Abrahám: el caminante que vive de una promesa

“La Voz de San Justo”, domingo 23 de febrero de 2020

El relato de Babel nos ha dejado un sabor amargo: los hombres ¿estamos condenados a no entendernos? ¿Es nuestro destino la dispersión, amargados y solitarios? Al parecer, la única forma de encuentro es el conflicto, y este hasta la muerte. O unos u otros.

Pero, ya lo dijimos: la puerta a la esperanza está abierta. Y será el mismo Dios el que trasponga su umbral y dé inicio a una historia nueva. Y lo hace con Abram, a quién llamará: Abrahám. Ese cambio de nombre (como tantos otros en la Biblia) es una buena señal de hacia dónde va la historia.

Con la de Abram/Abrahám comienza la historia de eso que llamamos fe. ¿Cómo describirla? Si en esta semana tenemos tiempo y ganas (sobre todo, ganas), busquemos en el libro del Génesis el ciclo de Abrahám: Gn 12-25, 18.

Gn 12, 1-4: “La vocación de Abram”

“Abram partió, como el Señor se lo había ordenado…” (Gn 12, 4).

La fe nace de una palabra que llega, de repente, trastoca todo lo que hasta ese momento da certeza y seguridad. En este caso, a un hombre anciano, sin descendencia.

Es además una orden perentoria con una promesa incierta: “Deja tu tierra natal y la casa de tu padre, y ve al país que yo te mostraré. Yo haré de ti una gran nación y te bendeciré; engrandeceré tu nombre y serás una bendición.” (Gn 12, 1-2).

Lo decisivo no es la promesa -inmensa, por cierto- sino quien la realiza: el Dios vivo que, a partir de ahora, será el Dios de las promesas. Entregarse a Él, confiándole todo y dejándolo todo, es el núcleo ardiente de esa actitud que ha de confundirse con la misma vida.

La fe es una vida que se asume como riesgo en el mismo instante en que se renuncia a ser dueño de ella, pues se le confían las riendas de la propia existencia a Aquel al que se lo reconoce como Señor.

La fe, a la medida de Abram, es dejar a Dios ser Dios en la propia vida. De ahí que, cuando una persona comienza a comprender lo que realmente significa “creer”, un vértigo cercano al pavor es una experiencia irrefrenable.

Pero, precisamente, si en estas circunstancias, el aprendiz de creyente se confía a la palabra que recibe y, como Abram, se pone a caminar, comienza a comprobar que esa promesa es lo más valioso de su vida. Y que posee una fuerza inaudita para vencer todos los miedos que abruman al corazón humano. El que cree, como Abram, resucita a la vida.

Los creyentes de todos los tiempos -judíos, cristianos y hasta musulmanes- nos reconocemos deudores de Abrahám, el padre de todos los creyentes. Su fe sigue moldeando la nuestra e inspirando su camino.

Si queremos comprender nuestra fe tendremos que seguir hablando de Abram.

La fe es como el arca de Noé

“La Voz de San Justo”, domingo 9 de febrero de 2020

De los relatos que componen los primeros once capítulos del Génesis, el del diluvio universal es uno de los más fascinantes. Vale aclarar que, antes que una crónica histórica o una página de ciencias naturales, se trata de una narración profética que busca echar luz sobre el presente. Solo cuando nos acercamos a esta página bíblica con esa avidez de luz, esta libera toda su potencia reveladora.

Estos capítulos del Génesis están tejidos con los hilos de distintas tradiciones. Una de ellas acentúa la corrupción del mundo. Es portadora de un hondo pesimismo. Llega incluso a decir que, al ver el abismo de mal en que el hombre ha caído, Dios ha llegado a arrepentirse, desilusionado de su propia creación (Gen 6, 5-6). Una afirmación terrible.

Pero, de repente, otra mano invisible hace aparecer al bueno de Noé. Y, a partir de esa aparición que parece contradecir la anterior, el narrador bíblico saca adelante una historia de esperanza que nos entregará la imagen de la paloma de la paz, inmortalizada, entre otros, por el gran Picasso.

La inclinación del corazón humano al mal es demasiado real como para que no le prestemos atención. Es verdad, pero no toda la verdad. Noé, su familia y su arca vienen a nuestro encuentro, navegando por encima de las aguas torrenciales e intimidantes de nuestros desaguisados.

El arca que Dios le mandó construir navega las aguas impiadosas del diluvio. Es un poderoso símbolo que nos habla, a la vez, de la fragilidad de la vida humana, pero también de la potencia oculta que, una y otra vez, la hace resurgir del abismo de la muerte. Es, por lo mismo, figura de la fe.

