Un tiempo intenso de oración por la vida

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Ante la posible despenalización del aborto tenemos que intensificar nuestra oración. Sabemos que el poder de la oración es enorme porque abre el mundo más fuertemente a la acción de Dios, especialmente abre los corazones al influjo del Espíritu.

 
Los obispos de Argentina invitamos a todos los fieles a unirnos en un tiempo intenso de oración por la VIDA y en especial por la VIDA DEL NIÑO POR NACER, desde el domingo de la Ascensión del Señor (13 de mayo) hasta el domingo de la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (3 de junio).
Proponemos la Oración por la Vida de San Juan Pablo II. Comencemos a rezarla en familia y en comunidad desde este domingo:
 
María,
aurora del mundo nuevo,
Madre de los vivientes,
a Ti confiamos la causa de la vida:
mira, Madre, el número inmenso
de niños a quienes se impide nacer,
de pobres a quienes se hace difícil vivir,
de hombres y mujeres víctimas
de violencia inhumana,
de ancianos y enfermos muertos
a causa de la indiferencia
o de una presunta piedad.
 
Haz que quienes creemos en tu Hijo
sepamos anunciar con firmeza y amor
a los hombres de nuestro tiempo
el Evangelio de la vida.
Alcánzanos la gracia de acogerlo
como don siempre nuevo,
la alegría de celebrarlo con gratitud
durante toda nuestra existencia
y la valentía de testimoniarlo
con solícita constancia, para construir,
junto con todos los hombres de buena voluntad,
la civilización de la verdad y del amor,
para alabanza y gloria de Dios Creador
y amante de la vida.
 
Amén.
 
San Juan Pablo II. 25 de marzo de 1995.

Busquemos al Resucitado con los ojos de María

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Mensaje de Pascua 2018

¿Cómo vivió María la resurrección de su Hijo?

El Nuevo Testamento no nos dice nada al respecto. Nos presenta a María al pie de la cruz, y, después, en el Cenáculo, orando con los discípulos a la espera del Espíritu Santo (cf. Jn 19,25-27 y Hch 1,14).

La piedad ha intentado colmar este silencio. Algunos imaginan una bonita historia: Jesús resucitado se aparece a su madre. Pienso, sin embargo, que ese silencio de las Escrituras es más elocuente. Conviene escudriñarlo, pues habla poderosamente a quien sabe escucharlo. Como Elías que, en el susurro de la brisa suave, experimenta la Presencia del Invisible (cf. 1 Re 19,12-13).

Así como los evangelios nos hablan de Jesús a la luz de la Pascua, también los relatos en que aparece la madre del Señor tienen un innegable sabor pascual. Su misma figura refleja la luz que se desprende de la humanidad gloriosa del Resucitado. Ella es, sin más, la mujer de la Pascua: espera, ora y se abre a la acción sorprendente del Dios que vivifica y resucita. Camina la fe, transfigurada ya por la fuerza del Espíritu que resucitó a Jesús.

Hay un relato de San Lucas que deja entrever esa mística pascual que anima el camino de María: Jesús en el templo, el quinto misterio de gozo (cf. Lc 2,41-52).

Es casi un anticipo de Emaús. Aquí también la referencia es Jerusalén y la Pascua (Lc 2,41). José y María, como los dos peregrinos, están en camino. Encuentran a Jesús “al tercer día” (Lc 2,46). A los de Emaús, Jesús les dice que era necesario que se cumpliera el designio de Dios. Aquí, responde que es necesario ocuparse de las cosas del Padre (cf. Lc 2,49). En el Templo, sus padres no terminan de entender “lo que les decía” (Lc 2,50). Los de Emaús lentamente se abren a su misterio: la fracción del pan les abre los ojos (cf. Lc 24,31).

El relato del hallazgo de Jesús en el Templo concluye con una estupenda imagen: María “conservaba estas cosas en su corazón” (Lc 2,51). ¿Qué contempla María en su corazón de mujer, madre y creyente? A Jesús que está “creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres” (Lc 2,52).

