“El más pequeño de mis hermanos”

“La Voz de San Justo”, domingo 22 de noviembre de 2020 – Solemnidad de Cristo rey

“Así habla el Señor: ¡Aquí estoy Yo! Yo mismo voy a buscar mi rebaño y me ocuparé de él.” (Ez 34, 11).

Este domingo, con la solemnidad de Cristo rey, concluye el año litúrgico de la Iglesia católica.  Su centro es la celebración anual de la Pascua, una fiesta con fecha móvil (a diferencia de la Navidad, por ejemplo). Es más: cada domingo, al reunirse para la Eucaristía, la comunidad cristiana se reencuentra a sí misma, sumergiéndose en ese centro vital. Así, el misterio de Cristo va envolviendo y configurando el camino por la historia de la Iglesia, y en ella, el de cada discípulo.

La fiesta de Cristo rey es también un eco de la Pascua: un rey coronado de espinas. Un rey pastor que busca, cuida y se hace cargo del rebaño de su propiedad. Un rey pastor que hay que buscar entre sus ovejas más heridas. No solo se entremezcla con ellas, sino que termina haciéndose una sola cosa con ellas.

“[…] porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver […] Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt 25, 35-36. 40).

Un rey pastor que es además juez, porque, al final de nuestros días nos confrontará con la ley suprema que rige en su reino: por encima de todo, la compasión, la misericordia, la prontitud para hacernos cargo de la vida más vulnerable. Y así se decidirá nuestra suerte definitiva.

Cristo es ese rey pastor y juez que toma en serio nuestra vida, nuestras decisiones y nuestras acciones. Él ya ha ejercido su derecho a decidir: se ha identificado con sus hermanos más pequeños, con la vida más vulnerada.

En esta Argentina diezmada por diversas pandemias, ese hermano más pequeño de Cristo tiene hoy el rostro de niño por nacer, amenazado, una vez más, desde el poder.

Ministerio episcopal y prevención

Entre otras cosas, la reciente difusión del Informe McCarrick vuelve a sacar a la luz que la crisis de los abusos en la Iglesia es una crisis del ministerio pastoral de los obispos.

Les comparto una reflexión en esa línea que tuve la oportunidad de realizar el pasado 31 de julio en un webinar organizado por el CEPROME de la Pontificia Universidad Católica de México.

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“Velen por ustedes, y por todo el rebaño sobre el cual el Espíritu Santo los ha constituido guardianes para apacentar a la Iglesia de Dios, que él adquirió al precio de su propia sangre” (Hch 20, 28).

Conocemos estas palabras de San Pablo. Describen el ministerio de la episcopé que hemos recibido en la ordenación. El cuidado de los más vulnerables constituye parte fundamental de nuestro ministerio como obispos. Siempre lo ha sido, pero hoy interpela con más fuerza nuestra conciencia.

Me interesa subrayar este aspecto: la buena salud del cuidado pastoral del rebaño es directamente proporcional a la buena salud de nuestro ministerio episcopal. 

La crisis de los abusos es una crisis del ministerio pastoral de los obispos. Así como el abuso sexual no es solo un problema de tal o cual clérigo, sino que revela una disfunción más o menos profunda en el modo de vivir el ministerio, así también las sistemáticas fallas en la respuesta a los abusos sacan a la luz un modo deficiente de ejercer nuestro ministerio episcopal. 

Es imprescindible confrontarnos con esta realidad, identificando los dinamismos que han dado lugar a estos fallos. En realidad, se trata de un genuino discernimiento espiritual que tiene como sujetos al obispo y al cuerpo episcopal. 

El ministerio sacramental de los obispos “es un servicio ejercitado en nombre de Cristo y tiene una índole personal y una forma colegial” (Catecismo de la Iglesia Católica 879). 

Esta afirmación tiene un trasfondo de enorme alcance. La figura de Jesús Servidor es fundamental para comprender y vivir la autoridad episcopal. Se complementa con la del buen Samaritano. Una y otra ponen la compasión en el centro de nuestro ministerio. Estamos llamados a ser hombres del Espíritu que transparentan la compasión de Cristo. La episcopé toma la forma de la compasión.

