Dos monedas que valen un tesoro

WEB_32e Di TO B_20181111.jpg“La Voz de San Justo”, domingo 11 de noviembre de 2018

“Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir” (Mc 12,43-44).

No hace falta tener fe para descubrir que Jesús es un observador perspicaz. Es capaz de ver lo que otros no ven. Lee con especial finura el corazón humano.

Claro, ese poder de observación nace de su exquisita sensibilidad. Los creyentes diríamos: es la perspicacia divina de sus ojos y de su corazón humanos.

La escena del evangelio de este domingo es buena muestra de ello. En contraposición a las cuantiosas donaciones de muchos, los ojos de Jesús se detienen en las dos moneditas de cobre que una pobre mujer viuda ofrenda al templo.

Esa mujer está dándolo todo… y más. Está dándose a sí misma.

Tal vez – aventuro yo, con un poco de osadía – lo que Jesús entrevé en semejante donación es algo que ya palpita en su corazón: llegado el momento, él mismo hará lo mismo. Ya no serán dos monedas, sino su propia persona, su cuerpo y su vida.

Creo que hay más: en esa pobre viuda y su pobre ofrenda, Jesús reconoce lo más real que ha traído desde al mundo: la gratuidad del amor que es la esencia misma de Dios.

Más que la justicia, el amor gratuito es el corazón de la doctrina social de la Iglesia.

Y nuestro mundo no solo lo necesita. Lo anhela como el sediento quiere agua para vivir.

Simplemente humanos

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“Con todo el corazón, con toda el alma”

“La Voz de San Justo”, domingo 4 de noviembre de 2018

“Estos son los que vienen de la gran tribulación; ellos han lavado sus vestiduras y las han blanqueado en la sangre del Cordero…” (Ap 7,14).

El culto a los santos arrancó temprano. Y lo hizo como veneración por los mártires, es decir, los que derramaron su sangre en testimonio de fidelidad a Cristo. De ahí la imagen del Apocalipsis: blanquearon sus mantos en la sangre del Cordero.

El paso del tiempo irá añadiendo otras formas de testimonio que se harán merecedoras de veneración: los que, sin llegar a la muerte, sufrieron tormentos y son confesores de la fe; los monjes del desierto, los que permanecen vírgenes, los pastores santos, etc. La misma Iglesia irá calibrando mejor los procesos por los cuales reconoce la santidad de sus hijos e hijas.

Así se irá dibujando el rostro católico de la santidad: tan rico y variado como la vida misma; y, sin embargo, con un perfil característico e inconfundible. Cada santo o santa es como una tesela de un mosaico colorido con el Rostro de Cristo.

El evangelio de este domingo (cf. Mc 12,28b-34) nos ayuda a desvelar el misterio de la santidad cristiana: el santo es alguien que ha hecho experiencia del verdadero Dios, el Padre de Jesucristo, el que resucita los muertos. Lo ha escuchado y, así, ha dejado entrar la fuerza de su Espíritu en su vida. Y, dócil a su impulso, lo ha amado “con todo el corazón y con toda el alma, con todo su espíritu y con todas sus fuerzas”.

Y, en esa experiencia, el santo es un hombre o una mujer que ha logrado encontrar la mejor versión de sí mismo. Es un testigo de humanidad lograda. De ahí la permanente fascinación de su persona, incluso sobre quienes son escépticos con la religión o con la Iglesia. Los ídolos nos deforman, el encuentro con el Dios vivo nos humaniza.

Ese encuentro lo ha colmado y lo ha hecho profundamente libre. Por eso, el añadido que hace Jesús al mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas resulta la medida concreta de esa libertad: “y a tu prójimo como a vos mismo”. Es lo que realmente acredita que ha conocido realmente a Dios, no un sucedáneo, un placebo o, peor aún, un ídolo.

El verdadero culto a Dios está en el amor al prójimo. El encuentro con Dios ha liberado el corazón y las manos para buscar, de forma concreta y original, el bien del otro, especialmente del menos favorecido.

El rostro de la santidad cristiana es el del servicio hasta el fin o, como escribe con acierto el Papa Francisco: “Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad «de la puerta de al lado», de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, «la clase media de la santidad»” (GeE 7).

