La Transfiguración de Francisco

Homilía en la Fiesta de San Francisco de Asís

Catedral de San Francisco – 4 de octubre de 2019

Hablando de sus propias luchas apostólicas, San Pablo escribe a los corintios: “Por eso, no nos desanimamos: aunque nuestro hombre exterior se vaya destruyendo, nuestro hombre interior se va renovando día a día” (2 Co 4, 16).

Bien se podrían aplicar a Francisco estas palabras. Cuentan sus biógrafos que sus intensas vivencias personales habían dejado huellas muy visibles en su cuerpo. Francisco había vivido plenamente, entregándose en cuerpo y alma a las llamadas de Dios, a medida que estas iban clarificándose en su alma.

Tantas luchas, internas y externas, hicieron mella en su persona. Pensemos solo en la enfermedad ocular que contrajo en Egipto y que, de vuelta a Europa, se incrementó con los desastrosos tratamientos que recibió de aquellos médicos del siglo XIII.

Su estampa era la de un hombre sufrido.

Sin embargo, algo grande y hermoso acontecía en el alma de Francisco que resaltaba aún más en la fragilidad de su cuerpo y en la fatiga de su porte externo. Algo grande y hermoso, pero para nada débil, sino fuerte y vigoroso, porque era la obra del Espíritu en el alma de un hombre que, con una libertad que nos subyuga tanto como nos atemoriza, se había dejado vaciar a sí mismo.

El “hombre exterior”, al decir de Pablo, parecía menguar, mientras que el “hombre interior” alcanzaba una belleza llena de la majestad del Dios Crucificado que, en San Damián, lo había invitado a reparar su Iglesia en ruinas. O, parafraseando al profeta y al salmista: nuestro Francisco, “varón de dolores” (Is 53, 3) era también “el más hermoso de los hombres” (Salmo 44, 2).

Esta genuina transfiguración fue creciendo paulatinamente a lo largo de toda su vida. También él, como su maestro, “iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia, delante de Dios y de los hombres” (Lc 2, 52).

Sin embargo, esta transformación alcanzó un grado supremo apenas el Pobre de Asís fue abrazado por la “hermana muerte corporal”, que él había cantado en su himno “Laudato Si’”, aquel 3 de octubre de 1226.

Después de yacer un tiempo desnudo en el pavimento de la Iglesia (tal fue su voluntad), los hermanos comenzaron a amortajar el cuerpo venerado. Fue entonces que su rostro sufrido cambió de aspecto y se volvió de una belleza luminosa. Mientras se cumplía esta operación y la noticia de su muerte se difundía por Asís, una multitud orante y sollozante se agolpaba para contemplar a quien ya consideraba un santo.

Fue en esa ocasión que muchísimos seglares, clérigos y hermanos pudieron contemplar las benditas llagas que, apenas dos años antes de morir, Francisco había recibido en el Monte Alverna, como sello de su profunda identificación con Cristo, el Señor.

Es la gracia que le había pedido a Jesús, seguramente con la decisión y pureza de los santos. Estas son sus palabras, según los testimonios que nos llegan de sus contemporáneos:

Señor mío, Jesucristo, dos gracias te pido me concedas antes de mi muerte. Que experimente en vida, en el alma y en el cuerpo, aquel dolor que Tu, dulce Jesús, soportaste en la hora de tu acerbísima Pasión; la segunda, que yo experimente en mi corazón, en la medida de lo posible aquel amor sin medida en que Tu, Hijo de Dios, ardías, cuando te ofreciste a sufrir tantos padecimientos por nosotros pecadores. (Consideraciones sobre las llagas).

Francisco suplicó con tenacidad a Aquel que había enseñado: “Pidan y se les dará”. Rogó y Jesús cumplió la promesa: le concedió, a manos llenas, las gracias centuplicadas.

*     *     *

Contemplamos la transfiguración de Francisco, admirados y agradecidos. Pero no podemos dejar de pensar en la transfiguración que el Señor, por medio de su Espíritu, está ciertamente obrando en cada uno de nosotros, en nuestras comunidades, en nuestra ciudad y en nuestra diócesis.

Hace algunos meses, les dirigía una carta a los sacerdotes y consejos parroquiales de pastoral, formulando algunas preguntas: “¿Qué quiere el Señor de nuestra Iglesia diocesana, en este momento y a través de los acontecimientos que estamos viviendo? ¿Qué pasos de conversión nos está pidiendo?”.

Podría decir ahora, contemplando a Francisco e iluminados por las Escrituras que hemos escuchado: ¿Qué gracia de transformación está obrando en nosotros el Espíritu Santo? ¿Hacia que umbral de gracia nos está conduciendo como Iglesia diocesana? ¿Cómo se están marcando en nosotros las cicatrices del Señor? ¿Dónde vemos surgir la criatura nueva que nace del costado del Crucificado?

Creo sinceramente que la figura evangélica de Francisco de Asís nos ilumina.

Puede ser que nuestra diócesis y nuestra ciudad lleven el nombre de San Francisco casi de manera fortuita. Pero no hay casualidad en la Providencia de Dios. En ese nombre hay un programa evangélico que viene del corazón de Dios para nosotros.

Esta mañana he hecho pública una Carta Pastoral recogiendo las respuestas que ustedes han formulado a las preguntas del obispo. Si tuviera que resumir lo que he querido expresar en palabras, lo haría con estas frases:

Somos familia. Somos hermanos. Tenemos que vivir toda la densidad humana de la cercanía: cercanía con Dios a través de la oración, especialmente de la adoración y la alabanza; cercanía entre nosotros, derribando muros y construyendo espacios fraternos para escucharnos; cercanía misionera con todos, pero especialmente con los más alejados, heridos y vulnerables.

Si quieren lo resumo en dos palabras muy “franciscanas”: fraternidad y cercanía.

Como Francisco, con estas palabras formulo un deseo que se vuelve oración. Los invito a hacer lo mismo. Una oración que nace del corazón de nuestra Iglesia diocesana, de sus vivencias, ilusiones, decepciones y sufrimientos. Una oración cuyo fervor se intensifica al escuchar al Señor que nos dice: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana” (Mt 11, 28-30).

Señor Jesús: como Francisco un día, también nosotros hoy nos atrevemos a suplicar, para nuestra Iglesia diocesana la gracia de una profunda conversión que nos haga más misioneros, más disponibles, más hermanos y más cercanos a todos.

Que tu Espíritu derribe nuestro orgullo y nos haga más humildes y orantes, más misericordiosos y sencillos, más fieles a tu Evangelio en medio de nuestra sociedad.

Que no nos amoldemos a los criterios mundanos del bienestar individual y del consumo que galvanizan nuestra mirada y nuestro corazón.

Concédenos, Señor, un tiempo de generosa y saludable conversión. Que sintamos tu dulzura y tu belleza, y que experimentemos la alegría franciscana de comunicarla en cuanto vivida con sencillez y en la pobreza.

Amén.

¡Qué la Eucaristía nos estremezca!

El religioso orionita polaco Michal Los, ordenado sacerdote en su lecho de enfermo el 23 de mayo de 2019. Falleció el 17 de junio.

Homilía en la Solemnidad del Corpus Christi. Catedral de San Francisco, sábado 22 de junio de 2019.

“«¿Dónde está el Cuerpo del Señor?» Esta es la pregunta que surgió el lunes por la noche, del fuego de Notre-Dame de París: «¿Dónde está el Cuerpo del Señor?».

