Abrahám: el caminante que vive de una promesa

“La Voz de San Justo”, domingo 23 de febrero de 2020

El relato de Babel nos ha dejado un sabor amargo: los hombres ¿estamos condenados a no entendernos? ¿Es nuestro destino la dispersión, amargados y solitarios? Al parecer, la única forma de encuentro es el conflicto, y este hasta la muerte. O unos u otros.

Pero, ya lo dijimos: la puerta a la esperanza está abierta. Y será el mismo Dios el que trasponga su umbral y dé inicio a una historia nueva. Y lo hace con Abram, a quién llamará: Abrahám. Ese cambio de nombre (como tantos otros en la Biblia) es una buena señal de hacia dónde va la historia.

Con la de Abram/Abrahám comienza la historia de eso que llamamos fe. ¿Cómo describirla? Si en esta semana tenemos tiempo y ganas (sobre todo, ganas), busquemos en el libro del Génesis el ciclo de Abrahám: Gn 12-25, 18.

Gn 12, 1-4: “La vocación de Abram”

“Abram partió, como el Señor se lo había ordenado…” (Gn 12, 4).

La fe nace de una palabra que llega, de repente, trastoca todo lo que hasta ese momento da certeza y seguridad. En este caso, a un hombre anciano, sin descendencia.

Es además una orden perentoria con una promesa incierta: “Deja tu tierra natal y la casa de tu padre, y ve al país que yo te mostraré. Yo haré de ti una gran nación y te bendeciré; engrandeceré tu nombre y serás una bendición.” (Gn 12, 1-2).

Lo decisivo no es la promesa -inmensa, por cierto- sino quien la realiza: el Dios vivo que, a partir de ahora, será el Dios de las promesas. Entregarse a Él, confiándole todo y dejándolo todo, es el núcleo ardiente de esa actitud que ha de confundirse con la misma vida.

La fe es una vida que se asume como riesgo en el mismo instante en que se renuncia a ser dueño de ella, pues se le confían las riendas de la propia existencia a Aquel al que se lo reconoce como Señor.

La fe, a la medida de Abram, es dejar a Dios ser Dios en la propia vida. De ahí que, cuando una persona comienza a comprender lo que realmente significa “creer”, un vértigo cercano al pavor es una experiencia irrefrenable.

Pero, precisamente, si en estas circunstancias, el aprendiz de creyente se confía a la palabra que recibe y, como Abram, se pone a caminar, comienza a comprobar que esa promesa es lo más valioso de su vida. Y que posee una fuerza inaudita para vencer todos los miedos que abruman al corazón humano. El que cree, como Abram, resucita a la vida.

Los creyentes de todos los tiempos -judíos, cristianos y hasta musulmanes- nos reconocemos deudores de Abrahám, el padre de todos los creyentes. Su fe sigue moldeando la nuestra e inspirando su camino.

Si queremos comprender nuestra fe tendremos que seguir hablando de Abram.

Babel

“La Voz de San Justo”, domingo 16 de febrero de 2020

“Después dijeron: «Edifiquemos una ciudad, y también una torre cuya cúspide llegue hasta el cielo, para perpetuar nuestro nombre y no dispersarnos por toda la tierra».” (Gn 11, 4).

Vayamos despacio. No condenemos apresuradamente la ambición del proyecto. Lo que tiene de desmesura se apoya en un impulso que Dios mismo ha puesto en el corazón de la humanidad. Somos imagen y semejanza de Dios. Llevamos la chispa de su vida, de su misma pasión, en nosotros. Somos pulsión hacia delante. Somos esperanza. Nuestros ojos están hechos para mirar lejos. Y también más allá nos llevan nuestros pasos.

