Este es el Cordero de Dios

“La Voz de San Justo”, domingo 17 de enero de 2021

“Al día siguiente, estaba Juan otra vez allí con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: «Este es el Cordero de Dios». Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús.” (Jn 1, 35-37). 

Así comienza el evangelio de este domingo. Así también comenzamos a caminar este nuevo año: con la Iiturgia de la Iglesia que, como Juan Bautista, nos señala a Cristo para que lo sigamos. 

Él es, al decir del Precursor, el “Cordero de Dios”. Así lo invocamos en cada Eucaristía, cuando el sacerdote, repitiendo un gesto del mismo Señor en la última cena, parte el pan para repartirlo en la comunión. Es la letanía: “Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo: ¡ten piedad de nosotros!… ¡Danos paz!”. 

En el Apocalipsis se retomará esta imagen, contemplando a los primeros mártires de la Iglesia: “Porque el Cordero que está en medio del trono será su Pastor y los conducirá hacia los manantiales de agua viva” (Ap 7, 17). 

Nos conduce un Pastor que es, a la vez, el Cordero manso e inocente, el que ha dado la vida por nosotros, el único que vence el pecado y nos da la paz. Nosotros somos sus discípulos, siguiendo sus huellas y caminando como Él lo ha hecho. 

Miremos el año 2021 que se abre a nosotros delante de nuestros pasos. No sabemos bien qué nos espera en el camino. Tenemos una sola seguridad: Jesús, Buen Pastor y Manso Cordero, nos va abriendo el camino. Es más, Él camina con nosotros y en nosotros, por su Espíritu. No hay lugar para el desaliento. Menos aún para la desesperanza. “Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal, porque tú estás conmigo” (Salmo 23, 4). 

Jesús, Buen Pastor y Manso Cordero: somos tus discípulos, vamos tras tus huellas. Sabemos que Tú vienes con nosotros, por eso, no tememos. Y, aunque el miedo nos aceche, volvemos la mirada a tu rostro, escuchamos la voz de tus testigos que, como Juan, nos invitan a seguirte, y nuestro corazón inquieto encuentra la paz. Escucha, Señor, nuestra súplica. No te importune nuestra insistencia: ¡Ven a caminar con nosotros! Amén. 

El tiempo es de Cristo

“La Voz de San Justo”, domingo 3 de enero de 2021.

El Cristo Pantocrátor (“todopoderoso”) de la catedral de Monreale

“Cristo, ayer y hoy, principio y fin, alfa y omega. A Él pertenecen el tiempo y la eternidad. A Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén”

Con estas palabras, inspiradas en el Apocalipsis, el sacerdote bendice el cirio al inicio de la Vigilia pascual. Parte del sugestivo rito es escribir la cifra del año en curso, mientras dice: “A Él (a Cristo) pertenecen el tiempo y la eternidad”.

Este 2021 que recién comienza es de Cristo, luz que vence toda oscuridad; el Viviente, que viene de vencer la muerte; el Señor de la historia, como lo invocamos una y otra vez.

Y no solo el 2021. También el 2020 que pasó, con todo lo que realmente pasó… y pasamos. Y no solo del 2020, sea como fuere que lo juzguemos.

No hay fragmento del tiempo que escape de su presencia e influjo redentor. Cristo es precisamente el que redime el tiempo. Él ha estado, está y estará siempre en cada una de nuestras horas. Si oscuras y pesadas, su Presencia se vuelve más incisiva y salvadora.

Por eso, sea lo que sea lo que haya vivido, un cristiano, al concluir un año y empezar otro da gracias por lo vivido y se adentra, con confiada esperanza en el tiempo que, como un camino por desandar, se abre ante sus pasos.

“Pero cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer y sujeto a la Ley […].” (Gal 4, 4), escribe san Pablo.

¿Qué nos depara este 2021? No lo sabemos a ciencia cierta. Nadie lo sabe. Cualquier predicción es conjetura o “verso”.

