Mensaje de Navidad 2019

“La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel”, que traducido significa: «Dios con nosotros».” (Mt 1, 23)

Queridos hermanos y amigos:

Dejémonos sorprender por la cercanía de Dios en ese Niño que María da a luz y que José cuida con amor de padre.

Al arrancar este Adviento, el Santo Padre Francisco nos regalaba la carta “Admirabile signum”. Nos invitaba a redescubrir la hermosa tradición, iniciada por San Francisco de Asís, de recrear en hogares, templos y otros espacios públicos, la escena evangélica del nacimiento del Señor.

Se trata -nos decía- de un “Evangelio vivo” que “causa siempre asombro y admiración”. En ese Niño reconocemos al Dios inmenso que se nos hace cercano y amigo. Y lo hace en el seno de una familia en riesgo, que no encuentra más que una cueva para que María dé a luz a su hijito.

Es Dios con nosotros. Un Dios pobre y humilde. Un Dios hecho Niño.

Los niños son buenos guìas para recuperar el asombro. “Les aseguro que el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él” (Lc 18, 17). Acerquémonos con ellos al Pesebre, especialmente si reconocemos tener el corazón duro y metalizado. Que sus ojos abiertos nos guíen al encuentro del Emanuel. También María y José están de nuestra parte.

Dios nos enseña a vivir como hermanos. 

Asombro, admiración y sorpresa desembocan en muchas preguntas: ¿qué quiere Dios con esta cercanía? ¿Qué busca de nosotros? ¿Qué intención lo mueve? Son interrogantes que expresan una fe inquieta, una esperanza activa y una caridad ansiosa. 

Las respuestas las encontramos en el evangelio. Toda la vida de Jesús es revelación de la voluntad de Dios: Él quiere salvarnos. Quiere cumplir el sueño que lo desvela desde la creación: hacer de todos nosotros una familia, ya en esta tierra, pero en camino hacia el cielo, nuestra patria.

Nos quiere hermanos y hermanas. Belén es un misterio de amor, de familia y de fraternidad. Miremos a María y a José. Ellos miran al Niño en el pesebre. Contemplemos a los pastores que se acercan. También a los magos de Oriente, guiados por la estrella. Unos y otros, con timidez primero, pero con enorme alegría después, saldrán del Portal de Belén mejores, más hermanos.

Nuestro mundo tiene sed de Dios. Tiene sed de fraternidad. Solo un Dios Padre con entrañas de madre nos permite reconocernos hermanos.

La cultura de la muerte y el descarte empujó a aquella joven parejita a la marginalidad de un establo. No contaba con la tierna sabiduría de Dios. Lejos del poder mundano, desde ese humilde establo y con esa parejita, Dios empezaba a vencer la soledad y tristeza del mundo.

Como los pastores, también nosotros seamos mensajeros de este gozo inmenso que lo es para todo el pueblo, de manera especial para los pobres, los tristes y sin esperanza.

¡Muy feliz Navidad para todos!

+Sergio O. Buenanueva, obispo de San Francisco 

19 de diciembre de 2019

Una sabia y oportuna decisión del Papa II

Para calibrar el significado de la decisión papal de levantar el secreto pontificio en las causas de abusos sexuales clericales, a mi modo de ver, hay que tener en cuenta dos factores.

En primer lugar, caer en la cuenta de que los delitos contra la integridad sexual de las personas están poniendo de cabeza todos los sistemas penales, obligando a repensar y reelaborar principios, criterios, normas y procedimientos.

En segundo lugar -y es algo que atañe directamente a la Iglesia-, que la crisis de los abusos sexuales en la Iglesia (el abuso y su encubrimiento) no constituye la suma de hechos aislados (este sacerdote, aquel obispo), sino que revela un sistema eclesial enfermo al que urge sanar desde la raíz. La referencia al “clericalismo” va en esa dirección, aunque corremos el riesgo de enamorarnos de una palabra. Hay que avanzar en una reforma eclesial con sólido sustento teológico, espiritual y pastoral.

Esta decisión del Papa está en la línea de la dirección correcta, pero tendrá que ser acompañada por otras decisiones que la complementen y hagan realmente eficaz.

