Dios o el dinero: elegir bien

“La Voz de San Justo”, domingo 22 de septiembre de 2019

“Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No puede servir a Dios y al Dinero” (Lc 16, 13).

Jesús es tajante: o Dios o el dinero. En realidad, el problema no está en el dinero sino en la relación que establecemos con las riquezas. Jesús pone el acento en el verbo “servir”. Sabemos la importancia que este verbo tiene para él. Él mismo se presenta como servidor. Así vive, así entrega la vida y así propone vivir: “no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud” (Mc 10, 45).

Servir es entregar la vida. Es amar con la totalidad de las fuerzas y energías del corazón humano. Solo Dios puede ser servido y amado de esa manera. Si por alguna razón (inseguridad, miedos o lo que sea), el hombre intenta servir así al dinero y a sus riquezas, en vez de libertad encuentra esclavitud. Se deshumaniza. El signo más patente de ese proceso que corroe al hombre por dentro es la insensibilidad ante el sufrimiento del otro.

En cambio, el que se entrega a Dios libera su corazón para ubicarse correctamente en la vida. Descubre que es solo un administrador al que el Creador le ha confiado algunos bienes con un sentido preciso: colaborar con Él en la edificación de un mundo más fraterno, más vivible y, por eso, más genuinamente próspero.

En definitiva, es una opción afectiva: a quien servimos, a quien le entregamos el corazón. Jesús nos hace una propuesta. Cada uno responde.

Moisés, el becerro de oro y Jesús

Marc Chagall, “La adoración del becerro de oro” (1966)

“Este es tu Dios, Israel, el que te hizo salir de Egipto” (Ex 32, 4).

Solos en medio del desierto y, aparentemente, abandonados de Dios y su líder, los israelitas se dejan llevar por el miedo. Necesitan aferrarse a algo. Y, de ese miedo y esa necesidad de seguridad, nace ese ternero de metal fundido al que adoran embelesados: “Este es tu Dios, Israel, el que te hizo salir de Egipto”.

Esta escena bíblica expresa, como pocas, la fragilidad que es ineludible compañera de camino de todo ser humano. Entonces y ahora. Cuando semejantes miedos se apoderan de un sujeto o incluso de una sociedad, abren la puerta a las irracionalidades más grandes. También las más peligrosas. ¿Ante cuántos “becerros de oro” hemos doblado la rodilla? Prometen libertad, pero normalmente traen esclavitud, indignidad y deshumanización.

Un hombre, sin embargo, romperá ese hechizo maldito. Es Moisés. Dios lo ha trabajado con paciencia de artista. Le ha conquistado el corazón, traspasándole sus propios sentimientos. El diálogo entre Moisés y Dios que leemos este domingo es admirable. Hay una especie de inversión de roles: Dios se indigna por la obstinación del pueblo; Moisés, en cambio, parece comprender mejor la fragilidad de sus hermanos y, con insistente ruego, logra que Dios aplaque su ira, se arrepienta y dé una nueva oportunidad.

Toda la pretensión de Jesús se puede resumir en esta magnífica página bíblica: de ahí nacen las parábolas de la misericordia que escuchamos este fin de semana. Nadie comprende como Dios la fragilidad humana. Jesús ha venido a decírnoslo. Lo hará con sus parábolas, pero, sobre todo, con su palabra más fuerte: la entrega de su vida en la cruz. Y, los más interesados, lo comprenden: “Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo…” (Lc 15, 1).

Y, hablando así, sigue conquistando nuevos Moisés que, transfigurados por la compasión de Dios, no se amilanan ante las injusticias del mundo, sino que, una y otra vez, vierten sobre las heridas y los miedos de sus hermanos el ungüento sanante de la misericordia divina.

La desmesura de Jesús

“La Voz de San Justo”, domingo 8 de septiembre de 2019

“Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo… De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.” (Lc 14, 26-27. 33).

Hay que decirlo todo. El domingo pasado hablamos del buen humor de Jesús. Nos ayudaba a reírnos de nuestras solemnes ridiculeces. Hoy, del sentido del humor pasamos a la desmesura: amarlo más que a todo, compartir su suerte (cargar la cruz) y, por él, renunciar a todo.

