Vocación y vocaciones

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Jesús, llamado por el Padre, te llama…

“La Voz de San Justo”, domingo 22 de abril de 2018

Este domingo, la Iglesia católica celebra la “Jornada mundial de oración por las vocaciones”, instituida por el Papa Pablo VI en 1964.

Eran los tiempos del Concilio Vaticano II y la mirada estaba puesta en las vocaciones sacerdotales y consagradas. Pocos años después, comenzaría una fuerte crisis de sacerdotes, religiosos y seminaristas que, por diversas razones, “colgaban sus hábitos”. Parecía entonces que, con más razón, había que centrarse en estas vocaciones.

Sin embargo, con el tiempo se ha ido dando un cambio de orientación. Sin dejar la preocupación por las vocaciones sacerdotales y consagradas, la mirada se ha ido ampliando. No solo curas y monjas, sino todo ser humano es llamado por Dios. El hombre es vocación y es misión.

Tenemos una vocación común – la santidad –, aunque por caminos diversos. Hay que orar y trabajar para que cada uno descubra el suyo.

Este año 2018, por ejemplo, el Papa Francisco ha dirigido un mensaje que tiene como tema: “Escuchar, discernir, vivir la llamada del Señor”. Los destinatarios son todos los católicos.

Con estas palabras, introduce el tema de su mensaje: “Esta es la buena noticia, que la 55ª Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones nos anuncia nuevamente con fuerza: no vivimos inmersos en la casualidad, ni somos arrastrados por una serie de acontecimientos desordenados, sino que nuestra vida y nuestra presencia en el mundo son fruto de una vocación divina. En la diversidad y la especificidad de cada vocación, personal y eclesial, se necesita escuchar, discernir y vivir esta palabra que nos llama desde lo alto y que, a la vez que nos permite hacer fructificar nuestros talentos, nos hace también instrumentos de salvación en el mundo y nos orienta a la plena felicidad.”

Para un cristiano, la palabra “vocación” es un concepto fuerte. No indica solo una vaga idea: “para algo sirvo”. Menos aún: confundir vocación con aptitudes, gustos o habilidades. Ni siquiera identificar vocación con profesión. El ser humano es mucho más que todo eso. Es persona, no una función. Es vocación. Es misión.

Y esa vocación-misión viene de Dios. De ahí que la propuesta es ayudar a todos, especialmente a los jóvenes, a abrir la mente, el corazón y ampliar la mirada. Hay una palabra que está llegando desde fuera. Viene del corazón de Dios y está dirigida a cada uno. Al escucharla, reconocerla y vivirla a fondo podemos reconocer nuestra verdad.

No hay vocaciones mejores que otras. Todas proceden de la fantasía creadora de Dios. Cada una es una aventura de amor. Y de felicidad.

Eso sí: todas las vocaciones – así lo vemos los cristianos – tiene algo de la vocación del mismo Jesús. Todas se viven en la apertura a Dios, el don de sí y el servicio a los demás.

Cada vocación supone un camino, tan fatigoso como gratificante, que se retoma cada día. Porque, como alguien ha dicho: la vocación es siempre matutina. Cada día reclama nuestra libertad y nuestra disposición para buscar y transitar ese camino.

El que vive así es realmente pleno. Es lo que vemos en tantos hombres y mujeres. Han encontrado su lugar en el mundo, el sueño de Dios para ellos. No que tengan la vida resuelta. Solo que esa experiencia de la llamada de Dios es la brújula que siempre indica el norte de sus vidas.

¡Ojalá podamos experimentarlo también nosotros!

Cristo convence

WEB_3e Dimanche Paques B_20180415.jpg“La Voz de San Justo”, domingo 15 de abril de 2018

En mi estado de Whatsapp he escrito la frase: “Cristo convence”. Pertenece a un importante teólogo católico del siglo pasado: Hans Urs von Balthasar.

Intimida un poco el nombre, ¿no? Lo que no asusta es lo que dice. Todo lo contrario. Va al hueso de la experiencia cristiana. Lo que pone en marcha todo: el encuentro con Jesús resucitado que,  sin violentar conciencia ni libertad, nos conquista con su verdad. Nos convence.

Un rostro nos sale al paso, se nos desvela y, haciendo así, nos provoca. Este verbo – “provocar” – me gusta mucho. Lo uso habitualmente. Tal vez porque pone en palabras mucho de lo que vivo. Me siento, realmente, un hombre provocado, es decir, interpelado por lo que ocurre, lo que no manejo ni programo, lo que me viene de fuera.

