A la hora menos pensada

“La Voz de San Justo”, domingo 1° de diciembre de 2019

“Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada” (Mt 24, 44).

A la hora menos pensada. Creo no equivocarme si digo que “sorpresa” es uno de los nombres de Dios. Por eso, cuándo sea el momento de su irrupción en la vida, nadie puede preverlo, ni calcularlo, ni programarlo. Solo resta tomar en serio de las palabras de Jesús: estar atentos, preparados y en espera vigilante. Será “a la hora menos pensada”.

¿Qué significa entonces estar atentos y en vigilia? No es otra cosa que vivir, pero estando realmente presentes en lo que vivimos. Parece sencillo, pero no lo es. Mucho menos hoy que la distracción es, tal vez, nuestra forma habitual de transcurrir el tiempo. Podemos estar en un lugar con nuestro cuerpo, pero, con los ojos, la cabeza y el corazón (y el celular) viajando por otros mundos. Adictos a la distracción.

La invitación de Jesús, en este primer domingo de Adviento, es a vivir de otra forma, a tener otra actitud.  En definitiva, a hacer nuestra su modo de estar en la vida: realmente presentes donde estamos, pues es ese el lugar hacia donde Dios, el Padre, siempre está viniendo. Ahí irrumpe el Dios de las sorpresas, cuyo nombre es: “El que está llegando, el que siempre es Adviento”. 

Eso es precisamente la oración: descubrir cómo, con qué intensidad, y por dónde está pasando Dios por nuestra vida. Esa es la oración que vale la pena vivir. Cambia realmente la vida. 

El rey está crucificado

“La Voz de San Justo”, domingo 24 de noviembre de 2019

“El pueblo permanecía allí y miraba…” (Lc 23, 35). 

Jesús ya está crucificado, abandonado por todos, salvo unas pocas mujeres y uno solo de sus discípulos. 

Como suele ocurrir es situaciones similares, envalentonados ante la fragilidad de quien ya no puede defenderse, algunos dejan libre curso a los comentarios burlescos. 

Tal vez lo más repulsivo resulte, sin embargo, el silencio ominoso de la multitud. El evangelista lo anota como al pasar, pero es lapidario: “el pueblo permanecía allí y miraba…”. 

Algo que, por cierto, no sorprenderá del todo al lector asiduo de la Biblia. El apasionado amor de Dios por ese pueblo normalmente recibe una amarga respuesta de infidelidad. Se trata de un amor no correspondido y habitualmente traicionado. 

Inspirándose en los profetas, la liturgia del Viernes Santo nos hace contemplar al Crucificado, mientras resuenan unas palabras que vienen del corazón herido del mismo Dios: “Pueblo mío, ¿qué te he hecho o en que te he ofendido? ¡Respóndeme! Yo te libré de Egipto. Tú me colgaste en una cruz. Yo te saqué de Egipto, y por cuarenta años te guié en el desierto, tú hiciste una cruz para tu Salvador.”

Ese silencio del pueblo solo es roto por los insultos y burlas de sus verdugos: “Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!”. 

Jesús no quiere salvarse a sí mismo. Sería ir en contra de su naturaleza profunda. Él no está allí para salvarse a sí mismo. Esa es la ley suprema del más salvaje de los sistemas legales, la verdadera ley de la selva: me salvo yo, en todo caso a los míos… los demás, que se salven solos.

Con las manos y los pies fijos a la cruz, sin embargo, Jesús tiende la mano al último de quienes le suplican vida y salvación: el ladrón crucificado a su lado. 

Este es el diálogo entre estos dos crucificados, Jesús y el ladrón arrepentido: “Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino». Él le respondió: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso»” (Lc 23, 42-43).

A ese hombre, Jesús le dará libertad. Por eso, Jesús es rey. No porque domina con prepotencia, sino porque hace posible la libertad. Y, donde reina la libertad, actúa el Espíritu. Y allí, precisamente allí, hay vida. 

