Aprender de Jesús

“La Voz de San Justo”, domingo 5 de julio de 2020

“En esa oportunidad, Jesús dijo: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido…»” (Mt 11, 25-26).

Los evangelios nos muestran habitualmente a Jesús en oración. Son raras, sin embargo, las veces que nos cuentan qué reza Jesús. La de este domingo, es una de esas ocasiones. Se trata, por cierto, de una pieza maestra. Una verdadera joya.

De paso digamos: solo cuando contemplamos a Jesús en oración con el Padre podemos entrever el misterio de su identidad de Hijo: este orante es Emanuel, Dios con nosotros.

En el centro de su oración está Aquel a quien Jesús invoca como “Padre”. Y, abrevando en la tradición espiritual de su pueblo, su oración es alabanza, bendición y acción de gracias. Es decir, una oración centrada en Otro, no en sí mismo. Diríamos hoy: no es autoayuda. Es éxodo: salida de sí, apertura, mirada límpida y expansiva…

¿El motivo de esa alabanza? Que Dios se oculta a los soberbios, pero se manifiesta a los “pequeños”.

No es “pobrismo”, como se dice superficialmente hoy, sino perspicaz constatación de la realidad: la soberbia cierra la vida, nos curva sobre nosotros mismos, volviéndonos estériles; la humildad y la mansedumbre, en cambio, nos abren a Dios y, así, nos dan genuina libertad para construir fraternidad.

Por eso, el evangelio de este domingo termina con la invitación de Jesús: “Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio” (Mt 11, 29).

En definitiva, el evangelio es una invitación a encarar la vida como lo hizo Jesús. Démosle entonces la posibilidad de compartir con nosotros algo de lo que sabe de la vida. Aprendamos de él.

Un vaso de agua fresca

“La Voz de San Justo”, domingo 28 de junio de 2020

“Les aseguro que cualquiera que dé a beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa.” (Mt 10, 34).

Jesús tiene razón: siempre hay alguien que se anima a dar, aunque más no sea, un vaso de agua a quien lo necesita. Y lo puede afirmar, porque él está ahí, en cada gesto de humanidad, de compasión y de misericordia. Tal vez, la persona no lo sepa o no lo vea, pero Jesús está ahí: en el sediento y en la angustia de su sed.

Un conocido dicho latino afirma que solo lo pequeño hace justicia a la grandeza divina. Dios se complace en habitar lo pequeño. Ahí está más cómodo. Por ahí hay que buscarlo.

Lo enseñará explícitamente a los suyos: “tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver… Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt 25, 35-36.40).

Escribía el papa Francisco, mirando esta hora de la humanidad en pandemia: “Este es el tiempo propicio de animarnos a una nueva imaginación de lo posible con el realismo que solo el Evangelio nos puede proporcionar.”

¿Puede ser realista la imaginación? ¿No es lo suyo despegarnos -al menos un instante- de la gris monotonía de lo real?

Para el discípulo de Jesús, imaginación y realidad se dan la mano, se potencian y estimulan recíprocamente. Es que en el corazón del Evangelio está la experiencia más desconcertante: Dios se ha hecho hombre, se ha vuelto pequeño, ha entrado en la sed de todo sediento.

Él acepta que le demos de beber, dándonos el agua fresca de su Espíritu.

La oración de Moisés, el amigo de Dios

“La Voz de San Justo”, domingo 7 de junio de 2020

“Moisés subió a la montaña del Sinaí, como el Señor se lo había ordenado, llevando las dos tablas en sus manos”
(Ex 34, 4b).

“Moisés cayó de rodillas y se postró, diciendo: «Si realmente me has brindado tu amistad, dígnate, Señor, ir en medio de nosotros. Es verdad que este es un pueblo obstinado, pero perdona nuestra culpa y nuestro pecado, y conviértenos en tu herencia».” (Ex 34, 8-9).