Así vive María la Pascua: con los ojos de la fe iluminados por el amor a su Hijo. El Resucitado está ante sus ojos, en todo el esplendor de la vida nueva que ha vencido la muerte y que ha transfigurado la humanidad que el Espíritu Santo comenzó a plasmar en ella. Ha resucitado su sangre y su misma carne. El Hijo de sus entrañas vive en la gloria de Dios. Lo había concebido por obra del Espíritu, dándolo a luz en la pobreza colmada de ternura de Belén. Ahora, por el poder vivificante del mismo Espíritu, Jesús resucita de la oscuridad de la tumba.

Todo en María habla de la resurrección porque todo, en ella, habla de la vida. Ella misma es signo viviente del triunfo de la vida sobre la muerte, de la gracia sobre el pecado, de la misericordia sobre el odio y la discordia. Es signo de la nueva humanidad que se abre camino, empujada por el Espíritu del Padre que resucitó a Jesús de la tumba.

En este Año Mariano Diocesano, miremos a la Purísima, dejémonos mirar por ella y tratemos de contagiarnos de su misma mirada. Busquemos a Jesús resucitado con los ojos y el corazón de María, su madre y su más perfecta discípula.

Sigamos caminando nuestra fe y celebrando la vida, con la alegría que nace de la Pascua de Jesucristo. Busquemos a Jesús con ansiedad: el Resucitado entremezcla su vida nueva con la vida de los pobres, los descartados y los más vulnerables. Seamos nosotros custodios y promotores de la vida, especialmente la más amenazada y herida.

Toda vida vale.

¡Feliz Pascua de resurrección!

 

1º de abril de 2018, Domingo de Pascua

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

 

Mujer libre y fuerte…

LA PASIÓN DE CRISTO- ESCENA VIRGEN MARÍA Y CRISTO

Mensaje por el Día Internacional de la Mujer

Como dice el Documento de Aparecida, del Evangelio emerge la figura de María como “mujer libre y fuerte, conscientemente orientada al verdadero seguimiento de Cristo.” (DA 266).

María es discípula de Jesús, no por casualidad, sino por una decisión que ha ido madurando y creciendo en ella, en su conciencia, en su libertad, en su alma. Su fuerza no es la arrogancia del prepotente, sino la fortaleza del Espíritu que vierte el amor de Dios en los corazones.

Ese encuentro entre ella y el Espíritu de Dios la ha hecho más mujer, más genuinamente humana, libre y vital. La ha potenciado en su humanidad. Así ha podido dar a luz – nadie se le puede comparar – al que es la Luz del mundo.

La fuerza de María es la fortaleza que se foguea en la lucha cotidiana por el pan “de cada día”. Y esa lucha es oración, servicio, fe peleada y sufrida. Es búsqueda de Jesús, aún cuando no se comprende bien lo que dice y hace. Es espada que parte por el medio, porque la Palabra hace eso en la vida de quien la acoge sin reservas: hiere, cura y purifica, tanto como que da vida y resucita.

Con esa fuerza da vida.

Así es María. Y así son tantas y tantas mujeres que he podido conocer en cada rincón de nuestra diócesis, y también más allá. Celebrando hoy el Día Internacional de la Mujer me hace bien recordarlo.

De esta conmemoración podemos decir lo que Jesús sobre el Reino: trigo y cizaña crecen juntos. Es verdad que hay reclamos difíciles de aceptar (el aborto, por ejemplo, o algunas impostaciones ideológicas), pero también hay mucho más de trigo genuino que resulta necesario dejar crecer: justicia e igualdad, dignidad concretamente reconocida, no a la violencia contra las mujeres, anhelo por otra forma de vida y de organización de la sociedad…

Se ha planteado la oportunidad de celebrarlo con una huelga de mujeres. Es opinable. Creo, sin embargo, que esa “ausencia” puede ser elocuente expresión de lo que las mujeres significan en la vida de nuestra sociedad y de la Iglesia, pero también de todo lo que nos falta conseguir todavía para hacer justicia a la dignidad de quien, con el varón, ha sido creada a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,27).

