De dos en dos y libres, muy libres

de-dos-en-dos1“La Voz de San Justo”, domingo 15 de julio de 2018

La primera vez que leí la frase: “Una Iglesia libre en un Estado libre”, fue en una de las tantas entrevistas que le hicieran al entonces cardenal Joseph Ratzinger. Reflexionaba, si mal no recuerdo, sobre la presencia de la Iglesia en las modernas sociedades secularizadas y el principio de laicidad que regula los vínculos entre religión y política.

A mí me gusta hacerle un añadido personal: “una Iglesia libre, en un Estado libre, en una sociedad de hombres y mujeres libres”.

En el fragor del actual debate por la legalización del aborto, han vuelto a sonar voces que reclaman la separación de la Iglesia del Estado en Argentina. También las apelaciones al carácter laico del Estado y de cómo el Congreso no puede legislar en base a “creencias religiosas”.

Hay aquí mucha tela para cortar. Argentina, por ejemplo, no es un país confesional. No tiene una religión oficial, sino que promueve la libertad religiosa. La Constitución la reconoce como un bien público a tutelar. Estado e Iglesia son autónomos, aunque colaboran en varios frentes: educativo, social, cultural, etc. Aunque no todo es tan lineal: por diversas razones, los vínculos entre la Iglesia católica y el Estado son mucho más fluidos que con las otras religiones. En la medida en que crecen la secularización y el pluralismo religioso, se plantean aquí varios conflictos.

Soy de la opinión de que hay que seguir avanzando en la dirección del axioma arriba citado: “una Iglesia libre, en un Estado libre, en una sociedad de ciudadanos libres”. ¿Qué significa esto? No pretendo en estas breves líneas identificar los espacios que necesitan crecer en esa preciosa libertad. Quedará para otra ocasión. Inspirado por el evangelio de este domingo (cf. Mc 6,7-13), solo me gustaría señalar por dónde deberíamos transitar los católicos para vivir, a fondo y con responsabilidad, nuestra doble condición de miembros de la Iglesia y ciudadanos de nuestra república.

Jesús nos vuelve a invitar a asumir su propia forma de vida: profeta itinerante y siempre en camino; despojado de seguridades incómodas, con la única seguridad que realmente vale la pena: la que nace de saberse en las manos del Padre y cercano, sobre todo, a los más pobres y abandonados. Es una invitación a caminar, en fraternidad, con una creciente libertad que nos hace disponibles para entregar la vida en el servicio a todos.

Así como resulta incomprensible la historia de nuestro país sin el fecundo aporte del humanismo cristiano de la tradición católica, así tampoco podemos pensar que ese aporte sea algo estático y fijo. Supone una Iglesia también en camino, que busca, en cada tiempo, ser fiel al Evangelio.

Argentina necesita una Iglesia realmente libre, con una vigorosa presencia en el espacio público, sobre todo, a través de católicos que saben dar razón de su fe con claridad y exquisito respeto por los demás, especialmente si más alejados o distantes. Es decir, una Iglesia que, como lo muestra su bimilenaria tradición, es capaz de articular una palabra comprensible y amable; que edifica, también cuando pone en tela de juicio la mentalidad dominante. Por eso, una Iglesia de voz franca, nítida y directa, que echa mano de la palabra (escrita, dicha o gestual) para tender puentes y acercar corazones, no para ahondar grietas con oscuras estrategias. Una Iglesia que, mucho más en la variopinta sociedad plural, se muestra respetuosa de la libertad responsable de quienes intentan construir, cada día y con decisiones personales intransferibles, el mejor orden justo posible.

Una Iglesia, en fin, actualizada, que no tiene miedo de circular con el Evangelio por las redes, pero que tampoco teme ser calificada de anacrónica cuando dice verdades incómodas, particularmente urgentes, como ocurre hoy con el debate del aborto. El único “aggiornamento” genuino que conoce la Iglesia es el que la hace más fiel al Espíritu de Jesucristo y, por eso, más crítica con el espíritu del tiempo.

Sigo rumiando entonces eso de “una Iglesia libre, en un Estado libre, en una sociedad de hombres y mujeres libres”. Sí. Hay mucha tela para seguir cortando, pero, como dice el Evangelio: de dos en dos y con gran libertad interior.

 

Jesús no pudo

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“La Voz de San Justo”, domingo 8 de julio de 2018

“No pudo hacer allí ningún milagro…” (Mc 6,5).

Nunca me había detenido en esa frase del evangelio. Sobre todo, en ese inquietante: “no pudo”. No lo había pensado: hay cosas que Jesús no pudo hacer. Él también chocó con el límite humano. En este caso, uno muy concreto: la falta de confianza de sus propios paisanos.

