Ver a Dios

“La Voz de San Justo”, domingo 16 de junio de 2019

“¿Dónde podemos ver a Dios?”.

Estaba concluyendo el encuentro con los chicos de la catequesis de Las Varillas, cuando, del fondo de la Iglesia, llegó la pregunta.

Entre paréntesis: las visitas pastorales, incluso las mejor programadas y preparadas, suelen deparar este tipo de sorpresas. Es el sano humor de Dios que sabe descolocar nuestra solemnidad. Cierro paréntesis.

Respondí al instante. Y mi respuesta fue correctisima: en las páginas de las Escrituras, en la santa Eucaristía, en el rostro de los pobres…

Respuesta correcta pero insatisfactoria. Al menos para mí, para mí experiencia, para mí fe. Ya he contado en este espacio que este tipo de preguntas suele necesitar tiempo. Desatan nudos, limpian la mirada y despiertan inquietudes. Hay que quedarse rumiando con paciencia lo que generan en la mente y el corazón.

Yo había visto a Dios. Y lo había visto precisamente en esos días. Su rostro, sus manos, sus arrugas. Incluso sus lágrimas. Lo había visto y me había conmovido profundamente. Y, verlo así, desnudo, humano y majestuoso en su humildad, había despertado en mí, por una parte, admiración y gratitud; pero, por otra, vergüenza y compunción. La oración, la celebración de la Misa y también los diversos encuentros habían quedado marcados por esa experiencia.

Lo había entrevisto en el rostro, las manos, las arrugas y las lágrimas de madres y padres concretos (me reservo los detalles) que, lejos del narcisismo enfermo que nos rodea y deshumaniza, se hacen cargo de la fragilidad de sus hijos. Y, así, salvan el mundo, abriéndole a la compasión que brota del corazón de Dios.

Acabo de recordar la sabia sentencia del gran Agustín en su tratado sobre la Trinidad: “vides trinitatem si caritatem vides” (“ves a la Trinidad si contemplas el amor”). Gran verdad.

Muy oportuno para este fin de semana que celebramos el rostro trinitario del Dios Amor y es también el Día del Padre.

Discípulos

“La Voz de San Justo”, domingo 5 de mayo de 2019

“El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: 《¡Es el Señor!》” (Jn 21).

Es usual reconocer, en el “discípulo amado”, al apóstol Juan, y en éste al autor del evangelio que lleva su nombre. Lo más plausible es que, bajo esta denominación, el cuarto evangelio nos ofrezca una figura abierta a través de la cual entrever a la comunidad en la que nació este relato.

Si leemos cuidadosamente el relato evangélico de este domingo (cf. Jn 21, 1-19), podremos escuchar la voz de aquellos primeros discípulos que, a nosotros, nos dicen: “¡Es el Señor!”.

Los evangelios no nos hablan de Jesús con aséptica frialdad. Nos cuentan lo que dijo e hizo, pero inseparablemente son un testimonio de la fe de esos hombres y mujeres. Para ellos, Jesús es mucho más que un personaje sobre el cual informar. Es Aquel a quien le han confiado sus vidas. En algunos casos, hasta el derramamiento de la sangre. Por eso, confiesan lo que Jesús significa para ellos, dejándonos abierta la puerta para que su luz ilumine también nuestra vida.

El pasado sábado 27 de abril, fueron beatificados en La Rioja, los primeros mártires argentinos: el obispo Enrique Angelelli, los padre Carlos Murias y Gabriel Longevielle, junto con el laico Wenceslao Pedernera.

Mártir significa precisamente: “testigo”. Contemplamos sus vidas y su martirio y, de esa forma, volvemos a escuchar al discípulo amado decirnos: “¡Es el Señor!”.

Dice el evangelio que, al oír esta confesión de fe, Simón Pedro, sin pensarlo demasiado y sin nada encima, se arrojó al agua. Fue en busca de Jesús resucitado. Magnífica y gráfica descripción de la experiencia cristiana.

