Benedicto XVI nos habla de San Benito

benedictCIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 9 abril 2008 (ZENIT.org).- Publicamos la intervención de Benedicto XVI en la audiencia general de este miércoles dedicada a san Benito de Nursia, fundador del monaquismo en occidente, patrono de este pontificado.

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Queridos hermanos y hermanas:

Hoy quisiera hablar de san Benito, fundador del monaquismo occidental, y patrono de mi pontificado. Comienzo citando una frase de san Gregorio Magno, que al escribir sobre san Benito dice: «Este hombre de Dios que brilló sobre esta tierra con tantos milagros no resplandeció menos por la elocuencia con la que supo exponer su doctrina» (Diálogos II, 36). El gran Papa escribió estas palabras en el año 592; el santo monje había muerto 50 años antes y todavía estaba vivo en la memoria de la gente y sobre todo en la floreciente orden religiosa que fundó. San Benito de Nursia, con su vida y su obra, ejerció una influencia fundamental en el desarrollo de la civilización y de la cultura europea.

La fuente más importante sobre su vida es el segundo libro de los Diálogos de san Gregorio Magno. No es una biografía en el sentido clásico. Según las ideas de su época, quiso ilustrar mediante el ejemplo de un hombre concreto –precisamente san Benito– la ascensión a las cumbres de la contemplación, que puede realizar quien se abandona en Dios. Por tanto, nos ofrece un modelo de vida humana como ascensión hacia la cumbre de la perfección. San Gregorio Magno narra también, en este libro de los Diálogos, muchos milagros realizados por el santo, y también en este caso no quiere simplemente contar algo extraño, sino demostrar cómo Dios, advirtiendo, ayudando e incluso castigando, interviene en las situaciones concretas de la vida del ser humano. Quiere demostrar que Dios no es una lejana hipótesis situada en el origen del mundo, sino que está presente en la vida del hombre, de cada hombre.

Esta perspectiva del «biógrafo» se explica también a la luz del contexto general de su tiempo: entre los siglos V y VI, el mundo estaba trastornado por una tremenda crisis de valores y de instituciones, provocada por el derrumbamiento del Imperio Romano, por la invasión de los nuevos pueblos y por la decadencia de las costumbres. Al presentar a san Benito como «astro luminoso», Gregorio quería indicar en esta tremenda situación, precisamente aquí, en esta ciudad de Roma, la salida de la «noche oscura de la historia» (Cf. Juan Pablo II, Insegnamenti, II/1, 1979, p. 1158). De hecho, la obra del santo, y de manera particular su Regla, ofrecieron una auténtica levadura espiritual, que cambió con el pasar de los siglos, mucho más allá de los confines de su patria y de su época, el rostro de Europa, suscitando tras la caída de la unidad política creada por el Imperio Romano una nueva unidad espiritual y cultural, la de la fe cristiana compartida por los pueblos del continente. De este modo nació la realidad que nosotros llamamos «Europa».

El nacimiento de san Benito es fechado alrededor del año 480. Procedía, según dice san Gregorio, «ex provincia Nursiae», de la región de Nursia. Sus padres, acomodados, le enviaron a estudiar a Roma. Él, sin embargo, no se quedó mucho tiempo en la ciudad eterna. Como explicación totalmente creíble, Gregorio menciona el hecho de que el joven Benito estaba disgustado por el estilo de muchos de sus compañeros de estudios, que vivían de manera disoluta, y no quería caer en los mismos errores. Sólo quería agradar a Dios: «soli Deo placere desiderans» (II Diálogo, Prólogo 1).

De este modo, antes de concluir sus estudios, Benito dejó Roma y se retiró en la soledad de los montes que se encuentran al Este de esta ciudad. Después de una primera permanencia en el pueblo de Effide (hoy Affile), en el que se asoció durante un cierto período de tiempo a una «comunidad religiosa» de monjes, se hizo eremita en la cercana Subiaco. Allí vivió durante tres años completamente solo, en una gruta, que a partir del Alta Edad Media constituye el «corazón» de un monasterio benedictino llamado «Sacro Speco» («gruta sagrada»). El período que pasó en Subiaco, período de soledad con Dios, fue para Benito un momento de maduración. Allí debía soportar y superar las tres tentaciones fundamentales que todo ser humano: la tentación de autoafirmarse y el deseo de ponerse a sí mismo en el centro; la tentación de la sensualidad; y, por último, la tentación de la ira y de la venganza.

Benito estaba convencido de que sólo después de haber vencido estas tentaciones habría podido dirigir a los demás una palabra útil para sus situaciones de necesidad. De este modo, tras pacificar su alma, era capaz de controlar plenamente los impulsos de su ego para ser creador de paz a su alrededor. Sólo entonces decidió fundar sus primeros monasterios en el valle de Anio, cerca de Subiaco.

En el año 529, Benito dejó Subiaco para asentarse en Montecasino. Algunos han explicado que esta mudanza fue una manera de huir de las intrigas de un eclesiástico local envidioso. Pero esta explicación se ha revelado poco convincente, pues su muerte improvisa no llevó a Benito a regresar (II Diálogos 8). En realidad, tomó esta decisión pues entró en una nueva fase de su maduración interior y de su experiencia monástica. Según Gregorio Magno, el éxodo del remoto valle de Anio hacia el Monte Casio –lugar elevado que domina la llanura circunstante, visible desde lejos–, tiene un carácter simbólico: la vida monástica en el escondimiento tiene una razón de ser, pero un monasterio tiene también una finalidad pública en la vida de la Iglesia y de la sociedad: tiene que dar visibilidad a la fe como fuerza de vida. De hecho, cuando el 21 de marzo de 547 Benito concluyó su vida terrena, dejó con su Regla y con la familia benedictina que fundó un patrimonio que ha dado frutos a través de los siglos y que los sigue dando en todo el mundo.

