“Fratelli tutti”… y amables

El capítulo VI de #FratelliTutti propone una audaz rehabilitación de la política para construir fraternidad. Ya he dicho que, con los capítulos segundo y séptimo, es uno de los más me ha caldeado el corazón.

Y, como de doctrina social de la Iglesia se trata, no puede dejar de hacer referencia a algunas virtudes fundamentales, sin las cuales no hay genuino desarrollo humano. Por supuesto, la virtud que campea en todo el discurso es la caridad (“virtud de todas las virtudes”, según la enseñanza clásica). Pero este capítulo termina hablando de una virtud en particular: la amabilidad. ¿Notable no?

Aquí abajo transcribo el nº 224 con el que termina concretamente este capítulo sobre “la mejor política”. Dice así:

“La amabilidad es una liberación de la crueldad que a veces penetra las relaciones humanas, de la ansiedad que no nos deja pensar en los demás, de la urgencia distraída que ignora que los otros también tienen derecho a ser felices. Hoy no suele haber ni tiempo ni energías disponibles para detenerse a tratar bien a los demás, a decir “permiso”, “perdón”, “gracias”. Pero de vez en cuando aparece el milagro de una persona amable, que deja a un lado sus ansiedades y urgencias para prestar atención, para regalar una sonrisa, para decir una palabra que estimule, para posibilitar un espacio de escucha en medio de tanta indiferencia. Este esfuerzo, vivido cada día, es capaz de crear esa convivencia sana que vence las incomprensiones y previene los conflictos. El cultivo de la amabilidad no es un detalle menor ni una actitud superficial o burguesa. Puesto que supone valoración y respeto, cuando se hace cultura en una sociedad transfigura profundamente el estilo de vida, las relaciones sociales, el modo de debatir y de confrontar ideas. Facilita la búsqueda de consensos y abre caminos donde la exasperación destruye todos los puentes.”

No hace falta ver Borgen para darse cuenta de que esto es así. La cultura latina es especialmente proclive a este tipo de actitudes. En fin, una perlita…

Artesanos de fraternidad

“Hay una «arquitectura» de la paz, donde intervienen las diversas instituciones de la sociedad, cada una desde su competencia, pero hay también una «artesanía» de la paz que nos involucra a todos.” (Fratelli tutti 231).

Este 4 de octubre, fiesta de San Francisco de Asís, el Papa Francisco ha publicado su tercera encíclica que, precisamente, toma su nombre de unas palabras de nuestro santo.

De Francisco de Asís, Francisco de Roma no toma solo el nombre y algunas palabras, sino, sobre todo, su pasión por la fraternidad. Y una fraternidad bien concreta: la que expresa la parábola del buen samaritano (cf. Lc 10, 25-37): dos extraños se vuelven hermanos, porque uno se hace cargo del otro, malherido al borde del camino. Es el texto evangélico que inspira esta enseñanza del Papa y, tal vez, el icono del perfil de su entero pontificado.

El mensaje de la encíclica es potente. Parte de un diagnóstico sombrío, pero sabe encontrar las ventanas que abre la esperanza. Una de ellas es la que se expresa en la cita de la encíclica que abre estas breves reflexiones.

En un mundo oscurecido por densos nubarrones, hay hombres y mujeres que, desde abajo, abren el futuro con sus gestos cotidianos de humanidad, cargados de amor, de cercanía y compasión. Siguen desandando el camino del buen samaritano. Son los artesanos de la paz que, como hábiles orfebres aplican sus manos a la obra nunca acabada de construir fraternidad entre personas, familias, pueblos y naciones. Entre otras cosas que ha hecho emerger, la pandemia ha puesto en evidencia su presencia y valor insustituibles.

Fratelli tutti es una “encíclica social”, como bien aclara el Santo Padre desde el inicio. Es un dato importante, que nos ofrece un preciso criterio de lectura e interpretación.

Este importante documento papal forma parte de ese cuerpo siempre en crecimiento que es la doctrina social de la Iglesia. Abreva en el Evangelio y proyecta su luz sobre esa realidad que designamos con la palabra “social”. Es el rico y complejo mundo que constituye el “nosotros” de las relaciones humanas. Se enfoca en la dimensión moral de la actividad política, económica y social que entraña la convivencia en la sociedad. Es decir, en qué medida, tanto la actividad humana en esos campos, como las ciencias que las estudian, ayudan a edificar un orden social libre, justo y orientado a que cada persona alcance su propia perfección.

Esta carta del Papa Francisco es un nuevo hito en ese camino que arrancó en 1891 con la publicación de la encíclica Rerum novarum de León XIII. Se trata de un cuerpo en permanente crecimiento que inspirándose en el humanismo cristiano busca iluminar las conciencias para que maduren las decisiones responsables que vayan concretando la civilización del amor, atentos a las cambiantes circunstancias de lugar y tiempo en que los cristianos vivimos nuestra fe. A diferencia de las ideologías, la doctrina social de la Iglesia es un cuerpo abierto de principios, criterios y orientaciones que deben ser asumidos como estímulos para la propia misión evangelizadora.

