La hermana muerte corporal

Homilía en la conmemoración de los fieles difuntos – catedral de San Francisco – 2 de noviembre de 2020

Es cierto que la incertidumbre económica es fuerte. Pero, no hace falta filosofar demasiado para comprender que la inseguridad material expresa -y, en ocasiones, tapa- nuestra fragilidad más fuerte: vamos a morir, voy a morir.

A diferencia de años anteriores, esta conmemoración de los difuntos tiene un rasgo muy particular: debido a la pandemia, todos, en mayor o menor medida, hemos sentido más cercana la posibilidad de la propia muerte.

No eludamos esa vivencia, pues, como muchos también lo indican, puede ser una experiencia que nos devuelva un poco de sensatez y, sobre todo, de humanidad.

Nosotros, como discípulos de Jesús, en este día, orando por el descanso eterno de todos los difuntos, volvemos la mirada al Señor, escuchamos su Palabra y nos queremos dejar iluminar por la luz de su Pascua.

Pero, como somos también, en cierto modo, hijos e hijas espirituales de San Francisco de Asís, les propongo evocar, al menos sucintamente, su experiencia cuando la muerte se le hizo cercana.

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Estamos en setiembre de 1226. Francisco sabe que el quebranto de su salud es irreversible. Lo saben, en realidad, la mayoría de quienes le son cercanos. Será uno de sus hermanos más cercanos -tal vez, Elías- quien ponga palabras al evento que se acerca, invitando a Francisco a consolar a los que deja en el mundo.

“Si es tan inminente, llámenme a los hermanos Ángel y León, para que me canten «la hermana muerte»”, habría dicho el santo.

Es así, que ambos hermanos se acercan al lecho del amado padre y, entre lágrimas, entonan el Cántico al hermano Sol, añadiendo la estrofa que Francisco había compuesto poco antes:

“Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana muerte corporal, de la cual ningún hombre viviente puede escapar. ¡Ay de los que mueran en pecado mortal! ¡Dichosos los que encontrará en tu santísima voluntad, pues la muerte segunda no les hará mal!”

Francisco había encontrado la paz a su corazón atormentado por el rumbo que tomaba la familia de los “menores” por él fundada. Había llorado y penado mucho. No controlaba la situación. Se le escapaba de las manos, por caminos que no lograba entender.

Pero, de repente, la gracia de Dios había iluminado su vida: su encuentro con el Crucificado y la certeza del abrazo cercano habían trocado esa tristeza en consuelo y en deseo irrefrenable de cantar y alabar la misericordia de Dios que, en definitiva, explicaba todo lo que había vivido y padecido.

El encuentro con Cristo lo cambia todo.

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Ahora sí, de la mano de Francisco y su cantar a la “hermana muerte corporal”, acerquémonos a la Palabra de Dios.

Les propongo meditar brevemente dos textos: uno de Pablo y, el otro, del evangelio de Juan.

“Les voy a revelar un misterio: No todos vamos a morir, pero todos seremos transformados” (1 Co 15, 51), escribe Pablo a los corintios.

¿Qué quiere decir, cuando afirma: “todos seremos transformados”?

Lo ha explicado poco antes: “se siembran cuerpos corruptibles y resucitarán incorruptibles; se siembran cuerpos humillados y resucitarán gloriosos; se siembran cuerpos débiles y resucitarán llenos de fuerza; se siembran cuerpos puramente naturales y resucitarán cuerpos espirituales.” (1 Co 15, 42-44).

En su segunda carta a los Corintios nos habla con transparente y desarmante claridad: “Por eso, no nos desanimamos: aunque nuestro hombre exterior se vaya destruyendo, nuestro hombre interior se va renovando día a día. Nuestra angustia, que es leve y pasajera, nos prepara una gloria eterna, que supera toda medida. Porque no tenemos puesta la mirada en las cosas visibles, sino en las invisibles: lo que se ve es transitorio, lo que no se ve es eterno.” (2 Co 4, 16-18).

Necesitamos ahora la palabra fuerte del Señor a la apesadumbrada Marta. Necesitamos que él nos diga a cada uno de nosotros: “Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá: y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?”. (Jn 11, 25-26).

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Sí, Señor, creemos en Vos. Creemos tu palabra de vida eterna. Creer en Vos, abrirnos en la fe a la esperanza que nos trae tu Persona, es sembrar vida eterna en nuestra pobre y frágil vida mortal.

La fe hace que esa Palabra sembrada en el terreno de nuestra vida se vaya confundiendo cada vez más con nuestra vida, haciéndose una sola cosa con ella. Y, así, nuestra propia vida se transforma en semilla que se deposita en la tierra, a la espera de la germinación y la explosión de la vida verdadera y plena.

Creemos que, en medio de la incertidumbre y del temor del presente, tu Presencia de Resucitado nos comunica el vigor que viene del Padre por el Soplo del Espíritu.

Te suplicamos, Señor Jesús, que nos hagas sentir, una y otra vez, la suavidad de tu Santo Espíritu acariciando las fiebres de nuestra humanidad enferma.

Ábrenos los ojos, para que, como Francisco, cantemos la vida que triunfa de la muerte, y, así, anhelemos que nuestra vida transcurra en el espacio de tu santa voluntad.

Con nuestros hermanos y hermanas difuntos, Señor, has comenzado a cumplir tu promesa: has venido a buscarlos para llevarlos al lugar donde Vos habitás, para sentarnos a la mesa de los santos, en la bienaventuranza eterna del cielo.

Tómanos de la mano, Señor, para que también nosotros, con María y todos los santos, asociados a nuestros hermanos y hermanas difuntos, podamos glorificar por siempre al Padre en el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.