Eso es, precisamente, lo que me ocurre con Jesús. Es cierto, su nombre y su enseñanza me acompañan desde niño. Se lo debo a muchos, en primer lugar a mis padres. Pero…

En un momento preciso de mi vida, ese nombre comenzó a desvelar una Presencia discreta, silenciosa pero real y – otra vez- provocativa. No hablo de nada extraordinario, sino de un proceso que puede ser descrito como el crecimiento lento pero firme de todo lo que vive.

El Evangelio de este domingo (Lc 24,35-48) nos habla precisamente de esto: un Viviente que toma la iniciativa de romper el silencio y darse a conocer, que irrumpe en medio de la vida de unos hombres tan concretos como asustados por lo que viven, los provoca con su presencia y los invita a reconocerlo.

Lejos de suscitar un entusiasmo emocional inmediato, el reconocimiento se vuelve lento, fatigoso y difícil. “Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer”, anota el evangelista (Lc 24,41).

Hay un gesto, sin embargo, que parece acelerar el encuentro: para ser reconocido, el Viviente mostrará las cicatrices de su pasión, las huellas que ha dejado en su humanidad el camino que ha recorrido. “Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies” (Lc 24,40). Así se corre el velo e irrumpe la verdad.

Otro gran teólogo del siglo pasado, Karl Rahner, decía que el cristiano del futuro (y pensaba en nosotros) tendrá que ser, casi por necesidad, un místico. No piensa en nada extravagante. Habla de lo que venimos diciendo: un cristiano es un hombre o una mujer que ha tenido la experiencia personal de haber sido alcanzado por Jesús y de haber sido convencido por la elocuencia de sus cicatrices.

Cristo convence porque tiene luz propia. Un cristiano es alguien que ha sido iluminado por ese misterio. Y eso es un místico: alguien que vive desde el misterio de Dios que se le ha mostrado en su Hijo Jesucristo.

Me surge ahora una pregunta. Lo siento también como una provocación. Es esta: en el modo cómo vivimos la fe en nuestras comunidades cristianas, ¿dejamos que brille y se transparente la luminosidad de Cristo?

La Iglesia no posee luz propia. Si intenta brillar por sí misma termina opacando el Evangelio. Solo puede reflejar, como la luna al sol, la luz de Jesucristo.

Los errores de Francisco

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La carta del Papa Francisco a los obispos de Chile del pasado 11 de abril posee un significado y un alcance trascendentales. Aquí la carta

Escrita desde el horizonte de la fe y de la misión evangélica del obispo de Roma, tiene un innegable sabor personal. El lenguaje (términos, acentos, cadencia) es claramente del Papa Bergoglio. Deja entrever además el “itinerario interior” que el Papa viene recorriendo a partir de la crisis desatada durante su viaje a Chile.

Me animo a decir que el Papa viene transitando un camino penitencial, abierto al soplo purificador del Espíritu. Es más: en la carta invita a los obispos chilenos a transitar juntos ese camino. Juntos buscarán los pasos a dar para reparar el daño y avanzar en una purificación de la Iglesia.

Pienso que esta carta de Francisco se ubica al mismo nivel de relevancia que la misiva de Benedicto XVI a los católicos de Irlanda de 2010. Sin embargo, es aún más fuerte.

Francisco reconoce que ha “incurrido en graves equivocaciones de valoración y percepción de la situación”. Y señala además que esto ha sido “por falta de información veraz y equilibrada”. Por eso, pide perdón y avisa que buscará reunirse con “los representantes de las personas entrevistadas” por sus enviados.

Las víctimas de Karadima han manifestado su gratitud por la tarea llevada a cabo por el arzobispo Scicluna y el padre Bertomeu, además de valorar positivamente el gesto de la misiva papal. Han aceptado reunirse con el Papa y esperan que se tomen medidas adecuadas.

En mayor próximo, los obispos chilenos se reunirán en Roma con Francisco para un verdadero acto de discernimiento episcopal sobre los pasos que tiene dar la Iglesia chilena y sus pastores para reparar el daño causado, restablecer la comunión eclesial y la confianza de la sociedad.

¿Cuáles serán esos pasos? No se puede evitar imaginar algunos de ellos. Sin embargo, no es mi intención decir aquí lo que yo pienso que se hará. El tenor de la carta hace prever que, por importantes que puedan llegar a ser las decisiones que afecten a algunos de los protagonistas de la crisis (el obispo Barros, por ejemplo), lo que se abre hacia delante en la Iglesia chilena es un proceso más amplio de verdad y genuina conversión pastoral.

