Asunción de Nuestra Señora

15 de agosto de 2020

“Y apareció en el cielo un gran signo: una Mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza. Estaba embarazada y gritaba de dolor porque iba a dar a luz” (Ap 12, 1-2). 

Sí. María es ese gran signo que Dios le ofrece a la humanidad. Es signo de esperanza. No cualquier esperanza, sino la más grande y decisiva: la que nos habla de que, a pesar incluso de todos los fracasos que podamos vivir, nuestro deseo de humanidad, de plenitud y de vida no se verá frustrado. 

Es Dios el que se ha comprometido con ese anhelo profundo. Él lo ha puesto en el corazón humano. Él lo sostiene y lo plenifica. Él es además el único que puede cumplirlo plenamente.

Miramos a María, glorificada en cuerpo y alma, y reconocemos en ella el cumplimiento de todas las promesas. Ella es la primera en participar de la Pascua de Jesucristo, su Hijo y nuestro Salvador. 

Por eso, donde reina María reina también la esperanza, la fuerza para vivir y luchar por la vida. 

María es signo de la nueva humanidad que surge de la victoria pascual de Cristo sobre la muerte y el pecado. 

***

Con toda la humanidad vivimos un tiempo de prueba. La pandemia por la difusión del coronavirus nos ha hecho experimentar de una forma nueva cuán frágiles somos. Sabemos de miedo y de angustia, de incertidumbre y de soledad. 

No sabemos si nos vamos a contagiar, si ese contagio minará nuestra salud o, incluso, si no nos acercará al umbral siempre temido de la muerte. 

Miremos, una vez más, a Nuestra Señora, como lo hemos hecho tantas veces aquí, en este Santuario popular del Villa del Tránsito. Como lo han hecho nuestros padres, abuelos y tantas generaciones de peregrinos y devotos. Mirémosla con amor y con ansia, y que ella nos contagie la esperanza de la vida plena que su Hijo, muerto y resucitado, ha derramado sobre ella. 

Cristo le ha confiado a su Madre santísima la misión de sostener el caminar de su pueblo, de consolarlo y animarlo en los tiempos de tribulación como los que estamos viviendo. 

Ánimo entonces, y sigamos peregrinando, asidos a su manto. Sentimos tristeza por no poder recorrer, como cada año, las calles de nuestro pueblo. Comprendemos el sentido de este enorme esfuerzo que venimos haciendo de cuidarnos y cuidar la vida de todos. Es ahora ella, María del Tránsito, la que viene a nuestro encuentro para recorrer los caminos interiores de nuestras familias, de nuestros corazones y también -¿por qué no?- de nuestros miedos y ansiedades. 

Dejémosla entrar. 

***

María es singo de la nueva humanidad. A ella podemos dirigir la mirada para orientar nuestro camino futuro. 

En la medida que esta situación de aislamiento por la pandemia vaya pasando, tendremos que hacernos cargo de una inmensa empresa de reconstrucción. Muchas cosas se han quebrado en este tiempo, muchas ilusiones han caído, muchos corazones prueban el desaliento y la tristeza. 

María es signo de esperanza. 

No nos dice qué decisiones tendremos que tomar, qué proyectos llevar adelante o qué programas de reconstrucción emprender. 

Como en las Bodas de Caná, ella nos orienta hacia Cristo, pues solo Él puede transformar nuestras durezas y sequedades, colmando las tinajas de nuestras vidas con el vino nuevo de la alegría que viene del corazón de Dios. 

María nos dice, una vez más: “¡Hagan todo lo que Él les diga!” (Jn 2, 5). Con la mirada fija en María, podríamos incluso glosar ese dulce mandato: Hagamos todo lo que Jesús nos diga, como María, su madre y discípula, hizo a lo largo de su vida. 

El presente y el futuro es hora de María. Estos son tiempos marianos. 

