Orar siempre sin desanimarse

“La Voz de San Justo”, domingo 20 de octubre de 2019

Jesús es un orante. Ora y enseña a orar. Contemplarlo en oración atrae, fascina y despierta el deseo de orar como él. Algo acontece cuando Jesús se pone a orar. Algo grande, misterioso también, pero tremendamente decisivo para la vida.

Jesús ora intensamente. Sin embargo, en los evangelios dice pocas cosas sobre la oración. En realidad, una sola. Es la enseñanza de este domingo: hay que “orar siempre sin desanimarse” (Lc 18, 1).

Cualquiera que se haya animado a la aventura de la oración cristiana lo sabe por experiencia. Es fácil desanimarse, abandonar la oración o reducirla a una repetición mecánica de fórmulas.

¿Por qué entonces orar? ¿Por qué hacerlo con perseverancia? ¿Qué buscamos, en última instancia, con la oración?

Orar como Jesús y con Él significa aprender a abrir la propia vida a la acción de Dios. Más que buscar algún beneficio, lo que realmente ocurre, cuando la oración va ganando la vida de una persona, es una transformación cada vez más honda del propio orante.

La oración nos vuelve como Jesús, nos transfigura, asemejándonos a él. Nos hace más libres, más humanos. En definitiva: más hijos de Dios y más hermanos de todos.

La oración no cambia a Dios. Nos cambia a nosotros.

Algo más que una curación

“La Voz de San Justo”, domingo 13 de octubre de 2019

“Uno de ellos, al comprobar que estaba curado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias. Era un samaritano.” (Lc 17, 15-16).

No fue solo una curación. Importante, sí. La lepra era más que una enfermedad. Era un estigma deshumanizante. Ante todo, porque laceraba el cuerpo, desfigurándolo de forma horrorosa. Pero, mucho más, porque las convenciones sociales, sancionadas incluso por las Escrituras, imponían una inhumana forma de vida: en el vestir, en la separación del resto, en ese grito que el leproso debía hacer cuando veía acercarse a alguien (“¡Impuro! ¡Impuro!”).

Era algo más: la enfermedad excluía al leproso de la comunión con Dios. Por eso, su curación significaba volver a la comunidad de los que escuchan la Palabra, alaban, oran y viven en la Presencia del Altísimo.

Para Jesús, las cosas son diferentes. De entre los diez leprosos curados, uno lo comprende cabalmente. Se ha dado cuenta de que aquel Maestro al que él y sus compadres heridos invocaron por el camino era algo más que un Rabí. La potencia que había salido de sus labios y le había devuelto humanidad venía desde el corazón mismo de Dios. Ese hombre que se encaminaba a Jerusalén era Dios caminando entre los leprosos del mundo.

Por eso, su retorno es un gesto de hondo significado religioso: alaba a Dios, llega hasta Jesús y se postra ante Él como Señor y Salvador.

La misión de la Iglesia no es política. Es hondamente religiosa, aunque, desde ese núcleo, alcance también la vida social y política de los hombres. Es hacer posible el encuentro de los leprosos con Jesús, el Señor. En otras palabras: dejar que Dios libere su potencia transformadora de la humanidad.

Como un granito de mostaza

“La Voz de San Justo”, domingo 6 de octubre de 2019

“Si tuviera fe como un granito de mostaza…”, cantamos despreocupadamente, inspirados en las palabras de Jesús que leemos este domingo (Lc 17, 3b-10).

¿Cuál es realmente la espesura de nuestra fe? Entendámonos bien: cuando decimos “fe”, no nos referimos al mero sentimiento religioso que postula, sin mayores consecuencias, la existencia de un vaporoso e inocuo Ser superior.

Al menos, en la súplica de los apóstoles a Jesús (“¡Auméntanos la fe!”), por fe se entiende lo que enseña la Biblia: tomar en serio al Dios real, tal como se ha manifestado en la historia. Y confiarse a Él y a su Palabra, decidiendo desde allí la orientación fundamental de la propia vida.