La chispa, sin embargo, se transforma en fuego devastador cuando la soberbia se vuelve el impulso dominante. La criatura se contrapone al Creador y pretende erigirse en dios para sí y para los demás. Los lectores del relato piensan tal vez en la gran Babilonia (¿por eso Babel?) que, con soberbia y orgullo, somete y humilla a los pueblos y ciudades, entre ellas: Jerusalén. Hoy podríamos pensar, quizás, en lo que acaba de señalar el Papa Francisco sobre la depredación de la Amazonia que afecta, a la vez, al ecosistema, a los seres humanos y a los pueblos.

¿Y Dios? ¿Qué hace? “Pero el Señor bajó a ver la ciudad y la torre que los hombres estaban construyendo, y dijo: «Si esta es la primera obra que realizan, nada de lo que se propongan hacer les resultará imposible, mientras formen un solo pueblo y todos hablen la misma lengua. Bajemos entonces, y una vez allí, confundamos su lengua, para que ya no se entiendan unos a otros».” (Gn 11, 5-7).

La narración no se priva de un poco de humor: en definitiva, por más empuje de la soberbia, la torre no llegó al cielo. Dios tiene que bajar para poner las cosas en orden… o en desorden. El relato termina con la confusión de los ambiciosos constructores.

¿Eso es todo? ¿Todo es confusión y división? No perdamos el horizonte. Los primeros once capítulos del Génesis (que lo son también de toda la Biblia) preparan el escenario. Dios no abandona su creación, como decíamos el domingo pasado. Es cierto que, de Adán a Babel, pasando por las manos asesinas de Caín, el mal parece crecer en toda la tierra.

La gran historia está a punto de comenzar. Es la historia de cómo Dios realmente baja y se hace compañero de camino del hombre. Y es la historia de la fe como el espacio que Dios mismo se abre en el corazón del hombre para transformar, desde dentro, toda su creación.

El escenario está preparado y la aventura de la fe está a punto de comenzar. Ya llega el amigo de Dios: Abrahám. Será una bendición para todos: de sus entrañas, al cabo de una paciente espera, nacerá Jesús, el Cristo.

Católicos argentinos y democracia

La mayoría de los católicos argentinos -laicos, pastores y consagrados- nos sentimos cómodos con el núcleo ético de la cultura democrática: la dignidad de la persona humana, sus derechos y deberes.

De este ethos se desprenden en un desarrollo armónico otros principios fundamentales: el estado de derecho con el imperio de la ley, especialmente de la constitución, y no la arbitrariedad de quien detenta ocasionalmente el poder; las elecciones periódicas libres que expresan la soberanía del pueblo, la división de poderes, especialmente el respeto por la justicia y su independencia.

En el corazón de la cultura democrática está el diálogo ciudadano que se asienta en el respeto de la subjetividad de cada uno reconocido como un semejante (en cristiano: un hermano o hermana), y hace culto del debate de ideas, especialmente vigoroso cuando hay disenso y divergencias. El diálogo busca los consensos posibles basados en la búsqueda de la verdad y del bien, aquí y ahora. Es una pretensión fuerte, pero es la única que llega a hacer realmente justicia del significado profundo de la convivencia ciudadana en el seno de un pueblo y de una nación. De ahí el lugar irreemplazable del Parlamento, tanto a nivel nacional como provincial y municipal. Pocas cosas como el desarrollo de leyes justas supone el arte de dialogar, acordar y preparar el futuro.  

“Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana”, escribía San Juan Pablo II en el nº 46b de su gran encíclica de 1991: Centessimus annus. Esta afirmación expresa apretadamente el punto de vista católico sobre la democracia y es el punto de partida de la aportación específica que los católicos damos a la vida y cultura democrática de nuestro país. 

Por eso, en cada debate público, no solo vamos a participar haciendo uso de todos los medios legítimos que la ley pone a disposición de los ciudadanos, sino que vamos a hacerlo a conciencia, aportando a la discusión nuestros específicos puntos de vista: no hay justicia ni libertad sin verdad y no se puede edificar la justicia sin respetar la libertad y la conciencia de las personas.