Las oraciones más bellas y sentidas nacen de noche o al alba. O cuando la oscuridad es más profunda, o cuando comienzan a despuntar los primeros rayos de la luz. En una y otra ocasión, el silencio suele ser más intenso y dulce, aunque también misterioso. Incluso aterrador.

Es que el orante intuye que su vida, frágil y pequeña, queda como envuelta en los brazos del misterio de Dios, siempre más grande de todo lo que podemos pensar o imaginar.

¿Será por eso que los hombres, a la vez que sentimos la atracción de la oración, huimos de ella con sistemática y exquisita determinación?

Dios es amigo del hombre. Está siempre de su parte. Fue la experiencia de Moisés que transparenta la oración que abre esta columna. Es la experiencia cristiana que nace del encuentro con Jesús.

“Nadie ha visto jamás a Dios; el que lo ha revelado es el Hijo único, que está en el seno del Padre”, sentencia solemne y certero San Juan al iniciar su evangelio (cf. Jn 1, 18). Abrir el evangelio y leerlo con fe o, al menos, con humana curiosidad, es exponerse a que Jesús cumpla en cada uno esa tarea: decirnos quién es realmente Dios, qué quiere de nosotros, qué sueña del mundo.

La oración de Moisés fue pronunciada al alba, en una montaña (¡cuándo no!), y después de experimentar lo más entrañable de Dios: su compasión, su misericordia, su inquebrantable capacidad de alianza y amistad.

No pudo calcular, sin embargo, el alcance de su petición: sí, Dios vendría a caminar con su pueblo. Lo haría hasta el punto -inimaginable para Moisés- de llegar a hacerse uno más de los que caminan la historia. Y, así, compartiendo camino y cruz, mostrarnos que Dios es familia, amor y alegría compartida: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

El vértigo de una Presencia

“La Voz de San Justo”, domingo 24 de mayo de 2020

“En aquel tiempo, los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron. Acercándose, Jesús les dijo: «Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo.»” (Mt 28, 16-20).

Mateo concluye su evangelio con esta grandiosa escena. Es el texto que escuchamos este domingo, celebrando la Ascensión del Señor. Es una narración breve y concisa, toda ella dominada por la figura del Cristo glorioso. El arte cristiano lo ha inmortalizado con las figuras del “Pantocrátor” (el “todopoderoso”), haciéndose eco de las palabras solemnes que el Resucitado dirige a sus discípulos: “Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra…”.

Quienes han visto (y disfrutado) la extraordinaria versión fílmica del primer evangelio, realizada por Pier Paolo Pasolini, no dejarán de recordar que “su Jesús” es precisamente así: serio, majestuoso, solemne, transparente… Pero, precisamente por esto, cercano, amigo y salvador. Sus humanísimos gestos desarman, porque llegan hondo.

Volvamos al texto evangélico. Por lograda que sea, ninguna aproximación artística, lo supera. Atendamos al movimiento de los personajes: Jesús y los discípulos. Éstos, obedeciendo a las mujeres que les hablan en nombre del Maestro, vuelven a Galilea y, en el monte (lugar de la manifestación divina), se postran delante del Resucitado. Y anota el evangelista: “sin embargo, algunos todavía dudaron”. Así es siempre la fe: débil, vacilante, abierta, buscadora…

¿Qué hace el Resucitado? ¿Los recrimina? ¿Los pone a parir con un discurso de fuego? No. Sencillamente se acerca a ellos y, sin mediar reto alguno, les confía su propia misión: hacer que todos los pueblos se conviertan en discípulos de Cristo. A estos discípulos, en cuyos corazones se mezcla el reconocimiento y la vacilación, se les confía una misión de vértigo.

En eso estamos todavía: haciéndonos cargo de ese mandato que, mientras más lo comprendemos y vivimos, caemos más en la cuenta que nos desborda, nos excede y supera. Si fuera por nosotros… hace rato que hubiéramos tirado la toalla. De tanto en tanto, esa tentación aparece, aguda y punzante en lo hondo de la conciencia.

