Aprender de Jesús

“La Voz de San Justo”, domingo 5 de julio de 2020

“En esa oportunidad, Jesús dijo: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido…»” (Mt 11, 25-26).

Los evangelios nos muestran habitualmente a Jesús en oración. Son raras, sin embargo, las veces que nos cuentan qué reza Jesús. La de este domingo, es una de esas ocasiones. Se trata, por cierto, de una pieza maestra. Una verdadera joya.

De paso digamos: solo cuando contemplamos a Jesús en oración con el Padre podemos entrever el misterio de su identidad de Hijo: este orante es Emanuel, Dios con nosotros.

En el centro de su oración está Aquel a quien Jesús invoca como “Padre”. Y, abrevando en la tradición espiritual de su pueblo, su oración es alabanza, bendición y acción de gracias. Es decir, una oración centrada en Otro, no en sí mismo. Diríamos hoy: no es autoayuda. Es éxodo: salida de sí, apertura, mirada límpida y expansiva…

¿El motivo de esa alabanza? Que Dios se oculta a los soberbios, pero se manifiesta a los “pequeños”.

No es “pobrismo”, como se dice superficialmente hoy, sino perspicaz constatación de la realidad: la soberbia cierra la vida, nos curva sobre nosotros mismos, volviéndonos estériles; la humildad y la mansedumbre, en cambio, nos abren a Dios y, así, nos dan genuina libertad para construir fraternidad.

Por eso, el evangelio de este domingo termina con la invitación de Jesús: “Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio” (Mt 11, 29).

En definitiva, el evangelio es una invitación a encarar la vida como lo hizo Jesús. Démosle entonces la posibilidad de compartir con nosotros algo de lo que sabe de la vida. Aprendamos de él.

Un vaso de agua fresca

“La Voz de San Justo”, domingo 28 de junio de 2020

“Les aseguro que cualquiera que dé a beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa.” (Mt 10, 34).

Jesús tiene razón: siempre hay alguien que se anima a dar, aunque más no sea, un vaso de agua a quien lo necesita. Y lo puede afirmar, porque él está ahí, en cada gesto de humanidad, de compasión y de misericordia. Tal vez, la persona no lo sepa o no lo vea, pero Jesús está ahí: en el sediento y en la angustia de su sed.

Un conocido dicho latino afirma que solo lo pequeño hace justicia a la grandeza divina. Dios se complace en habitar lo pequeño. Ahí está más cómodo. Por ahí hay que buscarlo.

Lo enseñará explícitamente a los suyos: “tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver… Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt 25, 35-36.40).

Escribía el papa Francisco, mirando esta hora de la humanidad en pandemia: “Este es el tiempo propicio de animarnos a una nueva imaginación de lo posible con el realismo que solo el Evangelio nos puede proporcionar.”

¿Puede ser realista la imaginación? ¿No es lo suyo despegarnos -al menos un instante- de la gris monotonía de lo real?

Para el discípulo de Jesús, imaginación y realidad se dan la mano, se potencian y estimulan recíprocamente. Es que en el corazón del Evangelio está la experiencia más desconcertante: Dios se ha hecho hombre, se ha vuelto pequeño, ha entrado en la sed de todo sediento.

Él acepta que le demos de beber, dándonos el agua fresca de su Espíritu.

En voz alta

“La Voz de San Justo”, domingo 21 de junio de 2020

“No teman a los hombres. No hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido. Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas.” (Mt 10, 26-27).

Es posible que esta pandemia esté acelerando procesos que venían dándose desde hace tiempo. No es la primera ni será la última vez que ocurra algo similar. ¿Pasa algo así con la fe cristiana? Estimo que sí. Por ahora, todos estamos como expectantes. Sentimos que los procesos en marcha están tomando un giro cuyo curso todavía no se define del todo.

Evoco estas palabras de Jesús, porque, por encima de todos los cambios y transformaciones, nos señalan algo que el cristianismo lleva en las entrañas: su vocación a la visibilidad, a la comunicación, a la palabra que se hace audible y perceptible. Mucho más cuando, como en estos tiempos, existe la tentación en muchos cristianos de recluirse, levantando muros para dejar fuera al mundo “pecador”…

La vocación de la comunidad de discípulos de Jesús, Palabra de Dios encarnada, es la intemperie, la plaza pública, los lugares por donde circulan las palabras que animan, sacuden y miran al futuro. Testigos del Logos y servidores del diálogo.

El Cuerpo de Cristo

“La Voz de San Justo”, domingo 14 de junio de 2020

“¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?” (Jn 6, 52).