En medio de tanta incertidumbre que puede descolocar al mejor plantado, el cristiano tiene una certeza: en cada una de sus horas por venir, Cristo, el Señor del tiempo, lo está esperando.

Es lo que anunciamos. Lo que compartimos.

¡Bienaventurado 2021 para todos!

Navidad y la ventanita de Tabaré Vázquez

“La Voz de San Justo”, domingo 20 de diciembre de 2020

“María dijo al Ángel: «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?». El Ángel le respondió: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. […] María dijo entonces: «Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho». Y el Ángel se alejó.” (Lc 1, 34-38).

“A veces creo que hay Dios, a veces creo que no hay Dios. Que somos una ventanita que se abre a la vida y salimos al escenario. Pero muchas veces quiero, desearía, que hubiera un Dios. Pero hasta ahí puedo llegar”.

Son palabras del expresidente de Uruguay, Tabaré Vázquez, poco antes de morir. Como hombre de fe, se las agradezco sinceramente. Me ha hecho mucho bien leerlas y rumiarlas. He vuelto a pensar en ellas leyendo el evangelio de este último domingo de Adviento: la anunciación a María (cf. Lc 1, 26-38).

Entre creyentes y no creyentes hay, no obstante todo, puntos de contacto. Al menos, uno. En palabras del joven Ratzinger: aquel “quizás sea cierto” que, para unos, es nostalgia de una presencia (como para Tabaré); y, para otros (como para quien esto escribe), sospecha de un abismo que atrae y da vértigo.

La Navidad que tenemos por delante nos ofrece, una vez más, la experiencia cristiana en su más pura expresión: la nostalgia no queda defraudada y el deseo, sin extinguirse, siente que la plenitud es don gratuito y salvador.

Pero también, la experiencia del abismo se hace más intensa. El Niño que, según el relato evangélico, María concibe cuando la alcanza la sombra protectora del Espíritu, es precisamente el que ha dado el paso más atrevido: Dios se ha abajado, se ha hecho hombre, asumiendo la figura de un servidor.

Dios: uno de nosotros, tan débil, frágil y vulnerable. Como cada uno de nosotros.

El Dios amor es -como siempre lo es el amor verdadero- el Dios humilde que se ofrece, sin imponerse ni abrumar. Todo lo contrario: su fragilidad lo expone a la libertad que puede arrodillarse (como los pastores y los magos) o intentar imponerse con furia.

La Navidad está a las puertas. Es la Navidad bajo “distanciamiento social obligatorio”. Pero es Navidad: Dios colma cualquier distancia, se dispone a nacer allí donde le dan albergue. También en el alma de cada uno de nosotros.

Usando la imagen de Tabaré: Él ha abierto una ventanita y ha entrado en escena… pero para no dejarla nunca más.

Juan, el precursor

“La Voz de San Justo”, domingo 6 de diciembre de 2020

“Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo” (Mc 1, 7-8).

La gente acude en masa al desierto para hacerse bautizar por Juan en el Jordán. Busca algo que Juan no les puede dar. Y él es consciente de ello. Más que nadie.

Solo puede ofrecerles un gesto. Fuerte, decidor, hasta impactante. Pero solo un gesto. Claro, con la potencia que tienen los gestos simbólicos, cuando son realizados con intensidad, poniendo en ellos alma, corazón y vida: bajar a las aguas del Jordán, dejarse sumergir en ellas y emerger con el deseo de ser nuevas personas. No de cualquier manera, sino según el Dios vivo de Israel y su justicia.

En medio del desierto, el curso del Jordán parece un espejo de lo que es la historia de ese pueblo que acude al severo profeta: aridez de tierra que se da la mano con la vitalidad que palpita en las aguas que corren.

Juan es consciente de que no puede dar lo que la gente busca en él. Y no lo oculta. Lo dice sin tapujos, casi con desarmante franqueza. Como todo lo que hay en él.