Como Francisco de Asís, testigos de la Alegría

Homilía en la Fiesta de San Francisco de Asís – catedral de San Francisco – domingo 4 de octubre de 2020

“El que vio esto lo atestigua: su testimonio es verdadero y él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean.” (Jn 19, 35).

Con estas palabras, el discípulo amado atestigua que, del costado de Jesús crucificado, abierto por la lanza, brotó sangre y agua (cf. Jn 19, 32-37). Un testigo es alguien que ha visto algo y lo cuenta. Nada más, pero tampoco, nada menos. Es testigo de un acontecimiento, cuya verdad merece ser acogida con fe. A ese acontecimiento solo se accede por el testimonio del que ha visto y oído.

Francisco de Asís es de esa calidad de testigos. Ha visto la realidad del Crucificado, con una experiencia de vida tan intensa, que se ha hecho una sola cosa con su persona: herido por Cristo en cuerpo y alma. Francisco es testimonio viviente del Crucificado.

Este año, nosotros hemos querido evocar este carácter de testigo de nuestro santo patrono. Entre otras cosas, porque nos sentimos personalmente llamados a ser, como él, testigos del Evangelio. O, en las palabras del lema que hemos repetido: “Como Francisco de Asís, testigos de la Alegría”.

“Alegría” es otro nombre del Señor Jesús. El encuentro con Cristo siempre se vive como gozo y entusiasmo. Transforma la vida, nos desinstala y provoca, nos despoja y nos hace cargar la cruz; sin embargo, en todo ello, el discípulo -como Francisco- experimenta que Jesús realmente nos da un gozo como nadie nos lo puede dar. Un gozo pleno, una alegría genuina y honda, tanto, que puede vivirse incluso en la prueba, el dolor y la incertidumbre.  “Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo.” (Aparecida 29).

La alegría es fruto de ese encuentro. Por eso, en la tradición teológica y espiritual de la Iglesia, la alegría del Evangelio siempre se la presenta como fruto maduro del amor y de la esperanza.

Del amor, porque por la amistad que nos brinda, el Señor se hace presente en nuestro corazón, imprime en nuestra alma su propio rostro y, con la fuerza de su Espíritu, nos saca fuera de nosotros mismos, poniéndonos en dirección hacia Él y hacia los hermanos.

De la esperanza, porque es la certeza de que la promesa de la bienaventuranza es cierta, pues está fundada sobre la Palabra de Dios, y le da a nuestro presente un tono de confiada espera que no se puede ocultar. Ya desde ahora podemos gozar del Sumo Bien que es la Trinidad y que será alegría plena en la bienaventuranza, como gozamos de la luz tenue del amanecer que anuncia el esplendor del mediodía.

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Nuestro lema puede ser leído desde dos perspectivas.

Como Francisco, deseamos ser testigos de la Alegría ante nuestros hermanos. Percibimos que una tristeza difusa se extiende en los corazones, al tiempo que se olvida a Dios, a Cristo y su Evangelio. Crece el apego al dinero efímero, al éxito individual y a la apariencia banal. Pero, por dentro, la corrupción de personas, instituciones e iniciativas que parecían buenas, parece carcomerlo todo. ¿No tenemos, a veces, la sensación de que nuestra sociedad sanfrancisqueña, o incluso nuestra Argentina, vive una decadencia que parece no encontrar ningún freno? Y, de forma concomitante, ¿no sentimos la urgencia de testimoniar que hay otra forma más digna y humana de vivir? ¿No es esa la experiencia de los discípulos de Jesús, “el que hace feliz”?

El lema, sin embargo, tiene que ser entendido de otra forma más radical aún: como Francisco, nosotros tenemos hambre de ese encuentro personal con Jesús Crucificado que nos marca para siempre, nos quema y enardece. Sin este encuentro de cada uno, cara a cara con Jesús, ningún testimonio hacia fuera es posible. Démonos, entonces, cuenta de la hondura de ese anhelo de ser verdadera y genuinamente testigos, porque nuestros ojos han sido iluminados por el Rostro luminoso del Crucificado y nuestros rostros quemados por su mirada de fuego.

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Aquí podemos apreciar el verdadero alcance de la misión de la Iglesia en el mundo. El genuino influjo de su presencia evangelizadora. Presencia y misión, realmente, de vértigo: acompañar a los hombres y mujeres en el camino de la vida que desemboca en la bienaventuranza eterna y que pasa ineludiblemente por esa vorágine de fuego que es Cristo y su pascua.

Una Iglesia diocesana, y, en ella, cada comunidad eclesial, está llamada a ser un espacio visible donde obra el Espíritu que brotó del costado abierto del Crucificado. Obra, vivifica y transforma. Imprime en cada uno de los bautizados-confirmados las cicatrices de Cristo, de las que nos habla Pablo en la primera lectura.

Podríamos expresarlo así: misión de cada comunidad eclesial es facilitar el encuentro de cada persona con Cristo, dejando deliberadamente espacio para que el Espíritu obre en libertad en los corazones.

La pandemia ha acelerado los procesos de secularización en la sociedad. Estamos siendo llevados al punto preciso en el que ya no será suficiente el influjo social para convertirse en discípulo de Jesús. La cadena tradicional de transmisión de la fe en la familia, por ejemplo, hace rato que se viene rompiendo. ¿La pandemia habrá acelerado estas rupturas? No podemos descartarlo, como tampoco que, hoy por hoy, muchos se sienten inquietos por la fragilidad de la vida, más abiertos al testimonio de la Alegría que nace de la fe. Tenemos que estar atentos y ser dóciles a los movimientos del Espíritu.

