Los sueños de Francisco

243192258be91aa6c47201c7d54510d4Homilía del Obispo Sergio Buenanueva en la Fiesta Patronal en honor de San Francisco de Asís – 4 de octubre de 2018

“… sabemos que nuestros jóvenes serán capaces de profecía y de visión en la medida que nosotros, ya mayores o ancianos, seamos capaces de soñar y así contagiar y compartir esos sueños y esperanzas que anidan en el corazón”.

Son palabras del Santo Padre Francisco pronunciadas ayer, al inaugurar el Sínodo sobre los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional.

Hoy, orando por el Papa, rezamos también por esta XV Asamblea del Sínodo de los obispos.

Les confieso que me alegró mucho escuchar esa invitación a soñar que el Papa dirige a toda la Iglesia.

Desde hace algunos días, y pensando en esta Fiesta Patronal, venía cavilando en hablarles precisamente de algunos sueños de Francisco de Asís, nuestro patrono.

Es bueno que nos preguntemos: ¿Qué sueños tenemos? ¿Los sueños de nuestra niñez y juventud han madurado con nosotros? ¿Siguen alimentando nuestra vida o también se han devaluado? O, peor aún, ¿se han vuelto insípidos, pedestres, rutinarios?

Los sueños de nuestros mayores son la raíz de lo que es hoy San Francisco. Sueños de horizonte infinito como la “pampa gringa”, siempre amenazados por diversas formas de estrechez y exclusión.

Sueños y esperanzas crecen juntos. Y, si crecen, nos hacen madurar. La fe es la capacidad de soñar con los ojos de Dios, tal como Él mira la vida (la tuya, la mía, la de toda la humanidad, la de los pobres).

La fe cristiana en Dios, en su providencia y misericordia está en el ADN de nuestra ciudad. Sigue viva, abriendo horizontes y purificando nuestra mirada de toda forma de ceguera.

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Los evangelios nos narran los sueños de Dios, tal y como pasan por el corazón, los labios, las manos y la pasión de Jesús. Acabamos de escucharlo: “Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11,27).

Ese sueño de Dios conquistó y purificó los sueños del joven Francisco Bernardone.

Su alma inquieta y sensible de juglar soñaba con el reconocimiento, la gloria y el aplauso del mundo. Se soñó caballero y, así, marchó a la guerra. Sabemos bien lo que pasó: derrotado el ejército de Asís, el joven soñador terminó en una húmeda celda, enfermo en el cuerpo y herido en su alma. Y, por esa herida, comenzaron a colarse los sueños de Cristo.

Así, apaleado por la vida, comenzó a orar con una profundidad hasta entonces desconocida. Su verdadera conversión estaba en marcha. Eso sí, alternaba sus oraciones con fiestas juveniles, de las que era el alma. Una juventud bulliciosa lo seguía con agrado, aunque empezaba a preguntarse qué amor lo había conquistado. Porque esa era la impresión que daba: estaba enamorándose. ¡Y era verdad!

En eso andaba, cuando un día escuchó una voz que le decía: “Francisco, si deseas saber mi voluntad, tendrás que despreciar y aborrecer todo cuanto has amado y ambicionado hasta ahora. Pruébalo, y lo que ahora te parece suave y agradable se volverá insoportable y amargo, y lo que antes te horrorizaba se te volverá dulzura grande y suavidad inmensa”.

leprosComo suele ocurrir en ocasiones similares, al principio no supo bien qué hacer. Pronto le llegó la luz de la mano de un leproso que salió a su encuentro. Dejemos que él mismo nos lo cuente: “El Señor me dio de esta manera a mí, hermano Francisco, la gracia de comenzar a hacer penitencia: Cuando estaba todavía en pecados, me parecía extremadamente amargo ver leprosos; pero el Señor mismo me condujo en medio de ellos, y practiqué con ellos la misericordia. Y, al separarme de ellos, lo que me parecía amargo se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo; y después esperé un poco y dije adiós al mundo que había vivido hasta entonces”.

Solo me permito subrayar esto: el encuentro con este hermano herido en su humanidad ha sido, para Francisco, una gracia de conversión. Le ha indicado hacia dónde debía empezar a caminar. Así lo estaba esperando Cristo.

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Ahora, otro sueño: Francisco soñó con viajar a tierra de musulmanes, predicar el Evangelio y conquistar para Cristo esos pueblos.

Le costó concretarlo. Fracasó muchas veces, dejando su corazón apesadumbrado: ¿Qué quiere realmente Dios de mí? ¿No me habré engañado? Pero, la Providencia le tenía preparada la ocasión… y mucho más.

Como suele ocurrir: un sueño se concreta, no en la dirección esperada, sino que, moldeado por la realidad, abre nuevas e insospechadas perspectivas para la vida.

Es que nuestros sueños y esperanzas tienen que ser evangelizados por los sueños de nuestro Dios. Aquí también sirve aquella advertencia: “…los pensamientos de ustedes no son los míos, ni los caminos de ustedes son mis caminos” (Is 55,8).

Francisco y once compañeros partieron hacia Tierra Santa. Se fueron dispersando por el camino. El quedó solo con el hermano Iluminado. Sus sueños misioneros quedaron atrapados por la vorágine de crueldad, sangre y destrucción de la quinta Cruzada.

Los hermanos fueron así testigos de que un declamado amor a Cristo era capaz de corromperse en formas inhumanas de violencia y muerte. Dura prueba para los sueños de pureza evangélica del noble Francisco.

Con los debidos permisos, los hermanos pudieron ir al encuentro del Sultán. El sueño parecía al alcance de la mano.

Puestos ya ante la presencia del Sultán Melek-el-Kamel, y ante su pregunta si querían hacerse musulmanes, un decidido Francisco le respondió: “No nos manda nadie, ni queremos ser de los vuestros. Somos embajadores de nuestro Señor Jesucristo, y traemos de su parte este mensaje para ti y tu pueblo: que creáis en el Evangelio…”

El Sultán lo escuchaba asombrado. Lentamente le fue conquistando el corazón. No se hizo cristiano, pero ambos saldaron un sólido vínculo de estima recíproca. Al punto tal, que el Sultán dio órdenes para que los hermanos pudieran circular libremente por sus dominios y visitar, sin pagar impuesto, los lugares santos cristianos.

