El pesebre

“La Voz de San Justo”, domingo 8 de diciembre de 2019

Francisco se dejó llevar por lo que sentía en su corazón. Acababa de regresar de Tierra Santa, estaba cerca la Navidad y crecía en él el deseo de sentir, ver y hasta tocar la humanidad de Dios, pobre y humilde en el niño del pesebre. Fue así como, en la Navidad de 1223 y ayudado por algunos fieles, puso en marcha una tradición que llega a nuestros días: siguiendo el evangelio, dar vida a la escena del nacimiento del Señor. Lo que aconteció aquella noche en una cueva de Greccio se sigue replicando en nuestras casas, templos y lugares públicos. 

“¿Por qué el belén suscita tanto asombro y nos conmueve?”, se pregunta ahora Francisco, el papa, en una hermosa carta publicada hace días. Y responde: “En primer lugar, porque manifiesta la ternura de Dios. Él, el Creador del universo, se abaja a nuestra pequeñez. El don de la vida, siempre misterioso para nosotros, nos cautiva aún más viendo que Aquel que nació de María es la fuente y protección de cada vida. En Jesús, el Padre nos ha dado un hermano que viene a buscarnos cuando estamos desorientados y perdemos el rumbo; un amigo fiel que siempre está cerca de nosotros; nos ha dado a su Hijo que nos perdona y nos levanta del pecado.”

Armar el pesebre -este ocho de diciembre, o en la fecha que sea- es seguramente un gesto sencillo. A algunos incluso les puede parecer de poca monta. Pienso, sin embargo, que su sencillez refleja algo esencial y que está en el corazón del Evangelio: Dios se ha hecho hombre para ayudarnos a recuperar nuestra propia humanidad. En los tiempos que corren, esa sí que no es una necesidad de poca monta.

Hacia una cultura del cuidado y la prevención

Comparto mis reflexiones e informe sobre el Congreso latinoamericano de Prevención de los abusos organizado por el CEPROME de la Pontificia Universidad de México.

¿Cómo está viviendo nuestra Iglesia latinoamericana la crisis de los abusos sexuales? ¿Qué pasos viene dando para enfrentarla? ¿Qué desafíos tiene por delante? ¿Puede ofrecer al mundo católico una contribución propia, desde la originalidad de su modo de ser Iglesia y su experiencia de comunión episcopal y pastoral?

Del 6 al 8 de noviembre de 2109, en la sede de la Pontificia Universidad Católica de México, y organizado por el CEPROME (Centro de Protección de Menores), tuvo lugar el Congreso latinoamericano de prevención de abusos sexuales.

El CEPROME ha nacido en el seno de dicha Universidad con la finalidad de promover estudios interdisciplinares sobre la problemática de los abusos y la formación de agentes pastorales en la prevención de esta compleja problemática humana, que tanto afecta a la Iglesia.

En este Congreso, participaron más de doscientas personas: obispos, presbíteros, académicos, terapeutas, laicos y laicas involucrados en la prevención. También algunas víctimas sobrevivientes de abusos cometidos por clérigos. Si bien prevalecía la presencia mexicana, éramos varios los participantes de diversos países de nuestra América.

Las jornadas fueron intensas, sea por el horario, el trabajo y las intervenciones (de primer nivel), pero, sobre todo, por la densidad del tema abordado y el modo cómo repercutía en el corazón de los participantes: el drama humano que constituye el sufrimiento de miles de personas, tanto las víctimas directas como también  las secundarias (familiares, amigos, comunidades cristianas, etc.).

El foco estuvo puesto en la prevención. Entre otras cosas, esto significa intentar comprender del modo más holístico posible la dinámica del abuso en una realidad como la de la Iglesia católica. Esta verdadera plaga social, sin embargo, se verifica en la comunidad eclesial con rasgos propios. No se trata de situaciones individuales y aisladas: este sacerdote que abusa, este obispo o superior que actúan mal. Se trata de un sistema de relaciones que aparece, hoy por hoy y por efecto de esta crisis, con numerosas fallas estructurales. Amadeo Cencini lo resumió en una frase que impactó profundamente. Al mostrar que el porcentaje de sacerdotes abusadores, si bien puede ser similar al de otros grupos, responde a una dinámica eclesial de debilitamiento espiritual. Señaló: “el escándalo de unos pocos es la consecuencia de la mediocridad de muchos”. Para pensar.

