La patada del cura y el infierno del Papa

La Semana Santa mediática no suele coincidir con la Semana Santa de los fieles cristianos, como esta tampoco coincide del todo con la de la liturgia.

Esta última “disonancia” suele tenernos a mal traer a los curas. Sin embargo, la obstinación de la gente y sus devociones suele domesticarnos. Cosas del humor de Dios, que nos hace más sabios y humanos.

Pero esa tensión entre unas y otras “Semanas Santas” está ahí. Y, cada año, suele ofrecernos algunas “perlitas”.

Este año 2018, dos noticias parecieron focalizar la Semana Santa mediática: la patadita voladora de un párroco que, de esa forma, reaccionó ante el festejo de una joven que se acababa de graduar, y con pintura, huevos y otros ingredientes, amenazaba enchastrar el edificio sagrado.

Pero, no me detengo en este hecho, rápidamente viralizado y – ¡no podía ser para menos! – condenado severamente por los tribunales de la moralidad pública.

Sí me llamó la atención la “rara avis” del pobre de Nicolás Repetto que quiso poner un poco de sentido común (al menos, lo que él y otros consideramos como tal), llevándose también él varias diatribas condenatorias.

La moral pública está asegurada. Podemos dormir tranquilos.

*     *    *

El segundo hecho parece menos trivial. El Papa Francisco habló, parece ser que por teléfono, con el archiconocido director del diario italiano “La Reppublica”, Eugenio Scalfari, también archiconocido por su ateísmo/agnosticismo siempre en búsqueda…

Como en otras ocasiones, Scalfari, cual vocero e intérprete oficioso del Santo Padre (“mal de muchos, consuelo de pocos”, pensamos aquí en Argentina), dijo que el Papa había dicho lo que al parecer – Sala Stampa mediante – el Papa no habría dicho.

¿Cuál era esa terrible afirmación? Que el infierno no existe. Tomala vos…

Francisco se las busca. Tiene esa pasión, tan de Jesús, de buscar gente que está en las periferias, que siente nostalgia de Dios, pero también el peso de la oscuridad de la vida. Y camina ahí, al filo de la navaja.

Les tiende la mano, les presta el oído, se enfrasca en un diálogo mano a mano con ellos, reconociéndose así tan hombre como ellos, tan humano y buscador como el que más.

Y corre esos riesgos.

A mí, me parece perfecto.

El Papa no es un oráculo, solía repetir el sabio de Benedicto XVI. No podemos encerrarlo en una urna de cristal, de la que sacarlo para que, de tanto en tanto, nos tire alguna “afirmación autoritativa que interprete el sentido de la revelación divina”. Y que vuelva a la bruma del misterio.

*     *    *

Decíamos que las diversas “Semanas Santas” – mediática, popular y litúrgica – no siempre coinciden. Unas y otras, sin embargo, tienen un fuerte punto de referencia: los evangelios.

Los evangelios leídos en estos días por la liturgia nos muestran a un Dios desarmado, que se pone en las manos de los hombres y mujeres, tal como estos son. O, mejor: como somos. Se deja interpelar, juzgar, condenar y crucificar. Desde la altura de la cruz lanza una palabra de perdón y de disculpas. Y se entrega para llevar el amor de Dios hasta el abismo de la muerte.

Claro, y resucita. Es lo que la fe nos pone en el corazón con una certeza que no puede darnos ningún poder humano. A eso le entregamos la vida.

*     *    *

Y sí, el infierno existe. Aquí en la tierra, la libertad lo adelanta toda vez que decide deshumanizarse hasta el extremo de hacerle la vida insoportable a los demás. Existe como soledad del que eligió clausurarse a sí mismo hasta ahogarse en su propio vacío.

Y existe cruzando el umbral de la muerte. Esa es la seriedad de la libertad humana que, al elegir se elige a sí misma, elige su futuro y lo que quiera para sí y los demás.

La muerte y resurrección de Jesús nos habla de cómo Dios le ha puesto el cuerpo a esa tremenda posibilidad de perdición. Es mano tendida a todos, también para los que han perdido su libertad y se han dejado ganar por la soledad.

Esa mano está ahí, abierta y firme, corriendo el riesgo de que alguno la malinterprete o la desfigure. Corriendo el riesgo también de ser condenada por los tribunales del mundo. Pero nada la desvía de ese gesto que es salvación. Nada.