En todo el segundo libro de los Diálogos, Gregorio nos muestra cómo la vida de san Benito estaba sumergida en una atmósfera de oración, fundamento de su existencia. Sin oración no hay experiencia de Dios. Pero la espiritualidad de Benito no era una interioridad alejada de la realidad. En la inquietud y en el caos de su época, vivía bajo la mirada de Dios y precisamente de este modo no perdió de vista nunca los deberes de la vida cotidiana ni al hombre con sus necesidades concretas.

Al contemplar a Dios comprendió la realidad del hombre y su misión. En la Reglacalifica la vida monástica de «escuela del servicio del Señor» (Prólogo 45) y pide a sus monjes que «nada se anteponga a la Obra de Dios» (43,3), es decir, al Oficio Divino o Liturgia de las Horas. Subraya sin embargo que la oración es, en primer lugar, un acto de escucha (Prólogo 9-11), que después debe traducirse en la acción concreta. «El Señor espera que respondamos diariamente con obras a sus santos consejos», afirma (Prólogo 35). De este modo, la vida del monje se convierte en una armonía fecunda entre acción y contemplación «para que en todo sea Dios glorificado» (57, 9). En contraste con una autorrealización fácil y egocéntrica, hoy exaltada con frecuencia, el primer e irrenunciable compromiso del discípulo de san Benito es la sincera búsqueda de Dios (58, 7) sobre el camino trazado por Cristo, humilde y obediente (5,13), el amor al que no debe anteponer nada (4, 21; 72, 11), y precisamente de este modo, en el servicio al otro, se convierte en hombre de servicio y de paz. En el ejercicio de la obediencia vivida con una fe animada por el amor (5,2), el monje conquista la humildad (5,1), a la que dedica todo un capítulo de la Regla (7). De este modo, el hombre se conforma cada vez más con Cristo y alcanza la auténtica autorrealización como criatura a imagen y semejanza de Dios.

A la obediencia del discípulo le tiene que corresponder la sabiduría del abad, que en el monasterio «hace las veces de Cristo» (2, 2; 63, 13). Su figura, descrita sobre todo en el segundo capítulo de la Regla con un perfil de belleza espiritual y de compromiso exigente, puede considerarse como un autorretrato de Benito, pues –como escribe Gregorio Magno– «el santo no podía de ninguna manera enseñar algo diferente de lo que vivía» (Diálogos II, 36). El abad tiene que ser al mismo tiempo un padre tierno y también un maestro severo (2, 24), un verdadero educador. Inflexible contra los vicios, sin embargo está llamado sobre todo a imitar la ternura del Buen Pastor (27,8), a «servir más que a mandar» (64, 8), a «enseñar todo lo bueno y lo santo más con obras que con palabras» (2,12). Para ser capaz de decidir con responsabilidad, el abad también tiene que escuchar «el consejo de los hermanos» (3,2), porque «muchas veces el Señor revela al más joven lo que es mejor» (3,3). ¡Esta actitud hace sorprendentemente moderna una Regla escrita hace casi quince siglos! Un hombre de responsabilidad pública, al igual que en los ámbitos privados, debe ser siempre un hombre que sabe escuchar y que sabe aprender de lo que escucha.

Benedicto califica a la Regla como «mínima», delineada para la «iniciación» (73, 8); en realidad, sin embargo, ofrece indicaciones útiles no sólo para los monjes, sino también para todos los que buscan una guía en su camino hacia Dios. Por su moderación, su humanidad y su sobrio discernimiento entre lo esencial y lo secundario en la vida espiritual, ha podido mantener su fuerza iluminadora hasta hoy. Pablo VI, al proclamar el 24 de octubre de 1964 a san Benito patrono de Europa pretendía reconocer la obra maravillosa desempeñada por el santo a través de la Regla para la formación de la civilización y de la cultura europea. Hoy Europa, que acaba de salir de un siglo profundamente herido por dos guerras mundiales y por el derrumbe de las grandes ideologías que se han revelado como trágicas utopías, se encuentra en búsqueda de la propia identidad. Para crear una unidad nueva y duradera, ciertamente son importantes los instrumentos políticos, económicos y jurídicos, pero es necesario también suscitar una renovación ética y espiritual que se inspire en las raíces cristianas del continente, de lo contrario no se puede reconstruir Europa. Sin esta savia vital, el hombre queda expuesto al peligro de sucumbir a la antigua tentación de querer redimirse por sí mismo, utopía que de diferentes maneras, en la Europa del siglo XX, ha causado, como ha revelado el Papa Juan Pablo II «un regreso sin precedentes en la atormentada historia de la humanidad» (Insegnamenti, XIII/1, 1990, p. 58). Al buscar el verdadero progreso, escuchemos también hoy la Reglade san Benito como una luz para nuestro camino. El gran monje sigue siendo un verdadero maestro del que podemos aprender el arte de vivir el verdadero humanismo.

[Al final de la audiencia, el Papa saludo a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo:]

Queridos hermanos y hermanas:

San Benito de Nursia, padre del monacato occidental, ejerció un influjo fundamental en el desarrollo de la civilización y cultura europea. La fuente más importante para conocer su biografía es el segundo libro de los Diálogos, escrito por San Gregorio Magno, y en el que se presenta a San Benito como astro luminoso frente a la crisis de valores e instituciones que se vivía en su tiempo. San Benito nació en torno al año cuatrocientos ochenta en una familia acomodada. Estudió en Roma y, queriendo solamente agradar a Dios, marchó a Effide, en donde se asoció a una comunidad de monjes. Vivió luego durante tres años como eremita en Subiaco y de allí se estableció en Montecasino. Antes de morir, en marzo del año quinientos cuarenta y siete, escribió una Regla para la familia monástica que fundó, en la que se contienen indicaciones útiles no sólo para sus monjes, sino para todos los que buscan una guía en su camino hacia Dios. En mil novecientos sesenta y cuatro, Pablo Sexto proclamó a san Benito Patrón de Europa.

