“Con Jesús, dejémonos llevar hacia la Pascua"

Primera Carta Pascual 2020

San Francisco, 23 de febrero de 2020

A los fieles católicos de la Diócesis de San Francisco.

Queridos hermanos:

“Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su elevación al cielo, Jesús se encaminó decididamente hacia Jerusalén.” (Lc 9, 51).

También nosotros pongámonos en camino hacia la Pascua. La celebraremos el domingo 12 de abril. Es el corazón del año litúrgico, porque es el corazón de nuestra experiencia cristiana de Dios: él es el Padre que resucita a Jesús y nos comunica su Espíritu. La Pascua marca el ritmo y el tono de nuestra vida. Caminamos hacia la Pascua eterna.

Se me ha ocurrido dirigirles cuatro Cartas pascuales que nos ayuden a realizar este camino. Y a hacerlo como hermanos, como familia diocesana.

Sería bueno que las aprovecharan en los Consejos Pastorales y otros espacios comunitarios. Contienen preguntas inspiradoras, pero también pueden despertar otros interrogantes que nos ayuden a profundizar nuestra respuesta personal y comunitaria al Señor que nos llama a caminar con él. 

Esta primera se enfoca en la Cuaresma. Seguirá una para Semana Santa; una tercera para vivir la Cincuentena Pascual; y, finalmente, otra para Pentecostés.

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La Cuaresma es el camino de Jesús. Él va delante, abriendo el sendero y, de alguna manera, traccionándonos con la fuerza de su Espíritu. Dejémonos llevar.

¿Hacia dónde camina Jesús?

Jesús sube con sus discípulos a Jerusalén. San Lucas usa una hermosa expresión: en Jerusalén, Jesús “será tomado y llevado” hacia lo alto. Como Elías, será arrebatado por un torbellino de fuego y llevado al cielo. (cf. 2 Re 2, 11). Ese fuego es el Espíritu del Padre que lo impulsa a cumplir su misión. Será la hora del “amor hasta el fin”, de “pasar de este mundo al Padre” (cf. Jn 13, 1). La Cuaresma es la invitación a sumarnos a ese camino de Jesús que vuelve al Padre. Por eso, al recibir las cenizas, se nos dice: “Conviértete y cree en el Evangelio”. Es la señal para animarnos a caminar hacia la Pascua, animados por el mismo fuego del Espíritu.

¿Qué fuerzas nos arrebatan realmente? ¿Qué fuego está ardiendo en nosotros en este momento? ¿Es el de Jesús o son “otros fuegos”?

¿Qué lo motiva a emprender ese camino?

San Lucas nos da una pista. Dice que Jesús “se encaminó decididamente hacia Jerusalén”. El Padre lo llama y el Espíritu lo impulsa. No se queda pasivo. Jesús madura la decisión personalísima de cumplir su misión. Es el misterio que contemplaron sus discípulos tantas noches de vigilia y oración: el Hijo se abre, en el Espíritu, al Padre. María también lo había tenido que rumiar en su corazón cuando, con José, escuchó: “¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?” (Lc 2, 49). A Jesús lo mueve el amor del Padre que quiere salvarnos. Trae ese motivo desde el seno de la Santa Trinidad: “Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!” (Lc 12, 49). Es el amor del Buen Samaritano que se hace cargo del que está herido en el camino. Su trabajo es el mismo del Padre: acoger, hacerse cargo, sanar, resucitar …

¿Cómo andan nuestras motivaciones? ¿Qué nos mueve realmente desde dentro? ¿No necesitamos que Jesús, con su Espíritu, evangelice un poco nuestras motivaciones más hondas?

¿Con quiénes camina Jesús?

Salvo cuando manda a los discípulos a misionar, Jesús nunca está solo (cf. Mc 6, 14-29). Desde el principio, busca compañeros de camino. Es que viene del seno de la Trinidad que es familia. Trae ese fuego al mundo. Jesús crea fraternidad, clima de familia y comunión. Del corazón del Padre trae esa pasión de buscar a los perdidos, de curar a los enfermos, de acariciar a los niños y de sentar a la mesa a los descartados. Su gesto más hondo es el perdón que ofrece a los pecadores. Sin olvidar su poder de liberar a quienes sufren toda forma de deshumanización. Ahí está “María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios” (Lc 8, 2). Las escenas más entrañables del Evangelio son esos encuentros de Jesús. Esta Cuaresma vamos a escuchar tres de esos encuentros: con la samaritana (el tercer domingo: Jn 4, 5-42), con el ciego de nacimiento (cuarto domingo: Jn 9, 1-41), y con los hermanos de Betania en la resurrección de Lázaro (quinto domingo: Jn 11, 1-45).

En Cuaresma, Jesús camina con nosotros y, con nosotros, quiere seguir yendo al encuentro de los pobres. ¿Somos realmente una Iglesia diocesana pobre y para los pobres, como tantas veces dice el Papa Francisco? El ayuno, la oración y la limosna cuaresmales nos animen a estar más disponibles para nuestros hermanos y hermanas.

¿Cómo camina Jesús?

Ya lo vimos: Jesús inicia su camino con una decisión libre, firme y bien pensada. Así seguirá caminando. Vuelve una y otra vez, en su oración a esa decisión de vida. Es que allí encuentra al Padre, se deja colmar por el Espíritu y se siente, una vez más, enviado a sus hermanos y hermanas, a los pobres, a los pecadores. Ni siquiera la creación es excluida de esta decisión del Señor. Él la renueva, cada día, ante cada persona y cada acontecimiento. Cuando llegue a Jerusalén, sin embargo, habrá un momento en que está opción se hará gesto sacramental: será en el Cenáculo y tomará la forma de pan que se parte y una copa que tiene que pasar de mano en mano. Jesús camina con confianza, con mansedumbre y con alegría. Una alegría desbordante, creciente y que resiste incluso las pruebas más duras. Porque, en su camino, Jesús experimentará momentos de intensa prueba: la dureza de corazón y la ceguera de sus enemigos, la torpeza de sus discípulos que no terminan de entenderlo y la superficialidad de las multitudes. Sin embargo, la mirada fija en el Padre y el soplo consolador del Espíritu lo mantienen en el camino iniciado.

