En el Día de la Mujer, volvamos a Jesús y al Evangelio

“Después, Jesús recorría las ciudades y los pueblos, predicando y anunciando el Evangelio del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce y también algunas mujeres que habían sido curadas de malos espíritus y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, esposa de Cusa, intendente de Herodes, Susana y muchas otras, que los ayudaban con sus bienes” (Lc 8,1-3).

Para María Magdalena, el encuentro con Jesús significó: libertad, vida y dignidad. Lo experimentó también aquella otra mujer enferma y desahuciada que tocó el manto de Jesús. El evangelista nos dice que Jesús “se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él” (Mc 5, 30).

El encuentro con Jesús cambió la vida de esas mujeres, pero también lo afectó a Él. Ellas no resultaron indiferentes para este varón singular por su porte, su mirada y sus sentimientos. Su sensibilidad le hacía comprender a fondo el corazón humano, especialmente si herido u oprimido.

Es bueno recordarlo hoy, uniéndonos a la celebración del Día de la Mujer.

Los discípulos de Jesús, varones y mujeres, volvemos al Evangelio. Allí encontramos plasmado en forma de relato, anuncio y esperanza el sueño de Dios para nuestra humanidad: “Y Dios creó al hombre a su imagen; lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer” (Gn 1, 27). Iguales en dignidad, su diversidad es una invitación a la reciprocidad.

En los pasos de Jesús, este sueño se abre camino. A varones y mujeres nos invita a seguirlo, nos incorpora a su camino como amigos y compañeros, compartiendo con nosotros su misma misión.

Y lo hace en un mundo lacerado por injusticias, discriminaciones y violencias que hieren, con particular ensañamiento, a las mujeres. Como también a los más vulnerables: los niños, los ancianos, los refugiados, y un largo etcétera.

En la raíz de toda injusticia está la voluntad de poder del que, sintiéndose impune, busca afirmarse a sí mismo reduciendo a los demás.

Jesús condenado, torturado y crucificado, hace suyo el dolor y las heridas de todas las víctimas inocentes de ese poder demoníaco. Resucitado de entre los muertos, las cicatrices de su cuerpo nos dicen que la Vida vence, cura y no deja caer en el olvido ninguna lágrima.

Como Iglesia, en esta Cuaresma y, sobre todo, en Pascua volvemos la mirada hacia Él. Hoy, más que nunca, lo hacemos con profundo dolor, vergüenza y quebranto. También entre nosotros, la mundanidad del poder como dominio ha prevalecido sobre el servicio que cuida la vida.

Acerquémonos desde aquí, con humildad y sin altanería, a las aspiraciones genuinas que animan este verdadero “signo de los tiempos” que es la lucha por la dignidad de la mujer.

Se pueden discutir palabras y conceptos. En una sociedad abierta es necesario dejar espacio para el debate y la más libre circulación de ideas y perspectivas.

Una cosa son los sistemas ideológicos con sus conceptos, símbolos y eslóganes. Ahí podemos disentir. Pero, por encima de todo, tenemos que encontrar un espacio de convergencia: el rostro concreto de las mujeres y de todos los que son víctimas de cualquier forma de injusticia o violencia.

Jesús y su Evangelio nos llevan hasta ese lugar concreto, humano y real. Volvamos pues al Evangelio. En última instancia, estamos en Cuaresma, tiempo de conversión.

Voces que se multiplican en un año electoral

Hemos entrado de lleno en un año electoral. Viendo el calendario de elecciones municipales, provinciales y las nacionales, asoma realmente un fuerte vértigo. Muy argentino, por otra parte.

Seguramente se irán multiplicando las voces, tanto de quienes participan en las lides electorales como de ciudadanos u organizaciones de la sociedad civil.

Es bueno que así ocurra. Vivimos en democracia y, la argentina, es una sociedad que va creciendo en pluralidad. Queremos ser una sociedad abierta y plural, con muchas voces que se den cita en el espacio público.

La libertad de expresión -y la más amplia posible- es uno de los pilares sobre los que se sostiene la vida de un pueblo libre, de una sociedad plural y la misma cultura democrática.

Seguramente también, a ese coro de voces, por momentos un poco desafinado y caótico, se sumarán también las voces de representantes de las religiones. Obviamente, las voces de los obispos católicos, sea individualmente o en grupo (por regiones o la misma Conferencia Episcopal).

Se impone una pregunta: ¿Qué derecho y competencia tenemos los obispos católicos de hacer oír nuestra voz en materia política? Podríamos extender la pregunta a otros campos como la cultura, la economía, lo social, etc.

Intento aquí algunas respuestas breves.

1. Un obispo es, ante todo, un ciudadano. Tiene el derecho de expresarse libremente sobre cualquier tema. Incluso si no es competente para ello. ¿Podemos imaginar una sociedad abierta, libre, plural y viva sin que todos los que la componemos no hagamos sentir nuestra voz?