¿Los santos? Simplemente humanos.

El rostro más lindo

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“¡Maestro, que yo pueda ver!” (Mc 10,51)

“La Voz de San Justo”, domingo 28 de octubre de 2018

“La santidad es el rostro más bello de la Iglesia” (GeE 9).

Si el Papa no lo hubiera escrito, los cristianos de a pie lo sabríamos igual. ¿No es esa nuestra experiencia cotidiana?

Porque “santidad” quiere decir, ante todo, experiencia de Dios, de su presencia, de su ser misterioso: libertad que ama, que acaricia, perdona y reconcilia.

El momento central de la Eucaristía se abre, precisamente, cuando la comunidad reunida canta el himno bíblico: “Santo, santo, santo es el Señor, Dios del universo, llenos están el cielo y la tierra de tu gloria. Hosanna en el cielo. Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en el cielo”.

Así se entra en la conmemoración de la entrega de Cristo. Él es el “bendito que viene en nombre del Señor”. Su cuerpo entregado y sangre derramada para el perdón nos hacen comprender cómo Dios es santo y cuál es la gloria divina que colma cielos y tierra.

La mayor tristeza que se puede imaginar es, precisamente, la de quien ya no puede reconocer la gloria de Dios que resplandece en todo lo que existe. Cuando esto ocurre, todo es oscuridad, vacío, amargura.

Algunos lo perciben con extremada sensibilidad: no poder ver a Dios en sus vidas conlleva un gran sufrimiento, una fuerte nostalgia de una belleza y bondad que se anhelan pero que no se logran encontrar.

La experiencia cristiana, más como gracia que como conquista, sencillamente dice: ese anhelo se ha cumplido, la verdadera santidad ha entrado en el mundo, no estamos solos ni abandonados.

El rostro de la santidad de Dios es el rostro de Jesucristo. “Solo Tú eres Santo”, cantamos cada domingo al inicio de la Misa, invocándolo como Señor y Salvador.

Cuando el Papa Francisco escribe la frase que abre esta columna piensa en esa forma de santidad que viven los que, con paciencia, entregan su vida por los demás, cada día, levantándose, una y otra vez, de sus caídas. No es la santidad de los puros y perfectos, sino la de los que se saben siempre en camino y, por eso, se animan a caminar.

Pero también, Francisco piensa más allá. Afirma: “Pero aun fuera de la Iglesia Católica y en ámbitos muy diferentes, el Espíritu suscita «signos de su presencia, que ayudan a los mismos discípulos de Cristo»…” (ídem).

Este domingo, el evangelio nos presenta la figura de un ciego al que Jesús devuelve la vista (cf. Mc 10,46-52). Su súplica insistente conmueve: “¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!… Maestro, que yo pueda ver”.

También nosotros podemos suplicar así: poder ver el Rostro de Cristo en los rostros de tantos hombres y mujeres que viven el amor de Dios. Es una buena súplica al iniciar la semana en la que haremos conmemoración de nuestros difuntos y, al día siguiente, de todos los santos.

Sí, la santidad es el rostro más lindo de la Iglesia… y de toda la humanidad.

Vidas que inspiran

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“La Voz de San Justo”, domingo 21 de octubre de 2018

“Ustedes saben que aquéllos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud” (Mc 10,42-45).

Son palabras de Jesús. Las volvemos a oír este domingo. ¡Ojalá las escuchemos realmente!

Son palabras que inspiran y motivan, pero también juzgan: sacan a la luz la miseria e insustancialidad de tantas caretas. Mucho más cuando se comprueba que no son mera declaración. El que las pronuncia ha vivido así.

Uno de los riesgos más fuertes que corremos los que desempeñamos algún rol de dirigentes es el desconectarnos de la vida real de las personas. Para un cura, por ejemplo, eso es fatal, pues nuestra misión es sembrar de Evangelio la vida concreta de las personas reales. Ni más ni menos.

Creo además que muchos nos llevan la delantera. Hombres y mujeres sencillos, silenciosos y hasta ninguneados, pero que, en el día a día de la vida, cargan sobre sí la vida de otros, especialmente de los más vulnerables.

Sean o no creyentes, han dejado entrar en sus vidas la fuerza de estas palabras de Jesús: “el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos” (Mc 10,43-44).

