Efatá – Ábrete

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“La Voz de San Justo”, domingo 9 de septiembre de 2018

“Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y dijo: «Efatá», que significa: «Ábrete»” (Mc 7,34).

El hombre vivía en el silencio. No podía ni oír ni hablar. Ha encontrado una mano amiga que lo lleva junto a Jesús. Y Jesús cumple con él, uno de sus gestos sanadores más humanos: lo lleva aparte y toca con sus manos los oídos y la lengua. Solo pronuncia una palabra: “Efatá-Ábrete”, mientras suspira al cielo.

La sencillez destaca la alta calidad humana del encuentro: frente a frente, Jesús y este hombre silencioso cuyo nombre no conocemos, porque tal vez somos cada uno de nosotros.

La liturgia de la Iglesia ha incorporado este gesto al rito del bautismo, por el que nos hacemos parte de la familia de Jesús. Con él concluye la liturgia bautismal. También el sacerdote tiene que tocar los oídos y la boca del recién bautizado, mientras dice: “El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos te permita, muy pronto, escuchar su palabra y profesar la fe para la gloria y alabanza de Dios Padre”.

Es una hermosa imagen de lo que significa ser discípulo de Cristo: alguien que está siempre a la escucha, porque siempre le está llegando la Palabra. Pero también, alguien que no debe apropiarse de esa palabra, sino que debe entregarla con generosidad a otros. Es evangelio: buena y gozosa noticia para compartir.

Es también una indicación de por dónde debe pasar el desvelo fundamental de la Iglesia que guarda la memoria de Jesús: acercar a los hombres al único que, con la potencia de su Espíritu, puede abrir los oídos y desatar la lengua.

Es más: la misma Iglesia tiene que reconocerse en ese hombre impedido de escuchar y de hablar. Y debe unirse al suspiro de Jesús que invoca del cielo el don de la libertad. Porque también la comunidad eclesial – y no en último lugar sus pastores – está amenazada de sordera.

De tanto en tanto, la misma Iglesia necesita ser llevada a parte por Jesús para ser curada de tantas formas de sordera o mudez. ¿No nos pasa, por ejemplo, que de tanto oírnos a nosotros mismos, terminamos confundiendo nuestros proyectos con los de Dios?

El gran aprendizaje del discípulo – y de la misma Iglesia – es siempre el mismo: aprender a escuchar la Voz de su Señor.

Creo que así hay que vivir los tiempos difíciles que nos toca atravesar.

Hablemos de Educación Pública

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Acabo de tuitear sobre Educación. Aquí los Tuits.

  1. ¿Y si hablamos un poco #EducacionPublica? Los centros educativos de gestión privada son parte de ella. Repasemos algunas cosas que dice la Iglesia al respecto. Me baso en el Compendio de la Doctrina Social 238-243. Aquí el link: http://www.vatican.va/roman_curia/pontifical_councils/justpeace/documents/rc_pc_justpeace_doc_20060526_compendio-dott-soc_sp.html#La%20tarea%20educativa …

  2. Todo ser humano tiene el derecho fundamental a una educación integral como desarrollo de la propia persona, según un proyecto de vida.

  3. El hogar es la primera escuela. Los padres, los primeros educadores: dar la vida y educar son dos caras de la misma moneda.

  4. El derecho-deber de los padres a la educación de sus hijos es esencial, originario y primario, insustituible e inalienable.

  5. El rol del estado es clave y fundamental, pero siempre subsidiario: no puede sustituir, ni reemplazar, ni usurpar la misión educativa de los padres. Está a su servicio con decididas políticas públicas. También con presupuesto suficiente.

  6. Este rol insustituible de la familia y de los padres vale, de manera especial, para la educación espiritual y moral de los hijos, es decir: los valores que dan sentido a la propia vida.

  7. Los padres son los primeros educadores de sus hijos. Pero no los únicos: la sociedad civil, el estado y también la Iglesia los ayudan, pero siempre bajo su supervisión atenta.

  8. De ahí que los vínculos entre la casa y la escuela, las familias y los educadores sean fundamentales. De ahí también que cualquier ruptura entre ellos sea funesta para todos.

  9. Este derecho-deber de los padres de educar a sus hijos y de darles orientación espiritual según sus valores es el fundamento sólido de haya centros educativos públicos de gestión privada.