La presencia de los franciscanos hoy en Tierra Santa tiene aquí su origen. Francisco se cruzó con el sueño de Dios, y supo reconocerlo y hacerle espacio en su vida, al punto de hacerlo realmente suyo.

De vuelta en Europa, Francisco no podía dejar de rumiar esta experiencia y cómo sus sueños habían tomado la forma que la Providencia tenía pensado. Por eso, así describió la misión de quienes partieran a tierras musulmanas: “Y los hermanos que van, pueden conducirse espiritualmente entre ellos de dos modos. Un modo consiste en que no entablen litigios ni contiendas, sino que estén sometidos a toda humana criatura por Dios (1 Pe 2,13) y confiesen que son cristianos. El otro modo consiste en que, cuando vean que agrada al Señor, anuncien la palabra de Dios, para que crean en Dios omnipotente, Padre e Hijo y Espíritu Santo, creador de todas las cosas, y en el Hijo, redentor y salvador, y para que se bauticen y hagan cristianos, porque el que no vuelva a nacer del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios (cf. Jn 3,5)” (Regla no bulada, XVI).

¡Claro que Francisco quiere que todos conozcan el Rostro del Dios amor que le había conquistado el corazón! Pero ha llegado a comprender que el sueño de Dios para esta humanidad lacerada por el odio es que los enemigos se den la mano en señal de reconciliación. Porque Él es el Dios de la amistad, del perdón y del encuentro. Hace fiesta cuando recupera al hijo perdido y pacifica el corazón agrio del hermano resentido.

El sueño de Dios son hombres y mujeres – como Francisco y Clara – pacificados en su corazón y que, desde esa fuente de paz, pacifiquen el mundo. Mucho más, cuando la convivencia humana se ve envenenada por el odio, el resentimiento y las diversas formas de injusticia que nos deshumanizan.

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Queridos amigos y hermanos:

La Misión Ciudad ha dado pasos muy valiosos este año: nos hemos acercado a los espacios públicos donde están las personas. ¡Gracias a todos los que se han empeñado en esta Misión durante estos días! ¡Gracias también a las instituciones que nos han abierto las puertas!

Ya que la Providencia nos ha hecho el regalo de que nuestra querida ciudad lleve el nombre del Pobrecillo de Asís, ¿no podríamos soñar juntos una convivencia más vivificada por los sueños de Francisco de libertad, pobreza y fraternidad? ¿No tendríamos que ser nosotros, como comunidad eclesial, los primeros en vivirlos más intensamente? ¿Cómo ha de seguir la Misión Ciudad? ¿Qué nuevos gestos misioneros hemos de dar? Este trabajo mancomunado de las siete parroquias de la ciudad ¿no nos está reclamando profundizar los caminos de la pastoral urbana que iniciamos hace algunos años? La Iglesia es comunión en tensión misionera. ¿Cómo se han de seguir sumándose los colegios católicos, los movimientos y demás espacios eclesiales? ¿No tiene que seguir creciendo el rostro laical y joven de esta Misión Ciudad? ¿No tenemos que pensar que los nuevos desafíos están reclamando también nuevas respuestas creativas?

Soñemos entonces. Y no tengamos miedo. Los sueños de Dios se van a entrecruzar con los nuestros y nos van abrir nuevos horizontes.

Pongamos nuestros sueños en las manos de Francisco y en el corazón de la Virgencita.

Así sea.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Felices los que lloran, serán consolados

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Homilía en el Santuario de Nuestra Señora de la Consolata (Sampacho – Diócesis de Río Cuarto)

Agradezco la invitación que me hiciera el párroco, Padre Osvaldo, a participar de esta fiesta, como también la del obispo Adolfo a hacer la homilía.

El título con que invocamos a María en este santuario es muy hermoso: Nuestra Señora de la Consolata.

Esta advocación llegó a nuestras tierras de la mano de los inmigrantes italianos, principalmente piamonteses, que se asentaron aquí, en la “pampa gringa”. Trajeron su imagen, su nombre y, sobre todo, trajeron en sus corazones el amor y el consuelo de María. Eran hombres y mujeres que habían dejado su tierra y que rehicieron aquí sus vidas con grandes sacrificios, mucho trabajo y, no podemos olvidarlo, con una nostalgia que, una y otra vez, los llevaba más allá del mar.

Y ahí, en medio de toda esa experiencia y de esos sentimientos: María, la Señora del Consuelo y de la Paz.

María, la “Consolata”: la que ha sido alcanzada por el consuelo de Dios y, por eso, ella misma puede consolar a sus hijos y devotos.

A María le cabe pues la segunda de las bienaventuranzas que hemos escuchado en el evangelio: “Felices los que lloran, porque serán consolados”.

Le podemos pedir a María entonces que nos enseñe a llorar, a saber entrar en la aflicción, para poder experimentar, como ella, toda la fuerza del consuelo de Dios.

¿De qué llanto nos habla Jesús? ¿Por qué resulta bienaventurado el que sufre? ¿No es esta una propuesta inhumana?

Queridos hermanos y hermanas: pienso que no hay que filosofar demasiado para responder. A menos que endurezcamos nuestro corazón transformándolo en un frío bunker, bien asegurado bajo tierra, los discípulos de Jesús no podemos dejar de experimentar, como él, que se nos estrujan el corazón y las entrañas al contemplar todo el dolor y sufrimiento del mundo.

El que entra en ese misterio siempre fascinante e indescifrable que es la vida humana, en sus pasiones, sus ilusiones y sus luchas, sabe que el dolor y el sufrimiento están ahí como misteriosos mensajeros de palabras que hemos de escuchar.

La vida es vocación, llamada de Dios. Es Jesús el que nos llama y su Padre el que nos va podando para que demos fruto abundante. María y los santos nos acompañan en ese camino de vocación, de poda y de fecundidad.

La vida es vocación porque nos interpela, sobre todo desde los hermanos.

En estos meses, por ejemplo, ha sido muy duro tener que dejarnos interpelar por todos los interrogantes que despierta la triste realidad del aborto. Especialmente si intentamos, con la misma mirada compasiva de Jesús, comprender a quienes plantean el aborto como una solución viable a la maternidad vulnerable. No hemos podido dejar de sentirnos heridos por tantas historias de sufrimiento, sea que pensemos en los niños a los que se les ha negado la oportunidad maravillosa de vivir, sea que miremos a la cara el rostro de las mujeres que han vivido el lacerante drama del aborto.