Una sabia y oportuna decisión del Papa

Los delitos contra la integridad sexual están suscitando intensos debates y reformas en los sistemas penales de todo el mundo. También los criterios, normas y procedimientos de la Iglesia.

Está muy bien que esto ocurra. Por una parte, expresa que la sociedad cae en la cuenta de la gravedad y naturaleza de este drama humano, sobre todo, del modo como hiere a quienes los sufren, tanto las víctimas primarias como secundarias, pero también los complejos mecanismos humanos que llevan a un adulto a cometer estos delitos.

Un ejemplo: las víctimas suelen tardar años en poner en palabras lo que han sufrido; en consecuencia, lo que logran decir de sus vivencias siempre debe ser escuchado con respeto. A las víctimas, por tanto, hay que creerles. Inevitablemente surge la pregunta: ¿cómo se conjuga esto con el irrenunciable principio de “presunción de inocencia”? Cuestiones como esta son materia de discusión en todas partes.

La respuesta del derecho a estos desafíos es fundamental, aunque no exclusiva. El paradigma para abordar, tanto la prevención con una respuesta adecuada a estos delitos es el del trabajo en red, por tanto, de la colaboración de todos los involucrados. Y, aunque parezca una tautología: todos los involucrados somos realmente todos. Es decir, ante todo, la sociedad, sus organizaciones (las Iglesias, por ejemplo) y, con un rol insustituible, el estado, sus órganos de justicia y educación.

En última instancia, el abuso sexual es un problema que tiene que ver con el modo como las personas nos tratamos y cómo cuidamos a los más vulnerables. Un problema humano de naturaleza espiritual, ética y vincular. 

En este marco más amplio hay que ubicar la decisión del Santo Padre que hoy se ha hecho pública bajo la forma de dos rescritpos pontificios. El más importante es, sin duda, el que levanta el “secreto pontificio” para los distintos delitos canónicos de naturaleza sexual cometidos por clérigos.

Era este un reclamo que iba creciendo desde distintos sectores, principalmente desde las víctimas y quienes las acompañan en sus reclamos de verdad y justicia. Pero también de quienes, en la Iglesia, están involucrados más directamente en dar una respuesta seria a esta honda crisis. Todos estos reclamos se hicieron sentir con fuerza en la cumbre de febrero pasado, convocada por el Papa y que reunió a los presidentes de las conferencias episcopales del mundo junto con otros líderes eclesiales.

El levantamiento del “secreto pontificio” no significa, como bien lo señalan los expertos, que se lesione el derecho a proteger la intimidad, buena fama y confidencialidad de las personas involucradas en estos procesos. Menos aún que afecte al sigilo sacramental de la confesión. Con esta histórica decisión, el Papa Francisco determina que, desde la investigación preliminar hasta las decisiones finales, estén aseguradas la adecuada información a todos los involucrados (víctimas, denunciantes y también acusados), como también se pueda responder los requerimientos de la justicia secular, tanto por parte de las diócesis o, por los medios adecuados, por parte de la Santa Sede.

La Iglesia, de esta manera, con paso firme, va cobrando impulso en la dirección correcta para apuntalar una cultura del cuidado y la protección de los más vulnerables, como también en la prevención de estos delitos.

Estas disposiciones canónicas tienen múltiples consecuencias. Las iremos conociendo a medida que vayamos asimilando y actuando estas disposiciones.

+ Sergio O. Buenanueva

Obispo de San Francisco

Consejo pastoral de protección de menores

y adultos vulnerables de la CEA.

El Evangelio anunciado a los pobres

Francisco con un grupo de refugiados

“La Voz de San Justo”, domingo 15 de diciembre de 2019

“Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven: los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres. ¡Y feliz aquel para quien yo no sea motivo de escándalo!” (Mt 11, 4-6).

Las prioridades de Jesús son siempre las personas. Todas, sin exclusión. Algunas, sin embargo, tocan más hondamente su corazón y le arrancan sus acciones más audaces. Son las que enumera cuando Juan Bautista lo interpela desde la cárcel: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?” (Mt 11, 3). Son hombres y mujeres que, por distintas circunstancias, transitan la vida como un peso.

