Adviento

“La Voz de San Justo”, domingo 29 de noviembre de 2020

Nosotros celebramos el Adviento, pero, en realidad, el que está siempre “en Adviento” sos Vos, Señor de la historia.

Siempre viniendo. Siempre en camino. Siempre, sin detenerte; intentando, una y otra vez, alcanzarnos en el punto preciso de la vida en el que nos encontramos.

Por eso, en cada Eucaristía que nos mandaste celebrar, te aclamamos, diciendo: “Bendito el que viene… ¡Ven, Señor Jesús!”.

Es cierto, como canta el cantor popular: “Los caminos de la vida no son como yo pensaba, como los imaginaba. No son como yo creía […]”.

Son los múltiples senderos por los que nos aventuramos tus hermanos y hermanas.

Caminos que, en demasiadas ocasiones, llevan a ninguna parte, o que desembocan en medio de la nada.

Y eso, a nosotros, caminantes de la vida, nos desconcierta, nos descoloca y nos vuelve indefensos y, en ocasiones, infantiles y caprichosos.

Pero esos caminos nuestros, son los que Vos no te cansás de recorrer, para buscarnos, como aquel pastor inconsciente de tu parábola; aquel que deja las noventa y nueve ovejas, y va tras la que se extravió por esos caminos.

Este domingo, tu palabra nos llega, sugestiva, imperiosa, provocadora. Como siempre.

“Estén prevenidos, entonces, porque no saben cuándo llegará el dueño de casa, si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana. No sea que llegue de improviso y los encuentre dormidos. Y esto que les digo a ustedes, lo digo a todos: «¡Estén prevenidos!»” (Mc 13, 35-57).

Siempre viniendo. Y, como siempre, eligiendo nuestras noches para hacerte presente. Por eso, Señor que estás viniendo, no dejamos de suplicarte: en medio de esta noche en la que estamos, no dejés de sorprendernos con esa mansa Luz que sos Vos mismo.

¡No tardés en venir! ¡Te necesitamos! ¡Vení, Señor Jesús! Amén.

“El más pequeño de mis hermanos”

“La Voz de San Justo”, domingo 22 de noviembre de 2020 – Solemnidad de Cristo rey

“Así habla el Señor: ¡Aquí estoy Yo! Yo mismo voy a buscar mi rebaño y me ocuparé de él.” (Ez 34, 11).

Este domingo, con la solemnidad de Cristo rey, concluye el año litúrgico de la Iglesia católica.  Su centro es la celebración anual de la Pascua, una fiesta con fecha móvil (a diferencia de la Navidad, por ejemplo). Es más: cada domingo, al reunirse para la Eucaristía, la comunidad cristiana se reencuentra a sí misma, sumergiéndose en ese centro vital. Así, el misterio de Cristo va envolviendo y configurando el camino por la historia de la Iglesia, y en ella, el de cada discípulo.

La fiesta de Cristo rey es también un eco de la Pascua: un rey coronado de espinas. Un rey pastor que busca, cuida y se hace cargo del rebaño de su propiedad. Un rey pastor que hay que buscar entre sus ovejas más heridas. No solo se entremezcla con ellas, sino que termina haciéndose una sola cosa con ellas.

“[…] porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver […] Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt 25, 35-36. 40).

Un rey pastor que es además juez, porque, al final de nuestros días nos confrontará con la ley suprema que rige en su reino: por encima de todo, la compasión, la misericordia, la prontitud para hacernos cargo de la vida más vulnerable. Y así se decidirá nuestra suerte definitiva.

Cristo es ese rey pastor y juez que toma en serio nuestra vida, nuestras decisiones y nuestras acciones. Él ya ha ejercido su derecho a decidir: se ha identificado con sus hermanos más pequeños, con la vida más vulnerada.

En esta Argentina diezmada por diversas pandemias, ese hermano más pequeño de Cristo tiene hoy el rostro de niño por nacer, amenazado, una vez más, desde el poder.

Vencer el miedo. Multiplicar los talentos.

