Como Pedro en la casa de Cornelio: una Iglesia dócil al Espíritu

“Vida Nueva Cono Sur” publica este artículo con mi reflexión sobre el “Encuentro de protección de menores” de Roma.

“El Espíritu Santo me ordenó que fuera con ellos sin dudar…” (Hch 11,12).

Pedro no va por iniciativa propia a la casa de Cornelio. Tiene que obedecer al Espíritu. Una vez allí, reconocerá la obra de Dios. Finalmente dará cuentas a la comunidad de todo lo que ha vivido.

He pensado mucho en este relato de los Hechos mientras se desarrollaba en Roma el “Encuentro para la protección de los menores en la Iglesia”. Lo que narran los Hechos se ha verificado otra vez. También hoy, Pedro (Francisco) y, con él, todos nosotros hemos tenido que obedecer al Espíritu y dejarnos llevar a un lugar que no habíamos programado.

¿Es Jesucristo, el verdadero Pastor y Obispo de nuestras vidas, el que está pastoreando así a su Iglesia? Creo que podemos decir que sí. Pero, a condición de que digamos, a renglón seguido: desde la humillación que quebranta el corazón y lo hace más dócil a la acción de Dios.

Hay además otras preguntas inquietantes: ¿Hubiera sido posible la convocatoria del Papa a este Encuentro sin la rebeldía de las víctimas que han empujado a la Iglesia a mirar de frente el drama de los abusos? Y más: ¿Hubiéramos llegado hasta aquí sin el moderno estado secular con la autonomía de su justicia, o sin la tarea de investigación de periodistas “molestos” y “entrometidos”, o sin el “basta” de tantos laicos y comunidades cristianas enojados y avergonzados?

Chile, Australia, el Informe Pensilvania…

Estamos viviendo una hora de penitencia y conversión en el sentido más hondo que esas palabras tienen para nuestra fe. No olvidemos que se trata de una gracia del Espíritu que, por caminos las más de las veces impensados, nos lleva al quebrantamiento del corazón como el único sacrificio que abre realmente nuestra vida a la acción de Dios. Gracias, por cierto, que reclama nuestra libertad, a la vez que la hace posible, la sostiene y la perfecciona.

“Ustedes, son los doctores de las almas y, sin embargo, con excepciones, se han convertido en algunos casos, en los asesinos de las almas, en los asesinos de la fe”.

Son palabras de una víctima oídas en el aula del Sínodo convertida en “espacio de saludable penitencia” para los pastores de la Iglesia, incluido el Santo Padre. Palabras de un bautizado herido por el abuso de un falso profeta. Pero herido también, y tal vez más hondamente, por el trato injusto que recibió de quienes debían ayudarlo para hacer verdad, justicia y sanación en su vida: sus obispos.

Son palabras dirigidas a cada uno de nosotros, los obispos que, en nombre de Cristo, pastoreamos el santo pueblo fiel de Dios, como le gusta decir al Papa Francisco. Ese pueblo que está esperando activamente que cesen las palabras y comiencen los gestos concretos.

En estos días, los participantes del Encuentro han tenido la oportunidad de pensar en estos pasos concretos de reforma en torno a tres palabras claves: responsabilidad, rendición de cuentas y transparencia. Tres palabras claves que expresan, ante todo, la misión del obispo en la Iglesia, especialmente de cara a la tragedia de los abusos. Pero, como bien ha sido recordado en estos días, el obispo no está solo en esta tarea. Su rol es insustituible, pero él es parte de una comunión más amplia y su ministerio ha de vivirlo en “estilo sinodal”.

Es parte de un cuerpo: el colegio episcopal, expresado en cada lugar a través de la conferencia episcopal y los vínculos con el obispo de Roma. Es además cabeza de una Iglesia particular que es como una red de vocaciones, carismas y ministerios. El obispo no puede enfrentar solo ni desde su propio criterio ningún capítulo de la lucha contra los abusos. Junto a él y, en algunos casos, dejándose llevar -como Pedro a la casa de Cornelio- tiene a laicos, consagrados y ministros ordenados.

Y no olvidemos las consecuencias de haber reconocido sin ambages la naturaleza criminal del abuso perpetrado por un clérigo: sin negar el derecho de la Iglesia a seguir sus propios protocolos canónicos, el orden público herido reclama que ésta no solo colabore con la justicia secular, sino que se ajuste a ella escrupulosamente. Este es, a mi criterio, un paso sin retorno en el camino de la Iglesia.

Mucho queda por hacer. Tenemos ya puestos sobre la mesa temas fundamentales: espacios concretos para escuchar y acompañar a las víctimas; instancias también concretas para rendir cuentas del camino emprendido o, llegado el caso, para denunciar a los obispos y superiores que son negligentes en su oficio; reformar los puntos débiles del proceso canónico (sentido del secreto pontificio, colaboración con la justicia, información a las víctimas de la marcha de su denuncia, mayor protagonismo de las conferencias episcopales o de los metropolitanos en los procesos canónicos, etc.). Y – ¿cómo no? – una atención mucho más incisiva a la formación de los futuros pastores y consagrados, llamados a ser padres antes que señores a los que servir y admirar.  

Es cierto que apuntamos a la “tolerancia cero”: hacer justicia a cada caso de abuso. Pero, en la mente del Papa, el objetivo es mayor. Tenemos que hablar de “abusos cero” en la Iglesia. Se abre así el capítulo de la prevención. Una vez más, este ha de involucrar a todos en la Iglesia. Si el clericalismo está en la raíz de los abusos y su fatal gestión, el concreto hacer lugar a una Iglesia comunión verdaderamente católica y sinodal ha de estimular la corresponsabilidad de todas las vocaciones y carismas que la componen.

