Por Jesús y el Evangelio

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“El que quiera seguirme…”

Viajemos en el tiempo. Lo podemos hacer con nuestra imaginación. Como cuando éramos chicos.

Vayamos a Roma. Más o menos, en los años 64 a 65. La ciudad acaba de sufrir uno de sus tantos incendios. Aún con varios de sus barrios afectados, sigue siendo “caput mundi”, la cabeza del mundo entonces conocido. Cosmopolita, orgullosa y deslumbrante, alberga más de un millón de habitantes.

En algún rincón de esa inmensa ciudad, imaginemos ahora un pequeño grupo de personas, reunidos en una casa de familia. Se entremezclan esclavos, pobres viudas, niños entredormidos, simples trabajadores con algunos miembros de familias patricias. El clima es extraño: una mezcla de miedo, unción y expectativa.

Esos hombres y mujeres han visto, por esos días, un espectáculo terrible: algunos de los suyos han sido ajusticiados públicamente. Lo cuenta el historiador Tácito: “Todo tipo de mofas se unieron a sus ejecuciones. Cubiertos con pellejos de bestias, fueron despedazados por perros y perecieron, o fueron crucificados, o condenados a la hoguera y quemados para servir de iluminación nocturna, cuando el día hubiera acabado”.

Imaginamos lo que sacude los corazones: ¿De dónde ese odio hacia nosotros? No tardan en abrirse paso las preguntas más incisivas: ¿No nos habremos equivocado? Somos discípulos de Jesús: ¿No es todo esto un engaño? ¿A qué o a quién le hemos entregado la vida? ¿Vale la pena correr estos riesgos?

A las manos de esta pequeña y asustada comunidad, sin embargo, ha llegado un breve escrito. Se rumorea que es de un tal Marcos, discípulo de Pedro. Este último, ha sido uno de los ajusticiados. Días después le ha tocado el turno a otro notable: Pablo de Tarso.

Da inicio la lectura: “Comienzo del Evangelio de Jesús, Mesías, Hijo de Dios” (Mc 1,1). Es difícil asimilar que se trata de una noticia buena de salvación (eso significa la palabra “evangelio”). Pero tampoco se puede negar que, a medida que avanza la lectura, hechos y palabras escritos despiertan esperanza.

Promediando la narración, una escena que sacude, se cruzan las miradas y da lugar a un silencio que no deja ya lugar a dudas. Comienza a hacerse luz en los corazones. Dos preguntas marcan el ritmo: “¿Quién dice la gente que soy yo?… Y ustedes, ¿quién dicen que soy Yo?” (Mc 8,27.29). El texto contiene la respuesta de Pedro: “Tú eres el Mesías” (Mc 8,29).

Aquí, la lectura tiene que interrumpirse. El lector comprende que sus oyentes están haciendo suya la confesión de fe de Pedro. Se está volviendo la confesión de fe de todos los que han oído, de todos los que creen y esperan en Jesús, el Cristo. Ha tocado la vida. Se ha convertido en “evangelio”.

Lo que sigue, es más luz todavía: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?” (Mc 8,34-37).

De eso se trata. Ahí está la respuesta: por Jesús y su Evangelio.

Efatá – Ábrete

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“La Voz de San Justo”, domingo 9 de septiembre de 2018

“Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y dijo: «Efatá», que significa: «Ábrete»” (Mc 7,34).

El hombre vivía en el silencio. No podía ni oír ni hablar. Ha encontrado una mano amiga que lo lleva junto a Jesús. Y Jesús cumple con él, uno de sus gestos sanadores más humanos: lo lleva aparte y toca con sus manos los oídos y la lengua. Solo pronuncia una palabra: “Efatá-Ábrete”, mientras suspira al cielo.

La sencillez destaca la alta calidad humana del encuentro: frente a frente, Jesús y este hombre silencioso cuyo nombre no conocemos, porque tal vez somos cada uno de nosotros.