¿Qué estamos haciendo con la alegría del Evangelio que el Señor nos ha confiado? ¿Caminamos con entusiasmo, compartiendo nuestra esperanza y nuestra alegría? ¿O, por el contrario, nos hemos dejado ganar por la amargura y el derrotismo?

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Hasta aquí mis reflexiones para esta primera Carta pascual, a las puertas de nuestro “itinerario hacia la luz pascual”, como dice la Liturgia. Espero sinceramente que nos ayuden a todos.

La liturgia cuaresmal posee una enorme riqueza: los textos de las Escrituras y las oraciones, tanto del Misal como de la Liturgia de las Horas. Alimentemos con ellos nuestra oración de cada día y nuestro deseo sincero de conversión y reconciliación.

El Señor nos espera, con su perdón y su paz, en el sacramento de la Penitencia. Prepararemos así la renovación de las promesas bautismales de la Vigilia Pascual. Es nuestra vida la que se renueva en Pascua.

Cerca de Semana Santa volveré a escribirles. El Señor está caminando hacia la Pascua. Vayamos con él, dejándonos arrebatar por su Espíritu. Nos espera la resurrección y la vida.

Su obispo,

+ Sergio O. Buenanueva

Oda al párroco

Compartamos esta “Oda al párroco” escrita por el arzobispo de La Plata, Víctor Manuel Fernández. Es un texto poético que va desgranando, con belleza y profundida, la misión de nuestros pastores.

A medida que lo vayamos leyendo podrá convertirse también en oración agradecida y suplicante por nuestros párrocos, vivos y difuntos. Amén

Oda al párroco

+ Víctor Manuel Fernández, arzobispo de La Plata

Para un cura no hay nada más lindo que ser párroco.

Un párroco es un hombre tomado por Dios que sabe que sin él nada puede y que el Señor es el destino final de su vida.

Un párroco es un enamorado de Jesucristo, que tiene la certeza de que la amistad con él ya no tiene vuelta atrás.

Un párroco experimenta, a veces con dolor, a veces con emoción, que es una vasija de barro que el Espíritu Santo quiso llenar y desbordar a pesar de sus límites y miserias.

Un párroco sabe que cuando las cosas le van mal puede correr a los brazos de la Virgen de Luján, que en ese momento no mirará sus errores y caídas sino a su hijo que la necesita. Así, desde el corazón de la Madre, aprende él mismo a ser siempre misericordioso.

Un párroco no es un solterón. Para él está muy claro que tiene una esposa que le reclama, que lo reta, que lo necesita, que lo estimula, que lo quiere y lo siente suyo a pesar de todo. Porque desde que llega a una comunidad sabe que ha nacido una alianza de amor con ese pueblo de Dios.

Un párroco entiende cuando alguien llora por amor, porque él también ha llorado a veces su soledad. Comprende cuando una madre sufre por sus hijos porque él muchas veces se sintió impotente cuando intentó ayudar a otros. Percibe lo que otro siente cuando no puede cumplir sus sueños, porque él también tiene sueños grandes y muchas cosas le salieron mal.

Pero un párroco es un hombre que siempre sale adelante, porque está peregrinando con su comunidad en medio de las pruebas y angustias de esta vida. Sufre con ellos, llora con ellos, espera con ellos. Y muchas veces ellos lo empujan y lo llevan para que no se quede. Mientras tanto, une con cariño sus dolores a los de Cristo crucificado y los ofrece por su comunidad. Porque sabe que así su sacerdocio siempre será fecundo.

Y lo más lindo de ser párroco es experimentar que uno siempre es padre, amigo, compañero, uno del barrio, alguien que tiene su casa entre el pueblo como uno más, sin pretender destacarse, pero seguro de entregar un milagro permanente.

Porque Cristo lo ha tomado con su Palabra, porque él se hace alimento entre sus dedos, porque a través de él el Espíritu Santo se derrama como agua, como aceite perfumado, como sencilla bendición que ayuda a su pueblo a seguir adelante.

El párroco es también un contemplativo de la belleza que siembra el Espíritu Santo. Está atento a la vida de su gente y admira tantos gestos de generosidad, tanta entrega, tanta paciencia, tanta lucha, tanta fe del pueblo de Dios. Y contempla el nuevo nacimiento en cada bautismo, el corazón que se renueva en cada reconciliación, la vida que se eleva a Dios en cada Eucaristía. Y contempla a los niños que crecen, a los jóvenes que se enamoran, a los abuelos que se van yendo de a poco.

La vida del párroco no tiene desperdicio, siempre que viva un sincero orgullo por el don que Dios le ha dado y no pretenda ser feliz con lo que le ofrece este mundo vano.

Aunque le duelan sus errores, sus caídas, sus faltas de generosidad, sabe que su fuerza está en un regalo gratuito. Porque Dios lo eligió, lo llamó y lo consagró porque sí, porque a él le dio la gana.

Así, sabiéndose tan querido, seguro de no tener más mérito que el amor que Dios le tiene, se levantará de nuevo mil veces, y aunque sea con lágrimas en los ojos volverá a gritarle al Señor: ¡Gracias Dios mío por ser sacerdote!

Semana Brocheriana 2020

El Padre Ángel Rossi sj predica este año 2020 en las Misas de la Semana Brocheriana en el Santuario de Villa Cura Brochero.

Escucha 01 Sábado 18 de enero de Sergio Osvaldo Buenanueva en #SoundCloud
https://soundcloud.com/sergio-osvaldo-buenanueva/01-sabado-18-de-enero

Escucha 02 Homilía 19 de enero de 2020 de Sergio Osvaldo Buenanueva en #SoundCloud
https://soundcloud.com/sergio-osvaldo-buenanueva/02-homilia-19-de-enero-de-2020

Escucha 03 Lunes 20 de enero de 2020 de Sergio Osvaldo Buenanueva en #SoundCloud
https://soundcloud.com/sergio-osvaldo-buenanueva/03-lunes-20-de-enero-de-2020

Escucha 04 Martes 21 de enero de Sergio Osvaldo Buenanueva en #SoundCloud
https://soundcloud.com/sergio-osvaldo-buenanueva/04-martes-21-de-enero

El voto: un acto personal, ético, comprometido y realista

Comparto estas reflexiones pastorales que, desde hace tiempo, vengo meditando y que ahora salen a la luz.

