Cuaresma 2018

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Este miércoles iniciamos la Cuaresma.

Y lo hacemos con el signo de las cenizas sobre nuestras cabezas. Lo normal: una pequeña cruz dibujada sobre la frente.

Dos frases pueden acompañar el rito de la imposición de las cenizas: “Recuerda que eres polvo, y al polvo volverás”; y: “Conviértete y cree en el Evangelio”.

Sí: somos polvo. La fragilidad es nuestra condición, como la de todo lo humano.

Pero es una fragilidad abrazada por Dios en la cruz de Jesucristo.

Ese abrazo de amor es el Evangelio al que hay convertirse y en el que hay que creer, hasta entregarle confiadamente toda nuestra vida.

¡Estamos caminando hacia la vida!

¡Caminamos desde la fragilidad hacia el abrazo de amor del Padre!

¡Démonos la mano para caminar como pueblo!

¡Estemos dispuestos también nosotros a abrazar la fragilidad de nuestros hermanos cansados, desilusionados, tristes!

¡Caminamos hacia la Pascua!

¡Año nuevo, vida nueva!

Distintas tradiciones espirituales cristianas transmiten el siguiente dicho: “Non coerceri máximo contineri tamen a minimo divinum est”. Podría traducirse así: “Cosa divina es no estar ceñido por lo más grande y, sin embargo, estar contenido entero en lo más pequeño”. Dejando la traducción y avanzando en el sentido de la frase, podríamos expresarlo así: Dios se siente más a gusto en lo pequeño que en lo más grande. Eso es, precisamente, lo propio del Dios cristiano.

Pensando en el año que terminamos y en el que se abre, creo que volver sobre este sabio principio puede ser de gran ayuda. Va de la mano con otro principio espiritual cristiano: la amistad con Dios humaniza al hombre, su cercanía potencia la condición humana.

Esa es la experiencia cristiana, lo que celebra la Navidad: Dios se ha hecho hombre, ha nacido de una mujer y se ha mostrado en la vulnerabilidad de un niño, de una familia pobre, excluida y perseguida. El Papa Francisco, en esta Jornada por la Paz de este 1º de enero, ha llamado la atención sobre la suerte de inmigrantes y refugiados. En Jesús, María y José que huyen a Egipto, el Santo Padre ve reflejado el camino de exilio forzado que hoy eligen, a pesar suyo, tantas familias del mundo empujadas por distintas formas de violencia.

A Dios le atrae la pequeñez. No le asusta la vulnerabilidad humana. Eso significa, al menos para la experiencia espiritual del cristiano, que es bueno reconciliarse con todo lo que de límite y vulnerabilidad hay en nosotros. Más que alejarnos de Dios, el límite nos acerca a Él. Pero también a mirar con otros ojos – los ojos de Dios – la fragilidad que nos rodea. Y que esa mirada se traduzca en cercanía, en amistad que tiende la mano.

Para el año que termina, tal vez sea bueno repasar qué situaciones límites nos han puesto a prueba y cómo hemos reaccionado ante ellas. Puede ser hora de intentar una mirada espiritual distinta, más cercana al modo como Dios mira la fragilidad humana, la acoge y la sana. Para el año que empieza, tal vez podamos reavivar nuestra capacidad de amistad, tanto a nivel personal como social, para aprender a mirarnos y a tratarnos de otra manera.

No solo nuestros vínculos necesitan mejorar su calidad humana. También el ambiente, la creación, nuestro mismo hábitat está reclamando un cambio espiritual, una nueva cultura, una nueva forma de convivencia. La lógica del consumo nos está dejando vacíos, aunque con montañas de basura y desperdicios. Tal vez aquí también nosotros podamos ensayar otro principio de sabiduría espiritual: menos, es más. Menos posesivos, más y mejores personas.

Los que creemos en Jesús, contemplamos en Él al Dios que se ha hecho vulnerable y cercano para humanizarnos. Así nos salva y nos redime. Ese puede ser el sentido genuino del deseo: ¡año nuevo, vida nueva! Es Jesús el que nos ofrece la verdadera novedad de vida.

¡Muy feliz año para todos!

Sembrar piedras en el asfalto

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Sensación extraña. Anoche, a las 12:04 (o, a esa hora miré el reloj) recibí el primer saludo por mi cumpleaños. Pensé: ¡Claro. Es cierto: 54 años! Recé un Ave María de acción de gracias.

Pero tenía la mente en otra cosa. Estaba siguiendo el debate en el Congreso. Ahí mismo me di cuenta de que tenía que apagar todo y dormir.

Sí. Tengo una sensación extraña, tanto como lo es la vida misma. Gratitud inmensa porque me reconozco un hombre bendecido por Dios. Pero también tengo el corazón arrugado.  A los 54 años un hombre debe aceptar, con libertad creciente y una dosis de buen humor, que ese continuum nunca acabado de vivencias es justamente la vida.

La ley aprobada por Diputados me deja una gran incomodidad interior. Sumado a la mezcla de dolor y rabia por lo vivido en horas pasadas. La imagen de la siembra de piedras en las veredas adyacentes del Congreso es un icono muy revelador.

¿Sembramos piedras en Argentina?

Aquí, en la Pampa gringa, los campos dorados de trigo te dejan sin aliento. Nunca los había visto así desde mi llegada, hace cuatro años. Vengo de un desierto… Imposible no pensar en la parábola del Sembrador… o en la Eucaristía… o que la vida es un don para celebrar…

¿Por qué sembramos piedras en el asfalto?

Las sociedades modernas tienen en sus agendas – como urgencia ineludible – la cuestión del trabajo y, por ende, la situación de los que ya no trabajan. El imparable desarrollo tecnológico está desafiando las mejores energía de todos los humanismos. En todos lados, cualquier modificación de leyes, derechos o prácticas suscita innumerables reacciones. ¿Podría ser de otro modo? Hay que discutir a fondo pero sin dogmatismos estas cuestiones en las que se juega la humanidad de nuestras sociedades, mucho más que la viabilidad del mercado. El trabajo es el eje y núcleo de la cuestión social.