Sin embargo… ahí están las palabras de Jesús, haciendo eco en el corazón de cada creyente: “Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo”.

Una Presencia. Ese es el verdadero vértigo de la misión. Su Presencia amiga y redentora.

Tiempo de prueba, espera y camino

“La Voz de San Justo”, domingo 10 de mayo de 2020

“Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6)

“En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes.” (Jn 14, 2-3).

Este domingo y el próximo, los cristianos volvemos a escuchar las palabras de despedida de Jesús en la última cena. El clima, los gestos y las palabras son de despedida. En Jesús hay claridad de mirada y de decisión. En los discípulos, en cambio, desconcierto e inquietud. También tristeza por la separación y la ausencia.

De ahí que Jesús invite a la confianza, a la fe y a la esperanza: “No se inquieten -les dice-. Crean en Dios y crean también en mí” (Jn 14, 1).

En la Iglesia hacemos muchas cosas. Todas, sin embargo, giran en torno a esta misión fundamental: invitar a la fe confiada en Dios; la fe que nos abre a la esperanza. Si los discípulos de Jesús no somos testigos creíbles de lo que significa radicar la vida en Dios, ¿quién lo hará?

Vivimos tiempos de prueba, de espera y de camino compartido. Se asoma también el desafío de una reconstrucción que requerirá un suplemento de humanidad en todos nosotros. Estamos sedientos de esperanza.

Para los cristianos, esa esperanza tiene un nombre: Jesús, el Resucitado. Y tiene, además, una meta: la casa del Padre, que comienza a edificarse ya desde ahora, en esta “casa común” que compartimos.

Vocación

“La Voz de San Justo”, domingo 3 de mayo de 2020 – Jornada Mundial de oración por las Vocaciones

San Agustín, llamado y provocado por Dios

Según el diccionario, la palabra “vocación” indica la acción de llamar. Alguien llama a alguien. Pues solo las personas poseen palabras que interpelan, llaman y provocan.

Vocación no es cualquier llamada. Es aquella que, por más que uno se empeñe, no se puede acallar. Es una voz que suena y resuena, una y otra vez.

Se puede desoír. Se puede huir de ella. Se puede tapar con muchos ruidos. Pero, siempre estará ahí, abriéndose espacio, inquietando e incomodando.

Es, además, una llamada que intima. La de la vocación es una voz siempre en imperativo. La vocación apunta a la propia conciencia y, sobre todo, a la libertad. Es su provocación más fuerte y escandalosa. Puede incluso vivirse como violenta.

Es, sin embargo, un imperativo que nos salva en la misma medida en que cedemos a su pretensión de absoluto.

Aquí, cedo la palabra a un maestro de vida que sabe, como pocos, lo que significa sentir esa Voz que llama y todo lo trastoca, empezando por la propia vida, sus proyectos e ilusiones.

“¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, más yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti.”

Es la sentida confesión de San Agustín. Obviamente, habla de ese Dios que siempre había estado ahí, en su vida, en lo más hondo de su alma, Luz que permite toda luz. Aquel que nunca dejó de buscarlo, incluso cuando sus caminos fueron más oscuros y tortuosos.

Verdad que no engaña, Belleza que subyuga y Bien sumo y perfecto. El Dios buscado y encontrado en todo fragmento de verdad, de belleza y de bondad que, no obstante todo, son el secreto más precioso de este mundo nuestro, por momentos, tan injusto y deforme.

El Dios que finalmente lo alcanzó cuando le desveló su Rostro en la humanidad de su Hijo Jesucristo. Y, de esta manera, se mostró como el Dios humilde del pesebre y de la cruz. Y, así, conquistó su corazón y convenció su inteligencia.

Esa llamada nos habita. Es lo que somos. En escucharla y seguirla se juega nuestra vida.