Resultan loables los esfuerzos pastorales por hacer accesible y simpática la propuesta de Jesús. Tarde o temprano, sin embargo, habrá que confrontarse con su Persona. Solo entonces se llega al hueso del cristianismo. Y sí. Digámoslo todo y sin vueltas: es una locura. Es definir la vida desde Él.

Una locura. Una desmesura. Una maravillosa aventura.

Una ayudita: Teresa de Calcuta. Esta semana la hemos recordado.

Teresa. Jesús. La Eucaristía.

Si no lo entendimos, no entendimos nada.

Buen domingo.

El buen humor de Jesús

“La Voz de San Justo”, domingo 1 de setiembre de 2019

Seguramente no es lo más importante. Sin embargo, hay un detalle en el evangelio de este domingo que me ha llamado la atención. En realidad, me ha arrancado una sonrisa. Aquí el texto: “Un sábado, Jesús entró a comer en casa de uno de los principales fariseos. Ellos lo observaban atentamente. Y al notar cómo los invitados buscaban los primeros puestos, les dijo esta parábola: «Si te invitan a un banquete de bodas, no te coloques en el primer lugar, porque puede suceder que haya sido invitada otra persona más importante que tú, y cuando llegue el que los invitó a los dos, tenga que decirte: “Déjale el sitio”, y así, lleno de vergüenza, tengas que ponerte en el último lugar…»” (Lc 14, 1.7-9).

El sentido del humor es la capacidad de percibir esos desajustes casi ridículos que solemos protagonizar las personas. Aquí: buscar el primer lugar y tener que sentarse al último, llenos de vergüenza. Jesús posee esa cualidad, y en grado sumo. Es muy interesante releer algunos pasajes evangélicos desde esa perspectiva: la exquisita sensibilidad del Señor y su sutil buen humor. Recordemos, si no, el relato de la viuda pobre, cuya ofrenda fue más valiosa que la de los ricos (cf. Mc 12, 41-44). También aquí, Jesús observa, percibe el desajuste y enseña. Pero, por encima de todo: consuela, mostrando el camino de la salvación y de la vida.

¿Cómo mira Jesús resucitado mis propios desajustes y mis desmesuras, mis gestos y actitudes ridículos? Consuela pensar que, como bien dice el Salmo, Él sabe de qué estamos hechos, que somos poco más que barro. Por eso, nos mira, sonríe ante nuestras solemnes ridiculeces y, así, nos tiende una mano. Y lo hace “desde el último lugar”, rodeado de los más pobres y heridos, pues ese es el sito desde el que observa nuestra vida. Hacia ese sitio nos lleva, porque el que se humilla será ensalzado. En el banquete de la vida no faltará tampoco el bueno humor. Ese que saboreamos cuando nos reunimos con los amigos.

El peso de Dios

Así comienza la Biblia el relato mítico del diluvio: “Cuando el Señor vio qué grande era la maldad del hombre en la tierra y cómo todos los designios que forjaba su mente tendían constantemente al mal, se arrepintió de haber hecho al hombre sobre la tierra, y sintió pesar en su corazón” (Gn 6, 5-6). Es una afirmación inquietante. ¿Dios se ha arrepentido de su obra creadora? ¿Está arrepentido de nosotros, los hombres?

Afirmarlo sería apresurado y, en definitiva, una mala interpretación del mensaje de la Escritura. Una paciente lectura del texto sagrado, pero, sobre todo, una lectura desde la persona de Jesús, su mensaje y, sobre todo, su pascua nos da la clave.

Dios sufre por el hombre. Ese es el peso en su corazón: que el hombre se pierda, que su vida se frustre, que su vocación más honda -la vida y la felicidad- quede trunca, por la razón que sea. De ahí que la pregunta que este domingo escuchamos que una persona le hace a Jesús: “Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?”, en realidad es la inquietud ansiosa de Dios puesta en labios de ese ignoto personaje evangélico.