La incomodidad que me deja la ley es doble: por las consecuencias que tendrá para la vida de los jubilados argentinos, especialmente para los que sobreviven con la mínima; pero también por las consecuencias que tendrá para nuestra vida democrática.

Se propuso el camino de consensos básicos. Se buscaron acuerdos. Sin embargo, creo que, dada la magnitud de las reformas emprendidas (quedan en danza reformas laborales, tributarias y fiscales), el espectro de “acordantes” debería haber sido más amplio. Tampoco entendí demasiado la prisa por sacar todo ahora. Claro que hay cosas que no pueden esperar.

Días pasados escribí acerca de la política como arte de lo posible. Un país que arrastra tantas distorsiones en todas las facetas de su vida (de la economía a la educación) no puede recuperarse sin un conjunto de acuerdos que diseñen hacia dónde queremos ir, qué y quiénes tenemos que hacer los mayores sacrificios y con qué actitudes vamos a darle mística a nuestro camino común como sociedad.

Argentina necesita la política y a los políticos, porque a ella y a ellos les cabe la conducción de todo proceso de diálogo, consenso y acuerdos.

Alguien me decía el otro día en Twitter: hablan del bien común, hablen del bien común.

Sí, es verdad: la acción política no agota la gestión del bien común. Eso lo tenemos que hacer todos: ciudadanos, sociedad, organizaciones, dirigentes. Pero a la política le toca gestionar los marcos que hacen posible que todos confluyamos, incluso en nuestras divergencias, en esa meta nunca lograda del todo que es el bien común o el interés de todos.

Sin política terminamos a las piedras.

Esta es la hora de la política como arte de lo posible

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LA POLÍTICA COMO ARTE DE LO POSIBLE

Sé que es criticable la definición de la política como el “arte de lo posible”.

Claro, si quiere decir: atajos y componendas para que saquen tajada los que ya tienen una buena porción de la torta, lo que esa definición define es la corrupción de la política tan admirablemente ejercida por tantos pícaros que oscurecen nuestra historia ciudadana.

Lo que sí quiere afirmar es una apuesta al realismo de la política que, en las circunstancias concretas de espacio y tiempo, contando con estos sujetos de carne y hueso, busca el mejor orden justo posible, aquí y ahora, atendiendo de manera prioritaria a quienes son más vulnerables.

Eso sí es arte, y del más exquisito, porque no solo supone habilidad (esa que les sobra a los pícaros y corrompidos), sino la virtud del que se ha empeñado, no obstante límites y debilidades, es ser justo, siempre y con cada uno.

Por eso, digo y repito: esa es la hora de la política como arte de lo posible. Y la de la más alta escuela. Argentina tiene dirigentes así. Y en todos sus espacios. Y no solo en la política.

Por eso, hoy, cuando en el horizonte asoman los violentos que no creen en la democracia – lo sabemos y los conocemos – asoma también la hora de la serenidad, de no dejarse ganar por la furia, de la escucha, el diálogo y los consensos posibles.

No me ha gustado, desde el vamos, la reforma previsional. Mucho menos, sabiendo que, entre sus fines plantea un ahorro (por decir un eufemismo) para bajar el insoportable déficit.

Creo que aquí es necesaria otra cualidad de la política como “arte”: la creatividad.

Y si me critican – como me ha pasado recientemente – por estar metiéndome en política siendo obispo, les digo: ¡tienen razón!

Pero añado: no me meto a tomar decisiones, sino a tratar de iluminar desde los valores del Evangelio la dimensión humano y ética que tiene la política como acción humana que involucra la conciencia, la libertad y la capacidad de bien y de virtud que tenemos los seres humanos.

Como obispo no tengo competencia para ofrecer soluciones técnicas. Sí tengo el deber de que la luz del Evangelio y del humanismo cristiano no falta en esta hora difícil de la sociedad de mi país, de la que formo parte como ciudadano y como pastor.

Jesucristo, Señor de la historia: ¡te necesitamos!

¿Qué le pasa al Papa?

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Francisco ha iniciado una nueva serie de catequesis. El tema elegido: la Eucaristía. Breves, sabrosas y provocativas. Como solo él sabe hacerlo.

Lo hacía con estas palabras: “Empezamos hoy una nueva serie de catequesis, que dirigirá la mirada hacia el «corazón» de la Iglesia, es decir la eucaristía. Es fundamental para nosotros cristianos comprender bien el valor y el significado de la Santa Misa, para vivir cada vez más plenamente nuestra relación con Dios” (Catequesis del 8 de noviembre de 2017).

¿La finalidad? La que ya se había propuesto el Concilio que inició su gran obra de reforma de la Iglesia precisamente con la liturgia: formar a los fieles para que participen activamente en la sagrada liturgia. En palabras de Francisco: “crecer en el conocimiento del gran don que Dios nos ha donado en la eucaristía” (ídem).

Hay que leerlas.

No voy a repetir aquí los conceptos fundamentales que el Santo Padre ha desarrollado ya. Hay que leer directamente las catequesis.

Me ha llamado la atención que, dos veces, ha insistido en que la Misa no es un espectáculo o no hay que asistir a ella con la lógica del espectáculo.

Por eso, en las redes, he hecho la preguntar (retórica): ¿Qué le pasa al Papa?

En realidad, creo que es una pregunta que nos tenemos que hacer todos.

El periodista Andrea Tornielli de Vatican Insider ha resaltado que, haciendo así, el Papa ha tomado distancia de dos variaciones que puede tomar una liturgia que busca la forma del espectáculo: la de quienes despojan de sacralidad al rito transformándolo en algo banal y superficial; pero también la de quienes acentúan una sacralidad “arqueologizante”, al decir del Papa Ratzinger, casi de museo y con un esteticismo desenfocado.Aquí el link

Estoy de acuerdo. Cada uno tendrá que ver qué sayo le cabe.