¿Sólo afectará a la Iglesia y episcopado del país hermano? Espero sinceramente que no. Pienso que ese itinerario que el Papa Francisco viene recorriendo expresa algo realmente profundo que está pasando en la Iglesia en esta dramática situación de los abusos. Francisco ha admitido sus errores, ha rectificado el rumbo de sus decisiones y, sobre todo, ha revisado sus propias convicciones al respecto.

Aquí tocamos, a mi entender, el nivel más profundo del efecto sanante, aunque doloroso, que la crisis de los abusos viene produciendo en la Iglesia católica: asumiendo la perspectiva de las víctimas, no hay que tener miedo de ser autocríticos de la mentalidad, criterios, actitudes y procedimientos en esta materia.

Un dato que me ha llamado poderosamente la atención, y que tiene que ver con esto: Francisco reconoce con gratitud la “profesionalidad” con que “diferentes organizaciones y medios de comunicación” han tratado estos delicados casos. Tenemos que tomar nota en la Iglesia de esta actitud: de una postura defensiva y victimista a un reconocimiento del positivo rol crítico que los medios han cumplido investigando, difundiendo y dando voz a las verdaderas víctimas.

Repito: tenemos que tomar nota de este dato, e incorporarlo como un criterio en nuestro propio modo de encarar esta crisis, como otras parecidas.

Los errores de Francisco, admitidos y rectificados, han sido beneficiosos para todos. Se agradece.

Ver para creer

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“La Voz de San Justo”, domingo 8 de abril de 2018

Le tengo un afecto especial al evangelio de este domingo (Jn 20,19-31). Es el encuentro de Jesús resucitado con el apóstol Tomás que, por estar ausente durante la primera aparición, no termina de creer lo que le cuentan los otros.

Ante la insistencia de sus amigos, Tomás redobla la apuesta: tengo que ver para creer, tocar sus llagas, meter la mano en su costado.

Lo que sigue es conocido: Jesús se aparece de nuevo a los apóstoles, Tomás incluido, e invita al incrédulo a tocar las llagas de la pasión.

Tomás confiesa la fe con una de las fórmulas más bellas del evangelio: “¡Señor mío y Dios mío!”. Jesús remata con una bienaventuranza: “¡Felices los que crean sin haber visto!”.

Mi afecto por esta escena tiene que ver con mi biografía personal: habré tenido unos 13 años y me tocó hacer de apóstol en el lavatorio de los pies, el Jueves Santo, en mi parroquia. Cuando terminó el rito, el cura nos regaló un pañuelo con el nombre de uno de los doce apóstoles a cada uno de los jóvenes que habíamos participado. A mí me tocó el de Tomás.

¿Profecía? Algo de eso hay. Lo veo hoy con mucha claridad. En ese pañuelo, con ese nombre evangélico, la Escritura se hizo Palabra para mí. Lo cierto es que mi propio camino de fe ha sido – y es todavía – como el de Tomás: una fe siempre acechada por la incredulidad.

¿Podría ser de otra manera? La fe es el acto más libre de un ser humano. Es confiarse libremente a Dios que, a su vez, nos ha dirigido con soberana libertad su Palabra. La fe es aventura de libertad. Es riesgo, desafío y provocación.

Un gran biblista, el padre Ignace De la Potterie, comenta que aquella bienaventuranza de Jesús – “Felices los que creen sin ver” – puede ser interpretada de dos maneras. La clásica: la fe no consiste en ver, sino en creer sin la evidencia de los sentidos. Pero también es posible otra interpretación: para pronunciar nuestro Amén a Cristo necesitamos tocar, de alguna forma, su humanidad resucitada.

¿Cuándo vemos y tocamos la humanidad de Cristo?

Lo hacemos toda vez que nos sumergimos en los evangelios y contemplamos su figura de Hijo y hermano. Lo hacemos también cuando celebramos los sacramentos, pues suponen una intensa actividad de los sentidos del cuerpo: escuchar, cantar, recitar las oraciones, hacer silencio.

Lo hacemos toda vez que nos encontramos con Cristo a través de su mediación más querida: los hermanos, especialmente los más heridos. Alguna vez leí esta oración: “Señor, necesito ojos nuevos para reconocerte, dado que has tomado la costumbre de viajar de incógnito y de parecer siempre… otro”.

