La experiencia del Espíritu

postracion-monje“La Voz de San Justo”, domingo 7 de enero de 2018

Retomamos nuestras reflexiones sobre el Credo. Seguimos en la tercera y última parte, centrada en el Espíritu Santo.

Habíamos hablado del Espíritu como el “gran desconocido”. Tenemos que matizar ahora esa afirmación. En realidad, esa suerte de desconocimiento ha sido más acentuado en el Occidente cristiano, no así en las Iglesias del Oriente. Ellas han cultivado un sentido muy vivo de la presencia y acción del Santo Espíritu en el mundo, en la vida del cristiano y en la Iglesia. Bastaría examinar, por ejemplo, la frecuencia, belleza y hondura teológica de las invocaciones al Espíritu que contienen las liturgias orientales.

En estos últimos decenios, los cristianos de Occidente estamos recuperando ese capítulo un poco olvidado de nuestra fe. En este proceso han sido muy importantes el diálogo ecuménico, un mayor intercambio espiritual con el oriente cristiano y la renovación carismática. En la experiencia orante de muchos católicos o de nuevas familias religiosas, por ejemplo, hoy tienen un lugar de relieve los iconos con su modo tan vivo de expresar el misterio del Espíritu.

Este domingo les propongo unas palabras de Ignacio IV Akim, patriarca ortodoxo de Antioquía, sede del apóstol Pedro antes de llegar a Roma. Son palabras muy bellas y profundas. Valen para todos los cristianos, a la vez que nos invitan a meditar más a fondo sobre el lugar del Espíritu en nuestra vida cristiana:

“Sin el Espíritu Santo: Dios está lejos, Cristo queda en el pasado, el Evangelio es letra muerta, la Iglesia es una simple organización, la autori­dad un dominio, la misión propaganda, el culto una simple evocación y la con­ducta cristiana una moral de esclavos.

Pero con el Espíritu Santo, es una unión de fuerzas indiso­luble, el cosmos está agitado y gime en el alumbramiento del Reino, el hombre lucha contra la carne, Cristo resucitado está junto a nosotros, el Evangelio aparece como poder de vida, la Iglesia significa comunión trinitaria, la autoridad se trasforma en servicio liberador, la misión es nuevo Pentecostés, la liturgia es memorial y anticipación, el actuar humano queda divinizado.”

La misión del Espíritu Santo es, en definitiva, hacer actual la experiencia de Cristo. Así lo formula el Catecismo de la Iglesia: “El Espíritu Santo prepara a los hombres, los previene por su gracia, para atraerlos hacia Cristo. Les manifiesta al Señor resucitado, les recuerda su palabra y abre su mente para entender su Muerte y su Resurrección. Les hace presente el misterio de Cristo, sobre todo en la Eucaristía para reconciliarlos, para conducirlos a la comunión con Dios, para que den “mucho fruto” (Jn 15, 5. 8. 16).” (Catecismo 737).

El tiempo de vacaciones que hemos iniciado es un momento privilegiado para volver a las fuentes del Espíritu. Contar con un tiempo relativamente prolongado de descanso es un gran avance de la civilización, del que no es ajeno el humanismo cristiano. El ser humano es más que su trabajo y sus logros. La persona es “espíritu” abierto a la acción del Espíritu de Dios.

El descanso, una buena lectura, el compartir con amigos y la familia, la belleza de un paisaje, visitar un monasterio (¿por qué no?), un tiempo más tranquilo para orar y participar de la liturgia, un buen retiro, etc. pueden ser ocasión propicia para volver a sentir la presencia del Espíritu que hace nuevas todas las cosas. Y, así, recuperar humanidad.

¡Año nuevo, vida nueva!

Distintas tradiciones espirituales cristianas transmiten el siguiente dicho: “Non coerceri máximo contineri tamen a minimo divinum est”. Podría traducirse así: “Cosa divina es no estar ceñido por lo más grande y, sin embargo, estar contenido entero en lo más pequeño”. Dejando la traducción y avanzando en el sentido de la frase, podríamos expresarlo así: Dios se siente más a gusto en lo pequeño que en lo más grande. Eso es, precisamente, lo propio del Dios cristiano.

