La aventura de escuchar

“La Voz de San Justo”, domingo 17 de marzo de 2019

Padre santo, que nos mandaste escuchar a tu Hijo amado, alimenta nuestro espíritu con tu Palabra, para que, después de haber purificado nuestra mirada interior, podamos contemplar gozosos la gloria de tu rostro. (Oración de la liturgia del segundo domingo de Cuaresma).

“Me llamo Kevin, y soy adicto a mi celular”. Así comenzaba un artículo publicado días pasados en The New York Times. Otro párrafo: “Mis síntomas eran los típicos: me volví incapaz de leer libros, ver películas completas o tener conversaciones ininterrumpidas”.

Tres actividades muy distintas, pero unidas por algo común: la aventura de escuchar. ¿No es eso lo que nos pasa cuando nos dejamos llevar por las páginas de un libro que nos atrapa? Algo similar ocurre cuando una “peli” nos mete dentro de una buena historia. Sin embargo, nada se compara con el tener la mirada fija en un rostro y saber que, incluso en el silencio, las almas se encuentran en la escucha.

“Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo” (Lc 9,35). En cierto modo, todo lo que dicen las Escrituras se puede resumir en este mandato.

Para la Biblia, dos verbos representan la cumbre de toda actividad humana: escuchar y recordar. Por el contrario, lo peor que le puede suceder a un ser humano es olvidar y tener los oídos cerrados. Eso es, en definitiva, la esencia de todo pecado: olvidar a Dios, desoír su voz.

La Cuaresma es una invitación a disponer cada fibra de nuestra persona para ese viaje que es la escucha de Dios. Él es, en sí mismo, Palabra audible que busca ser escuchada y respondida.

La experiencia de Kevin también es nuestra: de tanto en tanto, el ruido se vuelve caótico y nos embota la mente y el corazón. Nos hacemos incapaces de escuchar. Perdemos contacto con la realidad: la de Dios, la de los que nos rodean, la de quienes nos gritan pidiendo ayuda, la del mundo, la palabra de nuestros amigos.

Dios es Palabra y cada ser humano, creado a su imagen y semejanza, lo es también. Somos palabra. Jesús es la Palabra de Dios que se ha hecho audible en medio del ruido del mundo.

Para la experiencia cristiana, el encuentro con Jesús es -como tantos relatos evangélicos- liberación de nuestras sorderas. Su voz es capaz de imponerse al caos, nos libera de todas nuestras sorderas y nos hace capaces de volver a escuchar el canto de la creación.

¿Cómo reconocer su voz en medio de tantos gritos? Su Espíritu trabaja en eso. Más y mejor que el más hábil predicador. A nosotros nos toca una pequeñísima parte: intentar entrar en el silencio que nos dispone para la escucha. Sea en la oración, sea en el tender la mano a quien nos pide ayuda.

Eso es Cuaresma.

Cuidar y exponer el corazón


“El hombre bueno saca el bien del tesoro de bondad que tiene en su corazón. El malo saca el mal de su maldad, porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Lc 6,45).

Las palabras importan. Y mucho.

La libertad de expresión es uno de los valores más preciosos para la vida de una sociedad, de un pueblo. Y la más amplia libertad posible. Incluso con el riesgo de rozar zonas peligrosas.

Lo vemos, por ejemplo, en las redes. A medida que van extendiendo su presencia, hasta el punto de hacer que, de manera permanente, estemos “en red”, van apareciendo también “haters”, “trolls”, “acosadores”.

¿Qué hacer?

Este domingo, el fragmento del evangelio que escuchamos los cristianos nos da algunas pistas. Podríamos decir que nos confronta con el “método Jesús”. Es sencillo, directo y, sobre todo, humanísimo.

Para Jesús, no hay otro camino que cuidar el corazón. Porque es allí donde Dios ha sembrado su bondad, su misma libertad, su compasión. El corazón es donde el Espíritu muestra toda su maestría y su calidad de artista. Es su campo de trabajo. El Espíritu de Dios trabaja para que seamos buenos como Dios es bueno, compasivos y misericordiosos como lo es el Padre.  

La bondad es contagiosa. Estar cerca de un hombre o una mujer buenos, casi sin darnos cuenta, nos hace también un poquito más buenos a nosotros. Pensemos, si no, en las personas buenas que hemos conocido y que han llenado de luz nuestras vidas. Su solo recuerdo es capaz de encendernos e iluminarnos.