“La Voz de San Justo”, domingo 15 de noviembre de 2020

“Llegó luego el que había recibido un solo talento. «Señor, le dijo, sé que eres un hombre exigente: cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has esparcido. Por eso tuve miedo y fui a enterrar tu talento: ¡aquí tienes lo tuyo!»”. (Mt 25, 24-25).

Un hombre con miedo. En definitiva, no es algo tan extraño o incomprensible. El miedo es un habitual compañero de camino de cada ser humano. Y suele ser además un eficaz consejero: nos advierte que tenemos que estar atentos, no atolondrarnos y ver bien qué paso damos en la vida. 

El problema está en dejarse ganar y dominar por el miedo. Podríamos decir que todo el mensaje de la Biblia se resume en esta frase que atraviesa cada una de sus páginas: “No tengas miedo. Yo estoy con vos”. Quien así habla es el mismo Dios. 

Así también podríamos resumir el mensaje de Jesús. Su buena noticia, el Evangelio: Dios es Padre, está con nosotros. Es más: así podemos llamar al mismo Jesús: Dios con nosotros, el Emanuel. Caer en la cuenta de esa presencia buena hace que el miedo se pueda transformar en confianza para la vida. 

La parábola de este domingo es como un eco de la primera de todas las parábolas de Jesús: la del sembrador que esparce la semilla (cf. Mt 13, 1-23). Esa acción de sembrar y esparcir con generosidad muestra su verdadera naturaleza: don inagotable, siempre en crecimiento y buscando multiplicarse sin medida. 

La invitación perentoria de Jesús es a dejarse ganar por esa conciencia viva y actuar en consecuencia. No hay, por tanto, que dejarse ganar por el miedo. Por el contrario, es urgente aplicarse por entero a replicar la misma actitud divina: multiplicar los talentos recibidos. 

Es una propuesta de vida: no guardarse nada, estar siempre dispuesto a entregarlo todo, a jugarse por entero, a arriesgar para ganar.

El primero que vive así es Jesús, el Hijo. Nosotros vamos detrás, pisando sus huellas.  Su presencia disipa el miedo. 

Con la lámpara encendida

“La Voz de San Justo”, domingo 8 de noviembre de 2020

“Por eso, el Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes.” (Mt 25, 1-2). 

Seamos apocalípticos: ¡el que no ha leído el Cantar de los Cantares no entiende nada! Sin esa referencia, la Biblia será solo una colección de historias, sagas y narraciones inconexas, a lo sumo, llena de curiosidades, exageraciones y sentencias de otro tiempo. Prescindiendo de esos cantos de amor humano, Jesús y su Evangelio quedan reducidos a fría moralina, tan ilustre como prescindible. Sin el runrún del Cantar, la parábola que escuchamos este domingo (cf. Mt 25, 1-13) corre el riesgo de pasar por una historia fantástica pero intrascendente. 

Maticemos, para ser más certeros: en realidad, el que sabe de amor, de amores entiende. Eso canta el Cantar. Ese es el hilo rojo de la Biblia. Y eso es el Evangelio: la buena noticia de que estamos a la espera de un encuentro, en medio de la noche, para entrar a unas bodas que celebran (hoy, contraculturalmente) la alegría del amor. 

Somos, a la vez, invitados y comensales, pero también somos los protagonistas. En la parábola de este domingo, Jesús habla de un esposo que se hace esperar. No hay novia, sino diez muchachas con sus lámparas encendidas. Ese personaje faltante somos cada uno de nosotros. 

Y el aceite que alimenta la lámpara. Es el amor que se hace espera, escucha y decisión de vivir según esa palabra que nos ha declarado el amor. Cada uno elige: hacerse de mucho y buen aceite; o dejarse estar, esperando vaya uno a saber qué cosa. Si llevamos el símbolo del óleo hasta el final, sabemos bien que ese aceite de primerísima calidad es el Espíritu que se derrama, unge y perfuma la propia vida. Es el Espíritu del Esposo que siempre está viniendo a nosotros. 

“Las aguas torrenciales no pueden apagar el amor, ni los ríos anegarlo. Si alguien ofreciera toda su fortuna a cambio del amor, tan sólo conseguiría desprecio.” (Cantar de los cantares 8, 7). Si querés ayudar a algún amigo a comprender el cristianismo, no lo dudés: decile que empiece leyendo el Cantar de los Cantares. Ahí está todo. 

