Tiempo de prueba, espera y camino

“La Voz de San Justo”, domingo 10 de mayo de 2020

“Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6)

“En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes.” (Jn 14, 2-3).

Este domingo y el próximo, los cristianos volvemos a escuchar las palabras de despedida de Jesús en la última cena. El clima, los gestos y las palabras son de despedida. En Jesús hay claridad de mirada y de decisión. En los discípulos, en cambio, desconcierto e inquietud. También tristeza por la separación y la ausencia.

De ahí que Jesús invite a la confianza, a la fe y a la esperanza: “No se inquieten -les dice-. Crean en Dios y crean también en mí” (Jn 14, 1).

En la Iglesia hacemos muchas cosas. Todas, sin embargo, giran en torno a esta misión fundamental: invitar a la fe confiada en Dios; la fe que nos abre a la esperanza. Si los discípulos de Jesús no somos testigos creíbles de lo que significa radicar la vida en Dios, ¿quién lo hará?

Vivimos tiempos de prueba, de espera y de camino compartido. Se asoma también el desafío de una reconstrucción que requerirá un suplemento de humanidad en todos nosotros. Estamos sedientos de esperanza.

Para los cristianos, esa esperanza tiene un nombre: Jesús, el Resucitado. Y tiene, además, una meta: la casa del Padre, que comienza a edificarse ya desde ahora, en esta “casa común” que compartimos.

Y la Palabra se despertó en los corazones

“La Voz de San Justo”, domingo 26 de abril de 2020

Lc 24, 13-35

“Y comenzando por Moisés y continuando con todos los Profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él” (Lc 24, 27).

En el relato de Emaús que escuchamos este domingo, la acción fundamental de Jesús es acompañar a los dos caminantes alicaídos y, con envidiable pedagogía, ayudarles a comprender cómo Dios conduce la historia. Y lo hace echando mano de las Escrituras de Israel. Cada una de sus páginas habla de Él. Solo a la luz de su Persona y de su Pascua se termina de comprender el plan de Dios.

¿Cómo está impactando esta cuarentena en nuestra vida? ¿Cómo estamos viviendo la fe en esta hora? ¿Sólo aguantando, esperando que todo pase? ¿Es posible escuchar hoy, en estas circunstancias, la voz de Dios?

Soy cauto en lo que sigue. Pasado un primer momento de real zozobra y despiste, observo en muchos cristianos un redescubrimiento de la Palabra de Dios. No del mero texto escrito de ese libro fascinante que es la Biblia. Es algo más.

La Biblia se convierte en Palabra viva de Dios cuando la leo con fe, al menos con inquietud de verdad, de luz para la vida, de esperanza. Voy a las Escrituras como el sediento acude a la fuente. Solo entonces se abren sus secretos más luminosos y decisivos.

Es decir: la lectura orante de las Escrituras da pie a un diálogo vivo. Dios deja de ser un ser abstracto y comienza a sentirse como un “Tú” viviente, que me habla, me interpela, me provoca. Porque lo más importante no es leer sino escuchar.

Perseverando en una lectura así, día a día, página tras página, me hace entrar en comunión real con Jesucristo. La lectura orante de la Palabra me transforma. Va formando a Cristo en mi vida.

En la semana que estamos iniciando, la liturgia de Pascua nos propone volver a escuchar el capítulo seis del evangelio de Juan. Es el Sermón del Pan de Vida. Ese Pan que Dios ofrece al mundo es Jesucristo, es su Palabra y su Cuerpo en la Eucaristía.

Algo me dice que el Espíritu está despertando, cuando menos lo pensábamos, el sentido de la Palabra de Dios en las almas de algunos creyentes. Esto siempre es consolador y, sobre todo, esperanzador.

Jesús sigue alcanzándonos en el camino. Sigue escuchando nuestras desesperanzas y desilusiones. Sigue abriéndonos los ojos para comprender realmente las Escrituras y, por encima de todo, comprender que nuestra historia está en las manos del Padre.

