Huir de Babilonia

Reflexiones rápidas sobre el hoy doloroso de nuestra Argentina

“En seguida oí otra voz que venía del cielo y decía: «Ustedes, que son mi pueblo, huyan de esa ciudad, para no hacerse cómplices de sus pecados ni ser castigados con sus plagas.” (Ap 18, 4).

El capítulo dieciocho del Apocalipsis nos narra la caída de la brutal Babilonia. Sus lectores entienden bien: se habla, no de la antigua capital asiria, sino de la Roma imperial, ostentosa, brutal y autoritaria. Cuando se anuncia su inminente y estrepitosa caída, aparece la orden de huir que hemos citado.

Pocos libros de la Biblia tienen un mensaje político tan fuerte como el Apocalipsis. No tiene nada que ver con el fin del mundo de nuestra febril imaginación. Es una radiografía penetrante y lúcida de qué ocurre cuando el poder político se endiosa a sí mismo, erigiéndose en norma suprema de la vida y, como lógica consecuencia, pretende subordinar a sí cuerpos, libertades y conciencias.

Se trata, por tanto, de una crítica permanente a esa pretensión que siempre acompañará toda forma de autoridad humana. Aclaremos que no es esta la única visión que la Escritura tiene del poder humano. San Pablo, por ejemplo, en repetidas ocasiones invita a los cristianos a obedecer a las legítimas autoridades, incluso a rezar por ellas, porque de ellas depende el bienestar y la paz para los ciudadanos. El mensaje del Apocalipsis no contradice esta postura, sino que señala, con notable realismo, que el poder puede salirse de madre y volverse contra sí mismo. Puede corromperse.

Volvamos ahora a aquel mandato de huida: a aquellos cristianos que eran humillados y perseguidos por Babilonia-Roma, se los conmina a huir. ¿Qué significa esto? ¿También nosotros tenemos que huir o, al menos, alejarnos, de la política que se corrompe?

Obviamente, sería absurdo una huida -digamos así- geográfica: irse lejos, a algún lugar fuera del alcance de esa política y de los políticos. La tentación más fuerte de huida no tiene esa fisonomía. Lo más común es la huida hacia la indiferencia o hacia lo que hoy se denomina: el sentimiento “antipolítica”. Como ha ocurrido -y, hoy por hoy, ocurre en muchos sitios- esta forma de huida deja la puerta abierta a aventureros que suelen sumergir a los pueblos en formas nuevas de autoritarismo, violencia y deshumanización.

Miremos de vuelta el texto del Apocalipsis. Babilonia es aquí una cifra, una metáfora, una imagen. Con ella se indica aquel cúmulo de desaguisados morales que, desde el corazón, alcanzan la conducta humana, y, desde ella, a todo el cuerpo social. Babilonia es cifra del pecado como aversión a Dios y a la Ley suprema del amor, para volverse sobre sí mismo, haciendo de los propios deseos, la norma suprema de la vida. Ahí anida la corrupción. Babilonia es cifra de un poder decadente y corrompido, que ha dejado morir en quienes lo detentan el soberano imperio de la verdad sobre la propia conciencia.

Huir de Babilonia, para los discípulos de Cristo, no es sinónimo de huida de la política, de la construcción cotidiana del bien común, de la lucha por la justicia, sino todo lo contrario. Que también es lo más exigente. Y lo es, porque es lo más humanizante, a la larga. Se trata de apostar por la virtud, es decir: por el gusto de hacer el bien; de trabajar por la recompensa más alta, la que se mide por la propia honradez y la satisfacción de la obra buena realizada.

Cuentan que el nuncio en la Berlín del Tercer Reich, Cesare Orsenigo, en una de sus habituales e infructuosas reuniones con altos funcionarios del gobierno nazi, cansado de las dilaciones y maltratos ante sus reclamos, le espetó en la cara a un alto ministro del Reich: “Ustedes van a perder la guerra, pero no porque estén enfrentados a las potencias más grandes del mundo, sino porque desprecian toda justicia, la dignidad humana, todo lo que es bueno y moral”. Para pensar.

La regeneración de la política en nuestro país supone una profunda regeneración espiritual que, necesariamente, tiene que brotar desde dentro y desde abajo. Huir del pecado para dejarse conquistar por la gracia de Cristo.

Vivir lo que hacemos cada noche de Pascua, cuando pronunciamos las tres renuncias (al demonio, a sus pompas y al pecado), para poder decir nuestros tres “Sí, creo”: al Dios amor revelado por Jesucristo.

