Viento, fuego y vida

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La Iglesia invoca al Espíritu Santo como “Señor y vivificador”. Es Dios que nos santifica y nos da vida. Nos vivifica haciéndonos santos.

Santidad, en el lenguaje cristiano, quiere decir, en primer lugar: unión y configuración con Cristo; pero también que esa amistad con Cristo se expresa con una vida entregada, a semejanza de la suya. El Espíritu hace posible aquel inalcanzable “ámense como Yo los he amado”.

Los santos – Brochero o Madre Teresa, por ejemplo – son hombres o mujeres que, en las circunstancias concretas de su tiempo, se dejaron colmar por el Espíritu. A través de ellos, el amor de Cristo ha tocado y transformado el mundo. Los santos vivieron a fondo, dejaron huella.

Este domingo, los cristianos estamos celebrando la fiesta de Pentecostés. Con el don del Espíritu, la Pascua alcanza su culmen. Cristo murió y resucitó para santificar el mundo con su Espíritu. Podríamos decir también: para llenar el mundo de santos y santas.

El relato de Pentecostés en los Hechos de los Apóstoles (Hch 2,1-11) nos habla del Espíritu y su obra en el mundo con tres imágenes: el viento, el fuego y las lenguas.

El Espíritu es como el viento. Es decir: es fuerza, energía, vitalidad siempre en movimiento. Es también respiración, aliento, hálito de vida.

El Espíritu es como el fuego, pues la vitalidad que nos da es la misma de Dios: el amor apasionado que es entrega, que nos hace salir de nosotros mismos, nos pone en búsqueda del bien del otro y nos hace experimentar el gozo en el servicio.

El Espíritu es el que permite que hombres y mujeres que hablan diversas lenguas puedan entenderse: abre las mentes, acerca a las personas y rompe las barreras que impiden la cercanía. Si es el caso, hace madurar el perdón y dispone los corazones para la reconciliación. Respeta la diversidad, armonizando las diferencias en la unidad y la comunión.

Cristo resucitado sigue comunicando al mundo su Espíritu, su aliento de vida, para colmarlo con la santidad del Dios amor, uno y trino. Lo repito: Dios quiere colmar el mundo de santos y santas, que hacen presente la potencia transformadora de la santidad de Cristo. Con los santos Dios transforma el mundo.

Semanas atrás, el Papa Francisco nos ha ofrecido un precioso texto sobre el llamado a la santidad en el mundo de hoy. Ha repasado, una a una las bienaventuranzas de Jesús, calificándolas “como el carnet de identidad del cristiano” (GeE 63). Ha señalado también el gran texto evangélico de Mateo 25 (“…tuve hambre y me dieron de comer, etc”), como referencia fundamental de la santidad cristiana. “No podemos plantearnos – ha dicho – un ideal de santidad que ignore la injusticia de este mundo, donde unos festejan, gastan alegremente y reducen su vida a las novedades del consumo, al mismo tiempo que otros solo miran desde afuera mientras su vida pasa y se acaba miserablemente” (GeE 101).

La santidad cristiana siempre tendrá el rostro de la misericordia y de la lucha por la justicia. Esa es la obra del Espíritu que nos ha sido dado en Pentecostés.

 

 

 

 

 

 

Ascensión

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“La Voz de San Justo”, domingo 13 de mayo de 2018

“Vayan por todo el mundo, anuncien el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará” (Mc 16,16).

Va llegando a su fin el tiempo pascual. Apenas una semana hasta Pentecostés. Este domingo celebramos la ascensión de Cristo. No festejamos que se haya ido, como si hubiera sido un visitante incómodo. Celebramos su triunfo y su nueva forma de presencia en el mundo. Ahora sigue acompañando el caminar de sus discípulos y de su Iglesia por la historia: “Ellos fueron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba su palabra con los milagros que la acompañaban” (Mc 16,20).

Jesús había acertado mostrando el rostro genuino de Dios. La resurrección es el sí de Dios Padre a ese acierto. Ahora, toda la creación debe recibir este “evangelio”: Dios es Padre, está siempre dispuesto a perdonar, ama con amor entrañable, especialmente a los más frágiles, y solo sabe dar vida. Hay que caminar la historia llevando este anuncio de salvación. Comunicar esa buena y alegre noticia es la misión fundamental de la Iglesia. Podríamos añadir, parafraseando a Francisco de Asís y a Carlos de Foucauld: gritar el Evangelio con la vida y, si es necesario, también con las palabras.