En la catequesis de ayer, el Papa ha ofrecido un muy sugestivo punto de aproximación al señalar que la esencia del sacramento eucarístico es ser “memorial del Misterio Pascual de Cristo, que él llevó a cumplimiento con su pasión, muerte, resurrección y ascensión al cielo, y que nos hace partícipes de su victoria sobre el pecado y la muerte”.

Ha remarcado también que “memorial” es mucho más que un recuerdo del pasado que se evoca con la memoria. Es un real hacer presente el acontecimiento de la entrega pascual del Señor.

Y ha concluido con estas palabras:

“Esto es la Misa: entrar en esta pasión, muerte, resurrección, ascensión de Jesús. Cuando vamos a Misa es como si fuésemos al calvario. Lo mismo. Piensen: si nosotros, en el momento de la Misa vamos al calvario -pensemos con imaginación- y sabemos que aquel hombre es Jesús, ¿nos permitiríamos de parlotear, de sacar fotos, de hacer un poco de espectáculo? ¡No! ¡Porqué es Jesús! Nosotros seguramente estaríamos en silencio, en el llanto y también en la alegría de ser salvados. Cuando entramos en la Iglesia para celebrar la Misa pensemos en esto: estoy entrando al calvario, donde Jesús ha dado su vida por mí. Y así desparecen el espectáculo, el charloteo, los comentarios y todas estas cosas que nos alejan tanto de esta realidad tan bella que es la Misa, el triunfo de Jesús” (Catequesis del 22 de noviembre de 2017 – la traducción es mía).

Personalmente pienso que la pastoral litúrgica tiene todavía mucho por hacer. Su meta es ambiciosa: que los fieles tomen parte en el misterio, con una participación activa y fructuosa.

Lo cual supone una iniciación en el arte de escuchar al Verbo y de abrirse al Santo Espíritu que no se improvisa ni se puede dar por supuesta.

La pastoral litúrgica supone así una espiritualidad litúrgica que todavía se extraña en nuestra vida pastoral.

¿No tendríamos que volver a la rica experiencia espiritual que los Padres de la Iglesia volcaron en aquel concepto de la “sobria embriaguez del Espíritu” como meta de toda acción litúrgica?

Yo lo sigo pensando.

 

 

Todos los Santos: los Jardineros de Dios

Todos los santos

21 Jornada de oración por la santificación del pueblo argentino y la glorificación de los siervos de Dios.

“El Señor Dios plantó un jardín en Edén, al oriente, y puso allí al hombre que había formado…” (Gn 2,6).

Pastor, viñatero, novio-esposo, alfarero… y también jardinero.

Esta imagen de Dios tiene su fascinación.

Hacer un jardín es toda una declaración. Casi una confesión de fe. O una declaración de amor a la vida.

Un acto de intrépida confianza: creo y espero que la vida pueda mostrar lo mejor que tiene, sus colores y sus aromas más encantadores.

Solo hay que tener paciencia, meter las manos en la tierra, sembrar, regar y esperar.

Cuando imagino la santidad de Dios pienso en este Dios jardinero.

Todopoderoso para sacar todo de la nada, pero con manos diestras para los detalles más ínfimos y delicados.

Es verdad que, sobre todo para el Antiguo Testamento, el Dios tres veces santo que reveló a Isaías toda su gloria, es el Dios que está más allá de todo lo que de Él podemos pensar o imaginar. El “totalmente Otro”, el inasible, misterioso y soberano. El que libremente se ha resuelto a amar a su criatura.

Para ella “el Señor Dios plantó un jardín en Edén, al oriente…”

La santidad de Dios se revela, de esta manera, como amor que, con infinita paciencia, dispone la belleza de un jardín como ambiente para que viva su criatura más amada, el hombre.

Cuando el joven Isaías, en medio de la liturgia del templo de Jerusalén, es alcanzado por una visión del Altísimo que lo marcará a fuego para toda la vida, precisamente percibirá la santidad fascinante del Dios tres veces santo que llena la tierra de su gloria.

Santidad y gloria: el misterio que se hace visible como creación, cuidado y salvación.

La santidad de Dios se ha concentrado y humanizado en el hijo bendito de María Virgen.

Ella oyó, de labios del ángel, aquella declaración: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios…” (Lc 1,35).

Y esa santidad divina se abrirá paso por sus manos, su corazón y sus labios. Y, cuando tenga que contarnos del reino que sueña su Padre para la humanidad, lo hará con imágenes aprendidas del Padre jardinero y labrador: “Miren los lirios del campo… ni Salomón se vistió como ellos” (Mt 6,28).

Ya vencedor de la muerte y con su humanidad transfigurada por el Espíritu se revelará a los ojos de María Magdalena, en la mañana de la Pascua. Es cierto: ella no lo reconocerá, de buenas a primeras. Pero algo de verdad hay en esa intuición de mujer enamorada que comienza a percibirlo como el jardinero, el que cuida de ese jardín.

Sí. El Resucitado sigue trabajando en este mundo nuestro, amenazado constantemente por la aridez del desierto, para derramar el agua viva del Espíritu que transforme el desierto en un vergel.

Y eso son sus santos y santas: jardineros como él que se empeñan en hacer un jardín de este mundo nuestro, sembrándolo con sus semillas, cuidando la tierra y haciendo que se transforme por los colores y aromas que el Resucitado sabe esparcir a través de sus discípulos.

¡Qué sería de nuestro mundo sin los santos jardineros de Cristo! ¡En qué lo habríamos convertido ya!

Hoy damos gracias porque Dios sigue empeñado en plantar un jardín.

Y le damos gracias porque ya no lo hace solo.