  10. Los padres tienen, por tanto, el derecho de fundar y sostener instituciones educativas. El estado tiene el deber de cuidar y hacer efectiva esa libertad. También con aportes económicos adecuados y suficientes.

  11. Todo esto es particularmente importante para la educación sexual integral. El estado debe ser escrupulosamente respetuoso de los valores humanos, espirituales y éticos de los padres en este campo.

  12. En esta materia (educación y educación sexual), el respeto por el Ideario de las instituciones educativas públicas de gestión privada es un valor no negociable. En ese Ideario se expresan los valores que eligen las familias para sus hijos.

  13. En este sentido, el avance de las diversas teorías de género, sobre todo sus versiones más rígidas e ideologizadas, merece un debate ciudadano que no se está dando. Mucho por discutir, especialmente en una materia tan delicada y central para el desarrollo de las personas.

  14. Uno de los mejores frutos de la reciente discusión sobre el aborto ha sido la activa movilización de la sociedad, en todos sus niveles. Le ha marcado la agenda a la política. Como debe ser en materias tan centrales y delicadas. La educación es también una de ellas.

Cultura democrática

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Una buena cultura democrática supone una sociedad civil fuerte, con ciudadanos activos, críticos, movilizados. Ni dormidos ni adormecidos, proactivos para edificar, cada día el bien común, sin confundirlo con la mera sociedad del bienestar y el consumo.

Una sociedad así ha de tener, por una parte, en alta estima a la política como medio privilegiado para transformar la realidad, especialmente de los menos favorecidos. Por otra, ha de cultivar una sana actitud crítica hacia los políticos, de tal modo que los fiscalice minuciosamente, les pida cuentas y, en buena medida, les marque la cancha de los temas que son realmente de interés ciudadano.

En este sentido, la doctrina social de la Iglesia Católica insiste en la primacía de la sociedad civil y de los ciudadanos por sobre la comunidad política, el gobierno y el estado. Afirma, por ejemplo, el número 418 del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia: “La comunidad política y la sociedad civil, aun cuando estén recíprocamente vinculadas y sean interdependientes, no son iguales en la jerarquía de los fines. La comunidad política está esencialmente al servicio de la sociedad civil y, en último análisis, de las personas y de los grupos que la componen. La sociedad civil, por tanto, no puede considerarse un mero apéndice o una variable de la comunidad política: al contrario, ella tiene la preeminencia, ya que es precisamente la sociedad civil la que justifica la existencia de la comunidad política”.

Una cultura democrática de este espesor supone, por tanto, una sociedad con alma. Es decir: con valores espirituales y energías éticas suficientemente altas como para mirar la bien común por encima de los intereses particulares, sean individuales que grupales.

Aquí podrían ser útiles algunos términos cristianos para traducir al lenguaje de la experiencia de la fe lo que esta cultura supone, por ejemplo: intensa vida espiritual (dejarse guiar por el Espíritu) en santidad, amor y gratuidad.

 

Carta a la comunidad universitaria

35232Carta a la comunidad universitaria del Equipo de Estudiantes de la Comisión Episcopal de Pastoral Universitaria

Somos miembros de la comunidad universitaria que participamos de las actividades de la Pastoral Universitaria en distintos puntos del país. En este momento, que entendemos grave para la vida universitaria y de educación superior de nuestra patria, queremos expresarnos para visibilizar nuestra solidaridad con nuestros docentes y personal de apoyo que no encuentran respuestas adecuadas al legítimo reclamo salarial. La situación actual nos afecta a todos, no sólo a los que tienen una tarea remunerada, sino también a los estudiantes. Entendemos que éste es un problema de todos, por eso nos sentimos preocupados por la vulneración del derecho a la educación pública de calidad al servicio del país que se manifiesta en el horizonte del ajuste.

Esta difícil situación no toca solamente a quienes, de entre nosotros, estudian en la universidad de gestión estatal; sino también a aquellos que lo hacen en muchos institutos de educación superior, e incluso en las universidades privadas que han visto mermar el número de alumnos por las dificultades económicas. El problema, insistimos, es de toda la educación pública; por lo mismo afecta tanto a las instituciones de gestión estatal como privada.

