Anunciamos a Cristo

Amigos y hermanos cristianos, católicos o no católicos:

Porque somos discípulos de Cristo no podemos desentendernos del bien común de la sociedad de la que somos parte y a la que amamos.

No nos resulta indiferente la suerte de los pobres, los descartados y vulnerables. Son sacramento de Cristo…

Por eso, descenderemos al ruedo del debate público, todas las veces que sea necesario. Haremos oír nuestra voz con claridad, con caridad y mansedumbre. Toda causa justa y noble nos puede contar de su parte.

Engendrados por la Palabra que se hizo hombre, siempre estaremos del lado del diálogo y la búsqueda compartida de la verdad, tenga ésta el rostro que sea.

Como Jesús,nuestro Maestro, a las injurias e insultos responderemos con la voluntad férrea de permanecer amigos y hermanos.

Pero, si se legislan leyes injustas, contrarias a la dignidad humana y al sueño del Creador, incluso con la aprobación de las mayorías, no dejaremos de anunciar a Cristo, de gritar su Evangelio, de ofrecer a todos su luminoso proyecto de humanidad.

Esa es y será siempre la misión fundamental de la Iglesia: con el testimonio de vida y la humildad de la palabra anunciar el Evangelio para que se despierte la fe que obra por el amor.

El Evangelio viene del corazón del Padre, tiene el rostro bello de Jesucristo y el perfume del Espíritu Santo.

Su destinatario es preciso y precioso: la sed de verdad, de bondad y de belleza que está en el alma de todo ser humano. Sed de Dios al que siempre busca, aunque sea por senderos equivocados.

Cristo convence.
Su verdad es siempre actual.

Cuaresma: una caminata

Mi columna para el programa: “Palabras del Reino” de FM Estación 102,5

La Cuaresma es un tiempo fuerte: cuarenta días para vivir la Pascua.

Pero es también un camino, un peregrinaje, una caminata…

Y, si de caminata hablamos, aprestémonos a hacerla como Dios manda.

Ropa ligera, zapatillas cómodas, tal vez una gorrita para defendernos del sol, una botella de agua natural para vigorizar nuestra marcha.

Y, por favor, no te pongás auriculares.

Te obligan a caminar o a trotar curvado sobre vos mismo, encerrado en vos mismo.

No. Tenés que caminar de otra manera. Al menos, la Cuaresma se camina de otra forma: como lo hizo Jesús, empujado por el Espíritu, yendo directo al desierto, a la prueba, a la vida que se ofrece si se la encara con valentía y entusiasmo…

Caminá la Cuaresma con tu cuerpo, tu rostro y todos tus sentidos bien abiertos, de cara a la acción del aire que purifica.

Que te entre la vid por los poros.

Que la vida que germina y crece vigorosa, bella y exuberante, y crece por todos lados se nos meta por todos los poros del cuerpo.

Si caminás así la Cuaresma, vas a probar uno de sus frutos más hermosos: la alegría.

Sí, la alegría.

Por que Cuaresma no es un tiempo triste, sombrío o apesadumbrado. No es gris.

Gris es el mundo con sus seducciones…

La Iglesia camina la Cuaresma animada por la luz pascual que ya despunta en el horizonte.

¿No lo estás viendo?

¡Cristo resucitó y vive!

¡El amor de Dios, que Jesús ha derramado en su Pascua, es la fuerza más poderosa que mueve el mundo!

¡La muerte ha sido vencida!

¡El pecado no tiene la última palabra en tu vida ni en la vida de nadie!

La alegría de la Cuaresma es la propia de los caminantes: es la de saber que tenemos una meta, que nos impulsa una fuerza maravillosa: el amor de Dios, su compasión y su perdón.

Caminamos como pecadores perdonados, porque Dios nos hace transitar la conversión del corazón, para que, rota la dureza del egoísmo, dejemos libre curso en nuestras vidas a la libertad del Espíritu.

Caminamos la Cuaresma para seguir creciendo como hijos e hijas amados del Padre.

Así caminó Jesús.

Así nos impulsa a caminar el Espíritu.

Y, como yapa: no caminás solo.