El Espíritu no está en cuarentena

La Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Argentina le ha hecho llegar al Presidente de la Nación, a través del Secretario de Culto, la inquietud de las comunidades católicas por una eventual y progresiva reapertura de los lugares de culto.

Obviamente, la decisión corresponde a la autoridad secular que tiene como responsabilidad primaria velar por el orden público y el bien común especialmente en esta emergencia.

Si estamos entrando en la fase crítica del contagio es de prever que, en lo inmediato, no podamos volver a las celebraciones comunitarias. Es comprensible que prosiga la limitación como hasta ahora. Aunque difícil y doloroso, los católicos, en general, lo comprendemos y lo aceptamos como parte de nuestra respuesta de fe a Dios en esta hora.

La Conferencia Episcopal ha hecho bien en poner este tema en agenda, no solo pensando en la comunidad católica sino también en el ejercicio de la libertad religiosa de todos los ciudadanos.

El Gobierno es el que ordena el aislamiento social, preventivo y obligatorio, pero somos los ciudadanos los que tenemos que llevarlo adelante como un ejercicio de corresponsabilidad en el bien común.

Nos corresponde a los ciudadanos católicos ir pensando cómo vamos a retomar nuestra vida pastoral, no solo la litúrgica, sino también las otras dimensiones de la evangelización: anuncio, caridad, servicio, etc.

En cada comunidad cristiana debe darse este discernimiento y, en el momento oportuno, también hacérselo saber a nuestras autoridades públicas.

En nuestra diócesis ya lo estamos haciendo. Las parroquias, los equipos diocesanos y otros espacios pastorales, superados los primeros momentos de un cierto desconcierto, están retomando el trabajo comunitario, aprovechando las nuevas tecnologías y otros recursos.

Creo que, de a poco, tendremos que acelerar en este rumbo: no solo cuándo retomaremos nuestra vida pastoral ordinaria, sino cómo lo haremos, con qué actitudes, cuáles serán nuestras prioridades. Estamos haciendo fuertes aprendizajes que, no en última instancia, lo tienen al Espíritu como Maestro y Educador.

Llegados a este punto, me parece importante señalar con claridad que la vida cristiana no se ha interrumpido. Esto es así, porque el Evangelio, con la fuerza y el impulso del Espíritu, sigue adelante con su curso por la vida y la historia. Lo que leemos por estos días en los Hechos de los Apóstoles -la Palabra no se queda quieta- lo estamos experimentando también nosotros.

Si se cierran puertas se abren ventanas. El Espíritu -como nos dice Jesús- es como el viento. Es capaz de colarse por las rendijas más chiquitas.

Nos toca seguir siendo dóciles y dejarnos conducir por el Espíritu.

La respuesta del Gobierno Nacional

Este 2020, habrá Pascua

“La Voz de San Justo”, domingo 5 de marzo de 2020

Nuestras calles bulliciosas han quedado en silencio. También nuestros templos. Cuando salimos de casa, caminamos rápido, guardamos distancia, nos comunicamos con gestos.

El silencio dice muchas cosas. Cada uno sabrá como interpretarlo. El silencio tiene palabras, tal vez las más esenciales y sonoras.

Este es un silencio que no hemos buscado, sino que hemos tenido que aceptar, en parte con resignación, en parte por convicción. ¿Qué significa? ¿Qué nos dice?

Aún sin terminar de comprenderlo del todo, nos damos cuenta de que ese silencio de voces, trabajos y caminos tiene un sentido: cuidarnos, cuidar a los más expuestos, prevenir un mal que es también silencioso, y que está sacudiendo a la entera humanidad.

Pero también está asomando el miedo: ¿Qué real entidad tiene todo esto que vivimos? ¿Y el futuro? ¿Y el trabajo? ¿Y nuestra vida? ¿Cómo emergerá la humanidad de esta prueba? ¿Y nuestra Argentina?