Agradezco de corazón a algunos amigos obispos y teólogos que me han ayudado, con su lectura , aportes valiosos y, sobre todo, con su aliento.

Reflexiones pastorales del obispo Sergio O. Buenanueva sobre las Elecciones 2019

San Francisco, 22 de junio de 2019

Santo Tomás Moro, mártir.

A los fieles católicos de la diócesis de San Francisco.

Estimados hermanos en Cristo:

Los argentinos nos aprestamos a elegir a nuestras principales autoridades nacionales. En algunas provincias y municipios, también a las locales. Las agrupaciones políticas (partidos y coaliciones) han terminado de formular las listas de candidatos. Tenemos por delante las PASO, la elección general y una eventual segunda vuelta.

Este nuevo acto eleccionario tiene lugar en el contexto de un país cuya cultura democrática viene afianzándose desde 1983. Podemos señalar altibajos, errores y carencias, pero también logros. Como sociedad hemos logrado salir de noches muy oscuras de violencia política. En buena medida, hemos aprendido a resolver nuestros conflictos con las reglas de la democracia republicana. Está vigente en Argentina el estado de derecho consagrado por nuestra Constitución. Somos ciudadanos libres en una sociedad plural, con muchas instituciones vigorosas y con capacidad de futuro. Seríamos injustos si no lo reconociéramos o solo enumeráramos fracasos. Sería además peligroso, en un contexto global de crisis de la política.

Tenemos, sí, una deuda social que no nos deja tranquilos: la pobreza estructural que afecta a millones de argentinos, especialmente a las nuevas generaciones. Tiene complejas causas y muchos rostros. Lo cierto es que no hemos logrado revertirla, con eficacia y de forma duradera, como lo vienen haciendo nuestros vecinos. Se extraña la decisión política de lograr consensos básicos en políticas públicas para superar esta situación. Por otro lado, el crimen de la corrupción nos indica que esa deuda hunde sus raíces en un problema humano de naturaleza espiritual y ética, pero también cultural e institucional. 

Con estas líneas, quisiera compartir algunas reflexiones sobre nuestra responsabilidad cristiana y ciudadana de votar. Se inspiran en la enseñanza de la Iglesia y se nutren de la experiencia de un ciudadano que intenta vivir como discípulo de Cristo y pastor. Obviamente no voy a decirle a nadie a quién votar. Menos aún, a quien no votar. Comparto algunas ideas que me ayudan a preparar el rito ciudadano de entrar en el cuarto oscuro.

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1. La democracia no se agota el día de las elecciones. Sin embargo, el voto es un momento estelar de la cultura democrática. Es un deber ciudadano y una responsabilidad ante Dios. Nuestro voto tiene consecuencias, también para nuestra salud espiritual. Por eso, lo primero que quisiera decirles es que no podemos desoír el llamado de las urnas. A pesar de tantas y tan fundadas perplejidades, y hasta desilusiones con la política, tenemos que ir a votar.

2. Dos relatos bíblicos me inspiran. Ante todo, la pregunta de Dios a Caín, cuando este ha vertido la sangre de Abel: “¿Dónde está tu hermano?”, con la respuesta del fratricida: “No lo sé» … ¿Acaso yo soy el guardián de mi hermano?”. (Gn 4, 9). El otro, es la parábola del Buen Samaritano (cf. Lc 10, 25-37), vivo retrato del mismo Jesús que se hace prójimo de todos los heridos. Y nos invita a recorrer el mismo camino. La anti política suele ser reacción ante la mala política. Esta no se resuelve con la indiferencia sino con una participación ciudadana más vigorosa, con una fuerte motivación espiritual: somos prójimos y hermanos, responsables unos de otros.

3. La emisión del voto es un acto personal de alto contenido ético. Es una decisión de conciencia, tan responsable como comprometida y realista. El voto tiene que ser cuidadosamente pensado. Reclama la virtud de la prudencia y su modo típico de guiar la toma de decisión: ver, juzgar y obrar. Es cierto que, hoy como en otras ocasiones, puede resultar difícil decidirse. Tenemos, por tanto, que alimentar fuertes convicciones para no dejarnos vencer por el desánimo, el desinterés o la improvisación. Decidir el voto recién en el cuarto oscuro es una grave irresponsabilidad.

4. Nadie puede sustituir la conciencia. Todos tenemos ideas políticas, aunque no todos somos o queremos ser militantes. El voto, sin embargo, debe estar guiado por la autoridad de nuestra conciencia. Ella es el espacio interior en el que resuena la voz de Dios y la verdad se hace transparente a nosotros en toda su majestad. Es ella la que nos dice, contra toda postura interesada o egoísta: haz el bien y evita el mal. La conciencia obliga antes que el estado, el partido o una ideología. Y lo hace con más fuerza.

5. El discernimiento del voto se hace en el contexto concreto en el que vivimos. Parte de esa realidad y busca ser un aporte ciudadano para su transformación. No vivimos situaciones ideales, no tenemos candidatos ni propuestas perfectos, tampoco los votantes lo somos. La decisión por el bien posible, aquí y ahora, tiene la característica de todo acto libre: se abre paso en medio de límites, condicionamientos y dificultades. Por eso, a la virtud de la prudencia hay que añadir la fortaleza, la magnanimidad y un fuerte sentido realista. La consecución del mejor orden justo posible es una tarea ética que nunca termina. Nos reclama cada día, desde nuestro lugar de trabajo, en el espacio que compartimos con vecinos, amigos y conciudadanos. 