Lo normal, en una predicación, suele ser cargar las tintas sobre estos incrédulos y su desconfianza. Me parece, sin embargo, mucho más interesante rumiar esta impotencia de Jesús. ¿Qué nos dice? ¿Qué nos revela de Dios y de nosotros mismos? Todo en Jesús – su persona, sus gestos y palabras – habla. Todo en él es revelación: del rostro genuino de Dios y de la verdadera vocación del hombre.

¿Qué nos dice entonces esta impotencia de Jesús ante la falta de fe de su pueblo? Cada uno puede sacar sus propias conclusiones. Yo comparto las mías. No son tampoco exhaustivas. Tal vez, ni siquiera, las más importantes. Pero, para eso escribo: para compartir lo que el Evangelio hace resonar en mí. Aquí va lo mío entonces.

Ante todo, creo que ese “no pudo hacer allí ningún milagro” nos habla de que Dios no tiene miedo de embarrarse con el límite humano. No teme entrar en lo vivo, complejo y oscuro de toda situación humana. Nos habla también de ese misterio que es la libertad que puede cerrarle la puerta a su Creador y Salvador. Misterio, a la vez, pavoroso y fascinante. Pienso que la impotencia de Jesús evangeliza nuestros propios límites, salvándonos de esa ilusoria y fatal pretensión de ser omnipotentes.

La historia – nos cuenta el evangelio – no acabó allí ni así. Algo pudo hacer: unos pocos milagros. ¿No era tanta la cerrazón como parecía? ¿O es que Jesús sabe, con su sabiduría divina, tocar el corazón humano y abrirlo al don de Dios? Me inclino por esta última alternativa, pues es la que comprende la fe. Esa impotencia de Jesús ha corrido el velo y nos ha permitido entrever la verdadera naturaleza de Dios y de su poder: amor que no teme abrazar la fragilidad humana y siempre – siempre – abre puertas.

“Jesús recorría las poblaciones de los alrededores, enseñando a la gente” (Mc 6,6). Jesús, entonces, siguió su camino. Esa dura experiencia no lo derribó ni lo hizo quedarse rumiando el fracaso. Es más: Jesús radicalizó su entrega, abrazó con más fuerza su misión. Llegó a la impotencia extrema de la cruz y, bebiendo ese amargo cáliz hasta el final, dejó abierta la puerta para que irrumpiera la vida y la alegría.

Iglesia católica y laicidad

En el año 2007, siendo todavía presbítero de la arquidiócesis de Mendoza, publiqué el siguiente artículo sobre el tema de la “laicidad” según la enseñanza reciente de la Iglesia. Hoy habría que añadir algunos aspectos más. Pienso, por ejemplo, en cómo el presidente Macron de Francia se ha expresado en abril pasado sobre el rol positivo del catolicismo francés y cómo ha presentado la misión de la Iglesia en la moderna sociedad plural y secular. Yo mismo tengo hoy una distancia crítica de lo que opinaba entonces, por ejemplo sobre la legitimidad del artículo 2 de la Constitución Nacional. Sin embargo, me parece oportuno volver a publicarlo tal como lo escribí entonces, habida cuenta del camino que los católicos argentinos estamos transitando en nuestra joven y todavía inmadura democracia. Espero que sean útiles. 

***

Parecen ser tiempos tormentosos para la relación institucional Iglesia-Estado. Es bueno, entonces, reflexionar sobre cuestiones de fondo. Es el aporte que pretendo hacer con este artículo. Quisiera centrar la atención en el principio de la laicidad, tal como hoy lo comprende y expone la Iglesia católica.

1. La expresión: “sana y legítima laicidad” proviene de Pío XII (1958). El Papa Benedicto XVI ha abordado el tema en repetidas ocasiones. A fin del año pasado lo hizo ante un grupo de juristas italianos, reconociendo el deber de los cristianos de contribuir en la elaboración del concepto de laicidad. En su reciente viaje a Brasil, afirmó: “El respeto de una sana laicidad -incluso con la pluralidad de las posiciones políticas- es esencial en la tradición cristiana auténtica”. No ha sido fácil a la Iglesia arribar a semejante valoración. Compárese la encíclica “Vehementer nos” de San Pío X ante la ley de separación Iglesia-estado en Francia (1906), y la Carta de Juan Pablo II en el centenario de dicha ley (2005). Sin desconocer las profundas raíces anticatólicas que gestaron estos hechos, se ha pasado de una negación rotunda a una valoración más matizada de la laicidad, ofreciendo incluso elementos para una definición.

