Francisco, hermano: Paz y Bien

243192258be91aa6c47201c7d54510d4“La Voz de San Justo”, domingo 30 de septiembre de 2018

“Y los hermanos que van, pueden conducirse espiritualmente entre ellos de dos modos. Un modo consiste en que no entablen litigios ni contiendas, sino que estén sometidos a toda humana criatura por Dios (1 Pe 2,13) y confiesen que son cristianos. El otro modo consiste en que, cuando vean que agrada al Señor, anuncien la palabra de Dios, para que crean en Dios omnipotente, Padre e Hijo y Espíritu Santo, creador de todas las cosas, y en el Hijo, redentor y salvador, y para que se bauticen y hagan cristianos, porque el que no vuelva a nacer del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios (cf. Jn 3,5)” (Regla no bulada, XVI).

Estas eran las consignas de Francisco de Asís a sus hermanos que se aprestaban a viajar a tierra de musulmanes. Todavía hoy, los hermanos franciscanos, custodian los lugares santos. Y continúan obedeciendo los consejos del Hermano Francisco: no ser fuente de conflictos y predicar “cuando vean que agrada al Señor”.

Comprendámoslo bien: no se trata de estrategias políticas, ni argucias para conseguir, a la larga, inconfesados objetivos de poder. Tampoco se trata de pusilanimidad, como suelen acusar los talibanes de todos los tiempos a los que optan por la no violencia. Todo lo contrario. Es el evangelio que nace del corazón manso y paciente de Jesús. Es la mansedumbre del Dios humilde de Belén y de la Cruz.

A Dios le agrada que su Nombre sea conocido por todos. ¡Cómo no! Si es la primera petición del Padre nuestro: que su Nombre de Padre misericordioso sea conocido y alabado, especialmente por los pobres. Le agrada, por encima de todo, que su Espíritu renueve la creación y dé vida a nueva humanidad, en la que los enemigos se den la mano en señal de reconciliación. Es el Dios de la amistad, del perdón y del encuentro. Hace fiesta cuando recupera al hijo perdido y pacifica el corazón agrio del hermano resentido.

Jesús salió al encuentro de Francisco. Conquistó su corazón noble, sensible y apasionado. Y así, toda vez que se multiplicaron palabras de odio, Francisco supo decir palabras buenas, portadoras de paz para una sociedad violenta, injusta y herida. Por eso, sigue siendo tremendamente actual. Necesitamos su paciente mansedumbre y su alegre confianza en la bondad de Dios y de todas las creaturas.

Francisco, hermano, este cuatro de octubre, al celebrar tu memoria, queremos contagiarnos de tu alegre mansedumbre. Y cantar con vos: “Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sostiene y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas. Alabado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor, y sufren enfermedad y tribulación; bienaventurados los que las sufran en paz, porque de ti, Altísimo, coronados serán”.

Paz y Bien para todos.

 

Un camino de libertad

WEB_22e Di TO B_20180902 (1)“La Voz de San Justo”, domingo 2 de setiembre de 2018

Permítanme un testimonio personal: ¿Qué me ha dado Cristo? Entre todo lo que podría decir, no lo dudo un instante: libertad. Cristo me ha dado libertad.

Leyendo y releyendo el evangelio de este domingo (cf. Mc 7,1-814-1521-23), no he podido alejar de mi corazón esta cuestión. En contraposición a una religiosidad puramente externa, Jesús insiste en que lo importante, para Dios, es el corazón del hombre. Allí se juega todo.

Durante la semana que termina, hemos leído también las que tal vez sean las palabras más duras de Jesús. Son sus invectivas contra fariseos y escribas. Están en el capítulo veintitrés del evangelio de San Mateo. Aquí, solo una perlita: “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que limpian por fuera la copa y el plato, mientras que por dentro están llenos de codicia y desenfreno!” (Mt 23,25). Una y otra vez los llama “hipócritas” y “ciegos”. El hombre religioso vivirá siempre amenazado por la hipocresía: ofrecer solo una apariencia de rectitud.

Frente a toda religiosidad ciega e hipócrita destaca la figura de Jesús, su libertad, su autenticidad. Así vive y enseña a vivir. Esa es mi experiencia con Jesús: él me ofrece y me da, una y otra vez, libertad interior. Su libertad.

