Este 2020, habrá Pascua

“La Voz de San Justo”, domingo 5 de marzo de 2020

Nuestras calles bulliciosas han quedado en silencio. También nuestros templos. Cuando salimos de casa, caminamos rápido, guardamos distancia, nos comunicamos con gestos.

El silencio dice muchas cosas. Cada uno sabrá como interpretarlo. El silencio tiene palabras, tal vez las más esenciales y sonoras.

Este es un silencio que no hemos buscado, sino que hemos tenido que aceptar, en parte con resignación, en parte por convicción. ¿Qué significa? ¿Qué nos dice?

Aún sin terminar de comprenderlo del todo, nos damos cuenta de que ese silencio de voces, trabajos y caminos tiene un sentido: cuidarnos, cuidar a los más expuestos, prevenir un mal que es también silencioso, y que está sacudiendo a la entera humanidad.

Pero también está asomando el miedo: ¿Qué real entidad tiene todo esto que vivimos? ¿Y el futuro? ¿Y el trabajo? ¿Y nuestra vida? ¿Cómo emergerá la humanidad de esta prueba? ¿Y nuestra Argentina?

Es una verdadera encrucijada de caminos. Comenzamos a advertir que estamos ante decisiones que implican la vida. Empezamos a intuir que, a nuestra generación se le está pidiendo sembrar pensando que otros cosecharán.

Es un desafío. Una responsabilidad. No ha madurado de a poco, sino que, con un ritmo vertiginoso, ha caído sobre nosotros, exigiéndonos decisiones rápidas, a las que no estamos habituados. Incluso más: tal vez hemos ido adormeciendo nuestra capacidad de mirar más allá de nosotros, de nuestro tiempo y de nuestras satisfacciones inmediatas.

Pero, ese tiempo ha llegado de improviso y nos está urgiendo…

Los que somos discípulos de Jesús sabemos que nuestra fe y la Pascua, que estamos a punto de celebrar, no se desentienden de esas vivencias. Más aún: es precisamente en ese humus donde la fe madura, donde la Pascua echa raíces y muestra todo su sentido y vigor.

Porque Pascua es paso de Dios por la vida. Y un paso que le roba a la muerte su poder destructor, porque hace surgir la vida desde la entraña misma de la tumba. Vence el miedo. Todos los miedos. Es luz matinal que, tenue pero firme, disipa las tinieblas más oscuras.

Pascua es Cristo en nosotros, y nosotros en Él.

No podremos estar físicamente en nuestros templos. Estaremos en familia, o tal vez solos (así muchos, de hecho, viven su fe hoy). Algunos estarán en la calle, en los hospitales como servidores o como enfermos. Pero Cristo que pasa estará allí, con cada uno de nosotros. Porque Dios está donde están los hombres, donde hay humanidad que sufre y que se entrega.

Este año celebraremos Pascua. No lo dudemos siquiera.

Cristo es nuestra Pascua

Segunda “Carta Pascual”

San Francisco, 2 de abril de 2020

A los fieles católicos de la Diócesis de San Francisco.

Queridos hermanos:

  1. Cuando programé estas “Cartas Pascuales”, no imaginé que, por la emergencia sanitaria, no íbamos a poder reunirnos para las celebraciones de Semana Santa. No podremos estar físicamente en nuestros templos, pero estaremos en comunión. Muchos celebrarán la Pascua en los hospitales y centros de salud, en la calle y en diversos servicios públicos. En sus rostros y en sus manos reconoceremos a Aquel que “muriendo destruyó nuestra muerte y resucitando restauró la vida”.
  2. Vamos a vivir esta Pascua del Señor. No lo dudemos siquiera. Lo haremos de otra manera: en familia o incluso solos; por las redes u otros medios, tal vez solo con la Biblia ante nuestros ojos. Y lo haremos con una participación real y creativa.  Seremos como María y José que buscan ansiosos a Jesús que se les ha perdido. Esa es el alma de la liturgia: buscar al Señor, dejarse llevar por el Espíritu y, así, glorificar al Padre. Será también como un más prolongado Sábado Santo. O como la espera del Espíritu.
  3. María nos sostiene. Ella sabe de espera, silencio y oración. Y nos lo enseña ahora, cuando arrecia la tormenta, en medio de la noche. En la barca estamos todos, como decía Francisco. Algunos con miedo, otros -muchísimos- reavivando esperanza.
  4. ¿Cómo emergerá la humanidad de tanto dolor y sacrificios? Cristo resucitado resplandece mostrándonos el futuro según Dios. Pero también desafía nuestra libertad: tenemos que repensar nuestra forma de vida, como bien insiste el Papa Francisco. Hemos de madurar decisiones valientes para cuidar la casa común y legar a las nuevas generaciones un mundo más humano.
  5. ¿Y Argentina? ¿Cómo afrontará este desafío moral? Necesitaremos vigorosas energías espirituales para recomponer nuestra cohesión como pueblo y la amistad social. Se avizora una sociedad herida, seguramente más pobre y vulnerable. Se requerirá grandeza de ánimo para un esfuerzo personal y colectivo extraordinario. La Providencia nos ha puesto ante decisiones cruciales y de largo alcance. Hemos de sembrar, pensando que otros cosecharán. ¡Ojalá no prevalezcan el miedo y nuestras oscuras pulsiones! ¡Ojalá resurjamos más libres, responsables y solidarios!
  6. Los tres puntos que les propongo a continuación parten de una convicción de fe: el Señor está pasando en esta hora difícil. Y eso es precisamente Pascua.