Volvamos con Pedro a la casa de Cornelio. ¿Qué ocurrió allí? Un nuevo y sorprendente Pentecostés. Siguiendo a la distancia el Encuentro -lo confieso: no solo con interés sino también ansiedad- creo haber percibido el rumor del Espíritu. El discurso final del Santo Padre tiene esa fuerza: sin dejar de ser concreto en sugerencia y orientaciones, tiene la fuerza de una lectura teológica y espiritual que va a la raíz del drama, pero también de la fuerza más poderosa con que cuenta la Iglesia para responder, prevenir y curar los abusos: la potencia del Espíritu. Me animo a parafrasear lo que aquellos Padres reunidos en Calcedonia: “Pedro ha hablado por boca de Francisco”.

Un trato justo

“El Señor es bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia; no nos trata según nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas.” 

Esta es una estrofa del Salmo 102 con el que rezamos en la liturgia de este domingo.

Los salmos están compuestos para ser cantados, pero, en la oración personal, una forma muy provechosa es rezarlos, rumiando una frase o una palabra. Es como sacarle el jugo a esa palabra que viene del corazón de Dios. Un jugo que es, por cierto, inagotable.

Basta elegir la frase o palabra que más nos ha tocado por dentro, la que ha traído mayor consuelo o fervor a nuestro espíritu.

Este domingo, yo elijo esta frase: “El Señor… no nos trata según nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas”.

Días pasados, hice un posteo en Facebook preguntándome por qué suelen quedar vacíos los primeros bancos de nuestras iglesias durante la Misa. El intercambio que se dio fue muy bueno.

De todas las razones que se esgrimieron, una me ha quedado dando vueltas. Un par de personas señalaban que elegían quedarse atrás porque no se sentían de estar cerca del altar. Sea por la conciencia de la propia pobreza, sea por la santidad del misterio.

Es como para quedarse pensando y rumiando también estas cosas. Vale la pena.

Conozco bien ese sentimiento. Lo experimento varias veces: inadecuación, vergüenza, estupor. El padre Jean Lafrance (conocido autor espiritual) señalaba que el don de ciencia del Espíritu Santo precisamente nos hace comprender la infinita distancia que hay entre Dios y la creatura. Pero también que, a través del don de consejo, el Espíritu nos mueve a entregarnos sin reservas a ese Dios tres veces santo que es, por encima de todo, compasión y misericordia.

Vuelvo a rumiar el versículo del salmo: “El Señor es bondadoso y compasivo… no nos trata según nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas”.

Todo lo que Jesús dijo e hizo apunta a meternos dentro del corazón, grabándolo a fuego, esta verdad genuinamente evangélica, y a vivir en consecuencia.

Lo escucharemos de sus labios este domingo: “Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso” (Lc 6,36).

También para rumiar.

Más derecho. Más justicia. Más Evangelio

El Papa Francisco, el cardenal Cupich y la Dra. Linda Ghisoti

El abuso sexual es un crimen. El abusador es un delincuente.

Como tal, el delito del abuso afecta el orden público de la sociedad. Es una grave injusticia. Lesiona la dignidad de la persona. De ahí que reclame la intervención de la justicia, con sus tiempos, procedimientos y sanciones proporcionadas al delito con sus atenuantes y agravantes.

Reconocer sin ambages la naturaleza criminal del abuso sexual a personas vulnerables, cometido por clérigos, ha sido un paso clave para la Iglesia. Un verdadero punto de no retorno. De aquí se siguen consecuencias precisas; seguramente onerosas, pero saludables para todos. Entre otras, una que merece ser destacada: el primado de la justicia secular a la hora de esclarecer este delito atribuido a un clérigo (diácono, presbítero u obispo).

No que la Iglesia no pueda intervenir con sus procedimientos, tal como lo prescriben las normas canónicas. Si el delito ha sido cometido por un ministro sagrado, la Iglesia tiene el deber y el derecho de establecer las consecuencias de estos actos criminales para el ejercicio del ministerio. Una institución del significado y la magnitud de la Iglesia puede y debe controlarse a sí misma en este delicado punto. Pero no puede sola. Está inserta en la sociedad y forma parte de un entramado concreto de relaciones.

Aun con expresiones maximalistas, tienen razón las víctimas que reclaman que los líderes de la Iglesia no solo colaboremos con la justicia, sino que realmente nos subordinemos al ordenamiento penal de la sociedad a la que pertenecemos, en la que ejercemos nuestro ministerio y a la que, en última instancia, servimos desde el Evangelio.

¿Es esta una observación fríamente jurídica? ¿No tenemos que propiciar una lectura propiamente creyente de esta crisis?

Con una mirada intimista y espiritualista se ha repetido en ocasiones: “menos derecho y más evangelio”. Ya Benedicto XVI decía que ese desprecio del derecho, especialmente el penal, era un de las causas por las que la plaga de los abusos se ha difundido en la Iglesia.

Aquí pretendo dar una vuelta de tuerca más. No solo los obispos tenemos que aplicar las sabias normas canónicas de la Iglesia, especialmente las del capítulo penal de nuestro Código, sino que, atendiendo a este reconocimiento de la naturaleza delictiva del abuso de las personas, el recurso a la justicia secular es un paso ineludible. En estos términos se ha expresado, en su intervención de este viernes 22 de febrero, el cardenal Gracias:

El abuso sexual de menores y otras personas vulnerables no solo viola la ley divina y eclesiástica, sino que también es un comportamiento criminal público. La Iglesia no vive solo en un mundo aislado creado por ella. La Iglesia vive en el mundo y con el mundo. Aquellos que son culpables de un comportamiento criminal, en justicia tienen la obligación de rendir cuentas ante las autoridades civiles por dicho comportamiento. Aunque la Iglesia no es un agente del Estado, reconoce la autoridad legítima de la ley civil y del Estado. Por lo tanto, la Iglesia coopera con las autoridades civiles en estos asuntos para hacer justicia a los sobrevivientes y al orden civil.