Ha entrenado en ese divino oficio a miles de hombres y mujeres (los famosos “144.000” del Apocalipsis) para transformar esta tierra en un jardín de Dios.

Y lo están haciendo.

Por eso, hoy hacemos fiesta… y hasta nos sentimos más libres y entusiasmados para sumarnos a esa obra que es trabajo, misión y servicio a la belleza de Dios que crece en este mundo nuestro.

El jardín más humilde es como la Eucaristía: anuncio y profecía de la nueva creación que Dios está haciendo crecer en esta historia.

Eso, amigos míos, quiere decir: ¡tenemos esperanza!

¡Podemos desear para todos la santidad de Dios que se ha manifestado en Cristo!

El amor de Dios nos hace santos, alegres y servidores en la sociedad. Oremos juntos para que todos los argentinos busquemos la santidad.

 

“Si gana Cambiemos, me voy del país” (¡Paremos la mano!)

Todos lo hemos escuchado. Para las elecciones recientes, como para las de 2015. Figuras conocidas, afines a la administración anterior, lo dijeron públicamente.

Pues bien, ganó Cambiemos. ¿Qué pasa ahora?

Que hay varios, en las redes, que les están cobrando la prenda: Muchachos, ¡a cumplir la palabra! ¡Váyanse del país!

Está bien, suena a broma, o, al menos, a desborde emocional. Tanto la amenaza de autoexiliarse, como el reclamo de que lo hagan efectivo.

Pero es, en todo caso, una broma de muy mal gusto. Subrayo: de pésimo gusto.

Demasiados argentinos, a lo largo de nuestra bicentenaria historia, tuvieron que tomar el camino del exilio, pues era la única alternativa posible para sobrevivir.

Cuarenta años atrás – nada menos – era el camino triste y gris de muchos compatriotas.

“Exilio o muerte”, era la consigna del temperamental Sarmiento a sus enemigos políticos.

Es terrible. No nos lo podemos permitir. Ni en broma.

Por Dios, ¡bajemos un cambio! ¡Paremos la mano!

No juguemos con esas cosas. Como tampoco es bueno jugar con la dictadura o el drama de los desaparecidos. No podemos usar esas palabras escritas con lágrimas y sangre como si fueran piedras que, desde la vereda de enfrente, les arrojamos a la cara a nuestros ocasionales adversarios devenidos en enemigos irreconciliables.

Argentina tiene muchas grietas. El cuerpo social está agrietado. La pobreza-indigencia es una de las más terribles, sino la más honda. Pero ahí nomás está la discordia, salpimentada con revanchismo, escarnio y voluntad de zaherir. Y mucha ceguera espiritual.

Sí. Tiene explicación. Se ha alimentado la grieta, como estrategia electoral o como principio ideológico (“ellos” contra “nosotros”).

Que tenga explicación no quiere decir que tenga justificación. No la tiene.

El resultado es un agujero negro que puede devorarnos a todos.

Tenemos que parar.

Yo busco una palabra en el Evangelio que me ilumine y reavive las energías espirituales que Dios pone en mi corazón.

Comparto una que, para estas circunstancias, me es particularmente elocuente. Es del segundo final del Evangelio según San Marcos:

Entonces les dijo: «Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará. Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas; podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán». Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios. Ellos fueron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba su palabra con los milagros que la acompañaban. (Mc 16,15-20)

Me detengo en dos frases del Señor, a saber:

Si beben un veneno mortal no les hará ningún daño.

El que crea y se bautice, se salvará.

Es inevitable que, si nos metemos con pasión en la vida, en muchas ocasiones nos encontremos en situaciones tóxicas, con gente tóxica y, así, no seamos inmunes a que nuestro corazón quede envenenado de rencor, odio, envidia, etc. Y que nosotros mismos nos convirtamos en personas tóxicas para los demás.

El Señor nos promete que ese veneno no nos matará, a condición de que nos dejemos bautizar por su Espíritu que nos abre a la fe en Él: “El que crea y se bautice se salvará…”

Dejarnos conducir por el Espíritu Santo, el Espíritu de Cristo: que Él nos dé la mansedumbre de Jesús, su amor por todos, especialmente por los que no nos quieren o los que nos han herido (los “enemigos”), por su capacidad de perdón y de devolver bien por mal, de bendecir cuando nos maldicen, de ser compasivos cuando todos nos predispondría para la revancha revestida de justicia…

Para que nadie tenga que exiliarse o autoexiliarse, Dios nos ha enviado a su Hijo que se auto vació a sí mismo – se exilió del seno de la Trinidad – para que podamos encontrar vida plena, para rescatarnos de los caminos por dónde andábamos, bastante perdidos y desnortados.

El único autoexilio que nos podemos permitir los cristianos es el que nos lleva más allá de nosotros mismos – como Cristo – para entregar la vida por todos…

El Espíritu Santo derramado en nuestros corazones, con la caridad, sus dones y frutos, es el mejor antídoto contra el veneno del pecado, en todas sus formas…

¡Qué nadie se vaya de Argentina!

Dios, el César y la amistad social

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Pasaron las elecciones legislativas. Aquí van algunas reflexiones pastorales.

Las elecciones son un hecho político. Y, como toda actividad humana que involucra la libertad, la política tiene una dimensión ética que es a la que apunta el mensaje de la Iglesia. Eso es la doctrina social: teología moral que trata de iluminar con el Evangelio la compleja y cambiante realidad social. Desde esta perspectiva ofrezco estas reflexiones.

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Ayer domingo, al iniciar la Eucaristía en la catedral, invitaba a la asamblea a rezar por nuestro país que se aprestaba a vivir una intensa jornada ciudadana de elecciones. Los invité a pedir para nosotros, la amistad social.

¿Qué es la amistad social?

Comprendo que, para algunos oídos prácticos y realistas, sugerir que sociedades tan complejas, plurales y apasionadas como la argentina cultiven esta forma de amistad, puedan tomar esta apelación, no digo con sorna, pero sí, al menos, con escepticismo.