Jesús no es un teórico de Dios. No pretende demostrar su existencia. Él lo muestra con su vida, con sus sentimientos y con sus acciones. Y muestra a un Dios que se hace cargo del sufrimiento humano. En el corazón de la misión de Jesús está anunciar esta Buena Noticia a los pobres. Lo de los pobres no es “pobrismo” ni un “verso” que esconde otros fines. Los pobres están en el centro de la misión de Jesús, porque están en el corazón de Dios Padre.

Los discípulos de Jesús no tenemos otro camino. También para nosotros, los pobres, los heridos, los descartados han de estar en el centro de nuestra vida y misión.

La prioridad de Jesús ha de ser también la de la Iglesia. Es, sin duda, la del Papa Francisco. Sus cincuenta años de sacerdote, cumplidos esta semana, se pueden resumir en esta frase de Jesús: su vida sacerdotal es Evangelio anunciado a los pobres.

Adviento es también aprender a reconocer (o a recordar, por si lo hemos olvidado), que Cristo viene a nosotros en cada hermano que sufre.

El abrazo de paz de los dos presidentes

¿Qué significado atribuirle al abrazo de paz de los dos presidentes?

Fue en la Misa del pasado 8 de diciembre, en el marco imponente de la basílica de Luján. El hoy presidente en funciones, Alberto Fernández, y el saliente, Mauricio Macri, se estrecharon en un abrazo para cumplir el rito del saludo de paz, previsto por la liturgia de la Eucaristía.

En cierto modo, dicho gesto se prolongó, ahora en el marco secular del Congreso de la Nación, cuando, también cumplido el rito republicano del traspaso de las insignias del poder, ambos líderes volvieron a estrecharse en un abrazo.

¿Qué alcance darle a este gesto de cordialidad realizado en dos tiempos?

Obviamente, la primera referencia del rito litúrgico es su significado en el marco de la liturgia eucarística. Junto con la oración del Padre nuestro, el abrazo de paz prepara a la comunidad orante para el momento más sagrado de la Misa: la comunión con el Cuerpo de Cristo.

Para captar mejor su sentido, conviene recordar una discusión reciente. El Papa Benedicto XVI preguntó a los obispos del mundo si convenía cambiar el momento del saludo de paz, ubicándolo antes de la presentación del pan y del vino. Así ocurre en el rito ambrosiano, como en el zaireño, recientemente presidido por Francisco. Es una evocación de las palabras de Jesús: “Por tanto, si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con tu hermano, y sólo entonces vuelve a presentar tu ofrenda” (Mt 5, 23-24). Con buen tino, el Papa Fancisco decidió dejar las cosas como están, pero el sentido de reconciliación permanece: no puedo recibir a Cristo si no estoy en paz con mi hermano.

No sé si Alberto y Mauricio (y con ellos, sus respectivos equipos y los otros dirigentes que los acompañaban) habrán tenido en cuenta estas disquisiciones teológico-litúrgicas. Sin embargo, pienso que, tanto en la Misa como en el Congreso, han llegado a percibir el alcance político de su gesto. Los líderes genuinos saben generar gestos simbólicos de largo alcance. Por una parte, recogen aspiraciones y anhelos profundos, sentidos por buena parte de la sociedad. Por otra, y si logran realmente expresar esas expectativas, tocan el corazón, marcan un rumbo a seguir y movilizan las voluntades hacia el bien común. Huelga decir que esta capacidad movilizadora la poseen también, y en ocasiones en grado sumo, quienes ejercen liderazgos tóxicos.

No puedo ponerme en el lugar de ambos presidentes y leer sus intenciones íntimas. Solo apunto que, para muchos (entre los que me cuento) ese gesto logró conectar con una aspiración de fondo que -creo no equivocarme al escribirlo- hoy está en el corazón de una buena mayoría de argentinos, de un lado y del otro de los diversos posicionamientos políticos o ideológicos que podamos tener. Obvio que los más fanatizados siguen ahí, batiendo sus tambores de guerra, dispuestos siempre a hacer la peor interpretación de todo lo que el “enemigo” hace, dice o calla.

¿Qué anhelo recogen y expresan estos gestos?