El Reino y la Iglesia que está a su servicio tienen alma y rostro de mujer. El de María y de las otras mujeres, al pie de la cruz, en el camino de la vida, en el peregrinaje de la fe, en la pelea cotidiana por los que amamos y por nuestro mundo.

A todas las mujeres, creyentes o no, que habitan en este espacio generoso que es el territorio de la Diócesis de San Francisco, mi saludo y mi mano tendida, de hombre y de hermano.

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

Mensaje de Navidad 2017

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La cueva de Greccio donde Francisco celebró la Nochebuena de 1223

“Vayamos a Belén, y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha anunciado”

“Si quieres que celebremos en Greccio esta fiesta del Señor, date prisa en ir allá y prepara prontamente lo que te voy a indicar. Deseo celebrar la memoria del niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno.”

Estas fueron las indicaciones de Francisco de Asís para la Nochebuena de 1223. Esa noche, los hermanos y mucha gente, con velas en las manos, se acercaron a la cueva preparada para el primer “pesebre viviente” de la historia. Podemos adivinar la emoción de todos, especialmente de los niños. Lo vemos aún hoy en nuestras representaciones navideñas.

Nada igualó, sin embargo, lo que sentía Francisco. En la Misa, y por ser diácono, proclamó el evangelio y predicó. Tomás de Celano, su biógrafo, nos cuenta que su homilía fue tan viva que, cada vez que decía: “Belén”, hacía sonar la “e” final como el balido de una oveja. Predicó con el corazón y con toda su alma. Del pesebre se pasó al altar, porque Dios se hizo niño para confundir a los soberbios, y se hace pan para alimentar a los hambrientos.

presepegreggiocasentiniFrancisco quería estar con Jesús, María y José en la cueva de Belén. Como estuvieron los pastores, los reyes o los ángeles. O, al menos, como el buey, el asno o las ovejas. Quería ser parte de esa historia. Sentir en la propia carne la humanidad de Dios. Un año después, recibiría en su cuerpo las señales del Crucificado, culminando así su camino de identificación con Jesús.

En esta Navidad quisiera invitarte a sentir lo mismo que Francisco. ¿Es esto posible? Sentidos, sentimientos y emociones son una parte preciosa de nuestra persona. Son delicadísimos. Siempre hay que tener cuidado de no manipularlos. Hoy vivimos en una cultura que exacerba los estímulos sensoriales, dejándonos vacíos, tristes y agresivos.

Pero, como decían los antiguos: “el abuso no quita el uso”. Necesitamos recrear una sensibilidad humana genuina, profunda y muy rica. Y eso nos ofrece el Evangelio: cura, salva y enaltece nuestros sentidos, sentimientos y emociones. Y lo hace poniéndonos en contacto con Jesús.

En el corazón de nuestra fe está esta afirmación maravillosa y desconcertante: el Dios invisible, oculto e inefable, se ha hecho visible en Jesús. Cuando en los evangelios escuchamos sus palabras, contemplamos sus gestos y nos dejamos alcanzar por su persona, Dios nos abre su corazón. Por eso, San Pablo le dice a los cristianos de Filipos: “Tengan entre ustedes los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Flp 2,5).

En esta Navidad, te invito a decir con los pastores: “Vayamos a Belén, y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha anunciado” (Lc 2,15). ¿Cómo hacerlo? Tenemos muchos caminos: ante todo, está el Evangelio. ¿Qué tal si en la Nochebuena no le proponés a los tuyos escuchar el relato del nacimiento de Jesús (cf. Lc 2,1-20)? Participar en familia en la Misa de Nochebuena o la de Navidad es también una hermosa experiencia de fe. Me consta el esmero de nuestras comunidades en preparar esas liturgias. Otra forma de ir al pesebre es sentar a nuestra mesa a alguien que está solo. La Navidad brilla mejor entre los pobres, porque nos permite sentir de la delicadeza con que Dios nos trata: su Hijo nació pobre entre los pobres. ¡Y cómo necesitamos aprender a tratarnos mejor, a ser más benignos y mansos de corazón!