2. Pero, además, como ciudadano tiene el derecho-deber de inmiscuirse en todo lo que hace al bien común. Es decir, como cada ciudadano argentino, un obispo puede y debe intervenir en lo que también lo afecta a él como habitante del país. Los antiguos dirían: “res nostra agitur”, que podría traducirse: eso también nos involucra a nosotros.

3. Ahora, en cuanto obispo católico, es decir, representante autorizado de una determinada confesión religiosa, ¿puede intervenir en el debate público, sobre todo en materia política? Aquí hay que empezar a matizar.

  • 3.1. La política (como la cultura, la economía, el derecho, etc.) tienen una dimensión técnica en la que los obispos no somos competentes, en cuanto tales. Sin embargo, todas estas actividades y saberes humanos tienen una dimensión ética, pues implican decisiones libres que afectan al bien de todos. Ese es la perspectiva en la que es legítima una palabra que viene desde las religiones: intervenir en esta materia en la medida en que se juegan valores humanos fundamentales. Obviamente, aquí el discurso religioso navega en una cierta generalización. Ese es su posibilidad y también su límite.
  • 3.2. El principio de la laicidad o de la autonomía del estado secular es clave. Significa que el estado es neutral en materia religiosa y que las religiones no intervienen en la gestión política. Hoy se tiende hacia una laicidad positiva, que supere aquella visión que valora a las religiones como nocivas y, por ende, busca recortar su espacio de acción. La laicidad positiva valora el aporte a la convivencia que las religiones realizan y procura que puedan hacerlo.
  • 3.3. Claro, esto impone a las religiones algunos deberes muy importantes. Un obispo católico, por ejemplo, puede intervenir en los debates públicos ofreciendo su palabra como una voz junto a otras, tratando de formular su discurso en términos comprensibles y fundados, incluso si manifiesta el trasfondo religioso de sus afirmaciones.
  • 3.4. Aquí aparece un aspecto que, en mi opinión, todavía es flojo entre nosotros. Lo formulo en positivo: tanto un laico como un pastor católico debería poder expresar que su postura ante un tema de debate tiene, además de un fundamento racional y comprensible por todos, una dimensión religiosa. Debería, por ejemplo, poder señalar, sin temor a ser interrumpido y acallado: Creo en Dios, creo en la dignidad de la vida que, para mí como para tantos otros, viene de las manos del Creador y, por eso, además de todos los argumentos racionales esgrimidos, también estoy en contra del aborto o la pena de muerte. En Argentina, hoy, este modo de intervenir es, en los hechos, impracticable.
  • 3.5. Otra matización importante: los obispos podemos -y debemos intervenir en los debates públicos- porque tenemos una palabra autorizada para decir. Es nuestra misión. En materia social, sobre todo cuando se desciende a cuestiones prácticas y más nos alejamos de los grandes principios éticos en los que reina una gran claridad, somos conscientes de que entramos en un campo altamente contingente, relativo y, por lo mismo, opinable. Es aquí donde aparece con fuerza el perfil específico de los laicos y su amplísima libertad de acción. Para nosotros, los pastores, esto significa que debemos cuidarnos de darle a nuestro discurso un tono de autoridad que no tiene. Sería una forma de clericalismo para nada sutil y siempre invasivo de la libertad y de la conciencia de las personas. Es un valor al que hoy, nuestras sociedades plurales, son justamente más sensibles.

Termino aquí, aunque hay mucho más para decir.

Me doy cuenta de que mi discurso suena principista. Bueno, gracias a la libertad de expresión, hasta un discurso así puede ser oído por quien quiera escucharlo.

Hay que seguir caminando, pensando y hablando.  

Como Pedro en la casa de Cornelio: una Iglesia dócil al Espíritu

“Vida Nueva Cono Sur” publica este artículo con mi reflexión sobre el “Encuentro de protección de menores” de Roma.

“El Espíritu Santo me ordenó que fuera con ellos sin dudar…” (Hch 11,12).

Pedro no va por iniciativa propia a la casa de Cornelio. Tiene que obedecer al Espíritu. Una vez allí, reconocerá la obra de Dios. Finalmente dará cuentas a la comunidad de todo lo que ha vivido.

He pensado mucho en este relato de los Hechos mientras se desarrollaba en Roma el “Encuentro para la protección de los menores en la Iglesia”. Lo que narran los Hechos se ha verificado otra vez. También hoy, Pedro (Francisco) y, con él, todos nosotros hemos tenido que obedecer al Espíritu y dejarnos llevar a un lugar que no habíamos programado.

¿Es Jesucristo, el verdadero Pastor y Obispo de nuestras vidas, el que está pastoreando así a su Iglesia? Creo que podemos decir que sí. Pero, a condición de que digamos, a renglón seguido: desde la humillación que quebranta el corazón y lo hace más dócil a la acción de Dios.

Hay además otras preguntas inquietantes: ¿Hubiera sido posible la convocatoria del Papa a este Encuentro sin la rebeldía de las víctimas que han empujado a la Iglesia a mirar de frente el drama de los abusos? Y más: ¿Hubiéramos llegado hasta aquí sin el moderno estado secular con la autonomía de su justicia, o sin la tarea de investigación de periodistas “molestos” y “entrometidos”, o sin el “basta” de tantos laicos y comunidades cristianas enojados y avergonzados?