Saludo cordialmente a los fieles de lengua española, en particular, a los miembros del Curso de actualización sacerdotal del Pontificio Colegio Español de Roma, al grupo de Lleida con su Obispo, Monseñor Javier Salinas, a la Institución “Padre Rubinos” de A Coruña, y a los demás peregrinos venidos de España, Argentina, Ecuador y otros países latinoamericanos. Os exhorto a que, siguiendo las huellas de San Benito, no antepongáis nada al amor de Cristo. Muchas gracias.

[Traducción del original italiano por Jesús Colina.


© Copyright 2008 – Libreria Editrice Vaticana]

Tú sígueme

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Jesús salva a Pedro (Mt 14,22-33)

Según narra el cuarto evangelio, las últimas palabras que Pedro escucha de Jesús resucitado son: “Tú sígueme” (cf. Jn 21,22). Fueron también las primeras. Según San Marcos, los dos hermanos pescadores, Simón y Andrés, recibieron de Jesús una llamada perentoria: “Síganme, y yo los haré pescadores de hombres”. Y anota el evangelista: “Inmediatamente, ellos dejaron sus redes y lo siguieron” (Mc 1,17-18).

Simón Pedro es y permanecerá para siempre seguidor y discípulo, un caminante que va detrás de Jesús, apurando el paso, de tanto en tanto, para darle alcance. Ese camino ha sido fascinante, pero también tortuoso y, por momentos, muy difícil. No hay que olvidar una escena evangélica fuerte: estamos en medio de la pasión, Simón acaba de negarlo por tercera vez y su rostro se cruza con la mirada de Jesús: “El Señor, dándose vuelta, miró a Pedro. Este recordó las palabras que el Señor le había dicho: «Hoy, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces». Y saliendo afuera, lloró amargamente” (Lc 22,61-62).

Este 29 de junio, celebrando la fiesta de los apóstoles Pedro y Pablo, los católicos nos hemos acordado del sucesor del apóstol, el obispo de Roma: el Papa Francisco. Hemos rezado por él, por su persona y su ministerio. Su misión es ejercer, en la Iglesia, el “munus petrinum”. Se suele traducir esta expresión latina como: “el oficio de Pedro”. Pero, como suele ocurrir con las traducciones, “oficio” no termina de expresar toda la riqueza de la palabra “munus”. Es más, puede incluso dar una imagen errada, pues, entre nosotros, “oficio” suena a oficina, frialdad y formalidad. En cambio: “munus” hace referencia a una misión que se lleva con el corazón y que sella la propia persona y marca así toda la vida.

Esa misión es ser testigo de lo que implica seguir a Jesús resucitado, recorriendo su camino en los múltiples y complejos caminos de nuestro tiempo. Y, al hacer eso, servir a la unidad y comunión de todos los bautizados y de las iglesias esparcidas por el mundo.

Como señalaba San Juan Pablo II: el camino de la Iglesia es el hombre concreto. Nosotros, los discípulos de Jesús miramos hacia Roma, al obispo que se sienta en la cátedra de Pedro y Pablo. Con nuestros ojos ansiosos buscamos que, una vez más, Pedro nos muestre qué significa seguir a Jesús, el Señor, por los caminos que transitan los hombres y mujeres de hoy.

El Papa Francisco vive intensamente este ministerio. Este viernes, concelebrando con los nuevos cardenales y arzobispos, ha dicho con fuerza en su homilía: “No son pocas las veces que sentimos la tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor. Jesús toca la miseria humana, invitándonos a estar con él y a tocar la carne sufriente de los demás. Confesar la fe con nuestros labios y con nuestro corazón exige —como le exigió a Pedro— identificar los «secreteos» del maligno. Aprender a discernir y descubrir esos cobertizos personales o comunitarios que nos mantienen a distancia del nudo de la tormenta humana; que nos impiden entrar en contacto con la existencia concreta de los otros y nos privan, en definitiva, de conocer la fuerza revolucionaria de la ternura de Dios”.

Pedro sigue yendo detrás de Jesús, con arrojo y pasión. Nosotros caminamos con él y también oramos para que siga cumpliendo su misión.

Creo en la vida eterna. Amén

 

Estamos concluyendo nuestras reflexiones sobre el Credo y tengo la impresión de que, para el final, quedó lo más difícil de explicar: la vida eterna.

Sin embargo, ¿es realmente difícil hablar de la vida? Mucho más para quienes creemos en Aquel que dijo: “He venido para que tengan Vida, y la tengan en abundancia…Yo les doy Vida eterna… Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 10,10.28; 11,25).

La pasión por la vida está arraigada en el corazón humano. Es su fuerza más secreta. Estamos diseñados para la vida. El incipiente debate sobre el aborto en la Argentina de hoy nos lleva, en última instancia, a ese umbral humano: la dignidad e intangibilidad de la vida humana, especialmente si frágil, inocente e indefensa.

Si abrimos la Biblia, un dato nos deja perplejos: mientras que, para el antiguo testamento, ver a Dios es morir, para Jesús, esa es la condición para la vida: “Padre… esta es la Vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo” (Jn 17,3). Para el hombre, vivir es ver a Dios. Es célebre la frase lapidaria de San Ireneo: “La gloria de Dios consiste en que el hombre viva, y la vida del hombre consiste en la visión de Dios”.