Pensando en el año que terminamos y en el que se abre, creo que volver sobre este sabio principio puede ser de gran ayuda. Va de la mano con otro principio espiritual cristiano: la amistad con Dios humaniza al hombre, su cercanía potencia la condición humana.

Esa es la experiencia cristiana, lo que celebra la Navidad: Dios se ha hecho hombre, ha nacido de una mujer y se ha mostrado en la vulnerabilidad de un niño, de una familia pobre, excluida y perseguida. El Papa Francisco, en esta Jornada por la Paz de este 1º de enero, ha llamado la atención sobre la suerte de inmigrantes y refugiados. En Jesús, María y José que huyen a Egipto, el Santo Padre ve reflejado el camino de exilio forzado que hoy eligen, a pesar suyo, tantas familias del mundo empujadas por distintas formas de violencia.

A Dios le atrae la pequeñez. No le asusta la vulnerabilidad humana. Eso significa, al menos para la experiencia espiritual del cristiano, que es bueno reconciliarse con todo lo que de límite y vulnerabilidad hay en nosotros. Más que alejarnos de Dios, el límite nos acerca a Él. Pero también a mirar con otros ojos – los ojos de Dios – la fragilidad que nos rodea. Y que esa mirada se traduzca en cercanía, en amistad que tiende la mano.

Para el año que termina, tal vez sea bueno repasar qué situaciones límites nos han puesto a prueba y cómo hemos reaccionado ante ellas. Puede ser hora de intentar una mirada espiritual distinta, más cercana al modo como Dios mira la fragilidad humana, la acoge y la sana. Para el año que empieza, tal vez podamos reavivar nuestra capacidad de amistad, tanto a nivel personal como social, para aprender a mirarnos y a tratarnos de otra manera.

No solo nuestros vínculos necesitan mejorar su calidad humana. También el ambiente, la creación, nuestro mismo hábitat está reclamando un cambio espiritual, una nueva cultura, una nueva forma de convivencia. La lógica del consumo nos está dejando vacíos, aunque con montañas de basura y desperdicios. Tal vez aquí también nosotros podamos ensayar otro principio de sabiduría espiritual: menos, es más. Menos posesivos, más y mejores personas.

Los que creemos en Jesús, contemplamos en Él al Dios que se ha hecho vulnerable y cercano para humanizarnos. Así nos salva y nos redime. Ese puede ser el sentido genuino del deseo: ¡año nuevo, vida nueva! Es Jesús el que nos ofrece la verdadera novedad de vida.

¡Muy feliz año para todos!

Acción de gracias por el año pastoral 2017

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Homilía en la Eucaristía del 28 de diciembre de 2017

Dar gracias: contar y cantar

Nos hemos reunido, como cada fin de año, para dar gracias por el camino pastoral de nuestra Iglesia diocesana a lo largo de este 2017.

Las Escrituras nos enseñan cómo hacerlo: contar lo que Dios ha obrado a favor nuestro; relatar su paso por nuestras vidas, cómo Él ha sabido salir al encuentro de nuestra concreta humanidad, entremezclándose con ella y tocándola en sus fibras más hondas.

Contar, sí; pero no en un monólogo autorreferencial, siempre agotador, sobre todo para el que está obligado a escuchar las “hazañas” de otro.

Se trata de “confesar” la misericordia de Dios exponiendo realmente, a corazón abierto, la propia vida con sus luchas y victorias; también con sus zonas grisáceas.

El ejemplo insuperable de esto es San Agustín.

Exponerse de esa manera supone un riesgo, pero también dar un paso decidido para construir confianza, fraternidad, encuentro.

La fe compartida es el clima en el que resulta posible esta confessio laudis que canta la misericordia de Dios experimentada en la biografía espiritual de cada uno, inseparable del camino común que hacemos como Iglesia.

El evangelio que acabamos de escuchar – la huida a Egipto de la familia de Jesús, María y José – nos puede ayudar en esta lectura creyente de nuestro camino eclesial.

Cuatro puntos.

José, Herodes y Arquelao

El contrapunto entre el “varón justo” y esta familia de poderosos es muy claro.

José busca la voluntad de Dios. Está adiestrado en la escucha que se resuelve en obediencia al plan de Dios.

