Día del Periodista 2018

 

Saludo del obispo Sergio Buenanueva en el Día del Periodista

San Francisco, 6 de junio de 2018

Queridos amigos y amigas periodistas:

El nombre de la Iglesia diocesana de San Francisco, les hago llegar un cordial saludo a todos ustedes al celebrar el Día del Periodista.

Quisiera decirles que valoramos mucho la labor de los hombres y mujeres de la comunicación. Desempeñan una tarea insustituible para la vida de nuestra sociedad, el buen funcionamiento de nuestra democracia y la edificación del bien común.

Les agradezco también la siempre buena disposición para informar sobre la vida de la Iglesia católica o hacer espacio a su palabra en los debates públicos. También al afrontar problemáticas delicadas y difíciles de nuestra vida eclesial y pastoral.

Permítanme compartir con ustedes unas reflexiones del Papa Francisco con ocasión de la Jornada Mundial de las comunicaciones sociales de este año. Hablando sobre la misión de un Periodismo de Paz, el Santo Padre señalaba: “Si el camino para evitar la expansión de la desinformación es la responsabilidad, quien tiene un compromiso especial es el que por su oficio tiene la responsabilidad de informar, es decir: el periodista, custodio de las noticias. Este, en el mundo contemporáneo, no realiza sólo un trabajo, sino una verdadera y propia misión. Tiene la tarea, en el frenesí de las noticias y en el torbellino de las primicias, de recordar que en el centro de la noticia no está la velocidad en darla y el impacto sobre las cifras de audiencia, sino las personas. Informar es formar, es involucrarse en la vida de las personas. Por eso la verificación de las fuentes y la custodia de la comunicación son verdaderos y propios procesos de desarrollo del bien que generan confianza y abren caminos de comunión y de paz. (…)”

Les deseo a todos ustedes un bendecido Día del Periodista.

 

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

Con Vos renovamos la historia

El pasado fin de semana tuvo lugar, en Rosario, el II Encuentro Nacional de Juventud. “Con Vos renovamos la historia” fue el lema que convocó y movilizó a miles de chicos y chicas argentinos que se dieron cita en la vecina ciudad junto al Paraná.

Comparto aquí una experiencia personal significativa. Lo he contado también ayer en la Misa de Corpus Christi.

En la noche del sábado tuvo lugar un intenso momento eucarístico: casi veinte mil personas, la mayoría jóvenes, estuvimos una hora de adoración ante el Santísimo Sacramento. Allí, en el Hipódromo de Rosario convertido en un gran espacio sagrado de oración, estaba Jesús Eucaristía, su Palabra y su Espíritu, su Presencia silenciosa y fascinante, hablándonos desde el silencio elocuente del Pan consagrado expuesto como alimento para la oración de la Iglesia joven.

Tal vez sensibilizado por esta experiencia, al día siguiente, durante la Misa de clausura del Encuentro, me conmovió profundamente el hecho de dar la comunión a los jóvenes. Mientras repetía las palabras rituales: “Cuerpo de Cristo”, no podía dejar de observar los rostros de esos chicos y su visible deseo de estar con Jesús, intuyendo cuánta promesa encierran sus vidas jóvenes. “Les estoy dando a Cristo”, me repetía interiormente. “Eso es todo lo que tengo que hacer. Esa es mi misión. Para eso soy obispo, pastor y servidor”. Con esa convicción he vuelto.

Los días de retiro compartidos esta semana con mis hermanos sacerdotes me han ayudado a rumiar un poco más esas vivencias. Pude comprender que más que estar dando nosotros a Cristo, era Él el que nos “usaba” como instrumentos suyos para colmar a esos jóvenes con su propia Vida.

Ya lo he dicho otras veces: entre Cristo y los jóvenes hay una sintonía profunda, aunque muchas veces no atinemos a dar con ella. Pero está ahí, intacta, fresca y siempre pujante.