Los interrogantes que despiertan los abusos

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Como está ocurriendo en otros países, también aquí en Argentina, están saliendo a la luz casos de abusos sexuales a menores en el mundo del deporte.

Por los datos que se están haciendo públicos, se trataría de personas que se van dando ánimo para contar lo que les ha pasado, en algunos casos, hace años. Revelan abusos sistemáticos y también pactos de silencio y de encubrimiento.

Hace algunos meses, la versión española de The New York Times informó extensamente sobre una situación parecida en los clubes de futbol ingleses. Dos datos me llamaron la atención: los abogados que patrocinan a las víctimas de estos abusos son prácticamente los mismos que, en su momento, lo hicieron con las víctimas de los clérigos católicos y anglicanos. El segundo dato lo ofrecían los mismos abogados al señalar que, en los clubes encontraron el mismo sistema de encubrimiento que en dichas Iglesias.

Cuando uno se interna en el escabroso territorio de los abusos a menores, superado un primer momento de impacto emocional de bronca, asco y negación, algunas preguntas comienzan a tomar forma y buscar respuestas. No basta ni la indignación ni la mera punición de estos hechos. Se trata de comprender, lo más a fondo posible, ante qué problemática humana se está, su alcance, complejidad y causas. Se quiere comprender para prevenir, evitando, en la medida de lo posible, que nuevas víctimas se vean empujadas a ese abismo de dolor y daño que son los abusos a menores o personas vulnerables.

Una de las primeras preguntas que surge es esta: ¿qué ha ocurrido en la vida de un adulto para llegar a semejante nivel de deshumanización? Un adulto debería encontrar su adecuado partner sexual en otro adulto. ¿Qué ha pasado en la vida de un adulto para que se convierta en depredador sexual de menores? ¿Por qué busca a menores o individuos vulnerables?

Es obvio que se trata de un delito que la justicia debe esclarecer y punir en todos los niveles de responsabilidad que quepan: penalizando con prisión a quien corresponda (victimarios y cómplices), pero también con sanciones civiles adecuadas a quienes no cumplieron con el deber de cuidar a quienes les habían sido confiados. Pero, ¿es suficiente sancionar penal y civilmente? ¿No hay que dar otros pasos que trasciendan la mera justicia punitiva?

Si se mira el problema desde la óptica de las víctimas, aparece con claridad que, a la insoslayable necesidad de punir a los culpables, se debe añadir una decidida e inteligente acción para ayudar a las víctimas a sobreponerse a las heridas causadas por los abusos. Algunos hablan de ayudarlas a salir del lugar de víctimas para que se conviertan en sobrevivientes de los abusos.

Otras preguntas han de inquietar a quienes luchan contra este flagelo. A la pregunta por el adulto hay que añadir otra: ¿Por qué, después del ámbito familiar, instituciones como la Iglesia, los centros deportivos, educacionales o el mundo de la salud, entre otros, han resultado fatales para que se den estos abusos? ¿Qué condiciones, en esos ambientes, son las que han hecho posible que personas vulnerables sean depredadas por los abusadores?

La experiencia que vamos teniendo en la Iglesia, inmersos como estamos en esta lucha contra los abusos sexuales, nos ha permitido comprender lo que muchos especialistas en el tema aseveran con claridad: el abuso sexual es, básicamente, un abuso de poder que, normalmente, ha comenzado con distintas formas de seducción, abuso emocional o afectivo que, en algunos casos, ha concluido con los gestos de naturaleza erótico-sexual.

La natural asimetría que se da entre un sacerdote y una persona que acude a él, movida por la confianza, puede transformarse en la ocasión para que, dadas algunas condiciones, se precipiten los abusos. Si el sacerdote en cuestión (o el entrenador de fútbol, el maestro o el profesional de la salud, por caso) tiene alguna predisposición para el abuso, y si la persona que acude a él está en situación de vulnerabilidad por alguna razón (la edad o la fragilidad emocional, por ejemplo), pueden llegar a darse esas condiciones que precipiten los abusos.

De ahí la inquietud: ¿Cómo se ayuda a una persona que, por vocación o profesión, tiene que hacerse cargo de otros, a gestionar el poder y la asimetría que supone toda relación de ayuda o cuidado de otros?

Pero no basta que se de este encuentro entre posible víctima y victimario. Los abusos normalmente suponen la presencia de terceros implicados que, pudiendo ver, oír y hablar, no vieron, no oyeron o no hablaron, o se negaron a hacerlo. Por eso, es imprescindible hacer un abordaje integral que ayude a sanear posibles sistemas abusivos. ¿Cómo se ayuda a abrir los ojos y los oídos para atajar situaciones abusivas o para generar conductas que favorezcan el cuidado de los más vulnerables? ¿Cómo se superan la lógica del silencio y del miedo?