Tengo que matizar: para mí, la libertad sigue siendo un desafío cotidiano, una meta nunca alcanzada del todo. No soy un hombre plenamente libre. Es más, en ocasiones, siento la fuerte tentación de confundir libertad con desinhibición o capricho. Y siento la necesidad de ser liberado, también una y otra vez, de esas caricaturas grotescas de libertad.

Ahí, nuevamente aparece Cristo, haciendo posible el camino de la libertad: “Es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino. Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre” (Mc 7,20-23). El corazón es el territorio de la libertad más genuina: la que nace desde dentro y se consolida en la virtud.

Cuando se publiquen estas líneas estaré caminando con los jóvenes de la diócesis, como cada primer domingo de setiembre, hacia el Santuario de la Virgencita, en Villa Concepción.

Cuando llegue el momento, voy a hablarles de la libertad de Cristo. A ellos, y también a mí mismo, para que nuestro peregrinar juntos por la vida y la fe, sea también un camino de libertad.

Creo que María sonríe. Fue su propio camino. Ha sido también su experiencia de Jesús.

Jesús no pudo

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“La Voz de San Justo”, domingo 8 de julio de 2018

“No pudo hacer allí ningún milagro…” (Mc 6,5).

Nunca me había detenido en esa frase del evangelio. Sobre todo, en ese inquietante: “no pudo”. No lo había pensado: hay cosas que Jesús no pudo hacer. Él también chocó con el límite humano. En este caso, uno muy concreto: la falta de confianza de sus propios paisanos.

Lo normal, en una predicación, suele ser cargar las tintas sobre estos incrédulos y su desconfianza. Me parece, sin embargo, mucho más interesante rumiar esta impotencia de Jesús. ¿Qué nos dice? ¿Qué nos revela de Dios y de nosotros mismos? Todo en Jesús – su persona, sus gestos y palabras – habla. Todo en él es revelación: del rostro genuino de Dios y de la verdadera vocación del hombre.

¿Qué nos dice entonces esta impotencia de Jesús ante la falta de fe de su pueblo? Cada uno puede sacar sus propias conclusiones. Yo comparto las mías. No son tampoco exhaustivas. Tal vez, ni siquiera, las más importantes. Pero, para eso escribo: para compartir lo que el Evangelio hace resonar en mí. Aquí va lo mío entonces.

Ante todo, creo que ese “no pudo hacer allí ningún milagro” nos habla de que Dios no tiene miedo de embarrarse con el límite humano. No teme entrar en lo vivo, complejo y oscuro de toda situación humana. Nos habla también de ese misterio que es la libertad que puede cerrarle la puerta a su Creador y Salvador. Misterio, a la vez, pavoroso y fascinante. Pienso que la impotencia de Jesús evangeliza nuestros propios límites, salvándonos de esa ilusoria y fatal pretensión de ser omnipotentes.

La historia – nos cuenta el evangelio – no acabó allí ni así. Algo pudo hacer: unos pocos milagros. ¿No era tanta la cerrazón como parecía? ¿O es que Jesús sabe, con su sabiduría divina, tocar el corazón humano y abrirlo al don de Dios? Me inclino por esta última alternativa, pues es la que comprende la fe. Esa impotencia de Jesús ha corrido el velo y nos ha permitido entrever la verdadera naturaleza de Dios y de su poder: amor que no teme abrazar la fragilidad humana y siempre – siempre – abre puertas.

“Jesús recorría las poblaciones de los alrededores, enseñando a la gente” (Mc 6,6). Jesús, entonces, siguió su camino. Esa dura experiencia no lo derribó ni lo hizo quedarse rumiando el fracaso. Es más: Jesús radicalizó su entrega, abrazó con más fuerza su misión. Llegó a la impotencia extrema de la cruz y, bebiendo ese amargo cáliz hasta el final, dejó abierta la puerta para que irrumpiera la vida y la alegría.

Viento, fuego y vida

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La Iglesia invoca al Espíritu Santo como “Señor y vivificador”. Es Dios que nos santifica y nos da vida. Nos vivifica haciéndonos santos.