Vacila, no ve con claridad, seguramente experimenta angustia y ansiedad.

Sin embargo, hay en el fondo de su corazón una disposición interior, estable y firme, para abrirse a lo que Dios quiera y, así, dejarse llevar.

Su vida será fecunda, con una fecundidad que nos alcanza a nosotros. A José lo invocamos como “patriarca de la Iglesia”.

Por el contrario, Herodes y su hijo, Arquelao, expresan la soberbia que solo se busca a sí misma y, por eso, solo esparcirá tristeza y muerte.

Egipto y Nazaret

En estos dos lugares hay una mezcla de extrañeza y familiaridad.

Son lugares extraños para José y María y, por ende, para su hijo, Jesús.

Su “lugar” es Judea, pero las circunstancias los llevan lejos.

Sin embargo, en esos lugares los espera precisamente el designio salvador de Dios.

Son lugares cargados de historia sagrada, de experiencia de fe y de libertad. Por eso, terminan siendo tan familiares. A ellos y para nosotros.

Egipto: allí nació el camino de libertad del pueblo de Israel que, ahora, misteriosamente el mismo Jesús parece recorrer.

Nazaret: allí será el punto de partida de la misión salvadora de Jesús.

La historia y Dios

Los relatos de la infancia de Jesús están cargados de fe y de teología. Nos ofrecen los acontecimientos leídos por la fe de una Iglesia que busca ser fiel al proyecto de Dios.

Mateo, más que Lucas, destaca en la trama de sus relatos los hilos de las viejas profecías mesiánicas para mostrar que, incluso en todo su dramatismo, la historia jamás se escabulle del poder y la sabiduría de Dios.

Él es el Señor de la historia y la conduce, especialmente en sus horas más oscuras, hacia la luz de la salvación.

Entramos así en una de las dimensiones más misteriosas de la lectura creyente de la vida.

No nos es dado saber de antemano, pero tampoco mientras vivimos, si y en qué medida los acontecimientos de nuestra vida forman parte de la historia de la salvación que Dios va entretejiendo con la libertad de los hombres.

¿Qué nos toca a nosotros? ¿Cómo vivir esta relativa pero real incertidumbre de estar en el tiempo?

Tenemos que volver a la recia figura evangélica de San José, despojándola de todo sentimentalismo.

José es un hombre del Espíritu: vive el hoy que le toca poniéndose realmente a la intemperie – como Elías que sale de la cueva – y queda así, abierto al soplo del Espíritu.

José no se fuga hacia delante, esperando tiempos mejores, ni deja lugar a la nostalgia por el pasado.

Su libertad ha ido madurando una opción muy personal, gratuita y precisa: vive a pleno el presente. Él mismo, incluso haciéndose violencia y navegando contracorriente de sus sentimientos espontáneos, busca estar presente en el hoy de su vida.

Y, allí, encuentra que el Espíritu de Dios se le ofrece como luz, consuelo y fuerza para luchar.

Y José aprende a orar. ¿Qué significa si no que en sueños oye la voz de Dios? Como dice el Catecismo de la Iglesia: “Todas las formas de oración pueden ser la levadura con la que el Señor compara el Reino” (Catecismo 2660).

Ninguno de nosotros sabe bien qué le espera en el camino. Lo que sí podemos saber, con una certeza inconmovible, es que no nos faltará esa levadura. Que Dios no nos dejará huérfanos y que su Espíritu nos asistirá para vivir evangélicamente todo lo que la vida nos depare.

Claro: eso supone decidirse a vivir en libertad. Solo a quien vive así se le ofrece el incomparable consuelo del Espíritu.

Jesús, Moisés y el Pueblo

No quisiera dejar de mencionar un último aspecto, aunque más no sea una insinuación.

Al leer los relatos de la infancia que nos transmite Mateo no podemos dejar de percibir que la figura de Jesús – ya lo dijimos – es presentada con el trasfondo del camino del pueblo de Israel y de su conductor por el desierto, Moisés. Es una sola cosa con ellos.

En Jesús reviven la historia sagrada del pueblo y la experiencia espiritual de Moisés. En él alcanzan su pleno sentido y se abren a la novedad del Evangelio.