Era necesario salvar la Catedral, el tesoro formado por piezas de orfebrería acumuladas a lo largo de los siglos. También era necesario guardar, para los creyentes, esta Reliquia infinitamente preciosa: la Corona de Espinas de Jesús, traída por el rey San Luis.

Pero una pregunta agónica surgió en mi corazón: «¿En dónde está el Cuerpo del Señor?», ¿era posible dejar el Santísimo Sacramento?, ¿dejar el Cuerpo de Jesús que estaba en el Tabernáculo?

Es por este Cuerpo, velado bajo la apariencia de una miga de pan (“d’une miette de pain”), que se construyó esta Catedral. Entonces ¿qué es lo más valioso?, ¿la Catedral, el tesoro o la miga de pan? La miga de pan es el Cuerpo de Dios, el Cuerpo de Cristo, Su Cuerpo resucitado. Inalcanzable, a menos que Él se entregue a Sí mismo. Y así lo hace, se dona a Sí mismo: «Mi vida nadie la toma, soy yo quien la da»…

Queremos salvar la Catedral. Este espléndido estuche de joyería ha querido ser la magnífica manifestación del genio humano que rinde homenaje al amor de un Dios que se entrega por amor y que para darse a Sí mismo, se ha convertido en uno de nosotros.”

De la homilía del arzobispo de París, Michel Aupetit, seis días después del incendio que dañó severamente Notre Dame (21 de abril de 2019, Domingo de Pascua).

El arzobispo de París, Michael Aupetit celebrando la primera Misa en Notre Dame después del incendio el pasado 15 de junio, memoria de la dedicación de la catedral parisina.

¡Qué contraste! ¡Cuánto dolor por los que ya no saben reconocer en el pan a Jesús, el Señor!

¡Qué contraste! ¡Cuánto dolor por los que ya no saben reconocer en el pan a Jesús, el Señor!

No quiero hacer juicios simplistas, a los que tan acostumbrados nos tienen estos tiempos de polémicas infantiles y posicionamientos fundamentalistas. Sé bien que, detrás del abandono de la Eucaristía hay complejos procesos espirituales y personales.

Dios es Juez misericordioso y Sabiduría amorosa. Él conoce mejor que nadie el corazón humano. Sobre todo, sabe medir hasta qué punto sus decisiones son realmente libres, expresan rebeldía y rechazo del don; o son, más bien, reacción airada por los escándalos de los creyentes, o sencillamente, manifestación de la fragilidad humana ante la presión de una cultura secularizada y las carencias de una pastoral de conservación más que misionera.

Todos estamos en sus manos de Padre sabio, amoroso y providente, que siempre espera al hijo que ha perdido el rumbo, extraviándose en sus propios pensamientos y confusiones.

No miro entonces la paja en el ojo ajeno. Solo me animo a inquietar mi propia conciencia cristiana, mis propios olvidos y abandonos del Pan eucarístico.

¿Cómo está la calidad de mi amor por la Eucaristía?

La celebración de la Santa Misa es el tesoro más grande que tiene la Iglesia, el cielo que se abre sobre el altar, la alegría de los ángeles y santos que se desborda sobre nosotros que peregrinamos por “este valle de lágrimas”, temerosos y vacilantes, entre luces y sombras, humillados por nuestros pecados pero consolados por la Presencia bendita del Señor de la Vida, que camina con nosotros.

¿Cómo vivo yo la Eucaristía? ¿Cómo me preparo y como salgo de ella? ¿Vivo mi vida cristiana, en la Iglesia y en la sociedad, con aquella “coherencia eucarística” de la que tan bien habló el sabio Benedicto XVI?

*     *     *

Nos han conmovido estos días las imágenes de aquel joven seminarista polaco (Michal Los) que recibió del Papa Francisco la dispensa y fue ordenado sacerdote en su convalecencia. Celebró pocas Misas antes de morir. Ni siquiera pudo revestirse con los ornamentos sagrados. Pero su rostro al elevar el Cuerpo del Señor desde el altar de su lecho de enfermo, con la sola estola sobre el cuerpo estragado por el cáncer, nos ha estremecido en lo más profundo.

Sí, mis queridos hermanos y hermanas: en este día de Corpus, los invito a estremecernos por el don de la Sagrada Eucaristía, lo que nos revela de este Dios sediento de amor y de nuestras hambrunas más hondas.

Pero ¿ante qué estremercernos cuando celebramos la Eucaristía?

Cada uno podrá buscar su propia vivencia, abrevando en la incontrovertible fe de la Iglesia.

Perdonen que apele a mi propia experiencia de vida: yo me he hecho sacerdote porque, de niño, sentí el deseo de imitar a mi párroco que “decía Misa” con devoción y mucha fe. Ahí Dios me estaba esperando. Aún allí lo sigue haciendo.

Atesoro esta experiencia como una de las claves fundamentales de mi propia vida de fe como discípulo y pastor. Leo ahí todo lo que me ha pasado después y lo que vivo aún ahora, aquí entre ustedes; lo que voy descubriendo como llamada de Dios a predicar su Evangelio, a salir al encuentro de todos, a animarlos a ser fieles a la llamada del Señor a su Iglesia.

Queridos amigos: que se nos estremezca el corazón al contemplar y experimentar a este Dios humilde que se abaja, nos busca y, como mendigo de amor, nos suplica que lo dejemos entrar en nuestras vidas.

Sí, en el Sagrario, en la custodia y, sobre todo, en el altar, Cristo solo sabe encabezar cada una de sus palabras hacia nosotros con un humilde: “¡Por favor!”. Apela así a nuestra libertad.

*     *     *

Miremos el relato de Pablo en la segunda lectura. Es, tal vez, la narración más antigua de cómo los primeros cristianos celebraban la Santa Eucaristía. No solo el cómo, sino el por qué más hondo y decisivo, el que sigue siendo la motivación fundamental para que también nosotros nos reunamos a celebrar, a adorar y a comer el Cuerpo Santo del Señor y a beber su Sangre preciosa.

Pablo interpela a esos corintios revoltosos, tan enamorados de Jesús como atropellados en sus propias inmadureces, a que vivan la coherencia eucarística. Él les ha transmitido lo que recibió “del Señor”. Él nos lo ha mandado. Y partimos el pan y compartimos el cáliz, porque Él nos mandó hacerlo “en memoria suya”.

“Y así, siempre que coman este pan y beban esta copa, proclamarán la muerte del Señor hasta que él vuelva.” (1 Co 11, 26). Lo aclamamos cada vez que celebramos la Santa Cena: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección: ¡Ven, Señor Jesús!”.

Lo cantamos en la Misa, pero quisiéramos gritarlo a todos, en las calles, en los hospitales, en las cárceles, en las plazas, en los bares y en los supermercados, en las redes sociales y en cada espacio público. Antes que con las palabras -siempre imprescindibles, cuando llega su hora- con nuestra vida, transfigurada por la Pascua que celebramos cada domingo.

Quisiéramos decírselo a los jóvenes, para que hagan de la Eucaristía el alimento de sus preciosas vidas, como hizo Carlos Acutis, adolescente italiano, influencer y evangelizador de los jóvenes en las redes, y que no ocultaba haber encontrado el secreto de su vida en la Santa Eucaristía. Murió quinceañero pero su testimonio nos llena de alegría.

Quisiéramos que nuestros jóvenes encontraran en el Pan eucarístico al Amigo capaz de decirles la verdad de sus vidas. ¡Cómo olvidar la intensa adoración eucarística que vivimos el pasado sábado 25 de mayo en el Superdomo con más de mil quinientos jóvenes de Córdoba!