*     *     *

 “Ojalá hoy escuchen la voz del Señor” (Sal 94, 7d)

  1. En pocos días, la vida nos ha cambiado de forma vertiginosa. El riesgo sanitario es grave y real. Apreciamos la cuarentena, pero sus restricciones afectan el trabajo y el sustento de personas y familias. Crecen la ansiedad, el miedo y la inquietud. También un estrés difícil de manejar.
  2. La fe no se desentiende de estas vivencias. Celebramos la Pascua para asumirlas con Jesús que muere y resucita. No podemos entonces dejar de preguntarle: ¿Dónde estás, Señor, en esta hora de cruz y de esperanza? ¿Qué palabra buena nos estás dirigiendo? ¿Qué decisiones de vida nos estás inspirando?
  3. Mientras sigo pidiendo luz para nuestra Iglesia diocesana, permítanme compartir algunos pensamientos. Me están ayudando a caminar esta hora. Todos necesitamos palabras ciertas de esperanza; pocas, pero esenciales. Me animo a compartir algunas de las que Dios me viene regalando. Como su obispo, me siento particularmente obligado a ello.
    • La agenda me muestra, cada día, los eventos que había programado: reuniones, visitas, encuentros, celebraciones, etc. Todo ha quedado en veremos. ¿Cuándo retomaré las actividades ordinarias? ¿Será este año? ¿Más adelante? De repente, lo que creía controlado entra en estado de suspensión. Y la emergencia comienza a ganar espacio en el corazón.
    • En el retiro que compartimos los curas el pasado miércoles, el Padre Alejandro Puiggari nos hacía meditar sobre situaciones de la vida que nos desinstalan, quitándonos seguridades y arrojándonos a la intemperie. Algunos de ustedes también lo escucharon. Está en las redes.
    • En todo esto experimento una tensión interior. Creo que muy saludable, por cierto. Por una parte, la serena certeza de que Dios está, especialmente cuando llega la noche. Pero, por otro lado, no dejo de sentir vértigo, miedo e incertidumbre. Pero es un vértigo habitado por esa Presencia , cuya cercanía amorosa es tan real y determinante como inmanejable.
    • Este despojo tiene el sabor del Evangelio… ¿No es la figura, humilde y bella, de Cristo en su Pasión? ¿No emerge así, una vez más, lo “único necesario” que escucharon Marta y María en Betania de labios del Señor? Esta desapropiación pascual, ¿no será la dirección hacia dónde nos está conduciendo nuestro Buen Pastor?
  4. Me dispongo a vivir la Pascua con estos pensamientos, sentimientos y esperanzas en el corazón. Al ir concluyendo el camino cuaresmal, son las huellas que quedan en mi alma del itinerario recorrido. No el que yo programé, sino el que Dios, en su Providencia, me ha deparado.

“Mi sacrificio es un espíritu contrito, tú no desprecias el corazón contrito y humillado” (Sal 50, 19)

