La comunión de los santos

En el vocabulario cristiano, la palabra “comunión” posee una riqueza de significados difícil de sintetizar. No obstante, intentemos desentrañar su significado esencial.

El domingo pasado recordábamos que la principal manifestación de la Iglesia se da cuando la comunidad se reúne en torno al altar para celebrar la Eucaristía. Esa imagen nos va a ayudar ahora a comprender el sentido de la palabra “comunión”. Lo explica así San Pablo: “La copa de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan” (1Co 10,16-17).

Antes que una moral que cumplir o una serie de ideas que comprender, la experiencia cristiana es comunión con el Padre, por medio de Jesucristo, en el Espíritu Santo. Nace de la escucha de la Palabra de Dios, se realiza por la fe y se expresa en la santa Eucaristía. Por eso, una de las descripciones más antiguas de las primeras comunidades cristianas dice así: “Todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común (comunión), en la fracción del pan y en las oraciones.” (Hch 2,42).

La expresión “comunión de los santos”, en el Credo, sigue a la confesión de fe en la santa Iglesia católica. Es como una variación del mismo tema. Indica la fuente de la que mana y de la que se nutre la comunidad cristiana. Nos ayuda a comprender de qué vive la Iglesia, cuál es la fuerza que reúne a los cristianos y los impulsa a ser “Iglesia en salida”, como dice el Papa Francisco, para caracterizar a la Iglesia que es misionera por su propia naturaleza.

La referencia a “los santos” tiene un doble significado. Ante todo, es comunión en las “realidades santas”: la Palabra, el Espíritu, los sacramentos, el amor de Dios y a los pobres. Y, en segundo lugar, es comunión de aquellos que han sido santificados por el Espíritu. Por eso, algunas liturgias orientales, cuando llega el momento de las ofrendas tienen esta invitación: “Sancta sanctis” (las cosas santas a los santos”). Los bautizados (los santos) compartimos unos mismos bienes espirituales (las cosas santas) que fundamentan nuestra comunión también en todos los planos de la vida: compartimos carismas, talentos, tiempo y bienes materiales. La Iglesia es, así, una comunión de bienes que se comunican y expanden.

En este contexto, la expresión sirve para comprender también los llamados “tres estados de la Iglesia”: la Iglesia que celebra en el cielo la comunión con Dios (los ángeles, María y los santos); la Iglesia peregrina y misionera que camina la fe en la tierra; la Iglesia de los que han muerto “bajo el signo de la fe” y son purificados por el amor de Cristo para entrar en la comunión eterna. La Iglesia es comunión porque unos por otros, vivos y difuntos, santos y peregrinos, estamos unidos en el Cuerpo de Cristo. Los santos interceden por nosotros, y nosotros encomendamos a nuestros difuntos a la misericordia de Dios.

La cultura dominante parece haber erigido, como dogma central, una especie de individualismo libertario. Al yo individual y a sus deseos se sacrifica y se subordina todo. ¿Su resultado? La soledad, el aburrimiento y el sinsentido. El humanismo cristiano va en la dirección contraria: la persona humana es apertura al otro, comunión, diálogo y vínculo. Solo así logra ser ella misma.

Claro, viene del Dios amor. En la Trinidad, las personas son dándose.

Los rostros de la Iglesia

13347-el-pueblo-de-campo-santo-celebro-su-fiesta-patronal-con-el-milagrito“La Voz de San Justo”, domingo 4 de febrero de 2018

Sigamos hablando de la Iglesia, pero antes despejemos un malentendido.

El Papa es el párroco del mundo. Los obispos, sus delegados que le ayudan junto con los curas, las monjas y los “laicos comprometidos”. De tanto en tanto, este gran Párroco se sube a un avión y visita, en persona, alguno de los territorios más alejados de su inmensa parroquia.

Algunos piensan así. Es un gran error. Una distorsión de la realidad de la Iglesia. Digamos algunas palabras al respecto.

Aunque sin sacar todas las consecuencias que de aquí se derivan, el Concilio Vaticano II hizo un gran redescubrimiento. Así lo expresa el primer documento aprobado por el Concilio: “…la principal manifestación de la Iglesia se realiza en la participación plena y activa de todo el pueblo santo de Dios en las mismas celebraciones litúrgicas, particularmente en la misma Eucaristía, en una misma oración, junto al único altar donde preside el Obispo, rodeado de su presbiterio y ministros.” (Constitución sobre la Liturgia 41).