Te lo vuelvo a decir: ¡no estás solo en esta caminata! Como no estás solo en la vida…

Yo también camino con vos… y con tantos otros, hermanos y hermanas…

Y caminamos, corremos o, en ocasiones hasta nos arrastramos un poco, cantando de alegría, porque tenemos esperanza.

Nos ha sido regalada gratuita e incondicionalmente.

Así caminan los pobres: los pobres de espíritu, los humildes, ricos con la riqueza de Dios.

Y camina con nosotros María… ¡Esa compañía no tiene precio!

Y los santos.

Dale, echá mano de tus zapatillas.

Pongámonos a caminar.

El otro viaje de Abrahám

“La Voz de San Justo”, domingo 1º de marzo de 2020

“Entonces hubo hambre en aquella región, y Abram bajó a Egipto para establecerse allí por un tiempo, porque el hambre acosaba al país.” (Gn 12, 10).

Bella metáfora la del camino. Camino es la vida. Como la fe. Peregrinamos sostenidos por una promesa. Si ella se desvanece, nuestras fuerzas, siempre al límite, menguan hasta dejarnos inermes.

Abrahám es un peregrino, con una meta precisa: tierra y descendencia, prometidas por Dios. Su vida se confunde con su fe. Porque, en la experiencia del Dios de la Biblia, creer, vivir y caminar son intercambiables.

Una palabra irrumpe, inesperada, en la sedentaria vida de Abrahám. Lo vuelve caminante. Es una orden perentoria. La pronuncia el Dios amigo que se hace también compañero de camino. De paso, añadamos: como la fe y la vida, la amistad es también una peregrinación…

La cita con que abrimos esta columna nos habla de otro viaje de Abrahám. No el de la fe, sino el de la desconfianza. Apenas diez versículos. Contienen una bella enseñanza sobre la fe como camino.

El punto de partida es una aguda experiencia humana: hambre y lo que desata en el corazón. La promesa comienza a estar en crisis. En el horizonte aparece la riqueza opulenta de Egipto. Allí sí que hay posibilidad de ser colmados. Abrahám entonces se desvía del camino trazado por Dios.

Comienzan entonces los problemas. Abrahám está casado con una hermosa mujer. ¿Y si los egipcios posan sus ojos en ella? Seguramente matarán a Abrahám para quedarse con la bella. Y, en medio del camino desviado, un ingenioso artilugio: “Por favor, di que eres mi hermana. Así yo seré bien tratado en atención a ti, y gracias a ti, salvaré mi vida” (Gn 12, 13).

Por supuesto, al principio, todo parece ir sobre rieles: los egipcios toman a la “hermana” de Abrahám y, en recompensa, lo colman de bienes. Pero, como decían nuestras abuelas: la mentira tiene patas cortas. “Pero el Señor infligió grandes males al Faraón y su gente, por causa de Sarai, la esposa de Abrahám” (Gn 12, 17). Al enojo del faraón sigue la expulsión de Abrahám. Un modo poco elegante, pero efectivo de retornar al sendero.

Una vez más, Dios interviene y es el que realmente salva a su amigo, más allá de todo cálculo.

Este primer domingo de Cuaresma, nuevamente el hambre protagoniza una historia bíblica. Jesús, en el desierto, comienza a sentir los efectos de sus cuarenta días de ayuno. El tentador aprovecha la debilidad. Pero Jesús hará lo que Abrahám tuvo que aprender a vivir. Al tentador que lo invita a convertir piedras en panes, Jesús responde, citando la misma Escritura: “El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4, 4 y Dt 8, 3).

La fe siempre crece en la prueba. Es un camino siempre bajo acecho. ¿Debilidad o fortaleza? La Biblia nos enseña a ir hasta el fondo de la prueba, porque precisamente allí, Dios nos espera.

Tenemos que seguir rumiando esta desconcertante (y fascinante) experiencia espiritual.

Abrahám: el caminante que vive de una promesa

“La Voz de San Justo”, domingo 23 de febrero de 2020

El relato de Babel nos ha dejado un sabor amargo: los hombres ¿estamos condenados a no entendernos? ¿Es nuestro destino la dispersión, amargados y solitarios? Al parecer, la única forma de encuentro es el conflicto, y este hasta la muerte. O unos u otros.