Como quisiéramos que los jóvenes se enamoraran de Cristo eucaristía y sintieran su llamada a consagrarse a él con todo su ser como sacerdotes, religiosos, misioneros, esposos y padres cristianos.

Pero también como hombres y mujeres públicos (políticos, dirigentes sociales santos), entregados al bien común, a la defensa de la vida y despojados de intereses mezquinos; servidores de la concordia y la reconciliación de los corazones, que tienden puentes y no agigantan grietas para ganar espacios de poder; servidores a la medida del que se hizo Pan para alimentar a los pobres.

En este Año Misionero Diocesano, renovemos nuestro amor por la Eucaristía. Ella contiene toda la energía evangelizadora y misionera de la Iglesia.

Ella alimentó y alimenta a los santos: a Francisco y Clara, a Brochero, a Angelelli y compañeros mártires.

De la mano de María, que alimentó con su pecho al Pan de Vida, acerquémonos a adorar y a comer “el pan de los ángeles, convertido en alimento de los hombres peregrinos” (Secuencia). Así sea.

Eucaristía de clausura del II Encuentro Regional de Jóvenes

Homilía en la Catedral de San Francisco, domingo 26 de mayo de 2019

“El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él.” (Jn 14, 23).

Esta es una de las promesas más lindas de Jesús. De ella quisiera hablarles, queridos chicos y chicas.

Hace un par de años, un chico de la catequesis me puso en aprietos con una pregunta. Fue durante una Visita Pastoral. La pregunta era más o menos así: ¿Qué es más importante? ¿Ser cristiano o ser una buena persona?

No recuerdo bien qué contesté. Lo que sí recuerdo es que me quedé muy disconforme conmigo mismo. No había acertado con la respuesta, y me di cuenta al instante. Había que seguir rumiando la cosa.

Meditando esta increíble promesa de Jesús, creo entender un poco más la cuestión.

Claro que es bueno ser buena persona. También, buen cristiano. Pero ¿solo para eso Jesús subió a la cruz y resucitó? ¿Solo para hacer de nosotros “chicos decentes” o mejorar el mundo?

La promesa de Jesús nos lleva a otro terreno. Te saca de esa falsa disyuntiva (o buena persona o buen cristiano) en la que vos o yo seguimos siendo el centro. Te desarma, porque te promete y te da algo insospechado. Te hace volar.

Una de las palabras más hermosas que la fe pone en nuestros labios nos ayuda a entender: es la palabra “gracia”.

Gracia es Dios que se dona totalmente a vos, a mí, al mundo. Se nos da. Te colma con muchos dones y talentos. Es cierto. Pero, sobre todo, te colma con su Presencia. Quiere habitar en vos y que vos vivás y respirés en Él.

Gracia es ese encuentro y esa presencia que transforman todo. Y desde dentro. No cáscara sino vida.

Sos alcanzado por la Persona de Jesús y, por Él, con Él y en Él, te ves sumergido en ese océano de vida y gozo que es el Dios amor, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Es la promesa de Jesús: el Padre y Yo iremos a vos y, por la gracia del Espíritu, habitaremos en vos.

¿Cómo hacer esa experiencia? ¿Por dónde andar? ¿Hacia dónde ir para encontrar ese tesoro y esa perla?

En realidad, estamos hablando de un regalo absolutamente de Dios. Él ama hacer pasar sus regalos por manos humanas. Nos dio a su Hijo a través de una mujer, colmada del Espíritu: María.

Por eso, se me ocurre pensar en tres caminos muy humanos por los que cumple su gran promesa. Tres encuentros para el gran Encuentro.

Ante todo, el encuentro con las heridas de los hermanos. Los apaleados por la vida. Están por todos lados. Tal vez, muy cerca de nosotros. ¿Enuncio algunos? Los que se sienten solos o fracasados. Los que se han dejado ganar por la tristeza y han perdido la esperanza. Los que buscan la belleza de la vida (como todos nosotros), pero no aciertan el camino o se pierden por senderos de muerte. Los que se sienten sucios, impuros o indignos, discriminados o descartados. A veces, esconden ese sentimiento detrás de una coraza de prepotencia, rebeldía o rabia. Pero, hay que saber mirar los corazones. Ahí, en esos hermanas y hermanos, nos espera Jesús.

Otro camino de encuentro, esta vez luminoso y fascinante, es la vida de los santos: hombres y mujeres sencillos y normales, que, como nosotros, tienen que caminar la vida, la fe y la paciencia. Y caminan porque están enamorados de Jesús y su Evangelio. ¡Se dan cuenta cuánta santidad hay en las comunidades cristianas a las que pertenecemos! Córdoba es privilegiada en testigos de santidad: Brochero, Madre Tránsito, Catalina Rodríguez, el obispo Angelelli y sus compañeros mártires, Sor Leonor, etc.

Aquí no puedo dejar de, al menos, mencionar a nuestro patrono: Francisco de Asís. Y, junto a él, a la inmensa Clara. El panel central del Presbiterio de la catedral es una obra de arte. Es muy bello. Da en la tecla con el secreto más hermoso de Francisco: Jesús, el Crucificado. Francisco y Jesús, en un punto, son una sola cosa. La tradición ha llamado a Francisco de Asís: la más perfecta imagen de Jesús. Francisco y Clara, jovencitos y, desde entonces, enamorados de Jesús, de su Evangelio.

La vida de los santos nos muestra de lo que es capaz de hacer ese encuentro de gracia. Lo que significa que Dios viene a morar, a vivir en un hijo o hija suyo.

El tercer camino de encuentro del que quisiera hablarles está, tal vez, más al alcance de la mano. Es la oración. Eso que Jesús promete, se verifica principalmente cuando entramos en ese territorio fascinante, inmenso y siempre inexplorado que es la oración que nos lleva ante el Rostro de Dios.

Cuando yo tenía trece años, un misionero santo -el Padre Tarsicio Rubin- puso en mis manos la Biblia y el Libro de los Salmos. No es que entonces aprendiera a rezar. Eso se lo debo a mis padres. Pero aprender a responder a la Palabra de Dios con las palabras que Dios mismo inspira para rezar sigue siendo mi experiencia orante más honda.

Y sueño con que ustedes, chicos y chicas, puedan aventurarse en ese encuentro con Jesús y, de su mano de Hijo y Hermano, y con la potencia de su Espíritu, se dejen bendecir por el Rostro del Padre.

Un ateo le pidió una vez a Santa Bernardita que imitara la sonrisa de María. Bernardita lo hizo, y aquel hombre nunca pudo olvidar la sonrisa de María en la sonrisa de Bernardita. Eso nos pasa cuando nos dejamos encontrar por los ojos de Jesús en la oración. Lo hemos vivido intensamente anoche. Sin que te des cuenta vas a reflejar en tu mirada su Mirada de Resucitado. Y otros lo van a agradecer, pues sus vidas quedarán también iluminadas. Seguramente lo han experimentado muchos, ayer por la tarde, en la experiencia misionera compartida.

Las palabras de María que es nuestro lema (“¡Hágase en mí!”) son precisamente su respuesta de fe a la Palabra de Dios recibida. Él la miró, y María dejó entrar esa mirada en su vida. Orando aprendió a escuchar, a vivir y a entregarse.

Es la gracia que pido al Señor para ustedes. Una gracia de encuentro y morada que -¡gracias a la sabiduría de nuestro buen Dios!- acontece en familia, en comunidad, en Iglesia.

Como lo hemos experimentado estos días compartidos. Una gracia que San Francisco no olvidará.