Atender, por tanto, al sistema eclesial en su conjunto, a su buena salud, tanto como a su complejidad y originalidad es un paso fundamental para cualquier proyecto preventivo que pretenda alcanzar resultados razonables.

En 2012 tuve la oportunidad de participar en el Simposio organizado por la Universidad Gregoriana con los auspicios de la Santa Sede: “Hacia la curación y renovación”. De esa fecha hasta el presente, la Iglesia misma ha ido creciendo en la conciencia de las dimensiones de esta honda crisis, pero también en los factores que están en juego a la hora de prevenir, purificar y sanear su vida eclesial. Es muy alentador.

Si bien, durante el desarrollo del Congreso, fue imposible no evocar los aspectos jurídicos y canónicos de esta problemática, al poner el acento en la prevención, y a partir de la rica experiencia que ya hay en la Iglesia en esta realidad, el discurso fue más amplio y, como dijimos, de naturaleza holística.

Desde diversas intervenciones, por ejemplo, se insistió en la necesidad de hacer un enfoque deliberadamente pastoral, es decir, propiciar una sólida mirada teológica y espiritual de esta problemática. Y, desde esta perspectiva, asumir los diversos cauces por los que debe transitar la respuesta eclesial de nuestras comunidades al problema de los abusos, tanto en los dolorosos casos dados o por darse, pero, sobre todo, en la generación de una cultura del cuidado, la prevención y una sistemática supervisión de nuestro accionar eclesial.

Esta mirada teológico espiritual supone, al menos, dos enfoques: en primer lugar, una lectura teológica de la realidad de la vulnerabilidad humana y de la acción salvadora de Cristo, acogida y sacramentalizada por la acción pastoral y reparadora de su Iglesia. Esto afecta, de lleno, al ministerio pastoral, cuya figura visible -al decir de Amadeo Cencini, uno de los expositores- debe tomar la forma de la compasión de Cristo que, como Buen Pastor y Samaritano, hace lugar en sí mismo a toda forma de fragilidad humana. Obviamente, este enfoque plantea exigencias muy fuertes a la formación espiritual, humana y pastoral de los futuros pastores y consagrados. Pero también, afecta de lleno a la vida eclesial.

De aquí surge otro enfoque, muy presente en las diversas intervenciones: la respuesta de la Iglesia a los abusos, especialmente a la hora de prevenir, debe ser de naturaleza “sinodal”. Es toda la Iglesia, en su variedad de carismas y ministerios, la que debe descubrirse sujeto activo de esta acción pastoral.

En este contexto, el ministerio de los pastores, especialmente de los obispos, adquiere un relieve particular. Por una parte, es indelegable que el obispo ha de presidir esta toma de conciencia y la misma acción preventiva de la Iglesia. Pero, por otra parte, los obispos (y, en su grado, los demás ministros: presbíteros y diáconos) hemos de estar escrupulosamente dispuestos a rendir cuentas de nuestra responsabilidad (“accountability”) y a ser transparentes con la información en esta materia. Se estuvo de acuerdo que, en estos puntos (trabajados en la cumbre de febrero en Roma) son aún hoy un punto frágil de nuestra vida eclesial.

Se trata, por tanto, de avanzar en una teología, espiritualidad y práctica pastoral centrada en el misterio del amor de Cristo Salvador, que cura el mysterium inaequitatis, presente en su Iglesia. Temas clásicos como: pecado, gracia, redención, reparación, gracia que previene y sana, etcétera, pueden ser releídos desde la experiencia que está suponiendo esta crisis eclesial. Por ejemplo: la reparación económica, incluso cuando la justicia secular reconozca la prescripción del delito, la Iglesia la hace desde la entraña de la misión pastoral que Cristo le ha confiado (un tema que mereció un interesante intercambio entre los participantes y Mons. Scicluna).

Pero también, la teología y espiritualidad tienen un rol fundamental para desarrollar una respuesta pastoral más integral, sosteniendo sólidamente a todos los que están empeñados de manera más directa en la escucha y acompañamiento de las víctimas, en el desarrollo de acciones proactivas para la prevención, no menos que en los procesos canónicos y judiciales que suponen. El estrés que supone estar involucrado en estos temas no es un dato menor para tener en cuenta.