Como María, seamos hombres y mujeres de oración, que buscan, cada día, escuchar la Palabra de Dios que ilumina la vida. Como ella, hagámonos hombres y mujeres que, en lo profundo de su conciencia, repasamos lo que vivimos porque queremos ser protagonistas activos del plan de Dios. 

Como María, seamos dóciles a la vocación-misión que el Señor nos revela. Como ella, también nosotros digámosle: “Hágase en mí según tu Palabra”.

Como María, convirtámonos también nosotros en servidores de nuestros hermanos y hermanas, especialmente si los reconocemos en situación de riesgo, de peligro. Que María nos ayude a salir de nosotros mismos, de romper con el cerco de nuestro aislamiento egoísta, y nos haga sentir como propias las necesidades de los más pobres, vulnerables y sufrientes.

Como María, sintámonos cerca de todos, ricos en humanidad, en compasión, en ternura y justicia. 

Como María, seamos también nosotros servidores de la alegría de nuestros hermanos.

Como María, renovemos nuestro compromiso de cuidar la casa común que el Creador nos ha confiado para que hagamos de ella un jardín para todos.

Que así sea. 

Elías, Simón Pedro y María

“La Voz de San Justo”, domingo 9 de agosto de 2020

Para esta semana que se inicia les dejos tres nombres, tres historias, tres encuentros con Dios.

“Después del fuego, se oyó el rumor de una brisa suave. Al oírla, Elías se cubrió el rostro con su manto, salió y se quedó de pie a la entrada de la gruta…”, (1 Re 19, 12-13).

ELÍAS. El primer profeta conocido. Es fuego puro. Hombre de soledades, no teme a ninguna criatura. Hasta que su bravura es amenazada realmente. Este domingo, la liturgia nos deja al borde de uno de sus últimos encuentros con Dios. Elías, que ha sentido el paso del huracán, del terremoto y de la tormenta, siente el paso de Dios en la brisa suave. Hay que afinar el oído, salir de la cueva y exponerse para percibir su paso fugaz.

“Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: «Señor, sálvame»”. (Mt 14, 30).

PEDRO. Es también impetuoso. Tanto como generoso, desinhibido, hasta temerario. En medio de la tormenta le pedirá a Jesús, que camina sereno sobre las olas del mar, que le permita ir hacia él, caminando sobre las olas. El miedo, sin embargo, siempre llega en la vida. Simón Pedro, el impetuoso, sabrá entonces suplicar y pedir ayuda. Será la mano de Jesús la que lo sostenga: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”.

“María dijo entonces: «Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi salvador, porque el miró con bondad la pequeñez de tu servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz…”. (Lc 1, 46-48).

MARÍA. Hacia el fin de semana -el sábado 15 de agosto- celebraremos una de las fiestas marianas más hermosas: su asunción en cuerpo y alma al cielo. Es la Pascua de Nuestra Señora. La escucharemos cantar las “maravillas que Dios hizo” en ella. Joven, embarazada y cantando. Vida que triunfa, exuberante y fresca, porque viene del Dios que ama la vida. Digámoslo sin vueltas: solo el alma de una mujer puede sentir y reconocer así la irrupción del Dios de la vida. Un anticipo de lo que vivirá otra mujer ante la tumba vacía. También de nombre “María”, no de Nazaret, sino de Magdala.

Tres nombres que encierran tres itinerarios que se entrecruzan con nuestros propios caminos. También nosotros, después de las tormentas, hemos podido reconocer el paso de Dios en las brisas suaves de los atardeceres. O, como al pescador de Galilea, en medio de la tormenta, mientras nos hundimos, hemos sentido su mano firme que nos sostiene y levanta. O, como la joven virgen de Nazaret, hemos sentido que no podíamos dejar de cantar lo que Dios va tejiendo en nuestra vida.

Tres nombres, tres encuentros, tres biografías para relatar la experiencia cristiana de Dios.

Paz, pan y trabajo

Homilía en la Fiesta de San Cayetano

Como cada año, nos acercamos a San Cayetano para suplicar paz, pan y trabajo.