Amén.

Vigilia Pascual 2019

Homilía en la Catedral de San Francisco – 21 de abril de 2019

“¿Por qué buscan entre los muertos al Viviente? No está aquí. Ha resucitado.” (Lc 24,5)

Estamos celebrando la “madre de todas las Vigilias”.

Somos la Iglesia orante. Como María buscamos la serenidad del anochecer, aquietamos los ruidos que nos aturden y nos recogemos en oración para escuchar en silencio la Palabra y, con la hondura de un corazón virginal, rumiar el misterio de Dios, su plan de salvación.

Por eso, por segundo año consecutivo, nos hemos dado tiempo para escuchar las nueve lecturas que la liturgia de la Iglesia tiene previstas para esta noche. En medio de tantas palabras vanas y mentirosas, la Palabra resuena para decirnos la Verdad.

Los salmos con sus antífonas nos ayudan a responder con los labios, pero sobre todo con el corazón y con nuestra vida.

Escuchar, acoger en silencio, rumiar, adorar y alabar la sabiduría amorosa de nuestro Dios.

De la creación a nuestro bautismo, hasta la consumación de la historia, nuestro Dios actúa para dar vida, llevar todo a su plenitud y transformar el mundo con la majestad de su Bondad, su Verdad y su Belleza infinitas.

El Dios amor, Padre, Hijo y Espíritu Santo, comparte su vida, su alegría y su comunión.

El pecado no solo no frustra este plan, sino que provoca que la sabia providencia de Dios encuentre un remedio aún mejor.

Y ese remedio tiene un nombre: JESUCRISTO, MUERTO Y RESUCITADO.

Su tumba está vacía.

Las mujeres tienen que recordar las palabras proféticas de Jesús, y nosotros, escuchando con mayor profusión las Santas Escrituras, lo que Dios ha obrado en favor del mundo.

La tumba está vacía como signo de esperanza, especialmente para todos los heridos de la historia, los que esperan, los que lloran.

Queridos hermanos y amigos:

Es verdad que, en ocasiones, nuestra vida es alcanzada por la incertidumbre y nos amenazan la tristeza, la desilusión e incluso la desesperanza.

También nuestra Iglesia se ve hoy sacudida por el pecado de sus hijos. Es objeto de burla y desprecio, motivo de escándalo para muchos.

Nos hacemos cargo: son nuestros pecados los que más la hieren, no la hostilidad externa, por fuerte y agresiva que sea.

No acusamos a los demás, sino que, con el corazón quebrantado, nos abrimos a la acción de Dios que -lo sabemos bien- no deja desamparados a sus hijos.

Por eso: ¡abramos nuestros corazones! ¡No seamos sordos al rumor de la vida que Dios está haciendo crecer, con humildad, paciencia y mansedumbre, en el corazón de nuestro mundo y de su Iglesia!

Permítanme que les diga esta noche, la más santa y luminosa de todas, como el ángel a las mujeres: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado.” (Lc 24,5).

¡Qué el gozo de Cristo, el Viviente, reavive nuestra esperanza! ¡Con María, anunciemos a todos el gozo del Evangelio!

Las siete palabras de Cristo en la cruz

Homilía en la Celebración de la Pasión del Señor – Viernes Santo 2019 – Catedral de San Francisco

Cristo ya está en la cruz.

Ha proferido su último grito y ha entregado el espíritu.

Está en silencio.

Sin embargo, así, silencioso e impotente, es Palabra de Dios para el mundo.

Es Palabra definitiva, no podemos esperar otra, mucho menos suplantarla por nuestras pobres palabras.

Es definitiva, la más sonora y la más poderosa.

¿Qué nos dice?

Les propongo que sea el silencio orante el que nos permita escuchar esa Palabra que Dios sigue pronunciando para el mundo.

Si la cruz no estuviera plantada en el Calvario tendríamos derecho a la desesperación, a hundirnos en la tristeza y el desaliento.

La cruz está en pie.

Como la impresionante foto de la cruz de Notre Dame después del incendio.

Hay esperanza.

Escuchemos su mensaje.

Yo, simplemente, quisiera repasar con ustedes las siete palabras que la Palabra, Cristo crucificado, pronunció desde la cátedra de su cruz.

Ellas nos permitirán barruntar lo que Dios quiere decirnos a cada uno, a su Iglesia y al mundo.

*     *     *

“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” (Lucas, 23: 34).

Para nosotros, el perdón es una empresa imposible.

La sola mención de palabras como “perdón” y “reconciliación” nos horrorizan hasta la histeria.

Sin embargo, es Cristo el que ha introducido el perdón en el mundo.

Lo ha hecho parte de la dinámica de las relaciones humanas que, libradas a su propia fuerza, tienden a confundir justicia con venganza, verdad con difamación y calumnia.

Jesús se dirige al Padre (¿a quién si no?), pero también a vos…

Escuchalo…

*     *     *

“Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso.” (Lucas, 23: 43).

Es la respuesta a la súplica del buen ladrón: “Jesús, acordate de mí…”

Y es una respuesta que no se deja esperar.

Atropella las palabras del arrepentido, como queriendo apurar el consuelo en medio del atroz sufrimiento.

Y promete lo mejor: el Paraíso.

¿Qué seríamos si no esperáramos el Paraíso, el cielo? ¿En qué se convertiría nuestra vida? ¿En una aceleración histérica de consumo y depresión?

El Paraíso es Jesús, estar con Él, en la unidad del Espíritu y en la comunión con el Padre.

*     *     *

“Mujer, ahí tienes a tu hijo. […] Ahí tienes a tu madre.” (Juan, 19: 26-27).

Y, si de cielo hablamos, tenemos que hablar en femenino.

El cielo es la compañía de María, la alianza con ella, ese recíproco recibirse del discípulo y la madre, que funda una vida de comunión en la Iglesia.

Ese cielo comienza ya en la tierra y tiene la forma de la fe compartida, de la esperanza que echa raíces en los corazones y se hace lucha por la vida, por la dignidad de los vulnerados, consuelo de los tristes y oprimidos.

Donde se recibe a María como madre de la mano de Jesús, la Iglesia crece como comunidad misionera, solidaria y que humaniza todo lo que pasa por sus manos.

*     *     *

“¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?”(Mateo, 27: 46 y Marcos, 15: 34).

Esa palabra nos asoma al misterio más oscuro: el pecado como abismo de soledad, de infinita tristeza y del dolor que nace del corazón ensimismado.

A ese abismo se ha asomado el Redentor: ha sentido, como nadie (¡es precisamente el Hijo único, el Amado!), el silencio del Padre.

Y, desde allí, con todos los crucificados de la historia ha gritado, llamándolo (la única vez en que Jesús llama “Dios” a quien siempre invoca como “Abba”, como “Papa”, como “Padre”).

Hermano de todos los que se sienten abandonados.

Hasta allí lleva las entrañas de misericordia y compasión de su Padre.

*     *     *

“Tengo sed.”(Juan, 19: 28).

Es la sed del mismísimo Dios en la garganta seca de su Hijo agonizante.

Sed de agua a la que se responde con vinagre.

Me animo a decir que hoy, mirando nuestro mundo sediento de sangre, amargado por el ensañamiento y la violencia, Cristo tiene sed de paz, de corazones pacificados, de miradas serenas y de manos amigas.

A nosotros, que en vez de agua le dimos vinagre, Élnos dará el agua viva de su Espíritu para que la Paz de la Trinidad se abra espacio en nuestro mundo.

