La buena política está al servicio de la paz

Mensaje del Santo Padre para la Jornada Mundial de oración por la Paz 2019

1. “Paz a esta casa”
Jesús, al enviar a sus discípulos en misión, les dijo: «Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros» (Lc 10,5-6).

Dar la paz está en el centro de la misión de los discípulos de Cristo. Y este ofrecimiento está dirigido a todos los hombres y mujeres que esperan la paz en medio de las tragedias y la violencia de la historia humana.[1] La “casa” mencionada por Jesús es cada familia, cada comunidad, cada país, cada continente, con sus características propias y con su historia; es sobre todo cada persona, sin distinción ni discriminación. También es nuestra “casa común”: el planeta en el que Dios nos ha colocado para vivir y al que estamos llamados a cuidar con interés.

Por tanto, este es también mi deseo al comienzo del nuevo año: “Paz a esta casa”.

2. El desafío de una buena política
La paz es como la esperanza de la que habla el poeta Charles Péguy; [2] es como una flor frágil que trata de florecer entre las piedras de la violencia. Sabemos bien que la búsqueda de poder a cualquier precio lleva al abuso y a la injusticia. La política es un vehículo fundamental para edificar la ciudadanía y la actividad del hombre, pero cuando aquellos que se dedican a ella no la viven como un servicio a la comunidad humana, puede convertirse en un instrumento de opresión, marginación e incluso de destrucción.

Dice Jesús: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9,35). Como subrayaba el Papa san Pablo VI: «Tomar en serio la política en sus diversos niveles ―local, regional, nacional y mundial― es afirmar el deber de cada persona, de toda persona, de conocer cuál es el contenido y el valor de la opción que se le presenta y según la cual se busca realizar colectivamente el bien de la ciudad, de la nación, de la humanidad».[3]

En efecto, la función y la responsabilidad política constituyen un desafío permanente para todos los que reciben el mandato de servir a su país, de proteger a cuantos viven en él y de trabajar a fin de crear las condiciones para un futuro digno y justo. La política, si se lleva a cabo en el respeto fundamental de la vida, la libertad y la dignidad de las personas, puede convertirse verdaderamente en una forma eminente de la caridad.

3. Caridad y virtudes humanas para una política al servicio de los derechos humanos y de la paz
El Papa Benedicto XVI recordaba que «todo cristiano está llamado a esta caridad, según su vocación y sus posibilidades de incidir en la pólis. […] El compromiso por el bien común, cuando está inspirado por la caridad, tiene una valencia superior al compromiso meramente secular y político. […] La acción del hombre sobre la tierra, cuando está inspirada y sustentada por la caridad, contribuye a la edificación de esa ciudad de Dios universal hacia la cual avanza la historia de la familia humana».[4] Es un programa con el que pueden estar de acuerdo todos los políticos, de cualquier procedencia cultural o religiosa que deseen trabajar juntos por el bien de la familia humana, practicando aquellas virtudes humanas que son la base de una buena acción política: la justicia, la equidad, el respeto mutuo, la sinceridad, la honestidad, la fidelidad.

A este respecto, merece la pena recordar las “bienaventuranzas del político”, propuestas por el cardenal vietnamita François-Xavier Nguyễn Vãn Thuận, fallecido en el año 2002, y que fue un fiel testigo del Evangelio:

Bienaventurado el político que tiene una alta consideración y una profunda conciencia de su papel.
Bienaventurado el político cuya persona refleja credibilidad.
Bienaventurado el político que trabaja por el bien común y no por su propio interés.
Bienaventurado el político que permanece fielmente coherente.
Bienaventurado el político que realiza la unidad.
Bienaventurado el político que está comprometido en llevar a cabo un cambio radical.
Bienaventurado el político que sabe escuchar.
Bienaventurado el político que no tiene miedo.[5]

Cada renovación de las funciones electivas, cada cita electoral, cada etapa de la vida pública es una oportunidad para volver a la fuente y a los puntos de referencia que inspiran la justicia y el derecho. Estamos convencidos de que la buena política está al servicio de la paz; respeta y promueve los derechos humanos fundamentales, que son igualmente deberes recíprocos, de modo que se cree entre las generaciones presentes y futuras un vínculo de confianza y gratitud.