6. Un voto responsable no puede decidirse por un solo tema. Debe mirar a un conjunto de cuestiones de diversa importancia. Elegimos candidatos para dos de los poderes de la república. Unas cualidades y virtudes han de pesar más en quien tiene la tarea de gestionar la cosa pública desde un cargo ejecutivo. Otras, para quien tiene la delicada misión de elaborar leyes justas para beneficio de la sociedad. En este sentido, el actual sistema electoral argentino necesita avanzar hacia estándares que sean más transparentes y respetuosos de los ciudadanos.

7. Para un católico, la decisión de cómo votar surge de mirar la realidad, en su singularidad y complejidad, a la luz del Evangelio. La enseñanza social de la Iglesia nos ofrece principios, valores y criterios que orientan ese juicio. Vale aquí el dicho: “unidad en lo esencial, libertad en lo opinable, caridad en todo”. Los principios son esenciales. Las políticas concretas para realizarlos son más contingentes y, por lo mismo, abiertas a diversas y legítimas realizaciones. Por eso, de hecho y de derecho, hay católicos en la mayoría de las agrupaciones políticas, sean de centro, de derecha o de izquierda. Así como en una sociedad plural, ninguna agrupación política agota la identidad del pueblo; ningún partido, aunque se inspire en el humanismo cristiano, puede reclamar para sí la representación de los católicos. La Iglesia reconoce, valora y respeta la autonomía del orden secular y la legítima laicidad del estado, como también la pluralidad que supone la democracia y la amplia libertad de los fieles católicos en este ámbito, particularmente de los laicos. No alienta, por tanto, partidos confesionales.

8. Para los católicos, como para otros que comparten nuestros puntos de vista, hay cuestiones éticas fundamentales. Giran en torno a la afirmación de la dignidad de la persona humana, sujeto y fin del orden social. De ella derivan nuestros deberes y derechos: a la vida, de conciencia, de libertad religiosa, de expresión, a una educación integral. Hay lesiones a la dignidad humana (como el aborto o la eutanasia) que son actos intrínsecamente malos. No pueden promoverse deliberadamente. En consecuencia, dar el voto a una propuesta que los favorezca, y hacerlo por esa precisa razón, constituiría una cooperación formal con el mal.

9. No es extraño, sin embargo, que el votante católico se encuentre en un dilema moral más complejo. Lo hemos visto en el reciente debate por la legalización del aborto. Salvo los partidos explícitamente proaborto, las demás agrupaciones, en distinta proporción, tienen idearios, militantes y dirigentes favorables a una u otra postura. Por eso, no resultaría extraño que un católico, que rechaza el aborto por convicción, se resuelva a darles su voto, a pesar de todo. Esto solo es posible por razones graves y proporcionales, discernidas en conciencia, sopesando qué otros bienes fundamentales se procuran promover y que justifican semejante elección. Se los vota no por esa razón, sino a pesar de ella.

10. Un voto responsable, por tanto, ha de surgir de la consideración de un conjunto de principios, temas y situaciones. Enuncio aquí algunos, sin ánimo de ser exhaustivo:

a) La promoción de la dignidad humana no se agota en el rechazo del aborto o la eutanasia. Supone estar atentos a trabajar por la dignidad de las personas, especialmente de quienes están en situación de riesgo. Los rostros argentinos de la pobreza, exclusión y marginación son variados. Y nos reclaman a todos. Son muchas las vidas que hay que salvar.

b) En este sentido, para un católico argentino, la opción preferencial por los pobres no es un tema opcional. Su voto debe tener una sensibilidad especial por esta problemática que afecta la vida de tantos hermanos, aun reconociendo que hay distintas miradas sobre las causas y los medios para superar la pobreza.

c) Lo mismo vale para la atención de la familia como célula básica de la sociedad, anterior al estado y sujeto original de la vida social. Sin desconocer un clima cultural hostil a la familia, manifestado incluso en un sistema legal que no nos conforma, el ciudadano católico debe trabajar por una promoción del bienestar integral de la misma.

d) Otro tanto ocurre con la educación y los grandes desafíos que supone para las familias, la escuela y las políticas educativas nacionales y provinciales. Es cierto que nos preocupa, entre otros, el impacto de las teorías del gender en el mundo educativo. No vamos a dejar de hacer oír nuestros puntos de vista. Sin embargo, la escuela necesita una renovada alianza de todos: sociedad civil, estado y organizaciones, entre las que está la Iglesia. Nuestro país ha logrado articular un sistema educativo que integra, no sin tensiones, la gestión estatal con la privada, asegurando así el derecho y la libertad de educación.

e) Para la enseñanza social de la Iglesia, el rol fundamental del estado en la gestión económica no se opone a la justa libertad de mercado, la libre empresa y la tutela de los derechos de los trabajadores. Es bueno recordar aquí el principio de subsidiariedad, tan importante en el entramado armónico de la propuesta social cristiana. También aquí, los votantes católicos tienen distintas y legítimas miradas.

f) El Papa Francisco viene insistiendo con fuerza en tres temas, íntimamente vinculados: tierra, techo y trabajo. En nuestra Argentina de hoy, estas “tres T” son cuestiones a las que no podemos dejar de atender. Sin descuidar los otros, aquí quisiera destacar la cuestión central del trabajo. En un mundo globalizado, asistimos a una transformación enorme en este campo. También aquí hay distintas y legítimas miradas de cómo implementar políticas públicas que aseguren los derechos de los trabajadores, a la vez que alientan la formación y capacitación que esta transformación requiere. 

g) El Papa Francisco, retomando el impulso de papas anteriores, ha puesto el acento en el cuidado de la casa común, promoviendo una conversión ecológica para una ecología integral. Su gran encíclica Laudato Si’, tan bien acogida, contiene indicaciones preciosas. Temas como: el uso del suelo, el agua, la minería, los agroquímicos, merecen, según cada región, una atención especial a la hora de discernir las propuestas a votar.