Contemplando este icono inspirador, les propongo algunas cuestiones, tanto en la dimensión personal como en la colegial del ministerio episcopal en relación con el desafío de los abusos, su prevención y el desarrollo de la cultura del buen trato. 

A nivel personal, señalo tres aspectos complementarios, a saber:

  1. El ministerio episcopal es una llamada personal del Señor siempre situada. Hoy implica escuchar su voz en las heridas de las víctimas y de los clérigos involucrados. Esta llamada y nuestra respuesta están en el centro de nuestra biografía y experiencia espirituales. 
  2. Esta llamada supone disponibilidad para un aprendizaje continuo. La docibilitas no solo no desaparece o disminuye, sino que se vuelve más intensa y exigente en la vida del obispo. En esta delicada materia estamos aprendiendo de nuestros errores, perplejidades y miedos. Por aquí pasa nuestra conversión. Es un camino genuinamente pascual.
  3. Este aprendizaje de la compasión de Cristo implica dejarnos realmente tocar por el sufrimiento de tantas vidas heridas. En este punto, el obispo ha de ser muy honesto delante de Dios y de su conciencia: no vamos a salir indemnes de este trance pascual. La cruz hace madurar aquella esperanza de la que el obispo es servidor y testigo cualificado. 

A nivel colegial, debemos tener presentes los múltiples vínculos que constituyen la identidad del obispo en la Iglesia: con el colegio episcopal y su cabeza en el seno de la conferencia episcopal, con la Iglesia diocesana que preside y con el Presbiterio con el que comparte la misión apostólica. 

Uno de los frutos que podemos recoger de este aprendizaje es una renovación de nuestro servicio a la comunión y a la fraternidad eclesial promoviendo vínculos más sanos y humanos en la Iglesia. 

El desafío aquí lo formularía así: si el abuso sexual es, ante todo, abuso de poder, un factor desencadenante de la crisis -como bien lo sabemos- es el clericalismo como deformación del ministerio ordenado en la Iglesia. La respuesta que la Iglesia está aprendiendo a dar a esta crisis, por consecuencia, es la convocación de esa rica diversidad de carismas, vocaciones y ministerios que el Espíritu Santo derrama y que son los múltiples rostros de cada Iglesia particular, de cada conferencia episcopal y de la Iglesia universal. Con un matiz que nos llena de esperanza: son rostros cada vez más laicales y femeninos. 

La fraternidad vivida en la conferencia episcopal es un ámbito fundamental para escucharnos, dejarnos interpelar por la realidad, aprender unos de otros y discernir juntos lo que Dios nos pide en esta hora. Supone, por tanto, un ejercicio muy intenso de diálogo franco, de saber disentir y expresar lo que pensamos, de posponer intereses y abrirnos al bien mayor que estamos llamados a custodiar como pastores. 

El desafío del obispo y de la conferencia episcopal es abrirse a este dinamismo, entroncar con él y promoverlo con entusiasmo. 

Bienaventurados

“La Voz de San Justo”, domingo 1º de noviembre de 2020

“No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes.” (Jn 14, 1-3).

Como cada año, el inicio de noviembre está marcado por dos fiestas del calendario cristiano: “Todos los santos” (1º de noviembre) y los “Fieles difuntos” (2 de noviembre). Me gusta verlas como una sola fiesta en dos jornadas de fe, oración y esperanza.

Las palabras de Jesús que abren esta columna pueden ayudarnos a contemplar esta unidad. Dichas durante la última cena, son palabras de despedida, a la vez que testamento espiritual. Son, sobre todo, su más grande y bella promesa que contiene el evangelio: estar con él, allí donde él esté.

La liturgia de este domingo 1º de noviembre lo indica con otra preciosa palabra bíblica: “bienaventurados”. La promesa de Dios es darnos su propia alegría y felicidad. Ser benditos con la bienaventuranza que viven el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Esa es la meta de nuestra vida y de la entera historia humana. Una bienaventuranza que comienza ya ahora, aunque de forma paradójica. Jesús llama bienaventurados a los pobres, a los que lloran, a lo que son perseguidos, a los que anhelan la justicia y la paz, etc.