No quiero aburrir a nadie con intríngulis teológicos, solo destacar este aspecto: allí donde esto ocurre (un obispo, un altar, un pueblo reunido para celebrar), allí está toda la Iglesia de Cristo. Allí, y así, la Iglesia es católica: la totalidad de lo que Dios ha querido dar al mundo se entrega y se hace visible en la humildad de la comunidad reunida, aunque ésta sea pequeña.

El Concilio redescubrió que la Iglesia de Cristo existe en un lugar concreto. Redescubrió el rostro de la Iglesia local. O, mejor: los múltiples rostros de la única Iglesia de Cristo. Allí está toda la Iglesia, aunque cada Iglesia local no es toda la Iglesia. Desde la Eucaristía, cada Iglesia ha de reconocerse en comunión con todas las Iglesias locales, presididas por el obispo de Roma.

Ni el Papa es un gran párroco, ni los obispos somos delegados suyos que repetimos como pericos sus consignas. Tampoco la Iglesia es una gran parroquia. Cada obispo es vicario de Cristo para la Iglesia que preside y tiene la misión de reunir al pueblo de Dios por la Palabra, los sacramentos y el don del Espíritu.

La Iglesia existe siempre en un lugar concreto, inserta en un espacio geográfico y cultural determinado. Y es allí, y desde allí, que ha de ponerse a la escucha de su Señor para cumplir la misión para la que es llamada y enviada: anunciar el Evangelio, especialmente a los pobres.

Profesamos la misma fe, pero cada Iglesia local tiene un rostro único que, en comunión con las demás Iglesias, conforman el rostro católico de la Iglesia de Cristo. Es la misma Iglesia, pero vive la fe con los acentos, los modos, las características de su cultura. No es lo mismo ser Iglesia en la pampa gringa o en la Patagonia, en la gran ciudad o en medio de la cordillera andina. La Iglesia asume así los diversos rostros, lenguajes y culturas de los discípulos de Cristo.

Por eso, cada Iglesia particular (una diócesis, por ejemplo), enclavada en un lugar concreto, ha de preguntarse cómo ser fiel a la misión recibida para la gente de ese lugar y en ese tiempo, con sus desafíos concretos, sean espirituales, éticos, sociales, económicos o políticos.

Ni el Papa, ni el obispo, ni el párroco somos los dueños de la Iglesia. El Señor de la Iglesia es Cristo. El “clericalismo” es un gran mal, como viene señalando con insistencia el Papa Francisco, pues reduce la Iglesia a la estatura de los curas. No. La Iglesia nace del bautismo y la eucaristía, y hace de cada bautizado un sujeto responsable de la vida eclesial, del anuncio y testimonio del Evangelio. Cada uno con una vocación propia y múltiples carismas para el bien de todos.

¿Podremos vivir esta vocación eclesial con gozo y convicción o seguiremos durmiendo la siesta?

Una, santa, católica y apostólica

“La Voz de San Justo”, domingo 28 de enero de 2018

No creemos en la Iglesia de la misma manera en que creemos en Dios. Ya lo dijimos el domingo pasado. Pero, para reconocer la Iglesia como obra de Dios, sí se requieren los ojos de la fe. Solo así se puede percibir, en la siempre imperfecta realidad humana, el misterio del Pueblo de Dios.

Según la tradición de la Iglesia, cuatro son las notas de la Iglesia de Cristo: una, santa, católica y apostólica. El Credo niceno solo menciona la santidad y la catolicidad. Vale la pena explicarlas.

Empecemos aclarando porqué hablamos de “notas”. Esta palabra castellana deriva de un verbo latino que significa “conocer”. Con esta expresión queremos indicar algunas características fundamentales que connotan a la Iglesia y que nos permiten reconocerla como obra de Cristo. A través de estas notas, la Iglesia da a cononcer su identidad más profunda.

La Iglesia de Cristo es una. Esta unidad no es fría y mortificante uniformidad. Es la unidad del Padre, el Hijo y el Espíritu: un solo Dios en tres Personas. Unidad y diversidad no se excluyen, sino que se potencian mutuamente. Esa es la unidad a la que está llamada la Iglesia. Claro, esta unidad tiene expresiones visibles: los bautizados profesamos la misma fe y celebramos los mismos sacramentos bajo la guía de los pastores. Hoy, además, esta llamada a la unidad tiene la forma del ecumenismo que es el movimiento suscitado por el Espíritu Santo para que, todos los discípulos de Cristo, separados a lo largo de la historia, nos reunamos en una unidad que reconcilie nuestras diferencias.