El “discípulo amado” sigue señalando a Jesús. Siempre hay quien, como Pedro se arroje desnudo al mar, sin importarle demasiado el qué dirán.

¡La paz con ustedes!

“La Voz de San Justo”, domingo 28 de abril de 2019

“Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»” (Jn 20, 19).

El lugar es el mismo, pero la actitud ya no es igual. En el cenáculo, Jesús había reunido a los suyos para la cena de despedida, les había lavado los pies, partiendo para ellos el pan y compartiendo la copa. Era muy consciente de lo que se le venía encima. Sus palabras aquella noche eran graves, pero abrían el futuro a la esperanza.

Ahora, en cambio, los discípulos buscan el mismo lugar, pero los puede el miedo, tal vez la vergüenza; en todo caso, la ilusión de que las puertas cerradas los protejan.

Puertas cerradas como autodefensa. No da resultado en la vida de nadie. Mucho menos en la experiencia de fe. Jesús lo sabe, pues conoce el corazón humano. Por eso no necesita romper las puertas. Irrumpe desde dentro, sin forzar ni imponerse. Solo busca hacerse reconocer. Su sola presencia, percibida por la fe, dará la anhelada paz. Su paz y su alegría. Esas son las llaves para salir de cualquier encierro.

Así comienza cada Misa, con el saludo del sacerdote que desea la paz en nombre de Jesús. Y lo que hacemos ritualmente en la Misa es lo que pasa en nuestra vida, cuando aceptamos ser discípulos de Jesús y su Evangelio.

Es lo que Jesús está haciendo ahora mismo con su Iglesia: nosotros buscamos encerrarnos, pero Él nos comunica su Espíritu y, así, nos saca afuera, a la intemperie: “Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes». Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió «Reciban al Espíritu Santo…».” (Jn 20, 21-22).

Esa es la vida de la Iglesia cristiana. Lo fue al inicio. Lo sigue siendo ahora.

Mensaje Pascual 2019

El Mensaje Pascual en audio para descargar

Bastante ensimismados para darse cuenta de Quién los había alcanzado en el camino, los peregrinos de Emaús, sin embargo, sienten crecer un deseo que los sacará del encierro. Y el deseo se hace súplica: “Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba.” (Lc 24, 29).

Queridos hermanos y amigos:

En esta hora de nuestra Iglesia, de nuestra patria y de nuestra vida, también nosotros suplicamos a Jesús que no siga de largo, que entre a nuestro hogar y comparta la mesa…

Siempre que asoma la oscuridad de la noche, los fantasmas de nuestros miedos parecen cobrar vida. Y sabemos que el miedo no es buen consejero. Nos enceguece y paraliza.

Aquel Peregrino había sabido tener palabras certeras, luminosas y, sobre todo, que hacían arder por dentro, como cuando se reaviva un fuego mortecino. El solo hecho de caminar con ellos, incluso de interpelarlos por su torpeza; pero, sobre todo, de hablarles de Dios y sus planes, del Mesías y su Pascua, había hecho desvanecer todo fantasma y toda inquietud.

Un deseo grande había resucitado en sus corazones apesadumbrados. Renacía una esperanza.

¿Cómo no contar con él para la cena? Ese rito cotidiano es mucho más que alimentarse: si hay amistad, aunque sea insipiente, se transforma en encuentro que anima para seguir caminando.

¿Cumplirá el Peregrino el deseo-oración de los dos caminantes?

Sí y no. Entrará con ellos a la posada. Pero, al partir el Pan, desaparecerá ante sus ojos. Su Ausencia, sin embargo, lejos de causar tristeza, los transformará radicalmente y encenderá en ellos otro deseo: contar lo que han vivido por el camino.

¿Realmente ausente o con una Presencia más incisiva y personal?

El relato de Emaús nos hace comprender mejor lo que vivimos como discípulos: leídas con fe, las Escrituras nos hacen escuchar su voz potente y mansa; la Eucaristía compartida, nos alimenta con su amor hasta el extremo; los hermanos, especialmente los pobres, débiles y heridos, acercan a nuestra vida su rostro que vence toda indiferencia.

