No nos faltará la unción del Espíritu…

Homilía en la Misa crismal – Catedral de San Francisco – 30 de junio de 2020

“El espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Él me envió a llevar la buena noticia a los pobres…” (Is 61, 1 y Lc 4, 17).

Queridos hermanos:

No nos ha faltado el soplo del Espíritu en los tiempos que vivimos. Ni nos faltará, para los que se avecinan: de reconstrucción y solidaridad, de consuelo y esperanza.

Los pueblos poseen una enorme energía de bien, de ingenio y de creatividad. Sometidos a duras pruebas, llevados incluso al límite, son capaces de una sorprendete resiliencia.

Esa indómita vitalidad viene del Creador. Es signo de su imagen en nosotros. Con ella contamos para levantarnos ahora, como ha pasado en otras horas dramáticas de la historia.

La Iglesia no posee un programa específico para que la sociedad salga de esta crisis. Acompaña sí el fatigoso camino de búsqueda, errores y logros que transitan hombres y mujeres, tan diversos por procedencia y cultura, como ansiosos de alumbrar un mundo más humano.

Más que un proyecto, lo que si puede y debe ofrecer la Iglesia es el Aliento que la anima: el Espíritu creador, el mismo que el Padre sopló sobre el cuerpo exánime de su Hijo en la tumba, resucitándolo de entre los muertos.

Viene del Padre, mana del costado abierto del Crucificado y derrama la caridad en los corazones cuando nos es dado en los sacramentos.

Y nos lleva al Evangelio. En él encontramos palabras, gestos, personas, experiencias. Encontramos a Jesús, el humilde Ungido del Padre.

El Espíritu nos pone a sus pies, como a María de Betania, para escuchar, de sus labios, el sueño de la Trinidad que somos nosotros, nuestro mundo, la creación.

*     *     *

En breves instantes vamos a consagrar el Crisma perfumado y a bendecir los santos Óleos.

El símbolo de la unción es elocuente: aceite que se derrama, suave y penetrante. Hay que esparcirlo con generosidad y dejarlo hacer lo suyo: impregnar, suavizar, perfumar, aliviar…

Somos servidores de este misterio vivificante. Servidores, no patrones.

Cuando intentamos someter el Espíritu a nuestros esquemas, terminamos levantando becerros de oro, tristes remedos del Dios vivo. Presumiblemente más parecidos a nosotros, a nuestros miedos y mezquindades.

¿No es este uno de los aprendizajes que estamos haciendo en los tiempos que corren?

Se nos ha confiado la unción del Espíritu para que, por nuestras manos, pase a la vida de nuestros hermanos.

El Espíritu es fuerza, vida, consuelo, gozo.

Por eso: ¡seamos como niños!

¡Dejémonos llevar con confianza, docilidad y alegría hacia donde quiera el Espíritu!

Este tiempo de cuarentena comienza ya a tener mucho de cenáculo: puertas, corazones y mentes cerrados. También miedo que roba libertad. Es cierto. Pero, precisamente en medio de ese amasijo de sentimientos, está creciendo la espera del Espíritu.

María, madre de la Iglesia, sostiene esa espera y la transforma en oración.

Y camina con esta Iglesia diocesana.

Nos anima a caminar juntos.

Hermanos:

El Resucitado ya está entre nosotros, soplando su Espíritu y confiándonos la misma misión que ha recibido del Padre.

Dejémonos entonces llevar.

Amén.

Corpus Christi 2020

Homilía en la catedral de San Francisco – Domingo 14 de junio de 2020

Una pregunta para todos: los que estamos aquí, en este templo; pero también para quienes nos siguen por las redes:

¿Ansiamos realmente volver a compartir la Sagrada Liturgia? ¿Queremos de verdad volver a la Misa? ¿O es mejor así?

Más simple, menos molesto, menos incómodo, más al alcance de la mano, más higiénico, ¿por qué no? …

*     *     *

Volvamos a escuchar al Señor, como hicieron aquellos hombres y mujeres que lo buscaban, no porque hubieran visto signos, sino porque les había dado algo concreto: pan para comer.

Jesús les decía: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”. (Jn 6, 51).

Dejando, tal vez, libre curso a las propias dudas, el evangelista anota presuroso: “Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?».” (Jn 6, 52).

Sí. ¿Cómo es posible que se nos proponga semejante desmesura? Porque de eso se trata: una desafiante desmesura: un hombre llamado Jesús dice de sí mismo que es imprescindible para vivir.

Todos nos damos cuenta que las palabras “pan” y “comer” son una metáfora, una imagen que apunta a esta realidad: si no dejamos a Jesucristo entrar en nuestra vida, asimilándolo como el pan que alimenta, no podremos vivir con vida verdadera. Además, con una potencia vital que es capaz de atravesar ese umbral intimidante que es la muerte.

Es inaudito. Insoportable. En fin, una desmesura…

*     *     *

Y, sin embargo, estamos aquí, atraídos por Él, por su palabra, por sus gestos, por su Espíritu.

Hemos escuchado esas palabras inauditas. Es justo que, también, evoquemos estas otras: “Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré en el último día.” (Jn 6, 44).

Sí, lo confesamos sin temor ni vergüenza: Señor, nos sentimos atraídos por Vos. Reconocemos estar ante tu Presencia porque una fuerza interior, el Espíritu que viene de las profundidades del Padre, nos lleva, una y otra vez, a ese abismo de luz, de alegría y de esperanza que es tu Persona.

Vos nos da vida, Jesús. Sos nuestra Vida. Nos lo has mostrado como solo Vos podés hacerlo. Nos has vencido y convencido: “El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.” (Jn 6, 56-57).

Como dirá Simón Pedro al final, también nosotros te decimos, vencidos por tu amor, tu dulzura y tu hermosura de Cordero inmolado: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios” (Jn 6, 58-59).

*     *     *

La misma fuerza que nos atrae a Jesús y a su Eucaristía es la que nos saca de ella. Porque venimos a la mesa eucarística para desandar nuestros pasos e ir al encuentro del mundo, de nuestra vida cotidiana, de los pobres, de los olvidados… pero también de nuestros detractores, de los que dicen nuestros enemigos y contrincantes…

Es falsa la oposición entre comunión eucarística y servicio a los pobres. El solo plantearlo así nos muestra una fe, ya no débil o inmadura, sino desnortada.