El que haga espacio en su vida a esta palabra buena, encontrará la salvación. Es decir, también él acertará con la verdad de la vida, alcanzando la meta a la que aspira el corazón humano y que, en tantas ocasiones, parece alejarse a causa de la fragilidad o la malicia humanas. Y esa meta no es otra que la comunión con Dios que libera del egoísmo y nos abre a los demás. Comienza realmente en esta vida mortal y atraviesa el umbral de la muerte, abriéndose a la vida eterna.

Creer es mucho más que tener por ciertas algunas ideas. Es decir “amén” a Dios que nos tiende la mano. Bautizarse es mucho más que cumplir un rito. Es dejarse transformar por el don de su Espíritu que hace nuevas todas las cosas. Salvarse es mucho más que encontrar un lugarcito para vivir bien y a salvo de toda inquietud. Todo lo contrario. Es dejarse alcanzar por la mirada de Jesús que ilumina nuestra vida y, como el fuego purifica la plata, nos va librando, paso a paso, del peso del egoísmo.

Está salvado – según Jesús – el que pierde su vida, como él entregó la suya. Así, nos humaniza y nos lleva más allá de nuestros límites: nos hace participar de su misma vida divina. Es más: Jesús mismo es la Salvación, porque es Dios que se ha hecho uno de nosotros para colmar la infinita distancia entre el Creador y la creatura. Solo Dios puede salvar al hombre. Arrojarse a ese abismo de vida es la aventura a la que nos desafía el creer en el Evangelio.

Y esa salvación comienza a vivirse ya ahora, y tiene la forma del amor que adora de rodillas y se inclina para lavar los pies a los demás, a ejemplo de Jesús que busca al Padre en el silencio de la noche y que se ha hecho servidor de sus hermanos. Comienza ahora y se plenifica en la felicidad eterna del cielo, cuando el mismo Jesús nos siente a la mesa para compartir el banquete del Reino.

Echar leña al fuego

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“Yo los llamo amigos” (Jn 15,15)

“La Voz de San Justo”, domingo 6 de mayo de 2018

Una de las “obligaciones” del obispo es la de las visitas pastorales. Se trata de una presencia más prolongada del pastor en una comunidad parroquial u otros espacios pastorales. Su finalidad es animar la vida de fe y la pasión misionera de los cristianos.

Cuando se publique esta columna, por ejemplo, voy a estar terminando la visita pastoral a la parroquia “San Antonio de Padua” de Santiago Temple. Está a cargo de un sacerdote joven que atiende también la vecina parroquia de Tránsito.

El diálogo mano a mano con el Consejo parroquial de pastoral suele ser un momento clave y muy intenso de la visita: el obispo, el cura, los agentes de pastoral y toda la comunidad nos ponemos bajo la Palabra, para escuchar al verdadero Señor de la Iglesia, Cristo. Tratamos de escuchar su Voz en las voces de sus discípulos, pero también de los más alejados, de los pobres, de los que sufren, e incluso de los que desesperan en la vida.

Los textos bíblicos que se leen en la liturgia de los días de la visita, especialmente el domingo, iluminan las vivencias que compartimos y nos permiten experimentar que la Palabra llega a nosotros con la potencia del Espíritu.

Uno de los temas que suele salir en estos diálogos es la situación de quienes solicitan algún sacramento y asisten a la catequesis. ¿Lo hacen por convicción o por tradición? Cuesta que vengan a Misa y, una vez que se celebra el sacramento, no aparecen más. El anuncio ¿ha calado hondo? ¿Ha tenido lugar un verdadero crecimiento en la fe?

Es un desafío formidable. Pero también, una magnífica oportunidad que nos ofrece la Providencia en este tiempo: volver a lo esencial del Evangelio.

¿Y de que se trata lo esencial? Precisamente de lo que nos hablan las lecturas de este sexto Domingo de Pascua: Dios nos amó primero y nos tendió la mano, enviándonos a su Hijo. Que, para Jesús, no somos siervos sino amigos. Y que ese amor de amistad que viene del corazón de Dios es el suelo firme sobre el que edificar nuestra vida. O, dicho en una sola palabra: Jesús. Él es lo esencial.

Si no hay encuentro con Jesús vivo, de nada vale insistir en participar en la Misa. Anunciar a Jesucristo, colaborando con el Espíritu que despierta la fe en los corazones, es el principal desafío de una Iglesia “en salida”.