Este, no otro, es el camino cristiano.

Católicos y democracia

En el núcleo ético de la democracia liberal está el reconocimiento de la legitimidad de la pluralidad política: gente que ve la vida de modo diverso, también en lo que hace al bien común y la construcción política del mejor orden justo posible de la sociedad.

En este contexto, las disputas, incluso ásperas y subidas de tono, no significan una lucha por la eliminación del otro. Mi ocasional adversario puede estar equivocado, pero no, por eso, es una mala persona, representante del mal absoluto.

Claro, eso significa que, previamente se da un acuerdo más o menos explícito en torno a algunos valores fundamentales. Cito, al respecto, unas palabras de san Juan Pablo II en el último documento del magisterio católico que se ocupa del tema: “Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana. […] Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia.” (Centessimus annus 46 b).

Me interesa citar esta mirada católica, no solo porque profeso esa fe y soy obispo, sino por un hecho bien conocido: el magisterio católico ha recorrido un arduo camino para dar el paso de aceptar la legitimidad de la democracia. Este paso se ha dado, precisamente por la aceptación por parte de la Iglesia de la pluralidad en la vida social, más específicamente, de la pluralidad religiosa que se da en buena parte de las sociedades modernas.

Fue en el Concilio Vaticano II, con la aprobación de la Declaración sobre la libertad religiosa, Dignitatis humanae. Al reconocer dicha libertad como un derecho civil de las personas, la Iglesia abandonaba para siempre el ideal del estado confesional católico y, por ende, que la unidad de un pueblo estuviera subordinada a la unidad religiosa. Quienes profesan otros cultos o no son creyentes serían objeto de una mera y siempre frágil tolerancia.

Este paso cumplido dentro de la mentalidad católica ha sido fundamental para que, no sin dificultad, los que profesamos esta fe pudiéramos abrazar con convicción interior los valores fundamentales de la democracia, también señalados con claridad por el Papa Wojtyla: “La Iglesia aprecia el sistema de la democracia, en la medida en que asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente de manera pacífica. Por esto mismo, no puede favorecer la formación de grupos dirigentes restringidos que, por intereses particulares o por motivos ideológicos, usurpan el poder del Estado. Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana. Requiere que se den las condiciones necesarias para la promoción de las personas concretas, mediante la educación y la formación en los verdaderos ideales, así como de la «subjetividad» de la sociedad mediante la creación de estructuras de participación y de corresponsabilidad.” (ídem).

Es verdad que, de tanto en tanto, algunos católicos nos sorprenden señalando que la democracia es “solo” un modo como los ciudadanos elegimos a nuestras autoridades. Pienso que es una interpretación minimalista del pensamiento actual del magisterio eclesial.

La Iglesia no tiene autoridad para indicar qué forma de organización política se da a sí mismo un pueblo. Ella misma vive (o sobrevive) en diferentes comunidades políticas. Lo que sí hace es ofrecer una serie de principios que nacen tanto del Evangelio como de una interpretación racional de la condición humana y que permiten evaluar la calidad antropológica y ética de todo sistema político.

En este sentido, es interesante señalar cómo -una vez más con Juan Pablo II- los grandes valores humanos que aseguran la validez ética de todo sistema político son los que, en buena medida, definen desde dentro al sistema democrático.

La democracia, para el pensamiento católico, es más que una forma de elegir autoridad. Supone una cultura: la de la libertad y la conciencia, el diálogo franco y la confrontación honesta, la convivencia en la diversidad y la aceptación de la pluralidad.

Valores todos asentados firmemente en el respeto de la dignidad humana de toda persona. Los derechos humanos son de todos los seres humanos, no solo de los compañeros.  

Ganar al hermano

“La Voz de San Justo”, domingo 6 de setiembre de 2020

“Si te escucha, habrás ganado a tu hermano […] Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos.” (Mt 18, 15.20).

Es posible que estemos viviendo el pico de la pandemia en nuestro país. Es posible. Lo que sí parece muy cierto es que vivimos un pico de agresiones, gritos y un clima generalizado de desconfianza. Cualquier dato es, casi al instante, contrastado con otro que lo desmiente o relativiza. Y así, el desconcierto y la discordia parecen predominar.

En este contexto llega la palabra de Jesús. A ella me remito. En ella me refugio. No porque quiera escapar de la realidad, sino porque solo esa Palabra me devuelve entero a la vida concreta.

