Cristo convence

WEB_3e Dimanche Paques B_20180415.jpg“La Voz de San Justo”, domingo 15 de abril de 2018

En mi estado de Whatsapp he escrito la frase: “Cristo convence”. Pertenece a un importante teólogo católico del siglo pasado: Hans Urs von Balthasar.

Intimida un poco el nombre, ¿no? Lo que no asusta es lo que dice. Todo lo contrario. Va al hueso de la experiencia cristiana. Lo que pone en marcha todo: el encuentro con Jesús resucitado que,  sin violentar conciencia ni libertad, nos conquista con su verdad. Nos convence.

Un rostro nos sale al paso, se nos desvela y, haciendo así, nos provoca. Este verbo – “provocar” – me gusta mucho. Lo uso habitualmente. Tal vez porque pone en palabras mucho de lo que vivo. Me siento, realmente, un hombre provocado, es decir, interpelado por lo que ocurre, lo que no manejo ni programo, lo que me viene de fuera.

Eso es, precisamente, lo que me ocurre con Jesús. Es cierto, su nombre y su enseñanza me acompañan desde niño. Se lo debo a muchos, en primer lugar a mis padres. Pero…

En un momento preciso de mi vida, ese nombre comenzó a desvelar una Presencia discreta, silenciosa pero real y – otra vez- provocativa. No hablo de nada extraordinario, sino de un proceso que puede ser descrito como el crecimiento lento pero firme de todo lo que vive.

El Evangelio de este domingo (Lc 24,35-48) nos habla precisamente de esto: un Viviente que toma la iniciativa de romper el silencio y darse a conocer, que irrumpe en medio de la vida de unos hombres tan concretos como asustados por lo que viven, los provoca con su presencia y los invita a reconocerlo.

Lejos de suscitar un entusiasmo emocional inmediato, el reconocimiento se vuelve lento, fatigoso y difícil. “Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer”, anota el evangelista (Lc 24,41).

Hay un gesto, sin embargo, que parece acelerar el encuentro: para ser reconocido, el Viviente mostrará las cicatrices de su pasión, las huellas que ha dejado en su humanidad el camino que ha recorrido. “Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies” (Lc 24,40). Así se corre el velo e irrumpe la verdad.

Otro gran teólogo del siglo pasado, Karl Rahner, decía que el cristiano del futuro (y pensaba en nosotros) tendrá que ser, casi por necesidad, un místico. No piensa en nada extravagante. Habla de lo que venimos diciendo: un cristiano es un hombre o una mujer que ha tenido la experiencia personal de haber sido alcanzado por Jesús y de haber sido convencido por la elocuencia de sus cicatrices.

Cristo convence porque tiene luz propia. Un cristiano es alguien que ha sido iluminado por ese misterio. Y eso es un místico: alguien que vive desde el misterio de Dios que se le ha mostrado en su Hijo Jesucristo.

Me surge ahora una pregunta. Lo siento también como una provocación. Es esta: en el modo cómo vivimos la fe en nuestras comunidades cristianas, ¿dejamos que brille y se transparente la luminosidad de Cristo?

La Iglesia no posee luz propia. Si intenta brillar por sí misma termina opacando el Evangelio. Solo puede reflejar, como la luna al sol, la luz de Jesucristo.

Para vivir la Semana Santa

Cristo roto 2Desde hace algunas semanas, cada martes, tengo una columna en el programa “Centinelas de la noche” de Radio María Argentina. El programa va de lunes a viernes, de 00:10 a 04:00 de la mañana.

Mi columna es una adaptación de la que publico cada domingo en “La Voz de San Justo”. Aquí el archivo de audio.

Creo en la vida eterna. Amén

 

Estamos concluyendo nuestras reflexiones sobre el Credo y tengo la impresión de que, para el final, quedó lo más difícil de explicar: la vida eterna.