Chile, Australia, el Informe Pensilvania…

Estamos viviendo una hora de penitencia y conversión en el sentido más hondo que esas palabras tienen para nuestra fe. No olvidemos que se trata de una gracia del Espíritu que, por caminos las más de las veces impensados, nos lleva al quebrantamiento del corazón como el único sacrificio que abre realmente nuestra vida a la acción de Dios. Gracias, por cierto, que reclama nuestra libertad, a la vez que la hace posible, la sostiene y la perfecciona.

“Ustedes, son los doctores de las almas y, sin embargo, con excepciones, se han convertido en algunos casos, en los asesinos de las almas, en los asesinos de la fe”.

Son palabras de una víctima oídas en el aula del Sínodo convertida en “espacio de saludable penitencia” para los pastores de la Iglesia, incluido el Santo Padre. Palabras de un bautizado herido por el abuso de un falso profeta. Pero herido también, y tal vez más hondamente, por el trato injusto que recibió de quienes debían ayudarlo para hacer verdad, justicia y sanación en su vida: sus obispos.

Son palabras dirigidas a cada uno de nosotros, los obispos que, en nombre de Cristo, pastoreamos el santo pueblo fiel de Dios, como le gusta decir al Papa Francisco. Ese pueblo que está esperando activamente que cesen las palabras y comiencen los gestos concretos.

En estos días, los participantes del Encuentro han tenido la oportunidad de pensar en estos pasos concretos de reforma en torno a tres palabras claves: responsabilidad, rendición de cuentas y transparencia. Tres palabras claves que expresan, ante todo, la misión del obispo en la Iglesia, especialmente de cara a la tragedia de los abusos. Pero, como bien ha sido recordado en estos días, el obispo no está solo en esta tarea. Su rol es insustituible, pero él es parte de una comunión más amplia y su ministerio ha de vivirlo en “estilo sinodal”.

Es parte de un cuerpo: el colegio episcopal, expresado en cada lugar a través de la conferencia episcopal y los vínculos con el obispo de Roma. Es además cabeza de una Iglesia particular que es como una red de vocaciones, carismas y ministerios. El obispo no puede enfrentar solo ni desde su propio criterio ningún capítulo de la lucha contra los abusos. Junto a él y, en algunos casos, dejándose llevar -como Pedro a la casa de Cornelio- tiene a laicos, consagrados y ministros ordenados.

Y no olvidemos las consecuencias de haber reconocido sin ambages la naturaleza criminal del abuso perpetrado por un clérigo: sin negar el derecho de la Iglesia a seguir sus propios protocolos canónicos, el orden público herido reclama que ésta no solo colabore con la justicia secular, sino que se ajuste a ella escrupulosamente. Este es, a mi criterio, un paso sin retorno en el camino de la Iglesia.

Mucho queda por hacer. Tenemos ya puestos sobre la mesa temas fundamentales: espacios concretos para escuchar y acompañar a las víctimas; instancias también concretas para rendir cuentas del camino emprendido o, llegado el caso, para denunciar a los obispos y superiores que son negligentes en su oficio; reformar los puntos débiles del proceso canónico (sentido del secreto pontificio, colaboración con la justicia, información a las víctimas de la marcha de su denuncia, mayor protagonismo de las conferencias episcopales o de los metropolitanos en los procesos canónicos, etc.). Y – ¿cómo no? – una atención mucho más incisiva a la formación de los futuros pastores y consagrados, llamados a ser padres antes que señores a los que servir y admirar.  

Es cierto que apuntamos a la “tolerancia cero”: hacer justicia a cada caso de abuso. Pero, en la mente del Papa, el objetivo es mayor. Tenemos que hablar de “abusos cero” en la Iglesia. Se abre así el capítulo de la prevención. Una vez más, este ha de involucrar a todos en la Iglesia. Si el clericalismo está en la raíz de los abusos y su fatal gestión, el concreto hacer lugar a una Iglesia comunión verdaderamente católica y sinodal ha de estimular la corresponsabilidad de todas las vocaciones y carismas que la componen.

Volvamos con Pedro a la casa de Cornelio. ¿Qué ocurrió allí? Un nuevo y sorprendente Pentecostés. Siguiendo a la distancia el Encuentro -lo confieso: no solo con interés sino también ansiedad- creo haber percibido el rumor del Espíritu. El discurso final del Santo Padre tiene esa fuerza: sin dejar de ser concreto en sugerencia y orientaciones, tiene la fuerza de una lectura teológica y espiritual que va a la raíz del drama, pero también de la fuerza más poderosa con que cuenta la Iglesia para responder, prevenir y curar los abusos: la potencia del Espíritu. Me animo a parafrasear lo que aquellos Padres reunidos en Calcedonia: “Pedro ha hablado por boca de Francisco”.

Más derecho. Más justicia. Más Evangelio

El Papa Francisco, el cardenal Cupich y la Dra. Linda Ghisoti

El abuso sexual es un crimen. El abusador es un delincuente.