Es una verdadera encrucijada de caminos. Comenzamos a advertir que estamos ante decisiones que implican la vida. Empezamos a intuir que, a nuestra generación se le está pidiendo sembrar pensando que otros cosecharán.

Es un desafío. Una responsabilidad. No ha madurado de a poco, sino que, con un ritmo vertiginoso, ha caído sobre nosotros, exigiéndonos decisiones rápidas, a las que no estamos habituados. Incluso más: tal vez hemos ido adormeciendo nuestra capacidad de mirar más allá de nosotros, de nuestro tiempo y de nuestras satisfacciones inmediatas.

Pero, ese tiempo ha llegado de improviso y nos está urgiendo…

Los que somos discípulos de Jesús sabemos que nuestra fe y la Pascua, que estamos a punto de celebrar, no se desentienden de esas vivencias. Más aún: es precisamente en ese humus donde la fe madura, donde la Pascua echa raíces y muestra todo su sentido y vigor.

Porque Pascua es paso de Dios por la vida. Y un paso que le roba a la muerte su poder destructor, porque hace surgir la vida desde la entraña misma de la tumba. Vence el miedo. Todos los miedos. Es luz matinal que, tenue pero firme, disipa las tinieblas más oscuras.

Pascua es Cristo en nosotros, y nosotros en Él.

No podremos estar físicamente en nuestros templos. Estaremos en familia, o tal vez solos (así muchos, de hecho, viven su fe hoy). Algunos estarán en la calle, en los hospitales como servidores o como enfermos. Pero Cristo que pasa estará allí, con cada uno de nosotros. Porque Dios está donde están los hombres, donde hay humanidad que sufre y que se entrega.

Este año celebraremos Pascua. No lo dudemos siquiera.

Cristo es nuestra Pascua

Segunda “Carta Pascual”

San Francisco, 2 de abril de 2020

A los fieles católicos de la Diócesis de San Francisco.

Queridos hermanos:

  1. Cuando programé estas “Cartas Pascuales”, no imaginé que, por la emergencia sanitaria, no íbamos a poder reunirnos para las celebraciones de Semana Santa. No podremos estar físicamente en nuestros templos, pero estaremos en comunión. Muchos celebrarán la Pascua en los hospitales y centros de salud, en la calle y en diversos servicios públicos. En sus rostros y en sus manos reconoceremos a Aquel que “muriendo destruyó nuestra muerte y resucitando restauró la vida”.
  2. Vamos a vivir esta Pascua del Señor. No lo dudemos siquiera. Lo haremos de otra manera: en familia o incluso solos; por las redes u otros medios, tal vez solo con la Biblia ante nuestros ojos. Y lo haremos con una participación real y creativa.  Seremos como María y José que buscan ansiosos a Jesús que se les ha perdido. Esa es el alma de la liturgia: buscar al Señor, dejarse llevar por el Espíritu y, así, glorificar al Padre. Será también como un más prolongado Sábado Santo. O como la espera del Espíritu.
  3. María nos sostiene. Ella sabe de espera, silencio y oración. Y nos lo enseña ahora, cuando arrecia la tormenta, en medio de la noche. En la barca estamos todos, como decía Francisco. Algunos con miedo, otros -muchísimos- reavivando esperanza.
  4. ¿Cómo emergerá la humanidad de tanto dolor y sacrificios? Cristo resucitado resplandece mostrándonos el futuro según Dios. Pero también desafía nuestra libertad: tenemos que repensar nuestra forma de vida, como bien insiste el Papa Francisco. Hemos de madurar decisiones valientes para cuidar la casa común y legar a las nuevas generaciones un mundo más humano.
  5. ¿Y Argentina? ¿Cómo afrontará este desafío moral? Necesitaremos vigorosas energías espirituales para recomponer nuestra cohesión como pueblo y la amistad social. Se avizora una sociedad herida, seguramente más pobre y vulnerable. Se requerirá grandeza de ánimo para un esfuerzo personal y colectivo extraordinario. La Providencia nos ha puesto ante decisiones cruciales y de largo alcance. Hemos de sembrar, pensando que otros cosecharán. ¡Ojalá no prevalezcan el miedo y nuestras oscuras pulsiones! ¡Ojalá resurjamos más libres, responsables y solidarios!
  6. Los tres puntos que les propongo a continuación parten de una convicción de fe: el Señor está pasando en esta hora difícil. Y eso es precisamente Pascua.