“No se dejen engañar”

“La Voz de San Justo”, domingo 17 de noviembre de 2019

“Tengan cuidado, no se dejen engañar, porque muchos se presentarán en mi Nombre, diciendo: «Soy yo», y también: «El tiempo está cerca». No los sigan. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones no se alarmen; es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin” (Lc 21, 8-9).

La tendencia a mezclar religión y política es muy fuerte. Lo hemos visto en Italia, donde un político nacionalista esgrimía un rosario en su mano para defender -según él- la identidad cristiana de la nación. Lo hacía incluso contra las enseñanzas del Papa Francisco. Lo acabamos de ver también en la nación hermana de Bolivia, cuando algunos políticos ingresaron con la Biblia al palacio presidencial, declarando que Dios volvía a ese lugar.

Expresiones extremas, pero también grotescas. Mucho más deletéreos suelen ser otros intentos más sutiles de sacralizar las propias opciones políticas, ungiéndolas como expresiones inapelables del Evangelio o de la ley divina.

Por eso, las palabras de Jesús de este domingo merecen ser escuchadas con atención. Las empresas humanas tienen su dinámica propia. Dios, Señor de la historia, las ha confiado a la inteligencia y libertad humanas. Hay que ser precavidos y no apresurarse a interpretar como señales de Dios lo que es, en realidad, obra del hombre.

Es claro que Dios interviene en la historia. Lo ha hecho en la encarnación y la pascua de su Hijo Jesucristo. Esta intervención es definitiva. Es además modelo insuperable de cómo Dios, con respeto y delicadeza infinitos, inspira, sostiene y anima la libertad humana para que realice su misión de custodiar la creación. La purifica también del peso del egoísmo.

El riesgo del autoengaño es grande y nos amenaza a todos. Jesús nos ofrece una certeza: “Serán odiados por todos a causa de mi Nombre. Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza. Gracias a la constancia salvarán sus vidas” (Lc 21, 17-19).

Especialmente en las circunstancias más extremas no nos faltará la presencia del Señor y su Espíritu para que seamos fieles al Evangelio. Eso sí: es una promesa para quien se anima a entrar, aún con todos sus miedos encima, en lo vivo de la historia, buscando allí lo que es verdadero y justo. En definitiva, para quien se deja conquistar por el bien en toda su luminosa belleza.

De la casa de Zaqueo al templo de Jerusalén

“La Voz de San Justo”, domingo 10 de noviembre de 2019

“Se le acercaron algunos saduceos, que niegan la resurrección…” (Lc 20, 27).

A Jesús le va mejor en la casa de Zaqueo que en el Templo de Jerusalén.

El Evangelio que escuchamos este domingo nos trae una de sus controversias más fuertes, precisamente en el templo y con los saduceos  (cf. Lc 20, 27-38).

Se trata de un pequeño grupo que se ha adueñado del templo de Jerusalén. Usan la religión para afirmar su poder sobre el pueblo, por quien sienten un profundo desprecio.

Son materialistas. Solo creen en lo que se puede ver, calcular y acumular. Su idea de Dios es pobre y deformada. En realidad, podemos conjeturar que jamás han tenido una experiencia religiosa profunda. Seguramente recitan muchas oraciones, pero nunca se han sentido sobrecogidos por el misterio del Dios de Israel, tan santo y trascendente como cercano y compañero de camino del creyente. 

“Porque él no es Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para él” (Lc 20,38)

Es posible  que jamás hayan vibrado con las palabras del salmo: “Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal, porque tú estás conmigo: tu vara y tu bastón me infunden confianza” (Salmo 23, 4).

Por eso se han sentido amenazados por Jesús y cómo transmite, con palabras y gestos, su experiencia de Dios.

Dios no es solo bueno. Es compasivo y busca al que anda perdido. De lejos reconoce la falsedad e hipocresía. No lo engañan las apariencias de una religiosidad externa y superficial.

