De dos en dos y libres, muy libres

de-dos-en-dos1“La Voz de San Justo”, domingo 15 de julio de 2018

La primera vez que leí la frase: “Una Iglesia libre en un Estado libre”, fue en una de las tantas entrevistas que le hicieran al entonces cardenal Joseph Ratzinger. Reflexionaba, si mal no recuerdo, sobre la presencia de la Iglesia en las modernas sociedades secularizadas y el principio de laicidad que regula los vínculos entre religión y política.

A mí me gusta hacerle un añadido personal: “una Iglesia libre, en un Estado libre, en una sociedad de hombres y mujeres libres”.

En el fragor del actual debate por la legalización del aborto, han vuelto a sonar voces que reclaman la separación de la Iglesia del Estado en Argentina. También las apelaciones al carácter laico del Estado y de cómo el Congreso no puede legislar en base a “creencias religiosas”.

Hay aquí mucha tela para cortar. Argentina, por ejemplo, no es un país confesional. No tiene una religión oficial, sino que promueve la libertad religiosa. La Constitución la reconoce como un bien público a tutelar. Estado e Iglesia son autónomos, aunque colaboran en varios frentes: educativo, social, cultural, etc. Aunque no todo es tan lineal: por diversas razones, los vínculos entre la Iglesia católica y el Estado son mucho más fluidos que con las otras religiones. En la medida en que crecen la secularización y el pluralismo religioso, se plantean aquí varios conflictos.

Soy de la opinión de que hay que seguir avanzando en la dirección del axioma arriba citado: “una Iglesia libre, en un Estado libre, en una sociedad de ciudadanos libres”. ¿Qué significa esto? No pretendo en estas breves líneas identificar los espacios que necesitan crecer en esa preciosa libertad. Quedará para otra ocasión. Inspirado por el evangelio de este domingo (cf. Mc 6,7-13), solo me gustaría señalar por dónde deberíamos transitar los católicos para vivir, a fondo y con responsabilidad, nuestra doble condición de miembros de la Iglesia y ciudadanos de nuestra república.

Jesús nos vuelve a invitar a asumir su propia forma de vida: profeta itinerante y siempre en camino; despojado de seguridades incómodas, con la única seguridad que realmente vale la pena: la que nace de saberse en las manos del Padre y cercano, sobre todo, a los más pobres y abandonados. Es una invitación a caminar, en fraternidad, con una creciente libertad que nos hace disponibles para entregar la vida en el servicio a todos.

Así como resulta incomprensible la historia de nuestro país sin el fecundo aporte del humanismo cristiano de la tradición católica, así tampoco podemos pensar que ese aporte sea algo estático y fijo. Supone una Iglesia también en camino, que busca, en cada tiempo, ser fiel al Evangelio.

Argentina necesita una Iglesia realmente libre, con una vigorosa presencia en el espacio público, sobre todo, a través de católicos que saben dar razón de su fe con claridad y exquisito respeto por los demás, especialmente si más alejados o distantes. Es decir, una Iglesia que, como lo muestra su bimilenaria tradición, es capaz de articular una palabra comprensible y amable; que edifica, también cuando pone en tela de juicio la mentalidad dominante. Por eso, una Iglesia de voz franca, nítida y directa, que echa mano de la palabra (escrita, dicha o gestual) para tender puentes y acercar corazones, no para ahondar grietas con oscuras estrategias. Una Iglesia que, mucho más en la variopinta sociedad plural, se muestra respetuosa de la libertad responsable de quienes intentan construir, cada día y con decisiones personales intransferibles, el mejor orden justo posible.

Una Iglesia, en fin, actualizada, que no tiene miedo de circular con el Evangelio por las redes, pero que tampoco teme ser calificada de anacrónica cuando dice verdades incómodas, particularmente urgentes, como ocurre hoy con el debate del aborto. El único “aggiornamento” genuino que conoce la Iglesia es el que la hace más fiel al Espíritu de Jesucristo y, por eso, más crítica con el espíritu del tiempo.

Sigo rumiando entonces eso de “una Iglesia libre, en un Estado libre, en una sociedad de hombres y mujeres libres”. Sí. Hay mucha tela para seguir cortando, pero, como dice el Evangelio: de dos en dos y con gran libertad interior.