Vuelvo sobre algo ya dicho: los abusos despiertan lógicas preguntas. Tenemos que mirar de frente el problema, sin atajos ni pánico moral. Menos aún con la despreciable hipocresía del que busca lucrar con el drama de los abusos, por ejemplo, con el rating televisivo. Es un problema que hiere a toda la sociedad y de una vastedad aterradora. Merece un abordaje acorde al bien en juego: la vida de los más vulnerables.

La dura (y saludable) experiencia que está haciendo la Iglesia católica es que el trabajo fundamental pasa por centrarse en la víctima más que en el propio prestigio o el cuidado del buen nombre de la institución. Lo que está en juego en los abusos es el bien de las personas, su integridad y su vida, mucho más que la credibilidad de la institución que, como le ha pasado a la Iglesia, ve crecer en su interior estas formas de abuso.

Ojalá que todos los que estamos involucrados en esta compleja lucha, comprendamos que tenemos que trabajar en red. Es necesario escucharnos, aprender unos de otros y buscar cómo mejorar la calidad de los espacios comunitarios donde viven y crecen nuestros niños, adolescentes y personas en situación de vulnerabilidad. Esta es también una forma de pobreza que afecta profundamente a las personas y, a través de ella, a toda la sociedad.

Un país con pobreza es pobre

Postee en Facebook los párrafos que transcribo abajo. Son solo un aporte para pensar, sin ánimo de dar cátedra de nada. 

La mayor deuda de nuestra democracia sigue siendo la pobreza. Desde mediados de los noventa, cuando perforamos para arriba el 25% de pobres (¡una cuarta parte de los argentinos!), no hemos podido reducir la pobreza estructural. Razones hay para pensar que esta se ha consolidado.

El Observatorio de la UCA primero, y ahora el INDEC, están trabajando instrumentos de medición más integrales que el solo ingreso, pues la pobreza estructural tiene que ver con muchos otros factores. Esas mediciones cada vez más precisas y complejas nos ayudan en buena medida para calibrar la magnitud del desafíos que enfrentamos como sociedad.

Las variaciones ocasionales de la pobreza, como la reciente baja de cuatro puntos, son saludadas con prudente optimismo y tomadas con pinzas. Lo han hecho notar, desde ángulos muy diversos Juan Grabois y Roberto Cachanovsky (ambos en sendos artículos en Infobae).

Como obispo no me acerco a este tema desde una competencia ni política ni económica. No poseo ni la una ni la otra. Ni de hecho y, menos aún, de derecho. No es mi oficio. Aunque pudiera poseer alguna competencia profesional al respecto, no podría proponerla como palabra de la Iglesia, Hay libre discusión sobre estos temas.

Sí es mi competencia poner de relieve la dimensión ética de la lucha contra la pobreza. En este sentido, me parece oportuno señalar tres aspectos: 1) reducir la pobreza estructural de Argentina es una tarea de envergadura que supone también enormes energías espirituales y una real pasión por el bien común, posponiendo el interés personal o de grupo, de manera igualmente radical. Supone virtud. 2) Se hace más aguda la necesidad de un diálogo amplio y perseverante de los distintos sujetos sociales implicados (ciudadanos, sociedad, organizaciones, partidos y gobierno). Necesitamos consensos básicos más allá de los intereses particulares. Aquí también se requiere más virtud y menos ideología o pragmatismo. 3) Por último, pero no en último lugar, cualquier proceso de lucha contra la pobreza ha de contar con la voz de los pobres como sujetos activos de su propio desarrollo.

Los discípulos de Jesús lo miramos a Él, escuchamos su Evangelio y nos dejamos interpelar por su llamada a la conversión y a la cercanía. Como el Buen Samaritano.

Un aporte para pensar.

La patada del cura y el infierno del Papa

La Semana Santa mediática no suele coincidir con la Semana Santa de los fieles cristianos, como esta tampoco coincide del todo con la de la liturgia.

Esta última “disonancia” suele tenernos a mal traer a los curas. Sin embargo, la obstinación de la gente y sus devociones suele domesticarnos. Cosas del humor de Dios, que nos hace más sabios y humanos.

Pero esa tensión entre unas y otras “Semanas Santas” está ahí. Y, cada año, suele ofrecernos algunas “perlitas”.

