Tiempo cumplido

“La Voz de San Justo”, domingo 24 de enero de 2021

“El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia” (Mc 1, 15).

El evangelista Marcos resume en esta frase toda la predicación de Jesús, lo que lo mueve y sostiene: el Padre está viniendo a hacerse cargo de su creación, de la vida y la suerte de los pobres, a sanar a los enfermos y a perdonar a los pecadores. Es el reinado de la misericordia que salva.

La conversión a la que invita no es un cambio cualquiera de vida: es abrirse de corazón a Dios para dejarlo tomar posesión de nuestra vida, de nuestra libertad y de nuestro corazón. Hay que dar fe a esta Buen Noticia, aceptándola como un anuncio que cambia la vida.

Por eso, Jesús predica y llama a su seguimiento. Recibir el Reino de Dios que se acerca es hacerse su discípulo y caminar detrás de él por el camino que él mismo va abriendo; compartiendo con él todo, hasta la entrega de la propia vida, como hará Jesús en Jerusalén.

“Señor Jesús, ¡qué bien nos hace escuchar de tus labios el anuncio del Reino, la invitación a la conversión y a la fe! Nos llamas a compartir contigo la misión de llevar esa esperanza al corazón del mundo. Como hiciste aquel día, junto al mar de Galilea, pasa también a nuestro lado, cuando cae la tarde, y renueva tu “Sígueme”. También nosotros, como Simón y Andrés, Santiago y Juan, lo dejaremos todo y te seguiremos. Por eso, Señor: ¡Llámanos! Amén.”

Este es el Cordero de Dios

“La Voz de San Justo”, domingo 17 de enero de 2021

“Al día siguiente, estaba Juan otra vez allí con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: «Este es el Cordero de Dios». Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús.” (Jn 1, 35-37). 

Así comienza el evangelio de este domingo. Así también comenzamos a caminar este nuevo año: con la Iiturgia de la Iglesia que, como Juan Bautista, nos señala a Cristo para que lo sigamos. 

Él es, al decir del Precursor, el “Cordero de Dios”. Así lo invocamos en cada Eucaristía, cuando el sacerdote, repitiendo un gesto del mismo Señor en la última cena, parte el pan para repartirlo en la comunión. Es la letanía: “Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo: ¡ten piedad de nosotros!… ¡Danos paz!”. 

En el Apocalipsis se retomará esta imagen, contemplando a los primeros mártires de la Iglesia: “Porque el Cordero que está en medio del trono será su Pastor y los conducirá hacia los manantiales de agua viva” (Ap 7, 17). 

Nos conduce un Pastor que es, a la vez, el Cordero manso e inocente, el que ha dado la vida por nosotros, el único que vence el pecado y nos da la paz. Nosotros somos sus discípulos, siguiendo sus huellas y caminando como Él lo ha hecho. 

Miremos el año 2021 que se abre a nosotros delante de nuestros pasos. No sabemos bien qué nos espera en el camino. Tenemos una sola seguridad: Jesús, Buen Pastor y Manso Cordero, nos va abriendo el camino. Es más, Él camina con nosotros y en nosotros, por su Espíritu. No hay lugar para el desaliento. Menos aún para la desesperanza. “Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal, porque tú estás conmigo” (Salmo 23, 4). 

Jesús, Buen Pastor y Manso Cordero: somos tus discípulos, vamos tras tus huellas. Sabemos que Tú vienes con nosotros, por eso, no tememos. Y, aunque el miedo nos aceche, volvemos la mirada a tu rostro, escuchamos la voz de tus testigos que, como Juan, nos invitan a seguirte, y nuestro corazón inquieto encuentra la paz. Escucha, Señor, nuestra súplica. No te importune nuestra insistencia: ¡Ven a caminar con nosotros! Amén. 

El Inocente en la fila de los pecadores

“La Voz de San Justo”, domingo 10 de enero de 2021

“En aquellos días, Jesús llegó desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán.” (Mc 1, 9).

Con estas palabras, el evangelista San Marcos introduce al personaje central de su Evangelio: Jesús, el Mesías, el Hijo de Dios. Él, en persona, es la Buena Noticia de Dios que comenzará a resonar en la Galilea, después de su bautismo. Jesús se pone en la fila de los que esperan el bautismo de Juan. Él, que es el Inocente, se hace uno con los pecadores.