Sin embargo, ¿es realmente difícil hablar de la vida? Mucho más para quienes creemos en Aquel que dijo: “He venido para que tengan Vida, y la tengan en abundancia…Yo les doy Vida eterna… Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 10,10.28; 11,25).

La pasión por la vida está arraigada en el corazón humano. Es su fuerza más secreta. Estamos diseñados para la vida. El incipiente debate sobre el aborto en la Argentina de hoy nos lleva, en última instancia, a ese umbral humano: la dignidad e intangibilidad de la vida humana, especialmente si frágil, inocente e indefensa.

Si abrimos la Biblia, un dato nos deja perplejos: mientras que, para el antiguo testamento, ver a Dios es morir, para Jesús, esa es la condición para la vida: “Padre… esta es la Vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo” (Jn 17,3). Para el hombre, vivir es ver a Dios. Es célebre la frase lapidaria de San Ireneo: “La gloria de Dios consiste en que el hombre viva, y la vida del hombre consiste en la visión de Dios”.

Vivir es ver y contemplar el rostro de Dios, ahora en la fe, en la bienaventuranza, cara a cara. Se trata de una metáfora para indicar la comunión con Dios que involucra al hombre todo entero, cuerpo y alma, sentidos e inteligencia. La vida eterna es la amistad con Dios que plenifica y colma de alegría al hombre.

Con esta metáfora nos adentramos en el misterio. Lo que acontece cuando el hombre cruza el umbral de la muerte, dejando atrás el espacio y el tiempo, solo puede ser barruntado desde lejos. Por eso, echamos mano de imágenes. Una de ellas es la de la visión, pero también la Biblia emplea otras: habla de fiesta, de un banquete, de una liturgia de adoración y alabanza, de justicia para los pobres.

Tal vez la experiencia humana que más nos acerque a este misterio es el encuentro entre dos personas que se aman. Entonces, parece que el tiempo se detiene. Toda la vida se concentra ahí, en ese fragmento. La nostalgia que sobreviene después es un signo de la intensidad de lo vivido, y del anhelo de que ese instante fugaz no se pierda. Esa es realmente la esencia de la vida humana.

Un famoso filósofo cristiano del siglo V llamado Boecio, intentó definir la eternidad describiéndola como la posesión total, simultánea y completa de una vida interminable. No nos compliquemos. Dejemos tranquilos a los filósofos. El orante de la Biblia lo expresa con unas palabras que nos resultan más cercanas: “Yo, Señor, por tu justicia, contemplaré tu rostro, y al despertar, me saciaré de tu presencia” (Salmo 16,15).

El rostro bendito de Dios colma la sed del creyente. Y ese rostro se nos ha manifestado en Jesucristo. Todo el Credo que hemos meditado es, de alguna manera, un despliegue de la belleza luminosa del Rostro de Jesucristo. Él es la vida. Él da la vida.

Jesucristo es la vida eterna que esperamos. El cielo es la comunión con Dios en Jesucristo. El purgatorio es el amor de Cristo que limpia purifica nuestra mirada para ese encuentro definitivo. El infierno es esa terrible posibilidad que tiene la libertad de elegir la soledad más absoluta: ningunos ojos que se crucen con los nuestros, ninguna mano que estrechar, ningún rostro que acariciar.

El Credo se cierra con un sonoro: “Amén”. El Dios amigo de la vida se ha involucrado con nuestra vida para rescatarnos de la soledad. Lo ha hecho en Jesucristo, concebido por obra del Espíritu Santo, nacido de María, muerto y resucitado. A ese misterio de amor, cada domingo, los cristianos le decimos: “Amén, creo, Señor, pero aumenta nuestra fe”.

Creo en la resurrección de la carne

Vamos llegando al final de nuestras meditaciones sobre el Credo. Y se trata de un final abierto. No se cierra la puerta, sino que queda entreabierta, invitando a mirar con ansiedad lo que hay más allá: “Creo en el Espíritu Santo…la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén”.