Como tal, el delito del abuso afecta el orden público de la sociedad. Es una grave injusticia. Lesiona la dignidad de la persona. De ahí que reclame la intervención de la justicia, con sus tiempos, procedimientos y sanciones proporcionadas al delito con sus atenuantes y agravantes.

Reconocer sin ambages la naturaleza criminal del abuso sexual a personas vulnerables, cometido por clérigos, ha sido un paso clave para la Iglesia. Un verdadero punto de no retorno. De aquí se siguen consecuencias precisas; seguramente onerosas, pero saludables para todos. Entre otras, una que merece ser destacada: el primado de la justicia secular a la hora de esclarecer este delito atribuido a un clérigo (diácono, presbítero u obispo).

No que la Iglesia no pueda intervenir con sus procedimientos, tal como lo prescriben las normas canónicas. Si el delito ha sido cometido por un ministro sagrado, la Iglesia tiene el deber y el derecho de establecer las consecuencias de estos actos criminales para el ejercicio del ministerio. Una institución del significado y la magnitud de la Iglesia puede y debe controlarse a sí misma en este delicado punto. Pero no puede sola. Está inserta en la sociedad y forma parte de un entramado concreto de relaciones.

Aun con expresiones maximalistas, tienen razón las víctimas que reclaman que los líderes de la Iglesia no solo colaboremos con la justicia, sino que realmente nos subordinemos al ordenamiento penal de la sociedad a la que pertenecemos, en la que ejercemos nuestro ministerio y a la que, en última instancia, servimos desde el Evangelio.

¿Es esta una observación fríamente jurídica? ¿No tenemos que propiciar una lectura propiamente creyente de esta crisis?

Con una mirada intimista y espiritualista se ha repetido en ocasiones: “menos derecho y más evangelio”. Ya Benedicto XVI decía que ese desprecio del derecho, especialmente el penal, era un de las causas por las que la plaga de los abusos se ha difundido en la Iglesia.

Aquí pretendo dar una vuelta de tuerca más. No solo los obispos tenemos que aplicar las sabias normas canónicas de la Iglesia, especialmente las del capítulo penal de nuestro Código, sino que, atendiendo a este reconocimiento de la naturaleza delictiva del abuso de las personas, el recurso a la justicia secular es un paso ineludible. En estos términos se ha expresado, en su intervención de este viernes 22 de febrero, el cardenal Gracias:

El abuso sexual de menores y otras personas vulnerables no solo viola la ley divina y eclesiástica, sino que también es un comportamiento criminal público. La Iglesia no vive solo en un mundo aislado creado por ella. La Iglesia vive en el mundo y con el mundo. Aquellos que son culpables de un comportamiento criminal, en justicia tienen la obligación de rendir cuentas ante las autoridades civiles por dicho comportamiento. Aunque la Iglesia no es un agente del Estado, reconoce la autoridad legítima de la ley civil y del Estado. Por lo tanto, la Iglesia coopera con las autoridades civiles en estos asuntos para hacer justicia a los sobrevivientes y al orden civil.

Por su parte, el cardenal Cupich ha hecho, entre otras, esta sugerente propuesta: “La denuncia de un delito no debe verse obstaculizada por el secreto oficial o por normas de confidencialidad”. La apelación al “secreto pontificio” no puede interponerse como una barrera para la insoslayable acción de la justicia secular. Un punto verdaderamente crucial que merece reformas. Han sido explícitamente sugeridas en el Summit de Roma por la Dra. Linda Ghisoni, subsecretaria del Dicasterio para la Vida y los Laicos:

Será preciso revisar la normativa actual sobre el secreto pontificio de modo que éste tutele los valores que quiere proteger -la dignidad de las personas implicadas, la buena fama de cada uno, el bien de la Iglesia- y, al mismo tiempo, consienta el desarrollo de un clima de mayor transparencia y confianza, evitando la idea de que el secreto se utiliza para esconder los problemas en vez de para proteger los bienes en juego.

Lo que quiero hacer notar aquí es que este reconocimiento de la consistencia propia de la justicia del Estado, la Iglesia lo hace desde el núcleo mismo de su fe en Dios creador y redentor, pero también desde la conciencia que tiene de su propia naturaleza sacramental. Es lo que dice el cardenal Gracias: “La Iglesia no vive solo en un mundo aislado creado por ella. La Iglesia vive en el mundo y con el mundo”.

La real consistencia del mundo, su autonomía y la de sus instituciones (entre ellas: el estado y la justicia) no solo expresan la bondad de la creación, sino también la conciencia de que este mundo, marcado por la desobediencia del pecado, es también espacio de acción de la gracia del Espíritu Santo. Estamos escuchando su voz en la rebeldía de las víctimas, en la acción perseverante de los que investigan estos abusos; pero también en la reacción de muchos bautizados que, un poco por todas partes, están diciendo “basta” a los abusos y al manejo errado de los líderes eclesiales. Los pastores deberíamos ser dóciles a este llamado. ¿No nos recordó el Concilio que la Iglesia también aprende del mundo?