2. Este cambio de paradigmas ha sido obra del Concilio Vaticano II (1962-1965). Lejos de significar una ruptura, le ha permitido a la Iglesia católica una posesión más genuina y un auténtico progreso en la comprensión de su tradición. ¿En qué sentido? Ha afirmado explícitamente la autonomía y mutua cooperación Iglesia-Estado, y la legítima autonomía de la sociedad y de las realidades terrenas. Ha recordado también que la misión de la Iglesia, siendo eminentemente religiosa, tiene un alcance que llega a tocar toda la vida de la sociedad, su cultura y su organización.

A mi criterio, el fundamento doctrinal más importante que el Concilio ha ofrecido al principio de laicidad ha sido su último y más encendido debate: la cuestión de la libertad religiosa y la Declaración “Dignitatis humanae”. Allí leemos: “Esta libertad consiste en que todos los hombres han de estar inmunes de coacción, tanto por parte de individuos como de grupos sociales y de cualquier potestad humana, y esto de tal manera que, en materia religiosa, ni se obligue a nadie a obrar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, sólo o asociado con otros, dentro de los límites debidos”. (nº 2).

Este es -en mi opinión- el núcleo de la doctrina católica sobre la “laicidad”. La dignidad del hombre como persona y de su conciencia como apertura a la verdad y a Dios, condición última para la libertad.

3. A la luz de todo esto, ¿cómo delimitar el contenido de la laicidad desde el pensamiento católico? La primera delimitación surge de preguntar por el valor de las religiones en la vida social. Si, por cualquier razón, se las considera como un elemento más o menos nocivo, la laicidad resultante tenderá a excluir cualquier referencia religiosa en la vida pública, relegándola al ámbito privado. Es el laicismo, como “hostilidad contra cualquier forma de relevancia política y cultural de la religión; en particular, contra la presencia de todo símbolo religioso en las instituciones públicas” (Benedicto XVI).

En realidad, el concepto de laicidad contiene un elemento de negación: la no-intromisión del estado en la conciencia personal y en la vida de la Iglesia; pero también, la no-intromisión de la Iglesia en ámbitos que no son de su competencia.

4. Hay además un elemento positivo en el concepto. En su carta al Episcopado francés, Juan Pablo II señala que la no intromisión del Estado en asuntos religiosos “permite que todos los componentes de la sociedad trabajen juntos al servicio de todos y de la comunidad nacional.” En un Discurso al Cuerpo diplomático añade además otra consideración: “en una sociedad pluralista, la laicidad es un lugar de comunicación entre las diversas tradiciones espirituales y la Nación”.

Laicidad significa autonomía del estado de la esfera religiosa, no de la ley moral. Por el contrario, la formación de las personas, la vida en sociedad y la misma democracia requieren un sólido fundamento humano, ético y espiritual. El estado es laico. La sociedad, en cambio, es rica en expresiones espirituales y de fe en Dios. Esto es clave. Laicidad significa hacer lugar a esta riqueza. Es el desafío de “vivir juntos” en una casa común, hombres y mujeres diversos

5. ¿Cómo se realiza en concreto este espacio de encuentro entre la Nación y las tradiciones espirituales de la sociedad? Señalo tres aspectos: 1) el derecho-deber de la Iglesia de hacer oír su voz en los grandes debates éticos (la vida, la familia, la educación, la justicia, el bien común), apelando a la razón y a lo que es propio de la condición humana; proponiendo -no imponiendo- su visión del hombre; 2) la tarea de la formación de la conciencia de sus fieles, especialmente de los laicos en la vida pública para servir al bien común; y, lo más importante, 3) su propia y específica misión evangelizadora, pues ésta tiene un alcance que toca toda la vida de las personas; no se puede minimizar el alcance social que tienen gestos religiosos tan sencillos como enseñar a rezar el Padre nuestro o el Ave María; a cumplir los Diez mandamientos; o la opción preferencial por los pobres a imagen de Cristo que se hizo pobre. Este ha sido, es y será el aporte de más largo alcance que la Iglesia realice a la sociedad.

Así, todos los credos requieren que se reconozca explícitamente su libertad para organizarse de acuerdo a sus propios principios, y a desarrollar todas las actividades propias espirituales, culturales, educativas y caritativas y, así, aportar a la vida ciudadana.

