La alegría del amor


“La Voz de San Justo”, domingo 20 de enero de 2019








“Como un joven se casa con una virgen,
así te desposará el que te reconstruye;
y como la esposa es la alegría de su esposo,
así serás tú la alegría de tu Dios”. (Is 62,5).





Este domingo, los cristianos escuchamos el relato de las Bodas de Caná (Jn 2,1-11). Es el primero de los siete signos que encontramos en la primera parte del evangelio de San Juan. Cada uno de ellos nos muestra un aspecto de la persona de Jesús.  En esta ocasión, el símbolo de las bodas nos ayuda a comprender quién es realmente Jesús y cuál es el sentido de su misión. Lo podemos resumir en dos palabras: amor y alegría.





Pero ¿podemos seguir hablando hoy de bodas, amor y alegría? ¿No es la relación entre el varón y la mujer, más allá de la poesía romántica, una de las fuentes más arraigadas de opresión? ¿No tendríamos que romper este estereotipo rígido dejando paso a relaciones más fluidas? ¿Puede realmente el ser humano vincularse con otro de esta manera? ¿O, irremediablemente, debemos contentarnos con la soledad, tibiamente aliviada por los consuelos fugaces del “poliamor”?





Se formulan estas u otras preguntas similares. Y se buscan respuestas. Se piensa y se escribe mucho al respecto. Los seres humanos somos así: no podemos dejar de buscar respuestas a nuestros interrogantes.





Junto a las respuestas reflexivas (insustituibles, por cierto), la mayoría de las personas intentamos resolver estas cuestiones en nuestra vida concreta. Allí crecen nuestros vínculos, más allá incluso de nuestras posturas ideológicas. Es la verdad de la vida que asoma su rostro toda vez que el amor comienza a germinar en el corazón.





A esa experiencia apela el mensaje del Evangelio. Dios mismo -que es amor- ha puesto esa pasión en nuestros corazones. Si nos sumergimos en los evangelios y dejamos que la persona misma de Jesús nos hable e interpele, es posible que podamos encontrar respuestas que nos pongan en el camino correcto.





Por ejemplo, la vida y pasión de Jesús nos muestran que solo en la “reciprocidad” el ser humano encuentra mucho de lo que busca. Reciprocidad quiere decir: si busco amor, tengo que estar dispuesto a amar. Si quiero ser tratado con humanidad, ofrezco aquello mismo que pido para mí. En la misma medida y con la misma intensidad. No pretendo ser dominio de nadie, pero también renuncio a poseer a otro como si fuera una cosa que me pertenece y de la que dispongo a voluntad.





Claro, el evangelio añade un plus fundamental: en Jesús, Dios ha sanado y salvado la capacidad de amar de los hombres.
El encuentro con ese amor gratuito es la fuente de la alegría más grande.

Soñando Argentina

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¿Nos atrevemos a soñar la Argentina de este 2019 que estamos a punto de iniciar? ¿Cómo la imagino y sueño yo?

En realidad, no sueño con una Argentina muy distinta de la que hoy tenemos.

Me explico. Claro que hay muchas cosas por superar: el deterioro espiritual y social que no logramos detener, la corrupción estructural que está a la base de la pobreza que golpea a una tercera parte de nuestro pueblo, especialmente a los niños. Nos duelen los rostros de la pobreza, pero no terminamos de decidirnos a enfrentar la enfermedad de la corrupción.

Lo que no puedo imaginarme es una Argentina sin nosotros, los argentinos reales que hoy transitamos sus caminos. Y pienso en todos, no solo en los que ven, sienten y creen como yo. Los de mi palo.

No puedo soñar una Argentina con gente que se quede afuera. Claro que algunas opiniones o puntos de vista me incomodan. Algunas también me enojan. Pero ¿es esto razón suficiente para excluir? Me resisto a pensar así, y si, por alguna razón esos sentimientos me invaden, trato de que no se apoderen de mí. Menos aún de mis decisiones o palabras.

Sueño con una Argentina en la que se discutan a fondo las ideas, los proyectos de país y los valores. Acaloradamente y con pasión. También sacándonos chispas. Pero que esa discusión no cruce la frontera del ataque descalificador del otro, buscando su exclusión o – peor aún – su eliminación.

Si, por un instante, dejáramos de colgarnos las etiquetas infamantes que solemos emplear para negarnos subjetividad: ¡Gorila! ¡Choriplanero! ¡Feminazi! ¡Antiderechos! (Y podría seguir un largo etc). Si dejáramos entrar en nuestro espacio lo que el otro siente y vive, pienso que lograríamos afianzar una de las virtudes fundamentales de la convivencia ciudadana: la reciprocidad.

¿Qué significa? Aquello que, con diversas formulaciones, encontramos en todas las grandes religiones y sistemas morales. Suena así: “Tratá a los demás como querés que los demás te traten a vos”. Eso es reciprocidad: estar dispuesto a dar al otro lo que pido para mí mismo.