¿Qué escucho este domingo? ¿Qué me dice? Dos cosas que me devuelven el ánimo: que cada prójimo es mi hermano o hermana y que, por lo mismo, vale la pena agotar todas las instancias para “ganar al hermano”. Y que, incluso en la situación extrema, seguirá siendo alguien que merece escuchar, como la primera vez, el anuncio del amor de Dios que cura todas las dolencias: como un pagano o un publicano (los preferidos del Señor).

En segundo lugar, que Jesús resucitado está en medio de quienes se reúnen en “su Nombre”. Aquí, más que hablar, hay que contemplar en silencio este misterio. Es el corazón de la experiencia cristiana. Mucho más que el moralismo que, de tanto en tanto, deforma la vida de fe, hasta el aburrimiento. Reunirse “en el Nombre de Jesús” es mucho más que hacerlo porque nos reconocemos sus seguidores (chicos buenos que hacen lo que es correcto). Esa preposición (“en”) indica una dirección de vida, una situación nueva, un clima en el que se ora y se vive: hacia Él vamos, llevados por su Espíritu; en Él estamos, también gracias a su Espíritu. Vivir esa Presencia, y vivir de esa Presencia. Es la mística cristiana que precede y funda todo compromiso ético según el Evangelio.

Pero escuchemos sus palabras completas: “También les aseguro que, si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos” (Mt 18, 19-20).

Vivir según el Evangelio es precisamente eso: en medio de la desconfianza, los gritos y la negación del otro, apostar siempre por la fraternidad que nace de estar ante el Padre de todos, “en el Nombre de Jesús”. Que los gritos no nos impidan ganarnos como hermanos.

La justicia en Argentina

El presidente de la Nación ha propuesto algunas reformas en la justicia. A tal fin, ha enviado un proyecto al Senado y constituido una comisión de expertos. El primero se enfoca solo en la justicia federal penal, mientras que la segunda en el funcionamiento de la Corte Suprema, el Consejo de la Magistratura y el Ministerio público. Como era de esperar, las reacciones a favor y en contra han comenzado a expresarse. Está bien: es lo que normalmente ocurre en una democracia saludable.

Una justicia demasiado largamente esperada

Una mejora sustancial de la justicia es un viejo anhelo de la sociedad argentina. Fue precisamente uno de los temas de fondo que, en medio de la gran crisis 2001-2002, abordó el “Diálogo Argentino”. El documento final que recoge los principales consensos dedica un apartado entero (el nº 7) a la reforma de la Justicia. Comenzaba señalando que la “confianza pública en la Justicia es un elemento fundamental para construir una sociedad más equitativa, respetuosa de la ley, de los derechos de todos y apta para el desarrollo económico y social”.

Indicaba además que, para lograr esa confianza social en la Justicia, “es imprescindible facilitar a todos, y particularmente a los más pobres, el acceso a la justicia, desterrar la impunidad y las situaciones de privilegio; lograr su completa independencia de los otros poderes; asegurar la aplicación de la ley de modo igualitario, y mejorar su eficiencia.” Eran los grandes objetivos consensuados en aquel enorme esfuerzo de diálogo que convocó a tantas personas e instituciones argentinas. Avanzaba también algunas propuestas concretas para facilitar el acceso a este servicio esencial y la despolitización del sistema judicial. En ese sentido, lo que señalaba sobre la reforma de la justicia no podía separarse de lo propuesto para la reforma política.

Compromiso desde la fe

El “Diálogo Argentino” mostró que, en un momento crítico de fuertes tensiones, los argentinos pudimos pensar juntos el futuro común. Después, los vientos amainaron, y todo quedó archivado. Otra historia. De todas formas, este ejercicio de la memoria me permite algunas preguntas: ¿Tenemos los católicos argentinos que seguir interesándonos por la justicia secular y su complejo funcionamiento? ¿Debemos preguntar por la validez y oportunidad de esta iniciativa del presidente Alberto Fernández?

Como discípulos de Cristo, los católicos estamos llamados a tomar parte activa en la edificación de la mejor justicia posible. La fe nos aporta motivos, luces y, sobre todo, la energía inagotable de la esperanza, especialmente valiosa cuando se trata de empresas arduas. Eso sí, cada uno, según su vocación y misión propias. Los pastores no podemos abordar las cuestiones formales y técnicas. Nos compete alentar el compromiso laical, sobre todo, de quienes poseen ciencia y competencia en esta materia. La voz laical de la Iglesia, todo lo ricamente pluriforme que es, tiene que hacerse sentir en el debate público.