*     *     *

“Todo está cumplido.”(Juan, 19: 30).

¿Qué se ha cumplido?

El plan de Dios, sus promesas y su sueño.

El que arrancó con la creación y pareció frustrarse por la estupidez del pecado.

Ese sueño que somos nosotros. Ese designio que llevamos inscrito con más precisión que nuestro propio ADN.

Y se ha cumplido en la cruz, pues allí el Amor más grande, cuyo nombre es Jesús Salvador, ha hecho nuevas todas las cosas.

*     *     *

“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.”  (Lucas, 23: 46).

No hay sombra de desesperación o derrumbe en Jesús crucificado.

Todo en Él es confianza en el Padre.

Será Hijo hasta el final.

No puede ser otra cosa. Esa es su condición más honda.

Todo en Jesús es filial: su oración, sus palabras, su pasión, su Eucaristía, su misma muerte…

Entrega el espíritu al Padre y el Padre derramará el Espíritu sobre su cuerpo exánime y lo resucitará de entre los muertos.

*     *     *

“…uno de los soldados le atravesó el costado con la lanza, y enseguida brotó sangre y agua” (Jn 19,34).

Del costado abierto de Cristo crucificado nace la Iglesia.

A la Iglesia ni la inventamos ni la reformamos nosotros.

Nace del costado de Cristo: sangre y agua, símbolos del Espíritu y de los sacramentos que derraman sobre el mundo la gracia divina.

Escuchar, acoger y obedecer son los verbos que definen el misterio de la Iglesia de Cristo.

También: orar, meditar, contemplar, servir.

Si hoy nos duele nuestra Iglesia, los pecados de sus hijos que son piedra de tropiezo -escándalo- para tantos, ante el Crucificado hagamos más honda y radical nuestra escucha y obediencia, nuestra adoración y la acogida del don de su Espíritu.

Ahí está María para indicarnos el camino.

Amén.

Misa crismal 2019 – Año Misionero Diocesano

Homilía en la Misa Crismal, en la catedral de San Francisco, 10 de marzo de 2019

“Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo, para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación” (EG 27).

Son palabras del Papa Francisco. Es su sueño como pastor. Lo es también de nuestra Iglesia diocesana, hecho especialmente consciente en este Año Misionero.

Es, antes de nada, el sueño de Dios, el sueño de Jesús. Tenemos que hacerlo realmente nuestro.

*     *     *

Los santos Óleos que estamos a punto de bendecir, de manera particular el Crisma, tienen la potencia misionera que viene del corazón de Dios. Expresan y comunican el dinamismo del Espíritu Santo que es don y comunión, comunicación y alegría.

Misión no es lo que hacemos, sino lo que somos. Así en Jesús, el Enviado del Padre, como en nosotros, sus discípulos misioneros.

Los catecúmenos son ungidos en el pecho porque han de estar dispuestos para afrontar una lucha: con mansedumbre, resistir las asechanzas del Malo en todas sus formas y pelear el buen combate de la fe.

Los enfermos son ungidos en la frente y en las manos para que el Espíritu los conforta en su debilidad y los conforme con Cristo paciente.

En el bautismo, la confirmación y la ordenación, el Santo Crisma se desborda sobre nosotros y nos colma con el perfume del Señor para ser santos como Él es santo.

Es decir, nos infunde su mismo amor, aquel que lo impulsó a caminar, a predicar, a inventar las parábolas para relatar la bondad del Padre; a acercarse a los heridos del camino para curar, perdonar y humanizar.

*     *     *

¿Hacia dónde nos lleva el dinamismo misionero del Espíritu que recibimos en los sacramentos y que Cristo resucitado continuamente exhala sobre su Iglesia?

Queridos hermanos y amigos: la respuesta nos es complicada, aunque sí de consecuencias que se proyectan en todas las dimensiones de la vida.

El Don de Dios pretende hacer de nosotros hombres y mujeres del Espíritu.

El Espíritu trae a nosotros la libertad de Dios, la que Jesús ha vivido a fondo. Nos da su mismo impulso de amor y de amistad, de mansedumbre y de misericordia. Nos colma con la alegría y la paz de Dios.

Misión no es lo que hacemos, sino lo que somos. Así en Jesús, el Enviado del Padre, como en nosotros, sus discípulos misioneros.

Añado ahora: la misión nos es dada, no es fruto de nuestro ingenio o de nuestros cálculos. No nos la autoimponemos. Viene a nosotros desde Otro. Es el “nombre nuevo” que recibimos del Padre por el Hijo en el Espíritu. Se nos revela en la oración, pronunciado con amor por los labios de Cristo. Nos es dado. Es don.

Nunca ha existido el auto bautismo. Siempre alguien tiene que sumergirnos en la fuente bautismal y ungirnos con el Crisma. El gesto visible, en la dinámica del sacramento, expresa el misterio invisible: Dios es quien nos llama y nos envía.

No podemos, por tanto, apropiarnos de la misión como si de una posesión personal se tratara. Mucho menos de la misión pastoral, empezando por el obispo.

El Evangelio es de Jesús. Nosotros solo somos sus testigos y predicadores.

La Iglesia es del Señor. Nosotros somos simples siervos que cumplimos nuestro deber.

La vida de las personas no nos pertenece. Es don de la Trinidad que nos toca cuidar y por la que, un día, tendremos que responder.

Tenemos que permanecer siempre discípulos, aprendices y oyentes; abiertos a la acción del Espíritu. Se puede decir esto de una sola vez: ORANTES, permanecer siempre orantes.

*     *     *

Este es también el sentido del lema de este Año Misionero: “Con vos, María, misioneros del Evangelio”.

Una vez más es Nuestra Señora la que encarna plenamente lo que estamos llamados a vivir. Mirésmosla a ella. Ella nos enseña a ser hombres y mujeres del Espíritu.

Cada tarde hacemos nuestro su Magnificat. Con ella entramos gozosos en el misterio de nuestra pobreza, incluso de nuestras humillantes flaquezas, para dejar libre en nosotros el poder de Dios.

Por el contrario, cuando sacralizamos nuestras ideas y proyectos y, sobre todo, nuestro modo de ejercer el poder, dejándonos ganar por la arrogancia, la manipulación y la prepotencia, convertimos nuestras pobres realizaciones en un ídolo vano, cruel y miserable.

Las dificultades y crisis que hoy experimenta la Iglesia tienen aquí una de sus raíces más hondas y resistentes: confundir misión con poder, haciendo de éste un ídolo esclavizante.

La unción del Espíritu que hemos recibido del Señor nos está llamando a una profunda conversión pastoral. Es mucho más que cambio de estructuras y procedimientos. Es un rotundo cambio de nuestra cultura eclesial, ante todo del modo como, obispos y presbíteros venimos ejerciendo el ministerio pastoral.

Es, sin embargo, una operación espiritual que incumbe e involucra a todo es Pueblo de Dios. Hasta tanto cada bautizado-confirmado no se reconozca sujeto responsable del Evangelio, nuestra Iglesia seguirá patinando en el mismo sitio.

Soy Misión. Somos Misión. Cada uno y todos.

¿No está trabajando el Espíritu en esta dirección?

En unos días vamos a participar de la beatificación de cuatro mártires argentinos: un obispo, un sacerdote religioso, un presbítero secular misionero y un laico, padre de familia, catequista y comprometido servidor de los más pobres.

Por ahí va la cosa.

No vivieron ni murieron por una Iglesia que se mira a sí misma y busca autopreservarse, sino por una Iglesia descentrada de sí y con la mirada fija en Jesús, su Esposo y Señor.