El humanismo cristiano de la tradición católica, como también otras grandes tradiciones culturales y espirituales presentes en Argentina, es una de las fuerzas que, desde dentro, viene fecundando la vida de nuestra Nación. Nos sentimos responsables de hacer que siga dando frutos de humanización para nuestra sociedad, ante los desafíos nuevos que hoy vive nuestra Argentina.

En el corazón de la propuesta de vida del humanismo cristiano está Cristo, el Verbo encarnado, y su Evangelio iluminando la verdad de la persona humana en todas sus dimensiones, en su camino terrenal y en su destino eterno.

Estamos convencidos que es una propuesta de vida buena, noble y bella que no solo ilumina la vida de las personas y las familias, sino que proyecta su luz sobre todo el entramado de relaciones que constituyen la vida social de nuestro pueblo.

Esa luz es también una poderosa fuerza para contener las amenazas que siempre penden sobre la vida humana: el egoísmo y la injusticia, la mentira y la corrupción, la desesperanza y el miedo, el resentimiento y toda forma de violencia. Por eso, toda causa justa nos encontrará dispuestos a sumarnos a la lucha nunca acabada por la justicia, especialmente del lado de los más vulnerables.

Nos sentimos responsables de que esa luz siga brillando e iluminando nuestra vida como pueblo. El Evangelio, vivido y predicado, es un bálsamo, un remedio y una fuerza poderosísima para curar toda enfermedad, superar toda grieta y perseverar en la edificación del bien común.

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Hoy por hoy -lo vemos en otras partes, pero también entre nosotros- la democracia vive una profunda crisis. Es lógico que así ocurra: supone una sociedad compuesta de ciudadanos libres que, cada día, estamos desafiados a optar por el bien, la justicia y la verdad. Y lo hacemos en medio de circunstancias concretas, las más de las veces oscuras e inciertas. No hay sociedades perfectas. Tampoco programas y dirigentes perfectos. Cada uno de nosotros aprende a partir de sus propios errores. Mucho más en una sociedad que se hace cada día más compleja y plural.

Una de las razones de esta crisis, como muchos señalan, es el divorcio entre las élites y la vida cotidiana de los ciudadanos, especialmente cuando no termina de concretarse una real mejora de las condiciones de vida y crece exponencialmente la desigualdad. Como acaba de señalar el Papa Francisco: “El mundo es rico y, sin embargo, los pobres aumentan a nuestro alrededor”.

La tentación de tomar atajos, de confiar en propuestas simples y en líderes iluminados es demasiado fuerte. La incertidumbre instala el miedo en el corazón y este puede llegar a desatar los mecanismos de la violencia y la exclusión. Conocemos bien las sugestiones del autoritarismo que promete lo que en definitiva termina quitando: vida, libertad y dignidad.

Aunque minoritarios, algunos sectores cristianos hoy parecen fuertemente tentados de esta fuga hacia el fundamentalismo y el integrismo. La tentación de líderes providenciales que prometen instaurar el “orden cristiano” forma parte de esta tentación. Ocurrió en el pasado, parece estar pasando también hoy, al menos en otras latitudes, algunas no tan alejadas de nosotros. Estemos atentos.

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Necesitamos darle nuevo vigor a nuestra pasión por el bien común, a las instituciones y organizaciones que dan cauce a nuestra vida social y, también, a la política como servicio eximio al bien integral de todos los ciudadanos. Tenemos el desafío de vencer, en cada uno, el temor que nos lleva al encierro egoísta del “sálvese quien pueda” y reavivar el fuego del amor de Cristo en nuestros corazones. Si no lo hacemos, los pobres y vulnerables van a seguir perdiendo y, llegará un momento, en que todos habremos perdido humanidad. La historia trágica del mundo y nuestra propia experiencia argentina nos advierte de ello.

Ojalá todos tomemos nota. Es, sin embargo, una responsabilidad particularmente exigente de los que tenemos algún rol dirigente en la sociedad, de manera particular quienes conforman las élites políticas. Tengo la fuerte impresión de que la mecha es cada vez más corta.