*     *     *

 “Ojalá hoy escuchen la voz del Señor” (Sal 94, 7d)

  1. En pocos días, la vida nos ha cambiado de forma vertiginosa. El riesgo sanitario es grave y real. Apreciamos la cuarentena, pero sus restricciones afectan el trabajo y el sustento de personas y familias. Crecen la ansiedad, el miedo y la inquietud. También un estrés difícil de manejar.
  2. La fe no se desentiende de estas vivencias. Celebramos la Pascua para asumirlas con Jesús que muere y resucita. No podemos entonces dejar de preguntarle: ¿Dónde estás, Señor, en esta hora de cruz y de esperanza? ¿Qué palabra buena nos estás dirigiendo? ¿Qué decisiones de vida nos estás inspirando?
  3. Mientras sigo pidiendo luz para nuestra Iglesia diocesana, permítanme compartir algunos pensamientos. Me están ayudando a caminar esta hora. Todos necesitamos palabras ciertas de esperanza; pocas, pero esenciales. Me animo a compartir algunas de las que Dios me viene regalando. Como su obispo, me siento particularmente obligado a ello.
    • La agenda me muestra, cada día, los eventos que había programado: reuniones, visitas, encuentros, celebraciones, etc. Todo ha quedado en veremos. ¿Cuándo retomaré las actividades ordinarias? ¿Será este año? ¿Más adelante? De repente, lo que creía controlado entra en estado de suspensión. Y la emergencia comienza a ganar espacio en el corazón.
    • En el retiro que compartimos los curas el pasado miércoles, el Padre Alejandro Puiggari nos hacía meditar sobre situaciones de la vida que nos desinstalan, quitándonos seguridades y arrojándonos a la intemperie. Algunos de ustedes también lo escucharon. Está en las redes.
    • En todo esto experimento una tensión interior. Creo que muy saludable, por cierto. Por una parte, la serena certeza de que Dios está, especialmente cuando llega la noche. Pero, por otro lado, no dejo de sentir vértigo, miedo e incertidumbre. Pero es un vértigo habitado por esa Presencia , cuya cercanía amorosa es tan real y determinante como inmanejable.
    • Este despojo tiene el sabor del Evangelio… ¿No es la figura, humilde y bella, de Cristo en su Pasión? ¿No emerge así, una vez más, lo “único necesario” que escucharon Marta y María en Betania de labios del Señor? Esta desapropiación pascual, ¿no será la dirección hacia dónde nos está conduciendo nuestro Buen Pastor?
  4. Me dispongo a vivir la Pascua con estos pensamientos, sentimientos y esperanzas en el corazón. Al ir concluyendo el camino cuaresmal, son las huellas que quedan en mi alma del itinerario recorrido. No el que yo programé, sino el que Dios, en su Providencia, me ha deparado.

“Mi sacrificio es un espíritu contrito, tú no desprecias el corazón contrito y humillado” (Sal 50, 19)