En realidad, ya hablar del perdón nos ponía en esa ruta de apertura. El perdón no es olvido, distracción ni desmemoria. Como aquella mujer la mañana de la resurrección, estremecida de pena que, sin embargo, busca vida en la oscuridad de la tumba. Solo las mujeres tienen esa osadía.

Sí. El perdón nos hace mirar de frente al mal, ponerle nombre y realmente entregárselo a Dios. ¿No es eso la confesión de los pecados? Al celebrar el sacramento, los vamos nombrando, uno a uno, no como quien se regodea sádicamente en su miseria, sino como quien canta una misericordia que ya ha comenzado a romper la dureza de piedra del corazón y a devolver tanta humanidad perdida.

La fe cristiana es precisamente eso: un canto de esperanza que se deja llevar por la partitura escrita por Dios. Canto nuevo anticipado por los salmos y que, en la mañana de Pascua, ha alcanzado su nota más alta y bella, entonado por Jesucristo. El Espíritu Santo es el virtuoso director que sabe sumar la voz de cada uno a ese coro que canta la vida. Y donde se canta, el futuro encuentra tierra fértil para sembrar esperanza.

El Credo nos hace cantar: “creo en la resurrección de la carne”. Ya lo dijimos, hablando de la resurrección de Jesús: la palabra “resucitar-resurrección” es la más hermosa del vocabulario cristiano. Define a Dios: solo Él puede resucitar porque es el Viviente, ama la vida y la hace triunfar en medio de la muerte. Ahora, la retomamos para darle nombre a nuestro futuro: primero Cristo, nosotros con Él también resucitaremos a vida plena.

El otro término de la confesión de fe – la “carne” – es también de una enorme densidad. En el siglo III, un escritor cristiano lo dijo con la fuerza y concisión de la lengua latina: “caro cardo salutis”, toda salvación pasa por la débil y frágil carne humana. Por eso, la Iglesia confiesa: “…creemos en Dios que es el Creador de la carne; creemos en el Verbo hecho carne; creemos en la resurrección de la carne, perfección de la creación y de la redención de la carne” (Compendio del Catecismo 202).

En el lenguaje de la Biblia, la palabra “carne” designa al hombre en su condición de debilidad. Esa es la humanidad frágil y vulnerable que Dios ama y que ha hecho suya en Jesucristo, nacido de María. Esa es la humanidad que Dios quiere junto a sí, para compartir con ella su plenitud de vida. Esa condición humana está destinada a la vida plena en la resurrección: no solo el alma, sino también el cuerpo. Nada de lo bueno, noble y bello que hay en el hombre se va a perder. Dios no sabe de descarte. Todo lo genuinamente humano será recogido por el Dios que resucita los muertos. Nada de todo lo que la historia humana conoce de auténtica humanidad se va a echar al olvido. Todo el bien realizado, mucho más si oculto y discreto, encontrará su lugar en la resurrección de la carne.

Si la muerte supone una ruptura – separación del alma y del cuerpo, decían los antiguos – la resurrección es la salvación del hombre entero, alma y cuerpo.

Creo en el perdón

Unas líneas más sobre el perdón de los pecados.

La Cuaresma que acabamos de iniciar nos ofrece un buen contexto para volver sobre este tema. Estos cuarenta días son, en definitiva, un símbolo de nuestra vida: un camino donde nos fatigamos, incluso nos desorientamos, pero siempre retomamos la marcha hacia su meta. Y, de ese caminar, forma parte la experiencia del perdón.

¿Podríamos vivir sin el perdón? Ya el Padrenuestro ubica la súplica “perdónanos como perdonamos”, inmediatamente después de aquella: “danos hoy nuestro pan de cada día”. No. Sin pan y sin perdón no sobrevivimos. Uno y otro nos son imprescindibles para la vida. Ambos, a su manera, son alimento para vivir.