6. ¿Tiene la Iglesia católica preferencia por la forma del estado confesional, por encima de otros modos de organizar la relación religión, estado y nación? ¿Busca que la fe católica sea religión de estado? A la luz de lo expuesto, creo que la doctrina del Concilio Vaticano II busca asegurar algunos principios y valores fundamentales: libertad, autonomía y cooperación Iglesia-Estado, por una parte; libertad religiosa y de conciencia para todos los ciudadanos, por otra. La determinación de una forma concreta es una decisión que no compete directamente a la Iglesia. Ella reconoce aquí un límite objetivo a sus competencias específicas. No posee título alguno para expresar preferencia por un sistema u otro (cf. la encíclica “Centesimus annus” de Juan Pablo II, nº 47). Es también doctrina de la Iglesia católica que, “en virtud de sus vínculos sociales y culturales con una Nación, una comunidad religiosa pueda recibir un especial reconocimiento por parte del Estado: este reconocimiento no debe, en modo alguno, generar una discriminación de orden civil o social a otros grupos religiosos” (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, nº 423). En este marco se encuadra -a mi criterio- la legitimidad del artículo 2º de la Constitución Nacional: “El Gobierno federal sostiene el culto católico apostólico romano”.

En suma: muchos aspectos concretos de la relación religión-sociedad, Iglesia-Estado quedan sujetos a un juicio prudencial que tenga en cuenta el ideal señalado (libertad de conciencia; autonomía y cooperacón Iglesia-Estado) y las diversas circunstancias de lugar y tiempo, así como la historia, cultura y genio concretos de cada pueblo. De hecho, la Iglesia ha existido y existe en estados laicos o confesionales, concordatarios, ateos o francamente hostiles. La conveniencia de un modelo concreto es de libre discusión pública. La Iglesia puede hacer oír su voz, sin pretender zanjar la cuestión. Solo pide libertad efectiva para realizar su misión.

El camino de Juan

“La Voz de San Justo”, domingo 24 de junio de 2018

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“Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan; vino como testigo para dar testimonio de la luz, y preparar al Señor un pueblo bien dispuesto”.

Este domingo, los católicos estamos celebrando el nacimiento de Juan Bautista. Abre esta columna el texto de la antífona de entrada de la Misa de esta fiesta, que combina dos textos evangélicos: Jn 1, 6-7 y Lc 1, 17.

Creo que ya he comentado que prefiero el título de “precursor” al de “bautista” para referirme a Juan. Y esto, por varias razones, tal vez más de índole personal.

Cuando, hace diez años, me preparaba para la ordenación episcopal, tomé los relatos evangélicos que hablan de Juan para unos días de retiro espiritual. Tengo incluso en mi habitación un pequeño icono que lo representa junto a uno de María y otro de Cristo. De tanto en tanto lo miro y le pido la gracia de que siga acompañando mi vida de seguimiento de Jesús como pastor. También yo tengo que andar mucho, preparando caminos, antes que en lugares geográficos, en los corazones.

Pienso que, no solo un obispo o un sacerdote, sino toda la Iglesia, a la hora de cumplir nuestra misión evangelizadora, nos parecemos mucho a Juan. O, al menos, deberíamos seguir sus pasos de “precursor” de Jesús.

Interrogado una vez por sus discípulos acerca de su misión en relación con la de un Jesús que comenzaba a opacarlo, Juan respondía: “Nadie puede atribuirse nada que no haya recibido del cielo. Ustedes mismos son testigos de que he dicho: «Yo no soy el Mesías, pero he sido enviado delante de él». En las bodas, el que se casa es el esposo; pero el amigo del esposo, que está allí y lo escucha, se llena de alegría al oír su voz. Por eso mi gozo es ahora perfecto. Es necesario que él crezca y que yo disminuya” (Jn 3,27-30).

Una sabia mezcla de humildad, verdad y valentía. Hay que aprender a decir, no solo con elocuencia y convicción, sino, sobre todo, con el respaldo de una vida que realmente se ha dejado llevar por ese camino: “Yo no soy el Mesías… Sólo soy un enviado que va delante”.

¿Cuántos mesianismos tóxicos, también dentro de la Iglesia? ¿Cuántas propuestas salvadoras que, en definitiva, no son sino solo proyecciones de nuestros deseos de omnipotencia? ¿Cuánto miedo a la real libertad de las personas? ¿Cuánta desconfianza en lo que Dios hace, humilde y silencioso, en la historia y en la creación que, en definitiva, han salido de sus manos creadoras?

Sí. La Iglesia, y en ella especialmente quienes somos sus pastores, hemos de aprender, una y otra vez, el camino de Juan, el Precursor. Camino hecho de humildad y verdad, de arrojo y testimonio. Camino que es realmente tal, es decir: se hace caminando, transitándolo en toda su extensión y con todos sus recovecos, a veces apacibles y luminosos, otros, más bien oscuros e intimidantes: “Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal, porque tú estás conmigo, tu vara y tu bastón me infunden confianza” (Salmo 23,4).

De labios de Jesús, el evangelio nos reporta el mejor elogio que Juan ha recibido: “Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y, sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él” (Mt 11,11).

Para nosotros estas palabras son una promesa y un aliciente para seguir caminando la fe.

