Los hermanos Caín y Abel

“La Voz de San Justo”, domingo 26 de enero de 2020

“Caín dijo a su hermano Abel: «Vamos afuera». Y cuando estuvieron en el campo, se abalanzó sobre su hermano y lo mató. Entonces el Señor preguntó a Caín: «¿Dónde está tu hermano Abel?». «No lo sé», respondió Caín. «¿Acaso yo soy el guardián de mi hermano?»…” (Gn 4, 8-9). 

El crimen es abominable: el hermano mayor mata al menor. El castigo es también severo: ya no habrá paz ni tranquilidad en la vida de Caín, sino un caminar errático y siempre bajo amenaza. 

Algo inesperado, sin embargo, sorprende al lector: “Caín respondió al Señor: «Mi castigo es demasiado grande para poder sobrellevarlo. Hoy me arrojas lejos del suelo fértil; yo tendré que ocultarme de tu presencia y andar por la tierra errante y vagabundo, y el primero que me salga al paso me matará». «Si es así, le dijo el Señor, el que mate a Caín deberá pagarlo siete veces». Y el Señor puso una marca a Caín, para que, al encontrarse con él, nadie se atreviera a matarlo.” (Gn 4, 13-15).

¿Dios termina protegiendo al asesino? ¿De qué lado está finalmente? ¿Cuál es su juego? El relato nos desafía. No se presta a lecturas simplistas ni unidireccionales. En realidad, tendremos que ponernos a la escucha de toda la revelación bíblica para comprender el por qué último de esta actitud del Creador. 

Las fuentes de la violencia -esa que asoma una y otra vez dejándonos sin aliento- solo se pueden secar si, al miedo, al resentimiento y a la agresividad que mata se los conjura con la fraternidad. Sí: cada uno de nosotros debemos hacernos cargo del otro, porque somos hermanos.  

Eso es el Evangelio de Cristo. Esa es su propuesta: reconocernos hermanos, vivir la cultura del Buen Samaritano…

Llamados a la amistad con Dios

“La Voz de San Justo”, domingo 19 de enero de 2020

Un antiguo escritor cristiano escribía que, mientras Dios modelaba del barro de la tierra al primer hombre, tenía la mirada fija en el modelo de su Hijo, Jesucristo. El hombre ha sido creado por Dios a imagen de Cristo.

Retomando el hilo del domingo pasado: miramos a Jesús para comprender quiénes somos y lo que significa vivir la fe.

Si releemos desde esa perspectiva los primeros tres capítulos del Génesis, comprendemos que la fe es, ante todo, una invitación de Dios a la libertad humana. Nuestra vocación más honda es la comunión y la amistad con Dios, siguiendo a Jesús.

La fe es la respuesta de la persona libre que acepta la amistad de Dios. Esa fue la vocación originaria de los primeros padres. Sigue siendo la nuestra. Las de Adán y Eva, más que figuras históricas que nos hablan de un pasado remoto, son un espejo en el que contemplar lo que cada uno de nosotros está llamado a ser. No surgimos por azar. Somos fruto de la sabiduría amorosa de Dios

Los relatos bíblicos nos hablan también de que esa vocación originaria se ha visto oscurecida por una decisión del hombre que ha rechazado la comunión con Dios. De alguna forma, cada uno de nosotros hace suyo, con decisiones libres, ese rechazo. Sin embargo, la llamada de Dios es más fuerte. Sigue presente.

Mirar las figuras emblemáticas de Adán y Eva nos ayuda a comprender que, por la fe que Dios nos regala, podemos hacer nuestra, de una manera nueva y creativa, esa llamada originaria del Creador y reencontrar el camino de nuestra verdadera humanización. La fe nos hace mejores.

Vivir como hijos

“La Voz de San Justo”, domingo 12 de enero e 2020

Vamos a hablar de la fe. Hagámoslo entonces desde el principio. Y el principio de todo lo cristiano es una Persona: Jesús, el Cristo. Si queremos comprender a fondo qué significa y qué implica la fe como respuesta del hombre a Dios que le sale al encuentro, tenemos que mirar a Jesús. La Carta a los Hebreos lo llama: “el iniciador y consumador de nuestra fe” (Heb 12, 2).

Este domingo, concluyendo el tiempo de Navidad, los cristianos celebramos la fiesta del Bautismo del Señor. Este año leemos el relato de San Mateo que, en la escena culminante, dice: “Apenas fue bautizado, Jesús salió del agua. En ese momento se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia él. Y se oyó una voz del cielo que decía: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección».” (Mt 3, 16-17).