¡Jesús resucitado está en medio de nosotros! ¡Tenemos que decirlo a todos! ¡No lo podemos callar o esconder! ¡Hay que ponerse en camino! ¡Esta experiencia se tiene que hacer palabra, gesto, testimonio y compromiso de vida!

Jesús se sienta a nuestra mesa para avivar en nosotros el deseo de contar a los demás que Él ha vencido la muerte, está vivo y es la verdadera Esperanza del mundo.

Queridos amigos y hermanos: Les deseo, de corazón, que experimentemos el gozo de la Pascua; pero, sobre todo, que nos dejemos ganar por el impulso de querer contar lo que Dios nos ha hecho vivir: contar a Jesús, su Evangelio, su Esperanza…

La primera que ha cantado el Evangelio es María. Por eso, una vez más decimos: “Con vos, María, misioneros del Evangelio”.

21 de abril de 2019. Pascua del Señor

+ Sergio O. Buenanueva
Obispo de San Francisco

La humildad de Cristo


“¡Alégrate mucho, hija de Sión! ¡Grita de júbilo, hija de Jerusalén! Mira que tu Rey viene hacia ti; él es justo y victorioso, es humilde y está montado sobre un asno, sobre la cría de un asna.”
Zac 9,9

Dios todopoderoso y eterno, tú mostraste a los hombres el ejemplo de humildad de nuestro Salvador, que se encarnó y murió en la cruz; concédenos recibir las enseñanzas de su Pasión, para poder participar un día de su gloriosa resurrección. (Oración de la liturgia del Domingo de Ramos).

Cristo: ejemplo de humildad.

En el lenguaje cotidiano, la palabra “humildad” parece ser casi sinónimo de pobreza. Un humilde es alguien que carece de bienes.

En la oración que comentamos tiene otro sentido. Abreva en la gran tradición espiritual del cristianismo que se nutre, a su vez, de la experiencia de Dios que narran las Escrituras.

Humilde es el pobre de espíritu, que se sabe en las manos de Dios. Es, por eso, profundamente libre, abierto a esa sorpresa permanente que es la vida, porque “Sorpresa” es casi un nombre de Dios.

Donde crece la humildad florece la libertad y la entrega generosa, no el apocamiento, el temor o el complejo.

Jesús lo afirma de modo explícito: Dios les escapa a los soberbios y pagados de sí. Se da a conocer, en cambio, a los humildes de corazón.

En este sentido fuerte, “el humilde” por antonomasia es Jesús. Así precisamente lo contemplamos en Semana Santa.

Así lo vemos este Domingo de Ramos: aclamado por la multitud y, a poco andar, humillado y escarnecido. Sin embargo, en una y otra situación: majestuosamente libre. En la cruz lo dirá con sus últimas palabras que son también una oración: “En tus manos, Padre, encomiendo mi vida”.

En el humilde despojo de su pasión y cruz, resplandece con más fuerza la luz de Dios de la que es portador Jesús: el amor como el verdadero poder que redime al mundo. El amor humilde que no busca dominar ni imponer, sino hacer crecer la vida.

Las celebraciones pascuales nos introducen en esa escuela de vida.

Les deseo, de corazón, una Semana Santa con Jesús.

Yo tampoco te condeno

“Señor y Dios nuestro, te rogamos que tu gracia nos conceda participar generosamente de aquel amor que llevó a tu Hijo a entregarse a la muerte por la salvación del mundo.” (Oración de la liturgia del quinto domingo de Cuaresma).


“Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante.” (Jn 8,11)

A las puertas de la celebración anual de la Pascua, los discípulos de Jesús pedimos compartir su mismo amor que lo llevó “a entregarse a la muerte por la salvación del mundo”.

Amor. ¿Sentimentalismo? ¿Cuestión de piel? ¿Ingenuidad?