Jesús nació para nosotros. Para vos. ¡No lo dudés ni un instante! Jesús nace pobre y desvalido en Belén para mostrarnos cómo quiere tratarnos nuestro Dios. En la raíz de nuestra vida está el amor gratuito del Padre. Acercate entonces al pesebre y, como los pastores, participá de la alegría de José, de María, de los pastores y de Francisco de Asís.

Y si de sensibilidad se trata, ¿cómo no acudir a María en este Año Mariano Diocesano que hemos iniciado? Dejémonos alcanzar por la mirada de la Virgencita. Que ella nos enseñe a mirar al Niño, a la vida, a los pobres y a cantar la gloria de Dios. ¡Muy feliz Navidad para todos!

25 de diciembre de 2017

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

Carta del Presbiterio a los fieles y comunidades de la Iglesia diocesana de San Francisco sobre el Diaconado Permanente

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Para ser difundida este fin de semana del 8 y 9 de julio

Casa Betania (Quebracho Herrado), 6 de julio de 2017

Queridos hermanos y hermanas:

Del lunes 3 a este jueves 6 de julio, hemos estado reunidos en la Casa de encuentros “Betania”, los que formamos el Presbiterio de la diócesis de San Francisco. El tema que nos ha convocado es el Diaconado Permanente y su incorporación a la vida de nuestra Iglesia diocesana.

Con tal fin, hemos repasado la enseñanza de la Iglesia al respecto: identidad y misión del diácono, su vocación y formación, su ministerio y espiritualidad. Hemos discernido también los desafíos que supone, para nuestra vida de fe y de misión, el diaconado permanente, especialmente la figura del diácono casado. Hemos repasado también iniciativas anteriores en este sentido. Reconocemos con gratitud que retomamos un camino ya iniciado en nuestra diócesis. Los pasos que ahora nos aprestamos a dar retoman esas experiencias y los aprendizajes que hemos hecho.

Tuvimos la alegría de contar con la presencia de dos diáconos con sus esposas: Ángel Lasala y Estela, de la diócesis de Cruz del Eje; Héctor Sosa y Eva, de la diócesis de Rafaela. Compartieron con nosotros su experiencia personal y familiar: cómo sintieron la llamada del Señor, los pasos que fueron dando hasta ser ordenados, cómo su familia se fue involucrando en su camino, los desafíos, gozos y dificultades que experimentan en el ministerio.

El diácono es signo visible de Cristo Servidor en el seno de una Iglesia servidora. El diácono puede realizar muchas tareas dentro de la comunidad, pero lo más importante es que su presencia misma anima a todos – obispo, presbíteros, consagrados y laicos – a vivir a fondo el servicio a los demás, especialmente a los más pobres y vulnerables.

Queremos contarles que, a lo largo de estos días, hemos experimentado el gozo y la paz del paso del Señor por nuestras vidas. Creemos que, como Iglesia diocesana, estamos en condiciones de dar pasos concretos para contar, en un plazo prudencial, con esta figura ministerial en nuestra diócesis. Creemos que el Señor nos está alentando a dar este paso importante en el camino de renovación pastoral que nuestra Iglesia diocesana viene transitando, como lo expresa nuestro Plan Pastoral Diocesano.

Nos damos cuenta también que esto implica una fuerte conversión pastoral para abrirnos a la novedad del Evangelio y seguir creciendo como una Iglesia más misionera y servicial. En primer lugar, a los pastores, que tendremos que aprender a compartir nuestra misión pastoral con nuevos ministros ordenados. Pero también para nuestras comunidades y laicos. Le pedimos al Señor que nos haga dóciles a la acción de su Espíritu que nos está animando a dar este paso de conversión.

En los próximos meses iremos ayudando a las comunidades de nuestra diócesis para que puedan conocer más de cerca la figura del diácono permanente y lo que implica su presencia en nuestra vida pastoral.

Entre tanto, unámonos en la oración eclesial, de la mano de María. Como en el Cenáculo, ella sostiene la oración de la Iglesia a la espera del Espíritu. ¡Sigamos caminando y anunciando el Evangelio de Jesús que es luz de esperanza para el mundo!