No hay democracia sin discusiones públicas

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Es muy bueno que los ciudadanos discutamos, aun acaloradamente, en el espacio público nuestros puntos de vista.

Esto fortalece la cultura democrática que, en buena medida, los argentinos tenemos sujeta con alfileres. Lo digo también por los católicos, incluso por quienes somos sus pastores.

Esta discusión pública es especialmente necesaria cuando tocamos cuestiones de fondo -como esta del aborto- que hacen a los fundamentos de la convivencia ciudadana en la sociedad. Mucho más cuando nos confrontamos personas que tenemos visiones diametralmente opuestas de la vida y, unos y otros, legítimamente tenemos “verdades no negociables” (yo no voy a negociar la dignidad humana del concebido desde el primer instante de la concepción, por ejemplo).

Esta dinámica confrontativa no nos tiene que asustar ni amilanar, como tampoco volvernos rígidos y agresivos.

Las reglas de la democracia republicana existen precisamente para que esa conversación ciudadana, fuerte, acalorada y tensionante, transcurra por carriles civilizados. Busca consensos, hasta donde son posibles.

Empieza, por ejemplo, en el espacio público: la mesa de familia, el café, la plaza, los medios, etc. Tiene un momento clave cuando entra, como ocurrirá este miércoles con el aborto, en el recinto sagrado del Parlamento y los representantes del pueblo discuten, intercambian posiciones, se pelean y votan. En este caso, primero en Diputados y, si se aprueba allí, en Senadores.

¿Qué pasa si, como fruto de la votación, el juego democrático de mayorías y minorías, hace que termine sancionándose una ley que algunos (o muchos) ciudadanos no aceptan?

Doy un ejemplo personal: ¿qué pasa si el Congreso aprueba convertir el aborto en un derecho? ¿En qué situación quedo yo, que estoy en contra, frente a esa ley del Congreso de mi país?

No tengo dudas: acepto la legitimidad democrática de lo decidido por el Congreso. Seguiré cuestionando su razonabilidad y usando todos los medios que la democracia pone en mis manos para revertir esa decisión que, aún reconociendo su legitimidad, considero injusta.

Vuelvo a decir: creo que, hasta ahora, el debate sobre el aborto ha sido un ejercicio ejemplar de ciudadanía. Nos ha hecho muy bien. Hemos dado pasos importantes para fortalecer la cultura democrática de nuestro país. ¿Ha habido expresiones desubicadas o golpes bajos? Sí. Y de ambas partes. Tampoco esto debe asustarnos. Son inevitables si apostamos por una cultura de la libertad de expresión, de conciencia y por el diálogo.

Eso sí: ahora que estamos entrando en una fase decisiva, no nos dejemos ganar por la violencia, sobre todo verbal y gestual. No a las presiones indebidas sobre nuestros legisladores. Tenemos derecho a que conozcan lo que pensamos. Tienen el deber de escucharnos. Pero el respeto por sus personas y su labor parlamentaria es fundamental.

Un Dios joven

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Dios uno y trino es amor, compasión y ternura

Días pasados, viendo una película norteamericana, me picaron las palabras de una de sus protagonistas: “Somos jóvenes neoyorquinos del siglo XXI. No creemos en Dios ni en nada”. La trama del film versaba sobre chicos y chicas en búsqueda casi desesperada de sí mismos y, de manera especial, de vínculos significativos.

No es cierto que no creyeran en nada. De hecho, esa fuerte afirmación (“No creemos en Dios ni en nada”) se daba en el marco de un diálogo de dos amigos aprendiendo a creer el uno en el otro. La fe, en su núcleo más íntimo, es precisamente eso: arriesgarse al salto mortal de confiar y dejarse llevar por esa confianza.

Y esto le pasa no solo a los jóvenes. Pienso que todos los que navegamos en el mar de este tiempo experimentamos las mismas zozobras y búsquedas. Me doy cuenta de que, en ocasiones, basta que uno solo abra el juego para que inmediatamente los corazones desnuden las inquietudes que nos habitan. Todos estamos amenazados por el abismo de la increencia, pero anhelamos creer y confiarnos.

Ahí, en esas vivencias humanas, está Dios. No cualquier divinidad, sino aquel misterio fascinante que nos ha salido al paso en Jesús de Nazaret, mostrándonos su rostro. Es el Dios uno y trino que estamos celebrando este domingo. Los viejos filósofos decían que pocas cosas son tan frágiles como las relaciones. Basta que uno de los dos términos vinculados se modifique para que la relación se venga abajo. No es así en Dios. Jesús nos ha mostrado, con sus palabras, pero mucho más con su misma vida de hijo y hermano, que Dios es relación, y que esa relación tiene la más sólida consistencia.

