Relaciones humanas en “modo Jesús”

Seguramente, Jesús habrá escuchado varias veces lo que parecía ser lo “normal” en su entorno: “la mujer es inferior al varón en todo”.

Propiedad de su padre primero y de su marido después, la mujer era prácticamente nada fuera de la familia. Cuidar la casa, dar descendencia, ser discretas. Ese es su lugar en el mundo.

No estoy hablando de la Biblia, sino del contexto cultural en el que crece Jesús. Aunque predomina en las Escrituras una visión masculina (hoy dirían algunos: “patriarcal”), varios de sus relatos claves tienen como protagonistas a mujeres por las que pasa el hilo rojo de la historia de la salvación. Con esa tradición entronca Jesús.

Lo primero que nos admira, a leer los relatos evangélicos, es la naturalidad con que Jesús se sale de los estereotipos. Su trato con las mujeres sí que es normal. Las incluye entre sus seguidores. A algunas las ha rescatado incluso de la marginación. “Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios”, les dice sin anestesia a algunas autoridades religiosas que lo interpelan (cf. Mt 21, 31).

Es más. Contra la doble moral que privilegia al varón, señalando hipócritamente que la mujer es peligrosa fuente de tentación, Jesús da vuelta el enfoque machista: “Ustedes han oído que se dijo: «No cometerás adulterio». Pero yo les digo: El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón” (Mt 5, 27-28).

Jesús es un adulto que trata como adultos a todos los que se acercan a él. En una sociedad donde la mujer no tiene subjetividad (como una “cosa” que se posee y usa), Jesús muestra que, para Dios su Padre, la realidad es distinta. Trata a las mujeres como sujetos en pie de igualdad con el varón.

Podríamos releer varios pasajes evangélicos. Solo anoto uno: “Lo acompañaban los Doce y también algunas mujeres que habían sido curadas de malos espíritus y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, esposa de Cusa, intendente de Herodes, Susana y muchas otras, que los ayudaban con sus bienes” (Lc 8, 1-3).

¿Qué significan aquí este poder curativo de Jesús? No pensemos en “El exorcista”, ni en nada raro o paranormal. Jesús ha sido, para esas mujeres, un varón que las ha reconocido en lo que son: sujetos con dignidad humana. No ha generado dependencias tóxicas ni humillantes. Ha hecho lugar a una reciprocidad en la que crecen, por igual, la libertad, la identidad y la colaboración.

Ese es su “poder divino”: humanizar.

*     *     *

La sociedad argentina está impactada. Comienzan a salir a la luz casos de varones que, aprovechando su posición dominante, han sometido a mujeres a diversas y aberrantes formas de abuso. Historias que nos sacuden.

¿Está en marcha un cambio cultural irreversible y superador? Pregunta abierta. La conciencia y libertad de cada uno están convocadas a responder.

Por cierto, el “modo Jesús” de relación nos interpela. Ante todo, a quienes somos sus discípulos e intentamos vivir de acuerdo con su Evangelio en la Iglesia. Pone en crisis nuestra mentalidad y nuestras formas de tratarnos y de vincularnos. Entre otras consecuencias, hacia esos replanteos de fondo nos está llevando la grave crisis de los abusos en la misma Iglesia: abusos de poder, de conciencia y sexuales.

Para Jesús, cualquier forma de autoridad es servicio y se vive en el desapego de sí, la entrega generosa de la propia vida y, sobre todo, desde la perspectiva de los más débiles. Para Jesús, y en el surco del proyecto originario del Creador, los seres humanos estamos llamados a cuidarnos unos a otros. Somos responsables los unos de los otros. Cualquier asimetría que pueda darse entre las personas (de rol, de edad, etc.), debe ser vivida desde ese enfoque fraterno.

Este “modo Jesús” de vivir las relaciones humanas pone el dedo en la llaga. Es una crítica a fondo de la cultura que hace posibles los abusos: el persistente machismo, diversas formas de narcisismo, la deshumanización y banalización de la sexualidad, la erotización precoz de niños y adolescentes, la manipulación de las personas.

Para quienes tenemos fe en Dios, esta capacidad de humanizar de Jesús manifiesta que Él realmente viene de Dios y es Dios. Un Dios que se ha hecho hombre y que nos salva humanizando y sanando nuestros vínculos.

El Espíritu de Jesús nos alienta para recorrer ese camino. ¿No sentimos su fuerza en todo esto?

Alegría con “a” de agua

“La Voz de San Justo”, domingo 16 de diciembre de 2018

“Ustedes sacarán agua con alegría de las fuentes de la salvación” (Is 12,3).

Un salmo que no está en el libro de los Salmos de la Biblia. No forma parte de esas ciento cincuenta plegarias que componen el Salterio. Sin embargo, comparte con ellas el estilo, la elevación espiritual y poética. No demos más vueltas: es un salmo.