Esto significa que, más que repetir sin mayor esfuerzo, las palabras del Papa Francisco, tenemos que proseguir el discernimiento de la realidad de nuestro mundo. A los obispos nos atañe, de manera especial, esta tarea. Pero, no solo a nosotros. Es una empresa para la Iglesia toda, como la fraternidad de Jesús en medio del mundo. Interpela, de manera especialmente aguda, a los laicos. No solo a los que sienten el llamado de la construcción política de la sociedad, sino a cada bautizado que, desde su lugar en el mundo, busca vivir según las bienaventuranzas.

¿Qué desafíos plantea Fratelli tutti a los católicos de Argentina? ¿Por dónde debe proseguir el discernimiento evangélico de la realidad social que nos toca vivir? ¿Qué significa, para nosotros, vivir la fraternidad, rehabilitar la política, construir la paz, trabajar por la reconciliación y el perdón? ¿Qué caminos están abriendo los buenos samaritanos que, desde abajo y silenciosamente, cargan sobre sí a los hermanos heridos en el hoy de nuestra Patria? ¿Cómo promover el diálogo social en una sociedad fragmentada y, por momentos, dominada por el odio que excluye? ¿Podremos nosotros integrar las aspiraciones legítimas que laten en las corrientes populistas y liberales que, desde largo tiempo, se debaten en Argentina?

Ser artesanos de la paz, la fraternidad y la amistad social supone esa actitud proactiva que brota del corazón humano y que la gracia de Cristo redime, purifica y eleva.

Tomemos todo el tiempo necesario para leer esta potente enseñanza de Francisco. Dejémonos interpelar por sus preguntas e incisivas propuestas. Discutamos con amplitud y sin prejuicios, pero, sobre todo, dejémonos transformar por la fraternidad del buen samaritano que es Cristo.

Como Francisco de Asís, testigos de la Alegría

Homilía en la Fiesta de San Francisco de Asís – catedral de San Francisco – domingo 4 de octubre de 2020

“El que vio esto lo atestigua: su testimonio es verdadero y él sabe que dice la verdad, para que también ustedes crean.” (Jn 19, 35).

Con estas palabras, el discípulo amado atestigua que, del costado de Jesús crucificado, abierto por la lanza, brotó sangre y agua (cf. Jn 19, 32-37). Un testigo es alguien que ha visto algo y lo cuenta. Nada más, pero tampoco, nada menos. Es testigo de un acontecimiento, cuya verdad merece ser acogida con fe. A ese acontecimiento solo se accede por el testimonio del que ha visto y oído.

Francisco de Asís es de esa calidad de testigos. Ha visto la realidad del Crucificado, con una experiencia de vida tan intensa, que se ha hecho una sola cosa con su persona: herido por Cristo en cuerpo y alma. Francisco es testimonio viviente del Crucificado.

Este año, nosotros hemos querido evocar este carácter de testigo de nuestro santo patrono. Entre otras cosas, porque nos sentimos personalmente llamados a ser, como él, testigos del Evangelio. O, en las palabras del lema que hemos repetido: “Como Francisco de Asís, testigos de la Alegría”.

“Alegría” es otro nombre del Señor Jesús. El encuentro con Cristo siempre se vive como gozo y entusiasmo. Transforma la vida, nos desinstala y provoca, nos despoja y nos hace cargar la cruz; sin embargo, en todo ello, el discípulo -como Francisco- experimenta que Jesús realmente nos da un gozo como nadie nos lo puede dar. Un gozo pleno, una alegría genuina y honda, tanto, que puede vivirse incluso en la prueba, el dolor y la incertidumbre.  “Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo.” (Aparecida 29).

La alegría es fruto de ese encuentro. Por eso, en la tradición teológica y espiritual de la Iglesia, la alegría del Evangelio siempre se la presenta como fruto maduro del amor y de la esperanza.

Del amor, porque por la amistad que nos brinda, el Señor se hace presente en nuestro corazón, imprime en nuestra alma su propio rostro y, con la fuerza de su Espíritu, nos saca fuera de nosotros mismos, poniéndonos en dirección hacia Él y hacia los hermanos.

De la esperanza, porque es la certeza de que la promesa de la bienaventuranza es cierta, pues está fundada sobre la Palabra de Dios, y le da a nuestro presente un tono de confiada espera que no se puede ocultar. Ya desde ahora podemos gozar del Sumo Bien que es la Trinidad y que será alegría plena en la bienaventuranza, como gozamos de la luz tenue del amanecer que anuncia el esplendor del mediodía.

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Nuestro lema puede ser leído desde dos perspectivas.

Como Francisco, deseamos ser testigos de la Alegría ante nuestros hermanos. Percibimos que una tristeza difusa se extiende en los corazones, al tiempo que se olvida a Dios, a Cristo y su Evangelio. Crece el apego al dinero efímero, al éxito individual y a la apariencia banal. Pero, por dentro, la corrupción de personas, instituciones e iniciativas que parecían buenas, parece carcomerlo todo. ¿No tenemos, a veces, la sensación de que nuestra sociedad sanfrancisqueña, o incluso nuestra Argentina, vive una decadencia que parece no encontrar ningún freno? Y, de forma concomitante, ¿no sentimos la urgencia de testimoniar que hay otra forma más digna y humana de vivir? ¿No es esa la experiencia de los discípulos de Jesús, “el que hace feliz”?