Como le ocurriera a Francisco, cada vez con más intensidad, estamos invitados a pronunciar nuestro “Amén” a una llamada que nos llega, humilde pero incisiva, de labios del Crucificado. Es una invitación, no una intimación. El Crucificado mira a los ojos, pronuncia su “Sígueme” y queda en silencio, esperando pacientemente nuestra respuesta.

Aquí aparece, en toda su amplitud y belleza, el lugar de los testigos. Como Francisco y tantos otros. Se trata de hombres y mujeres alcanzados por Jesucristo en el camino de la vida. Escucharon su llamada, sintieron su atracción y se dejaron llevar. Cambió para ellos el centro de gravedad. Como a Pedro en medio de la tormenta, el testigo aprende a caminar sobre las olas turbulentas, sostenido por la mirada del Señor. Quien camina así, aunque no pronuncie palabra, lo deja ver. Se hace sentir. Es testigo creíble del Invisible. Es testimonio de Aquel que es real porque vive y da vida.

La Iglesia -cada comunidad cristiana- está llamada a ser comunión de testigos del Resucitado. Podrán caducar los planes pastorales y volverse obsoletos, pero el fuego que hay en el corazón se abrirá camino para incendiar todo a su paso.

Es una gracia. No es fruto de nuestro esfuerzo. Pero es una gracia prometida y que Dios ha dado ya al mundo en Pentecostés, del costado abierto de Jesús en la cruz. Ha sido derramada en nuestros corazones y espera que nosotros simplemente nos dejemos quemar por ella. Es más: que nos apropiemos de ella, aunque lo más seguro es que ella se apropie de nosotros. Como le pasó a Francisco de Asís.

La grande y bella basílica de Santa María de los ángeles custodia, en Asís, la humilde Porciúncula en la que Francisco se abrió a la llamada del Señor. Así Nuestra Señora cuide y anime la obediencia de la fe de nuestra Iglesia diocesana y franciscana.

Amén.

“Con María, siempre”

Homilía en la 31ª Peregrinación Juvenil al Santuario de la “Virgencita” – Domingo 6 de setiembre de 2020 – 23º del tiempo ordinario

Las imágenes corresponden a la Peregrinación del año 2016

“Con María, siempre”.

Cada año, por esta fecha, jóvenes de distintas comunidades de nuestra diócesis se ponen en camino hacia este Santuario.

Esto ocurre desde hace ya treinta y un años.

Los motiva el caminar juntos, la meta a alcanzar y esta alegría de ser peregrinos.

Destaco, sobre todo, ese momento culminante que es entrar juntos al Santuario.

Pero, claro, no podemos olvidar a quien hace posible toda esa experiencia: María, nuestra Virgencita.

Este año, la situación extraordinaria que vivimos desde marzo nos ha obligado a una Peregrinación virtual. Vivámosla con una fe y una alegría también extraordinarias. Que la ausencia física no sea obstáculo, sino aliciente para una vivencia más honda de la peregrinación y el encuentro. Que la virtualidad quede transformada por nuestra fe de peregrinos y nuestro amor de devotos de la Virgencita.

Para ello, los invito a dejarnos evangelizar por la Palabra de Dios, especialmente por lo que Jesús nos dice en el Evangelio de este domingo.

Lo repaso con ustedes.

Todo comienza cuando los discípulos le acercan a Jesús esta inquietud: “¿Quién es el más grande en el Reino de los Cielos?” (Mt 18, 1).

El Señor hace y dice entonces algo fuerte: “Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: «Les aseguro que, si ustedes no cambian o no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos. Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, será el más grande en el Reino de los Cielos. El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí mismo.” (Mt 18, 2-5).

Estar así delante de Dios: como un niño pequeño.

Llegar a ser así: como un niño pequeño.

Como el mismo Jesús, pues, en el fondo, lo más importante que nos dice el Evangelio es que Jesús es y permanece, delante del Padre, como un niño pequeño.

Solo entonces comprendemos lo que nos dice el Evangelio de este domingo, leído bajo la atenta mirada de la Virgencita: hacernos cargo del hermano, especialmente si vemos que se lo ve extraviado por los caminos del pecado. Hacernos cargo, no dejar que nos gane la indiferencia, agotar toda instancia para que recuperarlo como hermano.

¿Y qué hacemos si, con todo y nuestro esfuerzo, no hay cambio? “Y si tampoco quiere escuchar a la comunidad, considéralo como pagano o publicano”, señala el Señor (Mt 18, 17).

¿Qué significa esto? ¿Finalmente, en algún punto, es posible desentenderse? No. Un pagano o un publicano son personas a las que, de manera especialmente intensa, hay que buscar para hablarles al corazón de la misericordia del Padre.

También para eso necesitamos hacernos como niños, despojados de pretensiones y vanidades, humildes y mansos… En definitiva, para dejarnos invadir por lo que siente el Padre ante un hijo o hija extraviados. Como aquel pastor del que habla Jesús y que arriesga el rebaño por buscar a la oveja perdida.

Esa lección la aprendemos en este Santuario: aquí, María siempre recibe y acoge, sin condiciones ni reclamos. Es una madre que sencillamente ama, pues sabe que el amor es capaz, tarde o temprano, de arrancar a sus hijos de los abrazos seductores del pecado.

Pero, ese hacernos cargo los unos de los otros, es, ante todo, una responsabilidad de hermanos que rezan y caminan juntos. Por eso, extrañamos la Pere y anhelamos volver a peregrinar la ruta de la fe que va de El Tío a la Villa. Son apenas siete kilómetros, pero esa distancia se hace más honda en el corazón de los que peregrinamos la fe.