 

Jesús no pudo

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“La Voz de San Justo”, domingo 8 de julio de 2018

“No pudo hacer allí ningún milagro…” (Mc 6,5).

Nunca me había detenido en esa frase del evangelio. Sobre todo, en ese inquietante: “no pudo”. No lo había pensado: hay cosas que Jesús no pudo hacer. Él también chocó con el límite humano. En este caso, uno muy concreto: la falta de confianza de sus propios paisanos.

Lo normal, en una predicación, suele ser cargar las tintas sobre estos incrédulos y su desconfianza. Me parece, sin embargo, mucho más interesante rumiar esta impotencia de Jesús. ¿Qué nos dice? ¿Qué nos revela de Dios y de nosotros mismos? Todo en Jesús – su persona, sus gestos y palabras – habla. Todo en él es revelación: del rostro genuino de Dios y de la verdadera vocación del hombre.

¿Qué nos dice entonces esta impotencia de Jesús ante la falta de fe de su pueblo? Cada uno puede sacar sus propias conclusiones. Yo comparto las mías. No son tampoco exhaustivas. Tal vez, ni siquiera, las más importantes. Pero, para eso escribo: para compartir lo que el Evangelio hace resonar en mí. Aquí va lo mío entonces.

Ante todo, creo que ese “no pudo hacer allí ningún milagro” nos habla de que Dios no tiene miedo de embarrarse con el límite humano. No teme entrar en lo vivo, complejo y oscuro de toda situación humana. Nos habla también de ese misterio que es la libertad que puede cerrarle la puerta a su Creador y Salvador. Misterio, a la vez, pavoroso y fascinante. Pienso que la impotencia de Jesús evangeliza nuestros propios límites, salvándonos de esa ilusoria y fatal pretensión de ser omnipotentes.

La historia – nos cuenta el evangelio – no acabó allí ni así. Algo pudo hacer: unos pocos milagros. ¿No era tanta la cerrazón como parecía? ¿O es que Jesús sabe, con su sabiduría divina, tocar el corazón humano y abrirlo al don de Dios? Me inclino por esta última alternativa, pues es la que comprende la fe. Esa impotencia de Jesús ha corrido el velo y nos ha permitido entrever la verdadera naturaleza de Dios y de su poder: amor que no teme abrazar la fragilidad humana y siempre – siempre – abre puertas.

“Jesús recorría las poblaciones de los alrededores, enseñando a la gente” (Mc 6,6). Jesús, entonces, siguió su camino. Esa dura experiencia no lo derribó ni lo hizo quedarse rumiando el fracaso. Es más: Jesús radicalizó su entrega, abrazó con más fuerza su misión. Llegó a la impotencia extrema de la cruz y, bebiendo ese amargo cáliz hasta el final, dejó abierta la puerta para que irrumpiera la vida y la alegría.

El camino de Juan

“La Voz de San Justo”, domingo 24 de junio de 2018

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“Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan; vino como testigo para dar testimonio de la luz, y preparar al Señor un pueblo bien dispuesto”.

Este domingo, los católicos estamos celebrando el nacimiento de Juan Bautista. Abre esta columna el texto de la antífona de entrada de la Misa de esta fiesta, que combina dos textos evangélicos: Jn 1, 6-7 y Lc 1, 17.

Creo que ya he comentado que prefiero el título de “precursor” al de “bautista” para referirme a Juan. Y esto, por varias razones, tal vez más de índole personal.

Cuando, hace diez años, me preparaba para la ordenación episcopal, tomé los relatos evangélicos que hablan de Juan para unos días de retiro espiritual. Tengo incluso en mi habitación un pequeño icono que lo representa junto a uno de María y otro de Cristo. De tanto en tanto lo miro y le pido la gracia de que siga acompañando mi vida de seguimiento de Jesús como pastor. También yo tengo que andar mucho, preparando caminos, antes que en lugares geográficos, en los corazones.

Pienso que, no solo un obispo o un sacerdote, sino toda la Iglesia, a la hora de cumplir nuestra misión evangelizadora, nos parecemos mucho a Juan. O, al menos, deberíamos seguir sus pasos de “precursor” de Jesús.