Jesús disipa nuestros miedos y rompe nuestros encierros

“La Voz de San Justo”, domingo 19 de abril de 2020

“Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!».” (Jn 20, 19).

Así comienza el evangelio de este domingo. La imagen de una comunidad encerrada, por miedo, es potente. Y muy actual. Así parecemos estar nosotros en esta cuarentena: encerrados y miedosos, dominados por la incertidumbre.

Hasta esa comunidad de miedosos llega Jesús. E irrumpe con su Paz. Hace tres cosas: comunica su propio Aliento (el Espíritu), muestra las cicatrices de sus manos y su costado y, por último, asigna una misión: llevar el perdón a todos.

Esa es la experiencia cristiana. No solo de los primeros discípulos. Es actual. El Evangelio nos lo recuerda y hace que emerja, una y otra vez. De paso señalo que esta es la página evangélica que solemos leer en las confirmaciones.

El Aliento de Cristo resucitado sigue generando vida y misión. Es Aliento para la vida.

Pero, ¿por qué el perdón? Se pueden dar muchas respuestas. Yo elijo una, que me parece pertinente en esta hora. Perdón quiere decir: darnos nuevas oportunidades para convivir, yendo más allá de tantas heridas que nos procuramos unos a otros.

¿No es algo que estamos aprendiendo en esta emergencia sanitaria? ¿No nos hemos visto sorpresivamente frágiles, vulnerables, heridos y necesitados de los demás? ¿No hemos tenido que guardarnos para cuidar la vida de todos?

No sé, a ciencia cierta, si de esta emergencia que afecta a toda la humanidad vamos a salir mejores. “Nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena”, reza sabiamente el dicho. Lo recordaba días pasados, en una entrevista, el teólogo catalán Ignacio González Faus. Y, con notable perspicacia, añadía: “Debemos reconocer que, por muy progres y modernos que nos creamos, no tenemos aprobada la asignatura más elemental de la vida: saber convivir, saber soportarnos, ayudarnos y respetarnos, saber ceder unas veces yo y otras tú… Por supuesto, es una asignatura muy difícil, pero también muy primaria.”

En este segundo domingo de Pascua, llamado también “de la misericordia”, tal vez sea bueno reflexionar sobre ello.

El otro viaje de Abrahám

“La Voz de San Justo”, domingo 1º de marzo de 2020

“Entonces hubo hambre en aquella región, y Abram bajó a Egipto para establecerse allí por un tiempo, porque el hambre acosaba al país.” (Gn 12, 10).

Bella metáfora la del camino. Camino es la vida. Como la fe. Peregrinamos sostenidos por una promesa. Si ella se desvanece, nuestras fuerzas, siempre al límite, menguan hasta dejarnos inermes.

Abrahám es un peregrino, con una meta precisa: tierra y descendencia, prometidas por Dios. Su vida se confunde con su fe. Porque, en la experiencia del Dios de la Biblia, creer, vivir y caminar son intercambiables.

Una palabra irrumpe, inesperada, en la sedentaria vida de Abrahám. Lo vuelve caminante. Es una orden perentoria. La pronuncia el Dios amigo que se hace también compañero de camino. De paso, añadamos: como la fe y la vida, la amistad es también una peregrinación…

La cita con que abrimos esta columna nos habla de otro viaje de Abrahám. No el de la fe, sino el de la desconfianza. Apenas diez versículos. Contienen una bella enseñanza sobre la fe como camino.

El punto de partida es una aguda experiencia humana: hambre y lo que desata en el corazón. La promesa comienza a estar en crisis. En el horizonte aparece la riqueza opulenta de Egipto. Allí sí que hay posibilidad de ser colmados. Abrahám entonces se desvía del camino trazado por Dios.

Comienzan entonces los problemas. Abrahám está casado con una hermosa mujer. ¿Y si los egipcios posan sus ojos en ella? Seguramente matarán a Abrahám para quedarse con la bella. Y, en medio del camino desviado, un ingenioso artilugio: “Por favor, di que eres mi hermana. Así yo seré bien tratado en atención a ti, y gracias a ti, salvaré mi vida” (Gn 12, 13).