Es lo que sí capta la Semana Santa que viven los pobres, la gente de a pie, los que nos domestican con sus devociones y piedades.

Han conocido el amor que Dios nos tiene y han creído en Él.

Un Dios desarmado y silencioso que desarma todas nuestras violencias

Homilía en la Catedral de San Francisco, 30 de marzo de 2018, Viernes Santo

“Todos andábamos errantes como ovejas, siguiendo cada uno su propio camino, y el Señor hizo recaer sobre él las iniquidades de todos nosotros. Al ser maltratado, se humillaba y ni siquiera abría su boca: como un cordero llevado al matadero, como una oveja muda ante el que la esquila, él no abría su boca.” (Is 53,6-7).

Cada año volvemos a escuchar la profecía de Isaías.

Cada año volvemos a conmovernos, sobre todo, cuando deja paso al relato de la Pasión según San Juan que acabamos de escuchar.

Vivimos inmersos en una sociedad enferma de violencia, de gritos y de reclamos. Basta un simple gesto, un error involuntario o una distracción y se enciende un fuego de ira, insultos y agravios que no sabemos dónde desembocará.

Violencia en la calle, en la escuela, en la casa, en las redes, en el espacio público. Incluso en las comunidades cristianas no nos vemos libres de pasiones enfrentadas: celos, envidias, maledicencia…

Pero él, “ni siquiera abría la boca… como cordero llevado al matadero…”

Es Jesús. Él mismo que había dicho: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana.” (Mt 11,28-30).

En este día, Señor Jesús crucificado, viéndote así, “en la cruz y escarnecido” como canta la coplilla de Santa Teresa, nosotros te decimos, avergonzados pero con fe: “Sí, Señor, queremos aprender de Vos, de tu paciencia, de tu mansedumbre, de tu compasión…”

El orante de la Biblia, acorralado por un sufrimiento mortal, le había dirigido al Dios fiel y compasivo una pregunta lacerante: “¿Se proclama tu amor en el sepulcro, o tu fidelidad en el reino de la muerte?” (Salmo 87,12).

El Salmo queda sin respuestas. O, mejor: encontrará su respuesta en el Orante con mayúsculas. Aquel que, clavado en la cruz, se pondrá en las manos del Padre con las palabras del Salmo 31: “Yo pongo mi vida en tus manos, tú me rescatarás, Señor, Dios fiel” (Salmo 31,6).

Jesús ha bajado a los abismos de la muerte para proclamar allí el amor de Dios por cada ser humano.

Ese es el amor que cura todas nuestras muertes.

El amor de un Dios desarmado y silencioso que desarma todas nuestras violencias.

A ese amor esta tarde, una vez más, con María y todos los santos le decimos: “Amén”.

Un Dios desarmado… Un Dios arrodillado…

0d4ad8a4-5c29-4025-dc0d-69514eb13c17

Homilía en la Misa de la Cena del Señor – Catedral de San Francisco – 29 de marzo de 2018

“Jesús se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía a la cintura” (Jn 13,4-5).

Al inicio de la Semana Santa los invitaba a contemplar a un Dios desarmado que, sin segundas intenciones, con la inocencia y vulnerabilidad de un niño por nacer, se pone en nuestras manos.

A un Dios desarmado, humilde y vulnerable… por amor.

Los invitaba a contemplarlo así en Jesús, su Hijo y nuestro hermano, en su Pasión, en la Cruz.

Contemplémoslo ahora en la Cena de despedida y en esta imagen tan fuerte de Jesús, arrodillado, lavando los pies de sus discípulos.

¿Qué nos dice el Dios hecho hombre, de rodillas, como un humilde siervo?

Ante todo, concretemos la escena: está así, de rodillas y como servidor, ante cada uno de nosotros.

Como lo hizo con Simón Pedro y con cada uno de los discípulos, así también lo hace con vos, conmigo, con cada ser humano.

Dios se ha arrodillado delante de la humanidad, de cada hombre y mujer que viene a este mundo.

Sí. Lo tenés de rodilla, delante de ti. Y no es una pose para la selfie. Es su actitud divina más profunda. Esa es su naturaleza: salir de sí para amar.

Nosotros nos arrodillamos ante Él en adoración, alabanza y súplica.

Ese es un deber de todo ser humano que intuye que Dios es el misterio santo del que proviene, en el camina y hacia el que se dirigen los pasos de su vida.