El lema, sin embargo, tiene que ser entendido de otra forma más radical aún: como Francisco, nosotros tenemos hambre de ese encuentro personal con Jesús Crucificado que nos marca para siempre, nos quema y enardece. Sin este encuentro de cada uno, cara a cara con Jesús, ningún testimonio hacia fuera es posible. Démonos, entonces, cuenta de la hondura de ese anhelo de ser verdadera y genuinamente testigos, porque nuestros ojos han sido iluminados por el Rostro luminoso del Crucificado y nuestros rostros quemados por su mirada de fuego.

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Aquí podemos apreciar el verdadero alcance de la misión de la Iglesia en el mundo. El genuino influjo de su presencia evangelizadora. Presencia y misión, realmente, de vértigo: acompañar a los hombres y mujeres en el camino de la vida que desemboca en la bienaventuranza eterna y que pasa ineludiblemente por esa vorágine de fuego que es Cristo y su pascua.

Una Iglesia diocesana, y, en ella, cada comunidad eclesial, está llamada a ser un espacio visible donde obra el Espíritu que brotó del costado abierto del Crucificado. Obra, vivifica y transforma. Imprime en cada uno de los bautizados-confirmados las cicatrices de Cristo, de las que nos habla Pablo en la primera lectura.

Podríamos expresarlo así: misión de cada comunidad eclesial es facilitar el encuentro de cada persona con Cristo, dejando deliberadamente espacio para que el Espíritu obre en libertad en los corazones.

La pandemia ha acelerado los procesos de secularización en la sociedad. Estamos siendo llevados al punto preciso en el que ya no será suficiente el influjo social para convertirse en discípulo de Jesús. La cadena tradicional de transmisión de la fe en la familia, por ejemplo, hace rato que se viene rompiendo. ¿La pandemia habrá acelerado estas rupturas? No podemos descartarlo, como tampoco que, hoy por hoy, muchos se sienten inquietos por la fragilidad de la vida, más abiertos al testimonio de la Alegría que nace de la fe. Tenemos que estar atentos y ser dóciles a los movimientos del Espíritu.

Como le ocurriera a Francisco, cada vez con más intensidad, estamos invitados a pronunciar nuestro “Amén” a una llamada que nos llega, humilde pero incisiva, de labios del Crucificado. Es una invitación, no una intimación. El Crucificado mira a los ojos, pronuncia su “Sígueme” y queda en silencio, esperando pacientemente nuestra respuesta.

Aquí aparece, en toda su amplitud y belleza, el lugar de los testigos. Como Francisco y tantos otros. Se trata de hombres y mujeres alcanzados por Jesucristo en el camino de la vida. Escucharon su llamada, sintieron su atracción y se dejaron llevar. Cambió para ellos el centro de gravedad. Como a Pedro en medio de la tormenta, el testigo aprende a caminar sobre las olas turbulentas, sostenido por la mirada del Señor. Quien camina así, aunque no pronuncie palabra, lo deja ver. Se hace sentir. Es testigo creíble del Invisible. Es testimonio de Aquel que es real porque vive y da vida.

La Iglesia -cada comunidad cristiana- está llamada a ser comunión de testigos del Resucitado. Podrán caducar los planes pastorales y volverse obsoletos, pero el fuego que hay en el corazón se abrirá camino para incendiar todo a su paso.

Es una gracia. No es fruto de nuestro esfuerzo. Pero es una gracia prometida y que Dios ha dado ya al mundo en Pentecostés, del costado abierto de Jesús en la cruz. Ha sido derramada en nuestros corazones y espera que nosotros simplemente nos dejemos quemar por ella. Es más: que nos apropiemos de ella, aunque lo más seguro es que ella se apropie de nosotros. Como le pasó a Francisco de Asís.

La grande y bella basílica de Santa María de los ángeles custodia, en Asís, la humilde Porciúncula en la que Francisco se abrió a la llamada del Señor. Así Nuestra Señora cuide y anime la obediencia de la fe de nuestra Iglesia diocesana y franciscana.

Amén.

Como Francisco de Asís, testigos de la alegría

“La Voz de San Justo”, domingo 4 de octubre de 2020

Con este lema, las parroquias de la ciudad de San Francisco viven la novena y fiesta patronal. Este año, en el contexto de las restricciones de la actual emergencia sanitaria.

La apelación a la alegría no es casual. Este tiempo se caracteriza por el desconcierto. Con distinta intensidad, muchos de nosotros experimentamos miedo, incertidumbre y desasosiego. La sombra de la tristeza parece asomarse, incluso bajo la forma del nerviosismo o la euforia.

Acercarse a Francisco de Asís es asomarse a un abismo. Preguntarse por las fuentes de su alegría es echar un vistazo a lo más decisivo de su experiencia espiritual. Por eso, precisamente, su figura sigue atrayendo. Y lo hace desde el núcleo de su humanidad transfigurada por Jesús.