La liturgia de la Iglesia ha incorporado este gesto al rito del bautismo, por el que nos hacemos parte de la familia de Jesús. Con él concluye la liturgia bautismal. También el sacerdote tiene que tocar los oídos y la boca del recién bautizado, mientras dice: “El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos te permita, muy pronto, escuchar su palabra y profesar la fe para la gloria y alabanza de Dios Padre”.

Es una hermosa imagen de lo que significa ser discípulo de Cristo: alguien que está siempre a la escucha, porque siempre le está llegando la Palabra. Pero también, alguien que no debe apropiarse de esa palabra, sino que debe entregarla con generosidad a otros. Es evangelio: buena y gozosa noticia para compartir.

Es también una indicación de por dónde debe pasar el desvelo fundamental de la Iglesia que guarda la memoria de Jesús: acercar a los hombres al único que, con la potencia de su Espíritu, puede abrir los oídos y desatar la lengua.

Es más: la misma Iglesia tiene que reconocerse en ese hombre impedido de escuchar y de hablar. Y debe unirse al suspiro de Jesús que invoca del cielo el don de la libertad. Porque también la comunidad eclesial – y no en último lugar sus pastores – está amenazada de sordera.

De tanto en tanto, la misma Iglesia necesita ser llevada a parte por Jesús para ser curada de tantas formas de sordera o mudez. ¿No nos pasa, por ejemplo, que de tanto oírnos a nosotros mismos, terminamos confundiendo nuestros proyectos con los de Dios?

El gran aprendizaje del discípulo – y de la misma Iglesia – es siempre el mismo: aprender a escuchar la Voz de su Señor.

Creo que así hay que vivir los tiempos difíciles que nos toca atravesar.

Un camino de libertad

WEB_22e Di TO B_20180902 (1)“La Voz de San Justo”, domingo 2 de setiembre de 2018

Permítanme un testimonio personal: ¿Qué me ha dado Cristo? Entre todo lo que podría decir, no lo dudo un instante: libertad. Cristo me ha dado libertad.

Leyendo y releyendo el evangelio de este domingo (cf. Mc 7,1-814-1521-23), no he podido alejar de mi corazón esta cuestión. En contraposición a una religiosidad puramente externa, Jesús insiste en que lo importante, para Dios, es el corazón del hombre. Allí se juega todo.

Durante la semana que termina, hemos leído también las que tal vez sean las palabras más duras de Jesús. Son sus invectivas contra fariseos y escribas. Están en el capítulo veintitrés del evangelio de San Mateo. Aquí, solo una perlita: “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que limpian por fuera la copa y el plato, mientras que por dentro están llenos de codicia y desenfreno!” (Mt 23,25). Una y otra vez los llama “hipócritas” y “ciegos”. El hombre religioso vivirá siempre amenazado por la hipocresía: ofrecer solo una apariencia de rectitud.

Frente a toda religiosidad ciega e hipócrita destaca la figura de Jesús, su libertad, su autenticidad. Así vive y enseña a vivir. Esa es mi experiencia con Jesús: él me ofrece y me da, una y otra vez, libertad interior. Su libertad.

Tengo que matizar: para mí, la libertad sigue siendo un desafío cotidiano, una meta nunca alcanzada del todo. No soy un hombre plenamente libre. Es más, en ocasiones, siento la fuerte tentación de confundir libertad con desinhibición o capricho. Y siento la necesidad de ser liberado, también una y otra vez, de esas caricaturas grotescas de libertad.

Ahí, nuevamente aparece Cristo, haciendo posible el camino de la libertad: “Es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino. Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre” (Mc 7,20-23). El corazón es el territorio de la libertad más genuina: la que nace desde dentro y se consolida en la virtud.

Cuando se publiquen estas líneas estaré caminando con los jóvenes de la diócesis, como cada primer domingo de setiembre, hacia el Santuario de la Virgencita, en Villa Concepción.