El Jesús que se nos da como alimento es el mismo que, como Buen Samaritano, nos da sus mismos sentimientos para que no nos dejemos ganar por la pulsión del egoísmo que siempre llevaremos dentro.

Sí. La Eucaristía nos transforma, a condición que nos dejemos interpelar a fondo por la persona del Señor.

Aquí ya no hay metáfora sino realidad: “Te adoro con fervor, Deidad oculta, que estás bajo estas formas escondida. A Tí, mi corazón se rinde entero y desfallece todo si te mira. Se engaña, en Ti, la vista, el tacto, el gusto…”, cantamos con el poeta que es también teólogo, pero, más que nada discípulo. Es decir, un enamorado.

Termino esta homilía con una oración tomada del Misal. La rezaremos, Dios mediante, el próximo domingo 13 de septiembre, XXIV del tiempo ordinario. Es muy bella y certera.

Dice así: “Te rogamos, Dios nuestro, que el don celestial que hemos recibido impregne nuestra alma y nuestro cuerpo, para que nuestras obras, no respondan a impulsos puramente humanos sino a la acción de este sacramento”.

Amén.

Misa por la Patria

Homilía en la catedral de San Francisco, 25 de mayo de 2020

“Se acerca la hora, y ya ha llegado, en que ustedes se dispersarán cada uno por su lado, y me dejarán solo. Pero no, no estoy solo, porque el Padre está conmigo.” (Jn 16, 32).

Las palabras de Jesús impresionan. Pero, mucho más, la realidad a la que nos introducen.

Jesús está entrando en la Pasión. Está volviendo al Padre. Está en situación de Pascua.

Lo hemos contemplado en la Semana Santa: en pocas horas, quedará solo, despojado de todo. Primero en Getsemaní, luego en el juicio de vértigo en el que se suceden el Sanedrín y Pilato, dramáticamente en la cruz y, finalmente, en la fría piedra de un sepulcro nuevo.

Sin embargo, en estas palabras, el Señor fija su mirada en los discípulos. Parece no pensar en su despojo, sino en la disgregación del rebaño.

Es el misterio del pecado: seduce para deshumanizar, deshumaniza disgregando y dispersando.

En cambio, Él mismo entrará en una comunión nueva con el Padre: “no, no estoy solo, porque el Padre está conmigo”.

La cruz es la hora del amor hasta el fin. Es la forma que tiene la entrega de la propia vida, por amor, incluso más: por gratitud.

La Cruz es acción de gracias y alianza, comunión y vida compartida.

El Espíritu Santo va tejiendo los hilos de esa trama que une al Padre y al Hijo en el despojo de la cruz.

Es como el viento: sopla donde quiere y, obrando así, genera vida, alianza y comunión.

También nosotros podemos -y debemos- decir: “No. No estamos solos. Caminamos hacia el Padre, por el Hijo en el Espíritu Santo. Somos familia, pueblo, fraternidad. Somos tierra, hogar, casa común y trabajo, ilusiones y esperanzas… Somos Patria”

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Nos hemos reunido para orar por nuestra Patria Argentina. Orar por ella es un precioso y dulce deber.

Sigue siendo verdadero -a pesar de las objeciones- que la “Patria” es la “tierra de los padres”.

La tierra es importante. No lo ponemos en duda. Hoy nos sentimos urgidos a tratarla con respeto, a admirar la riqueza de vida que el Creador despliega en ella, a cuidarla y a cultivarla con delicadeza.

La tierra es así un signo precioso del amor que nos precede, nos envuelve y siempre nos espera: el de Dios, creador y providente; pero también, el de todos aquellos que nos han precedido, preparando el jardín de la vida, para que también nosotros echemos raíces, crezcamos y demos fruto abundante.  La Patria es así camino compartido por hombres y mujeres de distintas generaciones.

Viene de lejos, nos compromete en el presente y nos abre hacia un horizonte infinito que alcanza al cielo: la Patria celestial de toda la humanidad.

Es un espacio abierto por corazones generosos que, antes que pensar obsesivamente en sí mismos, fueron intrépidos a la hora de amar entregando la vida, abriendo surcos, sembrando para el futuro, aceptando renuncias porque las nuevas generaciones se anunciaban pujantes y vigorosas.

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“El amor y el servicio de la patria forman parte del deber de gratitud y del orden de la caridad”, enseña solemne el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 2239).

Es verdad que, en ocasiones, personas de corazón grande, al cabo de una vida de renuncias y entregas, han sentido el aguijón de la desilusión. “¡Ay, patria mía!”, fueron las últimas palabras del padre de la Patria, Manuel Belgrano.

Cualquier forma de servicio público, tarde o temprano, se confronta con la mezquindad humana.

La Iglesia lo sabe. Por eso no apuesta por un optimismo ingenuo. Cada palabra y gesto de Jesús demuestran un sano realismo, que viene del corazón mismo de Dios.

Ese realismo es el que nos abre los ojos y nos invita, de manera especial en una fecha como la de hoy, a mirar la Patria con gratitud y a perseverar en el servicio al bien común.

¿Por qué gratitud? ¿Es verdaderamente realista semejante actitud?

Sí, lo es. Basta echar un vistazo a lo que vivimos en estos extraños días que, sin ninguna experiencia o preparación, nos han enfrentado a decisiones difíciles.

Hemos visto emerger, a pesar de dudas, reclamos justos y muchos interrogantes, una voluntad firme de cuidar la vida, de potenciar solidaridad y de apostar por el futuro, a sabiendas de lo duro del camino que se emprendía.

Esa pasión por el bien común no se improvisa. Viene de lejos. Está en los genes de una historia compartida en la que, en situaciones similares, tanto o más desafiantes, hombres y mujeres comunes han tenido que asumir riesgos también similares, tomando decisiones, jugándose por la vida y el futuro, pensando en los hijos y en los más vulnerables.

Damos gracias por esta experiencia. Una gratitud que nos compromete y responsabiliza a todos. De un modo a los ciudadanos de a pie; de otro, a las fuerzas vivas y organizaciones que dinamizan nuestra sociedad; de otra, a quienes somos dirigentes, de manera especial, a quienes componen la comunidad política.

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La Patria no es el estado. Menos aún un gobierno. Menos todavía, un partido o movimiento político, por mayoritario que sea.

La Patria es la tierra de los padres, y de todos sus hijos e hijas. Sin exclusiones, discriminaciones o sesgos interesados.