Cuando hablamos del “amor de Cristo” nos referimos a un modo de estar parado en la vida. Tiene que ver con los sentimientos, pero también con la conciencia y, sobre todo, con la libertad.

Ese es el gran trabajo del Espíritu Santo en el corazón del hombre: transformarlo para que refleje los sentimientos, las opciones y la mirada misma de Jesús.

El relato evangélico de este domingo -un verdadera pieza maestra- expresa de manera elocuente lo que significa amar según el estilo de Jesús. Se trata del relato de la mujer sorprendida en adulterio y presentada como tal a Jesús (cf. Jn 8,1-11).

Esta mujer es llevada ante Jesús, no porque hubiera preocupación por ella, su vida e integridad, sino que el interés es usarla para otros fines aviesos: ponerle una trampa a Jesús.

En esa mujer podemos reconocer todas las formas de reducir a las personas -varones o mujeres- a objetos que se manipulan, se usan y descartan por motivos e intereses egoístas.

Jesús desarma a todos. A los acusadores con su capacidad de desnudar su hipocresía. A la misma mujer con esa frase que resume todo el Evangelio: “Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí, e incorporándose, le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Alguien te ha condenado?». Ella le respondió: «Nadie, Señor.» «Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante.» (Jn 8, 9b-11).

Donde unos ven un caso y una oportunidad para hacer valer su posición, Jesús ve a una persona que no puede ser rebajada al nivel de un objeto o un instrumento, sino que debe ser respetada en su dignidad humana. También si es una persona herida por sus propios yerros. Especialmente si se trata de un “pecador”. ¿No es así como Dios, a quien Jesús invoca como Padre, trata a sus hijos más alejados?

Ese es el “estilo Jesús” de acercarse a toda realidad, especialmente a la más herida: la cercanía que da el amor que hace espacio y ofrece aliento, no condena y da nuevas posibilidades.

Reconciliación

“La Voz de San Justo”, 31 de marzo de 2019

Dios nuestro, que reconcilias maravillosamente al género humano por tu Palabra hecha carne; te pedimos que el pueblo cristiano se disponga a celebrar las próximas fiestas pascuales con una fe viva y una entrega generosa. (Oración de la liturgia del cuarto domingo de Cuaresma).

Una diferencia del cristianismo respecto a otras religiones, especialmente las más primitivas, es su concepción de “reconciliación”.

Reconciliar quiere decir: volver a reunir lo que se ha separado. Como concepto religioso, evoca una ruptura culpable del hombre con Dios.

De ahí que, para volver a la amistad perdida, el pecador tenga que recorrer un camino penitencial arduo, oneroso y sufrido. A mayor sufrimiento, mejores expectativas de tener de nuevo el favor de la divinidad ofendida. Así, la reconciliación es obra del hombre que se gana, por el sufrimiento autoprovocado, el favor divino.

Nada de esto, sin embargo, encontramos en la Biblia, ya desde las Escrituras de Israel. Es más, su mensaje va en la dirección opuesta.

La imagen de un dios que, para mostrarse favorable, necesita que su criatura retorne a él mediante el dolor es, sin más, la de un ídolo salvaje. Es sadismo, la peor deformación de lo religioso. Más que amor y adoración, esta divinidad suscita indignación, repudio y repulsión.

Si Dios fuera así, gritar su “muerte” sería el más digno acto de culto.

Este domingo, la Iglesia en oración invoca al Padre de Jesucristo que nos ha reconciliado con Él por medio de su Palabra hecha carne. Nos muestra el verdadero rostro de la reconciliación cristiana.

La reconciliación es obra de Dios que, por amor, se hace cargo de restablecer el vínculo roto. Y lo hace abrazando nuestra humanidad herida, identificándose con todo ser humano sufriente o vulnerado en su dignidad.

No nos exige sufrimiento sino que Él hace suyo el ya de por sí inmenso dolor del mundo. Y, desde ese lugar, ofrece su misericordia como medicina que cura todas nuestras heridas.