¿No es hora de sentarnos a la mesa con amplitud de miras, grandeza de alma y disposición real para escucharnos todos y madurar consensos de fondo para mirar el futuro? ¿No están resultando demasiado pequeñas nuestras metas? ¿Qué Argentina pretendemos dejar a las nuevas generaciones que están creciendo y que vendrán detrás de nosotros?

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Vuelvo al principio: muchos católicos (tal vez, la mayoría), no solo nos sentimos cómodos con este ethos de la cultura democrática, sino que consideramos que una sociedad abierta, libre y plural es el ambiente propicio para que una propuesta de vida como la del Evangelio lleve luz y felicidad a los corazones de las personas. Nos sentimos en nuestra propia casa, como peces en el agua.

Sentirnos cómodos con el núcleo ético de la democracia no quiere decir que estemos conformes con sus concreciones históricas. Al contrario, como muchos otros conciudadanos argentinos, somos conscientes no solo de sus límites, sino que la causa de ellos está en la corrupción que anida en el corazón y en las estructuras de pecado de nuestra vida social y política. Este inconformismo, iluminado por la enseñanza social de la Iglesia y alimentado por la pasión por el bien de todos, especialmente de los más pobres, es capaz de generar un compromiso más fuerte con la lucha por la justicia.

Hemos aprendido dolorosamente que el Evangelio, especialmente la enseñanza social que se desprende de él, no se puede imponer coactivamente por medios políticos, pero tampoco puede dar lugar a la indiferencia y a otras formas de quitarle el hombro al desafío del bien común.

La semilla del Evangelio tiene fuerza propia, crece en la tierra siempre buena de la libertad.

Y, si de muestra bien vale un botón, aquí propongo uno de los más bellos ejemplos: José Gabriel del Rosario Brochero, argentino cordobés, cristiano cabal, sacerdote hasta los huesos y ciudadano motor de otros en la construcción de proyectos de futuro, pensados y llevados a cabo con grandeza de alma y amplitud de miras. Es un ejemplo salido de la Argentina profunda. Es uno, pero no el único. Gracias a Dios.

Él es encarnación viva del humanismo cristiano.

Fernando, Auschwitz y Brochero

Columna semanal para el programa “Palabras del Reino” en Radio Estación 102.5 de la ciudad de San Francisco.

En realidad, no sabemos muy bien porqué Caín mató a Abel. El texto del Génesis solo nos dice que la ofrenda de este último fue más grata a Dios que la de su hermano mayor.

A partir de ahí, todo parece precipitarse: un potente veneno ha comenzado a realizar su obra deletérea en el corazón de Caín.

“Caín se mostró muy resentido y agachó la cabeza” (Gn 4, 5b), apunta con fineza psicológica el relato bíblico. ¿Es envidia? ¿Miedo? ¿Inseguridad? Posiblemente, un poco de todo esto.

Lo cierto es que, su modo de ver y de percibir a Abel, ha cambiado para siempre.

Ha dejado de verlo como un hermano. Lo percibe como un rival que se interpone entre él y… vaya uno a saber qué deseo o pretensión.

Desdibujada así la condición fraterna de Abel , en algún momento, comienza a crecer en el corazón de Caín la decisión de eliminarlo…

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En estos días, he vuelto a leer este relato bíblico del asesinato de Abel por su hermano Caín (cf. Gn 4, 1-16).

El cruel asesinato de Fernando Báez Sosa en Villa Gesell, me ha movido a buscar en la Palabra de Dios alguna forma de luz para tanta irracionalidad, tanta rabia y dolor.

También la conmemoración de la liberación de Auschwitz ha dejado abiertas preguntas angustiosas. La Shoah ha sido llamada: el segundo pecado original de la humanidad. Los nazis calificaban a los judíos y a otras razas que despreciaban como: Untenmenschen (subhumanos, menos que seres humanos). Les quitaban humanidad.