Cuando llegue el momento, voy a hablarles de la libertad de Cristo. A ellos, y también a mí mismo, para que nuestro peregrinar juntos por la vida y la fe, sea también un camino de libertad.

Creo que María sonríe. Fue su propio camino. Ha sido también su experiencia de Jesús.

Señor, ¿a quién iremos?

“La Voz de San Justo”, domingo 26 de agosto de 2018

“Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna” (Jn 6,68).

Con esta confesión de fe de Pedro culminamos la lectura del capítulo sexto del evangelio según San Juan. Nos ha acompañado durante cinco domingos.

Ha sido un camino fascinante, aunque también fatigoso. Ha sido bueno dejarse llevar por las palabras de Jesús, experimentando el vértigo de percibir su pretensión sobre nosotros y nuestras vidas. Pero, a esa vorágine nos lleva la fe.

Escuchar las palabras de Jesús es sentir que nuestra libertad queda desafiada en su raíz más profunda: ¿qué estás haciendo de tu vida? ¿Hacia dónde estás caminando? ¿Cuáles son tus búsquedas, tus deseos y tus inquietudes más hondas? ¿Valen realmente la pena? ¿Le dan autenticidad a tu vida? ¿Te hacen más humano?

Cada uno hace ese camino. Es un camino personal, pero no en solitario. El que cree nunca está solo. Es un camino compartido: antes de mí, otros lo han transitado ya. Ahora mismo, tengo a mi lado muchos compañeros de aventura. Nos miramos, nos ayudamos a caminar, nos animamos cuando la fatiga, el desencanto o el desaliento parecen poder con nosotros.

Pero hay un momento en que la mirada y la palabra del Señor se fijan en mí y, poniendo en crisis todo lo que pienso, siento y programo, me desafían a tomar una decisión.

Este domingo, un compañero de camino – Simón Pedro – comparte con nosotros ese momento álgido de su vida. Y comparte también con nosotros sus palabras.

Escuchémoslo y, sin falsos pudores ni vergüenza, hagamos nuestra su audacia. Sus palabras son sinceras, francas y diáfanas: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios” (Jn 6,68-69).

La incómoda pretensión de Jesús

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“La Voz de San Justo”, domingo 19 de agosto de 2018

“¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?” (Jn 6,52).

Es la pregunta incisiva que se formulan los oyentes de Jesús, después de que éste ha hecho esta increíble afirmación: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo” (Jn 6,51-52).

Increíble y al límite de los soportable. ¿Cómo alguien puede tener esa pretensión de absoluto sobre la vida de los demás?

Lejos de quitarle fuerza, Jesús va más a fondo con su desafío: “Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes… Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí” (Jn 6,53.57).

Pienso que no tenemos que edulcorar el peso de esta pretensión de Jesús sobre nuestra vida. Obviamente, para los que creemos que Él es, en Persona, el Hijo de Dios hecho hombre, esa pretensión se vuelve luminosa. Pero…

Existe un riesgo: que demos por descontado que, aceptando, como una verdad indiscutible, la divinidad de Jesucristo, ya tenemos la vida asegurada. Sería una sutil autocomplacencia que nos podría llevar a un peligroso autoengaño.

De ahí la importancia de esa afirmación de Jesús: “… el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”. La palabra “carne” es clave.

Tenemos que reconocer la divinidad de Jesús en la carne de su existencia humana, tal como nos la muestran los evangelios; tal como llega a nosotros en la Eucaristía que celebramos, domingo tras domingo.

Alimentarnos de la “carne” de Jesús es mucho más que un elegante acto de culto. Es dejarnos interpelar y perturbar, una y otra vez, por el modo como Él encaró su vida humana: qué opciones hizo, qué prioridades puso, con quiénes se vinculó preferentemente, qué rechazó y qué abrazó con fuerza.

Leemos y releemos el Evangelio, participamos de la Eucaristía y nos sentimos parte de la comunidad cristiana, para que Jesús, con su Espíritu, nos ponga en crisis y nos haga pensar si y en qué medida realmente Él es el pan que nos alimenta.