Este pedido, a la vez humilde y ansioso, nace de escuchar las palabras de Jesús sobre la inevitabilidad y gravedad de los escándalos, pero también sobre el perdón: “Si tu hermano peca, repréndelo, y si se arrepiente, perdónalo. Y si peca siete veces al día contra ti, y otras tantas vuelve a ti, diciendo: «Me arrepiento», perdónalo»” (Lc 17, 3-4).

La figura evangélica de Francisco de Asís, cuya fiesta acabamos de celebrar, nos ayuda a comprender el real calado de esta súplica y de las consecuencias que trae para la vida.

Sin Jesús de Nazaret no se entiende a Francisco de Asís. En el rostro del Crucificado que le salió al paso en San Damián, el joven Francisco experimentó a un Dios real que, lejos de dejarlo tranquilo, lo desafiaba a buscar el sentido profundo de su vida. La fe fue para Francisco un abrirse y confiarse, cada vez más radicalmente, a ese Dios y a su Evangelio vivido sin glosas.

Y Francisco vivió el perdón, la paz y la fraternidad como nadie hasta entonces, y, tal vez, tampoco hasta ahora. En él podemos contemplar a qué grado de calidad puede llegar la humanidad cuando se abre a la fe cristiana. Su figura nos sigue iluminando.

El seno de Abrahám

“La Voz de San Justo”, domingo 29 de septiembre de 2019

La parábola de Jesús que escuchamos este domingo tiene un detalle que no hay que pasar por alto. Se trata del relato del rico que se da la gran vida, mientras que, a recogiendo las migajas de sus banquetes está el pobre Lázaro (cf. Lc 16, 19-31).

El detalle es este: cuando ambos mueren, Lázaro es acogido en el “seno” de Abrahám. El patriarca bíblico es caracterizado por un rasgo femenino: el seno materno que ha recibido y custodiado la vida de los hijos. Allí el sufrido Lázaro encuentra descanso y consuelo.

El domingo pasado, Jesús nos había advertido que no se puede servir a Dios y al dinero. Cuando las riquezas se convierten en un dios al que se le entrega la vida, entre otras cosas, nos roban lo más humano que tenemos: la capacidad de reconocernos como semejantes, como hermanos.

Dios, en cambio, es un padre con entrañas de madre. Quien se deja alcanzar por su mirada no puede sino mirar a los demás como hermanos.

Otro detalle: en medio de los tormentos, el rico logra acordarse de que tiene hermanos. Y se preocupa por ellos: que no les pase a ellos lo mismo que a él.

El problema no es el dinero. Es el corazón y su capacidad de fraternidad.

Y no hay que esperar: es ahora que tenemos que acordarnos de que somos hermanos.  

Dios o el dinero: elegir bien

“La Voz de San Justo”, domingo 22 de septiembre de 2019

“Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No puede servir a Dios y al Dinero” (Lc 16, 13).

Jesús es tajante: o Dios o el dinero. En realidad, el problema no está en el dinero sino en la relación que establecemos con las riquezas. Jesús pone el acento en el verbo “servir”. Sabemos la importancia que este verbo tiene para él. Él mismo se presenta como servidor. Así vive, así entrega la vida y así propone vivir: “no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud” (Mc 10, 45).

Servir es entregar la vida. Es amar con la totalidad de las fuerzas y energías del corazón humano. Solo Dios puede ser servido y amado de esa manera. Si por alguna razón (inseguridad, miedos o lo que sea), el hombre intenta servir así al dinero y a sus riquezas, en vez de libertad encuentra esclavitud. Se deshumaniza. El signo más patente de ese proceso que corroe al hombre por dentro es la insensibilidad ante el sufrimiento del otro.

En cambio, el que se entrega a Dios libera su corazón para ubicarse correctamente en la vida. Descubre que es solo un administrador al que el Creador le ha confiado algunos bienes con un sentido preciso: colaborar con Él en la edificación de un mundo más fraterno, más vivible y, por eso, más genuinamente próspero.

En definitiva, es una opción afectiva: a quien servimos, a quien le entregamos el corazón. Jesús nos hace una propuesta. Cada uno responde.