Un detalle simpático y tierno a la vez: cuando Noé, los suyos y todos los animales han entrado en el arca, escribe el narrador: “Y el Señor cerró el arca detrás de Noé” (Gen 7, 16). Añade más adelante: “Entonces Dios se acordó de Noé y de todos los animales salvajes y domésticos que estaban con él en el arca. Hizo soplar un viento sobre la tierra, y las aguas empezaron a bajar…” (Gen 8, 1). 

Es decir: la última palabra nunca la tiene la maldad o la corrupción que anida dentro de nuestro corazón. Dios ama su creación y no la abandona jamás. Por eso, conduciendo los hilos misteriosos de la historia sabe abrir nuevas posibilidades y, cuando todo parecía sumergido por la devastación de las aguas, es capaz de crear la belleza del arco iris como símbolo de su amor fiel por su creación.

Cuando el que aparezca sea Jesús (del que Noé es profecía), este mensaje tomará su cuerpo y su sangre, se lo llamará Evangelio y tendrá la figura de la Pascua.

La equivocación de Caín

“La Voz de San Justo”, domingo 2 de febrero de 2020

Vuelvo sobre el relato bíblico de Caín y Abel. Después del fratricidio, Caín comienza a caer en la cuenta de su crimen. “Mi castigo es demasiado grande para poder sobrellevarlo…” (Gn 4, 13), confiesa con realismo a Dios que lo ha interpelado, preguntándole por su hermano.

Comentando esta frase en uno de sus Sermones, San Bernardo señala que Caín “no tenía razón” al hablar así. Y añade: “Es que él no podía atribuirse ni llamar suyos los méritos de Cristo, porque no era miembro del cuerpo cuya cabeza es el Señor”.

Podríamos decir: esa fue la gran equivocación de Caín. Como lo será después la de Judas, el traidor.

¿Fuerza Bernardo el texto bíblico? No lo creo. Caín es una figura representativa de la humanidad. Como Adán, Eva y Abel. Caín soy yo, sos vos, somos cada uno.

En la medida en que no conocemos a Cristo, somos Caín abrumados por el peso de nuestros yerros y pecados. A eso apunta Bernardo: quien no sabe de Cristo está al borde del peor abismo, el de la desesperación de no saberse redimido.

Eso es precisamente la fe: encuentro con la persona de Jesús. Un Cristo que no es un mero personaje del pasado, sino una persona viva. En el encuentro con Él experimentamos el amor primero de Dios que, desde toda la eternidad, nos espera, nos busca y nos salva.

Por eso, para conocer lo que significa la fe tenemos que bucear en las experiencias de aquellos hombres y mujeres que no han podido separar sus vidas de la de Cristo. Porque Cristo vive en sus discípulos. Su Persona es inseparable de las personas de quienes lo reconocemos como Señor, sintiéndonos salvados por Él.

Dios no tira de la cuerda hasta ahogar a Caín. En definitiva, Dios no odia, ni busca venganza. Quiere justicia, la que solo se consigue cuando el pecador se arrepiente, hace penitencia y se redime.

Comienza a hacer despuntar sobre la vida del fratricida la luz mansa del Salvador. Tardará, pero esa luz tiene la suficiente potencia para ganar el corazón de todos los Caínes.

La trama de la Biblia está tejida con historias de muchos hombres y mujeres que, como Caín, han conocido el abismo de mal que son capaces de cavar con sus propias manos, precipitándose ellos con sus víctimas. Siempre (y “siempre” quiere decir: “siempre”), la misericordia de Dios se las ha arreglado para abrirles una puerta.

Y Dios -como enseña la vieja filosofía- es inmutable: no cambia en su modo de ser ni de obrar.

No demos a nadie por perdido para siempre.

Los hermanos Caín y Abel

“La Voz de San Justo”, domingo 26 de enero de 2020

“Caín dijo a su hermano Abel: «Vamos afuera». Y cuando estuvieron en el campo, se abalanzó sobre su hermano y lo mató. Entonces el Señor preguntó a Caín: «¿Dónde está tu hermano Abel?». «No lo sé», respondió Caín. «¿Acaso yo soy el guardián de mi hermano?»…” (Gn 4, 8-9). 

El crimen es abominable: el hermano mayor mata al menor. El castigo es también severo: ya no habrá paz ni tranquilidad en la vida de Caín, sino un caminar errático y siempre bajo amenaza. 

Algo inesperado, sin embargo, sorprende al lector: “Caín respondió al Señor: «Mi castigo es demasiado grande para poder sobrellevarlo. Hoy me arrojas lejos del suelo fértil; yo tendré que ocultarme de tu presencia y andar por la tierra errante y vagabundo, y el primero que me salga al paso me matará». «Si es así, le dijo el Señor, el que mate a Caín deberá pagarlo siete veces». Y el Señor puso una marca a Caín, para que, al encontrarse con él, nadie se atreviera a matarlo.” (Gn 4, 13-15).