La gran conversión de la vida es abandonar las imágenes equivocadas de Dios y dejar que nos alcance e ilumine el Rostro del Dios verdadero: el Padre-Madre de Jesús.

Eso es Cuaresma.

Creo en un Dios que espera peras del olmo

“La Voz de San Justo”, domingo 24 de marzo de 2019

“Padre de misericordia y origen de todo bien, que, en el ayuno, la oración y la limosna nos muestras el remedio del pecado, mira con agrado el reconocimiento de nuestra pequeñez, para que seamos aliviados por tu misericordia quienes nos humillamos interiormente” (Oración de la liturgia del tercer domingo de Cuaresma).


“Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré. Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás” (Lc 13,9).

La sabiduría popular puede ser muy popular pero no siempre es tan sabia. Ejemplo: el dicho, repetido hasta el cansancio, de que no “no hay que pedirle peras al olmo”.

Nadie va a negar que, para buena parte de las cosas de la vida, este dicho acierta. Expresa un sano realismo ante las posibilidades, normalmente limitadas que tenemos los seres humanos. Hay condicionamientos en buena medida irreversibles que aconsejan que no pidamos peras al olmo.

La Cuaresma, sin embargo, se rige por una lógica diversa. La del Evangelio. Lo enseña Jesús este domingo. Pone en boca del empleado de una viña, lo que realmente siente Dios cuando mira al mundo y, sobre todo, al ser humano. Y, especialmente, cuando mira la impotencia humana, sus límites y -¿porqué no?- su inveterada estupidez.

Ante una higuera que no ha dado fruto y la sensata decisión del dueño de la viña de arrancarla, este labrador, conocedor de la tierra y de la potencialidad de la savia por momentos dormida, dice: “Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré. Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás” (Lc 13,9).

Cuaresma es ese tiempo, breve pero intenso, para abrir una pequeña puerta para que entre la luz en nuestra vida. Es lo que pedimos en la oración de este domingo: “el reconocimiento de nuestra pequeñez”.

¿Es indigno y humillante reconocer la propia pequeñez? Puede ser. No lo niego. Sobre todo, en algunos momentos.

Mirémoslo desde este punto de vista: reconocerse pequeño es aceptar que, junto a mí, hay otros… y hay Otro. Y que, con esos “otros”, puedo tejer una red de vasos comunicantes, por la que pasa la savia que nos resucita.

¿Me permiten una confesión de fe cuaresmal? Aquí va: “Creo en un Dios que espera peras del olmo. Amén”. Y, esa espera es potente…

La aventura de escuchar

“La Voz de San Justo”, domingo 17 de marzo de 2019

Padre santo, que nos mandaste escuchar a tu Hijo amado, alimenta nuestro espíritu con tu Palabra, para que, después de haber purificado nuestra mirada interior, podamos contemplar gozosos la gloria de tu rostro. (Oración de la liturgia del segundo domingo de Cuaresma).

“Me llamo Kevin, y soy adicto a mi celular”. Así comenzaba un artículo publicado días pasados en The New York Times. Otro párrafo: “Mis síntomas eran los típicos: me volví incapaz de leer libros, ver películas completas o tener conversaciones ininterrumpidas”.

Tres actividades muy distintas, pero unidas por algo común: la aventura de escuchar. ¿No es eso lo que nos pasa cuando nos dejamos llevar por las páginas de un libro que nos atrapa? Algo similar ocurre cuando una “peli” nos mete dentro de una buena historia. Sin embargo, nada se compara con el tener la mirada fija en un rostro y saber que, incluso en el silencio, las almas se encuentran en la escucha.

“Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo” (Lc 9,35). En cierto modo, todo lo que dicen las Escrituras se puede resumir en este mandato.

Para la Biblia, dos verbos representan la cumbre de toda actividad humana: escuchar y recordar. Por el contrario, lo peor que le puede suceder a un ser humano es olvidar y tener los oídos cerrados. Eso es, en definitiva, la esencia de todo pecado: olvidar a Dios, desoír su voz.