Digámoslo sin vueltas: para Francisco, la alegría tiene un rostro y un nombre. Por eso, deberíamos escribirla con mayúsculas. Es Cristo. La Alegría de Francisco es Jesús de Nazaret. El mismo que, al final de su camino espiritual imprimirá las huellas de su amor en su cuerpo, aquella fiesta de la Exaltación de la cruz de 1224, en la cumbre del monte Alvernia.

En los Escritos del santo hay un relato que permite asomarnos a ese misterio humano y divino a la vez. Se titula: “La verdadera alegría”. Es como una parábola, compuesta por Francisco después de su regreso de Oriente. Está en medio de la crisis de la orden por él fundada. Ha comenzado a madurar la decisión de dejar el gobierno de la orden, porque esta se le está yendo de las manos, y no comprende qué quiere Dios de él.

Por eso, emprenderá la subida al Alvernia. Un viaje, sobre todo, interior, como lo refleja el relato. Para Francisco, la alegría verdadera no está en el crecimiento espectacular de la familia franciscana, tampoco en su éxito misionero, menos aún en que él haya sido dotado de la gracia de curar enfermos y hacer milagros.

El relato culmina con un hecho ficticio: en una noche de frío, Francisco es rechazado por sus propios hermanos, que le niegan refugio y calor. “Te digo que, si hubiere tenido paciencia y no me hubiere alterado, en esto está la verdadera alegría y la verdadera virtud y la salvación del alma”, le indica a un sorprendido hermano León.  

En el rechazo que está viviendo, especialmente por parte de quienes le son más cercanos, Francisco encuentra la puerta abierta para la gracia más grande que él haya podido recibir: hacerse una sola cosa con Cristo y, en esa experiencia, encontrarse y poseerse plenamente a sí mismo.

El cristianismo no es más atractivo cuando se mimetiza con el espíritu del tiempo, sino cuando se vuelve más paradójicamente provocativo: “El que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.” (Mt 16, 25).

Eso lo saben -y lo cuentan- los santos.

El aprendizaje del pastor

Homilía en la catedral de San Francisco al celebrar treinta años de la ordenación sacerdotal y doce de la episcopal.

Por momentos tengo la sensación de que la ordenación sacerdotal, treinta años atrás, fue ayer nomás. Bien me doy cuenta de que se trata solo de eso: una sensación. 

Me pregunto, sin embargo, a qué se debe. ¿Solo resistencia porque “el tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos”? Es posible. Sin embargo, hay otro factor interior que pesa mucho: un camino de vida como el sacerdotal obliga a estar siempre aprendiendo. Mucho más en los tiempos que vivimos. Es entonces más que una sensación: es un hecho, una experiencia saludable. Es como un parto: a la vez doloroso y esperanzador; cargado de incertidumbre, pero abierto al futuro. Es la pascua de Jesús que atraviesa nuestra existencia.

Valga esto para el obispo como para el presbítero. Por una coincidencia no buscada, los dos aniversarios se suceden uno a otro: el veintisiete de setiembre, el episcopal (doce años); el veintiocho, el presbiteral (treinta años ya). 

En resumen y muy sinceramente: no puedo dejar de sentirme un inexperto aprendiz de creyente llamado además, e inmerecidamente, a ser pastor: servidor de la fe de sus hermanos. En ocasiones esta experiencia me impacienta (¡hasta cuándo estar aprendiendo!); en otras, como esta, desemboca en adoración porque me lleva a escuchar el Silencio de Dios, a la rumia de su Palabra y a la contemplación de su Misterio.

Como decía días atrás, cumpliendo siete años en San Francisco: reconocerme discípulo en esta Iglesia que me enseña a vivir la fe, es fuente de un gozo muy hondo. Se lo agradezco, cada día, a nuestro buen Dios. Soy testigo del Evangelio de esa Gracia de Dios. Es alegría, gozo y consuelo para el frágil corazón humano del creyente. 

Pero, como de aprendizajes se trata, déjenme compartir dos de ellos con ustedes. Tengan a bien recibir estas confidencias de un hermano, dichas con pudor, pero también con la ansiedad de sacar fuera lo que se lleva dentro. 

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El Concilio Vaticano II, al reflexionar sobre el ministerio de los pastores, nos regaló una feliz expresión que acierta con las palabras para decir una verdad de la vida: los pastores nos santificamos en el ejercicio del ministerio (cf PO 12c y 13). 

Es una verdad vigorosa, fuerte y experimentada por mí, una y otra vez. No les estoy diciendo que yo soy santo. No lo soy, aunque solo Dios sabe cómo gravita su gracia en mí. Apunto a otra cosa. Espero poder explicarme. 

“Santidad-santificación” quieren decir dos cosas que, en realidad, son una: por una parte, unión configuradora con Cristo; por otra, plenitud de amor de caridad. Cristo y amor. Amor y Cristo. Dos caras de una misma moneda: Cristo es Ágape. 