Asimismo, nos gustaría recordar la necesidad de respetar el derecho a la diversidad de pensamiento y de religión que constituye a una sociedad democrática ya que en algunos lugares se han verificado expresiones agresivas hacia personas y símbolos que expresan una confesión religiosa. Estamos convencidos de que la laicidad conlleva la posibilidad de expresiones plurales, no exclusiones arbitrarias que van en detrimento de la diversidad cultural.

Siendo miembros activos de la comunidad cristiana católica, junto a esta manifestación pública, queremos seguir haciendo nuestro aporte desde nuestro rol de universitarios y creyentes en el compromiso por una educación pública de calidad.

  • Leiza Irazusta; Instituto superior de formación docente canónigo Guido de Andreis
  • Soledad Fernández; Universidad del Centro de la Provincia de Buenos Aires (Tandil)
  • María Victoria Fraire; Universidad Tecnológica Nacional (Córdoba).
  • Martín Fuentes; Universidad de Buenos Aires (Buenos Aires)
  • Francisco Orioli; Universidad Nacional de La Plata (La Plata)
  • Mariano Rodríguez; Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (Tucumán)
  • Valeria Villalba; Universidad Nacional de Misiones (Posadas)
  • Denis Vitale; Universidad de Congreso (Mendoza)

Equipo de estudiantes

Comisión Episcopal de Pastoral Universitaria

Símbolos religiosos en el espacio público

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Como está ocurriendo en otros países de tradición católica, también aquí en Argentina se está planteando un debate por la presencia de símbolos religiosos en dependencias del estado. Se pregunta por el origen de esta práctica y por su legitimidad.

Unos diputados de Cambiemos, por ejemplo, acaban de presentar un proyecto pidiendo “la remoción de los símbolos e imágenes religiosas instaladas en espacios públicos o edificios pertenecientes al Estado Nacional” (sic). Aquí el link

Es un tema que se presta para la polémica. Argentina tiene una tradición católica multisecular, pero también una corriente laica que ha configurado aspectos importantes de su vida. La convivencia de ambas perspectivas no suele ser muy amable. En ocasiones -y esta puede ser una- los chispazos pueden hacerse más visibles. Y, así como existe un integrismo católico, también conocemos un integrismo laicista, tan agresivo, dogmático y rigorista como aquel.

Quisiera, con estas breves líneas, aportar a un debate sereno, teniendo claro que mi palabra como obispo católico tiene un peso relativamente importante para buena parte de los ciudadanos de nuestro país. Quiero ofrecer una palabra responsable, pero también franca y leal.

Pienso francamente que la cuestión de los símbolos religiosos en el espacio público forma parte de aquel amplio conjunto de temas que pueden ser resueltos de modos muy diversos. Constituyen materia opinable, abierta a distintas formas de realización, como de hecho ocurre en diversos países y culturas. No creo que se lo pueda plantear como una cuestión absoluta, a favor o en contra.

Los católicos tenemos cuestiones “no negociables” en nuestra concepción de la convivencia ciudadana. Son realmente pocas: la intangibilidad de la vida humana desde su concepción hasta su término natural, la identidad del matrimonio y la familia, el derecho de los padres a determinar la educación de sus hijos; el bien común de la sociedad, especialmente atentos a los más pobres y vulnerables.

La cuestión que nos ocupa no forma parte de este conjunto de temas “no negociables”. En realidad, se trata de ser muy respetuosos del genio, de la historia, de las costumbres y tradiciones de cada pueblo. En naciones como la nuestra, con una presencia determinante de la tradición católica,

El otro principio que -según mi criterio- es importante tener en cuenta, es el hecho de que la Iglesia y sus pastores no tenemos competencia directa para determinar si tiene que haber o no símbolos religiosos en el espacio público. Esta es una cuestión que tiene que ver con los ciudadanos, sus tradiciones, su cultura y sus libertades, especialmente con la libertad religiosa. En una palabra: tienen que decidir los ciudadanos cómo ha de configurarse el espacio público.

En este contexto, me parece importante no confundir el espacio público con el estado. O suponer que el espacio público le pertenece al estado. No es así. El espacio público es de todos los ciudadanos y refleja nuestra realidad, también nuestra diversidad. El estado, en todo caso, administra y regula que el uso del espacio público esté suficientemente garantizado para todos, resguardando la libertad de expresión (uno de los pilares de la democracia). También habría que distinguir aquí lo que son dependencias del estado, cuya laicidad es un rasgo legítimo, también reconocido como tal por la Iglesia.