Una más, sin embargo, único, como lo hará saber la voz del cielo, la voz del Padre: “Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección” (Mc 1, 11).

Detengámonos aquí para contemplar este misterio que nos refiere el relato sencillo pero profundo de San Marcos: Jesús busca estar entre los pecadores, haciéndose solidario con ellos, se involucra e inmiscuye con toda la fragilidad y pobreza humanas. No tiene falsos temores ni pretensiones de pureza para mantenerse alejado. Lo veremos, paso a paso, en todo el relato de Marcos: Jesús asumirá la figura del Mesías humilde y, al llegar a Jerusalén, humillado hasta la muerte. Jesús va en búsqueda de los pobres, de los pecadores, de los desheredados.

Pero, justamente en medio de ellos, Jesús está en la más profunda comunión con su Padre, y el Padre está con Él y, por medio de Él, también en medio de la humanidad herida. Esta es la Buena Noticia que Jesús trae al mundo: trae a Dios como Padre, lleno de misericordia y ternura.

Señor Jesús, así nos gusta verte: en medio de nosotros, tus hermanos y hermanas, entre los pobres y enfermos, uno más y, sin embargo, único. Tú eres el Señor de la Vida, el Santo e Inocente que, sumergiéndote en toda la oscuridad de nuestra historia humana, llevas al corazón del mundo la fuerza creadora y sanadora del Padre. Tus hermanos y hermanas pecadores te recibimos con alegría y te pedimos: ¡Señor, ten compasión de nosotros! Amén.

Un chico está creciendo en Nazaret

“La Voz de San Justo”, domingo 27 de diciembre de 2020

“Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él.” (Lc 2, 39-40).

Ningún cronista serio de la época hubiera prestado atención a lo que pasaba con esta familia atípica de la Palestina del siglo I. De hecho, así ocurrió: nadie, salvo algunos tan insignificantes como ellos. Los ojos del poder estaban posados en otros personajes, realmente más importantes y deslumbrantes. La agenda era otra.

Solo el paso del tiempo ha ayudado a calibrar lo que significa el crecimiento de este chico judío, las dimensiones de esa sabiduría que lo colma y el alcance real de ese favor (“gracia”) de Dios que estaba con él.

Vale para esta ocasión lo que decimos de tanto en tanto: “las apariencias engañan”.

Es bueno tomar nota de ello, porque solemos vivir de apariencias. Corremos el riesgo de fundar sobre ellas nuestras decisiones. Al respecto, este niño dirá más tarde: una casa edificada sobre arena no resiste los embates de la vida, se derrumba y su ruina llega a ser muy grande (cf. Mt 7, 26-27).

Este domingo, con este texto evangélico, la liturgia católica evoca a la sagrada Familia de Jesús, María y José. El clima de Navidad nos lleva derechito a ese hogar de Nazaret.

Uno de los grandes aprendizajes que parece que estamos haciendo en esta pandemia es el valor de esos vínculos que son realmente esenciales. Sin pretensión metafísica, hemos calificado de “esenciales” a aquellas cosas que hacen que la vida se abra paso en medio de límites y restricciones. Y una de ellas -y no entre las últimas- es la familia, el hogar, nuestra casa.

Un niño nace pobre en Belén. Apenas nacido, sus padres tienen que huir con él, pues el poder amenaza su existencia. Pasado el peligro, su familia se instala en Nazaret y, allí, crece como uno más. Al parecer, la insignificante historia de un chico más de todos los que vienen al mundo.

Realmente la apariencia engaña: ese Niño es el Emanuel, el Dios humanizado que rescatará a los hombres de la muerte. Es esperanza, vida y salvación. Es, sin más, lo real.

Este domingo, celebrando a la Sagrada Familia, los católicos argentinos vamos a confiarle a Jesús, María y José la “causa de la vida”. En medio de una pandemia que ha roto tantas cosas, hemos visto avanzar la incomprensible e insensata iniciativa del presidente Fernández de hacer aprobar la legalización del aborto. De su lado, todo el poder de la corrección política.

A propósito, es bueno preguntarse: ¿cuánto de apariencia hay en todo esto? ¿Por dónde camina la Argentina real y por dónde la que se deja seducir por la apariencia? ¿Por dónde crece lo realmente decisivo del futuro de Argentina?