Pero, ya lo dijimos: la puerta a la esperanza está abierta. Y será el mismo Dios el que trasponga su umbral y dé inicio a una historia nueva. Y lo hace con Abram, a quién llamará: Abrahám. Ese cambio de nombre (como tantos otros en la Biblia) es una buena señal de hacia dónde va la historia.

Con la de Abram/Abrahám comienza la historia de eso que llamamos fe. ¿Cómo describirla? Si en esta semana tenemos tiempo y ganas (sobre todo, ganas), busquemos en el libro del Génesis el ciclo de Abrahám: Gn 12-25, 18.

Gn 12, 1-4: “La vocación de Abram”

“Abram partió, como el Señor se lo había ordenado…” (Gn 12, 4).

La fe nace de una palabra que llega, de repente, trastoca todo lo que hasta ese momento da certeza y seguridad. En este caso, a un hombre anciano, sin descendencia.

Es además una orden perentoria con una promesa incierta: “Deja tu tierra natal y la casa de tu padre, y ve al país que yo te mostraré. Yo haré de ti una gran nación y te bendeciré; engrandeceré tu nombre y serás una bendición.” (Gn 12, 1-2).

Lo decisivo no es la promesa -inmensa, por cierto- sino quien la realiza: el Dios vivo que, a partir de ahora, será el Dios de las promesas. Entregarse a Él, confiándole todo y dejándolo todo, es el núcleo ardiente de esa actitud que ha de confundirse con la misma vida.

La fe es una vida que se asume como riesgo en el mismo instante en que se renuncia a ser dueño de ella, pues se le confían las riendas de la propia existencia a Aquel al que se lo reconoce como Señor.

La fe, a la medida de Abram, es dejar a Dios ser Dios en la propia vida. De ahí que, cuando una persona comienza a comprender lo que realmente significa “creer”, un vértigo cercano al pavor es una experiencia irrefrenable.

Pero, precisamente, si en estas circunstancias, el aprendiz de creyente se confía a la palabra que recibe y, como Abram, se pone a caminar, comienza a comprobar que esa promesa es lo más valioso de su vida. Y que posee una fuerza inaudita para vencer todos los miedos que abruman al corazón humano. El que cree, como Abram, resucita a la vida.

Los creyentes de todos los tiempos -judíos, cristianos y hasta musulmanes- nos reconocemos deudores de Abrahám, el padre de todos los creyentes. Su fe sigue moldeando la nuestra e inspirando su camino.

Si queremos comprender nuestra fe tendremos que seguir hablando de Abram.

Babel

“La Voz de San Justo”, domingo 16 de febrero de 2020

“Después dijeron: «Edifiquemos una ciudad, y también una torre cuya cúspide llegue hasta el cielo, para perpetuar nuestro nombre y no dispersarnos por toda la tierra».” (Gn 11, 4).

Vayamos despacio. No condenemos apresuradamente la ambición del proyecto. Lo que tiene de desmesura se apoya en un impulso que Dios mismo ha puesto en el corazón de la humanidad. Somos imagen y semejanza de Dios. Llevamos la chispa de su vida, de su misma pasión, en nosotros. Somos pulsión hacia delante. Somos esperanza. Nuestros ojos están hechos para mirar lejos. Y también más allá nos llevan nuestros pasos.

La chispa, sin embargo, se transforma en fuego devastador cuando la soberbia se vuelve el impulso dominante. La criatura se contrapone al Creador y pretende erigirse en dios para sí y para los demás. Los lectores del relato piensan tal vez en la gran Babilonia (¿por eso Babel?) que, con soberbia y orgullo, somete y humilla a los pueblos y ciudades, entre ellas: Jerusalén. Hoy podríamos pensar, quizás, en lo que acaba de señalar el Papa Francisco sobre la depredación de la Amazonia que afecta, a la vez, al ecosistema, a los seres humanos y a los pueblos.

¿Y Dios? ¿Qué hace? “Pero el Señor bajó a ver la ciudad y la torre que los hombres estaban construyendo, y dijo: «Si esta es la primera obra que realizan, nada de lo que se propongan hacer les resultará imposible, mientras formen un solo pueblo y todos hablen la misma lengua. Bajemos entonces, y una vez allí, confundamos su lengua, para que ya no se entiendan unos a otros».” (Gn 11, 5-7).