Es más, solo podemos hablar de Patria si tenemos las puertas de nuestra mente y de nuestro corazón bien abiertas a todos los pueblos de la tierra. En esta hora, la unidad del entero género humano, de los pueblos, culturas y naciones, se nos impone con una evidencia difícil de cuestionar.

El estado, el gobierno y toda la comunidad política están al servicio del pueblo, de la sociedad libre compuesta por hombres y mujeres libres. Hasta podemos decir que su misión es cuidar y hacer posible esa libertad, para que cada persona, familia y agrupación busque el bien común con elección deliberada y adulta.

El alma de la Patria es ese “orden de la caridad”, que nos lleva a buscar el bien de todos, a alimentar la vida virtuosa de las familias y de los ciudadanos, fundada en la verdad y en el compromiso cotidiano con toda forma de bien y de justicia.

Hablar de la Patria es apelar a la amistad social y a la reconciliación que pacifican los corazones, y liberan las fuerzas del pueblo para el bien común.

Argentina ha caminado intensamente estos doscientos diez años. Llevamos en nuestra memoria, en nuestras ideas, en nuestra conciencia e incluso en nuestros cuerpos, los signos de ese fatigoso camino.

Nos queda todavía mucho trecho por recorrer. No terminamos de madurar un proyecto común de país; una síntesis de miradas, sensibilidades y búsquedas que han aprendido a convivir en el respeto, el diálogo y el consenso.

¿Será esta emergencia sanitaria una oportunidad para hacerlo?

Que la gratitud se transforme en responsabilidad, pues el futuro se anuncia como una tarea ímproba de reconstrucción, de cuidado y de solidaridad.

Oremos por nuestra Patria.

Dios no dejará de asistirnos, toda vez que abramos a su benevolencia nuestros corazones vacilantes.

Amén.

María cuida el corazón de la Iglesia

Solemnidad de la Virgen del Rosario de Fátima – Fiesta Patronal Diocesana 2020

María cuida el corazón discipular de la Iglesia. Cuida los corazones de cada uno de nosotros, hombres y mujeres que nos reconocemos discípulos de su Hijo.

Y lo hace con ese estilo divino que atraviesa la entera historia de salvación: a mayor fragilidad humana, más intensa cercanía, delicadeza y cuidado de Dios.

De la misma manera, María cuida la vida y los corazones. Procura que permanezcan dóciles a la acción del Espíritu, abiertos a la Palabra: a escucharla, obedecerla y ponerla en práctica. Como hizo ella.

María vela sobre la Iglesia para que sea fiel al don de Dios, anunciado por el profeta: “Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo: les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne.” (Ez 36, 26).

Como Iglesia diocesana de San Francisco, volvemos a pedirle a Nuestra Señora: que cuide nuestra fidelidad al Evangelio de Jesús.

Es gracia que suplicamos en esta hora de prueba y de esperanza; por eso mismo, también de nuevos aprendizajes.

El Señor nos ha traído hasta este lugar de gracia: estamos viviendo un tiempo en el que todos estamos aprendiendo de nuevo el Evangelio.

Como empujados suavemente por el Espíritu a ser, de verdad, discípulos, familia y hermanos.

¿No será ese el gran aprendizaje de Dios para nosotros en este tiempo?

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Al inicio de esta cuarentena muchos nos sentimos invadidos por una fuerte sensación de “extrañeza”.

Así, por ejemplo, fue la vivencia de esta Pascua: extraña, por nuestros templos vacíos -en realidad, por la ausencia física de la comunidad orante-; pero también intensa, conmovedora y movilizadora.

En este clima hemos sentido crecer una fe intrépida, orante y esperanzada. Hemos sido testigos de cómo, el Evangelio logra abrirse paso entre obstáculos inesperados, despertando creatividad, nuevas iniciativas y expresiones de fe compartida.

El ministerio de los pastores, por ejemplo, ha parecido menguar, achicarse y hasta encogerse. Sin embargo, a la vez que esto ocurre, nuestro ministerio pastoral parece volverse más evangélico y concentrado en lo esencial.

Reconozcamos aquí una posibilidad abierta por el Espíritu, más allá de nuestras expectativas y proyectos.

Hemos perdido el control de muchas cosas que marcaban el ritmo de nuestra vida ordinaria.

Es cierto. Pero, ¿podemos interpretarlo como un saludable desapego? Ese suele ser, con la aridez en la oración, la forma como el Buen Dios nos hace crecer en humanidad, en libertad y en santidad.

En todo caso, esta pérdida de control está abriendo paso a una experiencia luminosa: algo de fondo está aconteciendo. Y lo estamos aprendiendo, día a día. Caminamos la paciencia.

En esa ausencia e incertidumbre cobra nueva intensidad una Presencia que, sin embargo, no nos es extraña, sino entrañable: es el Resucitado que, una vez más, irrumpe entre los suyos, como hizo aquella primera mañana en el Cenáculo.

Es bueno evocar aquí la experiencia de Juan, el Precursor: “Es necesario que él crezca y que yo disminuya” (Jn 3, 30).

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“¡Feliz el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron!… “Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican” (Lc 11, 27-28).

¡Cómo nos ilumina la Palabra! Nos aquieta y consuela. Nos hace ver la realidad: Dios obrando en el mundo, en el corazón de los hombres, conduciendo la historia…

Esta contraposición de bienaventuranzas, en realidad, descubre una tensión que atraviesa nuestra vida personal y eclesial: en palabras de Aparecida, el paso “de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera” (A 370).

Si esa escucha es fiel -y no tenemos por qué dudarlo-, si encuentra un corazón pobre y fraterno, producirá “fruto a su debido tiempo” (Sal 1, 3).

Es Palabra viva, rebosante del Espíritu.

Lo hemos visto: una más intensa escucha de la Palabra nos está obligando a repensar y resignificar prioridades, intereses e ideas.

Hemos reconocido su Voz que nos invitaba a cuidar la vida, privándonos incluso del bien precioso de la celebración comunitaria de la Eucaristía.

Y lo hemos hecho, con dolor, no solo para obedecer a una disposición razonable de la autoridad, sino porque hemos experimentado que el Señor nos hacía sentir su voluntad, siempre orientada al bien de todos, especialmente de los más vulnerables.

Esa vida del Espíritu está creciendo, cierta, vigorosa y fuerte, en nuestras familias que se redescubren “Iglesias domésticas”, en nuestras comunidades y en los corazones de muchos.