Los jóvenes no nos piden a los adultos que nos mimeticemos con ellos. Sí que conectemos con lo más humano que tenemos dentro: la inquietud de quien se descubre siempre en camino, incompleto, buscando la verdad. El Evangelio nos enseña que, de cara a Jesús, todos, siempre e invariablemente, somos aprendices y discípulos.

La Escritura usa una imagen muy viva para describir esa actitud vital: “Como la cierva sedienta busca las corrientes de agua, así mi alma suspira por ti, mi Dios. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios viviente: ¿Cuándo iré a contemplar el rostro de Dios?” (Salmo 42,2-3). Jesús, que aprendió a orar con los salmos, también usó esa imagen para una de sus bienaventuranzas: “Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados” (Mt 5,6).

Sed de Dios, hambre de justicia. Esa inquietud habita el corazón de nuestros jóvenes. También el nuestro. Es la inquietud que nos hace humanos. ¿Lograremos compartirlas, liberando su enorme energía para la renovación de nuestra Argentina?

Cuerpo y Sangre del Señor

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Homilía en la celebración diocesana de Corpus Christi.

Sábado 2 de junio de 2018

“Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomen, esto es mi Cuerpo» …” (Mc 14,22).

El gesto de Jesús estaba prescrito en el protocolo de la cena pascual: el padre de familia debía tomar el pan, partirlo mientras pronunciaba la bendición y después ofrecerlo a todos. Al hacerlo, estaba reconociendo la bendición de Dios como origen de la fraternidad y de la vida del pueblo.

Gesto simple y sencillo. Entre Jesús y esa simplicidad hay una sintonía muy profunda. Todo lo que hace y dice es simple y esencial. Como el pan.

Sin embargo, lo verdaderamente novedoso no es ese gesto sino las palabras con las que Jesús sorprende a sus convidados: “Tomen, esto es mi Cuerpo”. No estaban previstas. Son suyas en el sentido más radical y personal. Han ido creciendo en él, paso a paso, en la vida oculta de Nazaret y, después del Bautismo, en su caminar entre los pobres, enfermos y pecadores. Ahora, en el umbral de la pasión, las pronuncia concentrando en ellas su propia persona. El gesto entonces manifiesta no solo lo que Jesús dice y obra, sino lo que él mismo es: Pan vivo bajado del cielo.

Al pronunciar estas palabras inesperadas le da un sentido nuevo a toda la comida pascual: la comunión con Dios y la fraternidad entre los hombres nacen de esa entrega de Jesús que nos ha amado hasta el fin. La simplicidad y sencillez de los gestos eucarísticos expresan la fuerza más vigorosa que está actuando en la historia: el amor de Dios que hace nuevas todas las cosas y que está llevando al mundo hacia su plena consumación.

La gran bendición de Dios es la Pascua de Jesús, su pasión, muerte y glorificación. Nos reúne cada domingo en el banquete de la Eucaristía.

Ese don que genera comunión tiene la forma dramática del sacrificio martirial. Con su gesto y con sus palabras nuevas Jesús anticipa proféticamente que su cuerpo será crucificado y, así, Él mismo se ofrecerá en sacrificio para la expiación de los pecados. La comunión es concretamente reconciliación de pecadores enemistados, recuperados para la amistad por la entrega de Jesús, que pone su vida en manos de los verdugos.

El don pasa por la pasión y la muerte en cruz. Es entrega real de la propia vida: despojo, renuncia y abandono.

Aquí, al menos para mí, surge una inquietud: ¿Por qué poner así el propio cuerpo, exponiéndose al escarnio y la violencia? ¿Por qué no dejar abandonados a su suerte a quienes, en definitiva, han recusado la amistad de Dios, prefiriendo su propia gloria a la gloria del Creador? ¿Por qué este inmiscuirse tan adentro de la torturada vida de los hombres?

La Eucaristía despierta asombro, estupor y adoración porque en ella se resume y se ofrece el misterio del Dios inmenso que se ha hecho pequeño, ocupando el último lugar, poniendo el cuerpo para salvarnos.

Ese cuerpo entregado es el que ha sido glorificado por la resurrección y el que comulgamos – real, verdadero y vivificante – bajo los velos del pan eucarístico.