Tomado del capítulo doce del profeta Isaías (cf. Is 12,2-6), con él rezamos este tercer domingo de Adviento, llamado “del Gozo y la Alegría”. Los textos bíblicos repiten, una y otra vez, la invitación a la alegría que brota de la experiencia de la salvación.

El salmo de Isaías usa la imagen con la que abrimos nuestra columna: la alegría de tener una fuente de agua para calmar la sed. Así se expresa lo que acontece en la vida cuando se hace experiencia de la presencia, la cercanía y la salvación de Dios.

Un cristiano que reza con este salmo de Israel no puede dejar de evocar una escena que leemos en el evangelista San Juan: “El último día, el más solemne de la fiesta, Jesús, poniéndose de pie, exclamó: «El que tenga sed, venga a mí; y beba el que cree en mí». Como dice la Escritura: ‘De su seno brotarán manantiales de agua viva’. Él se refería al Espíritu que debían recibir los que creyeran en él. Porque el Espíritu no había sido dado todavía, ya que Jesús aún no había sido glorificado” (Jn 7,37-39).

Cristo es la fuente de agua en la que abrevamos. ¿Lo es realmente? ¿O no acudimos a otros espejos de agua para calmar nuestra sed? ¿Espejos o espejismos?

El Adviento nos invita a redescubrir dónde está abrevando realmente nuestra vida. Y a acudir a la fuente que, como el mismo Jesús declara, no está fuera, sino dentro de nosotros mismos: el Espíritu.

Tal vez nos pueda ayudar el poema de San Juan de la Cruz, cuya memoria hemos celebrado este viernes, que lo expresa de manera insuperable: “Qué bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche… Aquesta viva fonte que deseo, en este pan de vida yo la veo, aunque es de noche”.

Sí. Es de noche, pero la fuente está ahí. Y su agua realmente sacia.

Mensaje de Navidad 2018

“¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él!” (Lc 2,14)
Al contemplar el pesebre, también nosotros deseemos la paz para la tierra, nuestra casa común.
María y José abren el mundo a la Paz que viene de Dios.
Jesús es nuestra Paz.

Queridos amigos y hermanos:

En el Mensaje del año pasado les comentaba algunos pormenores del primer “pesebre viviente” de la historia: el que se hizo por iniciativa de Francisco de Asís, en la Navidad de 1223. Francisco – les decía entonces – quería “estar con Jesús, María y José” y sentir “en la propia carne la humanidad de Dios”. Su alma sensible sentía con fuerza este “anhelo de Navidad”.

El tiempo pasa, las costumbres cambian y el mundo sigue girando. Pero, ese anhelo sigue vivo. ¿Por qué? Los hombres no podemos dejar de anhelar la paz. Incluso cuando más se enrarece la convivencia, la aspiración de la paz logra abrirse camino por los entreveros del corazón humano.

La paz es obra de la justicia. Pero es mucho más. Hay paz cuando, por ejemplo, alguien se anima a perdonar; a recrear la confianza con una sonrisa o una palabra amable; o, sencillamente, a humanizar el espacio compartido con alguna expresión de belleza.

De manera especial, la paz se abre camino cuando un ser humano ora, dejando entrar en su corazón la admiración por ese Misterio silente y bueno que llamamos “Dios”. Y, así conmovido, le abre espacio en su corazón, en su jornada y en su vida.

Así viven aquella noche José y María, en Belén de Judá.

Se les habían cerrado todas las puertas. Sin embargo, no dejaron que esa triste negativa les agriara el alma. Todo lo contrario: en un establo, hicieron que el mundo se abriera a la paz de Dios.

Esa Paz vino del cielo, como gracia inmerecida y sorprendente. Pero fue también creciendo despacito, “por obra del Espíritu Santo”, en el vientre de María y en el corazón noble de José. Aquella noche, los jóvenes esposos dijeron juntos su sí al Dios que los llamaba, sobreponiéndose a dudas y temores.

Y la Paz nació en Belén.

Siempre me pregunto: ¿cuántos Belenes así hay en el mundo? ¿Cuántos José, María y Jesús naciendo? ¿Cuántos pesebres pobres transformados en hogares de paz y de esperanza? ¿Cuántas horas silenciosas de amor, perdón y oración que abren, cada día, nuestro mundo al soplo vivificante del Espíritu Santo? Solo Dios lo sabe, pero está ansioso por compartirlo con nosotros.

Por eso celebramos Navidad, armamos el pesebre y escuchamos, como la primera vez, el relato del nacimiento de Jesús.

El pesebre nos habla de un Dios que, a pesar de todas las puertas cerradas, se abre espacio en la noche de los hombres. ¡Dios no deja solos a sus hijos e hijas! Su Verbo se ha hecho carne y ha nacido en Belén para llenar con su Presencia cada espacio y momento humano.

¡Dónde hay humanidad, allí está el Hijo de María nacido en un pesebre!