Es “un Dios de vivientes” y, por eso, sabe reconocer al que, aún en medio de la fragilidad, lo busca con corazón sincero.

A diferencia de Zaqueo que se acerca a Jesús buscando luz para su vida, los saduceos lo buscan para tenderle una trampa.

Zaqueo ha empezado a vivir lo que Jesús dice a los saduceos: estamos llamados a ser “hijos de la resurrección”. Al encontrarse con Jesús ha comenzado a resucitar. 

En la casa de Zaqueo

“La Voz de San Justo”, domingo 3 de noviembre de 2019

“Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: «Se ha ido a alojar en casa de un pecador»…Y Jesús le dijo (a Zaqueo): «…este hombre es un hijo de Abraham…».” (Lc 19, 7-10).

¿Quién tiene razón? ¿Los que señalan a Zaqueo como “un pecador”? ¿O la razón está de parte de Jesús que lo llama: “hijo de Abrahám”, es decir, un justo? ¿Justo o pecador?

Estamos acostumbrados a los juicios rápidos, fulminantes e inapelables; tanto sobre personas como situaciones. Es lo más fácil. Así nos sacamos rápidamente de encima muchos problemas, sobre todo, los que derivan de tomarse en serio la complejidad de la vida.

Con Zaqueo ocurre lo que con cada uno de nosotros: somos un misterio para nosotros mismos. Lleva razón el profeta Jeremías cuando afirma: “Nada más tortuoso que el corazón humano y no tiene arreglo: ¿quién puede penetrarlo? Yo, el Señor, sondeo el corazón y examino las entrañas, para dar a cada uno según su conducta, según el fruto de sus acciones.” (Jer 17, 9-10).

Zaqueo es realmente un hombre que ha errado profundamente el camino de la vida (eso quiere decir, entre otras cosas, la palabra “pecado-pecador”). Es muy rico, pero con riquezas mal habidas: las que son fruto de la explotación de los demás y de la corrupción. Es, por eso, odiado por la gente. Y él sabe bien las dos cosas: que es un corrupto y que los demás lo desprecian.

Pero… como su colega del domingo pasado (publicano como él, es decir, un corrupto recaudador de impuestos), algo más se mueve dentro suyo, que no lo deja en paz, lo inquieta y lo hace un buscador.

Aquel, buscaba a Dios desde su conciencia lúcida de pecado. Zaqueo también, solo que ahora se siente irrefrenablemente impulsado a buscar a ese hombre -Jesús de Nazaret- del que ha oído que es realmente especial.

Jesús ve en lo hondo del corazón la verdad más profunda de Zaqueo. Por eso, lo llama como lo llama. Y lo rescata. Para eso está: para buscar lo perdido.

Zaqueo soy yo… Somos cada uno.

Saber orar. Saber vivir

“Y refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, dijo también esta parábola: «Dos hombres subieron al Templo para orar; uno era fariseo y el otro, publicano…»” (Lc 18, 9-10).

“La Voz de San Justo”, domingo 27 de octubre de 2019

Dos hombres. Dos modos de orar. Dos formas de ver la vida. Dos modos de vivir.

¿Nuevo reduccionismo, esta vez religioso? ¿No es suficiente el difuso maniqueísmo que respiramos en el ambiente y que nos intoxica la vida?

Es bueno que lo advirtamos. La vida de cualquier ser humano escapa a toda etiqueta. Mucho más, si simplista y unidireccional. Más aún, si de la relación con Dios se trata. No es cualquier relación. Es la que define la vida. Si se encara mal, todo se confunde.

Volvamos a la parábola: es presumible que esos dos sujetos (el fariseo y el publicano) estén alternando sus rezos en nuestro corazón. Los podemos buscar fuera, etiquetando personas o grupos. Esa operación puede tranquilizarnos un poco, pero, tarde o temprano, nos despertamos de la anestesia…

Jesús lo sabe mejor que nadie. Por eso narra esta parábola. Con ella nos invita a encarar la oración y, por ende, la vida misma, con la actitud humilde y mansa del publicano.