Pero, en nuestro ponernos de rodillas ante el Dios revelado por Jesús – como haremos en breve en la consagración y ante las especies eucarísticas – hay algo más.

El Dios santo nos ha salido al encuentro. Él se ha hecho servidor de nosotros y, poniéndose de rodillas, nos ha lavado, ha aliviado nuestro cansancio, nos ha curado.

Lo celebramos hoy, y cada vez que nos reunimos para el banquete eucarístico. Entonces, el viene a nosotros como Palabra que se hace audible por nuestros oídos, y se hace Palabra-Pan para alimentarnos en cuerpo y alma.

Así, hincándose y poniéndose de rodillas – con esa humildad que lo desarma a Él y desarma nuestro orgullo – el Dios amor nos une a sí mismo y se une con nosotros en comunión de amor.

No necesitamos que ninguna ley externa nos mande rendirle culto de adoración. Al verlo así, desarmado, humilde y de rodillas, nosotros mismos caemos rendidos ante su amor, y lo adoramos con admiración y estupor.

Ese es el Dios que han barruntado los filósofos y cantado los poetas. El que constituye la nostalgia de ateos y agnósticos, muchas veces velada detrás de la crítica ácida o de una sobreactuada jactancia.

Ese es el Dios que, una vez más en esta Pascua, nos muestra su Rostro en el humilde servicio de Jesús que cada Eucaristía actualiza y que es la esencia del sacerdocio ministerial.

A ese Dios humilde adoramos, veneramos y alabamos.

Como María y José en el pesebre de Belén. Como los pastores. Como los reyes. Como Francisco de Asís.

*     *     *

“Ustedes me llaman Maestro y Señor; y tienen razón, porque lo soy. Si yo, que el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes”, concluye el Señor (Jn 13,13-15).

Hacer lo mismo que Jesús hizo con los discípulos, aquella noche.

Y lo que ha hecho y hace con cada uno de nosotros.

Ese es el programa de vida de un cristiano, discípulo de Jesús Servidor.

En nuestro mundo, que parece vivir cómodo sin Dios, sin Jesús y sin su Evangelio, siempre tendrá espacio para que nos arrodillemos a lavar los pies de los cansados.

Siempre habrá lugar para un Dios desarmado que se arrodilla.

Busquemos al Resucitado con los ojos de María

maia-morgenstern-1-1200x902

Mensaje de Pascua 2018

¿Cómo vivió María la resurrección de su Hijo?

El Nuevo Testamento no nos dice nada al respecto. Nos presenta a María al pie de la cruz, y, después, en el Cenáculo, orando con los discípulos a la espera del Espíritu Santo (cf. Jn 19,25-27 y Hch 1,14).

La piedad ha intentado colmar este silencio. Algunos imaginan una bonita historia: Jesús resucitado se aparece a su madre. Pienso, sin embargo, que ese silencio de las Escrituras es más elocuente. Conviene escudriñarlo, pues habla poderosamente a quien sabe escucharlo. Como Elías que, en el susurro de la brisa suave, experimenta la Presencia del Invisible (cf. 1 Re 19,12-13).

Así como los evangelios nos hablan de Jesús a la luz de la Pascua, también los relatos en que aparece la madre del Señor tienen un innegable sabor pascual. Su misma figura refleja la luz que se desprende de la humanidad gloriosa del Resucitado. Ella es, sin más, la mujer de la Pascua: espera, ora y se abre a la acción sorprendente del Dios que vivifica y resucita. Camina la fe, transfigurada ya por la fuerza del Espíritu que resucitó a Jesús.

Hay un relato de San Lucas que deja entrever esa mística pascual que anima el camino de María: Jesús en el templo, el quinto misterio de gozo (cf. Lc 2,41-52).

Es casi un anticipo de Emaús. Aquí también la referencia es Jerusalén y la Pascua (Lc 2,41). José y María, como los dos peregrinos, están en camino. Encuentran a Jesús “al tercer día” (Lc 2,46). A los de Emaús, Jesús les dice que era necesario que se cumpliera el designio de Dios. Aquí, responde que es necesario ocuparse de las cosas del Padre (cf. Lc 2,49). En el Templo, sus padres no terminan de entender “lo que les decía” (Lc 2,50). Los de Emaús lentamente se abren a su misterio: la fracción del pan les abre los ojos (cf. Lc 24,31).