Sus hermanos,

el obispo Sergio y los presbíteros de la diócesis de San Francisco

Cristo resucitado: fuego nuevo y joven

Mensaje de Pascua 2017

“Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!” (Lc 12,49).

La Vigilia Pascual se inicia con la bendición del fuego nuevo. De allí se toma la llama que, del Cirio pasa a las candelas de los fieles, inundando con su luz el templo en penumbras. También en él se encienden las brasas para el incienso que se ofrecerá en la Eucaristía. 

Una luz vacilante y humilde se impone finalmente a las tinieblas que parecían invencibles. Es una luz que viene de las llamas jóvenes de un fuego nuevo, sobre el que ha descendido la bendición de Dios. 

Un gesto ritual sencillo pero elocuente. La fe que se nutre en la lectura orante de las Escrituras y en el seguimiento de Cristo  desentraña su significado. 

Jesús de Nazaret, transfigurado por el Espíritu en la resurrección, es ese fuego de Dios para nuestro mundo. Es luz que ilumina, calor que enciende y llama que purifica. De Él viene la luz que disipa oscuridad y vence nuestros temores. 

Sus ojos de Resucitado “parecen llamas de fuego” (Ap 1,14). No hay potencia humana que pueda sofocar la apasionada libertad con la que se ha entregado para redimir a la humanidad. Ya lo había profetizado la esposa enamorada del Cantar de los Cantares: “Las aguas torrenciales no pueden apagar el amor, ni los ríos anegarlo. Si alguien ofreciera toda su fortuna a cambio del amor, tan sólo conseguiría desprecio” (CC 8,7).

El Señor resucitado es, sobre todo, fuego siempre joven que hace nuevas todas las cosas. La comunión con Él nos permite nacer de nuevo, del agua y del Espíritu, según la promesa del mismo Señor (cf. Jn 3,5-9).

Si tuviera que expresar un deseo para esta Pascua – para mí, para la Iglesia diocesana y para cada persona – lo haría con esta oración surgida del corazón creyente: 

Padre, que no dejemos extinguir el fuego que Tú mismo has encendido en nosotros. 

Ese fuego es tu Hijo Jesucristo. Es su Evangelio que nos habla, nos hiere y nos consuela. A través de su entrega pascual, tu amor incondicional y compasivo ha entrado definitivamente en el mundo, para ya nunca más irse. En ese amor hemos creído. Él es nuestra certeza y sobre él se apoya nuestra esperanza. 

Que ese amor no languidezca en tu Iglesia, por miedo, frialdad o comodidad. Que sea como María, una Iglesia pobre y libre, misionera y servidora.

Que tu fuego arda siempre nuevo en las familias, en los pastores y consagrados; en los niños, en los jóvenes, y en el corazón amable de los ancianos; en los que luchan por la dignidad de la vida; en los que sienten la pasión por el bien común y la verdad; en los que se entregan a la causa de los más pobres y olvidados; en los que luchan para que esta tierra siga siendo nuestra casa común, especialmente para las nuevas generaciones.

Miramos a tu Hijo Jesucristo. Él es el Viviente que comunica vida y alegría. Viene de vencer la muerte y el pecado. Somos vocación y misión, pues Él nos llama y nos envía, pronunciando, con amor, nuestro nombre. A Él nos entregamos suplicando que su Espíritu nos transfigure. Amén. 

Hermanos: ¡Cristo ha resucitado verdaderamente! ¡Muy feliz Pascua para todos!

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

En esta Navidad: ¡dejate visitar por Dios!


Mensaje de Navidad del obispo de San Francisco, Sergio O. Buenanueva

Querido amigo:

En esta Navidad, te invito a dejarte visitar por Dios.

Cuando leemos el Evangelio, la persona de Jesús no deja de sorprendernos. En él vemos a qué grado de plenitud puede llegar el ser humano. Nos atrae y conquista con su humanidad.

Sin embargo, el mismo Evangelio nos dice que Jesús no es un hombre más. Él es el Hijo de Dios hecho hombre, el Emanuel: Dios con nosotros.