Santidad, en el lenguaje cristiano, quiere decir, en primer lugar: unión y configuración con Cristo; pero también que esa amistad con Cristo se expresa con una vida entregada, a semejanza de la suya. El Espíritu hace posible aquel inalcanzable “ámense como Yo los he amado”.

Los santos – Brochero o Madre Teresa, por ejemplo – son hombres o mujeres que, en las circunstancias concretas de su tiempo, se dejaron colmar por el Espíritu. A través de ellos, el amor de Cristo ha tocado y transformado el mundo. Los santos vivieron a fondo, dejaron huella.

Este domingo, los cristianos estamos celebrando la fiesta de Pentecostés. Con el don del Espíritu, la Pascua alcanza su culmen. Cristo murió y resucitó para santificar el mundo con su Espíritu. Podríamos decir también: para llenar el mundo de santos y santas.

El relato de Pentecostés en los Hechos de los Apóstoles (Hch 2,1-11) nos habla del Espíritu y su obra en el mundo con tres imágenes: el viento, el fuego y las lenguas.

El Espíritu es como el viento. Es decir: es fuerza, energía, vitalidad siempre en movimiento. Es también respiración, aliento, hálito de vida.

El Espíritu es como el fuego, pues la vitalidad que nos da es la misma de Dios: el amor apasionado que es entrega, que nos hace salir de nosotros mismos, nos pone en búsqueda del bien del otro y nos hace experimentar el gozo en el servicio.

El Espíritu es el que permite que hombres y mujeres que hablan diversas lenguas puedan entenderse: abre las mentes, acerca a las personas y rompe las barreras que impiden la cercanía. Si es el caso, hace madurar el perdón y dispone los corazones para la reconciliación. Respeta la diversidad, armonizando las diferencias en la unidad y la comunión.

Cristo resucitado sigue comunicando al mundo su Espíritu, su aliento de vida, para colmarlo con la santidad del Dios amor, uno y trino. Lo repito: Dios quiere colmar el mundo de santos y santas, que hacen presente la potencia transformadora de la santidad de Cristo. Con los santos Dios transforma el mundo.

Semanas atrás, el Papa Francisco nos ha ofrecido un precioso texto sobre el llamado a la santidad en el mundo de hoy. Ha repasado, una a una las bienaventuranzas de Jesús, calificándolas “como el carnet de identidad del cristiano” (GeE 63). Ha señalado también el gran texto evangélico de Mateo 25 (“…tuve hambre y me dieron de comer, etc”), como referencia fundamental de la santidad cristiana. “No podemos plantearnos – ha dicho – un ideal de santidad que ignore la injusticia de este mundo, donde unos festejan, gastan alegremente y reducen su vida a las novedades del consumo, al mismo tiempo que otros solo miran desde afuera mientras su vida pasa y se acaba miserablemente” (GeE 101).

La santidad cristiana siempre tendrá el rostro de la misericordia y de la lucha por la justicia. Esa es la obra del Espíritu que nos ha sido dado en Pentecostés.

 

 

 

 

 

 

Echar leña al fuego

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“Yo los llamo amigos” (Jn 15,15)

“La Voz de San Justo”, domingo 6 de mayo de 2018

Una de las “obligaciones” del obispo es la de las visitas pastorales. Se trata de una presencia más prolongada del pastor en una comunidad parroquial u otros espacios pastorales. Su finalidad es animar la vida de fe y la pasión misionera de los cristianos.

Cuando se publique esta columna, por ejemplo, voy a estar terminando la visita pastoral a la parroquia “San Antonio de Padua” de Santiago Temple. Está a cargo de un sacerdote joven que atiende también la vecina parroquia de Tránsito.

El diálogo mano a mano con el Consejo parroquial de pastoral suele ser un momento clave y muy intenso de la visita: el obispo, el cura, los agentes de pastoral y toda la comunidad nos ponemos bajo la Palabra, para escuchar al verdadero Señor de la Iglesia, Cristo. Tratamos de escuchar su Voz en las voces de sus discípulos, pero también de los más alejados, de los pobres, de los que sufren, e incluso de los que desesperan en la vida.