  1. Los invito a releer estos párrafos de la oración de Azarías. Lo rezamos en la Liturgia de las Horas: “Ya no hay más en este tiempo, ni jefe, ni profeta, ni príncipe, ni holocausto, ni sacrificio, ni oblación, ni incienso, ni lugar donde ofrecer las primicias, y así, alcanzar tu favor. Pero que nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humillado nos hagan aceptables como los holocaustos de carneros y de toros, y los millares de corderos cebados; que así sea hoy nuestro sacrificio delante de ti, y que nosotros te sigamos plenamente, porque no quedan confundidos los que confían en ti. Y ahora te seguimos de todo corazón, te tememos y buscamos tu rostro.” (Dn 3, 38-41).
  2. La decisión de suspender el culto público ha sido dolorosa. Lo vi claro de entrada y no albergo dudas de su conveniencia. Sin embargo, la incomodidad queda dando vueltas. Las palabras de Azarías han aflorado solas. Hablan del dolor del pueblo al que le ha sido arrebatado violentamente el templo, su culto y la experiencia de celebrar la Alianza. Pero precisamente allí encuentro también una preciosa indicación de por dónde Dios nos está llevando en esta hora de prueba.
  3. Tanto el Salmo 50 como esta página del Libro de Daniel abrevan en la misma tradición espiritual: el lugar del culto más apreciado por Dios es el corazón del hombre. Allí tiene lugar lo decisivo para la vida. Solo un corazón así puede dejarse tocar y transformar por el Espíritu. Quedan atrás tanto la rigidez moral como una difusa culpabilidad. Ambas nos centran en nosotros más que en Dios.
  4. El Espíritu nos trabaja por dentro, conduciéndonos en otra dirección: la del corazón quebrantado, humilde y dócil a la gracia. Así, todo nuestro trabajo espiritual consiste en bajar hasta las profundidades de nuestra debilidad, reconocerla gozosamente ante Dios y, de esta manera, dejar que Él nos dé su fuerza. En el punto preciso en que reconocemos nuestra impotencia, Dios toma el relevo y su omnipotencia (que es la del amor y la ternura) comienza a transformarnos desde dentro.
  5. Esta suerte de “ayuno de Eucaristía” ha despertado la inquietud de muchos. Me lo han hecho saber. También su disconformidad. Creo comprenderlo: es la insatisfacción del amor. Los cristianos amamos la Eucaristía. No podemos vivir sin ella. “Fuente y culmen” de toda nuestra vida, la llamó sabiamente el Concilio. Y esa es precisamente nuestra experiencia. Lo estamos sintiendo con la fuerza de la privación, de la ausencia y de la nostalgia.
  6. Esta espiritualidad del “corazón quebrantado”, me ayuda a vivir este tiempo de “ayuno de Eucaristía”. Se los comparto como hermano, aún sabiendo que no conformará a todos. En primer lugar, pienso que el corazón quebrantado aprende a esperar, con ansias nuevas, el momento de reencontrarnos para celebrar juntos la Santa Eucaristía. La Misa crismal, por ejemplo. Como decía al inicio, es una espera como la de María el Sábado Santo o en el Cenáculo en Pentecostés. En segundo lugar, porque, si bien no podemos reunirnos, sí podemos vivir concretamente la gracia de la Eucaristía que es el amor de Cristo. Hoy nos privamos de la Eucaristía para cuidar la vida. Es una forma de imitar al Señor que, en la última Cena, lavó los pies a los apóstoles, como humilde siervo.
  7. Un corazón así nos vuelve más abiertos a la Palabra de Dios. En este tiempo, ha crecido el aprecio por las Escrituras. “La Iglesia -nos recordaba el Concilio- ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor” (Dei verbum 21). En nuestros hogares, la lectura de los textos bíblicos de la liturgia nos permitirá experimentar lo que oramos: “Tus palabras, Señor, son espíritu y vida”. Saborearemos mejor su poder santificador y transformante. Nos unirá a Jesús.

“Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado” (1 Co 5, 7)

  1. Cada año, en la Vigilia Pascual, escuchamos las páginas fundamentales de la Escritura, de la creación a la resurrección, pasando por el Éxodo y nuestro Bautismo. Toda la historia de la salvación desemboca en Él y en su Pascua. Él le da sentido a cada fragmento de nuestra historia personal, eclesial y humana. Jesús es nuestra Pascua. Él es el centro viviente del plan de Dios.
  2. Así, el dinamismo del Triduo Pascual despliega el misterio de la persona del Señor. La Pascua comienza ya el Jueves Santo, cuando hacemos memoria de los gestos y palabras con que Jesús anticipó su entrega. El Viernes Santo contemplamos la inmolación del Cordero: “no hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 15, 13). El Sábado Santo -como dijimos- nos sumerge en el silencio de la oración. Con María y su corazón de madre, la Iglesia espera el alba del “día que hizo el Señor”. En la Vigilia volvemos a escuchar el anuncio de la resurrección. Cantamos de nuevo el Aleluya y nos dejamos iluminar por el resplandor del Resucitado. Amanece así el Domingo de Pascua y, como las mujeres ante el sepulcro vacío, volvemos a ser sorprendidos por las palabras del mensajero: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Recuerden lo que él les decía cuando aún estaba en Galilea…” (Lc 24, 5-6). Nos reconocemos entonces en María Magdalena que anuncia a los demás: “Ha resucitado Cristo, mi esperanza…”.
  3.  Queridos hermanos y amigos: volveremos a saludar a Nuestra Señora: “Gózate y alégrate, Virgen María; porque verdaderamente ha resucitado el Señor, Aleluya”. Es cierto: es de noche y tenemos miedo, pero pronto amanecerá. ¡Dejémonos iluminar por el Sol naciente! ¡Es Jesucristo, vencedor de la muerte y toda oscuridad! ¡Él está pasando en esta hora de prueba! ¡No nos deja solos!