La narración no se priva de un poco de humor: en definitiva, por más empuje de la soberbia, la torre no llegó al cielo. Dios tiene que bajar para poner las cosas en orden… o en desorden. El relato termina con la confusión de los ambiciosos constructores.

¿Eso es todo? ¿Todo es confusión y división? No perdamos el horizonte. Los primeros once capítulos del Génesis (que lo son también de toda la Biblia) preparan el escenario. Dios no abandona su creación, como decíamos el domingo pasado. Es cierto que, de Adán a Babel, pasando por las manos asesinas de Caín, el mal parece crecer en toda la tierra.

La gran historia está a punto de comenzar. Es la historia de cómo Dios realmente baja y se hace compañero de camino del hombre. Y es la historia de la fe como el espacio que Dios mismo se abre en el corazón del hombre para transformar, desde dentro, toda su creación.

El escenario está preparado y la aventura de la fe está a punto de comenzar. Ya llega el amigo de Dios: Abrahám. Será una bendición para todos: de sus entrañas, al cabo de una paciente espera, nacerá Jesús, el Cristo.

La felicidad de Bernardita es de otro mundo

Mi columna el programa “Palabras del Reino” de Radio Estación FM 102.5

La felicidad de Bernardita es de otro mundo

En definitiva, Bernardette Soubirous siempre fue feliz. Muy feliz. Y eso, a pesar de las privaciones e infortunios de su familia.

Eran pobres, con un papá sin trabajo y, como tantas otras familias pobres de su pueblo y de su tiempo, marcados por diversos sufrimientos y enfermedades.

Pero, Bernardita era feliz. Se siente amada por sus padres y hermanos.

Y ese amor no solo no desaparecerá, sino que, después de la experiencia extraordinaria de haber sido visitada por la madre de Dios, esa felicidad se acrecentará y le dará a su vida un tono de bienaventuranza que la acompañará hasta el final de su vida mortal.

¿Qué sentido tiene entonces estas palabras que la Virgen le dirige: “No le prometo hacerle feliz en este mundo, sino en el otro”?

No pensemos solo en la bienaventuranza definitiva solo se alcanza en el cielo. Tampoco en que, en esta vida mortal, Bernardita -como tantos otros- tuvo que pasar por diversas formas de prueba y sufrimientos.

El sentido es otro: aquí, en este mundo concreto y real en el que transcurre nuestra vida, también marcado por injusticias y dolores, ya aquí está despuntando el otro mundo, aquel que alcanza su plenitud en el cielo: es el mundo transfigurado por el amor de Dios que conquista los corazones y, ya ahora, en medio de límites, comienza a despuntar con toda su luz y su consuelo.

Por eso, Lourdes quiere decir: cercanía a los que sufren, compasión y servicio a los enfermos y postrados.

Son esos gestos de amor y de servicio los que hacen despuntar, aquí y ahora, el Reino de Dios que será nuestro gozo definitivo en el cielo.

No. La maldad, la violencia y la corrupción no tienen la última palabra, aunque, en ocasiones, su poder aparezca abrumador.

El “otro mundo” -el del Dios amor, el de la compasión de Cristo y el de la suavidad del Espíritu- está realmente presente en nuestro mundo, crece silenciosa pero firmemente y… en definitiva es el mundo verdadero.

¿Y si vos y yo nos sumamos a ese mundo?

La fe es como el arca de Noé

“La Voz de San Justo”, domingo 9 de febrero de 2020

De los relatos que componen los primeros once capítulos del Génesis, el del diluvio universal es uno de los más fascinantes. Vale aclarar que, antes que una crónica histórica o una página de ciencias naturales, se trata de una narración profética que busca echar luz sobre el presente. Solo cuando nos acercamos a esta página bíblica con esa avidez de luz, esta libera toda su potencia reveladora.