Este domingo te invito a escuchar estas palabras de Jesús. Te invito también a abrir tus ojos.

Es posible que, a la vuelta de la esquina o en quien menos pensabas, estas palabras sean también algo más que palabras.

Es posible que sean vida real, compromiso cotidiano y esperanza compartida.

Hay vidas que inspiran, tanto o más que las palabras.

Y, verlo con los propios ojos, en los tiempos que corren, hace mucho bien.

A propósito: ¿no viven así las madres? Feliz día a todas las mamás.

La Iglesia, los jóvenes y Jesús

“Jesus lo miró con amor…se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes” (Mc 10,21.22)

Desde Roma nos llegan noticias esperanzadoras. El Sínodo de obispos, convocado por el Papa Francisco, parece ir por buen camino. Más de doscientos participantes de todo el mundo están reflexionando sobre “los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”.

El Papa ha pedido para los plenario que, después de cinco intervenciones (que no deben superar los cuatro minutos), se hagan tres minutos de silencio.

La idea es realmente escuchar. Y a fondo. Se trata de comprender las inquietudes que los jóvenes tienen dentro. Pero también los interrogantes que tenemos los adultos que intentamos acompañarlos en el camino de la vida. Más aún: se busca reconocer, en ello, la voz de Dios y los movimientos de su Espíritu.

Los informes que cada día se van haciendo públicos dan cuenta de una franqueza muy grande a la hora de hablar, escuchar y tratar de entender qué pasa.

El evangelio de este domingo (Mc 10,17-30) nos ofrece algunas pistas interesantes para poder apreciar esta dinámica del Sínodo.

Después de exponerle a Jesús la inquietud que lo carcome por dentro (“Maestro bueno, ¿qué debo hacer para alcanzar la Vida eterna?”) y su fidelidad a la ley de Dios, un hombre es sorprendido por Jesús: “Solo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme” (Mt 10,21).

Es verdad que el texto añade que aquel hombre se fue triste “porque poseía muchos bienes” (Mc 10,22). Pero hay un detalle que merece atención. Antes de formularle su inquietante propuesta, nos dice el evangelio, que Jesús “lo miró con amor”. En realidad, la expresión es mucho más fuerte e incisiva. Da a entender esa notable capacidad de mirar dentro del corazón del hombre que es tan propia de Jesús.

Supo así comprender lo que inquietaba a aquel hombre, y adivinó que, no obstante su vida recta, había una carencia de fondo que tenía que salir a la luz. De ahí, la invitación que, aún hoy y a nosotros, nos desconcierta.

Jesús no deja indiferente a nadie. Quien comienza a advertir su misterio se ve llevado inexorablemente a revisar su vida y lo que está haciendo con ella. Quedan puestas en tela de juicio las prioridades y opciones. Emerge así la pretensión más intimidante de Jesús: ser el único que puede darle sentido a la vida. Él posee el secreto de una vida que sea realmente perdurable.

El siempre fascinante diálogo entre la Iglesia y las nuevas generaciones tiene un momento de verdad, más allá del cual no hay nada: todos delante de Jesús y su Evangelio, desnudos de pretensiones, abiertos al soplo de su Espíritu y desafiados a poner en crisis nuestras búsquedas y proyectos.

No se trata de que la Iglesia se convierta a los jóvenes, ni los jóvenes a la Iglesia. La única conversión que vale es a Jesús y al Reino que Él anuncia y realiza.

Todos bajo la mirada de Jesús.

Jesús y lo imposible

El evangelio de este domingo (Mc 10,2-16) me ha hecho recordar la película de J. A. Bayona: “Lo imposible”. Basada en un hecho real, relata la suerte de una familia golpeada por el tsunami del 26 de diciembre de 2004 en el sudeste asiático, con más de cien mil víctimas.

En medio de esa devastación, lo imposible: los cinco miembros de una familia separada por la vorágine de las aguas se reencuentran. La escena que lo secuencia es intensa y conmueve profundamente.

77584Sin embargo, la memoria me evocó otra escena: Lucas, el hijo mayor, ha logrado hacer que su mamá herida llegue al hospital. Pero, en medio de esa situación extrema, el chico parece sobreponerse, al menos por un momento, a su propio dolor. Empieza a recorrer el lugar para que otros, igualmente perdidos y desesperados, puedan reencontrarse.