Los textos bíblicos que se leen en la liturgia de los días de la visita, especialmente el domingo, iluminan las vivencias que compartimos y nos permiten experimentar que la Palabra llega a nosotros con la potencia del Espíritu.

Uno de los temas que suele salir en estos diálogos es la situación de quienes solicitan algún sacramento y asisten a la catequesis. ¿Lo hacen por convicción o por tradición? Cuesta que vengan a Misa y, una vez que se celebra el sacramento, no aparecen más. El anuncio ¿ha calado hondo? ¿Ha tenido lugar un verdadero crecimiento en la fe?

Es un desafío formidable. Pero también, una magnífica oportunidad que nos ofrece la Providencia en este tiempo: volver a lo esencial del Evangelio.

¿Y de que se trata lo esencial? Precisamente de lo que nos hablan las lecturas de este sexto Domingo de Pascua: Dios nos amó primero y nos tendió la mano, enviándonos a su Hijo. Que, para Jesús, no somos siervos sino amigos. Y que ese amor de amistad que viene del corazón de Dios es el suelo firme sobre el que edificar nuestra vida. O, dicho en una sola palabra: Jesús. Él es lo esencial.

Si no hay encuentro con Jesús vivo, de nada vale insistir en participar en la Misa. Anunciar a Jesucristo, colaborando con el Espíritu que despierta la fe en los corazones, es el principal desafío de una Iglesia “en salida”.

En estos encuentros, cuando la consideración de las dificultades de la evangelización se pone más espesa, me gusta hacer algunas preguntas que nos obligan a mirar las cosas desde otro ángulo: “Y nosotros, ¿por qué estamos aquí? ¿Por qué hacemos lo que hacemos en la parroquia? ¿Qué nos mueve en la vida cristiana? Y, en definitiva, ¿quién es realmente Jesús para mí?”.

Se trata de que cada uno vuelva sobre su propia experiencia del amor primero de Dios, y logre expresarlo en palabras. El tono de la conversación suele cambiar. Los corazones se sienten tocados y, así, se logra una sintonía que nos permite contar la propia experiencia de Dios, de encuentro con Jesús, pero también la ardua lucha por vivir la fe en nuestro mundo de hoy.

En realidad, la misión no depende tanto de extravagantes métodos de comunicación, sino precisamente de ese transmitir, cara a cara, corazón a corazón, lo que Dios va obrando en nosotros.

Si eso ocurre, yo, como obispo, me quedo satisfecho. He logrado “echar leña al fuego” de esa hoguera siempre ardiendo que es la vida cristiana.

En definitiva, es lo que me ha pasado a mí como discípulo: he conocido el amor de Dios en el rostro de Jesucristo.

 

La poda, el fuego y las empanadas

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“La Voz de San Justo”, domingo 29 de abril de 2018

“Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Él corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía” (Jn 15,1-2).

Hoy vivo en el este de Córdoba, pero nací en el este de Mendoza. Una zona típicamente viñatera, no solo por los grandes viñedos sino también por la vida cotidiana: en cada casa un parralito, y en todo patio un horno de barro.

El evangelio de este domingo me ha evocado algunos recuerdos de aquella infancia. Veo todavía a mi difunto papá, caldeando el horno con los sarmientos que se juntaban después de la poda y lo intenso del fuego alimentado con ellos. Y, ¿cómo no?, el sabor de las empanadas caseras.

Leo y releo el texto del evangelio, y con ayuda de estos recuerdos personales, van creciendo en mí dos ideas, dos llamadas, dos invitaciones.

Ante todo, la idea de que la poda nunca es mala. La vid necesita los cortes precisos de la poda para dar fruto en el momento justo. Como los necesita la vida, tanto o más que la vid. Poda que nos deja con cicatrices, pero también más libres y abiertos. Un poco magullados, pero no vacíos.

La educación de nuestros chicos, por ejemplo, ¿no tiene mucho de poda? ¿No pagamos caro el no haber sabido decir un buen “no” en el momento oportuno, ayudando a posponer la gratificación inmediata y abriendo la puerta a los logros que realmente enriquecen la vida?