Con afecto, su obispo

+ Sergio O. Buenanueva

El último viaje de Abraham

“La Voz de San Justo”, domingo 29 de marzo de 2020

“… Dios puso a prueba a Abraham: «¡Abraham!», le dijo. El respondió: «Aquí estoy». Entonces Dios le siguió diciendo: «Toma a tu hijo único, el que tanto amas, a Isaac; ve a la región de Moria, y ofrécelo en holocausto sobre la montaña que yo te indicaré».” (Gn 22, 1-2). 

Aquel que esperó contra toda esperanza (cf. Rom 4, 18). Así caracteriza San Pablo a Abraham. Lo hemos visto, paso a paso, desde que Dios lo sacó de la seguridad y lo puso a caminar. Lo vemos en el relato de hoy. Fascinante. Una verdadera obra maestra de la literatura bíblica. 

Le había prometido una descendencia más numerosa que las estrellas y,  ahora, Dios le quita el hijo tan esperado, sepultando promesa y futuro. 

Y Abraham, nuevamente, se pone en camino. Va adelante, con el corazón apretado por lo que se le pide y sabe que no puede negar. Este será, tal vez, su último viaje. Irá hasta el final. Fogueado por la fidelidad de Dios, camina y llora por dentro, pero confía. Se repite por dentro: “Dios es fiel, lo sé, lo he experimentado”. 

La narración es fascinante. Es cierto. Pero también provocadora. ¿Puede el Dios de la vida pedirlo todo? ¿Quiere realmente ese sacrificio? El lector sabe que se trata de una prueba. Pero, Abraham no.

A lo largo de su historia, varias veces, Israel se vio tentado de imitar la horrenda práctica de los pueblos vecinos de sacrificar ritualmente a los niños. La respuesta de la Biblia es clara: Dios abomina los sacrificios humanos. Incluso rechaza el culto meramente formal y disociado de la vida. Pide lo que le pide a Abraham: escucha y fidelidad como expresión de amistad. Solo en esa relación personal se alcanza una fe adulta. 

Fue el gran aprendizaje de Abraham. Su figura, en los primeros capítulos de la Biblia, nos dice que todos estamos invitados a la misma experiencia: elegir la vida, y caminarla, en libertad y autenticidad. 

Vivimos horas inciertas. Dios está ciertamente en medio de esta prueba. No como el que castiga o enseña haciendo sufrir, sino como el que pide cuidar y luchar por la vida de todos. 

Dios está en todos los Abraham que, en esta hora, venciendo incluso sus temores, eligen ser fieles a la vida. No quieren ser considerados héroes, sino simplemente humanos. 

Y Dios le pidió consejo a su amigo Abraham

“La Voz de San Justo”, domingo 22 de marzo de 2020

La lectura de la Biblia es fascinante. De forma especial, cautivan los añosos relatos del Génesis. Hoy vuelvo sobre uno de los más hermosos del ciclo de Abrahám. Está en el capítulo dieciocho. Narra el encuentro del patriarca con tres caminantes que lo visitan al calor del mediodía. En realidad, es el mismo Dios quien se apersona en estos misteriosos peregrinos. La hospitalidad de Abraham no se deja esperar y prepara para ellos un buen almuerzo.

Dejo para más adelante la primera parte del relato. Ahora, me centraré en lo que pasa cuando Dios se queda solo con su amigo y, de manera sorprendente, le pide consejo por algo que está por hacer.

Es la famosa escena del regateo de Abraham con Dios por la suerte de las ciudades de Sodoma y Gomorra. De paso, digamos que el pecado de estas ciudades no es de carácter sexual. Se trata de algo más grave: negar la hospitalidad a unos viajeros y, para colmo, querer aprovecharse de ellos. Un pecado de humanidad, diríamos.