Extraña criatura Juan. Los líderes suelen ocultar sus intenciones, pero, mucho más, sus limitaciones. Tarde o temprano salen a la luz, pero, entre tanto, se busca -en ocasiones, de modo patético- cómo salir del paso.

Juan no es así. Y en esa desarmante franqueza deja espacio a la verdad. No se agranda. Es grande, reconociendo su límite. Lo dirá el mismo Jesús: “Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él” (Mt 11, 11).

Adviento es una invitación a ponerse en camino: ir al desierto, allí donde Juan aprendió cuán desnudo, frágil e impotente es realmente el ser humano. Pero es también el lugar donde, como tantos, a lo largo de la historia, han podido comprender mejor que hay un Dios que hace lo imposible: bautiza con Espíritu, es decir, transforma realmente al hombre, regalándole gratuitamente lo que busca con pasión.

Así quiere ser buscado. Así se da a conocer. Por eso huye de los pagados de sí. Por eso, se da a conocer a los humildes… como a Juan, como a María… como a tantos que van por ese mismo camino.

Bienaventurados

“La Voz de San Justo”, domingo 1º de noviembre de 2020

“No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes.” (Jn 14, 1-3).

Como cada año, el inicio de noviembre está marcado por dos fiestas del calendario cristiano: “Todos los santos” (1º de noviembre) y los “Fieles difuntos” (2 de noviembre). Me gusta verlas como una sola fiesta en dos jornadas de fe, oración y esperanza.

Las palabras de Jesús que abren esta columna pueden ayudarnos a contemplar esta unidad. Dichas durante la última cena, son palabras de despedida, a la vez que testamento espiritual. Son, sobre todo, su más grande y bella promesa que contiene el evangelio: estar con él, allí donde él esté.

La liturgia de este domingo 1º de noviembre lo indica con otra preciosa palabra bíblica: “bienaventurados”. La promesa de Dios es darnos su propia alegría y felicidad. Ser benditos con la bienaventuranza que viven el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Esa es la meta de nuestra vida y de la entera historia humana. Una bienaventuranza que comienza ya ahora, aunque de forma paradójica. Jesús llama bienaventurados a los pobres, a los que lloran, a lo que son perseguidos, a los que anhelan la justicia y la paz, etc.

No es un consuelo superficial. Es la experiencia más intensa que podamos tener: en medio de la fragilidad de la vida, con todas sus contradicciones y frustraciones, ser alcanzados por la fuerza del mismo Dios. Y, con esa fuerza en el corazón pelear la vida, tender puentes, jugarse por la justicia, el bien y la belleza en todas sus formas.

Jesús está llevándonos hacia la casa del Padre. Ese es el misterio más hondo de nuestra vida. La verdad más real de nuestra existencia, por encima de todas las apariencias. Ese es el misterio que envuelve la muerte de nuestros seres queridos: han partido, porque han sido tomados de la mano de Jesús y llevados por esas “oscuras quebradas” de las que habla el salmo, pero sostenidos y guiados por el Dios que siempre está del lado del que vacila, teme y sufre.

Su presencia anima, da confianza y, en definitiva, la alegría más duradera. La que llamamos bienaventuranza. Es bueno tenerlo presente en este tiempo de pandemia, de restricciones, de incertidumbres y de partidas.

El jornal de Jesús

“La Voz de San Justo”, domingo 20 de setiembre de 2020.

Una nueva parábola de Jesús (cf. Mt 19, 30-20, 16). Como en otras ocasiones, la historia que cuenta ha surgido de su perspicaz observación de la vida cotidiana; más precisamente, del mundo del trabajo. Lo conoce bien, pues, antes de convertirse en predicador itinerante, ha sido trabajador. Ha visto cómo interactúan patrones y jornaleros, sus tratos y regateos. 