En una reciente respuesta del gobierno italiano al Tribunal de la Unión europea que dictaminó la retirada de las cruces de los colegios públicos, ha jugado un rol importante la consideración de la cruz como un símbolo religioso expresivo de la identidad cultural de Italia.

Es un argumento de peso. Pienso que muchos de los símbolos que vemos todavía (porque muchos ya han sido quitados) provienen de un pasado en que sociedad y religión, iglesia y estado prácticamente se confundían entre sí. Los procesos de secularización han ido delimitando con una claridad relativamente mayor los espacios y esferas de competencia. Salvo sectores minoritarios, todos reconocemos en ello un proceso saludable. La Iglesia reconoce el principio de la laicidad del estado como una forma de tutelar la libertad religiosa de los ciudadanos.

¿Esto significa que los símbolos tienen que desaparecer de los espacios públicos? No necesariamente. Pienso que, aunque muchos ciudadanos ya no adhieran a la fe católica o no formen parte activa de esta comunidad religiosa, siguen reconociendo como expresivos de sus valores espirituales y morales a estos símbolos.

Un caso distinto se da cuando se trata de poner un símbolo religioso nuevo en un espacio público que hasta ahora no tenía ese tipo de expresiones. En principio, habría que generar un saludable debate entre los ciudadanos directamente involucrados a fin de arribar a alguna forma de consenso favorable o no a la colocación del símbolo religioso.

Obviamente, esto supone un ejercicio de convivencia en el que no solo talle fuerte la virtud de la tolerancia sino también el explícito reconocimiento de que el otro, especialmente si diverso de mí, de mis valores e ideas, es un semejante con derechos similares a los míos, y que, por lo mismo, tiene también el derecho de expresar sus convicciones espirituales en el espacio que es de todos.

Una última consideración: solo en democracia los ciudadanos podemos discutir sobre todo, incluso acaloradamente, pero respetándonos y defendiendo recíprocamente ese alto valor democrático que es el derecho a la libre expresión.

Señor, ¿a quién iremos?

“La Voz de San Justo”, domingo 26 de agosto de 2018

“Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna” (Jn 6,68).

Con esta confesión de fe de Pedro culminamos la lectura del capítulo sexto del evangelio según San Juan. Nos ha acompañado durante cinco domingos.

Ha sido un camino fascinante, aunque también fatigoso. Ha sido bueno dejarse llevar por las palabras de Jesús, experimentando el vértigo de percibir su pretensión sobre nosotros y nuestras vidas. Pero, a esa vorágine nos lleva la fe.

Escuchar las palabras de Jesús es sentir que nuestra libertad queda desafiada en su raíz más profunda: ¿qué estás haciendo de tu vida? ¿Hacia dónde estás caminando? ¿Cuáles son tus búsquedas, tus deseos y tus inquietudes más hondas? ¿Valen realmente la pena? ¿Le dan autenticidad a tu vida? ¿Te hacen más humano?

Cada uno hace ese camino. Es un camino personal, pero no en solitario. El que cree nunca está solo. Es un camino compartido: antes de mí, otros lo han transitado ya. Ahora mismo, tengo a mi lado muchos compañeros de aventura. Nos miramos, nos ayudamos a caminar, nos animamos cuando la fatiga, el desencanto o el desaliento parecen poder con nosotros.

Pero hay un momento en que la mirada y la palabra del Señor se fijan en mí y, poniendo en crisis todo lo que pienso, siento y programo, me desafían a tomar una decisión.

Este domingo, un compañero de camino – Simón Pedro – comparte con nosotros ese momento álgido de su vida. Y comparte también con nosotros sus palabras.

Escuchémoslo y, sin falsos pudores ni vergüenza, hagamos nuestra su audacia. Sus palabras son sinceras, francas y diáfanas: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios” (Jn 6,68-69).

Recrear la cultura de la vida

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“La Voz de San Justo”, domingo 5 de agosto de 2018

“…el Señor preguntó a Caín: «¿Dónde está tu hermano Abel?». «No lo sé», respondió Caín. «¿Acaso yo soy el guardián de mi hermano?»” (Gn 4,9).