Estos capítulos del Génesis están tejidos con los hilos de distintas tradiciones. Una de ellas acentúa la corrupción del mundo. Es portadora de un hondo pesimismo. Llega incluso a decir que, al ver el abismo de mal en que el hombre ha caído, Dios ha llegado a arrepentirse, desilusionado de su propia creación (Gen 6, 5-6). Una afirmación terrible.

Pero, de repente, otra mano invisible hace aparecer al bueno de Noé. Y, a partir de esa aparición que parece contradecir la anterior, el narrador bíblico saca adelante una historia de esperanza que nos entregará la imagen de la paloma de la paz, inmortalizada, entre otros, por el gran Picasso.

La inclinación del corazón humano al mal es demasiado real como para que no le prestemos atención. Es verdad, pero no toda la verdad. Noé, su familia y su arca vienen a nuestro encuentro, navegando por encima de las aguas torrenciales e intimidantes de nuestros desaguisados.

El arca que Dios le mandó construir navega las aguas impiadosas del diluvio. Es un poderoso símbolo que nos habla, a la vez, de la fragilidad de la vida humana, pero también de la potencia oculta que, una y otra vez, la hace resurgir del abismo de la muerte. Es, por lo mismo, figura de la fe.

Un detalle simpático y tierno a la vez: cuando Noé, los suyos y todos los animales han entrado en el arca, escribe el narrador: “Y el Señor cerró el arca detrás de Noé” (Gen 7, 16). Añade más adelante: “Entonces Dios se acordó de Noé y de todos los animales salvajes y domésticos que estaban con él en el arca. Hizo soplar un viento sobre la tierra, y las aguas empezaron a bajar…” (Gen 8, 1). 

Es decir: la última palabra nunca la tiene la maldad o la corrupción que anida dentro de nuestro corazón. Dios ama su creación y no la abandona jamás. Por eso, conduciendo los hilos misteriosos de la historia sabe abrir nuevas posibilidades y, cuando todo parecía sumergido por la devastación de las aguas, es capaz de crear la belleza del arco iris como símbolo de su amor fiel por su creación.

Cuando el que aparezca sea Jesús (del que Noé es profecía), este mensaje tomará su cuerpo y su sangre, se lo llamará Evangelio y tendrá la figura de la Pascua.

Los sueños de Fernando

Columna en el Programa “Palabras del Reino” de Radio Estación 102.5 de San Francisco – Martes 4 de febrero de 2020

Los sueños de Fernando

La mamá de Fernando Báez Sosa, el chico asesinado en Villa Gesell, encontró un papel escrito a mano por su hijo, en el que anotaba trece propósitos para su vida.

Graciela, ese es el nombre de la mamá de Fernando, lo ha hecho público.

Vale la pena leerlos con atención y respeto.

Quienes creemos en Jesucristo, en ese elenco que Fernando escribió a mano alzada, intentamos leer también lo que Jesús escribe en la vida de todos.

Estos son los sueños de Fernando:

  1. Participar del proyecto “Servir” (un plan solidario en el que se ayuda a reacondicionar escuelas públicas).
  2. Afianzar mi grupo de amigos y mantenerlo.
  3. ​Siempre ser como soy con todos. Mostrarme como soy.
  4. Madurar con mi decisión universitaria.
  5. Terminar el secundario como me hubiera gustado.
  6. Seguir con la carrera y que me vaya bien.
  7. Viajar.
  8. Aprender a concentrarme más.
  9. Ahorrar.
  10. Dejar el celular.
  11. Apagar la computadora y la tele.
  12. Estudiar. ​
  13. Viernes de caridad. 

¡Todo esto es muy fuerte! ¡Muy movilizador!

¿Qué pensar? ¿Qué decir?

Solo quisiera añadir dos párrafos del Papa Francisco. Están tomados de su Exhortación Christus vivit en la que nos habla con profunda sabiduría del camino de los jóvenes en la fe.

Me hicieron mucho bien. Creo que a ustedes también. Aquí van.