¡Cuánto encierran estas tres palabras!

Breves pero repletas de significado: indican tres necesidades vitales para los seres humanos.

Lo sentimos, de manera especialmente intensa, en este tiempo de emergencia sanitaria.

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PAZ para los corazones, las familias, los pueblos, la humanidad. Que no prevalezcan los violentos ni la violencia domine nuestros corazones. Que la justicia rija realmente los vínculos entre las personas, pero también el perdón, la benevolencia, la capacidad de sentir como propios dolores y alegrías de todos…

PAN para alimentar los cuerpos, las almas y el espíritu. El alimento que nos fortalece, especialmente necesario para los niños que están creciendo. El pan de la educación, de la amistad, de la sana diversión, de una vida realmente plena. El pan de la Palabra de Dios y de la Eucaristía…

TRABAJO para experimentar que somos hombres y mujeres que damos lo mejor de nosotros mismos, sacrificándonos cada día, para edificar nuestra sociedad y contribuir al bien común de nuestro pueblo…

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Pero hemos venido a PEDIR. ¿Qué significa pedir a Dios: paz, pan y trabajo? ¿Es comodidad o infantilismo? ¿Es magia, vagancia, pretensión de vivir de arriba?

No. Es oración de súplica. Jesús nos invitó a pedir a Dios que es Padre: Pidan y se les dará…

La oración de súplica nos pone en camino para conectarnos con Dios, con su modo de ver la vida, con sus sueños y, sobre todo, con su voluntad.

Toda oración de súplica es un eco de aquel gran deseo de Jesús que rezamos en el Padre nuestro: “… que se haga tu voluntad en la tierra como en el cielo”.

Lo primero que buscamos cuando oramos es hacernos más disponibles y dóciles a la voluntad de Dios.

Es nuestro Padre el que quiere y aprecia la paz, el pan y el trabajo, porque sabe que hacen más digna la vida de sus hijos.

Por supuesto que, siendo omnipotente, sabio y bueno, Dios sabe mover los hilos de la historia para colmarnos de sus beneficios. Es Providente, como bien enseñaba San Cayetano.

¿De qué nos provee? De vida, inteligencia y libertad, de iniciativa, de garra para pelear la vida, de amigos y de gente buena que nos estimula a crecer; y, sobre todo, nos colma con el don del Espíritu Santo para que seamos activos constructores de aquello que venimos a suplicar aquí.

Es decir: constructores de la paz en la justicia, multiplicadores del pan y promotores del trabajo digno para todos.

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Estamos viviendo, con toda la humanidad, una hora de prueba. De repente, nos hemos visto sacudidos por la amenaza del coronavirus que nos ha golpeado duramente.

Es inmenso el esfuerzo que nuestro pueblo viene haciendo desde que comenzó esta cuarentena que parece nunca terminar. Personas, familias, trabajadores, empresario y también los servidores públicos. De manera especial, aquí tenemos presentes a los agentes sanitarios que ya están empezando a sentir el impacto de esta pandemia.

Como hijos e hijas de Dios, aquí, delante de San Cayetano, suplicamos al buen Dios que nos siga asistiendo para que podamos vivir con fortaleza interior este enorme esfuerzo para cuidar la vida de todos, especialmente de los más vulnerables.

Supliquemos también aprender de esta experiencia, porque tenemos por delante un esfuerzo aún mayor: reconstruir nuestra vida, los vínculos, las fuentes de trabajo, la convivencia.

En Argentina, esa empresa supone lograr un consenso de fondo entre todos los que nos sentimos parte de esta bella y sufrida Nación. Sin deponer actitudes mezquinas, enfrentamientos estériles y chicanas infantiles, no podremos soñar con un futuro mejor para nosotros y, sobre todo, para las nuevas generaciones.

Necesitamos una sociedad con ciudadanos libres, creativos, emprendedores, responsables.

Necesitamos un estado al servicio de la sociedad, no al revés.