Claro, todo esto supone una condición que puede resultar difícil: humildad. Sin embargo, si lográramos aprender de nuestros errores (los pasados y los actuales), tal vez, podríamos reconocer que, hoy por hoy, no hay mesías providenciales que tengan la llave del futuro. Aprenderíamos humildad. Solo una humildad compartida le da la mano a una verdadera reciprocidad.

Este sueño es potente. Al menos, para mí, como ciudadano, cristiano y obispo, me compromete en lo más profundo. A él quiero dedicarle mis energías en este año que estamos a punto de estrenar.

Este es mi sueño. Al compartirlo, deja ya de ser solo mío. Lo he puesto en las manos y el corazón de quien quiera escucharlo y hacerlo suyo.

¡Bendecido año 2019!

¿Navidad es Jesús?

Las expresiones religiosas en los espacios públicos suscitan, cada vez, más reacciones. En nuestro país, por ejemplo, después del reciente debate sobre el aborto, la cuestión de la presencia pública de las religiones ha generado un clima polémico. Campañas como la separación Iglesia-Estado o las así llamadas “apostasías colectivas” son un signo de ello.

Un significativo campo de batalla de esta polémica son las redes sociales. Entrecruzarse de opiniones, diatribas, insultos, argumentaciones “ad hominem”, chicanas, etc. Pero también, aquí y allá, ideas más o menos sensatas.

Una última escaramuza ha tenido lugar en estos días navideños, pues el gobierno de la ciudad de Buenos Aires aceptó una propuesta de ACIERA, entidad que nuclea a varias Iglesias evangélicas, ha difundir por diversos medios públicos la frase: “Navidad es Jesús”.

La frase es bien conocida por los cristianos. Se usa, incluso como hashtag, desde hace varios años y con el objetivo de rescatar el perfil religioso y evangélico de la Navidad. Frente al consumo o lo que muchos juzgan una “paganización” de la fiesta del nacimiento de Cristo, resulta bueno recordar su origen y contenido religioso.

Entre las reacciones de crítica, me llamó la atención un Tuit del 23 de diciembre de la conocida escritora Claudia Piñeiro que es muy elocuente. Dice así:

“¿Hace falta explicar la diferencia entre que alguien diga “feliz navidad” a “navidad es Jesus”? De verdad? Uno es saludo, el otro propaganda religiosa”.

No voy a entrar en el fondo de la cuestión si es legítimo o no que en el espacio público se puedan dar este tipo de “propagandas religiosas”, al decir de Piñeiro. Solo apunto que no hay que confundir lo público con lo estatal; que el espacio público es de todos y todos tenemos derecho a expresarnos en él; y que el estado, en todo caso, debe regular para que nos respetemos y no se haga un uso indebido de lo que es de todos.

Quiero apuntar en otra dirección, que está también en el fondo de la cuestión. Lo formulo así: la sociedad plural configura un espacio público en el que se dan cita múltiples personas, grupos y voces. Esto nos plantea un desafío formidable como sociedad y como ciudadanos: aprender a convivir en la diferencia.

Es decir: la convivencia ciudadana supone un conjunto de virtudes: aceptación y respeto por el otro, alteridad y empatía, reciprocidad, tolerancia y trato justo, paciencia y disposición para salvar siempre la parte del otro, etc. No en última instancia, la convivencia ciudadana supone una cuota bastante alta de buen humor, que se nutre de esa capacidad tan humana de percibir y relativizar solemnes incoherencias, desproporción entre lo que se aspira, dice y obra, etc.

Entre paréntesis: el humor siempre va de la mano de la fina ironía e incluso de algunos márgenes legítimos de sátira y crítica mordaz. Límites siempre imprecisos que, en ocasiones, se precipitan hacia esa frontera del agravio gratuito. De todos modos, que existan estas expresiones agraviantes es el alto precio que tenemos que pagar por ser realmente libres. Cierro el paréntesis.

Creyentes y no creyentes, laicos y religiosos tenemos que crecer en nuestra capacidad de convivir y de aceptar que en el espacio público que compartimos no es justo que tengamos que suprimir nuestra condición de tales, por ejemplo, jugando a que los creyentes, para ser ciudadanos, tenemos que aparecer como ateos (por unos instantes, pero “de mentirita”), o al revés.

Aceptar que el espacio público que construimos cada día, en ocasiones se convierte en una plaza en la que todos hablamos a la vez, sin comprendernos del todo, pero que, también en otros momentos, se puede dar el diálogo sereno y, sobre todo, esa experiencia altamente ciudadana que nos permite, en la diferencia, reconocer que somos sujetos, semejantes y compañeros de camino.   

Relaciones humanas en “modo Jesús”

Seguramente, Jesús habrá escuchado varias veces lo que parecía ser lo “normal” en su entorno: “la mujer es inferior al varón en todo”.

Propiedad de su padre primero y de su marido después, la mujer era prácticamente nada fuera de la familia. Cuidar la casa, dar descendencia, ser discretas. Ese es su lugar en el mundo.