¿Dios termina protegiendo al asesino? ¿De qué lado está finalmente? ¿Cuál es su juego? El relato nos desafía. No se presta a lecturas simplistas ni unidireccionales. En realidad, tendremos que ponernos a la escucha de toda la revelación bíblica para comprender el por qué último de esta actitud del Creador. 

Las fuentes de la violencia -esa que asoma una y otra vez dejándonos sin aliento- solo se pueden secar si, al miedo, al resentimiento y a la agresividad que mata se los conjura con la fraternidad. Sí: cada uno de nosotros debemos hacernos cargo del otro, porque somos hermanos.  

Eso es el Evangelio de Cristo. Esa es su propuesta: reconocernos hermanos, vivir la cultura del Buen Samaritano…

Llamados a la amistad con Dios

“La Voz de San Justo”, domingo 19 de enero de 2020

Un antiguo escritor cristiano escribía que, mientras Dios modelaba del barro de la tierra al primer hombre, tenía la mirada fija en el modelo de su Hijo, Jesucristo. El hombre ha sido creado por Dios a imagen de Cristo.

Retomando el hilo del domingo pasado: miramos a Jesús para comprender quiénes somos y lo que significa vivir la fe.

Si releemos desde esa perspectiva los primeros tres capítulos del Génesis, comprendemos que la fe es, ante todo, una invitación de Dios a la libertad humana. Nuestra vocación más honda es la comunión y la amistad con Dios, siguiendo a Jesús.

La fe es la respuesta de la persona libre que acepta la amistad de Dios. Esa fue la vocación originaria de los primeros padres. Sigue siendo la nuestra. Las de Adán y Eva, más que figuras históricas que nos hablan de un pasado remoto, son un espejo en el que contemplar lo que cada uno de nosotros está llamado a ser. No surgimos por azar. Somos fruto de la sabiduría amorosa de Dios

Los relatos bíblicos nos hablan también de que esa vocación originaria se ha visto oscurecida por una decisión del hombre que ha rechazado la comunión con Dios. De alguna forma, cada uno de nosotros hace suyo, con decisiones libres, ese rechazo. Sin embargo, la llamada de Dios es más fuerte. Sigue presente.

Mirar las figuras emblemáticas de Adán y Eva nos ayuda a comprender que, por la fe que Dios nos regala, podemos hacer nuestra, de una manera nueva y creativa, esa llamada originaria del Creador y reencontrar el camino de nuestra verdadera humanización. La fe nos hace mejores.

Las aguas del Jordán

“La Voz de San Justo”, domingo 5 de enero de 2020

La distancia entre las fuentes del Jordán y su desembocadura es de aproximadamente cien kilómetros. Sin embargo, el curso del río triplica esa cifra, alcanzando los trescientos kilómetros. La razón es comprensible: el agua tiene que abrirse paso por un terreno escabroso, dibujando meandros que le permiten sortear las dificultades.

Es una buena imagen para comprender lo que significa la experiencia humana de la fe. Algunos amigos ateos, tal vez influenciados por Freud u otros maestros de la sospecha, tienden a pensar que la fe es una búsqueda de consuelo ante la dureza de la vida, una proyección ilusoria de la propia inseguridad. 

Que la fe en Dios es suelo firme para la vida, es innegable. Pero que sea un ilusorio  consuelo infantil, que nos ahorra enfrentar la vida, contradice la experiencia de cualquier creyente que vive honestamente su fe. 

La fe en Dios, tal como la postula la tradición judeocristiana, es una forma de estar parado en la vida, de encarar la entera existencia humana. Es mucho más que un posicionamiento intelectual o un mero aceptar la existencia de un ser superior. Es una opción de vida. 

Aceptar a Dios como compañero de la vida es una empresa de riesgo. El consuelo y la paz que ofrece supone la decisión de meterse de cabeza en un buen lío. No es casual que, “bautizarse”, signifique, literalmente: irse a pique, lanzándose de cabeza al agua.

Por eso, me ha parecido interesante que, en las sucesivas entregas de este espacio que me ofrece, domingo a domingo, La Voz de San Justo, repasar algunas figuras bíblicas que nos hablen de lo que significa la fe en Dios, desde la elocuencia de las vidas de hombres y mujeres que han aceptado el desafío de decir “amén”, antes que, con los labios, con la propia vida. 

Eso que llamamos “fe” es inseparable de la vida cotidiana y concreta de los hombres y mujeres que se reconocen creyentes. 