La respuesta a la pregunta porqué Jesús se ha expuesto de esa manera es tan simple como el gesto y las palabras sobre el pan: por amor.

El que ama lo arriesga todo, se expone y se entrega, se inmiscuye y se involucra. No puede quedar indiferente ante la suerte de quienes comparten con él el camino de la vida. Y aquí, el que ama es el Dios todopoderoso, creador y providente, el Dios amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amor tan concreto como eficaz, incisivo y transformador.

La celebración eucarística, y su feliz prolongación en la oración ante el Santísimo expuesto o ante el Sagrario, mete en el corazón del mundo esa potencia salvadora del amor de Dios, tan simple y esencial como el pan y el gesto de partirlo y repartirlo entre los hambrientos.

Es la experiencia que hemos vivido los que pudimos participar en el II Encuentro Nacional de Juventud que se realizó en Rosario, hace exactamente una semana. “Con Vos renovamos la historia” fue el lema que convocó y movilizó a miles de chicos y chicas argentinos que se dieron cita en la ciudad de Rosario, junto al Paraná.

En la noche del sábado tuvo lugar un intenso momento eucarístico: casi veinte mil personas, la mayoría jóvenes, estuvimos una hora de adoración ante el Santísimo Sacramento. Allí, en el Hipódromo de Rosario convertido en un gran espacio sagrado de oración, estaba Jesús Eucaristía, su Palabra y su Espíritu, su Presencia silenciosa y fascinante, hablándonos desde el silencio elocuente del Pan consagrado expuesto como alimento para la oración de la Iglesia joven.

Tal vez sensibilizado por esta experiencia, al día siguiente, durante la Misa de clausura del Encuentro, me conmovió profundamente el hecho de dar la comunión a los jóvenes. Mientras repetía las palabras rituales: “Cuerpo de Cristo”, no podía dejar de observar los rostros de esos chicos y su visible deseo de estar con Jesús, intuyendo cuánta promesa encierran sus vidas jóvenes. “Les estoy dando a Cristo”, me repetía interiormente. “Eso es todo lo que tengo que hacer. Esa es mi misión. Para eso soy obispo, pastor y servidor”. Con esa convicción he vuelto.

Los días de retiro compartidos esta semana con mis hermanos sacerdotes me han ayudado a rumiar un poco más esas vivencias. Pude comprender que más que estar dando nosotros a Cristo, era Él el que nos “usaba” como instrumentos suyos para colmar a esos jóvenes con su propia Vida.

Cristo, el Evangelio y los jóvenes. Una sintonía que se convierte en sinfonía de voces cantando la vida. Abramos los oídos para escucharla y sumarnos a ese canto de esperanza. Una Iglesia o una sociedad que ya no tienen ni interés ni tiempo para escuchar realmente a los jóvenes – lo que viven, sienten, piensan y sueñan – se condenan a una parálisis permanente.

Evoqué el II Encuentro Nacional de Juventud. Quisiera evocar ahora otra oleada joven que hoy recorre nuestro país, del interior hacia la gran capital.

Cuando la cultura burguesa, aburrida y nihilista, solo sabe pedir aborto y muerte, de miles de voces nace un grito que es toda una promesa: “Vale toda Vida”, “Salvemos las dos Vidas”, “Votemos Vida”. Se lo intenta ningunear, pero inunda las redes, se expresa alegremente en las calles y toma también la forma de una argumentación racional sólida y fundada, que desmonta cifras mentirosas, mitos y prejuicios.

Los jóvenes provida son miles y también sacuden nuestra comodidad. No se conforman solo con un no al aborto. Piden una sociedad más amable con la vida. Reclaman por un sistema de salud que atienda a todos, especialmente a los más vulnerables. Piden que dejemos de especular, privilegiando el empleo y la producción a la renta o la especulación financiera. Claman por un sistema educativo público, sea de gestión privada o estatal, que movilice sus enormes energías espirituales y éticas para renovar la realidad, haciendo posible que cada uno madure un proyecto personal de vida solidario y transformador.

Escuchemos a los jóvenes. Abramos espacios creativos para escucharlos y escucharnos. Nadie en Argentina tiene la verdad absoluta sobre nada. Eso sí: muchos – individuos e instituciones, oficialismo y oposición, dirigentes sociales y religiosos – cargamos a cuestas con graves yerros, espesas cegueras y oscuros compromisos con el mal. No podemos seguir perdiendo oportunidades.

Los que somos discípulos de Jesús y buscamos alimentarnos de su Pascua dejémonos conmover y convertir por su entrega de amor, exponiendo también nuestros cuerpos, empeñando nuestra libertad y aguzando nuestro ingenio para edificar una patria de hermanos.

Jesús eucaristía, Señor de la vida y de la creación, con Vos renovamos la historia. Amén.

 

Un Dios joven

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Dios uno y trino es amor, compasión y ternura

Días pasados, viendo una película norteamericana, me picaron las palabras de una de sus protagonistas: “Somos jóvenes neoyorquinos del siglo XXI. No creemos en Dios ni en nada”. La trama del film versaba sobre chicos y chicas en búsqueda casi desesperada de sí mismos y, de manera especial, de vínculos significativos.

No es cierto que no creyeran en nada. De hecho, esa fuerte afirmación (“No creemos en Dios ni en nada”) se daba en el marco de un diálogo de dos amigos aprendiendo a creer el uno en el otro. La fe, en su núcleo más íntimo, es precisamente eso: arriesgarse al salto mortal de confiar y dejarse llevar por esa confianza.

Y esto le pasa no solo a los jóvenes. Pienso que todos los que navegamos en el mar de este tiempo experimentamos las mismas zozobras y búsquedas. Me doy cuenta de que, en ocasiones, basta que uno solo abra el juego para que inmediatamente los corazones desnuden las inquietudes que nos habitan. Todos estamos amenazados por el abismo de la increencia, pero anhelamos creer y confiarnos.

Ahí, en esas vivencias humanas, está Dios. No cualquier divinidad, sino aquel misterio fascinante que nos ha salido al paso en Jesús de Nazaret, mostrándonos su rostro. Es el Dios uno y trino que estamos celebrando este domingo. Los viejos filósofos decían que pocas cosas son tan frágiles como las relaciones. Basta que uno de los dos términos vinculados se modifique para que la relación se venga abajo. No es así en Dios. Jesús nos ha mostrado, con sus palabras, pero mucho más con su misma vida de hijo y hermano, que Dios es relación, y que esa relación tiene la más sólida consistencia.

Y lo ha mostrado de la forma más cabal, viviendo como hermano de todos, pero especialmente, poniéndose en el espacio que habitan los últimos y ninguneados. Abrazando a los niños, curando a los leprosos, proclamando bienaventurados a los pobres y sufridos, pero, sobre todo, rehaciendo la vida de los pecadores, Jesús le ha dado visibilidad humana al misterio más inefable, aquel que confesamos cuando decimos: Creo en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, un solo Dios en tres Personas. O, más escuetamente: Dios es amor.

Cuando se publiquen estas líneas estará terminando en Rosario el segundo Encuentro Nacional de Jóvenes. Tiene como lema: “Con Vos renovamos la historia”. Ahí hay una trampa. En ese “con Vos” convergen dos sujetos: Cristo, en primer lugar, pero también cada chico y chica, cada joven. Eso hace Jesús: abre su vida para compartirla con sus hermanos y, así, liberar la fuerza transformadora del amor de Dios. Argentina tiene enorme necesidad de esa vitalidad, de esa energía, a la vez, divina y humana.

¿O no necesitamos, con urgencia, dar vida a otro modo de relacionarnos, de trabajar juntos, de vivir incluso nuestras diferencias?

Viento, fuego y vida

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La Iglesia invoca al Espíritu Santo como “Señor y vivificador”. Es Dios que nos santifica y nos da vida. Nos vivifica haciéndonos santos.

Santidad, en el lenguaje cristiano, quiere decir, en primer lugar: unión y configuración con Cristo; pero también que esa amistad con Cristo se expresa con una vida entregada, a semejanza de la suya. El Espíritu hace posible aquel inalcanzable “ámense como Yo los he amado”.

Los santos – Brochero o Madre Teresa, por ejemplo – son hombres o mujeres que, en las circunstancias concretas de su tiempo, se dejaron colmar por el Espíritu. A través de ellos, el amor de Cristo ha tocado y transformado el mundo. Los santos vivieron a fondo, dejaron huella.

Este domingo, los cristianos estamos celebrando la fiesta de Pentecostés. Con el don del Espíritu, la Pascua alcanza su culmen. Cristo murió y resucitó para santificar el mundo con su Espíritu. Podríamos decir también: para llenar el mundo de santos y santas.

El relato de Pentecostés en los Hechos de los Apóstoles (Hch 2,1-11) nos habla del Espíritu y su obra en el mundo con tres imágenes: el viento, el fuego y las lenguas.

El Espíritu es como el viento. Es decir: es fuerza, energía, vitalidad siempre en movimiento. Es también respiración, aliento, hálito de vida.

El Espíritu es como el fuego, pues la vitalidad que nos da es la misma de Dios: el amor apasionado que es entrega, que nos hace salir de nosotros mismos, nos pone en búsqueda del bien del otro y nos hace experimentar el gozo en el servicio.

El Espíritu es el que permite que hombres y mujeres que hablan diversas lenguas puedan entenderse: abre las mentes, acerca a las personas y rompe las barreras que impiden la cercanía. Si es el caso, hace madurar el perdón y dispone los corazones para la reconciliación. Respeta la diversidad, armonizando las diferencias en la unidad y la comunión.

Cristo resucitado sigue comunicando al mundo su Espíritu, su aliento de vida, para colmarlo con la santidad del Dios amor, uno y trino. Lo repito: Dios quiere colmar el mundo de santos y santas, que hacen presente la potencia transformadora de la santidad de Cristo. Con los santos Dios transforma el mundo.

Semanas atrás, el Papa Francisco nos ha ofrecido un precioso texto sobre el llamado a la santidad en el mundo de hoy. Ha repasado, una a una las bienaventuranzas de Jesús, calificándolas “como el carnet de identidad del cristiano” (GeE 63). Ha señalado también el gran texto evangélico de Mateo 25 (“…tuve hambre y me dieron de comer, etc”), como referencia fundamental de la santidad cristiana. “No podemos plantearnos – ha dicho – un ideal de santidad que ignore la injusticia de este mundo, donde unos festejan, gastan alegremente y reducen su vida a las novedades del consumo, al mismo tiempo que otros solo miran desde afuera mientras su vida pasa y se acaba miserablemente” (GeE 101).

La santidad cristiana siempre tendrá el rostro de la misericordia y de la lucha por la justicia. Esa es la obra del Espíritu que nos ha sido dado en Pentecostés.

 

 

 

 

 

 

Con María, esperamos el Don del Espíritu

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Vigilia de Pentecostés en la Catedral de San Francisco – Renovación Carismática Católica

Estamos, como los apóstoles en el Cenáculo, esperando el don del Espíritu Santo.

También como en el Cenáculo, en medio de nosotros está María.

Contemplémosla: sosteniendo con su presencia y su fe inquebrantable la fe vacilante de los discípulos.

Ora en silencio, con sencillez de corazón, pero también con fuego interior. Así motiva a los discípulos a entrar en oración.

María enseña a la Iglesia a esperar y suplicar por el Don del Espíritu Santo.

El pecado de Babel: la soberbia que busca competir con Dios, tratando de ocupar su lugar.

María nos enseña a contrarrestar esa soberbia. Nos enseña a

ESCUCHAR, poniéndonos, una y otra vez, bajo la potencia de la Palabra que porta el Espíritu que da vida.

OBEDECER, buscando que en nuestra vida de cada día se haga la voluntad del Padre.

ADORAR, siendo dóciles al Espíritu que viene en ayuda de nuestra debilidad y convierte nuestra soberbia en humilde adoración.

SERVIR, pues en el servicio a los hermanos más vulnerables y pequeños prolongamos la adoración del Dios amor.

Jesús quiere darnos el Espíritu. Está ansioso por hacer que de nuestras entrañas broten manantiales de agua viva. Está ansioso por darnos el agua viva de su Espíritu.

El pecado de Babel – la soberbia – se exterioriza en el deseo de construir una torre que llegue al cielo.

En vez de torres, es mejor que construyamos puentes y caminos.

Ascensión del Señor – Fiesta patronal diocesana

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Este año, estamos honrando a la Virgen de Fátima, nuestra patrona, en el marco de la solemnidad pascual de la Ascensión del Señor.

Dejemos que el Evangelio que acabamos de escuchar nos interpele e ilumine.

“Vayan por todo el mundo, anuncien el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará” (Mc 16,16).

*      *     *

¿A quién se dirige el Señor Jesús?

A sus once discípulos.

Prestemos atención: no se trata solo de un pequeño grupo, sino incluso de un grupo disminuido. De doce, quedan solo once. Uno de ellos – Judas – traicionó a Jesús.

Pero hay más aún. El evangelista nos dice que esos mismos discípulos no han creído el anuncio de la resurrección que les hiciera la Magdalena y, luego, otros dos de ellos.

Los discípulos sencillamente no han creído el anuncio.

Un grupo pequeño y reducido, incrédulo y endurecido en su cerrazón.

Por eso, al introducir la escena que acabamos de escuchar, Marcos escribe: “En seguida, se apareció a los Once, mientras estaban comiendo, y les reprochó su incredulidad y su obstinación porque no habían creído a quienes lo habían visto resucitado” (Mc 16,14).

*      *     *

¿Qué les propone a estos once incrédulos?

En realidad, no les propone nada. Él es el Señor Jesús, el resucitado y vencedor de la muerte. Él manda, ordena y conmina. Y su mandato es tajante: “Vayan…anuncien”.

Y manda algo inmenso, imposible y abrumador: ponerse en camino, recorrer el mundo y dirigirse, nada menos y nada más, que a toda la creación.

La suya es una palabra soberana. No puede ser simplemente oída como “quien oye llover”. Reclama no solo apertura interior, comprensión racional de los términos, sino aquella docilidad que se resuelve en obediencia: “Hágase en mí según tu palabra”.

Ponerse en camino misionero es la mejor forma de vencer la incredulidad.

*      *     *

¿Qué tiene que anunciar este pequeño y frágil rebaño?

También aquí detengámonos en un detalle que no lo es tanto. Tiene que ver con nosotros, los discípulos de Jesús en este siglo XXI.

Nosotros, en nuestras comunidades cristianas, hacemos muchas cosas buenas, santas y necesarias. Otras, tal vez, no tanto. Sin embargo, Jesús ha mandado una sola: anunciar, proclamar, contar su Buena Noticia.

Podríamos parafrasear a San Francisco de Asís, que le decía a sus hermanos: prediquen el Evangelio y, si es necesario, háganlo también con palabras. O, como dirá siglos después aquel otro enamorado de Cristo, el Hermano Carlos de Jesús: “gritar el Evangelio con la vida”.

Todo lo que hacemos en la Iglesia apunta en esa dirección: contar una buena y alegre noticia, un Evangelio que se concentra, con toda su fuerza, en esa tempestad imparable que es Jesús de Nazaret.

Existimos para decir a Jesús, para contar su Evangelio, para cantar su Resurrección y para testimoniar la Esperanza que es Él mismo en Persona.

*      *     *

Centrémonos ahora en las promesas del Resucitado: “arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas; podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán” (Mc 16,17-18).

Estas promesas contienen el sentido profundo de la esperanza cristiana.

Algunas de ellas son sencillamente prolongación del estilo misionero de Jesús: expulsar demonios y curar enfermos. Esto ya es enorme y llena de estupor: el Espíritu prolonga a Jesús en nosotros.

Otra – hablar nuevas lenguas – ha comenzado a cumplirse desde Pentecostés.

Otras dos, sin embargo, resultan extrañas, sobre todo si no se percibe el trasfondo bíblico de esas imágenes tan vivas o se las toma en sentido literal: aferrar víboras y beber veneno.

Pero, incluso si se sortean esos escollos, el significado de estas promesas es de vértigo. En ellas se esconde, de modo particularmente intenso, el sentido profundo de la esperanza.

*      *     *

Para comprenderlo, los invito ahora a volver la mirada a María. Nadie como ella ha vivido esta promesa.

María nos grita el Evangelio, más con su vida que con palabras. Su presencia en los evangelios es discreta pero clave; habla poco, solo lo justo y necesario; pero su figura evangélica de mujer, discípula y madre tiene una elocuencia que vale por mil discursos.

María dice, sobre todo, lo que significa vivir a fondo la esperanza cristiana.

El Amén de la anunciación ha preparado el terreno de su corazón para que eche raíces en ella la vida misma de Dios. Y, así, lo ha abierto a la esperanza.

María ha aprendido a esperar en Dios. Él ha mirado su pequeñez y ella, estremecida de gozo, ha podido contemplar la potencia de su brazo que confunde a los soberbios y enaltece a los pequeños.

María sabe que Dios no la defraudará y que, especialmente en las horas más duras, su inquebrantable fidelidad será su fortaleza.

Contemplando a Jesús, de la encarnación a la pascua, María ha comprendido cabalmente que sustanciosa es la esperanza cristiana.

Esperar en Dios, como lo hizo María, no nos ahorra experimentar toda la oscuridad, fragilidad o peligrosidad de la vida. María no ha salido indemne de la experiencia de escuchar y obedecer la Palabra que le fue anunciada. Esa Palabra ha sido una espada que le ha partido el alma.

¿Quién de nosotros puede decir que, en cuanto discípulos de Jesús, en más de una ocasión no nos hemos visto envueltos en situaciones tóxicas, envenenadas, tan peligrosas como una serpiente amenazante?

María al pie de la cruz nos ofrece la imagen de una mujer creyente que avanzó al centro de la vorágine que terminó con Jesús en la cruz. Más que nunca entonces, en el silencio y el abandono, experimentó la fuerza de la fidelidad de Dios.

*      *     *

Esperanza no quiere decir la ingenua pretensión de que todo va a salir bien. Es la convicción de que nunca nos faltará la gracia divina para ser fieles al Evangelio, especialmente en las horas más oscuras. Que podremos entonces no solo aguantar, sino crecer como discípulos y como personas. Pero, sobre todo, que el Dios amor, uno y trino, es la meta de nuestro caminar, el hogar que nos espera, la gran esperanza que nos sostiene y nos levanta.

Sí, queridos hermanos y hermanas, María nos dice con ternura, como hiciera hace ciento un años con los niños santos Jacinta y Francisco, también con Lucía: el cielo es la promesa, el premio y el regalo de Dios para Jesús y para todos los que son transfigurados por su Espíritu.

Es verdad entonces: “el que crea y se bautice, se salvará” (Mc 16,16).

Ascensión

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“La Voz de San Justo”, domingo 13 de mayo de 2018

“Vayan por todo el mundo, anuncien el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará” (Mc 16,16).

Va llegando a su fin el tiempo pascual. Apenas una semana hasta Pentecostés. Este domingo celebramos la ascensión de Cristo. No festejamos que se haya ido, como si hubiera sido un visitante incómodo. Celebramos su triunfo y su nueva forma de presencia en el mundo. Ahora sigue acompañando el caminar de sus discípulos y de su Iglesia por la historia: “Ellos fueron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba su palabra con los milagros que la acompañaban” (Mc 16,20).

Jesús había acertado mostrando el rostro genuino de Dios. La resurrección es el sí de Dios Padre a ese acierto. Ahora, toda la creación debe recibir este “evangelio”: Dios es Padre, está siempre dispuesto a perdonar, ama con amor entrañable, especialmente a los más frágiles, y solo sabe dar vida. Hay que caminar la historia llevando este anuncio de salvación. Comunicar esa buena y alegre noticia es la misión fundamental de la Iglesia. Podríamos añadir, parafraseando a Francisco de Asís y a Carlos de Foucauld: gritar el Evangelio con la vida y, si es necesario, también con las palabras.

El que haga espacio en su vida a esta palabra buena, encontrará la salvación. Es decir, también él acertará con la verdad de la vida, alcanzando la meta a la que aspira el corazón humano y que, en tantas ocasiones, parece alejarse a causa de la fragilidad o la malicia humanas. Y esa meta no es otra que la comunión con Dios que libera del egoísmo y nos abre a los demás. Comienza realmente en esta vida mortal y atraviesa el umbral de la muerte, abriéndose a la vida eterna.

Creer es mucho más que tener por ciertas algunas ideas. Es decir “amén” a Dios que nos tiende la mano. Bautizarse es mucho más que cumplir un rito. Es dejarse transformar por el don de su Espíritu que hace nuevas todas las cosas. Salvarse es mucho más que encontrar un lugarcito para vivir bien y a salvo de toda inquietud. Todo lo contrario. Es dejarse alcanzar por la mirada de Jesús que ilumina nuestra vida y, como el fuego purifica la plata, nos va librando, paso a paso, del peso del egoísmo.

Está salvado – según Jesús – el que pierde su vida, como él entregó la suya. Así, nos humaniza y nos lleva más allá de nuestros límites: nos hace participar de su misma vida divina. Es más: Jesús mismo es la Salvación, porque es Dios que se ha hecho uno de nosotros para colmar la infinita distancia entre el Creador y la creatura. Solo Dios puede salvar al hombre. Arrojarse a ese abismo de vida es la aventura a la que nos desafía el creer en el Evangelio.

Y esa salvación comienza a vivirse ya ahora, y tiene la forma del amor que adora de rodillas y se inclina para lavar los pies a los demás, a ejemplo de Jesús que busca al Padre en el silencio de la noche y que se ha hecho servidor de sus hermanos. Comienza ahora y se plenifica en la felicidad eterna del cielo, cuando el mismo Jesús nos siente a la mesa para compartir el banquete del Reino.

Un tiempo intenso de oración por la vida

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Ante la posible despenalización del aborto tenemos que intensificar nuestra oración. Sabemos que el poder de la oración es enorme porque abre el mundo más fuertemente a la acción de Dios, especialmente abre los corazones al influjo del Espíritu.

 
Los obispos de Argentina invitamos a todos los fieles a unirnos en un tiempo intenso de oración por la VIDA y en especial por la VIDA DEL NIÑO POR NACER, desde el domingo de la Ascensión del Señor (13 de mayo) hasta el domingo de la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (3 de junio).
Proponemos la Oración por la Vida de San Juan Pablo II. Comencemos a rezarla en familia y en comunidad desde este domingo:
 
María,
aurora del mundo nuevo,
Madre de los vivientes,
a Ti confiamos la causa de la vida:
mira, Madre, el número inmenso
de niños a quienes se impide nacer,
de pobres a quienes se hace difícil vivir,
de hombres y mujeres víctimas
de violencia inhumana,
de ancianos y enfermos muertos
a causa de la indiferencia
o de una presunta piedad.
 
Haz que quienes creemos en tu Hijo
sepamos anunciar con firmeza y amor
a los hombres de nuestro tiempo
el Evangelio de la vida.
Alcánzanos la gracia de acogerlo
como don siempre nuevo,
la alegría de celebrarlo con gratitud
durante toda nuestra existencia
y la valentía de testimoniarlo
con solícita constancia, para construir,
junto con todos los hombres de buena voluntad,
la civilización de la verdad y del amor,
para alabanza y gloria de Dios Creador
y amante de la vida.
 
Amén.
 
San Juan Pablo II. 25 de marzo de 1995.