Y lo ha mostrado de la forma más cabal, viviendo como hermano de todos, pero especialmente, poniéndose en el espacio que habitan los últimos y ninguneados. Abrazando a los niños, curando a los leprosos, proclamando bienaventurados a los pobres y sufridos, pero, sobre todo, rehaciendo la vida de los pecadores, Jesús le ha dado visibilidad humana al misterio más inefable, aquel que confesamos cuando decimos: Creo en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, un solo Dios en tres Personas. O, más escuetamente: Dios es amor.

Cuando se publiquen estas líneas estará terminando en Rosario el segundo Encuentro Nacional de Jóvenes. Tiene como lema: “Con Vos renovamos la historia”. Ahí hay una trampa. En ese “con Vos” convergen dos sujetos: Cristo, en primer lugar, pero también cada chico y chica, cada joven. Eso hace Jesús: abre su vida para compartirla con sus hermanos y, así, liberar la fuerza transformadora del amor de Dios. Argentina tiene enorme necesidad de esa vitalidad, de esa energía, a la vez, divina y humana.

¿O no necesitamos, con urgencia, dar vida a otro modo de relacionarnos, de trabajar juntos, de vivir incluso nuestras diferencias?

Echar leña al fuego

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“Yo los llamo amigos” (Jn 15,15)

“La Voz de San Justo”, domingo 6 de mayo de 2018

Una de las “obligaciones” del obispo es la de las visitas pastorales. Se trata de una presencia más prolongada del pastor en una comunidad parroquial u otros espacios pastorales. Su finalidad es animar la vida de fe y la pasión misionera de los cristianos.

Cuando se publique esta columna, por ejemplo, voy a estar terminando la visita pastoral a la parroquia “San Antonio de Padua” de Santiago Temple. Está a cargo de un sacerdote joven que atiende también la vecina parroquia de Tránsito.

El diálogo mano a mano con el Consejo parroquial de pastoral suele ser un momento clave y muy intenso de la visita: el obispo, el cura, los agentes de pastoral y toda la comunidad nos ponemos bajo la Palabra, para escuchar al verdadero Señor de la Iglesia, Cristo. Tratamos de escuchar su Voz en las voces de sus discípulos, pero también de los más alejados, de los pobres, de los que sufren, e incluso de los que desesperan en la vida.

Los textos bíblicos que se leen en la liturgia de los días de la visita, especialmente el domingo, iluminan las vivencias que compartimos y nos permiten experimentar que la Palabra llega a nosotros con la potencia del Espíritu.

Uno de los temas que suele salir en estos diálogos es la situación de quienes solicitan algún sacramento y asisten a la catequesis. ¿Lo hacen por convicción o por tradición? Cuesta que vengan a Misa y, una vez que se celebra el sacramento, no aparecen más. El anuncio ¿ha calado hondo? ¿Ha tenido lugar un verdadero crecimiento en la fe?

Es un desafío formidable. Pero también, una magnífica oportunidad que nos ofrece la Providencia en este tiempo: volver a lo esencial del Evangelio.

¿Y de que se trata lo esencial? Precisamente de lo que nos hablan las lecturas de este sexto Domingo de Pascua: Dios nos amó primero y nos tendió la mano, enviándonos a su Hijo. Que, para Jesús, no somos siervos sino amigos. Y que ese amor de amistad que viene del corazón de Dios es el suelo firme sobre el que edificar nuestra vida. O, dicho en una sola palabra: Jesús. Él es lo esencial.

Si no hay encuentro con Jesús vivo, de nada vale insistir en participar en la Misa. Anunciar a Jesucristo, colaborando con el Espíritu que despierta la fe en los corazones, es el principal desafío de una Iglesia “en salida”.

En estos encuentros, cuando la consideración de las dificultades de la evangelización se pone más espesa, me gusta hacer algunas preguntas que nos obligan a mirar las cosas desde otro ángulo: “Y nosotros, ¿por qué estamos aquí? ¿Por qué hacemos lo que hacemos en la parroquia? ¿Qué nos mueve en la vida cristiana? Y, en definitiva, ¿quién es realmente Jesús para mí?”.

Se trata de que cada uno vuelva sobre su propia experiencia del amor primero de Dios, y logre expresarlo en palabras. El tono de la conversación suele cambiar. Los corazones se sienten tocados y, así, se logra una sintonía que nos permite contar la propia experiencia de Dios, de encuentro con Jesús, pero también la ardua lucha por vivir la fe en nuestro mundo de hoy.

En realidad, la misión no depende tanto de extravagantes métodos de comunicación, sino precisamente de ese transmitir, cara a cara, corazón a corazón, lo que Dios va obrando en nosotros.