Jesús es la contracara de Caín. Se sabe hermano de todos los Abel. Sabe que no puede desentenderse de la suerte de nadie. Ve a los hombres con los ojos de su Padre. Por eso los considera sus hermanos.

Lleva grabada a fuego la pregunta de Dios a Caín: ¿Dónde está tu hermano? Mientras que Caín busca desembarazarse de ese “otro” que incomoda su autonomía, Jesús sabe que ese “otro” es precisamente el sentido de su libertad. Así vive y, por ese camino, lleva a sus discípulos.

En estas horas, no sabemos, a ciencia cierta, qué resultado tendrá la legalización del aborto en el Senado.

Estos meses han sido intensos. Hemos aprendido muchas cosas. Se nos han abierto los ojos a muchas realidades que parecían no tener espacio en el campo visual de nuestra mirada.

Una amiga colgó en Twitter un artículo con el título: “Una existencia insignificante”. De allí extraigo este párrafo: “Quizás si el feto pudiese sacarse una selfie y publicarla todos los días en las redes sociales creeríamos que existe, que vive y que independiente de su edad es un ser humano capaz incluso de sonreír. Pero como no se muestra nos damos permiso para dudar o interpretar su existencia.”

Se ha dicho que el concebido llega a convertirse en hijo por el deseo de su madre, y que si ésta no lo quiere podría deshacerse de él. Semejante afirmación horroriza, pero si no rozara algo de verdad no podría seducir como lo hace.

¿Cuál es esa verdad que puja por hacerse oír en esa “verdad a medias”? Que nunca podremos existir solos. Que es verdad que no hay fuerza más revolucionaria y disruptiva que la libertad personal, pero que ésta solo es plena cuando reconoce la dignidad del otro, anterior a mí y mis deseos.

El debate por el aborto deja picando esta pregunta, incómoda e imprescindible: “¿Dónde está tu hermano?”. No mira solo al niño por nacer. Nos interpela sobre todos los invisibles que esperan. Como esos seis de cada diez chicos a los que hoy, en nuestra Argentina, se les priva de algún derecho.

Sea como resultare la votación en el Senado, sigue en pie el desafío de recrear la cultura de la vida.

Jesús sigue multiplicando el pan

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“Los ojos de todos esperan en ti, y Tú les das la comida a su tiempo; abres tu mano y colmas de favores a todos los vivientes” (Salmo 144,15-16).

Las manos de Jesús multiplican el pan. Lo escuchamos este domingo, iniciando la lectura del capítulo 6 de San Juan. Lo primero en que pensé, meditando el evangelio fue: “Esto pasa hoy. Jesús sigue haciendo este milagro. No suplicamos en vano: «Padre… danos hoy nuestro pan de cada día». Las manos de Jesús siguen prodigando el pan de la vida”.

Durante los próximos cuatro fines de semana vamos a escuchar sus palabras desentrañando el sentido profundo de ese signo luminoso: con poco más que unos peces y algunos panes que un niño pone a disposición, Jesús da de comer a una multitud. Lo hace después de elevar sus ojos al cielo y, así, abrir la tierra a la mirada benevolente de su Padre.

Ese pan que se ofrece a todos es mucho más que pan. Es Él mismo, su vida, su entrega de amor. Es, además, la Eucaristía que, semana tras semana, nos convoca y, como una provocativa paradoja, despierta más que calma el hambre y la sed.

Jesús sigue multiplicando el pan. Y lo hace, despertando el hambre de justicia. Toca los corazones. Despierta humanidad. Su Espíritu genera buenos samaritanos. Y, así, el pan de la vida empieza a saciar el hambre del mundo.

Esta semana, visitando algunas obras de Cáritas, se me ocurrió preguntar cómo se pone en marcha el “Hogar de Cristo”. Se trata de una iniciativa para acompañar a personas con adicciones. La respuesta que recibí fue diáfana: señalándome el lugar que nos acogía, la mesa alrededor de la cual estábamos sentados y el alimento que compartíamos, me respondieron: “Así, abriendo este espacio para que se acerquen los que lo necesitan… La vida se recibe como viene”.