¿Lo es realmente?

Mente que investiga, corazón que espera

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“La Voz de San Justo”, domingo 12 de agosto de 2018

“Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en el libro de los Profetas: «Todos serán instruidos por Dios». Todo el que oyó al Padre y recibe su enseñanza, viene a mí.” (Jn 6,44-45).

Una mujer puede dar testimonio del alcance de estas palabras de: Edith Stein (1891-1942). Nacida en una familia judía, en 1921 pasó a la fe católica. Por su condición de judía (de la que nunca renegó), murió en las cámaras de Auschwitz, junto a su hermana Rosa, el 9 de agosto de 1942.

Su encuentro con Cristo fue precedido de un largo proceso de búsqueda. De jovencita había abandonado la fe sus mayores. Abrazó incluso el ateísmo. Poseía una admirable honestidad intelectual unida a una gran nobleza de alma. Hizo suya la causa del feminismo, tal como se daba en su tiempo. Estudió filosofía con los principales maestros de esa disciplina en la Alemania del siglo XX, doctorándose en esa disciplina con las máximas calificaciones.

El paso definitivo aconteció en agosto de 1921. Pasó una noche entera leyendo una biografía de Santa Teresa de Jesús. A medida que avanzaban las páginas, Edith no podía dejar de percibir, en el conjunto de la vida de aquella otra admirable mujer del siglo XVI, la figura de Aquel a quien Teresa le había entregado su propia existencia: Jesús. Dicen que, al terminar la ansiosa lectura, Edith exclamó: “Esta es la Verdad”.

Entre otras razones, en memoria de ese encuentro con el Jesús de Teresa, al hacerse carmelita, Edith tomó el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz.

Precisamente a ese itinerario humano y espiritual se refirió San Juan Pablo II en la homilía de su canonización: “…el amor a Cristo fue el fuego que encendió la vida de Teresa Benedicta de la Cruz. Mucho antes de darse cuenta, fue completamente conquistada por él. Al comienzo, su ideal fue la libertad. Durante mucho tiempo Edith Stein vivió la experiencia de la búsqueda. Su mente no se cansó de investigar, ni su corazón de esperar. Recorrió el camino arduo de la filosofía con ardor apasionado y, al final, fue premiada: conquistó la verdad; más bien, la Verdad la conquistó. En efecto, descubrió que la verdad tenía un nombre: Jesucristo, y desde ese momento el Verbo encarnado fue todo para ella. Al contemplar, como carmelita, ese período de su vida, escribió a una benedictina: «Quien busca la verdad, consciente o inconscientemente, busca a Dios»”.

Me quedo con estas palabras: mente que no se cansa de investigar, corazón que no se cansa esperar.

Jesús sigue multiplicando el pan

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“Los ojos de todos esperan en ti, y Tú les das la comida a su tiempo; abres tu mano y colmas de favores a todos los vivientes” (Salmo 144,15-16).

Las manos de Jesús multiplican el pan. Lo escuchamos este domingo, iniciando la lectura del capítulo 6 de San Juan. Lo primero en que pensé, meditando el evangelio fue: “Esto pasa hoy. Jesús sigue haciendo este milagro. No suplicamos en vano: «Padre… danos hoy nuestro pan de cada día». Las manos de Jesús siguen prodigando el pan de la vida”.

Durante los próximos cuatro fines de semana vamos a escuchar sus palabras desentrañando el sentido profundo de ese signo luminoso: con poco más que unos peces y algunos panes que un niño pone a disposición, Jesús da de comer a una multitud. Lo hace después de elevar sus ojos al cielo y, así, abrir la tierra a la mirada benevolente de su Padre.

Ese pan que se ofrece a todos es mucho más que pan. Es Él mismo, su vida, su entrega de amor. Es, además, la Eucaristía que, semana tras semana, nos convoca y, como una provocativa paradoja, despierta más que calma el hambre y la sed.