Es vida que brota de la Eucaristía y que tiene forma eucarística: cercanía solidaria a los más pobres, a los que sienten el aguijón del miedo o están solos, a los ancianos y enfermos.

María la custodia y alienta. Nos invita a todos a imitarla.

Estamos ante un regalo inesperado.

Amén.

¡Dejémonos arrastrar por la fuerza de Cristo!

Homilía en la Catedral de San Francisco, Miércoles de Ceniza 2020

Con la bendición e imposición de las cenizas comenzamos a transitar el camino de la Cuaresma.

Es el camino de Jesús hacia la Pascua.

Él va delante. Nosotros detrás, traccionados por su mismo impulso.

¡Dejémonos llevar!

Seamos como esos ciclistas que, con una mezcla de osadía e imprudencia, pedalean fuerte detrás de algún vehículo mayor, más ágiles por la tracción generada.

*     *    *

Mientras recibimos las cenizas, el ministro nos invita a la conversión, invitándonos a creer en el Evangelio sin olvidar nuestra radical pobreza: ¡Conviértete y cree en el Evangelio! ¡Recuerda que eres polvo…!

Somos pecadores. No solo limitados.

Tenemos el corazón dividido y herido.

Nos habita una fuerza disruptiva: el pecado y el peso del egoísmo que brota de él.

Es como una fuerza centrífuga que, dejada libre, todo lo destruye y dispersa: a nosotros, a quienes nos rodean, a aquellos que amamos, a la misma creación…

Allí radica, misteriosa y seductora, la raíz de toda forma de violencia, de injusticia y de deshumanización.

*     *    *

¡Dejémonos arrastrar por la fuerza centrípeta de Jesucristo y su Pascua!

¡Sólo Él sabe cómo curar nuestras heridas! ¡Sólo Él llega hasta el fondo, a la raíz de nuestros pecados!

Ha venido a nosotros, tomando nuestra propia condición y experimentando en ella todos nuestros límites. Sabe de qué barro estamos hechos…

En la Pascua de su pasión, muerte y resurrección ha liberado la fuerza más poderosa, la que viene de Dios y es la única que sana y salva: el amor de misericordia que se hace perdón de los pecados.

Somos pecadores, pero pecadores perdonados.

El perdón ha venido a nosotros, camina con nosotros, está al alcance de nuestra mano.

Es Jesucristo, el rostro del perdón y la misericordia del Padre.

En el camino cuaresmal, hacemos penitencia para que nuestro corazón herido se quiebre de amor y, de esa manera, deje circular libremente el poder sanador del perdón divino.

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Recogiendo la palabra del Señor, la Iglesia nos invita al ayuno, la oración y la limosna.

Son la expresión visible de ese espíritu de penitencia y conversión que el mismo Espíritu Santo está alentando en nosotros.

¡Seamos animosos!

¡Experimentemos juntos la alegría de volver a Dios, de dejarnos renovar por su perdón y, de esa manera, ser más humanos, más hermanos!

¡Acerquémonos al sacramento de la Penitencia! ¡Es Cristo el que nos espera para abrazarnos!

¡Buena Cuaresma para todos!

Inmaculada Concepción de María

Homilía en el Santuario de la “Virgencita” (Villa Concepción del Tío)

Queridos peregrinos:

Bienvenidos al Santuario de la “Virgencita”. Aquí nos sentimos en familia: María es nuestra madre y podemos reencontrarnos como hermanos y hermanas. 

Los invito a sentirnos también unidos a las comunidades cristianas que, en los diversos santuarios, parroquias y templos del país, hoy se reúnen para honrar a la Purísima.

De manera especial, los invito a visitar, con nuestra imaginación, un Santuario en particular: en la gruta de Choya en Catamarca, donde hace cuatrocientos años fue hallada la querida imagen de la “Morenita”, la Virgen del Valle.

Para conmemorar este aniversario, los obispos argentinos hemos convocado un Año Mariano Nacional con el lema: “Con María, servidores de la esperanza”.

Hoy, cada diócesis de Argentina está celebrando la apertura del Año Mariano, como lo hacemos nosotros esta tarde, aquí en nuestro Santuario mayor.

Por eso, sintámonos unidos como familia grande entorno a la Pura y limpia Concepción.

*     *     *

Miremos una vez más a nuestra “Virgencita” y, como cantamos en su himno, repitamos:

“Madre dulcísima de Concepción: ¡Sé nuestro amparo y protección!”

Esta oración es hermosa por su sencillez y profundidad.

Los invito a meditarla.

Ante todo, pensemos que recoge una experiencia muy real. A lo largo de la historia tres veces centenaria de esta sagrada imagen, los peregrinos y devotos de la Virgencita han sentido su presencia y, sobre todo, su intercesión maternal.

Las madres y abuelas cristianas lo saben, por eso, se lo enseñan a sus hijos y nietos: María es una presencia con la que se puede contar siempre.

En los labios de los varones, por su parte, el nombre de María adquiere un tono de especial intensidad. ¡Cuánto habla al corazón un papá arrodillado ante la Virgen!

María es una presencia que busca hacerse visible y corporal: en una medalla, un rosario o una estampa en el auto. Basta solo mirarla. O, como seguramente haremos al finalizar: el gesto de extender la mano para acariciar su imagen. Mucho más hermoso cuando un papá levanta en brazos a su hijito.

Si tuviera que formular un pedido delante de la Virgencita, pediría que cada una de nuestras familias le abra, sin miedo, la puerta de su hogar. Y le permita realizar lo que mejor sabe hacer: darnos a Cristo.

Por eso la invocamos como madre “dulcísima”.

Entendámoslo bien: la dulzura de María no es sentimentalismo meloso. Es la dulzura de la Palabra de Dios.

María ha aprendido a saborear esta dulzura, nutriendo su corazón con las Santas Escrituras, cantando los Salmos, contemplando el paso de Dios por la vida.

Pero, desde que quedó embarazada por obra del Espíritu, María comenzó a sentir la dulzura de Jesús, Hijo de Dios que se hacía hombre en ella.

La dulzura de María es la dulzura de Cristo, nuestro Hermano y Salvador.

Será especialmente elocuente en la Noche de Navidad.

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No nos cansemos entonces de repetir:

“Madre dulcísima de Concepción: ¡Sé nuestro amparo y protección!”

Esta oración es sencilla como todo lo que viene de Dios. Él se complace en los humildes y pequeños.