Atendamos ahora a la respuesta de Jesús, que de eso sabe más que nosotros: “Y vendrán muchos de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, a ocupar su lugar en el banquete del Reino de Dios. Hay algunos que son los últimos y serán los primeros, y hay otros que son los primeros y serán los últimos” (Lc 13, 29-30).

Muchos. Esa respuesta consuela y anima, pero también sacude: hay que entrar por la “puerta estrecha”.

La paz de Jesús

“¿Piensan ustedes que he venido a traer la paz a la tierra? No, les digo que he venido a traer la división” (Lc 12, 51).

La palabra “paz” resume, de alguna manera, todos los bienes que Dios quiere dar al hombre. Según las promesas bíblicas, el Mesías será quien traerá la anhelada paz al mundo. Jesús mismo ha llamado bienaventurados a quienes trabajan por la paz. Como él, serán llamados “hijos de Dios” (cf. Mt 5, 9)

¿Se contradice ahora a sí mismo al decir que no ha venido para traer la paz? Jesús trae y ofrece la verdadera paz. No es la falsa e ilusoria tranquilidad que tiende un manto sobre todo conflicto o toda injusticia. La paz de Jesús se abre paso dramáticamente. Es la que paga el precio de su propia pasión y muerte en cruz. Así alcanza el corazón del mundo.

Jesús ofrece su paz a todo hombre, a condición de que este se abra libremente a ella y acepte vivir las exigencias del Evangelio. No es una paz que se compra como saldo de fin de temporada: más barata y, seguramente, de poca calidad. Es la paz que se adquiere a precio de la entrega de la propia vida. “Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquieten ni teman!” (Jn 14, 27).

Creer, amar, caminar

“Estén preparados, ceñidos y con las lámparas encendidas” (Lc 12, 35).

Estemos preparados, ceñidos y con las lámparas encendidas

El lector asiduo de la Biblia reconoce estas palabras. Sí: son de Jesús, pero evocan otras más ancestrales. En esta invitación de Jesús a estar “preparados” resuena el relato del Éxodo: la experiencia de Dios más fuerte que ha tenido Israel.

Solo entonces, ese pueblo olvidadizo había comenzado a comprender realmente quién era ese Dios misterioso de los padres. El Dios que había sorprendido a Moisés hablándole desde la zarza ardiente. El que lo había conminado a poner en marcha al pueblo. Le había revelado además su nombre, también misterioso: “Yo Soy” (cf. Ex 3, 14). Una posible traducción de ese Nombre santo: “Yo soy el que me voy a mostrar en el camino”.

A ese Dios, Jesús lo llama: Abbá, Padre. Él también, como Hijo, se sabe siempre en camino. Y, a sus discípulos, no puede dejar de invitarlos a caminar, a dejarse llevar, a abandonar toda falsa seguridad. El domingo pasado lo escuchamos, advirtiendo con serenidad, pero también con firmeza: ¡Cuidado con la avaricia! Mata la vida, porque mata la fraternidad. Este domingo nos invita a encarar la vida como quienes no están instalados, sino siempre en camino.

Casi estoy tentado de decir que la fe cristiana se asemeja a la práctica del “footing” o del “jogging”. Inspirándonos en el gran San Agustín podríamos decirlo así: creer y esperar es una forma de amar y ponerse en camino hacia Dios.

Y este camino nunca se transita solo, sino con otros caminantes. Y es saludable. Nos pone en forma. Nos hace bien, pues nos orienta hacia el Bueno con mayúsculas.

Menos, es más

“La Voz de San Justo”, domingo 4 de agosto de 2019

«Cuídense de toda avaricia, porque aun en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas». (Lc 12, 15)

Empezando por Caín y Abel, la Biblia está repleta de historias de hermanos que se pelean por la herencia paterna. En culturas patriarcales como las del antiguo oriente, el nombre y los bienes pasaban del padre al hijo varón primogénito. Los hermanos menores quedaban excluidos. Mucho más las mujeres: solo podían heredar en ausencia de hijos varones. No resulta extraño entonces que se desataran guerras o, al menos, fuertes animosidades entre hermanos.