No es un consuelo superficial. Es la experiencia más intensa que podamos tener: en medio de la fragilidad de la vida, con todas sus contradicciones y frustraciones, ser alcanzados por la fuerza del mismo Dios. Y, con esa fuerza en el corazón pelear la vida, tender puentes, jugarse por la justicia, el bien y la belleza en todas sus formas.

Jesús está llevándonos hacia la casa del Padre. Ese es el misterio más hondo de nuestra vida. La verdad más real de nuestra existencia, por encima de todas las apariencias. Ese es el misterio que envuelve la muerte de nuestros seres queridos: han partido, porque han sido tomados de la mano de Jesús y llevados por esas “oscuras quebradas” de las que habla el salmo, pero sostenidos y guiados por el Dios que siempre está del lado del que vacila, teme y sufre.

Su presencia anima, da confianza y, en definitiva, la alegría más duradera. La que llamamos bienaventuranza. Es bueno tenerlo presente en este tiempo de pandemia, de restricciones, de incertidumbres y de partidas.

Carlos entró al cielo con el mejor traje de fiesta…

“La Voz de San Justo”, domingo 11 de octubre de 2020

“«Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?» El otro permaneció en silencio.” (Mt 22, 12).

No ha sido precisamente un reproche lo que ha recibido Carlos Acutis. Todo lo contrario. Este sábado 10 de octubre, al declararlo “beato” (es decir: feliz), la Iglesia ha reconocido que Carlos, en su corta e intensa vida (apenas quince años), pudo vestirse con el mejor de los trajes: el Evangelio de Jesús. Y, así vestido, ha entrado a la fiesta del cielo.

Ni la desmentida incorrupción de su cuerpo, ni tampoco la curación conseguida por su intercesión constituyen la razón de fondo para ser reconocido entre los santos y beatos del cielo. Ha sido su vida transformada por el fuego del amor de Jesús. “Mi proyecto de vida es estar siempre unido a Jesús”, había declarado con una convicción que parecía impropia de su edad (¿prejuicio de adultos aburguesados?).

Llegará el día -y yo lo espero sinceramente- en que para beatificar o canonizar a un bautizado ya no se necesite más un milagro. Que baste leer el Evangelio hecho carne en la vida de esos hombres y mujeres que, como Carlos, se han dejado llevar por el Espíritu de Jesucristo.

La Iglesia ensaya hoy nuevos caminos evangelizadores. La pandemia nos ha puesto a repensarlo todo: qué es lo que realmente cuenta, cómo se anuncia el Evangelio, cómo se celebra realmente la fe, cómo se está cerca de los que sufren, de los caídos, etc. En definitiva, cómo se vive la fe en el hoy de este incierto presente.

Es lo que tenemos que hacer. ¡Faltaba más! Pero lo cierto es que, en medio de todos esos afanes, el santo humor de Dios nos manda este chico italiano, poniendo las cosas en su lugar. Así, de repente, empieza a conquistar los corazones con su sonrisa y alegría de vivir; incluso con sus muecas de adolescente, pateando un fútbol o entusiasmado con un videojuego. Pero, sobre todo, con la desarmante sencillez con que vive y difunde su fe cristiana, con su amor a María y a la Eucaristía, la autopista que lo llevó al cielo.

Y los pobres. El día de sus exequias, desfilaron delante de sus restos, conmovidos y agradecidos por ese “ragazzino” que tantas veces les había tendido la mano. Tal vez sin saberlo, y con ese gesto, ellos adelantaron la solemne celebración litúrgica de su beatificación y su pronta canonización.

Sonríe Carlos, y con él, María, Francisco y Clara de Asís y todos los santos. Y, como en la Misa, nosotros nos unimos a sus voces y a la alegría de una vida plena por el amor. Mucho más en este “domingo de las misiones”. Carlos es un magnífico ejemplo de lo que significa la misión: “fuego que enciende otros fuegos”, en palabras de otro cristiano con traje de fiesta: Alberto Hurtado.