Esa experiencia le sirve ahora para narrarnos cómo trabaja Dios. Ya los profetas y los salmos nos hablan de Dios como un labrador que planta una viña, la cuida con dedicación y cariño, aunque, casi siempre, el fruto que obtiene son uvas amargas. Pero, esa frustración no lo desalienta: vuelve a empezar con la misma pasión y una infinita paciencia…

En la parábola de este domingo, sin embargo, Jesús incorpora un elemento de ruptura: el dueño de la viña quiere a todos trabajando en su viña, solo que, para todos tiene la misma paga: un denario que vale como jornal. El que trabajó más tiempo recibe un denario. Lo mismo, el que solo estuvo un rato. 

Esta real “injusticia”, deliberadamente destacada, le sirve a Jesús para acentuar una realidad que desborda el marco de las relaciones laborales. Le es útil para contarnos cómo trabaja Dios, cómo nos mira a cada uno y, en definitiva, qué quiere darnos. 

“Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué nos tocará a nosotros?” (Mt 19, 27). Es la inquietud que se había despertado en el corazón de los discípulos y que Pedro, una vez más, expresa en voz alta. Lo que no se había animado a hacer el joven rico, lo han hecho ellos: dejarlo todo y seguirlo. ¿Qué les dará Jesús a cambio? ¿Vale la pena semejante decisión de vida?

Jesús comprende lo que pasa en el corazón de sus discípulos. Por eso cuenta la parábola. Quiere compartir así su propia experiencia. Para ellos, Jesús no tiene otra paga que la que él mismo recibe cada día del Padre. Ese “jornal” que se hace oración filial: “Padre, danos hoy nuestro pan de cada día”. El jornal de Jesús es su Padre, el Dios amigo de la vida, que es bueno por encima de todo. Ese es su “pan cotidiano”. De él vive.

Claro, hay que seguir caminando con él hacia Jerusalén, hacia la pascua. Allí, al caer la tarde, tendrá lugar la paga: Jesús no dará algo, se dará a sí mismo. Dios se hará don gratuito para todos. Entonces, los últimos serán como los primeros. 

El fuego de Jeremías

“La Voz de San Justo”, domingo 30 de agosto de 2020

“Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque él que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?” (Mt 16, 24-26).

Ya no habla en parábolas. Ahora Jesús es directo, preciso y concreto. Tanto en lo que a él se refiere –“ser condenado a muerte y resucitar al tercer día” (Mt 16, 21)- como lo que supone para los que quieran seguirlo. Todo ello simbolizado en la cruz. Intimidante. Y, sin embargo…

Jeremías según Miguel Ángel

A lo largo de la historia, incluido el presente y el futuro, hombres y mujeres de distinta condición se han sentido irresistiblemente atraídos por esa propuesta de vida. Han sentido dentro de sí, aquel “fuego abrasador” del que nos habla este domingo Jeremías: “me esforzaba por contenerlo, pero no podía” (Jer 20, 9).

Eso es lo que da el encuentro con Cristo: pide todo y da todo. Hay que animarse a perderlo todo, para ganarlo todo. Ese fuego, esa decisión y esa intensidad de amor es lo que vemos en la mujer santa que hoy recordamos: Rosa de Lima. Una mirada frívola y superficial solo ve en ella negación. Quien se anima a ir un poco más adentro, ve en esa joven un corazón sensible, enamorado y compasivo. Es verdad, nos grita la vida de Rosa (y la de tantos otros): el que pierde su vida a causa de Jesús, la gana, la multiplica, le da una belleza inigualable. De ahí ese nombre -Rosa- que, en realidad, es un apodo que acierta más que su nombre de pila: Isabel Flores de Oliva.

PS: ¿Y Simón Pedro? El pasado domingo lo escuchamos decir una verdad enorme. Hoy, dice tonterías. Pero Jesús ya ha comenzado a avivar el fuego de Jeremías en su vida. Solo necesita tiempo: seguir caminando y dejarse quemar por ese fuego que es Jesús. Mientras tanto, no le viene mal ese “Pedro, ubicate”. A él, y también a nosotros.