Vale aquí lo que también escuchamos de labios de Jesús este fin de semana: “No hay árbol bueno que dé frutos malos, ni árbol malo que dé frutos buenos: cada árbol se reconoce por su fruto” (Lc 6, 43-44). 

Vuelvo a la pregunta: ¿qué hacer ante tantas sombras de agresión que oscurecen nuestra vida?

Siguiendo el hilo del mensaje de Jesús me animo a decir cuatro cosas: 1) reconocer que también en el propio corazón anidan fuerzas agresivas; 2) exponer el propio corazón ante la mirada buena de Dios, en la oración, por ejemplo; 3) tener siempre a mano palabras buenas y amables para todos (“perdón, permiso, gracias”, como dice Francisco); y 4) pero, sobre todo, exponer el corazón haciéndonos cargo del dolor, el sufrimiento y la vulnerabilidad de los demás.

¡Buen domingo!

Un trato justo

“El Señor es bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia; no nos trata según nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas.” 

Esta es una estrofa del Salmo 102 con el que rezamos en la liturgia de este domingo.

Los salmos están compuestos para ser cantados, pero, en la oración personal, una forma muy provechosa es rezarlos, rumiando una frase o una palabra. Es como sacarle el jugo a esa palabra que viene del corazón de Dios. Un jugo que es, por cierto, inagotable.

Basta elegir la frase o palabra que más nos ha tocado por dentro, la que ha traído mayor consuelo o fervor a nuestro espíritu.

Este domingo, yo elijo esta frase: “El Señor… no nos trata según nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas”.

Días pasados, hice un posteo en Facebook preguntándome por qué suelen quedar vacíos los primeros bancos de nuestras iglesias durante la Misa. El intercambio que se dio fue muy bueno.

De todas las razones que se esgrimieron, una me ha quedado dando vueltas. Un par de personas señalaban que elegían quedarse atrás porque no se sentían de estar cerca del altar. Sea por la conciencia de la propia pobreza, sea por la santidad del misterio.

Es como para quedarse pensando y rumiando también estas cosas. Vale la pena.

Conozco bien ese sentimiento. Lo experimento varias veces: inadecuación, vergüenza, estupor. El padre Jean Lafrance (conocido autor espiritual) señalaba que el don de ciencia del Espíritu Santo precisamente nos hace comprender la infinita distancia que hay entre Dios y la creatura. Pero también que, a través del don de consejo, el Espíritu nos mueve a entregarnos sin reservas a ese Dios tres veces santo que es, por encima de todo, compasión y misericordia.

Vuelvo a rumiar el versículo del salmo: “El Señor es bondadoso y compasivo… no nos trata según nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas”.

Todo lo que Jesús dijo e hizo apunta a meternos dentro del corazón, grabándolo a fuego, esta verdad genuinamente evangélica, y a vivir en consecuencia.

Lo escucharemos de sus labios este domingo: “Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso” (Lc 6,36).

También para rumiar.

Domingo de las bienaventuranzas – Misa por Emiliano Sala

¿Podríamos llamar a este domingo: “el domingo de las bienaventuranzas”?

Creo que sí. La primera lectura de Jeremías y el salmo responsorial nos acercan algunas de las bienaventuranzas que son como un hilo rojo en la urdimbre de la historia de la salvación que narran las Escrituras de Israel.

El salmo que hemos rezado es el primero del Salterio -el libro de la Biblia que nos enseña a orar- y se abre con una bienaventuranza:

¡Feliz el hombre que no sigue el consejo de los malvados,
ni se detiene en el camino de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los impíos,
sino que se complace en la ley del Señor y la medita de día y de noche! 

Respondíamos así a Jeremías que exclamaba: “¡Bendito el hombre que confía en el Señor
y en él tiene puesta su confianza!” (Jer 17,7).

Las bienaventuranzas que salen de los labios y del corazón de Jesús abrevan en esta sustanciosa tradición bíblica. Jesús ha crecido escuchando, leyendo y rezando la Biblia.

Pero, marca una diferencia. Jesús siempre hace la diferencia.

Sea en la versión más espiritual de Mateo que en esta de Lucas, más concreta, directa e interpelante, Jesús hace un desplazamiento del acento: más que caracterizar la actitud de fondo del hombre piadoso, al ir repasando, una a una, diversas situaciones humanas (pobreza, sufrimiento, persecución, etc.), Jesús nos ayuda a comprender cómo ve Dios la realidad.