Consensos para una reforma verdadera

Caben pocas dudas sobre la necesidad de una verdadera reforma de la justicia en Argentina. Justamente por eso, es legítimo preguntarse por la oportunidad de la iniciativa. La emergencia sanitaria, con su alto grado de incertidumbre, nos ha puesto ante otras urgencias más primarias: la salud y la subsistencia. Es cierto que nunca tendremos escenarios ideales. Una discusión responsable nos obliga a preguntarnos si están dadas, al menos, las condiciones suficientes. Somos además una sociedad con fuertes tensiones internas. Nos cuestan el diálogo y los consensos. Y, cuando se dan, resulta difícil sostenerlos en el tiempo. En materia tan sensible lo óptimo sería el acuerdo más amplio posible. Lo cierto es que el proyecto de reforma está sobre la mesa. Las consultas deberían ser amplias, los diálogos francos y los procedimientos muy transparentes. Para culminar en un debate parlamentario de altura, acompañado por una sociedad interesada y crítica. Una victoria de un sector sobre otros sería, en esta cuestión, una derrota de todos.

Buscando alguna luz en la enseñanza social de la Iglesia, podemos repasar lo que san Juan Pablo II decía, en Centessimus annus, sobre el aprecio que la Iglesia tiene por la democracia, su núcleo ético y su modo de estructurar la sociedad en tres poderes: legislativo, ejecutivo y judicial. Al respecto señalaba: “Tal ordenamiento refleja una visión realista de la naturaleza social del hombre, la cual exige una legislación adecuada para proteger la libertad de todos. A este respecto es preferible que un poder esté equilibrado por otros poderes y otras esferas de competencia, que lo mantengan en su justo límite. Es éste el principio del «Estado de derecho», en el cual es soberana la ley y no la voluntad arbitraria de los hombres” (CA 44). En la delicada arquitectura de la democracia, la justicia es una pieza clave.

Si a este aspecto teórico, por llamarlo de alguna manera, añadimos la preocupación bien concreta por la impunidad de la corrupción, el anhelo ciudadano de una justicia independiente, efectiva y despolitizada añade nuevas y fundadas razones para estar atentos. La sospecha de que esta iniciativa busca nuevas impunidades para viejos vicios de la política merece ser atendida. Esperar que podamos solucionar otros problemas (por ejemplo, económicos o sociales), para recién entonces interesarnos de la corrupción es no comprender cómo realmente funciona la sociedad. Sin instituciones republicanas sólidas, la arbitrariedad hace cada vez más difícil erradicar el mal de la corrupción. Así, la pendiente hacia la pobreza se vuelve más empinada, como lamentablemente venimos experimentando los argentinos.

Una reforma en serio de la justicia es verdaderamente cosa de todos: “res nostra” “res publica”.

Los sentimientos de Jesús

“La Voz de San Justo”, domingo 2 de agosto de 2020

“Al atardecer, los discípulos se acercaron y le dijeron: «Este es un lugar desierto y ya se hace tarde; despide a la multitud para que vaya a las ciudades a comprarse alimentos» […] Y después de ordenar a la multitud que se sentara sobre el pasto, tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, los dio a sus discípulos, y ellos los distribuyeron entre la multitud” (Mt 14, 15.19).

El pasado domingo nos acercamos a las decisiones de Jesús. Hoy, a sus sentimientos. El evangelio de este fin de semana nos habla de ellos. O, mejor: de un sentimiento que, en Jesús es dominante: la compasión.

Jesús acaba de enterarse de la muerte violenta de Juan Bautista. Su impulso primero es irse al desierto. Busca la soledad, no el ensimismamiento. El desierto y la soledad constituyen el ámbito para un encuentro que él busca constantemente. Viven y se mueve en ese encuentro. Busca al Padre. Siente esa necesidad vital.

Sin embargo, un hecho lo hace cambiar de ruta, no de rumbo: la multitud lo busca a él. Es entonces que su deseo de encontrarse con el Rostro del Padre en el desierto da su mejor fruto: “Cuando desembarcó, Jesús vio una gran muchedumbre y, compadeciéndose de ella, curó a los enfermos” (Mt 14, 14). Jesús ve a la muchedumbre y “se le mueve todo por dentro”, diríamos nosotros. Y, de ese sentimiento, nacen dos gestos fuertes: entremezclarse con los enfermos para curarlos y, sin reparar en los límites que impone la situación, dar de comer a la multitud que lo busca.

“Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús”, escribe San Pablo a los primeros cristianos (Flp 2, 5). Han pasado dos mil años, pero sigue siendo la regla de vida fundamental para cualquiera que se reconozca discípulo de Jesús: dejar que su compasión tome por dentro todo lo que somos, deseamos y vivimos. Un proyecto nunca logrado del todo, siempre abierto y desafiante.

Esta semana volveremos a verlo realizado en una figura muy querida, sobre todo por los pobres: San Cayetano, el santo del pan y del trabajo. Él mismo se hizo pan. Él mismo se dejó transfigurar por los sentimientos de Jesús, su maestro y señor.

Las decisiones de Jesús

“La Voz de San Justo”, domingo 26 de julio de 2020

“El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo” (Mt 13, 44).

Hasta tanto aparezca la vacuna del COVID-19 y sea efectiva para la mayoría de la población mundial -además de gratuita-, tendremos que hacernos a la idea de convivir con el riesgo del contagio. Y todas sus consecuencias, entre ellas, la muerte.

Puede parecer duro, pero, bien mirado, ese ha sido y es el estado permanente del ser humano. Ser parte de la especie humana es aprender a convivir con diversos riesgos y amenazas. Y, desde ese lugar, decidir cómo encarar la propia vida.

Por eso, desde distintos puntos de vista, son muchos los que hoy están indicando la necesidad de desarrollar una “ética del riesgo”, tanto a nivel personal como social.

El evangelio de este domingo nos da algunas pistas para pensar, desde la óptica cristiana, los desafíos que implica asumir con responsabilidad este “vivir en situación de riesgo”. Hoy por hoy es la condición de toda la humanidad. Algo tal vez inédito, que esconde también una inmensa oportunidad.

Jesús cuenta tres parábolas: el tesoro encontrado en un campo, la perla fina y la red que recoge del mar toda clase de peces (cf. Mt 13, 44-52).

Con ellas cierra la enseñanza que había comenzado junto al lago, hablándole a la multitud. Ahora, vuelve a la casa con son sus discípulos. El clima es el mano a mano de la cercanía y la confidencia. Si las parábolas están dirigidas al corazón más que a la mente, es Jesús el que abre su corazón y permite asomarnos a sus decisiones más íntimas: qué lo mueve, qué lo sostiene, por qué asume una vida de riesgo continuo (que sabemos cómo terminará).

Al hablar del tesoro y la perla, Jesús nos dice que ha encontrado algo tan valioso que no puede sino ordenar toda su vida en torno a este “tesoro”. Él le llama, usando lenguaje de los salmos y los profetas: el reinado de Dios. Es su Padre que abraza a los pobres, a los heridos, a los que yerran el rumbo. Por eso, su opción más de fondo es vivir en esa tensión: buscando siempre al Padre y abrazando, como Él, a sus hermanos.

Con la última parábola -la red que recoge peces buenos y malos- vuelve sobre lo que ya dijo al hablar del trigo y la cizaña: cada uno tiene que tomar sus propias decisiones, pero el juicio sobre los demás hay que dejárselo a Dios. Él sabe calibrar, mejor que nosotros, lo que hay en cada corazón.

Este mensaje puede ayudarnos. Si miramos a Jesús, tal como nos lo pintan los evangelios, vemos a alguien que es, ante todo, libre y que, incluso en medio de las contradicciones, vive una intensa (y envidiable) alegría. Tal vez por eso, cuando cuenta la parábola del tesoro, no puede sino apostillar: “…y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo”.

Lo cierto es que, a lo largo de la historia, Jesús no deja de compartir esa alegría con los que se animan a mirar la vida como él y de su mano. Nos comparte su mismo Espíritu. Es una posibilidad abierta.

Grieta, diálogo y consenso en el hoy de Argentina

Al menos desde la gran crisis de 2001, la Argentina clama por un consenso amplio que nos permita recuperar rumbo como sociedad. 

Soy de los que piensan que, de funcionar las instituciones de la República, el diálogo que desemboca en semejante consenso debería darse en el Parlamento nacional. En definitiva, para eso sirven las instituciones: para dar cauce a la vitalidad de un pueblo. 