Interrogado una vez por sus discípulos acerca de su misión en relación con la de un Jesús que comenzaba a opacarlo, Juan respondía: “Nadie puede atribuirse nada que no haya recibido del cielo. Ustedes mismos son testigos de que he dicho: «Yo no soy el Mesías, pero he sido enviado delante de él». En las bodas, el que se casa es el esposo; pero el amigo del esposo, que está allí y lo escucha, se llena de alegría al oír su voz. Por eso mi gozo es ahora perfecto. Es necesario que él crezca y que yo disminuya” (Jn 3,27-30).

Una sabia mezcla de humildad, verdad y valentía. Hay que aprender a decir, no solo con elocuencia y convicción, sino, sobre todo, con el respaldo de una vida que realmente se ha dejado llevar por ese camino: “Yo no soy el Mesías… Sólo soy un enviado que va delante”.

¿Cuántos mesianismos tóxicos, también dentro de la Iglesia? ¿Cuántas propuestas salvadoras que, en definitiva, no son sino solo proyecciones de nuestros deseos de omnipotencia? ¿Cuánto miedo a la real libertad de las personas? ¿Cuánta desconfianza en lo que Dios hace, humilde y silencioso, en la historia y en la creación que, en definitiva, han salido de sus manos creadoras?

Sí. La Iglesia, y en ella especialmente quienes somos sus pastores, hemos de aprender, una y otra vez, el camino de Juan, el Precursor. Camino hecho de humildad y verdad, de arrojo y testimonio. Camino que es realmente tal, es decir: se hace caminando, transitándolo en toda su extensión y con todos sus recovecos, a veces apacibles y luminosos, otros, más bien oscuros e intimidantes: “Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal, porque tú estás conmigo, tu vara y tu bastón me infunden confianza” (Salmo 23,4).

De labios de Jesús, el evangelio nos reporta el mejor elogio que Juan ha recibido: “Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y, sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él” (Mt 11,11).

Para nosotros estas palabras son una promesa y un aliciente para seguir caminando la fe.

El Reino crece solito

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“La Voz de San Justo”, domingo 17 de junio de 2018

En varios ambientes eclesiales se ha puesto de moda hablar de la “construcción del Reino de Dios”, dando por sentado que somos nosotros los genios constructores que llevan adelante la obra.

La expresión no me gusta. Es más, me despierta un instintivo rechazo. Pienso que es profundamente errada. Puede incluso transformarse en una verdadera herejía; aún más, en una genuina blasfemia.

Las dos parábolas de Jesús que escuchamos este domingo van en otra dirección (Mc 4, 26-34). Nos ayudan así a poner nuestras pretensiones arquitectónicas en su sitio. Toda vez que, en la Iglesia, hemos pretendido edificar el Reino de Dios, lo hemos terminado identificando con nuestras propias construcciones, sacralizándolas y generando ese autoritarismo clerical, a veces sutil, otras desvergonzado y grosero, pero siempre estrecho y asfixiante. Sus consecuencias resultan siempre nefastas.

De tanto en tanto, el Espíritu nos manda un Pablo, un Agustín, un Francisco o una Teresita de Lisieux que nos recuerdan: ¡muchachos, paren la mano! No se olviden que todo es gracia, y que la Gracia (otro bello nombre del Espíritu Santo) está antes, durante y en el coronamiento de todo lo que hacemos.

La parábola de la semilla echada en el campo nos habla del misterio del crecimiento. La vida crece solita. Dios actúa en silencio, discretamente y con mucho humor. No es extraño que nos desconcierte y sorprenda, descolocándonos. Se toma su tiempo, pero hace las cosas como nadie. La del grano de mostaza subraya la desproporción entre lo que sembramos y el fruto que recogemos. ¿No lo has experimentado ya en tu vida de discípulo? Mirá bien las cosas: te vas a dar cuenta de cómo, lo poquito que pusiste, pero con desinterés y generosidad, Dios lo ha transformado en un árbol frondoso.