Las bienaventuranzas en labios de Jesús, pasando la mirada por la vida de los pobres y los que sufren, nos ayudan a comprender el corazón de Dios, sus sentimientos, de qué lado Él se pone siempre, cómo ve y cómo juzga la realidad que nos toca vivir.

Dios está siempre del lado más débil de la vida.

Por eso, no está conforme con el mundo que estamos construyendo los hombres.

El mundo tiene que cambiar. Tenemos que dar pasos para superar y dejar atrás toda situación de deshumanización, de llanto a causa de la injusticia o la corrupción.

No nos complacemos en la pobreza ni la romantizamos.

Este mundo tiene todo para que no haya un solo pueblo, una sola persona o familia indigente y pobre.

Dios quiere que los pobres salgan de la pobreza.

Dios está con el más débil y con todos los que suman sus fuerzas para luchar para que este mundo, tantas veces injusto y corrupto, sea casa común, hogar para todos, de manera particular para los más desfavorecidos.

En esa opción de nuestro Dios por la vida más herida, vulnerable y amenazada, sus hijos encontramos la fuerza que necesitamos para apostar también nosotros -siempre y especialmente en los momentos más duros- por la verdad, la belleza, la justicia y el bien.

*     *     *

Permítanme ahora, con todo respeto, poder decir:

Querido Emiliano, bienaventurado por tu vida, por tu recuerdo y por tu ejemplo.

Nos duele tu partida. Nos cuesta comprender tantos porqués que se multiplican en el corazón.

Nos quedamos en silencio delante de Dios, a sus manos te confiamos, como también el dolor de tus padres, hermanos, amigos y conocidos.

Escuchando a quienes te han conocido, aquí en “Proyecto Crecer”, en la escuela “Jesús de la misericordia”, antiguos compañeros, maestros y amigos; pero también escuchando el testimonio de quienes te han seguido en estos últimos años, nos ha sorprendido la unanimidad de sus miradas: hemos perdido a un tipazo, un chico bueno, respetuoso y que no se subió al pedestal. “Como lo conocimos acá, así siguió siendo también cuando lo alcanzó el éxito profesional”, ha comentado alguno de ustedes.

No podemos dejar de agradecer a tu familia -que hoy te llora- porque esa buena semilla la sembraron ellos.

En estos días, a través de las redes, he recibido algunos mensajes de personas de Nantes que, enterados de esta Misa por Emiliano, me han pedido que les transmita que están unidos a nuestra oración. Uno de ellos decía: “Los bretones tenemos el mismo corazón y fidelidad a los amigos”.

Personalmente me han conmovido las lágrimas del director técnico del Nantes: Vahid Halilhodžić.

Según hemos sabido, confió en vos cuando parecía que las expectativas depositadas sobre tu rendimiento no se iban a cumplir. Esa confianza de quien seguramente vio en vos lo que realmente eras y lo que llevabas dentro, seguramente te permitió arrancar y convertirte en goleador.

*     *     *

En este punto quisiera iluminar con el mensaje del Evangelio este momento que estamos viviendo: nos duele la partida de Emiliano, como nos duelen las muertes de demasiados niños y jóvenes, especialmente si violentas, absurdas o fruto de la corrupción humana.

Pero, no perdamos la confianza.

No nos dejemos ganar por el desaliento o la desilusión.

Dios está siempre con los que pierden.

Dios quiere que nuestro mundo cambie.

Y por eso nos envió a su Hijo, que entregó la vida.

Por eso, no deja de insuflar su Espíritu para que confiemos en Él y nos dejemos guiar por Él; para que no decaigamos en nuestra lucha por la vida, por sacarlos buenos a nuestros chicos, por apoyar y alentar sus sueños e ilusiones; por estar siempre con sus familias.

Queridos amigos de Crecer y del Jesús de la misericordia: estamos orgullosos del camino que transitan en nuestra comunidad sanfrancisqueña. Compartimos su dolor y queremos alentarlos a seguir caminando.

¡Bienaventurados ustedes que creen y confían en los jóvenes!

Los que consagran sus mejores energías para ayudarlos a desarrollarse como hombres y mujeres de bien, sea que triunfen como profesionales en el campo que sea, pero que, por encima de todo, lleguen al triunfo que más importa: el de la vida, aquel cuya corona y medallas es la propia humanidad lograda, la que nos permite decir: “Conocimos a un hombre bueno, noble y cabal; su paso por nuestras vidas nos ha ayudado a ser mejores personas”.

Amén.