“Tiempo atrás un amigo me preguntó qué veo yo cuando pienso en un joven. Mi respuesta fue que «veo un chico o una chica que busca su propio camino, que quiere volar con los pies, que se asoma al mundo y mira el horizonte con ojos llenos de esperanza, llenos de futuro y también de ilusiones. El joven camina con dos pies como los adultos, pero a diferencia de los adultos, que los tienen paralelos, pone uno delante del otro, dispuesto a irse, a partir. Siempre mirando hacia adelante. Hablar de jóvenes significa hablar de promesas, y significa hablar de alegría. Los jóvenes tienen tanta fuerza, son capaces de mirar con tanta esperanza. Un joven es una promesa de vida que lleva incorporado un cierto grado de tenacidad; tiene la suficiente locura para poderse autoengañar y la suficiente capacidad para poder curarse de la desilusión que pueda derivar de ello»” (CV 139).

“Jóvenes, no renuncien a lo mejor de su juventud, no observen la vida desde un balcón. No confundan la felicidad con un diván ni vivan toda su vida detrás de una pantalla. Tampoco se conviertan en el triste espectáculo de un vehículo abandonado. No sean autos estacionados, mejor dejen brotar los sueños y tomen decisiones. Arriesguen, aunque se equivoquen. No sobrevivan con el alma anestesiada ni miren el mundo como si fueran turistas. ¡Hagan lío! Echenfuera los miedos que los paralizan, para que no se conviertan en jóvenes momificados. ¡Vivan! ¡Entréguense a lo mejor de la vida! ¡Abran la puerta de la jaula y salgan a volar! Por favor, no se jubilen antes de tiempo” (CV 143).

La equivocación de Caín

“La Voz de San Justo”, domingo 2 de febrero de 2020

Vuelvo sobre el relato bíblico de Caín y Abel. Después del fratricidio, Caín comienza a caer en la cuenta de su crimen. “Mi castigo es demasiado grande para poder sobrellevarlo…” (Gn 4, 13), confiesa con realismo a Dios que lo ha interpelado, preguntándole por su hermano.

Comentando esta frase en uno de sus Sermones, San Bernardo señala que Caín “no tenía razón” al hablar así. Y añade: “Es que él no podía atribuirse ni llamar suyos los méritos de Cristo, porque no era miembro del cuerpo cuya cabeza es el Señor”.

Podríamos decir: esa fue la gran equivocación de Caín. Como lo será después la de Judas, el traidor.

¿Fuerza Bernardo el texto bíblico? No lo creo. Caín es una figura representativa de la humanidad. Como Adán, Eva y Abel. Caín soy yo, sos vos, somos cada uno.

En la medida en que no conocemos a Cristo, somos Caín abrumados por el peso de nuestros yerros y pecados. A eso apunta Bernardo: quien no sabe de Cristo está al borde del peor abismo, el de la desesperación de no saberse redimido.

Eso es precisamente la fe: encuentro con la persona de Jesús. Un Cristo que no es un mero personaje del pasado, sino una persona viva. En el encuentro con Él experimentamos el amor primero de Dios que, desde toda la eternidad, nos espera, nos busca y nos salva.

Por eso, para conocer lo que significa la fe tenemos que bucear en las experiencias de aquellos hombres y mujeres que no han podido separar sus vidas de la de Cristo. Porque Cristo vive en sus discípulos. Su Persona es inseparable de las personas de quienes lo reconocemos como Señor, sintiéndonos salvados por Él.

Dios no tira de la cuerda hasta ahogar a Caín. En definitiva, Dios no odia, ni busca venganza. Quiere justicia, la que solo se consigue cuando el pecador se arrepiente, hace penitencia y se redime.

Comienza a hacer despuntar sobre la vida del fratricida la luz mansa del Salvador. Tardará, pero esa luz tiene la suficiente potencia para ganar el corazón de todos los Caínes.

La trama de la Biblia está tejida con historias de muchos hombres y mujeres que, como Caín, han conocido el abismo de mal que son capaces de cavar con sus propias manos, precipitándose ellos con sus víctimas. Siempre (y “siempre” quiere decir: “siempre”), la misericordia de Dios se las ha arreglado para abrirles una puerta.

Y Dios -como enseña la vieja filosofía- es inmutable: no cambia en su modo de ser ni de obrar.

No demos a nadie por perdido para siempre.

Fernando, Auschwitz y Brochero

Columna semanal para el programa “Palabras del Reino” en Radio Estación 102.5 de la ciudad de San Francisco.