No estoy hablando de la Biblia, sino del contexto cultural en el que crece Jesús. Aunque predomina en las Escrituras una visión masculina (hoy dirían algunos: “patriarcal”), varios de sus relatos claves tienen como protagonistas a mujeres por las que pasa el hilo rojo de la historia de la salvación. Con esa tradición entronca Jesús.

Lo primero que nos admira, a leer los relatos evangélicos, es la naturalidad con que Jesús se sale de los estereotipos. Su trato con las mujeres sí que es normal. Las incluye entre sus seguidores. A algunas las ha rescatado incluso de la marginación. “Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios”, les dice sin anestesia a algunas autoridades religiosas que lo interpelan (cf. Mt 21, 31).

Es más. Contra la doble moral que privilegia al varón, señalando hipócritamente que la mujer es peligrosa fuente de tentación, Jesús da vuelta el enfoque machista: “Ustedes han oído que se dijo: «No cometerás adulterio». Pero yo les digo: El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón” (Mt 5, 27-28).

Jesús es un adulto que trata como adultos a todos los que se acercan a él. En una sociedad donde la mujer no tiene subjetividad (como una “cosa” que se posee y usa), Jesús muestra que, para Dios su Padre, la realidad es distinta. Trata a las mujeres como sujetos en pie de igualdad con el varón.

Podríamos releer varios pasajes evangélicos. Solo anoto uno: “Lo acompañaban los Doce y también algunas mujeres que habían sido curadas de malos espíritus y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, esposa de Cusa, intendente de Herodes, Susana y muchas otras, que los ayudaban con sus bienes” (Lc 8, 1-3).

¿Qué significan aquí este poder curativo de Jesús? No pensemos en “El exorcista”, ni en nada raro o paranormal. Jesús ha sido, para esas mujeres, un varón que las ha reconocido en lo que son: sujetos con dignidad humana. No ha generado dependencias tóxicas ni humillantes. Ha hecho lugar a una reciprocidad en la que crecen, por igual, la libertad, la identidad y la colaboración.

Ese es su “poder divino”: humanizar.

*     *     *

La sociedad argentina está impactada. Comienzan a salir a la luz casos de varones que, aprovechando su posición dominante, han sometido a mujeres a diversas y aberrantes formas de abuso. Historias que nos sacuden.

¿Está en marcha un cambio cultural irreversible y superador? Pregunta abierta. La conciencia y libertad de cada uno están convocadas a responder.

Por cierto, el “modo Jesús” de relación nos interpela. Ante todo, a quienes somos sus discípulos e intentamos vivir de acuerdo con su Evangelio en la Iglesia. Pone en crisis nuestra mentalidad y nuestras formas de tratarnos y de vincularnos. Entre otras consecuencias, hacia esos replanteos de fondo nos está llevando la grave crisis de los abusos en la misma Iglesia: abusos de poder, de conciencia y sexuales.

Para Jesús, cualquier forma de autoridad es servicio y se vive en el desapego de sí, la entrega generosa de la propia vida y, sobre todo, desde la perspectiva de los más débiles. Para Jesús, y en el surco del proyecto originario del Creador, los seres humanos estamos llamados a cuidarnos unos a otros. Somos responsables los unos de los otros. Cualquier asimetría que pueda darse entre las personas (de rol, de edad, etc.), debe ser vivida desde ese enfoque fraterno.

Este “modo Jesús” de vivir las relaciones humanas pone el dedo en la llaga. Es una crítica a fondo de la cultura que hace posibles los abusos: el persistente machismo, diversas formas de narcisismo, la deshumanización y banalización de la sexualidad, la erotización precoz de niños y adolescentes, la manipulación de las personas.

Para quienes tenemos fe en Dios, esta capacidad de humanizar de Jesús manifiesta que Él realmente viene de Dios y es Dios. Un Dios que se ha hecho hombre y que nos salva humanizando y sanando nuestros vínculos.

El Espíritu de Jesús nos alienta para recorrer ese camino. ¿No sentimos su fuerza en todo esto?

Navidad, dignidad y democracia

Enseguida explico las dos o tres ideas que quiero compartir con ustedes en esta fecha, recordando aquel 10 de diciembre de 1983 que algunos custodiamos en nuestra memoria con una mezcla de respeto y nostalgia ciudadanas.

Ahora quiero ir al hueso de lo que me moviliza. Lo formulo así: A treinta y cinco años de haber “recuperado la democracia”, ¡cómo se extraña un gran acuerdo de fondo entre todos los ciudadanos argentinos! Un acuerdo sobre valores compartidos y unos pocos caminos comunes para concretarlos.

Lo tenía que decir. Es lo que me agita más hondamente. Creo saber cuáles son las críticas a este planteo ¿ingenuo, principista e idealista? Sé también que, en tiempos electorales, cuando los leones se vuelven herbívoros y las encuestas dictan cátedra de corto plazo, este tipo de planteos suenan extraños.