Por su parte, el cardenal Cupich ha hecho, entre otras, esta sugerente propuesta: “La denuncia de un delito no debe verse obstaculizada por el secreto oficial o por normas de confidencialidad”. La apelación al “secreto pontificio” no puede interponerse como una barrera para la insoslayable acción de la justicia secular. Un punto verdaderamente crucial que merece reformas. Han sido explícitamente sugeridas en el Summit de Roma por la Dra. Linda Ghisoni, subsecretaria del Dicasterio para la Vida y los Laicos:

Será preciso revisar la normativa actual sobre el secreto pontificio de modo que éste tutele los valores que quiere proteger -la dignidad de las personas implicadas, la buena fama de cada uno, el bien de la Iglesia- y, al mismo tiempo, consienta el desarrollo de un clima de mayor transparencia y confianza, evitando la idea de que el secreto se utiliza para esconder los problemas en vez de para proteger los bienes en juego.

Lo que quiero hacer notar aquí es que este reconocimiento de la consistencia propia de la justicia del Estado, la Iglesia lo hace desde el núcleo mismo de su fe en Dios creador y redentor, pero también desde la conciencia que tiene de su propia naturaleza sacramental. Es lo que dice el cardenal Gracias: “La Iglesia no vive solo en un mundo aislado creado por ella. La Iglesia vive en el mundo y con el mundo”.

La real consistencia del mundo, su autonomía y la de sus instituciones (entre ellas: el estado y la justicia) no solo expresan la bondad de la creación, sino también la conciencia de que este mundo, marcado por la desobediencia del pecado, es también espacio de acción de la gracia del Espíritu Santo. Estamos escuchando su voz en la rebeldía de las víctimas, en la acción perseverante de los que investigan estos abusos; pero también en la reacción de muchos bautizados que, un poco por todas partes, están diciendo “basta” a los abusos y al manejo errado de los líderes eclesiales. Los pastores deberíamos ser dóciles a este llamado. ¿No nos recordó el Concilio que la Iglesia también aprende del mundo?

La Iglesia tiene conciencia de ser la visibilidad social en el mundo de la gracia invisible. Su modo de estar inserta en la sociedad no resulta indiferente para su misión salvífica. La Iglesia es canal de la gracia escuchando la Palabra, celebrando los sacramentos y también a través de la humillación penitencial que supone entrar en esta purificación y quebranto del corazón.

Mirémoslo desde otra perspectiva. Una de las víctimas señalaba en Roma, por estos días, que la iniciativa de este Encuentro convocado por el Papa no podría haberse realizado de no haber mediado el empeño perseverante de las víctimas-sobrevivientes para romper el silencio, hacerse oír e insistir en que se estaba gestionando de forma inadecuada esta crisis.

Yo añado que, sin el moderno estado secular, con su autonomía y la independencia de su sistema judicial respecto del poder eclesiástico; sin la acción investigativa de la prensa, como bien lo reconoció el Papa Francisco; sin una opinión pública que no deja pasar estos hechos, aun contando con una mirada sesgada; sin nada de esto, seguramente, en la Iglesia, no hubiéramos enfrentado esta crisis, y el sufrimiento seguiría destruyendo vidas.

Llegará la hora en que se verá más claro que, en todo este doloroso camino de penitencia, es Dios mismo el que está purificando a la Iglesia de los ídolos de poder y engreimiento que nos hemos construido. Tal vez esto lo vean con más nitidez generaciones posteriores. A nosotros, sin embargo, nos toca ser dóciles ahora al Espíritu. Cada uno de nosotros tiene que preguntarse qué espera Cristo de él, qué lugar irremplazable lo invita a ocupar en esta misión, qué cuota de penitencia reparadora está llamado a ofrecer, porque “cuando un miembro sufre, todos los demás sufren con él” (1 Co 12,26).

Domingo de las bienaventuranzas – Misa por Emiliano Sala

¿Podríamos llamar a este domingo: “el domingo de las bienaventuranzas”?

Creo que sí. La primera lectura de Jeremías y el salmo responsorial nos acercan algunas de las bienaventuranzas que son como un hilo rojo en la urdimbre de la historia de la salvación que narran las Escrituras de Israel.

El salmo que hemos rezado es el primero del Salterio -el libro de la Biblia que nos enseña a orar- y se abre con una bienaventuranza:

¡Feliz el hombre que no sigue el consejo de los malvados,
ni se detiene en el camino de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los impíos,
sino que se complace en la ley del Señor y la medita de día y de noche! 

Respondíamos así a Jeremías que exclamaba: “¡Bendito el hombre que confía en el Señor
y en él tiene puesta su confianza!” (Jer 17,7).

Las bienaventuranzas que salen de los labios y del corazón de Jesús abrevan en esta sustanciosa tradición bíblica. Jesús ha crecido escuchando, leyendo y rezando la Biblia.

Pero, marca una diferencia. Jesús siempre hace la diferencia.

Sea en la versión más espiritual de Mateo que en esta de Lucas, más concreta, directa e interpelante, Jesús hace un desplazamiento del acento: más que caracterizar la actitud de fondo del hombre piadoso, al ir repasando, una a una, diversas situaciones humanas (pobreza, sufrimiento, persecución, etc.), Jesús nos ayuda a comprender cómo ve Dios la realidad.