4. Los vicios de la política
En la política, desgraciadamente, junto a las virtudes no faltan los vicios, debidos tanto a la ineptitud personal como a distorsiones en el ambiente y en las instituciones. Es evidente para todos que los vicios de la vida política restan credibilidad a los sistemas en los que ella se ejercita, así como a la autoridad, a las decisiones y a las acciones de las personas que se dedican a ella. Estos vicios, que socavan el ideal de una democracia auténtica, son la vergüenza de la vida pública y ponen en peligro la paz social: la corrupción —en sus múltiples formas de apropiación indebida de bienes públicos o de aprovechamiento de las personas—, la negación del derecho, el incumplimiento de las normas comunitarias, el enriquecimiento ilegal, la justificación del poder mediante la fuerza o con el pretexto arbitrario de la “razón de Estado”, la tendencia a perpetuarse en el poder, la xenofobia y el racismo, el rechazo al cuidado de la Tierra, la explotación ilimitada de los recursos naturales por un beneficio inmediato, el desprecio de los que se han visto obligados a ir al exilio.

5. La buena política promueve la participación de los jóvenes y la confianza en el otro
Cuando el ejercicio del poder político apunta únicamente a proteger los intereses de ciertos individuos privilegiados, el futuro está en peligro y los jóvenes pueden sentirse tentados por la desconfianza, porque se ven condenados a quedar al margen de la sociedad, sin la posibilidad de participar en un proyecto para el futuro. En cambio, cuando la política se traduce, concretamente, en un estímulo de los jóvenes talentos y de las vocaciones que quieren realizarse, la paz se propaga en las conciencias y sobre los rostros. Se llega a una confianza dinámica, que significa “yo confío en ti y creo contigo” en la posibilidad de trabajar juntos por el bien común. La política favorece la paz si se realiza, por lo tanto, reconociendo los carismas y las capacidades de cada persona. «¿Hay acaso algo más bello que una mano tendida? Esta ha sido querida por Dios para dar y recibir. Dios no la ha querido para que mate (cf. Gn 4,1ss) o haga sufrir, sino para que cuide y ayude a vivir. Junto con el corazón y la mente, también la mano puede hacerse un instrumento de diálogo».[6]

Cada uno puede aportar su propia piedra para la construcción de la casa común. La auténtica vida política, fundada en el derecho y en un diálogo leal entre los protagonistas, se renueva con la convicción de que cada mujer, cada hombre y cada generación encierran en sí mismos una promesa que puede liberar nuevas energías relacionales, intelectuales, culturales y espirituales. Una confianza de ese tipo nunca es fácil de realizar porque las relaciones humanas son complejas. En particular, vivimos en estos tiempos en un clima de desconfianza que echa sus raíces en el miedo al otro o al extraño, en la ansiedad de perder beneficios personales y, lamentablemente, se manifiesta también a nivel político, a través de actitudes de clausura o nacionalismos que ponen en cuestión la fraternidad que tanto necesita nuestro mundo globalizado. Hoy más que nunca, nuestras sociedades necesitan “artesanos de la paz” que puedan ser auténticos mensajeros y testigos de Dios Padre que quiere el bien y la felicidad de la familia humana.

6. No a la guerra ni a la estrategia del miedo
Cien años después del fin de la Primera Guerra Mundial, y con el recuerdo de los jóvenes caídos durante aquellos combates y las poblaciones civiles devastadas, conocemos mejor que nunca la terrible enseñanza de las guerras fratricidas, es decir que la paz jamás puede reducirse al simple equilibrio de la fuerza y el miedo. Mantener al otro bajo amenaza significa reducirlo al estado de objeto y negarle la dignidad. Es la razón por la que reafirmamos que el incremento de la intimidación, así como la proliferación incontrolada de las armas son contrarios a la moral y a la búsqueda de una verdadera concordia. El terror ejercido sobre las personas más vulnerables contribuye al exilio de poblaciones enteras en busca de una tierra de paz. No son aceptables los discursos políticos que tienden a culpabilizar a los migrantes de todos los males y a privar a los pobres de la esperanza. En cambio, cabe subrayar que la paz se basa en el respeto de cada persona, independientemente de su historia, en el respeto del derecho y del bien común, de la creación que nos ha sido confiada y de la riqueza moral transmitida por las generaciones pasadas.

Asimismo, nuestro pensamiento se dirige de modo particular a los niños que viven en las zonas de conflicto, y a todos los que se esfuerzan para que sus vidas y sus derechos sean protegidos. En el mundo, uno de cada seis niños sufre a causa de la violencia de la guerra y de sus consecuencias, e incluso es reclutado para convertirse en soldado o rehén de grupos armados. El testimonio de cuantos se comprometen en la defensa de la dignidad y el respeto de los niños es sumamente precioso para el futuro de la humanidad.