¡Dejémonos interpelar por esas historias! Sólo así podremos decir, con mansedumbre, con verdad y sabiduría: no, el aborto no es una solución, sino un nuevo sufrimiento que se agrega y acrecienta la vulnerabilidad que a todos nos sacude y cuestiona. Y si puede tener algo de solución es, a la postre, una mala solución, inhumana y falaz.

María nos enseña que el consuelo de Dios está pronto para quien, con esa franqueza y arrojo, se mete por entero en el dolor y sufrimiento de sus hermanos y hermanas, del que se deja herir por las heridas de los demás, el que no rehúye sino que libre y conscientemente se deja alcanzar por el llanto de los que lloran, haciéndolo propio y, así, liberando también el propio corazón para que llore, como Jesús ante Jerusalén, todo el dolor del mundo.

El consuelo que Dios da – el que experimentó María – no es un vago sentimiento de bienestar individual ni una emoción dulzona. Lo hemos escuchado a Pablo describirlo, al irrumpir en una bendición de alabanza que ha brotado de su corazón y desde su propia experiencia de tribulación y consuelo: “Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos reconforta en todas nuestras tribulaciones, para que nosotros podamos dar a los que sufren el mismo consuelo que recibimos de Dios. Porque, así como participamos abundantemente de los sufrimientos de Cristo, también por medio de Cristo abunda nuestro consuelo” (2 Co 3,3-5).

Jesús nos promete compartir con nosotros el mismo consuelo con que el Padre lo sostuvo en su hora suprema. Es el consuelo de la pasión: del que entrega la vida, del que ama hasta el extremo, del que perdona y disculpa, del que se abre a la fuerza transfiguradora de la resurrección.

El consuelo de Jesús no viene ni antes ni después de las tribulaciones. Lo ha prometido para quien se anima a ir a fondo con su vocación y misión. Nos alcanza en medio de lo vivo de nuestra misión en el mundo, con todas sus luchas y desafíos, y en la misma medida en que nos hacemos servidores de los demás por amor.

Es el consuelo que nos confirma y pacifica: no me he escabullido ni he esquivado la vida, estoy donde tenía que estar; no obstante tantos límites y pecados, propios y ajenos, lo mío es estar junto a todo hombre o mujer que tienen la vida rota o herida. No me puedo permitir otra cosa.

Eso sí, cada discípulo tendrá que animarse a descubrir – como también María lo hizo – que camino específico Dios ha soñado para él: el ministerio sacerdotal, el amor de esposos y la familia, la profesión, el noble e imprescindible servicio público de la política, o cualquier otra forma de vocación y misión.

Que María, la Consolata, siga animándonos a abrir nuestro corazón al consuelo de Dios. Que ella nos dé, con suavidad y firmeza, su misma fe intrépida y su corajuda esperanza, que la hizo escuchar la llamada del Señor y entregarse a ella, sin vacilar ni calcular, acompañando a Jesús, aunque no siempre comprendiera bien su camino, de la visitación al pie de la cruz, en la espera del Sábado Santo a la mañana gozosa de la resurrección y al cenáculo en Pentecostés.

Y que María siga bendiciendo con su misma pasión por la vida a Sampacho, a los peregrinos que acuden a su santuario, a la Iglesia diocesana de Río Cuarto, a nuestra Argentina. Amén.

 

Con María, esperamos el Don del Espíritu

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Vigilia de Pentecostés en la Catedral de San Francisco – Renovación Carismática Católica

Estamos, como los apóstoles en el Cenáculo, esperando el don del Espíritu Santo.

También como en el Cenáculo, en medio de nosotros está María.

Contemplémosla: sosteniendo con su presencia y su fe inquebrantable la fe vacilante de los discípulos.

Ora en silencio, con sencillez de corazón, pero también con fuego interior. Así motiva a los discípulos a entrar en oración.

María enseña a la Iglesia a esperar y suplicar por el Don del Espíritu Santo.

El pecado de Babel: la soberbia que busca competir con Dios, tratando de ocupar su lugar.

María nos enseña a contrarrestar esa soberbia. Nos enseña a

ESCUCHAR, poniéndonos, una y otra vez, bajo la potencia de la Palabra que porta el Espíritu que da vida.

OBEDECER, buscando que en nuestra vida de cada día se haga la voluntad del Padre.

ADORAR, siendo dóciles al Espíritu que viene en ayuda de nuestra debilidad y convierte nuestra soberbia en humilde adoración.

SERVIR, pues en el servicio a los hermanos más vulnerables y pequeños prolongamos la adoración del Dios amor.

Jesús quiere darnos el Espíritu. Está ansioso por hacer que de nuestras entrañas broten manantiales de agua viva. Está ansioso por darnos el agua viva de su Espíritu.

El pecado de Babel – la soberbia – se exterioriza en el deseo de construir una torre que llegue al cielo.

En vez de torres, es mejor que construyamos puentes y caminos.

Ascensión del Señor – Fiesta patronal diocesana

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Este año, estamos honrando a la Virgen de Fátima, nuestra patrona, en el marco de la solemnidad pascual de la Ascensión del Señor.

Dejemos que el Evangelio que acabamos de escuchar nos interpele e ilumine.

“Vayan por todo el mundo, anuncien el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará” (Mc 16,16).

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¿A quién se dirige el Señor Jesús?

A sus once discípulos.

Prestemos atención: no se trata solo de un pequeño grupo, sino incluso de un grupo disminuido. De doce, quedan solo once. Uno de ellos – Judas – traicionó a Jesús.

Pero hay más aún. El evangelista nos dice que esos mismos discípulos no han creído el anuncio de la resurrección que les hiciera la Magdalena y, luego, otros dos de ellos.

Los discípulos sencillamente no han creído el anuncio.

Un grupo pequeño y reducido, incrédulo y endurecido en su cerrazón.

Por eso, al introducir la escena que acabamos de escuchar, Marcos escribe: “En seguida, se apareció a los Once, mientras estaban comiendo, y les reprochó su incredulidad y su obstinación porque no habían creído a quienes lo habían visto resucitado” (Mc 16,14).

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¿Qué les propone a estos once incrédulos?

En realidad, no les propone nada. Él es el Señor Jesús, el resucitado y vencedor de la muerte. Él manda, ordena y conmina. Y su mandato es tajante: “Vayan…anuncien”.