La Iglesia es santa. De la santidad de la Iglesia ya hablamos el pasado domingo. Me remito a aquellas reflexiones. Añado solo un punto: escribo estas líneas desde Villa Cura Brochero. Aquí se siente el perfume de la santidad de este cura cordobés, serrano entre los serranos, apóstol y ciudadano ejemplar. Vivió a fondo el amor de Cristo. Ese es el rostro de la santidad cristiana a la que estamos llamados todos en la Iglesia, santa pero que abraza a sus hijos e hijas pecadores. Los santos – canonizados o no – muestran el mejor rostro de la Iglesia.

La Iglesia es católica. Es verdad que “católica” quiere decir: universal. Sin embargo, a mí me gusta más la traducción literal de la palabra: “según la totalidad”. Está en la raíz de nuestra palabra “catolicidad”. Aunque la comunidad cristiana sea muy pequeña, débil o incluso sea perseguida, esa Iglesia es católica porque en ella Cristo resucitado está presente y ofrece a todos los hombres y pueblos la totalidad de la salvación: su Palabra, sus sacramentos, especialmente la Eucaristía, la santidad que transforma la vida.

La Iglesia es apostólica. Esta nota indica tres cosas: 1) Que la Iglesia está fundada sobre el testimonio de los apóstoles (los Doce que eligió Jesús y la primera generación cristiana); 2) Que la Iglesia no tiene otro Evangelio para predicar al mundo que el que recibió de los apóstoles; 3) Que los obispos, presbíteros y diáconos, presididos por el obispo de Roma, continúan el ministerio de los apóstoles velando para que la comunidad cristiana se mantenga fiel al Evangelio, viviendo con alegría su su esencial naturaleza misionera.

Un testimonio personal: siento la Iglesia como mi lugar en el mundo. De ella he recibido el Evangelio. Ella ha puesto en mis labios y en mi corazón los nombres de Jesús y María. Ella me regala, cada día, la Eucaristía. Todo esto es cierto. Tanto como que he aprendido a comprender que, para otros, esta experiencia resulta lejana, difícil o contradictoria. He aprendido también que solo Dios conoce los corazones y que mira a todos con infinito amor. Y que la Iglesia es, en medio del mundo, una semilla que lleva en su pequeñez la potencia del Reino de Dios que está llegando.

Creo en la Iglesia

“La Voz de San Justo”, domingo 21 de enero de 2018

“Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica…”, así comienza la última parte del Credo. Ya reflexionamos sobre el Espíritu, ahora sobre la Iglesia. Pero ¿se puede seguir todavía creyendo en la Iglesia? ¿Cómo se puede calificar de “santa” a una institución que carga con el peso de tantas miserias?

Lo acabamos de ver en la visita del Papa Francisco a Chile. La Iglesia católica tiene hoy un bajo nivel de confianza en ese país. Y esto, por diversas razones: desde profundos cambios culturales (más espíritu crítico y distancia de las instituciones) hasta el drama de los abusos sexuales del clero. Argentina, aún con diferencias, vive procesos parecidos.

La conclusión, a la que muchos arriban, parece clara: Dios sí, Iglesia no. Hoy muchos creen en Dios sin sentir la necesidad de pertenecer a la Iglesia. Creer sin pertenecer.

Una primera aclaración puede ayudar: los cristianos no creemos en la Iglesia de la misma manera en que creemos en Dios. En realidad, el acto de fe solo se puede realizar de cara a Dios. Solo Él, Verdad que no miente, es digno de fe. Solo a Él podemos decirle “amén” con todo nuestro ser.

Como ya tuvimos ocasión de decir al inicio de nuestras meditaciones sobre el Credo: la fe cristiana es mucho más que aceptar la existencia de Dios. Es reconocer que Él nos ha dirigido su Palabra, pues ha querido comunicarse con nosotros. Dios se ha hecho oír, convocando a un pueblo y confiándole la misión de ser signo visible de su amor por toda la humanidad. La palabra “Iglesia” quiere decir precisamente eso: convocación, llamada y reunión de hombres y mujeres para escuchar la Palabra de Dios, recibir su Espíritu y caminar en su presencia.

Creemos en Dios que ha creado la Iglesia como la reunión de todos los que creen. Esa es también una de las definiciones más bellas de la Iglesia: “congregatio fidelium” (la reunión de todos los que escuchan, acogen y creen en la Palabra). Así, la Iglesia entra en el campo de la fe como obra de Dios para nosotros.