Como en otras ocasiones, en el evangelio de este domingo (cf. Lc 12, 13-21), Jesús retoma el designio originario de Dios creador: la vida de cada hombre y mujer es valiosa en sí misma, no podemos dejar que el ansia desmedida de poseer nos enceguezca de tal manera, que terminemos matando la fraternidad entre nosotros.

Ese es el drama de la actual cultura del consumo: nos ilusiona con la posesión de bienes superfluos que prometen más de lo que realmente pueden dar. ¿No sería inteligente probar ese sabio principio que enseña que “menos es más”? Otro modo de decirlo: probemos con el camino de la libertad interior, caminando ligeros de equipajes superfluos. Tal vez, de esa manera, redescubramos la riqueza de vivir como hermanos.  

El Espíritu. Solo eso

“La Voz de San Justo”, domingo 28 de julio de 2019

“Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos».” (Lc 11, 1).

Jesús en oración. Esa imagen lo encierra todo. Es, en sí misma, Evangelio. Si algo se mantiene en pie en estos tiempos de cambios que todo lo desacomodan, es esa capacidad que Jesús orante tiene de atraer y despertar el deseo de orar en el corazón de las personas, sin importar su condición (mirá, si no, lo que le pasa al “buen ladrón”). De ahí viene que, hoy muchos sigan repitiendo aquella súplica: “Señor, enséñanos a orar…”.

Y Jesús cumple el deseo hecho plegaria. El Orante enseña a sus discípulos a orar. Les enseña el Padre nuestro. Pone las palabras justas en sus labios. Y, en su corazón, no solo no acalla el deseo que habita en cada hombre, sino que lo hace estallar hasta el infinito: “Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino…”

Lo que más sorprende, al menos en esta página que hoy leemos en la liturgia, es la conclusión. Después de enseñarnos a rezar y a no cansarnos de suplicar (“pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá…”), Jesús añade que lo más valioso que el Padre tiene para darnos es el Espíritu Santo. ¿Solo eso? ¿Y qué hacemos con tantas necesidades concretas y reales que tenemos los seres humanos?

Llegados a este punto solo puedo aconsejarte que te quedés en silencio. Lo mejor es hacerle caso a Jesús y ponerte a suplicar. Pedí entender el alcance de su enseñanza.

El Espíritu del que Jesús habla es “su” Espíritu. El Padre está dispuesto a darte el mismo Espíritu que habita, mueve y anima a Jesús, su Hijo. El Espíritu que te abre la puerta a la misma vida trinitaria que habita en Jesús. Solo eso.   

Un peregrino que pasa de huésped a amigo

“La Voz de San Justo”, domingo 21 de julio de 2019

“Mientras iban caminando, Jesús entró en un pueblo, y una mujer que se llamaba Marta lo recibió en su casa. Tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra.” (Lc 10, 38-39).

Así comienza el evangelio de este domingo. Tal vez sea forzar un poco su mensaje, pero no puedo dejar de hacer este comentario. Ayer hemos celebrado el Día del Amigo. Y, este domingo, lo vemos a Jesús iniciar una de sus amistades más profundas: en Betania, con los hermanos María, Marta y Lázaro.

Todo comienza con una puerta que se abre, haciendo lugar al Peregrino que, de esa manera, se convierte en Huésped. Pero la cosa no termina ahí. Los hermanos de Betania se lo deben a María. Ella, al decir del mismo Jesús, es la que elige la mejor parte: ponerse a escuchar a Aquel que ha comenzado a cautivar su corazón. Así comienza una historia de amistad: el Peregrino pasa de Huésped a Amigo.

Entendemos bien lo que esto significa. Al menos, lo intuimos porque lo sabemos desde nuestra experiencia. De las cosas más lindas de la vida, las historias con nuestros amigos son nuestros tesoros más valiosos. María de Betania elige perder su tiempo escuchando a Jesús. La pérdida se hace ganancia. La más valiosa: la que hace crecer en humanidad. La que alcanza la vida verdadera, la que atraviesa incluso el umbral de la muerte. Un día lo sabrá en carne propia. Será con su hermano Lázaro. Pero esa es otra historia.

PS: ¿Y si en medio de tantas grietas, trolls y otras yerbas, elegimos perder el tiempo buscando la amistad, incluso la reconciliación?