Si eso ocurre, yo, como obispo, me quedo satisfecho. He logrado “echar leña al fuego” de esa hoguera siempre ardiendo que es la vida cristiana.

En definitiva, es lo que me ha pasado a mí como discípulo: he conocido el amor de Dios en el rostro de Jesucristo.

 

Aborto: balance provisorio del debate argentino

images¿Podemos hacer una evaluación, provisoria pero orientadora, del debate del aborto todavía en curso en Argentina? Creo que sí. Aquí ofrezco la mía.

Pienso que, con los datos puestos sobre la mesa, se ha ido precisando en qué medida el aborto es una cuestión de salud pública. Esta es mi primera conclusión.

Obviamente, las muertes maternas (embarazo, parto o puerperio) son un problema grave de Argentina. Incluso reconociendo que las muertes por aborto (provocado o no) no son la principal causa de mortalidad materna. Es de agradecer el empeño de los que han exigido que se debata desde la verdad de los datos duros y no desde la mirada sesgada de la ideología o distorsionada por el prejuicio (por ejemplo, sobre la valoración del aborto en los sectores populares).

Una cuestión central, en esta materia, sigue siendo cómo se potencia una vigorosa política de salud pública, sobre todo para los sectores más vulnerables. Esto supone, entre otras cosas, una presencia más fuerte e inteligente del Estado en estos sectores en situación de riesgo, pero también un respeto muy profundo de los genuinos valores culturales de las personas. El aborto no puede ser presentado como una solución, mucho menos en los términos de los proyectos en danza, que dejan estas cuestiones en la penumbra.

El segundo punto que, a mi criterio, ha ido cobrando claridad es que el reclamo de fondo de quienes propugnan la despenalización es el supuesto derecho que tendría la mujer de interrumpir el embarazo, sobre todo cuando, por alguna razón, no es deseado.

En este punto también hay diversas posiciones. Algunas más equilibradas y abiertas al diálogo, otras son más fundamentalistas y hasta brutales, como la que Juan José Sebreli expuso días pasados, por ejemplo. Estas últimas no dejan espacio posible para un diálogo racional y, por lo mismo, se descalifican solas.

Este segundo aspecto es el de mayor fricción con la postura provida, que es fuerte al considerar la intangibilidad de la vida del concebido. Como decían los antiguos: si el embrión humano no es persona, está por serlo. Y esta es razón suficiente para detener cualquier acción que subordine su existencia a otros fines (la voluntad de la madre, por ejemplo).

En términos parecidos se ha expresado el Dr. Santiago Brugo Olmedo: “El embrión posee un valor moral que reside en el hecho de que (a diferencia de otras células o conjunto de células) se va a convertir en una persona (si se dan ciertas circunstancias) y no en otra cosa. Esto genera una serie de obligaciones muy importantes; la más trascendente, respetar su vida.”Aquí el artículo

Pienso que, incluso tomando nota de lo irreductible de las posiciones enfrentadas, están abiertas algunas puertas para un diálogo ciudadano sensato. Por ejemplo, sobre la penalización de la mujer que aborta. Desde nuestra postura, es clara la malicia moral objetiva del aborto como deliberada eliminación de la vida de un ser humano inocente en la fase inicial de su existencia. Este es un principio no negociable, pues todo ser humano inocente posee el derecho primero, fundamental e inviolable a la vida. También resulta claro que el derecho penal positivo no pueda dejar de calificar al aborto como delito grave.

Lo que sí es opinable y discutible es qué tipo de pena deba ser la más adecuada, sobre todo para la mujer que es también, en muchísimos casos, víctima de una fuerte presión para abortar. Tal vez en esta materia, el derecho penal deba mostrar que toda pena tiene siempre, y mucho más en estos casos, una esencial dimensión medicinal.

La Iglesia rechaza de plano la legalización que busca convertir el aborto en un derecho. Sin dejar de observar su problematicidad, no excluye, sin embargo, una despenalización en el sentido que venimos comentando: “Si la autoridad pública puede, a veces, renunciar a reprimir aquello que provocaría, de estar prohibido, un daño más grave, sin embargo, nunca puede aceptar legitimar, como derecho de los individuos —aunque éstos fueran la mayoría de los miembros de la sociedad—, la ofensa infligida a otras personas mediante la negación de un derecho suyo tan fundamental como el de la vida.” (Evangelium Vitae 71).

Es una materia en buena medida abierta a distintas soluciones que merecen ser cuidadosamente sopesadas.

*     *     *

¿Qué resultado tendrá el debate parlamentario sobre el aborto? ¿Concluirá convirtiendo la “interrupción del embarazo” en un derecho de la mujer? Pienso que es muy factible que esto así ocurra.