Necesitamos instituciones sólidas, porque sin ellas es imposible superar la deuda social de la pobreza.

Necesitamos dirigentes probos, honestos y, sobre todo, desinteresados en el servicio al interés común. Necesitamos enamorarnos menos de nuestros líderes, perdiendo ridículamente el juicio y la sensatez, que exigirles eficiencia, seriedad, responsabilidad, humildad y desinterés.

La fuerza que nuestro pueblo necesita para esta empresa viene de Dios. Y el buen Dios la siembra en el corazón de cada uno: es la solidaridad, es el sentido de la dignidad y la esperanza.

Sin esa fuerza, ni el estado, ni las organizaciones humanas, ni ningún programa podrá ir más allá de los buenos propósitos.

Estamos aquí, para nutrirnos del Espíritu que, con sus siete dones, santificó a San Cayetano transformándolo en un discípulo misionero de Jesús, modelo y protector de su pueblo.

San Cayetano: ruega por nosotros.

Los sentimientos de Jesús

“La Voz de San Justo”, domingo 2 de agosto de 2020

“Al atardecer, los discípulos se acercaron y le dijeron: «Este es un lugar desierto y ya se hace tarde; despide a la multitud para que vaya a las ciudades a comprarse alimentos» […] Y después de ordenar a la multitud que se sentara sobre el pasto, tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, los dio a sus discípulos, y ellos los distribuyeron entre la multitud” (Mt 14, 15.19).

El pasado domingo nos acercamos a las decisiones de Jesús. Hoy, a sus sentimientos. El evangelio de este fin de semana nos habla de ellos. O, mejor: de un sentimiento que, en Jesús es dominante: la compasión.

Jesús acaba de enterarse de la muerte violenta de Juan Bautista. Su impulso primero es irse al desierto. Busca la soledad, no el ensimismamiento. El desierto y la soledad constituyen el ámbito para un encuentro que él busca constantemente. Viven y se mueve en ese encuentro. Busca al Padre. Siente esa necesidad vital.

Sin embargo, un hecho lo hace cambiar de ruta, no de rumbo: la multitud lo busca a él. Es entonces que su deseo de encontrarse con el Rostro del Padre en el desierto da su mejor fruto: “Cuando desembarcó, Jesús vio una gran muchedumbre y, compadeciéndose de ella, curó a los enfermos” (Mt 14, 14). Jesús ve a la muchedumbre y “se le mueve todo por dentro”, diríamos nosotros. Y, de ese sentimiento, nacen dos gestos fuertes: entremezclarse con los enfermos para curarlos y, sin reparar en los límites que impone la situación, dar de comer a la multitud que lo busca.

“Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús”, escribe San Pablo a los primeros cristianos (Flp 2, 5). Han pasado dos mil años, pero sigue siendo la regla de vida fundamental para cualquiera que se reconozca discípulo de Jesús: dejar que su compasión tome por dentro todo lo que somos, deseamos y vivimos. Un proyecto nunca logrado del todo, siempre abierto y desafiante.

Esta semana volveremos a verlo realizado en una figura muy querida, sobre todo por los pobres: San Cayetano, el santo del pan y del trabajo. Él mismo se hizo pan. Él mismo se dejó transfigurar por los sentimientos de Jesús, su maestro y señor.

Las decisiones de Jesús

“La Voz de San Justo”, domingo 26 de julio de 2020

“El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo” (Mt 13, 44).

Hasta tanto aparezca la vacuna del COVID-19 y sea efectiva para la mayoría de la población mundial -además de gratuita-, tendremos que hacernos a la idea de convivir con el riesgo del contagio. Y todas sus consecuencias, entre ellas, la muerte.

Puede parecer duro, pero, bien mirado, ese ha sido y es el estado permanente del ser humano. Ser parte de la especie humana es aprender a convivir con diversos riesgos y amenazas. Y, desde ese lugar, decidir cómo encarar la propia vida.