Las palabras de Simón, el pescador, llamado “Pedro”

“La Voz de San Justo”, domingo 23 de agosto de 2020

“Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Jesús le dijo: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo»” (Mt 16, 16-17).

Las palabras más importantes de la vida se suelen hacer esperar. Tienen que echar raíces, crecer y, finalmente, darnos su fruto maduro. Así llegamos a decir: “te amo”, “lo siento”, “creo en Dios”, “aquí estoy, contá conmigo”.

Cuando están a punto, fluyen solitas de nuestros labios, pero con el aliento que viene de lo profundo de nuestro cuerpo. Son palabras que dicen y “nos” dicen.

Las fuentes del Jordán

Eso es lo que ocurre con Simón Pedro en la escena del evangelio de este domingo. El lugar donde son pronunciadas, tal vez, ha sido de ayuda. Hay lugares que invitan a contemplar, a cantar o a rezar. Jesús ha llevado a los suyos lejos de Jerusalén. Están en las cascadas que dan origen al Jordán. El lugar es aún hoy muy bello.

Allí, precisamente, Simón Pedro logró encontrar las palabras que desde hacía tiempo andaba buscando. Desde aquella tarde, junto al lago donde transcurría su vida de pescador, cuando Jesús pasó, lo miró y lo llamó. Simón, y Andrés, su hermano, pero también Santiago y Juan, dejándolo todo lo siguieron. Desde entonces, en todos ellos venían creciendo sentimientos, intuiciones y decisiones que necesitaban encontrar las palabras justas para echar raíces y lanzar la vida hacia delante. Porque eso hacen las grandes palabras de la vida.

Solo necesitaron que Jesús hiciera la pregunta precisa: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy?”. Entonces, Simón sintió que, del inmenso mar interior de su corazón, subían, a borbotones las palabras de la respuesta: “¿Quién sos vos? El Mesías, el que está lleno del Espíritu, el que abre el futuro, el que nos da esperanza. Vos sos el Hijo del Padre”. Aquel día, Simón tomó la palabra y dijo las palabras que todos andaban buscando. Y fue declarado bienaventurado por el mismo Jesús.

Pero, ni la vida, ni la fe, ni las palabras que navegan en el corazón se detienen. El domingo próximo escucharemos a Simón Pedro decir un par de tonterías. Necesita tiempo para que esas palabras certeras dichas en las fuentes del Jordán lleguen a transformar realmente su vida. Así es la fe: un camino que nunca se detiene. Tendrá que experimentar que aún puede fallar -negará a Jesús tres veces-, pero que, por encima de todo, el amor de Jesús es siempre más fuerte.

Y, nuevamente, tendrá palabras certeras: “Jesús, Señor, vos lo sabés todo. Vos sabés que yo te amo”.

Jesús en la frontera

“La Voz de San Justo”, domingo 16 de agosto de 2020.

“Jesús partió de allí y se retiró al país de Tiro y de Sidón. Entonces una mujer cananea, que procedía de esa región, comenzó a gritar: «¡Señor, Hijo de David, ten piedad de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio»” (Mt 15, 21-22).

No está claro si Jesús entró o no en el “país de Tiro y Sidón”. Lo cierto es que buscó deliberadamente estar cerca de ese límite, más espiritual que geográfico. En la Biblia, Tiro y Sidón son, junto a Sodoma y Gomorra, dos ciudades paganas y pecadoras: estar cerca de ellas expone al verdadero creyente al riesgo de prostituirse, adorando a los dioses paganos. 

La que sí dio el paso de salir a su encuentro es esta mujer, madre angustiada de una hija que sufre. La escena es frenética. La mujer persigue a Jesús con sus gritos. Dos veces señala el texto evangélico este griterío. Sí, se trata de una oración hecha a los gritos. Nada extraño para quien conoce el camino de la oración que, por ejemplo, nos proponen los salmos. Varias veces, el orante agobiado no tiene otro recurso que el grito de dolor, incluso desesperado. En definitiva, la oración nos enseña a estar delante de Dios tal como somos, con los sentimientos que realmente nos habitan, más allá de todo formalismo.