Por eso, vamos a navegar por el Jordán repasando, aunque más no sea suscintamente, la aventura de algunos grandes creyentes de la Biblia que aceptaron lanzarse de cabeza al río impetuoso de la fe en Dios. 

Benedicto XVI nos habla de San Benito

benedictCIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 9 abril 2008 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención de Benedicto XVI en la audiencia general de este miércoles dedicada a san Benito de Nursia, fundador del monaquismo en occidente, patrono de este pontificado.

* * *

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy quisiera hablar de san Benito, fundador del monaquismo occidental, y patrono de mi pontificado. Comienzo citando una frase de san Gregorio Magno, que al escribir sobre san Benito dice: «Este hombre de Dios que brilló sobre esta tierra con tantos milagros no resplandeció menos por la elocuencia con la que supo exponer su doctrina» (Diálogos II, 36). El gran Papa escribió estas palabras en el año 592; el santo monje había muerto 50 años antes y todavía estaba vivo en la memoria de la gente y sobre todo en la floreciente orden religiosa que fundó. San Benito de Nursia, con su vida y su obra, ejerció una influencia fundamental en el desarrollo de la civilización y de la cultura europea.

La fuente más importante sobre su vida es el segundo libro de los Diálogos de san Gregorio Magno. No es una biografía en el sentido clásico. Según las ideas de su época, quiso ilustrar mediante el ejemplo de un hombre concreto –precisamente san Benito– la ascensión a las cumbres de la contemplación, que puede realizar quien se abandona en Dios. Por tanto, nos ofrece un modelo de vida humana como ascensión hacia la cumbre de la perfección. San Gregorio Magno narra también, en este libro de los Diálogos, muchos milagros realizados por el santo, y también en este caso no quiere simplemente contar algo extraño, sino demostrar cómo Dios, advirtiendo, ayudando e incluso castigando, interviene en las situaciones concretas de la vida del ser humano. Quiere demostrar que Dios no es una lejana hipótesis situada en el origen del mundo, sino que está presente en la vida del hombre, de cada hombre.

Esta perspectiva del «biógrafo» se explica también a la luz del contexto general de su tiempo: entre los siglos V y VI, el mundo estaba trastornado por una tremenda crisis de valores y de instituciones, provocada por el derrumbamiento del Imperio Romano, por la invasión de los nuevos pueblos y por la decadencia de las costumbres. Al presentar a san Benito como «astro luminoso», Gregorio quería indicar en esta tremenda situación, precisamente aquí, en esta ciudad de Roma, la salida de la «noche oscura de la historia» (Cf. Juan Pablo II, Insegnamenti, II/1, 1979, p. 1158). De hecho, la obra del santo, y de manera particular su Regla, ofrecieron una auténtica levadura espiritual, que cambió con el pasar de los siglos, mucho más allá de los confines de su patria y de su época, el rostro de Europa, suscitando tras la caída de la unidad política creada por el Imperio Romano una nueva unidad espiritual y cultural, la de la fe cristiana compartida por los pueblos del continente. De este modo nació la realidad que nosotros llamamos «Europa».

El nacimiento de san Benito es fechado alrededor del año 480. Procedía, según dice san Gregorio, «ex provincia Nursiae», de la región de Nursia. Sus padres, acomodados, le enviaron a estudiar a Roma. Él, sin embargo, no se quedó mucho tiempo en la ciudad eterna. Como explicación totalmente creíble, Gregorio menciona el hecho de que el joven Benito estaba disgustado por el estilo de muchos de sus compañeros de estudios, que vivían de manera disoluta, y no quería caer en los mismos errores. Sólo quería agradar a Dios: «soli Deo placere desiderans» (II Diálogo, Prólogo 1).

De este modo, antes de concluir sus estudios, Benito dejó Roma y se retiró en la soledad de los montes que se encuentran al Este de esta ciudad. Después de una primera permanencia en el pueblo de Effide (hoy Affile), en el que se asoció durante un cierto período de tiempo a una «comunidad religiosa» de monjes, se hizo eremita en la cercana Subiaco. Allí vivió durante tres años completamente solo, en una gruta, que a partir del Alta Edad Media constituye el «corazón» de un monasterio benedictino llamado «Sacro Speco» («gruta sagrada»). El período que pasó en Subiaco, período de soledad con Dios, fue para Benito un momento de maduración. Allí debía soportar y superar las tres tentaciones fundamentales que todo ser humano: la tentación de autoafirmarse y el deseo de ponerse a sí mismo en el centro; la tentación de la sensualidad; y, por último, la tentación de la ira y de la venganza.