Seamos muchos o pocos. No importa, sabemos que ese caminar juntos, una vez al año, expresa visiblemente una realidad más profunda que vivimos cada día: estamos juntos en el camino de la vida, de la fe, del hacer más humano este mundo, tantas veces, cruel, injusto y deshumanizado.

Porque el Señor está en medio de quienes se reúnen “en su Nombre”, y así rezan, buscan y caminan.

¿Cómo saldremos de este tiempo duro que estamos viviendo?

Pidámosle a María que nos vuelva a decir el Evangelio de la fraternidad, de la pequeñez, de la humildad y -como escucharemos el domingo próximo- del perdón ofrecido de corazón.

Queridos jóvenes, queridos hermanos y hermanas: de la mano de María, más que estar preocupados en grandezas que nos separan unos de otros, busquemos hacernos como niños para entrar a gozar, ya desde ahora, de la vida plena del Reino de Dios.

Con María, siempre.

Así sea.

Gracias

Comparto con ustedes estas palabras que he escrito, recogiendo lo que hay en mi corazón al cumplir siete años del inicio del ministerio pastoral como obispo de San Francisco.

“Vas a ser muy feliz aquí”. Por dos veces, Mons. Carlos Tissera me dijo esa frase.

Al cabo de estos siete años puedo decir que tenía razón.

Créanme que soy muy feliz aquí.

Hoy por hoy -lo reconozco- no es poca cosa reconocer esa gracia. Porque lo es: un don inmerecido.

Revisando algunas notas espirituales que tomé aquellos días de agosto de 2013, encontré que, ya entonces, le pedía al Señor, por intercesión de la Virgencita y de San Francisco, la gracia de “enamorarme” de esta diócesis.

Puedo testimoniar que el Señor me la ha concedido. Me ha conquistado el corazón.

Con ustedes estoy caminando la fe. Sigo aprendiendo a ser discípulo, a escuchar y obedecer a Jesús y su Evangelio. Eso es muy fuerte y hermoso. Es lo que hace la comunidad eclesial: ayudarnos a quienes nos sentimos hijos e hijas de la Iglesia a ser discípulos de Jesús. La Iglesia es -como María- madre que nos engendra en la fe.

Ese proceso de darme a luz como cristiano comenzó en la Iglesia doméstica de mi familia, se prolongó en la Iglesia diocesana de Mendoza y sigue su curso en la Iglesia diocesana de San Francisco.

Aquí está la Virgencita. Cada vez que visito su Santuario, en Villa Concepción, siento casi físicamente el consuelo de Dios a través de María. Me pasa lo mismo en Villa del Tránsito, en Colonia Vignaud, en Plaza de Mercedes …

Me siento parte de la fraternidad que es el Presbiterio diocesano de San Francisco. No solo porque, teológica y jurídicamente, el obispo es parte del mismo, sino por el espacio real, concreto y afectivo que mis hermanos sacerdotes, con Baldomero aquí presente, me han dado.

Sepan que lo vivo como un gesto de inapreciable valor. Gracias.

Gracias a todos por abrirme las puertas de sus corazones.

Sigamos caminando.

Seamos servidores de la alegría y de la esperanza que nacen de Jesús, el hijo de María, nuestro Señor, Amigo y Salvador.

Sigamos caminando.

Paz, pan y trabajo

Homilía en la Fiesta de San Cayetano

Como cada año, nos acercamos a San Cayetano para suplicar paz, pan y trabajo.

¡Cuánto encierran estas tres palabras!

Breves pero repletas de significado: indican tres necesidades vitales para los seres humanos.

Lo sentimos, de manera especialmente intensa, en este tiempo de emergencia sanitaria.

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PAZ para los corazones, las familias, los pueblos, la humanidad. Que no prevalezcan los violentos ni la violencia domine nuestros corazones. Que la justicia rija realmente los vínculos entre las personas, pero también el perdón, la benevolencia, la capacidad de sentir como propios dolores y alegrías de todos…

PAN para alimentar los cuerpos, las almas y el espíritu. El alimento que nos fortalece, especialmente necesario para los niños que están creciendo. El pan de la educación, de la amistad, de la sana diversión, de una vida realmente plena. El pan de la Palabra de Dios y de la Eucaristía…

TRABAJO para experimentar que somos hombres y mujeres que damos lo mejor de nosotros mismos, sacrificándonos cada día, para edificar nuestra sociedad y contribuir al bien común de nuestro pueblo…

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Pero hemos venido a PEDIR. ¿Qué significa pedir a Dios: paz, pan y trabajo? ¿Es comodidad o infantilismo? ¿Es magia, vagancia, pretensión de vivir de arriba?

No. Es oración de súplica. Jesús nos invitó a pedir a Dios que es Padre: Pidan y se les dará…

La oración de súplica nos pone en camino para conectarnos con Dios, con su modo de ver la vida, con sus sueños y, sobre todo, con su voluntad.

Toda oración de súplica es un eco de aquel gran deseo de Jesús que rezamos en el Padre nuestro: “… que se haga tu voluntad en la tierra como en el cielo”.

Lo primero que buscamos cuando oramos es hacernos más disponibles y dóciles a la voluntad de Dios.

Es nuestro Padre el que quiere y aprecia la paz, el pan y el trabajo, porque sabe que hacen más digna la vida de sus hijos.

Por supuesto que, siendo omnipotente, sabio y bueno, Dios sabe mover los hilos de la historia para colmarnos de sus beneficios. Es Providente, como bien enseñaba San Cayetano.