7. Un gran proyecto de paz
Celebramos en estos días los setenta años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que fue adoptada después del segundo conflicto mundial. Recordamos a este respecto la observación del Papa san Juan XXIII: «Cuando en un hombre surge la conciencia de los propios derechos, es necesario que aflore también la de las propias obligaciones; de forma que aquel que posee determinados derechos tiene asimismo, como expresión de su dignidad, la obligación de exigirlos, mientras los demás tienen el deber de reconocerlos y respetarlos».[7]

La paz, en efecto, es fruto de un gran proyecto político que se funda en la responsabilidad recíproca y la interdependencia de los seres humanos, pero es también un desafío que exige ser acogido día tras día. La paz es una conversión del corazón y del alma, y es fácil reconocer tres dimensiones inseparables de esta paz interior y comunitaria:

– la paz con nosotros mismos, rechazando la intransigencia, la ira, la impaciencia y ―como aconsejaba san Francisco de Sales― teniendo “un poco de dulzura consigo mismo”, para ofrecer “un poco de dulzura a los demás”;

– la paz con el otro: el familiar, el amigo, el extranjero, el pobre, el que sufre…; atreviéndose al encuentro y escuchando el mensaje que lleva consigo;

– la paz con la creación, redescubriendo la grandeza del don de Dios y la parte de responsabilidad que corresponde a cada uno de nosotros, como habitantes del mundo, ciudadanos y artífices del futuro.

La política de la paz ―que conoce bien y se hace cargo de las fragilidades humanas― puede recurrir siempre al espíritu del Magníficat que María, Madre de Cristo salvador y Reina de la paz, canta en nombre de todos los hombres: «Su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes; […] acordándose de la misericordia como lo había prometido a nuestros padres en favor de Abrahán y su descendencia por siempre» (Lc 1,50-55).

Vaticano, 8 de diciembre de 2018

FRANCISCO

_______________________

[1] Cf. Lc 2,14: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad».
[2]
 Cf. Le Porche du mystère de la deuxième vertu, París 1986.
[3]
 Carta ap. Octogesima adveniens (14 mayo 1971), 46.
[4]
 Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 7.
[5]
 Cf. Discurso en la exposición-congreso “Civitas” de Padua: “30giorni” (2002), 5.
[6]
 Benedicto XVI, Discurso a las Autoridades de Benín (Cotonou, 19 noviembre 2011).
[7]
 Carta enc. Pacem in terris (11 abril 1963), 44.

Mensaje de Navidad 2018

“¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él!” (Lc 2,14)
Al contemplar el pesebre, también nosotros deseemos la paz para la tierra, nuestra casa común.
María y José abren el mundo a la Paz que viene de Dios.
Jesús es nuestra Paz.

Queridos amigos y hermanos:

En el Mensaje del año pasado les comentaba algunos pormenores del primer “pesebre viviente” de la historia: el que se hizo por iniciativa de Francisco de Asís, en la Navidad de 1223. Francisco – les decía entonces – quería “estar con Jesús, María y José” y sentir “en la propia carne la humanidad de Dios”. Su alma sensible sentía con fuerza este “anhelo de Navidad”.

El tiempo pasa, las costumbres cambian y el mundo sigue girando. Pero, ese anhelo sigue vivo. ¿Por qué? Los hombres no podemos dejar de anhelar la paz. Incluso cuando más se enrarece la convivencia, la aspiración de la paz logra abrirse camino por los entreveros del corazón humano.

La paz es obra de la justicia. Pero es mucho más. Hay paz cuando, por ejemplo, alguien se anima a perdonar; a recrear la confianza con una sonrisa o una palabra amable; o, sencillamente, a humanizar el espacio compartido con alguna expresión de belleza.

De manera especial, la paz se abre camino cuando un ser humano ora, dejando entrar en su corazón la admiración por ese Misterio silente y bueno que llamamos “Dios”. Y, así conmovido, le abre espacio en su corazón, en su jornada y en su vida.

Así viven aquella noche José y María, en Belén de Judá.

Se les habían cerrado todas las puertas. Sin embargo, no dejaron que esa triste negativa les agriara el alma. Todo lo contrario: en un establo, hicieron que el mundo se abriera a la paz de Dios.

Esa Paz vino del cielo, como gracia inmerecida y sorprendente. Pero fue también creciendo despacito, “por obra del Espíritu Santo”, en el vientre de María y en el corazón noble de José. Aquella noche, los jóvenes esposos dijeron juntos su sí al Dios que los llamaba, sobreponiéndose a dudas y temores.

Y la Paz nació en Belén.

Siempre me pregunto: ¿cuántos Belenes así hay en el mundo? ¿Cuántos José, María y Jesús naciendo? ¿Cuántos pesebres pobres transformados en hogares de paz y de esperanza? ¿Cuántas horas silenciosas de amor, perdón y oración que abren, cada día, nuestro mundo al soplo vivificante del Espíritu Santo? Solo Dios lo sabe, pero está ansioso por compartirlo con nosotros.