Es saludable aprender a no enamorarse de las propias producciones. Es el aprendizaje de la libertad que siempre va de la mano de la humildad y, en ocasiones, también de las humillaciones. Nunca acabado del todo, se trata de un aprendizaje especialmente complicado cuando la misma vida nos pone al frente, nos exige definiciones y acciones. Pero esa es la aventura de servir al Reino de Dios. Además, tenemos una yapa que todo lo descoloca: Jesús, el primer servidor del Reino. Y ahí están los evangelios que nos dicen cómo lo hizo y cómo tenemos que hacerlo nosotros. Y, si por caso no supiéramos leer (o comprender, que es lo más común), ahí está su Espíritu que viene en ayuda de nuestra torpeza y debilidad: nos inspira y sugiere, ilumina la mente y fortalece la voluntad, y, si somos dóciles a sus mociones, nos regala un consuelo inigualable.

Entonces: amigo, dejá crecer solito al Reino de Dios. Vos dedicate a sembrar y, como Jesús, a sentarte a la mesa de los más frágiles, con el corazón alegre y generoso. El Padre hace el resto (con ellos y con vos, que también sos uno de ellos).

¿Adentro o afuera?

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“La multitud estaba sentada alrededor de Jesús, y le dijeron: «Tu madre y tus hermanos te buscan ahí fuera»” (Mc 3,32).

Unos adentro, otros afuera. Estos – sus familiares – lo consideran “extraviado”. Aquellos, lo escuchan como a un profeta. Sin embargo, hay que tener cuidado con creer que ya está todo dicho. Sus familiares lo quieren, aunque no terminan de entenderlo bien. Los que ahora lo escuchan con interés, pronto lo abandonarán a su suerte o incluso serán de sus más crudos detractores. Sus mismos discípulos lo dejarán solo. Entre unos y otros están sus enemigos declarados, a los que, este domingo, escuchamos escracharlo, señalándolo como jefe de los demonios.

Con Jesús suele pasar así: no deja mucho espacio para el reposo y la tranquilidad. Jesús siempre inquieta. Seguirlo es animarse a una aventura en la que, tarde o temprano, se entra en zona de riesgo. Es más, solo cuando esto acontece uno puede decir que está comenzando verdaderamente a ser su discípulo. Se lo dirá con brutal franqueza a sus seguidores y a la multitud: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará” (Mc 8,34-35).

Las etiquetas no son buenas. Solo sirven para la polémica. Pero, si uno busca realmente la verdad de la vida, es mejor dejar de lado toda forma de rigidez y abrirse a la acción siempre sorprendente del Espíritu. ¿Hacia dónde nos llevará? Cada uno de nosotros lo tiene que experimentar cada día. Una cosa sí es segura: el Espíritu trabaja en cada ser humano – esté cerca o lejos, adentro o afuera – para llevar a cabo el sueño de Dios para la humanidad. Para conocerlo, basta abrir los evangelios y dejarse conquistar por la persona de Jesús. En Él aparece con nitidez lo que Dios sueña para todos.

Y te doy otra ayuda: María. nadie como ella ha hecho este camino. También ella, en algún momento, no terminó de comprender bien a Jesús y sus opciones. ¿Te acordás la escena de Jesús perdido en el templo? Su reacción no fue cerrarse o evadirse: fue a fondo con lo que vivía, para comprender en su corazón, por dónde iba el proyecto de Dios. Por eso, le caben tan bien las palabras con las que Jesús concluye el evangelio de este domingo: “«¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?». Y dirigiendo su mirada sobre los que estaban sentados alrededor de él, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre»” (Mc 3,33-35). De eso se trata.

Viento, fuego y vida

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La Iglesia invoca al Espíritu Santo como “Señor y vivificador”. Es Dios que nos santifica y nos da vida. Nos vivifica haciéndonos santos.

Santidad, en el lenguaje cristiano, quiere decir, en primer lugar: unión y configuración con Cristo; pero también que esa amistad con Cristo se expresa con una vida entregada, a semejanza de la suya. El Espíritu hace posible aquel inalcanzable “ámense como Yo los he amado”.

Los santos – Brochero o Madre Teresa, por ejemplo – son hombres o mujeres que, en las circunstancias concretas de su tiempo, se dejaron colmar por el Espíritu. A través de ellos, el amor de Cristo ha tocado y transformado el mundo. Los santos vivieron a fondo, dejaron huella.