¿De qué nos provee? De vida, inteligencia y libertad, de iniciativa, de garra para pelear la vida, de amigos y de gente buena que nos estimula a crecer; y, sobre todo, nos colma con el don del Espíritu Santo para que seamos activos constructores de aquello que venimos a suplicar aquí.

Es decir: constructores de la paz en la justicia, multiplicadores del pan y promotores del trabajo digno para todos.

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Estamos viviendo, con toda la humanidad, una hora de prueba. De repente, nos hemos visto sacudidos por la amenaza del coronavirus que nos ha golpeado duramente.

Es inmenso el esfuerzo que nuestro pueblo viene haciendo desde que comenzó esta cuarentena que parece nunca terminar. Personas, familias, trabajadores, empresario y también los servidores públicos. De manera especial, aquí tenemos presentes a los agentes sanitarios que ya están empezando a sentir el impacto de esta pandemia.

Como hijos e hijas de Dios, aquí, delante de San Cayetano, suplicamos al buen Dios que nos siga asistiendo para que podamos vivir con fortaleza interior este enorme esfuerzo para cuidar la vida de todos, especialmente de los más vulnerables.

Supliquemos también aprender de esta experiencia, porque tenemos por delante un esfuerzo aún mayor: reconstruir nuestra vida, los vínculos, las fuentes de trabajo, la convivencia.

En Argentina, esa empresa supone lograr un consenso de fondo entre todos los que nos sentimos parte de esta bella y sufrida Nación. Sin deponer actitudes mezquinas, enfrentamientos estériles y chicanas infantiles, no podremos soñar con un futuro mejor para nosotros y, sobre todo, para las nuevas generaciones.

Necesitamos una sociedad con ciudadanos libres, creativos, emprendedores, responsables.

Necesitamos un estado al servicio de la sociedad, no al revés.

Necesitamos instituciones sólidas, porque sin ellas es imposible superar la deuda social de la pobreza.

Necesitamos dirigentes probos, honestos y, sobre todo, desinteresados en el servicio al interés común. Necesitamos enamorarnos menos de nuestros líderes, perdiendo ridículamente el juicio y la sensatez, que exigirles eficiencia, seriedad, responsabilidad, humildad y desinterés.

La fuerza que nuestro pueblo necesita para esta empresa viene de Dios. Y el buen Dios la siembra en el corazón de cada uno: es la solidaridad, es el sentido de la dignidad y la esperanza.

Sin esa fuerza, ni el estado, ni las organizaciones humanas, ni ningún programa podrá ir más allá de los buenos propósitos.

Estamos aquí, para nutrirnos del Espíritu que, con sus siete dones, santificó a San Cayetano transformándolo en un discípulo misionero de Jesús, modelo y protector de su pueblo.

San Cayetano: ruega por nosotros.

No nos faltará la unción del Espíritu…

Homilía en la Misa crismal – Catedral de San Francisco – 30 de junio de 2020

“El espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Él me envió a llevar la buena noticia a los pobres…” (Is 61, 1 y Lc 4, 17).

Queridos hermanos:

No nos ha faltado el soplo del Espíritu en los tiempos que vivimos. Ni nos faltará, para los que se avecinan: de reconstrucción y solidaridad, de consuelo y esperanza.

Los pueblos poseen una enorme energía de bien, de ingenio y de creatividad. Sometidos a duras pruebas, llevados incluso al límite, son capaces de una sorprendete resiliencia.

Esa indómita vitalidad viene del Creador. Es signo de su imagen en nosotros. Con ella contamos para levantarnos ahora, como ha pasado en otras horas dramáticas de la historia.

La Iglesia no posee un programa específico para que la sociedad salga de esta crisis. Acompaña sí el fatigoso camino de búsqueda, errores y logros que transitan hombres y mujeres, tan diversos por procedencia y cultura, como ansiosos de alumbrar un mundo más humano.

Más que un proyecto, lo que si puede y debe ofrecer la Iglesia es el Aliento que la anima: el Espíritu creador, el mismo que el Padre sopló sobre el cuerpo exánime de su Hijo en la tumba, resucitándolo de entre los muertos.

Viene del Padre, mana del costado abierto del Crucificado y derrama la caridad en los corazones cuando nos es dado en los sacramentos.

Y nos lleva al Evangelio. En él encontramos palabras, gestos, personas, experiencias. Encontramos a Jesús, el humilde Ungido del Padre.

El Espíritu nos pone a sus pies, como a María de Betania, para escuchar, de sus labios, el sueño de la Trinidad que somos nosotros, nuestro mundo, la creación.

*     *     *

En breves instantes vamos a consagrar el Crisma perfumado y a bendecir los santos Óleos.

El símbolo de la unción es elocuente: aceite que se derrama, suave y penetrante. Hay que esparcirlo con generosidad y dejarlo hacer lo suyo: impregnar, suavizar, perfumar, aliviar…

Somos servidores de este misterio vivificante. Servidores, no patrones.

Cuando intentamos someter el Espíritu a nuestros esquemas, terminamos levantando becerros de oro, tristes remedos del Dios vivo. Presumiblemente más parecidos a nosotros, a nuestros miedos y mezquindades.

¿No es este uno de los aprendizajes que estamos haciendo en los tiempos que corren?

Se nos ha confiado la unción del Espíritu para que, por nuestras manos, pase a la vida de nuestros hermanos.

El Espíritu es fuerza, vida, consuelo, gozo.

Por eso: ¡seamos como niños!

¡Dejémonos llevar con confianza, docilidad y alegría hacia donde quiera el Espíritu!