Yo no lo dudo, por eso, digo: “Que no sea ley”.

Navidad y la ventanita de Tabaré Vázquez

“La Voz de San Justo”, domingo 20 de diciembre de 2020

“María dijo al Ángel: «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?». El Ángel le respondió: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. […] María dijo entonces: «Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho». Y el Ángel se alejó.” (Lc 1, 34-38).

“A veces creo que hay Dios, a veces creo que no hay Dios. Que somos una ventanita que se abre a la vida y salimos al escenario. Pero muchas veces quiero, desearía, que hubiera un Dios. Pero hasta ahí puedo llegar”.

Son palabras del expresidente de Uruguay, Tabaré Vázquez, poco antes de morir. Como hombre de fe, se las agradezco sinceramente. Me ha hecho mucho bien leerlas y rumiarlas. He vuelto a pensar en ellas leyendo el evangelio de este último domingo de Adviento: la anunciación a María (cf. Lc 1, 26-38).

Entre creyentes y no creyentes hay, no obstante todo, puntos de contacto. Al menos, uno. En palabras del joven Ratzinger: aquel “quizás sea cierto” que, para unos, es nostalgia de una presencia (como para Tabaré); y, para otros (como para quien esto escribe), sospecha de un abismo que atrae y da vértigo.

La Navidad que tenemos por delante nos ofrece, una vez más, la experiencia cristiana en su más pura expresión: la nostalgia no queda defraudada y el deseo, sin extinguirse, siente que la plenitud es don gratuito y salvador.

Pero también, la experiencia del abismo se hace más intensa. El Niño que, según el relato evangélico, María concibe cuando la alcanza la sombra protectora del Espíritu, es precisamente el que ha dado el paso más atrevido: Dios se ha abajado, se ha hecho hombre, asumiendo la figura de un servidor.

Dios: uno de nosotros, tan débil, frágil y vulnerable. Como cada uno de nosotros.

El Dios amor es -como siempre lo es el amor verdadero- el Dios humilde que se ofrece, sin imponerse ni abrumar. Todo lo contrario: su fragilidad lo expone a la libertad que puede arrodillarse (como los pastores y los magos) o intentar imponerse con furia.

La Navidad está a las puertas. Es la Navidad bajo “distanciamiento social obligatorio”. Pero es Navidad: Dios colma cualquier distancia, se dispone a nacer allí donde le dan albergue. También en el alma de cada uno de nosotros.

Usando la imagen de Tabaré: Él ha abierto una ventanita y ha entrado en escena… pero para no dejarla nunca más.

Juan, testigo de la Luz

“La Voz de San Justo”, domingo 13 de diciembre de 2020

“Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino el testigo de la luz.” (Jn 1, 6-8).

La predicación de un obispo chileno -Don Carlos González- que visitaba el seminario en 1983, me quedó profundamente grabada. Me ha marcado. Y tiene que ver con Juan bautista, tal como nos lo muestra la liturgia de este domingo.

Haciendo memoria, pienso que coincidió con la fiesta del nacimiento del Precursor: el 24 de junio. Don Carlos nos dijo -palabras más palabras menos- algo así: “Ustedes saben que se suele decir que los curas somos ‘alter Christus’ (‘otro Cristo’). Sin embargo, nos parecemos más a Juan que, interrogado por su identidad, dejó muy en claro que él no era el Mesías, sino su testigo, su precursor.”

Es una gran verdad. No que la expresión tradicional no lo sea en absoluto. Es certera. Es más, de cada bautizado se puede decir que está llamado a ser “otro Cristo”. Es verdadera, pero, como todo lo que podemos apreciar en la vida, no es toda la verdad.

Ahí entonces aparece el significado de lo que decía Don Carlos en un ya lejano 1983. Los cristianos somos básicamente hombres y mujeres alcanzados en el camino de la vida por la Luz que es Cristo.

Esa luz nos ilumina, con una potencia inigualable. Eso sí: jamás nos encandila o enceguece. Es una luz, las más de las veces, fugaz pero intensa. Su paso deja una huella imborrable, que el creyente atesora como lo más valioso que le ha pasado en la vida. De ella vive y se alimenta, no menos que con el deseo de esa Luz eterna cierra los ojos de esta vida.