Este año 2018, dos noticias parecieron focalizar la Semana Santa mediática: la patadita voladora de un párroco que, de esa forma, reaccionó ante el festejo de una joven que se acababa de graduar, y con pintura, huevos y otros ingredientes, amenazaba enchastrar el edificio sagrado.

Pero, no me detengo en este hecho, rápidamente viralizado y – ¡no podía ser para menos! – condenado severamente por los tribunales de la moralidad pública.

Sí me llamó la atención la “rara avis” del pobre de Nicolás Repetto que quiso poner un poco de sentido común (al menos, lo que él y otros consideramos como tal), llevándose también él varias diatribas condenatorias.

La moral pública está asegurada. Podemos dormir tranquilos.

*     *    *

El segundo hecho parece menos trivial. El Papa Francisco habló, parece ser que por teléfono, con el archiconocido director del diario italiano “La Reppublica”, Eugenio Scalfari, también archiconocido por su ateísmo/agnosticismo siempre en búsqueda…

Como en otras ocasiones, Scalfari, cual vocero e intérprete oficioso del Santo Padre (“mal de muchos, consuelo de pocos”, pensamos aquí en Argentina), dijo que el Papa había dicho lo que al parecer – Sala Stampa mediante – el Papa no habría dicho.

¿Cuál era esa terrible afirmación? Que el infierno no existe. Tomala vos…

Francisco se las busca. Tiene esa pasión, tan de Jesús, de buscar gente que está en las periferias, que siente nostalgia de Dios, pero también el peso de la oscuridad de la vida. Y camina ahí, al filo de la navaja.

Les tiende la mano, les presta el oído, se enfrasca en un diálogo mano a mano con ellos, reconociéndose así tan hombre como ellos, tan humano y buscador como el que más.

Y corre esos riesgos.

A mí, me parece perfecto.

El Papa no es un oráculo, solía repetir el sabio de Benedicto XVI. No podemos encerrarlo en una urna de cristal, de la que sacarlo para que, de tanto en tanto, nos tire alguna “afirmación autoritativa que interprete el sentido de la revelación divina”. Y que vuelva a la bruma del misterio.

*     *    *

Decíamos que las diversas “Semanas Santas” – mediática, popular y litúrgica – no siempre coinciden. Unas y otras, sin embargo, tienen un fuerte punto de referencia: los evangelios.

Los evangelios leídos en estos días por la liturgia nos muestran a un Dios desarmado, que se pone en las manos de los hombres y mujeres, tal como estos son. O, mejor: como somos. Se deja interpelar, juzgar, condenar y crucificar. Desde la altura de la cruz lanza una palabra de perdón y de disculpas. Y se entrega para llevar el amor de Dios hasta el abismo de la muerte.

Claro, y resucita. Es lo que la fe nos pone en el corazón con una certeza que no puede darnos ningún poder humano. A eso le entregamos la vida.

*     *    *

Y sí, el infierno existe. Aquí en la tierra, la libertad lo adelanta toda vez que decide deshumanizarse hasta el extremo de hacerle la vida insoportable a los demás. Existe como soledad del que eligió clausurarse a sí mismo hasta ahogarse en su propio vacío.

Y existe cruzando el umbral de la muerte. Esa es la seriedad de la libertad humana que, al elegir se elige a sí misma, elige su futuro y lo que quiera para sí y los demás.

La muerte y resurrección de Jesús nos habla de cómo Dios le ha puesto el cuerpo a esa tremenda posibilidad de perdición. Es mano tendida a todos, también para los que han perdido su libertad y se han dejado ganar por la soledad.

Esa mano está ahí, abierta y firme, corriendo el riesgo de que alguno la malinterprete o la desfigure. Corriendo el riesgo también de ser condenada por los tribunales del mundo. Pero nada la desvía de ese gesto que es salvación. Nada.

Es lo que sí capta la Semana Santa que viven los pobres, la gente de a pie, los que nos domestican con sus devociones y piedades.

Han conocido el amor que Dios nos tiene y han creído en Él.

La causa provida goza de buena salud

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La masiva participación en las marchas por la vida del pasado domingo nos ha sorprendido a varios. Me ha pasado a mí, y a muchos otros.

En realidad, esta sorpresa tiene algunas explicaciones. El debate por la despenalización del aborto, habilitado por el presidente Macri en Argentina, encuentra a la posición provida en una situación mucho más cómoda que en décadas anteriores. Viene creciendo ampliamente, y con mucha fuerza, en estos últimos años. No solo aquí en Argentina, sino especialmente en países (como EEUU) que han liberalizado la práctica del aborto hace ya varios años.