Jesús sigue multiplicando el pan. Y lo hace, despertando el hambre de justicia. Toca los corazones. Despierta humanidad. Su Espíritu genera buenos samaritanos. Y, así, el pan de la vida empieza a saciar el hambre del mundo.

Esta semana, visitando algunas obras de Cáritas, se me ocurrió preguntar cómo se pone en marcha el “Hogar de Cristo”. Se trata de una iniciativa para acompañar a personas con adicciones. La respuesta que recibí fue diáfana: señalándome el lugar que nos acogía, la mesa alrededor de la cual estábamos sentados y el alimento que compartíamos, me respondieron: “Así, abriendo este espacio para que se acerquen los que lo necesitan… La vida se recibe como viene”.

Vuelvo al texto del evangelio. La liturgia omite inexplicablemente los versículos 16 al 21: con su sola presencia, Jesús calma la tempestad que amenaza hacer zozobrar la barca de los discípulos. “Soy yo, no teman”, les dice (Jn 6,20).

Si Jesús está, el pan se multiplica, la vida encuentra espacio y renace la esperanza. Sin él, la oscuridad abre la puerta a la tempestad.

Creo que puedo decir que, esta semana, pude participar de la multiplicación de los panes y los peces. Con los ojos de la fe, pude ver a Jesús hacerlo de nuevo.

Vi también el rostro iluminado de los que se saciaron y, por esa experiencia, se han hecho las manos milagrosas del Señor para sus hermanos.

Una palabra que toca la vida…

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Hace poco escuché a una psiquiatra española que decía que los medicamentos más vendidos en España eran los ansiolíticos. Remedios para situaciones que desbordan. Ansiedad, inquietud, disconformidad, desorientación.

¿Y por casa cómo andamos? Somos un país que parece atrapado en un intrincado laberinto del que resulta difícil salir. Se percibe un difuso malestar que atraviesa a toda la sociedad. En diversa medida, nos afecta a todos. Si me permiten la confidencia: esa ansiedad la descubro en mí mismo, en el modo como muchas veces termino mi jornada o encaro una nueva con sus riesgos, incertidumbres e interrogantes.

Encuentro un haz de luz en el evangelio de este domingo (Mc 6,30-34): “Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato”.

En los ojos de Jesús se refleja la mirada de Aquel que, al ir concluyendo cada día de su creación, especialmente después de crear al hombre a su propia imagen, “miró todo lo que había hecho, y vio que era muy bueno” (Gn 1,31). No la mirada inquisidora del juez implacable que busca culpabilizar y aterrorizar, sino la del Dios samaritano que no puede pasar indiferente ante el sufrimiento.

“Como ovejas sin pastor”: gente que va y viene, no sabe qué camino tomar; busca a Jesús porque algo ha encontrado en él que le da confianza. La respuesta de Jesús es clara: pone el cuerpo, se detiene y se involucra, ofreciendo su palabra liberadora. Se trata de un contacto vivo, ni planificado ni artificial. Y, de ahí, surge lo nuevo: Jesús se puso a enseñar, y lo hizo largamente. Él se siente provocado a buscar en sí mismo una palabra para iluminar ese momento. Sabe que, como a los viejos profetas, se le ha confiado una palabra que lo quema por dentro. Viene del corazón de su Padre y es para el mundo, especialmente para los que no encuentran rumbo. Es más: esa Palabra es Él mismo, en persona.

Aunque el evangelio no nos dice qué estuvo enseñando Jesús, no necesitamos especular demasiado. Sabemos de sobra de qué se trata: anunciar, de todas las formas posibles, que Dios es Padre, especialmente cercano a los pobres y pecadores; que quiere que este mundo injusto cambie radicalmente, y que nos hace a través de su Hijo una propuesta de vida buena, capaz de atravesar el intimidante umbral de la muerte.