Tal vez nos ayude precisar: la amistad no es lo mismo que mero compañerismo, mucho menos se identifica con el ser compinches. Es otra cosa.

La enseñanza social de la Iglesia toma este concepto de su tradición teológica que, a su vez, lo hace de la filosofía griega. Aristóteles – cito de memoria – en su Ética a Nicómaco reflexiona sobre ello.

La amistad es una forma de relación humana que tiene tres rasgos distintivos: igualdad, reciprocidad y benevolencia.

Igualdad: los amigos son siempre distintos en muchos aspectos, pero algún terreno común debe permitirles el encuentro que hace posible la amistad. Eso quiere indicar este primer rasgo.

Reciprocidad: los amigos se tienen que reconocer como tales mutuamente. Aquí no vale el “amigo invisible”. Nos tenemos que saber amigos, siendo conscientes de ello, al menos en algún grado.

Benevolencia: este es el rasgo fundamental. Quiere decir literalmente: querer el bien del otro. El bien real, lo que es verdaderamente bueno para el otro. Aquí, la amistas supera otras formas de amor humano, sobre todo, el amor interesado, el amor a sí mismo. En la amistad, el centro de atención es el otro y no el propio yo. Por eso, cuando Santo Tomás de Aquino relee a Aristóteles, encuentra en la benevolencia de la amistad el rasgo que distingue a la virtud de la caridad que Dios infunde en el alma de los bautizados. Es más: Dios nos ama con amor de benevolencia, es decir: quiere nuestro bien porque Él es el Sumo Bien.

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La amistad social, como forma de convivencia entre los ciudadanos de una misma sociedad, supone que, en las relaciones sociales se den estos tres rasgos. Obviamente, con sus acentos particulares. No tienen el mismo grado de intensidad afectiva las amistades que enriquecen nuestra vida personal, que los vínculos sociales. Pero, algo de amistad tiene que haber entre los ciudadanos, a menos que consideremos que la ley fundamental de la vida social es el conflicto, la lucha de “nosotros” contra “ellos”, etc.

En la convivencia ciudadana tiene que darse algún grado de igualdad. Este es un valor hoy muy apreciado. Tan distintos, pero iguales ante la ley y, sobre todo, iguales en la dignidad humana. Pero también significa que, a pesar de todas las diferencias, es posible construir un “nosotros” pues compartimos un terreno común más amplio del que pensamos: desde el territorio, la lengua, la historia hasta valores humanos y ciudadanos profundos. Pensemos, si no, en el gran consenso argentino de 1983 en el “Nunca más” y los derechos humanos.

También, la vida social supone que, reconociendo nuestras diferencias (algunas verdaderamente irreconciliables), también nos reconozcamos como semejantes que caminan juntos, y que no podemos desinteresarnos los unos de los otros. Hay una profunda interdependencia entre las personas que componen una sociedad. La “grieta” es también un agujero negro que nos chupa a todos hacia el abismo. Esta es la versión en negativo de ese otro dato tremendamente positivo: compartimos un camino y es necesario que nos miremos a la cara y, al menos por unos instantes tan fugaces como queramos, nos reconozcamos como tales. Como en aquella Navidad de la Gran Guerra, cuando alemanes y británicos hicieron una pausa en la carnicería, cantaron “Noche de Paz” y jugaron un partido de futbol.

Y, por último, la benevolencia como querer el bien de todos. O, como también lo enseña la doctrina social de la Iglesia, el “bien común” que es la suma de condiciones que hace posible que todos los ciudadanos alcancen su pleno desarrollo humano como persona en familia y en comunión con los demás.

Aquí vale la pena otra reflexión: tanto Aristóteles como Santo Tomás son concordes en afirmar que la amistad supone siempre que los amigos sean virtuosos. ¿Qué quiere decir esto? La virtud es el hábito que se ha arraigado en el alma y la voluntad del hombre que se ha habituado a hacer el bien, en cualquiera de sus formas (justicia, laboriosidad, generosidad, honestidad, etc.). Porque se trata de querer el bien del otro. Eso supone que, en muchas ocasiones, tengamos que superar el peso del egoísmo, del interés individual o grupal y resolvernos, tal vez contra nosotros mismos y nuestra satisfacción inmediata, por el bien de todos. Hacer el bien, especialmente buscar el bien común, supone muchas veces un trabajo arduo, paciente, perseverante y sacrificado.

Aquí releo el evangelio de ayer: ¿qué significa dar a Dios lo que es de Dios? A Dios hay que darle todo: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con todo tu espíritu, con todas tus fuerzas. Es el primer mandamiento de la ley. Y, a diferencia de los ídolos (los Césares de diversos pelajes), el Dios verdadero muestra que es tal, dándole libertad a quien le entrega todo. Así se puede reconocer que una experiencia religiosa es genuina, al menos la experiencia cristiana: el encuentro con Dios me humaniza, me hace libre, me libera del egoísmo, de la violencia, de la intolerancia, del prejuicio. Me da libertad para construir el bien en todas sus formas. Ahora sí: para darle al César – a cada César – lo que le corresponde.

La gran pregunta ética que viven las sociedades, sobre todo las que han elegido el camino de la democracia para buscar y edificar el bien común, es con qué fuerza cuentan los ciudadanos para esa tarea ética nunca acabada y que, de alguna manera, cada generación de reemprender con nuevo vigor.

Los cristianos apelamos al Evangelio: siguiendo a Jesús, nos abrimos a la fuerza del Espíritu Santo que infunde en nuestros corazones el mismo amor de benevolencia de nuestro Dios. En el encuentro con Cristo, el discípulo recibe esa fuerza que viene de lo alto para crecer como ciudadano virtuoso e interesado, no solo en sí mismo y en su grupo, sino en el bien de todos, especialmente de los más vulnerables y olvidados.