Varias razones convergen en este fortalecimiento de una mentalidad que ve, cada vez con más claridad, la malicia moral del aborto.

En primer lugar, los datos que las ciencias biológicas han ido poniendo sobre la mesa y que muestran con una certidumbre cada vez mayor la originalidad del proceso que se inicia con la concepción. Obviamente, no entra dentro del campo de estas ciencias calificar de “persona” al fruto de la concepción. El de persona es un concepto filosófico-jurídico (con raíces teológicas, hay que decirlo también) que se sustrae a los métodos empíricos de estas ciencias. Sin embargo, los rasgos humanos del concebido son percibidos con nitidez creciente desde el primer instante de la concepción. El concepto filosófico de persona indica, precisamente, el soporte que da unidad y consistencia a todas las características humanas del individuo.

En segundo lugar, ya son muchos estudios los que vienen desmontando las cifras apocalípticas que los grupos pro-aborto suelen mencionar para hablar, tanto del número de abortos en un país (en Argentina hablan de 500.000 por año) como también de las muertes maternas por abortos clandestinos. También aquí los datos empíricos ayudan a focalizar el debate dándole sensatez y objetividad. Esperamos que en la discusión parlamentaria, nuestros legisladores partan de los datos objetivos puestos a disposición por los organismos gubernamentales competentes.

En consecuencia, va apareciendo con mayor claridad que las razones de fondo para promover el aborto legal, libre y gratuito tienen que ver menos con la salud pública (como se tiende a reducir esta problemática) que con posturas filosóficas. El slogan que las agrupaciones feministas suelen repetir con fuerza (y con una franqueza que se agradece) lo muestra con claridad: “nosotras parimos, nosotras decidimos”. Este es un punto neurálgico de la discusión sobre el aborto: la libertad, su alcance y su capacidad o no de disponer de la vida propia y ajena. El debate del aborto releva diversas concepciones antropológicas. Se trata de humanismos en pugna, con diversas miradas sobre la vida y qué es lo bueno para el ser humano.

¿Estos humanismos son absolutamente incompatibles? Pienso que no. Obviamente, fundamentalistas hay en todas partes. También puntos de vista incompatibles: por ejemplo, una visión del hombre que cuenta con Dios con otra que prescinde de Él. Si embargo, si lográramos un diálogo genuino entre gente razonable, creo que podríamos afinar un discernimiento que nos permita captar mejor la parte de verdad que las posturas en pugna sostienen.

Hay otro elemento de naturaleza cultural que me parece clave. Entiendo aquí por cultura una forma concreta de entender y encarar la vida, y que tiene una concreción comunitaria, no meramente individual. Me refiero al valor de la vida en la cultura, especialmente de los sectores populares. En este sentido, la reciente declaración de los “obispos y curas villeros” es elocuente. Merece ser detenidamente leída. Quienes propugna una despenalización del aborto apelan a las situaciones de vulnerabilidad de las mujeres pobres. La declaración “Con los pobres abrazamos la vida” ayuda a enfocar la mirada, mostrando, entre otras cosas el valor de la vida amenazada en los más pobres y su capacidad de hacerse cargo de las situaciones más difíciles, las ambigüedades de una cultura del descarte allí donde se ha legalizado el aborto y, sobre todo, la prioridad que significa la lucha contra la pobreza como cuestión prioritaria de fondo hoy en Argentina. Uno de sus capítulos más importantes es mejorar realmente el sistema de salud, con las enormes posibilidades que el estado tiene al respecto.

¿Cómo seguirá el debate sobre el aborto en nuestro país? ¿Qué destino tendrá en el Congreso nacional? Es difícil predecirlo. Argentina es una caja de sorpresas, especialmente su mundo político, como algunos han hecho notar con picardía.

Es bueno entonces que la sociedad civil, sus instituciones y organizaciones desciendan al espacio público para hacerse oír, en toda su amplitud. No nos cansaremos de decir: de una sociedad civil fuerte, participativa, perseverante y crítica depende la robustez de nuestra democracia.

Por eso, no obstante, la fortaleza y buena salud de la causa provida, bueno será no dormirse en los laureles.

¿Puede un católico tomar parte en el debate sobre el aborto?

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La Comisión Ejecutiva del Episcopado Argentino como algunos obispos – entre los que me cuento – hemos manifestado estar dispuestos a tomar parte en el debate sobre la eventual despenalización del aborto.