“¿Dejaré que Abraham ignore lo que ahora voy a realizar…?” (Gn 18, 17), es la inquietud de Dios que, de esa delicada manera, se decide a compartir con su amigo las dudas que tiene. “¿Así que vas a exterminar al justo junto con el culpable?” (Gn 18, 23), es la primera (y humanísima) reacción de Abraham.

Y, desde ese preciso punto, comienza el delicioso regateo: que si hay solo cincuenta justos, que si cuarenta… hasta llegar a la cifra de diez. La respuesta solemne de Dios: “En atención a esos diez, respondió, no la destruiré”. Y concluye la narración: “Apenas terminó de hablar con él, el Señor se fue, y Abraham regresó a su casa.” (Gn 18, 32-33).

Pienso que Dios se fue satisfecho. Comprobó que, tanto andar con Abraham por el desierto, tanto hablarle y confidenciarse con él, había logrado su objetivo: que este caminante, pícaro y rebelde, tuviera un corazón como el suyo: compasivo, sensible, abierto a todo lo humano.

A Abraham le duele, como al mismo Dios, que los hombres se pierdan. Le duele la suerte de Sodoma y Gomorra. Ni uno ni otro gozan con la destrucción.

Dios busca amigos, compañeros de camino, hombres y mujeres con los que intercambiar su pasión por el mundo, para que la hagan suya, traduciéndola en lo concreto de sus vidas de cada día.

Pienso que, en estas horas difíciles de inesperada cuarentena, este relato nos puede iluminar. También a nosotros, Dios nos pide ayuda para atenuar el rigor de la prueba que estamos viviendo: ¡Ayudalo, quedate en casa, cuidate y, así, cuidá a los demás!

Del fideísmo al pelagianismo

Hace poco postee sobre el “fideísmo”.

Ahora sobre el “pelagianismo” que funciona así: Dios hace un poquito, yo hago un poquito. Entonces, Dios hace otro poquito, y yo vuelta a hacer otro poquito.

Las cosas -en cristiano- no funcionan así.

“El que te creó sin tí no te salvará sin tí”, dice Agustín.

Dios hace todo lo que a Él le corresponde.

Vos y yo hacemos todo lo que nos corresponde.

Él obra en su nivel de Dios, digamos.

Vos y yo obramos en nuestro nivel de creaturas.

No sé si te diste cuenta de que es el Creador (creó todo de la nada). Y, eso, hace la diferencia.

Él es la Causa Primera. Nosotros estamos en el nivel de las causas segundas. (Si esto no lo entendés, no importa. Seguí adelante).

Así nos creó y así (aunque de forma más admirable aún) nos salva.

Es una sinergia misteriosa pero real.

Dios no anula nuestra humanidad, sino que la crea, la hace posible, la sostiene y la corona con su gracia.

Es lo que vemos en Jesucristo: él no es “mitad Dios y mitad hombre” como rezó un compañero mío en primer año del seminario (entonces, éramos todos un poco herejes).

Es plenamente Dios y plenamente hombre, precisamente porque la mayor cercanía de Dios hace posible la mayor (y mejor) humanidad. Rahner, dixit.

¡Es sencillamente maravilloso! Y lleno de consecuencias para la vida real…

En criollo: cuidá tu salud y la de los tuyos con todos los medios que la razón humana (creada por Dios) está señalando como eficaces, prudenciales y efectivos para ese cuidado del que somos moralmente responsables.

Que Dios puede intervenir directamente. ¡Claro! Pero, de ordinario, no lo hace, pero no porque juegue con nosotros al gato y al ratón, sino porque respeta nuestra libertad.

Dios nos toma en serio. Te toma en serio. Me toma en serio. ¡Tómemonos en serio entonces! ¡Y cuidémonos unos a otros, pensando especialmente en los más vulnerables, que nos necesitan vivitos, sanos y con toda nuestra lucidez y capacidad de reacción activa!

Y, por favor, no tentés a Dios para que se comporte como un ídolo al servicio de tus expectativas.

“A Dios rogando… y con el mazo dando”

Abrahám: el que aprendió a contar estrellas

“La Voz de San Justo”, domingo 15 de marzo de 2020

Dejemos atrás el santuario de Luján y las multitudes, y nos reencontrémonos con nuestro amigo Abram.

Sigue caminando, con su familia y posesiones a cuestas. Camina y -al menos, así lo imagino- va tarareando alguna canción. Tal vez, podría ser: “Los caminos de la vida no son como yo pensaba, como los imaginaba, no son como yo creía…”

El que se anima a caminar la fe, sostenido por una promesa de Dios, se arriesga a esa experiencia provocadora, pero también la única que nos termina de convertir en hombres de verdad. Caminar la vida y la fe es lo que, en definitiva, nos humaniza.