¡Ojalá podamos vestir un traje de fiesta parecido al suyo para entrar a gozar del banquete de la vida que Dios nos ha preparado!

Con su amplia sonrisa, Carlos nos está diciendo que hay talles para todos. También para quienes no damos con la medida, más por defecto que por exceso.

“Fratelli tutti”… y amables

El capítulo VI de #FratelliTutti propone una audaz rehabilitación de la política para construir fraternidad. Ya he dicho que, con los capítulos segundo y séptimo, es uno de los más me ha caldeado el corazón.

Y, como de doctrina social de la Iglesia se trata, no puede dejar de hacer referencia a algunas virtudes fundamentales, sin las cuales no hay genuino desarrollo humano. Por supuesto, la virtud que campea en todo el discurso es la caridad (“virtud de todas las virtudes”, según la enseñanza clásica). Pero este capítulo termina hablando de una virtud en particular: la amabilidad. ¿Notable no?

Aquí abajo transcribo el nº 224 con el que termina concretamente este capítulo sobre “la mejor política”. Dice así:

“La amabilidad es una liberación de la crueldad que a veces penetra las relaciones humanas, de la ansiedad que no nos deja pensar en los demás, de la urgencia distraída que ignora que los otros también tienen derecho a ser felices. Hoy no suele haber ni tiempo ni energías disponibles para detenerse a tratar bien a los demás, a decir “permiso”, “perdón”, “gracias”. Pero de vez en cuando aparece el milagro de una persona amable, que deja a un lado sus ansiedades y urgencias para prestar atención, para regalar una sonrisa, para decir una palabra que estimule, para posibilitar un espacio de escucha en medio de tanta indiferencia. Este esfuerzo, vivido cada día, es capaz de crear esa convivencia sana que vence las incomprensiones y previene los conflictos. El cultivo de la amabilidad no es un detalle menor ni una actitud superficial o burguesa. Puesto que supone valoración y respeto, cuando se hace cultura en una sociedad transfigura profundamente el estilo de vida, las relaciones sociales, el modo de debatir y de confrontar ideas. Facilita la búsqueda de consensos y abre caminos donde la exasperación destruye todos los puentes.”

No hace falta ver Borgen para darse cuenta de que esto es así. La cultura latina es especialmente proclive a este tipo de actitudes. En fin, una perlita…

Artesanos de fraternidad

“Hay una «arquitectura» de la paz, donde intervienen las diversas instituciones de la sociedad, cada una desde su competencia, pero hay también una «artesanía» de la paz que nos involucra a todos.” (Fratelli tutti 231).

Este 4 de octubre, fiesta de San Francisco de Asís, el Papa Francisco ha publicado su tercera encíclica que, precisamente, toma su nombre de unas palabras de nuestro santo.

De Francisco de Asís, Francisco de Roma no toma solo el nombre y algunas palabras, sino, sobre todo, su pasión por la fraternidad. Y una fraternidad bien concreta: la que expresa la parábola del buen samaritano (cf. Lc 10, 25-37): dos extraños se vuelven hermanos, porque uno se hace cargo del otro, malherido al borde del camino. Es el texto evangélico que inspira esta enseñanza del Papa y, tal vez, el icono del perfil de su entero pontificado.

El mensaje de la encíclica es potente. Parte de un diagnóstico sombrío, pero sabe encontrar las ventanas que abre la esperanza. Una de ellas es la que se expresa en la cita de la encíclica que abre estas breves reflexiones.

En un mundo oscurecido por densos nubarrones, hay hombres y mujeres que, desde abajo, abren el futuro con sus gestos cotidianos de humanidad, cargados de amor, de cercanía y compasión. Siguen desandando el camino del buen samaritano. Son los artesanos de la paz que, como hábiles orfebres aplican sus manos a la obra nunca acabada de construir fraternidad entre personas, familias, pueblos y naciones. Entre otras cosas que ha hecho emerger, la pandemia ha puesto en evidencia su presencia y valor insustituibles.

Fratelli tutti es una “encíclica social”, como bien aclara el Santo Padre desde el inicio. Es un dato importante, que nos ofrece un preciso criterio de lectura e interpretación.