Así Dios está en tu vida, en la de tus seres queridos, en cada hombre y mujer que lucha las batallas de la vida con algunas victorias y, tal vez, muchas derrotas. Está, especialmente, en la mesa de los pobres, los descartados, los olvidados. Dios está donde hay humanidad, especialmente si frágil, herida o pisoteada.

¡Miremos entonces el pesebre!

¡Qué la fragilidad del Niño Dios cure nuestras cegueras, y venza con su humildad tantas desconfianzas y desilusiones!

¡La gloria de Dios que cantan los ángeles resplandece en ese Niño!

¡Desaparezcan de nosotros toda altanería y autosuficiencia!

Seamos como los pastores: acudamos presurosos a reconocer al Mesías de Dios.

También nosotros, como María y José, con nuestra oración y nuestra fe humilde, abramos el mundo a la Paz de Dios.

Pero, también como ellos, convirtámonos en obreros de paz, de reconciliación, de perdón y de alegría.

Bendecida Navidad para todos ustedes.De corazón,

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

Navidad, dignidad y democracia

Enseguida explico las dos o tres ideas que quiero compartir con ustedes en esta fecha, recordando aquel 10 de diciembre de 1983 que algunos custodiamos en nuestra memoria con una mezcla de respeto y nostalgia ciudadanas.

Ahora quiero ir al hueso de lo que me moviliza. Lo formulo así: A treinta y cinco años de haber “recuperado la democracia”, ¡cómo se extraña un gran acuerdo de fondo entre todos los ciudadanos argentinos! Un acuerdo sobre valores compartidos y unos pocos caminos comunes para concretarlos.

Lo tenía que decir. Es lo que me agita más hondamente. Creo saber cuáles son las críticas a este planteo ¿ingenuo, principista e idealista? Sé también que, en tiempos electorales, cuando los leones se vuelven herbívoros y las encuestas dictan cátedra de corto plazo, este tipo de planteos suenan extraños.

Solo me queda decir: ¡viva la libertad de conciencia y de expresión! Mientras podamos, usemos de ellas… Pero, estemos alerta. Los enemigos de la libertad suelen encontrar razones para ahogarla.

* * *

Ahora a lo que quería compartir con ustedes.

Para esta conmemoración, se me ocurrió hace un tiempo releer el radiomensaje de Pío XII en la Navidad de 1944. Era la sexta y última Navidad de una Europa devastada por la guerra.

En medio de esa destrucción, el Papa Pacelli ve una señal de esperanza. Lo expresa así: “Una idea, una voluntad cada día más clara y firme surge de una falange, cada vez mayor, de nobles espíritus: hacer de esta guerra mundial, de este universal desbarajuste el punto de partida de una era nueva, para la renovación profunda, la reordenación total del mundo”.

El sabio Pontífice observa cómo, mientras los ejércitos siguen contendiendo, “los hombres de gobierno… se reúnen en coloquios y conferencias, para determinar los derechos y los deberes fundamentales sobre los que se debería reedificar una unión de los Estados, para trazar el camino hacia un porvenir mejor, más seguro, más digno de la humanidad”.

¿Solo reconstruir edificios? No, claro. La guerra dejaba heridos los cuerpos y las almas. La reconstrucción se presentaba, ante todo, como una empresa espiritual y ética. El mundo necesitaría movilizar sus energías más preciosas para esta tarea sobrehumana.

Europa, por su parte, tenía a disposición ese patrimonio espiritual inmenso que es el humanismo sobre el que había edificado sus mejores logros. Ahora había que ponerlo en juego nuevamente.

Pío XII ofrece su aportación. Abrevando en las caudalosas fuentes del humanismo cristiano, el Santo Padre reflexiona sobre la democracia. Se enfoca en dos puntos: qué tipo de ciudadanos requiere lo que hoy llamaríamos la “cultura democrática” y, por ende, qué tipo de dirigentes políticos supone la misma.

* * *

Antes de seguir, una aclaración importante: la de Pío XII no será la última palabra de la Iglesia sobre el tema. Apenas caído el Muro de Berlín, San Juan Pablo II ofrecerá, en la gran encíclica Centessimus annus, una actualización de la enseñanza católica, superando algunos límites del discurso de su sabio predecesor. ¿En qué punto? En uno fundamental: mientras que Pío XII parecía condicionar la aceptación de la democracia a que esta asumiera la visión del hombre, la justicia y el bien común del cristianismo, el Papa Wojtyla solo lo indicará como una condición para el funcionamiento correcto del sistema democrático. Este tiene, en sí mismo, su propia legitimidad porque pone en el centro la dignidad de la persona humana, sus derechos y deberes, asume el estado de derecho y la división de poderes. No es una diferencia menor.