Esa pregunta no se refiere a la Eucaristía. Se refiere a Jesús. A su misión. A su pretensión. Ya lo hemos señalado en esta columna: su pretensión es insoportable. Nos pone ante el dilema de decidir la vida ante él y desde él. ¿Quién puede exigir tamaña decisión a un ser humano libre?

Por eso, esta discusión que se suscita entre sus interlocutores, no nos es extraña. También nosotros sentimos la mordiente de esa pregunta. Puede que esté acallada, como tantas cosas que incomodan. Puede también que no hayamos caminado lo suficiente nuestra fe como para que esa inquietud emerja. Tarde o temprano lo hará. Puede incluso que nos hayamos vuelto impermeables a toda inquietud espiritual. También si “practicamos” la religión. Es tal vez la situación más peligrosa…

Es bueno, entonces, que esta pregunta salga a la luz. Porque la fe es respuesta libre a una propuesta igualmente libre. La libertad es el oxígeno en el que vive la fe. Dios nos sale al encuentro, nos tiende la mano y nos interpela. Y queda a la espera.

Eso es lo que experimentaron aquellos hombres y mujeres que, en Cafarnaúm, escucharon a Jesús decir cosas inauditas: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo” (Jn 6, 51).

En el evangelio de Juan, la palabra “carne” se usa para subrayar la fragilidad y vulnerabilidad del hombre. “Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros…”, enuncia tajante el prólogo del evangelio (Jn 1, 14). Mientras nosotros huimos de nuestra fragilidad, Dios la mira de frente, la hace suya y, de esta manera, la sana, la redime y la libera.

En la experiencia cristiana, a Dios se lo encuentra prevalentemente en la fragilidad humana. Dios es Palabra que se vuelve audible en un Libro escrito por hombres. Dios se hace niño, hijo y hermano. Se vuelve predicador itinerante que no tiene donde recostar su cabeza y, así, va dejando parábolas de alegría, vida y perdón. Un amigo que se sienta a la mesa, quedando expuesto a la traición y el abandono. Será el crucificado que perdona y que, en un suceso tan luminoso como inexplicable, deja vacía su propia tumba.

Será finalmente pan y vino sobre una mesa que es también altar. Y, en torno a esa mesa-altar, una comunidad se reúne canta y suplica. Y, en ese alimento compartido, encuentra su fuerza para vivir y servir.

Eso sí: la Eucaristía libera toda su fuerza si nos dejamos interpelar por Jesús y su Evangelio. Puede que la incertidumbre de esta cuarentena nos haya llevado a ese saludable lugar. Si esto ha ocurrido, volveremos a nuestras Misas no para una rutina, sino para un encuentro: “El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él” (Jn 6, 56).

El vértigo de una Presencia

“La Voz de San Justo”, domingo 24 de mayo de 2020

“En aquel tiempo, los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron. Acercándose, Jesús les dijo: «Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo.»” (Mt 28, 16-20).

Mateo concluye su evangelio con esta grandiosa escena. Es el texto que escuchamos este domingo, celebrando la Ascensión del Señor. Es una narración breve y concisa, toda ella dominada por la figura del Cristo glorioso. El arte cristiano lo ha inmortalizado con las figuras del “Pantocrátor” (el “todopoderoso”), haciéndose eco de las palabras solemnes que el Resucitado dirige a sus discípulos: “Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra…”.

Quienes han visto (y disfrutado) la extraordinaria versión fílmica del primer evangelio, realizada por Pier Paolo Pasolini, no dejarán de recordar que “su Jesús” es precisamente así: serio, majestuoso, solemne, transparente… Pero, precisamente por esto, cercano, amigo y salvador. Sus humanísimos gestos desarman, porque llegan hondo.

Volvamos al texto evangélico. Por lograda que sea, ninguna aproximación artística, lo supera. Atendamos al movimiento de los personajes: Jesús y los discípulos. Éstos, obedeciendo a las mujeres que les hablan en nombre del Maestro, vuelven a Galilea y, en el monte (lugar de la manifestación divina), se postran delante del Resucitado. Y anota el evangelista: “sin embargo, algunos todavía dudaron”. Así es siempre la fe: débil, vacilante, abierta, buscadora…

¿Qué hace el Resucitado? ¿Los recrimina? ¿Los pone a parir con un discurso de fuego? No. Sencillamente se acerca a ellos y, sin mediar reto alguno, les confía su propia misión: hacer que todos los pueblos se conviertan en discípulos de Cristo. A estos discípulos, en cuyos corazones se mezcla el reconocimiento y la vacilación, se les confía una misión de vértigo.