En estos encuentros, cuando la consideración de las dificultades de la evangelización se pone más espesa, me gusta hacer algunas preguntas que nos obligan a mirar las cosas desde otro ángulo: “Y nosotros, ¿por qué estamos aquí? ¿Por qué hacemos lo que hacemos en la parroquia? ¿Qué nos mueve en la vida cristiana? Y, en definitiva, ¿quién es realmente Jesús para mí?”.

Se trata de que cada uno vuelva sobre su propia experiencia del amor primero de Dios, y logre expresarlo en palabras. El tono de la conversación suele cambiar. Los corazones se sienten tocados y, así, se logra una sintonía que nos permite contar la propia experiencia de Dios, de encuentro con Jesús, pero también la ardua lucha por vivir la fe en nuestro mundo de hoy.

En realidad, la misión no depende tanto de extravagantes métodos de comunicación, sino precisamente de ese transmitir, cara a cara, corazón a corazón, lo que Dios va obrando en nosotros.

Si eso ocurre, yo, como obispo, me quedo satisfecho. He logrado “echar leña al fuego” de esa hoguera siempre ardiendo que es la vida cristiana.

En definitiva, es lo que me ha pasado a mí como discípulo: he conocido el amor de Dios en el rostro de Jesucristo.

 

La poda, el fuego y las empanadas

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“La Voz de San Justo”, domingo 29 de abril de 2018

“Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Él corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía” (Jn 15,1-2).

Hoy vivo en el este de Córdoba, pero nací en el este de Mendoza. Una zona típicamente viñatera, no solo por los grandes viñedos sino también por la vida cotidiana: en cada casa un parralito, y en todo patio un horno de barro.

El evangelio de este domingo me ha evocado algunos recuerdos de aquella infancia. Veo todavía a mi difunto papá, caldeando el horno con los sarmientos que se juntaban después de la poda y lo intenso del fuego alimentado con ellos. Y, ¿cómo no?, el sabor de las empanadas caseras.

Leo y releo el texto del evangelio, y con ayuda de estos recuerdos personales, van creciendo en mí dos ideas, dos llamadas, dos invitaciones.

Ante todo, la idea de que la poda nunca es mala. La vid necesita los cortes precisos de la poda para dar fruto en el momento justo. Como los necesita la vida, tanto o más que la vid. Poda que nos deja con cicatrices, pero también más libres y abiertos. Un poco magullados, pero no vacíos.

La educación de nuestros chicos, por ejemplo, ¿no tiene mucho de poda? ¿No pagamos caro el no haber sabido decir un buen “no” en el momento oportuno, ayudando a posponer la gratificación inmediata y abriendo la puerta a los logros que realmente enriquecen la vida?

Nosotros, que vivimos tan ensimismados en el agujero negro de nuestros deseos insatisfechos, necesitamos ser arrancados de esa prisión. Esa poda, normalmente, se da cuando nos dejamos tocar por la vida de los otros; cuando los dejamos que nos desposean y, así, nos hagan verdaderamente libres. La mejor poda es la del amor que sabe tanto cortar como dejar liberado el flujo de la vida.

Pero también la imagen de los sarmientos agarrando calor y dando un fuego que caldea fuerte el horno, evoca la vida. Ya sé que Jesús, en su mensaje, hablando de los sarmientos infecundos que son quemados, nos pone en guardia: ¡cuidado con contagiarnos esa sequedad que no sirve para nada! ¡Estamos llamados a ser fecundos!

Pero, a mí me sale pensar que, incluso de los sarmientos secos, Dios puede arrancar el fuego del amor que purifica y da vida. De la poda, de los sarmientos secos y del horno caldeado salen ese prodigio que son las empanadas caseras.

En realidad, el evangelio de este domingo apunta a esta afirmación neurálgica de Jesús: “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer” (Jn 15,5).

Es el encuentro con Jesús, su Pascua y su Evangelio lo que nos arranca de todas nuestras prisiones. Claro que no hay que ocultar que ese encuentro es verdaderamente una poda. No nos deja iguales. Suele sacudirnos hasta el fondo. Nos obliga a replantearnos todo, especialmente cómo estamos orientando nuestra vida. Es más: la hondura de la crisis a la que nos lleva Jesús es la mejor prueba de que ese encuentro ha sido verdadero. Ha sido la crisis que nos ha abierto la puerta de la salvación.

Jesús convence, decíamos domingos atrás. Hoy añadimos: convence y salva.