Vivir es ver y contemplar el rostro de Dios, ahora en la fe, en la bienaventuranza, cara a cara. Se trata de una metáfora para indicar la comunión con Dios que involucra al hombre todo entero, cuerpo y alma, sentidos e inteligencia. La vida eterna es la amistad con Dios que plenifica y colma de alegría al hombre.

Con esta metáfora nos adentramos en el misterio. Lo que acontece cuando el hombre cruza el umbral de la muerte, dejando atrás el espacio y el tiempo, solo puede ser barruntado desde lejos. Por eso, echamos mano de imágenes. Una de ellas es la de la visión, pero también la Biblia emplea otras: habla de fiesta, de un banquete, de una liturgia de adoración y alabanza, de justicia para los pobres.

Tal vez la experiencia humana que más nos acerque a este misterio es el encuentro entre dos personas que se aman. Entonces, parece que el tiempo se detiene. Toda la vida se concentra ahí, en ese fragmento. La nostalgia que sobreviene después es un signo de la intensidad de lo vivido, y del anhelo de que ese instante fugaz no se pierda. Esa es realmente la esencia de la vida humana.

Un famoso filósofo cristiano del siglo V llamado Boecio, intentó definir la eternidad describiéndola como la posesión total, simultánea y completa de una vida interminable. No nos compliquemos. Dejemos tranquilos a los filósofos. El orante de la Biblia lo expresa con unas palabras que nos resultan más cercanas: “Yo, Señor, por tu justicia, contemplaré tu rostro, y al despertar, me saciaré de tu presencia” (Salmo 16,15).

El rostro bendito de Dios colma la sed del creyente. Y ese rostro se nos ha manifestado en Jesucristo. Todo el Credo que hemos meditado es, de alguna manera, un despliegue de la belleza luminosa del Rostro de Jesucristo. Él es la vida. Él da la vida.

Jesucristo es la vida eterna que esperamos. El cielo es la comunión con Dios en Jesucristo. El purgatorio es el amor de Cristo que limpia purifica nuestra mirada para ese encuentro definitivo. El infierno es esa terrible posibilidad que tiene la libertad de elegir la soledad más absoluta: ningunos ojos que se crucen con los nuestros, ninguna mano que estrechar, ningún rostro que acariciar.

El Credo se cierra con un sonoro: “Amén”. El Dios amigo de la vida se ha involucrado con nuestra vida para rescatarnos de la soledad. Lo ha hecho en Jesucristo, concebido por obra del Espíritu Santo, nacido de María, muerto y resucitado. A ese misterio de amor, cada domingo, los cristianos le decimos: “Amén, creo, Señor, pero aumenta nuestra fe”.

Creo en la resurrección de la carne

Vamos llegando al final de nuestras meditaciones sobre el Credo. Y se trata de un final abierto. No se cierra la puerta, sino que queda entreabierta, invitando a mirar con ansiedad lo que hay más allá: “Creo en el Espíritu Santo…la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén”.

En realidad, ya hablar del perdón nos ponía en esa ruta de apertura. El perdón no es olvido, distracción ni desmemoria. Como aquella mujer la mañana de la resurrección, estremecida de pena que, sin embargo, busca vida en la oscuridad de la tumba. Solo las mujeres tienen esa osadía.

Sí. El perdón nos hace mirar de frente al mal, ponerle nombre y realmente entregárselo a Dios. ¿No es eso la confesión de los pecados? Al celebrar el sacramento, los vamos nombrando, uno a uno, no como quien se regodea sádicamente en su miseria, sino como quien canta una misericordia que ya ha comenzado a romper la dureza de piedra del corazón y a devolver tanta humanidad perdida.

La fe cristiana es precisamente eso: un canto de esperanza que se deja llevar por la partitura escrita por Dios. Canto nuevo anticipado por los salmos y que, en la mañana de Pascua, ha alcanzado su nota más alta y bella, entonado por Jesucristo. El Espíritu Santo es el virtuoso director que sabe sumar la voz de cada uno a ese coro que canta la vida. Y donde se canta, el futuro encuentra tierra fértil para sembrar esperanza.

El Credo nos hace cantar: “creo en la resurrección de la carne”. Ya lo dijimos, hablando de la resurrección de Jesús: la palabra “resucitar-resurrección” es la más hermosa del vocabulario cristiano. Define a Dios: solo Él puede resucitar porque es el Viviente, ama la vida y la hace triunfar en medio de la muerte. Ahora, la retomamos para darle nombre a nuestro futuro: primero Cristo, nosotros con Él también resucitaremos a vida plena.

El otro término de la confesión de fe – la “carne” – es también de una enorme densidad. En el siglo III, un escritor cristiano lo dijo con la fuerza y concisión de la lengua latina: “caro cardo salutis”, toda salvación pasa por la débil y frágil carne humana. Por eso, la Iglesia confiesa: “…creemos en Dios que es el Creador de la carne; creemos en el Verbo hecho carne; creemos en la resurrección de la carne, perfección de la creación y de la redención de la carne” (Compendio del Catecismo 202).

En el lenguaje de la Biblia, la palabra “carne” designa al hombre en su condición de debilidad. Esa es la humanidad frágil y vulnerable que Dios ama y que ha hecho suya en Jesucristo, nacido de María. Esa es la humanidad que Dios quiere junto a sí, para compartir con ella su plenitud de vida. Esa condición humana está destinada a la vida plena en la resurrección: no solo el alma, sino también el cuerpo. Nada de lo bueno, noble y bello que hay en el hombre se va a perder. Dios no sabe de descarte. Todo lo genuinamente humano será recogido por el Dios que resucita los muertos. Nada de todo lo que la historia humana conoce de auténtica humanidad se va a echar al olvido. Todo el bien realizado, mucho más si oculto y discreto, encontrará su lugar en la resurrección de la carne.