Vuelvo al texto del evangelio. La liturgia omite inexplicablemente los versículos 16 al 21: con su sola presencia, Jesús calma la tempestad que amenaza hacer zozobrar la barca de los discípulos. “Soy yo, no teman”, les dice (Jn 6,20).

Si Jesús está, el pan se multiplica, la vida encuentra espacio y renace la esperanza. Sin él, la oscuridad abre la puerta a la tempestad.

Creo que puedo decir que, esta semana, pude participar de la multiplicación de los panes y los peces. Con los ojos de la fe, pude ver a Jesús hacerlo de nuevo.

Vi también el rostro iluminado de los que se saciaron y, por esa experiencia, se han hecho las manos milagrosas del Señor para sus hermanos.

Corrupción, conciencia y libertad

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Vuelvo a publicar este artículo, escrito en diciembre de 2015, en razón del cambio de gobierno nacional, la frustrada transmisión del mando y el párrafo que el nuevo presidente Macri dedicó en su discurso inaugural ante el Congreso a la corrupción. Ese es el contexto.

¿Por qué lo vuelvo a publicar? Ha tomado estado público los aportes “truchos” a la campaña electoral de los partidos políticos: los que ganaron y los que no.

Vale la pena entonces que volvamos a reflexionar sobre lo que significa la corrupción, en cualquiera de sus formas, para la vida social. 

Visitando ayer el Hogar de Cristo que está empezando a caminar en nuestra diócesis, escuchando, sobre todo, los testimonios de diversas personas cuyas vidas están marcadas por la lucha contra las adicciones, no he podido dejar de sentir dolor y bronca.

La corrupción anestesia conciencias y termina siendo el ambiente que hace posible esta y otras formas de deshumanización. Necesitamos recuperar fuerza moral y energía espiritual para luchas juntos, desde abajo, contra este flagelo que nos está robando vidas. 

Aquí también: #ValeTodaVida

Corrupción, conciencia y libertad

“Obedeced, señores, sin sumisión no hay ley; sin leyes no hay patria, no hay verdadera libertad; existen sólo pasiones, desorden, anarquía, disolución, guerra y males de que Dios libre eternamente a la República Argentina; y concediéndonos vivir en paz, y en orden sobre la tierra, nos dé a todos gozar en el cielo de la bienaventuranza en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo, por quien y para quien viven todas las cosas. Amén.”

Así concluía Fray Mamerto Esquiú el famoso “Sermón de la Constitución” aquel lejano 9 de julio de 1853.  El contexto es conocido: la Constitución encontraba todavía resistencia, entre otras cosas por su versión de la libertad de culto. Muchos católicos, también Esquiú, la consideraban incompatible con su fe.

Contra lo que se esperaba, Fray Mamerto señaló con fuerza la necesidad de someterse a esta Ley fundamental a fin de reencontrar la paz social después de un largo período de guerras civiles, desencuentros y odios irracionales.

Obedecer la ley como camino para vivir en libertad. Obediencia y libertad. Desde ahí, apertura al futuro de una nación que era toda una promesa.

He leído varias veces el texto de Esquiú en estos intensos días en que nuestra democracia, todavía débil, volvió a estar asediada por el bochorno de la insensatez.

Roguemos a Dios que todo esto haya quedado definitivamente atrás, no porque demos lugar al olvido, sino todo lo contrario: porque mirando de frente nuestras miserias y mezquindades, nos levantemos de ellas aprendiendo a caminar de otra manera.

El párrafo más aplaudido del discurso del nuevo presidente en el Congreso fue el que se refirió a la corrupción. Se trata de un hondo y legítimo reclamo social.

Uno de los factores que crea las condiciones para que la corrupción se instale y se afiance en el cuerpo social es precisamente el desprecio de toda forma de norma o de ley, desde la que regula la recolección de los residuos a la obediencia escrupulosa a la Constitución nacional. Pero no es el único factor. Es necesario afinar la mirada.

Para los cristianos, la corrupción es un pecado que procede del corazón humano que desoye la voz de Dios, se deja llevar por el peso de su propio egoísmo y se compromete con el mal. Una decisión libre que rompe la comunión con Dios en el momento en que se deja vencer por la corrupción. Es un pecado de índole social.