“Solo Dios podía ser tan humano”, ha escrito alguien, con acierto y belleza.

Por eso, me permito invitarte con la mayor cordialidad: ¡Dejate visitar por este Dios que nos vuelve más humanos!

Él quiere iluminar tu vida, la mía y la de todos, con su luz.

El que ha tenido la experiencia de encontrarse con Jesús, el Hijo de Dios, de ser alcanzado por su mirada y por su Palabra de vida, ha quedado iluminado.

Jesús es Luz que ilumina la vida. Dónde más espesa es la oscuridad, allí su luz, aunque humilde y mansa, se muestra más salvadora: ilumina el camino, paso a paso.

Esa luz es su misericordia, su ternura y compasión.

Ese poder iluminador brota de su misma Persona. Brilla en sus palabras, en sus gestos, en sus actitudes y sentimientos. San Juan declara al inicio de su evangelio: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria…” (Jn 1,14).

La luz que Cristo irradia e ilumina nuestra vida (su “gloria”), es el amor incondicional de Dios por el hombre: su misericordia, su ternura y compasión. A ese amor, nosotros le decimos “Amén”, entregándole todo, confiándonos a él con todo lo que somos y tenemos.

Esa luz resplandece en el Rostro del Niño que María envuelve en pañales.

La Navidad es una fiesta de luz: la luz que ha brillado en medio de la noche, de la pobreza y de la humildad del Niño que nace en un establo y es recostado por su madre en un pesebre.

Nosotros le decimos “Amén” a un Dios humilde y manso, que no tiene miedo de meterse en lo más oscuro de la noche de los hombres, porque sabe que la luz de su amor es capaz de vencer toda forma de tiniebla.

Por eso, Navidad es también una fiesta de alegría y de esperanza: ¡Jesús es el Emanuel, el Dios que está y permanece con nosotros! ¡Dios que nos tiende la mano y nos estrecha a Él como un amigo abraza a su amigo del alma!

Esta luz que comenzó a mostrarse en Belén, alcanzará su plenitud en la Pascua de su pasión, muerte y resurrección.

* * *

Un día, yendo a un retiro espiritual, una joven religiosa albanesa, sintió la voz de Cristo que le decía: “¡Ven, sé mi luz!”. Su nombre era Teresa: Santa Teresa de Calcuta.

Jesús la invitaba a ser ella misma su luz para todos los que experimentaban la oscuridad de la vida: los pobres, los descartados, los tristes y desesperados.

¿No nos está invitando a lo mismo? Nosotros, que hemos conocido la luz del Evangelio, ¿no tenemos que sacudir nuestra tibieza y aprender a compartir esa luz con los que viven en “tinieblas y sombras de muerte” (Lc 1,79)? ¿Podemos guardarnos mezquinamente esa Luz?

Una de las oscuridades más grandes que pueden abatirse sobre el mundo es la indiferencia que, muchas veces, es fruto del miedo y la soledad, como estos lo son de la desconfianza en Dios.

Por eso, al contemplar el pesebre -como hizo San Francisco de Asís- nosotros nos sentimos reconfortados porque Dios ha superado la indiferencia del corazón humano, no a base de retos, ironías o discursos moralistas, sino visitándonos y, así, involucrándose en primera persona con nuestra vida, nuestros logros y fracasos, ilusiones y proyectos, elevaciones y caídas.

Ha llegado hasta lo más hondo de nuestra condición humana para, desde allí, levantarnos de toda soledad que entristece, sostener nuestro vacilante caminar y llevarnos a la plenitud de su bienaventuranza. Es la esperanza grande que sostiene nuestra vida.

Creemos en un Dios amor que es bastante perseverante y no se deja vencer fácilmente por las dificultades. Menos aún por nuestra dureza de corazón. Sabe bien cómo vencer nuestras resistencias, y transformarnos en instrumentos de su misericordia.

Por eso, querido amigo: en esta Navidad, ¡dejate visitar por Jesús!

Y probá también la misma felicidad de Dios, acercándote con libertad y sencillez a quienes esperan una mano amiga, una sonrisa de paz y un gesto de dignidad.
¡Muy feliz Navidad para todos!