Se trata de una palabra viva, que realmente acontece, es decir, se abre paso desde la realidad y busca la verdad en medio de las situaciones complejas y difíciles de la vida. No es un relato, con sus tópicos archisabidos, que se repite como un mantra impersonal. Jesús es realmente un maestro de la comunicación: al decir se dice a sí mismo, poniendo en palabras su propia vida de Hijo amado del Padre. Por eso, toca y convierte los corazones, expulsa los demonios y devuelve humanidad a quien la ha extraviado.

Jesús no es un ansiolítico. La salvación que nos ofrece no se identifica, sin más, con una serenidad psicológica.  Pero, no estaríamos tan desacertados si afirmáramos, como hacían los primeros cristianos, que él es Médico y Medicina. En definitiva, él mismo dijo de sí y de su obra: “No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” (Mc 2,17).

De dos en dos y libres, muy libres

de-dos-en-dos1“La Voz de San Justo”, domingo 15 de julio de 2018

La primera vez que leí la frase: “Una Iglesia libre en un Estado libre”, fue en una de las tantas entrevistas que le hicieran al entonces cardenal Joseph Ratzinger. Reflexionaba, si mal no recuerdo, sobre la presencia de la Iglesia en las modernas sociedades secularizadas y el principio de laicidad que regula los vínculos entre religión y política.

A mí me gusta hacerle un añadido personal: “una Iglesia libre, en un Estado libre, en una sociedad de hombres y mujeres libres”.

En el fragor del actual debate por la legalización del aborto, han vuelto a sonar voces que reclaman la separación de la Iglesia del Estado en Argentina. También las apelaciones al carácter laico del Estado y de cómo el Congreso no puede legislar en base a “creencias religiosas”.

Hay aquí mucha tela para cortar. Argentina, por ejemplo, no es un país confesional. No tiene una religión oficial, sino que promueve la libertad religiosa. La Constitución la reconoce como un bien público a tutelar. Estado e Iglesia son autónomos, aunque colaboran en varios frentes: educativo, social, cultural, etc. Aunque no todo es tan lineal: por diversas razones, los vínculos entre la Iglesia católica y el Estado son mucho más fluidos que con las otras religiones. En la medida en que crecen la secularización y el pluralismo religioso, se plantean aquí varios conflictos.

Soy de la opinión de que hay que seguir avanzando en la dirección del axioma arriba citado: “una Iglesia libre, en un Estado libre, en una sociedad de ciudadanos libres”. ¿Qué significa esto? No pretendo en estas breves líneas identificar los espacios que necesitan crecer en esa preciosa libertad. Quedará para otra ocasión. Inspirado por el evangelio de este domingo (cf. Mc 6,7-13), solo me gustaría señalar por dónde deberíamos transitar los católicos para vivir, a fondo y con responsabilidad, nuestra doble condición de miembros de la Iglesia y ciudadanos de nuestra república.

Jesús nos vuelve a invitar a asumir su propia forma de vida: profeta itinerante y siempre en camino; despojado de seguridades incómodas, con la única seguridad que realmente vale la pena: la que nace de saberse en las manos del Padre y cercano, sobre todo, a los más pobres y abandonados. Es una invitación a caminar, en fraternidad, con una creciente libertad que nos hace disponibles para entregar la vida en el servicio a todos.

Así como resulta incomprensible la historia de nuestro país sin el fecundo aporte del humanismo cristiano de la tradición católica, así tampoco podemos pensar que ese aporte sea algo estático y fijo. Supone una Iglesia también en camino, que busca, en cada tiempo, ser fiel al Evangelio.

