar podría encausarse en esa dirección. 

Hoy, la grieta es alimentada, o por precisas opciones ideológicas o por calculada estrategia de poder. O, por ambas: llevar el conflicto hasta el final…

¿Qué se sigue de esta constatación? ¿Desaliento, desesperación, renuncia? Comprendo bien a quienes se debaten en esas opciones. Pienso, sin embargo, que podemos encaminarnos en otra dirección. 

Obviamente, no dejo de ver, en esta opción que propongo, el influjo de la fe en Dios que compartimos tantos hombres, mujeres y comunidades argentinos. En mi caso, la fe en el Dios amor del humanismo cristiano y la tradición católica. 

Es la opción por la paciencia como forma de la esperanza. No es pasividad, sino espera activa que concentra las energías en los pequeños grandes encuentros que, desde dentro, van construyendo la vida.

Francisco, el papa argentino, suele decir que hay que “caminar la paciencia”.

Es, en definitiva, la apuesta que cada ciudadano hace hoy, cada día, cuando, vencidos los miedos e incertidumbres tan vivos en estas horas, se calza el tapaboca y sale a trabajar, vivir y soñar.

Estamos aprendiendo que, en el hoy de Argentina, las palomas cuidan la vida mejor y más eficazmente que los halcones.

O, en palabras de Jesús: ovejas en medio de lobos, astutos como serpientes, sencillos como palomas (cf. Mt 10, 16).