Donde Dios hace oír su Palabra, allí el Espíritu reúne una comunidad unida por la fe. Para los cristianos esto acontece en torno a la persona de Jesús. Él es la Palabra que escuchamos cuando leemos las Escrituras. Es su Espíritu el que nos une en comunión fraterna, rescatándonos de la soledad y el aislamiento.

Todo lo que en la comunidad cristiana es visible (palabras y gestos, culto y normas, personas e instituciones, carismas y ministerios) está al servicio de la invisible: el Espíritu que santifica a la familia de Cristo. El rostro humano de la Iglesia, con todos sus límites, está llamado a ser expresión de la misericordia de Dios manifestada en Jesucristo.

Nuestros hermanos protestantes usan una fórmula que los católicos hemos adoptado desde el Concilio Vaticano II. En realidad, proviene de los primeros escritores cristianos: “la Iglesia está siempre en reforma”. ¿Por qué? Porque sus miembros somos imperfectos y el Evangelio siempre nos queda grande. Parafraseando al Papa Francisco: somos un pueblo de pecadores amados y perdonados.

Siempre ha sido una tentación creer que la Iglesia solo se forma con la gente pura, perfecta y santa. No. La Iglesia abraza a todos: santos y pecadores. Es santa en su cabeza, Cristo resucitado, y en sus miembros más insignes: María y los santos. Es santa porque a través de su humanidad el Espíritu sigue actuando en el mundo, ofreciéndonos la luz de la Palabra y la fuerza de los sacramentos. Pero esa santidad que viene de Dios es para que la vivamos hombres y mujeres imperfectos.

El artículo del Credo que estamos comentando podría formularse entonces así: “Creo en el Espíritu Santo que anima, inspira y constantemente provoca a la Iglesia a ser fiel al Evangelio, a imitar a Cristo pobre, manso y humilde”.

El Espíritu, artífice de una nueva humanidad

El segundo relato de la creación del Génesis nos presenta la bella imagen de un Dios alfarero que, con manos de artista, modela al hombre de la arcilla de la tierra.

Ya hemos dicho que estas páginas de la Biblia no ofrecen información científica. Con lenguaje simbólico expresan algunas grandes verdades religiosas profundamente humanas. En este caso, que el hombre es obra de la sabiduría de Dios. No solo de su inteligencia sino también de su amor creador. Cada ser humano existe como fruto de esa inteligencia amorosa, sabia y providente de Dios.

El relato añade un dato crucial: solo cuando Dios sopla “en su nariz el aliento de vida”, el hombre llega a ser un “ser viviente” (cf. Gn 2,7). Sin el aliento de Dios el hombre está incompleto. Es significativo que, a renglón seguido y alcanzando su culminación, el mismo relato nos muestre la creación de la mujer, el único complemento adecuado para el varón. Sin espíritu y sin mujer, el hombre no puede vivir adecuadamente su condición humana.

Aquí, la palabra “aliento (“espíritu”) indica la apertura del hombre a Dios. Por su espíritu, el ser humano está abierto a su Creador, lo adora, alaba y escucha. Pero, por lo mismo, se dona a sí mismo a sus semejantes. Por el contrario, cuando se cierra sobre sí mismo, se condena a su frustración.

Cuando los evangelios nos presentan a Jesús como el que, colmado del Espíritu, lo comunica al mundo, nos están diciendo que, en Él, la creación ha llegado a su plenitud. Él es hombre nuevo, el que Dios soñó desde el principio, y a cuya imagen crea a cada ser humano. Los evangelios lo muestran con una cercanía única con su Padre, pero también con una exquisita capacidad de sintonía con las personas, especialmente con los más frágiles, los niños, los enfermos y pecadores. No vive para sí mismo, sino para los demás.

Algunos autores cristiaños enseñan que las dos manos con las que el Padre crea y redime al hombre son precisamente su Verbo y su Espíritu. Concebido por obra del Espíritu y nacido de María, Jesús es el Verbo de Dios que se ha hecho igual a nosotros para mostrarnos qué significa ser realmente hombre. Él es el modelo supremo al que todo hombre ha de aspirar y hacia el cual lo conduce el Espíritu.

Jesús nos ha mostrado que solo en el amor, como don sincero y total de sí mismo, el hombre alcanza su plena estatura. El Espíritu Santo al unirnos en comunión con Jesús nos configura con Él y nos comunica sus sentimientos y actitudes, que se compendian en el amor. “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado”, enseña San Pablo en su carta a los romanos (Rom5,5).