Las bienaventuranzas en labios de Jesús, pasando la mirada por la vida de los pobres y los que sufren, nos ayudan a comprender el corazón de Dios, sus sentimientos, de qué lado Él se pone siempre, cómo ve y cómo juzga la realidad que nos toca vivir.

Dios está siempre del lado más débil de la vida.

Por eso, no está conforme con el mundo que estamos construyendo los hombres.

El mundo tiene que cambiar. Tenemos que dar pasos para superar y dejar atrás toda situación de deshumanización, de llanto a causa de la injusticia o la corrupción.

No nos complacemos en la pobreza ni la romantizamos.

Este mundo tiene todo para que no haya un solo pueblo, una sola persona o familia indigente y pobre.

Dios quiere que los pobres salgan de la pobreza.

Dios está con el más débil y con todos los que suman sus fuerzas para luchar para que este mundo, tantas veces injusto y corrupto, sea casa común, hogar para todos, de manera particular para los más desfavorecidos.

En esa opción de nuestro Dios por la vida más herida, vulnerable y amenazada, sus hijos encontramos la fuerza que necesitamos para apostar también nosotros -siempre y especialmente en los momentos más duros- por la verdad, la belleza, la justicia y el bien.

*     *     *

Permítanme ahora, con todo respeto, poder decir:

Querido Emiliano, bienaventurado por tu vida, por tu recuerdo y por tu ejemplo.

Nos duele tu partida. Nos cuesta comprender tantos porqués que se multiplican en el corazón.

Nos quedamos en silencio delante de Dios, a sus manos te confiamos, como también el dolor de tus padres, hermanos, amigos y conocidos.

Escuchando a quienes te han conocido, aquí en “Proyecto Crecer”, en la escuela “Jesús de la misericordia”, antiguos compañeros, maestros y amigos; pero también escuchando el testimonio de quienes te han seguido en estos últimos años, nos ha sorprendido la unanimidad de sus miradas: hemos perdido a un tipazo, un chico bueno, respetuoso y que no se subió al pedestal. “Como lo conocimos acá, así siguió siendo también cuando lo alcanzó el éxito profesional”, ha comentado alguno de ustedes.

No podemos dejar de agradecer a tu familia -que hoy te llora- porque esa buena semilla la sembraron ellos.

En estos días, a través de las redes, he recibido algunos mensajes de personas de Nantes que, enterados de esta Misa por Emiliano, me han pedido que les transmita que están unidos a nuestra oración. Uno de ellos decía: “Los bretones tenemos el mismo corazón y fidelidad a los amigos”.

Personalmente me han conmovido las lágrimas del director técnico del Nantes: Vahid Halilhodžić.

Según hemos sabido, confió en vos cuando parecía que las expectativas depositadas sobre tu rendimiento no se iban a cumplir. Esa confianza de quien seguramente vio en vos lo que realmente eras y lo que llevabas dentro, seguramente te permitió arrancar y convertirte en goleador.

*     *     *

En este punto quisiera iluminar con el mensaje del Evangelio este momento que estamos viviendo: nos duele la partida de Emiliano, como nos duelen las muertes de demasiados niños y jóvenes, especialmente si violentas, absurdas o fruto de la corrupción humana.

Pero, no perdamos la confianza.

No nos dejemos ganar por el desaliento o la desilusión.

Dios está siempre con los que pierden.

Dios quiere que nuestro mundo cambie.

Y por eso nos envió a su Hijo, que entregó la vida.

Por eso, no deja de insuflar su Espíritu para que confiemos en Él y nos dejemos guiar por Él; para que no decaigamos en nuestra lucha por la vida, por sacarlos buenos a nuestros chicos, por apoyar y alentar sus sueños e ilusiones; por estar siempre con sus familias.

Queridos amigos de Crecer y del Jesús de la misericordia: estamos orgullosos del camino que transitan en nuestra comunidad sanfrancisqueña. Compartimos su dolor y queremos alentarlos a seguir caminando.

¡Bienaventurados ustedes que creen y confían en los jóvenes!

Los que consagran sus mejores energías para ayudarlos a desarrollarse como hombres y mujeres de bien, sea que triunfen como profesionales en el campo que sea, pero que, por encima de todo, lleguen al triunfo que más importa: el de la vida, aquel cuya corona y medallas es la propia humanidad lograda, la que nos permite decir: “Conocimos a un hombre bueno, noble y cabal; su paso por nuestras vidas nos ha ayudado a ser mejores personas”.

Amén.

Lourdes

“La Voz de San Justo”, domingo 17 de febrero de 2019

Lourdes, Fátima, San Nicolás, Luján, etc. Todo muy lindo, pero la Virgen es una sola.

Así solemos razonar los curas. Y está bien. Es una verdad teológica de claridad diamantina.

Pero… Siempre hay un “pero”.

Llega el 11 de febrero, y la devoción a la Virgen de Lourdes se lleva puesto todo. Llueva o truene, haga calor o frío.

Hay algo en Lourdes que atrae, convence y seduce.

Obviamente se pueden dar muchas explicaciones, tanto sociológicas como teológicas. Las hay muy certeras y buenas. También necesarias para comprender nuestra propia humanidad: cómo funcionamos y, sobre todo, cómo somos los seres humanos.

Pero… Siempre un “pero”.

La razón última, me permito decirlo, tiene que ver con eso que llamamos la Providencia de Dios. O, si queremos, con la picardía de Dios, que es más sabia y certera que todas las sabidurías humanas, parafraseando a San Pablo.