Nosotros, que vivimos tan ensimismados en el agujero negro de nuestros deseos insatisfechos, necesitamos ser arrancados de esa prisión. Esa poda, normalmente, se da cuando nos dejamos tocar por la vida de los otros; cuando los dejamos que nos desposean y, así, nos hagan verdaderamente libres. La mejor poda es la del amor que sabe tanto cortar como dejar liberado el flujo de la vida.

Pero también la imagen de los sarmientos agarrando calor y dando un fuego que caldea fuerte el horno, evoca la vida. Ya sé que Jesús, en su mensaje, hablando de los sarmientos infecundos que son quemados, nos pone en guardia: ¡cuidado con contagiarnos esa sequedad que no sirve para nada! ¡Estamos llamados a ser fecundos!

Pero, a mí me sale pensar que, incluso de los sarmientos secos, Dios puede arrancar el fuego del amor que purifica y da vida. De la poda, de los sarmientos secos y del horno caldeado salen ese prodigio que son las empanadas caseras.

En realidad, el evangelio de este domingo apunta a esta afirmación neurálgica de Jesús: “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer” (Jn 15,5).

Es el encuentro con Jesús, su Pascua y su Evangelio lo que nos arranca de todas nuestras prisiones. Claro que no hay que ocultar que ese encuentro es verdaderamente una poda. No nos deja iguales. Suele sacudirnos hasta el fondo. Nos obliga a replantearnos todo, especialmente cómo estamos orientando nuestra vida. Es más: la hondura de la crisis a la que nos lleva Jesús es la mejor prueba de que ese encuentro ha sido verdadero. Ha sido la crisis que nos ha abierto la puerta de la salvación.

Jesús convence, decíamos domingos atrás. Hoy añadimos: convence y salva.

 

Cristo convence

WEB_3e Dimanche Paques B_20180415.jpg“La Voz de San Justo”, domingo 15 de abril de 2018

En mi estado de Whatsapp he escrito la frase: “Cristo convence”. Pertenece a un importante teólogo católico del siglo pasado: Hans Urs von Balthasar.

Intimida un poco el nombre, ¿no? Lo que no asusta es lo que dice. Todo lo contrario. Va al hueso de la experiencia cristiana. Lo que pone en marcha todo: el encuentro con Jesús resucitado que,  sin violentar conciencia ni libertad, nos conquista con su verdad. Nos convence.

Un rostro nos sale al paso, se nos desvela y, haciendo así, nos provoca. Este verbo – “provocar” – me gusta mucho. Lo uso habitualmente. Tal vez porque pone en palabras mucho de lo que vivo. Me siento, realmente, un hombre provocado, es decir, interpelado por lo que ocurre, lo que no manejo ni programo, lo que me viene de fuera.

Eso es, precisamente, lo que me ocurre con Jesús. Es cierto, su nombre y su enseñanza me acompañan desde niño. Se lo debo a muchos, en primer lugar a mis padres. Pero…

En un momento preciso de mi vida, ese nombre comenzó a desvelar una Presencia discreta, silenciosa pero real y – otra vez- provocativa. No hablo de nada extraordinario, sino de un proceso que puede ser descrito como el crecimiento lento pero firme de todo lo que vive.

El Evangelio de este domingo (Lc 24,35-48) nos habla precisamente de esto: un Viviente que toma la iniciativa de romper el silencio y darse a conocer, que irrumpe en medio de la vida de unos hombres tan concretos como asustados por lo que viven, los provoca con su presencia y los invita a reconocerlo.

Lejos de suscitar un entusiasmo emocional inmediato, el reconocimiento se vuelve lento, fatigoso y difícil. “Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer”, anota el evangelista (Lc 24,41).

Hay un gesto, sin embargo, que parece acelerar el encuentro: para ser reconocido, el Viviente mostrará las cicatrices de su pasión, las huellas que ha dejado en su humanidad el camino que ha recorrido. “Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies” (Lc 24,40). Así se corre el velo e irrumpe la verdad.

Otro gran teólogo del siglo pasado, Karl Rahner, decía que el cristiano del futuro (y pensaba en nosotros) tendrá que ser, casi por necesidad, un místico. No piensa en nada extravagante. Habla de lo que venimos diciendo: un cristiano es un hombre o una mujer que ha tenido la experiencia personal de haber sido alcanzado por Jesús y de haber sido convencido por la elocuencia de sus cicatrices.