Poder mirarnos

“La Voz de San Justo”, domingo 27 de enero de 2019

Está concluyendo en Panamá la Jornada Mundial de los Jóvenes. Desde hace algunos días, el Papa Francisco se ha sumado a miles de jóvenes de todo el mundo que se han dado cita en país centroamericano.

De todas las imágenes que nos han ido llegado, una foto en blanco y negro se ha destacado por encima de todas. Es aquella en la que unos chicos levantan la silla de ruedas de Lucas Herníquez, privándose ellos de ver al Papa, pero permitiendo que las miradas de Lucas y de Francisco se cruzaran por unos segundos.

Porque la foto capta precisamente ese momento. El fotógrafo Carlos Yap cuenta como llegó a ese momento, casi milagroso, después de que su máquina se trabara dos veces. Logró, finalmente, captar la sonrisa del Papa y su saludo a Lucas.

Este domingo, los cristianos leemos el relato de la predicación de Jesús en la sinagoga de Nazaret, su pueblo (cf. Lc 1, 1-4; 4, 14-21). Como de costumbre, alguien tiene que hacer la lectura. Esta vez, es el turno del mismo Jesús. El evangelista señala: “Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él” (Lc 4,20).

Tenemos necesidad de mirarnos a los ojos. De fijar la mirada en quien nos habla. Esta necesidad humana, para quienes tenemos fe, abre otra perspectiva: en los ojos de cada ser humano que se cruza por nuestra vida podemos reconocer el brillo de los ojos de Jesús.

Tal vez, algo así pasó entre Lucas y Francisco, allí en las calles de Panamá.

La alegría del amor


“La Voz de San Justo”, domingo 20 de enero de 2019








“Como un joven se casa con una virgen,
así te desposará el que te reconstruye;
y como la esposa es la alegría de su esposo,
así serás tú la alegría de tu Dios”. (Is 62,5).





Este domingo, los cristianos escuchamos el relato de las Bodas de Caná (Jn 2,1-11). Es el primero de los siete signos que encontramos en la primera parte del evangelio de San Juan. Cada uno de ellos nos muestra un aspecto de la persona de Jesús.  En esta ocasión, el símbolo de las bodas nos ayuda a comprender quién es realmente Jesús y cuál es el sentido de su misión. Lo podemos resumir en dos palabras: amor y alegría.





Pero ¿podemos seguir hablando hoy de bodas, amor y alegría? ¿No es la relación entre el varón y la mujer, más allá de la poesía romántica, una de las fuentes más arraigadas de opresión? ¿No tendríamos que romper este estereotipo rígido dejando paso a relaciones más fluidas? ¿Puede realmente el ser humano vincularse con otro de esta manera? ¿O, irremediablemente, debemos contentarnos con la soledad, tibiamente aliviada por los consuelos fugaces del “poliamor”?





Se formulan estas u otras preguntas similares. Y se buscan respuestas. Se piensa y se escribe mucho al respecto. Los seres humanos somos así: no podemos dejar de buscar respuestas a nuestros interrogantes.





Junto a las respuestas reflexivas (insustituibles, por cierto), la mayoría de las personas intentamos resolver estas cuestiones en nuestra vida concreta. Allí crecen nuestros vínculos, más allá incluso de nuestras posturas ideológicas. Es la verdad de la vida que asoma su rostro toda vez que el amor comienza a germinar en el corazón.





A esa experiencia apela el mensaje del Evangelio. Dios mismo -que es amor- ha puesto esa pasión en nuestros corazones. Si nos sumergimos en los evangelios y dejamos que la persona misma de Jesús nos hable e interpele, es posible que podamos encontrar respuestas que nos pongan en el camino correcto.





Por ejemplo, la vida y pasión de Jesús nos muestran que solo en la “reciprocidad” el ser humano encuentra mucho de lo que busca. Reciprocidad quiere decir: si busco amor, tengo que estar dispuesto a amar. Si quiero ser tratado con humanidad, ofrezco aquello mismo que pido para mí. En la misma medida y con la misma intensidad. No pretendo ser dominio de nadie, pero también renuncio a poseer a otro como si fuera una cosa que me pertenece y de la que dispongo a voluntad.





Claro, el evangelio añade un plus fundamental: en Jesús, Dios ha sanado y salvado la capacidad de amar de los hombres.
El encuentro con ese amor gratuito es la fuente de la alegría más grande.