En Lourdes, Dios toca los corazones. Y lo hace a través de esa “hermosa señora” como la describió Bernardita antes de saber que era “la Inmaculada Concepción”.

Allí, en Lourdes, junto al río Gave, en un delicioso y humilde pueblo de los Pirineos, Dios se ha mostrado con rostro de Evangelio. Una vez más. Y los pobres, los heridos, los buscadores lo han comprendido. Algunos, de inmediato. Otros, al cabo de un largo y fatigoso camino de búsqueda.

Lourdes es el agua cristalina que, a la vez, nos habla del Bautismo y también de la vida. Es agua que cura. En ocasiones, el cuerpo enfermo. Las más de las veces, la curación más difícil: el corazón herido por el desencanto.

Lourdes es, así, atención amorosa y gratuita al que sufre. Repito: algunos -los menos- reciben la curación física. Los más: aprenden a curar el corazón haciéndose cargo de sus hermanos heridos.

Lourdes es también el Rosario, el Evangelio al alcance de las manos, los labios y los dedos. Bernardita nos cuenta que, la primera vez que ve a la Señora, solo puede rezar el Rosario cuando ésta la acompaña. Mientras la joven reza, la Señora, sin mover los labios, pero con una sonrisa, repasa las cuentas de su propio Rosario. Me gusta pensar que, cuando rezo mi Rosario, vuelve a pasar eso.

Lourdes es también penitencia. Sí, a veces los gestos penitenciales extraordinarios: un ayuno, alguna otra privación. Pero, sobre todo, es aprender a sobrellevar con paciencia las adversidades de la vida, ayudando a cargar la cruz a nuestros hermanos. Es decir: seguir a Cristo por el camino de la humildad que, las más de las veces, aparece como humillación.

¿Por qué Lourdes toca así los corazones? Solo Dios lo sabe. Lo sabe y sonríe, porque así es el amor: sorpresa, gratuidad y, sobre todo, entrega sin reservas y sin pedir nada a cambio.

El lunes, después de la procesión y Misa en la Iglesia de “La Milka”, conversando con algunos vecinos, estos comentaban también divertidos: “el año próximo le vamos a pedir a la Virgen que, por fin,“La Milka” tenga cloacas”.

Del cielo a la tierra (y más abajo también), sin escalas. Eso también es Lourdes.

Creyentes sedientos de paz

“La Voz de San Justo”, domingo 10 de febrero de 2019

“La fe lleva al creyente a ver en el otro a un hermano que debe sostener y amar. Por la fe en Dios, que ha creado el universo, las criaturas y todos los seres humanos -iguales por su misericordia-, el creyente está llamado a expresar esta fraternidad humana, protegiendo la creación y todo el universo y ayudando a todas las personas, especialmente las más necesitadas y pobres”.

Así comienza la Declaración “La fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común”, firmada días pasado por el Papa Francisco y el Gran Imán de Al-Azhar, Ahmad Al-Tayyeb.

Al llegar a los Emiratos Árabes Unidos, Francisco se había presentado a sí mismo como un “creyente sediento de paz”. Iba tras las huellas de su homónimo de Asís que, ochocientos años antes, hacía un recorrido parecido para encontrarse con el Sultán Melek-el-Kamel en El Cairo.

No nos perdamos en evocaciones históricas o nombres. Vamos al hueso de la cuestión, porque nos toca a todos. Obviamente, de manera particularmente incisiva a los creyentes.

Un cuestionamiento recurrente a las religiones monoteístas es que, desde el núcleo de su fe, son fuente de violencia, intolerancia y autoritarismo. De ahí la relevancia de que estos dos importantes líderes religiosos señalen con claridad que “las religiones no incitan nunca a la guerra y no instan a sentimientos de odio, hostilidad, extremismo, ni invitan a la violencia o al derramamiento de sangre”.

Es más, con firmeza han condenado toda forma de violencia por motivos religiosos como blasfemia contra el Nombre de Dios.

Mucho más decisivo es que hayan puesto la misericordia y la compasión en el centro de la comprensión que, tanto el cristianismo como el islam, tienen de Dios.

Una genuina experiencia religiosa tiene aquí su piedra de toque, su criterio último de autenticidad: el encuentro con el Compasivo y Misericordioso solo puede despertar sentimientos similares en los creyentes.

Se puede decir de una sola vez: la fe en un Dios que es Padre de todos solo puede ser vivida como fraternidad. Todo hombre o mujer es mi hermano, pero especialmente el pobre, el vulnerable, el desprotegido y abandonado.

Esta es la verdadera fuerza humanizante de toda genuina religión.

CON VOS, MARÍA, MISIONEROS DEL EVANGELIO

Carta pastoral del obispo Sergio O. Buenanueva

Orientaciones para el Año Misionero Diocesano 2019

Queridos hermanos:

Que el Espíritu los colme de alegría y paz en el Señor.

El pasado 8 de diciembre clausurábamos el Año Mariano Diocesano. Ahora, según nuestra programación, tenemos por delante un Año Misionero Diocesano. Vamos así dando pasos en la aplicación de nuestro Plan de Pastoral.

En las líneas que siguen les ofrezco algunas orientaciones pastorales sencillas para vivirlo intensamente. Espero que sean aprovechables.

Del Año Mariano al Año Misionero

Al convocar el Año Mariano los había invitado a sentirnos visitados por María. ¿Ha sido esa nuestra experiencia? Hemos vivido momentos muy intensos: celebraciones compartidas, las peregrinaciones al Santuario de la Virgencita o a otros templos marianos, jornadas, retiros, la Semana Mariana. María ha pasado, una vez más, por nuestras vidas, reavivando la fe en Jesús, la pertenencia a su Iglesia y el deseo de vivir según el Evangelio. Los humildes, los mansos y los pobres han sido los más sabios para reconocer su presencia materna.