Aquí me detengo. Les propongo una lectura más bien alegórica de la escena: reconozcámonos en esa mujer pagana que, guiada por el deseo de ver a su hijita sana, se acerca gritando a Jesús. ¿No es precisamente esa la misión de la comunidad cristiana? Esos gritos, ¿no son también nuestros? ¿O estamos al margen de toda incertidumbre y sufrimiento? ¿O, peor aún, hemos logrado aislarnos e inmunizarnos de tantas formas de sufrimiento, angustia y desesperación que nos rodean? ¿Somos acaso como los discípulos que, más por incomodidad que por real compasión, le piden a Jesús que atienda sus gritos?

Una vez más, una mujer del pueblo es la imagen elegida por el Evangelio para expresar la misión de la comunidad cristiana. Una mujer que viene del paganismo, pero que, por encima de todo, siente en sus entrañas el sufrimiento de su hija. Puede ser imagen de la Iglesia porque, antes de todo, es imagen del corazón compasivo del Padre. Jesús lo vio antes que nadie. 

Elías, Simón Pedro y María

“La Voz de San Justo”, domingo 9 de agosto de 2020

Para esta semana que se inicia les dejos tres nombres, tres historias, tres encuentros con Dios.

“Después del fuego, se oyó el rumor de una brisa suave. Al oírla, Elías se cubrió el rostro con su manto, salió y se quedó de pie a la entrada de la gruta…”, (1 Re 19, 12-13).

ELÍAS. El primer profeta conocido. Es fuego puro. Hombre de soledades, no teme a ninguna criatura. Hasta que su bravura es amenazada realmente. Este domingo, la liturgia nos deja al borde de uno de sus últimos encuentros con Dios. Elías, que ha sentido el paso del huracán, del terremoto y de la tormenta, siente el paso de Dios en la brisa suave. Hay que afinar el oído, salir de la cueva y exponerse para percibir su paso fugaz.

“Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: «Señor, sálvame»”. (Mt 14, 30).

PEDRO. Es también impetuoso. Tanto como generoso, desinhibido, hasta temerario. En medio de la tormenta le pedirá a Jesús, que camina sereno sobre las olas del mar, que le permita ir hacia él, caminando sobre las olas. El miedo, sin embargo, siempre llega en la vida. Simón Pedro, el impetuoso, sabrá entonces suplicar y pedir ayuda. Será la mano de Jesús la que lo sostenga: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”.

“María dijo entonces: «Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi salvador, porque el miró con bondad la pequeñez de tu servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz…”. (Lc 1, 46-48).

MARÍA. Hacia el fin de semana -el sábado 15 de agosto- celebraremos una de las fiestas marianas más hermosas: su asunción en cuerpo y alma al cielo. Es la Pascua de Nuestra Señora. La escucharemos cantar las “maravillas que Dios hizo” en ella. Joven, embarazada y cantando. Vida que triunfa, exuberante y fresca, porque viene del Dios que ama la vida. Digámoslo sin vueltas: solo el alma de una mujer puede sentir y reconocer así la irrupción del Dios de la vida. Un anticipo de lo que vivirá otra mujer ante la tumba vacía. También de nombre “María”, no de Nazaret, sino de Magdala.

Tres nombres que encierran tres itinerarios que se entrecruzan con nuestros propios caminos. También nosotros, después de las tormentas, hemos podido reconocer el paso de Dios en las brisas suaves de los atardeceres. O, como al pescador de Galilea, en medio de la tormenta, mientras nos hundimos, hemos sentido su mano firme que nos sostiene y levanta. O, como la joven virgen de Nazaret, hemos sentido que no podíamos dejar de cantar lo que Dios va tejiendo en nuestra vida.

Tres nombres, tres encuentros, tres biografías para relatar la experiencia cristiana de Dios.