Si querés saber lo que significa ser un hombre o una mujer de fe tenés que mirar a Jesús, tal como lo presentan los evangelios. En realidad, tal y como nos lo presenta su Padre: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección” (Mt 3, 17).

La Iglesia no hace otra cosa que ponerte a la mano la belleza de su Persona. Te expone al influjo luminoso de su verdad. Y esa verdad hace su obra: conquista el corazón y convence, no por coacción, sino por la luz y belleza que dimanan de su persona de Hijo amado del Padre.

La vida de la fe no es otra cosa que el camino de aprender a vivir como hijos e hijas de Dios, tras las huellas de Jesús. Un camino, en ocasiones sinuoso, en otras, bastante sereno; pero siempre fascinante y humanizador. Vivir como Jesús: como hijos y hermanos. Todo está aquí.

Las aguas del Jordán

“La Voz de San Justo”, domingo 5 de enero de 2020

La distancia entre las fuentes del Jordán y su desembocadura es de aproximadamente cien kilómetros. Sin embargo, el curso del río triplica esa cifra, alcanzando los trescientos kilómetros. La razón es comprensible: el agua tiene que abrirse paso por un terreno escabroso, dibujando meandros que le permiten sortear las dificultades.

Es una buena imagen para comprender lo que significa la experiencia humana de la fe. Algunos amigos ateos, tal vez influenciados por Freud u otros maestros de la sospecha, tienden a pensar que la fe es una búsqueda de consuelo ante la dureza de la vida, una proyección ilusoria de la propia inseguridad. 

Que la fe en Dios es suelo firme para la vida, es innegable. Pero que sea un ilusorio  consuelo infantil, que nos ahorra enfrentar la vida, contradice la experiencia de cualquier creyente que vive honestamente su fe. 

La fe en Dios, tal como la postula la tradición judeocristiana, es una forma de estar parado en la vida, de encarar la entera existencia humana. Es mucho más que un posicionamiento intelectual o un mero aceptar la existencia de un ser superior. Es una opción de vida. 

Aceptar a Dios como compañero de la vida es una empresa de riesgo. El consuelo y la paz que ofrece supone la decisión de meterse de cabeza en un buen lío. No es casual que, “bautizarse”, signifique, literalmente: irse a pique, lanzándose de cabeza al agua.

Por eso, me ha parecido interesante que, en las sucesivas entregas de este espacio que me ofrece, domingo a domingo, La Voz de San Justo, repasar algunas figuras bíblicas que nos hablen de lo que significa la fe en Dios, desde la elocuencia de las vidas de hombres y mujeres que han aceptado el desafío de decir “amén”, antes que, con los labios, con la propia vida. 

Eso que llamamos “fe” es inseparable de la vida cotidiana y concreta de los hombres y mujeres que se reconocen creyentes. 

Por eso, vamos a navegar por el Jordán repasando, aunque más no sea suscintamente, la aventura de algunos grandes creyentes de la Biblia que aceptaron lanzarse de cabeza al río impetuoso de la fe en Dios. 

¿Me confieso bien?

¿Me confieso bien? Más que como obispo, me hago esta pregunta como cristiano. Es decir, como un discípulo que se descubre sediento de Cristo, mendigo de su amistad.

La pregunta viene a cuento por esta convención social que nos alcanza cada diciembre, mientras cerramos un año y nos disponemos a caminar uno nuevo. ¿Qué me queda del año vivido? ¿Qué experiencias rescato? ¿Cómo encarar el tiempo nuevo que se abre a mi puerta? Una suerte de balance o de inventario. 

Para un cristiano, este balance tiene un nombre propio: “examen de conciencia”. ¿En qué consiste? En tomarse un tiempo para mirar la propia vida y, a la luz de la Palabra de Dios, reconocer el paso de Dios por la propia historia y biografía. 

Desde esta perspectiva, confesarse bien quiere decir que, antes que empezar a enumerar los propios yerros o pecados, lo más importante es descubrir en qué medida (siempre generosa, desbordante y sorpresiva), nuestra vida ha sido bendecida por Dios. Claro: el Padre de Jesucristo, el que perdona y libra del mal. 