Es lo que pienso, aunque, cada vez más, lo vivo como un sueño que se aleja mientras me despierto y eso que llamamos “realidad” comienza a tomar formas con las primeras luces del día. 

La actual emergencia sanitaria, por ejemplo, ha sido una oportunidad para intentar ese camino. 

Parece una paradoja, pero precisamente situaciones críticas (o límite, si se quiere) suelen ser propicias para esos saltos cualitativos en los que, impulso y rumbo se alimentan recíprocamente. 

Condiciones no faltan, sobre todo en la Argentina profunda que ha vuelto a emerger en este extraño tiempo que nos está tocando vivir. Desde mi puesto de observación como obispo católico lo veo cada día. 

El esfuerzo de nuestro pueblo en estos meses es admirable. Claro que el miedo ha jugado su papel. Pero no hay solo miedo en el corazón de las personas. Otras fuerzas también humanísimas se debaten en nosotros, pujan por salir y, en distinta medida, nos mueven y animan. Si al miedo o a la incertidumbre los miramos de frente, hasta pueden darnos la mano y ayudarnos a caminar.

Tampoco nos faltará espíritu para lo que se avisora como futuro.

Solo que hay una condición para aquel salto que parece cada vez más frágil e imposible: la renuncia de los “halcones” de cada sector social a revolotear sobre las presas que parecen debatirse en sus últimas fuerzas.

Los “halcones” deberían realmente dar un paso al costado. Ante todo como opción fundamental. Como actitud. La misma fuerza para volar y atacar podría encausarse en esa dirección. 

Hoy, la grieta es alimentada, o por precisas opciones ideológicas o por calculada estrategia de poder. O, por ambas: llevar el conflicto hasta el final…

¿Qué se sigue de esta constatación? ¿Desaliento, desesperación, renuncia? Comprendo bien a quienes se debaten en esas opciones. Pienso, sin embargo, que podemos encaminarnos en otra dirección. 

Obviamente, no dejo de ver, en esta opción que propongo, el influjo de la fe en Dios que compartimos tantos hombres, mujeres y comunidades argentinos. En mi caso, la fe en el Dios amor del humanismo cristiano y la tradición católica. 

Es la opción por la paciencia como forma de la esperanza. No es pasividad, sino espera activa que concentra las energías en los pequeños grandes encuentros que, desde dentro, van construyendo la vida.

Francisco, el papa argentino, suele decir que hay que “caminar la paciencia”.

Es, en definitiva, la apuesta que cada ciudadano hace hoy, cada día, cuando, vencidos los miedos e incertidumbres tan vivos en estas horas, se calza el tapaboca y sale a trabajar, vivir y soñar.

Estamos aprendiendo que, en el hoy de Argentina, las palomas cuidan la vida mejor y más eficazmente que los halcones.

O, en palabras de Jesús: ovejas en medio de lobos, astutos como serpientes, sencillos como palomas (cf. Mt 10, 16).

Y Jesús se puso a hablar en parábolas

“La Voz de San Justo”, domingo 12 de julio de 2020

“Aquel día, Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar. Una gran multitud se reunió junto a él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa. Entonces él les habló extensamente por medio de parábolas. Les decía: «El sembrador salió a sembrar…»” (Mt 13, 1-3).

Es bueno que, en esta hora aciaga, Jesús salga de la casa, se siente a orillas del mar (¡qué imagen!) y vuelva a hablarnos en parábolas. ¡Cómo lo necesitamos!

Es que la parábola nos invita a mirar hondo y lejos. La realidad no es eso que solemos llamar “realidad”. La hemos reducido a lo que vemos o sentimos. Pero cuando Jesús habla, sus palabras van descubriendo dimensiones nuevas de las cosas.

Habla de un sembrador y sus semillas; de una mujer, su masa y la levadura; de un árbol que crece a partir de una pequeña semilla, de una red que recoge peces de todo tipo. Seguirá hablando en parábolas, contándonos de eso que él llama: el “Reinado de Dios”, una expresión que le ha quedado dando vueltas por el corazón desde que aprendió a cantar con los salmos: “Digan entre las naciones: «¡el Señor reina! El mundo está firme y no vacilará” (Salmo 96, 10).

Solo que, en Jesús, esa apelación al poder real de Dios se transforma radicalmente. Y es lo que, una y otra vez, intenta decir con las parábolas: ese poder no es el de un déspota autoritario, sino el de un Padre con entrañas de madre. Es el poder que está en el origen de todo, que acompaña a cada ser humano y acaricia todas las heridas. Es amor y compasión, misericordia y perdón.