El relato del hallazgo de Jesús en el Templo concluye con una estupenda imagen: María “conservaba estas cosas en su corazón” (Lc 2,51). ¿Qué contempla María en su corazón de mujer, madre y creyente? A Jesús que está “creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres” (Lc 2,52).

Así vive María la Pascua: con los ojos de la fe iluminados por el amor a su Hijo. El Resucitado está ante sus ojos, en todo el esplendor de la vida nueva que ha vencido la muerte y que ha transfigurado la humanidad que el Espíritu Santo comenzó a plasmar en ella. Ha resucitado su sangre y su misma carne. El Hijo de sus entrañas vive en la gloria de Dios. Lo había concebido por obra del Espíritu, dándolo a luz en la pobreza colmada de ternura de Belén. Ahora, por el poder vivificante del mismo Espíritu, Jesús resucita de la oscuridad de la tumba.

Todo en María habla de la resurrección porque todo, en ella, habla de la vida. Ella misma es signo viviente del triunfo de la vida sobre la muerte, de la gracia sobre el pecado, de la misericordia sobre el odio y la discordia. Es signo de la nueva humanidad que se abre camino, empujada por el Espíritu del Padre que resucitó a Jesús de la tumba.

En este Año Mariano Diocesano, miremos a la Purísima, dejémonos mirar por ella y tratemos de contagiarnos de su misma mirada. Busquemos a Jesús resucitado con los ojos y el corazón de María, su madre y su más perfecta discípula.

Sigamos caminando nuestra fe y celebrando la vida, con la alegría que nace de la Pascua de Jesucristo. Busquemos a Jesús con ansiedad: el Resucitado entremezcla su vida nueva con la vida de los pobres, los descartados y los más vulnerables. Seamos nosotros custodios y promotores de la vida, especialmente la más amenazada y herida.

Toda vida vale.

¡Feliz Pascua de resurrección!

 

1º de abril de 2018, Domingo de Pascua

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

 

La causa provida goza de buena salud

images

La masiva participación en las marchas por la vida del pasado domingo nos ha sorprendido a varios. Me ha pasado a mí, y a muchos otros.

En realidad, esta sorpresa tiene algunas explicaciones. El debate por la despenalización del aborto, habilitado por el presidente Macri en Argentina, encuentra a la posición provida en una situación mucho más cómoda que en décadas anteriores. Viene creciendo ampliamente, y con mucha fuerza, en estos últimos años. No solo aquí en Argentina, sino especialmente en países (como EEUU) que han liberalizado la práctica del aborto hace ya varios años.

Varias razones convergen en este fortalecimiento de una mentalidad que ve, cada vez con más claridad, la malicia moral del aborto.

En primer lugar, los datos que las ciencias biológicas han ido poniendo sobre la mesa y que muestran con una certidumbre cada vez mayor la originalidad del proceso que se inicia con la concepción. Obviamente, no entra dentro del campo de estas ciencias calificar de “persona” al fruto de la concepción. El de persona es un concepto filosófico-jurídico (con raíces teológicas, hay que decirlo también) que se sustrae a los métodos empíricos de estas ciencias. Sin embargo, los rasgos humanos del concebido son percibidos con nitidez creciente desde el primer instante de la concepción. El concepto filosófico de persona indica, precisamente, el soporte que da unidad y consistencia a todas las características humanas del individuo.

En segundo lugar, ya son muchos estudios los que vienen desmontando las cifras apocalípticas que los grupos pro-aborto suelen mencionar para hablar, tanto del número de abortos en un país (en Argentina hablan de 500.000 por año) como también de las muertes maternas por abortos clandestinos. También aquí los datos empíricos ayudan a focalizar el debate dándole sensatez y objetividad. Esperamos que en la discusión parlamentaria, nuestros legisladores partan de los datos objetivos puestos a disposición por los organismos gubernamentales competentes.

En consecuencia, va apareciendo con mayor claridad que las razones de fondo para promover el aborto legal, libre y gratuito tienen que ver menos con la salud pública (como se tiende a reducir esta problemática) que con posturas filosóficas. El slogan que las agrupaciones feministas suelen repetir con fuerza (y con una franqueza que se agradece) lo muestra con claridad: “nosotras parimos, nosotras decidimos”. Este es un punto neurálgico de la discusión sobre el aborto: la libertad, su alcance y su capacidad o no de disponer de la vida propia y ajena. El debate del aborto releva diversas concepciones antropológicas. Se trata de humanismos en pugna, con diversas miradas sobre la vida y qué es lo bueno para el ser humano.