Benito estaba convencido de que sólo después de haber vencido estas tentaciones habría podido dirigir a los demás una palabra útil para sus situaciones de necesidad. De este modo, tras pacificar su alma, era capaz de controlar plenamente los impulsos de su ego para ser creador de paz a su alrededor. Sólo entonces decidió fundar sus primeros monasterios en el valle de Anio, cerca de Subiaco.

En el año 529, Benito dejó Subiaco para asentarse en Montecasino. Algunos han explicado que esta mudanza fue una manera de huir de las intrigas de un eclesiástico local envidioso. Pero esta explicación se ha revelado poco convincente, pues su muerte improvisa no llevó a Benito a regresar (II Diálogos 8). En realidad, tomó esta decisión pues entró en una nueva fase de su maduración interior y de su experiencia monástica. Según Gregorio Magno, el éxodo del remoto valle de Anio hacia el Monte Casio –lugar elevado que domina la llanura circunstante, visible desde lejos–, tiene un carácter simbólico: la vida monástica en el escondimiento tiene una razón de ser, pero un monasterio tiene también una finalidad pública en la vida de la Iglesia y de la sociedad: tiene que dar visibilidad a la fe como fuerza de vida. De hecho, cuando el 21 de marzo de 547 Benito concluyó su vida terrena, dejó con su Regla y con la familia benedictina que fundó un patrimonio que ha dado frutos a través de los siglos y que los sigue dando en todo el mundo.

En todo el segundo libro de los Diálogos, Gregorio nos muestra cómo la vida de san Benito estaba sumergida en una atmósfera de oración, fundamento de su existencia. Sin oración no hay experiencia de Dios. Pero la espiritualidad de Benito no era una interioridad alejada de la realidad. En la inquietud y en el caos de su época, vivía bajo la mirada de Dios y precisamente de este modo no perdió de vista nunca los deberes de la vida cotidiana ni al hombre con sus necesidades concretas.

Al contemplar a Dios comprendió la realidad del hombre y su misión. En la Reglacalifica la vida monástica de «escuela del servicio del Señor» (Prólogo 45) y pide a sus monjes que «nada se anteponga a la Obra de Dios» (43,3), es decir, al Oficio Divino o Liturgia de las Horas. Subraya sin embargo que la oración es, en primer lugar, un acto de escucha (Prólogo 9-11), que después debe traducirse en la acción concreta. «El Señor espera que respondamos diariamente con obras a sus santos consejos», afirma (Prólogo 35). De este modo, la vida del monje se convierte en una armonía fecunda entre acción y contemplación «para que en todo sea Dios glorificado» (57, 9). En contraste con una autorrealización fácil y egocéntrica, hoy exaltada con frecuencia, el primer e irrenunciable compromiso del discípulo de san Benito es la sincera búsqueda de Dios (58, 7) sobre el camino trazado por Cristo, humilde y obediente (5,13), el amor al que no debe anteponer nada (4, 21; 72, 11), y precisamente de este modo, en el servicio al otro, se convierte en hombre de servicio y de paz. En el ejercicio de la obediencia vivida con una fe animada por el amor (5,2), el monje conquista la humildad (5,1), a la que dedica todo un capítulo de la Regla (7). De este modo, el hombre se conforma cada vez más con Cristo y alcanza la auténtica autorrealización como criatura a imagen y semejanza de Dios.

A la obediencia del discípulo le tiene que corresponder la sabiduría del abad, que en el monasterio «hace las veces de Cristo» (2, 2; 63, 13). Su figura, descrita sobre todo en el segundo capítulo de la Regla con un perfil de belleza espiritual y de compromiso exigente, puede considerarse como un autorretrato de Benito, pues –como escribe Gregorio Magno– «el santo no podía de ninguna manera enseñar algo diferente de lo que vivía» (Diálogos II, 36). El abad tiene que ser al mismo tiempo un padre tierno y también un maestro severo (2, 24), un verdadero educador. Inflexible contra los vicios, sin embargo está llamado sobre todo a imitar la ternura del Buen Pastor (27,8), a «servir más que a mandar» (64, 8), a «enseñar todo lo bueno y lo santo más con obras que con palabras» (2,12). Para ser capaz de decidir con responsabilidad, el abad también tiene que escuchar «el consejo de los hermanos» (3,2), porque «muchas veces el Señor revela al más joven lo que es mejor» (3,3). ¡Esta actitud hace sorprendentemente moderna una Regla escrita hace casi quince siglos! Un hombre de responsabilidad pública, al igual que en los ámbitos privados, debe ser siempre un hombre que sabe escuchar y que sabe aprender de lo que escucha.