¿Por qué la memoria me ha hecho esta jugada? No lo sé bien. Creo que, al escuchar a Jesús hablar con tanta frescura del proyecto original del Creador sobre el amor humano, las escenas de “Lo imposible” le han dado plasticidad y forma al mensaje evangélico.

Esa es la potencia del amor. Ese es el sentido profundo de la atracción del hombre y la mujer. Esa es la vocación del cuerpo, la sexualidad y la libertad. Esa es, simplemente, la verdad de la humanidad, más allá de todas nuestras diferencias y fragilidades.

El relato evangélico es una perla preciosa. De las pocas veces que Jesús aborda el tema de la sexualidad. Frente a la mirada de corto alcance de sus contrincantes, Jesús no necesita decir mucho para restablecer el sentido originario del proyecto del Creador: “Pero desde el principio de la creación, «Dios los hizo varón y mujer». «Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre, y los dos no serán sino una sola carne». De manera que ya no son dos, «sino una sola carne». Que el hombre no separe lo que Dios ha unido.” (Mc 10,6-8 citando Gn 2,24-25).

Parece imposible que la fragilidad del ser humano pueda hacerse cargo del proyecto de Dios sobre el amor. No es una dificultad solo de hoy. En el amor y la sexualidad se juegan cosas fundamentales. Son tan esenciales como frágiles. Siempre estarán amenazadas por diversas formas de deshumanización.

La clave está en la explicación que Jesús les da a sus discípulos, tan desorientados como los fariseos: “Les aseguro que el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él” (Mc 10,15).

lo-imposible--644x362La figura del niño, en labios de Jesús, evoca la experiencia religiosa original: la vida se debe recibir y vivir como don gratuito, libre y gozoso de Dios. Es Él quien restaña nuestras heridas y hace posible lo imposible: el amor como don de nosotros mismos.

Cosas que nos hacen bien

“La Voz de San Justo”, domingo 23 de septiembre de 2018

“Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: «El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado»” (Mc 9,36-37).

Con estas palabras y ese gesto, cierra Jesús una disputa entre sus discípulos: habían estado discutiendo quien de ellos era el más importante. Una disputa de poder. Obviamente, no estaban entendiendo nada de la propuesta de Jesús.

Aclaremos: Jesús no tiene una idea romántica de la niñez. Si se identifica con los niños es por otra razón: Dios está siempre del lado de los más vulnerables. Esta es la perspectiva desde la que Dios, su Padre, mira el mundo: desde el lugar de los últimos, con los ojos de los más pequeños, débiles e indefensos. Y, desde aquí, enseña a sus discípulos a posicionarse en la vida: “El que quiera ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9,35).

Escribo estas líneas mientras acompaño a las monjas del Monasterio “Abba-Padre” en sus ejercicios espirituales. Se trata de una de las nuevas formas de vida contemplativa que vienen surgiendo en la Iglesia en estas últimas décadas. El Espíritu nunca descansa. El Evangelio siempre suscita novedad. En este caso, una comunidad de mujeres orantes que busca hacer espacio, en medio de nuestro mundo y sus disputas de poder, a los sentimientos de Jesús.

La oración personal y la liturgia celebrada con sencillez y belleza, acompañada de vida fraterna, trabajo manual, estudio y hospitalidad generosa. Todo esto se resume en la palabra sagrada que da identidad a esta Fraternidad monástica: “Abba-Padre” (en realidad, es la forma coloquial como un niño hebreo llama a su padre: ¡Papá!). El Nuevo Testamento la toma de los labios de Jesús para que se transforme en plegaria y, por eso, en forma de vida. Se vive como se ora, y se ora como se vive: Delante de Dios, como hijos amados y libres. Delante de los demás, como hermanos. La vida, como un don que se recibe y se entrega en el servicio desinteresado.

Nos hace bien saber que, en medio de nuestras sierras cordobesas, una comunidad de mujeres busque vivir estos valores del Evangelio. Esa es su vocación. Esa es también su misión: ser evocación visible de lo esencial de la vida.