¿Estos humanismos son absolutamente incompatibles? Pienso que no. Obviamente, fundamentalistas hay en todas partes. También puntos de vista incompatibles: por ejemplo, una visión del hombre que cuenta con Dios con otra que prescinde de Él. Si embargo, si lográramos un diálogo genuino entre gente razonable, creo que podríamos afinar un discernimiento que nos permita captar mejor la parte de verdad que las posturas en pugna sostienen.

Hay otro elemento de naturaleza cultural que me parece clave. Entiendo aquí por cultura una forma concreta de entender y encarar la vida, y que tiene una concreción comunitaria, no meramente individual. Me refiero al valor de la vida en la cultura, especialmente de los sectores populares. En este sentido, la reciente declaración de los “obispos y curas villeros” es elocuente. Merece ser detenidamente leída. Quienes propugna una despenalización del aborto apelan a las situaciones de vulnerabilidad de las mujeres pobres. La declaración “Con los pobres abrazamos la vida” ayuda a enfocar la mirada, mostrando, entre otras cosas el valor de la vida amenazada en los más pobres y su capacidad de hacerse cargo de las situaciones más difíciles, las ambigüedades de una cultura del descarte allí donde se ha legalizado el aborto y, sobre todo, la prioridad que significa la lucha contra la pobreza como cuestión prioritaria de fondo hoy en Argentina. Uno de sus capítulos más importantes es mejorar realmente el sistema de salud, con las enormes posibilidades que el estado tiene al respecto.

¿Cómo seguirá el debate sobre el aborto en nuestro país? ¿Qué destino tendrá en el Congreso nacional? Es difícil predecirlo. Argentina es una caja de sorpresas, especialmente su mundo político, como algunos han hecho notar con picardía.

Es bueno entonces que la sociedad civil, sus instituciones y organizaciones desciendan al espacio público para hacerse oír, en toda su amplitud. No nos cansaremos de decir: de una sociedad civil fuerte, participativa, perseverante y crítica depende la robustez de nuestra democracia.

Por eso, no obstante, la fortaleza y buena salud de la causa provida, bueno será no dormirse en los laureles.

Para vivir la Semana Santa

Cristo roto 2Desde hace algunas semanas, cada martes, tengo una columna en el programa “Centinelas de la noche” de Radio María Argentina. El programa va de lunes a viernes, de 00:10 a 04:00 de la mañana.

Mi columna es una adaptación de la que publico cada domingo en “La Voz de San Justo”. Aquí el archivo de audio.

Un Dios desarmado

“La Voz de San Justo”, domingo 25 de marzo de 2018

Se suele decir que la Semana Santa es tiempo de reflexión y meditación: unos días para el espíritu. Estoy de acuerdo, con una condición: que, al menos los cristianos, entendamos bien qué queremos decir cuando hablamos de “espíritu” o de “meditación”.

En realidad, más que para una introspección, este es un tiempo para salir de nosotros mismos.

Es un tiempo para los sentidos: ver, oír, tocar, oler y saborear. Solo si activamos todo nuestro mundo sensorial podemos realmente tener una experiencia de silencio que no sea solo relax, confort o puro placer. Un silencio que sea fecundo.

De lo que se trata es de vivir la actitud más revolucionaria que puede encarnar una persona: la apertura a lo que viene de fuera sin que nosotros lo hayamos programado, a lo que no disponemos ni manipulamos, a lo realmente nuevo y provocador.

¿Qué podemos ver, oír, sentir en Pascua?

A Jesús. ¿A quién si no? No a un mito atemporal, sino a un hombre de carne y hueso, a la pasión que lo habita y que lo lleva a entregar la vida. Y, en él, a un Dios que se entrega a sí mismo, desarmado y sin segundas intenciones. Un Dios que tiene mucho para dar, para decir, para vivir y que, paradójicamente, no se impone, ni grita ni sobreactúa. Solo se entrega.

En medio de tantas palabras, voces y ruidos, este año, una vez más, podremos volver a oír la Palabra definitiva que Dios ha pronunciado sobre el mundo: Jesús, su Hijo, crucificado, muerto y sepultado.