Este importante documento papal forma parte de ese cuerpo siempre en crecimiento que es la doctrina social de la Iglesia. Abreva en el Evangelio y proyecta su luz sobre esa realidad que designamos con la palabra “social”. Es el rico y complejo mundo que constituye el “nosotros” de las relaciones humanas. Se enfoca en la dimensión moral de la actividad política, económica y social que entraña la convivencia en la sociedad. Es decir, en qué medida, tanto la actividad humana en esos campos, como las ciencias que las estudian, ayudan a edificar un orden social libre, justo y orientado a que cada persona alcance su propia perfección.

Esta carta del Papa Francisco es un nuevo hito en ese camino que arrancó en 1891 con la publicación de la encíclica Rerum novarum de León XIII. Se trata de un cuerpo en permanente crecimiento que inspirándose en el humanismo cristiano busca iluminar las conciencias para que maduren las decisiones responsables que vayan concretando la civilización del amor, atentos a las cambiantes circunstancias de lugar y tiempo en que los cristianos vivimos nuestra fe. A diferencia de las ideologías, la doctrina social de la Iglesia es un cuerpo abierto de principios, criterios y orientaciones que deben ser asumidos como estímulos para la propia misión evangelizadora.

Esto significa que, más que repetir sin mayor esfuerzo, las palabras del Papa Francisco, tenemos que proseguir el discernimiento de la realidad de nuestro mundo. A los obispos nos atañe, de manera especial, esta tarea. Pero, no solo a nosotros. Es una empresa para la Iglesia toda, como la fraternidad de Jesús en medio del mundo. Interpela, de manera especialmente aguda, a los laicos. No solo a los que sienten el llamado de la construcción política de la sociedad, sino a cada bautizado que, desde su lugar en el mundo, busca vivir según las bienaventuranzas.

¿Qué desafíos plantea Fratelli tutti a los católicos de Argentina? ¿Por dónde debe proseguir el discernimiento evangélico de la realidad social que nos toca vivir? ¿Qué significa, para nosotros, vivir la fraternidad, rehabilitar la política, construir la paz, trabajar por la reconciliación y el perdón? ¿Qué caminos están abriendo los buenos samaritanos que, desde abajo y silenciosamente, cargan sobre sí a los hermanos heridos en el hoy de nuestra Patria? ¿Cómo promover el diálogo social en una sociedad fragmentada y, por momentos, dominada por el odio que excluye? ¿Podremos nosotros integrar las aspiraciones legítimas que laten en las corrientes populistas y liberales que, desde largo tiempo, se debaten en Argentina?

Ser artesanos de la paz, la fraternidad y la amistad social supone esa actitud proactiva que brota del corazón humano y que la gracia de Cristo redime, purifica y eleva.

Tomemos todo el tiempo necesario para leer esta potente enseñanza de Francisco. Dejémonos interpelar por sus preguntas e incisivas propuestas. Discutamos con amplitud y sin prejuicios, pero, sobre todo, dejémonos transformar por la fraternidad del buen samaritano que es Cristo.

Como Francisco de Asís, testigos de la alegría

“La Voz de San Justo”, domingo 4 de octubre de 2020

Con este lema, las parroquias de la ciudad de San Francisco viven la novena y fiesta patronal. Este año, en el contexto de las restricciones de la actual emergencia sanitaria.

La apelación a la alegría no es casual. Este tiempo se caracteriza por el desconcierto. Con distinta intensidad, muchos de nosotros experimentamos miedo, incertidumbre y desasosiego. La sombra de la tristeza parece asomarse, incluso bajo la forma del nerviosismo o la euforia.

Acercarse a Francisco de Asís es asomarse a un abismo. Preguntarse por las fuentes de su alegría es echar un vistazo a lo más decisivo de su experiencia espiritual. Por eso, precisamente, su figura sigue atrayendo. Y lo hace desde el núcleo de su humanidad transfigurada por Jesús.

Digámoslo sin vueltas: para Francisco, la alegría tiene un rostro y un nombre. Por eso, deberíamos escribirla con mayúsculas. Es Cristo. La Alegría de Francisco es Jesús de Nazaret. El mismo que, al final de su camino espiritual imprimirá las huellas de su amor en su cuerpo, aquella fiesta de la Exaltación de la cruz de 1224, en la cumbre del monte Alvernia.