Si la muerte supone una ruptura – separación del alma y del cuerpo, decían los antiguos – la resurrección es la salvación del hombre entero, alma y cuerpo.

Creo en el perdón

Unas líneas más sobre el perdón de los pecados.

La Cuaresma que acabamos de iniciar nos ofrece un buen contexto para volver sobre este tema. Estos cuarenta días son, en definitiva, un símbolo de nuestra vida: un camino donde nos fatigamos, incluso nos desorientamos, pero siempre retomamos la marcha hacia su meta. Y, de ese caminar, forma parte la experiencia del perdón.

¿Podríamos vivir sin el perdón? Ya el Padrenuestro ubica la súplica “perdónanos como perdonamos”, inmediatamente después de aquella: “danos hoy nuestro pan de cada día”. No. Sin pan y sin perdón no sobrevivimos. Uno y otro nos son imprescindibles para la vida. Ambos, a su manera, son alimento para vivir.

No podemos vivir sin perdonarnos. Y el perdón en todas sus formas: el siempre esquivo perdón a nosotros mismos, a nuestra fragilidad y malicia. El perdón que es también reconocer que otros, a quienes he ofendido, puedan tenderme la mano con desinterés. El perdón que se ruega con lágrimas, porque brota de un arrepentimiento genuino, aunque siempre difícil de calibrar en su real pureza. También el perdón ofrecido gratuitamente al otro, aún sin que lo pida o dé alguna señal de arrepentimiento. Dado así, sin más.

Ninguna ley puede exigir el perdón que se suplica, se ofrece o se recibe. No se pueden decretar ni perdones ni reconciliaciones. No tiene esa lógica. Como expresión del amor, el perdón es un gesto exquisitamente personal que solo puede surgir como un acto libre y gratuito. Pero tampoco nadie puede impedir, ni censurar a quien, por el perdón, le dice al otro: sos más grande que tus actos, no estás perdido definitivamente; para vos y para mí hay todavía una posibilidad y, con toda la imperfección de mi obrar, yo me arriesgo a recorrer ese camino. Ese dinamismo humanizador del perdón es un tesoro inestimable. Solo el ser humano puede vivirlo y, así, mostrar la verdadera estatura de la condición humana. Cuando se da, especialmente en las situaciones más oscuras, rompe el círculo vicioso de la violencia que mata cuerpos y almas, y abre la puerta a lo realmente nuevo.

Aquel “perdónanos, Padre, como nosotros perdonamos” busca que hagamos la experiencia humana de perdonarnos los que nos hemos ofendido, para que descubramos que los hombres saboreamos el pan del perdón porque Dios nos lo ha ofrecido en abundancia, gratuitamente y sin que hayamos hecho nada para conseguirlo. Es el amor primero de Dios que se ha manifestado en Jesucristo. Él es, como decíamos el domingo pasado, el Perdón de Dios en persona.

La historia de la humanidad está entretejida de perdones. ¿Quién podrá llevar su cuenta o desdeñar su importancia? Jesús protagonizó algunos de los más célebres. Se me ocurre evocar aquellas palabras que logró pronunciar en la cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). ¿Es necesario recordar su inocencia y lo injusto de su condena?

Sus discípulos no podemos desentendernos de esas palabras. No son nuestra propiedad, sino que ellas nos poseen y nos regeneran. Expresan el perdón que nace del corazón de Dios y, precisamente en esa hora dramática, ha redimido al mundo, esperando que cada ser humana las haga suyas por la fe y el sacramento.

Esta palabra del perdón nos ha sido confiada para entregarla con generosidad. La Iglesia es memoria viviente de ese perdón ofrecido con gratuidad a todos. Por eso, nos sentimos llamados a ofrecerla a la libertad de quien quiera recibirla en su propia vida. Esa palabra nos ha alcanza en el bautismo y siempre nos espera en el sacramento de la reconciliación.

Creo en el perdón de los pecados

“La Voz de San Justo”, domingo 18 de febrero de 2018

¿Pecado? ¿En serio? ¿No es algo ya superado? ¿Por qué la Iglesia sigue con eso de la culpa? Somos adultos: ¡dejen de meternos miedo con esas cosas! Hay que liberarse de todo eso.

Son cosas que se leen, se escuchan o, ¿por qué no?, también se piensan. No hay que tener temor a ninguna pregunta. Dios nos hizo inquietos. Jesús mismo, en la cruz, rezó con el salmo 21: “¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?”. ¿A quién, sino a Dios, dirigir nuestras preguntas más lacerantes?

Cuando el Credo confiesa la fe en el perdón de los pecados habla del bautismo. Y lo hace en el contexto de la confesión de fe en el Espíritu Santo; y hablando además de la Iglesia, comunidad de pecadores perdonados, llamados a ser obreros de reconciliación.

Hablar de “pecado” es mirar la vida y los actos del hombre desde Dios y en referencia a Él. Es un concepto religioso. Hace foco en esa herida interior que curva al hombre sobre sí mismo y corroe sus vínculos vitales (Dios, los demás, la creación, él mismo), volviéndolo extraño, solitario, errante.

Uno de los vocablos bíblicos para hablar del pecado indica precisamente una flecha que no da en el blanco. Esa es la experiencia del pecado: haber errado acumulando decisiones que arruinan la propia vida y la de los otros. Claro, no todo error es pecado. Este se da cuando conscientemente elegimos un acto que nos separa de nuestro fin último que es Dios. Una tras otra, estas elecciones erradas van desfigurando la imagen de Dios que somos y empiezan a repercutir en todo nuestro entorno, incluso en la misma creación.