Cristo convence porque tiene luz propia. Un cristiano es alguien que ha sido iluminado por ese misterio. Y eso es un místico: alguien que vive desde el misterio de Dios que se le ha mostrado en su Hijo Jesucristo.

Me surge ahora una pregunta. Lo siento también como una provocación. Es esta: en el modo cómo vivimos la fe en nuestras comunidades cristianas, ¿dejamos que brille y se transparente la luminosidad de Cristo?

La Iglesia no posee luz propia. Si intenta brillar por sí misma termina opacando el Evangelio. Solo puede reflejar, como la luna al sol, la luz de Jesucristo.

Para vivir la Semana Santa

Cristo roto 2Desde hace algunas semanas, cada martes, tengo una columna en el programa “Centinelas de la noche” de Radio María Argentina. El programa va de lunes a viernes, de 00:10 a 04:00 de la mañana.

Mi columna es una adaptación de la que publico cada domingo en “La Voz de San Justo”. Aquí el archivo de audio.

Creo en la vida eterna. Amén

 

Estamos concluyendo nuestras reflexiones sobre el Credo y tengo la impresión de que, para el final, quedó lo más difícil de explicar: la vida eterna.

Sin embargo, ¿es realmente difícil hablar de la vida? Mucho más para quienes creemos en Aquel que dijo: “He venido para que tengan Vida, y la tengan en abundancia…Yo les doy Vida eterna… Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 10,10.28; 11,25).

La pasión por la vida está arraigada en el corazón humano. Es su fuerza más secreta. Estamos diseñados para la vida. El incipiente debate sobre el aborto en la Argentina de hoy nos lleva, en última instancia, a ese umbral humano: la dignidad e intangibilidad de la vida humana, especialmente si frágil, inocente e indefensa.

Si abrimos la Biblia, un dato nos deja perplejos: mientras que, para el antiguo testamento, ver a Dios es morir, para Jesús, esa es la condición para la vida: “Padre… esta es la Vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo” (Jn 17,3). Para el hombre, vivir es ver a Dios. Es célebre la frase lapidaria de San Ireneo: “La gloria de Dios consiste en que el hombre viva, y la vida del hombre consiste en la visión de Dios”.

Vivir es ver y contemplar el rostro de Dios, ahora en la fe, en la bienaventuranza, cara a cara. Se trata de una metáfora para indicar la comunión con Dios que involucra al hombre todo entero, cuerpo y alma, sentidos e inteligencia. La vida eterna es la amistad con Dios que plenifica y colma de alegría al hombre.

Con esta metáfora nos adentramos en el misterio. Lo que acontece cuando el hombre cruza el umbral de la muerte, dejando atrás el espacio y el tiempo, solo puede ser barruntado desde lejos. Por eso, echamos mano de imágenes. Una de ellas es la de la visión, pero también la Biblia emplea otras: habla de fiesta, de un banquete, de una liturgia de adoración y alabanza, de justicia para los pobres.

Tal vez la experiencia humana que más nos acerque a este misterio es el encuentro entre dos personas que se aman. Entonces, parece que el tiempo se detiene. Toda la vida se concentra ahí, en ese fragmento. La nostalgia que sobreviene después es un signo de la intensidad de lo vivido, y del anhelo de que ese instante fugaz no se pierda. Esa es realmente la esencia de la vida humana.

Un famoso filósofo cristiano del siglo V llamado Boecio, intentó definir la eternidad describiéndola como la posesión total, simultánea y completa de una vida interminable. No nos compliquemos. Dejemos tranquilos a los filósofos. El orante de la Biblia lo expresa con unas palabras que nos resultan más cercanas: “Yo, Señor, por tu justicia, contemplaré tu rostro, y al despertar, me saciaré de tu presencia” (Salmo 16,15).

El rostro bendito de Dios colma la sed del creyente. Y ese rostro se nos ha manifestado en Jesucristo. Todo el Credo que hemos meditado es, de alguna manera, un despliegue de la belleza luminosa del Rostro de Jesucristo. Él es la vida. Él da la vida.