Es decir, no desde la altanería y el desprecio de sentirse superior; sino desde ese rico “humus” que es la propia y concreta humanidad: soy un ser humano, uno que siente, busca y alberga deseos de vida; voy caminando y aprendiendo al ritmo de aciertos y errores.

Jesús ha crecido rezando con el salmista: “El Señor está en las alturas, pero se fija en el humilde y reconoce al orgulloso desde lejos” (Salmo 138, 6). Rumiando las palabras del salmo, su conciencia de Hijo ha podido ver más profundamente. Lo enseñará luego, apoyando su doctrina en la solidez de su vivencia: el Padre ve en lo secreto, sondea las profundidades del alma; no lo engañan las apariencias ni las grandilocuencias. Sabe distinguir y reconocer lo genuino de lo falso, lo que nace del corazón de lo que solo es apariencia.

Orar siempre sin desanimarse

“La Voz de San Justo”, domingo 20 de octubre de 2019

Jesús es un orante. Ora y enseña a orar. Contemplarlo en oración atrae, fascina y despierta el deseo de orar como él. Algo acontece cuando Jesús se pone a orar. Algo grande, misterioso también, pero tremendamente decisivo para la vida.

Jesús ora intensamente. Sin embargo, en los evangelios dice pocas cosas sobre la oración. En realidad, una sola. Es la enseñanza de este domingo: hay que “orar siempre sin desanimarse” (Lc 18, 1).

Cualquiera que se haya animado a la aventura de la oración cristiana lo sabe por experiencia. Es fácil desanimarse, abandonar la oración o reducirla a una repetición mecánica de fórmulas.

¿Por qué entonces orar? ¿Por qué hacerlo con perseverancia? ¿Qué buscamos, en última instancia, con la oración?

Orar como Jesús y con Él significa aprender a abrir la propia vida a la acción de Dios. Más que buscar algún beneficio, lo que realmente ocurre, cuando la oración va ganando la vida de una persona, es una transformación cada vez más honda del propio orante.

La oración nos vuelve como Jesús, nos transfigura, asemejándonos a él. Nos hace más libres, más humanos. En definitiva: más hijos de Dios y más hermanos de todos.

La oración no cambia a Dios. Nos cambia a nosotros.

Algo más que una curación

“La Voz de San Justo”, domingo 13 de octubre de 2019

“Uno de ellos, al comprobar que estaba curado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias. Era un samaritano.” (Lc 17, 15-16).

No fue solo una curación. Importante, sí. La lepra era más que una enfermedad. Era un estigma deshumanizante. Ante todo, porque laceraba el cuerpo, desfigurándolo de forma horrorosa. Pero, mucho más, porque las convenciones sociales, sancionadas incluso por las Escrituras, imponían una inhumana forma de vida: en el vestir, en la separación del resto, en ese grito que el leproso debía hacer cuando veía acercarse a alguien (“¡Impuro! ¡Impuro!”).

Era algo más: la enfermedad excluía al leproso de la comunión con Dios. Por eso, su curación significaba volver a la comunidad de los que escuchan la Palabra, alaban, oran y viven en la Presencia del Altísimo.

Para Jesús, las cosas son diferentes. De entre los diez leprosos curados, uno lo comprende cabalmente. Se ha dado cuenta de que aquel Maestro al que él y sus compadres heridos invocaron por el camino era algo más que un Rabí. La potencia que había salido de sus labios y le había devuelto humanidad venía desde el corazón mismo de Dios. Ese hombre que se encaminaba a Jerusalén era Dios caminando entre los leprosos del mundo.

Por eso, su retorno es un gesto de hondo significado religioso: alaba a Dios, llega hasta Jesús y se postra ante Él como Señor y Salvador.