Por eso, desde distintos puntos de vista, son muchos los que hoy están indicando la necesidad de desarrollar una “ética del riesgo”, tanto a nivel personal como social.

El evangelio de este domingo nos da algunas pistas para pensar, desde la óptica cristiana, los desafíos que implica asumir con responsabilidad este “vivir en situación de riesgo”. Hoy por hoy es la condición de toda la humanidad. Algo tal vez inédito, que esconde también una inmensa oportunidad.

Jesús cuenta tres parábolas: el tesoro encontrado en un campo, la perla fina y la red que recoge del mar toda clase de peces (cf. Mt 13, 44-52).

Con ellas cierra la enseñanza que había comenzado junto al lago, hablándole a la multitud. Ahora, vuelve a la casa con son sus discípulos. El clima es el mano a mano de la cercanía y la confidencia. Si las parábolas están dirigidas al corazón más que a la mente, es Jesús el que abre su corazón y permite asomarnos a sus decisiones más íntimas: qué lo mueve, qué lo sostiene, por qué asume una vida de riesgo continuo (que sabemos cómo terminará).

Al hablar del tesoro y la perla, Jesús nos dice que ha encontrado algo tan valioso que no puede sino ordenar toda su vida en torno a este “tesoro”. Él le llama, usando lenguaje de los salmos y los profetas: el reinado de Dios. Es su Padre que abraza a los pobres, a los heridos, a los que yerran el rumbo. Por eso, su opción más de fondo es vivir en esa tensión: buscando siempre al Padre y abrazando, como Él, a sus hermanos.

Con la última parábola -la red que recoge peces buenos y malos- vuelve sobre lo que ya dijo al hablar del trigo y la cizaña: cada uno tiene que tomar sus propias decisiones, pero el juicio sobre los demás hay que dejárselo a Dios. Él sabe calibrar, mejor que nosotros, lo que hay en cada corazón.

Este mensaje puede ayudarnos. Si miramos a Jesús, tal como nos lo pintan los evangelios, vemos a alguien que es, ante todo, libre y que, incluso en medio de las contradicciones, vive una intensa (y envidiable) alegría. Tal vez por eso, cuando cuenta la parábola del tesoro, no puede sino apostillar: “…y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo”.

Lo cierto es que, a lo largo de la historia, Jesús no deja de compartir esa alegría con los que se animan a mirar la vida como él y de su mano. Nos comparte su mismo Espíritu. Es una posibilidad abierta.

La resiliencia de Jesús… y un poco más

“La Voz de San Justo”, domingo 19 de julio de 2020

“Después les dijo esta otra parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa»”. (Mt 13, 33).

Jesús sigue hablando en parábolas. Es su modo de afrontar -con ingenio y creatividad – la creciente hostilidad que su mensaje despierta. En estos tiempos en que se ha puesto de moda la palabra “resiliencia”, el evangelio nos ofrece una guía espléndida para aprender, de la mano de Jesús, a levantarnos y rehacernos.

Claro: Jesús es mucho más que un prestigioso gurú de la resiliencia. Cuando nos habla en parábolas sobre el reinado de Dios, su palabra viene de las profundidades de la Trinidad. Sus parábolas son eco del misterio eterno del Dios amor. Es el Hijo que nos muestra el rostro del Padre. Y lo hace con la potencia del Espíritu.

Por eso, cuando nos habla de que no hay que apurarse para arrancar la cizaña que crece junto con el trigo, está tratándonos de enseñar la paciencia del amor del Padre. Precisamente así, Dios trata a la humanidad: sabe esperar que el corazón madure para acoger la semilla que Él mismo siembra en el mundo.

Este domingo también lo escuchamos hablarnos del Reino de Dios con dos ejemplos deliciosos: una pequeña semilla de mostaza que se convierte en un gran arbusto. Y una mujer que pone levadura en la masa para el pan. También aquí, la desproporción entre la pequeñez y el resultado final, nos hablan del modo cómo Dios obra.