El CEPROME de la Universidad Pontifica de México está cumpliendo un rol fundamental en la respuesta de nuestras Iglesia a esta problemática. Ofreciendo formación a agentes de toda América latina, incorporando docentes también de nuestros países, investigando y coordinando el intercambio de las prácticas preventivas ya en curso, podrá ayudarnos a ofrecer una contribución genuina, que recoja con inteligencia la rica vivencia que las Iglesias particulares de América latina tienen de comunión, de trabajo pastoral en común, de intercambio de experiencias y de recursos humanos y materiales.

El Consejo pastoral de protección de menores y adultos vulnerables de la CEA está coordinando con el CEPROME la participación de agentes de pastoral de nuestro país en los diplomados que el Centro ofrece. Esperamos que esta instancia formativa se aprovechada por muchos.

El jueves 7 de noviembre, la intensa jornada de trabajo culminó con una sentida Celebración Penitencial presidida por el arzobispo de San Salvador. Escuchamos juntos la Palabra del Señor (el relato de Emaús) y, también en comunión, pedimos perdón por este pecado que es también un cruel delito que ha herido a demasiadas personas. Al concluir escuchamos el testimonio de dos víctimas (una joven y un joven mexicanos), marcados por el abuso pero que, acompañados por diversas personas, han podido crecer como sobrevivientes, reincorporándose desde esa dura vivencia, a la vida eclesial.

Nuevamente, la escucha de las víctimas fue la experiencia bisagra de todo. En esas voces escuchamos la Voz del Crucificado. Y también renació la esperanza. También el compromiso.

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco y Coordinador del Consejo pastoral de protección de menores y adultos vulnerables de la Conferencia Episcopal Argentina

¿Qué nos está pasando en América latina?

¿Qué está pasando en Bolivia, en Chile, en nuestra bella y sufrida América latina?

La crisis de la democracia es global. De la democracia y de “las democracias”, en todas sus versiones.

Parece que el agotamiento de las mediaciones políticas, el miedo al otro y la incertidumbre del futuro conjuran los peores demonios. Mención aparte merecen las diversas desigualdades que colman la medida de toda paciencia. La gente no “come vidrio”…

Uno de los factores a considerar -entre tantos- es la desconexión de las élites respecto del pueblo, de la gente común, sus necesidades e intereses concretos. Principalmente de las élites políticas. Pero también de otras formas de dirigencia, como las económicas, culturales o religiosas (los obispos católicos, por ejemplo).

En América latina esta crisis adquiere rostros peculiares, tanto como lo es su geografía, su historia y las diversas culturas que la habitan.

Tengo muy viva en la memoria del corazón la imagen colorida, festiva y creyente de los peregrinos que caminan al Santuario de la “Morenita”, la Virgen de Guadalupe. Lo viví este pasado sábado como un peregrino más.

¿Qué nos está pasando?

Con una imagen del Crucificado, roto por manifestantes encapuchados en Santiago de Chile, he posteado que, ante semejante figura, nuestro dolor de cristianos no debe ceder ni a la rabia ni al odio. Nos duele en el alma contemplar una figura ante la que muchos rezamos e incluso hemos decidido cosas importantes de nuestra vida.

Tenemos que dejarnos ganar por los únicos sentimientos posibles en el corazón de un discípulo del Crucificado. Aquellos que se compendian en la súplica que Jesús dirige al Padre desde la cruz: “Padre: perdónalos. No saben lo que hacen” (Lc 23, 24).

Esos sentimientos se viven concretamente en el amor que se ofrece, que expía, perdona y busca el corazón herido del otro para sanarlo y regalarle resurrección.

El jesuita Jorge Costadoat acaba de tuitear, reflejando lo que se vive hoy en la querida nación hermana: “En la Comunidad Enrique Alvear a la que pertenezco realizamos anoche un Conversatorio despues de la misa. Experimenté una molestia conmigo mismo por no terminar de entender lo que ocurre. Oír a los pobladores descoloca, desbarata las propias ideas, enseña. Pauperibus magisterium.”

Solo quiero apuntar aquí esta otra actitud que destaca Costadoat: ponerse a la escucha. Oír a los pobres. Escuchar, de corazón, a quienes viven en medio de la incertidumbre y, como María, hacer lugar en el corazón a lo que viven.

Al menos, en la Iglesia del Verbo encarnado, donde la Palabra de Dios y la palabra de los hermanos cuenta mucho, esta actitud de escucha es punto de partida de todo.