Los argentinos queremos paz. Sentimos la urgencia de plantarnos de otro modo, los unos frente a los otros; de enfrentar nuestras diferencias con un talante distinto al modo como lo hemos hecho hasta ahora. No es la paz de los cementerios, es decir, la que supone acallar diferencias. Bien lo señaló el arzobispo Jorge Scheinig en su lúcida homilía. También el presidente Fernández aludió a ello en su discurso ante el Congreso. Queremos la paz de quienes saben convivir, porque se reconocen semejantes. La que se logra, no de ocultar las diferencias, incluso las más hondas (como las que suscita la legalización del aborto, por ejemplo), sino la que tiene como esencial punto de referencia la condición humana de quien es mi ocasional adversario.

Es la paz de los corazones pacificados de toda violencia, resentimiento, odio o rencor.

Los pueblos son cada vez más impacientes con sus dirigentes. Sobre todo, cuando perciben su desconexión con la vida real de las personas concretas, sus deseos e incertidumbres, sus luchas cotidianas y el sedimento de sus decepciones.  Cae la confianza en las instituciones: de la justicia a la Iglesia, de la política al periodismo.

Cuando nuestros miedos y desilusiones se transforman en bronca, ¿qué fantasmas comienzan a agitarse?

Alberto y Mauricio se dejaron llevar por un sentimiento noble y profundo al estrecharse en un abrazo amistoso de paz. Se reconocieron hermanos. Ese sentimiento alcanzó sus corazones, se hizo gesto y palabra ocasionales, pero recogía el sentir fraterno de millones de argentinos. ¿Llegará a hacerse compromiso sostenido con perseverancia en el tiempo?

La política no es campo ni para fanáticos ni para ingenuos. El realismo se impone a cada paso y ante cada decisión concretas que nunca son como se esperan. No vivimos en un mundo perfecto, ni tenemos líderes perfectos tanto como los ciudadanos tampoco lo somos. En política, como en otras áreas de la vida, la lucha es por conquistar el bien posible, aquí y ahora, en medio de limitaciones que suelen ser siempre mayores a las que soñamos.

Pienso que la inmensa mayoría de los argentinos comprendemos la gravedad y complejidad de los desafíos que hoy enfrentamos y que desbordan la gestión política del bien común. Sabemos también que la política supone conflicto, debate y un ejercicio paciente de oposición crítica. Pero, aunque no es sencillo, sabemos también reconocer cuándo esa conflictividad proviene de una genuina sed de justica, del resentimiento o de un corazón corrompido.  

El tiempo apremia. La mecha realmente está corta. Hay hermanos que no pueden seguir esperando. Que los gestos de paz se correspondan con opciones y decisiones concretas.

Yo, como creyente, se lo pido a Dios con la insistencia que Jesús nos enseñó.

Inmaculada Concepción de María

Homilía en el Santuario de la “Virgencita” (Villa Concepción del Tío)

Queridos peregrinos:

Bienvenidos al Santuario de la “Virgencita”. Aquí nos sentimos en familia: María es nuestra madre y podemos reencontrarnos como hermanos y hermanas. 

Los invito a sentirnos también unidos a las comunidades cristianas que, en los diversos santuarios, parroquias y templos del país, hoy se reúnen para honrar a la Purísima.

De manera especial, los invito a visitar, con nuestra imaginación, un Santuario en particular: en la gruta de Choya en Catamarca, donde hace cuatrocientos años fue hallada la querida imagen de la “Morenita”, la Virgen del Valle.

Para conmemorar este aniversario, los obispos argentinos hemos convocado un Año Mariano Nacional con el lema: “Con María, servidores de la esperanza”.

Hoy, cada diócesis de Argentina está celebrando la apertura del Año Mariano, como lo hacemos nosotros esta tarde, aquí en nuestro Santuario mayor.

Por eso, sintámonos unidos como familia grande entorno a la Pura y limpia Concepción.

*     *     *

Miremos una vez más a nuestra “Virgencita” y, como cantamos en su himno, repitamos:

“Madre dulcísima de Concepción: ¡Sé nuestro amparo y protección!”

Esta oración es hermosa por su sencillez y profundidad.

Los invito a meditarla.

Ante todo, pensemos que recoge una experiencia muy real. A lo largo de la historia tres veces centenaria de esta sagrada imagen, los peregrinos y devotos de la Virgencita han sentido su presencia y, sobre todo, su intercesión maternal.