Simplemente concluyo lo siguiente: para cada uno de nosotros, pastores, consagrados y laicos, nuestra experiencia de fe es inseparable del camino de nuestra Iglesia diocesana.

Hermanos y hermanas: ¡formamos una trama, un tejido que Dios está elaborando con maestría en el telar del Espíritu!

El Año Vocacional ha desembocado en este Año Mariano Diocesano: la experiencia de descubrirnos llamados a ser “cómplices” de Dios en su designio salvador nos lleva de la mano hacia María.

La querida imagen de la “Virgencita” lleva plasmada en su figura el paso de estos trescientos años de vida, de súplica, de oración, de peregrinos y devotos.

Así, María camina delante de nosotros, nos atrae y nos arrastra tras las huellas de Jesús.

Dejémonos llevar.

Amén.

Un niño nos ha nacido…

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“El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz…” (Is 9, 1ss)

Cada año, en la noche de Navidad, volvemos a escuchar esta profecía de Isaías.

Son palabras poderosas, fuertes, implacables.

Mucho más las imágenes que usa: la luz que vence la oscuridad que atemoriza; el gozo al finalizar la cosecha; el yugo, la barra y el palo que visibilizan la opresión injusta; botas de guerra y túnicas ensangrentadas presa de las llamas, porque la guerra ha sido vencida por la paz.

Y, en el centro de todo, como razón última de la alegría que no se puede contener: un niño que, como todo niño que viene a este mundo, es un don, un regalo, una bendición.

Y, así, nuevamente, se dispara la esperanza de alcanzar – ¡por fin! – la anhelada paz y la siempre demorada justicia.

Cada año la volvemos a escuchar, y cada año captura nuestro corazón.

Aunque, hay momentos, en que esas palabras y esas imágenes se vuelven de una actualidad hiriente.

Les confieso que, en estos días, no he podido dejar de pensar, de rezar y de tratar de comprender a nuestra patria Argentina, a quienes somos sus habitantes, su pueblo, a lo que intentan sus dirigentes, a lo que busca la misma Iglesia…

Les confieso también que, en los días pasados, he sentido miedo. No tanto por mí. Sino por el futuro, por lo que le estamos dejando a las nuevas generaciones de argentinos. Los que ya están creciendo y los que están por venir.

¿Por qué no aprendemos de nuestros yerros? ¿No hemos tenido ya demasiadas lágrimas? ¿Por qué esa pasión autodestructiva que nos hace patinar, una y otra vez, en el mismo sitio?

¡Cuántos odios nos habitan! ¡Cuánta irracionalidad que enceguece y embrutece! ¡Cuánto orgullo y soberbia!

¿Qué nos pasa? ¿Por qué no podemos desatar los nudos de nuestros fracasos?

Es en este contexto que la profecía de Isaías, escuchada mientras contemplamos al Niño en el pesebre, despierta en el corazón inquietudes, esperanzas y deseos. ¡Ojalá que también reavive en nosotros la energía espiritual y ética que necesitamos para construir una convivencia más humana entre nosotros!

Hermanos y hermanas:

Lo sabemos bien. Esa profecía se ha cumplido. No tenemos motivos para dejarnos ganar por la tristeza.

Nos ha sido dado un niño. Ha nacido, pobre entre los pobres, como luz que ilumina, paz que apacigua los corazones y doblega las armas, tanto como el orgullo y la soberbia.

Ese niño es Jesús, nuestro Salvador.

Es Dios con nosotros.

¿Qué nos trae ese Niño? ¿Qué nos da?

A Dios. Al Dios amor, ternura y misericordia. Al Dios compasión. Al Dios, uno y trino.

Nada más y nada menos.

Sí, hermanos: a DIOS.

Papa Noel no existe. En todo caso es una figura decorativa e inocua.

Pero Jesús, el hijo de María, está clavado en la historia, partiéndola en dos.

Es real. Está vivo y actúa profundamente en la historia.

Trae a Dios al mundo y, con eso, cambia todo.

¿Y cómo trae a Dios a la tierra?

Repasemos con el corazón el relato evangélico apenas escuchado.

En medio de la noche, en la pobreza más extrema: aquella que no es solo la carencia, sino exclusión deliberada. Allí y así Dios entra al mundo, abriendo una posibilidad inesperada a la paz.