María lo sabe.

Por eso, cultiva el silencio que le permite percibir la brisa suave y mansa del Espíritu.

Con el hijo creciendo en su vientre, el silencio de María adquiere una profundidad especial. Una y otra vez habrá vuelto a las palabras del ángel: llena de gracia, cubierta del Espíritu, el niño será santo, será llamado Hijo del Altísimo, se sentará en el trono de David…

Y, cuando el niño nacido de su vientre comience a crecer, esas palabras despertarán nuevas preguntas y ansiedades. Toda mamá lo sabe. Imaginémosla al pie de la cruz.

La vida de María fue sencilla, pero no fácil: tuvo que aprender a caminar la fe y la esperanza.

Por eso, cuando con esta letanía suplicamos su amparo y protección, no pedimos una solución mágica para los problemas de la vida.

Suplicamos una presencia amiga que camine con nosotros, que aliente nuestra esperanza, que anime nuestra búsqueda constante de la verdad y de la justicia.

Pedimos su misma entereza para cumplir la misión que el Señor nos encomienda.

*     *     *

Iniciando el Año Mariano Nacional, hoy rezamos por nuestra Patria Argentina.

En estos días están asumiendo nuestras nuevas autoridades municipales, provinciales y nacionales. El mandato popular que han recibido recoge expectativas y sueños, también miedos y desencantos.

Somos un pueblo que quiere edificar su futuro en paz, desde su rica diversidad geográfica, histórica y cultural.

Argentina es una sola nación, pero con múltiples y fascinantes rostros.

Reconocemos que nos cuesta la convivencia. Somos pasionales para todo: la religión, la política o el fútbol.

Les confieso que, al ver esta mañana, el abrazo de paz entre Alberto Fernández y Mauricio Macri sentí una honda emoción.

Dos adversarios, que piensan distinto (y no tienen por qué dejar de hacerlo), se pueden dar la mano para caminar en paz.

¿Se daban cuenta lo que ese gesto despertaba en muchos compatriotas? Intuyo que sí, que saben que hay que acallar los tambores de guerra.  

Volvamos la mirada a María.

En el camino del Adviento, ella crece como signo de esperanza. Le da rostro a la humanidad nueva que Cristo, su hijo resucitado, está haciendo crecer en el mundo.  

María corresponde a la acción del Espíritu con humidad y grandeza de alma. Se ve a sí misma como servidora de la vida y de la esperanza de sus hermanos.

Tenemos todavía mucho por caminar, muchos diálogos que retomar, muchos reencuentros que animar. El camino aparece largo y empinado. Necesitamos fuerzas.

Para eso estamos juntos, unos al lado de los otros, aunque no pensemos ni soñemos lo mismo. Lo más valioso de caminar juntos es que, tarde o temprano, comprendemos que, por encima de todos, somos semejantes.

En cristiano: somos hermanos y hermanas.

Podemos darnos entre todos un promisorio abrazo de Paz.

La Transfiguración de Francisco

Homilía en la Fiesta de San Francisco de Asís

Catedral de San Francisco – 4 de octubre de 2019

Hablando de sus propias luchas apostólicas, San Pablo escribe a los corintios: “Por eso, no nos desanimamos: aunque nuestro hombre exterior se vaya destruyendo, nuestro hombre interior se va renovando día a día” (2 Co 4, 16).

Bien se podrían aplicar a Francisco estas palabras. Cuentan sus biógrafos que sus intensas vivencias personales habían dejado huellas muy visibles en su cuerpo. Francisco había vivido plenamente, entregándose en cuerpo y alma a las llamadas de Dios, a medida que estas iban clarificándose en su alma.

Tantas luchas, internas y externas, hicieron mella en su persona. Pensemos solo en la enfermedad ocular que contrajo en Egipto y que, de vuelta a Europa, se incrementó con los desastrosos tratamientos que recibió de aquellos médicos del siglo XIII.

Su estampa era la de un hombre sufrido.

Sin embargo, algo grande y hermoso acontecía en el alma de Francisco que resaltaba aún más en la fragilidad de su cuerpo y en la fatiga de su porte externo. Algo grande y hermoso, pero para nada débil, sino fuerte y vigoroso, porque era la obra del Espíritu en el alma de un hombre que, con una libertad que nos subyuga tanto como nos atemoriza, se había dejado vaciar a sí mismo.

El “hombre exterior”, al decir de Pablo, parecía menguar, mientras que el “hombre interior” alcanzaba una belleza llena de la majestad del Dios Crucificado que, en San Damián, lo había invitado a reparar su Iglesia en ruinas. O, parafraseando al profeta y al salmista: nuestro Francisco, “varón de dolores” (Is 53, 3) era también “el más hermoso de los hombres” (Salmo 44, 2).

Esta genuina transfiguración fue creciendo paulatinamente a lo largo de toda su vida. También él, como su maestro, “iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia, delante de Dios y de los hombres” (Lc 2, 52).

Sin embargo, esta transformación alcanzó un grado supremo apenas el Pobre de Asís fue abrazado por la “hermana muerte corporal”, que él había cantado en su himno “Laudato Si’”, aquel 3 de octubre de 1226.

Después de yacer un tiempo desnudo en el pavimento de la Iglesia (tal fue su voluntad), los hermanos comenzaron a amortajar el cuerpo venerado. Fue entonces que su rostro sufrido cambió de aspecto y se volvió de una belleza luminosa. Mientras se cumplía esta operación y la noticia de su muerte se difundía por Asís, una multitud orante y sollozante se agolpaba para contemplar a quien ya consideraba un santo.

Fue en esa ocasión que muchísimos seglares, clérigos y hermanos pudieron contemplar las benditas llagas que, apenas dos años antes de morir, Francisco había recibido en el Monte Alverna, como sello de su profunda identificación con Cristo, el Señor.

Es la gracia que le había pedido a Jesús, seguramente con la decisión y pureza de los santos. Estas son sus palabras, según los testimonios que nos llegan de sus contemporáneos:

Señor mío, Jesucristo, dos gracias te pido me concedas antes de mi muerte. Que experimente en vida, en el alma y en el cuerpo, aquel dolor que Tu, dulce Jesús, soportaste en la hora de tu acerbísima Pasión; la segunda, que yo experimente en mi corazón, en la medida de lo posible aquel amor sin medida en que Tu, Hijo de Dios, ardías, cuando te ofreciste a sufrir tantos padecimientos por nosotros pecadores. (Consideraciones sobre las llagas).