Por supuesto, al principio, todo parece ir sobre rieles: los egipcios toman a la “hermana” de Abrahám y, en recompensa, lo colman de bienes. Pero, como decían nuestras abuelas: la mentira tiene patas cortas. “Pero el Señor infligió grandes males al Faraón y su gente, por causa de Sarai, la esposa de Abrahám” (Gn 12, 17). Al enojo del faraón sigue la expulsión de Abrahám. Un modo poco elegante, pero efectivo de retornar al sendero.

Una vez más, Dios interviene y es el que realmente salva a su amigo, más allá de todo cálculo.

Este primer domingo de Cuaresma, nuevamente el hambre protagoniza una historia bíblica. Jesús, en el desierto, comienza a sentir los efectos de sus cuarenta días de ayuno. El tentador aprovecha la debilidad. Pero Jesús hará lo que Abrahám tuvo que aprender a vivir. Al tentador que lo invita a convertir piedras en panes, Jesús responde, citando la misma Escritura: “El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4, 4 y Dt 8, 3).

La fe siempre crece en la prueba. Es un camino siempre bajo acecho. ¿Debilidad o fortaleza? La Biblia nos enseña a ir hasta el fondo de la prueba, porque precisamente allí, Dios nos espera.

Tenemos que seguir rumiando esta desconcertante (y fascinante) experiencia espiritual.

Vivir como hijos

“La Voz de San Justo”, domingo 12 de enero e 2020

Vamos a hablar de la fe. Hagámoslo entonces desde el principio. Y el principio de todo lo cristiano es una Persona: Jesús, el Cristo. Si queremos comprender a fondo qué significa y qué implica la fe como respuesta del hombre a Dios que le sale al encuentro, tenemos que mirar a Jesús. La Carta a los Hebreos lo llama: “el iniciador y consumador de nuestra fe” (Heb 12, 2).

Este domingo, concluyendo el tiempo de Navidad, los cristianos celebramos la fiesta del Bautismo del Señor. Este año leemos el relato de San Mateo que, en la escena culminante, dice: “Apenas fue bautizado, Jesús salió del agua. En ese momento se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia él. Y se oyó una voz del cielo que decía: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección».” (Mt 3, 16-17).

Si querés saber lo que significa ser un hombre o una mujer de fe tenés que mirar a Jesús, tal como lo presentan los evangelios. En realidad, tal y como nos lo presenta su Padre: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección” (Mt 3, 17).

La Iglesia no hace otra cosa que ponerte a la mano la belleza de su Persona. Te expone al influjo luminoso de su verdad. Y esa verdad hace su obra: conquista el corazón y convence, no por coacción, sino por la luz y belleza que dimanan de su persona de Hijo amado del Padre.

La vida de la fe no es otra cosa que el camino de aprender a vivir como hijos e hijas de Dios, tras las huellas de Jesús. Un camino, en ocasiones sinuoso, en otras, bastante sereno; pero siempre fascinante y humanizador. Vivir como Jesús: como hijos y hermanos. Todo está aquí.

Sueña, José, sueña

“La Voz de San Justo”, domingo 22 de diciembre de 2019

“Mientras pensaba en esto, el Angel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados».” (Mt 1, 20-21).

Sueña, José, sueña. No dejes de soñar.

El mensajero de Dios está llegando. No solo no interrumpirá tu sueño, sino que te hará soñar como hasta ahora no lo has hecho.

Viene para habitar tu sueño y comunicarte una palabra del más grande Soñador, el Dios de la creación y de la resurrección.

Sueña, hermano nuestro, José, sueña. No dejes de soñar.

A veces, los sueños se vuelven pesadillas. En ocasiones, esas pesadillas ocupan nuestras horas cotidianas, se vuelven dolorosa realidad en el alma y en el cuerpo de los pobres, de los descartados…

Pero tu sueño, José justo, sí que vale la pena.

Se parece tanto a los nuestros: a lo que sueñan los papás y mamás para sus hijos; en lo que sueñan los niños, los enamorados…

Soñamos con vivir, con reír y con abrazarnos.