Jesús nos habla del reinado de Dios que ya está presente en el mundo. Viene y está. Y, desde dentro, como la semilla en la tierra o la levadura en la masa, transforma, levanta, cobija y alegra el corazón.

A condición de que, también como la semilla o la levadura, se esté dispuesto a morir para vivir. Y, en esto, Jesús toma la delantera. Ya lo recordamos el pasado domingo: grano de trigo que cae en tierra y se pierde para dar vida.

Estas hermosas parábolas nos hablan del Reino de Dios, pero, inseparablemente de Jesús y su pascua. Él es -como bien lo enseñó un autor antiguo- el mismo Reino de Dios en persona.

Grieta, diálogo y consenso en el hoy de Argentina

Al menos desde la gran crisis de 2001, la Argentina clama por un consenso amplio que nos permita recuperar rumbo como sociedad. 

Soy de los que piensan que, de funcionar las instituciones de la República, el diálogo que desemboca en semejante consenso debería darse en el Parlamento nacional. En definitiva, para eso sirven las instituciones: para dar cauce a la vitalidad de un pueblo. 

Es lo que pienso, aunque, cada vez más, lo vivo como un sueño que se aleja mientras me despierto y eso que llamamos “realidad” comienza a tomar formas con las primeras luces del día. 

La actual emergencia sanitaria, por ejemplo, ha sido una oportunidad para intentar ese camino. 

Parece una paradoja, pero precisamente situaciones críticas (o límite, si se quiere) suelen ser propicias para esos saltos cualitativos en los que, impulso y rumbo se alimentan recíprocamente. 

Condiciones no faltan, sobre todo en la Argentina profunda que ha vuelto a emerger en este extraño tiempo que nos está tocando vivir. Desde mi puesto de observación como obispo católico lo veo cada día. 

El esfuerzo de nuestro pueblo en estos meses es admirable. Claro que el miedo ha jugado su papel. Pero no hay solo miedo en el corazón de las personas. Otras fuerzas también humanísimas se debaten en nosotros, pujan por salir y, en distinta medida, nos mueven y animan. Si al miedo o a la incertidumbre los miramos de frente, hasta pueden darnos la mano y ayudarnos a caminar.

Tampoco nos faltará espíritu para lo que se avisora como futuro.

Solo que hay una condición para aquel salto que parece cada vez más frágil e imposible: la renuncia de los “halcones” de cada sector social a revolotear sobre las presas que parecen debatirse en sus últimas fuerzas.

Los “halcones” deberían realmente dar un paso al costado. Ante todo como opción fundamental. Como actitud. La misma fuerza para volar y atacar podría encausarse en esa dirección. 

Hoy, la grieta es alimentada, o por precisas opciones ideológicas o por calculada estrategia de poder. O, por ambas: llevar el conflicto hasta el final…

¿Qué se sigue de esta constatación? ¿Desaliento, desesperación, renuncia? Comprendo bien a quienes se debaten en esas opciones. Pienso, sin embargo, que podemos encaminarnos en otra dirección. 

Obviamente, no dejo de ver, en esta opción que propongo, el influjo de la fe en Dios que compartimos tantos hombres, mujeres y comunidades argentinos. En mi caso, la fe en el Dios amor del humanismo cristiano y la tradición católica. 

Es la opción por la paciencia como forma de la esperanza. No es pasividad, sino espera activa que concentra las energías en los pequeños grandes encuentros que, desde dentro, van construyendo la vida.

Francisco, el papa argentino, suele decir que hay que “caminar la paciencia”.

Es, en definitiva, la apuesta que cada ciudadano hace hoy, cada día, cuando, vencidos los miedos e incertidumbres tan vivos en estas horas, se calza el tapaboca y sale a trabajar, vivir y soñar.

Estamos aprendiendo que, en el hoy de Argentina, las palomas cuidan la vida mejor y más eficazmente que los halcones.

O, en palabras de Jesús: ovejas en medio de lobos, astutos como serpientes, sencillos como palomas (cf. Mt 10, 16).