Cielo abierto…

“La Voz de San Justo”, domingo 13 de enero de 2019


“¡Si rasgaras el cielo y descendieras…!” (Is 63,19).

“Y, mientras estaba orando, se abrió el cielo…” (Lc 3,21).

La fe bíblica nació entre nómades, caminantes que pasaban la mayor parte del tiempo deambulando por el desierto. Imaginamos sus noches, con el cielo estrellado por compañía y horizonte. También sus cantos, sus narraciones (algunas han pasado a nuestras Escrituras), sus penares e ilusiones.

Uno de ellos, Abrahám, recibió un día una promesa: si puedes contar las estrellas del cielo, así será tu descendencia. Y eso es la fe: vivir de esa promesa que abre el futuro. Y hace caminar. Y levanta de todas las caídas.

Dios es también un caminante. No está apoltronado en un lugar. El cielo estrellado es una bellísima metáfora para señalar su inmensidad, su misterio y la amplitud de su misericordia. Ese Dios inefable y caminante es amigo del hombre. Amigo que camina al lado. Se lo puede invocar y, sobre todo, contar con Él.

Hay momentos, sin embargo, en que la experiencia de Dios tiene otros tonos. Aparece lejano, ausente o sencillamente inexistente. El cielo, más que cifra de su infinitud, hace palpable la pequeñez sin sentido del ser humano, perdido en esa inmensidad.

De ahí nace la súplica que abre esta columna, y que hemos tomado del profeta Isaías: “¡Si rasgaras el cielo y descendieras, las montañas se disolverían delante de ti, como el fuego enciende un matorral, como el fuego hace hervir el agua!” (Is 63,19-64,1).

Este domingo termina el tiempo de Navidad. El evangelio, como al pasar, evoca la súplica del profeta: el cielo, finalmente, se ha rasgado. De él ha descendido el fuego que quema todo. No destruye. Enciende por dentro los corazones: es el Espíritu de Cristo, su amor apasionado, su misericordia.

Un dato para retener: Jesús ora y el cielo se abre. Hay tela para cortar aquí.

Tal vez sintamos la ausencia de Dios. Miremos el cielo y supliquemos con el profeta. Dios ya nos ha escuchado. Ha enviado a su Hijo. Caminemos con Él.

Noche de Reyes


“¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo” (Mt 2,2)

¿Qué te trajeron los Reyes? No puedo dejar de evocar la ansiedad que impedía dormir esa noche de espera. Y la magia de la mañana siguiente de regalos y sueños cumplidos, también de decepciones y algunas envidias. No sé por qué, pero, en mis recuerdos de niño, las mañanas de Reyes son siempre luminosas.

Estoy agradecido por aquellos años y cómo los Reyes estimularon la capacidad de expectativa que es innata al ser humano, que es casi la esencia de la niñez y que es la base sobre la que se asienta la esperanza cristiana.

El relato evangélico no habla de Reyes, sino de sabios de oriente, guiados por una estrella hasta el encuentro con un recién nacido, el asombro de sus padres al ver a esos extraños señores depositar regalos ante el Niño.

Sus regalos son presentes que homenajean al Niño y, en buena medida, son signo de una profunda gratitud: la estrella fue su guía que los llevó hacia la Luz que ilumina todo, Jesús, el Verbo de Dios humanizado. Son sabios en la misma medida en que son buscadores de la luz.

La gratitud comienza a despertar en sus corazones cuando descubren que la luz los ha encontrado a ello, que ese encuentro no es fruto de su esfuerzo, sino la gracia que ha puesto en marcha toda búsqueda de sus vidas. Y, de esa intensa mixtura de sentimientos, emociones y vivencias, nace el humanísimo gesto de la adoración.

La tradición de regalar a nuestros niños en Reyes evoca algo de esto. A pesar de todo, siguen viniendo niños al mundo, por eso, sigue siendo urgente buscar luz para disipar tanta tiniebla. Más por ellos que por nosotros.

Esa luz, para los cristianos, tiene un Rostro radiante: el del Resucitado. Y vive en cada chico que viene a este mundo. Y resplandece con mayor fuerza si mayor es también la fragilidad y vulnerabilidad.

Cada chico es una luz que merece ser agradecida.

Plegaria al Dios dormido

“La Voz de San Justo”, domingo 23 de diciembre de 2018


“Escucha, Pastor de Israel, tú que tienes el trono sobre los querubines, resplandece, despierta tu poder y ven a salvarnos” (Salmo 79,3).