En los Escritos del santo hay un relato que permite asomarnos a ese misterio humano y divino a la vez. Se titula: “La verdadera alegría”. Es como una parábola, compuesta por Francisco después de su regreso de Oriente. Está en medio de la crisis de la orden por él fundada. Ha comenzado a madurar la decisión de dejar el gobierno de la orden, porque esta se le está yendo de las manos, y no comprende qué quiere Dios de él.

Por eso, emprenderá la subida al Alvernia. Un viaje, sobre todo, interior, como lo refleja el relato. Para Francisco, la alegría verdadera no está en el crecimiento espectacular de la familia franciscana, tampoco en su éxito misionero, menos aún en que él haya sido dotado de la gracia de curar enfermos y hacer milagros.

El relato culmina con un hecho ficticio: en una noche de frío, Francisco es rechazado por sus propios hermanos, que le niegan refugio y calor. “Te digo que, si hubiere tenido paciencia y no me hubiere alterado, en esto está la verdadera alegría y la verdadera virtud y la salvación del alma”, le indica a un sorprendido hermano León.  

En el rechazo que está viviendo, especialmente por parte de quienes le son más cercanos, Francisco encuentra la puerta abierta para la gracia más grande que él haya podido recibir: hacerse una sola cosa con Cristo y, en esa experiencia, encontrarse y poseerse plenamente a sí mismo.

El cristianismo no es más atractivo cuando se mimetiza con el espíritu del tiempo, sino cuando se vuelve más paradójicamente provocativo: “El que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.” (Mt 16, 25).

Eso lo saben -y lo cuentan- los santos.

Huir de Babilonia

Reflexiones rápidas sobre el hoy doloroso de nuestra Argentina

“En seguida oí otra voz que venía del cielo y decía: «Ustedes, que son mi pueblo, huyan de esa ciudad, para no hacerse cómplices de sus pecados ni ser castigados con sus plagas.” (Ap 18, 4).

El capítulo dieciocho del Apocalipsis nos narra la caída de la brutal Babilonia. Sus lectores entienden bien: se habla, no de la antigua capital asiria, sino de la Roma imperial, ostentosa, brutal y autoritaria. Cuando se anuncia su inminente y estrepitosa caída, aparece la orden de huir que hemos citado.

Pocos libros de la Biblia tienen un mensaje político tan fuerte como el Apocalipsis. No tiene nada que ver con el fin del mundo de nuestra febril imaginación. Es una radiografía penetrante y lúcida de qué ocurre cuando el poder político se endiosa a sí mismo, erigiéndose en norma suprema de la vida y, como lógica consecuencia, pretende subordinar a sí cuerpos, libertades y conciencias.

Se trata, por tanto, de una crítica permanente a esa pretensión que siempre acompañará toda forma de autoridad humana. Aclaremos que no es esta la única visión que la Escritura tiene del poder humano. San Pablo, por ejemplo, en repetidas ocasiones invita a los cristianos a obedecer a las legítimas autoridades, incluso a rezar por ellas, porque de ellas depende el bienestar y la paz para los ciudadanos. El mensaje del Apocalipsis no contradice esta postura, sino que señala, con notable realismo, que el poder puede salirse de madre y volverse contra sí mismo. Puede corromperse.

Volvamos ahora a aquel mandato de huida: a aquellos cristianos que eran humillados y perseguidos por Babilonia-Roma, se los conmina a huir. ¿Qué significa esto? ¿También nosotros tenemos que huir o, al menos, alejarnos, de la política que se corrompe?

Obviamente, sería absurdo una huida -digamos así- geográfica: irse lejos, a algún lugar fuera del alcance de esa política y de los políticos. La tentación más fuerte de huida no tiene esa fisonomía. Lo más común es la huida hacia la indiferencia o hacia lo que hoy se denomina: el sentimiento “antipolítica”. Como ha ocurrido -y, hoy por hoy, ocurre en muchos sitios- esta forma de huida deja la puerta abierta a aventureros que suelen sumergir a los pueblos en formas nuevas de autoritarismo, violencia y deshumanización.