Aquí, en Argentina, tan habladores como somos y especialistas en todo, necesitamos mejorar nuestra cultura de convivencia con más espacios de escucha honesta y despojada, en la medida de lo posible, de todo preconcepto.

El proceso electoral que acabamos de vivir, extenso y extenuante, ha tenido la virtud de canalizar descontentos con los medios que una siempre imperfecta democracia pone a disposición de los ciudadanos: el voto que decide quién gobierna, quién controla y quién legisla.

Democracia imperfecta como lo somos los ciudadanos. Es el modo de vivir la libertad que nunca conquista los valores de una vez y para siempre, sino que ha de elegir, cada día, el bien posible, lo que es justo y, de esa manera, edificar el bien común.

Pero, todo esto que vivimos, nos exige a los dirigentes menos verborragia, más humildad y mejor disposición para el diálogo abierto con todos.

Una exigencia de humildad particularmente vinculante para nuestra Iglesia. O, mejor: para quienes somos sus pastores.

San John H. Newman

A las vísperas de la canonización del beato cardenal Newman comparto este artículo que publiqué para su beatificación por Benedicto XVI en 2010

Católicos Siglo XXI

El los próximos días, el Papa inicia su visita al Reino Unido. Punto culminante de esta peregrinación será la beatificación de John Henry Newman (1801-1890), el 19 de setiembre en Birmingham. 

Se trata de una de las personalidades más interesantes del mundo católico del siglo XIX. En 1845 culminó un proceso espiritual e intelectual que lo llevó del anglicanismo a la Iglesia católica. Está descrito en un libro de lectura imprescindible: “Apologia pro vita sua. Historia de mis ideas religiosas”. Fue creado cardenal por el Papa León XIII en 1879. 

Su influjo crece cada vez más, y lo proyecta como expresión acabada de la vitalidad del cristianismo en el siglo XXI. Una personalidad genuinamente católica. 

Cito, a continuación, un largo párrafo de su conocida “Carta al Duque de Norfolk”, en la que aborda, entre otros temas, la cuestión de la naturaleza de la conciencia. El n° 1778 del Catecismo de la Iglesia Católica cita una frase de esta obra de Newman, en la que llama a la conciencia “el más genuino Vicario de Cristo”. Las frases que transcribo se encuentran un poco más delante. Dice así:

“La Conciencia tiene derechos porque tiene deberes. Sin embargo, en estos tiempos para gran parte de la gente, el más genuino derecho y libertad de conciencia consiste en hacer caso omiso de la conciencia, dejar al margen al Legislador y Juez, ser independiente de obligaciones no escritas, invisibles. La cuestión ahora es elegir entre adoptar una religión o no adoptar ninguna, ir a la iglesia católica o a la capilla protestante, hacer alarde de estar por encima de toda religión y ser un crítico imparcial de todas ellas. La conciencia es un consejero exigente, pero en este siglo ha sido desbancado por un adversario de quien los 18 siglos anteriores no habían tenido noticia -si hubieran oído hablar de él, tampoco lo hubieran confundido con ella-. Ese adversario es el derecho del espíritu propio, la autonomía absoluta de la voluntad individual…”

Para pensar. 

¿A la Trinidad o a Zeus?

Cantado o rezado, el “Santo” es una parte fundamental de la Plegaria eucarística. Se trata de un himno con una letra fija. Se debe cantar, por tanto, como está en el Misal:

Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo. Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria. Hosanna en el cielo. Bendito el que viene en Nombre del Señor. Hosanna en el cielo.

Esta versión litúrgica recoge tres textos bíblicos. Para la primera parte: Is 6, 3 y Ap 4, 9. Para la segunda parte (“Bendito el que viene…”): Mt 21, 9.

Se lo denomina también: “Trisagio”, castellanización de la palabra griega que quiere decir: “tres veces santo”. Se trata de un himno trinitario de adoración y alabanza. Es común a las liturgias latinas, orientales y también a algunas protestantes. Es un texto ecuménico.

Lamentablemente, entre nosotros se ha vuelto muy usual sustituirlo por cantos que, si bien usan algunas de sus palabras, no respetan el texto bíblico y litúrgico.

Uno de los casos más simpáticos es el que yo llamo con ironía: himno a Zeus, pues solo dice una sola vez “santo”: “Santo es el Señor, mi Dios, digno de alabanza…”.