La Iglesia tiene conciencia de ser la visibilidad social en el mundo de la gracia invisible. Su modo de estar inserta en la sociedad no resulta indiferente para su misión salvífica. La Iglesia es canal de la gracia escuchando la Palabra, celebrando los sacramentos y también a través de la humillación penitencial que supone entrar en esta purificación y quebranto del corazón.

Mirémoslo desde otra perspectiva. Una de las víctimas señalaba en Roma, por estos días, que la iniciativa de este Encuentro convocado por el Papa no podría haberse realizado de no haber mediado el empeño perseverante de las víctimas-sobrevivientes para romper el silencio, hacerse oír e insistir en que se estaba gestionando de forma inadecuada esta crisis.

Yo añado que, sin el moderno estado secular, con su autonomía y la independencia de su sistema judicial respecto del poder eclesiástico; sin la acción investigativa de la prensa, como bien lo reconoció el Papa Francisco; sin una opinión pública que no deja pasar estos hechos, aun contando con una mirada sesgada; sin nada de esto, seguramente, en la Iglesia, no hubiéramos enfrentado esta crisis, y el sufrimiento seguiría destruyendo vidas.

Llegará la hora en que se verá más claro que, en todo este doloroso camino de penitencia, es Dios mismo el que está purificando a la Iglesia de los ídolos de poder y engreimiento que nos hemos construido. Tal vez esto lo vean con más nitidez generaciones posteriores. A nosotros, sin embargo, nos toca ser dóciles ahora al Espíritu. Cada uno de nosotros tiene que preguntarse qué espera Cristo de él, qué lugar irremplazable lo invita a ocupar en esta misión, qué cuota de penitencia reparadora está llamado a ofrecer, porque “cuando un miembro sufre, todos los demás sufren con él” (1 Co 12,26).

Lourdes

“La Voz de San Justo”, domingo 17 de febrero de 2019

Lourdes, Fátima, San Nicolás, Luján, etc. Todo muy lindo, pero la Virgen es una sola.

Así solemos razonar los curas. Y está bien. Es una verdad teológica de claridad diamantina.

Pero… Siempre hay un “pero”.

Llega el 11 de febrero, y la devoción a la Virgen de Lourdes se lleva puesto todo. Llueva o truene, haga calor o frío.

Hay algo en Lourdes que atrae, convence y seduce.

Obviamente se pueden dar muchas explicaciones, tanto sociológicas como teológicas. Las hay muy certeras y buenas. También necesarias para comprender nuestra propia humanidad: cómo funcionamos y, sobre todo, cómo somos los seres humanos.

Pero… Siempre un “pero”.

La razón última, me permito decirlo, tiene que ver con eso que llamamos la Providencia de Dios. O, si queremos, con la picardía de Dios, que es más sabia y certera que todas las sabidurías humanas, parafraseando a San Pablo.

En Lourdes, Dios toca los corazones. Y lo hace a través de esa “hermosa señora” como la describió Bernardita antes de saber que era “la Inmaculada Concepción”.

Allí, en Lourdes, junto al río Gave, en un delicioso y humilde pueblo de los Pirineos, Dios se ha mostrado con rostro de Evangelio. Una vez más. Y los pobres, los heridos, los buscadores lo han comprendido. Algunos, de inmediato. Otros, al cabo de un largo y fatigoso camino de búsqueda.

Lourdes es el agua cristalina que, a la vez, nos habla del Bautismo y también de la vida. Es agua que cura. En ocasiones, el cuerpo enfermo. Las más de las veces, la curación más difícil: el corazón herido por el desencanto.

Lourdes es, así, atención amorosa y gratuita al que sufre. Repito: algunos -los menos- reciben la curación física. Los más: aprenden a curar el corazón haciéndose cargo de sus hermanos heridos.

Lourdes es también el Rosario, el Evangelio al alcance de las manos, los labios y los dedos. Bernardita nos cuenta que, la primera vez que ve a la Señora, solo puede rezar el Rosario cuando ésta la acompaña. Mientras la joven reza, la Señora, sin mover los labios, pero con una sonrisa, repasa las cuentas de su propio Rosario. Me gusta pensar que, cuando rezo mi Rosario, vuelve a pasar eso.

Lourdes es también penitencia. Sí, a veces los gestos penitenciales extraordinarios: un ayuno, alguna otra privación. Pero, sobre todo, es aprender a sobrellevar con paciencia las adversidades de la vida, ayudando a cargar la cruz a nuestros hermanos. Es decir: seguir a Cristo por el camino de la humildad que, las más de las veces, aparece como humillación.

¿Por qué Lourdes toca así los corazones? Solo Dios lo sabe. Lo sabe y sonríe, porque así es el amor: sorpresa, gratuidad y, sobre todo, entrega sin reservas y sin pedir nada a cambio.

El lunes, después de la procesión y Misa en la Iglesia de “La Milka”, conversando con algunos vecinos, estos comentaban también divertidos: “el año próximo le vamos a pedir a la Virgen que, por fin,“La Milka” tenga cloacas”.