Por eso celebramos Navidad, armamos el pesebre y escuchamos, como la primera vez, el relato del nacimiento de Jesús.

El pesebre nos habla de un Dios que, a pesar de todas las puertas cerradas, se abre espacio en la noche de los hombres. ¡Dios no deja solos a sus hijos e hijas! Su Verbo se ha hecho carne y ha nacido en Belén para llenar con su Presencia cada espacio y momento humano.

¡Dónde hay humanidad, allí está el Hijo de María nacido en un pesebre!

Así Dios está en tu vida, en la de tus seres queridos, en cada hombre y mujer que lucha las batallas de la vida con algunas victorias y, tal vez, muchas derrotas. Está, especialmente, en la mesa de los pobres, los descartados, los olvidados. Dios está donde hay humanidad, especialmente si frágil, herida o pisoteada.

¡Miremos entonces el pesebre!

¡Qué la fragilidad del Niño Dios cure nuestras cegueras, y venza con su humildad tantas desconfianzas y desilusiones!

¡La gloria de Dios que cantan los ángeles resplandece en ese Niño!

¡Desaparezcan de nosotros toda altanería y autosuficiencia!

Seamos como los pastores: acudamos presurosos a reconocer al Mesías de Dios.

También nosotros, como María y José, con nuestra oración y nuestra fe humilde, abramos el mundo a la Paz de Dios.

Pero, también como ellos, convirtámonos en obreros de paz, de reconciliación, de perdón y de alegría.

Bendecida Navidad para todos ustedes.De corazón,

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

Día del Periodista 2018

 

Saludo del obispo Sergio Buenanueva en el Día del Periodista

San Francisco, 6 de junio de 2018

Queridos amigos y amigas periodistas:

El nombre de la Iglesia diocesana de San Francisco, les hago llegar un cordial saludo a todos ustedes al celebrar el Día del Periodista.

Quisiera decirles que valoramos mucho la labor de los hombres y mujeres de la comunicación. Desempeñan una tarea insustituible para la vida de nuestra sociedad, el buen funcionamiento de nuestra democracia y la edificación del bien común.

Les agradezco también la siempre buena disposición para informar sobre la vida de la Iglesia católica o hacer espacio a su palabra en los debates públicos. También al afrontar problemáticas delicadas y difíciles de nuestra vida eclesial y pastoral.

Permítanme compartir con ustedes unas reflexiones del Papa Francisco con ocasión de la Jornada Mundial de las comunicaciones sociales de este año. Hablando sobre la misión de un Periodismo de Paz, el Santo Padre señalaba: “Si el camino para evitar la expansión de la desinformación es la responsabilidad, quien tiene un compromiso especial es el que por su oficio tiene la responsabilidad de informar, es decir: el periodista, custodio de las noticias. Este, en el mundo contemporáneo, no realiza sólo un trabajo, sino una verdadera y propia misión. Tiene la tarea, en el frenesí de las noticias y en el torbellino de las primicias, de recordar que en el centro de la noticia no está la velocidad en darla y el impacto sobre las cifras de audiencia, sino las personas. Informar es formar, es involucrarse en la vida de las personas. Por eso la verificación de las fuentes y la custodia de la comunicación son verdaderos y propios procesos de desarrollo del bien que generan confianza y abren caminos de comunión y de paz. (…)”

Les deseo a todos ustedes un bendecido Día del Periodista.

 

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

Un tiempo intenso de oración por la vida

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Ante la posible despenalización del aborto tenemos que intensificar nuestra oración. Sabemos que el poder de la oración es enorme porque abre el mundo más fuertemente a la acción de Dios, especialmente abre los corazones al influjo del Espíritu.

 
Los obispos de Argentina invitamos a todos los fieles a unirnos en un tiempo intenso de oración por la VIDA y en especial por la VIDA DEL NIÑO POR NACER, desde el domingo de la Ascensión del Señor (13 de mayo) hasta el domingo de la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (3 de junio).
Proponemos la Oración por la Vida de San Juan Pablo II. Comencemos a rezarla en familia y en comunidad desde este domingo:
 
María,
aurora del mundo nuevo,
Madre de los vivientes,
a Ti confiamos la causa de la vida:
mira, Madre, el número inmenso
de niños a quienes se impide nacer,
de pobres a quienes se hace difícil vivir,
de hombres y mujeres víctimas
de violencia inhumana,
de ancianos y enfermos muertos
a causa de la indiferencia
o de una presunta piedad.
 