Sergio O.  Buenanueva

Obispo de San Francisco

25 de diciembre de 2016

“QUEREMOS SER NACIÓN: PONERNOS LA PATRIA AL HOMBRO” – Semana Social 2016 – Mensaje final

Con el lema “Queremos Ser Nación. Necesitamos ponernos la Patria al Hombro” ha finalizado en la Ciudad de Mar del Plata la Semana Social, organizada en forma conjunta por el Obispado local y la Comisión Episcopal de Pastoral Social. Nuestra intención ha sido promover un espacio de diálogo para crecer en la amistad social. 

En la apertura hemos presentado el documento “El Bicentenario, tiempo para el encuentro fraterno de los argentinos”, en el cual se nos alienta a “dar gracias por el legado que nos dejaron nuestros mayores, interpretar nuestro presente a la luz de nuestra fe y decir una palabra esperanzadora siempre iluminada por el Evangelio” para “abrir el futuro para una Argentina fraterna y solidaria, pacificada y reconciliada, condiciones capaces de crear una Nación para todos”. 

En este contexto, de la celebración del Bicentenario de la Patria, queremos alentar el fortalecimiento del sistema democrático, la independencia de los tres Poderes del Estado, promoviendo la participación ciudadana. 

Hemos ratificado el compromiso de la opción preferencial por los pobres. Nos preocupan los rostros concretos de quienes viven en la miseria y no cubren sus necesidades más elementales. Particularmente tuvimos en cuenta la necesidad urgente de una adecuada nutrición infantil. 

En varios paneles se expresó la preocupación por la fragilidad de la condición laboral de miles de hermanos. Situaciones de precarización laboral en que están inmersos buena parte de los trabajadores, que no tienen acceso a sus derechos sociales ni protección del Estado y que son señales de alerta que no se pueden desoír. 

Recogimos también las urgentes preocupaciones por el cuidado del ambiente, la corrupción, el narcotráfico, la adicción a los juegos de azar, como amenazas serias al desarrollo integral y la promoción humana. 

También hemos trabajado en seis mesas temáticas, orientadas a asumir “las tres T” (Tierra, Techo y Trabajo) que propone el Papa Francisco: Marginación y pobreza; Derecho a la Educación; Familia y Techo; Administración de Justicia; Dignidad del Trabajo y Custodia de la Tierra, como camino para garantizar los derechos de las personas y los pueblos. 

Se destacó en varias oportunidades la importancia del diálogo, la cultura del encuentro y la amistad social como caminos para lograr el clima necesario para alcanzar los consensos que permitan encontrar las soluciones anheladas. 

A lo largo de los tres días, en el marco de un encuentro fraterno, participaron representantes del movimiento sindical, entidades empresarias, movimientos sociales, delegados de diversas pastorales nacionales, equipos diocesanos y dirigentes del ámbito político. Asimismo, durante el primer día, se realizó el encuentro de jóvenes del Programa Nuevos Dirigentes. 

La Argentina es el lugar que amamos, este es el pueblo al que pertenecemos. Aquí queremos vivir, crecer y soñar en nuestra casa común. Para ello es necesario ponernos la Patria al hombro. Comprometiéndonos cada uno desde el lugar que nos toca. Con confianza llevamos al corazón de la Virgen de Lujan a todo nuestro Pueblo.

Mensaje Pascual 2016: “El amor es más fuerte”

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El descenso de Jesús al lugar de los muertos. El Resucitado vacía todos los sepulcros del Hades, porque ha triunfado sobre la muerte

Hace poco me tocó presidir las exequias de una persona joven, que murió al cabo de una penosa enfermedad.

Conociendo su vida, dos cosas me vinieron al corazón a la hora, siempre difícil, de pronunciar la homilía: los que estamos aquí hemos conocido -decía entonces- una vida probada por el sufrimiento que, sin embargo, logró ser terreno fértil para dar y recibir amor. El amor fue más fuerte. El sufrimiento no desembocó en resentimiento, sino en una enorme y muy humana capacidad de amar y dar vida.