Miremos de vuelta el texto del Apocalipsis. Babilonia es aquí una cifra, una metáfora, una imagen. Con ella se indica aquel cúmulo de desaguisados morales que, desde el corazón, alcanzan la conducta humana, y, desde ella, a todo el cuerpo social. Babilonia es cifra del pecado como aversión a Dios y a la Ley suprema del amor, para volverse sobre sí mismo, haciendo de los propios deseos, la norma suprema de la vida. Ahí anida la corrupción. Babilonia es cifra de un poder decadente y corrompido, que ha dejado morir en quienes lo detentan el soberano imperio de la verdad sobre la propia conciencia.

Huir de Babilonia, para los discípulos de Cristo, no es sinónimo de huida de la política, de la construcción cotidiana del bien común, de la lucha por la justicia, sino todo lo contrario. Que también es lo más exigente. Y lo es, porque es lo más humanizante, a la larga. Se trata de apostar por la virtud, es decir: por el gusto de hacer el bien; de trabajar por la recompensa más alta, la que se mide por la propia honradez y la satisfacción de la obra buena realizada.

Cuentan que el nuncio en la Berlín del Tercer Reich, Cesare Orsenigo, en una de sus habituales e infructuosas reuniones con altos funcionarios del gobierno nazi, cansado de las dilaciones y maltratos ante sus reclamos, le espetó en la cara a un alto ministro del Reich: “Ustedes van a perder la guerra, pero no porque estén enfrentados a las potencias más grandes del mundo, sino porque desprecian toda justicia, la dignidad humana, todo lo que es bueno y moral”. Para pensar.

La regeneración de la política en nuestro país supone una profunda regeneración espiritual que, necesariamente, tiene que brotar desde dentro y desde abajo. Huir del pecado para dejarse conquistar por la gracia de Cristo.

Vivir lo que hacemos cada noche de Pascua, cuando pronunciamos las tres renuncias (al demonio, a sus pompas y al pecado), para poder decir nuestros tres “Sí, creo”: al Dios amor revelado por Jesucristo.

Este, no otro, es el camino cristiano.

Católicos y democracia

En el núcleo ético de la democracia liberal está el reconocimiento de la legitimidad de la pluralidad política: gente que ve la vida de modo diverso, también en lo que hace al bien común y la construcción política del mejor orden justo posible de la sociedad.

En este contexto, las disputas, incluso ásperas y subidas de tono, no significan una lucha por la eliminación del otro. Mi ocasional adversario puede estar equivocado, pero no, por eso, es una mala persona, representante del mal absoluto.

Claro, eso significa que, previamente se da un acuerdo más o menos explícito en torno a algunos valores fundamentales. Cito, al respecto, unas palabras de san Juan Pablo II en el último documento del magisterio católico que se ocupa del tema: “Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana. […] Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia.” (Centessimus annus 46 b).

Me interesa citar esta mirada católica, no solo porque profeso esa fe y soy obispo, sino por un hecho bien conocido: el magisterio católico ha recorrido un arduo camino para dar el paso de aceptar la legitimidad de la democracia. Este paso se ha dado, precisamente por la aceptación por parte de la Iglesia de la pluralidad en la vida social, más específicamente, de la pluralidad religiosa que se da en buena parte de las sociedades modernas.

Fue en el Concilio Vaticano II, con la aprobación de la Declaración sobre la libertad religiosa, Dignitatis humanae. Al reconocer dicha libertad como un derecho civil de las personas, la Iglesia abandonaba para siempre el ideal del estado confesional católico y, por ende, que la unidad de un pueblo estuviera subordinada a la unidad religiosa. Quienes profesan otros cultos o no son creyentes serían objeto de una mera y siempre frágil tolerancia.