Siempre el corazón humano va a mostrarse obstinado y terco.

Nadie escapa al peso del egoísmo como consecuencia del pecado.

Siempre estaremos enfrentando los temores que despiertan nuestras noches.

Solo que – y ¡vaya con la diferencia! – Dios ha hecho brillar su luz en medio de las tinieblas.

Abrámonos a esa luz. Recibámosla con corazón de niño. Como los humildes pastores.

Que esa luz nos ilumine, desarmándonos de toda soberbia.

No tengamos miedo a reconocernos vulnerables, porque así le hacemos cabida al Dios Niño.

¡Muy feliz Navidad!

Sembrar piedras en el asfalto

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Sensación extraña. Anoche, a las 12:04 (o, a esa hora miré el reloj) recibí el primer saludo por mi cumpleaños. Pensé: ¡Claro. Es cierto: 54 años! Recé un Ave María de acción de gracias.

Pero tenía la mente en otra cosa. Estaba siguiendo el debate en el Congreso. Ahí mismo me di cuenta de que tenía que apagar todo y dormir.

Sí. Tengo una sensación extraña, tanto como lo es la vida misma. Gratitud inmensa porque me reconozco un hombre bendecido por Dios. Pero también tengo el corazón arrugado.  A los 54 años un hombre debe aceptar, con libertad creciente y una dosis de buen humor, que ese continuum nunca acabado de vivencias es justamente la vida.

La ley aprobada por Diputados me deja una gran incomodidad interior. Sumado a la mezcla de dolor y rabia por lo vivido en horas pasadas. La imagen de la siembra de piedras en las veredas adyacentes del Congreso es un icono muy revelador.

¿Sembramos piedras en Argentina?

Aquí, en la Pampa gringa, los campos dorados de trigo te dejan sin aliento. Nunca los había visto así desde mi llegada, hace cuatro años. Vengo de un desierto… Imposible no pensar en la parábola del Sembrador… o en la Eucaristía… o que la vida es un don para celebrar…

¿Por qué sembramos piedras en el asfalto?

Las sociedades modernas tienen en sus agendas – como urgencia ineludible – la cuestión del trabajo y, por ende, la situación de los que ya no trabajan. El imparable desarrollo tecnológico está desafiando las mejores energía de todos los humanismos. En todos lados, cualquier modificación de leyes, derechos o prácticas suscita innumerables reacciones. ¿Podría ser de otro modo? Hay que discutir a fondo pero sin dogmatismos estas cuestiones en las que se juega la humanidad de nuestras sociedades, mucho más que la viabilidad del mercado. El trabajo es el eje y núcleo de la cuestión social.

La incomodidad que me deja la ley es doble: por las consecuencias que tendrá para la vida de los jubilados argentinos, especialmente para los que sobreviven con la mínima; pero también por las consecuencias que tendrá para nuestra vida democrática.

Se propuso el camino de consensos básicos. Se buscaron acuerdos. Sin embargo, creo que, dada la magnitud de las reformas emprendidas (quedan en danza reformas laborales, tributarias y fiscales), el espectro de “acordantes” debería haber sido más amplio. Tampoco entendí demasiado la prisa por sacar todo ahora. Claro que hay cosas que no pueden esperar.

Días pasados escribí acerca de la política como arte de lo posible. Un país que arrastra tantas distorsiones en todas las facetas de su vida (de la economía a la educación) no puede recuperarse sin un conjunto de acuerdos que diseñen hacia dónde queremos ir, qué y quiénes tenemos que hacer los mayores sacrificios y con qué actitudes vamos a darle mística a nuestro camino común como sociedad.

Argentina necesita la política y a los políticos, porque a ella y a ellos les cabe la conducción de todo proceso de diálogo, consenso y acuerdos.

Alguien me decía el otro día en Twitter: hablan del bien común, hablen del bien común.

Sí, es verdad: la acción política no agota la gestión del bien común. Eso lo tenemos que hacer todos: ciudadanos, sociedad, organizaciones, dirigentes. Pero a la política le toca gestionar los marcos que hacen posible que todos confluyamos, incluso en nuestras divergencias, en esa meta nunca lograda del todo que es el bien común o el interés de todos.