11. Dos cuestiones importantes más: la amistad social y la democracia. Para la enseñanza social de la Iglesia, la fuerza que mueve y cohesiona a los pueblos no es el conflicto sino la búsqueda perseverante del bien, reconociendo al otro como un semejante; es más, como a un hermano. Toda tensión ha de vivirse como camino hacia una mayor amistad social en la “cultura del encuentro”, al decir del Papa Francisco. No hay sociedades abiertas y libres sin choque de intereses, tensiones y conflictos. Pero, una cosa es ahondar las grietas por una lógica amigo-enemigo; otra, muy distinta, luchar por la justicia y la dignidad de todos. La lógica de la presencia cristiana en la sociedad es la del Buen Samaritano: compasión, perdón y fraternidad.

12. La Iglesia aprecia la democracia porque asegura algunos valores que no deben faltar en ningún sistema político: la participación ciudadana, la posibilidad de elegir, controlar y sustituir pacíficamente a los gobernantes. Hoy, como ya dijimos, la democracia vive una crisis global. A los argentinos, esto supone un desafío particular. No siempre hemos apreciado ni defendido con convicción los valores democráticos. Tampoco los católicos. En este sentido, persisten aún tendencias negativas, por ejemplo, a promover liderazgos mesiánicos y autoritarios, a una democracia corporativa que desprecia las instituciones republicanas. La crisis de la política nos tiene que motivar a perfeccionar nuestra democracia, no a soslayarla, o a cambiar continuamente sus reglas, según la conveniencia. Este afianzamiento de la democracia es una meta que va más allá de la coyuntura. Mira al futuro. El voto lo debe tener en cuenta.

13. La Iglesia aprecia la democracia, pero no la idealiza. No deja de señalar que una “auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana.” (CA 46). Alienta, por eso, a los fieles a cuidar la cultura democrática del país, sobre todo, aportando los valores espirituales que la sustentan. También es un aporte cuando ejerce una oposición crítica a leyes que considera injustas. En este sentido, no puede faltar -y no va a faltar- el punto de vista católico en los grandes debates de la sociedad argentina. Sumará su voz, con respeto de las reglas democráticas, a las voces presentes en nuestra sociedad. El diálogo ciudadano se verifica en diversos espacios públicos: desde los medios hasta llegar al Parlamento. El estado moderno, como recordó varias veces Benedicto XVI, vive de valores espirituales que no se puede dar a sí mismo, que están en el alma del pueblo y que merecen ser cuidados y promovidos.

Hasta aquí mis reflexiones. Las comparto tal como las he podido formular y porque amo profundamente a mi país. Me duelen sus heridas, especialmente el hecho de que no encontremos propuestas superadoras de la pobreza y el deterioro de nuestra convivencia. Soy discípulo de Cristo y pastor de la Iglesia. He sentido el impulso y el deber de compartir estas reflexiones con mis hermanos en la fe, pero también con quien quiera escucharlas y ponerse en diálogo, también crítico, con ellas.

Se las encomiendo al Señor, a María su Madre y a los santos y beatos argentinos. Como tantos otros, laicos, pastores o consagrados, han sido fieles al Evangelio y, desde su fe y amor a Cristo, ciudadanos comprometidos con el progreso de Argentina.

También evoco aquí a hombres y mujeres de buena voluntad, de otras confesiones religiosas o no creyentes que han construido con esmero, ejemplaridad y tesón nuestra Patria.

Son una gran inspiración para todos.

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

COMIPAZ: “Un fin de año con principios”

A los fines de afianzar los lazos de hermandad y responsabilidad 

con nuestros prójimos, y ratificando los valores de la vida y de la paz

como valores esenciales y trascendentes de todos los seres humanos, el COMIPAZ (Comité Interreligioso por la Paz) convoca a la firma del presente

PACTO DE RESPONSABILIDAD CIUDADANA

TOMANDO EN CONSIDERACIÓN

QUE la Constitución Argentina

establece los principios de la legalidad y de los valores democráticos y republicanos en nuestro país.

QUE hemos sido convocados desde nuestros lugares de liderazgo y representatividad social para multiplicar el llamado a trabajar por el continuo mejoramiento de nuestra sociedad,

propiciando un ambiente de confianza, respeto, encuentro y convivencia pacífica.

QUE el disenso es inherente al sistema de la democracia, y que la resolución de los conflictos debe darse a través de medios pacíficos que promuevan siempre el diálogo por sobre la confrontación violenta.

QUE es nuestro deber participar en el fortalecimiento institucional del país, a fin de garantizar la libertad y el respeto a los derechos fundamentales de sus habitantes.

QUE reconocemos que la democracia implica mucho más

que el solo acto de emitir un voto, y que se realiza cada vez que se incrementa la participación de la ciudadanía en la vida pública de su país. 

NOS COMPROMETEMOS

con el cumplimiento de la Constitución Nacional y las leyes que de ella devienen para garantizar los derechos de todos los habitantes de nuestro suelo.

NOS COMPROMETEMOS

a encauzar todo conflicto hacia el diálogo como condición para fortalecer la democracia y la vida en dignidad de todos los ciudadanos.

NOS COMPROMETEMOS

con un proceso de negociación que se caracterice por el debate y la discusión institucional de programas, ideas y resoluciones, 

evitando todo tipo de ataques y diatribas personales.

NOS COMPROMETEMOS

con un tratamiento mediático de los desacuerdos que privilegie la información y la opinión por sobre el escándalo y el escalamiento de los conflictos. 

NOS COMPROMETEMOS

con la decisión de que después de haber agotado los distintos canales de diálogo, las medidas que se adopten no alteren los derechos del resto de los ciudadanos.

NOS COMPROMETEMOS

con el fortalecimiento de la mediación como un mecanismo alternativo para la solución de los diferendos.

NOS COMPROMETEMOS

con la no violencia y la eliminación de la agresividad en cualquiera 

de sus manifestaciones, así como de cualquier tipo de discriminación

a causa de sexo, raza, edad, extracción social, ideología o religión.

NOS COMPROMETEMOS

a velar para que las condiciones que garantizan el ejercicio de los derechos y las libertades cívicas sean respetadas por todas las autoridades, exigiendo de su liderazgo estricta responsabilidad ciudadana.