No podemos vivir sin perdonarnos. Y el perdón en todas sus formas: el siempre esquivo perdón a nosotros mismos, a nuestra fragilidad y malicia. El perdón que es también reconocer que otros, a quienes he ofendido, puedan tenderme la mano con desinterés. El perdón que se ruega con lágrimas, porque brota de un arrepentimiento genuino, aunque siempre difícil de calibrar en su real pureza. También el perdón ofrecido gratuitamente al otro, aún sin que lo pida o dé alguna señal de arrepentimiento. Dado así, sin más.

Ninguna ley puede exigir el perdón que se suplica, se ofrece o se recibe. No se pueden decretar ni perdones ni reconciliaciones. No tiene esa lógica. Como expresión del amor, el perdón es un gesto exquisitamente personal que solo puede surgir como un acto libre y gratuito. Pero tampoco nadie puede impedir, ni censurar a quien, por el perdón, le dice al otro: sos más grande que tus actos, no estás perdido definitivamente; para vos y para mí hay todavía una posibilidad y, con toda la imperfección de mi obrar, yo me arriesgo a recorrer ese camino. Ese dinamismo humanizador del perdón es un tesoro inestimable. Solo el ser humano puede vivirlo y, así, mostrar la verdadera estatura de la condición humana. Cuando se da, especialmente en las situaciones más oscuras, rompe el círculo vicioso de la violencia que mata cuerpos y almas, y abre la puerta a lo realmente nuevo.

Aquel “perdónanos, Padre, como nosotros perdonamos” busca que hagamos la experiencia humana de perdonarnos los que nos hemos ofendido, para que descubramos que los hombres saboreamos el pan del perdón porque Dios nos lo ha ofrecido en abundancia, gratuitamente y sin que hayamos hecho nada para conseguirlo. Es el amor primero de Dios que se ha manifestado en Jesucristo. Él es, como decíamos el domingo pasado, el Perdón de Dios en persona.

La historia de la humanidad está entretejida de perdones. ¿Quién podrá llevar su cuenta o desdeñar su importancia? Jesús protagonizó algunos de los más célebres. Se me ocurre evocar aquellas palabras que logró pronunciar en la cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). ¿Es necesario recordar su inocencia y lo injusto de su condena?

Sus discípulos no podemos desentendernos de esas palabras. No son nuestra propiedad, sino que ellas nos poseen y nos regeneran. Expresan el perdón que nace del corazón de Dios y, precisamente en esa hora dramática, ha redimido al mundo, esperando que cada ser humana las haga suyas por la fe y el sacramento.

Esta palabra del perdón nos ha sido confiada para entregarla con generosidad. La Iglesia es memoria viviente de ese perdón ofrecido con gratuidad a todos. Por eso, nos sentimos llamados a ofrecerla a la libertad de quien quiera recibirla en su propia vida. Esa palabra nos ha alcanza en el bautismo y siempre nos espera en el sacramento de la reconciliación.

La Cuaresma de María

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¿Puede ser María modelo de la Iglesia penitente que camina la Cuaresma?

Sí. A no dudarlo.

Tengámoslo bien presente en este Año Mariano Diocesano que estamos transitando.

Los discípulos de Jesús hacemos penitencia: oramos, ayunamos y compartimos con los más pobres; intentamos sobrellevar con paciencia las pruebas que nos trae la vida; ayudamos a nuestros hermanos a llevar sus cargas, incluso olvidándonos de las nuestras; tratamos de no desanimarnos por nuestras miserias y pecados, levantándonos cada día de nuestras caídas; afrontamos el dolor, la enfermedad y la muerte.

Y lo hacemos movidos por aquel amor del que dijo Pablo que nada ni nadie podrá jamás separarnos: el amor de Cristo.

Somos un pueblo penitente, que llora sus pecados y los pecados del mundo entero.

Así caminamos la fe. Peregrinamos la fe y caminamos la paciencia que nace de la esperanza.

A María, sin pecado concebida, no le fueron ahorradas pruebas, sinsabores, dudas ni dolores, sufrimientos ni penas.

“Y a ti misma una espada te atravesará el alma”, le profetizó el anciano en el templo.