Es bueno que también podamos preguntarnos por las gracias que el Señor nos ha hecho, sea como personas, como comunidad y también como Iglesia diocesana.

Me animo a compartir algo de lo que yo mismo he experimentado. Me ha tocado estar presente en muchos de esos momentos evocados. Varias veces visité el Santuario. Pude ver también el paso de las réplicas de la Virgencita por varias comunidades cristianas. Si tuviera que recoger y expresar lo vivido, lo haría con una palabra: ALEGRÍA.

Siempre me ha llamado la atención que la Iglesia, al concluir una jornada de trabajo, nos invita a cantar con María: “Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi salvador, porque Él miró con bondad la pequeñez de su servidora” (Lc 1,46-48). Una jovencita embarazada y feliz, cantando y alabando al Señor. Si María tuviera Facebook o Instagram, esa sería -así lo imagino- la foto de su perfil. No en vano, la invocamos: “causa de nuestra alegría”.

En todo caso, esa es la mejor imagen de una Iglesia misionera “en salida”. La misión no es un programa de publicidad para posicionarse en el mercado y vender un producto. Es alegría que no se puede contener, porque Dios nos ha tratado con misericordia, lo hemos podido reconocer y experimentar en nuestra propia vida. Hay que salir a contar lo vivido. Hacer fiesta, ponerle palabras al don recibido e invitar a otros a compartirlo. Contar y cantar: ¡hermoso programa!

Pasar del Año Mariano al Año Misionero es un paso lógico que damos como Iglesia diocesana.

Con vos, María, misioneros del Evangelio

Por eso, el lema de este Año Misionero Diocesano ha querido recoger esta experiencia: “Con vos, María, misioneros del Evangelio”.

Nos hemos propuesto este ambicioso objetivo: “Promover la conciencia misionera que surge del bautismo-confirmación a fin de revitalizar una Iglesia diocesana en Misión según el modelo mariano de la Visitación y de los Hechos de los Apóstoles”. Lo comento brevemente:

  1. Conciencia misionera. Dicho de manera sencilla suena así: date cuenta de que ya está en vos el fuego de la misión. Este año es para ver más claro que hemos recibido este don del Dios Amor que es también un Dios misionero: el Padre envió al Hijo; Padre e Hijo soplaron el Espíritu Santo. Se trata entonces de descubrir un don que te habita, no algo que te viene desde fuera como impuesto. Otra imagen: reavivar un fuego que ya está encendido. Cada comunidad cristiana tiene esa misión. Cómo me gusta decir cuando inicio una visita pastoral: “el obispo ha venido para echar leña al fuego”.
  2. Bautismo-Confirmación. Dos sacramentos que, en cierto modo, son uno solo: el gran don del Dios Misionero que nos sumerge en su vida de amor compartido y nos alienta con su Espíritu para que encendamos el mundo con su mismo fuego de amor. En estos años hemos dedicado un gran esfuerzo para revisar la Iniciación Cristiana que ofrecen nuestras comunidades. Junto con la Eucaristía, que es su culmen, estos dos sacramentos son precisamente los sacramentos que ponen los fundamentos de nuestra identidad como discípulos misioneros de Jesús. ¿Qué podemos hacer a lo largo de este Año para redescubrir toda la potencia misionera que encierran?
  3. Iglesia diocesana en Misión. Los sacramentos edifican la Iglesia como comunidad viva y misionera. ¿Estamos conformes con el dinamismo misionero de nuestra diócesis, del obispo, de los pastores y agentes de evangelización? Sería injusto si respondiéramos con una negativa rotunda. Yendo de aquí para allá, podemos observar con alegría cómo la anhelada “conversión misionera” está tomando fuerza en muchos corazones e iniciativas pastorales. ¿Cómo podemos potenciar el ardor evangelizador de nuestra Iglesia y su conversión pastoral? ¿Qué pasos de conversión tenemos que dar para crecer como Iglesia en salida? Este año, el Santo Padre nos ha convocado a vivir un octubre misionero especial. Vamos a vivirlo intensamente en nuestra diócesis.
  4. Visitación. Sigámonos inspirando en María. Como ya señalé, el relato evangélico de la Visitación (cf. Lc 1, 39-56) es el mejor tratado de misionología. Volvamos a él, sobre todo, cuando sintamos alguna forma de cansancio o, peor aún, cuando observemos que la misión ya no es la primera preocupación de nuestra vida. El anuncio del Evangelio que despierta la fe en Jesús es la primera prioridad y el desafío fundamental de la Iglesia. Jesús fue enviado a los pobres; María fue corriendo a socorrer a Isabel en su vulnerabilidad, ¿cómo vivimos nosotros la opción de Jesús por los más pobres, débiles y sufrientes?
  5. Hechos de los Apóstoles. Desde los últimos días de la Cuaresma y durante toda la Cincuentena pascual, la liturgia de la Iglesia nos ofrece la posibilidad de releer esta página fundamental del Nuevo Testamento. El Espíritu que impulsó toda la misión de Jesús, ahora se desborda sobre la comunidad apostólica reunida en el Cenáculo. Se pone así en marcha el camino de la Iglesia misionera. No solo durante la Pascua, sino a lo largo de todo este año, que el libro de los Hechos sea nuestro texto de cabecera. No relata algo ya pasado. Nos abre los ojos para ver lo que ahora el Espíritu está haciendo entre nosotros: sacarnos de nuestros miedos y comodidades, enamorarnos de Jesús y su Evangelio y lanzarnos a la misión. 