Jesucristo es la vida eterna que esperamos. El cielo es la comunión con Dios en Jesucristo. El purgatorio es el amor de Cristo que limpia purifica nuestra mirada para ese encuentro definitivo. El infierno es esa terrible posibilidad que tiene la libertad de elegir la soledad más absoluta: ningunos ojos que se crucen con los nuestros, ninguna mano que estrechar, ningún rostro que acariciar.

El Credo se cierra con un sonoro: “Amén”. El Dios amigo de la vida se ha involucrado con nuestra vida para rescatarnos de la soledad. Lo ha hecho en Jesucristo, concebido por obra del Espíritu Santo, nacido de María, muerto y resucitado. A ese misterio de amor, cada domingo, los cristianos le decimos: “Amén, creo, Señor, pero aumenta nuestra fe”.

Creo en la resurrección de la carne

Vamos llegando al final de nuestras meditaciones sobre el Credo. Y se trata de un final abierto. No se cierra la puerta, sino que queda entreabierta, invitando a mirar con ansiedad lo que hay más allá: “Creo en el Espíritu Santo…la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén”.

En realidad, ya hablar del perdón nos ponía en esa ruta de apertura. El perdón no es olvido, distracción ni desmemoria. Como aquella mujer la mañana de la resurrección, estremecida de pena que, sin embargo, busca vida en la oscuridad de la tumba. Solo las mujeres tienen esa osadía.

Sí. El perdón nos hace mirar de frente al mal, ponerle nombre y realmente entregárselo a Dios. ¿No es eso la confesión de los pecados? Al celebrar el sacramento, los vamos nombrando, uno a uno, no como quien se regodea sádicamente en su miseria, sino como quien canta una misericordia que ya ha comenzado a romper la dureza de piedra del corazón y a devolver tanta humanidad perdida.

La fe cristiana es precisamente eso: un canto de esperanza que se deja llevar por la partitura escrita por Dios. Canto nuevo anticipado por los salmos y que, en la mañana de Pascua, ha alcanzado su nota más alta y bella, entonado por Jesucristo. El Espíritu Santo es el virtuoso director que sabe sumar la voz de cada uno a ese coro que canta la vida. Y donde se canta, el futuro encuentra tierra fértil para sembrar esperanza.

El Credo nos hace cantar: “creo en la resurrección de la carne”. Ya lo dijimos, hablando de la resurrección de Jesús: la palabra “resucitar-resurrección” es la más hermosa del vocabulario cristiano. Define a Dios: solo Él puede resucitar porque es el Viviente, ama la vida y la hace triunfar en medio de la muerte. Ahora, la retomamos para darle nombre a nuestro futuro: primero Cristo, nosotros con Él también resucitaremos a vida plena.

El otro término de la confesión de fe – la “carne” – es también de una enorme densidad. En el siglo III, un escritor cristiano lo dijo con la fuerza y concisión de la lengua latina: “caro cardo salutis”, toda salvación pasa por la débil y frágil carne humana. Por eso, la Iglesia confiesa: “…creemos en Dios que es el Creador de la carne; creemos en el Verbo hecho carne; creemos en la resurrección de la carne, perfección de la creación y de la redención de la carne” (Compendio del Catecismo 202).

En el lenguaje de la Biblia, la palabra “carne” designa al hombre en su condición de debilidad. Esa es la humanidad frágil y vulnerable que Dios ama y que ha hecho suya en Jesucristo, nacido de María. Esa es la humanidad que Dios quiere junto a sí, para compartir con ella su plenitud de vida. Esa condición humana está destinada a la vida plena en la resurrección: no solo el alma, sino también el cuerpo. Nada de lo bueno, noble y bello que hay en el hombre se va a perder. Dios no sabe de descarte. Todo lo genuinamente humano será recogido por el Dios que resucita los muertos. Nada de todo lo que la historia humana conoce de auténtica humanidad se va a echar al olvido. Todo el bien realizado, mucho más si oculto y discreto, encontrará su lugar en la resurrección de la carne.

Si la muerte supone una ruptura – separación del alma y del cuerpo, decían los antiguos – la resurrección es la salvación del hombre entero, alma y cuerpo.