Y manda algo inmenso, imposible y abrumador: ponerse en camino, recorrer el mundo y dirigirse, nada menos y nada más, que a toda la creación.

La suya es una palabra soberana. No puede ser simplemente oída como “quien oye llover”. Reclama no solo apertura interior, comprensión racional de los términos, sino aquella docilidad que se resuelve en obediencia: “Hágase en mí según tu palabra”.

Ponerse en camino misionero es la mejor forma de vencer la incredulidad.

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¿Qué tiene que anunciar este pequeño y frágil rebaño?

También aquí detengámonos en un detalle que no lo es tanto. Tiene que ver con nosotros, los discípulos de Jesús en este siglo XXI.

Nosotros, en nuestras comunidades cristianas, hacemos muchas cosas buenas, santas y necesarias. Otras, tal vez, no tanto. Sin embargo, Jesús ha mandado una sola: anunciar, proclamar, contar su Buena Noticia.

Podríamos parafrasear a San Francisco de Asís, que le decía a sus hermanos: prediquen el Evangelio y, si es necesario, háganlo también con palabras. O, como dirá siglos después aquel otro enamorado de Cristo, el Hermano Carlos de Jesús: “gritar el Evangelio con la vida”.

Todo lo que hacemos en la Iglesia apunta en esa dirección: contar una buena y alegre noticia, un Evangelio que se concentra, con toda su fuerza, en esa tempestad imparable que es Jesús de Nazaret.

Existimos para decir a Jesús, para contar su Evangelio, para cantar su Resurrección y para testimoniar la Esperanza que es Él mismo en Persona.

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Centrémonos ahora en las promesas del Resucitado: “arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas; podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán” (Mc 16,17-18).

Estas promesas contienen el sentido profundo de la esperanza cristiana.

Algunas de ellas son sencillamente prolongación del estilo misionero de Jesús: expulsar demonios y curar enfermos. Esto ya es enorme y llena de estupor: el Espíritu prolonga a Jesús en nosotros.

Otra – hablar nuevas lenguas – ha comenzado a cumplirse desde Pentecostés.

Otras dos, sin embargo, resultan extrañas, sobre todo si no se percibe el trasfondo bíblico de esas imágenes tan vivas o se las toma en sentido literal: aferrar víboras y beber veneno.

Pero, incluso si se sortean esos escollos, el significado de estas promesas es de vértigo. En ellas se esconde, de modo particularmente intenso, el sentido profundo de la esperanza.

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Para comprenderlo, los invito ahora a volver la mirada a María. Nadie como ella ha vivido esta promesa.

María nos grita el Evangelio, más con su vida que con palabras. Su presencia en los evangelios es discreta pero clave; habla poco, solo lo justo y necesario; pero su figura evangélica de mujer, discípula y madre tiene una elocuencia que vale por mil discursos.

María dice, sobre todo, lo que significa vivir a fondo la esperanza cristiana.

El Amén de la anunciación ha preparado el terreno de su corazón para que eche raíces en ella la vida misma de Dios. Y, así, lo ha abierto a la esperanza.

María ha aprendido a esperar en Dios. Él ha mirado su pequeñez y ella, estremecida de gozo, ha podido contemplar la potencia de su brazo que confunde a los soberbios y enaltece a los pequeños.

María sabe que Dios no la defraudará y que, especialmente en las horas más duras, su inquebrantable fidelidad será su fortaleza.

Contemplando a Jesús, de la encarnación a la pascua, María ha comprendido cabalmente que sustanciosa es la esperanza cristiana.

Esperar en Dios, como lo hizo María, no nos ahorra experimentar toda la oscuridad, fragilidad o peligrosidad de la vida. María no ha salido indemne de la experiencia de escuchar y obedecer la Palabra que le fue anunciada. Esa Palabra ha sido una espada que le ha partido el alma.

¿Quién de nosotros puede decir que, en cuanto discípulos de Jesús, en más de una ocasión no nos hemos visto envueltos en situaciones tóxicas, envenenadas, tan peligrosas como una serpiente amenazante?

María al pie de la cruz nos ofrece la imagen de una mujer creyente que avanzó al centro de la vorágine que terminó con Jesús en la cruz. Más que nunca entonces, en el silencio y el abandono, experimentó la fuerza de la fidelidad de Dios.

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Esperanza no quiere decir la ingenua pretensión de que todo va a salir bien. Es la convicción de que nunca nos faltará la gracia divina para ser fieles al Evangelio, especialmente en las horas más oscuras. Que podremos entonces no solo aguantar, sino crecer como discípulos y como personas. Pero, sobre todo, que el Dios amor, uno y trino, es la meta de nuestro caminar, el hogar que nos espera, la gran esperanza que nos sostiene y nos levanta.

Sí, queridos hermanos y hermanas, María nos dice con ternura, como hiciera hace ciento un años con los niños santos Jacinta y Francisco, también con Lucía: el cielo es la promesa, el premio y el regalo de Dios para Jesús y para todos los que son transfigurados por su Espíritu.

Es verdad entonces: “el que crea y se bautice, se salvará” (Mc 16,16).

¡Gracias por ese miedo que grita la resurrección!

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“Ellas salieron corriendo del sepulcro, porque estaban temblando y fuera de sí. Y no dijeron nada a nadie, porque tenían miedo” (Mc 16,8).

Miedo.

La reacción espontánea que despertó el anuncio de la resurrección, en quienes lo oyeron por primera vez – las tres mujeres del evangelio –, fue precisamente eso: miedo.

Y miedo sentido en los cuerpos: salieron temblando y fuera de sí.

Habían ido a cumplir un rito funerario: honrar a un muerto.

No pretendían nada más. Superando el dolor como solo lo saben hacer las mujeres, fueron al encuentro del amigo muerto.

Es lo previsto. Muy valiente, sí, pero lo normal.

No buscaban nada más.

Y, de repente, se encuentran con algo más: la pesada piedra corrida de lugar y la tumba vacía.

Pero, sobre todo, el anuncio desconcertante: ¿Buscan al Crucificado? “Ha resucitado, no está aquí” (Mc 16,6).

A diferencia de nosotros, superficiales y banales, ellas comprendieron rápidamente de qué se trataba ese anuncio.

De ahí, el miedo.

Es que, si realmente el Crucificado ha resucitado, todo cambia, todo se torna demasiado real, serio y provocador.

Hay que tomarlo en serio a Jesús, como Él se tomó en serio al Padre y a su Reino.