Solo me queda decir: ¡viva la libertad de conciencia y de expresión! Mientras podamos, usemos de ellas… Pero, estemos alerta. Los enemigos de la libertad suelen encontrar razones para ahogarla.

* * *

Ahora a lo que quería compartir con ustedes.

Para esta conmemoración, se me ocurrió hace un tiempo releer el radiomensaje de Pío XII en la Navidad de 1944. Era la sexta y última Navidad de una Europa devastada por la guerra.

En medio de esa destrucción, el Papa Pacelli ve una señal de esperanza. Lo expresa así: “Una idea, una voluntad cada día más clara y firme surge de una falange, cada vez mayor, de nobles espíritus: hacer de esta guerra mundial, de este universal desbarajuste el punto de partida de una era nueva, para la renovación profunda, la reordenación total del mundo”.

El sabio Pontífice observa cómo, mientras los ejércitos siguen contendiendo, “los hombres de gobierno… se reúnen en coloquios y conferencias, para determinar los derechos y los deberes fundamentales sobre los que se debería reedificar una unión de los Estados, para trazar el camino hacia un porvenir mejor, más seguro, más digno de la humanidad”.

¿Solo reconstruir edificios? No, claro. La guerra dejaba heridos los cuerpos y las almas. La reconstrucción se presentaba, ante todo, como una empresa espiritual y ética. El mundo necesitaría movilizar sus energías más preciosas para esta tarea sobrehumana.

Europa, por su parte, tenía a disposición ese patrimonio espiritual inmenso que es el humanismo sobre el que había edificado sus mejores logros. Ahora había que ponerlo en juego nuevamente.

Pío XII ofrece su aportación. Abrevando en las caudalosas fuentes del humanismo cristiano, el Santo Padre reflexiona sobre la democracia. Se enfoca en dos puntos: qué tipo de ciudadanos requiere lo que hoy llamaríamos la “cultura democrática” y, por ende, qué tipo de dirigentes políticos supone la misma.

* * *

Antes de seguir, una aclaración importante: la de Pío XII no será la última palabra de la Iglesia sobre el tema. Apenas caído el Muro de Berlín, San Juan Pablo II ofrecerá, en la gran encíclica Centessimus annus, una actualización de la enseñanza católica, superando algunos límites del discurso de su sabio predecesor. ¿En qué punto? En uno fundamental: mientras que Pío XII parecía condicionar la aceptación de la democracia a que esta asumiera la visión del hombre, la justicia y el bien común del cristianismo, el Papa Wojtyla solo lo indicará como una condición para el funcionamiento correcto del sistema democrático. Este tiene, en sí mismo, su propia legitimidad porque pone en el centro la dignidad de la persona humana, sus derechos y deberes, asume el estado de derecho y la división de poderes. No es una diferencia menor.

* * *

El Papa Pacelli comienza tomando nota de un hecho: “los pueblos… se han como despertado de un prolongado letargo. Ante el Estado, ante los gobernantes han adoptado una actitud nueva, interrogativa, crítica, desconfiada”.

La experiencia vivida los ha aleccionado a exigir un sistema de gobierno que respete la dignidad de los ciudadanos. Precisamente, el no haber vigilado mejor a los poderosos y sus desbordes autoritarios es lo que ha precipitado el mundo a la guerra.

Anota entonces: “¿hay acaso que maravillarse de que la tendencia democrática inunde los pueblos y obtenga fácilmente la aprobación y el asenso de los que aspiran a colaborar más eficazmente en los destinos de los individuos y de la sociedad?”.

¿Cuáles son entonces las condiciones que hacen más sana y equilibrada a una verdadera democracia, en todas las posiblesformas en que esta se puede realizar?

Dos derechos son fundamentales, desde la perspectiva del ciudadano: dar la propia opinión y, en consecuencia, no verse obligado a obedecer sin antes haber sido oído. Aquí hay una preciosa indicación, algo así como un presupuesto antropológico ineludible para una democracia con buena salud: que el ciudadano sea sujeto con opinión propia, fundada y formada a conciencia; que la pueda manifestar y, a través de medios justos, hacerla valer para dar su contribución al bien común.

No hay democracia con autómatas sino con ciudadanos libres, activos, responsables y conscientes. Aquí surge inevitable una cuestión: hoy por hoy, ¿qué condiciones hacen posible semejante altura espiritual y ética de los individuos? ¿Cómo ser realmente libres habida cuenta de la presión constante que lo políticamente correcto ejerce desde sus cátedras indiscutibles, en los medios, los centros de poder y de opinión?

A continuación, el Papa Pacelli enhebra un discurso en el que, con precisión de orfebre, caracteriza una condición indispensable para que la vía democrática sea posible y el Estado no degenere en totalitarismo: que el conjunto de los ciudadanos deje de ser una masa amorfa, inerte y dúctil, presa fácil de líderes tóxicos y autoritarios, y sea realmente un pueblo con vida propia.