Y, con toda nuestra frágil humanidad a cuestas, somos sus testigos. Sabemos que esa Luz quiere pasar a través de nosotros -de nuestras manos y palabras- para iluminar la vida de otros.

Solo somos testigos. Testigos de esa Luz. Ni más ni menos.

Juan, el precursor

“La Voz de San Justo”, domingo 6 de diciembre de 2020

“Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo” (Mc 1, 7-8).

La gente acude en masa al desierto para hacerse bautizar por Juan en el Jordán. Busca algo que Juan no les puede dar. Y él es consciente de ello. Más que nadie.

Solo puede ofrecerles un gesto. Fuerte, decidor, hasta impactante. Pero solo un gesto. Claro, con la potencia que tienen los gestos simbólicos, cuando son realizados con intensidad, poniendo en ellos alma, corazón y vida: bajar a las aguas del Jordán, dejarse sumergir en ellas y emerger con el deseo de ser nuevas personas. No de cualquier manera, sino según el Dios vivo de Israel y su justicia.

En medio del desierto, el curso del Jordán parece un espejo de lo que es la historia de ese pueblo que acude al severo profeta: aridez de tierra que se da la mano con la vitalidad que palpita en las aguas que corren.

Juan es consciente de que no puede dar lo que la gente busca en él. Y no lo oculta. Lo dice sin tapujos, casi con desarmante franqueza. Como todo lo que hay en él.

Extraña criatura Juan. Los líderes suelen ocultar sus intenciones, pero, mucho más, sus limitaciones. Tarde o temprano salen a la luz, pero, entre tanto, se busca -en ocasiones, de modo patético- cómo salir del paso.

Juan no es así. Y en esa desarmante franqueza deja espacio a la verdad. No se agranda. Es grande, reconociendo su límite. Lo dirá el mismo Jesús: “Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él” (Mt 11, 11).

Adviento es una invitación a ponerse en camino: ir al desierto, allí donde Juan aprendió cuán desnudo, frágil e impotente es realmente el ser humano. Pero es también el lugar donde, como tantos, a lo largo de la historia, han podido comprender mejor que hay un Dios que hace lo imposible: bautiza con Espíritu, es decir, transforma realmente al hombre, regalándole gratuitamente lo que busca con pasión.

Así quiere ser buscado. Así se da a conocer. Por eso huye de los pagados de sí. Por eso, se da a conocer a los humildes… como a Juan, como a María… como a tantos que van por ese mismo camino.

Adviento

“La Voz de San Justo”, domingo 29 de noviembre de 2020

Nosotros celebramos el Adviento, pero, en realidad, el que está siempre “en Adviento” sos Vos, Señor de la historia.

Siempre viniendo. Siempre en camino. Siempre, sin detenerte; intentando, una y otra vez, alcanzarnos en el punto preciso de la vida en el que nos encontramos.

Por eso, en cada Eucaristía que nos mandaste celebrar, te aclamamos, diciendo: “Bendito el que viene… ¡Ven, Señor Jesús!”.

Es cierto, como canta el cantor popular: “Los caminos de la vida no son como yo pensaba, como los imaginaba. No son como yo creía […]”.

Son los múltiples senderos por los que nos aventuramos tus hermanos y hermanas.

Caminos que, en demasiadas ocasiones, llevan a ninguna parte, o que desembocan en medio de la nada.

Y eso, a nosotros, caminantes de la vida, nos desconcierta, nos descoloca y nos vuelve indefensos y, en ocasiones, infantiles y caprichosos.

Pero esos caminos nuestros, son los que Vos no te cansás de recorrer, para buscarnos, como aquel pastor inconsciente de tu parábola; aquel que deja las noventa y nueve ovejas, y va tras la que se extravió por esos caminos.

Este domingo, tu palabra nos llega, sugestiva, imperiosa, provocadora. Como siempre.

“Estén prevenidos, entonces, porque no saben cuándo llegará el dueño de casa, si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana. No sea que llegue de improviso y los encuentre dormidos. Y esto que les digo a ustedes, lo digo a todos: «¡Estén prevenidos!»” (Mc 13, 35-57).

Siempre viniendo. Y, como siempre, eligiendo nuestras noches para hacerte presente. Por eso, Señor que estás viniendo, no dejamos de suplicarte: en medio de esta noche en la que estamos, no dejés de sorprendernos con esa mansa Luz que sos Vos mismo.