* * *

El Papa Pacelli comienza tomando nota de un hecho: “los pueblos… se han como despertado de un prolongado letargo. Ante el Estado, ante los gobernantes han adoptado una actitud nueva, interrogativa, crítica, desconfiada”.

La experiencia vivida los ha aleccionado a exigir un sistema de gobierno que respete la dignidad de los ciudadanos. Precisamente, el no haber vigilado mejor a los poderosos y sus desbordes autoritarios es lo que ha precipitado el mundo a la guerra.

Anota entonces: “¿hay acaso que maravillarse de que la tendencia democrática inunde los pueblos y obtenga fácilmente la aprobación y el asenso de los que aspiran a colaborar más eficazmente en los destinos de los individuos y de la sociedad?”.

¿Cuáles son entonces las condiciones que hacen más sana y equilibrada a una verdadera democracia, en todas las posiblesformas en que esta se puede realizar?

Dos derechos son fundamentales, desde la perspectiva del ciudadano: dar la propia opinión y, en consecuencia, no verse obligado a obedecer sin antes haber sido oído. Aquí hay una preciosa indicación, algo así como un presupuesto antropológico ineludible para una democracia con buena salud: que el ciudadano sea sujeto con opinión propia, fundada y formada a conciencia; que la pueda manifestar y, a través de medios justos, hacerla valer para dar su contribución al bien común.

No hay democracia con autómatas sino con ciudadanos libres, activos, responsables y conscientes. Aquí surge inevitable una cuestión: hoy por hoy, ¿qué condiciones hacen posible semejante altura espiritual y ética de los individuos? ¿Cómo ser realmente libres habida cuenta de la presión constante que lo políticamente correcto ejerce desde sus cátedras indiscutibles, en los medios, los centros de poder y de opinión?

A continuación, el Papa Pacelli enhebra un discurso en el que, con precisión de orfebre, caracteriza una condición indispensable para que la vía democrática sea posible y el Estado no degenere en totalitarismo: que el conjunto de los ciudadanos deje de ser una masa amorfa, inerte y dúctil, presa fácil de líderes tóxicos y autoritarios, y sea realmente un pueblo con vida propia.

“El pueblo – señala el Pontífice- vive de la plenitud de la vida de los hombres que lo componen, cada uno de los cuales – en su propio puesto y a su manera – es persona consciente de sus propias responsabilidades y de sus convicciones propias… En un pueblo digno de tal nombre, el ciudadano siente en sí mismo la conciencia de su personalidad, de sus deberes y de sus derechos, de su libertad unida al respeto de la libertad y de la dignidad de los demás”.

Por el contrario, cuando una democracia no cuida la calidad del ciudadano como sujeto personal, libre, activo y responsable, libertad e igualdad se deforman hasta convertirse en un triste remedo.

Pienso que, bien leídas estas reflexiones del Papa Pacelli, pueden ayudarnos a afinar nuestra mirada y, sobre todo, a tener lucidez crítica ante el emerger de formas nuevas de populismo, tanto de izquierdas como de derechas.
De los párrafos que Pío XII dedica a la descripción de las características de los hombres y mujeres que deben ejercer el poder público en las democracias, solo resalto la centralidad que da a los legisladores, miembros de los parlamentos.
La buena salud de una democracia depende, como de una condición indispensable, de la calidad de sus parlamentarios. Y esta condición, a su vez, remite a otra: la buena salud espiritual y ética de los ciudadanos que conforman un pueblo.

* * *

No me extiendo más.

Solo una anotación final.

Releyendo el Mensaje para redondear estas ideas, me percaté de esta frase, escrita al inicio del texto pontificio: “Navidad es la fiesta de la dignidad humana”.
De ahí el título de esta columna: Navidad, dignidad y democracia.

Solo eso.

Los que siembran entre lágrimas…

“La Voz de San Justo”, domingo 9 de diciembre de 2018

“Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía que soñábamos: nuestra boca se llenó de risas y nuestros labios, de canciones… Los que siembran entre lágrimas cosecharán entre canciones” (Salmo 125, 1-2.5).

Hace dos mil quinientos años que fueron escritas estas palabras. Reflejan una de las experiencias más traumáticas de los habitantes de Jerusalén: la destrucción de la ciudad, la deportación a Asiria y el regreso a la patria, al cabo de un penoso exilio.

Pienso que esa palabra (“exilio”) no tendría que existir en ningún idioma. Sin embargo, ahí está, para indicar una de las crueldades más grandes los hombres podamos infringirnos: obligar a alguien a dejar su tierra, su querencia, para marcharse lejos, tal vez con la posibilidad de que nunca se dé el retorno.

¿No hemos jugueteado irresponsablemente en Argentina con esa posibilidad? “¿No dijiste que, si ganaba las elecciones tal o cual candidato, te ibas a ir del país? Ganó, ¿por qué no te vas?” Las horas más oscuras de la historia humana – también la nuestra – suelen tener sabor de exilio. La memoria de tantos exiliados ¿no ha logrado romper nuestros odios?