El amor me lo ha explicado todo

“La Voz de San Justo”, domingo 25 de octubre de 2020

“Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con Él, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?»”  (Mt 22, 34-36).

El final está cerca, los acontecimientos se precipitan y todos los protagonistas aceleran la marcha. Les ocurre a los adversarios, cada vez más decididos y osados. Les ocurre también a los discípulos, aunque con más inercia que decisión. Pero, sobre todo, es Jesús el que, sin perder ni siquiera por un instante el señorío de sí, mira fijo hacia delante y acelera el paso.

Este domingo presenciamos su última gran disputa. No solo será la última trampa que le pongan sus enemigos. Es, además, la más desafiante. Por quien busca atraparlo en una “herejía”, pero también por la materia sobre la cual le solicitan expedirse.

Preguntan los fariseos. Y preguntan sobre la ley de Dios. Jesús no puede quedar indiferente frente a semejante desafío. Esa es precisamente su misión y su pasión. Es tal vez la última oportunidad para hacerles comprender qué Dios es Padre y no tiene otra voluntad sobre el mundo que la vida, la salvación y la bienaventuranza.

Aunque los evangelios nos trazan una imagen bastante deslucida de ellos, sin embargo, un anhelo de fondo acerca a los fariseos al mismo Jesús. Ellos y él pueden reconocerse en las palabras del Salmo: “¿Cómo un joven llevará una vida honesta? Cumpliendo tus palabras.” (Salmo 119, 9). Jesús y ellos aman con pasión la Ley de Dios. Sin embargo, a diferencia de Jesús, los fariseos corren un gran riesgo: vivir la relación con Dios con un tono vital de rigorismo, autoexigencia y falta de compasión hacia los demás. Reducen así la vida religiosa a una proeza reservada para pocos.

“Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas».” (Mt 22, 37-40).

La serena y certera respuesta de Jesús pone las cosas en su lugar: todo se resuelve en el amor; es decir, en una relación afectiva del creyente con Dios, al que hay que amar con todas las “fuerzas” que el mismo Creador ha depositado en el corazón. Frente a Dios, todos hemos de sentirnos hijos y, por eso, hermanos. La originalidad de esta respuesta es doble: todo se resuelve en el amor, y un amor que une, sin separar, a Dios y a los demás, especialmente a los más pobres y heridos.

A pocos días de responder así, Jesús pronunciará la misma palabra, pero con otro lenguaje: el de la vida entregada en la cruz.

En palabras de uno de sus discípulos: “El amor me ha explicado todas las cosas. El amor ha resuelto todo para mí. Por eso admiro el amor, allí donde se encuentre” (Karol Wojtyla).

Entre el César y Dios

“La Voz de San Justo”, domingo 18 de octubre de 2020

Algunos adversarios le plantean a Jesús una difícil cuestión de naturaleza política: “¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?” (Mt 22, 17). ¿No es indigno del pueblo de Israel reconocer así la dominación romana? Para peor, este pago tiene un sentido profundamente idolátrico, pues el emperador se presenta a sí mismo como un ser divino. Pagar ¿no sería un acto también de idolatría?

Un denario con la imagen de Tiberio César

En aquella época, la carga tributaria que pesaba sobre la gente era enorme: más del cincuenta por ciento de sus ingresos iba a parar a manos del fisco. Se vivía para trabajar y se trabajaba para vivir, dependiendo del resultado de las cosechas, por ejemplo. Y, si por una mala racha, había que endeudarse, se corría el riesgo de terminar vendido como esclavo para saldar las deudas. Cosas de otro tiempo…

La trampa está bien tramada. Es difícil escapar. Si Jesús responde que sí (como hacen los herodianos colaboracionistas del poder romano), el pueblo lo mirará con desprecio. Si responde que no, será denunciado como subversivo. Caería sobre él la dura punición de Roma. En ambos casos, sus adversarios se habrían librado de él.

La respuesta es sorprendente. Pide que le muestren la moneda del tributo. Todos la llevan consigo. Es un denario con la efigie de Tiberio César. Jesús les hace notar su hipocresía: si ya han aceptado utilizar el dinero de César, ¿a qué viene querer enredarlo con lo del impuesto? Si vivo dentro del sistema tengo que asumir todas sus consecuencias.