Este domingo, los cristianos estamos celebrando la fiesta de Pentecostés. Con el don del Espíritu, la Pascua alcanza su culmen. Cristo murió y resucitó para santificar el mundo con su Espíritu. Podríamos decir también: para llenar el mundo de santos y santas.

El relato de Pentecostés en los Hechos de los Apóstoles (Hch 2,1-11) nos habla del Espíritu y su obra en el mundo con tres imágenes: el viento, el fuego y las lenguas.

El Espíritu es como el viento. Es decir: es fuerza, energía, vitalidad siempre en movimiento. Es también respiración, aliento, hálito de vida.

El Espíritu es como el fuego, pues la vitalidad que nos da es la misma de Dios: el amor apasionado que es entrega, que nos hace salir de nosotros mismos, nos pone en búsqueda del bien del otro y nos hace experimentar el gozo en el servicio.

El Espíritu es el que permite que hombres y mujeres que hablan diversas lenguas puedan entenderse: abre las mentes, acerca a las personas y rompe las barreras que impiden la cercanía. Si es el caso, hace madurar el perdón y dispone los corazones para la reconciliación. Respeta la diversidad, armonizando las diferencias en la unidad y la comunión.

Cristo resucitado sigue comunicando al mundo su Espíritu, su aliento de vida, para colmarlo con la santidad del Dios amor, uno y trino. Lo repito: Dios quiere colmar el mundo de santos y santas, que hacen presente la potencia transformadora de la santidad de Cristo. Con los santos Dios transforma el mundo.

Semanas atrás, el Papa Francisco nos ha ofrecido un precioso texto sobre el llamado a la santidad en el mundo de hoy. Ha repasado, una a una las bienaventuranzas de Jesús, calificándolas “como el carnet de identidad del cristiano” (GeE 63). Ha señalado también el gran texto evangélico de Mateo 25 (“…tuve hambre y me dieron de comer, etc”), como referencia fundamental de la santidad cristiana. “No podemos plantearnos – ha dicho – un ideal de santidad que ignore la injusticia de este mundo, donde unos festejan, gastan alegremente y reducen su vida a las novedades del consumo, al mismo tiempo que otros solo miran desde afuera mientras su vida pasa y se acaba miserablemente” (GeE 101).

La santidad cristiana siempre tendrá el rostro de la misericordia y de la lucha por la justicia. Esa es la obra del Espíritu que nos ha sido dado en Pentecostés.

 

 

 

 

 

 

Ascensión

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“La Voz de San Justo”, domingo 13 de mayo de 2018

“Vayan por todo el mundo, anuncien el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará” (Mc 16,16).

Va llegando a su fin el tiempo pascual. Apenas una semana hasta Pentecostés. Este domingo celebramos la ascensión de Cristo. No festejamos que se haya ido, como si hubiera sido un visitante incómodo. Celebramos su triunfo y su nueva forma de presencia en el mundo. Ahora sigue acompañando el caminar de sus discípulos y de su Iglesia por la historia: “Ellos fueron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba su palabra con los milagros que la acompañaban” (Mc 16,20).

Jesús había acertado mostrando el rostro genuino de Dios. La resurrección es el sí de Dios Padre a ese acierto. Ahora, toda la creación debe recibir este “evangelio”: Dios es Padre, está siempre dispuesto a perdonar, ama con amor entrañable, especialmente a los más frágiles, y solo sabe dar vida. Hay que caminar la historia llevando este anuncio de salvación. Comunicar esa buena y alegre noticia es la misión fundamental de la Iglesia. Podríamos añadir, parafraseando a Francisco de Asís y a Carlos de Foucauld: gritar el Evangelio con la vida y, si es necesario, también con las palabras.

El que haga espacio en su vida a esta palabra buena, encontrará la salvación. Es decir, también él acertará con la verdad de la vida, alcanzando la meta a la que aspira el corazón humano y que, en tantas ocasiones, parece alejarse a causa de la fragilidad o la malicia humanas. Y esa meta no es otra que la comunión con Dios que libera del egoísmo y nos abre a los demás. Comienza realmente en esta vida mortal y atraviesa el umbral de la muerte, abriéndose a la vida eterna.