“El pueblo – señala el Pontífice- vive de la plenitud de la vida de los hombres que lo componen, cada uno de los cuales – en su propio puesto y a su manera – es persona consciente de sus propias responsabilidades y de sus convicciones propias… En un pueblo digno de tal nombre, el ciudadano siente en sí mismo la conciencia de su personalidad, de sus deberes y de sus derechos, de su libertad unida al respeto de la libertad y de la dignidad de los demás”.

Por el contrario, cuando una democracia no cuida la calidad del ciudadano como sujeto personal, libre, activo y responsable, libertad e igualdad se deforman hasta convertirse en un triste remedo.

Pienso que, bien leídas estas reflexiones del Papa Pacelli, pueden ayudarnos a afinar nuestra mirada y, sobre todo, a tener lucidez crítica ante el emerger de formas nuevas de populismo, tanto de izquierdas como de derechas.
De los párrafos que Pío XII dedica a la descripción de las características de los hombres y mujeres que deben ejercer el poder público en las democracias, solo resalto la centralidad que da a los legisladores, miembros de los parlamentos.
La buena salud de una democracia depende, como de una condición indispensable, de la calidad de sus parlamentarios. Y esta condición, a su vez, remite a otra: la buena salud espiritual y ética de los ciudadanos que conforman un pueblo.

* * *

No me extiendo más.

Solo una anotación final.

Releyendo el Mensaje para redondear estas ideas, me percaté de esta frase, escrita al inicio del texto pontificio: “Navidad es la fiesta de la dignidad humana”.
De ahí el título de esta columna: Navidad, dignidad y democracia.

Solo eso.

II° Jornada de los pobres

Este año, el lema de la IIª Jornada Mundial de los pobres está tomado del Salmo 34: “Este pobre gritó, y el Señor lo escuchó” (Sal 34,7). El pobre grita, Dios lo escucha y lo libera. Estos tres verbos articulan el Mensaje del Papa Francisco. 

El salmo es oración. El salmista es un pobre que cree en Dios y ora. En su angustia, se dirige al Dios amigo de los pobres. Se ha sentido escuchado y, ahora, lo cuenta para que otros que pasan por lo mismo, encuentren una puerta a la esperanza. Ha hecho la experiencia religiosa fundamental: para Dios, él no es un número o un objeto borroso. Él es un sujeto vivo, un “tú” al que Dios se dirige con atención. Con Él puede entablar un diálogo, hablar, escuchar y sentirse acogido.

Esta experiencia fundante ha sido recogida por la reflexión cristiana en uno de sus conceptos más significativos: el hombre es persona. Esa es su dignidad y así ha de ser tratado.

Cualquier mirada a la pobreza debe hacerse cargo de esta paradoja: nunca como en estos últimos cien años, tantos seres humanos han logrado salir de la pobreza. Por otra parte, nuestro tiempo ve crecer no solo la desigualdad sino también formas aberrantes de indiferencia y de “odio al pobre”. Pensemos, por ejemplo, en el crecimiento de la xenofobia o del rechazo del inmigrante. Algunas voces así ya comienzan a hacerse sentir entre nosotros.

En Argentina, además, el drama de una pobreza consolidada y creciente expresa como pocos nuestra propia decadencia espiritual, ética y cultural. Humanidad en crisis.

Los discípulos de Jesús, aún con miradas distintas sobre las causas de la pobreza y los remedios más eficaces para superarlas, tenemos un sólido punto de referencia: Cristo, nuestro Señor, se identifica con los pobres y, desde ellos clama e interpela. La opción por los pobres nace del núcleo de nuestra fe en Jesucristo.

La Jornada anual de los pobres tiene una finalidad precisa: a la vez que provocar nuestra reacción contra la cultura del descarte y la indiferencia, se propone propiciar la que el Papa llama: la cultura del encuentro. Eso significa: descubrirnos hijos y hermanos, sentados a la misma mesa, no por dádiva, sino por dignidad. La dignidad de hijos e hijas de Dios.

Ninguna ideología o programa político, por legítimo que sea, puede dejar de contar con la fuerza verdaderamente revolucionaria de esa experiencia, a la vez, religiosa y humana.

Una Iglesia misionera, pobre y solidaria

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https://youtu.be/-2Uyk7G7PeM

 

Carta Pastoral del Obispo Sergio O. Buenanueva

San Francisco, 11 de noviembre de 2018

A los fieles católicos de la Diócesis de San Francisco.

Queridos hermanos y amigos:

¡Paz y Bien para todos!

Los obispos argentinos acabamos de concluir nuestra última reunión del año: la 116ª Asamblea Plenaria.

Como siempre, hemos abordado varios temas de la vida de nuestra Iglesia y de nuestro querido país.

Quiero decirles, ante todo, que ha sido un momento muy intenso de fraternidad, oración y discernimiento. Le doy gracias a Dios por ello.