Francisco suplicó con tenacidad a Aquel que había enseñado: “Pidan y se les dará”. Rogó y Jesús cumplió la promesa: le concedió, a manos llenas, las gracias centuplicadas.

*     *     *

Contemplamos la transfiguración de Francisco, admirados y agradecidos. Pero no podemos dejar de pensar en la transfiguración que el Señor, por medio de su Espíritu, está ciertamente obrando en cada uno de nosotros, en nuestras comunidades, en nuestra ciudad y en nuestra diócesis.

Hace algunos meses, les dirigía una carta a los sacerdotes y consejos parroquiales de pastoral, formulando algunas preguntas: “¿Qué quiere el Señor de nuestra Iglesia diocesana, en este momento y a través de los acontecimientos que estamos viviendo? ¿Qué pasos de conversión nos está pidiendo?”.

Podría decir ahora, contemplando a Francisco e iluminados por las Escrituras que hemos escuchado: ¿Qué gracia de transformación está obrando en nosotros el Espíritu Santo? ¿Hacia que umbral de gracia nos está conduciendo como Iglesia diocesana? ¿Cómo se están marcando en nosotros las cicatrices del Señor? ¿Dónde vemos surgir la criatura nueva que nace del costado del Crucificado?

Creo sinceramente que la figura evangélica de Francisco de Asís nos ilumina.

Puede ser que nuestra diócesis y nuestra ciudad lleven el nombre de San Francisco casi de manera fortuita. Pero no hay casualidad en la Providencia de Dios. En ese nombre hay un programa evangélico que viene del corazón de Dios para nosotros.

Esta mañana he hecho pública una Carta Pastoral recogiendo las respuestas que ustedes han formulado a las preguntas del obispo. Si tuviera que resumir lo que he querido expresar en palabras, lo haría con estas frases:

Somos familia. Somos hermanos. Tenemos que vivir toda la densidad humana de la cercanía: cercanía con Dios a través de la oración, especialmente de la adoración y la alabanza; cercanía entre nosotros, derribando muros y construyendo espacios fraternos para escucharnos; cercanía misionera con todos, pero especialmente con los más alejados, heridos y vulnerables.

Si quieren lo resumo en dos palabras muy “franciscanas”: fraternidad y cercanía.

Como Francisco, con estas palabras formulo un deseo que se vuelve oración. Los invito a hacer lo mismo. Una oración que nace del corazón de nuestra Iglesia diocesana, de sus vivencias, ilusiones, decepciones y sufrimientos. Una oración cuyo fervor se intensifica al escuchar al Señor que nos dice: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana” (Mt 11, 28-30).

Señor Jesús: como Francisco un día, también nosotros hoy nos atrevemos a suplicar, para nuestra Iglesia diocesana la gracia de una profunda conversión que nos haga más misioneros, más disponibles, más hermanos y más cercanos a todos.

Que tu Espíritu derribe nuestro orgullo y nos haga más humildes y orantes, más misericordiosos y sencillos, más fieles a tu Evangelio en medio de nuestra sociedad.

Que no nos amoldemos a los criterios mundanos del bienestar individual y del consumo que galvanizan nuestra mirada y nuestro corazón.

Concédenos, Señor, un tiempo de generosa y saludable conversión. Que sintamos tu dulzura y tu belleza, y que experimentemos la alegría franciscana de comunicarla en cuanto vivida con sencillez y en la pobreza.

Amén.

¡Qué la Eucaristía nos estremezca!

El religioso orionita polaco Michal Los, ordenado sacerdote en su lecho de enfermo el 23 de mayo de 2019. Falleció el 17 de junio.

Homilía en la Solemnidad del Corpus Christi. Catedral de San Francisco, sábado 22 de junio de 2019.

“«¿Dónde está el Cuerpo del Señor?» Esta es la pregunta que surgió el lunes por la noche, del fuego de Notre-Dame de París: «¿Dónde está el Cuerpo del Señor?».

Era necesario salvar la Catedral, el tesoro formado por piezas de orfebrería acumuladas a lo largo de los siglos. También era necesario guardar, para los creyentes, esta Reliquia infinitamente preciosa: la Corona de Espinas de Jesús, traída por el rey San Luis.

Pero una pregunta agónica surgió en mi corazón: «¿En dónde está el Cuerpo del Señor?», ¿era posible dejar el Santísimo Sacramento?, ¿dejar el Cuerpo de Jesús que estaba en el Tabernáculo?

Es por este Cuerpo, velado bajo la apariencia de una miga de pan (“d’une miette de pain”), que se construyó esta Catedral. Entonces ¿qué es lo más valioso?, ¿la Catedral, el tesoro o la miga de pan? La miga de pan es el Cuerpo de Dios, el Cuerpo de Cristo, Su Cuerpo resucitado. Inalcanzable, a menos que Él se entregue a Sí mismo. Y así lo hace, se dona a Sí mismo: «Mi vida nadie la toma, soy yo quien la da»…

Queremos salvar la Catedral. Este espléndido estuche de joyería ha querido ser la magnífica manifestación del genio humano que rinde homenaje al amor de un Dios que se entrega por amor y que para darse a Sí mismo, se ha convertido en uno de nosotros.”

De la homilía del arzobispo de París, Michel Aupetit, seis días después del incendio que dañó severamente Notre Dame (21 de abril de 2019, Domingo de Pascua).

El arzobispo de París, Michael Aupetit celebrando la primera Misa en Notre Dame después del incendio el pasado 15 de junio, memoria de la dedicación de la catedral parisina.

¡Qué contraste! ¡Cuánto dolor por los que ya no saben reconocer en el pan a Jesús, el Señor!

¡Qué contraste! ¡Cuánto dolor por los que ya no saben reconocer en el pan a Jesús, el Señor!

No quiero hacer juicios simplistas, a los que tan acostumbrados nos tienen estos tiempos de polémicas infantiles y posicionamientos fundamentalistas. Sé bien que, detrás del abandono de la Eucaristía hay complejos procesos espirituales y personales.

Dios es Juez misericordioso y Sabiduría amorosa. Él conoce mejor que nadie el corazón humano. Sobre todo, sabe medir hasta qué punto sus decisiones son realmente libres, expresan rebeldía y rechazo del don; o son, más bien, reacción airada por los escándalos de los creyentes, o sencillamente, manifestación de la fragilidad humana ante la presión de una cultura secularizada y las carencias de una pastoral de conservación más que misionera.