Le pasó a Abram. Nos pasa también a nosotros. Aprendamos algo más de su caminar.

Ya lo vimos yendo a Egipto y terminar enredado en sus propias picardías. Hoy les propongo contemplarlo nuevamente cercano a nosotros. Incluso, más humano que hasta ahora.

Leo con ustedes Gen 15, 1-6. Vuelve a contarnos el llamado de Abram por Dios. La Biblia tiene esas cosas: algunos hechos son relatados varias veces, como si nos obligara a rumiarlos o a mirarlos desde distintos puntos de vista.

Aquí, Abram vive la prueba del tiempo: pasan los días, él sigue caminando, y la promesa de Dios que lo trajo hasta aquí parece no poder cumplirse. Cavila, duda y acaricia una solución humana: aunque no tiene heredero surgido de sus entrañas, podrá echar mano de la ley y hacerlo heredar a Eliezer de Damasco, un esclavo suyo.

Es cierto que Abram duda, pero lo hace delante de Dios, en la oración. Es que, ese Dios desafiante y algo esquivo, es también su amigo. O, mejor: ha llegado a convertirse, de tanto caminar juntos, en el amigo de su vida. Al Dios amigo, Abram le abre el corazón: “Tú no me has dado un descendiente, y un servidor de mi casa será mi heredero” (Gn 15, 3).

La respuesta no se deja esperar. Dios vuelve a dirigirle palabras de promesas, cargadas de lirismo y esperanza: “«No, ese no será tu heredero; tu heredero será alguien que nacerá de ti». Luego lo llevó afuera y continuó diciéndole: «Mira hacia el cielo y si puedes, cuenta las estrellas». Y añadió: «Así será tu descendencia». Abram creyó en el Señor, y el Señor se lo tuvo en cuenta para su justificación.” (Gn 15, 4-6).

La fe en Dios siempre tiene que atravesar la prueba del tiempo. Está llamada a transformarse en fidelidad. Tiene que abrirse paso por la incertidumbre, el miedo y la tentación fuerte del desaliento. No hay recetas mágicas para ello. El aprendiz de creyente debe adentrarse por los caminos de la amistad con Dios que se vuelve diálogo, oración y confianza.

Dios siempre estará ahí, amigable y desafiante, invitándonos a contar las estrellas porque solo el infinito es digno de sus promesas y de nuestra sed interior.

Siete años con Francisco, un hombre del Espíritu

13 de marzo de 2013, Francisco pide la oración del pueblo de Dios por su pastor

Este viernes 13 de marzo, el Papa Francisco cumple siete años de haber sido elegido obispo de Roma.

El número siete es muy significativo para un obispo.

La liturgia sugiere que, cuando el obispo celebra la Misa -en una parroquia, por ejemplo- junto al altar haya siete cirios encendidos.

Indican la plenitud del sacerdocio que el obispo ha recibido por la efusión del Espíritu en la ordenación episcopal.

Es una indicación preciosa. La liturgia expresa lo que la Iglesia cree y vive.

El obispo no es un funcionario o un administrativo de una empresa. Menos aún, alguien que, con estrategias mundanas, dirige a otros.

El obispo está llamado a ser un hombre del Espíritu, ejerciendo un ministerio espiritual para bien de todos.

Es lo más valioso que, hoy, puedo decir de nuestro querido Papa Francisco y del modo como está guiando a la Iglesia.

Así lo señala uno de sus biógrafos, el inglés Austen Ivereigh.

Este autor caracteriza el modo como Francisco está gobernando la Iglesia con la figura de un padre, director o acompañante espiritual.

La reforma que está animando en la Iglesia tiene que ver con ayudarnos a ser dóciles a lo que el mismo Espíritu está haciendo en la Iglesia, a los caminos que está abriendo para la Iglesia de Jesús en este tiempo, tan tormentoso y desafiante como fascinante y sediento del Evangelio.

De ahí que, en el centro de su modo de gobernar la Iglesia esté el “discernimiento del Espíritu” que nos ayuda a sentir y obedecer la voluntad de Dios.

Tenemos que dar gracias por su persona y ministerio, rezando para que siga guiando así a la Iglesia.

Pero, para ser consecuentes, más que repetir como autómatas sus dichos, consignas y frases, tenemos que dejarnos guiar nosotros también por el Espíritu para cumplir nuestra misión con plena conciencia y libertad.