Creer es mucho más que tener por ciertas algunas ideas. Es decir “amén” a Dios que nos tiende la mano. Bautizarse es mucho más que cumplir un rito. Es dejarse transformar por el don de su Espíritu que hace nuevas todas las cosas. Salvarse es mucho más que encontrar un lugarcito para vivir bien y a salvo de toda inquietud. Todo lo contrario. Es dejarse alcanzar por la mirada de Jesús que ilumina nuestra vida y, como el fuego purifica la plata, nos va librando, paso a paso, del peso del egoísmo.

Está salvado – según Jesús – el que pierde su vida, como él entregó la suya. Así, nos humaniza y nos lleva más allá de nuestros límites: nos hace participar de su misma vida divina. Es más: Jesús mismo es la Salvación, porque es Dios que se ha hecho uno de nosotros para colmar la infinita distancia entre el Creador y la creatura. Solo Dios puede salvar al hombre. Arrojarse a ese abismo de vida es la aventura a la que nos desafía el creer en el Evangelio.

Y esa salvación comienza a vivirse ya ahora, y tiene la forma del amor que adora de rodillas y se inclina para lavar los pies a los demás, a ejemplo de Jesús que busca al Padre en el silencio de la noche y que se ha hecho servidor de sus hermanos. Comienza ahora y se plenifica en la felicidad eterna del cielo, cuando el mismo Jesús nos siente a la mesa para compartir el banquete del Reino.

Echar leña al fuego

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“Yo los llamo amigos” (Jn 15,15)

“La Voz de San Justo”, domingo 6 de mayo de 2018

Una de las “obligaciones” del obispo es la de las visitas pastorales. Se trata de una presencia más prolongada del pastor en una comunidad parroquial u otros espacios pastorales. Su finalidad es animar la vida de fe y la pasión misionera de los cristianos.

Cuando se publique esta columna, por ejemplo, voy a estar terminando la visita pastoral a la parroquia “San Antonio de Padua” de Santiago Temple. Está a cargo de un sacerdote joven que atiende también la vecina parroquia de Tránsito.

El diálogo mano a mano con el Consejo parroquial de pastoral suele ser un momento clave y muy intenso de la visita: el obispo, el cura, los agentes de pastoral y toda la comunidad nos ponemos bajo la Palabra, para escuchar al verdadero Señor de la Iglesia, Cristo. Tratamos de escuchar su Voz en las voces de sus discípulos, pero también de los más alejados, de los pobres, de los que sufren, e incluso de los que desesperan en la vida.

Los textos bíblicos que se leen en la liturgia de los días de la visita, especialmente el domingo, iluminan las vivencias que compartimos y nos permiten experimentar que la Palabra llega a nosotros con la potencia del Espíritu.

Uno de los temas que suele salir en estos diálogos es la situación de quienes solicitan algún sacramento y asisten a la catequesis. ¿Lo hacen por convicción o por tradición? Cuesta que vengan a Misa y, una vez que se celebra el sacramento, no aparecen más. El anuncio ¿ha calado hondo? ¿Ha tenido lugar un verdadero crecimiento en la fe?

Es un desafío formidable. Pero también, una magnífica oportunidad que nos ofrece la Providencia en este tiempo: volver a lo esencial del Evangelio.

¿Y de que se trata lo esencial? Precisamente de lo que nos hablan las lecturas de este sexto Domingo de Pascua: Dios nos amó primero y nos tendió la mano, enviándonos a su Hijo. Que, para Jesús, no somos siervos sino amigos. Y que ese amor de amistad que viene del corazón de Dios es el suelo firme sobre el que edificar nuestra vida. O, dicho en una sola palabra: Jesús. Él es lo esencial.

Si no hay encuentro con Jesús vivo, de nada vale insistir en participar en la Misa. Anunciar a Jesucristo, colaborando con el Espíritu que despierta la fe en los corazones, es el principal desafío de una Iglesia “en salida”.

En estos encuentros, cuando la consideración de las dificultades de la evangelización se pone más espesa, me gusta hacer algunas preguntas que nos obligan a mirar las cosas desde otro ángulo: “Y nosotros, ¿por qué estamos aquí? ¿Por qué hacemos lo que hacemos en la parroquia? ¿Qué nos mueve en la vida cristiana? Y, en definitiva, ¿quién es realmente Jesús para mí?”.