En Getsemaní, en medio de su propio miedo, Jesús lo invocó con el nombre entrañable de “Abbá-Papá”.

Y se entregó totalmente, confiando en el poder de Dios su “Abbá”. Se entregó a fondo vacío.

Creer que el Padre “Abbá” ha resucitado a su Hijo, es darse cuenta de que ese poder se nos ofrece a cada uno de nosotros como el suelo firme sobre el que edificar toda la vida.

Y eso, queridos hermanos, nos da mucho miedo.

Preferimos vivir edificando sobre arena, sin mirar el horizonte infinito del mar que nos llama y nos invita a dejarnos llevar mar adentro.

Pero ese es el verdadero poder que lleva adelante la historia.

Lo hemos escuchado en las nueve lecturas de la Escritura que la Iglesia nos hace leer esta noche.

¡A ese poder confiémonos!

Es el poder del amor.

El único que resucita.

Y démosle gracias al miedo de esas mujeres valerosas y honestas. Su miedo grita la resurrección, mejor que nuestra cobarde mediocridad.

¡Muy feliz Pascua de Resurrección para todos!

Un Dios desarmado y silencioso que desarma todas nuestras violencias

Homilía en la Catedral de San Francisco, 30 de marzo de 2018, Viernes Santo

“Todos andábamos errantes como ovejas, siguiendo cada uno su propio camino, y el Señor hizo recaer sobre él las iniquidades de todos nosotros. Al ser maltratado, se humillaba y ni siquiera abría su boca: como un cordero llevado al matadero, como una oveja muda ante el que la esquila, él no abría su boca.” (Is 53,6-7).

Cada año volvemos a escuchar la profecía de Isaías.

Cada año volvemos a conmovernos, sobre todo, cuando deja paso al relato de la Pasión según San Juan que acabamos de escuchar.

Vivimos inmersos en una sociedad enferma de violencia, de gritos y de reclamos. Basta un simple gesto, un error involuntario o una distracción y se enciende un fuego de ira, insultos y agravios que no sabemos dónde desembocará.

Violencia en la calle, en la escuela, en la casa, en las redes, en el espacio público. Incluso en las comunidades cristianas no nos vemos libres de pasiones enfrentadas: celos, envidias, maledicencia…

Pero él, “ni siquiera abría la boca… como cordero llevado al matadero…”

Es Jesús. Él mismo que había dicho: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana.” (Mt 11,28-30).

En este día, Señor Jesús crucificado, viéndote así, “en la cruz y escarnecido” como canta la coplilla de Santa Teresa, nosotros te decimos, avergonzados pero con fe: “Sí, Señor, queremos aprender de Vos, de tu paciencia, de tu mansedumbre, de tu compasión…”

El orante de la Biblia, acorralado por un sufrimiento mortal, le había dirigido al Dios fiel y compasivo una pregunta lacerante: “¿Se proclama tu amor en el sepulcro, o tu fidelidad en el reino de la muerte?” (Salmo 87,12).

El Salmo queda sin respuestas. O, mejor: encontrará su respuesta en el Orante con mayúsculas. Aquel que, clavado en la cruz, se pondrá en las manos del Padre con las palabras del Salmo 31: “Yo pongo mi vida en tus manos, tú me rescatarás, Señor, Dios fiel” (Salmo 31,6).

Jesús ha bajado a los abismos de la muerte para proclamar allí el amor de Dios por cada ser humano.

Ese es el amor que cura todas nuestras muertes.

El amor de un Dios desarmado y silencioso que desarma todas nuestras violencias.

A ese amor esta tarde, una vez más, con María y todos los santos le decimos: “Amén”.

Un Dios desarmado… Un Dios arrodillado…

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Homilía en la Misa de la Cena del Señor – Catedral de San Francisco – 29 de marzo de 2018

“Jesús se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía a la cintura” (Jn 13,4-5).

Al inicio de la Semana Santa los invitaba a contemplar a un Dios desarmado que, sin segundas intenciones, con la inocencia y vulnerabilidad de un niño por nacer, se pone en nuestras manos.

A un Dios desarmado, humilde y vulnerable… por amor.

Los invitaba a contemplarlo así en Jesús, su Hijo y nuestro hermano, en su Pasión, en la Cruz.

Contemplémoslo ahora en la Cena de despedida y en esta imagen tan fuerte de Jesús, arrodillado, lavando los pies de sus discípulos.

¿Qué nos dice el Dios hecho hombre, de rodillas, como un humilde siervo?

Ante todo, concretemos la escena: está así, de rodillas y como servidor, ante cada uno de nosotros.

Como lo hizo con Simón Pedro y con cada uno de los discípulos, así también lo hace con vos, conmigo, con cada ser humano.

Dios se ha arrodillado delante de la humanidad, de cada hombre y mujer que viene a este mundo.

Sí. Lo tenés de rodilla, delante de ti. Y no es una pose para la selfie. Es su actitud divina más profunda. Esa es su naturaleza: salir de sí para amar.

Nosotros nos arrodillamos ante Él en adoración, alabanza y súplica.

Ese es un deber de todo ser humano que intuye que Dios es el misterio santo del que proviene, en el camina y hacia el que se dirigen los pasos de su vida.

Pero, en nuestro ponernos de rodillas ante el Dios revelado por Jesús – como haremos en breve en la consagración y ante las especies eucarísticas – hay algo más.

El Dios santo nos ha salido al encuentro. Él se ha hecho servidor de nosotros y, poniéndose de rodillas, nos ha lavado, ha aliviado nuestro cansancio, nos ha curado.

Lo celebramos hoy, y cada vez que nos reunimos para el banquete eucarístico. Entonces, el viene a nosotros como Palabra que se hace audible por nuestros oídos, y se hace Palabra-Pan para alimentarnos en cuerpo y alma.

Así, hincándose y poniéndose de rodillas – con esa humildad que lo desarma a Él y desarma nuestro orgullo – el Dios amor nos une a sí mismo y se une con nosotros en comunión de amor.

No necesitamos que ninguna ley externa nos mande rendirle culto de adoración. Al verlo así, desarmado, humilde y de rodillas, nosotros mismos caemos rendidos ante su amor, y lo adoramos con admiración y estupor.

Ese es el Dios que han barruntado los filósofos y cantado los poetas. El que constituye la nostalgia de ateos y agnósticos, muchas veces velada detrás de la crítica ácida o de una sobreactuada jactancia.