NOS COMPROMETEMOS

a incentivar la participación de la ciudadanía en la discusión de los programas y proyectos que tiendan al bien común, priorizando un interés especial por aquellos que padecen situaciones de mayor debilidad.

NOS COMPROMETEMOS

a promover no solamente los derechos de los ciudadanos, 

sino fundamentalmente la responsabilidad y los deberes cívicos que nos convocan.

Córdoba, diciembre de 2018

Cabalgata Brocheriana

Estamos reviviendo la gracia de la canonización del Santo Cura Brochero, acontecida hace ya dos años.

La 8ª Cabalgata Brocheriana que está pasando por los caminos de nuestra Iglesia diocesana, la inauguración del monumento al Santo y esta Eucaristía son la expresión visible de esta nueva oportunidad de gracia que se nos ofrece.

La canonización de San José Gabriel es una “gracia sustantiva” de la Providencia para los tiempos que hoy vivimos. Pasó la celebración, pero queda el impulso del Espíritu.

¡Vivamos entonces este acontecimiento con apertura interior! ¡Dejémonos llevar por el Espíritu!

Sin embargo, permítanme anotar esta observación: ¿estamos aprovechando realmente esta gracia, dejándonos interpelar por ella? ¿No corremos el riesgo de reducir la canonización del Santo Cura a mero dato folclórico, sin terminar de preguntarnos a fondo qué nos está diciendo el Señor?

José Gabriel del Rosario Brochero vivió su fe y se santificó en el ejercicio del ministerio en un momento crucial de Córdoba y de Argentina. Para apreciar lo que su figura de santidad nos ofrece tenemos que comprender el contexto vital, cultural y religioso, político y económico en que vivió su discipulado, creció como pastor y se hizo santo.

Estaban naciendo la Córdoba y la Argentina modernas, con todas sus tensiones, sus logros, sus dramas e ilusiones.

Y supo posicionarse con sabiduría evangélica y picardía criolla en ese cruce de caminos que fue el tiempo que le tocó vivir. Supo tejer encuentros, despertar ilusiones y esperanzas, poner en marcha proyectos comunes, tender puentes.

Recordémoslo: el tiempo es don de Dios. El tiempo que nos toca es regalo de Dios que lo llena con la presencia del Resucitado y su Espíritu, y, por la misma razón, provoca nuestra libertad: ¿Qué vas a hacer con el tiempo que te ha sido dado y confiado a tu libertad?

Brochero supo posicionarse libre, responsable y visiblemente en su tiempo. Vivió y encarnó el Evangelio de Jesucristo, sembrando con él la vida de sus hermanos, de la inmensa parroquia que le fue confiada y de la sociedad cordobesa y argentina de la que siempre se sintió parte.

Fue sacerdote cabal, de los pies a la cabeza, en alma y cuerpo. Y lo fue con ese dinamismo que él mismo describió cuando dijo de sí: “Estos trapos benditos que llevo encima no son los que me hacen sacerdote; si no llevo en mi pecho la caridad, ni a cristiano llego.”

Impulsado por la caridad del Buen Pastor realmente lideró un proceso espiritual que impactó en todos los niveles de la vida. Aun hoy lo podemos apreciar.

Esto nos lleva, al menos a mí, a preguntarnos: ¿Cómo nos estamos posicionando como Iglesia en el tiempo que nos toca vivir? ¿Cómo estamos buscando aparecer hoy en la vida pública de Córdoba y de Argentina?

No vale repetir, sin más, comportamientos aprendidos. La identidad de los pueblos no tiene la consistencia de la piedra inerte, sino el dinamismo de los ríos serranos que nacen en las alturas, casi de entre las piedras, y comienzan a tomar forma, a medida que bajan hacia los valles, ganando en volumen y caudal. Por lo general, su marcha es serena y cantarina. En ocasiones, se vuelven torrente impetuoso. Así es la vida que avanza, crece, se desarrolla, afronta nuevos tiempos y mira hacia el futuro.

La Iglesia misma es un organismo vivo que crece continuamente, manteniendo su identidad profunda, pero siempre abierta a la novedad del Espíritu. Gestos, estrategias, métodos o lenguajes pastorales son pensados y reinventados, una y otra vez.

“Es característico de la Iglesia ser, a la vez, humana y divina, visible y dotada de elementos invisibles, entregada a la acción y dada a la contemplación, presente en el mundo y, sin embargo, peregrina; y todo esto de suerte que en ella lo humano esté ordenado y subordinado a lo divino, lo visible a lo invisible, la acción a la contemplación y lo presente a la ciudad futura que buscamos” (SC 2).

Esta es la sapientísima enseñanza del Concilio Vaticano II, formulada hace ya más de cincuenta años.
Importa – y mucho – todo lo que, en la Iglesia, es humano, visible, concreto y actual. Así entra en la historia la gracia sobrenatural.

La estatua del Santo Cura que hemos inaugurado recién nos puede ayudar a comprender mejor la enseñanza solemne de la Iglesia. Volvamos a mirarla.

El artista ha captado a nuestro Santo en algunas de sus actitudes más características.

Ante todo, Brochero está en movimiento, caminando, en salida. Es el Brochero misionero que tanto nos admira, aunque también nos avergüenza e intimida. Pero – tenemos que decirlo – es el Brochero que no podemos dejar de contemplar, aunque su vida, como si fuera una vorágine de fuego, nos queme y hiera. Lo admiramos. Nos intimida y avergüenza, pero nos atrae y fascina.

En una mano, el Rosario de la Virgen María: el Evangelio rezado, el de los pobres, el de los contemplativos que miran las cosas con el corazón y los ojos de la Purísima.

En la otra mano, el Evangelio de Jesucristo. Es la Palabra de la que se siente pregonero. Esa Palabra que, a él primero, le ha transformado la vida, llenándola de luz, de sentido, de urgencia y de gozo. Esa Palabra que busca sembrar en el corazón noble de sus serranos. Esa Palabra que ha ido aprendiendo a memorizar porque es Cristo, Verbo de Dios, que enamora su corazón. Es la “música” que él lleva a todos lados para encender la alegría de la esperanza cristiana en los corazones.