Las madres y abuelas cristianas lo saben, por eso, se lo enseñan a sus hijos y nietos: María es una presencia con la que se puede contar siempre.

En los labios de los varones, por su parte, el nombre de María adquiere un tono de especial intensidad. ¡Cuánto habla al corazón un papá arrodillado ante la Virgen!

María es una presencia que busca hacerse visible y corporal: en una medalla, un rosario o una estampa en el auto. Basta solo mirarla. O, como seguramente haremos al finalizar: el gesto de extender la mano para acariciar su imagen. Mucho más hermoso cuando un papá levanta en brazos a su hijito.

Si tuviera que formular un pedido delante de la Virgencita, pediría que cada una de nuestras familias le abra, sin miedo, la puerta de su hogar. Y le permita realizar lo que mejor sabe hacer: darnos a Cristo.

Por eso la invocamos como madre “dulcísima”.

Entendámoslo bien: la dulzura de María no es sentimentalismo meloso. Es la dulzura de la Palabra de Dios.

María ha aprendido a saborear esta dulzura, nutriendo su corazón con las Santas Escrituras, cantando los Salmos, contemplando el paso de Dios por la vida.

Pero, desde que quedó embarazada por obra del Espíritu, María comenzó a sentir la dulzura de Jesús, Hijo de Dios que se hacía hombre en ella.

La dulzura de María es la dulzura de Cristo, nuestro Hermano y Salvador.

Será especialmente elocuente en la Noche de Navidad.

*     *     *

No nos cansemos entonces de repetir:

“Madre dulcísima de Concepción: ¡Sé nuestro amparo y protección!”

Esta oración es sencilla como todo lo que viene de Dios. Él se complace en los humildes y pequeños.

María lo sabe.

Por eso, cultiva el silencio que le permite percibir la brisa suave y mansa del Espíritu.

Con el hijo creciendo en su vientre, el silencio de María adquiere una profundidad especial. Una y otra vez habrá vuelto a las palabras del ángel: llena de gracia, cubierta del Espíritu, el niño será santo, será llamado Hijo del Altísimo, se sentará en el trono de David…

Y, cuando el niño nacido de su vientre comience a crecer, esas palabras despertarán nuevas preguntas y ansiedades. Toda mamá lo sabe. Imaginémosla al pie de la cruz.

La vida de María fue sencilla, pero no fácil: tuvo que aprender a caminar la fe y la esperanza.

Por eso, cuando con esta letanía suplicamos su amparo y protección, no pedimos una solución mágica para los problemas de la vida.

Suplicamos una presencia amiga que camine con nosotros, que aliente nuestra esperanza, que anime nuestra búsqueda constante de la verdad y de la justicia.

Pedimos su misma entereza para cumplir la misión que el Señor nos encomienda.

*     *     *

Iniciando el Año Mariano Nacional, hoy rezamos por nuestra Patria Argentina.

En estos días están asumiendo nuestras nuevas autoridades municipales, provinciales y nacionales. El mandato popular que han recibido recoge expectativas y sueños, también miedos y desencantos.

Somos un pueblo que quiere edificar su futuro en paz, desde su rica diversidad geográfica, histórica y cultural.

Argentina es una sola nación, pero con múltiples y fascinantes rostros.

Reconocemos que nos cuesta la convivencia. Somos pasionales para todo: la religión, la política o el fútbol.

Les confieso que, al ver esta mañana, el abrazo de paz entre Alberto Fernández y Mauricio Macri sentí una honda emoción.

Dos adversarios, que piensan distinto (y no tienen por qué dejar de hacerlo), se pueden dar la mano para caminar en paz.

¿Se daban cuenta lo que ese gesto despertaba en muchos compatriotas? Intuyo que sí, que saben que hay que acallar los tambores de guerra.  

Volvamos la mirada a María.

En el camino del Adviento, ella crece como signo de esperanza. Le da rostro a la humanidad nueva que Cristo, su hijo resucitado, está haciendo crecer en el mundo.  

María corresponde a la acción del Espíritu con humidad y grandeza de alma. Se ve a sí misma como servidora de la vida y de la esperanza de sus hermanos.