Vivir el ministerio en su triple forma (profecía, liturgia y pastoreo) es realmente experiencia de encuentro con Cristo presente: al anunciar su Evangelio, al presidir la oración del pueblo, al acompañar a las personas y comunidades en nuestro camino al cielo. El Kyrios resucitado te atrae y te ata a su persona; te deja expuesto a su influjo electrizante. Cristo atrae y convence, contagia y enardece.

Es el Crucificado que, de infinitas maneras, nos muestra las cicatrices de su amor hasta el fin en los rostros de los hermanos, en sus luchas y caídas, en su resiliencia y paciencia, tal vez más que en sus resonantes triunfos. También en los pecados ofrecidos humildemente a la absolución sacramental. También en los reclamos a una Iglesia de la que se espera lo mejor, lo que supera todo anhelo: experimentar la belleza luminosa del Dios amor; pero que, en demasiadas ocasiones, solo logra ofrecer un rostro opaco, deslucido e incluso intimidante. 

Y es Cristo quien, por su Espíritu, suavemente atrae por su fulgor, busca convencerte de su verdad; te va dando la posibilidad de transformarte en Él, al menos por unos instantes; aunque después el pecado o tu propia tontería te instalen de nuevo en la medianía de la vida. Pero el ardor de ese fuego difícilmente se apaga: sigue ahí como rescoldo vivo que te caldea el corazón tanto como lo inquieta e incomoda. 

Es así cada encuentro, cada visita, cada momento, también los difíciles; en los espacios cuidadosamente programados o, como nos está ocurriendo en esta hora incierta, en la experiencia desarmante de no tener ya el control de nuestros tiempos, acciones y metas…

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El segundo aprendizaje del que doy gracias a Dios, y ahora comparto con ustedes, ya está presente en el anterior. Pero, ahora lo saco a la luz y lo pongo en palabras. 

Desde hace ya un tiempo largo, tal vez desde mis últimos años como formador en el Seminario, pero mucho más en este tiempo de episcopado, vengo comprendiendo que la misión apostólica de los pastores es, ante todo, “ministerio espiritual” (“en el Espíritu Santo y la justicia”, como enseña PO 13), servicio humilde y manso a lo que el Espíritu Santo obra en el corazón de las personas, de las comunidades y del mundo: el encuentro con Cristo Salvador. 

Lo digo con otras palabras. Hermanos y hermanas: por acción silenciosa y discreta del Espíritu, nos habita el Dios amor, la Santa e indivisa Trinidad. En lo hondo de nuestro corazón están el Padre con el Hijo y el Espíritu Santo. O, parafraseando la osadía de san Juan de la Cruz: “Padre e Hijo espirando el Espíritu “. Somos templos vivos de ese Dios Trinidad que es amor y alegría, consuelo y esperanza, abismo y cobijo. 

¡Es demasiado grande el misterio que nos habita! Es comprensible que no sea nuestra experiencia inmediata, que otras cosas, buenas y santas, atraigan más nuestra atención, pues resultan más maleables a nuestras ansias de control. Pero, si no volvemos a esa fuente vital, seremos hombres y mujeres extraviados con el extravío más grande: el que acontece en el propio corazón que ya no sabe dónde está, a quién pertenece, cuál es la fuente de su vida.

Al celebrar en las comunidades el sacramento del Don del Espíritu me suelo encontrar varias veces con estas palabras del Señor: “El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él.” (Jn 14, 23). Escucharlas, una y otra vez, me desarma por dentro, poniendo en crisis las reales expectativas de cualquier acción pastoral, pero, sobre todo, lo que realmente espero de mí, de mi vida y de mis acciones. 

El ministerio pastoral del obispo -y, con él, el de los presbíteros y diáconos- es servir a esa Gracia Increada que es la Presencia de la Trinidad en el corazón de cada creyente, que toca y eleva su modo de conocer y de amar a Dios y todas las cosas. 

No se puede programar adecuadamente, menos aún controlar o disponer a voluntad, solo servir dejándose llevar por el Pneuma de Cristo, suplicado, una y otra vez: “Padre dame el Espíritu de Jesús, tu Hijo, para que pueda pastorear a tu pueblo”. 

Por eso, el pastor ha de ser, ante todo, un “hombre del Espíritu”, fogueado él mismo en la zarza ardiente del encuentro cotidiano con el Dios de fuego en su Palabra, en la Eucaristía y en la realidad humana, especialmente cuando el pastor acaricia en silencio el sufrimiento y las heridas de sus hermanos. Nuestra impotencia ante tantas situaciones dolorosas suele ser el signo visible y sufrido de la gracia poderosa de Dios. 

Por eso también, tarea primaria del obispo es orar, invitar a la oración e introducir en ella. Es tarea mística y mistagógica: llevar pacientemente de la mano al encuentro con Cristo, como quien enseña a subir al Monte Tabor para la Transfiguración, porque el obispo conoce esos senderos montañosos, porque allí habita, esa es su casa, ese es su camino cotidiano y su meta más deseada. 

Llamado a ser un “hombre del Pneuma”, el obispo es también llamado a vivir a fondo la libertad que nos trajo Cristo. La libertad del obispo no es el capricho del que se planta, berrea y termina haciendo lo que quiere. Es la libertad que se vive en la obediencia a la Voluntad de Dios, cada vez más desposeído de sí mismo, de sus seguridades y planes. Cada vez más a la intemperie. 