Ese es el Dios que, una vez más en esta Pascua, nos muestra su Rostro en el humilde servicio de Jesús que cada Eucaristía actualiza y que es la esencia del sacerdocio ministerial.

A ese Dios humilde adoramos, veneramos y alabamos.

Como María y José en el pesebre de Belén. Como los pastores. Como los reyes. Como Francisco de Asís.

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“Ustedes me llaman Maestro y Señor; y tienen razón, porque lo soy. Si yo, que el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes”, concluye el Señor (Jn 13,13-15).

Hacer lo mismo que Jesús hizo con los discípulos, aquella noche.

Y lo que ha hecho y hace con cada uno de nosotros.

Ese es el programa de vida de un cristiano, discípulo de Jesús Servidor.

En nuestro mundo, que parece vivir cómodo sin Dios, sin Jesús y sin su Evangelio, siempre tendrá espacio para que nos arrodillemos a lavar los pies de los cansados.

Siempre habrá lugar para un Dios desarmado que se arrodilla.

Sin María no podemos ser discípulos de Jesús

https://youtu.be/ikMGVlzC13o

 

Homilía de la Misa crismal 2018

Santuario Diocesano de la “Virgencita” en Villa Concepción del Tío – Viernes 16 de marzo de 2018 (memoria del Santo Cura Brochero)

Sin María no podemos ser discípulos de Jesús.

Sin su corazón contemplativo, las Escrituras que nutrieron su vida, dejan de ser revelación del Dios vivo y se convierten en código de ingeniosos enigmas.

Sin María, sin su modo femenino y evangélico de ver las cosas, el Evangelio nos resulta extraño o, en todo caso, terreno de exóticas elucubraciones, tan sofisticadas como estériles.

Sin María no logramos entrar en él, comprenderlo, menos aún vivirlo y anunciarlo.

Sin María, la Iglesia queda reducida a una fría organización social, un poder que se mueve entre otros poderes con estrategias mundanas, tal vez muy pícaras, pero alejadas de aquella sabiduría que expresan las bienaventuranzas.

Sin María no podemos ser discípulos de Jesús.

* * *

Y no me refiero a cultivar devociones marianas, santas y legítimas, por cierto. Hablo de otra cosa más honda y que le da sentido a las formas concretas en que expresamos nuestra piedad filial a la Santa Madre de Dios.

María nos lleva al corazón del misterio de la Iglesia, cuya alma es femenina: amor que se abre al amor por la fe y la esperanza.

El corazón de la Iglesia virginal y materno.

Es la fe pura, íntegra y siempre joven de la mujer-Iglesia que, como la mujer-María, se abre, ansiosa y confiada, a la Palabra que llega, ilumina y busca entrar en la propia tierra para dar fruto a su debido tiempo.

Es vida que se concibe y se custodia mientras crece en el silencio del vientre materno, y que puja por salir a la luz y triunfar sobre toda forma de muerte. Así en la Iglesia como en María.

* * *

Acontece la Iglesia allí donde es predicada la Palabra, nace la fe que madura en esperanza y, sobre todo, amor que se entrega. Hay Iglesia allí donde, en torno a un mismo altar, los discípulos se reconocen hermanos y comparten el mismo pan. Hay Iglesia allí donde se desarman las barreras, se vencen los miedos y se sale a dar desde la propia pobreza.

Hay Iglesia allí donde una mamá le enseña el Padre nuestro a su hijita (lo pude presenciar en Brochero hace unas semanas). Esa es la Iglesia mariana que nos ha engendrado en la fe y a la que servimos los pastores.

Decimos estas cosas precisamente en este lugar – su santuario y nuestro hogar – porque precisamente aquí, es dónde mejor comprendemos a María, porque aquí hacemos experiencia de su presencia viva, real, incisiva y estimulante para nuestra vida de fe.

Aquí nos experimentamos pueblo, familia, caminantes, amigos y hermanos. Es la experiencia de cada devoto y de todos los peregrinos, particularmente ruidosa, alegre y transformadora en la Peregrinación Juvenil de cada septiembre.

Este Santuario, queridos hermanos y hermanas, es la escuela de María, la escuela del Evangelio vivido, hecho oración, camino compartido, canto y servicio.

Aquí estamos bajo la mirada de la “Virgencita”. Su hermosa imagen testimonia la tradición española que representa a la Inmaculada con el manto azul cielo. En Oriente, en cambio, la tradición icónica representa a la Toda Santa (la Panaghia), cubierta por un manto púrpura que, a la vez, simboliza la caridad, la virginidad y, sobre todo, al Espíritu Santo.

Las manos de nuestra “Virgencita” parecen estar uniéndose en oración, pero permanecen entreabiertas para acoger las nuestras (¡genialidad del anónimo artista al que nunca agradeceremos del todo lo que nos legó!). El icono oriental, en cambio, está de perfil con sus dos manos hacia el centro del altar, hacia Cristo, por eso se la llama: la Virgen “Odigitria”, la que muestra el camino.

* * *

María ha sido cubierta por el Espíritu. Ha sido colmada por la unción perfumada del Santo Espíritu que, de su carne y de su sangre, tomó la humanidad el Verbo encarnado, Jesús llamado Cristo, Mesías, el Ungido del Señor. Engendra a Cristo por el Espíritu y lleva hacia Cristo, dejándose llevar por impulso del Espíritu.

Así, María es imagen lograda del dinamismo interior del Espíritu que anima la Iglesia y a cada bautizado-confirmado y que está simbolizado en los Óleos y el Crisma que estamos a punto de consagrar.

Estos aceites benditos, por tanto, tienen también una dimensión mariana que nos habla de nuestra propia vocación cristiana y eclesial, discipular y misionera. No es extraño: el Espíritu aparece con especial belleza en el rostro de la más perfecta discípula de Jesús, María santísima.

María fue preservada de la mancha original por el don particular del Espíritu que la preparó para ser el templo santo que acogiera en su amplio espacio virginal al Hijo de Dios.

Ella es la mujer “libre y fuerte” que ha hecho suyo el Evangelio con una decisión consciente y libre de seguir a Cristo el Señor (cf. Aparecida 266). La fortaleza espiritual que el bautizado recibe al ser ungido con el Óleo santo encuentra en María su realización más lograda y perfecta. A ella miramos para luchar también nosotros el buen combate de la fe, de la oración y del testimonio.