Sin política terminamos a las piedras.

Visita de la Comisión Ejecutiva al Presidente de la Nación, Mauricio Macri

La Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Argentina encabezada por su titular Mons. Oscar V. Ojea, acompañado por el cardenal Mario Poli, Vicepresidente primero, Mons. Marcelo Colombo, Vicepresidente segundo y Mons. Carlos H. Malfa, Secretario General, visitó en el día de hoy al señor Presidente de la Nación Mauricio Macri, tal como se había acordado hace veinte días.

Junto al presidente de la Nación estuvieron Marcos Peña, Jefe de Gabinete, Mario Quintana, Vicejefe de Gabinete, el Canciller Jorge M. Faurie, la Señora Carolina Stanley, Ministra de Desarrollo Social, el Ministro de Trabajo, Jorge Triaca, Fulvio Pompeo, Secretario de Asuntos Estratégicos, el Secretario de Culto, Santiago de Estrada y el subsecretario del área Alfredo Abriani.

La nueva Comisión Ejecutiva del Episcopado, presentó sus saludos con motivo de las próximas fiestas navideñas, y le obsequió al Presidente y al jefe de Gabinete, ejemplares del “Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia”.

En un diálogo cordial, y sin agenda previa, se habló durante casi una hora, con franqueza y claridad sobre la situación socio-política que está viviendo el país. En ese contexto, los obispos expresaron al Presidente de la Nación sus preocupaciones por la situación de los jubilados, la magnitud de los hechos de violencia registrados y la característica de la respuesta de las fuerzas de seguridad. Asimismo, le manifestaron la necesidad de que en esta coyuntura económica, el mayor esfuerzo lo realicen los que más tienen.

También reafirmaron la necesidad de continuar el camino del diálogo, en el marco de las instituciones democráticas y de asociaciones representativas de la sociedad civil y comunidades religiosas.

Buenos Aires, 19 de diciembre de 2017

Mensaje de Navidad 2017

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La cueva de Greccio donde Francisco celebró la Nochebuena de 1223

“Vayamos a Belén, y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha anunciado”

“Si quieres que celebremos en Greccio esta fiesta del Señor, date prisa en ir allá y prepara prontamente lo que te voy a indicar. Deseo celebrar la memoria del niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno.”

Estas fueron las indicaciones de Francisco de Asís para la Nochebuena de 1223. Esa noche, los hermanos y mucha gente, con velas en las manos, se acercaron a la cueva preparada para el primer “pesebre viviente” de la historia. Podemos adivinar la emoción de todos, especialmente de los niños. Lo vemos aún hoy en nuestras representaciones navideñas.

Nada igualó, sin embargo, lo que sentía Francisco. En la Misa, y por ser diácono, proclamó el evangelio y predicó. Tomás de Celano, su biógrafo, nos cuenta que su homilía fue tan viva que, cada vez que decía: “Belén”, hacía sonar la “e” final como el balido de una oveja. Predicó con el corazón y con toda su alma. Del pesebre se pasó al altar, porque Dios se hizo niño para confundir a los soberbios, y se hace pan para alimentar a los hambrientos.

presepegreggiocasentiniFrancisco quería estar con Jesús, María y José en la cueva de Belén. Como estuvieron los pastores, los reyes o los ángeles. O, al menos, como el buey, el asno o las ovejas. Quería ser parte de esa historia. Sentir en la propia carne la humanidad de Dios. Un año después, recibiría en su cuerpo las señales del Crucificado, culminando así su camino de identificación con Jesús.

En esta Navidad quisiera invitarte a sentir lo mismo que Francisco. ¿Es esto posible? Sentidos, sentimientos y emociones son una parte preciosa de nuestra persona. Son delicadísimos. Siempre hay que tener cuidado de no manipularlos. Hoy vivimos en una cultura que exacerba los estímulos sensoriales, dejándonos vacíos, tristes y agresivos.

Pero, como decían los antiguos: “el abuso no quita el uso”. Necesitamos recrear una sensibilidad humana genuina, profunda y muy rica. Y eso nos ofrece el Evangelio: cura, salva y enaltece nuestros sentidos, sentimientos y emociones. Y lo hace poniéndonos en contacto con Jesús.