Pero no queda ahí la respuesta. Como siempre: va más allá. Abre una perspectiva nueva, más honda y genuina: si la imagen que lleva grabada la moneda de oro es la del César, la imagen de Dios es cada ser humano. El poder humano es siempre limitado. Es también proclive a absolutizarse y subordinar todo a sus metas. Así ocurre con el dios-dinero que suele usar los poderes del mundo para imponer su servidumbre sobre todos.

En cambio, el encuentro con el Dios vivo rompe todo ensueño idolátrico. Solo Dios, el creador que es Padre, da libertad verdadera al hombre. Por eso, el hombre tiene que ser restituido a su verdadero Señor. No es el César. Es el Dios Padre, misericordioso y compasivo que quiere que todos seamos hermanos, que la tierra sea una casa común y que la misma humanidad se vuelva una familia.

Pocos días después, Jesús mismo dará al Padre lo que es del Padre: el Hijo volverá a la casa, llevando consigo a todos los hombres, destruyendo con su sacrificio el poder del pecado y abriendo las puertas de la vida.

Carlos entró al cielo con el mejor traje de fiesta…

“La Voz de San Justo”, domingo 11 de octubre de 2020

“«Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?» El otro permaneció en silencio.” (Mt 22, 12).

No ha sido precisamente un reproche lo que ha recibido Carlos Acutis. Todo lo contrario. Este sábado 10 de octubre, al declararlo “beato” (es decir: feliz), la Iglesia ha reconocido que Carlos, en su corta e intensa vida (apenas quince años), pudo vestirse con el mejor de los trajes: el Evangelio de Jesús. Y, así vestido, ha entrado a la fiesta del cielo.

Ni la desmentida incorrupción de su cuerpo, ni tampoco la curación conseguida por su intercesión constituyen la razón de fondo para ser reconocido entre los santos y beatos del cielo. Ha sido su vida transformada por el fuego del amor de Jesús. “Mi proyecto de vida es estar siempre unido a Jesús”, había declarado con una convicción que parecía impropia de su edad (¿prejuicio de adultos aburguesados?).

Llegará el día -y yo lo espero sinceramente- en que para beatificar o canonizar a un bautizado ya no se necesite más un milagro. Que baste leer el Evangelio hecho carne en la vida de esos hombres y mujeres que, como Carlos, se han dejado llevar por el Espíritu de Jesucristo.

La Iglesia ensaya hoy nuevos caminos evangelizadores. La pandemia nos ha puesto a repensarlo todo: qué es lo que realmente cuenta, cómo se anuncia el Evangelio, cómo se celebra realmente la fe, cómo se está cerca de los que sufren, de los caídos, etc. En definitiva, cómo se vive la fe en el hoy de este incierto presente.

Es lo que tenemos que hacer. ¡Faltaba más! Pero lo cierto es que, en medio de todos esos afanes, el santo humor de Dios nos manda este chico italiano, poniendo las cosas en su lugar. Así, de repente, empieza a conquistar los corazones con su sonrisa y alegría de vivir; incluso con sus muecas de adolescente, pateando un fútbol o entusiasmado con un videojuego. Pero, sobre todo, con la desarmante sencillez con que vive y difunde su fe cristiana, con su amor a María y a la Eucaristía, la autopista que lo llevó al cielo.

Y los pobres. El día de sus exequias, desfilaron delante de sus restos, conmovidos y agradecidos por ese “ragazzino” que tantas veces les había tendido la mano. Tal vez sin saberlo, y con ese gesto, ellos adelantaron la solemne celebración litúrgica de su beatificación y su pronta canonización.

Sonríe Carlos, y con él, María, Francisco y Clara de Asís y todos los santos. Y, como en la Misa, nosotros nos unimos a sus voces y a la alegría de una vida plena por el amor. Mucho más en este “domingo de las misiones”. Carlos es un magnífico ejemplo de lo que significa la misión: “fuego que enciende otros fuegos”, en palabras de otro cristiano con traje de fiesta: Alberto Hurtado.