Las preguntas más incisivas que se despiertan, tienen que ver directamente con Dios: ¿Por qué? ¿Cómo ha sido posible? ¿Por qué tanta crueldad? ¿Por qué callaste, Señor? ¿Por qué tu silencio? ¿Dónde estabas cuando los inocentes morían y los verdugos reían?

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Estas preguntas me siguen quemando por dentro. Por eso, con mis ojos busco al Crucificado. Solo me resta quedar en silencio, ante Él, ante su abandono y su grito final.

Buscando así sus manos, sus pies y su costado traspasado, me he topado con otro rostro desfigurado, aunque de una belleza extrañamente atractiva: el de Brochero ancianito, leproso y ciego.

He pasado buen tiempo en su Santuario en Traslasierra, escuchando confesiones de muchos peregrinos. También bendiciendo personas y familias, recibiendo sus confidencias e intuyendo sus ilusiones.

Entremezclado con todo esto: el Rosario de María, la escucha de la Palabra (más incisiva si se hace desde la vida) y el silencio de la oración que culmina en la Eucaristía.

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No me siento de hacer sesudas reflexiones sobre el porqué del mal o sobre cómo podemos prevenir estos horrores. No porque no crea que son importantes, incluso imprescindibles. No es eso.

Hoy siento que debo dirigir mi corazón hacia otro lugar, tan insoslayable como estos: mirando a Jesús y a su servidor llagado Brochero, hoy solo quiero confesar que Dios es amor, es compasión, es humanidad. Es fraternidad.

Y confesarlo con mis labios, pero, sobre todo, con mi vida.

Me siento interpelado a ser, por encima de todo, hermano de todos.

Como Virginia, una jovencita de apenas diecisiete años que se animó a increpar a los asesinos de Fernando e intentó reanimarlo, junto a otros ocasionales cireneos.

No pudo arrancar a Sebastián de la muerte, pero acaso nos arrancó a nosotros de la desesperación.

Virginia y sus compañeros honraron la vida.

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Dios es amor. Ese es su poder. Esa, su verdadera omnipotencia: compasión que se hace cargo del dolor y el sufrimiento del otro.

Dios es amor. Por eso, confesamos nuestra fe en un Dios que es capaz de sufrir y que, de hecho, sufre por las heridas de sus hijos e hijas.

Y, desde ese amor sufrido que le hiere el corazón, ha abierto espacio para un modo distinto de encarar la vida: en el amor que mata toda violencia del corazón sustituyéndola por fraternidad, compasión y cuidado de unos por otros.

Vivir como hijos

“La Voz de San Justo”, domingo 12 de enero e 2020

Vamos a hablar de la fe. Hagámoslo entonces desde el principio. Y el principio de todo lo cristiano es una Persona: Jesús, el Cristo. Si queremos comprender a fondo qué significa y qué implica la fe como respuesta del hombre a Dios que le sale al encuentro, tenemos que mirar a Jesús. La Carta a los Hebreos lo llama: “el iniciador y consumador de nuestra fe” (Heb 12, 2).

Este domingo, concluyendo el tiempo de Navidad, los cristianos celebramos la fiesta del Bautismo del Señor. Este año leemos el relato de San Mateo que, en la escena culminante, dice: “Apenas fue bautizado, Jesús salió del agua. En ese momento se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia él. Y se oyó una voz del cielo que decía: «Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección».” (Mt 3, 16-17).

Si querés saber lo que significa ser un hombre o una mujer de fe tenés que mirar a Jesús, tal como lo presentan los evangelios. En realidad, tal y como nos lo presenta su Padre: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección” (Mt 3, 17).

La Iglesia no hace otra cosa que ponerte a la mano la belleza de su Persona. Te expone al influjo luminoso de su verdad. Y esa verdad hace su obra: conquista el corazón y convence, no por coacción, sino por la luz y belleza que dimanan de su persona de Hijo amado del Padre.