Las estrofas del salmo que comentamos adquirieron una dolorosa actualidad cuando se convirtió en la oración de aquellos judíos que habían podido escapar de los campos, las cámaras y los hornos. Dejaban atrás el dolor, sus muertos y el odio. Tenían por delante la tierra prometida y un futuro que le había sido negado a millones. La alegría de la salvación no podía dejar de abrir paso a la responsabilidad de saberse sobrevivientes de semejante holocausto.

Este domingo, la liturgia de Adviento, al poner en nuestros labios las estrofas del Salmo 125, nos hace rezar todos esos exilios: los nuestros y los de toda la humanidad.

Una de las características más significativas de los salmos es su humano realismo: el orante no se oculta nada de lo que siente, de lo que lo estruja por dentro. Y, sobre todo, no se lo oculta a Dios. Incluso más: es a Él a quien le dirige, una y otra vez, su interpelación airada y al borde de la desesperación. En los salmos no hay nada de afectación, diplomacia o acartonamiento.

Los salmos nos desnudan ante la mirada del Dios de Israel, a quien Jesús invoca como Padre. Nos desnudan delante de su Rostro. También de su Silencio. Nos llevan por eso al límite de nuestra humanidad. En la cruz, experimentando como nadie el abismo de la muerte, Jesús rezará con los salmos 21 y 31.

Cuando un cristiano reza con el Salmo 125, pone delante de la mirada de Dios todos sus exilios, pero con los ojos fijos en Jesús resucitado. Sabe que Dios ha cumplido todas sus promesas precisamente a través de su Hijo, muerto y resucitado.

La súplica: “¡Cambia, Señor, nuestra suerte como los torrentes del Négueb!”, ha sido escuchada. Todo orante, aún en los momentos más oscuros de su vida y en sus horas más desiertas, va a la oración sabiendo que no será defraudado. Sabe, con la sapiencia que da el corazón tocado por el Espíritu, que Dios está con él, siempre y en todo momento.

El Adviento nos invita a ir a fondo en esta experiencia espiritual.

Celebramos a la “Virgencita”

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María

Clausura del Año Mariano Diocesano: 8 de diciembre de 2018

Soñamos un mundo nuevo, mejor, más humano, menos violento. Un mundo más justo.

Es un hermoso sueño, aunque, por momentos, parece que es solo eso: un bonito sueño, pero lejano o sencillamente irrealizable.

Nos despertamos y, con algo de resignación, volvemos a eso que llamamos realidad, a pelear la vida o, al menos, a tratar de sobrevivir.

Los hombres y mujeres de fe, aunque a veces nos sentimos interiormente sacudidos por dudas y temores, sabemos que Dios está, que Él es, nos mira y no deja de hacerse presente en nuestras vidas.

Dios es real. Es Razón providente, creadora y bondadosa. Y todo lo que surge de Él es esta realidad maravillosa que nos rodea, de la que nosotros somos parte, tanto como nuestros seres más queridos y cercanos. Pero también en aquellos que, por diversas razones, nos resultan extraños, lejanos o hasta incluso adversarios.

Una mamá o un papá mira a los ojos de su hijo y, en ellos, ve reflejada la belleza del Dios amor.

Es lo que vive, en profundidad, el que se deja mirar por Dios en la oración.

Es la experiencia del hombre o mujer de fe que reserva, cada jornada de su vida, al menos un momento para elevar su alma hacia Dios en la plegaria.

¿No es un misterio tremendamente consolador que, día tras día, de cada rincón de la tierra se levanten miles de manos en oración, por momentos confiada y agradecida, otras veces ansiosa o incluso sacudida por el dolor o la impotencia?

Pienso en tantos hombres y mujeres que, al cabo de muchas batallas, caen rendidos de cansancio y solo atinan a musitar un: “¡Basta ya! ¡No puedo más! ¡Señor, sálvame!”.

Pienso también en quienes han sido vencidos por esa fuerza misteriosa que habita el corazón humano y que nos arrastra, una y otra vez, a la frustración del pecado.

Pienso en esas caídas de esos hombres y mujeres, pero también en sus resurrecciones: cómo se levantan, sostenidos por la mirada de ese Dios vivo y verdadero al que saben realmente presente en sus vidas.

Pienso hoy, con especial angustia, en quienes ven peligrar las fuentes de su trabajo y, de esa manera, amenazada la vida de sus familias. Y cómo crece la decepción por la edificación de un orden justo en la sociedad, decepción que trae aparejada una siempre peligrosa desconfianza en la democracia y en el servicio indispensable al bien común que es la política.

Pienso en la solidaridad fraterna de aquellos que, en medio de esta cultura rabiosamente individualista que ha divinizado el éxito y el bienestar personal, saben romper los muros del egoísmo, tienden la mano, no tienen miedo de perder y se animan a compartir.