Tiene así forma mariana, pues, como María, aprende a vivir teologalmente de la fe, la esperanza y la caridad que lo vivifican desde dentro, aunque la sensibilidad y las emociones estén caminando por otros senderos. Más por necesidad espiritual que por devoción, el obispo ha de volverse mariano, confiándose a esa Mujer que sabe mejor que nadie de todo esto. 

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Celebro estos aniversarios en el contexto de esta pandemia. Varias veces me he preguntado qué estamos aprendiendo, como Iglesia, de esta prueba que nos toca vivir. Y de aprendizajes que tiene como sujeto a Aquel que camina sobre las aguas, haciendo sentir su presencia y su voz en medio de la tempestad. Me inquieta que estemos ansiosos por pasar, sin más, esta hora de prueba, para volver a lo de siempre. Me subleva interiormente que, como Iglesia, estemos pensando que, por “poseer” el Evangelio, tenemos a mano todas las recetas para salir adelante cuando llegue ese ente inasible que llamamos: la nueva normalidad de la postpandemia. 

Tengo la convicción -hermanos y hermanas- de que si pensamos así, nos equivocamos rotundamente. 

Estamos viviendo una hora crucial que la Providencia ha preparado para nosotros. 

Seamos humildes. Aprendamos nuevamente, o por primera vez, a vaciarnos de nuestro orgullo y autosuficiencia. Volvamos a la hora del llamado inicial. De nuevo busquemos a Jesús, el Cordero que pasa, y preguntémosle como la primera vez: “Maestro, ¿dónde vives?” (Jn 1, 38). 

Él volverá a respondernos con unas palabras que nos han marcado para siempre: «Vengan y lo verán», les dijo. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. Era alrededor de las cuatro de la tarde.” (Jn 1, 39). 

Sí, Señor, nos quedamos con vos.

Amén. 

La voluntad de Dios

“La Voz de San Justo”, domingo 27 de setiembre de 2020

Una disputa doméstica, de las tantas que se suceden a diario, le sirve a Jesús para narrarnos una nueva parábola. Un padre, dos hijos, una viña (otra vez) y un pedido a ambos de ir a trabajar a la viña. Uno dice que no, pero finalmente obedece. El otro, al revés: dice que sí, pero no va. 

Jesús no da consejitos de moralina para sobrellevar los sinsabores de la vida cotidiana. Su interés está en otro lado. Aquí, por ejemplo, esta escena familiar le sirve para sentar una de sus enseñanzas más fuertes. Tanto, que le costará literalmente la vida: antes que los sumos sacerdotes y otras autoridades, serán las prostitutas y demás pecadores los que entren, por primeros, en el reino de Dios. 

El contexto hace ver la trascendencia de la parábola. Jesús acaba de entrar en Jerusalén. No se acallan todavía los cantos de salutación del pueblo, cuando realiza un gesto decisivo para su suerte: expulsar a los vendedores del Templo, el lugar más sagrado de la nación. Allí tiene lugar una disputa a fondo con las autoridades religiosas. En ese contexto narra la parábola.

Hay un dato que merece atención. Más que la expulsión de los vendedores, lo que ha sacado de quicio a los sacerdotes es que Jesús, después de hacer esto, ha curado a unos ciegos que se le han acercado, mientras unos niños cantan: “«¡Hosana al Hijo de David!” (Mt 21, 15). 

Jesús ama profundamente el Templo. Es la casa de “su Padre”. Es lugar de encuentro con el Dios de la vida, de oración, alabanza y súplica. Él mismo reza con los salmos que han madurado en la experiencia orante de Israel y su liturgia. Le han ayudado a reconocer a su Padre y, en definitiva, lo que Dios realmente quiere de él, de su pueblo, de la humanidad. 

De eso se trata: de la santa voluntad del Padre, aquella que está en el corazón de su oración: “Padre nuestro, que se haga tu voluntad, en la tierra como en el cielo”. 

¿Cuál es esa voluntad de Dios que quema por dentro a Jesús? Que los ciegos vean, que los pobres reciban consuelo, que los niños canten, que los pecadores -sí: las prostitutas y publicanos- se sienten a la mesa y gocen del buen vino del lagar de Dios, de sus entrañas de misericordia y perdón.

Por defender esa, la santa voluntad del Dios amor, es que Jesús será crucificado. Entonces, pero también ahora. Nosotros también crucificamos a Jesús. No lo tenemos que olvidar. Por eso, tenemos que seguir pidiendo hacer nuestro el querer de Dios para nosotros. 

Huir de Babilonia

Reflexiones rápidas sobre el hoy doloroso de nuestra Argentina

“En seguida oí otra voz que venía del cielo y decía: «Ustedes, que son mi pueblo, huyan de esa ciudad, para no hacerse cómplices de sus pecados ni ser castigados con sus plagas.” (Ap 18, 4).

El capítulo dieciocho del Apocalipsis nos narra la caída de la brutal Babilonia. Sus lectores entienden bien: se habla, no de la antigua capital asiria, sino de la Roma imperial, ostentosa, brutal y autoritaria. Cuando se anuncia su inminente y estrepitosa caída, aparece la orden de huir que hemos citado.