María es la “Consolata” como también la veneramos en la diócesis. Ella ha recibido, como nadie, el consuelo del Espíritu, sobre todo en las horas más oscuras de su peregrinar en la fe: verse encinta sin concurso de varón, emprender el camino a Belén y, después, a Egipto. Repasando en su corazón las “maravillas” del Señor ha tenido que crecer en libertad para comprender al Hijo que, más que con ella, tenía que estar en las cosas de su Padre. El mismo Hijo que parecía ser el que blandía la espada anunciada por Simeón: en Caná, en Cafarnaún, en la hora suprema de la Pasión, cuando tuvo que estar al pie de la cruz. Cuando, por el peso de los años o de la enfermedad, recibimos en el cuerpo cansado la unción con el Óleo de los enfermos, María está presente compartiendo con nosotros ese consuelo del Espíritu para la hora del dolor, la pasión y la configuración con el Cristo paciente.

María colmada del Espíritu da a luz al Ungido del Señor, al Cristo. Ella no puede ocultar el gozo que la desborda. Esa alegría se transforma en misión, en canto, en servicio humilde y alegre. Los que, en el bautismo, la confirmación y el orden sagrado, hemos sido ungidos por el Santo Crisma, encontramos en María, misionera del Evangelio, un icono luminoso de la misión que el Espíritu impulsa desde dentro de nuestra alma ungida. María es imagen de la Iglesia pobre y solidaria, peregrina y misionera.

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A ella también miramos cuando, como hacemos en este año pastoral 2018, nos sentimos llamados a compartir nuestro tiempo como forma de participar y hacer nuestra la obra evangelizadora de nuestra Iglesia diocesana.

¡Qué ninguno de nosotros se sienta excluido! No tengamos miedo a descubrirnos pobres. Esa es la mejor condición para compartir el don precioso de nuestro tiempo transformándolo así en servicio evangelizador, en consuelo al que sufre, en sonrisa y mano que se tiende al hermano.

¡Qué todas nuestras comunidades experimenten la juventud de la unción que no deja de derramarse sobre nosotros y que nos impulsa a ser misioneros del amor del Padre!

¡Qué podamos hacer la experiencia de consagrar nuestro tiempo al Evangelio de Jesús que María vivió y que desbordó su corazón de mujer creyente!

Bajo tu mirada, Madre, seguimos caminando…

Qué así sea.

Exequias del Padre Salvador García

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Homilía del obispo Sergio Buenanueva

Parroquia “Nuestra Señora de la Consolata”

Sábado 3 de marzo de 2018

Teníamos programado reunirnos en el Santuario Diocesano de Villa Concepción para dar inicio, bajo la mirada de la Virgencita, al año pastoral 2018.

La Providencia dispuso otra cosa.

La Virgen vino a buscar al querido Padre Salvador este primer viernes de mes.

Nos reunimos. Sí. Pero de un modo, tal vez, más intenso y fraterno. Más eclesial: a corazón abierto.

Salvador ha muerto “en Cristo”, como era el sueño de San Pablo, y también el suyo.

Muchos signos de estos últimos tiempos nos hablan de ello. Quienes le han sido más cercanos guárdenlos en su memoria como un precioso tesoro.

Salvador ha muerto “en el Señor”.

Y eso no es poca cosa.

No lo es para un discípulo del Evangelio que es, además, pastor y sacerdote.

No lo es, ciertamente, porque es un morir en el Señor, en Jesucristo, el que vivió y murió por nosotros. El que entregó la vida y nos alimenta, cada día, con ese Pan vivo. El que resucitó dándonos un horizonte de esperanza para nuestro vivir y nuestro morir.

En cierto modo, celebramos la santa Eucaristía y nos alimentamos de ella – “remedio de inmortalidad” la llamaban los Padres Apostólicos – para estar preparados para esta hora, de la que le pedimos también a Nuestra Señora que ruegue siempre por nosotros, “ahora y en la hora de nuestra muerte”.

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Queridos hermanos y hermanas: no ocultemos el dolor por la separación. Nos hace bien mirarnos a los ojos y ayudarnos a enjugar nuestras lágrimas por la partida de Salvador.

Ellas nos recuerdan la vida compartida con este buen sacerdote, íntegro, sabio y que poseía también un modo muy suyo de decir las cosas y llegar al corazón.

El Señor entremezcló los hilos de su vida con los de las nuestras, con los de esta Iglesia diocesana.

Que nuestras lágrimas rieguen tantos recuerdos para que tengan la fecundidad del Evangelio.

¡Cuánto bien nos ha hecho el Señor a través de su humilde y fiel siervo Salvador! ¡Cuánta gratitud tiene en este momento nuestra Iglesia diocesana como la familia orionita a la que perteneció hasta el final!

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Ayer, mientras disponíamos el cuerpo de Salvador para el velatorio, el padre Daniel Maini buscó el Evangelio que hemos escuchado, porque de él tomó Salvador el lema de su sacerdocio: “¡Qué todos sean uno!”.

Lo hemos recordado hace poco, celebrando los cincuenta años de su ordenación.

Querido Salvador:

Vos has llegado – así lo deseamos – a esa comunión de amor que es la vida eterna: con el Padre por el Hijo en el Espíritu Santo.

Nosotros seguimos caminando.

¡No te olvidés de nosotros!

Pero, como te pedimos eso si ya estás con Jesús y, para quien vive y muere en él, ningún vínculo de amistad, de comunión eclesial, de familia, de ciudadanía, ninguno de esos vínculos se pierde.

Tu oración por nosotros se une a la oración de María y de todos los santos, por los vivos y por los difuntos.

Seguimos caminando, agradecidos de haberte conocido y habernos beneficiado de tu ministerio sacerdotal.

Como Iglesia diocesana iniciamos nuestro año de pastoral bajo la mirada de la Consolata, la Madre de todo consuelo.

Y reunidos por tu pascua, iluminados por tu testimonio cristiano y sacerdotal y estimulados por el Evangelio que movió tu vida.

Salvador: ¡Gracias y hasta pronto!

Acción de gracias por el año pastoral 2017

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Homilía en la Eucaristía del 28 de diciembre de 2017

Dar gracias: contar y cantar

Nos hemos reunido, como cada fin de año, para dar gracias por el camino pastoral de nuestra Iglesia diocesana a lo largo de este 2017.