“He sido bendecido. Soy un hombre bendecido”. Esta es la primera experiencia que hace buena una confesión, porque lleva a los labios no la amargura de los propios fracasos, sino que pone palabras a la gratitud de quien se descubre amado gratuitamente. 

Solo entonces tiene sentido confesar los propios pecados. Una vez más: no como quien saca una cuenta amarga elencando sus miserias, sino como quien se siente alcanzado por la misericordia de Dios, especialmente en sus vacíos más grandes. 

Iniciar un año sabiéndome amado, perdonado y bendecido por Dios es garantía de una energía espiritual que nadie en el mundo puede dar. 

El pesebre

“La Voz de San Justo”, domingo 8 de diciembre de 2019

Francisco se dejó llevar por lo que sentía en su corazón. Acababa de regresar de Tierra Santa, estaba cerca la Navidad y crecía en él el deseo de sentir, ver y hasta tocar la humanidad de Dios, pobre y humilde en el niño del pesebre. Fue así como, en la Navidad de 1223 y ayudado por algunos fieles, puso en marcha una tradición que llega a nuestros días: siguiendo el evangelio, dar vida a la escena del nacimiento del Señor. Lo que aconteció aquella noche en una cueva de Greccio se sigue replicando en nuestras casas, templos y lugares públicos. 

“¿Por qué el belén suscita tanto asombro y nos conmueve?”, se pregunta ahora Francisco, el papa, en una hermosa carta publicada hace días. Y responde: “En primer lugar, porque manifiesta la ternura de Dios. Él, el Creador del universo, se abaja a nuestra pequeñez. El don de la vida, siempre misterioso para nosotros, nos cautiva aún más viendo que Aquel que nació de María es la fuente y protección de cada vida. En Jesús, el Padre nos ha dado un hermano que viene a buscarnos cuando estamos desorientados y perdemos el rumbo; un amigo fiel que siempre está cerca de nosotros; nos ha dado a su Hijo que nos perdona y nos levanta del pecado.”

Armar el pesebre -este ocho de diciembre, o en la fecha que sea- es seguramente un gesto sencillo. A algunos incluso les puede parecer de poca monta. Pienso, sin embargo, que su sencillez refleja algo esencial y que está en el corazón del Evangelio: Dios se ha hecho hombre para ayudarnos a recuperar nuestra propia humanidad. En los tiempos que corren, esa sí que no es una necesidad de poca monta.

Te aclamarán mis labios, Señor, cuando salmodie para Tí

Con otros tres hermanos obispos, tuve la ocasión de pasar unos días de retiro en la Abadía “Gozo de María” de monjas benedictinas.

Había reservado esta fecha desde inicio del año, a sabiendas de que, a esta altura del año, ese tiempo más prolongado para orar, exponerme a la Palabra de Dios y, también, para descansar, era más que oportuno.

Cada día, con las monjas, compartíamos las Laudes, la Eucaristía a mediodía y las Vísperas.

Al rezar esta mañana la Liturgia de las Horas, el responsorio de Laudes evocó para mí estos días vividos: “Te aclamarán mis labios, Señor, cuando salmodie para ti”.

La Liturgia de las Horas, tal como la celebran las monjas benedictinas, mantiene la estructura de nuestras horas litúrgicas, pero agrega más salmos a cada una de ellas. Y son cantados, con ese modo de entonar que, por encima de todo, subordina la melodía al texto sagrado. La prioridad, como en toda oración cristiana, la tiene la Palabra de Dios.

Tres reflexiones, a partir de esta experiencia enriquecedora y exquisitamente bella:  

1. Los salmos, como sabemos bien, son oraciones inspiradas por Dios. Él ha puesto en nuestros labios las palabras con las que quiere ser invocado. El Dios vivo enseña así a rezar a su Pueblo. Pero, a la vez, esas oraciones recogen, con inaudito realismo, todas las vivencias, emociones y situaciones que sacuden el corazón humano, desde el sufrimiento a la acción de gracias, pasando por la rebeldía ante Dios y la violencia que despiertan los enemigos. Tres son los protagonistas de esas tremendas oraciones: el salmista (que lo compuso o quienes nos apropiamos de su oración); los que se oponen a Dios y a sus fieles (los “enemigos”); y, finalmente, el Dios de todas las plegarias.