Para muchos pasará desapercibida, sea por solitaria introspección o por dispersión. Pero es una Palabra que ya está metida profundamente en la historia humana y, desde su desarmado silencio, sigue hablando, convirtiendo y provocando. Cuando toma una vida – eso son los santos – se deja oír en todo su esplendor de Verdad.

Te invito a escucharla, en esta Semana Santa. Es más, te propongo tocar con tus manos la carne del que se entregó por amor. Porque esa Palabra se hizo carne, y plantó su morada entre nosotros. La liturgia de estos días convoca todos los sentidos para escuchar, contemplar, sentir y palpar a ese Dios humanizado.

El Viernes Santo, todos somos invitados a acercarnos al Crucificado, a arrodillarnos para adorarlo y a besarlo, porque el que ora y adora, ama y se deja amar. Un Dios humilde y desarmado, tanto como el ser humano apenas concebido en el vientre de una mujer.

Un Dios así, como el niño por nacer, está bajo amenaza. Pero es el único Dios capaz de despertar la fe, de convencerme con su Verdad, de iluminar mi vida, también amenazada, con la luz de su Amor.

Creo en el Dios crucificado, humilde y desarmado.

Merlí: lo que va de Nietzsche al Buen Samaritano

1_iphone

La semana pasada terminé las cuatro temporadas de Merlí. Confieso que, hoy por hoy, todavía me encuentro haciendo duelo por los entrañables personajes que dieron vida a la exitosa serie catalana. Cuando un libro, una película o, como en este caso, una serie logra “encantarme” me pasa eso.

Confieso también que, a las puertas de la Semana Santa, me he acordado mucho del desfachatado Merlí.

Es verdad, su propuesta existencial encuentra en el “Ûbermensch” de Nietzsche su fuente inspiradora. El cuadro del filósofo alemán, del primero al último capítulo, es un hilo rojo que permite ver por dónde va la cosa. El marco también es muy decidor: la secularizada y fascinante Barcelona que, como toda gran ciudad, esconde muchas historias. Tan irrepetibles y únicas como lo son las personas que las viven.

Sí. Ahí está Nietzsche marcando el paso de la libertad, sobre todo la libertad sexual. (Pido perdón por la frase que sigue). Casi me animo a decir que, el “follar” todas las veces que se pueda y sin culpa, manifiesta muy claramente el ideal de vivir “más allá del bien y del mal”, dando por tierra con todos los valores aprendidos, pues nada es normal ni definitivo.

Pero, hay algo en la vida del apasionado Merlí que deja entrever que la pulsión dionisíaca del placer tiene otra fuerza que, en él es aún más honda y dominante: Merlí no puede no involucrarse con la vida, conflictos y dramas de los adolescentes a los que intenta sacudir de su indolencia, enseñándoles a pensar críticamente. Se lo dirá, casi desconsolado y en un momento de extraordinaria intensidad emocional y humana a Eugeni, el colega rival devenido amigo entrañable.

Es la pulsión del Buen Samaritano que no puede pasar de largo por las vidas rotas que, una tras otra, son como un producto de fábrica de la sociedad solitaria, despersonalizada y fría que vemos pasar en imágenes que se repiten en cada episodio, al promediar el tiempo de su duración. Incluso contra su propia voluntad – como aquel hijo de la parábola que primero dijo no, pero finalmente hizo lo que se le pedía- Merlí siempre termina haciéndose cargo. Y, muchas veces, paga las consecuencias.

Esa es la verdadera sabiduría de Merlí. La pulsión de Dionisio queda sobrepasada por la compasión de Cristo. La historia de Iván es, de lejos, la más decidora de todas. No digo nada más para no avanzar ningún “spoiler”.

Comentario a parte merecería el capítulo en el que aflora la cuestión religiosa, admirablemente presentada en la confrontación entre el agnóstico y anticlerical Merlí y Oliver, gay y profundamente creyente.

Lo dejamos para otro día. Sigue el duelo y ese capítulo lo tengo que volver a ver.

¿Quién lo diría? Merlí (el samaritano, ese es el verdadero “super hombre”) me está ayudando a entrar en la Semana Santa.

¿Puede un católico tomar parte en el debate sobre el aborto?

humanas

La Comisión Ejecutiva del Episcopado Argentino como algunos obispos – entre los que me cuento – hemos manifestado estar dispuestos a tomar parte en el debate sobre la eventual despenalización del aborto.