Tiene la mirada en alto, hacia el cielo, pero también como quien sabe mirar lejos, con la santa ansiedad de quien quiere que el futuro ya comience a transformar el presente.

Caminos, escuelas, acueductos, iglesias, ejercicios espirituales, religiosas y una comunidad cristiana viva y misionera. Porque sueña el futuro de las nuevas generaciones, se empeña con lucidez y decisión en la transformación del presente.

Argentina, Córdoba y San Francisco son muy distintas a como eran en los tiempos que vieron las andanzas de nuestro Santo Cura Gaucho. Sin embargo, él inspira nuestras propias andanzas evangelizadoras.

No es la imitación exterior, sino el espíritu brocheriano – el que la Cabalgata se empeña en difundir – el que tenemos que dejar entrar en nuestras vidas.

El Evangelio no necesita operadores ni estrategias de poder. Busca y siempre encuentra corazones humildes que le ofrecen su transparencia para que, a través de sus vidas, la luz de la Buena Noticia de Jesús siga iluminando cada rincón del mundo.

El Año Mariano está entrando en su fase final. No terminará, sino que dejará paso al Año Misionero Diocesano. El Espíritu que fecundó a María la hizo a ella la más entusiasta misionera. Ese mismo impulso es el que vemos en Brochero y Antula. Es el que soñamos para nosotros y para nuestra Iglesia diocesana.

Así sea.

Cuerpo y Sangre del Señor

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Homilía en la celebración diocesana de Corpus Christi.

Sábado 2 de junio de 2018

“Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomen, esto es mi Cuerpo» …” (Mc 14,22).

El gesto de Jesús estaba prescrito en el protocolo de la cena pascual: el padre de familia debía tomar el pan, partirlo mientras pronunciaba la bendición y después ofrecerlo a todos. Al hacerlo, estaba reconociendo la bendición de Dios como origen de la fraternidad y de la vida del pueblo.

Gesto simple y sencillo. Entre Jesús y esa simplicidad hay una sintonía muy profunda. Todo lo que hace y dice es simple y esencial. Como el pan.

Sin embargo, lo verdaderamente novedoso no es ese gesto sino las palabras con las que Jesús sorprende a sus convidados: “Tomen, esto es mi Cuerpo”. No estaban previstas. Son suyas en el sentido más radical y personal. Han ido creciendo en él, paso a paso, en la vida oculta de Nazaret y, después del Bautismo, en su caminar entre los pobres, enfermos y pecadores. Ahora, en el umbral de la pasión, las pronuncia concentrando en ellas su propia persona. El gesto entonces manifiesta no solo lo que Jesús dice y obra, sino lo que él mismo es: Pan vivo bajado del cielo.

Al pronunciar estas palabras inesperadas le da un sentido nuevo a toda la comida pascual: la comunión con Dios y la fraternidad entre los hombres nacen de esa entrega de Jesús que nos ha amado hasta el fin. La simplicidad y sencillez de los gestos eucarísticos expresan la fuerza más vigorosa que está actuando en la historia: el amor de Dios que hace nuevas todas las cosas y que está llevando al mundo hacia su plena consumación.

La gran bendición de Dios es la Pascua de Jesús, su pasión, muerte y glorificación. Nos reúne cada domingo en el banquete de la Eucaristía.

Ese don que genera comunión tiene la forma dramática del sacrificio martirial. Con su gesto y con sus palabras nuevas Jesús anticipa proféticamente que su cuerpo será crucificado y, así, Él mismo se ofrecerá en sacrificio para la expiación de los pecados. La comunión es concretamente reconciliación de pecadores enemistados, recuperados para la amistad por la entrega de Jesús, que pone su vida en manos de los verdugos.

El don pasa por la pasión y la muerte en cruz. Es entrega real de la propia vida: despojo, renuncia y abandono.

Aquí, al menos para mí, surge una inquietud: ¿Por qué poner así el propio cuerpo, exponiéndose al escarnio y la violencia? ¿Por qué no dejar abandonados a su suerte a quienes, en definitiva, han recusado la amistad de Dios, prefiriendo su propia gloria a la gloria del Creador? ¿Por qué este inmiscuirse tan adentro de la torturada vida de los hombres?

La Eucaristía despierta asombro, estupor y adoración porque en ella se resume y se ofrece el misterio del Dios inmenso que se ha hecho pequeño, ocupando el último lugar, poniendo el cuerpo para salvarnos.

Ese cuerpo entregado es el que ha sido glorificado por la resurrección y el que comulgamos – real, verdadero y vivificante – bajo los velos del pan eucarístico.

La respuesta a la pregunta porqué Jesús se ha expuesto de esa manera es tan simple como el gesto y las palabras sobre el pan: por amor.

El que ama lo arriesga todo, se expone y se entrega, se inmiscuye y se involucra. No puede quedar indiferente ante la suerte de quienes comparten con él el camino de la vida. Y aquí, el que ama es el Dios todopoderoso, creador y providente, el Dios amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amor tan concreto como eficaz, incisivo y transformador.

La celebración eucarística, y su feliz prolongación en la oración ante el Santísimo expuesto o ante el Sagrario, mete en el corazón del mundo esa potencia salvadora del amor de Dios, tan simple y esencial como el pan y el gesto de partirlo y repartirlo entre los hambrientos.

Es la experiencia que hemos vivido los que pudimos participar en el II Encuentro Nacional de Juventud que se realizó en Rosario, hace exactamente una semana. “Con Vos renovamos la historia” fue el lema que convocó y movilizó a miles de chicos y chicas argentinos que se dieron cita en la ciudad de Rosario, junto al Paraná.

En la noche del sábado tuvo lugar un intenso momento eucarístico: casi veinte mil personas, la mayoría jóvenes, estuvimos una hora de adoración ante el Santísimo Sacramento. Allí, en el Hipódromo de Rosario convertido en un gran espacio sagrado de oración, estaba Jesús Eucaristía, su Palabra y su Espíritu, su Presencia silenciosa y fascinante, hablándonos desde el silencio elocuente del Pan consagrado expuesto como alimento para la oración de la Iglesia joven.