Entre los muchos temas que hemos abordado, uno ha concitado la atención de los medios de comunicación, incluso antes de que empezáramos. Se trata del diálogo que venimos teniendo, desde la Conferencia Episcopal, con el Gobierno sobre los aportes del Estado Nacional al sostenimiento de la Iglesia que, cada año, forman parte del Presupuesto que aprueba el Congreso de la Nación.

Este año que se termina, como pocas veces, ha visto un fuerte debate sobre la legitimidad de esos fondos que el Estado destina a la Iglesia Católica.

En nuestra Asamblea, reservamos un tiempo generoso a este tema. Ante todo, para informarnos del estado actual del diálogo con el Gobierno. Abierto el intercambio, avanzamos en varios puntos, para terminar, tomando algunas decisiones importantes.

De esto quiero hablarles.

Ante todo, decirles que el diálogo que tuvimos los obispos ha sido muy bueno. Tuvimos que darnos tiempo, no solo para informarnos, sino también para ahondar una mirada evangélica sobre este tema.

En definitiva, de lo que se trata, es de discernir qué quiere el Señor de su Iglesia, aquí en Argentina con nuestra historia, logros, defectos y dificultades.

Esto ha sido realmente muy consolador: hemos escuchado al Señor que nos invita a la confianza, audacia y valentía del Evangelio. Nos sentimos gozosamente llamados a ser una Iglesia misionera, pobre y para los pobres. Nos hemos visto cálidamente urgidos a vivir a fondo la solidaridad, el compartir bienes, talentos, carismas.

Todo esto nos ha hecho mucho bien. Aquí, incorporo una reflexión muy personal. El único escrito que ha salido de nuestra Asamblea es la declaración: “Pascua riojana, alegría de toda la Iglesia”.

Es nuestra lectura creyente y de pastores de esa gracia que Dios nos está haciendo con la próxima beatificación de los cuatro mártires riojanos: el obispo Enrique Angelelli, los sacerdotes Carlos Murias y Gabriel Longeville y el laico Wenceslao Pedernera.

Pienso que esa palabra fuerte de Dios que es siempre la entrega de los mártires, escuchada y rubricada solemnemente por la Iglesia, nos está indicando el camino a seguir.

Los mártires son siempre, en la diversidad de circunstancias concretas de su ofrenda sacrificial, testigos de la libertad de Cristo frente a los poderes del mundo. Ellos llevan hasta sus últimas consecuencias la potencia transformadora del primer mandamiento: solo Dios es el Señor, lo amarás con todo el corazón y sobre todas las cosas… Y al prójimo, como a vos mismo.

Estimulados por este ejemplo, hemos tomado algunas decisiones importantes, a saber:

  1. Ante todo, dar nuestra aprobación para que prosigan los diálogos con el Gobierno en orden a una progresiva disminución – hasta su desaparición – de este aporte del Estado a la Iglesia (el Presupuesto de Culto). El Gobierno nacional, por su parte se ha comprometido a desarrollar algunos instrumentos para facilitar que los fieles católicos puedan seguir aportando al sostenimiento de la Iglesia.
  2. Crear una Comisión Episcopal para pensar mejor, y de manera más integral, el sostenimiento de la obra evangelizadora de la Iglesia en Argentina, atenta, especialmente, a desarrollar los instrumentos aptos para reemplazar el aporte del Estado que irá disminuyendo.
  3. En orden a esto, crear ya mismo un Fondo Solidario que vaya recogiendo el aporte de todos para suplir los recursos que hasta ahora han ido viniendo del Presupuesto de Culto. Algunas diócesis ya han declarado estar en condiciones de iniciar la formación de este Fondo. Otras nos iremos sumando en breve. Cada una según sus posibilidades.

Llegados a este punto surgen algunas preguntas importantes.

El Estado dejará esta forma – bastante anacrónica, por cierto – de aportar a la misión de la Iglesia. Podemos, sin embargo, preguntarnos: el Estado, en cualquiera de sus niveles, ¿puede desentenderse sin más de las actividades religiosas de los ciudadanos? La respuesta es clara: no, no puede. Es su deber interesarse activa y concretamente de todo lo que es un  interés legítimo de los ciudadanos, sea en áreas culturales, artísticas, solidarias o deportivas. También en las religiosas. El Estado debe cuidar y promover los valores espirituales y éticos de los ciudadanos, pues, por sí mismo, no los puede generar, menos aún imponer.

Por eso no hablamos de una “renuncia”. Esta podría ser un gesto clamoroso pero, a la larga, injusto y nocivo. Los ciudadanos tenemos que ayudar al Estado a cumplir su misión de servicio a la sociedad y ciudadanos reales del país.

En segundo lugar, la pregunta que nos atañe a nosotros, los católicos. Más en concreto: a nosotros, católicos de la diócesis de San Francisco que vivimos nuestra fe y edificamos nuestras comunidades cristianas en una zona próspera de Córdoba y de Argentina. La formulo así: ¿No tendríamos que intensificar nuestra solidaridad, compartiendo con más generosidad lo que Dios nos ha regalado: recursos, carismas, tiempo y talentos?