  1. Los invito a releer estos párrafos de la oración de Azarías. Lo rezamos en la Liturgia de las Horas: “Ya no hay más en este tiempo, ni jefe, ni profeta, ni príncipe, ni holocausto, ni sacrificio, ni oblación, ni incienso, ni lugar donde ofrecer las primicias, y así, alcanzar tu favor. Pero que nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humillado nos hagan aceptables como los holocaustos de carneros y de toros, y los millares de corderos cebados; que así sea hoy nuestro sacrificio delante de ti, y que nosotros te sigamos plenamente, porque no quedan confundidos los que confían en ti. Y ahora te seguimos de todo corazón, te tememos y buscamos tu rostro.” (Dn 3, 38-41).
  2. La decisión de suspender el culto público ha sido dolorosa. Lo vi claro de entrada y no albergo dudas de su conveniencia. Sin embargo, la incomodidad queda dando vueltas. Las palabras de Azarías han aflorado solas. Hablan del dolor del pueblo al que le ha sido arrebatado violentamente el templo, su culto y la experiencia de celebrar la Alianza. Pero precisamente allí encuentro también una preciosa indicación de por dónde Dios nos está llevando en esta hora de prueba.
  3. Tanto el Salmo 50 como esta página del Libro de Daniel abrevan en la misma tradición espiritual: el lugar del culto más apreciado por Dios es el corazón del hombre. Allí tiene lugar lo decisivo para la vida. Solo un corazón así puede dejarse tocar y transformar por el Espíritu. Quedan atrás tanto la rigidez moral como una difusa culpabilidad. Ambas nos centran en nosotros más que en Dios.
  4. El Espíritu nos trabaja por dentro, conduciéndonos en otra dirección: la del corazón quebrantado, humilde y dócil a la gracia. Así, todo nuestro trabajo espiritual consiste en bajar hasta las profundidades de nuestra debilidad, reconocerla gozosamente ante Dios y, de esta manera, dejar que Él nos dé su fuerza. En el punto preciso en que reconocemos nuestra impotencia, Dios toma el relevo y su omnipotencia (que es la del amor y la ternura) comienza a transformarnos desde dentro.
  5. Esta suerte de “ayuno de Eucaristía” ha despertado la inquietud de muchos. Me lo han hecho saber. También su disconformidad. Creo comprenderlo: es la insatisfacción del amor. Los cristianos amamos la Eucaristía. No podemos vivir sin ella. “Fuente y culmen” de toda nuestra vida, la llamó sabiamente el Concilio. Y esa es precisamente nuestra experiencia. Lo estamos sintiendo con la fuerza de la privación, de la ausencia y de la nostalgia.
  6. Esta espiritualidad del “corazón quebrantado”, me ayuda a vivir este tiempo de “ayuno de Eucaristía”. Se los comparto como hermano, aún sabiendo que no conformará a todos. En primer lugar, pienso que el corazón quebrantado aprende a esperar, con ansias nuevas, el momento de reencontrarnos para celebrar juntos la Santa Eucaristía. La Misa crismal, por ejemplo. Como decía al inicio, es una espera como la de María el Sábado Santo o en el Cenáculo en Pentecostés. En segundo lugar, porque, si bien no podemos reunirnos, sí podemos vivir concretamente la gracia de la Eucaristía que es el amor de Cristo. Hoy nos privamos de la Eucaristía para cuidar la vida. Es una forma de imitar al Señor que, en la última Cena, lavó los pies a los apóstoles, como humilde siervo.
  7. Un corazón así nos vuelve más abiertos a la Palabra de Dios. En este tiempo, ha crecido el aprecio por las Escrituras. “La Iglesia -nos recordaba el Concilio- ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor” (Dei verbum 21). En nuestros hogares, la lectura de los textos bíblicos de la liturgia nos permitirá experimentar lo que oramos: “Tus palabras, Señor, son espíritu y vida”. Saborearemos mejor su poder santificador y transformante. Nos unirá a Jesús.

“Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado” (1 Co 5, 7)

  1. Cada año, en la Vigilia Pascual, escuchamos las páginas fundamentales de la Escritura, de la creación a la resurrección, pasando por el Éxodo y nuestro Bautismo. Toda la historia de la salvación desemboca en Él y en su Pascua. Él le da sentido a cada fragmento de nuestra historia personal, eclesial y humana. Jesús es nuestra Pascua. Él es el centro viviente del plan de Dios.
  2. Así, el dinamismo del Triduo Pascual despliega el misterio de la persona del Señor. La Pascua comienza ya el Jueves Santo, cuando hacemos memoria de los gestos y palabras con que Jesús anticipó su entrega. El Viernes Santo contemplamos la inmolación del Cordero: “no hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 15, 13). El Sábado Santo -como dijimos- nos sumerge en el silencio de la oración. Con María y su corazón de madre, la Iglesia espera el alba del “día que hizo el Señor”. En la Vigilia volvemos a escuchar el anuncio de la resurrección. Cantamos de nuevo el Aleluya y nos dejamos iluminar por el resplandor del Resucitado. Amanece así el Domingo de Pascua y, como las mujeres ante el sepulcro vacío, volvemos a ser sorprendidos por las palabras del mensajero: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Recuerden lo que él les decía cuando aún estaba en Galilea…” (Lc 24, 5-6). Nos reconocemos entonces en María Magdalena que anuncia a los demás: “Ha resucitado Cristo, mi esperanza…”.
  3.  Queridos hermanos y amigos: volveremos a saludar a Nuestra Señora: “Gózate y alégrate, Virgen María; porque verdaderamente ha resucitado el Señor, Aleluya”. Es cierto: es de noche y tenemos miedo, pero pronto amanecerá. ¡Dejémonos iluminar por el Sol naciente! ¡Es Jesucristo, vencedor de la muerte y toda oscuridad! ¡Él está pasando en esta hora de prueba! ¡No nos deja solos!

Con afecto, su obispo

+ Sergio O. Buenanueva

Horas de gracia y de libertad

Estamos viviendo horas decisivas para toda la humanidad.

Dios está acompañándonos y sosteniéndonos con su gracia.

Pero, como siempre, interpela a nuestra libertad y trabaja para que seamos nosotros los que tomemos la vida en nuestras manos.

Nadie como Él aprecia y cuida nuestra frágil libertad. Es el territorio donde muestra su más alta pericia de Creador y Salvador.

Su gracia crea, sostiene y consuma la libertad de su criatura, el hombre.

Esa libertad dignifica y abre esperanza para el futuro.

Tenemos que animarnos, unos a otros. Algunos comienzan a cansarse, sobrepasados y desbordados por los desafíos que se multiplican.

También están los que, con una vileza que siempre aparece en situaciones similares, pretenden sacar tajada, manipulan, calumnian y buscan llevar agua a su propio molino.

Esa vileza indigna y nos hace entrar en efervescencia. Pero no podemos perder el tiempo en ellos, ni gastar preciosas energías que son necesarias para cuidar la vida.

El hombre vil y pendenciero, que disfraza de verdad su propia mentira, tendrá su recompensa.

Solo nos resta una plegaria por sus vidas, por su conversión a Dios o, al menos, por una recuperación de la humanidad perdida.

Pero están los que, incluso venciendo sus miedos y perplejidades, se ponen la humanidad al hombro, cada uno desde su lugar, sabiendo que lo que uno no haga no será suplido por nadie.

Son los que llevan la historia adelante.

De algunos vamos conociendo sus nombres. Otros quedarán resguardados por un solemne silencio.

Unos y otros son conocidos por el Dios amigo de la vida. Y Él les dará la recompensa que merecen.

Vamos a salir adelante. Seguramente pagaremos un alto precio. Tendremos que llorar, cansarnos y levantar nuestras miradas ansiosas al cielo. Pero -no lo dudemos- vamos a recuperar la alegría del reencuentro, del abrazo y de la celebración compartida.

Se está acercando la Pascua. La estamos sintiendo en nuestros cuerpos y almas. Ya comienza a brillas la luz que vence las tinieblas.

Es Cristo resucitado, el Hombre Nuevo y Definitivo.

Es el alba que comienza a bañarnos con su luz.

Amén.