Cuando los cristianos confesamos: “creo en el Espíritu Santo”, no solo afirmamos que Él es la tercera Persona de la Trinidad, uno con el Padre y el Hijo, sino que también confesamos su obra en nosotros: el Espíritu es el que está creando y animando, en cada uno, el proyecto de hombre que se ha manifestado en Jesucristo. El Espíritu es el artífice de una nueva humanidad, que arranca al hombre de su soledad, abriéndolo a Dios y a sus semejantes.

La experiencia del Espíritu

postracion-monje“La Voz de San Justo”, domingo 7 de enero de 2018

Retomamos nuestras reflexiones sobre el Credo. Seguimos en la tercera y última parte, centrada en el Espíritu Santo.

Habíamos hablado del Espíritu como el “gran desconocido”. Tenemos que matizar ahora esa afirmación. En realidad, esa suerte de desconocimiento ha sido más acentuado en el Occidente cristiano, no así en las Iglesias del Oriente. Ellas han cultivado un sentido muy vivo de la presencia y acción del Santo Espíritu en el mundo, en la vida del cristiano y en la Iglesia. Bastaría examinar, por ejemplo, la frecuencia, belleza y hondura teológica de las invocaciones al Espíritu que contienen las liturgias orientales.

En estos últimos decenios, los cristianos de Occidente estamos recuperando ese capítulo un poco olvidado de nuestra fe. En este proceso han sido muy importantes el diálogo ecuménico, un mayor intercambio espiritual con el oriente cristiano y la renovación carismática. En la experiencia orante de muchos católicos o de nuevas familias religiosas, por ejemplo, hoy tienen un lugar de relieve los iconos con su modo tan vivo de expresar el misterio del Espíritu.

Este domingo les propongo unas palabras de Ignacio IV Akim, patriarca ortodoxo de Antioquía, sede del apóstol Pedro antes de llegar a Roma. Son palabras muy bellas y profundas. Valen para todos los cristianos, a la vez que nos invitan a meditar más a fondo sobre el lugar del Espíritu en nuestra vida cristiana:

“Sin el Espíritu Santo: Dios está lejos, Cristo queda en el pasado, el Evangelio es letra muerta, la Iglesia es una simple organización, la autori­dad un dominio, la misión propaganda, el culto una simple evocación y la con­ducta cristiana una moral de esclavos.

Pero con el Espíritu Santo, es una unión de fuerzas indiso­luble, el cosmos está agitado y gime en el alumbramiento del Reino, el hombre lucha contra la carne, Cristo resucitado está junto a nosotros, el Evangelio aparece como poder de vida, la Iglesia significa comunión trinitaria, la autoridad se trasforma en servicio liberador, la misión es nuevo Pentecostés, la liturgia es memorial y anticipación, el actuar humano queda divinizado.”

La misión del Espíritu Santo es, en definitiva, hacer actual la experiencia de Cristo. Así lo formula el Catecismo de la Iglesia: “El Espíritu Santo prepara a los hombres, los previene por su gracia, para atraerlos hacia Cristo. Les manifiesta al Señor resucitado, les recuerda su palabra y abre su mente para entender su Muerte y su Resurrección. Les hace presente el misterio de Cristo, sobre todo en la Eucaristía para reconciliarlos, para conducirlos a la comunión con Dios, para que den “mucho fruto” (Jn 15, 5. 8. 16).” (Catecismo 737).

El tiempo de vacaciones que hemos iniciado es un momento privilegiado para volver a las fuentes del Espíritu. Contar con un tiempo relativamente prolongado de descanso es un gran avance de la civilización, del que no es ajeno el humanismo cristiano. El ser humano es más que su trabajo y sus logros. La persona es “espíritu” abierto a la acción del Espíritu de Dios.

El descanso, una buena lectura, el compartir con amigos y la familia, la belleza de un paisaje, visitar un monasterio (¿por qué no?), un tiempo más tranquilo para orar y participar de la liturgia, un buen retiro, etc. pueden ser ocasión propicia para volver a sentir la presencia del Espíritu que hace nuevas todas las cosas. Y, así, recuperar humanidad.