La vida de la fe no es otra cosa que el camino de aprender a vivir como hijos e hijas de Dios, tras las huellas de Jesús. Un camino, en ocasiones sinuoso, en otras, bastante sereno; pero siempre fascinante y humanizador. Vivir como Jesús: como hijos y hermanos. Todo está aquí.

¿Me confieso bien?

¿Me confieso bien? Más que como obispo, me hago esta pregunta como cristiano. Es decir, como un discípulo que se descubre sediento de Cristo, mendigo de su amistad.

La pregunta viene a cuento por esta convención social que nos alcanza cada diciembre, mientras cerramos un año y nos disponemos a caminar uno nuevo. ¿Qué me queda del año vivido? ¿Qué experiencias rescato? ¿Cómo encarar el tiempo nuevo que se abre a mi puerta? Una suerte de balance o de inventario. 

Para un cristiano, este balance tiene un nombre propio: “examen de conciencia”. ¿En qué consiste? En tomarse un tiempo para mirar la propia vida y, a la luz de la Palabra de Dios, reconocer el paso de Dios por la propia historia y biografía. 

Desde esta perspectiva, confesarse bien quiere decir que, antes que empezar a enumerar los propios yerros o pecados, lo más importante es descubrir en qué medida (siempre generosa, desbordante y sorpresiva), nuestra vida ha sido bendecida por Dios. Claro: el Padre de Jesucristo, el que perdona y libra del mal. 

“He sido bendecido. Soy un hombre bendecido”. Esta es la primera experiencia que hace buena una confesión, porque lleva a los labios no la amargura de los propios fracasos, sino que pone palabras a la gratitud de quien se descubre amado gratuitamente. 

Solo entonces tiene sentido confesar los propios pecados. Una vez más: no como quien saca una cuenta amarga elencando sus miserias, sino como quien se siente alcanzado por la misericordia de Dios, especialmente en sus vacíos más grandes. 

Iniciar un año sabiéndome amado, perdonado y bendecido por Dios es garantía de una energía espiritual que nadie en el mundo puede dar. 

La esperanza de la paz

“La Voz de San Justo”, domingo 29 de diciembre de 2019

Como cada año, este 1º de enero celebramos la Jornada Mundial de oración por la Paz. El Mensaje del Papa Francisco para este año tiene como lema: “La paz como camino de esperanza: diálogo, reconciliación y conversión ecológica”.

Me detengo solo en un punto: si muere la esperanza en el corazón y nos ganan nuestros miedos, en esa misma medida queda bloqueada la capacidad humana de luchar por la justicia y, así, edificar la paz.

Con finura espiritual y psicológica, Francisco hace notar que la guerra (y esto vale para toda forma de violencia), “a menudo comienza por la intolerancia a la divesidad del otro, lo que fomenta el deseo de posesión y la voluntad de dominio. Nace… por el egoísmo y la soberbia, por el odio que instiga a destruir, a encerrar al otro en una imagen negativa, a excluirlo y eliminarlo”.

El miedo, alimentado por la decepción, se vuelve escepticismo frente al futuro y, de ahí, a toda forma de violencia, solo queda un paso. El camino de la paz pasa por reavivar la capacidad de esperanza que hay en el corazón humano. Porque la paz se logra tanto cuanto la deseamos y esperamos realmente en ella. Eso supone enfrentar nuestros miedos.

Al respecto, escribe Francisco: “El miedo es a menudo una fuente de conflicto. Por lo tanto, es importante ir más allá de nuestros temores humanos, reconociéndonos hijos necesitados, ante Aquel que nos ama y nos espera, como el Padre del hijo pródigo (cf. Lc 15,11-24). La cultura del encuentro entre hermanos y hermanas rompe con la cultura de la amenaza. Hace que cada encuentro sea una posibilidad y un don del generoso amor de Dios. Nos guía a ir más allá de los límites de nuestros estrechos horizontes, a aspirar siempre a vivir la fraternidad universal, como hijos del único Padre celestial.”