Haz que quienes creemos en tu Hijo
sepamos anunciar con firmeza y amor
a los hombres de nuestro tiempo
el Evangelio de la vida.
Alcánzanos la gracia de acogerlo
como don siempre nuevo,
la alegría de celebrarlo con gratitud
durante toda nuestra existencia
y la valentía de testimoniarlo
con solícita constancia, para construir,
junto con todos los hombres de buena voluntad,
la civilización de la verdad y del amor,
para alabanza y gloria de Dios Creador
y amante de la vida.
 
Amén.
 
San Juan Pablo II. 25 de marzo de 1995.

Busquemos al Resucitado con los ojos de María

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Mensaje de Pascua 2018

¿Cómo vivió María la resurrección de su Hijo?

El Nuevo Testamento no nos dice nada al respecto. Nos presenta a María al pie de la cruz, y, después, en el Cenáculo, orando con los discípulos a la espera del Espíritu Santo (cf. Jn 19,25-27 y Hch 1,14).

La piedad ha intentado colmar este silencio. Algunos imaginan una bonita historia: Jesús resucitado se aparece a su madre. Pienso, sin embargo, que ese silencio de las Escrituras es más elocuente. Conviene escudriñarlo, pues habla poderosamente a quien sabe escucharlo. Como Elías que, en el susurro de la brisa suave, experimenta la Presencia del Invisible (cf. 1 Re 19,12-13).

Así como los evangelios nos hablan de Jesús a la luz de la Pascua, también los relatos en que aparece la madre del Señor tienen un innegable sabor pascual. Su misma figura refleja la luz que se desprende de la humanidad gloriosa del Resucitado. Ella es, sin más, la mujer de la Pascua: espera, ora y se abre a la acción sorprendente del Dios que vivifica y resucita. Camina la fe, transfigurada ya por la fuerza del Espíritu que resucitó a Jesús.

Hay un relato de San Lucas que deja entrever esa mística pascual que anima el camino de María: Jesús en el templo, el quinto misterio de gozo (cf. Lc 2,41-52).

Es casi un anticipo de Emaús. Aquí también la referencia es Jerusalén y la Pascua (Lc 2,41). José y María, como los dos peregrinos, están en camino. Encuentran a Jesús “al tercer día” (Lc 2,46). A los de Emaús, Jesús les dice que era necesario que se cumpliera el designio de Dios. Aquí, responde que es necesario ocuparse de las cosas del Padre (cf. Lc 2,49). En el Templo, sus padres no terminan de entender “lo que les decía” (Lc 2,50). Los de Emaús lentamente se abren a su misterio: la fracción del pan les abre los ojos (cf. Lc 24,31).

El relato del hallazgo de Jesús en el Templo concluye con una estupenda imagen: María “conservaba estas cosas en su corazón” (Lc 2,51). ¿Qué contempla María en su corazón de mujer, madre y creyente? A Jesús que está “creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres” (Lc 2,52).

Así vive María la Pascua: con los ojos de la fe iluminados por el amor a su Hijo. El Resucitado está ante sus ojos, en todo el esplendor de la vida nueva que ha vencido la muerte y que ha transfigurado la humanidad que el Espíritu Santo comenzó a plasmar en ella. Ha resucitado su sangre y su misma carne. El Hijo de sus entrañas vive en la gloria de Dios. Lo había concebido por obra del Espíritu, dándolo a luz en la pobreza colmada de ternura de Belén. Ahora, por el poder vivificante del mismo Espíritu, Jesús resucita de la oscuridad de la tumba.

Todo en María habla de la resurrección porque todo, en ella, habla de la vida. Ella misma es signo viviente del triunfo de la vida sobre la muerte, de la gracia sobre el pecado, de la misericordia sobre el odio y la discordia. Es signo de la nueva humanidad que se abre camino, empujada por el Espíritu del Padre que resucitó a Jesús de la tumba.

En este Año Mariano Diocesano, miremos a la Purísima, dejémonos mirar por ella y tratemos de contagiarnos de su misma mirada. Busquemos a Jesús resucitado con los ojos y el corazón de María, su madre y su más perfecta discípula.

Sigamos caminando nuestra fe y celebrando la vida, con la alegría que nace de la Pascua de Jesucristo. Busquemos a Jesús con ansiedad: el Resucitado entremezcla su vida nueva con la vida de los pobres, los descartados y los más vulnerables. Seamos nosotros custodios y promotores de la vida, especialmente la más amenazada y herida.

Toda vida vale.

¡Feliz Pascua de resurrección!