¡Ojalá podamos vestir un traje de fiesta parecido al suyo para entrar a gozar del banquete de la vida que Dios nos ha preparado!

Con su amplia sonrisa, Carlos nos está diciendo que hay talles para todos. También para quienes no damos con la medida, más por defecto que por exceso.

La voluntad de Dios

“La Voz de San Justo”, domingo 27 de setiembre de 2020

Una disputa doméstica, de las tantas que se suceden a diario, le sirve a Jesús para narrarnos una nueva parábola. Un padre, dos hijos, una viña (otra vez) y un pedido a ambos de ir a trabajar a la viña. Uno dice que no, pero finalmente obedece. El otro, al revés: dice que sí, pero no va. 

Jesús no da consejitos de moralina para sobrellevar los sinsabores de la vida cotidiana. Su interés está en otro lado. Aquí, por ejemplo, esta escena familiar le sirve para sentar una de sus enseñanzas más fuertes. Tanto, que le costará literalmente la vida: antes que los sumos sacerdotes y otras autoridades, serán las prostitutas y demás pecadores los que entren, por primeros, en el reino de Dios. 

El contexto hace ver la trascendencia de la parábola. Jesús acaba de entrar en Jerusalén. No se acallan todavía los cantos de salutación del pueblo, cuando realiza un gesto decisivo para su suerte: expulsar a los vendedores del Templo, el lugar más sagrado de la nación. Allí tiene lugar una disputa a fondo con las autoridades religiosas. En ese contexto narra la parábola.

Hay un dato que merece atención. Más que la expulsión de los vendedores, lo que ha sacado de quicio a los sacerdotes es que Jesús, después de hacer esto, ha curado a unos ciegos que se le han acercado, mientras unos niños cantan: “«¡Hosana al Hijo de David!” (Mt 21, 15). 

Jesús ama profundamente el Templo. Es la casa de “su Padre”. Es lugar de encuentro con el Dios de la vida, de oración, alabanza y súplica. Él mismo reza con los salmos que han madurado en la experiencia orante de Israel y su liturgia. Le han ayudado a reconocer a su Padre y, en definitiva, lo que Dios realmente quiere de él, de su pueblo, de la humanidad. 

De eso se trata: de la santa voluntad del Padre, aquella que está en el corazón de su oración: “Padre nuestro, que se haga tu voluntad, en la tierra como en el cielo”. 

¿Cuál es esa voluntad de Dios que quema por dentro a Jesús? Que los ciegos vean, que los pobres reciban consuelo, que los niños canten, que los pecadores -sí: las prostitutas y publicanos- se sienten a la mesa y gocen del buen vino del lagar de Dios, de sus entrañas de misericordia y perdón.

Por defender esa, la santa voluntad del Dios amor, es que Jesús será crucificado. Entonces, pero también ahora. Nosotros también crucificamos a Jesús. No lo tenemos que olvidar. Por eso, tenemos que seguir pidiendo hacer nuestro el querer de Dios para nosotros. 

El jornal de Jesús

“La Voz de San Justo”, domingo 20 de setiembre de 2020.

Una nueva parábola de Jesús (cf. Mt 19, 30-20, 16). Como en otras ocasiones, la historia que cuenta ha surgido de su perspicaz observación de la vida cotidiana; más precisamente, del mundo del trabajo. Lo conoce bien, pues, antes de convertirse en predicador itinerante, ha sido trabajador. Ha visto cómo interactúan patrones y jornaleros, sus tratos y regateos. 

Esa experiencia le sirve ahora para narrarnos cómo trabaja Dios. Ya los profetas y los salmos nos hablan de Dios como un labrador que planta una viña, la cuida con dedicación y cariño, aunque, casi siempre, el fruto que obtiene son uvas amargas. Pero, esa frustración no lo desalienta: vuelve a empezar con la misma pasión y una infinita paciencia…

En la parábola de este domingo, sin embargo, Jesús incorpora un elemento de ruptura: el dueño de la viña quiere a todos trabajando en su viña, solo que, para todos tiene la misma paga: un denario que vale como jornal. El que trabajó más tiempo recibe un denario. Lo mismo, el que solo estuvo un rato. 