Que no nos puedan nuestros miedos. Abramos espacios para poder encontrarnos y alimentar nuestras esperanzas. Deseo para todo un 2020 en paz y en fraternidad.

Mensaje de Navidad 2019

“La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel”, que traducido significa: «Dios con nosotros».” (Mt 1, 23)

Queridos hermanos y amigos:

Dejémonos sorprender por la cercanía de Dios en ese Niño que María da a luz y que José cuida con amor de padre.

Al arrancar este Adviento, el Santo Padre Francisco nos regalaba la carta “Admirabile signum”. Nos invitaba a redescubrir la hermosa tradición, iniciada por San Francisco de Asís, de recrear en hogares, templos y otros espacios públicos, la escena evangélica del nacimiento del Señor.

Se trata -nos decía- de un “Evangelio vivo” que “causa siempre asombro y admiración”. En ese Niño reconocemos al Dios inmenso que se nos hace cercano y amigo. Y lo hace en el seno de una familia en riesgo, que no encuentra más que una cueva para que María dé a luz a su hijito.

Es Dios con nosotros. Un Dios pobre y humilde. Un Dios hecho Niño.

Los niños son buenos guìas para recuperar el asombro. “Les aseguro que el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él” (Lc 18, 17). Acerquémonos con ellos al Pesebre, especialmente si reconocemos tener el corazón duro y metalizado. Que sus ojos abiertos nos guíen al encuentro del Emanuel. También María y José están de nuestra parte.

Dios nos enseña a vivir como hermanos. 

Asombro, admiración y sorpresa desembocan en muchas preguntas: ¿qué quiere Dios con esta cercanía? ¿Qué busca de nosotros? ¿Qué intención lo mueve? Son interrogantes que expresan una fe inquieta, una esperanza activa y una caridad ansiosa. 

Las respuestas las encontramos en el evangelio. Toda la vida de Jesús es revelación de la voluntad de Dios: Él quiere salvarnos. Quiere cumplir el sueño que lo desvela desde la creación: hacer de todos nosotros una familia, ya en esta tierra, pero en camino hacia el cielo, nuestra patria.

Nos quiere hermanos y hermanas. Belén es un misterio de amor, de familia y de fraternidad. Miremos a María y a José. Ellos miran al Niño en el pesebre. Contemplemos a los pastores que se acercan. También a los magos de Oriente, guiados por la estrella. Unos y otros, con timidez primero, pero con enorme alegría después, saldrán del Portal de Belén mejores, más hermanos.

Nuestro mundo tiene sed de Dios. Tiene sed de fraternidad. Solo un Dios Padre con entrañas de madre nos permite reconocernos hermanos.

La cultura de la muerte y el descarte empujó a aquella joven parejita a la marginalidad de un establo. No contaba con la tierna sabiduría de Dios. Lejos del poder mundano, desde ese humilde establo y con esa parejita, Dios empezaba a vencer la soledad y tristeza del mundo.

Como los pastores, también nosotros seamos mensajeros de este gozo inmenso que lo es para todo el pueblo, de manera especial para los pobres, los tristes y sin esperanza.

¡Muy feliz Navidad para todos!

+Sergio O. Buenanueva, obispo de San Francisco 

19 de diciembre de 2019

Una sabia y oportuna decisión del Papa II

Para calibrar el significado de la decisión papal de levantar el secreto pontificio en las causas de abusos sexuales clericales, a mi modo de ver, hay que tener en cuenta dos factores.

En primer lugar, caer en la cuenta de que los delitos contra la integridad sexual de las personas están poniendo de cabeza todos los sistemas penales, obligando a repensar y reelaborar principios, criterios, normas y procedimientos.