 

1º de abril de 2018, Domingo de Pascua

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

 

Mujer libre y fuerte…

LA PASIÓN DE CRISTO- ESCENA VIRGEN MARÍA Y CRISTO

Mensaje por el Día Internacional de la Mujer

Como dice el Documento de Aparecida, del Evangelio emerge la figura de María como “mujer libre y fuerte, conscientemente orientada al verdadero seguimiento de Cristo.” (DA 266).

María es discípula de Jesús, no por casualidad, sino por una decisión que ha ido madurando y creciendo en ella, en su conciencia, en su libertad, en su alma. Su fuerza no es la arrogancia del prepotente, sino la fortaleza del Espíritu que vierte el amor de Dios en los corazones.

Ese encuentro entre ella y el Espíritu de Dios la ha hecho más mujer, más genuinamente humana, libre y vital. La ha potenciado en su humanidad. Así ha podido dar a luz – nadie se le puede comparar – al que es la Luz del mundo.

La fuerza de María es la fortaleza que se foguea en la lucha cotidiana por el pan “de cada día”. Y esa lucha es oración, servicio, fe peleada y sufrida. Es búsqueda de Jesús, aún cuando no se comprende bien lo que dice y hace. Es espada que parte por el medio, porque la Palabra hace eso en la vida de quien la acoge sin reservas: hiere, cura y purifica, tanto como que da vida y resucita.

Con esa fuerza da vida.

Así es María. Y así son tantas y tantas mujeres que he podido conocer en cada rincón de nuestra diócesis, y también más allá. Celebrando hoy el Día Internacional de la Mujer me hace bien recordarlo.

De esta conmemoración podemos decir lo que Jesús sobre el Reino: trigo y cizaña crecen juntos. Es verdad que hay reclamos difíciles de aceptar (el aborto, por ejemplo, o algunas impostaciones ideológicas), pero también hay mucho más de trigo genuino que resulta necesario dejar crecer: justicia e igualdad, dignidad concretamente reconocida, no a la violencia contra las mujeres, anhelo por otra forma de vida y de organización de la sociedad…

Se ha planteado la oportunidad de celebrarlo con una huelga de mujeres. Es opinable. Creo, sin embargo, que esa “ausencia” puede ser elocuente expresión de lo que las mujeres significan en la vida de nuestra sociedad y de la Iglesia, pero también de todo lo que nos falta conseguir todavía para hacer justicia a la dignidad de quien, con el varón, ha sido creada a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,27).

El Reino y la Iglesia que está a su servicio tienen alma y rostro de mujer. El de María y de las otras mujeres, al pie de la cruz, en el camino de la vida, en el peregrinaje de la fe, en la pelea cotidiana por los que amamos y por nuestro mundo.

A todas las mujeres, creyentes o no, que habitan en este espacio generoso que es el territorio de la Diócesis de San Francisco, mi saludo y mi mano tendida, de hombre y de hermano.

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

Mensaje de Navidad 2017

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La cueva de Greccio donde Francisco celebró la Nochebuena de 1223

“Vayamos a Belén, y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha anunciado”

“Si quieres que celebremos en Greccio esta fiesta del Señor, date prisa en ir allá y prepara prontamente lo que te voy a indicar. Deseo celebrar la memoria del niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno.”

Estas fueron las indicaciones de Francisco de Asís para la Nochebuena de 1223. Esa noche, los hermanos y mucha gente, con velas en las manos, se acercaron a la cueva preparada para el primer “pesebre viviente” de la historia. Podemos adivinar la emoción de todos, especialmente de los niños. Lo vemos aún hoy en nuestras representaciones navideñas.

Nada igualó, sin embargo, lo que sentía Francisco. En la Misa, y por ser diácono, proclamó el evangelio y predicó. Tomás de Celano, su biógrafo, nos cuenta que su homilía fue tan viva que, cada vez que decía: “Belén”, hacía sonar la “e” final como el balido de una oveja. Predicó con el corazón y con toda su alma. Del pesebre se pasó al altar, porque Dios se hizo niño para confundir a los soberbios, y se hace pan para alimentar a los hambrientos.

presepegreggiocasentiniFrancisco quería estar con Jesús, María y José en la cueva de Belén. Como estuvieron los pastores, los reyes o los ángeles. O, al menos, como el buey, el asno o las ovejas. Quería ser parte de esa historia. Sentir en la propia carne la humanidad de Dios. Un año después, recibiría en su cuerpo las señales del Crucificado, culminando así su camino de identificación con Jesús.

En esta Navidad quisiera invitarte a sentir lo mismo que Francisco. ¿Es esto posible? Sentidos, sentimientos y emociones son una parte preciosa de nuestra persona. Son delicadísimos. Siempre hay que tener cuidado de no manipularlos. Hoy vivimos en una cultura que exacerba los estímulos sensoriales, dejándonos vacíos, tristes y agresivos.