Todos estamos en sus manos de Padre sabio, amoroso y providente, que siempre espera al hijo que ha perdido el rumbo, extraviándose en sus propios pensamientos y confusiones.

No miro entonces la paja en el ojo ajeno. Solo me animo a inquietar mi propia conciencia cristiana, mis propios olvidos y abandonos del Pan eucarístico.

¿Cómo está la calidad de mi amor por la Eucaristía?

La celebración de la Santa Misa es el tesoro más grande que tiene la Iglesia, el cielo que se abre sobre el altar, la alegría de los ángeles y santos que se desborda sobre nosotros que peregrinamos por “este valle de lágrimas”, temerosos y vacilantes, entre luces y sombras, humillados por nuestros pecados pero consolados por la Presencia bendita del Señor de la Vida, que camina con nosotros.

¿Cómo vivo yo la Eucaristía? ¿Cómo me preparo y como salgo de ella? ¿Vivo mi vida cristiana, en la Iglesia y en la sociedad, con aquella “coherencia eucarística” de la que tan bien habló el sabio Benedicto XVI?

*     *     *

Nos han conmovido estos días las imágenes de aquel joven seminarista polaco (Michal Los) que recibió del Papa Francisco la dispensa y fue ordenado sacerdote en su convalecencia. Celebró pocas Misas antes de morir. Ni siquiera pudo revestirse con los ornamentos sagrados. Pero su rostro al elevar el Cuerpo del Señor desde el altar de su lecho de enfermo, con la sola estola sobre el cuerpo estragado por el cáncer, nos ha estremecido en lo más profundo.

Sí, mis queridos hermanos y hermanas: en este día de Corpus, los invito a estremecernos por el don de la Sagrada Eucaristía, lo que nos revela de este Dios sediento de amor y de nuestras hambrunas más hondas.

Pero ¿ante qué estremercernos cuando celebramos la Eucaristía?

Cada uno podrá buscar su propia vivencia, abrevando en la incontrovertible fe de la Iglesia.

Perdonen que apele a mi propia experiencia de vida: yo me he hecho sacerdote porque, de niño, sentí el deseo de imitar a mi párroco que “decía Misa” con devoción y mucha fe. Ahí Dios me estaba esperando. Aún allí lo sigue haciendo.

Atesoro esta experiencia como una de las claves fundamentales de mi propia vida de fe como discípulo y pastor. Leo ahí todo lo que me ha pasado después y lo que vivo aún ahora, aquí entre ustedes; lo que voy descubriendo como llamada de Dios a predicar su Evangelio, a salir al encuentro de todos, a animarlos a ser fieles a la llamada del Señor a su Iglesia.

Queridos amigos: que se nos estremezca el corazón al contemplar y experimentar a este Dios humilde que se abaja, nos busca y, como mendigo de amor, nos suplica que lo dejemos entrar en nuestras vidas.

Sí, en el Sagrario, en la custodia y, sobre todo, en el altar, Cristo solo sabe encabezar cada una de sus palabras hacia nosotros con un humilde: “¡Por favor!”. Apela así a nuestra libertad.

*     *     *

Miremos el relato de Pablo en la segunda lectura. Es, tal vez, la narración más antigua de cómo los primeros cristianos celebraban la Santa Eucaristía. No solo el cómo, sino el por qué más hondo y decisivo, el que sigue siendo la motivación fundamental para que también nosotros nos reunamos a celebrar, a adorar y a comer el Cuerpo Santo del Señor y a beber su Sangre preciosa.

Pablo interpela a esos corintios revoltosos, tan enamorados de Jesús como atropellados en sus propias inmadureces, a que vivan la coherencia eucarística. Él les ha transmitido lo que recibió “del Señor”. Él nos lo ha mandado. Y partimos el pan y compartimos el cáliz, porque Él nos mandó hacerlo “en memoria suya”.

“Y así, siempre que coman este pan y beban esta copa, proclamarán la muerte del Señor hasta que él vuelva.” (1 Co 11, 26). Lo aclamamos cada vez que celebramos la Santa Cena: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección: ¡Ven, Señor Jesús!”.

Lo cantamos en la Misa, pero quisiéramos gritarlo a todos, en las calles, en los hospitales, en las cárceles, en las plazas, en los bares y en los supermercados, en las redes sociales y en cada espacio público. Antes que con las palabras -siempre imprescindibles, cuando llega su hora- con nuestra vida, transfigurada por la Pascua que celebramos cada domingo.

Quisiéramos decírselo a los jóvenes, para que hagan de la Eucaristía el alimento de sus preciosas vidas, como hizo Carlos Acutis, adolescente italiano, influencer y evangelizador de los jóvenes en las redes, y que no ocultaba haber encontrado el secreto de su vida en la Santa Eucaristía. Murió quinceañero pero su testimonio nos llena de alegría.

Quisiéramos que nuestros jóvenes encontraran en el Pan eucarístico al Amigo capaz de decirles la verdad de sus vidas. ¡Cómo olvidar la intensa adoración eucarística que vivimos el pasado sábado 25 de mayo en el Superdomo con más de mil quinientos jóvenes de Córdoba!

Como quisiéramos que los jóvenes se enamoraran de Cristo eucaristía y sintieran su llamada a consagrarse a él con todo su ser como sacerdotes, religiosos, misioneros, esposos y padres cristianos.

Pero también como hombres y mujeres públicos (políticos, dirigentes sociales santos), entregados al bien común, a la defensa de la vida y despojados de intereses mezquinos; servidores de la concordia y la reconciliación de los corazones, que tienden puentes y no agigantan grietas para ganar espacios de poder; servidores a la medida del que se hizo Pan para alimentar a los pobres.

En este Año Misionero Diocesano, renovemos nuestro amor por la Eucaristía. Ella contiene toda la energía evangelizadora y misionera de la Iglesia.

Ella alimentó y alimenta a los santos: a Francisco y Clara, a Brochero, a Angelelli y compañeros mártires.

De la mano de María, que alimentó con su pecho al Pan de Vida, acerquémonos a adorar y a comer “el pan de los ángeles, convertido en alimento de los hombres peregrinos” (Secuencia). Así sea.

Eucaristía de clausura del II Encuentro Regional de Jóvenes

Homilía en la Catedral de San Francisco, domingo 26 de mayo de 2019

“El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él.” (Jn 14, 23).