Benedicto califica a la Regla como «mínima», delineada para la «iniciación» (73, 8); en realidad, sin embargo, ofrece indicaciones útiles no sólo para los monjes, sino también para todos los que buscan una guía en su camino hacia Dios. Por su moderación, su humanidad y su sobrio discernimiento entre lo esencial y lo secundario en la vida espiritual, ha podido mantener su fuerza iluminadora hasta hoy. Pablo VI, al proclamar el 24 de octubre de 1964 a san Benito patrono de Europa pretendía reconocer la obra maravillosa desempeñada por el santo a través de la Regla para la formación de la civilización y de la cultura europea. Hoy Europa, que acaba de salir de un siglo profundamente herido por dos guerras mundiales y por el derrumbe de las grandes ideologías que se han revelado como trágicas utopías, se encuentra en búsqueda de la propia identidad. Para crear una unidad nueva y duradera, ciertamente son importantes los instrumentos políticos, económicos y jurídicos, pero es necesario también suscitar una renovación ética y espiritual que se inspire en las raíces cristianas del continente, de lo contrario no se puede reconstruir Europa. Sin esta savia vital, el hombre queda expuesto al peligro de sucumbir a la antigua tentación de querer redimirse por sí mismo, utopía que de diferentes maneras, en la Europa del siglo XX, ha causado, como ha revelado el Papa Juan Pablo II «un regreso sin precedentes en la atormentada historia de la humanidad» (Insegnamenti, XIII/1, 1990, p. 58). Al buscar el verdadero progreso, escuchemos también hoy la Reglade san Benito como una luz para nuestro camino. El gran monje sigue siendo un verdadero maestro del que podemos aprender el arte de vivir el verdadero humanismo.

[Al final de la audiencia, el Papa saludo a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo:]

Queridos hermanos y hermanas:

San Benito de Nursia, padre del monacato occidental, ejerció un influjo fundamental en el desarrollo de la civilización y cultura europea. La fuente más importante para conocer su biografía es el segundo libro de los Diálogos, escrito por San Gregorio Magno, y en el que se presenta a San Benito como astro luminoso frente a la crisis de valores e instituciones que se vivía en su tiempo. San Benito nació en torno al año cuatrocientos ochenta en una familia acomodada. Estudió en Roma y, queriendo solamente agradar a Dios, marchó a Effide, en donde se asoció a una comunidad de monjes. Vivió luego durante tres años como eremita en Subiaco y de allí se estableció en Montecasino. Antes de morir, en marzo del año quinientos cuarenta y siete, escribió una Regla para la familia monástica que fundó, en la que se contienen indicaciones útiles no sólo para sus monjes, sino para todos los que buscan una guía en su camino hacia Dios. En mil novecientos sesenta y cuatro, Pablo Sexto proclamó a san Benito Patrón de Europa.

Saludo cordialmente a los fieles de lengua española, en particular, a los miembros del Curso de actualización sacerdotal del Pontificio Colegio Español de Roma, al grupo de Lleida con su Obispo, Monseñor Javier Salinas, a la Institución “Padre Rubinos” de A Coruña, y a los demás peregrinos venidos de España, Argentina, Ecuador y otros países latinoamericanos. Os exhorto a que, siguiendo las huellas de San Benito, no antepongáis nada al amor de Cristo. Muchas gracias.

[Traducción del original italiano por Jesús Colina.


© Copyright 2008 – Libreria Editrice Vaticana]

Tú sígueme

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Jesús salva a Pedro (Mt 14,22-33)

Según narra el cuarto evangelio, las últimas palabras que Pedro escucha de Jesús resucitado son: “Tú sígueme” (cf. Jn 21,22). Fueron también las primeras. Según San Marcos, los dos hermanos pescadores, Simón y Andrés, recibieron de Jesús una llamada perentoria: “Síganme, y yo los haré pescadores de hombres”. Y anota el evangelista: “Inmediatamente, ellos dejaron sus redes y lo siguieron” (Mc 1,17-18).

Simón Pedro es y permanecerá para siempre seguidor y discípulo, un caminante que va detrás de Jesús, apurando el paso, de tanto en tanto, para darle alcance. Ese camino ha sido fascinante, pero también tortuoso y, por momentos, muy difícil. No hay que olvidar una escena evangélica fuerte: estamos en medio de la pasión, Simón acaba de negarlo por tercera vez y su rostro se cruza con la mirada de Jesús: “El Señor, dándose vuelta, miró a Pedro. Este recordó las palabras que el Señor le había dicho: «Hoy, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces». Y saliendo afuera, lloró amargamente” (Lc 22,61-62).