Este tiempo de cuarentena comienza ya a tener mucho de cenáculo: puertas, corazones y mentes cerrados. También miedo que roba libertad. Es cierto. Pero, precisamente en medio de ese amasijo de sentimientos, está creciendo la espera del Espíritu.

María, madre de la Iglesia, sostiene esa espera y la transforma en oración.

Y camina con esta Iglesia diocesana.

Nos anima a caminar juntos.

Hermanos:

El Resucitado ya está entre nosotros, soplando su Espíritu y confiándonos la misma misión que ha recibido del Padre.

Dejémonos entonces llevar.

Amén.

Corpus Christi 2020

Homilía en la catedral de San Francisco – Domingo 14 de junio de 2020

Una pregunta para todos: los que estamos aquí, en este templo; pero también para quienes nos siguen por las redes:

¿Ansiamos realmente volver a compartir la Sagrada Liturgia? ¿Queremos de verdad volver a la Misa? ¿O es mejor así?

Más simple, menos molesto, menos incómodo, más al alcance de la mano, más higiénico, ¿por qué no? …

*     *     *

Volvamos a escuchar al Señor, como hicieron aquellos hombres y mujeres que lo buscaban, no porque hubieran visto signos, sino porque les había dado algo concreto: pan para comer.

Jesús les decía: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”. (Jn 6, 51).

Dejando, tal vez, libre curso a las propias dudas, el evangelista anota presuroso: “Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?».” (Jn 6, 52).

Sí. ¿Cómo es posible que se nos proponga semejante desmesura? Porque de eso se trata: una desafiante desmesura: un hombre llamado Jesús dice de sí mismo que es imprescindible para vivir.

Todos nos damos cuenta que las palabras “pan” y “comer” son una metáfora, una imagen que apunta a esta realidad: si no dejamos a Jesucristo entrar en nuestra vida, asimilándolo como el pan que alimenta, no podremos vivir con vida verdadera. Además, con una potencia vital que es capaz de atravesar ese umbral intimidante que es la muerte.

Es inaudito. Insoportable. En fin, una desmesura…

*     *     *

Y, sin embargo, estamos aquí, atraídos por Él, por su palabra, por sus gestos, por su Espíritu.

Hemos escuchado esas palabras inauditas. Es justo que, también, evoquemos estas otras: “Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y yo lo resucitaré en el último día.” (Jn 6, 44).

Sí, lo confesamos sin temor ni vergüenza: Señor, nos sentimos atraídos por Vos. Reconocemos estar ante tu Presencia porque una fuerza interior, el Espíritu que viene de las profundidades del Padre, nos lleva, una y otra vez, a ese abismo de luz, de alegría y de esperanza que es tu Persona.

Vos nos da vida, Jesús. Sos nuestra Vida. Nos lo has mostrado como solo Vos podés hacerlo. Nos has vencido y convencido: “El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.” (Jn 6, 56-57).

Como dirá Simón Pedro al final, también nosotros te decimos, vencidos por tu amor, tu dulzura y tu hermosura de Cordero inmolado: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios” (Jn 6, 58-59).

*     *     *

La misma fuerza que nos atrae a Jesús y a su Eucaristía es la que nos saca de ella. Porque venimos a la mesa eucarística para desandar nuestros pasos e ir al encuentro del mundo, de nuestra vida cotidiana, de los pobres, de los olvidados… pero también de nuestros detractores, de los que dicen nuestros enemigos y contrincantes…

Es falsa la oposición entre comunión eucarística y servicio a los pobres. El solo plantearlo así nos muestra una fe, ya no débil o inmadura, sino desnortada.

El Jesús que se nos da como alimento es el mismo que, como Buen Samaritano, nos da sus mismos sentimientos para que no nos dejemos ganar por la pulsión del egoísmo que siempre llevaremos dentro.

Sí. La Eucaristía nos transforma, a condición que nos dejemos interpelar a fondo por la persona del Señor.

Aquí ya no hay metáfora sino realidad: “Te adoro con fervor, Deidad oculta, que estás bajo estas formas escondida. A Tí, mi corazón se rinde entero y desfallece todo si te mira. Se engaña, en Ti, la vista, el tacto, el gusto…”, cantamos con el poeta que es también teólogo, pero, más que nada discípulo. Es decir, un enamorado.

Termino esta homilía con una oración tomada del Misal. La rezaremos, Dios mediante, el próximo domingo 13 de septiembre, XXIV del tiempo ordinario. Es muy bella y certera.

Dice así: “Te rogamos, Dios nuestro, que el don celestial que hemos recibido impregne nuestra alma y nuestro cuerpo, para que nuestras obras, no respondan a impulsos puramente humanos sino a la acción de este sacramento”.

Amén.

Misa por la Patria

Homilía en la catedral de San Francisco, 25 de mayo de 2020

“Se acerca la hora, y ya ha llegado, en que ustedes se dispersarán cada uno por su lado, y me dejarán solo. Pero no, no estoy solo, porque el Padre está conmigo.” (Jn 16, 32).

Las palabras de Jesús impresionan. Pero, mucho más, la realidad a la que nos introducen.

Jesús está entrando en la Pasión. Está volviendo al Padre. Está en situación de Pascua.

Lo hemos contemplado en la Semana Santa: en pocas horas, quedará solo, despojado de todo. Primero en Getsemaní, luego en el juicio de vértigo en el que se suceden el Sanedrín y Pilato, dramáticamente en la cruz y, finalmente, en la fría piedra de un sepulcro nuevo.

Sin embargo, en estas palabras, el Señor fija su mirada en los discípulos. Parece no pensar en su despojo, sino en la disgregación del rebaño.