La misión de la Iglesia no es política. Es hondamente religiosa, aunque, desde ese núcleo, alcance también la vida social y política de los hombres. Es hacer posible el encuentro de los leprosos con Jesús, el Señor. En otras palabras: dejar que Dios libere su potencia transformadora de la humanidad.

Como un granito de mostaza

“La Voz de San Justo”, domingo 6 de octubre de 2019

“Si tuviera fe como un granito de mostaza…”, cantamos despreocupadamente, inspirados en las palabras de Jesús que leemos este domingo (Lc 17, 3b-10).

¿Cuál es realmente la espesura de nuestra fe? Entendámonos bien: cuando decimos “fe”, no nos referimos al mero sentimiento religioso que postula, sin mayores consecuencias, la existencia de un vaporoso e inocuo Ser superior.

Al menos, en la súplica de los apóstoles a Jesús (“¡Auméntanos la fe!”), por fe se entiende lo que enseña la Biblia: tomar en serio al Dios real, tal como se ha manifestado en la historia. Y confiarse a Él y a su Palabra, decidiendo desde allí la orientación fundamental de la propia vida.

Este pedido, a la vez humilde y ansioso, nace de escuchar las palabras de Jesús sobre la inevitabilidad y gravedad de los escándalos, pero también sobre el perdón: “Si tu hermano peca, repréndelo, y si se arrepiente, perdónalo. Y si peca siete veces al día contra ti, y otras tantas vuelve a ti, diciendo: «Me arrepiento», perdónalo»” (Lc 17, 3-4).

La figura evangélica de Francisco de Asís, cuya fiesta acabamos de celebrar, nos ayuda a comprender el real calado de esta súplica y de las consecuencias que trae para la vida.

Sin Jesús de Nazaret no se entiende a Francisco de Asís. En el rostro del Crucificado que le salió al paso en San Damián, el joven Francisco experimentó a un Dios real que, lejos de dejarlo tranquilo, lo desafiaba a buscar el sentido profundo de su vida. La fe fue para Francisco un abrirse y confiarse, cada vez más radicalmente, a ese Dios y a su Evangelio vivido sin glosas.

Y Francisco vivió el perdón, la paz y la fraternidad como nadie hasta entonces, y, tal vez, tampoco hasta ahora. En él podemos contemplar a qué grado de calidad puede llegar la humanidad cuando se abre a la fe cristiana. Su figura nos sigue iluminando.

El seno de Abrahám

“La Voz de San Justo”, domingo 29 de septiembre de 2019

La parábola de Jesús que escuchamos este domingo tiene un detalle que no hay que pasar por alto. Se trata del relato del rico que se da la gran vida, mientras que, a recogiendo las migajas de sus banquetes está el pobre Lázaro (cf. Lc 16, 19-31).

El detalle es este: cuando ambos mueren, Lázaro es acogido en el “seno” de Abrahám. El patriarca bíblico es caracterizado por un rasgo femenino: el seno materno que ha recibido y custodiado la vida de los hijos. Allí el sufrido Lázaro encuentra descanso y consuelo.

El domingo pasado, Jesús nos había advertido que no se puede servir a Dios y al dinero. Cuando las riquezas se convierten en un dios al que se le entrega la vida, entre otras cosas, nos roban lo más humano que tenemos: la capacidad de reconocernos como semejantes, como hermanos.

Dios, en cambio, es un padre con entrañas de madre. Quien se deja alcanzar por su mirada no puede sino mirar a los demás como hermanos.

Otro detalle: en medio de los tormentos, el rico logra acordarse de que tiene hermanos. Y se preocupa por ellos: que no les pase a ellos lo mismo que a él.

El problema no es el dinero. Es el corazón y su capacidad de fraternidad.

Y no hay que esperar: es ahora que tenemos que acordarnos de que somos hermanos.