Tal vez sensibilizado por esta experiencia, al día siguiente, durante la Misa de clausura del Encuentro, me conmovió profundamente el hecho de dar la comunión a los jóvenes. Mientras repetía las palabras rituales: “Cuerpo de Cristo”, no podía dejar de observar los rostros de esos chicos y su visible deseo de estar con Jesús, intuyendo cuánta promesa encierran sus vidas jóvenes. “Les estoy dando a Cristo”, me repetía interiormente. “Eso es todo lo que tengo que hacer. Esa es mi misión. Para eso soy obispo, pastor y servidor”. Con esa convicción he vuelto.

Los días de retiro compartidos esta semana con mis hermanos sacerdotes me han ayudado a rumiar un poco más esas vivencias. Pude comprender que más que estar dando nosotros a Cristo, era Él el que nos “usaba” como instrumentos suyos para colmar a esos jóvenes con su propia Vida.

Cristo, el Evangelio y los jóvenes. Una sintonía que se convierte en sinfonía de voces cantando la vida. Abramos los oídos para escucharla y sumarnos a ese canto de esperanza. Una Iglesia o una sociedad que ya no tienen ni interés ni tiempo para escuchar realmente a los jóvenes – lo que viven, sienten, piensan y sueñan – se condenan a una parálisis permanente.

Evoqué el II Encuentro Nacional de Juventud. Quisiera evocar ahora otra oleada joven que hoy recorre nuestro país, del interior hacia la gran capital.

Cuando la cultura burguesa, aburrida y nihilista, solo sabe pedir aborto y muerte, de miles de voces nace un grito que es toda una promesa: “Vale toda Vida”, “Salvemos las dos Vidas”, “Votemos Vida”. Se lo intenta ningunear, pero inunda las redes, se expresa alegremente en las calles y toma también la forma de una argumentación racional sólida y fundada, que desmonta cifras mentirosas, mitos y prejuicios.

Los jóvenes provida son miles y también sacuden nuestra comodidad. No se conforman solo con un no al aborto. Piden una sociedad más amable con la vida. Reclaman por un sistema de salud que atienda a todos, especialmente a los más vulnerables. Piden que dejemos de especular, privilegiando el empleo y la producción a la renta o la especulación financiera. Claman por un sistema educativo público, sea de gestión privada o estatal, que movilice sus enormes energías espirituales y éticas para renovar la realidad, haciendo posible que cada uno madure un proyecto personal de vida solidario y transformador.

Escuchemos a los jóvenes. Abramos espacios creativos para escucharlos y escucharnos. Nadie en Argentina tiene la verdad absoluta sobre nada. Eso sí: muchos – individuos e instituciones, oficialismo y oposición, dirigentes sociales y religiosos – cargamos a cuestas con graves yerros, espesas cegueras y oscuros compromisos con el mal. No podemos seguir perdiendo oportunidades.

Los que somos discípulos de Jesús y buscamos alimentarnos de su Pascua dejémonos conmover y convertir por su entrega de amor, exponiendo también nuestros cuerpos, empeñando nuestra libertad y aguzando nuestro ingenio para edificar una patria de hermanos.

Jesús eucaristía, Señor de la vida y de la creación, con Vos renovamos la historia. Amén.

 

Un Dios desarmado

“La Voz de San Justo”, domingo 25 de marzo de 2018

Se suele decir que la Semana Santa es tiempo de reflexión y meditación: unos días para el espíritu. Estoy de acuerdo, con una condición: que, al menos los cristianos, entendamos bien qué queremos decir cuando hablamos de “espíritu” o de “meditación”.

En realidad, más que para una introspección, este es un tiempo para salir de nosotros mismos.

Es un tiempo para los sentidos: ver, oír, tocar, oler y saborear. Solo si activamos todo nuestro mundo sensorial podemos realmente tener una experiencia de silencio que no sea solo relax, confort o puro placer. Un silencio que sea fecundo.

De lo que se trata es de vivir la actitud más revolucionaria que puede encarnar una persona: la apertura a lo que viene de fuera sin que nosotros lo hayamos programado, a lo que no disponemos ni manipulamos, a lo realmente nuevo y provocador.

¿Qué podemos ver, oír, sentir en Pascua?

A Jesús. ¿A quién si no? No a un mito atemporal, sino a un hombre de carne y hueso, a la pasión que lo habita y que lo lleva a entregar la vida. Y, en él, a un Dios que se entrega a sí mismo, desarmado y sin segundas intenciones. Un Dios que tiene mucho para dar, para decir, para vivir y que, paradójicamente, no se impone, ni grita ni sobreactúa. Solo se entrega.

En medio de tantas palabras, voces y ruidos, este año, una vez más, podremos volver a oír la Palabra definitiva que Dios ha pronunciado sobre el mundo: Jesús, su Hijo, crucificado, muerto y sepultado.

Para muchos pasará desapercibida, sea por solitaria introspección o por dispersión. Pero es una Palabra que ya está metida profundamente en la historia humana y, desde su desarmado silencio, sigue hablando, convirtiendo y provocando. Cuando toma una vida – eso son los santos – se deja oír en todo su esplendor de Verdad.

Te invito a escucharla, en esta Semana Santa. Es más, te propongo tocar con tus manos la carne del que se entregó por amor. Porque esa Palabra se hizo carne, y plantó su morada entre nosotros. La liturgia de estos días convoca todos los sentidos para escuchar, contemplar, sentir y palpar a ese Dios humanizado.

El Viernes Santo, todos somos invitados a acercarnos al Crucificado, a arrodillarnos para adorarlo y a besarlo, porque el que ora y adora, ama y se deja amar. Un Dios humilde y desarmado, tanto como el ser humano apenas concebido en el vientre de una mujer.

Un Dios así, como el niño por nacer, está bajo amenaza. Pero es el único Dios capaz de despertar la fe, de convencerme con su Verdad, de iluminar mi vida, también amenazada, con la luz de su Amor.

Creo en el Dios crucificado, humilde y desarmado.