La Cuaresma es una invitación a disponer cada fibra de nuestra persona para ese viaje que es la escucha de Dios. Él es, en sí mismo, Palabra audible que busca ser escuchada y respondida.

La experiencia de Kevin también es nuestra: de tanto en tanto, el ruido se vuelve caótico y nos embota la mente y el corazón. Nos hacemos incapaces de escuchar. Perdemos contacto con la realidad: la de Dios, la de los que nos rodean, la de quienes nos gritan pidiendo ayuda, la del mundo, la palabra de nuestros amigos.

Dios es Palabra y cada ser humano, creado a su imagen y semejanza, lo es también. Somos palabra. Jesús es la Palabra de Dios que se ha hecho audible en medio del ruido del mundo.

Para la experiencia cristiana, el encuentro con Jesús es -como tantos relatos evangélicos- liberación de nuestras sorderas. Su voz es capaz de imponerse al caos, nos libera de todas nuestras sorderas y nos hace capaces de volver a escuchar el canto de la creación.

¿Cómo reconocer su voz en medio de tantos gritos? Su Espíritu trabaja en eso. Más y mejor que el más hábil predicador. A nosotros nos toca una pequeñísima parte: intentar entrar en el silencio que nos dispone para la escucha. Sea en la oración, sea en el tender la mano a quien nos pide ayuda.

Eso es Cuaresma.

Cuidar y exponer el corazón


“El hombre bueno saca el bien del tesoro de bondad que tiene en su corazón. El malo saca el mal de su maldad, porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Lc 6,45).

Las palabras importan. Y mucho.

La libertad de expresión es uno de los valores más preciosos para la vida de una sociedad, de un pueblo. Y la más amplia libertad posible. Incluso con el riesgo de rozar zonas peligrosas.

Lo vemos, por ejemplo, en las redes. A medida que van extendiendo su presencia, hasta el punto de hacer que, de manera permanente, estemos “en red”, van apareciendo también “haters”, “trolls”, “acosadores”.

¿Qué hacer?

Este domingo, el fragmento del evangelio que escuchamos los cristianos nos da algunas pistas. Podríamos decir que nos confronta con el “método Jesús”. Es sencillo, directo y, sobre todo, humanísimo.

Para Jesús, no hay otro camino que cuidar el corazón. Porque es allí donde Dios ha sembrado su bondad, su misma libertad, su compasión. El corazón es donde el Espíritu muestra toda su maestría y su calidad de artista. Es su campo de trabajo. El Espíritu de Dios trabaja para que seamos buenos como Dios es bueno, compasivos y misericordiosos como lo es el Padre.  

La bondad es contagiosa. Estar cerca de un hombre o una mujer buenos, casi sin darnos cuenta, nos hace también un poquito más buenos a nosotros. Pensemos, si no, en las personas buenas que hemos conocido y que han llenado de luz nuestras vidas. Su solo recuerdo es capaz de encendernos e iluminarnos.

Vale aquí lo que también escuchamos de labios de Jesús este fin de semana: “No hay árbol bueno que dé frutos malos, ni árbol malo que dé frutos buenos: cada árbol se reconoce por su fruto” (Lc 6, 43-44). 

Vuelvo a la pregunta: ¿qué hacer ante tantas sombras de agresión que oscurecen nuestra vida?

Siguiendo el hilo del mensaje de Jesús me animo a decir cuatro cosas: 1) reconocer que también en el propio corazón anidan fuerzas agresivas; 2) exponer el propio corazón ante la mirada buena de Dios, en la oración, por ejemplo; 3) tener siempre a mano palabras buenas y amables para todos (“perdón, permiso, gracias”, como dice Francisco); y 4) pero, sobre todo, exponer el corazón haciéndonos cargo del dolor, el sufrimiento y la vulnerabilidad de los demás.

¡Buen domingo!