Esa es la semilla que el sembrador esparce por tierra, casi haciendo alarde de despreocupación. El sembrador siembra siempre, con generosidad, sin dejarse intimidar por lo agreste del terreno. Sabe del poder de su semilla, pero también de lo que es capaz de hacer cuando encuentra un poquito de tierra buena.

Notemos de paso que Jesús echa manos más asiduamente de las parábolas cuando constata la hostilidad de algunos y la indefinición de otros frente a su mensaje. No se resigna. Menos aún se queda mascullando bronca. Su decisión de hacer oír esta “buena noticia” se hace más intensa y hasta tozuda.

Su última parábola será el mismo. La pronunciará más con el cuerpo crucificado que con palabras.

Para escucharla, tenemos que abrir ahora el evangelio de Juan. Allí encontramos la misma imagen, pero más directa y fuerte: “Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado. Les aseguro que, si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12, 23-24).

Parábola que dice la realidad más alta: Dios está ahí, muriendo por nosotros. Redimiendo al mundo.

La bandera del arco iris

La bandera del arco iris representa a la comunidad LGTBQI+ y sus reclamos.

Más que verla ondear en sitios oficiales, creo que resulta de mayor eficacia atender a esos reclamos concretos, sobre todo a los de trabajo, salud, seguridad social y vivienda. Sin olvidar el compromiso por desterrar toda forma de violencia hacia las personas en razón de su orientación sexual.

Podemos estar en legítimo desacuerdo sobre algunas de sus expresiones y las ideas filosóficas que las sustentan. Esos debates no se zanjan de manera voluntarista, ni siquiera por la sanción de leyes. Requieren tiempo y paciencia para pensar, expresarse y dialogar.

Ya san Pablo VI, citando la enseñanza de “Mater et magistra”, nos recordaba a los católicos la necesidad de discernir las justas aspiraciones que expresan los distintos movimientos históricos de las doctrinas filosóficas que se vinculan a ellos, especialmente si incompatibles con la doctrina católica (cf. OA 30). Es lo que pasa hoy con las distintas corrientes del “gender”, por ejemplo.

En lo que sí podemos y debemos converger es en el reconocimiento de la dignidad de todo ser humano como persona. La democracia se afirma o se desmorona en el reconocimiento o no de ese principio basilar.

Para los creyentes, cada persona es imagen de Dios. Los cristianos además somos invitados a reconocer en cada ser humano, especialmente si frágil y vilipendiado, a Cristo mismo.

Todos tenemos ser tratados con “respeto, compasión y delicadeza”, como sabiamente enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (n° 2358).

Esa será siempre la opción del humanismo cristiano de la tradición católica que se inspira en el Evangelio.

Un vaso de agua fresca

“La Voz de San Justo”, domingo 28 de junio de 2020

“Les aseguro que cualquiera que dé a beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa.” (Mt 10, 34).

Jesús tiene razón: siempre hay alguien que se anima a dar, aunque más no sea, un vaso de agua a quien lo necesita. Y lo puede afirmar, porque él está ahí, en cada gesto de humanidad, de compasión y de misericordia. Tal vez, la persona no lo sepa o no lo vea, pero Jesús está ahí: en el sediento y en la angustia de su sed.

Un conocido dicho latino afirma que solo lo pequeño hace justicia a la grandeza divina. Dios se complace en habitar lo pequeño. Ahí está más cómodo. Por ahí hay que buscarlo.

Lo enseñará explícitamente a los suyos: “tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver… Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt 25, 35-36.40).

Escribía el papa Francisco, mirando esta hora de la humanidad en pandemia: “Este es el tiempo propicio de animarnos a una nueva imaginación de lo posible con el realismo que solo el Evangelio nos puede proporcionar.”

¿Puede ser realista la imaginación? ¿No es lo suyo despegarnos -al menos un instante- de la gris monotonía de lo real?

Para el discípulo de Jesús, imaginación y realidad se dan la mano, se potencian y estimulan recíprocamente. Es que en el corazón del Evangelio está la experiencia más desconcertante: Dios se ha hecho hombre, se ha vuelto pequeño, ha entrado en la sed de todo sediento.

Él acepta que le demos de beber, dándonos el agua fresca de su Espíritu.