Tenemos todavía mucho por caminar, muchos diálogos que retomar, muchos reencuentros que animar. El camino aparece largo y empinado. Necesitamos fuerzas.

Para eso estamos juntos, unos al lado de los otros, aunque no pensemos ni soñemos lo mismo. Lo más valioso de caminar juntos es que, tarde o temprano, comprendemos que, por encima de todos, somos semejantes.

En cristiano: somos hermanos y hermanas.

Podemos darnos entre todos un promisorio abrazo de Paz.

El pesebre

“La Voz de San Justo”, domingo 8 de diciembre de 2019

Francisco se dejó llevar por lo que sentía en su corazón. Acababa de regresar de Tierra Santa, estaba cerca la Navidad y crecía en él el deseo de sentir, ver y hasta tocar la humanidad de Dios, pobre y humilde en el niño del pesebre. Fue así como, en la Navidad de 1223 y ayudado por algunos fieles, puso en marcha una tradición que llega a nuestros días: siguiendo el evangelio, dar vida a la escena del nacimiento del Señor. Lo que aconteció aquella noche en una cueva de Greccio se sigue replicando en nuestras casas, templos y lugares públicos. 

“¿Por qué el belén suscita tanto asombro y nos conmueve?”, se pregunta ahora Francisco, el papa, en una hermosa carta publicada hace días. Y responde: “En primer lugar, porque manifiesta la ternura de Dios. Él, el Creador del universo, se abaja a nuestra pequeñez. El don de la vida, siempre misterioso para nosotros, nos cautiva aún más viendo que Aquel que nació de María es la fuente y protección de cada vida. En Jesús, el Padre nos ha dado un hermano que viene a buscarnos cuando estamos desorientados y perdemos el rumbo; un amigo fiel que siempre está cerca de nosotros; nos ha dado a su Hijo que nos perdona y nos levanta del pecado.”

Armar el pesebre -este ocho de diciembre, o en la fecha que sea- es seguramente un gesto sencillo. A algunos incluso les puede parecer de poca monta. Pienso, sin embargo, que su sencillez refleja algo esencial y que está en el corazón del Evangelio: Dios se ha hecho hombre para ayudarnos a recuperar nuestra propia humanidad. En los tiempos que corren, esa sí que no es una necesidad de poca monta.

A la hora menos pensada

“La Voz de San Justo”, domingo 1° de diciembre de 2019

“Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada” (Mt 24, 44).

A la hora menos pensada. Creo no equivocarme si digo que “sorpresa” es uno de los nombres de Dios. Por eso, cuándo sea el momento de su irrupción en la vida, nadie puede preverlo, ni calcularlo, ni programarlo. Solo resta tomar en serio de las palabras de Jesús: estar atentos, preparados y en espera vigilante. Será “a la hora menos pensada”.

¿Qué significa entonces estar atentos y en vigilia? No es otra cosa que vivir, pero estando realmente presentes en lo que vivimos. Parece sencillo, pero no lo es. Mucho menos hoy que la distracción es, tal vez, nuestra forma habitual de transcurrir el tiempo. Podemos estar en un lugar con nuestro cuerpo, pero, con los ojos, la cabeza y el corazón (y el celular) viajando por otros mundos. Adictos a la distracción.

La invitación de Jesús, en este primer domingo de Adviento, es a vivir de otra forma, a tener otra actitud.  En definitiva, a hacer nuestra su modo de estar en la vida: realmente presentes donde estamos, pues es ese el lugar hacia donde Dios, el Padre, siempre está viniendo. Ahí irrumpe el Dios de las sorpresas, cuyo nombre es: “El que está llegando, el que siempre es Adviento”. 

Eso es precisamente la oración: descubrir cómo, con qué intensidad, y por dónde está pasando Dios por nuestra vida. Esa es la oración que vale la pena vivir. Cambia realmente la vida. 

El rey está crucificado

“La Voz de San Justo”, domingo 24 de noviembre de 2019

“El pueblo permanecía allí y miraba…” (Lc 23, 35). 

Jesús ya está crucificado, abandonado por todos, salvo unas pocas mujeres y uno solo de sus discípulos. 

Como suele ocurrir es situaciones similares, envalentonados ante la fragilidad de quien ya no puede defenderse, algunos dejan libre curso a los comentarios burlescos. 