El “genio piamontés” también se siente en nuestras parroquias y comunidades: por lo general, con finanzas ordenadas, sin lujos ni excesos, pero con necesidades básicamente satisfechas.

Obviamente, siempre tendremos que estar atentos a no dejarnos tomar por la “idolatría del dinero’, olvidando la cultura del trabajo, la responsabilidad social por el bien común y el valor de la producción por encima de la renta y la especulación; valores que hemos legado de nuestros mayores.

El Estado podrá seguir ayudando o no, lo cierto es que nuestra Iglesia seguirá dando lo mejor de sí al servicio del Evangelio y, de manera especial, de los más pobres. Como la viuda pobre y sus dos moneditas de cobre del Evangelio de este domingo.

Nosotros no podemos desentendernos de nuestros hermanos más necesitados. No podemos encerrarnos en nuestro bienestar. La vida de las Iglesias hermanas es también nuestra preocupación. Ya tenemos la formidable experiencia de “Más por Menos”. ¿No tendríamos que potenciarla? ¿Cómo contribuirá nuestra Iglesia diocesana al Fondo Solidario de la CEA?

La motivación que tenemos los cristianos para compartir nuestras vidas y bienes es la más alta: el amor de Cristo. Así lo hemos expresado también en nuestro Plan de Pastoral. Hemos aprendido a dar pasos en comunión y participación. Este capítulo reclama también un camino común de discernimiento y acción.

Gracias por su atención. Les confío estás reflexiones salidas del corazón. Ojalá puedan aprovechar y compartir lo que estas palabras del obispo suscitan en ustedes.

Le pido a la Virgen y a San Francisco que nos sigan bendiciones,

Firma 2

 

 

 

 

+ Sergio Buenanueva

Obispo de San Francisco

 

 

 

 

ESI: nadie tiene la vaca atada

121752.jpgEste fin de semana, varias ciudades argentinas han visto a miles de ciudadanos manifestarse bajo el lema: “Con mis hijos no te metas”. De un tiempo a esta parte, se ha convertido en un hashtag de fuerte presencia en las redes.

El disparador ha sido la intención de introducir modificaciones a la legislación vigente en Educación Sexual Integral.

Leyendo los titulares de algunos medios podría quedar la impresión de que se trata de grupos conservadores que le dicen “no” a la educación sexual, sin matices ni distinciones.

Creo sinceramente que hay que ser más cautelosos. Incluso me permito dar un consejo a quienes se sienten escandalizados, se sorprenden de que se esté hablando de “ideología de género” y tienden a descalificar como “retrógradas”, “oscurantistas” e “hipócritas” estas manifestaciones.

El consejo es este: bajar un cambio, detenerse a escuchar, tomar un poco de distancia de los propios puntos de vista y ensayar la posibilidad de comprender a las personas con sus ideas, motivos y perspectivas.

Este es, además, un buen ejercicio democrático: escuchar al ciudadano, abrirse a la realidad en todas sus expresiones.

Es cierto que algunos rechazan incluso la actual ley de ESI. Fruto de importantes consensos, desde la Iglesia católica nos hemos manifestado a favor de ella. Sin embargo, no están tan desacertados quienes consideran que, bajo la vigencia de esta ley, ya han sido introducidos los postulados más extremos del enfoque de género, avanzando en un proceso de reingeniería social.

Este es un punto que merece atención. Desde mediados de los noventa, la palabra “género” ha empezado a sonar en diversas disposiciones oficiales (leyes, normativas, papers, etc.). Se iba enhebrando así un tejido bastante compacto de orientaciones que asumían el “enfoque de género” como pauta educativa.

Tendríamos que añadir que este proceso ha sido constante y, en buena medida, avasallador. Lo que ocurría en las disposiciones educativas de las provincias corría en paralelo con una serie de leyes del Congreso Nacional, por ejemplo: el matrimonio igualitario y la identidad de género.

“Es la ley”… Tema cerrado. La poderosa, pero también boba mano del Estado parecía direccionada por “especialistas” que dejaban, de hecho, poco espacio para la discusión.

Este modelo es el que está ahora entrando en crisis. Y es muy bueno que así ocurra y que se lo ponga en discusión desde las bases, es decir, que sean los padres, preocupados por la educación de sus hijos los que pongan el grito en el cielo. En definitiva, ¿no son los padres los responsables originarios de la educación, especialmente de la orientación moral de los hijos? Los demás que intervenimos en la educación (estado, escuela, iglesias, profesionales de la educación, etc.), ¿no tenemos un rol subsidiario?

Estamos al inicio de un auspicioso camino. Toda vez que la sociedad se moviliza hay que disponerse a caminar. Nos pasó recientemente con el aborto. Está pasando ahora con la cuestión de la educación sexual.