En realidad, no sabemos muy bien porqué Caín mató a Abel. El texto del Génesis solo nos dice que la ofrenda de este último fue más grata a Dios que la de su hermano mayor.

A partir de ahí, todo parece precipitarse: un potente veneno ha comenzado a realizar su obra deletérea en el corazón de Caín.

“Caín se mostró muy resentido y agachó la cabeza” (Gn 4, 5b), apunta con fineza psicológica el relato bíblico. ¿Es envidia? ¿Miedo? ¿Inseguridad? Posiblemente, un poco de todo esto.

Lo cierto es que, su modo de ver y de percibir a Abel, ha cambiado para siempre.

Ha dejado de verlo como un hermano. Lo percibe como un rival que se interpone entre él y… vaya uno a saber qué deseo o pretensión.

Desdibujada así la condición fraterna de Abel , en algún momento, comienza a crecer en el corazón de Caín la decisión de eliminarlo…

*      *     *

En estos días, he vuelto a leer este relato bíblico del asesinato de Abel por su hermano Caín (cf. Gn 4, 1-16).

El cruel asesinato de Fernando Báez Sosa en Villa Gesell, me ha movido a buscar en la Palabra de Dios alguna forma de luz para tanta irracionalidad, tanta rabia y dolor.

También la conmemoración de la liberación de Auschwitz ha dejado abiertas preguntas angustiosas. La Shoah ha sido llamada: el segundo pecado original de la humanidad. Los nazis calificaban a los judíos y a otras razas que despreciaban como: Untenmenschen (subhumanos, menos que seres humanos). Les quitaban humanidad.

Las preguntas más incisivas que se despiertan, tienen que ver directamente con Dios: ¿Por qué? ¿Cómo ha sido posible? ¿Por qué tanta crueldad? ¿Por qué callaste, Señor? ¿Por qué tu silencio? ¿Dónde estabas cuando los inocentes morían y los verdugos reían?

*      *     *

Estas preguntas me siguen quemando por dentro. Por eso, con mis ojos busco al Crucificado. Solo me resta quedar en silencio, ante Él, ante su abandono y su grito final.

Buscando así sus manos, sus pies y su costado traspasado, me he topado con otro rostro desfigurado, aunque de una belleza extrañamente atractiva: el de Brochero ancianito, leproso y ciego.

He pasado buen tiempo en su Santuario en Traslasierra, escuchando confesiones de muchos peregrinos. También bendiciendo personas y familias, recibiendo sus confidencias e intuyendo sus ilusiones.

Entremezclado con todo esto: el Rosario de María, la escucha de la Palabra (más incisiva si se hace desde la vida) y el silencio de la oración que culmina en la Eucaristía.

*      *     *

No me siento de hacer sesudas reflexiones sobre el porqué del mal o sobre cómo podemos prevenir estos horrores. No porque no crea que son importantes, incluso imprescindibles. No es eso.

Hoy siento que debo dirigir mi corazón hacia otro lugar, tan insoslayable como estos: mirando a Jesús y a su servidor llagado Brochero, hoy solo quiero confesar que Dios es amor, es compasión, es humanidad. Es fraternidad.

Y confesarlo con mis labios, pero, sobre todo, con mi vida.

Me siento interpelado a ser, por encima de todo, hermano de todos.

Como Virginia, una jovencita de apenas diecisiete años que se animó a increpar a los asesinos de Fernando e intentó reanimarlo, junto a otros ocasionales cireneos.

No pudo arrancar a Sebastián de la muerte, pero acaso nos arrancó a nosotros de la desesperación.

Virginia y sus compañeros honraron la vida.

*      *     *

Dios es amor. Ese es su poder. Esa, su verdadera omnipotencia: compasión que se hace cargo del dolor y el sufrimiento del otro.

Dios es amor. Por eso, confesamos nuestra fe en un Dios que es capaz de sufrir y que, de hecho, sufre por las heridas de sus hijos e hijas.

Y, desde ese amor sufrido que le hiere el corazón, ha abierto espacio para un modo distinto de encarar la vida: en el amor que mata toda violencia del corazón sustituyéndola por fraternidad, compasión y cuidado de unos por otros.