Cuando la fe cristiana confiesa: “Creo en el Espíritu Santo… y el perdón de los pecados” se posiciona vigorosamente frente al problema del mal. El perdón que Dios ofrece a los hombres es la persona misma de Jesús. Él es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y trae la paz, como recitamos en cada Misa. Ese perdón entra en la historia de cada ser humano por el Espíritu. No por un acto mágico ni morboso de exculpación. Lo anuncia la palabra, lo recibe la fe y lo expresa visiblemente el sacramento.

Jesús es Dios hecho hombre, que inaugura una nueva posibilidad de ser persona. Su resurrección expresa que una nueva humanidad surge, por el poder vivificante de Dios, de entre las ruinas de la muerte. Si el pecado aísla y pierde la vida, Cristo sana nuestra libertad y nos ayuda a rehacer nuestros vínculos. Esa experiencia de humanidad renovada y reconciliada es la que hace posible el Espíritu que nos es dado en el bautismo y que, con paciencia de orfebre, nos va configurando con Cristo, el hombre nuevo.

Ser bautizado en el agua y en el Espíritu significa dejarse alcanzar y redimir por la gracia de Dios que ha puesto un límite al mal. Toda la vida de Jesús, tal como la narran los evangelios, es un ponerse del lado de los más débiles, de los que siempre pierden, de los que tiene sus vidas heridas. Lo será, sobre todo, su pasión: entregará la vida “para el perdón de los pecados”. Es amor que expía el pecado, porque lleva el amor de Dios al corazón del drama humano.

Es posible que los predicadores de la Iglesia, en demasiadas ocasiones, hayamos arruinado con nuestras torpezas el anuncio de Jesús. Pero basta asomarse, por ejemplo, a una serie de Netflix para ver hasta qué punto las heridas del corazón humano siguen buscando, a veces hasta la desesperación, lo que confiesa la fe: “creo en el perdón, tengo esperanza, tengo futuro. Amén”.

La comunión de los santos

En el vocabulario cristiano, la palabra “comunión” posee una riqueza de significados difícil de sintetizar. No obstante, intentemos desentrañar su significado esencial.

El domingo pasado recordábamos que la principal manifestación de la Iglesia se da cuando la comunidad se reúne en torno al altar para celebrar la Eucaristía. Esa imagen nos va a ayudar ahora a comprender el sentido de la palabra “comunión”. Lo explica así San Pablo: “La copa de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan” (1Co 10,16-17).

Antes que una moral que cumplir o una serie de ideas que comprender, la experiencia cristiana es comunión con el Padre, por medio de Jesucristo, en el Espíritu Santo. Nace de la escucha de la Palabra de Dios, se realiza por la fe y se expresa en la santa Eucaristía. Por eso, una de las descripciones más antiguas de las primeras comunidades cristianas dice así: “Todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común (comunión), en la fracción del pan y en las oraciones.” (Hch 2,42).

La expresión “comunión de los santos”, en el Credo, sigue a la confesión de fe en la santa Iglesia católica. Es como una variación del mismo tema. Indica la fuente de la que mana y de la que se nutre la comunidad cristiana. Nos ayuda a comprender de qué vive la Iglesia, cuál es la fuerza que reúne a los cristianos y los impulsa a ser “Iglesia en salida”, como dice el Papa Francisco, para caracterizar a la Iglesia que es misionera por su propia naturaleza.

La referencia a “los santos” tiene un doble significado. Ante todo, es comunión en las “realidades santas”: la Palabra, el Espíritu, los sacramentos, el amor de Dios y a los pobres. Y, en segundo lugar, es comunión de aquellos que han sido santificados por el Espíritu. Por eso, algunas liturgias orientales, cuando llega el momento de las ofrendas tienen esta invitación: “Sancta sanctis” (las cosas santas a los santos”). Los bautizados (los santos) compartimos unos mismos bienes espirituales (las cosas santas) que fundamentan nuestra comunión también en todos los planos de la vida: compartimos carismas, talentos, tiempo y bienes materiales. La Iglesia es, así, una comunión de bienes que se comunican y expanden.

En este contexto, la expresión sirve para comprender también los llamados “tres estados de la Iglesia”: la Iglesia que celebra en el cielo la comunión con Dios (los ángeles, María y los santos); la Iglesia peregrina y misionera que camina la fe en la tierra; la Iglesia de los que han muerto “bajo el signo de la fe” y son purificados por el amor de Cristo para entrar en la comunión eterna. La Iglesia es comunión porque unos por otros, vivos y difuntos, santos y peregrinos, estamos unidos en el Cuerpo de Cristo. Los santos interceden por nosotros, y nosotros encomendamos a nuestros difuntos a la misericordia de Dios.

La cultura dominante parece haber erigido, como dogma central, una especie de individualismo libertario. Al yo individual y a sus deseos se sacrifica y se subordina todo. ¿Su resultado? La soledad, el aburrimiento y el sinsentido. El humanismo cristiano va en la dirección contraria: la persona humana es apertura al otro, comunión, diálogo y vínculo. Solo así logra ser ella misma.

Claro, viene del Dios amor. En la Trinidad, las personas son dándose.

Los rostros de la Iglesia

13347-el-pueblo-de-campo-santo-celebro-su-fiesta-patronal-con-el-milagrito“La Voz de San Justo”, domingo 4 de febrero de 2018

Sigamos hablando de la Iglesia, pero antes despejemos un malentendido.

El Papa es el párroco del mundo. Los obispos, sus delegados que le ayudan junto con los curas, las monjas y los “laicos comprometidos”. De tanto en tanto, este gran Párroco se sube a un avión y visita, en persona, alguno de los territorios más alejados de su inmensa parroquia.