Algunos de estos cantos son muy hermosos e innegablemente litúrgicos. Se pueden utilizar, pero no en la Plegaria eucarística. Pienso, por ejemplo, en aquel cuya letra empieza así: “Santo, Santo, Santo, Dios y Señor nuestro, canta tu grandeza la hermosa creación…”. Se puede usar como canto procesional de entrada en las fiestas de los santos o en una adoración eucarística.

En fin. No olvidemos el sabio principio: “lex orandi lex credendi”. Creemos como celebramos.

PS: Sigue siendo importante distinguir entre el Dios cristiano, Padre, Hijo y Espíritu Santo y Zeus… u otros dioses.

Te aclamarán mis labios, Señor, cuando salmodie para Tí

Con otros tres hermanos obispos, tuve la ocasión de pasar unos días de retiro en la Abadía “Gozo de María” de monjas benedictinas.

Había reservado esta fecha desde inicio del año, a sabiendas de que, a esta altura del año, ese tiempo más prolongado para orar, exponerme a la Palabra de Dios y, también, para descansar, era más que oportuno.

Cada día, con las monjas, compartíamos las Laudes, la Eucaristía a mediodía y las Vísperas.

Al rezar esta mañana la Liturgia de las Horas, el responsorio de Laudes evocó para mí estos días vividos: “Te aclamarán mis labios, Señor, cuando salmodie para ti”.

La Liturgia de las Horas, tal como la celebran las monjas benedictinas, mantiene la estructura de nuestras horas litúrgicas, pero agrega más salmos a cada una de ellas. Y son cantados, con ese modo de entonar que, por encima de todo, subordina la melodía al texto sagrado. La prioridad, como en toda oración cristiana, la tiene la Palabra de Dios.

Tres reflexiones, a partir de esta experiencia enriquecedora y exquisitamente bella:  

1. Los salmos, como sabemos bien, son oraciones inspiradas por Dios. Él ha puesto en nuestros labios las palabras con las que quiere ser invocado. El Dios vivo enseña así a rezar a su Pueblo. Pero, a la vez, esas oraciones recogen, con inaudito realismo, todas las vivencias, emociones y situaciones que sacuden el corazón humano, desde el sufrimiento a la acción de gracias, pasando por la rebeldía ante Dios y la violencia que despiertan los enemigos. Tres son los protagonistas de esas tremendas oraciones: el salmista (que lo compuso o quienes nos apropiamos de su oración); los que se oponen a Dios y a sus fieles (los “enemigos”); y, finalmente, el Dios de todas las plegarias.

2. Los salmos han sido la escuela de oración del mismo Jesús, tanto en su casa (de la mano de José y María), como en la sinagoga. Al salmodiar cada día, de modo más reposado y sereno, estos himnos sagrados, me hizo mucho bien imaginar a Jesús aprendiendo a orar con el Salterio de su Pueblo. Pero, también, imaginar que este extraordinario orante, haciendo suyas las plegarias entrañables de su Pueblo, era capaz de ir más allá del más osado orante de Israel: recitando los salmos, Jesús pudo hacer emerger a su corazón de Hijo y a sus labios, la oración más cristiana de todas, la que invoca a Dios, llamándolo: “Abba”.

3. Rezados así por la Iglesia, los salmos nos introducen en la misma oración de Jesús, el Hijo amado del Padre. ¿No es este el misterio más hondo de toda oración? Entrar en ese diálogo inaudito de amor, de pasión y de compasión entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. Si la oración cristiana, como bien enseña el Padre Jean Lafrance, es, en definitiva, prolongar el Padre nuestro; cada deseo o petición allí expresados ha madurado en ese terreno fértil y generoso que son los salmos de Israel, y, animados por el Espíritu, nos meten cada vez más en el alma filial de Jesús que, sin cansancio, repite: el “Abba, Padre, que se haga tu voluntad”.

Como pastor, me toca presidir, moderar y guiar la oración del Pueblo de Dios en la liturgia. En realidad, voy comprendiendo que este rol es más bien instrumental: facilitar la docilidad de todos al Espíritu que busca que lleguemos a la “sobria embriaguez” del que se deja conducir por su Soplo dulce y tenaz.

Lectura pastoral de las PASO



Un politico guarda alle prossime elezioni. Uno statista guarda alla prossima generazione.

Alcide De Gasperi (+19 de agosto de 1954)



¿Qué quiere decir una “lectura pastoral” de las PASO?