Este paso cumplido dentro de la mentalidad católica ha sido fundamental para que, no sin dificultad, los que profesamos esta fe pudiéramos abrazar con convicción interior los valores fundamentales de la democracia, también señalados con claridad por el Papa Wojtyla: “La Iglesia aprecia el sistema de la democracia, en la medida en que asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente de manera pacífica. Por esto mismo, no puede favorecer la formación de grupos dirigentes restringidos que, por intereses particulares o por motivos ideológicos, usurpan el poder del Estado. Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana. Requiere que se den las condiciones necesarias para la promoción de las personas concretas, mediante la educación y la formación en los verdaderos ideales, así como de la «subjetividad» de la sociedad mediante la creación de estructuras de participación y de corresponsabilidad.” (ídem).

Es verdad que, de tanto en tanto, algunos católicos nos sorprenden señalando que la democracia es “solo” un modo como los ciudadanos elegimos a nuestras autoridades. Pienso que es una interpretación minimalista del pensamiento actual del magisterio eclesial.

La Iglesia no tiene autoridad para indicar qué forma de organización política se da a sí mismo un pueblo. Ella misma vive (o sobrevive) en diferentes comunidades políticas. Lo que sí hace es ofrecer una serie de principios que nacen tanto del Evangelio como de una interpretación racional de la condición humana y que permiten evaluar la calidad antropológica y ética de todo sistema político.

En este sentido, es interesante señalar cómo -una vez más con Juan Pablo II- los grandes valores humanos que aseguran la validez ética de todo sistema político son los que, en buena medida, definen desde dentro al sistema democrático.

La democracia, para el pensamiento católico, es más que una forma de elegir autoridad. Supone una cultura: la de la libertad y la conciencia, el diálogo franco y la confrontación honesta, la convivencia en la diversidad y la aceptación de la pluralidad.

Valores todos asentados firmemente en el respeto de la dignidad humana de toda persona. Los derechos humanos son de todos los seres humanos, no solo de los compañeros.  

Ganar al hermano

“La Voz de San Justo”, domingo 6 de setiembre de 2020

“Si te escucha, habrás ganado a tu hermano […] Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos.” (Mt 18, 15.20).

Es posible que estemos viviendo el pico de la pandemia en nuestro país. Es posible. Lo que sí parece muy cierto es que vivimos un pico de agresiones, gritos y un clima generalizado de desconfianza. Cualquier dato es, casi al instante, contrastado con otro que lo desmiente o relativiza. Y así, el desconcierto y la discordia parecen predominar.

En este contexto llega la palabra de Jesús. A ella me remito. En ella me refugio. No porque quiera escapar de la realidad, sino porque solo esa Palabra me devuelve entero a la vida concreta.

¿Qué escucho este domingo? ¿Qué me dice? Dos cosas que me devuelven el ánimo: que cada prójimo es mi hermano o hermana y que, por lo mismo, vale la pena agotar todas las instancias para “ganar al hermano”. Y que, incluso en la situación extrema, seguirá siendo alguien que merece escuchar, como la primera vez, el anuncio del amor de Dios que cura todas las dolencias: como un pagano o un publicano (los preferidos del Señor).

En segundo lugar, que Jesús resucitado está en medio de quienes se reúnen en “su Nombre”. Aquí, más que hablar, hay que contemplar en silencio este misterio. Es el corazón de la experiencia cristiana. Mucho más que el moralismo que, de tanto en tanto, deforma la vida de fe, hasta el aburrimiento. Reunirse “en el Nombre de Jesús” es mucho más que hacerlo porque nos reconocemos sus seguidores (chicos buenos que hacen lo que es correcto). Esa preposición (“en”) indica una dirección de vida, una situación nueva, un clima en el que se ora y se vive: hacia Él vamos, llevados por su Espíritu; en Él estamos, también gracias a su Espíritu. Vivir esa Presencia, y vivir de esa Presencia. Es la mística cristiana que precede y funda todo compromiso ético según el Evangelio.

Pero escuchemos sus palabras completas: “También les aseguro que, si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos” (Mt 18, 19-20).

Vivir según el Evangelio es precisamente eso: en medio de la desconfianza, los gritos y la negación del otro, apostar siempre por la fraternidad que nace de estar ante el Padre de todos, “en el Nombre de Jesús”. Que los gritos no nos impidan ganarnos como hermanos.