Tal vez lo más repulsivo resulte, sin embargo, el silencio ominoso de la multitud. El evangelista lo anota como al pasar, pero es lapidario: “el pueblo permanecía allí y miraba…”. 

Algo que, por cierto, no sorprenderá del todo al lector asiduo de la Biblia. El apasionado amor de Dios por ese pueblo normalmente recibe una amarga respuesta de infidelidad. Se trata de un amor no correspondido y habitualmente traicionado. 

Inspirándose en los profetas, la liturgia del Viernes Santo nos hace contemplar al Crucificado, mientras resuenan unas palabras que vienen del corazón herido del mismo Dios: “Pueblo mío, ¿qué te he hecho o en que te he ofendido? ¡Respóndeme! Yo te libré de Egipto. Tú me colgaste en una cruz. Yo te saqué de Egipto, y por cuarenta años te guié en el desierto, tú hiciste una cruz para tu Salvador.”

Ese silencio del pueblo solo es roto por los insultos y burlas de sus verdugos: “Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!”. 

Jesús no quiere salvarse a sí mismo. Sería ir en contra de su naturaleza profunda. Él no está allí para salvarse a sí mismo. Esa es la ley suprema del más salvaje de los sistemas legales, la verdadera ley de la selva: me salvo yo, en todo caso a los míos… los demás, que se salven solos.

Con las manos y los pies fijos a la cruz, sin embargo, Jesús tiende la mano al último de quienes le suplican vida y salvación: el ladrón crucificado a su lado. 

Este es el diálogo entre estos dos crucificados, Jesús y el ladrón arrepentido: “Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino». Él le respondió: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso»” (Lc 23, 42-43).

A ese hombre, Jesús le dará libertad. Por eso, Jesús es rey. No porque domina con prepotencia, sino porque hace posible la libertad. Y, donde reina la libertad, actúa el Espíritu. Y allí, precisamente allí, hay vida. 

“No se dejen engañar”

“La Voz de San Justo”, domingo 17 de noviembre de 2019

“Tengan cuidado, no se dejen engañar, porque muchos se presentarán en mi Nombre, diciendo: «Soy yo», y también: «El tiempo está cerca». No los sigan. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones no se alarmen; es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin” (Lc 21, 8-9).

La tendencia a mezclar religión y política es muy fuerte. Lo hemos visto en Italia, donde un político nacionalista esgrimía un rosario en su mano para defender -según él- la identidad cristiana de la nación. Lo hacía incluso contra las enseñanzas del Papa Francisco. Lo acabamos de ver también en la nación hermana de Bolivia, cuando algunos políticos ingresaron con la Biblia al palacio presidencial, declarando que Dios volvía a ese lugar.

Expresiones extremas, pero también grotescas. Mucho más deletéreos suelen ser otros intentos más sutiles de sacralizar las propias opciones políticas, ungiéndolas como expresiones inapelables del Evangelio o de la ley divina.

Por eso, las palabras de Jesús de este domingo merecen ser escuchadas con atención. Las empresas humanas tienen su dinámica propia. Dios, Señor de la historia, las ha confiado a la inteligencia y libertad humanas. Hay que ser precavidos y no apresurarse a interpretar como señales de Dios lo que es, en realidad, obra del hombre.

Es claro que Dios interviene en la historia. Lo ha hecho en la encarnación y la pascua de su Hijo Jesucristo. Esta intervención es definitiva. Es además modelo insuperable de cómo Dios, con respeto y delicadeza infinitos, inspira, sostiene y anima la libertad humana para que realice su misión de custodiar la creación. La purifica también del peso del egoísmo.

El riesgo del autoengaño es grande y nos amenaza a todos. Jesús nos ofrece una certeza: “Serán odiados por todos a causa de mi Nombre. Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza. Gracias a la constancia salvarán sus vidas” (Lc 21, 17-19).

Especialmente en las circunstancias más extremas no nos faltará la presencia del Señor y su Espíritu para que seamos fieles al Evangelio. Eso sí: es una promesa para quien se anima a entrar, aún con todos sus miedos encima, en lo vivo de la historia, buscando allí lo que es verdadero y justo. En definitiva, para quien se deja conquistar por el bien en toda su luminosa belleza.