Pero, como decían los antiguos: “el abuso no quita el uso”. Necesitamos recrear una sensibilidad humana genuina, profunda y muy rica. Y eso nos ofrece el Evangelio: cura, salva y enaltece nuestros sentidos, sentimientos y emociones. Y lo hace poniéndonos en contacto con Jesús.

En el corazón de nuestra fe está esta afirmación maravillosa y desconcertante: el Dios invisible, oculto e inefable, se ha hecho visible en Jesús. Cuando en los evangelios escuchamos sus palabras, contemplamos sus gestos y nos dejamos alcanzar por su persona, Dios nos abre su corazón. Por eso, San Pablo le dice a los cristianos de Filipos: “Tengan entre ustedes los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Flp 2,5).

En esta Navidad, te invito a decir con los pastores: “Vayamos a Belén, y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha anunciado” (Lc 2,15). ¿Cómo hacerlo? Tenemos muchos caminos: ante todo, está el Evangelio. ¿Qué tal si en la Nochebuena no le proponés a los tuyos escuchar el relato del nacimiento de Jesús (cf. Lc 2,1-20)? Participar en familia en la Misa de Nochebuena o la de Navidad es también una hermosa experiencia de fe. Me consta el esmero de nuestras comunidades en preparar esas liturgias. Otra forma de ir al pesebre es sentar a nuestra mesa a alguien que está solo. La Navidad brilla mejor entre los pobres, porque nos permite sentir de la delicadeza con que Dios nos trata: su Hijo nació pobre entre los pobres. ¡Y cómo necesitamos aprender a tratarnos mejor, a ser más benignos y mansos de corazón!

Jesús nació para nosotros. Para vos. ¡No lo dudés ni un instante! Jesús nace pobre y desvalido en Belén para mostrarnos cómo quiere tratarnos nuestro Dios. En la raíz de nuestra vida está el amor gratuito del Padre. Acercate entonces al pesebre y, como los pastores, participá de la alegría de José, de María, de los pastores y de Francisco de Asís.

Y si de sensibilidad se trata, ¿cómo no acudir a María en este Año Mariano Diocesano que hemos iniciado? Dejémonos alcanzar por la mirada de la Virgencita. Que ella nos enseñe a mirar al Niño, a la vida, a los pobres y a cantar la gloria de Dios. ¡Muy feliz Navidad para todos!

25 de diciembre de 2017

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

Carta del Presbiterio a los fieles y comunidades de la Iglesia diocesana de San Francisco sobre el Diaconado Permanente

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Para ser difundida este fin de semana del 8 y 9 de julio

Casa Betania (Quebracho Herrado), 6 de julio de 2017

Queridos hermanos y hermanas:

Del lunes 3 a este jueves 6 de julio, hemos estado reunidos en la Casa de encuentros “Betania”, los que formamos el Presbiterio de la diócesis de San Francisco. El tema que nos ha convocado es el Diaconado Permanente y su incorporación a la vida de nuestra Iglesia diocesana.

Con tal fin, hemos repasado la enseñanza de la Iglesia al respecto: identidad y misión del diácono, su vocación y formación, su ministerio y espiritualidad. Hemos discernido también los desafíos que supone, para nuestra vida de fe y de misión, el diaconado permanente, especialmente la figura del diácono casado. Hemos repasado también iniciativas anteriores en este sentido. Reconocemos con gratitud que retomamos un camino ya iniciado en nuestra diócesis. Los pasos que ahora nos aprestamos a dar retoman esas experiencias y los aprendizajes que hemos hecho.

Tuvimos la alegría de contar con la presencia de dos diáconos con sus esposas: Ángel Lasala y Estela, de la diócesis de Cruz del Eje; Héctor Sosa y Eva, de la diócesis de Rafaela. Compartieron con nosotros su experiencia personal y familiar: cómo sintieron la llamada del Señor, los pasos que fueron dando hasta ser ordenados, cómo su familia se fue involucrando en su camino, los desafíos, gozos y dificultades que experimentan en el ministerio.

El diácono es signo visible de Cristo Servidor en el seno de una Iglesia servidora. El diácono puede realizar muchas tareas dentro de la comunidad, pero lo más importante es que su presencia misma anima a todos – obispo, presbíteros, consagrados y laicos – a vivir a fondo el servicio a los demás, especialmente a los más pobres y vulnerables.