¡No tardés en venir! ¡Te necesitamos! ¡Vení, Señor Jesús! Amén.

“El más pequeño de mis hermanos”

“La Voz de San Justo”, domingo 22 de noviembre de 2020 – Solemnidad de Cristo rey

“Así habla el Señor: ¡Aquí estoy Yo! Yo mismo voy a buscar mi rebaño y me ocuparé de él.” (Ez 34, 11).

Este domingo, con la solemnidad de Cristo rey, concluye el año litúrgico de la Iglesia católica.  Su centro es la celebración anual de la Pascua, una fiesta con fecha móvil (a diferencia de la Navidad, por ejemplo). Es más: cada domingo, al reunirse para la Eucaristía, la comunidad cristiana se reencuentra a sí misma, sumergiéndose en ese centro vital. Así, el misterio de Cristo va envolviendo y configurando el camino por la historia de la Iglesia, y en ella, el de cada discípulo.

La fiesta de Cristo rey es también un eco de la Pascua: un rey coronado de espinas. Un rey pastor que busca, cuida y se hace cargo del rebaño de su propiedad. Un rey pastor que hay que buscar entre sus ovejas más heridas. No solo se entremezcla con ellas, sino que termina haciéndose una sola cosa con ellas.

“[…] porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver […] Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt 25, 35-36. 40).

Un rey pastor que es además juez, porque, al final de nuestros días nos confrontará con la ley suprema que rige en su reino: por encima de todo, la compasión, la misericordia, la prontitud para hacernos cargo de la vida más vulnerable. Y así se decidirá nuestra suerte definitiva.

Cristo es ese rey pastor y juez que toma en serio nuestra vida, nuestras decisiones y nuestras acciones. Él ya ha ejercido su derecho a decidir: se ha identificado con sus hermanos más pequeños, con la vida más vulnerada.

En esta Argentina diezmada por diversas pandemias, ese hermano más pequeño de Cristo tiene hoy el rostro de niño por nacer, amenazado, una vez más, desde el poder.

Vencer el miedo. Multiplicar los talentos.

“La Voz de San Justo”, domingo 15 de noviembre de 2020

“Llegó luego el que había recibido un solo talento. «Señor, le dijo, sé que eres un hombre exigente: cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has esparcido. Por eso tuve miedo y fui a enterrar tu talento: ¡aquí tienes lo tuyo!»”. (Mt 25, 24-25).

Un hombre con miedo. En definitiva, no es algo tan extraño o incomprensible. El miedo es un habitual compañero de camino de cada ser humano. Y suele ser además un eficaz consejero: nos advierte que tenemos que estar atentos, no atolondrarnos y ver bien qué paso damos en la vida. 

El problema está en dejarse ganar y dominar por el miedo. Podríamos decir que todo el mensaje de la Biblia se resume en esta frase que atraviesa cada una de sus páginas: “No tengas miedo. Yo estoy con vos”. Quien así habla es el mismo Dios. 

Así también podríamos resumir el mensaje de Jesús. Su buena noticia, el Evangelio: Dios es Padre, está con nosotros. Es más: así podemos llamar al mismo Jesús: Dios con nosotros, el Emanuel. Caer en la cuenta de esa presencia buena hace que el miedo se pueda transformar en confianza para la vida. 

La parábola de este domingo es como un eco de la primera de todas las parábolas de Jesús: la del sembrador que esparce la semilla (cf. Mt 13, 1-23). Esa acción de sembrar y esparcir con generosidad muestra su verdadera naturaleza: don inagotable, siempre en crecimiento y buscando multiplicarse sin medida. 

La invitación perentoria de Jesús es a dejarse ganar por esa conciencia viva y actuar en consecuencia. No hay, por tanto, que dejarse ganar por el miedo. Por el contrario, es urgente aplicarse por entero a replicar la misma actitud divina: multiplicar los talentos recibidos. 

Es una propuesta de vida: no guardarse nada, estar siempre dispuesto a entregarlo todo, a jugarse por entero, a arriesgar para ganar.

El primero que vive así es Jesús, el Hijo. Nosotros vamos detrás, pisando sus huellas.  Su presencia disipa el miedo.