Un buen padre espiritual no ocupa nuestro lugar en la respuesta que Dios espera de nosotros. Nos da pistas -como está haciendo Francisco- para que cada uno encuentre esas respuestas, y con el corazón encendido por el amor de Dios, se entregue totalmente y sin reservas a vivir el Evangelio.

Rezo por Francisco, encomendándoselo a la protección de la Virgen María, nuestra Madre.

Perder el tiempo (y la sensatez) en tiempos de coronavirus

¿En la mano o en la boca?

Parece mentira, pero es real.

Mientras se difunde el coronavirus, algunos católicos discuten si es un sacrilegio o no comulgar en la mano.

Es estremecedor ver cómo nos dejamos llevar por estas polémicas estériles. También nosotros colamos el mosquito y nos tragamos el camello.

Es un grave defecto espiritual perder de vista lo que es esencial en nuestra fe. Porque la forma de comulgar es secundaria respecto a la consideración del don divino que supone la santa Eucaristía.

Acudamos a las normas de la Iglesia, no solo para clarificar las cosas sino para tener también paz y no pelearnos como mundanos: “lex orandi lex credendi lex intelligendi” (la ley de la oración es la ley de la fe y de la inteligencia de la fe).

La Iglesia es la que regula la forma de celebrar los sacramentos. Es el derecho litúrgico que está contenido en las normas llamadas “Praenotanda” que preceden a los respectivos ritos litúrgicos.

Las normas que regulan la recepción de la sagrada Comunión están contenidas en el nº 161 de la Ordenación General del Misal Romano, con una nota de las decisiones de la Conferencia Episcopal Argentina al respecto.

Lo más importante: la Iglesia reconoce que la forma de comulgar la elige el fiel, “según su deseo” (sic). Es un derecho del fiel cristiano.

Básicamente son dos: en la boca o en la mano. También se ha reconocido -a modo de dispensa- la comunión de rodillas.

¿Es mejor en la boca o en la mano?

La forma típica es en la boca. Si un Episcopado lo pide, también se autoriza en la mano (como ha hecho el Episcopado Argentino y tantos otros).

En todo caso, lo fundamental es la actitud de fe, de devoción y de amor por la Eucaristía.

Es Cristo que se ofrece y el fiel lo recibe como Señor y Salvador, Viático para el camino y anticipo del Cielo. Aquí hay que poner el acento. Y, desde aquí, indicar la importancia de hacer bien gesto externo de reverencia y adoración al comulgar.

Si bien se puede decir que la norma litúrgica prefiere la comunión en la boca, de ahí concluir que es un sacrilegio comulgar en la mano, es una evidente exageración.

Dígase lo mismo de quienes argumentan que solo la comunión en la mano es lo más conveniente para una fe adulta.

Suele ocurrir que, unos y otros, imponen a los demás, con más fuerza de Ley que el Decreto de Graciano, la propia interpretación personal. Los clérigos solemos llevar la delantera en esto, pero no estamos solos…

Más grotesco aún si, a quien no piensa como yo, le digo con arrogancia: “Lo que pasa es que vos no tenés fe”.

Una expresión que, desde hace un tiempo, observo que se vuelve más común en algunos ambientes.

¿Qué ciencia poseo para concluir que alguien no tiene fe? ¿Alguna revelación particular? Solo Dios juzga ese nivel de la conciencia humana.

¡En nombre de Dios no nos dejemos ganar por semejante soberbia!

Repito, porque es fundamental: es un derecho del fiel cristiano elegir el modo de comulgar.

No cerremos, donde la Iglesia deja abierto un espacio legítimo para la libertad de cada uno.

¿Puede la Iglesia, el obispo o un sacerdote prohibir una forma determinada de comunión?

Tres casos posibles para atender en una respuesta a esta pregunta:

1. Un obispo no permite en su diócesis que se comulgue en la mano, aunque la Conferencia Episcopal del país lo permita. Es posible. De hecho, ocurre. Es potestad del obispo hacerlo.

2. El sacerdote -obispo o presbítero- en una celebración particular, y por riesgo de profanación, puede prohibir la comunión en la mano. Lo establece la Iglesia en sus normas.

3. En un caso como la actual emergencia sanitaria, el obispo puede restringir este derecho por el tiempo que dure la emergencia, por ejemplo, estableciendo que solo se comulgue en la mano o en la boca.

Orar en tiempos de dengue y coronavirus

La oración de súplica también tiene su lugar en una situación de crisis sanitaria.

Dios es creador y redentor. Es Padre, como nos reveló Jesús. No se desentiende de sus hijos y su creación.