Las Escrituras nos enseñan cómo hacerlo: contar lo que Dios ha obrado a favor nuestro; relatar su paso por nuestras vidas, cómo Él ha sabido salir al encuentro de nuestra concreta humanidad, entremezclándose con ella y tocándola en sus fibras más hondas.

Contar, sí; pero no en un monólogo autorreferencial, siempre agotador, sobre todo para el que está obligado a escuchar las “hazañas” de otro.

Se trata de “confesar” la misericordia de Dios exponiendo realmente, a corazón abierto, la propia vida con sus luchas y victorias; también con sus zonas grisáceas.

El ejemplo insuperable de esto es San Agustín.

Exponerse de esa manera supone un riesgo, pero también dar un paso decidido para construir confianza, fraternidad, encuentro.

La fe compartida es el clima en el que resulta posible esta confessio laudis que canta la misericordia de Dios experimentada en la biografía espiritual de cada uno, inseparable del camino común que hacemos como Iglesia.

El evangelio que acabamos de escuchar – la huida a Egipto de la familia de Jesús, María y José – nos puede ayudar en esta lectura creyente de nuestro camino eclesial.

Cuatro puntos.

José, Herodes y Arquelao

El contrapunto entre el “varón justo” y esta familia de poderosos es muy claro.

José busca la voluntad de Dios. Está adiestrado en la escucha que se resuelve en obediencia al plan de Dios.

Vacila, no ve con claridad, seguramente experimenta angustia y ansiedad.

Sin embargo, hay en el fondo de su corazón una disposición interior, estable y firme, para abrirse a lo que Dios quiera y, así, dejarse llevar.

Su vida será fecunda, con una fecundidad que nos alcanza a nosotros. A José lo invocamos como “patriarca de la Iglesia”.

Por el contrario, Herodes y su hijo, Arquelao, expresan la soberbia que solo se busca a sí misma y, por eso, solo esparcirá tristeza y muerte.

Egipto y Nazaret

En estos dos lugares hay una mezcla de extrañeza y familiaridad.

Son lugares extraños para José y María y, por ende, para su hijo, Jesús.

Su “lugar” es Judea, pero las circunstancias los llevan lejos.

Sin embargo, en esos lugares los espera precisamente el designio salvador de Dios.

Son lugares cargados de historia sagrada, de experiencia de fe y de libertad. Por eso, terminan siendo tan familiares. A ellos y para nosotros.

Egipto: allí nació el camino de libertad del pueblo de Israel que, ahora, misteriosamente el mismo Jesús parece recorrer.

Nazaret: allí será el punto de partida de la misión salvadora de Jesús.

La historia y Dios

Los relatos de la infancia de Jesús están cargados de fe y de teología. Nos ofrecen los acontecimientos leídos por la fe de una Iglesia que busca ser fiel al proyecto de Dios.

Mateo, más que Lucas, destaca en la trama de sus relatos los hilos de las viejas profecías mesiánicas para mostrar que, incluso en todo su dramatismo, la historia jamás se escabulle del poder y la sabiduría de Dios.

Él es el Señor de la historia y la conduce, especialmente en sus horas más oscuras, hacia la luz de la salvación.

Entramos así en una de las dimensiones más misteriosas de la lectura creyente de la vida.

No nos es dado saber de antemano, pero tampoco mientras vivimos, si y en qué medida los acontecimientos de nuestra vida forman parte de la historia de la salvación que Dios va entretejiendo con la libertad de los hombres.

¿Qué nos toca a nosotros? ¿Cómo vivir esta relativa pero real incertidumbre de estar en el tiempo?

Tenemos que volver a la recia figura evangélica de San José, despojándola de todo sentimentalismo.

José es un hombre del Espíritu: vive el hoy que le toca poniéndose realmente a la intemperie – como Elías que sale de la cueva – y queda así, abierto al soplo del Espíritu.

José no se fuga hacia delante, esperando tiempos mejores, ni deja lugar a la nostalgia por el pasado.

Su libertad ha ido madurando una opción muy personal, gratuita y precisa: vive a pleno el presente. Él mismo, incluso haciéndose violencia y navegando contracorriente de sus sentimientos espontáneos, busca estar presente en el hoy de su vida.

Y, allí, encuentra que el Espíritu de Dios se le ofrece como luz, consuelo y fuerza para luchar.

Y José aprende a orar. ¿Qué significa si no que en sueños oye la voz de Dios? Como dice el Catecismo de la Iglesia: “Todas las formas de oración pueden ser la levadura con la que el Señor compara el Reino” (Catecismo 2660).

Ninguno de nosotros sabe bien qué le espera en el camino. Lo que sí podemos saber, con una certeza inconmovible, es que no nos faltará esa levadura. Que Dios no nos dejará huérfanos y que su Espíritu nos asistirá para vivir evangélicamente todo lo que la vida nos depare.

Claro: eso supone decidirse a vivir en libertad. Solo a quien vive así se le ofrece el incomparable consuelo del Espíritu.

Jesús, Moisés y el Pueblo

No quisiera dejar de mencionar un último aspecto, aunque más no sea una insinuación.

Al leer los relatos de la infancia que nos transmite Mateo no podemos dejar de percibir que la figura de Jesús – ya lo dijimos – es presentada con el trasfondo del camino del pueblo de Israel y de su conductor por el desierto, Moisés. Es una sola cosa con ellos.

En Jesús reviven la historia sagrada del pueblo y la experiencia espiritual de Moisés. En él alcanzan su pleno sentido y se abren a la novedad del Evangelio.

Simplemente concluyo lo siguiente: para cada uno de nosotros, pastores, consagrados y laicos, nuestra experiencia de fe es inseparable del camino de nuestra Iglesia diocesana.

Hermanos y hermanas: ¡formamos una trama, un tejido que Dios está elaborando con maestría en el telar del Espíritu!

El Año Vocacional ha desembocado en este Año Mariano Diocesano: la experiencia de descubrirnos llamados a ser “cómplices” de Dios en su designio salvador nos lleva de la mano hacia María.

La querida imagen de la “Virgencita” lleva plasmada en su figura el paso de estos trescientos años de vida, de súplica, de oración, de peregrinos y devotos.

Así, María camina delante de nosotros, nos atrae y nos arrastra tras las huellas de Jesús.

Dejémonos llevar.

Amén.