No toda forma de pecado social es, sin embargo, corrupción. Esta se da allí donde el intercambio deshonesto entre dos sujetos termina perjudicando al interés común. Por eso, la corrupción en sentido más estricto se da en la convergencia entre lo público y lo privado, allí donde un funcionario finge cumplir su rol de velar por el bien común y, aprovechando su posición, tergiversa el sentido de una operación que debería ser para beneficio de todos, pero que termina siendo ganancia personal.

De ahí que los sistemas más corruptos se den en aquellas formas de gobierno en que la burocracia estatal invade todos los espacios, convirtiéndolos peligrosamente en coto personal de caza de funcionarios inescrupulosos. Este fenómeno se dispara en los regímenes populistas, más autoritarios o ideologizados, donde el estado se confunde con el gobierno, y los líderes políticos son mesías iluminados, los únicos que interpretan realmente las necesidades del pueblo y, en consecuencia, sus mandatos no pueden ser discutidos. Cualquier crítica es traición al pueblo.

Los funcionarios que representa a semejantes líderes tóxicos suelen hacer de la arbitrariedad su norma de acción. Así queda abierta la puerta a la corrupción, en sus formas más sutiles, pero también más grotescas.

La lucha contra la corrupción ha de involucrar a todo el cuerpo social. No es solo cuestión de leyes y procedimientos. Tiene una esencial dimensión espiritual y ética. Sin ciudadanos educados en el exquisito arte de escuchar y obedecer la voz de su propia conciencia, la batalla está perdida. La conciencia es el lugar interior de la persona en el que se hace transparente la verdad que hace libre al hombre, especialmente cuando contradice el propio interés o los propios deseos subjetivos.

Pero también supone una sociedad que encuentra en la cultura del trabajo bien hecho, el respeto por la dignidad del otro y la búsqueda del bien común sus aspiraciones más nobles. En este contexto, la obediencia a las leyes que rigen la convivencia ciudadana es percibida como un camino insoslayable para afianzar la amistad social y hacer posible las condiciones que a todos permitan una vida digna.

Todo lo cual supone y promueve también una organización que conciba a la política como servicio desinteresado al bien común, especialmente en la promoción de los menos favorecidos. En la medida en que la cultura democrática y republicana de una sociedad sea más débil, más fuerte será el fenómeno de la corrupción. Por el contrario, el funcionamiento virtuoso de las instituciones fundamentales del estado de derecho es una garantía contra la corrupción. De ahí también que, en lo que a nuestro país se refiere, la postergada reforma política sea una urgencia a gritos. El Diálogo argentino de la década pasada ofreció valiosísimos aportes que sería bueno retomar.

En la delicada articulación de estos tres niveles (persona, sociedad y comunidad política) se juega mucho del éxito de la lucha que tenemos por delante para vencer la arraigada corrupción que atraviesa todo el cuerpo de nuestra sociedad.

Termino citando por extenso unas palabras muy fuertes del papa Francisco. Las pronunció durante su visita a un barrio de Nápoles, marcado por el accionar de la mafia. Ante la pregunta de un funcionario judicial, Francisco respondió:

“El juez dijo una palabra que yo quisiera retomar, una palabra que hoy se usa mucho, el juez dijo «corrupción». Pero, díganme, si cerramos la puerta a los inmigrantes, si quitamos el trabajo y la dignidad a la gente, ¿cómo se llama esto? Se llama corrupción y todos nosotros tenemos la posibilidad de ser corruptos, ninguno de nosotros puede decir: «yo nunca seré corrupto». ¡No! Es una tentación, es un deslizarse hacia los negocios fáciles, hacia la delincuencia, hacia los delitos, hacia la explotación de las personas. ¡Cuánta corrupción hay en el mundo! Es una palabra fea, si pensamos un poco en ello. Porque algo corrupto es algo sucio. Si encontramos un animal muerto que se está echando a perder, que se ve «corrompido», es horrible y apesta. ¡La corrupción apesta! La sociedad corrupta apesta. Un cristiano que deja entrar dentro de sí la corrupción no es cristiano, apesta”.

 

Repudio y reflexión

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Acabo de mandarle un mensaje al obispo Luis Fernández de Rafaela, expresándole la solidaridad fraterna de nuestra diócesis a esa Iglesia hermana por la agresión sufrida este fin de semana.