Pero también, con una exquisita sensibilidad hacia quien no es del propio palo, no piensa como yo, o no mira la vida desde mi misma posición.

Las múltiples grietas que tenemos los argentinos como sociedad – es mi opinión – nos están invitando a cultivar con pasión virtudes preciosas pero arduas. Necesitamos mucha energía espiritual para la edificación del bien común. A sabiendas incluso que de mucho de lo que hagamos no veremos los frutos, sino que los disfrutaran otros, más adelante.

*     *     *

Anoche, cuando ya sabíamos el resultado de las elecciones y se anunció que iba a hablar el presidente Macri pensé – y así lo tuitié – que me hubiera gustado que, al menos por esta vez, no se pusiera la camiseta de su partido triunfante, sino que dirigiera un mensaje a todos los argentinos, los que votaron su partido y los que no lo hicieron. Es decir: un acto menos partidario y más superador, porque la investidura presidencial tiene eso: pone a quien ha recibido las insignias del poder (la banda y el bastón) “super partes”.

Es solo una opinión. Tampoco critico lo que se hizo como si se tratara de la violación de un dogma o un delito contra no sé qué. Creo que tenemos que acostumbrarnos a hablar con libertad, a sabiendas que la inmensa mayoría de temas sobres los que discutimos es altamente opinable y nadie tiene la verdad absoluta.

Solo pienso que la jornada democrática que hicimos entre todos – ganadores y perdedores, si queremos hablar así – era una buena ocasión para un gesto parecido. Pienso que necesitamos más mensajes de este calibre. A eso apunta la amistad social.

 

¿Qué tipo de cura quiero ser?

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“Estimados, la pregunta que debe urgirnos por dentro… es esta: ¿Qué tipo de cura deseo ser? ¿Un “cura de salón”, uno tranquilo y bien organizado, o más bien un discípulo misionero que tiene el corazón en ascuas por el Maestro y por el Pueblo de Dios? ¿Uno que se instala en el propio bienestar o un discípulo en camino? ¿Un tibio que prefiere vivir tranquilo o un profeta que despierta en el corazón del hombre el deseo de Dios?”.

Más de 250 obispos, sacerdotes, consagrados y laicos escuchamos estas preguntas del Papa Francisco durante la audiencia con la que concluyeron los tres intensos días que duró el Congreso organizado por la Congregación del Clero, dedicado a conocer mejor la nueva Ratio fundamentalis, destinada a reorientar la formación de los futuros pastores de la Iglesia en todo el mundo.

Los tiempos de la Iglesia ponen a prueba nuestra ansiedad. No siempre esto resulta negativo. No lo es en este caso. En esta nueva Ratio maduran las semillas sembradas por el Concilio Vaticano II (1962-1965) y fecundadas por la carta magna de la formación sacerdotal, la Exhortación Pastores dabo vobis de San Juan Pablo II (1992). El fruto ha sido la vigorosa experiencia de la Iglesia de estos años, por momentos difíciles y traumáticos, que ha estado aprendiendo con pasión lo que significa formar un cura.

El aprendizaje tal vez más significativo de este proceso eclesial es el que refleja la pregunta de fondo que formula el Papa, y que es la que ha dado unidad a todas las intervenciones y diálogos del Congreso: ¿Qué tipo de cura deseo ser?

La formación sacerdotal dura toda la vida. Es más, tal vez, su etapa más decisiva comienza con la ordenación sacerdotal y esa nueva existencia que la efusión del Espíritu pone en marcha en la vida del nuevo cura, con la imposición de las manos.

Es la experiencia que todos, con mayor o menor consciencia, hemos tenido: terminás realmente de saber qué significa ser cura, ser célibe y pastor del pueblo cuando la ordenación te mete en lo vivo del ministerio, bajo la guía del obispo, en comunión con tus hermanos copresbíteros y en la rica interacción con el Pueblo de Dios y con todos los que Dios va poniendo en tu camino. Ahí se aprende a ser existencialmente lo que se ha recibido como don en la ordenación sacerdotal (y episcopal).

El tiempo del Seminario es, en este marco más amplio y completo, la fase inicial de un proceso formativo que se prolonga a lo largo de la vida. El protagonista fundamental es el Espíritu que toca el corazón del hombre sacerdote. De ahí que la pregunta esté formulada en primera persona del singular: ¿Qué tipo de cura quiero ser?

Con otras palabras, era la pregunta que el cardenal Martini hacía a los seminaristas de Milán y que era como el eje del Proyecto Educativo de su seminario: cada día, durante el seminario o la vida ministerial, tengo que preguntarme qué significa para mí llegar a ser presbítero diocesano.

La nueva Ratio plasma el camino formativo del cura católico con una propuesta formativa estimulante y desafiante. No ha sido fruto de un trabajo de escritorio. Ha ido recogiendo, en un proceso de elaboración complejo y a varias manos, la rica experiencia de las iglesias particulares de esa vasta realidad que es la Iglesia católica.

Este es un punto también a destacar: la catolicidad de la Iglesia, experimentada hoy de una manera nueva en la multiplicidad de culturas, lenguas, estilos y acentos que componen el rostro multicolor de la Iglesia católica en el presente. Una Iglesia que se vuelve cada vez más plural, compleja y que hace lugar efectivo a las voces que llegan desde los rincones más variados de su geografía.

De esa experiencia, coordinada por la Santa Sede, ha surgido esta Ratio. Pero, lo más decisivo ahora, es que esta experiencia pone en marcha ahora un proceso eclesial también rico y desafiante: cada conferencia episcopal tendrá que rehacer la propia Ratio nationalis a partir de las orientaciones de este documento común, atenta a la originalidad y a los desafíos de cada región.