Se trata de que cada uno vuelva sobre su propia experiencia del amor primero de Dios, y logre expresarlo en palabras. El tono de la conversación suele cambiar. Los corazones se sienten tocados y, así, se logra una sintonía que nos permite contar la propia experiencia de Dios, de encuentro con Jesús, pero también la ardua lucha por vivir la fe en nuestro mundo de hoy.

En realidad, la misión no depende tanto de extravagantes métodos de comunicación, sino precisamente de ese transmitir, cara a cara, corazón a corazón, lo que Dios va obrando en nosotros.

Si eso ocurre, yo, como obispo, me quedo satisfecho. He logrado “echar leña al fuego” de esa hoguera siempre ardiendo que es la vida cristiana.

En definitiva, es lo que me ha pasado a mí como discípulo: he conocido el amor de Dios en el rostro de Jesucristo.

 

La poda, el fuego y las empanadas

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“La Voz de San Justo”, domingo 29 de abril de 2018

“Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Él corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía” (Jn 15,1-2).

Hoy vivo en el este de Córdoba, pero nací en el este de Mendoza. Una zona típicamente viñatera, no solo por los grandes viñedos sino también por la vida cotidiana: en cada casa un parralito, y en todo patio un horno de barro.

El evangelio de este domingo me ha evocado algunos recuerdos de aquella infancia. Veo todavía a mi difunto papá, caldeando el horno con los sarmientos que se juntaban después de la poda y lo intenso del fuego alimentado con ellos. Y, ¿cómo no?, el sabor de las empanadas caseras.

Leo y releo el texto del evangelio, y con ayuda de estos recuerdos personales, van creciendo en mí dos ideas, dos llamadas, dos invitaciones.

Ante todo, la idea de que la poda nunca es mala. La vid necesita los cortes precisos de la poda para dar fruto en el momento justo. Como los necesita la vida, tanto o más que la vid. Poda que nos deja con cicatrices, pero también más libres y abiertos. Un poco magullados, pero no vacíos.

La educación de nuestros chicos, por ejemplo, ¿no tiene mucho de poda? ¿No pagamos caro el no haber sabido decir un buen “no” en el momento oportuno, ayudando a posponer la gratificación inmediata y abriendo la puerta a los logros que realmente enriquecen la vida?

Nosotros, que vivimos tan ensimismados en el agujero negro de nuestros deseos insatisfechos, necesitamos ser arrancados de esa prisión. Esa poda, normalmente, se da cuando nos dejamos tocar por la vida de los otros; cuando los dejamos que nos desposean y, así, nos hagan verdaderamente libres. La mejor poda es la del amor que sabe tanto cortar como dejar liberado el flujo de la vida.

Pero también la imagen de los sarmientos agarrando calor y dando un fuego que caldea fuerte el horno, evoca la vida. Ya sé que Jesús, en su mensaje, hablando de los sarmientos infecundos que son quemados, nos pone en guardia: ¡cuidado con contagiarnos esa sequedad que no sirve para nada! ¡Estamos llamados a ser fecundos!

Pero, a mí me sale pensar que, incluso de los sarmientos secos, Dios puede arrancar el fuego del amor que purifica y da vida. De la poda, de los sarmientos secos y del horno caldeado salen ese prodigio que son las empanadas caseras.

En realidad, el evangelio de este domingo apunta a esta afirmación neurálgica de Jesús: “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer” (Jn 15,5).

Es el encuentro con Jesús, su Pascua y su Evangelio lo que nos arranca de todas nuestras prisiones. Claro que no hay que ocultar que ese encuentro es verdaderamente una poda. No nos deja iguales. Suele sacudirnos hasta el fondo. Nos obliga a replantearnos todo, especialmente cómo estamos orientando nuestra vida. Es más: la hondura de la crisis a la que nos lleva Jesús es la mejor prueba de que ese encuentro ha sido verdadero. Ha sido la crisis que nos ha abierto la puerta de la salvación.

Jesús convence, decíamos domingos atrás. Hoy añadimos: convence y salva.