Algunos piensan así. Es un gran error. Una distorsión de la realidad de la Iglesia. Digamos algunas palabras al respecto.

Aunque sin sacar todas las consecuencias que de aquí se derivan, el Concilio Vaticano II hizo un gran redescubrimiento. Así lo expresa el primer documento aprobado por el Concilio: “…la principal manifestación de la Iglesia se realiza en la participación plena y activa de todo el pueblo santo de Dios en las mismas celebraciones litúrgicas, particularmente en la misma Eucaristía, en una misma oración, junto al único altar donde preside el Obispo, rodeado de su presbiterio y ministros.” (Constitución sobre la Liturgia 41).

No quiero aburrir a nadie con intríngulis teológicos, solo destacar este aspecto: allí donde esto ocurre (un obispo, un altar, un pueblo reunido para celebrar), allí está toda la Iglesia de Cristo. Allí, y así, la Iglesia es católica: la totalidad de lo que Dios ha querido dar al mundo se entrega y se hace visible en la humildad de la comunidad reunida, aunque ésta sea pequeña.

El Concilio redescubrió que la Iglesia de Cristo existe en un lugar concreto. Redescubrió el rostro de la Iglesia local. O, mejor: los múltiples rostros de la única Iglesia de Cristo. Allí está toda la Iglesia, aunque cada Iglesia local no es toda la Iglesia. Desde la Eucaristía, cada Iglesia ha de reconocerse en comunión con todas las Iglesias locales, presididas por el obispo de Roma.

Ni el Papa es un gran párroco, ni los obispos somos delegados suyos que repetimos como pericos sus consignas. Tampoco la Iglesia es una gran parroquia. Cada obispo es vicario de Cristo para la Iglesia que preside y tiene la misión de reunir al pueblo de Dios por la Palabra, los sacramentos y el don del Espíritu.

La Iglesia existe siempre en un lugar concreto, inserta en un espacio geográfico y cultural determinado. Y es allí, y desde allí, que ha de ponerse a la escucha de su Señor para cumplir la misión para la que es llamada y enviada: anunciar el Evangelio, especialmente a los pobres.

Profesamos la misma fe, pero cada Iglesia local tiene un rostro único que, en comunión con las demás Iglesias, conforman el rostro católico de la Iglesia de Cristo. Es la misma Iglesia, pero vive la fe con los acentos, los modos, las características de su cultura. No es lo mismo ser Iglesia en la pampa gringa o en la Patagonia, en la gran ciudad o en medio de la cordillera andina. La Iglesia asume así los diversos rostros, lenguajes y culturas de los discípulos de Cristo.

Por eso, cada Iglesia particular (una diócesis, por ejemplo), enclavada en un lugar concreto, ha de preguntarse cómo ser fiel a la misión recibida para la gente de ese lugar y en ese tiempo, con sus desafíos concretos, sean espirituales, éticos, sociales, económicos o políticos.

Ni el Papa, ni el obispo, ni el párroco somos los dueños de la Iglesia. El Señor de la Iglesia es Cristo. El “clericalismo” es un gran mal, como viene señalando con insistencia el Papa Francisco, pues reduce la Iglesia a la estatura de los curas. No. La Iglesia nace del bautismo y la eucaristía, y hace de cada bautizado un sujeto responsable de la vida eclesial, del anuncio y testimonio del Evangelio. Cada uno con una vocación propia y múltiples carismas para el bien de todos.

¿Podremos vivir esta vocación eclesial con gozo y convicción o seguiremos durmiendo la siesta?

Una, santa, católica y apostólica

“La Voz de San Justo”, domingo 28 de enero de 2018

No creemos en la Iglesia de la misma manera en que creemos en Dios. Ya lo dijimos el domingo pasado. Pero, para reconocer la Iglesia como obra de Dios, sí se requieren los ojos de la fe. Solo así se puede percibir, en la siempre imperfecta realidad humana, el misterio del Pueblo de Dios.

Según la tradición de la Iglesia, cuatro son las notas de la Iglesia de Cristo: una, santa, católica y apostólica. El Credo niceno solo menciona la santidad y la catolicidad. Vale la pena explicarlas.

Empecemos aclarando porqué hablamos de “notas”. Esta palabra castellana deriva de un verbo latino que significa “conocer”. Con esta expresión queremos indicar algunas características fundamentales que connotan a la Iglesia y que nos permiten reconocerla como obra de Cristo. A través de estas notas, la Iglesia da a cononcer su identidad más profunda.

La Iglesia de Cristo es una. Esta unidad no es fría y mortificante uniformidad. Es la unidad del Padre, el Hijo y el Espíritu: un solo Dios en tres Personas. Unidad y diversidad no se excluyen, sino que se potencian mutuamente. Esa es la unidad a la que está llamada la Iglesia. Claro, esta unidad tiene expresiones visibles: los bautizados profesamos la misma fe y celebramos los mismos sacramentos bajo la guía de los pastores. Hoy, además, esta llamada a la unidad tiene la forma del ecumenismo que es el movimiento suscitado por el Espíritu Santo para que, todos los discípulos de Cristo, separados a lo largo de la historia, nos reunamos en una unidad que reconcilie nuestras diferencias.

La Iglesia es santa. De la santidad de la Iglesia ya hablamos el pasado domingo. Me remito a aquellas reflexiones. Añado solo un punto: escribo estas líneas desde Villa Cura Brochero. Aquí se siente el perfume de la santidad de este cura cordobés, serrano entre los serranos, apóstol y ciudadano ejemplar. Vivió a fondo el amor de Cristo. Ese es el rostro de la santidad cristiana a la que estamos llamados todos en la Iglesia, santa pero que abraza a sus hijos e hijas pecadores. Los santos – canonizados o no – muestran el mejor rostro de la Iglesia.