Nos hace bien, de tanto en tanto, darnos por allí una vuelta… o por los otros monasterios (femeninos o masculinos) que dibujan la geografía del Espíritu en nuestra tierra. Es mi experiencia, que no puedo dejar de compartir.

Al menos a mí, el estar aquí me ha permitido apreciar con ojos nuevos las palabras y el gesto de Jesús: «El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado» (Mc 9,37).

Por Jesús y el Evangelio

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“El que quiera seguirme…”

Viajemos en el tiempo. Lo podemos hacer con nuestra imaginación. Como cuando éramos chicos.

Vayamos a Roma. Más o menos, en los años 64 a 65. La ciudad acaba de sufrir uno de sus tantos incendios. Aún con varios de sus barrios afectados, sigue siendo “caput mundi”, la cabeza del mundo entonces conocido. Cosmopolita, orgullosa y deslumbrante, alberga más de un millón de habitantes.

En algún rincón de esa inmensa ciudad, imaginemos ahora un pequeño grupo de personas, reunidos en una casa de familia. Se entremezclan esclavos, pobres viudas, niños entredormidos, simples trabajadores con algunos miembros de familias patricias. El clima es extraño: una mezcla de miedo, unción y expectativa.

Esos hombres y mujeres han visto, por esos días, un espectáculo terrible: algunos de los suyos han sido ajusticiados públicamente. Lo cuenta el historiador Tácito: “Todo tipo de mofas se unieron a sus ejecuciones. Cubiertos con pellejos de bestias, fueron despedazados por perros y perecieron, o fueron crucificados, o condenados a la hoguera y quemados para servir de iluminación nocturna, cuando el día hubiera acabado”.

Imaginamos lo que sacude los corazones: ¿De dónde ese odio hacia nosotros? No tardan en abrirse paso las preguntas más incisivas: ¿No nos habremos equivocado? Somos discípulos de Jesús: ¿No es todo esto un engaño? ¿A qué o a quién le hemos entregado la vida? ¿Vale la pena correr estos riesgos?

A las manos de esta pequeña y asustada comunidad, sin embargo, ha llegado un breve escrito. Se rumorea que es de un tal Marcos, discípulo de Pedro. Este último, ha sido uno de los ajusticiados. Días después le ha tocado el turno a otro notable: Pablo de Tarso.

Da inicio la lectura: “Comienzo del Evangelio de Jesús, Mesías, Hijo de Dios” (Mc 1,1). Es difícil asimilar que se trata de una noticia buena de salvación (eso significa la palabra “evangelio”). Pero tampoco se puede negar que, a medida que avanza la lectura, hechos y palabras escritos despiertan esperanza.

Promediando la narración, una escena que sacude, se cruzan las miradas y da lugar a un silencio que no deja ya lugar a dudas. Comienza a hacerse luz en los corazones. Dos preguntas marcan el ritmo: “¿Quién dice la gente que soy yo?… Y ustedes, ¿quién dicen que soy Yo?” (Mc 8,27.29). El texto contiene la respuesta de Pedro: “Tú eres el Mesías” (Mc 8,29).

Aquí, la lectura tiene que interrumpirse. El lector comprende que sus oyentes están haciendo suya la confesión de fe de Pedro. Se está volviendo la confesión de fe de todos los que han oído, de todos los que creen y esperan en Jesús, el Cristo. Ha tocado la vida. Se ha convertido en “evangelio”.

Lo que sigue, es más luz todavía: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?” (Mc 8,34-37).

De eso se trata. Ahí está la respuesta: por Jesús y su Evangelio.

Efatá – Ábrete

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“La Voz de San Justo”, domingo 9 de septiembre de 2018

“Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y dijo: «Efatá», que significa: «Ábrete»” (Mc 7,34).

El hombre vivía en el silencio. No podía ni oír ni hablar. Ha encontrado una mano amiga que lo lleva junto a Jesús. Y Jesús cumple con él, uno de sus gestos sanadores más humanos: lo lleva aparte y toca con sus manos los oídos y la lengua. Solo pronuncia una palabra: “Efatá-Ábrete”, mientras suspira al cielo.

La sencillez destaca la alta calidad humana del encuentro: frente a frente, Jesús y este hombre silencioso cuyo nombre no conocemos, porque tal vez somos cada uno de nosotros.