Se trata de la lectura que hace un pastor, desde la óptica del Evangelio y la luz que proyecta sobre la realidad social. Siendo más precisos: una lectura que hace hincapié en la dimensión ética que tiene este hecho político y ciudadano.

Lo primero que hay que decir es algo obvio: aún con todos sus límites y evidentes inconsistencias, estas PASO muestran la voluntad política del pueblo argentino. Al menos, de una mayoría consistente, cercana al 76% del padrón, que fue el que se acercó a votar.

La soberanía descansa sobre el pueblo. Las elecciones son un momento clave para manifestar qué quieren los ciudadanos y hacia dónde se dirigen en la construcción del orden justo de la sociedad. Una construcción nunca acabada, de un bien posible, aquí y ahora.  

Una mayoría importante se decantó por el Frente para Todos, hoy en la oposición. Se trata de un 47,35 %. Un 32,08% lo hizo por el oficialismo. El 8,23% lo hizo por Consenso Federal. Siguen: la izquierda con 2,86%, el Frente No con 2,64% y Unite con 2,19%. Las demás agrupaciones no alcanzaron el mínimo para contender en octubre.

Por supuesto que estas cifras pueden ser leídas de muchas maneras y desde diversos ángulos. Una mirada ética pone el acento, entre otras posibilidades, en el bien común de la entera comunidad argentina.

En este sentido, me gustaría recordar una conocida frase del gran Alcide De Gasperi. Este estadista italiano tuvo un yo rol clave en la reconstrucción de la Italia de posguerra. Le cupo, sobre todo, un papel fundamental en el ámbito más profundo y desafiante de dicha empresa: superar heridas y odios muy arraigados, afirmando una sólida cultura democrática de inspiración cristiana.

Decía De Gasperi: “Un político mira las próximas elecciones. Un estadista tiene la mirada puesta en la próxima generación”.

Los porcentajes de las PASO y su eventual proyección para octubre suponen una alternativa que contiene un gran desafío. Unos ganarán, otros perderán. Es inevitable y es parte de la cultura democrática.

Los resultados, incluso si el oficialismo lograra su meta de dar vuelta las cifras, pueden ser leídos sin más como el triunfo de uno sobre otros, de un modo de pensar el país sobre otro. En este sentido, semejante interpretación no superaría la lectura de facción, con sus sesgos inevitables.

Otra alternativa, y es la que espero sinceramente que prevalezca, es hacer una lectura integral, tratando de escuchar lo que incluso los guarismos menores tratan de expresar.

¿No necesitamos una instancia superadora que, por ejemplo, pueda priorizar algunos grandes acuerdos y consensos, respetando también las diversas y legítimas diferencias de fondo que tenemos unos y otros?

No puedo dejar se señalar que, si bien exiguo, un importante sector de la sociedad argentina le ha dado un canal político a la opción provida. Después del debate pasado sobre el aborto, esta expresión necesita ser escuchada en sus reclamos legítimos.

Cualquiera sea el ganador de las próximas elecciones generales de octubre tendrá el desafío de gobernar para todos, más allá de la retórica que esa frase de ocasión suele tener. El hoy de Argentina urge que se busque un consenso general, un diálogo amplio, una convergencia deliberadamente buscada de voluntades, tanto de los ciudadanos de a pie como de los dirigentes de los diversos sectores.

Si, como ha ocurrido en otras ocasiones, una amplia victoria les confiere a los ganadores no solo los cargos ejecutivos sino también las mayorías en las cámaras del Congreso, ese desafío se hace más delicado. Ya sabemos lo que, de ordinario, significan mayorías automáticas. Aquí las virtudes que supone el diálogo democrático con la especial sensibilidad para hacer lugar a las minorías ha de jugar un rol fundamental. También aquí se necesita una opción deliberada por el bien común y no solo por el interés de la propia facción o sector. El Parlamente es un espacio fundamental para una cultura democrática que hace crecer a todos en ciudadanía y en capacidad de edificar el bien y la justicia.

Todo un desafío para un país y una ciudadanía tan sufrida y probada como dada a diversas formas de providencialismos mesiánicos.

No dejo de orar, y con insistencia, por todos: por los ciudadanos que seguimos en ruta eleccionaria, por los candidatos, por los que están a cargo del gobierno, por las futuras generaciones.