En el corazón de nuestra fe está esta afirmación maravillosa y desconcertante: el Dios invisible, oculto e inefable, se ha hecho visible en Jesús. Cuando en los evangelios escuchamos sus palabras, contemplamos sus gestos y nos dejamos alcanzar por su persona, Dios nos abre su corazón. Por eso, San Pablo le dice a los cristianos de Filipos: “Tengan entre ustedes los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Flp 2,5).

En esta Navidad, te invito a decir con los pastores: “Vayamos a Belén, y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha anunciado” (Lc 2,15). ¿Cómo hacerlo? Tenemos muchos caminos: ante todo, está el Evangelio. ¿Qué tal si en la Nochebuena no le proponés a los tuyos escuchar el relato del nacimiento de Jesús (cf. Lc 2,1-20)? Participar en familia en la Misa de Nochebuena o la de Navidad es también una hermosa experiencia de fe. Me consta el esmero de nuestras comunidades en preparar esas liturgias. Otra forma de ir al pesebre es sentar a nuestra mesa a alguien que está solo. La Navidad brilla mejor entre los pobres, porque nos permite sentir de la delicadeza con que Dios nos trata: su Hijo nació pobre entre los pobres. ¡Y cómo necesitamos aprender a tratarnos mejor, a ser más benignos y mansos de corazón!

Jesús nació para nosotros. Para vos. ¡No lo dudés ni un instante! Jesús nace pobre y desvalido en Belén para mostrarnos cómo quiere tratarnos nuestro Dios. En la raíz de nuestra vida está el amor gratuito del Padre. Acercate entonces al pesebre y, como los pastores, participá de la alegría de José, de María, de los pastores y de Francisco de Asís.

Y si de sensibilidad se trata, ¿cómo no acudir a María en este Año Mariano Diocesano que hemos iniciado? Dejémonos alcanzar por la mirada de la Virgencita. Que ella nos enseñe a mirar al Niño, a la vida, a los pobres y a cantar la gloria de Dios. ¡Muy feliz Navidad para todos!

25 de diciembre de 2017

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

La construcción de consenso es el único camino

No tenemos palabras para expresar el dolor y la tristeza que nos conmueven esta tarde después de lo vivido en ocasión del comienzo del tratamiento de la reforma previsional.

Ninguna forma de violencia puede aceptarse. Como pastores de este pueblo, una vez más pedimos el diálogo y la consiguiente construcción de consensos como el único camino para la convivencia en la amistad social así como para la aprobación de leyes importantes que afectan al conjunto de la población, especialmente a los más pobres y frágiles.

En estos momentos los argentinos esperamos gestos de grandeza y pacificación de parte de los hombres y mujeres públicos.

Pedimos a nuestra Madre de Luján que cercano el nacimiento de Jesús en la Navidad, nos ayude a reencontrarnos en las diferencias, a vernos y a tratarnos como hermanos.

Comisión Ejecutiva
Conferencia Episcopal Argentina
Buenos Aires, 18 de diciembre de 2017

El sueño de José

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Evangelio del 18 de diciembre: Mt 1,18-24

Este fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto.

Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados.» Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel, que traducido significa: «Dios con nosotros.»

Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa.

El evangelio nos dice a nosotros hoy lo que el ángel le dijo a José en sueños.

Tanto para él como para mí y para vos, el resultado es el mismo: tener que hacernos cargo de que Dios realmente interviene. Es más: que lo decisivo es lo que Él hace, rompiendo todos los esquemas.

A María le había pasado algo parecido. El ángel la saludo: “Alégrate, llena de gracia”.

Paréntesis: no digás “llena de gracias” (en plural), sino “llena de gracia” (en singular).

Claro que María está adornada con muchas gracias. Pero lo más importante para ella no son las “gracias” que Dios le regaló, sino que Dios se regaló a sí mismo y la colmó con su Presencia. Y eso se dice con esa maravillosa palabra: GRACIA.

Gracia es la Trinidad que se da, que hace morada en el hombre y que se convierte en la fuente de la que manan todas las gracias.

El Donante es más grande que los dones que da.

Cierro paréntesis.

A María le pasó lo mismo que a José: aceptar y acoger en la propia vida que Dios nos ama primero, que ese amor es la raíz de todo lo que existe y, de manera particular, de la propia vida y de la misión que está recibiendo de sus manos.

Es hermoso y, a la vez, complicado aceptar que nuestra vida se basa en un amor incondicional, gratuito y siempre sorprendente. Que podemos (y tenemos) que contar con ese amor para vivir. Eso es “vivir en gracia”.

Esa es nuestra lucha.

Por eso, la figura de José que, en sueños primero pero después bien despierto, tiene que tomar en serio la Palabra, es una de las más hermosas para que nosotros sigamos en esa lucha de tomarnos en serio el Evangelio.

Creo en el Espíritu Santo

“La Voz de San Justo”, domingo 17 de diciembre de 2017

El Credo nació en la liturgia bautismal. “¿Crees en Dios Padre todopoderoso? ¿Y en Jesucristo, su Hijo? ¿Crees en el Espíritu Santo?”, preguntaba el obispo al que, por el bautismo, se estaba convirtiendo en discípulo de Cristo y parte de su Iglesia.

Estos tres Nombres divinos articulan el contenido doctrinal de la fe cristiana. Así, el Credo, con palabras tomadas de las Escrituras, expresa la novedad de vida que da el bautismo: soy hijo de Dios por Jesucristo en el Espíritu Santo.

Hoy comenzamos a abordar la tercera parte del Credo, centrada en la persona del Espíritu Santo.

¿Qué decir de Aquel que ha sido llamado “el Dios desconocido”? Hablar del Padre y del Hijo es relativamente sencillo. En definitiva, esas palabras remiten a experiencias humanas muy conocidas: somos hijos, sabemos lo que es un padre o una madre. Pero ¿y del Espíritu? ¿Qué palabras e imágenes nos resultan aptas para hablar de Él? ¿No terminan siendo difíciles de retener, como agua que se escurre entre las manos?

Precisamente esa es la mejor experiencia para acercarnos al misterio del Espíritu. Jesús se lo explicó a Nicodemo: “El viento sopla donde quiere, tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu” (Jn 3, 8).

Es la experiencia de un Dios que el hombre no puede manipular. El creyente es invitado a adorarlo y a confiarse a Él y, como el mismo Jesús, dejándose colmar y conducir por su Espíritu. Así llega a ser hijo de Dios y a gozar de una libertad extraordinaria: “Porque … donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad” (2 Co 3, 17).

En la raíz de la palabra “espíritu” está también la imagen del aliento vital que expresa la vida. Si el hombre respira, es que vive. El aliento acompaña cálidamente las palabras que surgen de su boca. No ves el viento. Tampoco tu aliento. Sin embargo, puedes percibir sus efectos, entre ellos, la propia respiración, tu propia vida. Invisible pero real. Así es el Espíritu.

La Biblia nos dice, ya desde su primera página, que el aliento divino ha sido derramado sobre la creación. El Salmo 103 afirma poéticamente: “Si escondes tu rostro, Señor, se espantan; si les quitas el aliento, expiran y vuelven al polvo. Si envías tu aliento son creados, y renuevas la superficie de la tierra” (Sal 103, 29-30). En el Nuevo Testamento, Cristo resucitado sopla su Espíritu sobre sus discípulos para que continúen su misión.

Basándose en los textos del Nuevo Testamento, la Iglesia confiesa que el Espíritu Santo es una Persona distinta del Padre y del Hijo, pero inseparable de ellos. Y, con ellos, cumple su misión en la salvación. Así lo expresa San Pablo: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo permanezcan con todos ustedes” (2 Co 16, 13).

Invocamos al Padre y a Jesús como Hijo y Salvador. ¿Y al Espíritu? La gran súplica al Espíritu es una invocación para que se haga presente y realice su obra: ¡Ven a nosotros, oh Espíritu Santo, y abre nuestro mundo y nuestro corazón a la comunión con el Dios vivo y verdadero!

La liturgia lo invoca como el “dulce Huésped del alma”. Allí, en el secreto invisible del corazón humano, el Espíritu realiza su obra: humanizarnos, formando a Cristo en nosotros, dándonos sus mismos sentimientos y, de esa manera, convertirnos en hijos e hijas de Dios.