¿Aceptar que se habilite el debate de este tema, en el espacio público y en el parlamento, es, sin más, una claudicación de nuestra fe? ¿No queda comprometida la objetiva malicia moral del aborto claramente señalada por el magisterio ordinario y universal de la Iglesia?

La Iglesia católica y sus obispos no manejamos la agenda de temas de debate público. Ni tenemos porqué hacerlo. No es nuestra misión ni debe ser nuestro rol de cara a la sociedad. Es cierto que, en ocasiones, la palabra eclesial puede poner de relieve un tema, y hacerlo con espíritu profético. Nunca la fe cristiana, la cultura y la sociedad van a coincidir totalmente. Siempre la fe tendrá oportunidad de ejercer una saludable oposición crítica, señalando verdades incómodas, incluso a destiempo y sin que se lo pidan.

Pero la sociedad tiene una autonomía real y legítima respecto de la Iglesia y esa espesura propia de la secularidad debe ser escrupulosamente respetada como tal. Forma parte de la cultura secular que asomen libremente intereses, inquietudes y desafíos que se instalan en la agenda ciudadana. Pueden expresar necesidades reales, sentidas por amplias mayorías o por sectores minoritarios. Pueden también representar intereses no del todo claros o ser manipulaciones de la opinión pública. Lo más seguro es que sean todo eso a la vez.

Para quienes profesamos la fe cristiana en el Dios creador, este dinamismo propio de la sociedad secular es también manifestación de la consistencia real de la creación. Es expresión de la racionalidad propia de un mundo que ha surgido de la Razón creadora de Dios y de la discreta acción del Espíritu que aletea en medio del caos.

Es cierto que, a renglón seguido, hay que anotar que autonomía respecto de la Iglesia no significa indiferencia ética. Nadie puede eludir la responsabilidad de sus propios actos libres y sus consecuencias. La libertad de cada uno coexiste con la de los demás; nuestros derechos son correlativos a nuestros deberes, y todos estamos llamados a contribuir al bien común. Esta dimensión ética que tiene el debate del aborto, como otros similares, es el espacio abierto para que la Iglesia católica, como las otras religiones, puedan ofrecer su particular punto de vista al respecto.

La sociedad argentina, aún con altibajos, ha ido aceptando las reglas de la democracia para regular la convivencia ciudadana y el debate público de temas de interés común. Salvo algunos grupos minoritarios (aunque en ocasiones muy ruidosos), esta opción por la cultura democrática parece ir ganando cada vez más espacio en las convicciones de los ciudadanos.

Es bueno constatarlo, pero también supone un compromiso muy decidido de hacer todo lo que podamos para que este proceso se vuelva irreversible en nuestro país. Pues tenemos que reconocer que, la sociedad argentina en general y, de manera especial, los católicos, no siempre hemos tenido entre nuestras convicciones más arraigadas el valor de la democracia republicana, la primacía del estado de derecho y el rol rector de la ley.

Una de esas reglas es que una sociedad que no deja espacio para un diálogo ciudadano amplio, libre y plural, es una sociedad que no puede decirse realmente democrática. La libertad de conciencia y la libertad de expresión, junto con la libertad religiosa, son pilares sobre los que se asienta la cultura democrática.

El espacio público es precisamente ese lugar de encuentro de todas las voces que componen la sociedad, en el que todos los que formamos parte de la polis podemos y debemos tomar parte en las discusiones ciudadanas. Es más, sin una fuerte cultura de la participación no es posible sostener una sociedad civil que le marque el paso a la política. Lo contrario es la pretensión de todos los totalitarismos que, con la excusa de que todo es política, someten a los ciudadanos a una asfixiante uniformidad de pensamiento, de discurso y de opciones.

Digamos lo mismo acerca de una esperable discusión federal del tema: a lo largo y ancho de nuestro país, en las capitales de provincia, pero también en los pueblos más pequeños. No podemos excluir a nadie.

El debate sobre el aborto toca los fundamentos mismos de nuestra convivencia ciudadana: la vida, su dignidad, su intangibilidad, su indisponibilidad y su correlación con la libertad.

Si una vez dijimos “Nunca más” a las violaciones sobre los derechos humanos, no podemos eludir ir a fondo en esta materia: el derecho a la vida. Las grandes opciones éticas de los pueblos necesitan ser elegidas, una y otra vez, por las personas. Ni son automáticas ni nunca están tomadas, de una vez para siempre. Siempre reclaman nuestra conciencia y libertad.