Y Jesús se puso a hablar en parábolas

“La Voz de San Justo”, domingo 12 de julio de 2020

“Aquel día, Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar. Una gran multitud se reunió junto a él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa. Entonces él les habló extensamente por medio de parábolas. Les decía: «El sembrador salió a sembrar…»” (Mt 13, 1-3).

Es bueno que, en esta hora aciaga, Jesús salga de la casa, se siente a orillas del mar (¡qué imagen!) y vuelva a hablarnos en parábolas. ¡Cómo lo necesitamos!

Es que la parábola nos invita a mirar hondo y lejos. La realidad no es eso que solemos llamar “realidad”. La hemos reducido a lo que vemos o sentimos. Pero cuando Jesús habla, sus palabras van descubriendo dimensiones nuevas de las cosas.

Habla de un sembrador y sus semillas; de una mujer, su masa y la levadura; de un árbol que crece a partir de una pequeña semilla, de una red que recoge peces de todo tipo. Seguirá hablando en parábolas, contándonos de eso que él llama: el “Reinado de Dios”, una expresión que le ha quedado dando vueltas por el corazón desde que aprendió a cantar con los salmos: “Digan entre las naciones: «¡el Señor reina! El mundo está firme y no vacilará” (Salmo 96, 10).

Solo que, en Jesús, esa apelación al poder real de Dios se transforma radicalmente. Y es lo que, una y otra vez, intenta decir con las parábolas: ese poder no es el de un déspota autoritario, sino el de un Padre con entrañas de madre. Es el poder que está en el origen de todo, que acompaña a cada ser humano y acaricia todas las heridas. Es amor y compasión, misericordia y perdón.

Esa es la semilla que el sembrador esparce por tierra, casi haciendo alarde de despreocupación. El sembrador siembra siempre, con generosidad, sin dejarse intimidar por lo agreste del terreno. Sabe del poder de su semilla, pero también de lo que es capaz de hacer cuando encuentra un poquito de tierra buena.

Notemos de paso que Jesús echa manos más asiduamente de las parábolas cuando constata la hostilidad de algunos y la indefinición de otros frente a su mensaje. No se resigna. Menos aún se queda mascullando bronca. Su decisión de hacer oír esta “buena noticia” se hace más intensa y hasta tozuda.

Su última parábola será el mismo. La pronunciará más con el cuerpo crucificado que con palabras.

Para escucharla, tenemos que abrir ahora el evangelio de Juan. Allí encontramos la misma imagen, pero más directa y fuerte: “Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado. Les aseguro que, si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12, 23-24).

Parábola que dice la realidad más alta: Dios está ahí, muriendo por nosotros. Redimiendo al mundo.

Aprender de Jesús

“La Voz de San Justo”, domingo 5 de julio de 2020

“En esa oportunidad, Jesús dijo: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido…»” (Mt 11, 25-26).

Los evangelios nos muestran habitualmente a Jesús en oración. Son raras, sin embargo, las veces que nos cuentan qué reza Jesús. La de este domingo, es una de esas ocasiones. Se trata, por cierto, de una pieza maestra. Una verdadera joya.

De paso digamos: solo cuando contemplamos a Jesús en oración con el Padre podemos entrever el misterio de su identidad de Hijo: este orante es Emanuel, Dios con nosotros.

En el centro de su oración está Aquel a quien Jesús invoca como “Padre”. Y, abrevando en la tradición espiritual de su pueblo, su oración es alabanza, bendición y acción de gracias. Es decir, una oración centrada en Otro, no en sí mismo. Diríamos hoy: no es autoayuda. Es éxodo: salida de sí, apertura, mirada límpida y expansiva…

¿El motivo de esa alabanza? Que Dios se oculta a los soberbios, pero se manifiesta a los “pequeños”.