Del cielo a la tierra (y más abajo también), sin escalas. Eso también es Lourdes.

Creyentes sedientos de paz

“La Voz de San Justo”, domingo 10 de febrero de 2019

“La fe lleva al creyente a ver en el otro a un hermano que debe sostener y amar. Por la fe en Dios, que ha creado el universo, las criaturas y todos los seres humanos -iguales por su misericordia-, el creyente está llamado a expresar esta fraternidad humana, protegiendo la creación y todo el universo y ayudando a todas las personas, especialmente las más necesitadas y pobres”.

Así comienza la Declaración “La fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común”, firmada días pasado por el Papa Francisco y el Gran Imán de Al-Azhar, Ahmad Al-Tayyeb.

Al llegar a los Emiratos Árabes Unidos, Francisco se había presentado a sí mismo como un “creyente sediento de paz”. Iba tras las huellas de su homónimo de Asís que, ochocientos años antes, hacía un recorrido parecido para encontrarse con el Sultán Melek-el-Kamel en El Cairo.

No nos perdamos en evocaciones históricas o nombres. Vamos al hueso de la cuestión, porque nos toca a todos. Obviamente, de manera particularmente incisiva a los creyentes.

Un cuestionamiento recurrente a las religiones monoteístas es que, desde el núcleo de su fe, son fuente de violencia, intolerancia y autoritarismo. De ahí la relevancia de que estos dos importantes líderes religiosos señalen con claridad que “las religiones no incitan nunca a la guerra y no instan a sentimientos de odio, hostilidad, extremismo, ni invitan a la violencia o al derramamiento de sangre”.

Es más, con firmeza han condenado toda forma de violencia por motivos religiosos como blasfemia contra el Nombre de Dios.

Mucho más decisivo es que hayan puesto la misericordia y la compasión en el centro de la comprensión que, tanto el cristianismo como el islam, tienen de Dios.

Una genuina experiencia religiosa tiene aquí su piedra de toque, su criterio último de autenticidad: el encuentro con el Compasivo y Misericordioso solo puede despertar sentimientos similares en los creyentes.

Se puede decir de una sola vez: la fe en un Dios que es Padre de todos solo puede ser vivida como fraternidad. Todo hombre o mujer es mi hermano, pero especialmente el pobre, el vulnerable, el desprotegido y abandonado.

Esta es la verdadera fuerza humanizante de toda genuina religión.

Vignaud, Don Bosco y la luz

Las primeras noticias las recibí del párroco al que fui asignado, poco después de mi ordenación sacerdotal. Se llamaba José. Rondaba los setenta años. Había nacido en Calabria y, junto a su madre y su hermano, había emigrado a Argentina. Con una mezcla de orgullo y nostalgia, solía contarme que, de niño, había sido interno en un “gran colegio” con una “gran basílica” en medio del campo en la provincia de Córdoba. El nombre: Vignaud, a secas.

Grande fue mi sorpresa cuando, apenas designado obispo de San Francisco, vine a saber que esa gran Iglesia estaba en el territorio que se me confiaba. Que estaba a cargo de los padres salesianos y que el colegio “San José” seguía recibiendo chicos que crecían bajo la guía de Don Bosco y la mirada serena de la Auxiliadora.

Varias veces al año visito la Colonia. No puedo dejar de pensar en aquel pequeño gran cura que me ayudó a iniciarme en el ministerio. Rezo por él bajo las inmensas bóvedas del gran templo de la Pampa gringa.

Y pienso en Juan Bosco, joven sacerdote en la Italia convulsionada de fines del “ottocento”. Turín vive la unificación de Italia y una revolución industrial. Y Don Bosco sale al encuentro de los jóvenes que se pierden en los suburbios turineses. Él sabe qué hacer: cada gesto, palabra o juego surgen de su ingenio desbordante pero, más aún, de la fuente inagotable de su amor.

Ese es su método: amar a los jóvenes, hacerles sentir que son amados para que, cada uno, saque lo mejor de sí.

Creo que, cada año, al llegar la memoria de San Juan Bosco (31 de enero) digo lo mismo: “gracias por el carisma salesiano, presente en nuestra diócesis”. No lo sabría decir de otro modo, porque es lo que siento. En estos tiempos nuestros, tan distintos, pero tan desafiantes como los de Don Bosco, ese carisma sigue siendo la semilla que porta consigo los mejores frutos.

Y ya que estamos deshojando el calendario litúrgico: este 2 de febrero es la Virgen de la luz, la Candelaria. Evoco todas estas cosas y me descubro iluminado. Y le pido a María esa luz que brilló en la vida de Don Bosco: amor que da vida.

Así no

Si una niña de doce o menos años resulta embarazada, lo es por una acción violenta, aunque haya habido alguna forma de consentimiento de su parte. Esa es ya una situación que atenta profundamente contra la dignidad de la vida. Es un profundo fracaso de todos. Nunca debería darse una situación así: la maternidad es mucho más que un hecho biológico.