Mientras transcurría el Congreso, obviamente no he podido dejar de pensar en nuestra realidad argentina, en el camino sólido que la Organización de Seminarios (OSAR) viene realizando desde hace ya veinticinco años, en los seminarios concretos que conozco, en el interés de los obispos y en los desafíos que tenemos por delante. Entre ellos: cómo ayudar a los seminarios de nuestro país a aprovechar mejor los recursos y energías que tenemos, evitando la dispersión de esfuerzos e iniciativas formativas. En definitiva: que pasos dar en Argentina para ofrecer la mejor calidad formativa para los futuros pastores del Pueblo de Dios en nuestra variada y diversa realidad geográfica, cultural y religiosa.

En este punto, la pregunta ¿qué tipo de cura quiero ser?, en realidad, resulta el eco de la pregunta más de fondo: ¿qué cura quiere Cristo para su Iglesia en este tiempo nuevo que estamos viviendo?

Cumplida esta tarea, necesariamente pausada y sin apuros, cada seminario tendrá que formular su propio proyecto educativo para un aterrizaje más concreto de las orientaciones, fruto de un esmerado discernimiento espiritual.

Todo lo cual significa profundizar los instrumentos propios de un trabajo sinodal que permita que sean escuchadas todas las voces: las de todos los obispos, las de los formadores y comunidades educativas, las de los curas concretos y reales; sin descuidar esa voz clave que es la de todo el Pueblo de Dios que tiene derecho a ser preguntado cómo espera que sean sus pastores.

El Congreso ha sido una primera experiencia fuertemente eclesial y católica de este proceso que recién se está poniendo en marcha.

Y, como señaló el Papa Francisco al inicio de su discurso: “la formación sacerdotal depende, en primer lugar, de la acción de Dios en nuestra vida y no de nuestras actividades. Es una obra que requiere la valentía de dejarse plasmar por el Señor, para que Él transforme nuestro corazón y nuestra vida”.

 

Acerca del integrismo católico

En diversas ocasiones suele calificarse como de “integrista” tal o cual postura de la Iglesia o de algún personaje eclesial. Recientemente, por ejemplo, un artículo de la Civiltà Cattolica ha hablado del extraño ecumenismo entre el fundamentalismo evangélico y el integrismo católico en EEUU, suscitando una discusión tan viva como necesaria en la Iglesia y que no se reduce solamente a los límites del país del norte (aquí el link: La Civiltà Cattolica).

Me ha parecido oportuno decir una palabra sobre lo que he logrado comprender del “integrismo” a partir, sobre todo, de mi experiencia personal .

Con la palabra “integrismo” (o: “integralismo”) suele denominarse un fenómeno típicamente católico que, desde un punto de vista histórico, se dio como reacción al llamado “modernismo” en las primeras décadas del siglo XX.

El nombre “integrismo/integralismo” proviene de la intención de mantener intacta la integridad de la fe frente a interpretaciones reductivas. Una intención legítima, por cierto, desde el punto de vista católico. El adjetivo “católico” quiere decir precisamente: según la totalidad: ningún fragmento de la verdad puede quedar fuera.

Más allá de este movimiento histórico, la expresión ha pasado a designar un modo deformado de interpretar el catolicismo, cuyas características más salientes describo más abajo.

Fundamentalismo e integrismo

Podríamos decir que el integrismo es al catolicismo lo que el fundamentalismo a los grupos evangélicos.

Es bueno tener presente que integrista no es sinónimo de católico, como fundamentalista no lo es de evangélico. Aunque hay algunos católicos integristas y algunos evangélicos fundamentalistas. Se trata de fenómenos minoritarios, aunque, por momentos, muy activos, ruidosos y agresivos.

El fundamentalismo se caracteriza por una lectura literal de los textos bíblicos. Rechaza la mediación de toda forma de interpretación de la Escritura. Un ejemplo: la lectura que los Testigos de Jehová hacen de algunos textos bíblicos que prohíben derramar sangre, porque en ella está la vida. Esta lectura literal los lleva a rechazar las transfusiones de sangre: lo dice la Biblia, por tanto, no hay nada que discutir.

Negar la autonomía de la razón

Algo parecido ocurre con el integrismo católico. También se trata de la negación de una mediación. Retengo por eso que el rasgo distintivo del integrismo sea el rechazo o la minusvaloración de la mediación de la razón, su consistencia y autonomía.

El integrismo tiende a trazar una línea directa entre los principios doctrinales católicos y la realidad política, social y cultural. Así, las normas morales reveladas tienden a ser presentadas, sin mediación de la razón autorresponsable, como ordenadoras del orden social.

A mi modo de ver, el integrismo es un fenómeno fuertemente político. Inseparable de otros factores, tiende a ser una lectura política de los valores teológicos. Termina de hecho en un uso de la religión al servicio de determinados proyectos políticos. Parafraseando a Benedicto XVI, se trataría de una “patología de la religión”.

La buena salud de nuestras sociedades abiertas y plurales requiere tanto este reconocimiento de la autonomía de la razón como también del rol positivo de la religión para la convivencia ciudadana y la construcción política del bien común. Lo primero es una advertencia para las corrientes integristas que habitan el mundo religioso. Lo segundo, para el laicismo que tiene también sus tendencias fundamentalistas. Véanse, si no, algunas posturas en los recientes debates sobre la libertad religiosa o la religión en la escuela.

Rasgos secundarios

En torno a este trazo distintivo se suelen organizar otros rasgos característicos. No es extraño que en el uso vulgar del término “integrismo” se tienda a considerarlo como sinónimo de estos otros rasgos que, sin embargo, derivan del anterior o se apoyan en él.

¿Cuáles son estos rasgos secundarios o derivados? Señalo cuatro.

En primer lugar, el tradicionalismo como postura que tiende a considerar más auténtico e íntegro lo que es más antiguo, confundiendo la Tradición viva de la Iglesia con distintas tradiciones históricas, usos, costumbres. Algunos muy venerables, por cierto. Hay que aclarar también que, no toda forma de tradicionalismo es integrista.