Una Iglesia servidora al estilo de Jesús: cercana a los pobres, a los vulnerables y sufrientes; una Iglesia alegre, pero con la alegría de la Pascua del Señor, hecha de cruz y de entrega.

Animémonos a caminar juntos estos senderos que son los del Evangelio.

Anunciación del Señor – Jornada del niño por nacer

Homilía en la catedral de San Francisco – 25 de marzo de 2019

Hemos vuelto a escuchar, una vez más, el relato evangélico del anuncio del ángel a María. Es uno de los textos más leídos en la liturgia. Y no nos cansamos de escucharlo. Nos hace mucho bien, entre otras cosas, porque le devuelve humanidad a María.

La sentimos cercana a nuestro camino como hombres y mujeres concretos, al modo como vivimos la fe, a nuestros gozos, luchas e ilusiones.

Tal vez tengamos que reconocer que, la piedad y el cariño nos han llevado a los cristianos a honrar a Nuestra Señora con títulos, formas de culto y de representación que, si nos descuidamos, al menos en algunos puntos, no terminan de manifestar el esplendor de su verdad. O, al menos, no logran ser expresivos para nuestra sensibilidad actual.

Por eso, volver a la Escritura y a lo que ella nos dice de la madre de Jesús resulta siempre tan saludable. Esos relatos siguen teniendo la frescura que les da el Espíritu. Nos hablan con una elocuencia inigualable. Lo hemos experimentado el pasado Año Mariano Diocesano.

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¿Cómo aparece María en el relato de la anunciación que acabamos de escuchar?

Como he posteado esta mañana, en la anunciación, María aparece rompiendo algunos de los estereotipos culturales que reducen el rol y la dignidad de las mujeres.

Señalo tres: en primer lugar, la que rebaja a la mujer a la condición de objeto, de posesión y de uso. En segundo lugar, la que la presenta como fuente de impureza, tentación y caída; la mira, por tanto, con sospecha, porque desconfía de su sexualidad. En tercer lugar, y como una consecuencia de lo anterior, la que la eleva por encima de la humanidad, rodeándola de un áurea edulcorada de romanticismo sensiblero.

El evangelio nos presenta a María, ante todo, como una mujer de fe. Una creyente cabal, no crédula. Es decir, como alguien que ha crecido en la tradición vigorosa de su pueblo: buscadora de Dios, lectora atenta y orante de las Santas Escrituras; adiestrada en la escucha, en el diálogo de fe con Dios, sin miedos ni complejos. Consciente de lo que vive, sabe identificar qué le pasa, qué tiene delante y qué desafíos se le abren ante la propuesta que recibe. Pregunta, inquiere y, cuando ha logrado madurar su respuesta, se entrega sin reservas.

De ella se puede decir lo que Jesús, años después, les dirá a sus discípulos: María no vuelve para atrás, su mirada está fija en el arado. Su “¡hágase!” no es reacción emocional improvisada, sino todo lo contrario: ha crecido en ella la Palabra que ilumina su vida y, en la misma proporción, su “amén” lúcido y cada vez más total y profundo.

En ese “Amén, hágase en mí”, María ha alcanzado la estatura de mujer crecientemente libre y adulta.

Así, María ha sabido ocupar su lugar en el plan de Dios, sin infantilismos, apocamientos o complejos. En ella, vocación y misión se funden hasta formar una solidísima realidad con su misma persona. Ella es la más perfecta discípula misionera de Jesús, parafraseando Aparecida.

En este Año Misionero Diocesano, lógica continuación del Año Mariano, nos volvemos a ella para reavivar o, si es el caso, conocer nuestra vocación y misión como discípulos misioneros de Jesús y su Evangelio.

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Uno de los signos de los tiempos más fuertes que hoy caracterizan el caminar de la humanidad es precisamente la lucha de las mujeres por lograr su emancipación y el reconocimiento de su dignidad de personas.

Es cierto que el feminismo tiene muchos rostros y que algunas de sus expresiones resultan difícilmente compatibles con el humanismo cristiano. Sin embargo, no podemos dejar de reconocer la sintonía de su lucha de fondo por la dignidad de la mujer con el Evangelio de Jesucristo que predica la Iglesia.

Siempre será una ardua tarea de la fe cristiana discernir la verdad, el bien y la justicia presentes en toda lucha humana de las formas ideológicas con que se expresan (conceptos, eslóganes, símbolos). Mientras adherimos a todo lo que es justo en aquellas, necesitamos ser críticos con estas, tomando incluso distancia o rechazándolas, en todo o en parte, cuando resulten una interpretación equivocada de la realidad.

En definitiva, el terreno común donde todos nos tenemos que poder encontrar es la vida concreta de hombres y mujeres, especialmente si heridos y vulnerados en sus derechos.

En este humus del humanismo cristiano es en el que ha germinado la convicción que no hay vidas más dignas que otras y que siempre salvar toda vida humana es el norte para seguir.

Cada año, al celebrar la Encarnación del Hijo de Dios en María por obra del Espíritu Santo, los ojos de la fe contemplan este misterio con la mirada de nuestra Señora. Esa vida que ella siente que comienza a crecer en su cuerpo nos habla de la dignidad de todo “niño por nacer”.

Como la de tantos (se cuentan por millones), la vida de este niño y de su madre estarán amenazadas desde el comienzo. Involucrarse con la dignidad de esas dos vidas será la misión de José el artesano. A la destreza de sus manos se unirán su alma noble y su corazón decidido al servicio del designio salvador de Dios.

Hoy, ante los inmensos desafíos que tenemos como sociedad, necesitamos esa nobleza y ese valor para luchar por la dignidad de toda vida: la de los niños por nacer, la de las niñas y niños violentados por diversas formas de abuso, las de varones y mujeres sumergidos en la pobreza, la de quienes no aciertan con encontrar una luz de esperanza para sus vidas.

No vivimos en un mundo ideal. Las cosas nunca son como quisiéramos. La realidad siempre es dura, más limitada y frágil de lo que estamos dispuestos a aceptar. Nos desafía a empresas arduas para alcanzar el bien posible, aquí y ahora, con los recursos que tenemos, pocos o muchos. No es raro que, en ocasiones, nos enfrentemos a decisiones complejas y difíciles.

En buena medida, toda causa justa -como ocurre con la causa de la dignidad de la mujer- nos ha ayudado a ver cuánto de nuestras estructuras, esquemas y criterios necesitan ser purificados para que ayuden al desarrollo integral del ser humano, creado a imagen de Dios pero también confiado a la potencia creadora de la cultura.

Los discípulos de Jesús, varones y mujeres, sabemos que la plena realización de la humanidad está viniendo a nosotros. Está en el Futuro (con mayúsculas), el que ya ha comenzado a afirmarse en la historia cuando Jesús fue resucitado de entre los muertos. Por eso, no tenemos miedo a ningún cambio ni transformación que resulte en una verdadera humanización de nuestra vida. Tampoco a sumarnos a toda causa justa por el ser humano y su dignidad.

Miramos a Cristo, pues en Él encontramos la medida de todo lo que es auténticamente humano. De su Espíritu recibimos el auxilio necesario para emprender, cada día, la tarea nunca acabada de edificar una sociedad más justa.

Al celebrar la “Jornada del Niño por Nacer”, reafirmemos nuestro compromiso con la Vida.

Amén.  

José es sueño de Dios


Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños…” (Mt 1,20).

Homilía en la Solemnidad de San José – 19 de marzo de 2019 – Parroquia “San José” de Devoto.

“Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado” (Mt 1,24).

En este Año Misionero Diocesano, sin temor a equivocarnos, podemos decir: “Con vos, José, misioneros del Evangelio”.

Misioneros con José.

Misioneros como José.

Empecemos despejando un malentendido: misión no es hacer mucho. Una parroquia misionera, por ejemplo, no lo es porque tenga muchas actividades, frenéticas y expansivas.

Misión no es hacer mucho, sino lo que hay que hacer.

En cristiano: hacer lo que Dios sueña de nosotros.

Dios nos sueña. Y lo hace constantemente. Si dejara de hacerlo, sencillamente desapareceríamos. Somos el sueño de Dios.

De ese sueño de amor surgimos continuamente a la vida.

Sueña con nuestro rostro, con nuestra libertad y con ese lugar único, original e intransferible que quiere que ocupemos en su designio de salvación para el mundo.

El Dios creador y providente, que ha soñado la tierra y todo lo que la habita, como dicen los salmos, ha soñado compartir con nosotros la experiencia maravillosa de dar vida y de cuidar la vida y nuestra casa común.

Es el Dios salvador que ha mostrado su rostro de buen samaritano en su Hijo amado, Jesucristo.

Contemplando los peligros que se ciernen sobre su creación, especialmente sobre su criatura más amada, el ser humano, ha realizado su sueño de restaurar la humanidad herida.

Ha soñado así su sueño más hermoso: que su Hijo que es también su más perfecta Imagen y su mismo Verbo, por obra del Espíritu, tomara carne y sangre de María y, puesto bajo el cuidado de José artesano, aprendiera a caminar la condición humana.

Así, Jesús, primero aprendió a ser hijo de María y José, a ser hermano de sus compañeros de camino y, finalmente, a ser pastor y redentor de toda la humanidad.

Este es el Dios salvador que quiere que también cada uno de nosotros tome parte en la experiencia de curar la creación herida, levantar con delicadeza al caído y acompañarlo en su camino de curación.

De ahí nacen todas las vocaciones en la familia de su Hijo. Ese es el manantial del que brotan todas las vocaciones misioneras en la Iglesia.

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Vos y yo somos misión.

La Iglesia es misionera porque ella misma, en su misterio más profundo y hermoso, es misión.

Uno de los aciertos más lindos de Aparecida ha sido este modo de identificarnos: somos “discípulos misioneros de Jesús”.

Discípulo de Jesús y su Evangelio, yo mismo soy vocación y soy misión.

Miremos a José y contemplemos cómo él ha vivido su identidad misionera.

Ante todo, ha buscado reconocer en su vida concreta el designio de Dios. Y -como enseñará Jesús- el que busca encuentra.

Ha sido una búsqueda ardua y, por momentos, crucificante: José creyó que Dios quería despojarlo del amor de María y, por eso, resolvió dejarla libre para que ella viviera a fondo su vocación y misión. Decisión tan dolorosa como meditada y rezada delante de Dios.

Creyó que Dios quería despojarlo y se dispuso activamente para ese despojo interior, doloroso, pero, según su entender, necesario para ser fiel al plan de Dios.

Pero los caminos de Dios son siempre sorprendentes.

El sueño de Dios para José era otro. Y se lo hizo saber, también en medio del sueño. Allí recibió la palabra que le marcaba el camino: tenía que hacerse cargo de María y del Niño que ella llevaba en el vientre, concebido por obra del Espíritu.

Ese era el sueño de Dios para él. Esa era su misión. Y debía vivirla en el silencio contemplativo del que va haciéndose cargo del Misterio de Dios, lo cuida y le abre espacio en su vida, para que pueda, un día, iluminar a toda la humanidad.

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¿He podido conocer el sueño de Dios para mí? ¿El sueño de Dios que soy yo mismo? ¿Puedo decir que sé, por experiencia antes que, por mera información, cuál es mi misión, mi lugar en el mundo?

Volvamos a la escena evangélica: ¿cuándo José sintoniza con el sueño de Dios para él? Cuando él mismo se sumerge en el sueño. Esta es una indicación preciosa: aquí el sueño es símbolo de la oración cristiana.

Si querés conectar con el sueño de Dios para vos, animate a transitar el camino de la oración que te sumerge en el Plan de Dios.

De todos los desafíos que hoy tiene delante de sí esta Iglesia que soñamos misionera, el de ser casa y escuela de la oración se me presenta como uno de los más ambiciosos, fecundos y de largo alcance.

Sueño con un Iglesia misionera que, como José, se sumerge en la vida y en el alma de los hermanos, les enseña a escuchar los sueños de Dios, a dejarse iluminar por la Palabra, a orar y a adorar.

Quien experimenta este misterio de luz queda iluminado. Su vida se hace más bella, más profunda, más verdadera y, por eso, más bienaventurada.

La Iglesia es misión.

Vos y yo somos misión.

Con José y con María, vivamos a fondo nuestra vocación de misioneros de la Buena Noticia de Jesús para el mundo.

Amén.

Miremos a Brochero. Contemplemos a Jesucristo.

Homilía en la Memoria de San José Gabriel del Rosario Brochero, patrono del Clero argentino – Arroyito, 16 de marzo de 2019

“Así habla el Señor: ¡Aquí estoy yo! Yo mismo voy a buscar mi rebaño y me ocuparé de él” (Ez 34, 11).

Miremos a Brochero, pero que nuestra mirada no se detenga en él.

Y si lo hacemos, el mismo Cura nos toma de la mano, nos dirige uno de sus pícaros dichos y nos vuelve a poner en el buen camino.

“Vengo a traerles música”, les decía a sus serranos cuando, mate y amistad de por medio, los arrimaba al Evangelio.

Esa es la única música que llenaba su alma, la que lo había conquistado y cuya melodía él repetía, con su vida ante que con sus labios.

¿O no lo decimos en cada Misa cuando, al llegar a la gran Plegaria eucarística, nos unimos al coro de los ángeles y santos para cantar la santidad del Dios tres veces santo, cuyo rostro misericordioso resplandece en la Pascua de Jesús?

Todo en San José Gabriel se orienta hacia Jesucristo, el verdadero Pastor.

Pastorear al pueblo, buscarlo, ocuparse de él, librarlo de la dispersión; reunirlo, apacentarlo y hacerlo descansar “en verdes praderas”. Todo ello es obra exclusiva del Dios Pastor. Nadie lo iguala. Nadie se puede atribuir esa misión.

Conmemoramos al Santo Cura Brochero, pero celebramos a Jesucristo.

Jesús es el Pastor. Él es el único y verdadero Sacerdote.

***

Ahora, con la mirada fija en Jesús, de la mano del Santo Cura Brochero, permítanme que les hable de la vocación al ministerio pastoral de los sacerdotes.

Ya hemos dicho lo fundamental: hay un único Sacerdote, los demás somos sus ministros, llamados a ser transparencia del Buen Pastor, signos visibles de su alma inquieta que busca, encuentra y cura a las ovejas perdidas y descarriadas.

Ser cura no es una profesión liberal, es decir: no es algo que nosotros elegimos después de evaluar nuestros gustos y cualidades.

Hacerse cura no responde a la pregunta: y yo, ¿para qué sirvo? ¿En qué voy a ser feliz, pleno y fecundo?

Claro que un hombre que empieza a sentir la llamada al sacerdote siente que esas preguntas lo escuecen por dentro.

Puede incluso que sean el disparador de un camino vocacional que lo lleva al Seminario -como le ocurrió un día al joven José Gabriel- y, más adelante, a la ordenación sacerdotal.