Esta es una de las promesas más lindas de Jesús. De ella quisiera hablarles, queridos chicos y chicas.

Hace un par de años, un chico de la catequesis me puso en aprietos con una pregunta. Fue durante una Visita Pastoral. La pregunta era más o menos así: ¿Qué es más importante? ¿Ser cristiano o ser una buena persona?

No recuerdo bien qué contesté. Lo que sí recuerdo es que me quedé muy disconforme conmigo mismo. No había acertado con la respuesta, y me di cuenta al instante. Había que seguir rumiando la cosa.

Meditando esta increíble promesa de Jesús, creo entender un poco más la cuestión.

Claro que es bueno ser buena persona. También, buen cristiano. Pero ¿solo para eso Jesús subió a la cruz y resucitó? ¿Solo para hacer de nosotros “chicos decentes” o mejorar el mundo?

La promesa de Jesús nos lleva a otro terreno. Te saca de esa falsa disyuntiva (o buena persona o buen cristiano) en la que vos o yo seguimos siendo el centro. Te desarma, porque te promete y te da algo insospechado. Te hace volar.

Una de las palabras más hermosas que la fe pone en nuestros labios nos ayuda a entender: es la palabra “gracia”.

Gracia es Dios que se dona totalmente a vos, a mí, al mundo. Se nos da. Te colma con muchos dones y talentos. Es cierto. Pero, sobre todo, te colma con su Presencia. Quiere habitar en vos y que vos vivás y respirés en Él.

Gracia es ese encuentro y esa presencia que transforman todo. Y desde dentro. No cáscara sino vida.

Sos alcanzado por la Persona de Jesús y, por Él, con Él y en Él, te ves sumergido en ese océano de vida y gozo que es el Dios amor, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Es la promesa de Jesús: el Padre y Yo iremos a vos y, por la gracia del Espíritu, habitaremos en vos.

¿Cómo hacer esa experiencia? ¿Por dónde andar? ¿Hacia dónde ir para encontrar ese tesoro y esa perla?

En realidad, estamos hablando de un regalo absolutamente de Dios. Él ama hacer pasar sus regalos por manos humanas. Nos dio a su Hijo a través de una mujer, colmada del Espíritu: María.

Por eso, se me ocurre pensar en tres caminos muy humanos por los que cumple su gran promesa. Tres encuentros para el gran Encuentro.

Ante todo, el encuentro con las heridas de los hermanos. Los apaleados por la vida. Están por todos lados. Tal vez, muy cerca de nosotros. ¿Enuncio algunos? Los que se sienten solos o fracasados. Los que se han dejado ganar por la tristeza y han perdido la esperanza. Los que buscan la belleza de la vida (como todos nosotros), pero no aciertan el camino o se pierden por senderos de muerte. Los que se sienten sucios, impuros o indignos, discriminados o descartados. A veces, esconden ese sentimiento detrás de una coraza de prepotencia, rebeldía o rabia. Pero, hay que saber mirar los corazones. Ahí, en esos hermanas y hermanos, nos espera Jesús.

Otro camino de encuentro, esta vez luminoso y fascinante, es la vida de los santos: hombres y mujeres sencillos y normales, que, como nosotros, tienen que caminar la vida, la fe y la paciencia. Y caminan porque están enamorados de Jesús y su Evangelio. ¡Se dan cuenta cuánta santidad hay en las comunidades cristianas a las que pertenecemos! Córdoba es privilegiada en testigos de santidad: Brochero, Madre Tránsito, Catalina Rodríguez, el obispo Angelelli y sus compañeros mártires, Sor Leonor, etc.

Aquí no puedo dejar de, al menos, mencionar a nuestro patrono: Francisco de Asís. Y, junto a él, a la inmensa Clara. El panel central del Presbiterio de la catedral es una obra de arte. Es muy bello. Da en la tecla con el secreto más hermoso de Francisco: Jesús, el Crucificado. Francisco y Jesús, en un punto, son una sola cosa. La tradición ha llamado a Francisco de Asís: la más perfecta imagen de Jesús. Francisco y Clara, jovencitos y, desde entonces, enamorados de Jesús, de su Evangelio.

La vida de los santos nos muestra de lo que es capaz de hacer ese encuentro de gracia. Lo que significa que Dios viene a morar, a vivir en un hijo o hija suyo.

El tercer camino de encuentro del que quisiera hablarles está, tal vez, más al alcance de la mano. Es la oración. Eso que Jesús promete, se verifica principalmente cuando entramos en ese territorio fascinante, inmenso y siempre inexplorado que es la oración que nos lleva ante el Rostro de Dios.

Cuando yo tenía trece años, un misionero santo -el Padre Tarsicio Rubin- puso en mis manos la Biblia y el Libro de los Salmos. No es que entonces aprendiera a rezar. Eso se lo debo a mis padres. Pero aprender a responder a la Palabra de Dios con las palabras que Dios mismo inspira para rezar sigue siendo mi experiencia orante más honda.

Y sueño con que ustedes, chicos y chicas, puedan aventurarse en ese encuentro con Jesús y, de su mano de Hijo y Hermano, y con la potencia de su Espíritu, se dejen bendecir por el Rostro del Padre.

Un ateo le pidió una vez a Santa Bernardita que imitara la sonrisa de María. Bernardita lo hizo, y aquel hombre nunca pudo olvidar la sonrisa de María en la sonrisa de Bernardita. Eso nos pasa cuando nos dejamos encontrar por los ojos de Jesús en la oración. Lo hemos vivido intensamente anoche. Sin que te des cuenta vas a reflejar en tu mirada su Mirada de Resucitado. Y otros lo van a agradecer, pues sus vidas quedarán también iluminadas. Seguramente lo han experimentado muchos, ayer por la tarde, en la experiencia misionera compartida.

Las palabras de María que es nuestro lema (“¡Hágase en mí!”) son precisamente su respuesta de fe a la Palabra de Dios recibida. Él la miró, y María dejó entrar esa mirada en su vida. Orando aprendió a escuchar, a vivir y a entregarse.

Es la gracia que pido al Señor para ustedes. Una gracia de encuentro y morada que -¡gracias a la sabiduría de nuestro buen Dios!- acontece en familia, en comunidad, en Iglesia.

Como lo hemos experimentado estos días compartidos. Una gracia que San Francisco no olvidará.

Amén.