Releamos las páginas del evangelio en las que está presente, de la Anunciación a Pentecostés:

  • gozo, incertidumbre y entrega ante el anuncio del ángel;
  • un embarazo sorpresivo y un parto luminoso en la pobreza y abandono;
  • urgencia solidaria y misionera al saber de Isabel y su embarazo;
  • huida intempestiva a un país extraño, con la incertidumbre solo atemperada por una inquebrantable confianza en el Dios de las promesas;
  • búsqueda, desconcierto y contemplación ante un hijo que no pregunta, sino que afirma que lo suyo es estar en las cosas del Padre;
  • un hijo que la vuelve a desconcertar hablándole de una hora que todavía no llega pero que se adelanta en Caná, en una boda que preanuncia otra alianza sellada en el vino de su Sangre;
  • ese hijo que parece desconocerla y alejarla de sí porque parece sobreponer los vínculos de la fe a los vínculos de la carne;
  • la prueba suprema de la cruz, del silencio cargado del sábado santo y de la presencia furtiva de la pascua.

Son solo algunas indicaciones del camino cuaresmal de María que – como nos ocurre a nosotros, discípulos e Iglesia de su Hijo – duró toda su vida. Y que vivió con una hondura y sensibilidad espiritual infinitamente más intensa que nuestra superficialidad, secularizada y banal.

Claro que ella inspira nuestro propio peregrinar en la fe.

Y no solo lo inspira. Lo sostiene con su oración.

A ella nos confiamos, caminando hacia la Pascua.

Nunca mejor que en Cuaresma aquel: “¡Ven con nosotros a caminar, Santa María ven!”.

En realidad, sabemos que esta súplica es un poco retórica: ella camina realmente con nosotros.

Es nuestra experiencia como pueblo de Dios.

Es lo que vivimos cuando peregrinamos a su Santuario.

Creo en el perdón de los pecados

“La Voz de San Justo”, domingo 18 de febrero de 2018

¿Pecado? ¿En serio? ¿No es algo ya superado? ¿Por qué la Iglesia sigue con eso de la culpa? Somos adultos: ¡dejen de meternos miedo con esas cosas! Hay que liberarse de todo eso.

Son cosas que se leen, se escuchan o, ¿por qué no?, también se piensan. No hay que tener temor a ninguna pregunta. Dios nos hizo inquietos. Jesús mismo, en la cruz, rezó con el salmo 21: “¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?”. ¿A quién, sino a Dios, dirigir nuestras preguntas más lacerantes?

Cuando el Credo confiesa la fe en el perdón de los pecados habla del bautismo. Y lo hace en el contexto de la confesión de fe en el Espíritu Santo; y hablando además de la Iglesia, comunidad de pecadores perdonados, llamados a ser obreros de reconciliación.

Hablar de “pecado” es mirar la vida y los actos del hombre desde Dios y en referencia a Él. Es un concepto religioso. Hace foco en esa herida interior que curva al hombre sobre sí mismo y corroe sus vínculos vitales (Dios, los demás, la creación, él mismo), volviéndolo extraño, solitario, errante.

Uno de los vocablos bíblicos para hablar del pecado indica precisamente una flecha que no da en el blanco. Esa es la experiencia del pecado: haber errado acumulando decisiones que arruinan la propia vida y la de los otros. Claro, no todo error es pecado. Este se da cuando conscientemente elegimos un acto que nos separa de nuestro fin último que es Dios. Una tras otra, estas elecciones erradas van desfigurando la imagen de Dios que somos y empiezan a repercutir en todo nuestro entorno, incluso en la misma creación.

Cuando la fe cristiana confiesa: “Creo en el Espíritu Santo… y el perdón de los pecados” se posiciona vigorosamente frente al problema del mal. El perdón que Dios ofrece a los hombres es la persona misma de Jesús. Él es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y trae la paz, como recitamos en cada Misa. Ese perdón entra en la historia de cada ser humano por el Espíritu. No por un acto mágico ni morboso de exculpación. Lo anuncia la palabra, lo recibe la fe y lo expresa visiblemente el sacramento.