Moisés, el becerro de oro y Jesús

Marc Chagall, “La adoración del becerro de oro” (1966)

“Este es tu Dios, Israel, el que te hizo salir de Egipto” (Ex 32, 4).

Solos en medio del desierto y, aparentemente, abandonados de Dios y su líder, los israelitas se dejan llevar por el miedo. Necesitan aferrarse a algo. Y, de ese miedo y esa necesidad de seguridad, nace ese ternero de metal fundido al que adoran embelesados: “Este es tu Dios, Israel, el que te hizo salir de Egipto”.

Esta escena bíblica expresa, como pocas, la fragilidad que es ineludible compañera de camino de todo ser humano. Entonces y ahora. Cuando semejantes miedos se apoderan de un sujeto o incluso de una sociedad, abren la puerta a las irracionalidades más grandes. También las más peligrosas. ¿Ante cuántos “becerros de oro” hemos doblado la rodilla? Prometen libertad, pero normalmente traen esclavitud, indignidad y deshumanización.

Un hombre, sin embargo, romperá ese hechizo maldito. Es Moisés. Dios lo ha trabajado con paciencia de artista. Le ha conquistado el corazón, traspasándole sus propios sentimientos. El diálogo entre Moisés y Dios que leemos este domingo es admirable. Hay una especie de inversión de roles: Dios se indigna por la obstinación del pueblo; Moisés, en cambio, parece comprender mejor la fragilidad de sus hermanos y, con insistente ruego, logra que Dios aplaque su ira, se arrepienta y dé una nueva oportunidad.

Toda la pretensión de Jesús se puede resumir en esta magnífica página bíblica: de ahí nacen las parábolas de la misericordia que escuchamos este fin de semana. Nadie comprende como Dios la fragilidad humana. Jesús ha venido a decírnoslo. Lo hará con sus parábolas, pero, sobre todo, con su palabra más fuerte: la entrega de su vida en la cruz. Y, los más interesados, lo comprenden: “Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo…” (Lc 15, 1).

Y, hablando así, sigue conquistando nuevos Moisés que, transfigurados por la compasión de Dios, no se amilanan ante las injusticias del mundo, sino que, una y otra vez, vierten sobre las heridas y los miedos de sus hermanos el ungüento sanante de la misericordia divina.

La desmesura de Jesús

“La Voz de San Justo”, domingo 8 de septiembre de 2019

“Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo… De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.” (Lc 14, 26-27. 33).

Hay que decirlo todo. El domingo pasado hablamos del buen humor de Jesús. Nos ayudaba a reírnos de nuestras solemnes ridiculeces. Hoy, del sentido del humor pasamos a la desmesura: amarlo más que a todo, compartir su suerte (cargar la cruz) y, por él, renunciar a todo.

Resultan loables los esfuerzos pastorales por hacer accesible y simpática la propuesta de Jesús. Tarde o temprano, sin embargo, habrá que confrontarse con su Persona. Solo entonces se llega al hueso del cristianismo. Y sí. Digámoslo todo y sin vueltas: es una locura. Es definir la vida desde Él.

Una locura. Una desmesura. Una maravillosa aventura.

Una ayudita: Teresa de Calcuta. Esta semana la hemos recordado.

Teresa. Jesús. La Eucaristía.

Si no lo entendimos, no entendimos nada.

Buen domingo.

El buen humor de Jesús

“La Voz de San Justo”, domingo 1 de setiembre de 2019

Seguramente no es lo más importante. Sin embargo, hay un detalle en el evangelio de este domingo que me ha llamado la atención. En realidad, me ha arrancado una sonrisa. Aquí el texto: “Un sábado, Jesús entró a comer en casa de uno de los principales fariseos. Ellos lo observaban atentamente. Y al notar cómo los invitados buscaban los primeros puestos, les dijo esta parábola: «Si te invitan a un banquete de bodas, no te coloques en el primer lugar, porque puede suceder que haya sido invitada otra persona más importante que tú, y cuando llegue el que los invitó a los dos, tenga que decirte: “Déjale el sitio”, y así, lleno de vergüenza, tengas que ponerte en el último lugar…»” (Lc 14, 1.7-9).