Este 29 de junio, celebrando la fiesta de los apóstoles Pedro y Pablo, los católicos nos hemos acordado del sucesor del apóstol, el obispo de Roma: el Papa Francisco. Hemos rezado por él, por su persona y su ministerio. Su misión es ejercer, en la Iglesia, el “munus petrinum”. Se suele traducir esta expresión latina como: “el oficio de Pedro”. Pero, como suele ocurrir con las traducciones, “oficio” no termina de expresar toda la riqueza de la palabra “munus”. Es más, puede incluso dar una imagen errada, pues, entre nosotros, “oficio” suena a oficina, frialdad y formalidad. En cambio: “munus” hace referencia a una misión que se lleva con el corazón y que sella la propia persona y marca así toda la vida.

Esa misión es ser testigo de lo que implica seguir a Jesús resucitado, recorriendo su camino en los múltiples y complejos caminos de nuestro tiempo. Y, al hacer eso, servir a la unidad y comunión de todos los bautizados y de las iglesias esparcidas por el mundo.

Como señalaba San Juan Pablo II: el camino de la Iglesia es el hombre concreto. Nosotros, los discípulos de Jesús miramos hacia Roma, al obispo que se sienta en la cátedra de Pedro y Pablo. Con nuestros ojos ansiosos buscamos que, una vez más, Pedro nos muestre qué significa seguir a Jesús, el Señor, por los caminos que transitan los hombres y mujeres de hoy.

El Papa Francisco vive intensamente este ministerio. Este viernes, concelebrando con los nuevos cardenales y arzobispos, ha dicho con fuerza en su homilía: “No son pocas las veces que sentimos la tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor. Jesús toca la miseria humana, invitándonos a estar con él y a tocar la carne sufriente de los demás. Confesar la fe con nuestros labios y con nuestro corazón exige —como le exigió a Pedro— identificar los «secreteos» del maligno. Aprender a discernir y descubrir esos cobertizos personales o comunitarios que nos mantienen a distancia del nudo de la tormenta humana; que nos impiden entrar en contacto con la existencia concreta de los otros y nos privan, en definitiva, de conocer la fuerza revolucionaria de la ternura de Dios”.

Pedro sigue yendo detrás de Jesús, con arrojo y pasión. Nosotros caminamos con él y también oramos para que siga cumpliendo su misión.

Creo en la vida eterna. Amén

 

Estamos concluyendo nuestras reflexiones sobre el Credo y tengo la impresión de que, para el final, quedó lo más difícil de explicar: la vida eterna.

Sin embargo, ¿es realmente difícil hablar de la vida? Mucho más para quienes creemos en Aquel que dijo: “He venido para que tengan Vida, y la tengan en abundancia…Yo les doy Vida eterna… Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 10,10.28; 11,25).

La pasión por la vida está arraigada en el corazón humano. Es su fuerza más secreta. Estamos diseñados para la vida. El incipiente debate sobre el aborto en la Argentina de hoy nos lleva, en última instancia, a ese umbral humano: la dignidad e intangibilidad de la vida humana, especialmente si frágil, inocente e indefensa.

Si abrimos la Biblia, un dato nos deja perplejos: mientras que, para el antiguo testamento, ver a Dios es morir, para Jesús, esa es la condición para la vida: “Padre… esta es la Vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo” (Jn 17,3). Para el hombre, vivir es ver a Dios. Es célebre la frase lapidaria de San Ireneo: “La gloria de Dios consiste en que el hombre viva, y la vida del hombre consiste en la visión de Dios”.

Vivir es ver y contemplar el rostro de Dios, ahora en la fe, en la bienaventuranza, cara a cara. Se trata de una metáfora para indicar la comunión con Dios que involucra al hombre todo entero, cuerpo y alma, sentidos e inteligencia. La vida eterna es la amistad con Dios que plenifica y colma de alegría al hombre.

Con esta metáfora nos adentramos en el misterio. Lo que acontece cuando el hombre cruza el umbral de la muerte, dejando atrás el espacio y el tiempo, solo puede ser barruntado desde lejos. Por eso, echamos mano de imágenes. Una de ellas es la de la visión, pero también la Biblia emplea otras: habla de fiesta, de un banquete, de una liturgia de adoración y alabanza, de justicia para los pobres.

Tal vez la experiencia humana que más nos acerque a este misterio es el encuentro entre dos personas que se aman. Entonces, parece que el tiempo se detiene. Toda la vida se concentra ahí, en ese fragmento. La nostalgia que sobreviene después es un signo de la intensidad de lo vivido, y del anhelo de que ese instante fugaz no se pierda. Esa es realmente la esencia de la vida humana.