2. Los salmos han sido la escuela de oración del mismo Jesús, tanto en su casa (de la mano de José y María), como en la sinagoga. Al salmodiar cada día, de modo más reposado y sereno, estos himnos sagrados, me hizo mucho bien imaginar a Jesús aprendiendo a orar con el Salterio de su Pueblo. Pero, también, imaginar que este extraordinario orante, haciendo suyas las plegarias entrañables de su Pueblo, era capaz de ir más allá del más osado orante de Israel: recitando los salmos, Jesús pudo hacer emerger a su corazón de Hijo y a sus labios, la oración más cristiana de todas, la que invoca a Dios, llamándolo: “Abba”.

3. Rezados así por la Iglesia, los salmos nos introducen en la misma oración de Jesús, el Hijo amado del Padre. ¿No es este el misterio más hondo de toda oración? Entrar en ese diálogo inaudito de amor, de pasión y de compasión entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. Si la oración cristiana, como bien enseña el Padre Jean Lafrance, es, en definitiva, prolongar el Padre nuestro; cada deseo o petición allí expresados ha madurado en ese terreno fértil y generoso que son los salmos de Israel, y, animados por el Espíritu, nos meten cada vez más en el alma filial de Jesús que, sin cansancio, repite: el “Abba, Padre, que se haga tu voluntad”.

Como pastor, me toca presidir, moderar y guiar la oración del Pueblo de Dios en la liturgia. En realidad, voy comprendiendo que este rol es más bien instrumental: facilitar la docilidad de todos al Espíritu que busca que lleguemos a la “sobria embriaguez” del que se deja conducir por su Soplo dulce y tenaz.

La aventura de escuchar

“La Voz de San Justo”, domingo 17 de marzo de 2019

Padre santo, que nos mandaste escuchar a tu Hijo amado, alimenta nuestro espíritu con tu Palabra, para que, después de haber purificado nuestra mirada interior, podamos contemplar gozosos la gloria de tu rostro. (Oración de la liturgia del segundo domingo de Cuaresma).

“Me llamo Kevin, y soy adicto a mi celular”. Así comenzaba un artículo publicado días pasados en The New York Times. Otro párrafo: “Mis síntomas eran los típicos: me volví incapaz de leer libros, ver películas completas o tener conversaciones ininterrumpidas”.

Tres actividades muy distintas, pero unidas por algo común: la aventura de escuchar. ¿No es eso lo que nos pasa cuando nos dejamos llevar por las páginas de un libro que nos atrapa? Algo similar ocurre cuando una “peli” nos mete dentro de una buena historia. Sin embargo, nada se compara con el tener la mirada fija en un rostro y saber que, incluso en el silencio, las almas se encuentran en la escucha.

“Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo” (Lc 9,35). En cierto modo, todo lo que dicen las Escrituras se puede resumir en este mandato.

Para la Biblia, dos verbos representan la cumbre de toda actividad humana: escuchar y recordar. Por el contrario, lo peor que le puede suceder a un ser humano es olvidar y tener los oídos cerrados. Eso es, en definitiva, la esencia de todo pecado: olvidar a Dios, desoír su voz.

La Cuaresma es una invitación a disponer cada fibra de nuestra persona para ese viaje que es la escucha de Dios. Él es, en sí mismo, Palabra audible que busca ser escuchada y respondida.

La experiencia de Kevin también es nuestra: de tanto en tanto, el ruido se vuelve caótico y nos embota la mente y el corazón. Nos hacemos incapaces de escuchar. Perdemos contacto con la realidad: la de Dios, la de los que nos rodean, la de quienes nos gritan pidiendo ayuda, la del mundo, la palabra de nuestros amigos.

Dios es Palabra y cada ser humano, creado a su imagen y semejanza, lo es también. Somos palabra. Jesús es la Palabra de Dios que se ha hecho audible en medio del ruido del mundo.

Para la experiencia cristiana, el encuentro con Jesús es -como tantos relatos evangélicos- liberación de nuestras sorderas. Su voz es capaz de imponerse al caos, nos libera de todas nuestras sorderas y nos hace capaces de volver a escuchar el canto de la creación.

¿Cómo reconocer su voz en medio de tantos gritos? Su Espíritu trabaja en eso. Más y mejor que el más hábil predicador. A nosotros nos toca una pequeñísima parte: intentar entrar en el silencio que nos dispone para la escucha. Sea en la oración, sea en el tender la mano a quien nos pide ayuda.

Eso es Cuaresma.