La liturgia de la Iglesia ha incorporado este gesto al rito del bautismo, por el que nos hacemos parte de la familia de Jesús. Con él concluye la liturgia bautismal. También el sacerdote tiene que tocar los oídos y la boca del recién bautizado, mientras dice: “El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos te permita, muy pronto, escuchar su palabra y profesar la fe para la gloria y alabanza de Dios Padre”.

Es una hermosa imagen de lo que significa ser discípulo de Cristo: alguien que está siempre a la escucha, porque siempre le está llegando la Palabra. Pero también, alguien que no debe apropiarse de esa palabra, sino que debe entregarla con generosidad a otros. Es evangelio: buena y gozosa noticia para compartir.

Es también una indicación de por dónde debe pasar el desvelo fundamental de la Iglesia que guarda la memoria de Jesús: acercar a los hombres al único que, con la potencia de su Espíritu, puede abrir los oídos y desatar la lengua.

Es más: la misma Iglesia tiene que reconocerse en ese hombre impedido de escuchar y de hablar. Y debe unirse al suspiro de Jesús que invoca del cielo el don de la libertad. Porque también la comunidad eclesial – y no en último lugar sus pastores – está amenazada de sordera.

De tanto en tanto, la misma Iglesia necesita ser llevada a parte por Jesús para ser curada de tantas formas de sordera o mudez. ¿No nos pasa, por ejemplo, que de tanto oírnos a nosotros mismos, terminamos confundiendo nuestros proyectos con los de Dios?

El gran aprendizaje del discípulo – y de la misma Iglesia – es siempre el mismo: aprender a escuchar la Voz de su Señor.

Creo que así hay que vivir los tiempos difíciles que nos toca atravesar.

Un camino de libertad

WEB_22e Di TO B_20180902 (1)“La Voz de San Justo”, domingo 2 de setiembre de 2018

Permítanme un testimonio personal: ¿Qué me ha dado Cristo? Entre todo lo que podría decir, no lo dudo un instante: libertad. Cristo me ha dado libertad.

Leyendo y releyendo el evangelio de este domingo (cf. Mc 7,1-814-1521-23), no he podido alejar de mi corazón esta cuestión. En contraposición a una religiosidad puramente externa, Jesús insiste en que lo importante, para Dios, es el corazón del hombre. Allí se juega todo.

Durante la semana que termina, hemos leído también las que tal vez sean las palabras más duras de Jesús. Son sus invectivas contra fariseos y escribas. Están en el capítulo veintitrés del evangelio de San Mateo. Aquí, solo una perlita: “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que limpian por fuera la copa y el plato, mientras que por dentro están llenos de codicia y desenfreno!” (Mt 23,25). Una y otra vez los llama “hipócritas” y “ciegos”. El hombre religioso vivirá siempre amenazado por la hipocresía: ofrecer solo una apariencia de rectitud.

Frente a toda religiosidad ciega e hipócrita destaca la figura de Jesús, su libertad, su autenticidad. Así vive y enseña a vivir. Esa es mi experiencia con Jesús: él me ofrece y me da, una y otra vez, libertad interior. Su libertad.

Tengo que matizar: para mí, la libertad sigue siendo un desafío cotidiano, una meta nunca alcanzada del todo. No soy un hombre plenamente libre. Es más, en ocasiones, siento la fuerte tentación de confundir libertad con desinhibición o capricho. Y siento la necesidad de ser liberado, también una y otra vez, de esas caricaturas grotescas de libertad.

Ahí, nuevamente aparece Cristo, haciendo posible el camino de la libertad: “Es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino. Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre” (Mc 7,20-23). El corazón es el territorio de la libertad más genuina: la que nace desde dentro y se consolida en la virtud.

Cuando se publiquen estas líneas estaré caminando con los jóvenes de la diócesis, como cada primer domingo de setiembre, hacia el Santuario de la Virgencita, en Villa Concepción.

Cuando llegue el momento, voy a hablarles de la libertad de Cristo. A ellos, y también a mí mismo, para que nuestro peregrinar juntos por la vida y la fe, sea también un camino de libertad.

Creo que María sonríe. Fue su propio camino. Ha sido también su experiencia de Jesús.