También el repudio más firme a esa forma particularmente maliciosa de violencia simbólica. No es solo una agresión a la fe de los católicos, sino también a la convivencia ciudadana y a la cultura democrática de todos.

Para quienes somos cristianos, estos hechos son leídos, interpretados y calificados como una blasfemia. Incluso como un sacrilegio. Oramos, hacemos penitencia y suplicamos el perdón.

Desde un punto de vista cívico, se trata de una grave ofensa a la libertad religiosa de un grupo considerable de ciudadanos. No se ofenden solo sentimientos o creencias. Se juega con la libertad, porque se lleva la provocación al extremo. Se busca deliberadamente incomodar y zaherir.

¿Constituye un delito? En cuanto blasfemia, se trata de un grave pecado que es también un delito para la ley de la Iglesia que rige la vida de los católicos. Los juristas deberán decir en qué medida, una agresión de esta naturaleza a los símbolos de una religión configura también un delito para el derecho penal y civil argentino. Si lo fuera, nos asiste el derecho de reclamar justicia.

*     *     *

Dicho esto, añado una consideración del todo personal. Es opinable por donde se la mire, pero es mi punto de vista y me siento con el deber de compartirlo. Hace mucho que vengo rumiándolo en mi interior.

Junto con la libertad de conciencia y la libertad religiosa, la libertad de expresión constituye el sólido fundamento de la vida de una democracia y su cultura de convivencia ciudadana.

Estoy convencido de que la libertad de expresión, en una sociedad plural y democrática, debe ser todo lo más amplia posible. Ninguna libertad ni derecho son absolutos. Nuestra libertad coexiste con la libertad de los demás. En la interacción de las libertades se consolida la convivencia entre las personas.

La libertad es una sola. Solo en la más amplia libertad las personas nos abrimos y nos adherimos a la verdad. La conciencia es precisamente ese lugar donde la verdad se hace transparente a nosotros, nos conquista con su luz propia y se convierte en la guía de nuestro obrar, especialmente cuando se vuelve más onerosa, contradice nuestras apetencias y nos impone la dura disciplina del deber. Solo así somos genuinamente libres.

Ahora bien, para vivir a fondo esta vocación a la libertad hay que estar dispuesto a pagar un precio muy alto, normalmente en cuotas que aparecen una y otra vez en el camino nunca acabado de edificar el bien común.

Una de esas cuotas de alto precio es tener que convivir con algunos ciudadanos que se creen con el derecho de provocar a otros en sus valores espirituales más hondos. Y que, de hecho, lo hagan con manifestaciones como esta que hoy nos ocupa.

Ha acontecido y acontecerá seguramente, como ya comenzamos a observar. No solo aquí. Acabo de ver la foto de una repudiable profanación a la catedral de Santiago de Chile, acontecida precisamente este fin de semana.

No pido censura. Reclamo el derecho de protestar, de señalar con claridad la violencia sufrida y de pedir que, llegado el caso, la justicia intervenga. Lo haga o no, los que somos discípulos de Cristo renovamos nuestra vocación a la cultura del encuentro, del amor, del perdón y la reconciliación.

Cuando los discípulos experimentaron que unos samaritanos los rechazaban, se volvieron a Jesús incitándolo a la punición: “Cuando sus discípulos Santiago y Juan vieron esto, le dijeron: Señor, ¿quieres que mandemos caer fuego del cielo para consumirlos?». Pero él se dio vuelta y los reprendió. Y se fueron a otro pueblo” (Lc 9,54-56).

Los tiempos que corren, y los que asoman, nos van a solicitar, más de una vez, entrar en esta dinámica evangélica: manifestarle al Señor nuestros sentimientos de bronca y dolor, recibiendo de él esa mirada, esa reprensión sanante y esa invitación a seguir caminando la misión.

Vamos a requerir del Espíritu ser confirmados en la fortaleza, la paciencia y la valentía de sostener nuestra adhesión al bien, viviendo a fondo la mansedumbre de Jesús, el Testigo fiel del Padre.

El amor a nuestra sufrida patria Argentina nos anima también a dar, así, nuestra contribución a secar las fuentes del odio, la violencia y el desprecio del otro que parecen seguir manando a raudales.

Aunque sean pocos los que lo hagan, su elección libre será realmente un germen nuevo para le futuro de todos.