Más allá de la solidez de los argumentos provida, sabemos bien que las decisiones de algunos de nuestros legisladores suelen tener motivaciones que escapan al mero análisis racional de los argumentos. Sin caer en una peligrosa desvalorización del sistema democrático, es prudente cultivar un vigilante realismo político que, por momentos, tenga la apariencia de un cierto escepticismo.

La vida ciudadana en la moderna sociedad secular requiere, por ello, un ejercicio también vigoroso de las virtudes fuertes que supone el trabajo nunca acabado de edificar el mayor orden justo “posible” en las actuales condiciones culturales.

En todo caso, los discípulos de Cristo nunca hemos exigido, para vivir nuestra fe, condiciones sociales, políticas o culturales perfectas. Es más, el testimonio cristiano resulta especialmente atractivo en contextos más adversos, también si es minoritario.

El mensaje cristiano está dirigido a la conciencia y a la libertad de las personas. Apelará, por tanto, a la responsabilidad de la persona en todos los campos de la vida. Esta apelación a la responsabilidad es especialmente importante en aquellos campos – como el de la sexualidad – en los que están implicados valores tan decisivos como los que implica la transmisión de la vida y el bien superior del niño por nacer.

 

 

 

Vocación y vocaciones

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Jesús, llamado por el Padre, te llama…

“La Voz de San Justo”, domingo 22 de abril de 2018

Este domingo, la Iglesia católica celebra la “Jornada mundial de oración por las vocaciones”, instituida por el Papa Pablo VI en 1964.

Eran los tiempos del Concilio Vaticano II y la mirada estaba puesta en las vocaciones sacerdotales y consagradas. Pocos años después, comenzaría una fuerte crisis de sacerdotes, religiosos y seminaristas que, por diversas razones, “colgaban sus hábitos”. Parecía entonces que, con más razón, había que centrarse en estas vocaciones.

Sin embargo, con el tiempo se ha ido dando un cambio de orientación. Sin dejar la preocupación por las vocaciones sacerdotales y consagradas, la mirada se ha ido ampliando. No solo curas y monjas, sino todo ser humano es llamado por Dios. El hombre es vocación y es misión.

Tenemos una vocación común – la santidad –, aunque por caminos diversos. Hay que orar y trabajar para que cada uno descubra el suyo.

Este año 2018, por ejemplo, el Papa Francisco ha dirigido un mensaje que tiene como tema: “Escuchar, discernir, vivir la llamada del Señor”. Los destinatarios son todos los católicos.

Con estas palabras, introduce el tema de su mensaje: “Esta es la buena noticia, que la 55ª Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones nos anuncia nuevamente con fuerza: no vivimos inmersos en la casualidad, ni somos arrastrados por una serie de acontecimientos desordenados, sino que nuestra vida y nuestra presencia en el mundo son fruto de una vocación divina. En la diversidad y la especificidad de cada vocación, personal y eclesial, se necesita escuchar, discernir y vivir esta palabra que nos llama desde lo alto y que, a la vez que nos permite hacer fructificar nuestros talentos, nos hace también instrumentos de salvación en el mundo y nos orienta a la plena felicidad.”

Para un cristiano, la palabra “vocación” es un concepto fuerte. No indica solo una vaga idea: “para algo sirvo”. Menos aún: confundir vocación con aptitudes, gustos o habilidades. Ni siquiera identificar vocación con profesión. El ser humano es mucho más que todo eso. Es persona, no una función. Es vocación. Es misión.

Y esa vocación-misión viene de Dios. De ahí que la propuesta es ayudar a todos, especialmente a los jóvenes, a abrir la mente, el corazón y ampliar la mirada. Hay una palabra que está llegando desde fuera. Viene del corazón de Dios y está dirigida a cada uno. Al escucharla, reconocerla y vivirla a fondo podemos reconocer nuestra verdad.

No hay vocaciones mejores que otras. Todas proceden de la fantasía creadora de Dios. Cada una es una aventura de amor. Y de felicidad.

Eso sí: todas las vocaciones – así lo vemos los cristianos – tiene algo de la vocación del mismo Jesús. Todas se viven en la apertura a Dios, el don de sí y el servicio a los demás.

Cada vocación supone un camino, tan fatigoso como gratificante, que se retoma cada día. Porque, como alguien ha dicho: la vocación es siempre matutina. Cada día reclama nuestra libertad y nuestra disposición para buscar y transitar ese camino.

El que vive así es realmente pleno. Es lo que vemos en tantos hombres y mujeres. Han encontrado su lugar en el mundo, el sueño de Dios para ellos. No que tengan la vida resuelta. Solo que esa experiencia de la llamada de Dios es la brújula que siempre indica el norte de sus vidas.

¡Ojalá podamos experimentarlo también nosotros!