Que ni siquiera en ese caso sea moralmente lícito recurrir al aborto en cualquiera de sus formas (también la denominada: “interrupción legal del embarazo”), no significa que se tenga que exaltar esa forma de maternidad. Salvar la dignidad del niño por nacer no puede desconocer la situación dramática de esa niña grávida, de la que también hay que hacerse cargo.

La editorial de ayer del diario La Nación “Niñas madres con mayúsculas” ha merecido una justa reacción crítica.

Obviamente, unos lo hacen porque ven lícito el aborto, al que consideran un derecho de la mujer, especialmente de la niña violada.

Otros lo rechazamos por razones que nada tienen que ver con la aceptación del aborto. No se puede abordar un tema así de delicado en los términos en que el editorial lo ha hecho. La apuesta por la vida en medio de semejante situación de colapso humano y ético, reclama también un enfoque distinto, más integral y humano.

Año decisivo para Francisco (y la Iglesia)

Francisco está iniciando su sexto año como obispo de Roma y en el ejercicio del “munus petrinum” como pastor de la Iglesia universal.

Algunas cartas decisivas están ya puestas sobre la mesa. Dos de ellas son clave: por un lado, el proceso de reforma eclesial, con sus líneas directrices y las resistencias que suscita; y, por el otro, la crisis de los abusos, con el nuevo impulso que ha cobrado en estos meses.

Del entrecruzarse de ambos procesos podría terminar de delinearse la figura completa del pontificado de Francisco.

Hacia una Iglesia misionera

“Sueño con una opción misionera capaz de transformarlo todo…”, decía Francisco en Evangelii gaudium 27. En ese documento y los que han seguido, pero especialmente en sus gestos, hemos ido conociendo el contenido de ese sueño. Una Iglesia “en salida”, sin temor a las heridas de estar “en las periferias”; una Iglesia “pobre para los pobres”, de pastores “con olor a oveja”; una Iglesia que vive y comunica la alegría del Evangelio, compañera de camino de todos los seres humanos, cualquiera sea la situación de vida en que se encuentren; una Iglesia que cultiva el cuidado de la “casa común”…

Es la Iglesia del primer anuncio (kerygma), cuya primacía no es temporal sino teologal: es el amor primero de Dios que precede, acompaña y culmina todo anuncio de la Iglesia. Con un acento especial: la misericordia-compasión-ternura de Dios que se hace figura histórica de la Iglesia, “hospital de campaña”. Sin identificarse del todo con esto, pero formando parte del proceso, está la reforma de la Curia romana.

De un tiempo a esta parte, ha comenzado a crecer, más en las palabras que en gestos y decisiones concretos, una melodía que viene ineludiblemente de la gran profecía conciliar: la apelación a una Iglesia más sinodal. Reflejo de la comunión trinitaria, la Iglesia tiene razones, motivos y fundamento para conjugar mejor las inevitables tensiones entre el centro y las periferias, la diversidad de carismas, vocaciones y ministerios, la unidad con la pluralidad católica. Francisco parece moverse hacia esa dirección.

Este primer aspecto que señalo ha suscitado enorme entusiasmo y adhesión. Es, en definitiva, un proyecto de reforma que abreva en las fuentes del Concilio Vaticano II que contiene la llamada más potente de Dios a su Iglesia en este tiempo. Como era de esperar, algunas de las acentuaciones de Francisco al mandato de reforma del Concilio han ido suscitando también un in crescendo de críticas y resistencias.

Heridas que buscan médico y medicina

El segundo aspecto que he señalado -la crisis de los abusos sexuales- está sacudiendo fuertemente a toda la Iglesia. Tal vez convenga reconocer que, frente al marasmo espiritual y moral que esta crisis representa, se nos han caído todos los libros. Retengo que el único camino posible de resolución pase, indefectiblemente, por un muy concreto acto de humildad que nos lleve a reconocer que no hemos estado preparados para esta crisis y la insuficiencia de nuestras respuestas. El mismo Papa ha entrado por este camino. Es un punto que merece atención.

¿Tenía Bergoglio en su agenda de temas prioritarios los abusos sexuales cuando fue elegido Papa en 2013? Lo cierto es que ha tenido que hacer rápidamente un intenso aprendizaje, no exento de dificultades o errores. Lo reconocía él mismo, hace un año, volviendo de su Visita Pastoral a Chile.

Aun reconociendo lo insuficiente de la respuesta eclesial a los abusos, lo que no se puede aseverar es que exista pasividad, voluntad de ocultar o dejar pasar el tiempo sin resolver este problema.

La Iglesia es un sujeto compuesto de muchos sujetos. Esta pluralidad hace injusto un juicio absoluto. Hoy, muchos en la Iglesia -entre ellos el mismo Francisco- han tomado el toro por las astas y se han aplicado a enfrentar la crisis con decisión, energía y claridad, pero también con la paciencia que supone perseverar en una crisis que no es de solución inmediata y en la que, de seguro, habrá muchos sinsabores.