Esta real “injusticia”, deliberadamente destacada, le sirve a Jesús para acentuar una realidad que desborda el marco de las relaciones laborales. Le es útil para contarnos cómo trabaja Dios, cómo nos mira a cada uno y, en definitiva, qué quiere darnos. 

“Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué nos tocará a nosotros?” (Mt 19, 27). Es la inquietud que se había despertado en el corazón de los discípulos y que Pedro, una vez más, expresa en voz alta. Lo que no se había animado a hacer el joven rico, lo han hecho ellos: dejarlo todo y seguirlo. ¿Qué les dará Jesús a cambio? ¿Vale la pena semejante decisión de vida?

Jesús comprende lo que pasa en el corazón de sus discípulos. Por eso cuenta la parábola. Quiere compartir así su propia experiencia. Para ellos, Jesús no tiene otra paga que la que él mismo recibe cada día del Padre. Ese “jornal” que se hace oración filial: “Padre, danos hoy nuestro pan de cada día”. El jornal de Jesús es su Padre, el Dios amigo de la vida, que es bueno por encima de todo. Ese es su “pan cotidiano”. De él vive.

Claro, hay que seguir caminando con él hacia Jerusalén, hacia la pascua. Allí, al caer la tarde, tendrá lugar la paga: Jesús no dará algo, se dará a sí mismo. Dios se hará don gratuito para todos. Entonces, los últimos serán como los primeros. 

Setenta veces siete

“La Voz de San Justo”, domingo 13 de setiembre de 2020

“¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti?” (Mt 18, 32-33).

Pedro le acerca a Jesús una pregunta que, tarde o temprano, todos nos hacemos: el perdón de las ofensas, ¿tiene algún límite razonable? La respuesta es tan clara como desconcertante, casi impracticable: el cristiano perdona siempre. Al menos, tiene que estar dispuesto a ello.

Nos vemos envueltos en conflictos de diversa índole. Algunos son más superficiales y, con naturalidad, los dejamos en el olvido. Otros, no. Dejan huella y todo un inventario amargo de heridas. Pesa también el temperamento: más sensibles unos, más fríos otros.

La de Pedro no es una pregunta menor. Como dijimos, la respuesta de Jesús es exigente. Sin embargo, no queda todo ahí. Jesús no es un moralista que dice que hay que portarse bien, desentendiéndose de las condiciones humanas para ello. Él sabe bien que, sin una sólida experiencia fundante, el ser humano no logra sostener en el tiempo su opción por el bien. Ya lo había dicho: es necesario construir sobre roca, no sobre arena.

Por eso, añade una parábola. Cuando Jesús tiene que ir al fondo de las cosas, echa mano de este recurso. Dios, que es Padre, está obrando en el mundo. Y ese modo de obrar es la roca firme sobre la que hay que edificar la propia vida.

En la pregunta del rey al servidor que no tuvo compasión está la clave: “¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de ti? (Mt 18, 33). Los “diez mil talentos” que fueron perdonados al primer servidor indican una cifra sideral e impagable. Frente a ella, los diez denarios de la otra deuda resultan irrisorios. Por eso es tan indignante que el que suplicó plazos para pagar y recibió la condonación total de su deuda no demuestre compasión.

Se trata de caer en la cuenta de que todos, en cierta manera, transitamos la vida como deudores. Es mucho más lo que recibimos que lo que podemos dar. O, más evangélicamente correcto: la mejor manera de saldar nuestra deuda es replicar, con nuestra vida, el amor recibido. Ante todo, porque nuestra vida se asienta en un amor gratuito, absoluto e incondicional: el de Dios que nos creó y nos llama a la amistad con Él. Mucho más, porque el rechazo de ese amor está fuertemente instalado en lo profundo de nuestro corazón. Es el pecado que Dios, como Padre, perdona y expía por medio de Cristo.

El perdón nace de esa experiencia básica y fundante. Eso es lo que nos procura el encuentro con Jesús. Esa es su buena noticia. Ese amor incondicional es lo que celebramos cuando nos reunimos para la Eucaristía y levantamos el cáliz con la Sangre derramada para el perdón de los pecados.