Pienso también en quienes, conscientes del profundo desprecio por la ley, las normas y las pautas civilizadas de convivencia, que parece ser un demonio que, de tanto en tanto, se apodera del alma argentina y nos lleva a límites insoportables de deshumanización, cada día se empeñan en caminar el buen camino del respeto irrestricto por el estado de derecho, la igualdad de todos ante la ley y la satisfacción que trae aparejado el trabajo bien realizado y el cumplimiento de las propias obligaciones.

Esas experiencias hondamente humanas quedan transfiguradas por la fe que se hace oración de alabanza, de súplica, de penitencia y de intercesión.

Este santuario que hoy visitamos como peregrinos atesora muchas de esas plegarias.

Aquí todos nos descalzamos de nuestra altanería.

Aquí nos descubrimos pobres, mendigos y hermanos que caminan juntos, unos al lado de los otros.

Aquí nos alcanza la mirada de María, nuestra “Virgencita”.

A lo largo de este Año Mariano Diocesano que hemos celebrado, esa mirada ha llegado lejos.

No solo porque las réplicas de la bendita imagen se han multiplicado y han recorrido los caminos de nuestras familias, comunidades e instituciones.

Hemos sentido que los ojos abiertos de María, luminosos, tiernos y humanos, han penetrado con su luz nuestras vidas.

Hermanos y hermanas: al concluir este Año Mariano, no puedo sino decir un fuerte:

¡GRACIAS, MARÍA!

Madre purísima de Concepción: nos hemos sentido bendecidos por tu presencia, una vez más.

Tú, como ya lo hicieras en el Cenáculo, has sostenido nuestro caminar vacilante con tu presencia materna y orante.

Tus inmensos ojos, bien abiertos para abarcar la vida de tus devotos, parecen prolongar su amplitud en tus hermosas manos, también ellas abiertas.

Sí, Madre, en esta bendita imagen, te vemos, a la vez, rezando y acogiendo las plegarias de tus peregrinos.

Nuestra oración, siempre pobre e incluso torpe, se hace una sola cosa con tu oración pura, transparente y sólida.

Cuando la Iglesia se reúne para adorar y celebrar el culto divino no puede sino tomar de tus labios, de tus manos y de tu corazón tu propia oración: cada tarde, la Iglesia celebra la Misericordia divina cantando el Magníficat que entonaste en la casa de Zacarías, Isabel y Juan.

Sí, también nosotros, Madre purísima, queremos engrandecer con nuestro canto al Dios de la vida que nos salva por medio de Jesucristo en la fuerza del Espíritu Santo.

Por eso, este Año Mariano que estamos clausurando dará paso a un Año Misionero Diocesano, cuyo lema será: “Con vos, María, misioneros del Evangelio”.

Los discípulos de Jesús, tras las huellas de María, su madre y la más perfecta de sus discípulos, no solo soñamos con un mundo mejor.

El Espíritu nos impulsa a ser obreros de ese mundo nuevo.

Dios está trabajando los corazones. Está recreando, con paciencia e ingenio divinos, esa nueva humanidad que ya resplandece en Jesucristo resucitado y en María elevada al cielo en cuerpo y alma.

Ese Espíritu nos lleva por todos los caminos para comunicar la alegría del Evangelio.

Nos lleva a estar junto a toda vida, especialmente la más amenazada, herida o vacilante.

En este santuario aprendemos esa sabia ley del Evangelio que nos muestra a María, imagen de la ternura de Dios, acogiendo a todos con exquisita delicadeza, ayudando a cada uno a caminar la fe, dando pasos de conversión y de renovación espiritual, sin violentar procesos ni quemar etapas, sino respetando el ritmo de cada uno.

Nuestra Iglesia diocesana ve así a María como imagen de lo que ella está llamada a ser, de cómo debe orar y misionar.

Misionar no es proselitismo. Tampoco es marketing. Mucho menos clientelismo que rebaja la dignidad de las personas.

Misionar es cantar. Solo cantar – poco importa si con buena voz – porque se tiene el corazón colmado de alegría. La que nace, espontánea y pura, de sentirse alcanzado por un amor gratuito e incondicional.

Por eso, María es la mejor y más perfecta figura misionera que tiene la Iglesia.

Ella nos enseña a cantar, a misionar, a caminar, a compartir.

A ella le confiamos el Año Misionero Diocesano que estamos a punto de comenzar.

Esperar, orar, caminar

“La Voz de San Justo”, domingo 2 de diciembre de 2018

“Estén prevenidos y oren incesantemente…” (Lc 21, 36). Con esta recomendación de Jesús comenzamos a caminar el Adviento. Por eso, voy a dedicar estas columnas semanales a los salmos de los cuatro domingos de Adviento.