En segundo lugar, un cierto rigorismo moral, al menos en algunos ámbitos de la moral. No es extraño encontrar entre estas personas juicios severísimo en materia de moral sexual, condenando con extremo rigor este tipo de pecados, mientras que otros, los pecados sociales por ejemplo, merecen una tibia atención o incluso ninguna.

En tercer lugar, este rigorismo moral suele expresar una concepción voluntarista de la vida cristiana, centrada en el esfuerzo personal por conseguir las virtudes que nos hacen merecedores del premio divino. Por el contrario, este rasgo lleva también a un acento excesivo en la culpa, sobre todo al comprobar que el voluntarismo choca, una y otra vez, con las dimensiones más pasionales que están presentes en todo ser humano.

Rigorismo moral y voluntarismo terminan siendo un cóctel peligroso. Suelen desembocar en un sentido de culpa más irracional que espiritual. Así, la dimensión de gracia, misericordia y gozo que son tan entrañables a la experiencia cristiana quedan sofocadas de hecho, aunque no se las niegue deliberadamente.

Hay un cuarto rasgo que caracteriza al integrismo católico en algunos países, como Argentina, y es la tendencia nacionalista, es decir a una identificación entre fe católica e identidad nacional que, en sus manifestaciones más extremas, resulta verdaderamente contraria a la fe. Por aquí asoma el peligro de manipulación política de la religión a que he aludido más arriba.

Cristología deficitaria

Desde un punto de vista estrictamente teológico, el integrismo así entendido es deudor de una cristología deficitaria. Consecuentemente, también la concepción de la Iglesia queda marcada por este déficit cristológico. Esto merece una breve explicación.

El dogma central de la fe cristiana afirma que Jesús es el Hijo unigénito de Dios hecho hombre. Una persona divina que ha asumido una naturaleza humana. Una persona en dos naturalezas, divina y humana, sin confusión ni cambio, sin separación ni división.

En otras palabras: en Cristo, lo humano y lo divino se han conjugado armónicamente. La cercanía de Dios no solo no destruye lo humano sino que lo sana, lo potencia y lo sostiene como tal. En Cristo, Dios mismo se convierte en garante de la humanidad del hombre.

Esta concepción tiene enormes consecuencias en todos los campos donde se mueve la fe. También en el campo político o social. Es lo que señalaba, por ejemplo, Benedicto XVI en su discurso al Parlamento alemán, cuando decía que el cristianismo no confunde ley revelada con ley civil, sino que el ordenamiento civil debe ser fruto de una lectura racional de la naturaleza humana. Es decir, reconoce la consistencia real de lo humano, respetándolo en sus leyes fundamentales. Lo contrario es una teologización de la política o una politización de la fe, también en expresiones de Ratzinger.

El integrismo suele apuntar a esta mezcla indebida entre religión y política, iglesia y estado, teología y sociología. No reconoce, más práctica que teóricamente, la real consistencia, espesura y autonomía del orden de la creación. Suele tender a identificar el Reino de Dios con alguna magnitud política concreta, pasada o presente, señalando incluso como providenciales a algunos líderes concretos que encarnarían en sí mismos los ideales del Evangelio. Tiende, por lo mismo, a dejar en sombra la dimensión escatológica del Reino de Dios que relativiza toda realización histórica concreta.

En la recepción al artículo de La Civiltà a que nos referíamos arriba, algunos han hecho notar que sus advertencias sobre una mezcla indebida entre cultura, religión y política no valen solo para el conservadurismo católico sino que también es una advertencia para algunas corrientes progresistas.

En fin, los extremos suelen tocarse.

Un test de verificación: la libertad religiosa

Un punto clave para verificar esta naturaleza política del integrismo es la postura que se adopta frente a de la libertad religiosa y al principio de la laicidad del estado tal como los ha formulado el Concilio Vaticano II y la enseñanza de los papas recientes, especialmente Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco.

El Concilio Vaticano II ha reconocido la libertad religiosa como un derecho civil cuyo fundamento es la dignidad de la persona humana. Ha señalado también que la relación entre la Iglesia y el Estado se rige por los principios de la autonomía y la cooperación. El principio de laicidad, por su parte, postula la distinción entre la esfera eclesiástica y la política: a Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César.

Este replanteo de un aspecto de la enseñanza social de la Iglesia ha llevado a la superación del ideal del estado confesional católico y de la doctrina de la tolerancia de los cultos no católicos por parte de los gobernantes cristianos, que caracterizaba la enseñanza anterior de los papas y de la teología.

El distinto grado de intensidad del integrismo va desde el rechazo frontal de esta legítima evolución de la doctrina católica hasta una cierta incomodidad frente a las consecuencias concretas de asumir estos postulados en los que se reconoce la legítima autonomía de la sociedad civil y del estado secular.

De todos modos: no apresurarse

Hasta aquí mi presentación de lo que yo entiendo por integrismo. Ojalá que sea útil para esclarecer un poco los términos de nuestros debates.

De todos modos, sigue en pie el criterio de que no hay que apresurarse a calificar o descalificar una determinada postura sin analizarla en todos sus matices. Una empresa siempre necesaria y difícil.

La presentación que acabo de hacer es bastante esquemática. La realidad, gracias a Dios, suele ser mucho más compleja y poliédrica. Siempre más rica que nuestras etiquetas.

Siempre habrá que transitar el camino del discernimiento teológico, rescatando los fragmentos de verdad católica de estas posturas.

La operación no es fácil, pues en demasiadas ocasiones, estos reclamos legítimos quedan ensombrecidos por gestos, actitudes y palabras agresivos, en la frontera del evangelio y la buena educación, que Spadaro y Figueroa han tan certeramente señalado al hablar del “ecumenismo del odio”.

Todo lo cual hace más necesaria esta empresa de discernimiento.