En eso estamos todavía: haciéndonos cargo de ese mandato que, mientras más lo comprendemos y vivimos, caemos más en la cuenta que nos desborda, nos excede y supera. Si fuera por nosotros… hace rato que hubiéramos tirado la toalla. De tanto en tanto, esa tentación aparece, aguda y punzante en lo hondo de la conciencia.

Sin embargo… ahí están las palabras de Jesús, haciendo eco en el corazón de cada creyente: “Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo”.

Una Presencia. Ese es el verdadero vértigo de la misión. Su Presencia amiga y redentora.

Tiempo de prueba, espera y camino

“La Voz de San Justo”, domingo 10 de mayo de 2020

“Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6)

“En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes.” (Jn 14, 2-3).

Este domingo y el próximo, los cristianos volvemos a escuchar las palabras de despedida de Jesús en la última cena. El clima, los gestos y las palabras son de despedida. En Jesús hay claridad de mirada y de decisión. En los discípulos, en cambio, desconcierto e inquietud. También tristeza por la separación y la ausencia.

De ahí que Jesús invite a la confianza, a la fe y a la esperanza: “No se inquieten -les dice-. Crean en Dios y crean también en mí” (Jn 14, 1).

En la Iglesia hacemos muchas cosas. Todas, sin embargo, giran en torno a esta misión fundamental: invitar a la fe confiada en Dios; la fe que nos abre a la esperanza. Si los discípulos de Jesús no somos testigos creíbles de lo que significa radicar la vida en Dios, ¿quién lo hará?

Vivimos tiempos de prueba, de espera y de camino compartido. Se asoma también el desafío de una reconstrucción que requerirá un suplemento de humanidad en todos nosotros. Estamos sedientos de esperanza.

Para los cristianos, esa esperanza tiene un nombre: Jesús, el Resucitado. Y tiene, además, una meta: la casa del Padre, que comienza a edificarse ya desde ahora, en esta “casa común” que compartimos.

Y la Palabra se despertó en los corazones

“La Voz de San Justo”, domingo 26 de abril de 2020

Lc 24, 13-35

“Y comenzando por Moisés y continuando con todos los Profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él” (Lc 24, 27).

En el relato de Emaús que escuchamos este domingo, la acción fundamental de Jesús es acompañar a los dos caminantes alicaídos y, con envidiable pedagogía, ayudarles a comprender cómo Dios conduce la historia. Y lo hace echando mano de las Escrituras de Israel. Cada una de sus páginas habla de Él. Solo a la luz de su Persona y de su Pascua se termina de comprender el plan de Dios.

¿Cómo está impactando esta cuarentena en nuestra vida? ¿Cómo estamos viviendo la fe en esta hora? ¿Sólo aguantando, esperando que todo pase? ¿Es posible escuchar hoy, en estas circunstancias, la voz de Dios?

Soy cauto en lo que sigue. Pasado un primer momento de real zozobra y despiste, observo en muchos cristianos un redescubrimiento de la Palabra de Dios. No del mero texto escrito de ese libro fascinante que es la Biblia. Es algo más.

La Biblia se convierte en Palabra viva de Dios cuando la leo con fe, al menos con inquietud de verdad, de luz para la vida, de esperanza. Voy a las Escrituras como el sediento acude a la fuente. Solo entonces se abren sus secretos más luminosos y decisivos.

Es decir: la lectura orante de las Escrituras da pie a un diálogo vivo. Dios deja de ser un ser abstracto y comienza a sentirse como un “Tú” viviente, que me habla, me interpela, me provoca. Porque lo más importante no es leer sino escuchar.

Perseverando en una lectura así, día a día, página tras página, me hace entrar en comunión real con Jesucristo. La lectura orante de la Palabra me transforma. Va formando a Cristo en mi vida.

En la semana que estamos iniciando, la liturgia de Pascua nos propone volver a escuchar el capítulo seis del evangelio de Juan. Es el Sermón del Pan de Vida. Ese Pan que Dios ofrece al mundo es Jesucristo, es su Palabra y su Cuerpo en la Eucaristía.

Algo me dice que el Espíritu está despertando, cuando menos lo pensábamos, el sentido de la Palabra de Dios en las almas de algunos creyentes. Esto siempre es consolador y, sobre todo, esperanzador.

Jesús sigue alcanzándonos en el camino. Sigue escuchando nuestras desesperanzas y desilusiones. Sigue abriéndonos los ojos para comprender realmente las Escrituras y, por encima de todo, comprender que nuestra historia está en las manos del Padre.