Es el misterio del pecado: seduce para deshumanizar, deshumaniza disgregando y dispersando.

En cambio, Él mismo entrará en una comunión nueva con el Padre: “no, no estoy solo, porque el Padre está conmigo”.

La cruz es la hora del amor hasta el fin. Es la forma que tiene la entrega de la propia vida, por amor, incluso más: por gratitud.

La Cruz es acción de gracias y alianza, comunión y vida compartida.

El Espíritu Santo va tejiendo los hilos de esa trama que une al Padre y al Hijo en el despojo de la cruz.

Es como el viento: sopla donde quiere y, obrando así, genera vida, alianza y comunión.

También nosotros podemos -y debemos- decir: “No. No estamos solos. Caminamos hacia el Padre, por el Hijo en el Espíritu Santo. Somos familia, pueblo, fraternidad. Somos tierra, hogar, casa común y trabajo, ilusiones y esperanzas… Somos Patria”

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Nos hemos reunido para orar por nuestra Patria Argentina. Orar por ella es un precioso y dulce deber.

Sigue siendo verdadero -a pesar de las objeciones- que la “Patria” es la “tierra de los padres”.

La tierra es importante. No lo ponemos en duda. Hoy nos sentimos urgidos a tratarla con respeto, a admirar la riqueza de vida que el Creador despliega en ella, a cuidarla y a cultivarla con delicadeza.

La tierra es así un signo precioso del amor que nos precede, nos envuelve y siempre nos espera: el de Dios, creador y providente; pero también, el de todos aquellos que nos han precedido, preparando el jardín de la vida, para que también nosotros echemos raíces, crezcamos y demos fruto abundante.  La Patria es así camino compartido por hombres y mujeres de distintas generaciones.

Viene de lejos, nos compromete en el presente y nos abre hacia un horizonte infinito que alcanza al cielo: la Patria celestial de toda la humanidad.

Es un espacio abierto por corazones generosos que, antes que pensar obsesivamente en sí mismos, fueron intrépidos a la hora de amar entregando la vida, abriendo surcos, sembrando para el futuro, aceptando renuncias porque las nuevas generaciones se anunciaban pujantes y vigorosas.

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“El amor y el servicio de la patria forman parte del deber de gratitud y del orden de la caridad”, enseña solemne el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 2239).

Es verdad que, en ocasiones, personas de corazón grande, al cabo de una vida de renuncias y entregas, han sentido el aguijón de la desilusión. “¡Ay, patria mía!”, fueron las últimas palabras del padre de la Patria, Manuel Belgrano.

Cualquier forma de servicio público, tarde o temprano, se confronta con la mezquindad humana.

La Iglesia lo sabe. Por eso no apuesta por un optimismo ingenuo. Cada palabra y gesto de Jesús demuestran un sano realismo, que viene del corazón mismo de Dios.

Ese realismo es el que nos abre los ojos y nos invita, de manera especial en una fecha como la de hoy, a mirar la Patria con gratitud y a perseverar en el servicio al bien común.

¿Por qué gratitud? ¿Es verdaderamente realista semejante actitud?

Sí, lo es. Basta echar un vistazo a lo que vivimos en estos extraños días que, sin ninguna experiencia o preparación, nos han enfrentado a decisiones difíciles.

Hemos visto emerger, a pesar de dudas, reclamos justos y muchos interrogantes, una voluntad firme de cuidar la vida, de potenciar solidaridad y de apostar por el futuro, a sabiendas de lo duro del camino que se emprendía.

Esa pasión por el bien común no se improvisa. Viene de lejos. Está en los genes de una historia compartida en la que, en situaciones similares, tanto o más desafiantes, hombres y mujeres comunes han tenido que asumir riesgos también similares, tomando decisiones, jugándose por la vida y el futuro, pensando en los hijos y en los más vulnerables.

Damos gracias por esta experiencia. Una gratitud que nos compromete y responsabiliza a todos. De un modo a los ciudadanos de a pie; de otro, a las fuerzas vivas y organizaciones que dinamizan nuestra sociedad; de otra, a quienes somos dirigentes, de manera especial, a quienes componen la comunidad política.

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La Patria no es el estado. Menos aún un gobierno. Menos todavía, un partido o movimiento político, por mayoritario que sea.

La Patria es la tierra de los padres, y de todos sus hijos e hijas. Sin exclusiones, discriminaciones o sesgos interesados.

Es más, solo podemos hablar de Patria si tenemos las puertas de nuestra mente y de nuestro corazón bien abiertas a todos los pueblos de la tierra. En esta hora, la unidad del entero género humano, de los pueblos, culturas y naciones, se nos impone con una evidencia difícil de cuestionar.

El estado, el gobierno y toda la comunidad política están al servicio del pueblo, de la sociedad libre compuesta por hombres y mujeres libres. Hasta podemos decir que su misión es cuidar y hacer posible esa libertad, para que cada persona, familia y agrupación busque el bien común con elección deliberada y adulta.

El alma de la Patria es ese “orden de la caridad”, que nos lleva a buscar el bien de todos, a alimentar la vida virtuosa de las familias y de los ciudadanos, fundada en la verdad y en el compromiso cotidiano con toda forma de bien y de justicia.

Hablar de la Patria es apelar a la amistad social y a la reconciliación que pacifican los corazones, y liberan las fuerzas del pueblo para el bien común.

Argentina ha caminado intensamente estos doscientos diez años. Llevamos en nuestra memoria, en nuestras ideas, en nuestra conciencia e incluso en nuestros cuerpos, los signos de ese fatigoso camino.