Pocos libros de la Biblia tienen un mensaje político tan fuerte como el Apocalipsis. No tiene nada que ver con el fin del mundo de nuestra febril imaginación. Es una radiografía penetrante y lúcida de qué ocurre cuando el poder político se endiosa a sí mismo, erigiéndose en norma suprema de la vida y, como lógica consecuencia, pretende subordinar a sí cuerpos, libertades y conciencias.

Se trata, por tanto, de una crítica permanente a esa pretensión que siempre acompañará toda forma de autoridad humana. Aclaremos que no es esta la única visión que la Escritura tiene del poder humano. San Pablo, por ejemplo, en repetidas ocasiones invita a los cristianos a obedecer a las legítimas autoridades, incluso a rezar por ellas, porque de ellas depende el bienestar y la paz para los ciudadanos. El mensaje del Apocalipsis no contradice esta postura, sino que señala, con notable realismo, que el poder puede salirse de madre y volverse contra sí mismo. Puede corromperse.

Volvamos ahora a aquel mandato de huida: a aquellos cristianos que eran humillados y perseguidos por Babilonia-Roma, se los conmina a huir. ¿Qué significa esto? ¿También nosotros tenemos que huir o, al menos, alejarnos, de la política que se corrompe?

Obviamente, sería absurdo una huida -digamos así- geográfica: irse lejos, a algún lugar fuera del alcance de esa política y de los políticos. La tentación más fuerte de huida no tiene esa fisonomía. Lo más común es la huida hacia la indiferencia o hacia lo que hoy se denomina: el sentimiento “antipolítica”. Como ha ocurrido -y, hoy por hoy, ocurre en muchos sitios- esta forma de huida deja la puerta abierta a aventureros que suelen sumergir a los pueblos en formas nuevas de autoritarismo, violencia y deshumanización.

Miremos de vuelta el texto del Apocalipsis. Babilonia es aquí una cifra, una metáfora, una imagen. Con ella se indica aquel cúmulo de desaguisados morales que, desde el corazón, alcanzan la conducta humana, y, desde ella, a todo el cuerpo social. Babilonia es cifra del pecado como aversión a Dios y a la Ley suprema del amor, para volverse sobre sí mismo, haciendo de los propios deseos, la norma suprema de la vida. Ahí anida la corrupción. Babilonia es cifra de un poder decadente y corrompido, que ha dejado morir en quienes lo detentan el soberano imperio de la verdad sobre la propia conciencia.

Huir de Babilonia, para los discípulos de Cristo, no es sinónimo de huida de la política, de la construcción cotidiana del bien común, de la lucha por la justicia, sino todo lo contrario. Que también es lo más exigente. Y lo es, porque es lo más humanizante, a la larga. Se trata de apostar por la virtud, es decir: por el gusto de hacer el bien; de trabajar por la recompensa más alta, la que se mide por la propia honradez y la satisfacción de la obra buena realizada.

Cuentan que el nuncio en la Berlín del Tercer Reich, Cesare Orsenigo, en una de sus habituales e infructuosas reuniones con altos funcionarios del gobierno nazi, cansado de las dilaciones y maltratos ante sus reclamos, le espetó en la cara a un alto ministro del Reich: “Ustedes van a perder la guerra, pero no porque estén enfrentados a las potencias más grandes del mundo, sino porque desprecian toda justicia, la dignidad humana, todo lo que es bueno y moral”. Para pensar.

La regeneración de la política en nuestro país supone una profunda regeneración espiritual que, necesariamente, tiene que brotar desde dentro y desde abajo. Huir del pecado para dejarse conquistar por la gracia de Cristo.

Vivir lo que hacemos cada noche de Pascua, cuando pronunciamos las tres renuncias (al demonio, a sus pompas y al pecado), para poder decir nuestros tres “Sí, creo”: al Dios amor revelado por Jesucristo.

Este, no otro, es el camino cristiano.

Católicos y democracia

En el núcleo ético de la democracia liberal está el reconocimiento de la legitimidad de la pluralidad política: gente que ve la vida de modo diverso, también en lo que hace al bien común y la construcción política del mejor orden justo posible de la sociedad.

En este contexto, las disputas, incluso ásperas y subidas de tono, no significan una lucha por la eliminación del otro. Mi ocasional adversario puede estar equivocado, pero no, por eso, es una mala persona, representante del mal absoluto.

Claro, eso significa que, previamente se da un acuerdo más o menos explícito en torno a algunos valores fundamentales. Cito, al respecto, unas palabras de san Juan Pablo II en el último documento del magisterio católico que se ocupa del tema: “Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana. […] Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia.” (Centessimus annus 46 b).

Me interesa citar esta mirada católica, no solo porque profeso esa fe y soy obispo, sino por un hecho bien conocido: el magisterio católico ha recorrido un arduo camino para dar el paso de aceptar la legitimidad de la democracia. Este paso se ha dado, precisamente por la aceptación por parte de la Iglesia de la pluralidad en la vida social, más específicamente, de la pluralidad religiosa que se da en buena parte de las sociedades modernas.