Y que el próximo 10 de diciembre, aún en la derrota de algunos, sea una fiesta de la democracia en la que el Himno nacional sea cantado por todos con emoción y con fuerza.

¡Gracias Francisco!

Sorpresa. Admiración. Gratitud.

Es lo que ha despertado en mí la hodierna Carta del Papa Francisco a los Presbíteros, en la memoria de San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars.

Tres cosas me siguen sorprendiendo de la personalidad espiritual del Santo Padre. Tres cosas que, humildemente creo, serán parte de su herencia a la Iglesia:

1. Su modo tan jesuita de explorar los límites y fronteras humanos, animado por el Espíritu y con el Evangelio en la mirada…

2. Su ardor misionero. Propone lo que vive y encarna: es un obispo “en salida”. Y no es cuestión de desplazamiento geográfico. Es una actitud espiritual. Sabemos de dónde viene esa inquietud…

3. Su condición de maestro espiritual. Su Carta es, ante todo, eso: palabras sabias de un hombre que saborea el Espíritu y, por eso, sabe de los entresijos del alma humana que busca a Dios, pero también huye de Él, incluso habiéndolo traicionado y se deja atraer nuevamente por su Amor.

La Carta está dirigida a los Presbíteros, pero la recomiendo también a los demás fieles cristianos. También a los laicos.

Celebrar la Independencia

“La Voz de San Justo”, domingo 7 de julio de 2019

“Conocerán la verdad, y la verdad los hará libres”, sentencia Jesús en el Evangelio según San Juan (8, 32).

Me he preguntado varias veces en estos días, qué significa conmemorar la independencia. ¿Sólo un recuerdo festivo? ¿No es, sobre todo, elegir de nuevo ser libres? Libertad e independencia son tareas nunca acabadas. Suponen una mística que moviliza energías espirituales con las que, día a día, no solo tomamos decisiones, sino que definimos qué tipo de personas queremos ser y qué mundo queremos edificar.

Dos hechos me han hecho pensar. Unos dichos del dirigente social Juan Grabois, sacados deliberadamente de contexto, dieron pie a una crítica demoledora de su persona y, por elevación, de su militancia política y social. Con pocos días de diferencia, la viralización de un video de la ministra Patricia Bullrich, trucado para ridiculizarla, hizo las delicias de muchos que, obviamente, son críticos de su gestión.

Ambos hechos nos revelan con cuanta liviandad se secuestra hoy la verdad. Se miente, se difama, se calumnia y se caricaturiza a las personas con el fin de hacerlas objeto de escarnio. Y la verdad secuestrada no es una abstracta teoría filosófica. Es la verdad sobre la que se edifica la convivencia social: la dignidad de cada ser humano, tan concreto y visible como frágil. El precio que se paga por semejante operación es demasiado alto.

Podríamos excusarnos diciendo que estamos en un año electoral y, para retener o conseguir el poder, todo vale. ¿Realmente es así? ¿Todo vale? ¿Lo aceptamos con resignación o lo hemos ya asumido como una forma de encarar la vida?

Sin embargo, pienso que para muchos no da lo mismo. Su conciencia no les consiente semejante postura. Allí, en la conciencia, la verdad se hace transparente en toda su majestad. Allí escuchamos el imperativo más fuerte: haz el bien y evita el mal; todo hombre es tu hermano; trata a los demás como quieres ser tratado tú mismo.

En ocasiones, vivir así supone una valentía casi heroica, especialmente en estos tiempos de corrección política: la de abrirse a una verdad que se impone, no coaccionándonos desde fuera, sino con la suave fuerza de su propia luz. Por eso, quien obedece a la propia conciencia, aún sabiendo que esa obediencia le reportará graves perjuicios, experimenta, por lo mismo, una de las formas más altas de libertad: la de quien sabe que está haciendo lo justo.

Aquel martes 9 de julio de 1816, los representantes de las “Provincias unidas en Sud América” declararon y juraron la independencia, poniendo como garantía “sus vidas haberes y fama”.

Pienso que este martes 9 de julio de 2019, los que hoy habitamos este maravilloso suelo sudamericano que es Argentina, podríamos “declarar la independencia” en ese recinto sagrado que es nuestra conciencia. Ser libres para que nos habite la verdad, sobre todo, la que nos orienta hacia el respeto de nuestros semejantes.

Con el lenguaje de la poesía y la música: Honrar la Vida