Adviento es, en definitiva, tiempo fuerte de oración. Y los salmos son precisamente eso: oración.  “El Salterio – enseña el Catecismo de la Iglesia – es el libro en el que la Palabra de Dios se convierte en la oración del hombre” (nº 2587).

Afrontar la vida “en espera” es ya “ponerse en oración”. El que espera, ora o anhela orar.

Los salmos son la escuela de oración del pueblo de Israel. Como todo hebreo piadoso, Jesús ha aprendido a rezar con ellos. Por eso, los salmos están en el corazón de la oración cotidiana de la comunidad de Jesús, la Iglesia. Rezados en el Espíritu de Jesús adquieren un significado y una profundidad inigualables.

Al salmo que sigue a la primera lectura de la Misa lo llamamos “responsorial” pues nos ayuda a responder a la Palabra escuchada. En este primer domingo de Adviento rezamos con algunas estrofas del Salmo 24, intercalando la antífona: “A ti, Señor, elevo mi alma”. A continuación, las estrofas:

Muéstrame, Señor, tus caminos,
enséñame tus senderos.
Guíame por el camino de tu fidelidad;
enséñame, porque tú eres mi Dios y mi salvador.

El Señor es bondadoso y recto:
por eso muestra el camino a los extraviados;
él guía a los humildes para que obren rectamente
y enseña su camino a los pobres.

Todos los senderos del Señor son amor y fidelidad,
para los que observan los preceptos de su alianza.
El Señor da su amistad a los que lo temen
y les hace conocer su alianza.

El orante es un creyente (¿un anciano tal vez?) que se encuentra solo y un poco abatido. Sabe, sin embargo, que cuenta con la cercanía del Dios misericordioso. Esta es su experiencia religiosa más honda: el Señor le ha dado su amistad.

Por eso, le pide tres gracias: verse libre de todos sus enemigos, alcanzar el perdón de sus pecados y ser instruido en los caminos del Señor. Esta última petición es la que retoma la liturgia de este domingo. La imagen del camino aparece cinco veces en las tres estrofas que rezamos.

El orante suplica conocer el camino, porque sabe que Dios no juega con él: es justo y recto, muestra siempre el camino a quien está extraviado.

El Adviento nos recuerda que ninguno de nosotros está hecho del todo. Pero también nos recuerda que Dios mismo está viniendo a nosotros. Está “en camino”. No es un Dios quieto, insensible o inalcanzable.

El salmo nos invita a caminar, a esperar y, por eso, a orar.

COMIPAZ: “Un fin de año con principios”

A los fines de afianzar los lazos de hermandad y responsabilidad 

con nuestros prójimos, y ratificando los valores de la vida y de la paz

como valores esenciales y trascendentes de todos los seres humanos, el COMIPAZ (Comité Interreligioso por la Paz) convoca a la firma del presente

PACTO DE RESPONSABILIDAD CIUDADANA

TOMANDO EN CONSIDERACIÓN

QUE la Constitución Argentina

establece los principios de la legalidad y de los valores democráticos y republicanos en nuestro país.

QUE hemos sido convocados desde nuestros lugares de liderazgo y representatividad social para multiplicar el llamado a trabajar por el continuo mejoramiento de nuestra sociedad,

propiciando un ambiente de confianza, respeto, encuentro y convivencia pacífica.

QUE el disenso es inherente al sistema de la democracia, y que la resolución de los conflictos debe darse a través de medios pacíficos que promuevan siempre el diálogo por sobre la confrontación violenta.

QUE es nuestro deber participar en el fortalecimiento institucional del país, a fin de garantizar la libertad y el respeto a los derechos fundamentales de sus habitantes.

QUE reconocemos que la democracia implica mucho más

que el solo acto de emitir un voto, y que se realiza cada vez que se incrementa la participación de la ciudadanía en la vida pública de su país. 

NOS COMPROMETEMOS

con el cumplimiento de la Constitución Nacional y las leyes que de ella devienen para garantizar los derechos de todos los habitantes de nuestro suelo.

NOS COMPROMETEMOS

a encauzar todo conflicto hacia el diálogo como condición para fortalecer la democracia y la vida en dignidad de todos los ciudadanos.

NOS COMPROMETEMOS

con un proceso de negociación que se caracterice por el debate y la discusión institucional de programas, ideas y resoluciones, 

evitando todo tipo de ataques y diatribas personales.

NOS COMPROMETEMOS

con un tratamiento mediático de los desacuerdos que privilegie la información y la opinión por sobre el escándalo y el escalamiento de los conflictos. 

NOS COMPROMETEMOS

con la decisión de que después de haber agotado los distintos canales de diálogo, las medidas que se adopten no alteren los derechos del resto de los ciudadanos.

NOS COMPROMETEMOS

con el fortalecimiento de la mediación como un mecanismo alternativo para la solución de los diferendos.