Fue en el Concilio Vaticano II, con la aprobación de la Declaración sobre la libertad religiosa, Dignitatis humanae. Al reconocer dicha libertad como un derecho civil de las personas, la Iglesia abandonaba para siempre el ideal del estado confesional católico y, por ende, que la unidad de un pueblo estuviera subordinada a la unidad religiosa. Quienes profesan otros cultos o no son creyentes serían objeto de una mera y siempre frágil tolerancia.

Este paso cumplido dentro de la mentalidad católica ha sido fundamental para que, no sin dificultad, los que profesamos esta fe pudiéramos abrazar con convicción interior los valores fundamentales de la democracia, también señalados con claridad por el Papa Wojtyla: “La Iglesia aprecia el sistema de la democracia, en la medida en que asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente de manera pacífica. Por esto mismo, no puede favorecer la formación de grupos dirigentes restringidos que, por intereses particulares o por motivos ideológicos, usurpan el poder del Estado. Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana. Requiere que se den las condiciones necesarias para la promoción de las personas concretas, mediante la educación y la formación en los verdaderos ideales, así como de la «subjetividad» de la sociedad mediante la creación de estructuras de participación y de corresponsabilidad.” (ídem).

Es verdad que, de tanto en tanto, algunos católicos nos sorprenden señalando que la democracia es “solo” un modo como los ciudadanos elegimos a nuestras autoridades. Pienso que es una interpretación minimalista del pensamiento actual del magisterio eclesial.

La Iglesia no tiene autoridad para indicar qué forma de organización política se da a sí mismo un pueblo. Ella misma vive (o sobrevive) en diferentes comunidades políticas. Lo que sí hace es ofrecer una serie de principios que nacen tanto del Evangelio como de una interpretación racional de la condición humana y que permiten evaluar la calidad antropológica y ética de todo sistema político.

En este sentido, es interesante señalar cómo -una vez más con Juan Pablo II- los grandes valores humanos que aseguran la validez ética de todo sistema político son los que, en buena medida, definen desde dentro al sistema democrático.

La democracia, para el pensamiento católico, es más que una forma de elegir autoridad. Supone una cultura: la de la libertad y la conciencia, el diálogo franco y la confrontación honesta, la convivencia en la diversidad y la aceptación de la pluralidad.

Valores todos asentados firmemente en el respeto de la dignidad humana de toda persona. Los derechos humanos son de todos los seres humanos, no solo de los compañeros.  

El jornal de Jesús

“La Voz de San Justo”, domingo 20 de setiembre de 2020.

Una nueva parábola de Jesús (cf. Mt 19, 30-20, 16). Como en otras ocasiones, la historia que cuenta ha surgido de su perspicaz observación de la vida cotidiana; más precisamente, del mundo del trabajo. Lo conoce bien, pues, antes de convertirse en predicador itinerante, ha sido trabajador. Ha visto cómo interactúan patrones y jornaleros, sus tratos y regateos. 

Esa experiencia le sirve ahora para narrarnos cómo trabaja Dios. Ya los profetas y los salmos nos hablan de Dios como un labrador que planta una viña, la cuida con dedicación y cariño, aunque, casi siempre, el fruto que obtiene son uvas amargas. Pero, esa frustración no lo desalienta: vuelve a empezar con la misma pasión y una infinita paciencia…

En la parábola de este domingo, sin embargo, Jesús incorpora un elemento de ruptura: el dueño de la viña quiere a todos trabajando en su viña, solo que, para todos tiene la misma paga: un denario que vale como jornal. El que trabajó más tiempo recibe un denario. Lo mismo, el que solo estuvo un rato. 

Esta real “injusticia”, deliberadamente destacada, le sirve a Jesús para acentuar una realidad que desborda el marco de las relaciones laborales. Le es útil para contarnos cómo trabaja Dios, cómo nos mira a cada uno y, en definitiva, qué quiere darnos. 

“Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué nos tocará a nosotros?” (Mt 19, 27). Es la inquietud que se había despertado en el corazón de los discípulos y que Pedro, una vez más, expresa en voz alta. Lo que no se había animado a hacer el joven rico, lo han hecho ellos: dejarlo todo y seguirlo. ¿Qué les dará Jesús a cambio? ¿Vale la pena semejante decisión de vida?

Jesús comprende lo que pasa en el corazón de sus discípulos. Por eso cuenta la parábola. Quiere compartir así su propia experiencia. Para ellos, Jesús no tiene otra paga que la que él mismo recibe cada día del Padre. Ese “jornal” que se hace oración filial: “Padre, danos hoy nuestro pan de cada día”. El jornal de Jesús es su Padre, el Dios amigo de la vida, que es bueno por encima de todo. Ese es su “pan cotidiano”. De él vive.

Claro, hay que seguir caminando con él hacia Jerusalén, hacia la pascua. Allí, al caer la tarde, tendrá lugar la paga: Jesús no dará algo, se dará a sí mismo. Dios se hará don gratuito para todos. Entonces, los últimos serán como los primeros.