Creo en el Espíritu Santo

“La Voz de San Justo”, domingo 17 de diciembre de 2017

El Credo nació en la liturgia bautismal. “¿Crees en Dios Padre todopoderoso? ¿Y en Jesucristo, su Hijo? ¿Crees en el Espíritu Santo?”, preguntaba el obispo al que, por el bautismo, se estaba convirtiendo en discípulo de Cristo y parte de su Iglesia.

Estos tres Nombres divinos articulan el contenido doctrinal de la fe cristiana. Así, el Credo, con palabras tomadas de las Escrituras, expresa la novedad de vida que da el bautismo: soy hijo de Dios por Jesucristo en el Espíritu Santo.

Hoy comenzamos a abordar la tercera parte del Credo, centrada en la persona del Espíritu Santo.

¿Qué decir de Aquel que ha sido llamado “el Dios desconocido”? Hablar del Padre y del Hijo es relativamente sencillo. En definitiva, esas palabras remiten a experiencias humanas muy conocidas: somos hijos, sabemos lo que es un padre o una madre. Pero ¿y del Espíritu? ¿Qué palabras e imágenes nos resultan aptas para hablar de Él? ¿No terminan siendo difíciles de retener, como agua que se escurre entre las manos?

Precisamente esa es la mejor experiencia para acercarnos al misterio del Espíritu. Jesús se lo explicó a Nicodemo: “El viento sopla donde quiere, tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu” (Jn 3, 8).

Es la experiencia de un Dios que el hombre no puede manipular. El creyente es invitado a adorarlo y a confiarse a Él y, como el mismo Jesús, dejándose colmar y conducir por su Espíritu. Así llega a ser hijo de Dios y a gozar de una libertad extraordinaria: “Porque … donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad” (2 Co 3, 17).

En la raíz de la palabra “espíritu” está también la imagen del aliento vital que expresa la vida. Si el hombre respira, es que vive. El aliento acompaña cálidamente las palabras que surgen de su boca. No ves el viento. Tampoco tu aliento. Sin embargo, puedes percibir sus efectos, entre ellos, la propia respiración, tu propia vida. Invisible pero real. Así es el Espíritu.

La Biblia nos dice, ya desde su primera página, que el aliento divino ha sido derramado sobre la creación. El Salmo 103 afirma poéticamente: “Si escondes tu rostro, Señor, se espantan; si les quitas el aliento, expiran y vuelven al polvo. Si envías tu aliento son creados, y renuevas la superficie de la tierra” (Sal 103, 29-30). En el Nuevo Testamento, Cristo resucitado sopla su Espíritu sobre sus discípulos para que continúen su misión.

Basándose en los textos del Nuevo Testamento, la Iglesia confiesa que el Espíritu Santo es una Persona distinta del Padre y del Hijo, pero inseparable de ellos. Y, con ellos, cumple su misión en la salvación. Así lo expresa San Pablo: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo permanezcan con todos ustedes” (2 Co 16, 13).

Invocamos al Padre y a Jesús como Hijo y Salvador. ¿Y al Espíritu? La gran súplica al Espíritu es una invocación para que se haga presente y realice su obra: ¡Ven a nosotros, oh Espíritu Santo, y abre nuestro mundo y nuestro corazón a la comunión con el Dios vivo y verdadero!

La liturgia lo invoca como el “dulce Huésped del alma”. Allí, en el secreto invisible del corazón humano, el Espíritu realiza su obra: humanizarnos, formando a Cristo en nosotros, dándonos sus mismos sentimientos y, de esa manera, convertirnos en hijos e hijas de Dios.

Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos

 

El Juicio final: “Día de la ira… ¡Cuánto terror habrá en el futuro cuando el juez haya de venir a juzgar todo estrictamente!”. Así rezaba el famoso himno “Dies irae” de la Misa de difuntos. Fue suprimido por el Papa Pablo VI en la gran reforma de la liturgia católica que impulsó el Concilio Vaticano II.

El tiempo de Adviento tiene en su centro este advenimiento de Cristo como juez de vivos y muertos. Ya no el terror ante su venida, sino la serena alegría del esperado encuentro con Él.

Es el contenido del artículo del Credo que hoy comentamos. Lo primero que hay que decir sobre él es algo obvio: el Juicio final es Evangelio: buena y alegre noticia. El creyente lo espera como manifestación definitiva de la salvación. Y allí donde hay espera, incluso ansiosa, hay alegría por lo bueno que está a punto de acontecer.

La liturgia del Adviento lo expresa así: el que vino por primera vez en la pobreza es el que está ahora viniendo a nosotros y, al final de los tiempos, irrumpirá glorioso para llevar a plenitud su obra.