El sentido del humor es la capacidad de percibir esos desajustes casi ridículos que solemos protagonizar las personas. Aquí: buscar el primer lugar y tener que sentarse al último, llenos de vergüenza. Jesús posee esa cualidad, y en grado sumo. Es muy interesante releer algunos pasajes evangélicos desde esa perspectiva: la exquisita sensibilidad del Señor y su sutil buen humor. Recordemos, si no, el relato de la viuda pobre, cuya ofrenda fue más valiosa que la de los ricos (cf. Mc 12, 41-44). También aquí, Jesús observa, percibe el desajuste y enseña. Pero, por encima de todo: consuela, mostrando el camino de la salvación y de la vida.

¿Cómo mira Jesús resucitado mis propios desajustes y mis desmesuras, mis gestos y actitudes ridículos? Consuela pensar que, como bien dice el Salmo, Él sabe de qué estamos hechos, que somos poco más que barro. Por eso, nos mira, sonríe ante nuestras solemnes ridiculeces y, así, nos tiende una mano. Y lo hace “desde el último lugar”, rodeado de los más pobres y heridos, pues ese es el sito desde el que observa nuestra vida. Hacia ese sitio nos lleva, porque el que se humilla será ensalzado. En el banquete de la vida no faltará tampoco el bueno humor. Ese que saboreamos cuando nos reunimos con los amigos.

El peso de Dios

Así comienza la Biblia el relato mítico del diluvio: “Cuando el Señor vio qué grande era la maldad del hombre en la tierra y cómo todos los designios que forjaba su mente tendían constantemente al mal, se arrepintió de haber hecho al hombre sobre la tierra, y sintió pesar en su corazón” (Gn 6, 5-6). Es una afirmación inquietante. ¿Dios se ha arrepentido de su obra creadora? ¿Está arrepentido de nosotros, los hombres?

Afirmarlo sería apresurado y, en definitiva, una mala interpretación del mensaje de la Escritura. Una paciente lectura del texto sagrado, pero, sobre todo, una lectura desde la persona de Jesús, su mensaje y, sobre todo, su pascua nos da la clave.

Dios sufre por el hombre. Ese es el peso en su corazón: que el hombre se pierda, que su vida se frustre, que su vocación más honda -la vida y la felicidad- quede trunca, por la razón que sea. De ahí que la pregunta que este domingo escuchamos que una persona le hace a Jesús: “Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?”, en realidad es la inquietud ansiosa de Dios puesta en labios de ese ignoto personaje evangélico.

Atendamos ahora a la respuesta de Jesús, que de eso sabe más que nosotros: “Y vendrán muchos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, a ocupar su lugar en el banquete del Reino de Dios. Hay algunos que son los últimos y serán los primeros, y hay otros que son los primeros y serán los últimos” (Lc 13, 29-30).

Muchos. Esa respuesta consuela y anima, pero también sacude: hay que entrar por la “puerta estrecha”.

La paz de Jesús

“¿Piensan ustedes que he venido a traer la paz a la tierra? No, les digo que he venido a traer la división” (Lc 12, 51).

La palabra “paz” resume, de alguna manera, todos los bienes que Dios quiere dar al hombre. Según las promesas bíblicas, el Mesías será quien traerá la anhelada paz al mundo. Jesús mismo ha llamado bienaventurados a quienes trabajan por la paz. Como él, serán llamados “hijos de Dios” (cf. Mt 5, 9)

¿Se contradice ahora a sí mismo al decir que no ha venido para traer la paz? Jesús trae y ofrece la verdadera paz. No es la falsa e ilusoria tranquilidad que tiende un manto sobre todo conflicto o toda injusticia. La paz de Jesús se abre paso dramáticamente. Es la que paga el precio de su propia pasión y muerte en cruz. Así alcanza el corazón del mundo.

Jesús ofrece su paz a todo hombre, a condición de que este se abra libremente a ella y acepte vivir las exigencias del Evangelio. No es una paz que se compra como saldo de fin de temporada: más barata y, seguramente, de poca calidad. Es la paz que se adquiere a precio de la entrega de la propia vida. “Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquieten ni teman!” (Jn 14, 27).