No es “pobrismo”, como se dice superficialmente hoy, sino perspicaz constatación de la realidad: la soberbia cierra la vida, nos curva sobre nosotros mismos, volviéndonos estériles; la humildad y la mansedumbre, en cambio, nos abren a Dios y, así, nos dan genuina libertad para construir fraternidad.

Por eso, el evangelio de este domingo termina con la invitación de Jesús: “Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio” (Mt 11, 29).

En definitiva, el evangelio es una invitación a encarar la vida como lo hizo Jesús. Démosle entonces la posibilidad de compartir con nosotros algo de lo que sabe de la vida. Aprendamos de él.

No nos faltará la unción del Espíritu…

Homilía en la Misa crismal – Catedral de San Francisco – 30 de junio de 2020

“El espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Él me envió a llevar la buena noticia a los pobres…” (Is 61, 1 y Lc 4, 17).

Queridos hermanos:

No nos ha faltado el soplo del Espíritu en los tiempos que vivimos. Ni nos faltará, para los que se avecinan: de reconstrucción y solidaridad, de consuelo y esperanza.

Los pueblos poseen una enorme energía de bien, de ingenio y de creatividad. Sometidos a duras pruebas, llevados incluso al límite, son capaces de una sorprendete resiliencia.

Esa indómita vitalidad viene del Creador. Es signo de su imagen en nosotros. Con ella contamos para levantarnos ahora, como ha pasado en otras horas dramáticas de la historia.

La Iglesia no posee un programa específico para que la sociedad salga de esta crisis. Acompaña sí el fatigoso camino de búsqueda, errores y logros que transitan hombres y mujeres, tan diversos por procedencia y cultura, como ansiosos de alumbrar un mundo más humano.

Más que un proyecto, lo que si puede y debe ofrecer la Iglesia es el Aliento que la anima: el Espíritu creador, el mismo que el Padre sopló sobre el cuerpo exánime de su Hijo en la tumba, resucitándolo de entre los muertos.

Viene del Padre, mana del costado abierto del Crucificado y derrama la caridad en los corazones cuando nos es dado en los sacramentos.

Y nos lleva al Evangelio. En él encontramos palabras, gestos, personas, experiencias. Encontramos a Jesús, el humilde Ungido del Padre.

El Espíritu nos pone a sus pies, como a María de Betania, para escuchar, de sus labios, el sueño de la Trinidad que somos nosotros, nuestro mundo, la creación.

*     *     *

En breves instantes vamos a consagrar el Crisma perfumado y a bendecir los santos Óleos.

El símbolo de la unción es elocuente: aceite que se derrama, suave y penetrante. Hay que esparcirlo con generosidad y dejarlo hacer lo suyo: impregnar, suavizar, perfumar, aliviar…

Somos servidores de este misterio vivificante. Servidores, no patrones.

Cuando intentamos someter el Espíritu a nuestros esquemas, terminamos levantando becerros de oro, tristes remedos del Dios vivo. Presumiblemente más parecidos a nosotros, a nuestros miedos y mezquindades.

¿No es este uno de los aprendizajes que estamos haciendo en los tiempos que corren?

Se nos ha confiado la unción del Espíritu para que, por nuestras manos, pase a la vida de nuestros hermanos.

El Espíritu es fuerza, vida, consuelo, gozo.

Por eso: ¡seamos como niños!

¡Dejémonos llevar con confianza, docilidad y alegría hacia donde quiera el Espíritu!

Este tiempo de cuarentena comienza ya a tener mucho de cenáculo: puertas, corazones y mentes cerrados. También miedo que roba libertad. Es cierto. Pero, precisamente en medio de ese amasijo de sentimientos, está creciendo la espera del Espíritu.

María, madre de la Iglesia, sostiene esa espera y la transforma en oración.

Y camina con esta Iglesia diocesana.

Nos anima a caminar juntos.

Hermanos:

El Resucitado ya está entre nosotros, soplando su Espíritu y confiándonos la misma misión que ha recibido del Padre.

Dejémonos entonces llevar.

Amén.