La Iglesia es católica. Es verdad que “católica” quiere decir: universal. Sin embargo, a mí me gusta más la traducción literal de la palabra: “según la totalidad”. Está en la raíz de nuestra palabra “catolicidad”. Aunque la comunidad cristiana sea muy pequeña, débil o incluso sea perseguida, esa Iglesia es católica porque en ella Cristo resucitado está presente y ofrece a todos los hombres y pueblos la totalidad de la salvación: su Palabra, sus sacramentos, especialmente la Eucaristía, la santidad que transforma la vida.

La Iglesia es apostólica. Esta nota indica tres cosas: 1) Que la Iglesia está fundada sobre el testimonio de los apóstoles (los Doce que eligió Jesús y la primera generación cristiana); 2) Que la Iglesia no tiene otro Evangelio para predicar al mundo que el que recibió de los apóstoles; 3) Que los obispos, presbíteros y diáconos, presididos por el obispo de Roma, continúan el ministerio de los apóstoles velando para que la comunidad cristiana se mantenga fiel al Evangelio, viviendo con alegría su su esencial naturaleza misionera.

Un testimonio personal: siento la Iglesia como mi lugar en el mundo. De ella he recibido el Evangelio. Ella ha puesto en mis labios y en mi corazón los nombres de Jesús y María. Ella me regala, cada día, la Eucaristía. Todo esto es cierto. Tanto como que he aprendido a comprender que, para otros, esta experiencia resulta lejana, difícil o contradictoria. He aprendido también que solo Dios conoce los corazones y que mira a todos con infinito amor. Y que la Iglesia es, en medio del mundo, una semilla que lleva en su pequeñez la potencia del Reino de Dios que está llegando.

Creo en la Iglesia

“La Voz de San Justo”, domingo 21 de enero de 2018

“Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica…”, así comienza la última parte del Credo. Ya reflexionamos sobre el Espíritu, ahora sobre la Iglesia. Pero ¿se puede seguir todavía creyendo en la Iglesia? ¿Cómo se puede calificar de “santa” a una institución que carga con el peso de tantas miserias?

Lo acabamos de ver en la visita del Papa Francisco a Chile. La Iglesia católica tiene hoy un bajo nivel de confianza en ese país. Y esto, por diversas razones: desde profundos cambios culturales (más espíritu crítico y distancia de las instituciones) hasta el drama de los abusos sexuales del clero. Argentina, aún con diferencias, vive procesos parecidos.

La conclusión, a la que muchos arriban, parece clara: Dios sí, Iglesia no. Hoy muchos creen en Dios sin sentir la necesidad de pertenecer a la Iglesia. Creer sin pertenecer.

Una primera aclaración puede ayudar: los cristianos no creemos en la Iglesia de la misma manera en que creemos en Dios. En realidad, el acto de fe solo se puede realizar de cara a Dios. Solo Él, Verdad que no miente, es digno de fe. Solo a Él podemos decirle “amén” con todo nuestro ser.

Como ya tuvimos ocasión de decir al inicio de nuestras meditaciones sobre el Credo: la fe cristiana es mucho más que aceptar la existencia de Dios. Es reconocer que Él nos ha dirigido su Palabra, pues ha querido comunicarse con nosotros. Dios se ha hecho oír, convocando a un pueblo y confiándole la misión de ser signo visible de su amor por toda la humanidad. La palabra “Iglesia” quiere decir precisamente eso: convocación, llamada y reunión de hombres y mujeres para escuchar la Palabra de Dios, recibir su Espíritu y caminar en su presencia.

Creemos en Dios que ha creado la Iglesia como la reunión de todos los que creen. Esa es también una de las definiciones más bellas de la Iglesia: “congregatio fidelium” (la reunión de todos los que escuchan, acogen y creen en la Palabra). Así, la Iglesia entra en el campo de la fe como obra de Dios para nosotros.

Donde Dios hace oír su Palabra, allí el Espíritu reúne una comunidad unida por la fe. Para los cristianos esto acontece en torno a la persona de Jesús. Él es la Palabra que escuchamos cuando leemos las Escrituras. Es su Espíritu el que nos une en comunión fraterna, rescatándonos de la soledad y el aislamiento.

Todo lo que en la comunidad cristiana es visible (palabras y gestos, culto y normas, personas e instituciones, carismas y ministerios) está al servicio de la invisible: el Espíritu que santifica a la familia de Cristo. El rostro humano de la Iglesia, con todos sus límites, está llamado a ser expresión de la misericordia de Dios manifestada en Jesucristo.

Nuestros hermanos protestantes usan una fórmula que los católicos hemos adoptado desde el Concilio Vaticano II. En realidad, proviene de los primeros escritores cristianos: “la Iglesia está siempre en reforma”. ¿Por qué? Porque sus miembros somos imperfectos y el Evangelio siempre nos queda grande. Parafraseando al Papa Francisco: somos un pueblo de pecadores amados y perdonados.

Siempre ha sido una tentación creer que la Iglesia solo se forma con la gente pura, perfecta y santa. No. La Iglesia abraza a todos: santos y pecadores. Es santa en su cabeza, Cristo resucitado, y en sus miembros más insignes: María y los santos. Es santa porque a través de su humanidad el Espíritu sigue actuando en el mundo, ofreciéndonos la luz de la Palabra y la fuerza de los sacramentos. Pero esa santidad que viene de Dios es para que la vivamos hombres y mujeres imperfectos.

El artículo del Credo que estamos comentando podría formularse entonces así: “Creo en el Espíritu Santo que anima, inspira y constantemente provoca a la Iglesia a ser fiel al Evangelio, a imitar a Cristo pobre, manso y humilde”.