Una cosa es el respeto, el trato digno de las personas, especialmente de las que pertenecen a las minorías sexuales, y la efectiva superación de toda forma de discriminación injusta e incluso de violencia. Otra, muy distinta, es tener que aceptar sin más un enfoque filosófico determinado como una verdad indiscutible. Una cosa no supone la otra.

Por parte de la Iglesia católica, la semana pasada tres comisiones episcopales (Familia y laicos, Catequesis y Pastoral bíblica, y Salud) dieron a conocer un texto con el título: “Distingamos: sexo, género e ideología”.

Es, a mi modo de ver, un aporte muy valioso y que se estaba haciendo esperar. Siguiendo las reflexiones del Papa Francisco, asume cuanto de legítimo tiene la expresión “gender”, y toma distancia de lo que considera su deformación ideológica. Ofrece una indicación muy buena de por dónde tiene que ir el diálogo con otras perspectivas. Un diálogo que, sin claudicar de la propia posición, sepa discernir cuánto de verdadero hay en todo genuino reclamo humano.

De todos modos, seamos realistas. Las antropologías que proponen el enfoque de género, por lo general, tienen un punto de partida que está en las antípodas del humanismo cristiano. No es lo mismo sostener que esta realidad compleja que es la persona humana ha salido de las manos de un Dios sabio, creador y providente, que sostener que el ser humano es fruto del azar.

Una y otra visión tendrán necesariamente una comprensión muy diversa de lo que es la libertad humana y su rol en la construcción de la propia persona. El diálogo es posible, aunque el consenso sea muy difícil.

Sin embargo, y aún dejando de lado estas cuestiones filosófico-teológicas, la reacción de familias y diversos sectores ante la imposición de la ideología de género muestra que el Estado tiene que ser más cuidadoso a la hora de implementar políticas públicas en ámbito educativo. Hay que tomar nota de ello.

Es muy bueno que, en estas materias y en nuestra sociedad, nadie crea que tiene la vaca atada.

El rostro más lindo

ciego nacimiento
“¡Maestro, que yo pueda ver!” (Mc 10,51)

“La Voz de San Justo”, domingo 28 de octubre de 2018

“La santidad es el rostro más bello de la Iglesia” (GeE 9).

Si el Papa no lo hubiera escrito, los cristianos de a pie lo sabríamos igual. ¿No es esa nuestra experiencia cotidiana?

Porque “santidad” quiere decir, ante todo, experiencia de Dios, de su presencia, de su ser misterioso: libertad que ama, que acaricia, perdona y reconcilia.

El momento central de la Eucaristía se abre, precisamente, cuando la comunidad reunida canta el himno bíblico: “Santo, santo, santo es el Señor, Dios del universo, llenos están el cielo y la tierra de tu gloria. Hosanna en el cielo. Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en el cielo”.

Así se entra en la conmemoración de la entrega de Cristo. Él es el “bendito que viene en nombre del Señor”. Su cuerpo entregado y sangre derramada para el perdón nos hacen comprender cómo Dios es santo y cuál es la gloria divina que colma cielos y tierra.

La mayor tristeza que se puede imaginar es, precisamente, la de quien ya no puede reconocer la gloria de Dios que resplandece en todo lo que existe. Cuando esto ocurre, todo es oscuridad, vacío, amargura.

Algunos lo perciben con extremada sensibilidad: no poder ver a Dios en sus vidas conlleva un gran sufrimiento, una fuerte nostalgia de una belleza y bondad que se anhelan pero que no se logran encontrar.

La experiencia cristiana, más como gracia que como conquista, sencillamente dice: ese anhelo se ha cumplido, la verdadera santidad ha entrado en el mundo, no estamos solos ni abandonados.

El rostro de la santidad de Dios es el rostro de Jesucristo. “Solo Tú eres Santo”, cantamos cada domingo al inicio de la Misa, invocándolo como Señor y Salvador.

Cuando el Papa Francisco escribe la frase que abre esta columna piensa en esa forma de santidad que viven los que, con paciencia, entregan su vida por los demás, cada día, levantándose, una y otra vez, de sus caídas. No es la santidad de los puros y perfectos, sino la de los que se saben siempre en camino y, por eso, se animan a caminar.

Pero también, Francisco piensa más allá. Afirma: “Pero aun fuera de la Iglesia Católica y en ámbitos muy diferentes, el Espíritu suscita «signos de su presencia, que ayudan a los mismos discípulos de Cristo»…” (ídem).

Este domingo, el evangelio nos presenta la figura de un ciego al que Jesús devuelve la vista (cf. Mc 10,46-52). Su súplica insistente conmueve: “¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!… Maestro, que yo pueda ver”.

También nosotros podemos suplicar así: poder ver el Rostro de Cristo en los rostros de tantos hombres y mujeres que viven el amor de Dios. Es una buena súplica al iniciar la semana en la que haremos conmemoración de nuestros difuntos y, al día siguiente, de todos los santos.

Sí, la santidad es el rostro más lindo de la Iglesia… y de toda la humanidad.