En segundo lugar -y es algo que atañe directamente a la Iglesia-, que la crisis de los abusos sexuales en la Iglesia (el abuso y su encubrimiento) no constituye la suma de hechos aislados (este sacerdote, aquel obispo), sino que revela un sistema eclesial enfermo al que urge sanar desde la raíz. La referencia al “clericalismo” va en esa dirección, aunque corremos el riesgo de enamorarnos de una palabra. Hay que avanzar en una reforma eclesial con sólido sustento teológico, espiritual y pastoral.

Esta decisión del Papa está en la línea de la dirección correcta, pero tendrá que ser acompañada por otras decisiones que la complementen y hagan realmente eficaz.

Una sabia y oportuna decisión del Papa

Los delitos contra la integridad sexual están suscitando intensos debates y reformas en los sistemas penales de todo el mundo. También los criterios, normas y procedimientos de la Iglesia.

Está muy bien que esto ocurra. Por una parte, expresa que la sociedad cae en la cuenta de la gravedad y naturaleza de este drama humano, sobre todo, del modo como hiere a quienes los sufren, tanto las víctimas primarias como secundarias, pero también los complejos mecanismos humanos que llevan a un adulto a cometer estos delitos.

Un ejemplo: las víctimas suelen tardar años en poner en palabras lo que han sufrido; en consecuencia, lo que logran decir de sus vivencias siempre debe ser escuchado con respeto. A las víctimas, por tanto, hay que creerles. Inevitablemente surge la pregunta: ¿cómo se conjuga esto con el irrenunciable principio de “presunción de inocencia”? Cuestiones como esta son materia de discusión en todas partes.

La respuesta del derecho a estos desafíos es fundamental, aunque no exclusiva. El paradigma para abordar, tanto la prevención con una respuesta adecuada a estos delitos es el del trabajo en red, por tanto, de la colaboración de todos los involucrados. Y, aunque parezca una tautología: todos los involucrados somos realmente todos. Es decir, ante todo, la sociedad, sus organizaciones (las Iglesias, por ejemplo) y, con un rol insustituible, el estado, sus órganos de justicia y educación.

En última instancia, el abuso sexual es un problema que tiene que ver con el modo como las personas nos tratamos y cómo cuidamos a los más vulnerables. Un problema humano de naturaleza espiritual, ética y vincular. 

En este marco más amplio hay que ubicar la decisión del Santo Padre que hoy se ha hecho pública bajo la forma de dos rescritpos pontificios. El más importante es, sin duda, el que levanta el “secreto pontificio” para los distintos delitos canónicos de naturaleza sexual cometidos por clérigos.

Era este un reclamo que iba creciendo desde distintos sectores, principalmente desde las víctimas y quienes las acompañan en sus reclamos de verdad y justicia. Pero también de quienes, en la Iglesia, están involucrados más directamente en dar una respuesta seria a esta honda crisis. Todos estos reclamos se hicieron sentir con fuerza en la cumbre de febrero pasado, convocada por el Papa y que reunió a los presidentes de las conferencias episcopales del mundo junto con otros líderes eclesiales.

El levantamiento del “secreto pontificio” no significa, como bien lo señalan los expertos, que se lesione el derecho a proteger la intimidad, buena fama y confidencialidad de las personas involucradas en estos procesos. Menos aún que afecte al sigilo sacramental de la confesión. Con esta histórica decisión, el Papa Francisco determina que, desde la investigación preliminar hasta las decisiones finales, estén aseguradas la adecuada información a todos los involucrados (víctimas, denunciantes y también acusados), como también se pueda responder los requerimientos de la justicia secular, tanto por parte de las diócesis o, por los medios adecuados, por parte de la Santa Sede.

La Iglesia, de esta manera, con paso firme, va cobrando impulso en la dirección correcta para apuntalar una cultura del cuidado y la protección de los más vulnerables, como también en la prevención de estos delitos.

Estas disposiciones canónicas tienen múltiples consecuencias. Las iremos conociendo a medida que vayamos asimilando y actuando estas disposiciones.

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

Consejo pastoral de protección de menores

y adultos vulnerables de la CEA.