En ocasiones, Dios parece dormir. Mientras tanto, sus creaturas viven pesadillas que les impiden conciliar un sueño reparador.

Nace así la plegaria, la súplica, la lamentación: ¿Por qué, Señor? ¿Hasta cuándo la prueba?

Jesús mismo rezó así. Los evangelios nos dicen que fueron sus últimas plegarias dirigidas a su Padre. En la cruz, lo invocará con el inicio del 21: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Por qué estás lejos de mi clamor y mis gemidos? Te invoco de día, y no respondes, de noche, y no encuentro descanso; y, sin embargo, tú eres el Santo, que reinas entre las alabanzas de Israel” (Salmo 21,2-4).

La única vez que Jesús llama “Dios” a su Padre. ¿Lo siente lejano? En todo caso, hace suya la experiencia de aquellos que, en medio de su sufrimiento, lo siente dormido o despreocupado de su suerte.

El salmo de este domingo, último de Adviento, tiene algo de esa invocación: plegaria urgente al Dios que parece dormir, al parecer despreocupado de la suerte de los suyos.

En la liturgia solo rezamos tres estrofas. Si lo leemos completo reconoceremos dos imágenes que surcan toda la Biblia: el Dios pastor y el Dios viñador. El orante, en medio del dolor, apela al Dios que nunca se desinteresa de su pueblo, sino que trabaja siempre a su favor, aunque, por momentos, no comprendamos su obrar.  

Claro que, tan a las puertas de la Navidad, esta súplica al Dios que parece dormir tiene otra referencia. El evangelio nos invita a contemplar al Emanuel (Dios con nosotros) que duerme el sueño tranquilo de los recién nacidos. Lo acuna su madre. Vela su sueño José, el varón justo.

Ese sueño no intimida, sino que enternece. Dios así entra en nuestra historia: humilde, pobre, sencillo y, sobre todo, manso y tranquilo.

Es el Pastor que, así, vela por su rebaño. Es el Viñador que sabe trabajar con paciencia la viña para obtener el mejor de los vinos.

Ese Dios Niño, Pastor y Viñador nos conquista el corazón. También si duerme y nos da la Paz.

¿Te animás a confiarle tu sueño y tus sueños?

Alegría con “a” de agua

“La Voz de San Justo”, domingo 16 de diciembre de 2018

“Ustedes sacarán agua con alegría de las fuentes de la salvación” (Is 12,3).

Un salmo que no está en el libro de los Salmos de la Biblia. No forma parte de esas ciento cincuenta plegarias que componen el Salterio. Sin embargo, comparte con ellas el estilo, la elevación espiritual y poética. No demos más vueltas: es un salmo.

Tomado del capítulo doce del profeta Isaías (cf. Is 12,2-6), con él rezamos este tercer domingo de Adviento, llamado “del Gozo y la Alegría”. Los textos bíblicos repiten, una y otra vez, la invitación a la alegría que brota de la experiencia de la salvación.

El salmo de Isaías usa la imagen con la que abrimos nuestra columna: la alegría de tener una fuente de agua para calmar la sed. Así se expresa lo que acontece en la vida cuando se hace experiencia de la presencia, la cercanía y la salvación de Dios.

Un cristiano que reza con este salmo de Israel no puede dejar de evocar una escena que leemos en el evangelista San Juan: “El último día, el más solemne de la fiesta, Jesús, poniéndose de pie, exclamó: «El que tenga sed, venga a mí; y beba el que cree en mí». Como dice la Escritura: ‘De su seno brotarán manantiales de agua viva’. Él se refería al Espíritu que debían recibir los que creyeran en él. Porque el Espíritu no había sido dado todavía, ya que Jesús aún no había sido glorificado” (Jn 7,37-39).

Cristo es la fuente de agua en la que abrevamos. ¿Lo es realmente? ¿O no acudimos a otros espejos de agua para calmar nuestra sed? ¿Espejos o espejismos?

El Adviento nos invita a redescubrir dónde está abrevando realmente nuestra vida. Y a acudir a la fuente que, como el mismo Jesús declara, no está fuera, sino dentro de nosotros mismos: el Espíritu.

Tal vez nos pueda ayudar el poema de San Juan de la Cruz, cuya memoria hemos celebrado este viernes, que lo expresa de manera insuperable: “Qué bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche… Aquesta viva fonte que deseo, en este pan de vida yo la veo, aunque es de noche”.

Sí. Es de noche, pero la fuente está ahí. Y su agua realmente sacia.