Si ese joven es honesto. Si cruza el Mar Rojo de la fe y comienza a dejarse llevar, entregando realmente las riendas de su vida al Señor, ahí comienza a comprender que está en ese camino solo porque Él lo ama y lo llama.

Pero hay más: si esa experiencia cala hondo y comienza a transformarse en el suelo sobre el que se edifica la propia vida, ese aprendiz de cura comienza a comprender que ni siquiera allí se detiene la sabiduría amorosa de Dios.

Comienza a comprender -como un día la ocurrió a Moisés- que es cura porque el Dios Pastor ama a su pueblo; y lo ama con un amor apasionado y celoso que lo lleva siempre al extremo de la locura.

Es locura tiene una fisonomía muy concreta y definida: es la cruz redentora de Cristo.

Brochero lo comprenderá cabalmente al final de sus días: “Pero es un grandísimo favor el que me ha hecho Dios Nuestro Señor en desocuparme por completo de la vida activa y dejarme con la vida pasiva; quiero decir que Dios me da la ocupación de buscar mi último fin y de orar por los hombres pasados, por los presentes y por los que han de venir hasta el fin del mundo”.

Brochero se ha hecho una sola cosa con el Dios Pastor, con Jesucristo Sacerdote, con el Cordero manso e inocente, que se ha dejado inmolar por amor.

En realidad, San José Gabriel aprendió, a lo largo de su vida y ministerio a vivir así: siempre al lado de los pobres, serrano entre los serranos, aspirando solo a que Jesús y su Evangelio calaran hondo en el alma de sus serranos.

Ese amor grande es lo que el Espíritu infundió el día de su ordenación sacerdotal. Solo que en él, encontró un alma noble, sencilla y humilde que lo dejó echar raíces, cada vez más hondas en su vida.

Al suplicar por las vocaciones sacerdotales y por la santidad de nuestros curas, miremos a Brochero y, de su mano, vayamos a Jesucristo para que Él nos dé a todos su Espíritu.

Y no olvidemos a María, la Purísima. ¿Quién de nosotros puede poner en duda que fue ella la que modeló como madre, catequista y maestra espiritual el alma noble de Brochero?

Hace con nosotros lo mismo.

A ella también nos volvemos con confianza, para decirle: “Bendita sea tu pureza…”

60 años del Pequeño Cottolengo de San Francisco

Homilía en la Misa de acción de gracias por los sesenta años del “Pequeño Cottolengo” de Don Orione en San Francisco – Jueves 14 de marzo de 2019

“Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?… Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt 25,37-39.40).

Queridos hermanos y hermanas:

Sin ninguna clase de temor, y con gran alegría en el corazón, podemos decir: ¡El Señor está aquí! Aquí, entre nosotros, en este rincón sagrado de nuestra ciudad y de nuestra diócesis, está Jesús, están sus manos, su rostro, su cuerpo, sus heridas y su corazón manso y humilde.

Eso es el Cottolengo de San Francisco: un lugar sagrado, donde el Señor vuelve a mirarnos y a atraernos con su presencia, siempre humilde.

¿Nos hemos dado cuenta ya que Jesús jamás violenta a quienes llama a su seguimiento, a quienes quiere revelar la misericordia y ternura del Padre?

Aquí está Jesús, porque aquí están sus hermanos más pequeños.

Pero también, porque aquí, Jesús vuelve a mostrar su rostro de Buen Samaritano y de Servidor del Padre.

Por eso, para nosotros, especialmente para quienes somos parte de esta Iglesia de San Francisco, el Cottolengo es verdaderamente una escuela de Evangelio.

Es decir, aquí aprendemos a vivir la misericordia, el consuelo, el abajarse para servir, el sentido profundo de la dignidad humana. En definitiva, a ver el mundo tal como lo ve el Padre, con sus mismos ojos y, sobre todo, con sus mismos sentimientos de ternura y compasión.

Aquí, Jesús, despojado de poder, nos enseña sin demasiadas palabras lo que significa amar como Él ama, como el Padre ama, como el Espíritu se derrama en nuestros corazones.

Por todas esas razones, aquí también aprendemos la lección de la santidad según el Evangelio.

“Ustedes serán santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo… Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor” (Lv 19).

No es separación, ni altanería, ni distancia, ni complicación.

Es vida entregada, cada día, incluso levantándonos de las caídas, rehaciendo con paciencia y perseverancia la decisión de reconocer a Jesús en el rostro de nuestros hermanos más pequeños.

*     *    *

Hace sesenta años, el 14 de marzo de 1959, iniciaba su caminar el “Pequeño Cottolengo de San Francisco”. Lo hacía, gracias a la generosidad de una familia -los Boero- y con el impulso del carisma de San Luis Orione.

Antes que naciera la diócesis de San Francisco, la santidad de Cristo encarnada en Don Orione, el carisma que le había regalado el Espíritu y que animaba la vida de sacerdotes, religiosas y laicos, ya estaba abonando el terreno para que, solo un par de años después fuera erigida la nueva diócesis.

De entonces hasta hoy, nuestra Iglesia diocesana se ha visto enriquecida por este carisma y por la vida que de él brota.

Estamos aquí para dar gracias por ello.

Pero, a la acción de gracias por lo que Dios nos regala ha de seguirle una respuesta, cada vez más lúcida y consciente de parte de su Iglesia.

¿Qué llamada de Dios sentimos surgir desde este lugar? ¿Qué le dice a nuestra ciudad, a nuestra Iglesia diocesana, a nuestras comunidades?

Me animo a decir que el Cottolengo, regido por los Orionitas, sin embargo, forma parte de la familia espiritual de cada comunidad cristiana de San Francisco.

Incluso más: la misma sociedad sanfrancisqueña no puede comprenderse a sí misma si no vuelve su mirada hacia este lugar, al que se destinan, día a día, recursos, energías, entrega, fidelidad, en definitiva, amor concreto y eficaz.

La ciudad de San Francisco necesita del Cottolengo, tanto o más de cuanto el Cottolengo necesita de los sanfrancisqueños.

Cada uno de nosotros ha de responder a la pregunta: ¿Qué llamada de Cristo viene para mí desde este lugar?

Pero, como pastor, no puedo dejar de insinuar lo que creo que es la moción del Espíritu a nuestra Iglesia, a las comunidades cristianas de nuestra ciudad y a la misma sociedad sanfrancisqueña.

Acabamos de iniciar el Año Misionero Diocesano con el lema: “Con vos María, misioneros del Evangelio”.

El Espíritu nos está moviendo a salir, a dejar la comodidad de lo conocido y a ponernos a caminar. Y a hacerlo juntos.

Desde su nacimiento, y a lo largo de toda su vida, el Pequeño Cottolengo de San Francisco ha puesto en movimiento a nuestra comunidad, mostrándonos el rostro más genuino de la misión que impulsa el Espíritu y que es la esencia misma de la Iglesia: pasa por la vida de las personas, por el cuidado de lo más débiles y vulnerables, por el hacernos cargo de la fragilidad de nuestros hermanos.

Desde aquí, nuestra ciudad tiene que recuperar su alma, su espíritu, la mística de sus orígenes.

No es la mera acumulación de bienes. Tampoco el bienestar individual. Menos aún la voluntad de poder o el deseo de figurar.

Jesús nos sigue diciendo desde aquí: “Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt 25,40).

Sigamos escuchando su llamada.

Como lo hizo María. Como lo hizo Don Orione.

Así sea.