Un famoso filósofo cristiano del siglo V llamado Boecio, intentó definir la eternidad describiéndola como la posesión total, simultánea y completa de una vida interminable. No nos compliquemos. Dejemos tranquilos a los filósofos. El orante de la Biblia lo expresa con unas palabras que nos resultan más cercanas: “Yo, Señor, por tu justicia, contemplaré tu rostro, y al despertar, me saciaré de tu presencia” (Salmo 16,15).

El rostro bendito de Dios colma la sed del creyente. Y ese rostro se nos ha manifestado en Jesucristo. Todo el Credo que hemos meditado es, de alguna manera, un despliegue de la belleza luminosa del Rostro de Jesucristo. Él es la vida. Él da la vida.

Jesucristo es la vida eterna que esperamos. El cielo es la comunión con Dios en Jesucristo. El purgatorio es el amor de Cristo que limpia purifica nuestra mirada para ese encuentro definitivo. El infierno es esa terrible posibilidad que tiene la libertad de elegir la soledad más absoluta: ningunos ojos que se crucen con los nuestros, ninguna mano que estrechar, ningún rostro que acariciar.

El Credo se cierra con un sonoro: “Amén”. El Dios amigo de la vida se ha involucrado con nuestra vida para rescatarnos de la soledad. Lo ha hecho en Jesucristo, concebido por obra del Espíritu Santo, nacido de María, muerto y resucitado. A ese misterio de amor, cada domingo, los cristianos le decimos: “Amén, creo, Señor, pero aumenta nuestra fe”.

Creo en la resurrección de la carne

Vamos llegando al final de nuestras meditaciones sobre el Credo. Y se trata de un final abierto. No se cierra la puerta, sino que queda entreabierta, invitando a mirar con ansiedad lo que hay más allá: “Creo en el Espíritu Santo…la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén”.

En realidad, ya hablar del perdón nos ponía en esa ruta de apertura. El perdón no es olvido, distracción ni desmemoria. Como aquella mujer la mañana de la resurrección, estremecida de pena que, sin embargo, busca vida en la oscuridad de la tumba. Solo las mujeres tienen esa osadía.

Sí. El perdón nos hace mirar de frente al mal, ponerle nombre y realmente entregárselo a Dios. ¿No es eso la confesión de los pecados? Al celebrar el sacramento, los vamos nombrando, uno a uno, no como quien se regodea sádicamente en su miseria, sino como quien canta una misericordia que ya ha comenzado a romper la dureza de piedra del corazón y a devolver tanta humanidad perdida.

La fe cristiana es precisamente eso: un canto de esperanza que se deja llevar por la partitura escrita por Dios. Canto nuevo anticipado por los salmos y que, en la mañana de Pascua, ha alcanzado su nota más alta y bella, entonado por Jesucristo. El Espíritu Santo es el virtuoso director que sabe sumar la voz de cada uno a ese coro que canta la vida. Y donde se canta, el futuro encuentra tierra fértil para sembrar esperanza.

El Credo nos hace cantar: “creo en la resurrección de la carne”. Ya lo dijimos, hablando de la resurrección de Jesús: la palabra “resucitar-resurrección” es la más hermosa del vocabulario cristiano. Define a Dios: solo Él puede resucitar porque es el Viviente, ama la vida y la hace triunfar en medio de la muerte. Ahora, la retomamos para darle nombre a nuestro futuro: primero Cristo, nosotros con Él también resucitaremos a vida plena.

El otro término de la confesión de fe – la “carne” – es también de una enorme densidad. En el siglo III, un escritor cristiano lo dijo con la fuerza y concisión de la lengua latina: “caro cardo salutis”, toda salvación pasa por la débil y frágil carne humana. Por eso, la Iglesia confiesa: “…creemos en Dios que es el Creador de la carne; creemos en el Verbo hecho carne; creemos en la resurrección de la carne, perfección de la creación y de la redención de la carne” (Compendio del Catecismo 202).

En el lenguaje de la Biblia, la palabra “carne” designa al hombre en su condición de debilidad. Esa es la humanidad frágil y vulnerable que Dios ama y que ha hecho suya en Jesucristo, nacido de María. Esa es la humanidad que Dios quiere junto a sí, para compartir con ella su plenitud de vida. Esa condición humana está destinada a la vida plena en la resurrección: no solo el alma, sino también el cuerpo. Nada de lo bueno, noble y bello que hay en el hombre se va a perder. Dios no sabe de descarte. Todo lo genuinamente humano será recogido por el Dios que resucita los muertos. Nada de todo lo que la historia humana conoce de auténtica humanidad se va a echar al olvido. Todo el bien realizado, mucho más si oculto y discreto, encontrará su lugar en la resurrección de la carne.

Si la muerte supone una ruptura – separación del alma y del cuerpo, decían los antiguos – la resurrección es la salvación del hombre entero, alma y cuerpo.