El lema: “Con vos, María, misioneros del Evangelio” recoge todo esto. María camina con nosotros. La misión no es una aventura individual ni una tarea para especialistas. Es la forma de vida normal de un bautizado y de una comunidad cristiana. Lo han vivido así los santos: Francisco de Asís, Brochero, Mamá Antula, Angelelli y tantos otros. Cada domingo, la Eucaristía nos nutre y nos envía con el Espíritu de Jesús. No estamos solos en este camino.

Animémonos pues a caminar este Año Misionero Diocesano con la confianza puesta en la misericordia de Dios. Una Iglesia misionera es también una Iglesia libre que, como María, escucha la Palabra, ora, canta y camina.

San Francisco, 2 de febrero de 2019

Fiesta de la Presentación del Señor, la Virgen de la Luz

+ Sergio O. Buenanueva
Obispo de San Francisco

Francisco y la Vida

El pasado 2 de febrero, el Papa Francisco recibió a los miembros del Movimiento por la Vida de Italia. Al día siguiente, Italia celebra la Jornada Nacional por la Vida. El discurso que les dirigió merece ser leído con atención. Aquí la traducción oficial a nuestra lengua castellana.

DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO
A LOS MIEMBROS DEL CONSEJO DIRECTIVO DEL MOVIMIENTO POR LA VIDA ITALIANO

Sala Clementina
Sábado, 2 de fevereiro de 2019


Queridos hermanos y hermanas,

Me siento grato de encontraros hoy y os agradezco vuestra alegre bienvenida. Doy las gracias en particular a la Señora Presidenta por  las palabras fuertes que me ha dirigido –¡fuertes de tono!- en nombre de todo el Movimiento y por los contenidos que ha expresado, recordando vuestra misión al servicio de la vida y la importancia de la Jornada que se celebrará mañana en toda Italia.

La Jornada de la Vida, instituida hace 41 años por iniciativa de los obispos italianos, destaca cada año el valor primario de la vida humana y el deber absoluto de defenderla, desde su concepción hasta su extinción natural. Y me gustaría subrayar algo, como premisa general. Cuidar de la vida requiere que se haga durante toda la vida y hasta el final. Y también requiere que se preste atención a las condiciones de vida: salud, educación, oportunidades de trabajo, etc. En resumen, todo lo que permite a una persona vivir de manera digna.

Por lo tanto, la defensa de la vida no se lleva a cabo solamente de una manera o con un solo gesto, sino que se realiza en una multiplicidad de acciones, atenciones e iniciativas; ni tampoco concierne solamente a algunas personas o a determinados campos profesionales, sino que involucra a cada ciudadano y al complejo entretejido de las relaciones sociales. Consciente de esto, el Movimiento por la Vida, presente en todo el territorio italiano a través de los Centros y Servicios de ayudar a la vida y las Casas de acogida, y a través de sus numerosas iniciativas, desde hace 43 años se esfuerza por ser levadura para difundir un estilo y  prácticas de acogida y respeto de la vida en toda “la masa” de la sociedad.

Esta debería ser siempre una celosa y firme custodia de la vida, porque “la vida es futuro”, como recuerda el mensaje de los obispos. Solo si le dejas espacio se puede mirar hacia adelante y hacerlo con confianza. Por eso la defensa de la vida tiene su fulcro en la acogida de los que han sido generados y está todavía custodiado en el seno materno, envuelta en el seno de la madre como en un abrazo amoroso que los une. He apreciado el tema elegido este año para el concurso europeo propuesto a las escuelas: “Cuido de ti. El modelo de la maternidad ». Nos invita a ver la concepción y el nacimiento no como un hecho mecánico o solo físico, sino en la perspectiva de la relación y de la comunión que une a la mujer y a su hijo.

La Jornada de la Vida  de este año recuerda un pasaje del profeta Isaías que nos conmueve cada vez, recordándonos la maravillosa obra de Dios: “He aquí que yo hago cosa nueva” (Is 43.19), dice el Señor, dejando entrever su corazón siempre joven y su entusiasmo en generar, cada vez como al principio, algo que no estaba allí antes y trae  una belleza inesperada. “¿No lo reconocéis?” Agrega Dios por boca del profeta, para sacudirnos de nuestro sopor. “¿Cómo es posible que no os deis cuenta del milagro que se cumple ante vuestros ojos?”. Y nosotros, ¿cómo podemos considerarlo solamente una obra nuestra hasta sentirnos con derecho a disponer de ello cómo queramos?

Extinguir la vida voluntariamente mientras está floreciendo es, en cualquier caso, una traición a nuestra vocación, así como al pacto que une a las generaciones, pacto que nos permite mirar hacia adelante con esperanza. ¡Donde hay vida, hay esperanza! Pero si la vida misma es violada cuando surge, lo que queda ya no es el recibimiento agradecido y asombrado del regalo, sino un cálculo frío de lo que tenemos y de lo que podemos disponer. Entonces, también la vida se reduce a un bien de consumo, de usar y tirar, para nosotros y para los demás. ¡Qué dramática es esta visión, desafortunadamente difundida y arraigada, presentada también como un derecho humano, y cuánto sufrimiento causa a los más débiles de nuestros hermanos!