Jesús es Dios hecho hombre, que inaugura una nueva posibilidad de ser persona. Su resurrección expresa que una nueva humanidad surge, por el poder vivificante de Dios, de entre las ruinas de la muerte. Si el pecado aísla y pierde la vida, Cristo sana nuestra libertad y nos ayuda a rehacer nuestros vínculos. Esa experiencia de humanidad renovada y reconciliada es la que hace posible el Espíritu que nos es dado en el bautismo y que, con paciencia de orfebre, nos va configurando con Cristo, el hombre nuevo.

Ser bautizado en el agua y en el Espíritu significa dejarse alcanzar y redimir por la gracia de Dios que ha puesto un límite al mal. Toda la vida de Jesús, tal como la narran los evangelios, es un ponerse del lado de los más débiles, de los que siempre pierden, de los que tiene sus vidas heridas. Lo será, sobre todo, su pasión: entregará la vida “para el perdón de los pecados”. Es amor que expía el pecado, porque lleva el amor de Dios al corazón del drama humano.

Es posible que los predicadores de la Iglesia, en demasiadas ocasiones, hayamos arruinado con nuestras torpezas el anuncio de Jesús. Pero basta asomarse, por ejemplo, a una serie de Netflix para ver hasta qué punto las heridas del corazón humano siguen buscando, a veces hasta la desesperación, lo que confiesa la fe: “creo en el perdón, tengo esperanza, tengo futuro. Amén”.

Cuaresma 2018

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Este miércoles iniciamos la Cuaresma.

Y lo hacemos con el signo de las cenizas sobre nuestras cabezas. Lo normal: una pequeña cruz dibujada sobre la frente.

Dos frases pueden acompañar el rito de la imposición de las cenizas: “Recuerda que eres polvo, y al polvo volverás”; y: “Conviértete y cree en el Evangelio”.

Sí: somos polvo. La fragilidad es nuestra condición, como la de todo lo humano.

Pero es una fragilidad abrazada por Dios en la cruz de Jesucristo.

Ese abrazo de amor es el Evangelio al que hay convertirse y en el que hay que creer, hasta entregarle confiadamente toda nuestra vida.

¡Estamos caminando hacia la vida!

¡Caminamos desde la fragilidad hacia el abrazo de amor del Padre!

¡Démonos la mano para caminar como pueblo!

¡Estemos dispuestos también nosotros a abrazar la fragilidad de nuestros hermanos cansados, desilusionados, tristes!

¡Caminamos hacia la Pascua!

Hace 5 años, renunciaba Benedicto XVI

 

Lo que sigue es lo que escribí apenas me enteré de la renuncia de Benedicto XVI. Era todavía obispo auxiliar de Mendoza. No me acordaba de estas líneas. Ni siquiera tienen título. Puse el del archivo de Word.

Las vuelvo a publicar como un testimonio de aquellos hechos que, todavía hoy, merecen ser repasados en el corazón iluminado por la fe. 

Dimisión de Benedicto XVI

Al concluir la Misa de 08:00 en el Santuario de El Challao, el P. Raúl Marianetti me dio la noticia del anuncio de la dimisión del Papa.

Como todos, quedé fuertemente impresionado. En realidad, sorprendido y, aún antes de leer las palabras del Santo Padre, interiormente edificado. Eso es poco: en realidad, admirado.

Estamos en presencia de un acto de verdadera grandeza, según la medida del Evangelio.

Benedicto XVI nos ha edificado con este gesto que lo muestra, una vez más, en toda su talla humana y espiritual.

Seguramente escucharemos muchas voces, interpretaciones y valoraciones. Mientras bajaba del Santuario venía escuchando algunas interpretaciones hechas al calor de los acontecimientos. Obviamente, todos los lugares comunes que ya conocemos.