¡Qué misterio es la vida del ser humano! En cada uno de nosotros conviven y luchan entre sí fuerzas diversas. En ocasiones, todo parecería anticipar lo peor, y termina despuntando lo más bello y noble.

Alguien dijo alguna vez que el sufrimiento de los inocentes es la “roca fuerte del ateísmo”. ¿Cómo creer en un Dios bueno, sabio y providente al caer en la cuenta del inmenso dolor de la humanidad?  No hay palabras suficientes para acallar estos interrogantes, u otros que se despiertan en la conciencia que comprueba el poder abrumador del mal en el mundo. Creo que era Guardini el que, al final de su vida, decía que, si llegaba al cielo, tenía muchas preguntas para hacerle a Dios.

Mucho antes, los orantes de la Biblia, en los salmos, aprendieron ya a desahogar sus corazones en medio de la prueba ante el mismo Dios de la vida y la alianza: “¿Por qué Señor, todo esto? ¿Por qué? ¿Hasta cuándo, Señor?”” (cf. Salmo 12).

Pero también es cierto que, en medio de las más grandes injusticias y sufrimientos, el ser humano es capaz de belleza y de bondad.

¿No lo hemos visto en las imágenes terribles que nos llegan de los desesperados que cruzan el Mediterráneo y en los humanísimos gestos de los voluntarios que los esperan en la orilla para darles una mano? ¿O en esa mamá que daba a luz en un campamento de refugiados conmoviendo a toda Italia?

Siempre que pienso en estas cosas, me viene a la memoria el relato que una vez leí de una mujer que, con su niño en brazos, y después de un furioso bombardeo, al salir del refugio antiaéreo mira hacia el cielo y logra distinguir el resplandor lejano de una estrella. Esa visión fue suficiente para elevar una plegaria y, así, recobrar fuerzas para luchar por la vida del hijo que apretaba a su corazón. Ahí estaba Dios, alentando la esperanza que se abre paso en medio de la destrucción.

La capacidad de esperanza que habita en el corazón humano es inagotable y siempre sorprendente. Basta un rostro amable para despertarla en el corazón más endurecido.

*     *     *

La muerte y resurrección del Señor que estamos celebrando tiene que ver con todo esto. La Pascua es, a la vez, respuesta y sorpresa para  los anhelos que llevamos dentro.

Tanto la pregunta angustiosa por el sufrimiento, como la insobornable capacidad de esperanza tienen cabida en el corazón del discípulo de Jesús. Forman parte de nuestra experiencia de fe.

Un cristiano -como María- deja que ambas maduren en su corazón. Eso sí, abierto a Dios, a su capacidad de hacerse cargo de lo que hay en el hombre, y de introducir la novedad allí donde todo parece ser caduco y sin sentido.

El sepulcro vacío que las mujeres descubrieron la mañana del tercer día es el signo visible que nos provoca a la fe, pues nos invita a ir hasta el fondo de nuestras preguntas y de nuestras esperanzas.

*     *     *

¡Cristo ha resucitado! ¡La muerte ha sido vencida! ¡Tenemos esperanza! Sí, hermanos, el amor es más fuerte. Siempre lo será. Viene de Dios que es amor. Así se ha manifestado en la Pascua de su Hijo Jesucristo.

En la más humilde y pobre iglesita del mundo, tanto como en la catedral más imponente, este es el mensaje que resuena, se hace canto y se convierte en fuerza para vivir y luchar por la vida, para estar al lado del que sufre y espera.

Permítanme entonces que se lo diga a cada uno: “Amigo: el amor es más fuerte. Cristo vive y reina. Es Pascua. Ponete de pie, porque así te quiere Dios. Abrí tu corazón a todo lo que es justo, noble, bueno y bello. Tendé tu mano a quienes esperan un rostro amigo que les ayude para seguir caminando. Sí, hermano, el amor es más fuerte. Hoy volvemos a cantar Aleluya”.

A todos ustedes, queridos amigos y hermanos, mis deseos de una muy feliz Pascua de Resurrección.

+ Sergio O. Buenanueva

obispo de San Francisco