Que Te conozca para que me conozca


“Dios todopoderoso, concédenos que, por la práctica anual de la Cuaresma, progresemos en el conocimiento del misterio de Cristo y vivamos en conformidad con él” (Oración de la liturgia del primer domingo de Cuaresma)

Nadie como Jesús ha sido tan crítico con la religiosidad reducida a práctica externa. La acusación de “hipocresía” en sus labios es un dardo de fuego que siempre da en el blanco. Hiere, inquieta y enoja. Y, por eso, salva…

Por si no lo tenemos fresco: hipocresía significa que las palabras no se ajustan a las actitudes y, sobre todo, a los actos concretos. Por el contrario, los actos contradicen los dichos.

La Cuaresma que acabamos de iniciar nos orienta: los gestos penitenciales externos (oración, ayuno y limosna) deben ser expresión de un cambio interior.

No cualquier cambio entonces, sino el que une al discípulo con Jesús, el Cristo. Y una unión que es también identificación y configuración con Él.

Es la petición que hacemos en este primer domingo de Cuaresma, arriba transcripta: conocer a Cristo y vivir según ese conocimiento de su Persona.

La oración litúrgica usa la palabra “misterio”. ¿Qué indica? Que nunca podremos sentirnos dueños de Cristo. Él siempre será más grande. Ni dueños ni -menos aún- manipuladores de su Persona o de su Evangelio para nuestros fines. Que nunca acabamos de convertirnos a Él.

La hipocresía comienza aquí: cuando alguien se siente ya hecho  y superado. Y, como lógica consecuencia, comienza a dar cabida a un ridículo sentimiento de superioridad sobre los demás. A mirarse a sí mismo con complacencia y, a los demás, con desprecio.

Cuaresma: cuarenta días para que la verdad de lo que somos aparezca más claramente ante nuestros ojos. En realidad, habría que ser más precisos: que la Verdad de Cristo nos alcance, nos posea y, así, desvele nuestra verdad.

Lo expresó con sobria elocuencia el gran San Agustín: “Que Te conozca, para que me conozca”.

Cuidar y exponer el corazón


“El hombre bueno saca el bien del tesoro de bondad que tiene en su corazón. El malo saca el mal de su maldad, porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Lc 6,45).

Las palabras importan. Y mucho.

La libertad de expresión es uno de los valores más preciosos para la vida de una sociedad, de un pueblo. Y la más amplia libertad posible. Incluso con el riesgo de rozar zonas peligrosas.

Lo vemos, por ejemplo, en las redes. A medida que van extendiendo su presencia, hasta el punto de hacer que, de manera permanente, estemos “en red”, van apareciendo también “haters”, “trolls”, “acosadores”.

¿Qué hacer?

Este domingo, el fragmento del evangelio que escuchamos los cristianos nos da algunas pistas. Podríamos decir que nos confronta con el “método Jesús”. Es sencillo, directo y, sobre todo, humanísimo.

Para Jesús, no hay otro camino que cuidar el corazón. Porque es allí donde Dios ha sembrado su bondad, su misma libertad, su compasión. El corazón es donde el Espíritu muestra toda su maestría y su calidad de artista. Es su campo de trabajo. El Espíritu de Dios trabaja para que seamos buenos como Dios es bueno, compasivos y misericordiosos como lo es el Padre.  

La bondad es contagiosa. Estar cerca de un hombre o una mujer buenos, casi sin darnos cuenta, nos hace también un poquito más buenos a nosotros. Pensemos, si no, en las personas buenas que hemos conocido y que han llenado de luz nuestras vidas. Su solo recuerdo es capaz de encendernos e iluminarnos.

Vale aquí lo que también escuchamos de labios de Jesús este fin de semana: “No hay árbol bueno que dé frutos malos, ni árbol malo que dé frutos buenos: cada árbol se reconoce por su fruto” (Lc 6, 43-44). 

Vuelvo a la pregunta: ¿qué hacer ante tantas sombras de agresión que oscurecen nuestra vida?

Siguiendo el hilo del mensaje de Jesús me animo a decir cuatro cosas: 1) reconocer que también en el propio corazón anidan fuerzas agresivas; 2) exponer el propio corazón ante la mirada buena de Dios, en la oración, por ejemplo; 3) tener siempre a mano palabras buenas y amables para todos (“perdón, permiso, gracias”, como dice Francisco); y 4) pero, sobre todo, exponer el corazón haciéndonos cargo del dolor, el sufrimiento y la vulnerabilidad de los demás.

¡Buen domingo!