Al llegar al Arzobispado me encontré con Franzini, y al subir a mi casa con Arancibia. Los tres coincidimos en los dos términos que ya he expresado: sorpresa y admiración.

Ahora, a orar. Por Benedicto XVI, dando gracias por un pontificado enorme. Por la Iglesia, a la que nunca le faltarán los buenos pastores ni la asistencia del Espíritu. Por el futuro Papa, para que sea discípulo fiel de Jesús como sus antecesores.

No es un dato menor que este hecho histórico haya tenido lugar en la memoria de Nuestra Señora de Lourdes.

El Evangelio de hoy es aquel de la Bodas de Caná, en el que María nos dice: “Hagan todo lo que Jesús les diga”.

Benedicto XVI ha sido fiel y obediente a la palabra de su Señor.

La comunión de los santos

En el vocabulario cristiano, la palabra “comunión” posee una riqueza de significados difícil de sintetizar. No obstante, intentemos desentrañar su significado esencial.

El domingo pasado recordábamos que la principal manifestación de la Iglesia se da cuando la comunidad se reúne en torno al altar para celebrar la Eucaristía. Esa imagen nos va a ayudar ahora a comprender el sentido de la palabra “comunión”. Lo explica así San Pablo: “La copa de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan” (1Co 10,16-17).

Antes que una moral que cumplir o una serie de ideas que comprender, la experiencia cristiana es comunión con el Padre, por medio de Jesucristo, en el Espíritu Santo. Nace de la escucha de la Palabra de Dios, se realiza por la fe y se expresa en la santa Eucaristía. Por eso, una de las descripciones más antiguas de las primeras comunidades cristianas dice así: “Todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común (comunión), en la fracción del pan y en las oraciones.” (Hch 2,42).

La expresión “comunión de los santos”, en el Credo, sigue a la confesión de fe en la santa Iglesia católica. Es como una variación del mismo tema. Indica la fuente de la que mana y de la que se nutre la comunidad cristiana. Nos ayuda a comprender de qué vive la Iglesia, cuál es la fuerza que reúne a los cristianos y los impulsa a ser “Iglesia en salida”, como dice el Papa Francisco, para caracterizar a la Iglesia que es misionera por su propia naturaleza.

La referencia a “los santos” tiene un doble significado. Ante todo, es comunión en las “realidades santas”: la Palabra, el Espíritu, los sacramentos, el amor de Dios y a los pobres. Y, en segundo lugar, es comunión de aquellos que han sido santificados por el Espíritu. Por eso, algunas liturgias orientales, cuando llega el momento de las ofrendas tienen esta invitación: “Sancta sanctis” (las cosas santas a los santos”). Los bautizados (los santos) compartimos unos mismos bienes espirituales (las cosas santas) que fundamentan nuestra comunión también en todos los planos de la vida: compartimos carismas, talentos, tiempo y bienes materiales. La Iglesia es, así, una comunión de bienes que se comunican y expanden.

En este contexto, la expresión sirve para comprender también los llamados “tres estados de la Iglesia”: la Iglesia que celebra en el cielo la comunión con Dios (los ángeles, María y los santos); la Iglesia peregrina y misionera que camina la fe en la tierra; la Iglesia de los que han muerto “bajo el signo de la fe” y son purificados por el amor de Cristo para entrar en la comunión eterna. La Iglesia es comunión porque unos por otros, vivos y difuntos, santos y peregrinos, estamos unidos en el Cuerpo de Cristo. Los santos interceden por nosotros, y nosotros encomendamos a nuestros difuntos a la misericordia de Dios.

La cultura dominante parece haber erigido, como dogma central, una especie de individualismo libertario. Al yo individual y a sus deseos se sacrifica y se subordina todo. ¿Su resultado? La soledad, el aburrimiento y el sinsentido. El humanismo cristiano va en la dirección contraria: la persona humana es apertura al otro, comunión, diálogo y vínculo. Solo así logra ser ella misma.

Claro, viene del Dios amor. En la Trinidad, las personas son dándose.