Esperamos así un encuentro gozoso que desvelará la verdad de nuestra vida y de toda la humanidad. Así saldrán a la luz los actos de bien que los hombres hayamos hecho en el transcurso de nuestra vida. Sobre todo, quedarán visibles los gestos de amor compasivo a los más vulnerables, débiles y olvidados: “tuve hambre y me dieron de comer…”

Seremos juzgados así, no por una ley exterior a nosotros. Será la calidad humana que haya alcanzado nuestra vida la que decidirá todo. ¿Qué clase de persona has sido? ¿Cómo has vivido tus vínculos? ¿Cómo han sido tus amores? ¿Qué ha prevalecido en tu camino? ¿El amor propio? ¿O el amor a los otros, especialmente a los heridos que, a la vera del camino, solo pueden suplicar ayuda? ¿Qué calidad ha alcanzado tu libertad?

El cristiano tiene la convicción de la plena humanización de toda la creación. Incluso si fracasan muchos proyectos buenos y justos, Dios no dejará caer al vacío ningún esfuerzo humano. Es más: no dejará de darle todo su peso al más pequeño gesto de amor y generosidad que hayamos podido realizar.

Los evangelios nos dicen que Jesús fue siempre muy reticente a dar juicios tajantes y definitivos sobre las personas. Sus ojos veían siempre lo oculto, incluso en los corazones más duros y cerrados. Trigo y cizaña crecen juntos, enseñaba a sus discípulos, impacientes por condenar y separar a buenos de réprobos. Dios tiene paciencia, porque ama, conoce la fragilidad de su criatura, no se escandaliza de ella, porque sabe también qué potencia tiene su Espíritu creador.

No. No esperamos el Juicio como un día de ira sino como la expresión más alta de la misericordia, la compasión y el perdón de Dios que limpiara todas las impurezas de la libertad humana. Quien vive de esa espera sabe que el tiempo que se le ha dado es precioso, que no lo puede dejar pasar viviendo con despreocupación.

De un corazón que así vive y espera nace el santo temor de Dios. Es el temor a la más terrible posibilidad de la libertad humana: traicionar la majestuosa belleza del amor y la ternura de Dios que Cristo ha traído al mundo. Parafraseando a San Agustín: “temo al Dios que pasa y que yo, tal vez, deje pasar”.

Subió a los cielos

“La Voz de San Justo”, domingo 3 de diciembre de 2017, primero de Adviento

Después de confesar la fe en la resurrección, el Credo afirma: “Subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso”. Es casi una cita literal de la conclusión del evangelio de Marcos: “Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios” (Mc 16,19).

“Resucitó”, “subió a los cielos” y “está sentado a la derecha de Dios”. Tres metáforas para expresar la riqueza de una misma realidad: el Hijo de Dios ha superado la muerte, consiguiendo para todos la plenitud de la vida como sólo la hace posible la comunión con Dios.

Al nacer de una mujer, se ha adentrado en la experiencia humana. Al morir crucificado no sólo ha conocido ese límite supremo que es la muerte, sino que ha hecho suya la suerte de todos los crucificados de la historia. Ha descendido al reino de la muerte. La metáfora del descenso se complementa ahora con las de la ascensión y la exaltación.

Así, en Jesús, Dios se ha manifestado definitivamente a favor de los hombres. El Creador no ha dejado a su creación librada a su suerte. Se ha definido activamente a su favor. El hombre, especialmente en sus horas más oscuras, cuando todo parecería absurdo y sinsentido, cuenta con Dios para reafirmar el valor de la vida.

La fe cristiana en la victoria de Cristo expresada con estas imágenes se pone del lado de las expectativas más hondas del corazón. Nada genuinamente humano ha de perderse. Todo gesto de humanidad tiene sentido porque tiene futuro.

Jesús mostró con claridad que a Dios Padre no le es indiferente la suerte del hombre; que lo conmueve el sufrimiento de cada uno de sus hijos y que, esa conmoción da lugar a una solidaridad activa y concreta. Todo aquel que se ponga del lado de los pobres estará con Jesús en el lado correcto de la historia. Estará donde está el corazón de Dios.

Cuando comentábamos el Padrenuestro decíamos que “el ‘cielo’ no es un lugar, ni tenemos que pensar en el espacio ni en ninguna galaxia. Se trata de una metáfora. Y muy bella, por cierto”. Expresa la inmensidad de Dios, siempre más grande que todo lo que podamos imaginar. Hacia allí ha sido llevado el ser humano. Primero Jesús, abriendo el camino. Después, cada hombre.