Queremos contarles que, a lo largo de estos días, hemos experimentado el gozo y la paz del paso del Señor por nuestras vidas. Creemos que, como Iglesia diocesana, estamos en condiciones de dar pasos concretos para contar, en un plazo prudencial, con esta figura ministerial en nuestra diócesis. Creemos que el Señor nos está alentando a dar este paso importante en el camino de renovación pastoral que nuestra Iglesia diocesana viene transitando, como lo expresa nuestro Plan Pastoral Diocesano.

Nos damos cuenta también que esto implica una fuerte conversión pastoral para abrirnos a la novedad del Evangelio y seguir creciendo como una Iglesia más misionera y servicial. En primer lugar, a los pastores, que tendremos que aprender a compartir nuestra misión pastoral con nuevos ministros ordenados. Pero también para nuestras comunidades y laicos. Le pedimos al Señor que nos haga dóciles a la acción de su Espíritu que nos está animando a dar este paso de conversión.

En los próximos meses iremos ayudando a las comunidades de nuestra diócesis para que puedan conocer más de cerca la figura del diácono permanente y lo que implica su presencia en nuestra vida pastoral.

Entre tanto, unámonos en la oración eclesial, de la mano de María. Como en el Cenáculo, ella sostiene la oración de la Iglesia a la espera del Espíritu. ¡Sigamos caminando y anunciando el Evangelio de Jesús que es luz de esperanza para el mundo!

Sus hermanos,

el obispo Sergio y los presbíteros de la diócesis de San Francisco

Cristo resucitado: fuego nuevo y joven

Mensaje de Pascua 2017

“Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!” (Lc 12,49).

La Vigilia Pascual se inicia con la bendición del fuego nuevo. De allí se toma la llama que, del Cirio pasa a las candelas de los fieles, inundando con su luz el templo en penumbras. También en él se encienden las brasas para el incienso que se ofrecerá en la Eucaristía. 

Una luz vacilante y humilde se impone finalmente a las tinieblas que parecían invencibles. Es una luz que viene de las llamas jóvenes de un fuego nuevo, sobre el que ha descendido la bendición de Dios. 

Un gesto ritual sencillo pero elocuente. La fe que se nutre en la lectura orante de las Escrituras y en el seguimiento de Cristo  desentraña su significado. 

Jesús de Nazaret, transfigurado por el Espíritu en la resurrección, es ese fuego de Dios para nuestro mundo. Es luz que ilumina, calor que enciende y llama que purifica. De Él viene la luz que disipa oscuridad y vence nuestros temores. 

Sus ojos de Resucitado “parecen llamas de fuego” (Ap 1,14). No hay potencia humana que pueda sofocar la apasionada libertad con la que se ha entregado para redimir a la humanidad. Ya lo había profetizado la esposa enamorada del Cantar de los Cantares: “Las aguas torrenciales no pueden apagar el amor, ni los ríos anegarlo. Si alguien ofreciera toda su fortuna a cambio del amor, tan sólo conseguiría desprecio” (CC 8,7).

El Señor resucitado es, sobre todo, fuego siempre joven que hace nuevas todas las cosas. La comunión con Él nos permite nacer de nuevo, del agua y del Espíritu, según la promesa del mismo Señor (cf. Jn 3,5-9).

Si tuviera que expresar un deseo para esta Pascua – para mí, para la Iglesia diocesana y para cada persona – lo haría con esta oración surgida del corazón creyente: 

Padre, que no dejemos extinguir el fuego que Tú mismo has encendido en nosotros. 

Ese fuego es tu Hijo Jesucristo. Es su Evangelio que nos habla, nos hiere y nos consuela. A través de su entrega pascual, tu amor incondicional y compasivo ha entrado definitivamente en el mundo, para ya nunca más irse. En ese amor hemos creído. Él es nuestra certeza y sobre él se apoya nuestra esperanza. 

Que ese amor no languidezca en tu Iglesia, por miedo, frialdad o comodidad. Que sea como María, una Iglesia pobre y libre, misionera y servidora.

Que tu fuego arda siempre nuevo en las familias, en los pastores y consagrados; en los niños, en los jóvenes, y en el corazón amable de los ancianos; en los que luchan por la dignidad de la vida; en los que sienten la pasión por el bien común y la verdad; en los que se entregan a la causa de los más pobres y olvidados; en los que luchan para que esta tierra siga siendo nuestra casa común, especialmente para las nuevas generaciones.

Miramos a tu Hijo Jesucristo. Él es el Viviente que comunica vida y alegría. Viene de vencer la muerte y el pecado. Somos vocación y misión, pues Él nos llama y nos envía, pronunciando, con amor, nuestro nombre. A Él nos entregamos suplicando que su Espíritu nos transfigure. Amén. 

Hermanos: ¡Cristo ha resucitado verdaderamente! ¡Muy feliz Pascua para todos!

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco