Perder el tiempo (y la sensatez) en tiempos de coronavirus

¿En la mano o en la boca?

Parece mentira, pero es real.

Mientras se difunde el coronavirus, algunos católicos discuten si es un sacrilegio o no comulgar en la mano.

Es estremecedor ver cómo nos dejamos llevar por estas polémicas estériles. También nosotros colamos el mosquito y nos tragamos el camello.

Es un grave defecto espiritual perder de vista lo que es esencial en nuestra fe. Porque la forma de comulgar es secundaria respecto a la consideración del don divino que supone la santa Eucaristía.

Acudamos a las normas de la Iglesia, no solo para clarificar las cosas sino para tener también paz y no pelearnos como mundanos: “lex orandi lex credendi lex intelligendi” (la ley de la oración es la ley de la fe y de la inteligencia de la fe).

La Iglesia es la que regula la forma de celebrar los sacramentos. Es el derecho litúrgico que está contenido en las normas llamadas “Praenotanda” que preceden a los respectivos ritos litúrgicos.

Las normas que regulan la recepción de la sagrada Comunión están contenidas en el nº 161 de la Ordenación General del Misal Romano, con una nota de las decisiones de la Conferencia Episcopal Argentina al respecto.

Lo más importante: la Iglesia reconoce que la forma de comulgar la elige el fiel, “según su deseo” (sic). Es un derecho del fiel cristiano.

Básicamente son dos: en la boca o en la mano. También se ha reconocido -a modo de dispensa- la comunión de rodillas.

¿Es mejor en la boca o en la mano?

La forma típica es en la boca. Si un Episcopado lo pide, también se autoriza en la mano (como ha hecho el Episcopado Argentino y tantos otros).

En todo caso, lo fundamental es la actitud de fe, de devoción y de amor por la Eucaristía.

Es Cristo que se ofrece y el fiel lo recibe como Señor y Salvador, Viático para el camino y anticipo del Cielo. Aquí hay que poner el acento. Y, desde aquí, indicar la importancia de hacer bien gesto externo de reverencia y adoración al comulgar.

Si bien se puede decir que la norma litúrgica prefiere la comunión en la boca, de ahí concluir que es un sacrilegio comulgar en la mano, es una evidente exageración.

Dígase lo mismo de quienes argumentan que solo la comunión en la mano es lo más conveniente para una fe adulta.

Suele ocurrir que, unos y otros, imponen a los demás, con más fuerza de Ley que el Decreto de Graciano, la propia interpretación personal. Los clérigos solemos llevar la delantera en esto, pero no estamos solos…

Más grotesco aún si, a quien no piensa como yo, le digo con arrogancia: “Lo que pasa es que vos no tenés fe”.

Una expresión que, desde hace un tiempo, observo que se vuelve más común en algunos ambientes.

¿Qué ciencia poseo para concluir que alguien no tiene fe? ¿Alguna revelación particular? Solo Dios juzga ese nivel de la conciencia humana.

¡En nombre de Dios no nos dejemos ganar por semejante soberbia!

Repito, porque es fundamental: es un derecho del fiel cristiano elegir el modo de comulgar.

No cerremos, donde la Iglesia deja abierto un espacio legítimo para la libertad de cada uno.

¿Puede la Iglesia, el obispo o un sacerdote prohibir una forma determinada de comunión?

Tres casos posibles para atender en una respuesta a esta pregunta:

1. Un obispo no permite en su diócesis que se comulgue en la mano, aunque la Conferencia Episcopal del país lo permita. Es posible. De hecho, ocurre. Es potestad del obispo hacerlo.

2. El sacerdote -obispo o presbítero- en una celebración particular, y por riesgo de profanación, puede prohibir la comunión en la mano. Lo establece la Iglesia en sus normas.

3. En un caso como la actual emergencia sanitaria, el obispo puede restringir este derecho por el tiempo que dure la emergencia, por ejemplo, estableciendo que solo se comulgue en la mano o en la boca.

Orar en tiempos de dengue y coronavirus

La oración de súplica también tiene su lugar en una situación de crisis sanitaria.

Dios es creador y redentor. Es Padre, como nos reveló Jesús. No se desentiende de sus hijos y su creación.

Actúa siempre, como también nos enseñó Jesús. Y lo hace para salvar: eso significa, para hacernos crecer en humanidad, vivir como sus hijos en toda circunstancia de la vida (salud o enfermedad) y, de esa forma, llevarnos al cielo, a la bienaventuranza eterna.

Dios respeta su creación. No la violenta ni, de ordinario, pasa por encima las sabias leyes que Él mismo le ha dado.

Al hombre le ha dado inteligencia para comprender las leyes de su creación y ponerlas al servicio de todos. Le ha dado también una voluntad libre para que la acción transformadora del hombre lo perfeccione, haciéndolo más bueno y virtuoso.

Por eso, oramos por quienes tienen responsabilidades de gobierno y de conocimiento para prevenir, curar y aliviar el dolor.

Ese es el modo ordinario de obrar de nuestro Dios: actúa por medio de las “causas segundas”, respetando y sosteniendo su accionar.

Pero también actúa de forma extraordinaria. También sin violentar su creación, pero de un modo que, normalmente se escapa a nuestra comprensión, interviene en el mundo.

A esos signos poderosos de su amor los llamamos milagros, porque, al experimentarlos y contemplarlos no podemos dejar de maravillarnos de su poder, su sabiduría y su misericordia.

Por eso, sus hijos nos volvemos a Él, orando con confianza, para que disponga nuestro corazón para colaborar con su obra y para que Él intervenga en nuestra vida.

Oremos, por tanto, con insistencia y la confianza de Jesús, que es la de los niños: “Pidan y se les dará…”

Es la oración confiada de los hijos que saben que Dios no dejará de estar a su lado con la gracia del Espíritu Santo.

Sí a las Mujeres. Sí a la Vida

“La Voz de San Justo”, domingo 8 de marzo de 2020, Día internacional de la Mujer.

Dejemos, por un momento, a Abrahám peregrinando su fe por los polvorientos caminos de Oriente. Hoy, vamos al Santuario de Luján, a la Eucaristía en el Día internacional de la Mujer. Allí, con María, la Iglesia argentina dice: “Sí a las Mujeres. Sí a la Vida”.

Es Cuaresma: caminamos hacia la Pascua. Cuando volvamos a cantar el Aleluya, ratificaremos de esa forma el “sí” de Dios a la vida que es la resurrección de Cristo. Un “sí” rotundo y definitivo.

En medio de la noche, cuando la oscuridad de la muerte parecía ser la palabra definitiva, el Padre sopló su Aliento sobre la fría piedra del sepulcro, y pronunció la palabra más bella del idioma divino: “¡Resucita!”. Y el Crucificado se puso de pie, transfigurado para siempre: el Viviente que da vida.

Los dos “síes” que lleva el lema (a las mujeres y a la vida) son un eco de ese “sí” fundamental de Dios al mundo, a la humanidad, a la esperanza.

Los discípulos de Jesús nos sentimos responsables de ese “sí”, de cuidarlo y hacerlo visible en cada circunstancia de la historia. Es para todos, especialmente para los pobres (que somos todos).

“Porque el Hijo de Dios, Jesucristo, el que nosotros hemos anunciado entre ustedes… no fue «sí» y «no», sino solamente «sí»” (2 Co 1, 19), enseñaba San Pablo.

Jesús es solamente “sí”. Nosotros, en cambio, cargamos demasiados “noes”. Entre ellos, los que, con actitudes, gestos y palabras, han golpeado y siguen golpeando a las mujeres.

Mientras dice “sí a las mujeres”, la Iglesia reconoce que, en su esencia más honda, ella misma es mujer. La mujer-Iglesia se reconoce en la mujer-María, como en cada una de las mujeres de las Escrituras y de las santas que reflejan lo mejor de sí misma.

Al contemplarse así, la misma Iglesia reconoce que queda todavía mucho por caminar en el reconocimiento del genio femenino. Se lo grita el Evangelio de Jesús.

Nadie como él supo tratar a las mujeres que se le acercaron con sus pesares e ilusiones. Las miró a los ojos y las reconoció como sujetos. Ni las usó ni las victimizó. Tampoco las redujo a un colectivo uniforme y monolítico, sino que supo captar la originalidad de cada una… como hizo con cada persona. Las hizo sus amigas, compañeras y discípulas, en igualdad con los discípulos varones. En la mañana de su resurrección, les confió la Buena Noticia de la ternura de Dios que vence la muerte.

Este domingo nos reunimos para cantar el “sí” de Dios a la vida, a cada hombre y mujer de este mundo. Será un gozo. Tiene que ser un fuerte compromiso. No puede quedar solo en palabras.

Anunciamos a Cristo

Amigos y hermanos cristianos, católicos o no católicos:

Porque somos discípulos de Cristo no podemos desentendernos del bien común de la sociedad de la que somos parte y a la que amamos.

No nos resulta indiferente la suerte de los pobres, los descartados y vulnerables. Son sacramento de Cristo…

Por eso, descenderemos al ruedo del debate público, todas las veces que sea necesario. Haremos oír nuestra voz con claridad, con caridad y mansedumbre. Toda causa justa y noble nos puede contar de su parte.

Engendrados por la Palabra que se hizo hombre, siempre estaremos del lado del diálogo y la búsqueda compartida de la verdad, tenga ésta el rostro que sea.

Como Jesús,nuestro Maestro, a las injurias e insultos responderemos con la voluntad férrea de permanecer amigos y hermanos.

Pero, si se legislan leyes injustas, contrarias a la dignidad humana y al sueño del Creador, incluso con la aprobación de las mayorías, no dejaremos de anunciar a Cristo, de gritar su Evangelio, de ofrecer a todos su luminoso proyecto de humanidad.

Esa es y será siempre la misión fundamental de la Iglesia: con el testimonio de vida y la humildad de la palabra anunciar el Evangelio para que se despierte la fe que obra por el amor.

El Evangelio viene del corazón del Padre, tiene el rostro bello de Jesucristo y el perfume del Espíritu Santo.

Su destinatario es preciso y precioso: la sed de verdad, de bondad y de belleza que está en el alma de todo ser humano. Sed de Dios al que siempre busca, aunque sea por senderos equivocados.

Cristo convence.
Su verdad es siempre actual.

Cuaresma: una caminata

Mi columna para el programa: “Palabras del Reino” de FM Estación 102,5

La Cuaresma es un tiempo fuerte: cuarenta días para vivir la Pascua.

Pero es también un camino, un peregrinaje, una caminata…

Y, si de caminata hablamos, aprestémonos a hacerla como Dios manda.

Ropa ligera, zapatillas cómodas, tal vez una gorrita para defendernos del sol, una botella de agua natural para vigorizar nuestra marcha.

Y, por favor, no te pongás auriculares.

Te obligan a caminar o a trotar curvado sobre vos mismo, encerrado en vos mismo.

No. Tenés que caminar de otra manera. Al menos, la Cuaresma se camina de otra forma: como lo hizo Jesús, empujado por el Espíritu, yendo directo al desierto, a la prueba, a la vida que se ofrece si se la encara con valentía y entusiasmo…

Caminá la Cuaresma con tu cuerpo, tu rostro y todos tus sentidos bien abiertos, de cara a la acción del aire que purifica.

Que te entre la vid por los poros.

Que la vida que germina y crece vigorosa, bella y exuberante, y crece por todos lados se nos meta por todos los poros del cuerpo.

Si caminás así la Cuaresma, vas a probar uno de sus frutos más hermosos: la alegría.

Sí, la alegría.

Por que Cuaresma no es un tiempo triste, sombrío o apesadumbrado. No es gris.

Gris es el mundo con sus seducciones…

La Iglesia camina la Cuaresma animada por la luz pascual que ya despunta en el horizonte.

¿No lo estás viendo?

¡Cristo resucitó y vive!

¡El amor de Dios, que Jesús ha derramado en su Pascua, es la fuerza más poderosa que mueve el mundo!

¡La muerte ha sido vencida!

¡El pecado no tiene la última palabra en tu vida ni en la vida de nadie!

La alegría de la Cuaresma es la propia de los caminantes: es la de saber que tenemos una meta, que nos impulsa una fuerza maravillosa: el amor de Dios, su compasión y su perdón.

Caminamos como pecadores perdonados, porque Dios nos hace transitar la conversión del corazón, para que, rota la dureza del egoísmo, dejemos libre curso en nuestras vidas a la libertad del Espíritu.

Caminamos la Cuaresma para seguir creciendo como hijos e hijas amados del Padre.

Así caminó Jesús.

Así nos impulsa a caminar el Espíritu.

Y, como yapa: no caminás solo.

Te lo vuelvo a decir: ¡no estás solo en esta caminata! Como no estás solo en la vida…

Yo también camino con vos… y con tantos otros, hermanos y hermanas…

Y caminamos, corremos o, en ocasiones hasta nos arrastramos un poco, cantando de alegría, porque tenemos esperanza.

Nos ha sido regalada gratuita e incondicionalmente.

Así caminan los pobres: los pobres de espíritu, los humildes, ricos con la riqueza de Dios.

Y camina con nosotros María… ¡Esa compañía no tiene precio!

Y los santos.

Dale, echá mano de tus zapatillas.

Pongámonos a caminar.

El otro viaje de Abrahám

“La Voz de San Justo”, domingo 1º de marzo de 2020

“Entonces hubo hambre en aquella región, y Abram bajó a Egipto para establecerse allí por un tiempo, porque el hambre acosaba al país.” (Gn 12, 10).

Bella metáfora la del camino. Camino es la vida. Como la fe. Peregrinamos sostenidos por una promesa. Si ella se desvanece, nuestras fuerzas, siempre al límite, menguan hasta dejarnos inermes.

Abrahám es un peregrino, con una meta precisa: tierra y descendencia, prometidas por Dios. Su vida se confunde con su fe. Porque, en la experiencia del Dios de la Biblia, creer, vivir y caminar son intercambiables.

Una palabra irrumpe, inesperada, en la sedentaria vida de Abrahám. Lo vuelve caminante. Es una orden perentoria. La pronuncia el Dios amigo que se hace también compañero de camino. De paso, añadamos: como la fe y la vida, la amistad es también una peregrinación…

La cita con que abrimos esta columna nos habla de otro viaje de Abrahám. No el de la fe, sino el de la desconfianza. Apenas diez versículos. Contienen una bella enseñanza sobre la fe como camino.

El punto de partida es una aguda experiencia humana: hambre y lo que desata en el corazón. La promesa comienza a estar en crisis. En el horizonte aparece la riqueza opulenta de Egipto. Allí sí que hay posibilidad de ser colmados. Abrahám entonces se desvía del camino trazado por Dios.

Comienzan entonces los problemas. Abrahám está casado con una hermosa mujer. ¿Y si los egipcios posan sus ojos en ella? Seguramente matarán a Abrahám para quedarse con la bella. Y, en medio del camino desviado, un ingenioso artilugio: “Por favor, di que eres mi hermana. Así yo seré bien tratado en atención a ti, y gracias a ti, salvaré mi vida” (Gn 12, 13).

Por supuesto, al principio, todo parece ir sobre rieles: los egipcios toman a la “hermana” de Abrahám y, en recompensa, lo colman de bienes. Pero, como decían nuestras abuelas: la mentira tiene patas cortas. “Pero el Señor infligió grandes males al Faraón y su gente, por causa de Sarai, la esposa de Abrahám” (Gn 12, 17). Al enojo del faraón sigue la expulsión de Abrahám. Un modo poco elegante, pero efectivo de retornar al sendero.

Una vez más, Dios interviene y es el que realmente salva a su amigo, más allá de todo cálculo.

Este primer domingo de Cuaresma, nuevamente el hambre protagoniza una historia bíblica. Jesús, en el desierto, comienza a sentir los efectos de sus cuarenta días de ayuno. El tentador aprovecha la debilidad. Pero Jesús hará lo que Abrahám tuvo que aprender a vivir. Al tentador que lo invita a convertir piedras en panes, Jesús responde, citando la misma Escritura: “El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4, 4 y Dt 8, 3).

La fe siempre crece en la prueba. Es un camino siempre bajo acecho. ¿Debilidad o fortaleza? La Biblia nos enseña a ir hasta el fondo de la prueba, porque precisamente allí, Dios nos espera.

Tenemos que seguir rumiando esta desconcertante (y fascinante) experiencia espiritual.

¡Dejémonos arrastrar por la fuerza de Cristo!

Homilía en la Catedral de San Francisco, Miércoles de Ceniza 2020

Con la bendición e imposición de las cenizas comenzamos a transitar el camino de la Cuaresma.

Es el camino de Jesús hacia la Pascua.

Él va delante. Nosotros detrás, traccionados por su mismo impulso.

¡Dejémonos llevar!

Seamos como esos ciclistas que, con una mezcla de osadía e imprudencia, pedalean fuerte detrás de algún vehículo mayor, más ágiles por la tracción generada.

*     *    *

Mientras recibimos las cenizas, el ministro nos invita a la conversión, invitándonos a creer en el Evangelio sin olvidar nuestra radical pobreza: ¡Conviértete y cree en el Evangelio! ¡Recuerda que eres polvo…!

Somos pecadores. No solo limitados.

Tenemos el corazón dividido y herido.

Nos habita una fuerza disruptiva: el pecado y el peso del egoísmo que brota de él.

Es como una fuerza centrífuga que, dejada libre, todo lo destruye y dispersa: a nosotros, a quienes nos rodean, a aquellos que amamos, a la misma creación…

Allí radica, misteriosa y seductora, la raíz de toda forma de violencia, de injusticia y de deshumanización.

*     *    *

¡Dejémonos arrastrar por la fuerza centrípeta de Jesucristo y su Pascua!

¡Sólo Él sabe cómo curar nuestras heridas! ¡Sólo Él llega hasta el fondo, a la raíz de nuestros pecados!

Ha venido a nosotros, tomando nuestra propia condición y experimentando en ella todos nuestros límites. Sabe de qué barro estamos hechos…

En la Pascua de su pasión, muerte y resurrección ha liberado la fuerza más poderosa, la que viene de Dios y es la única que sana y salva: el amor de misericordia que se hace perdón de los pecados.

Somos pecadores, pero pecadores perdonados.

El perdón ha venido a nosotros, camina con nosotros, está al alcance de nuestra mano.

Es Jesucristo, el rostro del perdón y la misericordia del Padre.

En el camino cuaresmal, hacemos penitencia para que nuestro corazón herido se quiebre de amor y, de esa manera, deje circular libremente el poder sanador del perdón divino.

*     *    *

Recogiendo la palabra del Señor, la Iglesia nos invita al ayuno, la oración y la limosna.

Son la expresión visible de ese espíritu de penitencia y conversión que el mismo Espíritu Santo está alentando en nosotros.

¡Seamos animosos!

¡Experimentemos juntos la alegría de volver a Dios, de dejarnos renovar por su perdón y, de esa manera, ser más humanos, más hermanos!

¡Acerquémonos al sacramento de la Penitencia! ¡Es Cristo el que nos espera para abrazarnos!

¡Buena Cuaresma para todos!

“Con Jesús, dejémonos llevar hacia la Pascua”

Primera Carta Pascual 2020

San Francisco, 23 de febrero de 2020

A los fieles católicos de la Diócesis de San Francisco.

Queridos hermanos:

“Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su elevación al cielo, Jesús se encaminó decididamente hacia Jerusalén.” (Lc 9, 51).

También nosotros pongámonos en camino hacia la Pascua. La celebraremos el domingo 12 de abril. Es el corazón del año litúrgico, porque es el corazón de nuestra experiencia cristiana de Dios: él es el Padre que resucita a Jesús y nos comunica su Espíritu. La Pascua marca el ritmo y el tono de nuestra vida. Caminamos hacia la Pascua eterna.

Se me ha ocurrido dirigirles cuatro Cartas pascuales que nos ayuden a realizar este camino. Y a hacerlo como hermanos, como familia diocesana.

Sería bueno que las aprovecharan en los Consejos Pastorales y otros espacios comunitarios. Contienen preguntas inspiradoras, pero también pueden despertar otros interrogantes que nos ayuden a profundizar nuestra respuesta personal y comunitaria al Señor que nos llama a caminar con él. 

Esta primera se enfoca en la Cuaresma. Seguirá una para Semana Santa; una tercera para vivir la Cincuentena Pascual; y, finalmente, otra para Pentecostés.

*     *     *

La Cuaresma es el camino de Jesús. Él va delante, abriendo el sendero y, de alguna manera, traccionándonos con la fuerza de su Espíritu. Dejémonos llevar.

¿Hacia dónde camina Jesús?

Jesús sube con sus discípulos a Jerusalén. San Lucas usa una hermosa expresión: en Jerusalén, Jesús “será tomado y llevado” hacia lo alto. Como Elías, será arrebatado por un torbellino de fuego y llevado al cielo. (cf. 2 Re 2, 11). Ese fuego es el Espíritu del Padre que lo impulsa a cumplir su misión. Será la hora del “amor hasta el fin”, de “pasar de este mundo al Padre” (cf. Jn 13, 1). La Cuaresma es la invitación a sumarnos a ese camino de Jesús que vuelve al Padre. Por eso, al recibir las cenizas, se nos dice: “Conviértete y cree en el Evangelio”. Es la señal para animarnos a caminar hacia la Pascua, animados por el mismo fuego del Espíritu.

¿Qué fuerzas nos arrebatan realmente? ¿Qué fuego está ardiendo en nosotros en este momento? ¿Es el de Jesús o son “otros fuegos”?

¿Qué lo motiva a emprender ese camino?

San Lucas nos da una pista. Dice que Jesús “se encaminó decididamente hacia Jerusalén”. El Padre lo llama y el Espíritu lo impulsa. No se queda pasivo. Jesús madura la decisión personalísima de cumplir su misión. Es el misterio que contemplaron sus discípulos tantas noches de vigilia y oración: el Hijo se abre, en el Espíritu, al Padre. María también lo había tenido que rumiar en su corazón cuando, con José, escuchó: “¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?” (Lc 2, 49). A Jesús lo mueve el amor del Padre que quiere salvarnos. Trae ese motivo desde el seno de la Santa Trinidad: “Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!” (Lc 12, 49). Es el amor del Buen Samaritano que se hace cargo del que está herido en el camino. Su trabajo es el mismo del Padre: acoger, hacerse cargo, sanar, resucitar …

¿Cómo andan nuestras motivaciones? ¿Qué nos mueve realmente desde dentro? ¿No necesitamos que Jesús, con su Espíritu, evangelice un poco nuestras motivaciones más hondas?

¿Con quiénes camina Jesús?

Salvo cuando manda a los discípulos a misionar, Jesús nunca está solo (cf. Mc 6, 14-29). Desde el principio, busca compañeros de camino. Es que viene del seno de la Trinidad que es familia. Trae ese fuego al mundo. Jesús crea fraternidad, clima de familia y comunión. Del corazón del Padre trae esa pasión de buscar a los perdidos, de curar a los enfermos, de acariciar a los niños y de sentar a la mesa a los descartados. Su gesto más hondo es el perdón que ofrece a los pecadores. Sin olvidar su poder de liberar a quienes sufren toda forma de deshumanización. Ahí está “María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios” (Lc 8, 2). Las escenas más entrañables del Evangelio son esos encuentros de Jesús. Esta Cuaresma vamos a escuchar tres de esos encuentros: con la samaritana (el tercer domingo: Jn 4, 5-42), con el ciego de nacimiento (cuarto domingo: Jn 9, 1-41), y con los hermanos de Betania en la resurrección de Lázaro (quinto domingo: Jn 11, 1-45).

En Cuaresma, Jesús camina con nosotros y, con nosotros, quiere seguir yendo al encuentro de los pobres. ¿Somos realmente una Iglesia diocesana pobre y para los pobres, como tantas veces dice el Papa Francisco? El ayuno, la oración y la limosna cuaresmales nos animen a estar más disponibles para nuestros hermanos y hermanas.

¿Cómo camina Jesús?

Ya lo vimos: Jesús inicia su camino con una decisión libre, firme y bien pensada. Así seguirá caminando. Vuelve una y otra vez, en su oración a esa decisión de vida. Es que allí encuentra al Padre, se deja colmar por el Espíritu y se siente, una vez más, enviado a sus hermanos y hermanas, a los pobres, a los pecadores. Ni siquiera la creación es excluida de esta decisión del Señor. Él la renueva, cada día, ante cada persona y cada acontecimiento. Cuando llegue a Jerusalén, sin embargo, habrá un momento en que está opción se hará gesto sacramental: será en el Cenáculo y tomará la forma de pan que se parte y una copa que tiene que pasar de mano en mano. Jesús camina con confianza, con mansedumbre y con alegría. Una alegría desbordante, creciente y que resiste incluso las pruebas más duras. Porque, en su camino, Jesús experimentará momentos de intensa prueba: la dureza de corazón y la ceguera de sus enemigos, la torpeza de sus discípulos que no terminan de entenderlo y la superficialidad de las multitudes. Sin embargo, la mirada fija en el Padre y el soplo consolador del Espíritu lo mantienen en el camino iniciado.

¿Qué estamos haciendo con la alegría del Evangelio que el Señor nos ha confiado? ¿Caminamos con entusiasmo, compartiendo nuestra esperanza y nuestra alegría? ¿O, por el contrario, nos hemos dejado ganar por la amargura y el derrotismo?

*     *     *

Hasta aquí mis reflexiones para esta primera Carta pascual, a las puertas de nuestro “itinerario hacia la luz pascual”, como dice la Liturgia. Espero sinceramente que nos ayuden a todos.

La liturgia cuaresmal posee una enorme riqueza: los textos de las Escrituras y las oraciones, tanto del Misal como de la Liturgia de las Horas. Alimentemos con ellos nuestra oración de cada día y nuestro deseo sincero de conversión y reconciliación.

El Señor nos espera, con su perdón y su paz, en el sacramento de la Penitencia. Prepararemos así la renovación de las promesas bautismales de la Vigilia Pascual. Es nuestra vida la que se renueva en Pascua.

Cerca de Semana Santa volveré a escribirles. El Señor está caminando hacia la Pascua. Vayamos con él, dejándonos arrebatar por su Espíritu. Nos espera la resurrección y la vida.

Su obispo,

+ Sergio O. Buenanueva

Abrahám: el caminante que vive de una promesa

“La Voz de San Justo”, domingo 23 de febrero de 2020

El relato de Babel nos ha dejado un sabor amargo: los hombres ¿estamos condenados a no entendernos? ¿Es nuestro destino la dispersión, amargados y solitarios? Al parecer, la única forma de encuentro es el conflicto, y este hasta la muerte. O unos u otros.

Pero, ya lo dijimos: la puerta a la esperanza está abierta. Y será el mismo Dios el que trasponga su umbral y dé inicio a una historia nueva. Y lo hace con Abram, a quién llamará: Abrahám. Ese cambio de nombre (como tantos otros en la Biblia) es una buena señal de hacia dónde va la historia.

Con la de Abram/Abrahám comienza la historia de eso que llamamos fe. ¿Cómo describirla? Si en esta semana tenemos tiempo y ganas (sobre todo, ganas), busquemos en el libro del Génesis el ciclo de Abrahám: Gn 12-25, 18.

Gn 12, 1-4: “La vocación de Abram”

“Abram partió, como el Señor se lo había ordenado…” (Gn 12, 4).

La fe nace de una palabra que llega, de repente, trastoca todo lo que hasta ese momento da certeza y seguridad. En este caso, a un hombre anciano, sin descendencia.

Es además una orden perentoria con una promesa incierta: “Deja tu tierra natal y la casa de tu padre, y ve al país que yo te mostraré. Yo haré de ti una gran nación y te bendeciré; engrandeceré tu nombre y serás una bendición.” (Gn 12, 1-2).

Lo decisivo no es la promesa -inmensa, por cierto- sino quien la realiza: el Dios vivo que, a partir de ahora, será el Dios de las promesas. Entregarse a Él, confiándole todo y dejándolo todo, es el núcleo ardiente de esa actitud que ha de confundirse con la misma vida.

La fe es una vida que se asume como riesgo en el mismo instante en que se renuncia a ser dueño de ella, pues se le confían las riendas de la propia existencia a Aquel al que se lo reconoce como Señor.

La fe, a la medida de Abram, es dejar a Dios ser Dios en la propia vida. De ahí que, cuando una persona comienza a comprender lo que realmente significa “creer”, un vértigo cercano al pavor es una experiencia irrefrenable.

Pero, precisamente, si en estas circunstancias, el aprendiz de creyente se confía a la palabra que recibe y, como Abram, se pone a caminar, comienza a comprobar que esa promesa es lo más valioso de su vida. Y que posee una fuerza inaudita para vencer todos los miedos que abruman al corazón humano. El que cree, como Abram, resucita a la vida.

Los creyentes de todos los tiempos -judíos, cristianos y hasta musulmanes- nos reconocemos deudores de Abrahám, el padre de todos los creyentes. Su fe sigue moldeando la nuestra e inspirando su camino.

Si queremos comprender nuestra fe tendremos que seguir hablando de Abram.