La imagen del Hijo vencedor de la muerte que, después de esa lucha, se sienta a la derecha de Dios expresa algo más. Indica que la exaltación de Jesús no implica lejanía. Menos aún indiferencia ante los que seguimos batallando la vida. Todo lo contrario. Ahora, el Dios hecho hombre que, a través de su humanidad, conoce desde dentro nuestras fatigas (también nuestras derrotas), está con nosotros de una forma nueva. Es el Señor, cuyo poder actúa en el mundo, sobre todo, a favor de los pobres. Con ellos se identifica, haciendo suya su causa y promoviendo su dignidad.

El brazo derecho es, para la Biblia, expresión del poder divino. A condición de que no olvidemos que el verdadero poder de Dios es su amor de Padre, manifestado como misericordia, compasión y perdón. Así lo manifestó Jesús durante su vida terrenal. Así lo ejerce ahora sentado a la diestra del Padre todopoderoso.

El Adviento que hoy iniciamos nos invita a mirar hacia ese futuro que nos espera. “Desde allí ha de venir A juzgar a vivos y muertos”.

Vivir como resucitados

“La Voz de San Justo”, domingo 19 de noviembre de 2017 – I Jornada Mundial de los Pobres

“¿No saben ustedes que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, nos hemos sumergido en su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una Vida nueva…” (Rom 6,3-4).

Cada año, en el momento culminante de la Vigilia Pascual, los cristianos escuchamos este solemne párrafo de San Pablo a los romanos.

El mensaje es claro: para el bautizado, el bautismo es el inicio de una vida nueva. Su existencia quedará para siempre marcada por la pascua de Jesús. Hemos muerto con Él y con Él tenemos una vida nueva.

Si Cristo resucitó, lo hizo por nosotros. La resurrección no es un milagro que le aprovecha solo a él. Como decíamos el domingo pasado, también con Pablo: si Cristo resucitó es porque la victoria sobre la muerte es la esperanza más honda de toda la humanidad. Dios quiere la vida, no la muerte. Al resucitar a Jesús, Dios nos ha dicho que esa esperanza no quedará defrauda.

Para un cristiano, creer en Dios es creer en el Padre que resucitó a Jesús y que nos resucitará a nosotros con él. Sobre esa confianza se asienta toda nuestra vida.

En la raíz de la vida cristiana no está el esfuerzo del hombre por alcanzar a Dios o alguna forma de perfección ética. El origen de todo es un don absolutamente gratuito. Ya lo decíamos comentando el artículo de la creación: en su cuerpo, el hombre comienza a percibir que ha recibido la vida como regalo. Él mismo se percibe como don. Y así, en el don sincero de sí mismo, ha de vivir. Ahora añadimos: Cristo resucitado es el verdadero hombre nuevo. Con su resurrección comienza una nueva posibilidad para la humanidad.

Es también Pablo el que habla de una nueva creación: “El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente” (2 Co 5,17).

Vida nueva. Hombre nuevo. Nueva creación. Todo muy bonito. Pero, en concreto ¿de qué se trata? De todas las páginas del evangelio que podríamos evocar para responder, este domingo, “Jornada Mundial de los Pobres”, elijo la parábola del Buen Samaritano (cf. Lc 10,29-37). De eso se trata: de hacerse prójimo, cercano y hermano de aquel que está caído. De interrumpir el propio camino para acercarse y animarse curar las heridas del otro.

Vuelvo a decirlo: antes que obra nuestra, esta existencia nueva definida por el amor desinteresado es la obra de Dios en nosotros. Más precisamente, del Espíritu Santo. Es el Espíritu de Cristo el que, ya ahora, en esta existencia frágil y mortal, comienza a sembrar la vida nueva de la resurrección. Él nos transfigura a imagen de Jesús para que tengamos sus mismos sentimientos, actitudes y gestos. Él nos enseña, en cada momento de nuestra vida, a vivir como resucitados.

Es el Espíritu el que hace posible en nosotros lo verdaderamente nuevo y definitivo: un corazón que ama, un rostro que mira y una mano que se tiende para aferrar la mano del que está en apuros.

El Credo nos lleva de la mano al encuentro con el Espíritu Santo. En breve tendremos que hablar del Soplo de Dios que infunde el amor de Cristo en nuestros corazones.