Actúa siempre, como también nos enseñó Jesús. Y lo hace para salvar: eso significa, para hacernos crecer en humanidad, vivir como sus hijos en toda circunstancia de la vida (salud o enfermedad) y, de esa forma, llevarnos al cielo, a la bienaventuranza eterna.

Dios respeta su creación. No la violenta ni, de ordinario, pasa por encima las sabias leyes que Él mismo le ha dado.

Al hombre le ha dado inteligencia para comprender las leyes de su creación y ponerlas al servicio de todos. Le ha dado también una voluntad libre para que la acción transformadora del hombre lo perfeccione, haciéndolo más bueno y virtuoso.

Por eso, oramos por quienes tienen responsabilidades de gobierno y de conocimiento para prevenir, curar y aliviar el dolor.

Ese es el modo ordinario de obrar de nuestro Dios: actúa por medio de las “causas segundas”, respetando y sosteniendo su accionar.

Pero también actúa de forma extraordinaria. También sin violentar su creación, pero de un modo que, normalmente se escapa a nuestra comprensión, interviene en el mundo.

A esos signos poderosos de su amor los llamamos milagros, porque, al experimentarlos y contemplarlos no podemos dejar de maravillarnos de su poder, su sabiduría y su misericordia.

Por eso, sus hijos nos volvemos a Él, orando con confianza, para que disponga nuestro corazón para colaborar con su obra y para que Él intervenga en nuestra vida.

Oremos, por tanto, con insistencia y la confianza de Jesús, que es la de los niños: “Pidan y se les dará…”

Es la oración confiada de los hijos que saben que Dios no dejará de estar a su lado con la gracia del Espíritu Santo.

Sí a las Mujeres. Sí a la Vida

“La Voz de San Justo”, domingo 8 de marzo de 2020, Día internacional de la Mujer.

Dejemos, por un momento, a Abrahám peregrinando su fe por los polvorientos caminos de Oriente. Hoy, vamos al Santuario de Luján, a la Eucaristía en el Día internacional de la Mujer. Allí, con María, la Iglesia argentina dice: “Sí a las Mujeres. Sí a la Vida”.

Es Cuaresma: caminamos hacia la Pascua. Cuando volvamos a cantar el Aleluya, ratificaremos de esa forma el “sí” de Dios a la vida que es la resurrección de Cristo. Un “sí” rotundo y definitivo.

En medio de la noche, cuando la oscuridad de la muerte parecía ser la palabra definitiva, el Padre sopló su Aliento sobre la fría piedra del sepulcro, y pronunció la palabra más bella del idioma divino: “¡Resucita!”. Y el Crucificado se puso de pie, transfigurado para siempre: el Viviente que da vida.

Los dos “síes” que lleva el lema (a las mujeres y a la vida) son un eco de ese “sí” fundamental de Dios al mundo, a la humanidad, a la esperanza.

Los discípulos de Jesús nos sentimos responsables de ese “sí”, de cuidarlo y hacerlo visible en cada circunstancia de la historia. Es para todos, especialmente para los pobres (que somos todos).

“Porque el Hijo de Dios, Jesucristo, el que nosotros hemos anunciado entre ustedes… no fue «sí» y «no», sino solamente «sí»” (2 Co 1, 19), enseñaba San Pablo.

Jesús es solamente “sí”. Nosotros, en cambio, cargamos demasiados “noes”. Entre ellos, los que, con actitudes, gestos y palabras, han golpeado y siguen golpeando a las mujeres.

Mientras dice “sí a las mujeres”, la Iglesia reconoce que, en su esencia más honda, ella misma es mujer. La mujer-Iglesia se reconoce en la mujer-María, como en cada una de las mujeres de las Escrituras y de las santas que reflejan lo mejor de sí misma.

Al contemplarse así, la misma Iglesia reconoce que queda todavía mucho por caminar en el reconocimiento del genio femenino. Se lo grita el Evangelio de Jesús.

Nadie como él supo tratar a las mujeres que se le acercaron con sus pesares e ilusiones. Las miró a los ojos y las reconoció como sujetos. Ni las usó ni las victimizó. Tampoco las redujo a un colectivo uniforme y monolítico, sino que supo captar la originalidad de cada una… como hizo con cada persona. Las hizo sus amigas, compañeras y discípulas, en igualdad con los discípulos varones. En la mañana de su resurrección, les confió la Buena Noticia de la ternura de Dios que vence la muerte.

Este domingo nos reunimos para cantar el “sí” de Dios a la vida, a cada hombre y mujer de este mundo. Será un gozo. Tiene que ser un fuerte compromiso. No puede quedar solo en palabras.