Argentina necesita una Iglesia realmente libre, con una vigorosa presencia en el espacio público, sobre todo, a través de católicos que saben dar razón de su fe con claridad y exquisito respeto por los demás, especialmente si más alejados o distantes. Es decir, una Iglesia que, como lo muestra su bimilenaria tradición, es capaz de articular una palabra comprensible y amable; que edifica, también cuando pone en tela de juicio la mentalidad dominante. Por eso, una Iglesia de voz franca, nítida y directa, que echa mano de la palabra (escrita, dicha o gestual) para tender puentes y acercar corazones, no para ahondar grietas con oscuras estrategias. Una Iglesia que, mucho más en la variopinta sociedad plural, se muestra respetuosa de la libertad responsable de quienes intentan construir, cada día y con decisiones personales intransferibles, el mejor orden justo posible.

Una Iglesia, en fin, actualizada, que no tiene miedo de circular con el Evangelio por las redes, pero que tampoco teme ser calificada de anacrónica cuando dice verdades incómodas, particularmente urgentes, como ocurre hoy con el debate del aborto. El único “aggiornamento” genuino que conoce la Iglesia es el que la hace más fiel al Espíritu de Jesucristo y, por eso, más crítica con el espíritu del tiempo.

Sigo rumiando entonces eso de “una Iglesia libre, en un Estado libre, en una sociedad de hombres y mujeres libres”. Sí. Hay mucha tela para seguir cortando, pero, como dice el Evangelio: de dos en dos y con gran libertad interior.

 

Jesús no pudo

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“La Voz de San Justo”, domingo 8 de julio de 2018

“No pudo hacer allí ningún milagro…” (Mc 6,5).

Nunca me había detenido en esa frase del evangelio. Sobre todo, en ese inquietante: “no pudo”. No lo había pensado: hay cosas que Jesús no pudo hacer. Él también chocó con el límite humano. En este caso, uno muy concreto: la falta de confianza de sus propios paisanos.

Lo normal, en una predicación, suele ser cargar las tintas sobre estos incrédulos y su desconfianza. Me parece, sin embargo, mucho más interesante rumiar esta impotencia de Jesús. ¿Qué nos dice? ¿Qué nos revela de Dios y de nosotros mismos? Todo en Jesús – su persona, sus gestos y palabras – habla. Todo en él es revelación: del rostro genuino de Dios y de la verdadera vocación del hombre.

¿Qué nos dice entonces esta impotencia de Jesús ante la falta de fe de su pueblo? Cada uno puede sacar sus propias conclusiones. Yo comparto las mías. No son tampoco exhaustivas. Tal vez, ni siquiera, las más importantes. Pero, para eso escribo: para compartir lo que el Evangelio hace resonar en mí. Aquí va lo mío entonces.

Ante todo, creo que ese “no pudo hacer allí ningún milagro” nos habla de que Dios no tiene miedo de embarrarse con el límite humano. No teme entrar en lo vivo, complejo y oscuro de toda situación humana. Nos habla también de ese misterio que es la libertad que puede cerrarle la puerta a su Creador y Salvador. Misterio, a la vez, pavoroso y fascinante. Pienso que la impotencia de Jesús evangeliza nuestros propios límites, salvándonos de esa ilusoria y fatal pretensión de ser omnipotentes.

La historia – nos cuenta el evangelio – no acabó allí ni así. Algo pudo hacer: unos pocos milagros. ¿No era tanta la cerrazón como parecía? ¿O es que Jesús sabe, con su sabiduría divina, tocar el corazón humano y abrirlo al don de Dios? Me inclino por esta última alternativa, pues es la que comprende la fe. Esa impotencia de Jesús ha corrido el velo y nos ha permitido entrever la verdadera naturaleza de Dios y de su poder: amor que no teme abrazar la fragilidad humana y siempre – siempre – abre puertas.

“Jesús recorría las poblaciones de los alrededores, enseñando a la gente” (Mc 6,6). Jesús, entonces, siguió su camino. Esa dura experiencia no lo derribó ni lo hizo quedarse rumiando el fracaso. Es más: Jesús radicalizó su entrega, abrazó con más fuerza su misión. Llegó a la impotencia extrema de la cruz y, bebiendo ese amargo cáliz hasta el final, dejó abierta la puerta para que irrumpiera la vida y la alegría.