El mensajero te trae el sueño de Dios, que ya ha comenzado a tomar carne y sangre en el cuerpo de María, tu amada.

Tendrás que ponerle un nombre. Un nombre soñado, por vos y por todos: Jesús, el que salvará al pueblo de sus pecados.

¿Te has despertado?

Ahora, a cumplir tu parte en el sueño de Dios. Si lo hacés vos, a nosotros nos será más sencillo cumplir la nuestra. Te sentiremos compañero de aventura…

“Al despertar, José hizo lo que el Angel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa, y sin que hubieran hecho vida en común, ella dio a luz un hijo, y él le puso el nombre de Jesús.” (Mt 1, 24-25).

El Evangelio anunciado a los pobres

Francisco con un grupo de refugiados

“La Voz de San Justo”, domingo 15 de diciembre de 2019

“Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven: los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres. ¡Y feliz aquel para quien yo no sea motivo de escándalo!” (Mt 11, 4-6).

Las prioridades de Jesús son siempre las personas. Todas, sin exclusión. Algunas, sin embargo, tocan más hondamente su corazón y le arrancan sus acciones más audaces. Son las que enumera cuando Juan Bautista lo interpela desde la cárcel: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?” (Mt 11, 3). Son hombres y mujeres que, por distintas circunstancias, transitan la vida como un peso.

Jesús no es un teórico de Dios. No pretende demostrar su existencia. Él lo muestra con su vida, con sus sentimientos y con sus acciones. Y muestra a un Dios que se hace cargo del sufrimiento humano. En el corazón de la misión de Jesús está anunciar esta Buena Noticia a los pobres. Lo de los pobres no es “pobrismo” ni un “verso” que esconde otros fines. Los pobres están en el centro de la misión de Jesús, porque están en el corazón de Dios Padre.

Los discípulos de Jesús no tenemos otro camino. También para nosotros, los pobres, los heridos, los descartados han de estar en el centro de nuestra vida y misión.

La prioridad de Jesús ha de ser también la de la Iglesia. Es, sin duda, la del Papa Francisco. Sus cincuenta años de sacerdote, cumplidos esta semana, se pueden resumir en esta frase de Jesús: su vida sacerdotal es Evangelio anunciado a los pobres.

Adviento es también aprender a reconocer (o a recordar, por si lo hemos olvidado), que Cristo viene a nosotros en cada hermano que sufre.

A la hora menos pensada

“La Voz de San Justo”, domingo 1° de diciembre de 2019

“Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada” (Mt 24, 44).

A la hora menos pensada. Creo no equivocarme si digo que “sorpresa” es uno de los nombres de Dios. Por eso, cuándo sea el momento de su irrupción en la vida, nadie puede preverlo, ni calcularlo, ni programarlo. Solo resta tomar en serio de las palabras de Jesús: estar atentos, preparados y en espera vigilante. Será “a la hora menos pensada”.

¿Qué significa entonces estar atentos y en vigilia? No es otra cosa que vivir, pero estando realmente presentes en lo que vivimos. Parece sencillo, pero no lo es. Mucho menos hoy que la distracción es, tal vez, nuestra forma habitual de transcurrir el tiempo. Podemos estar en un lugar con nuestro cuerpo, pero, con los ojos, la cabeza y el corazón (y el celular) viajando por otros mundos. Adictos a la distracción.

La invitación de Jesús, en este primer domingo de Adviento, es a vivir de otra forma, a tener otra actitud.  En definitiva, a hacer nuestra su modo de estar en la vida: realmente presentes donde estamos, pues es ese el lugar hacia donde Dios, el Padre, siempre está viniendo. Ahí irrumpe el Dios de las sorpresas, cuyo nombre es: “El que está llegando, el que siempre es Adviento”. 

Eso es precisamente la oración: descubrir cómo, con qué intensidad, y por dónde está pasando Dios por nuestra vida. Esa es la oración que vale la pena vivir. Cambia realmente la vida.