Nosotros, sin embargo, nunca nos resignamos, sino que seguimos trabajando, conociendo nuestros límites, pero también la potencia de Dios, que mira cada día con renovado asombro a nosotros,  sus hijos y a los esfuerzos que hacemos para que germine el bien. Un signo particular de consuelo viene de la presencia entre vosotros de muchos jóvenes. Gracias. Queridos chicos y chicas, vosotros sois un recurso para el Movimiento por la Vida, para la Iglesia y para la sociedad, y es hermoso que dediquéis tiempo y energía a la protección de la vida y al apoyo de los más indefensos. Esto os hace  más fuertes y es como un motor  de renovación  también para los que tienen más años que vosotros.

Quiero dar las gracias a vuestro  Movimiento por su apego, siempre declarado y actuado a la fe católica y a la Iglesia, que os hace  testigos explícitos y valientes del Señor Jesús. Y al mismo tiempo, aprecio la laicidad con la que os presentáis y trabajáis,  laicidad fundada en la verdad del bien de la vida, que es un valor humano y civil y, como tal, pide ser reconocido por todas las personas de buena voluntad, a cualquier religión o credo al que pertenezcan. En vuestra acción cultural, habéis testimoniado con franqueza que los concebidos son hijos de toda la sociedad, y su asesinato en un número enorme, con la aprobación de los Estados, constituye un grave problema que socava en su base la construcción de la justicia, comprometiendo la solución adecuada  de cualquier otra cuestión humana y social.Gracias.

En vista de la Jornada por  la Vida del mañana, aprovecho esta oportunidad para dirigir un llamado a todos los políticos, para que, independientemente de las convicciones de fe de cada uno, pongan como primera piedra del bien común  la defensa de la vida de quienes están por nacer y entrar en la sociedad, a la que llegan para traer novedad, futuro y esperanza. No os dejéis condicionar por lógicas que apuntan al éxito personal o a intereses solamente inmediatos o partidistas, mirad, en cambio, siempre a lo lejos, y mirad a todos con el corazón.

Pidamos  con confianza a Dios que la Jornada por la Vida que estamos a punto de celebrar traiga  un respiro de aire fresco, permita a todos reflexionar y comprometerse con generosidad, comenzando con las familias y las personas que tienen roles de responsabilidad al servicio de la vida. A cada uno de nosotros sea dado  el gozo del testimonio, en la comunión fraterna. Os bendigo con afecto y os pido, por favor, que no os olvidéis de rezar por mí. Gracias.

Vignaud, Don Bosco y la luz

Las primeras noticias las recibí del párroco al que fui asignado, poco después de mi ordenación sacerdotal. Se llamaba José. Rondaba los setenta años. Había nacido en Calabria y, junto a su madre y su hermano, había emigrado a Argentina. Con una mezcla de orgullo y nostalgia, solía contarme que, de niño, había sido interno en un “gran colegio” con una “gran basílica” en medio del campo en la provincia de Córdoba. El nombre: Vignaud, a secas.

Grande fue mi sorpresa cuando, apenas designado obispo de San Francisco, vine a saber que esa gran Iglesia estaba en el territorio que se me confiaba. Que estaba a cargo de los padres salesianos y que el colegio “San José” seguía recibiendo chicos que crecían bajo la guía de Don Bosco y la mirada serena de la Auxiliadora.

Varias veces al año visito la Colonia. No puedo dejar de pensar en aquel pequeño gran cura que me ayudó a iniciarme en el ministerio. Rezo por él bajo las inmensas bóvedas del gran templo de la Pampa gringa.

Y pienso en Juan Bosco, joven sacerdote en la Italia convulsionada de fines del “ottocento”. Turín vive la unificación de Italia y una revolución industrial. Y Don Bosco sale al encuentro de los jóvenes que se pierden en los suburbios turineses. Él sabe qué hacer: cada gesto, palabra o juego surgen de su ingenio desbordante pero, más aún, de la fuente inagotable de su amor.

Ese es su método: amar a los jóvenes, hacerles sentir que son amados para que, cada uno, saque lo mejor de sí.

Creo que, cada año, al llegar la memoria de San Juan Bosco (31 de enero) digo lo mismo: “gracias por el carisma salesiano, presente en nuestra diócesis”. No lo sabría decir de otro modo, porque es lo que siento. En estos tiempos nuestros, tan distintos, pero tan desafiantes como los de Don Bosco, ese carisma sigue siendo la semilla que porta consigo los mejores frutos.

Y ya que estamos deshojando el calendario litúrgico: este 2 de febrero es la Virgen de la luz, la Candelaria. Evoco todas estas cosas y me descubro iluminado. Y le pido a María esa luz que brilló en la vida de Don Bosco: amor que da vida.

Así no

Si una niña de doce o menos años resulta embarazada, lo es por una acción violenta, aunque haya habido alguna forma de consentimiento de su parte. Esa es ya una situación que atenta profundamente contra la dignidad de la vida. Es un profundo fracaso de todos. Nunca debería darse una situación así: la maternidad es mucho más que un hecho biológico.

Que ni siquiera en ese caso sea moralmente lícito recurrir al aborto en cualquiera de sus formas (también la denominada: “interrupción legal del embarazo”), no significa que se tenga que exaltar esa forma de maternidad. Salvar la dignidad del niño por nacer no puede desconocer la situación dramática de esa niña grávida, de la que también hay que hacerse cargo.

La editorial de ayer del diario La Nación “Niñas madres con mayúsculas” ha merecido una justa reacción crítica.

Obviamente, unos lo hacen porque ven lícito el aborto, al que consideran un derecho de la mujer, especialmente de la niña violada.

Otros lo rechazamos por razones que nada tienen que ver con la aceptación del aborto. No se puede abordar un tema así de delicado en los términos en que el editorial lo ha hecho. La apuesta por la vida en medio de semejante situación de colapso humano y ético, reclama también un enfoque distinto, más integral y humano.