NOS COMPROMETEMOS

con la no violencia y la eliminación de la agresividad en cualquiera 

de sus manifestaciones, así como de cualquier tipo de discriminación

a causa de sexo, raza, edad, extracción social, ideología o religión.

NOS COMPROMETEMOS

a velar para que las condiciones que garantizan el ejercicio de los derechos y las libertades cívicas sean respetadas por todas las autoridades, exigiendo de su liderazgo estricta responsabilidad ciudadana.

NOS COMPROMETEMOS

a incentivar la participación de la ciudadanía en la discusión de los programas y proyectos que tiendan al bien común, priorizando un interés especial por aquellos que padecen situaciones de mayor debilidad.

NOS COMPROMETEMOS

a promover no solamente los derechos de los ciudadanos, 

sino fundamentalmente la responsabilidad y los deberes cívicos que nos convocan.

Córdoba, diciembre de 2018

Cristo Rey

Cristo es rey. Claro que sí.

Y lo es de un modo que no tiene comparación con ningún poder mundano. “Mi realeza no es de este mundo”, le dirá a Pilato.

Y añade: “Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”.

Pasan los siglos, se multiplican las voces, nos saturamos de información y de ruidos, pero la voz de Cristo – serena, humilde, certera, genuina – sigue encontrando oídos que la reconocen y que se dejan iluminar por ella.

Ese es el verdadero poder de Cristo.

Hasta el escéptico Pilato parece comprenderlo. Se da cuenta rápidamente de que ese hombre vilipendiado al que finalmente condenará era inocente del todo. Limpio, sin fisuras, tan diáfano como la luz del mediodía.

“Ecce Homo”, exclama, presentándolo a la multitud desfigurado y, sin embargo, con una Hermosura que sigue subyugando a las almas. “¡He aquí el Hombre!”.

No necesita imponerse por la fuerza. No tiene ejércitos que conquisten para él los vastos territorios del mundo. No necesita estrategias ni artimañas oscuras. No sabe de manipulaciones ni maneja con maestría mundana los hilos del poder.

Cristo es rey. Claro que sí.

“Para eso he nacido y venido al mundo…”, añade el Condenado. Y precisa: “…para dar testimonio de la verdad”.

Hoy te sigue diciendo la verdad.

La que viene de Dios y que es Dios mismo. Te dice también la verdad sobre vos mismo, sobre la vida.

Jesús es todo lo que está bien.

II° Jornada de los pobres

Este año, el lema de la IIª Jornada Mundial de los pobres está tomado del Salmo 34: “Este pobre gritó, y el Señor lo escuchó” (Sal 34,7). El pobre grita, Dios lo escucha y lo libera. Estos tres verbos articulan el Mensaje del Papa Francisco. 

El salmo es oración. El salmista es un pobre que cree en Dios y ora. En su angustia, se dirige al Dios amigo de los pobres. Se ha sentido escuchado y, ahora, lo cuenta para que otros que pasan por lo mismo, encuentren una puerta a la esperanza. Ha hecho la experiencia religiosa fundamental: para Dios, él no es un número o un objeto borroso. Él es un sujeto vivo, un “tú” al que Dios se dirige con atención. Con Él puede entablar un diálogo, hablar, escuchar y sentirse acogido.

Esta experiencia fundante ha sido recogida por la reflexión cristiana en uno de sus conceptos más significativos: el hombre es persona. Esa es su dignidad y así ha de ser tratado.

Cualquier mirada a la pobreza debe hacerse cargo de esta paradoja: nunca como en estos últimos cien años, tantos seres humanos han logrado salir de la pobreza. Por otra parte, nuestro tiempo ve crecer no solo la desigualdad sino también formas aberrantes de indiferencia y de “odio al pobre”. Pensemos, por ejemplo, en el crecimiento de la xenofobia o del rechazo del inmigrante. Algunas voces así ya comienzan a hacerse sentir entre nosotros.

En Argentina, además, el drama de una pobreza consolidada y creciente expresa como pocos nuestra propia decadencia espiritual, ética y cultural. Humanidad en crisis.

Los discípulos de Jesús, aún con miradas distintas sobre las causas de la pobreza y los remedios más eficaces para superarlas, tenemos un sólido punto de referencia: Cristo, nuestro Señor, se identifica con los pobres y, desde ellos clama e interpela. La opción por los pobres nace del núcleo de nuestra fe en Jesucristo.

La Jornada anual de los pobres tiene una finalidad precisa: a la vez que provocar nuestra reacción contra la cultura del descarte y la indiferencia, se propone propiciar la que el Papa llama: la cultura del encuentro. Eso significa: descubrirnos hijos y hermanos, sentados a la misma mesa, no por dádiva, sino por dignidad. La dignidad de hijos e hijas de Dios.

Ninguna ideología o programa político, por legítimo que sea, puede dejar de contar con la fuerza verdaderamente revolucionaria de esa experiencia, a la vez, religiosa y humana.