Nos queda todavía mucho trecho por recorrer. No terminamos de madurar un proyecto común de país; una síntesis de miradas, sensibilidades y búsquedas que han aprendido a convivir en el respeto, el diálogo y el consenso.

¿Será esta emergencia sanitaria una oportunidad para hacerlo?

Que la gratitud se transforme en responsabilidad, pues el futuro se anuncia como una tarea ímproba de reconstrucción, de cuidado y de solidaridad.

Oremos por nuestra Patria.

Dios no dejará de asistirnos, toda vez que abramos a su benevolencia nuestros corazones vacilantes.

Amén.

María cuida el corazón de la Iglesia

Solemnidad de la Virgen del Rosario de Fátima – Fiesta Patronal Diocesana 2020

María cuida el corazón discipular de la Iglesia. Cuida los corazones de cada uno de nosotros, hombres y mujeres que nos reconocemos discípulos de su Hijo.

Y lo hace con ese estilo divino que atraviesa la entera historia de salvación: a mayor fragilidad humana, más intensa cercanía, delicadeza y cuidado de Dios.

De la misma manera, María cuida la vida y los corazones. Procura que permanezcan dóciles a la acción del Espíritu, abiertos a la Palabra: a escucharla, obedecerla y ponerla en práctica. Como hizo ella.

María vela sobre la Iglesia para que sea fiel al don de Dios, anunciado por el profeta: “Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo: les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne.” (Ez 36, 26).

Como Iglesia diocesana de San Francisco, volvemos a pedirle a Nuestra Señora: que cuide nuestra fidelidad al Evangelio de Jesús.

Es gracia que suplicamos en esta hora de prueba y de esperanza; por eso mismo, también de nuevos aprendizajes.

El Señor nos ha traído hasta este lugar de gracia: estamos viviendo un tiempo en el que todos estamos aprendiendo de nuevo el Evangelio.

Como empujados suavemente por el Espíritu a ser, de verdad, discípulos, familia y hermanos.

¿No será ese el gran aprendizaje de Dios para nosotros en este tiempo?

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Al inicio de esta cuarentena muchos nos sentimos invadidos por una fuerte sensación de “extrañeza”.

Así, por ejemplo, fue la vivencia de esta Pascua: extraña, por nuestros templos vacíos -en realidad, por la ausencia física de la comunidad orante-; pero también intensa, conmovedora y movilizadora.

En este clima hemos sentido crecer una fe intrépida, orante y esperanzada. Hemos sido testigos de cómo, el Evangelio logra abrirse paso entre obstáculos inesperados, despertando creatividad, nuevas iniciativas y expresiones de fe compartida.

El ministerio de los pastores, por ejemplo, ha parecido menguar, achicarse y hasta encogerse. Sin embargo, a la vez que esto ocurre, nuestro ministerio pastoral parece volverse más evangélico y concentrado en lo esencial.

Reconozcamos aquí una posibilidad abierta por el Espíritu, más allá de nuestras expectativas y proyectos.

Hemos perdido el control de muchas cosas que marcaban el ritmo de nuestra vida ordinaria.

Es cierto. Pero, ¿podemos interpretarlo como un saludable desapego? Ese suele ser, con la aridez en la oración, la forma como el Buen Dios nos hace crecer en humanidad, en libertad y en santidad.

En todo caso, esta pérdida de control está abriendo paso a una experiencia luminosa: algo de fondo está aconteciendo. Y lo estamos aprendiendo, día a día. Caminamos la paciencia.

En esa ausencia e incertidumbre cobra nueva intensidad una Presencia que, sin embargo, no nos es extraña, sino entrañable: es el Resucitado que, una vez más, irrumpe entre los suyos, como hizo aquella primera mañana en el Cenáculo.

Es bueno evocar aquí la experiencia de Juan, el Precursor: “Es necesario que él crezca y que yo disminuya” (Jn 3, 30).

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“¡Feliz el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron!… “Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican” (Lc 11, 27-28).

¡Cómo nos ilumina la Palabra! Nos aquieta y consuela. Nos hace ver la realidad: Dios obrando en el mundo, en el corazón de los hombres, conduciendo la historia…

Esta contraposición de bienaventuranzas, en realidad, descubre una tensión que atraviesa nuestra vida personal y eclesial: en palabras de Aparecida, el paso “de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera” (A 370).

Si esa escucha es fiel -y no tenemos por qué dudarlo-, si encuentra un corazón pobre y fraterno, producirá “fruto a su debido tiempo” (Sal 1, 3).

Es Palabra viva, rebosante del Espíritu.

Lo hemos visto: una más intensa escucha de la Palabra nos está obligando a repensar y resignificar prioridades, intereses e ideas.

Hemos reconocido su Voz que nos invitaba a cuidar la vida, privándonos incluso del bien precioso de la celebración comunitaria de la Eucaristía.

Y lo hemos hecho, con dolor, no solo para obedecer a una disposición razonable de la autoridad, sino porque hemos experimentado que el Señor nos hacía sentir su voluntad, siempre orientada al bien de todos, especialmente de los más vulnerables.

Esa vida del Espíritu está creciendo, cierta, vigorosa y fuerte, en nuestras familias que se redescubren “Iglesias domésticas”, en nuestras comunidades y en los corazones de muchos.

Es vida que brota de la Eucaristía y que tiene forma eucarística: cercanía solidaria a los más pobres, a los que sienten el aguijón del miedo o están solos, a los ancianos y enfermos.

María la custodia y alienta. Nos invita a todos a imitarla.

Estamos ante un regalo inesperado.

Amén.