¿Aceptar que se habilite el debate de este tema, en el espacio público y en el parlamento, es, sin más, una claudicación de nuestra fe? ¿No queda comprometida la objetiva malicia moral del aborto claramente señalada por el magisterio ordinario y universal de la Iglesia?

La Iglesia católica y sus obispos no manejamos la agenda de temas de debate público. Ni tenemos porqué hacerlo. No es nuestra misión ni debe ser nuestro rol de cara a la sociedad. Es cierto que, en ocasiones, la palabra eclesial puede poner de relieve un tema, y hacerlo con espíritu profético. Nunca la fe cristiana, la cultura y la sociedad van a coincidir totalmente. Siempre la fe tendrá oportunidad de ejercer una saludable oposición crítica, señalando verdades incómodas, incluso a destiempo y sin que se lo pidan.

Pero la sociedad tiene una autonomía real y legítima respecto de la Iglesia y esa espesura propia de la secularidad debe ser escrupulosamente respetada como tal. Forma parte de la cultura secular que asomen libremente intereses, inquietudes y desafíos que se instalan en la agenda ciudadana. Pueden expresar necesidades reales, sentidas por amplias mayorías o por sectores minoritarios. Pueden también representar intereses no del todo claros o ser manipulaciones de la opinión pública. Lo más seguro es que sean todo eso a la vez.

Para quienes profesamos la fe cristiana en el Dios creador, este dinamismo propio de la sociedad secular es también manifestación de la consistencia real de la creación. Es expresión de la racionalidad propia de un mundo que ha surgido de la Razón creadora de Dios y de la discreta acción del Espíritu que aletea en medio del caos.

Es cierto que, a renglón seguido, hay que anotar que autonomía respecto de la Iglesia no significa indiferencia ética. Nadie puede eludir la responsabilidad de sus propios actos libres y sus consecuencias. La libertad de cada uno coexiste con la de los demás; nuestros derechos son correlativos a nuestros deberes, y todos estamos llamados a contribuir al bien común. Esta dimensión ética que tiene el debate del aborto, como otros similares, es el espacio abierto para que la Iglesia católica, como las otras religiones, puedan ofrecer su particular punto de vista al respecto.

La sociedad argentina, aún con altibajos, ha ido aceptando las reglas de la democracia para regular la convivencia ciudadana y el debate público de temas de interés común. Salvo algunos grupos minoritarios (aunque en ocasiones muy ruidosos), esta opción por la cultura democrática parece ir ganando cada vez más espacio en las convicciones de los ciudadanos.

Es bueno constatarlo, pero también supone un compromiso muy decidido de hacer todo lo que podamos para que este proceso se vuelva irreversible en nuestro país. Pues tenemos que reconocer que, la sociedad argentina en general y, de manera especial, los católicos, no siempre hemos tenido entre nuestras convicciones más arraigadas el valor de la democracia republicana, la primacía del estado de derecho y el rol rector de la ley.

Una de esas reglas es que una sociedad que no deja espacio para un diálogo ciudadano amplio, libre y plural, es una sociedad que no puede decirse realmente democrática. La libertad de conciencia y la libertad de expresión, junto con la libertad religiosa, son pilares sobre los que se asienta la cultura democrática.

El espacio público es precisamente ese lugar de encuentro de todas las voces que componen la sociedad, en el que todos los que formamos parte de la polis podemos y debemos tomar parte en las discusiones ciudadanas. Es más, sin una fuerte cultura de la participación no es posible sostener una sociedad civil que le marque el paso a la política. Lo contrario es la pretensión de todos los totalitarismos que, con la excusa de que todo es política, someten a los ciudadanos a una asfixiante uniformidad de pensamiento, de discurso y de opciones.

Digamos lo mismo acerca de una esperable discusión federal del tema: a lo largo y ancho de nuestro país, en las capitales de provincia, pero también en los pueblos más pequeños. No podemos excluir a nadie.

El debate sobre el aborto toca los fundamentos mismos de nuestra convivencia ciudadana: la vida, su dignidad, su intangibilidad, su indisponibilidad y su correlación con la libertad.

Si una vez dijimos “Nunca más” a las violaciones sobre los derechos humanos, no podemos eludir ir a fondo en esta materia: el derecho a la vida. Las grandes opciones éticas de los pueblos necesitan ser elegidas, una y otra vez, por las personas. Ni son automáticas ni nunca están tomadas, de una vez para siempre. Siempre reclaman nuestra conciencia y libertad.