¿Qué resultado hemos de esperar de este complejo panorama? Ya no hay demasiado margen para el error. Como ha comentado el cardenal Gracias respecto del encuentro de presidentes de conferencias episcopales, previsto para febrero: será o un gran éxito o una gran desilusión, sin vuelta atrás. Me alienta observar el liderazgo del Papa y la convicción que, sobre todo, muchos laicos tienen de que esta crisis urge caminos firmes y exigentes de purificación. Sobre todo, en su capítulo más difícil: el cambio de mentalidad y un trabajo preventivo a conciencia en cada una de las Iglesias particulares.

Batallas de otras guerras

Sin embargo, en este punto, asoma un horizonte oscuro e inquietante. Las críticas al Papa y una reviviscencia de los enfrentamientos eclesiales entre conservadores y progresistas amenazan ponen palos en la rueda de la Iglesia que juega su credibilidad y su futuro en la resolución de este problema.

Unos y otros están usando el drama de los abusos como munición gruesa para arrojarse mutuamente a la cara. Los conservadores denuestan a los progresistas por haber dejado abiertas las puertas de los seminarios a los homosexuales y al relativismo moral que ha llevado a la actual crisis. Además, el tiro por elevación alcanza a “Casa Santa Marta” y a su ilustre inquilino, el Papa. Por otra parte, los progresistas señalan a los “ultras” que su sistema eclesial de rigidez moral, esteticismo litúrgico, sobredimensión del sacerdocio generan, de por sí, una forma de vida clerical que, detrás de una pantalla de ortodoxia y firmeza, deja amplios espacios abiertos para estos derrapes sexuales.

La guerra de la Iglesia contra los abusos conoce de muchas derrotas y algunas victorias. Ahora, otras guerras generan otras batallas. Temas en sí mismos de legítima discusión son llamados en causa, mostrando una preocupante falta de imaginación y de perspectiva para encontrar nuevos y originales puntos de vista que nos lleven a soluciones superadoras. Van y vienen demasiadas recetas de corto alcance.

Como en toda polémica que se quiera enfocar desde la fe y con una correcta visión teológica, se requiera más discernimiento espiritual que ensañamiento discursivo. ¿Hay una hoja de ruta para la Iglesia en esta crisis?

Sí. Esa hoja de ruta existe. Su meta y el trazado de su curso son, hoy por hoy, más que un esbozo.

Tendremos que hablar de ello.

La alegría del amor


“La Voz de San Justo”, domingo 20 de enero de 2019








“Como un joven se casa con una virgen,
así te desposará el que te reconstruye;
y como la esposa es la alegría de su esposo,
así serás tú la alegría de tu Dios”. (Is 62,5).





Este domingo, los cristianos escuchamos el relato de las Bodas de Caná (Jn 2,1-11). Es el primero de los siete signos que encontramos en la primera parte del evangelio de San Juan. Cada uno de ellos nos muestra un aspecto de la persona de Jesús.  En esta ocasión, el símbolo de las bodas nos ayuda a comprender quién es realmente Jesús y cuál es el sentido de su misión. Lo podemos resumir en dos palabras: amor y alegría.





Pero ¿podemos seguir hablando hoy de bodas, amor y alegría? ¿No es la relación entre el varón y la mujer, más allá de la poesía romántica, una de las fuentes más arraigadas de opresión? ¿No tendríamos que romper este estereotipo rígido dejando paso a relaciones más fluidas? ¿Puede realmente el ser humano vincularse con otro de esta manera? ¿O, irremediablemente, debemos contentarnos con la soledad, tibiamente aliviada por los consuelos fugaces del “poliamor”?





Se formulan estas u otras preguntas similares. Y se buscan respuestas. Se piensa y se escribe mucho al respecto. Los seres humanos somos así: no podemos dejar de buscar respuestas a nuestros interrogantes.





Junto a las respuestas reflexivas (insustituibles, por cierto), la mayoría de las personas intentamos resolver estas cuestiones en nuestra vida concreta. Allí crecen nuestros vínculos, más allá incluso de nuestras posturas ideológicas. Es la verdad de la vida que asoma su rostro toda vez que el amor comienza a germinar en el corazón.





A esa experiencia apela el mensaje del Evangelio. Dios mismo -que es amor- ha puesto esa pasión en nuestros corazones. Si nos sumergimos en los evangelios y dejamos que la persona misma de Jesús nos hable e interpele, es posible que podamos encontrar respuestas que nos pongan en el camino correcto.





Por ejemplo, la vida y pasión de Jesús nos muestran que solo en la “reciprocidad” el ser humano encuentra mucho de lo que busca. Reciprocidad quiere decir: si busco amor, tengo que estar dispuesto a amar. Si quiero ser tratado con humanidad, ofrezco aquello mismo que pido para mí. En la misma medida y con la misma intensidad. No pretendo ser dominio de nadie, pero también renuncio a poseer a otro como si fuera una cosa que me pertenece y de la que dispongo a voluntad.





Claro, el evangelio añade un plus fundamental: en Jesús, Dios ha sanado y salvado la capacidad de amar de los hombres.
El encuentro con ese amor gratuito es la fuente de la alegría más grande.